sábado, 27 de abril de 2019

Metropol (1995). Walter Jon Williams

Una nueva entrada prosigo reseñando en orden cronológico las novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula durante la década de los noventa. Voy a hablarles en esta ocasión de Metropol, del estadounidense Walter Jon Williams. Que fue una de las novelas nominadas a los Nébula el año que ganó "El experimento terminal", del para mí un tanto mediocre Robert J. Sawyer. Y es que sin considerarla una gran novela, la obra de Williams me parece una digna nominada, muy original, potente visualmente, con varias ideas ingeniosas y bien escrita. Lástima que en mi opinión le sobren elementos fantástico y le falten un rumbo y un propósito claros.

Para tratarse de un mundo tan complejo como el ideado por Williams, superpoblado y sin referencias trasladables a nuestro planeta actual, el escritor consigue con habilidad y buenas decisiones que el lector se sitúe en él sin excesivo esfuerzo, y comience a disfrutar de las bondades de la novela. Que en buena medida derivan de su original propuesta: una lejana Tierra, miles de años en el futuro, en la que toda la superficie disponible ya ha sido edificada y reedificada una y otra vez, sin noches, con algo sólo remotamente parecido a nuestras naciones (Jaasper, Barzaki, Cheloki, Caraqui), y con un elemento fantástico (el plasma) que sin embargo el escritor logra presentar como un concepto plausible y hasta natural en ese mundo futuro.

Además, Williams acierta al plantear una única línea narrativa en torno a Aiah, su protagonista femenina absoluta. La forma como Aiah persigue y logra un cambio en su vida, triunfa a pesar de sus contradicciones, asciende hasta convertirse en colaboradora y amante del metropol Constantine, y acaba saliendo indemne de su participación en la toma de Caraqui, está presentada con una solvencia digna de elogio. Los diálogos son siempre acertados, las descripciones las justas para visualizar la inmensa metrópolis, y el equilibrio entre acontecimientos y sentimientos muy preciso.

Los problemas comienzan cuando Williams comienza a abusar de elementos fantásticos. La "geomántica" y la "geomaturgia", conceptos vinculados a la extracción y la manipulación del plasma, aún tienen un pase. Pero las ánimas, los magos, los mutantes, la teletransportación, el Hombre de Hielo, los delfines que hablan... son demasiados elementos difíciles de aceptar, y la verosimilitud de la novela se resiente. A ello hay que sumarle todo lo que Williams deja sin explicar: lo más obvio es que no arroja ninguna luz sobre la barrera que oculta el sol y la luna, mas tampoco acabamos entendiendo la naturaleza real del metropol, lo que realmente se esconde tras La Operación, o incluso por qué el bebé de Tella tiene que estar siempre en las oficinas de la Compañía.

Argumentalmente la novela también flojea en su segunda mitad. Y es que una vez que Aiah se ha vuelto rica y ha conseguido una relación fluida con Constantine, es obvio que Williams no tiene claro por dónde tirar: si por una conspiración a escala planetaria, si por las pequeñas vivencias individuales de su protagonista, si por la investigación de La Operación... Al final opta por presentarnos la toma de Caraqui como la manera de cerrar de la novela dignamente, y se saca de la chistera el único personaje poco convincente del libro, Rohder, con su extraña cuota de poder y sus si cabe más peculiares encargos. Así el escritor construye un desenlace decente y agradable, pero muy lejos de lo que lo que la novela apuntaba al comienzo.

A pesar de ello, su originalidad y su calidad literaria me parecen argumentos innegables como para que optara a los Premios Nébula. Porque no es fácil aunar esas dos virtudes en un género que estaba ya tan trillado en la década de los noventa como la ciencia-ficción.

sábado, 13 de abril de 2019

Marte se mueve (1993). Greg Bear

Una nueva entrada continúo reseñando las novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula durante la década de los noventa que todavía no hubieran tenido su entrada propia en este humilde blog. Ha llegado la oportunidad de hablarles de "Marte se mueve", del estadounidense Greg Bear, que se alzó con el Premio Nébula a la mejor novela el año de su publicación. A pesar de lo cual no la considero la mejor novela de Bear que he leído, e incluso me parece inferior a "La fragua de Dios", la novela de Bear que sólo se quedó como nominada para los Nébula seis años antes. Y eso que "Marte se mueve" es una novela muy elaborada sobre la vida en Marte en el siglo XXII, que entrecruza con inteligencia diversos planos (el social, el biológico, el tecnológico, el político) sobre la línea conductora que va dibujando la vida de su protagonista absoluta, Casseia Majumdar. Pero en mi opinión al libro le sobre extensión y en su mayor parte le falta calado literario.

No obstante lo anterior, creo que la novela cuenta con varios puntos fuertes. En concreto, hay dos que descollan al mismo nivel: la biología marciana y la tecnología de los Olímpicos. La biología está tan bien concebida, y presentada de un modo tan consistente (grietas, limo, puentes acueductos... todos estos conceptos nos resultarán familiares al terminar la lectura) que cuesta reconocer la inventiva de Bear. Algo parecido sucede con la tecnología: aunque no se entienda muy bien, los descriptores, la región de Pierce, los alabeadores, y las posibilidades que ofrecen (y que el escritor sabe aprovechar) son realmente fascinantes.

