viernes, 1 de junio de 2018

Cita con Rama (1973). Arthur C. Clarke

Una entrada más continúo reseñando las novelas ganadoras o nominadas que he seleccionado como representativas de los premios Nébula, y que aún no habían tenido una entrada independiente en este humilde blog. Voy a hablarles en esta oportunidad de "Cita con Rama", la novela más premiada del escritor británico Arthur C. Clarke, que no sólo conquistó el premio Nébula de su año, sino otros muchos como el Hugo, el John W. Campbell Memorial y el British Science Award. Lo que refleja el enorme impacto que tuvo en su momento. Porque como ya comentaba hace unas semanas al presentar los Premios Nébula en la década de los setenta, Arthur C. Clarke fue uno de los escritores más galardonados en dicha década, coinciendo con su periodo de máximo prestigio y popularidad. Hay que tener en cuenta que "2001, una odisea en el espacio", la película primero y posteriormente novela, habían visto la luz sólo unos pocos años antes, y habían aumentado la popularidad de Clarke a niveles probablemente nunca antes alcanzados por otro escritor de ciencia-ficción. Ese impulso probablemente influyó en el reconocimiento que alcanzó "Cita con Rama", si bien es cierto que con la perspectiva histórica que dan los años se trata de una novela muy recomendable, y que mantiene hoy en día su condición de clásico del género.

"Cita con Rama" representa, sobre todo, un perfecto ejemplo de cómo construir una estupenda novela sin recurrir a los manidos elementos habituales en tantas y tantas obras literarias: no hay sexo (ni explícito, ni tan siquiera sugerido), ni violencia (no hay luchas, ni siquiera palabras hirientes), ni mucho menos muertes. Porque lo esencial, especialmente en la ciencia-ficción, es que el escritor sea capaz de construir un marco escénico coherente a todos los niveles sobre el que poder desarrollar el sentido de la maravilla que tanto caracteriza al género. Y Clarke lo logra sobradamente. Porque desde el principio el escritor nos sitúa especial y temporalmente, nos muestra los grupos de influencia de la época, y por encima de todo idea un mundo fascinante ("Rama", de ahí el título de la novela), con sólo dar algunas vueltas de tuerca a algunas leyes de la física más elemental. El resto es tirar del hilo en capítulos cortos y directos, sin alargar el conjunto más de lo necesario.

Clarke ambienta la novela con un enfoque de aventura muy conseguido: así "Rama" se va revelando de manera gradual, precisa. De forma que cada nuevo descubrimiento es una respuesta a un pequeño enigma que genera multitud de preguntas, pero sin recurrir a clichés que harían la novela más previsible: ni los exploradores son atacados, ni los ramanes sorprenden con su presencia. Clarke es capaz de mantener el interés sin estos artificios, lo que evidencia la calidad de la novela. Además, el final resulta certero: Mercurio es el antagonista perfecto, el sabotaje está justificado, y las páginas finales rezuman hondas reflexiones, dejando bien a las claras que no estamos solamente ante una novela de ciencia-ficción hard.

Eso sí, no todo son virtudes. Para mi gusto, hay un tratamiento excesivamente superficial tanto de las instituciones como de los miembros que la componen. Como es habitual en Clarke, la prosa es un tanto fría y rígidamente científica, y los personajes no demasiado elaborados. Además, llegado un punto en el que la novela parece que se puede quedar enganchada, el escritor se saca de la manga un nuevo personaje, Pak, para introducir formas de vida ramanes y así remontar el vuelo. Y no es difícil descubrir una más que nítida deuda con la también ganadora del Premio Nébula "Mundo anillo", de Niven.

Por último, debo mencionar que entre 1989 y 1993 "Cita con Rama" se convirtió en una tetralogía por obra y gracia del relativamente poco conocido escritor Gentry Lee, mientras que Clarke simplemente supervisaba y revisaba el resultado. No son, pues, novelas escritas por Clarke, y aunque puedan resultar amenas, distan mucho de la grandeza y la repercusión que generó la novela original.

sábado, 19 de mayo de 2018

Los propios dioses (1972). Isaac Asimov

Una entrada más prosigo con la reseña de las novelas ganadoras y nominadas a los premios Nébula durante la década de los setenta que aún no hubieran tenido una entrada independiente en este humilde blog. Voy a hablarles en esta oportunidad de "Los propios dioses", una de las mejores novelas de Isaac Asimov, que quizá siga siendo el escritor más famoso del género en los países de habla hispana. Una novela que vio la luz, además, en la época en la que en menor medida El Buen Doctor se estaba dedicando al género. Y es que desde mediados de los años cincuenta sólo había publicado una novela ("Viaje alucinante", 1966) que además no era enteramente suya, sino la adaptación a novela de la película del mismo nombre. La vinculación de Asimov con el género por aquellos años se limitaba a relatos cortos que escribía ocasionalmente. Hasta que, según contaba en sus muy recomendables "Memorias", empezó a trabajar en un nuevo relato corto cuyo argumento fue requiriendo más y más espacio para explorar todas sus posibilidades, hasta acabar convirtiéndose en la novela que les presento hoy. Una novela que, con toda justicia además, se alzó con el premio Nébula de su año. Y es que "Los propios dioses" es una excelente y ambiciosa obra que cubre con talento varios frentes: un descubrimiento científico que cambia la historia de la humanidad, la primera colonia lunar y, sobre todo, una sociedad extraterrestre con unos alienígenas absolutamente fascinantes.

