domingo, 12 de septiembre de 2021

"La naranja mecánica" (1962). Anthony Burguess

Con la presente entrada continúo con las reseñas de algunas de las novelas más señaladas de los escritores británicos de ciencia-ficción más relevantes. Seguimos avanzando en el tiempo y nos situamos en 1962, año en que vio la luz "La naranja mecánica", sin lugar a dudas la novela más famosa y reconocida de Anthony Burguess. Quien comparte con Aldous Huxley y George Orwell, ya reseñados con anterioridad, dos características además de su nacionalidad: que fueron escritores eclécticos, no ceñidos en exclusiva al ámbito de la ciencia-ficción, y que sin embargo son recordados especialmente por sus novelas distópicas, ya convertidas en clásicos. Y es que, sin llegar a los niveles de reconocimiento de "Un mundo feliz" o "1984", la novela que hoy nos ocupa es otro de esos libros de cabecera de la literatura británica que han trascendido fronteras y géneros. Aunque en mi humilde opinión se trata de una obra bastante previsible hasta la última parte, y excesivamente violenta en ocasiones. Aunque su excelente estructuración, su original léxico nadsat, y el gran aprovechamiento de todos los personajes secundarios justifica su lectura.

Su protagonista, Álex, un adolescente líder de una pandilla de drugos en una ciudad cualquiera de una Gran Bretaña distópica, nos va narrando en primera persona aquello a lo que dedica su tiempo: robos, drogas, ultraviolencia... Todo ello distorsionado por Burguess para epatar al lector pero sin renunciar a una cierta verosimilitud que permita mantener el interés. Álex posee además un rasgo que lo reconcilia con el lecto medio: su amor por la música clásica. Y su prosa, una característica que dificulta la lectura y nos obliga a armarnos de paciencia si queremos llegar hata el final: la supuesta jerga nadsat, inventada por Burgess a partir del slang del Este de Londres y el ruso, y que nos obligará a consultar frecuentemente el glosario situado al final del libro. Si bien he de decir que conforme avanzan los capítulos es factible acostumbrarse a dicha jerga, e incluso al final del mismo deberemos convenir que le otorga un plus extra de originalidad.

Otro acierto es la estructuración en tres partes de siete capítulos cada una, lo que le permite a Burguess mantener la novela bajo control en todo momento. Además, juega con el lector repitiendo una y otra vez la frase "¿Y ahora qué pasa, eh?" a modo de elemento cohesionador y provocador a partes iguales. Y la duración contenida de cada una de ellas, sin páginas de relleno, contribuye al dinamismo de la lectura. A ello debemos sumar unos personajes secundarios que complementan perfectamente lo narrado por Álex; algunos son tan intensos que pasado el tiempo se recuerdan tanto o más que el protagonista (es el caso de el Lerdo, o del doctor Brodsky). Y entre tanto episodio pensado para impactar, Burguess ejerce una crítica despiadada sobre las más diversas cuestiones sociales (la mezquindad de las clases bajas, la manipulación gubernamental, la prepotencia de los intelectuales, las consecuencias extremas del libre albedrío...). Eso sí, siempre bien enlazadas con lo narrado por Álex, y sin llegar a saturar al lector.

Aun así, debo reconocer que la novela no se encuentra entre mis favoritas. En especial por la violencia epatante y reiterativa, en mi opinión un recurso demasiado fácil para hacerse notar. Pero es que al mismo tiempo que se recrea en los episodios violentos, Burguess renuncia al suspense, añadiendo con frecuencia frases que anticipan lo que sucederá en los siguientes capítulos. Todo ello resulta especilamente apreciable en la primera parte, para mí la más floja de las tres, con escenas en el capítulo siete que incluso recuerdan a las del "Archipiélago Gulag" de Aleksandr Solzhenitsyn. Sin resultar tampoco una maravilla, la segunda parte me parece mas entonada, sobre todo a partir del tercer capítulo, repleto de una ironía desconocida hasta entonces, aunque sigue resultando bastante previsible. La verdadera creación de la novela se encuentra en la tercera y última parte, en la cual Álex recoge lo que ha sembrado en las dos anteriores, llegando incluso a mostrarnos un intento de suicidio.

Y luego está la controversia del capítulo 21, que no formó parte de la primera edición estadounidense de la novela. Y que desde mi punto de vista constituyó un error que afortunadamente el propio Burguess consiguió subsanar años más tarde. Y es que si el capítulo 20 hubiera sido el final de la novela, todo lo narrado podría interpretarse como un simple viaje en círculo sin demasiado sentido desde el punto de vista del individuo. Pero el 21 proporciona otra perspectiva y aumenta la carga especulativa de la novela. Sin destriparlo, recuperaré aquí una frase que me parece muy representativa "En cierto modo ser joven es como ser un animal". Que quizá sea también un buen resumen de un libro más provocativo que brillante, y que sin embargo ha soportado bien el paso del tiempo.

sábado, 28 de agosto de 2021

La ciudad y las estrellas (1956). Arthur C. Clarke

Una entrada más prosigo con las reseñas de novelas emblemáticas de los más relevantes escritores británicos de ciencia-ficción. Hoy toca detenerse en el más reconocido de los escritores de aquellas tierras: Arthur Charles Clarke. Quien durante décadas fue probablemente el autor más famoso del género a nivel mundial, y cuya trascendencia para el mismo ha sido tal que desde hace muchos años proporciona su nombre al premio a la mejor novela de ciencia-ficción publicada en el Reino Unido. A lo largo de los años he ido reseñando en distintas oportunidades muchas de sus novelas más laureadas, pero me había dejado en el tintero otro de sus clásicos incuestionables: "La ciudad y las estrellas". Que sin gozar de la fama de "El fin de la infancia" o "Cita con rama", se encuentra entre lo más reseñable de su bibliografía. Eso sí, aunque se trata de una novela con un alto sentido de trascendencia y una considerable carga filosófica, algo no demasiado habitual en la producción del Gran Maestro, cuando la leí supuso para mí una pequeña decepción. Intento explicarlo.