A un nivel inferior, pero todavía meritorio, podemos considerar la geología marciana (perfectamente presentada y brillantemente aprovechada por las construcciones humanas), los avances tecnológicos del siglo XXII (las extensiones, los pensantes, los evolvones, incluso los LitVids), y la originalidad del planteamiento de partida (alejado de las típicas primeras expediciones al planeta rojo, pero también de aquellos otros que muestran a Marte en condiciones de igualdad con la Tierra).

El problema es que todas esas virtudes quedan en segundo plano a causa de dos defectos graves. El primero es que la novela tarda una eternidad en enganchar: la primera parte, centrada en la revuelta universitaria, se presenta sin contextualizar, es demasiado extensa y está mal justificada, y la segunda, la fallida visita negociadora de Casseia a la Tierra acompañando a su pariente Bithras, es precisamente eso, fallida, sin propósito claro, estructura, ni consecuencias tangibles. Así que cuando a partir de la tercera parte Bear acelera el ritmo y despliega con toda intensidad su batería de "ingenios", la impresión global del lector sobre la novela ya está formada. Más aún si tenemos en cuenta el segundo defecto grave: la complejidad del panorama político planteado. Solamente al final de la novela el lector cree por fin entender todo lo ideado por Bear (Vínculos Múltiples, estadistas, las alianzas terrestres...), e incluso le parece un trasfondo razonable, pero durante la mayor parte de la misma resulta más un obstáculo para la lectura que otra cosa.

Si a ello le añadimos que el estadounidense es un narrador simplemente correcto, con una prosa un tanto anodina y sin capacidad para dotar de la profundidad necesaria a sus protagonistas, que hasta el último momento va creando sin miramientos nuevos personajes según los va necesitando, que anticipa en exceso la relación que Casseia y Charles retomarán en el tramo final, y que se echa muchísimo de menos un mapa de Marte, se entenderá que mi valoración final no fuera demasiado alta.

No obstante, debo reconocer que si el lector no desfallece durante la lectura, acabará apreciendo todo lo que mejora la novela en su último tercio, y disfrutar con un final intenso y un desenlace tan descabellado como coherente a su manera. Algo es algo.

sábado, 23 de marzo de 2019

El libro del día del juicio final (1992). Connie Willis

Una nueva entrada continúo con la reseña de las novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula durante la década de los noventa que aún no hubieran tenido su entrada en este humilde blog. Les voy a hablar hoy de "El libro del día del juicio final", una de las novelas más premiadas de dicha década, puesto que además del Premio Nébula obtuvo los Premios Hugo y Locus. Es además la primera de las muchas novelas premiadas en los noventa de la estadounidense Connie Willis, sin duda la escritora más relevante del género durante aquellos años. Centrándonos en "El día del juicio final", debo empezar señalando que en mi opinión se trató de un reconocimiento merecido, pues estamos ante una bien trabajada y desgarradora novela que combina con ingenio una línea narrativa situada en el futuro cercano y otra en el pasado. Si bien no utiliza demasiado ni la ficción ni la ciencia, y casi podría encuadrarse por el contrario en el subgénero de la reconstrucción histórica.

Para poner las cosas más difíciles a la hora de apreciar esta novela, el comienzo es un tanto confuso, y en ocasiones no está claro qué personaje dice o hace tal cosa. Además, el viaje en el tiempo no está descrito con un mínimo de rigor, y la autora se escuda en el "continuum" para evitar dar respuesta a las indudables paradojas que conlleva el viaje, dejando bien claro que lo que le importa es la humanidad de la novela, no su carácter científico.

Tras el viaje, el grueso del libro es agradable, pero a pesar de lo trascendente de los acontecimientos (en especial de los que ocurren en el año 2.054), todo sucede de un modo excesivamente ordinario, carente de dramatismo. La autora recurre a complejas conversaciones en las que los personajes muchas veces no se escuchan unos a otros, por lo que se suceden frases referentes a temas distintos y el lector no siempre capta todo lo que lee. Pero es cierto que la escritora sabe aprovechar los comentarios de estas conversaciones para profundizar en la personalidad de cada personaje, sutil y progresivamente. Porque una de los puntos fuertes de la novela es el buen hacer de Willis: sabe cómo hacer que varios centenares de páginas no aburran y estén cargadas de detalles.

De todas formas lo que realmente sobresale de la novela son las ciento setenta y cinco páginas de su libro tercero: en el futuro los problemas se van aclarando, pero en la Edad Media la Peste Negra provoca que los acontecimientos se precipiten, cargados de una crudeza terrible, de sentimiento, de interminables muertes que Willis relata sin caer en lo sensiblero. He de confesar que varias veces dejé la lectura del libro profundamente sobrecogido, y lo que había leído me venía a la mente durante mi vida normal, e incluso una noche me impidió dormir durante un buen rato. Y el hecho adicional del número de personajes que mueren añade otro punto a la historia, alejándola del final previsible.