Para tratar en profundidad estos tres frentes no necesariamente cercanos desde un punto de vista argumental, Asimov estructura la novela en tres partes separadas, pero siempre con el hilo conductor de la Bomba de Electrones: un artilugio que cambia la historia de la humanidad al proporcionar energía infinita y gratuita, y que se basa para ello en la existencia de un parauniverso en el que se produce una transferencia de energía equivalente pero en sentido contrario. Una teoría científica arriesgada pero que Asimov va desarrollando con maestría a lo largo de las tres partes.

Aunque sin duda lo mejor de la novela son los alienígenas que habitan ese parauniverso, a los que Asimov dedica la segunda parte. El tríade de Seres Blandos que conforman el Racional Odeen, la Emocional Dua y el Paternal Tritt resulta en mi humilde opinión una de las mejores entidades alienígenas de la historia de la ciencia-ficción: complementarios, coherentes, magistralmente caracterizados, van evolucionando como seres inteligentes ante los ojos del lector conforme la instintiva necesidad de engendrar una Racional se enfrenta a la gradual comprensión que alcanzan de lo que está sucediendo en el universo humano a causa de la transferencia bidireccional de energía. Y que además rematan el misterio que encierra la segunda parte con una revelación tan original como impactante.

A un nivel inferior pero aún muy alto se sitúa la primera parte, en la que con notable sarcasmo Asimov muestra todas las mezquindades y casualidades que rodean el descubrimiento científico primero y la creación después de la Bomba de Electrones, al tiempo que nos alerta sobre la ceguera perpetua de la humanidad para no ver aquello que no le interesa. Algo más floja es la tercera parte, en la que Asimov tal vez se detiene en exceso en los hábitos y las particularidades de la relativamente nueva colonia lunar, antes eso sí de resolver elegantemente la novela con el recurso a la bomba-cosmeg que en realidad demuestra la existencia de infinitos universos.

La verdad es que poco se le puede reprochar a esta excelente novela, más allá de esas primera y tercera partes ligeramente inferiores a la maravillosa segunda parte. Si acaso, unos personajes humanos con frecuencia menos eficazmente caracterizados que los alienígenas de la segunda parte, y una literatura tal vez demasiado directa, con predominio absoluto de los diálogos. En realidad minucias frente a la inteligencia que desprende todas sus páginas, a lo elaborado del elemento científico, a lo coherente de las soluciones planteadas para la vida en la luna, a las dosis de humor, a la concisión de la novela y a todas las demás virtudes ya mencionadas.

miércoles, 2 de mayo de 2018

El año del sol tranquilo (1970). Wilson Tucker

Con la presente entrada inicio la reseña de las novelas ganadoras o nominadas a los premios Nébula en la década de los setenta que no habían tenido hasta ahora una entrada independiente en este humilde blog. Voy a hablarles en esta oportunidad de "El año del sol tranquilo", del estadounidense Wilson Tucker. Un escritor con una historia personal singular, ya que su principal vinculación con el género fue la de aficionado ferviente, editor de fanzines y asistente permanente a las convenciones anuales de ciencia-ficción. Solamente con los años se animó a desarrollar su propia carrera literaria, y siempre en un discreto segundo plano. Carrera que alcanzó su punto álgido con esta novela, nominada para los premios Nébula de 1971, en los cuales venció el clásico indiscutible de Larry Niven, "Mundo Anillo". Y que resulta una obra sorprendentemente efectiva y disfrutable sobre el viaje en el tiempo, gracias a la relativa simplicidad con la trata tan escabroso tema el autor.

Y es que Tucker, como digo aficionado antes que escritor, en ningún momento de este relativamente corto libro intenta ocultar (quizá porque ni siquiera es consciente) sus relativas limitaciones como creador de historias: estamos ante una novela sencilla para lo que es habitual en el género, con muy pocos personajes, que salvo en su inicio transcurre en una única Estación de Investigación en Illinois, con una única línea narrativa, un estilo directo sin apenas artificios literarios... En suma, una falta total de pretenciosidad.

Y sin embargo esa falta de pretenciosidad se convierte en su mayor baza: ya en los capítulos iniciales Tucker explica hasta "donde puede" la viabilidad del viaje en el tiempo, con los mínimos elementos pseudocientíficos necesarios, limitando el ámbito temporal a la disponibilidad real de energía en cantidades ingentes, y recurriendo al sentido común a la hora de equipar las expediciones. Pero es cuando se inician las visitas al futuro cuando más claramente se evidencia que Tucker no desea transitar por arenas movedizas: sólo nos relata cuatro expediciones, la primera de reconocimiento con tres exploradores implicados (Chaney, Moresby y Saltus) pero sin que lleguen a encontrarse en el "futuro" de 1980, y las otras tres, exploraciones individuales de cada uno de ellos a un periodo comprendido entre 1999 y aproximadamente el 2030. Todas ellas evitando además las temidas paradojas o contradicciones de los viajes en el tiempo: ¿que un personaje no puede volver para no alterar la realidad? Pues no vuelve (Chaney). ¿Que no puede revelar un secreto sobre su vida personal? Pues un pacto entre caballeros que impide revelarlo (Saltus - Chaney).