Los primeros capítulos posiblemente sean los más interesantes del libro, porque el punto de partida es tan original como rico en posibilidades. Diaspar, una ciudad inmutable durante mil millones de años, sin noche, sin cambios de temperatura, un universo en sí misma, rodeada por el más desolado de los desiertos, ejerce sobre el lector una poderosa atracción. En tan sugestivo lugar surge la figura de uno de los pocos Únicos de la historia: Alvin, un individuo carente de los temores del resto de sus conciudadanos, y rebosante de inquietudes por "no se sabe muy bien qué". Además, lo que Clarke empieza a tejer con estos mimbres está muy conseguido: su particular relación con Jeseras (su tutor), y con sus simulados padres, o cómo va entendiendo la estructura de la vida en Diaspar (determinada por los Bancos de Memoria). Incluso el propio paisaje de Diaspar es atrayente, con su gran parque central, las murallas y la Torre de Lorrane, la tumba de Yorlan Zey, la sala del Consejo...

Khedrom, el bufón, es probablemente el primer elemento discutible de la novela. Tal vez sea útil para introducir pequeñas perturbaciones que alejen el estancamiento de Diaspar, pero en mi opinión tanto sus funciones concretas como su caracterización dejan que desear. Si bien es a partir del inesperado viaje de Alvin a Lys cuando el lector tal vez tenga la sensación de que la novela se le va de las manos a Clarke, que en pocos capítulos nos lleva nada menos que a la ambiciosa búsqueda de otras formas de vida por toda la Galaxia. Un propósito demasiado grandioso para lo que inicialmente apuntaba.

Lo cual me permite repasar todos los defectos de la obra. A consecuencia de lo que he comentado antes, pienso que las inquietudes de Alvin no terminan de seguir una evolución comprensible: sabemos que quiere salir de Diaspar, y poco más. De hecho, una vez Alvin se halla en Lys, el lector no sabe hacia dónde se dirige la novela. Y es que no hay un motor, un eje claro sobre el que estructurarla, por lo que terminará pasando las páginas por pura inercia, con lo que los descubrimientos que va realizando Alvin pierden mucha de su fuerza. Incluso abundan los pasajes faltos de acción, en los que sólo se describen lugares o acontecimientos pretéritos. Y algunos episodios dan la impresión de ser poco relevantes para la novela; entre ellos, el juicio de Alvin a su retorno de Lys por el Consejo, su segunda visita a Shalmirane, o incluso la exploración del Sistema de los Siete Soles, cuyo único fin parece el encuentro con Varamende.

Otros detalles que no me terminaron de convencer son: el que en Diaspar todos los objetos se materialicen con un simple deseo mental; el que algunas especies animales muestren un grado evolutivo excesivo para ser creíble; el pólipo que habita en Shalmirane y sus historias sobre El Maestro y los Grandes, todo ello un tanto al margen de la trama; y el que los cambios que desencadena Alvin con sus acciones se produzcan demasiado bruscamente, sin mesura.

Afortunadamente, en este tramo de la novela se hacen particularmente presentes otros acierto que justifican su lectura, como las reflexiones sobre el sentido de la vida, la belleza y la muerte, de cuya escasez tanto se le acusa a Clarke, la gran relevancia de los computadores en la obra teniendo en cuenta cuándo fue escrita, la relación cada vez más fraternal entre Alvin e Hilvar, metáfora del reencuentro entre Diaspar y Lys, y la propia ciudad de Lys como paradigma de vida cercana a la Naturaleza, y plena de amor.

El tramo final, con las revelaciones de Varamende, derriba falsos mitos de ambas culturas y aclara un tanto la historia humana en tan vasto periodo, lo que cierra correctamente el círculo de lo narrado, aunque a mí por lo menos no me llegó a emocionar. Aun así, una novela recomendable para los seguidores del británico.

domingo, 22 de agosto de 2021

Las crisálidas (1955). John Wyndham

Con la presente entrada continúo con la reseña de novelas de referencia de los más relevantes escritores británicos de ciencia-ficción. Seguimos avanzando en el tiempo y llegamos al año 1955, en el que vio la luz "Las crisálidas", una de las novelas más conocidas de John Wyndhman. Que aunque es recordado sobre todo por la sensacional "El día de los trífidos" posee, en su extensa bibliografía, varias obras indudablemente recomendables. Entre las cuales se incluye la que hoy es objeto de mi reseña: una notable novela sobre las consecuencias de una catástrofe apocalíptica en las diversas sociedades que perviven, con un excelente equilibrio entre acción y especulación, y que ha soportado muy bien el paso del tiempo.

Wyndham da una lección magistral sobre cómo escribir una novela sin una sola página de relleno. Desde el primer capítulo nos sumerge con su prosa poderosa y fluida en la comunidad de Waknuk, un cúmulo de granjas en el interior de la Península de Labrador, en Canadá. Y sin necesidad de explicar la "Tribulación" que acaeció siglos atrás y que acutó como detonante de las dificultades actuales, es capaz de hacernos aprehender la rigidez integrista derivada de la necesidad de preservar la pureza de las distintas especies frente a la constante amenaza de las mutaciones. En este ambiente integrista, en el cual su padre ejerce un férreo control, David Strom irá narrando en primera persona su gradual comprensión del mundo que lo rodea, así como de la singularidad que condiciona su vida: sus capacidades telepáticas.