En suma, una novela mejor narrada que original, de buen nivel literario en general y con una tercera parte realmente brillante. Y por cierto con un título en español que es ciertamente la traducción literal de su título en inglés, pero que a mi modo de ver resulta excesivamente largo y hasta poco atrayente para adentrarse en sus páginas. Probablemente Miquel Barceló y Rafael Marín debieron haber propuesto algo más accesible para los potenciales compradores antes de publicarlo.

domingo, 10 de marzo de 2019

Las estaciones de la marea (1991). Michael Swanwick

Con esta entrada empiezo a reseñar las novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula durante la década de los noventa que aún no hubieran tenido una entrada en mi blog. Voy a hablarles hoy de "Las estaciones de la marea", del relativamente poco conocido para el lector en español Michael Swanwick. El escritor estadounidense se alzó de manera un tanto inesperada con el Premio Nébula en 1992, un año en el que la novela favorita era "La máquina diferencial", de William Gibson y Bruce Sterling, que ya reseñé en su momento. Ambas novelas se publicaron en un momento muy particular del género, cuando el cyberpunk luchaba desesperadamente por evolucionar para no quedarse anclado como una breve moda pasajera. Sólo en ese contexto puede entenderse el premio para "Las estaciones de la marea", porque con la perspectiva que dan los años me parece una novela plana, confusa y fantasiosa a pesar de pretender ser ciencia-ficción, que únicamente se justifica por su original idea del desplazamiento del océano y por su ambientación.

Probablemente la razón para tal galardón fuera el obvio intento por actualizar la new wave de finales de los sesenta y setenta, acercándola a la fantasía que tan de moda estaba hace treinta años, y aderezándola con detalles tecnológicos más propios del cyber-punk que aún coleaba (podemos citar como ejemplos el sugestivo Palacio Mutable o el omni-funcional Maletín del burócrata). Todo ello presentado con un estilo que recuerda (salvando las distancias) al de mi admirado Robert Silverberg. Y con un aparente mensaje: que en un futuro lejano los ámbitos de la ciencia-ficción y la fantasía pueden converger perfectamente, yuxtaponiendo ciencia y tecnología a magia y rituales.

La otra virtud obvia de la novela es Miranda, el planeta donde transcurre la acción, con sus mareas del jubileo que cada 200 años, y a causa del deshielo de los casquetes polares, sumergen buena parte de las tierras habitadas, con el esperable impacto social y la original consecuencia de que muchas especies puedan adoptar dos formas (una adaptada al medio terrestre y otra al acuático). Al añadirle a este panorama la cercanía del "invierno grande", Swanwick ya tiene creado el trasfondo para que la novela se impregne de una sensación de catástrofe inevitable muy acertada.

Porque en realidad prácticamente todo lo que sucede en la novela es una decepción: el burócrata (un personaje tan anodino que carece de nombre y del que casi no se nos proporciona ningún rasgo físico) recorre el planeta en busca del mago Aldebarán Gregorian, que supuestamente ha traficado con tecnología prohibida en el planeta. Y eso es todo lo que hace: ir recorriendo distintos lugares y encontrándose con diversos personajes más o menos relacionados con Gregorian, que le irán relatando sus vivencias con el mago, hasta llegar finalmente a encontrarse con él. Con mucho sexo por el camino, y también con una trayectoria jalonada cada vez por más elementos fantásticos.

La novela resulta fallida porque los lugares visitados por el burócrata resultan a menudo confusos o difíciles de localizar (se echa de menos un mapa), porque el supuesto elemento de intriga que va atosigando al burócrata resulta bastante evidente casi desde el principio, porque el marco histórico de Miranda (con sus habitantes nativos, los espectros, a la cabeza) está pobremente explicado, porque el componente fantástico a menudo deviene en fantaseos difíciles de asumir, y porque la novela adolece de cualquier tipo de tensión (incluso el enfrentamiento final entre el burócrata y Gregorian resulta insulso). Menos mal que el desenlace contiene un pequeño guiño original al final, y que el libro es corto, que si no...

sábado, 23 de febrero de 2019

Los Premios Nébula: la década de los noventa

Con esta entrada doy comienzo a mi revisión de los Premios Nébula durante la década de los noventa, la cuarta década de existencia de los en mi opinión galardones más prestigiosos de la literatura de ciencia-ficción. Una década en la que se consolidó mi afición al género, en un momento en el que más que de una corriente dominante se puede hablar de diversos movimientos dentro del género, no siempre relacionados, y que dieron como resultado a un conjunto de escritores probablemente más amplio y variopinto que en cualquier década anterior.

Y es que con la literatura de ciencia-ficción plenamente consolidada como género literario maduro, lo que en mi opinión caracterizó a la década fue el intento por revisar muchos de los temas clásicos del género a la luz de los nuevos avances tecnológicos y de la contrastada calidad literaria de cualquier género de finales del siglo XX. Sin que hubiera un dominador claro a nivel de nominaciones y galardón, si bien quizá la escritora que más destaco en el género fue Connie Willis, quien ilustra la presente entrada.

Por ejemplo, los años noventa fueron la década en la que se consolidaron grandes nombres del género que habían surgido tímidamente años atrás como Kim Stanley Robinson, Jack McDevitt o Nancy Kress. Y en la que siguieron triunfando algunos de los nombres que habían triunfado en la década precedente, como Vernor Vinge o Lois McMaster Bujold. También hubo hueco en los premios para "veteranos" del género que seguían en su cima creativa como Joe Haldeman, Ursula K. Le Guin o Roger Zelazny. E incluso la fantasía siguió contribuyendo de manera significativa al género, con su escritor de referencia en los premios Nébula Gene Wolfe ampliando su lista de nominaciones e incluso con la saga de "Juego de tronos" de George R.R. Martin, cuyas dos primeras novelas estuvieron nominadas a los premios de 1998 y 2000, aunque no llegaron a ganarlos.