Y como telón de fondo, unos E.E.U.U. que desembocan gradualmente en una fatal guerra civil, y un triángulo amoroso (Saltus - Kathryn - Chaney) al cual el viaje en el tiempo se encarga de dar consistencia y un toque de emotividad. En realidad, nada especialmente novedoso, con una catastrofismo previsible y un cierto racismo latente fácilmente tolerado por el público anglosajón. Pero creíble, y por tanto fiable para lograr la ansiada verosimilitud de toda novela de viajes en el tiempo.

Eso sí, el libro adolece de defectos apreciables. Comenzando por las ya citadas limitaciones (reales o auto-impuestas) de Tucker, siguiendo por la tardanza en el inicio de los viajes temporales (¡casi media novela!), sin olvidar el escaso periodo de futuro que cubre la novela (apenas sesenta años), y terminando con la clara sensación de que se podía haber aprovechado el Vehículo de Desplazamiento Temporal para obtener una perspectiva mucho más amplia. Pero la cautivadora tensión del último tercio de la novela hace que la impresión global al terminar la lectura sea positiva. Incluso a pesar de todos los años transcurridos desde que se publicó.

sábado, 21 de abril de 2018

Los premios Nébula: la década de los setenta

Con esta entrada voy a iniciar mi revisión de los Premios Nébula en la década de los setenta, la segunda década de existencia de los galardones para mí más relevantes de la literatura de ciencia-ficción.

Los setenta comenzaron fuertemente influenciados por la New Wave, lo que no impidió la coexistencia de novelas claramente influenciadas por esta corriente con otras que podríamos definir como clásicas. Porque aunque veamos por esta lista a autores como Ursula K. LeGuin o sobre todo mi favorito Robert Silverberg, que aprovecharon la renovación que supuso la New Wave para escribir sus mejores novelas, el primer ganador de la década fue el relativamente poco innovador Larry Niven, con una novela tan atrayente y sin embargo tan "convencional" dentro del género como "Mundo anillo". Y en años posteriores los escritores que más frecuentemente se alzaron con el galardón fueron cincuentones de gran reputación entonces y ahora en el género como Frederik Pohl, Arthur C. Clarke (cuya foto ilustra esta entrada) e Isaac Asimov.

Al igual que hice al introducir la década de los sesenta en los premios Nébula, no voy a realizar un recorrido exhaustivo por todos los ganadores y finalistas, aunque sí me he asegurado de que haya al menos una novela ganadora o finalista por año de entrega del premio. Las razones son las mismas que expuse entonces: no haber completado la lista de todas las novelas ganadoras y nominadas, y haber descartado conscientemente la preparación de una entrada específica en algún caso puntual.

Sin más rodeos, ésta es la lista de mi selección de novelas galardonadas o nominadas a los Premios Nébula en los años setenta:

1971:
Ganadora:
"Mundo anillo" - Larry Niven
Nominadas:
"La torre de cristal" - Robert Silverberg
"El año del sol tranquilo" - Wilson Tucker

1972:
Ganadora:
"Tiempo de cambios" - Robert Silverberg

1973:
Ganadora:
"Los propios dioses" - Isaac Asimov
Nominadas:
"El libro de los cráneos" - Robert Silverberg
"Muero por dentro" - Robert Silverberg
"El sueño de hierro" - Norman Spinrad

1974:
Ganadora:
"Cita con Rama" - Arthur C. Clarke

1975:
Ganadora:
"Los desposeídos" - Ursula K. LeGuin
Nominada:
"Fluyan mis lágrimas, dijo el policía" - Philip K. Dick

1976:
"La guerra interminable" - Joe Haldeman
Nominadas:
"Empotrados" - Ian Watson
"La paja en el ojo de Dios" - Larry Niven y Jerry Pournelle
"El hombre estocástico" - Robert Silverberg

1977:
Ganadora:
"Homo plus" - Frederik Pohl
Nominada:
"Sadrac en el horno" - Robert Silverberg

1978:
Ganadora:
"Pórtico" - Frederik Pohl
Nominada:
"En el océano de la noche" - Gregory Benford

1979:
Ganadora:
"Serpiente del sueño" - Vonda N. McIntyre

1980:
Ganadora:
"Las fuentes del paraíso" - Arthur C. Clarke

Con las lógicas excepciones (de manera muy especial "Serpiente del sueño", que ya formó parte de mi lista de quince novelas decepcionantes), debo admitir que la mayoría de las novelas de esta lista me parecen claramente recomendables, y muchas de ellas grandes clásicos del género que siguen cautivándonos en la actualidad. Lo que vuelve a hablar en favor de estos galardones. Aunque los muy observadores notarán que el número de novelas que he seleccionado por año va menguando y se limita a apenas un título conforme se acercaba la década de los ochenta. La causa es evidente: para mí, el tramo correspondiente a los últimos años sesenta y los primeros años setenta fue el de mayor brillantez en la historia del género, mientras que los años ochenta fue, como explicaré en una entrada posterior, una década relativamente floja. Por eso la transición en el número de novelas que se observa en la lista propuesta.