Otro gran acierto de la novela es su habilidad para conjugar distopía y aventuras. Casi en cada capítulo Wyndham nos va descubriendo los distintos grupos de humanos que viven marginados, ocultos o exiliados a causa de sus particularidades físicas, con toda la carga especulativa que ello ofrece y, al mismo tiempo, ese gradual proceso de descubrimiento va acompañado de los avatares de David, de su fijación por Sophie, de las clarificadoras conversaciones con su tío Axel, de la determinante irrupción de su hermana Petra, y de la cada vez más acuciante necesidad de ocultar su don hasta que llega el momento de emprender la huida.

A pesar de las décadas transcurridas desde su publicación, sorprende lo actual que continúa resultando el libro. No ya por su temática, algo esperable ya que la xenofobia, la imposición de ideas o la amenaza de lo diferente siguen siendo cuestiones de rabiosa actualidad, sino por la mesura a la hora de caracterizar las sociedades futuras, y la coherencia entre sus situaciones concretas y los actos que devienen de ellas. La ignorancia, la pobreza de medios o la economía de subsistencia son bazas seguras, pero el escritor sabe no emborronarlas con conceptos o artilugios fuera de lugar.

Otros aciertos dignos de mención son la capacidad para construir el clímax con el que rematar la historia (en el último tercio de la novela es casi imposible interrumpir la lectura), la habilidad para ubicar espacialmente al lector (los Márgenes, las Malas Tierras, la Costa Negra o Sealand están estupendamente delineados), o la capacidad para utilizar a sus personajes de manera que ofrezcan la perspectiva más amplia y completa posible (la abnegación de Sophie, la inteligencia de Michael, las supercapacidades de Petra, el contraliderazgo ejercido por el Hombre-Araña...).

En el capítulo del debe, nada especialmente grave. Dejando al margen la viabilidad real de unas capacidades telepáticas tan extraordinarias, lo que más chirría es que en sus sueños David pueda anticipar tan nítidamente las ciudades de Sealand. Además, los "sermones" de la "amiga de Sealand" que rescata a los protagonistas resultan un poco cargantes, y a la vez están impregnados de la misma supremacía condescendiente (aunque menos evidente) que la de Joseph Strom, el padre de David. Y la sustancia pegajosa con la que se detiene la lucha y se mata a tantas personas me parece el único recurso realmente fuera de lugar. En todo caso, estos detalles no enturbian en demasía una obra coherente, bien cohesionada y mejor resuelta, que demuestra que el entretenimiento no está reñido con la capacidad de hacernos reflexionar. Todo un clásico por descubrir.

jueves, 5 de agosto de 2021

1984 (1949). George Orwell

Una nueva entrada prosigo con mi recorrido en orden cronológico por los escritores británicos más representativos del género, a través de una de sus novelas más reconocidas. Avanzamos otros cinco años en el tiempo y llegamos a 1949, año en el que se publicó "1984", la obra más conocida de Eric Arthur Blair o, lo que es lo mismo, George Orwell. Que no fue en rigor un escritor de ciencia-ficción, pero que con esta distopía se adscribió indiscutiblemente en la temática del género. Más apreciada fuera del género que dentro, "1984" nos plantea un distópico universo totalitario que ha dejado conceptos tan indelebles en la cultura popular como el Gran Hermano (por cierto, una mala traducción de Big Brother, el hermano mayor omnipresente y vigilante que personifica la opresión del estado). En realidad lo mejor de la novela, y lo que más ha resistido el paso del tiempo, son sus componentes filosófica y conceptual, que siguen de plena actualidad. Literariamente no se puede en mi opinión sostener lo mismo, aunque el lector contemporáneo la podrá leer sin dificultad.

Estructurada en tres partes y fundada en otras tantas superpotencias (Oceanía, Eurasia y Asia Oriental), el libro se centra en Winston Smith, funcionario que trabaja en el "Ministerio de la Verdad" (cuyo cometido es reescribir la historia). A lo largo de los años Smith se va volviendo consciente de que los retoques de la historia en los que consiste su trabajo son sólo una parte de la gran farsa en la que se basa el "socialismo inglés" (o Ingsoc) que defiende su gobierno, y acaba descubriendo la falsedad intencionada de las informaciones procedentes del Partido Único. Como vemos, conceptos como la revisión de la historia, o el partido socialista único siguen en nuestros días de plena actualidad, y en eso radica el gran mérito de la novela: en anticipar el control del Estado sobre el individuo que seguramente los habitantes de la mayoría las naciones del planeta hemos sentido en uno u otro momento.

Para ello Orwell crea una gran cantidad de conceptos que refrendan ese control y que contribuyen a la riqueza especulativa de la novela: la neolengua (adaptación del idioma inglés que se habla en Oceanía y en la que se transforma el léxico para aumentar su capacidad de represión), la Policía del Pensamiento (inspirada en la NKVD y posteriormente KGB de la URSS), la habitación 101 (donde se ejercen las torturas más terroríficas), los proles (aquellos que no pertenecen al partido socialista y que son mantenidos en la miseria, pero a los que se les entretiene de diversas formas para preservarlos contentos y que sean incapaces de rebelarse), o el Ministerio de la Paz (que se esfuerza por que la contienda entre las tres superpotencias sea permanente...). Como vemos, un material especulativo de altísimo nivel y que por sí solo justifica la lectura de la novela.

Literariamente, en cambio, la obra no ha envejecido demasiado bien. En especial la segunda parte es claramente más floja que las demás, aparte de larga en exceso (es la de mayor número de capítulos). Por el contrario, la primera parte, en donde se describe la sociedad y la mayor parte de los elementos que la conforman, es la más notable y de mayor calado en el lector. La tercera abusa del horror y la represión (Orwell podría haber contado lo mismo de manera mucho más elegante, pero estaba ya gravemente enfermo de tuberculosis y se suele argumentar que esa negatividad está detrás del sensacionalismo innecesario de los capítulos finales). Si bien es cierto que en los mismos las ideas expuestas son coherentes, bien estructuradas y en su mayor parte inquietantemente realizables.