A mi modo de ver esa dispersión temática y estilística provocó que la calidad de las novelas premiadas y nominadas durante la década fuera un tanto desigual. Combinando novelas realmente brillantes y dignas de considerarse clásicos del género con otras originales o a contra corriente pero que no resisten un análisis literario veintitantos años más tarde. Por eso la lista de selección de novelas galardonadas o nominadas a los Premios Nébula en los años noventa es similar a la de los años ochenta, pero más corta que la de las dos primeras décadas de los premios. Y como siempre, aquellas novelas que ya hayan tenido su entrada propia por alguna otra razón ya aparecen con su enlace correspondiente. Aquí la tienen:

1991:
Ganadora:
"Tehanu" - Ursula K. LeGuin
Nominada:
"La caída de Hyperion" - Dan Simmons

1992:
Ganadora:
"Las estaciones de la marea" - Michael Swanwick
Nominada:
"La máquina diferencial" - William Gibson y Bruce Sterling

1993:
Ganadora:
"El libro del día del juicio final" - Connie Willis

1994:
Ganadora:
"Marte rojo" - Kim Stanley Robinson
Nominada:
"Mendigos en España" - Nancy Kress

1995:
Ganadora:
"Marte se mueve" - Greg Bear

1996:
Ganadora:
"El experimento terminal" - Robert J. Sawyer
Nominadas:
"Mendigos y opulentos" - Nancy Kress
"Metropol" - Walter Jon Williams

1997:
Ganadora:
"Río lento" - Nicola Griffith

1998:
Ganadora:
"La luna y el sol" - Vonda N. McIntyre

1999:
Ganadora:
"Paz interminable" - Joe Haldeman

2000:
Ganadora:
"Parable of the Talents (no traducida al español)" - Octavia E. Butler
Nominada:
"Un abismo en el cielo" - Vernor Vinge
Reseñada:
"La historia de tu vida" - Ted Chiang (mejor novela corta)


Como pueden ver, la presencia de autoras en la lista, con Connie Willis a la cabeza, fue mayor que en ninguna década anterior, lo que refleja la saludable incorporación de la mujer a este género literario que empezó siendo mayoritariamente masculino. Una razón más para seguir con atención mis próximas entradas sobre aquellas novelas ganadoras o nominadas a los premios durante esta década que aún no habían tenido una entrada propia en este blog. Vamos allá.

lunes, 11 de febrero de 2019

La nave de un millón de años (1989). Poul Anderson

Una entrada más continúo con las reseñas de las novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula durante la década de los ochenta que aún no hubieran tenido una entrada propia en este blog. Voy a presentarles hoy "La nave de un millón de años", del estadounidense Poul Anderson. Un escritor que ya era un veterano a finales de 1989, pero que había logrado una meritoria transformación creativa desde su eclosión durante la Edad de Oro del género en los años cuarenta y cincuenta hasta su adhesión a la resurrección de los temas clásicos del género a finales de los ochenta, y que alcanzó con la presente novela una de sus cimas literarias. A pesar de lo cual no se alzó con el Premio Nébula de 1990, galardón que recayó en "El color de la guerra" de Elizabeth Ann Scarborough, una novela de corte militar de la que hoy en día nadie parece acordarse y que por esa misma razón nunca he intentado leer. En cambio, la obra de Anderson se ha seguido reeditando con regularidad en español. Y es que se trata de una novela meritoria, compleja, con una gran riqueza de contenidos y difícil de escribir. Aunque por desgracia su capacidad de fascinación no se encuentre al mismo nivel.

A mi modo de ver el pleno disfrute de la obra se ve lastrado por su carácter de fix-up de relatos y por su muy elevado número de páginas. Aun cuando la gran mayoría de relatos son, aisladamente, brillantes, la historia real de los inmortales que subyace en ellos no siempre avanza con un ritmo lo suficientemente estable como para cautivar al lector. Por lo que éste echa de menos en ocasiones una mayor concreción por parte del autor, y que aclare a dónde pretende llegar con su trama.

Esta dificultad (no sé si calificarla como defecto) es la principal y determinante pega de una creación merecedora de los parabienes que recibe de parte de reputados escritores del género al comienzo del libro. Aunque durante la mayor parte de su lectura pensé que el título era equívoco, y que los términos "nave" y "millón" eran simples metáforas para referirse a la historia de la humanidad. Sólo al final comprendí que simplemente anticipaban la baza final con la que juega Anderson: el tramo de historia futura con el que completa su novela.

Tres virtudes relacionadas entre sí sobresalen especialmente. En primer lugar, la excelente recreación de las distintas épocas de la Historia antigua en la que transcurren los relatos: Anderson exhibe un portentoso conocimiento de la Historia (con mayúsculas), pero también de las pequeñas vivencias, costumbres y hasta vocabulario que conformaban la pequeña historia (con minúsculas) de los hombres de cada tiempo. Asociado a lo anterior, es de resaltar la habilidad y el estilo de su prosa: en pocas páginas Anderson no sólo logra situarnos temporalmente en cada época, sino también espacialmente en cada escenario, con sus frecuentes y detalladas descripciones de paisajes y climas. Y en tercer lugar, la acertada caracterización de los personajes, tanto los inmortales como los mortales secundarios que, pese a la brevedad de sus apariciones, se nos presentan verosímiles y plenos. Si bien debo reconocer que en el relato final algunos de los inmortales sufren unas alteraciones de personalidad un tanto injustificadas.