Resaltar por último que dos autores se alzaron con el premio en dos ocasiones a lo largo de esta década: Arthur C. Clarke y Frederik Pohl. El primero había consolidado su nombre como uno de los tres grandes pilares del género junto a Robert A. Heinlein e Isaac Asimov gracias a la tremenda repercusión que había alcanzado a finales de los sesenta la película de Stanley Kubrick "2001, una odisea en el espacio", basada en un relato del propio Clarke, quien también publicó una novela a partir de la película. Y el segundo retomó con fuerza su actividad como escritor tras un periodo más orientado a la edición de publicaciones especializadas, modernizando su estilo de los años cuarenta y cincuenta con una naturalidad sorprendente.

Les espero en mi próxima entrada para reseñar aquellas novelas de la lista de novelas de los setenta que aún no hayan tenido una entrada independiente en este humilde blog.

domingo, 8 de abril de 2018

Todos sobre Zanzíbar (1968). John Brunner

En esta nueva entrada continúo con mi reseña de novelas ganadoras y nominadas de los premios Nébula en la década de los sesenta. Voy a hablarles en esta oportunidad de "Todos sobre Zanzíbar", quizá la novela más conocida del británico John Brunner (una de las nominadas a los premios Nébula de 1969, cuya vencedora fue "Rito de paso", de Alexei Panshin, que no he tenido oportunidad de leer). Se trata de una distopía ambiciosa, muy extensa y rica en personajes y puntos de vista, que a pesar del tiempo transcurrido desde su creación sigue de plena actualidad, y que resulta más disfrutable de lo que cabría esperar si tenemos en cuenta lo ambicioso de su planteamiento. Tan disfrutable que en años posteriores dio lugar a dos novelas relativamente relacionadas ("Órbita inestable" (1969) y "El rebaño ciego" (1972)), hasta conformar la llamada Trilogía del desastre de Brunner.

Su rabiosa actualidad es fácilmente comprensible si tenemos en cuenta que Brunner sitúa la narración durante el siglo XXI y, con unas dotes premonitorias incuestionables, centra la narración en las tres fuentes principales de poder de nuestros días (los gobiernos, los medios de comunicación y las multinacionales), y les contrapone un exceso de población en el planeta que hace sufrir a nuestro planeta y del que no estamos demasiado lejos. Y para que la panorámica resulte lo más amplia (y ambiciosa) posible, estructura la novela en nada menos que ciento diecinueve capítulos breves que se adscriben a una de estas cuatro categorías: "Contexto", "Las cosas que pasan", "Viendo primeros planos" y "Continuidad". Categorías que se van sucediendo a lo largo de la novela sin un orden fijo, en lo que constituye todo un alarde de originalidad pero también un riesgo de desorientar al lector.

Y es que el mosaico de personajes y situaciones con el que Brunner abruma al lector nada más comenzar la novela puede resultar una barrera para afrontar con buena disposición su lectura. A mi modo de ver, para disfrutar de una obra tan visionaria y a la vez tan compleja es necesaria una cierta madurez del lector en el ámbito de la literatura de ciencia-ficción. Porque a veces lo que nos relata el escritor puede resultar un tanto confuso, y a pesar de todas las cosas interesantes que se cuentan, puede ser fácil perderse. Menos mal que algunos personajes aparecen regularmente, lo que permite al lector "asirse" a ellos para no perder el norte: Donald Hogan y Norman Niblock House en "Continuidad" (que podríamos definir como lo más parecido a la línea argumental principal de la novela), y el escritor Chad Mulligan en "Contexto".

La novela no carece, además, de defectos claramente perceptibles. El más obvio de todos es el esfuerzo permanente por impactar (baste recordar aquí los capítulos estructurados en tres columnas a modo de tabla, el provocativo juego con la iconografía cristiana, los sustantivos que crea yuxtaponiendo otros, el análisis de los más pequeños detalles, incluso el recurso a sonetos para ilustrar mejor el contexto); no puede negar que es un claro producto de los excesos de la New Wave, tan en boga por aquel entonces. Otro punto en contra es que no es casi hasta la mitad de la novela cuando Brunner empieza a relaconar los distintos frentes planteados, y eso ya puede resultar muy tarde. También es excesiva en mi opinión cierta tendencia a cebarse en la violencia, por ejemplo describiendo las armas empleadas con mucho detalle o enumerando los más diversos mecanismos de destrucción. Y en general, algunos capítulos son arduos de digerir y algunas situaciones difíciles de aceptar.

A cambio, la novela mantiene su vigencia no sólo a causa de sus muchas predicciones correctamente encaminadas, sino también por todo lo que da que pensar. Como por ejemplo los Estados Unidos de la segunda década del siglo XXI, tan atiborrados de ciudadanos que cualquier mecanismo (desde la selección genética hasta la eugenesia más cruda) parece justificado. O el papel que desempeñan las naciones inventadas de Beninia (el equivalente de una Suiza africana de espectacular desarrollo gracias a la acción de la multinacional Técnicas Generales), y de Yatakang (un ficticio país del Sureste de Asia que sirve de marco para investigar un supuesto avance revolucionario en el campo de la eugenesia). A menudo la panorámica distópica está conseguida, y en general abundan las reflexiones, muchas de ellas perfectamente válidas en nuestros días. También los buenos momentos, como el del capítulo 36 de "Continuidad", en el que el escritor capta perfectamente la tensión dialéctica entre el hombre y la máquina. Sin descuidar por ello a sus personajes, cuyas historias Brunner se encarga de cerrar en el tramo final de la novela. Ni la mirada a otros países, gracias a las frecuentes pinceladas que ofrece el escritor en "Las cosas que pasan". Todo ello refleja un trabajo tan concienzudo como loable.