A pesar del gran número de ideas provocativas (como la semana del odio, la existencia de un comité destinado a organizar manifestaciones espontáneas, o la imposibilidad de que un miembro del Partido tenga tiempo libre), y de las excelentemente explicadas luchas geopolíticas, el año 1984 quedó atrás hace mucho tiempo y sabemos que no fue (afortunadamente) tan crudo como Orwell lo planteó. Y a la novela le sucede lo mismo: en su momento fue indudablemente un clásico, pero hace tiempo que desde mi punto de vista quedó superada. De hecho, precisamente en los años ochenta se publicaron varias distopías muy superiores especulativas y literariamente a la novela de Orwell, como "El pájaro burlón" de Walter Tevis o "Las torres del olvido", de George Turner. En todo caso, sigue siendo una lectura recomendable.

miércoles, 21 de julio de 2021

Sirio (1944). Olaf Stapledon

Con la presente entrada continúo el recorrido que inicié hace unos días por algunas de las novelas más representativas de los más influyentes escritores de ciencia-ficción británicos. Estamos en 1944 y le ha llegado el turno a Olaf Stapledon. Que es en mi opinión uno de los nombres más injustamente minusvalorados del género. Y es que mientras que en aquel año las revistas pulp de ciencia-ficción apenas se estaban consolidando al otro lado del Atlántico gracias a relatos cortos de variable calidad literaria, en el Reino Unido Stapledon llevaba ya tiempo establecido como un escritor de novelas de ciencia-ficción, de mucho mayores extensión y exigencia que los relatos pulp estadounidenses. Novelas por otra parte con una temática y una profundidad tales que aun hoy no desentonan con las que se publican ochenta años más tarde. Pese a lo cual el de Stapledon es un nombre no demasiado conocido por los aficionados al género en español.

Dentro de su bibliografía he optado por reseñar "Sirio", cuya calidad queda reflejada en el hecho de que la prestigiosa editorial Minotauro la sigue reeditando con regularidad. Se trata de una novela inteligente, profunda, que dado lo inverosímil de su argumento (Sirio es un perro superdotado que posee la sensibilidad de una persona) se esfuerza permanentemente por resultar coherente y verosímil. Y casi siempre lo logra.

Para ello Stapledon recurre a un acertado enfoque científico, relatándonos cómo Thomas Trelone fue perfeccionando su técnica para crear "superovejeros" hasta llegar a Sirio. Y luego estructura con habilidad la novela recurriendo a Robert, el marido de Plaxy, quien en tercera persona y respetando el orden cronológico, nos va narrando la vida de Sirio. El panorama lo termina de completar Stapledon mediante una profunda caracterización psicológica de sus personajes principales, muy por encima de lo habitual en la ciencia-ficción de aquel entonces.

Llevar a buen puerto una novela sobre un perro superdotado no es fácil, pero Stapledon lo consigue mediante tres aciertos indiscutibles: el primero, los diversos marcos escénicos por los que transita Sirio (su hogar en el norte de Gales, la granja de los Pughs, Cambridge, Londres...); el segundo, su particularísima relación con Plaxy, la hija menor de los Trelone, con la que según el escritor Sirio comparte "espíritu" y una hermandad no exenta de insinuantes detalles sexuales; y el tercero, el recurso a la Segunda Guerra Mundial (aún vigente cuando se escribió la novela) para dramatizar la historia y a la vez justificar por qué la existencia de Sirio no alcanzó mayor notoriedad.

La vertiente filosófica habitual en la obra de Stapledon queda patente en el uso que hace de Sirio para mirar a través de sus ojos buena parte de la sociedad (desde el egoísmo y la hipocresía habituales, hasta la religión y los totalitarismos tan en boga por aquel entonces). Y la componente científica está presente en la forma como Sirio va desarrollando sus capacidades intelectuales, a la vez que respeta las limitaciones morfológicas que la Naturaleza impone a cualquier perro.

La novela ha envejecido muy bien, pero aun así el paso del tiempo ha acentuado algunos defectos. Los más obvios son dos: aquellas situaciones que incluso para un perro superdotado resultan claramente inadmisibles, y una prosa en la que predominan los largos párrafos descriptivos frente a los diálogos, dificultando en cierta medida el disfrute de la lectura. También me parece que la novela tarda demasiado en salir de Gales, que el episodio que provoca la muerte de Thomas está poco trabajado, y que el retorno final de Sirio a su condición de lobo es excesivamente repentino. A cambio, el desenlace es correcto y el mensaje final sobre el amor como el elemento que sostiene a la humanidad está muy bien presentado y confirma que estamos ante una lectura recomendable.

sábado, 10 de julio de 2021

La guerra de los mundos (1898). Herbert George Wells

Con la presenta entrada inicio mi recorrido en orden cronológico por algunas de las novelas más representativas de los más relevantes escritores británicos de ciencia-ficción. Es un honor y un placer comenzarlo con Herbert George Wells, a quien como ya he comentado en alguna ocasión considero el padre de la literatura de ciencia-ficción. Aunque por carga especulativa y por fecha de publicación considero "La máquina del tiempo" (1895) su novela más representativa a la vez que la obra con la que comenzó el género, "La guerra de los mundos", de la que les voy a hablar a continuación, no le va a la zaga en cuanto a influencia dentro y fuera del género. Y es que además de las diversas adaptaciones que de la misma se han llevado al cine en el último siglo, una versión radiada de la misma en forma de serial llevada a cabo por Orson Welles en 1938 creó gran alarma social. Si bien lo más relevante en mi opinión es que, a pesar de los más de ciento veinte años transcurridos, es una novela que aún puede ser disfrutada por el lector que se acerque a ella por primera vez en este 2021.