Otros aciertos reseñables son: el grupo de inmortales reunidos a lo largo de los siglos, lo suficientemente heterogéneo y equilibrado para aprovechar todas las posibilidades del viaje interestelar y la historia futura del último episodio; el elemento científico, que tarda en aparecer pero es determinante en el episodio final (incluso con un capítulo dedicado exclusivamente a explicar la tecnología de propagación de la Píteas); la manera como juega Anderson con el lector, incitándolo a que reconozca los inmortales en sus distintas identidades temporales (Hanno, Flavio Lugo, Cadoc, Lacy...); y algunos relatos particularmente fascinantes ("El gatito y el cardenal", "Hombres de paz", "Acero").

Y en el capítulo de los defectos menores, mencionar los relatos "orientales" (en apariencia igual de veraces históricamente que el resto, pero en mi opinión menos interesantes y en ocasiones sin una conclusión definida), la unidad de Macandal y Aliyat (una secta pseudo-religiosa de credibilidad e interés cuestionables), el primer tramo del episodio final (en el cual se intuye una cierta desgana en la forma como el escritor nos muestra que los Inmortales no encajan en una Tierra futura de humanos inmortales), y la falta de acción durante gran parte del viaje de la Píteas, justo cuando más falta haría.

Para acabar, comentar que el final queda muy abierto pero justifica suficientemente las setecientas páginas anteriores. Algo que durante buena parte de la lectura temí que no sucediera.

sábado, 26 de enero de 2019

La fragua de Dios (1987). Greg Bear

Una entrada más continúo con las reseñas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula durante la década de los ochenta que aún no hubieran tenido su entrada independiente en este humilde blog. Hoy le toca a "La fragua de Dios", del estadounidense Greg Bear. Nominada a los Premios Nébula de 1988 (un año en el que ganó "La mujer que caía", de Pat Murphy, que por ser una novela de fantasía queda fuera de la temática de este blog), fue la tercera novela de uno de los escritores más reconocidos en el género durante la segunda mitad de los ochenta y los noventa, amén de su segunda nominación a los Nebula. Y que sin llegar a ser del todo redonda, sí que se trata de una novela ambiciosa, muy trabajada, amena y rica en personajes sobre los primeros contactos de especies extraterrestres con nuestro planeta. A la que también es cierto que le falta algo de fuerza y un mejor foco argumental para haberse convertido en un clásico.

Bear afronta ese primer contacto de manera original, recurriendo no a uno sino a dos artefactos de origen extraterrestre que aparecen casi simultáneamente en dos sitios muy alejados: el Valle de la Muerte en Estados Unidos y el desierto de Australia. Lugares de los que surgen seres mecánicos, o al menos no claramente orgánicos, que trasladan mensajes contradictorios tanto sobre su misión como sobre el futuro de la humanidad. Esos dos frentes abiertos, junto a la desaparición del satélite Europa acaecida unos meses antes, y la ubicación de la historia en un futuro cercano (el año 1996), hacen que la novela recuerde poderosamente en su primera mitad a las que el también norteamericano Robert C. Wilson convertiría en sus señas de identidad tan sólo unos años más tarde: en ese sentido, Bear marcó tendencia.

Además, en un claro intento por modernizar la ciencia-ficción clásica como otras muchas de las novelas de los ochenta, Bear recurre a múltiples líneas argumentales, creando poco menos que una novela coral por el número de personajes que utiliza. Con tres claramente destacables: Arthur Gordon, el astrónomo que quizá ejerce el rol de protagonista principal; Trevor Hicks, periodista y sobre todo escritor de ciencia-ficción (en lo que constituye al tiempo una defensa del género y un reconocimiento al mismo); y el presidente Crockerman, cautivador y racional al comienzo, desequilibrado y derrotado conforme avanzan los acontecimientos.

No satisfecho con semejante despliegue, Bear va incorporando nuevas sorpresas conforme avanza la lectura, desde la muerte del Huésped, pasando por las arañas eléctricas autorreproductoras, hasta esa original arma destructora que se introduce en el núcleo terrestre y orbita en torno a él. Respetando el elemento científico, Bear consigue así satisfacer el sentido de la maravilla que espera el lector habitual de ciencia-ficcion, hasta el extremo de evolucionar gradualmente ese primer contacto convertiéndolo en una novela apocalíptica de desenlace trágico.

No obstante lo anterior, a la novela le lastra en cierta medida esa evidente ambición creativa. El número de personajes y líneas narrativas acaba resultando excesivo, con páginas que no aportan mucho, y excesiva atención a determinados personajes en momentos no siempre oportunos (por ejemplo a Edward Shaw durante su estancia final en el Yosemite). Por otra parte, muchas de las sorpresas extraterrestres, incluso las dos facciones que teóricamente se enfrentan por destruir y salvar respectivamente la Tierra, resultan inconexas y quedan al final relativamente inexplicadas. Además, Bear apenas echa un mínimo vistazo al impacto en el mundo no anglosajón de la llegada extraterrestre, recurre al tópico de un enfermo terminal de leucemia para intentar conferirle a la novela un dramatismo que su prosa un tanto plana no termina de transmitir (a pesar de lo trágico de los acontecimientos), y en su afán por repartir la atención entre las distintas narrativas, provoca que el lector pierda un tanto el foco de lo realmente relevante, escapándose así parte de la fuerza del libro.

