martes, 9 de agosto de 2016

Anochecer (1990). Isaac Asimov y Robert Silverberg

Una nueva entrada continúo reseñando los principales libros disponibles en español de mi escritor de ciencia-ficción favorito, Robert Silverberg. En esta oportunidad me toca reseñar la primera de las tres novelas que publicó al principio de los noventa junto con el insigne Isaac Asimov. Una pareja de escritores del más alto nivel dentro del género, por lo que las expectativas de su colaboración fueron desde el principio muy altas. Expectativas justificadas además por el proyecto en sí: la novelización a cargo de Robert Silverberg de tres de los cuentos más laureados de Isaac Asimov. En otras palabras, partiendo de tres relatos escogidos por el propio Asimov, Silverberg se encargó de actualizarlos, pulirlos y enriquecerlos hasta convertirlos en novelas bajo la supervisión del Buen Doctor. En el caso de "Anochecer", se trata de un relato corto que Asimov publicó en 1941, y que fue premiado en los Nébula de 1968 como el mejor escrito en el género antes de 1965. Por lo que cuando abordé la lectura de la misma me la esperaba mejor de lo que me pareció, aunque no me llegó a decepcionar. Pero tengo claro que no la incluiría en la lista de las novelas absolutamente recomendables de Silverberg.

Asimov y Silverberg nos muestran la vida de los seres humanos en el planeta Lagash, que al encontrarse en un sistema con seis soles está iluminado de manera continua. Hasta que un equipo de astrónomos y una arqueóloga concluyen que la luz perpetua no es en realidad tal, ya que cada 2049 años se produce un ciclo de oscuridad. Esto da pie a las tres partes en que está dividida la novela: "Atardecer", "Anochecer" y "Amanacer", siendo la segunda la que directamente hereda del relato corto de Asimov, y las otras dos adiciones de Silverberg para convertir el relato en novela. Se trata de una novela relativamente larga para lo habitual en el Silverberg del quinquenio dorado, pero de extensión razonable para la magnitud de los acontecimientos narrados.

Empezando en esta oportunidad por los puntos débiles, hay uno que condiciona especialmente toda la obra: el excesivo parecido de Kalgash a la Tierra. Independientemente de la nota que añadiron los escritores al principio para justificar este parecido y por qué habían renunciado a nombres específicos para designar conceptos conocidos de nuestro planeta, el mimetismo que se percibe refleja en mi opinión una cierta falta de creatividad: los habitantes, la naturaleza, los colores, las instituciones... hasta el modus vivendi de cada personaje es el que presidía la civilización occidental en el siglo XX. Y Kalgash queda así reducido a una "Tierra con seis soles". Por otro lado, y en su afán por abarcar las experiencias de diferentes personajes, la narración se vuelve excesivamente lenta (tanto en las primeras páginas como en muchos tramos de la segunda parte). El último defecto reseñable, a mi modo de ver, es el final: endeble, conformista, y parcial (puesto que sólo tres de los muchos protagonistas de la novela aparecen en sus últimas páginas).

Afortunadamente, a cambio tenemos una buena dosis de lo mejor de estos dos maestros: la fascinante idea del mundo de seis soles, y las consecuencias de la luz perpetua en la civilización, aderezadas con una base científica sólida esperable en Asimov; y el variopinto y entretejido mosaico de personas de "carne y hueso" con sus sentimientos, sus inquietudes, sus interrelaciones... esa introspección que sabe captar como nadie Silverberg. Es curioso, además, que un personaje con una profesión "menospreciada" por ambos autores (Theramon) se convierta, paradójicamente, en el eje de la novela. Y ello sin desdeñar las habituales reflexiones que Silverberg introduce a partir de lo narrado.

Además, como era de esperar, hay pasajes realmente magistrales: cómo terminan encajando todas las piezas que predicen el eclipse, las fatídicas consecuencias de las estrellas para la población civil y, especialmente, la lucha por la supervivencia en el bosque tras la catástrofe, digna de los mejores momentos de un clásico como "El señor de las Moscas", de William Golding. Y todo ello con una prosa de calidad, fluida y a la vez profunda, y unos protagonistas que me atrevo a calificar de "entreñables". Porque a ingenio no se le gana fácilmente a Asimov, y a oficio no se le gana fácilmente a Silverberg.