Quizá lo primero a analizar sea que fue la primera novela moderna en la que se trató el tema de una invasión alienígena de nuestro planeta. Wells echó mano de lo que le quedaba más cerca, Marte, un planeta del que a finales del siglo XIX se conocía tan poco que no había una razón de peso que le impidiera albergar los famosos "marcianos", que aún perduran hoy como sinónimo coloquial de "extraterrestres". Hoy en día son miles las historias, los juegos, las películas que se basan en esta idea, pero quien primeramente le dio forma en la literatura fue el preclaro escritor británico. Aunque, como es lógico, todo cuanto Wells basó en lo que la ciencia conocía entonces sobre el Planeta Rojo debe en la actualidad disculparse por su indudable candidez. 2021.

Otro aspecto destacable, y que justifica que para mí al menos forme parte incuestionable del género, es que Wells realiza en esta breve novela un encomiable esfuerzo por analizar lo narrado, más allá de la mera historia. Y pese a lo que cabría esperar, no lo hace sólo de su vertiente científica, sino también de las consecuencias sociales. De lo primero es un buen ejemplo la extensísima descripción que nos ofrece de los marcianos a todos los niveles (desde la preferencia por los varones en su alimentación hasta el Rayo Ardiente del que se sirven), en la más pura línea de la ciencia-ficción, mientras que de lo segundo, además de las habituales reflexiones sociológicas, sobresalen las consecuencias en la burguesía de la conquista, o el impacto de la misma en el porvenir de la humanidad.

No obstante, la edad de la novela se deja notar en algunos defectos evidentes. Para mí el más obvio es que, abusando de los lugares que conocía, Wells limita el grueso de la narración a determinados lugares de Inglaterra (en especial todo el sudeste de Londres, hasta llegar a la capital). Obviamente la información disponible en aquella época sobre cualquier lugar del mundo era ínfima en comparación con la actual, pero la novela habría resultado más rica si Wells hubiera echado al menos un vistazo al impacto de la invasión en otros lugares del mundo. Además, Wells no es un escritor excesivamente brillante, por lo que en ocasiones se echa en falta más dramatismo, en especial teniendo en cuenta los hechos que está narrando. Incluso comete el error de dejarle claro al lector que la conquista marciana fracasó cuando aún queda un tercio de la novela. Y nos propone un final que no llega a aprovechar todas las posibilidades al alcance de la mano. Todo ello provoca que este clásico deba leerse con amplitud de miras si no se quiere quedar decepcionado.

A pesar de lo cual la novela nos ofrece excelentes capítulos (como el 16, donde se narra el pánico en la ciudad de Londres), rehúye de la arquetípica imagen de los marcianos como seres malvados (incluso llega a decir que su propósito no era tanto exterminar sino aterrorizar a la población), y sobre todo, abre un filón inimaginable que otros cientos de escritores no dudarían en aprovechar en décadas venideras. Así que, aunque existan obras mucho mejores sobre este tema, sigue siendo una obra de lectura obligatoria si usted presume de ser aficionado al género.

domingo, 27 de junio de 2021

Los escritores británicos en la ciencia-ficción

Una vez terminadas las reseñas sobre las novelas ambientadas en el Planeta Rojo, con la presente entrada inicio un nuevo tema dentro del siempre apasionante mundo de la literatura de ciencia-ficción. Un tema que inicio con pasión contenida, pues llevaba ya tiempo con ganas de dedicar unos meses a un asunto en el que siempre he pensado que no se ha insistido lo suficiente: la importancia de los escritores británicos en la literatura de ciencia-ficción. Me explico.

Casi instintivamente todos tendemos a identificar la ciencia-ficción en general, y la literatura de ciencia-ficción en particular, como una manifestación cultural de los E.E.U.U. A ello sin duda ha contribuido decisivamente la influencia de las producciones de Hollywood a la hora de confirmar culturalmente el género. Pero también es cierto que allí es donde se creó la primera asociación de escritores, donde se entregan desde hace décadas los Premios Hugo y Nébula, donde se produce la mayor cantidad de obras del género... Incluso fue allí donde surgieron las primeras revistas dedicadas al mismo hace prácticamente un siglo. Y la gran mayoría de grandes nombres que nos ha dejado el género proviene de allí.

Y sin embargo, si nos detenemos a pensar en ello, repararemos en que, por ejemplo, el primer escritor que realmente publicó novelas no ya de anticipación científica, sino de auténtica ciencia-ficción, fue el británico Herbert George Wells a finales del siglo XIX. O que por ejemplo durante la primera mitad del siglo XX los grandes escritores del género (desde Aldous Huxley hasta Olaf Stapledon) eran británicos que escriban genuinas novelas y no relatos cortos más o menos amateurs. O que durante décadas el escritor más conocido del género por el gran público fue el británico Arthur C. Clarke. O que algunas de las grandes tendencias del género se iniciaron en el Reino Unido y tuvieron a grandes nombres del género como Michael Moorcock o Christopher Priest como iniciadores o exponentes. Evidentemente los británicos cuentan con la ventaja de compartir idioma con los estadounidenses, y eso les ha ayudado a su repercusión internacional, pero como vemos su influencia en el género ha sido claramente superior a la que podríamos concluir en una reflexión apresurada.