Eso sí, el esfuerzo encomiable del autor por tratar con detalle y nuevos enfoques temas ya clásicos en la ciencia-ficción justifica sobradamente su lectura, así como su meritoria nominación a los Premios Nébula. Por cierto, que me imagino que a raíz de ese éxito, Bear publicó años más tarde una continuación ("Anvil of stars"), de menor éxito comercial y de crítica, y que nunca ha sido traducida al español. Por lo que no he tenido oportunidad de leerla, ni de reseñarla en este blog.

sábado, 12 de enero de 2019

El cuento de la criada (1985). Margaret Atwood

Comienzo el año con la reseña de una nueva novela ganadora o nominada a los Premios Nébula durante la década de los ochenta que aún no hubiera tenido una entrada independiente en este humilde blog. Le ha llegado la oportunidad a "El cuento de la criada", de la escritora canadiense Margaret Atwood. Que fue una de las novelas nominadas al Premio Nébula de 1987, galardón que correspondió a "La voz de los muertos", del estadounidense Orson Scott Card (a la que ya aludí de pasada cuando reseñé hace unas semanas "El juego de Ender"). De todas las novelas nominadas a los Nébula de ese año, la de Atwood me parece la más interesante, y creo que el tiempo me ha dado la razón, porque sin duda es la que más vigente continúa tres décadas más tarde, como lo demuestran sus numerosas reediciones. Ya comenté en la reseña que dediqué a los Premios Nébula en la década de los ochenta que lo más interesante para mí de ese un tanto flojo periodo fue el auge que vivieron las distopías, subgénero al que pertenece la novela que les presento hoy. Y aunque en mi opinión "El cuento de la criada" queda lejos de las dos grandes distopías de los ochenta ("El pájaro burlón", de Walter Tevis, y "Las torres del olvido", de George Turner), sí que merece una lectura. Porque se trata de una distopía netamente feminista, bien escrita, profunda y a la vez fácil de leer. Aunque también es cierto que me pareció bastante inverosímil, poco clarificadora y un tanto escasa de acción.

Quizá lo mejor de la novela sea el hecho de que Atwood logre mantener el interés del lector durante cuatrocientas páginas sin que el volumen de acontecimientos sea particularmente relevante. De manera supuestamente autobiográfica y un tanto desordenada, mezclando pasado y presente, su protagonista Defred va desvelando poco a poco su historia personal, cómo pasó de mujer universitaria, con pareja e hija, a criada en casa de la anciana Serena Joy, privada casi completamente de libertad, y con el único objetivo de concebir un hijo del esposo de Joy. Y todo ello en una sociedad que ha reducido a las mujeres en edad de procrear a esa función.

Un planteamiento impactante, y que Atwood se esfuerza por hacer creíble proporcionando múltiples detalles sobre los nuevos roles, los cambios en la ciudad sin nombre donde transcurre todo el libro, o las renovadas costumbres sociales. Pero que desafortunadamente resulta inverosímil a ojos del lector por varias razones: sobre todo, porque la involución de la sociedad americana sucede en un lapso demasiado corto (piénsese que Defred tiene ya veintitantos años cuando asesinan al presidente de los Estados Unidos, y aún está en edad de concebir cuando la República de Gilead ya ha consolidado todos sus cambios), pero también porque la justificación de tan radical transformación es demasiado endeble (porque la ley marcial no puede en buena lógica venir acompañada desde su mismo comienzo por la anulación de las mujeres como personas), e incluso porque algunas cuestiones que plantea Atwood no soportan un análisis razonable (como por ejemplo la vinculación que establece entre la relegación de las mujeres y una supuesta guerra que se libra en buena parte del territorio de los Estados Unidos con un enemigo no determinado).

Otros defectos que alejan a "El cuento de la criada" del nivel de las grandes distopías del género son la escasez de detalles de lo que sucede en otras partes del mundo, o en las instituciones que gobiernan la recién instaurada República, la lentitud a la hora de situar al lector (Atwood prácticamente consume la mitad de la novela para ello), y la gran cantidad de asuntos que Defred deja sin clarificar cuando la narración se interrumpe "a lo Anna Frank" (quizá sea esa la razón por la que la escritora añadió esas Notas Históricas a modo de apéndice al final, revisando desde el futuro la vida de Defred, y especulando al mismo tiempo sobre su sociedad).

A cambio, Atwood logra sumergirnos en un panorama opresivo, dentro del cual sin embargo la humanidad logra abrirse camino a través de alianzas, susurros, lugares secretos o incluso eventos donde explícitamente se transgreden las normas (a este nivel el rol del Comandante, el esposo de Serena Joy, es determinante). Con una sabia mezcla de dureza, resignación y esperanza, y consiguiendo que el lector se identifique con su protagonista y rechace todas esas vejaciones y el menosprecio al que son sometidas las criadas, pero sin epatar por un feminismo exacerbado, o por un rechazo a ultranza de la política o la religión, postulados que se le podrían haber vuelto en contra. En suma, una distopía que merece una lectura, siempre que no situemos nuestras expectativas demasiado altas.

Una nota final: hace unos días he sabido que Atwood está escribiendo una continuación para esta novela. Creo que ni el universo que creó ni la calidad de "El cuento de la criada" dan para tanto, pero lógicamente la demanda de los lectores manda en estos casos. Así que es posible que en una o dos temporadas pueda reseñar en este blog esa continuación.

viernes, 28 de diciembre de 2018

El cartero (1985). David Brin

Una entrada más continúo reseñando cronológicamente las novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula durante la década de los ochenta que aún no habían tenido una entrada independiente en este humilde blog. Ha llegado el momento de comentar "El cartero", una de las novelas más conocidas del estadounidense David Brin. Que no se alzó con el Premio Nébula de 1986 (ese honor le correspondió a "El juego de Ender", que reseñé en mi anterior entrada), pero que considero bastante superior a la ganadora, además de una novela más lograda que "Marea estelar", la novela del propio Brin que se había alzado con el Premio Nébula tan sólo un par de años antes. Y es que sin tratarse tampoco de una obra excepcional a causa de sus altibajos, se trata de una brillante novela de aventuras con un trasfondo especulativo realmente impactante.