Antes de terminar, citar dos curiosidades: la primera es el mal lugar en el que deja a España, presentada como una monarquía ultracatólica y reaccionaria dentro de Europa; y la segunda, el ingenioso detalle de cerrar la novela con un mensaje de "sus patrocinadores" (si tras esta entrada se animan a leer "Todos sobre Zanzíbar", comprenderán a qué me refiero).

domingo, 18 de marzo de 2018

Señor de la luz (1967). Roger Zelazny

Con la presente entrada continúo con las reseñas de las novelas ganadoras o nominadas a los premios Nébula en los años sesenta. Voy a hablarles hoy de "Señor de la luz", del estadounidense Roger Zelazny. Una novela que no ganó el premio Nébula, pero sí el premio Hugo de ese año, lo que habla de la popularidad que alcanzó en su momento, en pleno auge de la new wave. Aunque pienso que, si alguna vez fue merecedora de tal reconocimiento, los años no le han sentado bien. Porque en mi opinión se trata de una novela irregular y por momentos caótica, si bien cuenta con algunas virtudes que justifican su inclusión en este blog.

Quizás las páginas más difíciles de esta novela sean las primeras. Porque, sin previo aviso, el lector es sumergido en un panorama que le es ajeno por completo. Me atrevo a decir que no es habitual encontrar en una novela de ciencia-ficción tal profusión de elementos fantásticos y religiosos. Además, Zelazny nos bombardea con multitud de datos, de nombres, de lugares, incluso de artefactos (piénsese en la máquina de oraciones de la primera página), que no son fáciles de asimilar en el momento y que dificultan el disfrute de la narración. Porque ya entonces se deja entrever entre tantos elementos un interesante entramado de luchas políticas y hazañas bélicas en un planeta desconocido.

Entre los capítulos segundo y cuarto, Buda recuerda sus experiencias previas. Pero lo hace en tercera persona, lo que debilita la conjunción narrativa de todas las piezas. Además, esta parte está poblada de gran número de referencias (Garuka, rakasha, Carros...) no ya fantásticos (en el peor de los sentidos) sino utilizados sin previo aviso y sin que se explique más que tangencialmente su relevancia. Todo ello agravado por el que a mi modo de ver es el mayor defecto de la novela: el sinnúmero de personajes. Da la impresión de que Zelazny los fue acumulando sin demasiado criterio a la hora de escribir, porque los personajes se atropellan los unos a los otros, sin poder calibrar su importancia real en la trama, y con la dificultad añadidad de su volubilidad física. Incluso relata a veces los acontecimientos de un modo críptico, buscando que sea el lector quien averigüe de quién está hablando.

Afortunadamente, la idea central es brillante: el control de un mundo colonizado mediante la asunción por parte de los conquistadores de una naturaleza divina basada en una religión expiatoria. Y su plasmación es también acertada, y muestra el conocimiento de Zelazny sobre lo que escribe: abundan las referencias orientales, pero barnizadas con conceptos filosóficos y sociológicos de otras confesiones de nuestro planeta. De hecho, Sam las encarna de un modo creíble, con debilidades, sin apabullar. Y narrativamente hay también buenos momentos (en especial, los combates y las batallas que nos presenta).

El final tampoco logra que la valoración global de la novela sea superior: y es que se echa en falta dramatismo, y la conversión de determinados personajes no se termina de justificar. Por lo que la impresión predominante es la de una novela original y curiosa, pero de resultado solamente discreto.

sábado, 10 de marzo de 2018

La luna es una cruel amante (1966). Robert A. Heinlein

Una nueva entrada continúo con las reseñas de las novelas ganadoras y nominadas a los premios Nébula. Le toca en esta oportunidad a "La luna es una cruel amante", del insigne Robert A. Heinlein, quizá el escritor más famoso del género. Una novela que estuvo nominada a los premios Nébula de 1967, pero que no se alzó con el galardón (el cual se otorgó conjuntamente a las dos novelas que he reseñado en mis dos entradas previas: "Babel 17" y "Flores para Algernon"). Una decisión que, con la perspectiva que dan los años, comparto completamente, pues la novela de Keyes me parece claramente superior a la de Heinlein (aunque no tanto la de Delany). Y es que "La luna es una cruel amante" es una novela con una temática atrayente (el proceso de independencia de la luna), pero más lograda desde el punto de vista "documental" que desde el meramente literario.