Por ello la composición con las fotos de H.G Wells, Aldous Huxley, Arthur C. Clarke y Christopher Priest que ilustra esta entrada no es sino un breve anticipo de lo que nos vamos a poder encontrar en los próximos meses. Una lista de escritores en su mayoría muy conocidos para el lector en español, que con frecuencia no sólo habrán ganado los dos galardones más relevantes del género en el Reino Unido (los Premios BSFA, de la Asociación Británica de Ciencia-Ficción, y el Premio Arthur C. Clarke, a la mejor novela de ciencia ficción publicada por primera vez en el Reino Unido), sino también los prestigiosos Hugo y Nébula, y que en muchas ocasiones supusieron un auténtico hito para el género, desde Anthony Burguess hasta Neil Gaiman. Como es habitual, realizaré el recorrido en orden cronológico, sirviéndome para ello de una de sus novelas más reputadas disponibles en nuestro idioma.

He aquí la lista, nada menos que treinta escritores diferentes a lo largo de casi ciento veinte años de literatura:

H. G. Wells - "La guerra de los mundos" (1898)
Aldous Huxley - "Un mundo feliz" (1932)
Olaf Stapledon - "Sirio" (1944)
George Orwell - "1984" (1949)
John Wyndham - "Las crisálidas" (1955)
Arthur C. Clarke - "La ciudad y las estrellas" (1956)
Anthony Burguess - "La naranja mecánica" (1962)
J.G. Ballard - "El mundo sumergido" (1962)
Brian W. Aldiss - "Un mundo devastado" (1965)
Keith Roberts - "Pavana" (1968)
Christopher Priest - "Fuga para una isla" (1972)
John Brunner - "El rebaño ciego" (1972)
Bob Shaw - "Periplo nocturno" (1972)
Fred y Geoffrey Hole - "Infierno" (1973)
Ian Watson - "Empotrados" (1973)
Michael Moorcock - "Gloriana o la reina insatisfecha" (1978)
Charles Sheffield - "La telaraña entre los mundos" (1979)
Nicola Griffith - "Río lento" (1995)
Alastair Reynolds - "Espacio revelación" (2000)
Ken MacLeod - "El torreón del cosmonauta" (2000)
Jon Courtenay Grimwood - "Pashadaze" (2001)
Neil Gaiman - "American Gods" (2001)
Paul J. McAuley - "Hijo del río" (2002)
Ian R. MacLeod - "Las edades de la luz" (2003)
Geoff Ryman - "Aire" (2004)
Jo Walton - "El círculo de Farthing" (2006)
Stephen Baxter - "Inundación" (2008)
China Miéville - "Embassytown. La ciudad embajada" (2011)
Adrian Tchaikovsky - "Herederos del tiempo" (2016)
Tade Thompson - "Rosalera" (2018)

Muchas de estas novelas ya han recibido su reseña individual a causa de alguna otra temática tratada por este humilde blog a lo largo de su década de historia; en tales casos, simplemente he añadido el enlace a la entrada correspondiente. En otras ocasiones el escritor en cuestión sí habrá recibido al menos una reseña de una de sus novelas, pero optaré por presentar otra novela suya digna de atención y que aún no hubiera recibido su entrada individual. Y finalmente, algunos escritores será la primera vez que desfilen por el blog, una primera oportunidad de reflexionar sobre su obra.

Espero que el tema les resulte tan apasionante como a mí; si es el caso, les emplazo a mi próxima entrada, dentro de unos días.

domingo, 13 de junio de 2021

Amanecer rojo (2014). Pierce Brown

Con la presente entrada finalizo mi recorrido por muchas de las más relevantes novelas sobre el Planeta Rojo disponibles para el lector en español. Seguimos avanzando en el tiempo, y nos situamos ya en el año 2014, que fue cuando vio la luz el debut literario en formato novela del estadounidense Pierce Brown. "Amanecer rojo" supuso un notable fenómeno editorial a nivel internacional, hasta el punto de que poco después ya se había convertido en la primera entrega de una trilogía disponible íntegramente en nuestro idioma. Ciñéndonos a la primera entrega, debo decir que había leído muchas críticas positivas sobre ella, por lo que la comencé con altas expectativas, que desgraciadamente se vieron defraudadas. Porque se trata de una novela con un atrayente marco escénico, un sugestivo punto de partida, una estimulante estratificación social y material para profundas reflexiones. Pero que se echa a perder por su sobredosis de violencia y su exagerada extensión.

Brown plantea una Marte terraformada y habitada desde hace setecientos años como parte de la expansión de la raza humana por nuestro sistema solar, aunque los rojos, que conforman el estrato social más bajo, lo desconocen y siguen perforando las profundidas del planeta para extraer el preciado Helio-3 que supuestamente permitirá en un futuro esa terraformación. A este estrato pertenece Darrow, protagonista absoluto del libro, quien malvive bajo tierra junto a su familia hasta que el ajusticiamiento de su esposa Eo, y la reacción que tal hecho provoca en él, termina desencadenando una serie de acontecimientos que lo sacarán del inframundo y lo transformarán en un dorado, miembro de la clase dominante y candidato a alcanzar las mayores cotas de poder. Se trata por tanto de un enfoque original para una historia ambientada en el Planeta Rojo, mezcla de distopía y viaje iniciático, que el escritor, lastrado por una bisoñez evidente, malogra al no saber aprovechar estos mimbres.

Porque lo mejor de la novela es sin duda esa primera parte sórdida, desesperanzada y sin embargo impregnada de una humanidad que se impone a pesar de todas las dificultages. Pero con la segunda parte, ya fuera de los túneles de Lico, centrada en la transformación de Darrow en una nueva persona gracias a los Hermanos de Ares, la novela empieza a perder verosimilitud a causa por una parte de la magnitud de los cambios que el tallista efectúa sobre el protagonista (incluso contando con la tecnología del futuro), y especialmente por el papel no del todo justificado que desempeña realmente la organización de Ares.