martes, 26 de julio de 2016

Al final del invierno (1988). Robert Silverberg

Continúo reseñando los principales libros disponibles en español de mi escritor de ciencia-ficción favorito, Robert Silverberg. Le toca en esta entrada a "Al final del invierno", novela de 1988 y por tanto enmarcada dentro de su segunda y última época como escritor de ciencia-ficción. Una novela que en realidad iba a ser la primera de una ambiciosa trilogía sobre la humanidad en un futuro remoto, pero que al final se quedó en sólo dos entregas, la segunda de las cuales ("The queen of springtime") no está traducida al español y por tanto no reseñaré aquí. "Al final del invierno" fue saludada por Miquel Barceló cuando la publicó en su colección Nova como una meritoria vuelta de Silverberg a su "mejor forma". Personalmente no la considero parte de sus novelas absolutamente recomendables, pero sí que me pareció digna y claramente superior a su predecesora en el tiempo ("La estrella de los gitanos"), a pesar de su gran longitud.

Silverberg nos plantea en "Al final del invierno" el resurgir de la humanidad en la Tierra en un futuro muy lejano, tras un desastre planetario de origen natural. Y durante catorce muy extensos capítulos nos muestra a través de distintos personajes cómo va produciéndose ese resurgimiento. De manera que cuando el lector concluye la lectura la impresión que prevalece, más que la de haber disfrutado con la novela, es la de haber conocido (incluso intimado) con una serie de "personas", en el sentido amplio de la palabra. Y esto puede interpretarse como una virtud del escritor a la hora de conferir vida a sus personajes, pero también como un defecto a la hora de haber dejado los acontecimientos en un discreto segundo plano.

Como decía, Silverberg demuestra su gran habilidad narrativa al ofrecernos las perspectivas y los sentimientos de muchos personajes: Hresh el cronista, Koshmar, Taniane, Torlyri, Harruel, Sachkor... Tenemos ante nuestros ojos un complejo panorama de relaciones humanas. Sin embargo, su esfuerzo ante una tarea tan compleja provoca que descuide un tanto el ritmo de la narración, que a menudo es demasiado lento, carente de grandes acontecimientos y sin que el lector perciba un objetivo claro en muchas de las acciones de los protagonistas (por ejemplo, el porqué de la estancia del Pueblo en Vengiboneeza).

Otros aspectos negativos del libro son a mi modo de ver: el excesivo recurso a artilugios y entes fantásticos y poco científicos (entre ellos, el Barak Dayir, de poderes injustificables, los dioses del Pueblo, las máquinas del Gran Mundo, la segunda vista...); el panorama evolutivo que nos presenta, con seis especies inteligentes y unos animales y plantas excesivamente modificados y hasta poco rigurosos para lo que biológicamente cabría esperar; la excesiva longitud de la novela, que el Silverberg del quinquenio dorado habría resuelto en doscientas páginas menos; y la escasa justificación al abandono de la supremacía por parte de los Seres Humanos, y su papel en el Gran Mundo y en el capullo (el interior de la Tierra).

A cambio, las grandes virtudes son las que siempre cabe esperar en Silverberg: calidez, humanismo, intimismo, emotividad... El lector va descubriendo el entorno a la vez que los personajes, lo que facilita la lectura. En concreto disfruté con la reflexión sobre qué es realmente "la humanidad", y por qué bajo este prisma el Pueblo aún no es humano. También disfruté con el gradual conocimiento de unos personajes fascinantes (sobre todo Koshmar y Hresh). Y, ciñéndmoe a los hechos que se narran en la novela, me agradaron particularmente las primeras expediciones en Vengiboneeza, el día de la Partida de Harruel, y el desenlace de la novela, sus muertes y sus nombramientos... Y todo ello pese a que Silverberg renuncia expresamente a recrearse con el encuentro entre el Pueblo y Harruel, y la batalla contra los hjjks. Salvo que lo relatara en la inédita "The queen of springtime", claro.

sábado, 9 de julio de 2016

La estrella de los gitanos (1986). Robert Silverberg

Con "La estrella de los gitanos" continúo la reseña de los principales libros disponibles en español de mi escritor de ciencia-ficción favorito, Robert Silverberg. Esta novela vio la luz justo un año después de "Tom O'Bedlam", la novela con la que retornó al género tras prácticamente una década de inactividad, y representó pues la consolidación de su segunda época como escritor de ciencia-ficción. Lo malo es que también representa perfectamente la parte más negativa de esta segunda época: estamos ante una novela coherente y con algunos pasajes logrados, pero innecesariamente larga, carente de acción, con una trama relativamente escasa y sin apenasa capacidad de fascinación. De hecho, la situaría junto a "Hijo del hombre" como la peor de sus novelas disponibles en español.