Esa sensación de "rigor documental" que envuelve a la novela, como si realmente los acontecimientos sucedieran así y nos vinieran relatados desde el futuro, es lo primero que sorprende al lector: éste puede constatar no sólo la relevancia que confiere Heinlein al papel de la computadora principal, Mike, sino también los notables conocimientos informáticos que exhibe el autor a distintos niveles. Si tenemos en cuenta que la novela se escribió hace medio siglo, podremos valorar en su justa medida lo premonitorio de sus predicciones. Esa misma sensación de rigor preside la cuidada geografía de Luna: sus variopintas ciudades (Luna-City, Novylen, Hong-Kong Luna...), los medios de comunicación empleados entre ellas, la utilización de parajes deslocalizados... El esfuerzo por alcanzar el máximo rigor es incuestionable, y se manifiesta también en las pinceladas sobre la colonización lunar, en la caracterización de su sociedad o en las consecuencias que acarrea a todos los niveles: un afán de verosimilitud innegable.

Sin embargo, este esfuerzo se convierte inesperadamente en el mayor lastre de la novela. Porque obliga a Heinlein a adoptar una posición de observador en la distancia, que provoca que la lectura se vuelva anodina. El desenlace de los distintos libros incluidos en ella resulta previsible, cuando no anticipado directamente por el autor (piénsese por ejemplo en la certeza respecto al desenlace de la revolución). Faltan capítulos de acción, y la gran mayoría de acontecimientos se relatan sntéticamente a posteriori, desdramatizando hasta los momentos de mayor violencia o tensión. Y además, abundan los capítulos exclusivamente descriptivos (sobre la sociedad Selene o la LuNoHoCo) y se echan en falta más diálogos y de mayor extensión.

Lo anterior no significa que la novela carezca de la mayoría de rasgos heinlenianos, tanto para lo bueno como para lo malo: su habilidad narrativa, el papel de Wyoming, las tensiones hombre-mujer, sus chascarrillos sexistas o sobre los chinos... y detalles y gadgets a medio camino entre lo ingenuo y lo infantil (como la utilización de niños para vigilar a los espías de Álvarez, los brazos intercambiables de Man, o la forma como los embajadores lunares escapan de la Tierra). En "La luna es una cruel amante" resalta en particular el personaje de Bernardo de la Paz, auténtico alter ego de Heinlein: en todo momento Heinlein recurre a este personaje para expresar reflexiones filosóficas de cierto calado, algunas de ellas por cierto totalmente contrarias a la ideología que se le presupone al autor. Y también es llamativo lo presente que está el elemento científico: en toda ocasión es tratado con seriedad, e incluso aparece una propuesta de "ascensor espacial", que recuerda a la que años más tarde postularían Arthur C. Clarke y Charles Sheffield.

Para concluir con el capítulo de los defectos, reseñar la estructuración social en clanes, que aunque interesante y no exenta de lógica en un satélite colonizado, resulta en mi opinión confusa y de resultados cuestionables. También flojea la localización un tanto forzada del contacto terráqueo (LaJoie), así como los detalles frecuentemente superfluos en los que entra el escritor en su afán de verosimilitud.

Y para rematar el de los logros que sin duda han contribuido a que esta novela se siga reeditando, citar los siguientes: los detalles de la conspiración (cimentada a partir de una organización piramidal, con acceso restringido a la información, y la creación de Adam Selene...); determinados momentos puntuales de los libros primero y tercero (en especial el capítulo de la invasión lunar por las fuerzas terráqueas, y la respuesta de la Luna en forma de bombardeos), más logrados a mi modo de ver que el segundo; y la conclusión final de la novela, en el sentido de que el futuro de la Luna será más relevante en tanto que aproveche su posición en lo alto de un pozo de gravedad sobre la Tierra.

sábado, 24 de febrero de 2018

Flores para Algernon (1966). Daniel Keyes

Una nueva entrada prosigo reseñando en orden cronológico las novelas ganadoras y nominadas que he seleccionado como más representativas de los Premios Nébula, para mí los más importantes de la ciencia-ficción. Le ha llegado el turno a "Flores para Algernon", la novela más famosa del estadounidense Daniel Keyes. Que, de manera excepcional, compartió el premio Nébula de su año con "Babel 17", la novela que reseñé en mi anterior entrada. En lo que, con la perspectiva que dan los más de cincuenta años de distancia, me parece una de las mayores injusticias de dichos premios. Porque comparar la pretenciosa y fallida novela de Samuel R. Delany con la excelente novela de Keyes es un ejercicio difícilmente defendible. Y es que aunque se sitúe en los límites de la ciencia-ficción, "Flores para Algernon" es una novela a la altura de su fama: original, bien estructurada, amena, emotiva y que da mucho que pensar.

El argumento creado por Keyes es brillante: Charlie Gordon, bondadoso y trabajador a pesar de su cociente intelectual de 68, es sometido con éxito a una cirugía experimental (explicada en capítulos posteriores) con el fin de aumentar su inteligencia. Que la operación logre su propósito posibilita que los informes de progreso que regularmente escribe Charlie vayan mejorando no sólo en ortografía y gramática, sino sobre todo en la comprensión del mundo que le rodea. Lo cual no resulta un proceso tan fascinante como podría pensarse, pues a través de certeros flashbacks y sueños insertados estratégicamente entre sus vivencias presentes, el lector va descubriendo que los que Charlie consideraba sus amigos en realidad se burlaban recurrentemente de él, que su madre abandonó tras años de esfuerzo su lucha por otorgarle una inteligencia normal y prefirió excluirlo de su vida, o que los directores de su operación (Nemus y Strauss) no conocen tanto sobre la técnica empleada como aparentan, y se mueven por pasiones humanas no siempre admirables. Son informes muy emotivos (sin caer en lo sensiblero) que evolucionan gradualmente, reflejando grandes conocimientos psicológicos y un planteamiento científico muy de agradecer.