Pero con casi dos tercios de la novela por delante, son las dos partes restantes las que se desinflan paulatinamente. En lugar de aprovechar los distintos colores sociales (grises, rosas, azules...) sobre los que en teoría debería cimentarse una variopinta y jugosa sociedad marciana, y en lugar de lo que prometía ser un fascinante recorrido por Planeta Rojo una vez Darrow dejó atrás su vida subterránea, Brown gasta el resto de páginas en un mero juego de selección del dorado más capacitado para entrar en el prestigioso Instituto. Que, por supuesto, terminará siendo Darrow. Nada más.

Por resaltar aspectos positivos de estas dos últimas partes, mencionaré que el lector se encontrará con algunos personajes bien recreados (Casio, Sevro, Mustang, Roque), aunque otros me parecen francamente esquemáticos o inverosímiles (calificativo aplicable a todos los prétores del Olimpo). Resaltaré también que algunos lugares de Agea, la zona del Valles Marineris donde transcurren ambas, resultan fascinantes a la vez que fáciles de seguir gracias al mapa adjunto. Pero esos aciertos puntuales pierden su fuerza ante las nada menos que doce Casas en que se estructuran los participantes en el juego y que deberán enfrentarse entre ellas. Es obvio que con tres o cuatro Casas habría bastado, pero ese número tan amplio permite al autor llenar capítulos y más capítulos de enfrentamientos y peleas reiterativas y con un denominador común: la violencia sensacionalista. Un aspecto omnipresente que, complementado por alguno de los valores más despreciables de los seres humanos, apenas deja espacio para las reflexiones distópicas que la novela prometía al comienzo.

Otro defecto evidente es el hecho de que las dos "sorpresas" argumentales de la novela repiten el mismo truco: la filiación (Julian y Casio, Mustang y El Chacal), un recurso manido aunque Brown sólo lo hubiera empleado una vez. También hay detalles que afean el elemento científico (baste recordar las entrañas de los caballos ocupadas por los Aulladores). Por otra parte, hay tantas casas y facciones que es fácil perderse a la hora de entender quién está luchando contra quién. Y el desenlace, aunque se esfuerza por atar cabos, no se sale ni un ápice de lo esperado, incluso en lo relativo a Nerón.

Con ciento cincuenta páginas menos y un mejor equilibrio entre la violencia y otros valores más estimulantes que en buena lógica también deben existir en toda sociedad y, por supuesto, en una buena obra literaria, me habría animado a leer las otras dos partes de esta trilogía. Pero a la vista de lo que ofrece "Amanecer Rojo", esa opción quedó descartada.

lunes, 3 de mayo de 2021

El marciano (2011). Andy Weir

Una nueva entrada prosigo mi recorrido en orden cronológico por muchas de las novelas que tienen como trasfondo al Planeta Marte. Llegamos ya a la pasada década, que fue cuando vio la luz "El marciano", la ópera prima del estadounidense Andy Weir. Una novela cuyos inicios fueron complejos (fue autopublicada por su autor ante la falta de una editorial que lo respaldara), pero que gracias al boca a boca en unos pocos años no sólo se había convertido en un fenómeno editorial traducido a varios idiomas, sino que había servido para una exitosa película, una de cuyas instantáneas ilustra la edición en tapa blanda de la presente reseña. Y es que no sólo se trata en mi humilde opinión de la mejor novela que se ha publicado jamás sobre Marte, sino una de las mejores novelas de ciencia-ficción que he leído nunca. Y que no formó parte de mi lista de quince títulos personalísimamente favoritos porque aún no se había publicado en nuestro idioma cuando la confeccioné. Estamos ante una obra intensa, dinámica, amena, llena de ingenio y aventuras, y con un fabuloso uso del elemento científico en toda su extensión.

Y eso que el argumento no es complejo: Mark Watney, astronauta de la tercera expedición tripulada al Planeta Rojo y protagonista absoluto de la novela, queda varado en Marte cuando sus compañeros abandonan el planeta en medio de una tormenta de polvo. El resto de la novela narra todas sus tribulaciones en solitario. LO relevante aquí es la maestría con la que Weir retrata a su Robinson del siglo XXI.

Watney es un personaje bien trazado sin necesidad de recurrir a tópicos como un pasado traumático o una historia de superación personal, que va recurriendo a sus conocimientos como biólogo e ingeniero en las materias más diversas para superar los continuos obstáculos con los que Marte lo va poniendo a prueba. Son fascinantes sus esfuerzos para obtener agua y comida primero, poder comunicarse con la Tierra después, desplazarse finalmente hasta el punto de recogida... Sus conocimientos aplicados son apabullantes (aunque comete los suficientes errores para resultar creíbles), y los cálculos, las deducciones y las soluciones que va ideando un auténtico goce para el lector de ciencia-ficción. Aunque debo admitir que la fórmula "nuevo problema - nueva solución - problema superado" está cerca de llegar a resultar reiterativa.

Justo para evitar ese potencial defecto Weir introduce en momentos siempre acertados otros personajes y puntos de vista que complementan la narración en primera persona de Watney. Con dos focos claramente distinguibles: las autoridades de la NASA y sus compañeros de expedición a bordo de la Hermes. Ambos se antojan al principio excesivamente esquemáticos, pero a lo largo de los capítulos se volverán suficientemente reconocibles a ojos del lector. Los primeros, por sus reacciones, sus consideraciones políticas y sus denodados esfuerzos por salvar a Watney con sucesivos planes, y los segundos, por su compromiso personal con la misión y sus cualidades para sobreponerse a las adversidades en las trepidantes páginas finales.