Aunque debo reconocer que al menos Silverberg es honesto: el título deja claro que la novela se va a ocupar de la etnia gitana, un tema difícil en general y más aún dentro del ámbito de la ciencia-ficción. Silverberg exhibe amplios conocimientos de los mitos, costumbres y valores de los gitanos, personficados en Yakoub, rey de los gitanos, que relata su vida en primera persona. Y aprovecha para elaborar una teoría que explique su aislamiento histórico y al mismo tiempo sus interacciones con los gaje (lo que ellos llamarían payos): su procedencia de la Estrella Romaní, el mundo nativo del que los gitanos se vieron obligados a emigrar cuando éste alcanzó la fase final de su transformación en gigante roja, su desembarco en la Tierra y su paradisíaco retiro de Atlantis, su errático devenir por el mundo, y finalmente la recuperación de su estatus como pilotos interestelares en el siglo XXXII. Una teoría difícil de aceptar, pero asumible como base para una novela de ciencia-ficción.

Sin embargo, a pesar de esta teoría asumible, la novela naufraga por dos razones principales: la lentitud de la narración y la simplicidad de la trama. La lentitud se pone especialmente de manifiesto en el primer tercio de la novela: por razones no del todo convincentes Yakoub se encuentra retirado en Mulano, donde va recibiendo la visita de distintos personajes que le piden que vuelva a la vida activa. Son capítulos reiterativos, sin acción, que se podrían haber condensado en veinte o treinta páginas. Y que causan que cuando por fin empieza a ocurrir "algo", el planteamiento de Silverberg de combinar episodios pretéritos y los avatares presentes de Yakoub frustre al lector. Y la trama es especialmente simple: Yakoub sale de su retiro, recupera su puesto al frente de todos los gitanos, y sin hacer apenas nada logra convertirse en emperador. Muy poco para una novela tan larga, y muy lejos de la concisión habitual en el quinquenio dorado de Silverberg.

Es cierto que es posible encontrar algunas de las características reflexiones de Silverberg, y que hay algunos pasajes realmente notables (en especial Alta Hannalana y sus condiciones de trabajo), pero pesan más los defectos: un componente científico excesivamente laxo (el concepto de "espectros" como forma de viaje hacia atrás en el tiempo plantea unos inconvenientes no del todo resueltos, algunos mundos del Imperio presentan unas características difícilmente aceptables...), una falta de acción alarmante (Silverberg incluso renuncia a narrar la lucha entre los lores por el poder), y un elenco de personajes secundarios excesivamente hinchado para una trama tan simple. En suma, un gran escritor en horas bajas.

lunes, 20 de junio de 2016

Tom O'Bedlam (1985). Robert Silverberg

Una nueva entrada continúo reseñando los principales libros disponible en español de mi escritor de ciencia-ficción favorito, Robert Silverberg. Voy a reseñar en esta oportunidad "Tom O'Bedlam", la primera novela de ciencia-ficción que publicó tras prácticamente una década de alejamiento del género, en el año 1985. Existe la opinión bastante generalizada de que nada de lo que publicó Silverberg tras su quinquenio dorado ha llegado estar a la misma altura que sus mejores novelas de ese periodo, y ello incluye, pues, todas las novelas posteriores a 1972. No voy a negar que la fecundidad y brillantez de ese periodo no llegó a ser igualada posteriormente, pero sí que estoy en desacuerdo con esa generalización: ya reseñé "Hijo del tiempo" (en realidad una novelización de un relato corto de Isaac Asimov), como una de mis quince novelas personalísimamente favoritas. Pero si nos centramos en las novelas cien por cien propias de Silverberg, sí que hay más de una novela tan recomendable como muchas de las de su periodo dorado. Y entre todas esas novelas escritas tras su quinquenio dorado, tengo claro que mi favorita es "Tom O'Bedlam", para mí una de las mejores de su carrera, plena de su estilo personal sin llegar a repetirse, y que va creciendo gradualmente conforme avanza la lectura para deleite del lector.

Siempre he pensado que "Tom O'Bedlam", cuyo título deriva de una canción tradicional anglosajona del siglo XVII sobre un pobre loco, no obtuvo un mayor reconocimiento en su momento porque bordea permanentemente el género fantástico al sugerir que miles de personas puedan tener sueños comunes, visibles además durante la vigilia gracias a la mediación del "loco" Tom O'Bedlam. O porque propone un desenlace que lleva esos poderes de Tom hasta las últimas consecuencias. O incluso porque el componente científico esté presente sólo de manera indirecta a la hora de estructurar la sociedad y los cultos. O porque el tema central de la novela se aleja de lo que suele ser esperable en el género. Todo lo cual es cierto, pero...