Conforme Charlie va convirtiéndose en un genio, le surgen las oportunidades para reconciliarse con su familia, para reivindicar su verdadero papel en la nueva cirugía, o para hacerse valer en su trabajo en la panadería. Pero Keyes nos muestra que todo ello no le propoorciona a Charlie una mayor felicidad, sino una pérdida de amistades, un aislamiento y una incomprensión crecientes. Así, Charlie intenta refugiarse en su relación con Alice, su antigua profesora del centro para alumnos retrasados, pero ello desemboca en una embarullada historia de amor no correspondido y sexo no bien encauzado, que se emborrona aún más con la aparición de Fay, su díscola vecina. Son las peores páginas de la novela.

El gradual deterioro mental de la rata Algernon, que da título a la obra, le anticipa a Charlie cuál va a ser su desenlace, pero antes tiene tiempo de elaborar un informe científico en el que se desaconseja la nueva técnica, de disfrutar durante unos días de la compañía de Alice, y de percatarse de cómo poco a poco pierde sus efímeras facultades. Son capítulos emocionantes y llenos de valiosas reflexiones sobre el amor y la vida.

Aparte del embarullado triángulo amoroso con Alice y Fay, los otros defectos que causaron que mi valoración final la situara justo por debajo de mi lista de novelas personalísimamente favoritas fueron los no del todo bien diferenciados compañeros de Charlie en la panadería (un fallo un tanto inesperado dada la excepcional caracterización del protagonista), y un desenlace previsible que le resta fuerza al tramo final de la novela. En todo caso defectos relativamente menores en comparación con el calado de esta novela, que perdura durante años en la mente del lector.

sábado, 3 de febrero de 2018

Babel 17 (1966). Samuel R. Delany

Con la presente entrada inauguro la serie de reseñas que en los próximos meses voy a dedicar en orden cronológico a diversas novelas ganadoras o finalistas de los premios Nébula que hasta la fecha no habían aparecido por este humilde blog. Pues como expliqué en mis dos entradas anteriores, los premios Nébula son en mi opinión los más representativos y de mayor calidad en la literatura de ciencia-ficción, por lo que el ejercicio de revisar todas estas novelas a lo largo de más de medio siglo será sin duda apasoniante. Voy a empezar por "Babel 17", del estadounidense Samuel R. Delany, premio Nébula de 1967.

Delany, entonces poco más que un adolescente, fue a lo largo de la segunda mitad de los sesenta uno de los escritores más relevantes del género, fuertemente condicionado entonces por la "new wave" en la que también estaban destacando otros escritores como Roger Zelazny o J.G. Ballard. Sin embargo, a mi modo de ver estamos ante uno de esos ejemplos en los que el paso de los años pone las cosas en su sitio: una vez superada la "moda" en cuestión, la novela no resiste un análisis objetivo. Y es que "Babel 17" refleja claramente que una excelente idea no da lugar a una excelente novela. De hecho, cuesta aceptar que compartiera el premio Nébula de ese año con la fascinante "Flores para Algernon", de Daniel Keyes, que reseñaré en mi siguiente entrada.

Aunque no hay duda de que la idea que sustenta la novela es muy sugestiva: la elaboración de un lenguaje que se convierte en arma conforme se va aprendiendo, por su forma de presentar la realidad y anular el pensamiento crítico que genera el "yo", le podría haber servido a Delany para algo mucho mejor que esta mediocre novela. Baste pensar que otros escritores del género han conseguido con una premisa similar resultados mucho mejores (Ian Watson con "Empotrados", Robert Silverberg con "Tiempo de cambios"...). Pero a la obra de Delany le fallan varios aspectos básicos. Veamos cuáles.

El principal problema es la falta de explicaciones proporcionadas al lector: empezando ya por la diferencia de roles entre Aduana y Transporte, la novela resulta una lucha continua por situarse y comprender. Así, la distinción entre Aliados e Invasores y los parámetros del conflicto planteado tardan mucho en revelarse (y no completamente). Así como los cargos y funciones que deben desempeñarse en la "Rimbaud" (Control, Piloto, Ojo, Nariz, Oreja...). O como la escasa elaboración de conceptos ampliamente usados en la novela (la propulsión espacial, la descorporización...).

Tampoco ayuda que Delany recurra a una especie de space opera clásica y bastante plana como vehículo para presentar una novela de un supuesto calado mucho mayor. Ni la obvia pretenciosidad del escritor, que de manera bastante poco elegante recurre a fragmentos de poemas de su esposa Marilyn Hacker (bastante flojos, por cierto) para presentar las cinco partes en las que estructura la novela. Por no hablar de la deficiente traducción (al menos en la edición que ilustra esta entrada).