Quizás la mayor virtud de esta obra sean sus primeras cien páginas, prácticamente perfectas. Partiendo de una acertada idea original (la adopción que Gordon hace por pura necesidad del rol de cartero en unos Estados Unidos post-apocalípticos), Brin subraya la dureza de la vida en esa época, equilibrándola sabiamente con la ilusión que despierta en las gentes un símbolo de los tiempos perdidos como es el cartero, y aderezándola con los episodios de ternura entre Gordon y Abby en Pine View. Podríamos hablar de una "novela corta" formidable.

Otra virtud de la novela es la habilidad narrativa que exhibe en ella Brin, mezclando continuas descripciones de los lugares y climas en los que transcurre la acción con un elenco de personajes que se comporta de manera creíble. Dos episodios concretos rayan, en mi opinión, a gran altura: el rescate del niño de manos holnistas en Eugene, aun a costa de la muerte de la madre, y el ambiente en el campamento holnista de Corvallis en el tramo final, presidido por las cruentas personalidades de Bezoar y Maddin.

Y es que los holnistas representan una acertada encarnación de los peores aspectos del ser humano (Brin incluso llega a proporcionar un supuesto texto de Holn). Otro detalle logrado es el Acta de Recuperación Nacional del Congreso Provisional de los Estados Unidos Restablecidos, pergeñada por Gordon. Y también son de agradecer las sólidas y repetidas explicaciones sobre los hechos que han conducido al desmorotamiento de los Estados Unidos (Tercera Guerra Mundial, cambio climático, desórdenes internos...).

"El cartero" es una novela que carece de graves defectos, pero sí pequeños desaciertos que, sumados en conjunto, afean ligeramente la impresión global. A saber: cierta sensación de alargamiento forzado de la novela, recurriendo a elementos motores (Cíclope, George Powathan) cuya relevancia no siempre parece estar justificada; un excesivo aunque por otra parte comprensible número de personajes, que se suceden en las páginas sin descanso, y que resultan difíciles de retener para el lector; la extraña relación entre Gordon y Dena, una mujer guiada por su tendencia a la locura y su implicación pro-feminista; el recurso al concepto de "acrecentados", difícilmente asumible y ni siquiera relevante para el desenlace de la novela; la ocultación de la amenaza que supuestamente acorrala a los supervivencialistas desde California; y un final abierto y hasta cierto punto esperable, sin que quede claro qué había estado buscando Gordon en realidad (y qué sigue buscando). Por lo que no podemos hablar de clásico, pero sí de una novela recomendable y disfrutable.

domingo, 16 de diciembre de 2018

El juego de Ender (1985). Orson Scott Card

Una nueva entrada continúo reseñando las novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula durante la década de los ochenta que aún no hubieran tenido una entrada en este humilde blog. Voy a hablarles hoy de "El juego de Ender", ganador del Premio Nébula de 1986 y probablemente la novela más conocida del estadounidense Orson Scott Card. Que pasa por ser además una de las novelas de ciencia-ficción más populares del género para el lector en español en estas últimas décadas. Y que sin embargo no es en mi opinión merecedora de tanto reconocimiento y popularidad, ya que me parece una obra un tanto infantil, no demasiado bien narrada y con una supuesta sorpresa final que resulta demasiado obvia desde mucho antes del desenlace.

Leí "El juego de Ender" en su primera versión en el año 1994, es decir, cuando yo era poco más que un adolescente cuyo conocimiento del género literario de la ciencia-ficción era bastante limitado. Y sin embargo ya entonces me pareció una novela superficial, de lo que ahora se denomina (en inglés) para "young adult" (jóvenes adultos), muy en la línea de novelas como las de la saga de Lucky Starr de Isaac Asimov, o "Consigue un traje especial: viajarás" de Robert A. Heinlein. Es decir, novelas de trama sencilla, cuya razón de ser es casi exclusivamente el entretenimiento, orientadas a un público adolescente o en todo caso poco exigente. Pero sin la calidad literaria ni la carga especulativa que en mi modo de ver son clave en la literatura de ciencia-ficción del periodo de madurez, en la que "El juego de Ender", escrita en 1985, debería enmarcarse.

Card narra la historia de Ender Wiggin, tercero de tres hermanos en una sociedad que sólo permite tener dos, cuya existencia es tolerada por el Gobierno con la condición de ser reclutado con sólo seis años en la Escuela de Batalla, una academia donde aprenderá a luchar contra la raza alienígena de los Insectores (por cierto unos de los extraterrestres más flojos con los que me he topado en el género, poco más que un burdo remedo a gran escala de nuestros insectos). Este planteamiento centrado en un niño de tan corta edad supone todo un reto para el escritor, porque debe hacernos creer que Ender es realmente un niño y se comporta como tal ante las situaciones descritas. Un reto del que a decir verdad no sale muy bien parado, porque incluso teniendo en cuenta que el competitivo ambiente militar debería hacer madurar a Ender y sus pequeños compañeros de forma acelerada, determinadas escenas resultan poco creíbles sin atribuirle una edad mucho mayor.