Muy poco que reprochar a esta excelente novela. Quizá una tormenta de polvo en la tenue atmósfera marciana no llegue a ser nunca tan intensa como para forzar la partida de la expedición. Seguramente la narración en forma de diario le resta intensidad a alguno de los pasajes más emocionantes (de ahí el discreto pero eficaz recurso puntual a las "transcripciones de audio"). Sin duda ese narrador omniscente que en dos o tres puntos de la novela anticipa un nuevo revés se podría haber resuelto de una manera más elegante. Y sobran la gran mayoría de los barbarismos con los que Weir intenta innecesariamente dotar de mayor verosimilitud a su protagonista.

Poca cosa en todo caso comparada con el dinamismo, siempre constructivo y con un a menudo refrescante sentido del humor con el que Watney se gana la atención y el cariño de todo nuestro planeta, que sigue en vilo sus aventuras, y con el que Weir proporciona unas valiosas reflexiones finales. En suma, un gran libro, muy difícil de superar.

sábado, 24 de abril de 2021

Rumbo a Marte (2008). Joe Haldeman

Con esta entrada prosigo las reseñas de las novelas que tienen como marco escénico el Planeta Rojo. Estamos ya a finales de la primera década de nuestro siglo, que fue cuando vio la luz "Rumbo a Marte", del estadounidense Joe Haldeman. Un escritor reputado, con varios premios en su haber y una parte considerable de su producción traducida al español. Que se lanzó a escribir sobre Marte desde una perspectiva poco frecuente hasta entonces. Y es que "Rumbo a Marte" es una novela que, inspirándose hasta cierto punto en las obras clásicas del género, plantea un enfoque singular sobre el establecimiento de la primera colonia humana en Marte, respetuosa con los elementos científico y tecnológico, y provocativa hasta lo inverosímil en las consecuencias de tal establecimiento.

Es difícil juzgar la novela como un todo, a causa de las dos mitades claramente diferenciadas que la conforman (aunque ambas tienen a la joven Carmen Dula como protagonista). La primera nos muestra con un estilo desenfadado y minucioso cómo podrían ser en el siglo XXII los preparativos, los viajes y la vida de los primeros colonos marcianos. Haldeman cuida todos los detalles (el Elevador Espacial, el Hotel Hilton para turistas adinerados, el interior de la nave John Carter), en un perceptible esfuerzo de verosimilitud (desde la selección de pasajeros de poco peso, pasando por los singulares aseos y comidas, hasta la estrictamente organizada vida a bordo de la nave o en la colonia), y teniendo presente en todo momento las restricciones que sabemos la ciencia impone a la vida en el espacio o en el Planeta Rojo. Mientras que la segunda mitad nos propone un ambicioso salto en la trama, de dimensiones cósmicas, menos fundado en la ciencia y más apresurado en sus desarrollo y desenlace.

En mi opinión a la obra de Haldeman le suele faltar un punto de profundidad, y esta novela es otro buen ejemplo. Aunque los diecinueve años de su protagonista pueden contribuir a la relativa superficialidad que trasluce, a menudo las interrelaciones de los personajes son arquetípicas (la relación entre Carmen y el piloto Paul Collins, sus padres comprensivos, su hermano menor más inquieto...), la atención prestada al sexo en la que no olvidemos es una de las primeras expediciones a Marte un tanto excesiva, y personajes como la mala-malísima Dargo Solingen resultan simples y planos. El resultado, no obstante, es agradable de leer, dinámico gracias a sus capítulos cortos, y con detalles simpáticos, pero a veces da la impresión de que sus protagonistas son más unos domingueros que se divierten pasando unos días de camping que unos colonos con la trascendental misión de asentar al ser humano en Marte.

El encuentro accidental de Carmen con Rojo y el resto de marcianos que da comienzo a la segunda mitad de la obra no está desde mi punto de vista bien justificado (no se comprende a qué sale Carmen aquella noche), pero sirve para cambiar radicalmente las pretensiones de la novela, lo que conlleva que Haldeman readapte el estilo. La evolución de las reacciones de los colonos ante la interacción con los marcianos está bien reflejada, y la gradual colaboración de extraterrestres y humanos en una causa común traslada unos valores que ojalá se defiendan realmente en el futuro si se da el caso. Pero a pesar de buenos detalles técnicos como las modulaciones en amplitud o frecuencia de las señales enviadas por los Otros, paulatinamente Haldeman comienza a exigir al lector que acepte sin más avances y amenazas que cada vez se antojan más inverosímiles. Y la novela se resiente.

Porque al llevar tales amenazas hasta sus últimas consecuencias, Haldeman se ve obligado nada menos que a desintegrar Tritón y a dañar notablemente nuestra Luna. Y todo ello a causa de la apertura de una caja de Pandora de dimensiones galácticas que había estado latente nada menos que desde los comienzos de la humanidad. El caso es que, si reflexionamos sobre ello, lo que nos sugiere Haldeman podría sentido considerando cuál ha sido el devenir de nuestra historia, pero lo presenta de forma apresurada, sin conferirle la dimensión adecuada, y con personajes de última hora que son de cartón piedra.

De ello deviene esa sensación de que la novela podría haber dado más de sí si el escritor le hubiera conferido más pausa, más profundidad, más interés en atar cabos sueltos, y un punto menos de ambición galáctica. En cambio, se queda en una lectura fácil y entretenida, por momentos sugestiva y cautivadora en lo relativo a Marte, y con un mensaje final un tanto sombrío a modo de contrapunto, pero lejos de la excelencia.

Mencionar, por último, que "Rumbo a Marte" ha resultado ser la primera novela de una trilogía que hasta donde yo sé no se ha traducido en su integridad a nuestro idioma, y que no he tenido el gusto de seguir leyendo.