¿Qué le queda entonces al lector? Pues además de la ingeniosa idea ya citada, podemos reseñar la ambientación de algunos escenarios, algunos capítulos aislados que sí resultan interesantes (como aquel en el que el barón Ver Dorco le muestra a la poetisa Rydra Wong algunas de las armas de la Alianza), los intentos por incorporar la lógica de la ciencia informática en el desenlace del conflicto, y un personaje atípico (el Carnicero), en el que Delany deposita todas sus bazas para impactar al lector (aunque su relación sentimental con Wong chirría por repentina e injustificada). Argumentos insuficientes para justificar la lectura de una novela que logró su fama al amparo de la "new wave" y que, una vez superada ésta, encaja mejor en la categoría de curiosidades que en la de novelas recomendables. Quizá Delany la escribió cuando era demasiado joven e inexperto, y con unos años más de madurez habría logrado sacarle más partido.

sábado, 27 de enero de 2018

Los premios Nébula: la década de los sesenta

Tal como anticipé hace unos días, comienzo con la presente entrada mi revisión década a década de los Premios Nébula, para mí los más relevantes de la literatura de ciencia-ficción. Voy a revisar hoy su primera década de vida (en realidad debería hablar de lustro). Y es que como expliqué entonces, los premios Nébula se entregaron por primera vez en 1966, justo a mitad de década. Lo que no fue obstáculo para que desde el primer momento reconocieran lo mejor del género.

En mi humilde opinión los Nébula surgieron en uno de los mejores momentos de la ciencia-ficción: la transición de la denominada Edad de Oro a la New Wave. Con novelas y autores que conjugaron lo más interesante de ambas tendencias. Basta mirar la lista de los premiados para reconocer a varios de los clásicos históricos del género. Pero como ya expliqué en mi anterior entrada, no voy a detenerme tan sólo en los premiados, dado que a menudo los nominados de un año cualquiera concurrieron con títulos tanto o más relevantes, como los años y millones de lectores se encargaron después de confirmar. Porque como cualquier otro galardón, a veces las tendencias del momento han lastrado más de lo deseable al reconocimiento de determinadas obras, lo que implica que en próximas entradas seré abiertamente crítico respecto a novelas que a mi modo de ver no alcanzaron la excelencia a pesar de alzarse con el galardon, frente a otros nominados de ese mismo año, claramente más inspirados.

Como también es costumbre en el blog, no voy a realizar un recorrido exhaustivo por todos los ganadores y finalistas. Soy tan sólo un aficionado, y no tengo inconveniente en reconocer que hay novelas ganadoras o nominadas que aún no he leído, algunas otras que leí en su momento pero no me parecen dignas de una entrada independiente, y otras muchas de las que ya les he hablado con anterioridad en este mismo blog, por lo que simplemente les remitiré al enlace correspondiente. Sí que indicaré en mi lista el ganador o ganadores de cada año, y sí que me aseguraré de que haya al menos una novela ganadora o finalista por año de entrega del premio.

Ésta es la lista de mi selección de novelas galardonadas o nominadas a los Premios Nébula en los años sesenta:

1966:
Ganadora:
"Dune" - Frank Herbert
Nominadas:
"Dr. Bloodmoney" - Philip K. Dick
"Los tres estigmas de Palmer Eldritch" - Philip K. Dick

1967:
Ganadoras:
"Babel 17" - Samuel R. Delany
"Flores para Algernon" - Daniel Keyes
Nominada:
"La luna es una cruel amante" - Robert A. Heinlein

1968:
Ganadora:
"La intersección Einstein" - Samuel R. Delany
Nominadas:
"El señor de la luz" - Roger Zelazny
"Espinas" - Robert Silverberg

1969:
Ganadora:
"Rito de iniciación" - Alexei Panshin
Nominadas:
"Sueñan los androides con ovejas eléctricas" - Philip K. Dick
"Las máscaras del tiempo" - Robert Silverberg
"Todos sobre Zanzíbar" - John Brunner

1970:
Ganadora:
"La mano izquierda de la oscuridad" - Ursula K. LeGuin
Nominadas:
"Incordie a Jack Barron" - Norman Spinrad
"Matadero cinco" - Kurt Vonnegut
"Por el tiempo" - Robert Silverberg

Como pueden ver, la primera novela ganadora fue, de manera elocuente, "Dune", de Frank Herbert, probablemente la novela de ciencia-ficción más leída de la historia y sin duda uno de sus títulos de referencia (por eso he seleccionado una foto de Herbert para ilustrar esta entrada). Además, en este primer lustro los premios estuvieron en buena medida copados por dos de los escritores de referencia del género (y además dos de mis favoritos): Robert Silverberg y Philip K. Dick. Además, se reconocieron varias novelas que se han convertido en clásicos y que seleccioné como parte de mi lista de quince títulos esenciales para adentrarse en el género ("Matadero cinco", "La mano izquierda de la oscuridad","Los tres estigmas de Palmer Eldritch", la misma "Dune"). Aunque no todo fueron luces: algunas sombras fueron los dos galardones consecutivos para un escritor más enfocado en la forma que en el fondo de sus narraciones (Samuel R. Delany), y algunas nominaciones recayeron en novelas un tanto aburridas o directamente anticuadas como "El señor de la luz" (Roger Zelazny). Pero mirados con la perspectiva que proporciona medio siglo, debemos reconocer que los premios fueron un reflejo muy certero de lo mejor de la literatura de ciencia-ficción de aquel lustro.