Otro lastre considerable de la novela es que no está demasiado bien desarrollada, mezclando algunos capítulos muy descriptivos (por ejemplo aquellos que narran la formación de Ender), otros en los que la acción de combate en los juegos no queda del todo clara, y otros en cambio demasiado pausados, probablemente en un intento consciente de Card de darle a su obra una profundidad mayor que la derivada de una mera novela de aventuras militares. Ese pobre desarrollo probablemente sea la razón por la que el autor ha revisado posteriormente la novela varias veces en décadas posteriores, además de para adaptarla a su conversión en la novela central de una saga realmente extensa (a día de hoy consta de once novelas, no todas ellas traducidas al español).

Porque de hecho al año siguiente Card ya había publicado una continuación ("La voz de los muertos", que por cierto volvió a alzarse con el Premio Nébula). Continuación que como podrán adivinar nunca me ha animado a leer. Y es que a pesar de reconocer que la novela resulta aceptablemente entretenida, que contiene algún adelanto tecnológico certero como la red CalNet que interconecta a todas las personas en tiempo real, y que sabe capturar la evasión de los jóvenes a través del mundo virtual (un hecho que se acentúa cada vez más en nuestra sociedad contemporánea), pesan más sus defectos, y ese extraño intento de escribir una novela de adultos de carácter juvenil, a la que si los jóvenes se aproximan probablemente resulte inadecuada por la normalización de la violencia que defiende. Por no hablar de esa sorpresa final a la que me refería al comienzo, y que de sorpresa realmente no tiene nada.

jueves, 6 de diciembre de 2018

Los árboles integrales (1984). Larry Niven

Una nueva entrada continúo reseñando las novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula durante la década de los ochenta que me parecen interesantes y aún no han tenido una entrada independiente en este humilde blog. Voy a reseñar hoy "Los árboles integrales", una de las novelas menos conocidas de uno de los escritores más famosos del género, el estadounidense Larry Niven. Que como la novela que reseñé en mi anterior entrada ("La fusión de mentes") tampoco ganó el Premio Nébula de 1985 (ese honor le correspondió a la para mí claramente superada "Neuromante", de William Gibson), pero que en mi humilde opinión fue la más notable de todas las nominadas. Porque estamos ante una brillante historia de aventuras en un marco tan fascinante como cabría esperar en Niven, a la que no obstante le sobra cierta premura narrativa y le falta algo de calado literario para convertirse en un clásico.

Como era de esperar en Niven, la mayor virtud de la obra es su tono de aventura: la narración tiene la dosis justa de dinamismo, sin apabullar al lector con un exceso de acción pero a la vez presentando con maestría varias situaciones límite, de una precariedad absoluta. Y todo ello en un marco fascinante: el Anillo de Humo. Un marco creado con un incuestionable rigor científico, y enriquecido con unos excelentes esquemas introductorios, unos anexos con vocabulario específico de la novela, y toda una serie de detalles que reflejan el excelente trabajo del escritor.

Sin embargo, aunque las anteriores son virtudes incuestionables, eran hasta cierto punto esperables en una novela de Niven en sus mejores años. Lo que más sorprende al conocedor de su obra es la gran relevancia que en "Los árboles integrales" cobran los elementos especulativos y sociales. Y es que durante toda la novela asistimos al enfrentamiento de los distintos modelos sociales surgidos en el Anillo, y en ocasiones a los conflictos internos de un determinado grupo social. Baste citar la aparición de distintas figuras como los triunos, los Científicos y la Cresidenta, y la atención que Niven presta a esta vertiente de su obra, como lo refleja el trascendente detalle final de que Alfin renuncie a la tribu de Quinn para permanecer en el Árbol de Londres.

Mi valoración final que la aleja de la categoría de clásico se justifica en una serie de defectos que expongo a continuación. En primer lugar, Niven no deja claro desde el comienzo cuáles de los personajes que crea van a ser los verdaderos protagonistas de la narración, con lo cual es inevitable que el lector pierda parte de la riqueza de la novela. En segundo lugar, la prosa escueta y en ocasiones algo ambigua que caracteriza a Niven juega en contra de la lectura (por ejemplo, con frecuencia se echan en falta frases que rematen lo escrito). En tercer lugar, conforme la novela avanza adquiere una complejidad no del todo bien resuelta (por ejemplo, la organización social del Árbol de Londres no se presenta de manera nítida). Y en cuarto lugar, creo que sobra cierta violencia no justificada de los miembros de la tribu de Quinn hacia las del Árbol de Londres.

Para concluir, mencionar otros aciertos que surgen conforme avanza la lectura. Primero, el esfuerzo por explicar por qué la vida humana ha llegado al estado presentado en la novela. Segundo, la primera parte de la novela en su conjunto (un grupo de personajes bien escogido, que sufre unas penurias sobrecogedoras al tiempo que esperanzadoras). Tercero, la existencia de episodios especialmente intensos, como el salto al vacío de la tribu de Quinn tras sus enfrentamiento con la tribu de Dalton-Quinn. Y por último, la intervención final de Kendy, que remata la coherencia de la novela al tiempo que le da veracidad, por resultar fallida.

Por cierto, unos años más tarde Niven convirtió esta novela en saga con la publicación de "The smoke ring", pero desgraciadamente la novela permanece inédita en español y no he tenido oportunidad de leerla.

"Huérfanos de la Tierra" (2022). Adrian Tchaikovsky

Con la presente entrada voy a rematar definitivamente mi segundo recorrido por las mejores sagas disponibles para el lector de ciencia-ficc...

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