Pero desde el principio, y en dura pugna con esa sensación de novela tendente al desvarío que impregna los primeros capítulos y que es familiar en el "Silverberg post-1972", el estadounidense exhibe todo su talento relatándonos nada menos que tres líneas argumentales separadas, que comparten como marco escénico la depresiva y fragmentada California del siglo XXII, una de tantas regiones venidas a menos por culpa de la Guerra de la Ceniza. Tres líneas narrativas con un elenco de personajes considerable, que sin embargo Silverberg caracteriza con tanta habilidad que no supone ningún esfuerzo extra para el lector ir saltando de una a otra. Y con la dificultad añadida de que dos de esas tres líneas (el centro Nepente y la banda de Charley) son altamente disfrutables desde el principio (la tercera, Barry Jaspin y la peregrinación Tumbondé, es algo más ardua y sólo poco a poco irá enganchando). A ello ayuda la sensacional estructuración de la novela, nada menos que ocho partes, con unos cuantos capítulos cortos cada una, en menos de trescientas páginas; relleno cero.

Aunque en mi opinión lo mejor de la novela es la naturalidad con la que suceden los acontecimientos: gradualmente los sueños/visiones de planetas habitados en otras partes del Universo van abriéndose paso en más y más personajes, provocando reacciones y reflexiones singulares en cada uno de ellos. Sin hitos puntuales que dinamicen la novela, sino simplemente dejando que las páginas fluyan y las piezas vayan encajando. Contribuyendo al mismo tiempo a que la figura de Tom crezca ante nuestros ojos bajo sus aparentes locura y marginalidad, aunque sin descuidar a otros personajes memorables (Elzabeth Lewis, Ed Ferguson, el villano Charley...). Con su habitual calidad en la prosa. Y con una ambientación pesimista pero muy conseguida.

La novela está tan elaborada que el culto Tumbondé evoluciona con naturalidad hasta convertirse casi sin darnos cuenta en religión de masas para el advenimiento de Chungirá-el-que-vendrá. Incluso las civilizaciones de otros planetas están tremendamente trabajadas, de manera que con sólo uno o dos rasgos el lector anticipa el advenimiento de la revelación de un nuevo personaje. Aunque con la suficiente resistencia y sensatez por parte de muchos de ellos como para que resulte creíble.

Todo lo desplegado en las siete partes anteriores confluye en una octava parte formidable, en la que la llegada de la horda Tumbondé al centro Nepente desencadena una (a priori) cuestionable catástrofe, pero sobre la cual Silverberg hace finalmente interaccionar los personajes de las tres líneas narrativas con una habilidad descomunal para darle a su idea central en esta novela un último espaldarazo de verosimilitud con las "cruces", huyendo del desenlace que cabría esperar y reivindicando el mesianismo como vehículo de comunicación interestelar que facilite una unidad entre las distintas especies. Ahí es nada.

lunes, 6 de junio de 2016

Rumbo a Bizancio (1985). Robert Silverberg

Continúo reseñando los principales libros disponibles de mi escritor de ciencia-ficción favorito, Robert Silverberg. Con "Rumbo a Bizancio" el estadounidense retornó a la ciencia-ficción tras prácticamente una década. No es que durante ese periodo no publicara nada, pero si que se centró en escribir fantasía netamente comercial y dejó de lado el género por el que será recordado. De hecho, su retorno podríamos calificarlo de "tímido", porque lo que entregó fue una novela corta de apenas cien páginas (con un tipo de letra bastante grande). Que no obstante fue saludada con entusiasmo por sus colegas de profesión, ya que se alzó con el Premio Nébula de 1985 en su categoría. A pesar de la cual me parece una obra un tanto menor dentro de su producción: es cierto que "Rumbo a Bizancio" es Silverberg en estado puro, pero dada su reducida extensión, no tiene espacio material para extraer lo máximo del atractivo marco escénico creado. Y al final da la impresión de ser poco más que una novela romántica bien ambientada.

Silverberg nos sitúa en el siglo cincuenta, cuando un puñado de humanos inmortales utilizan su avanzada tecnología para reconstruir las cinco grandes ciudades del pasado de la Tierra en su época de máximo esplendor, poblándolas de seres temporales artificiales construidos por robots, y utilizándolas como centros turísticos para ciudadanos ricos que no tienen nada mejor que hacer que mantenerse al día con sus círculos sociales mientras exploran las calles de cada nueva ciudad. En este ingenioso marco Silverberg sitúa a su protagonista, Charles Philips, un personaje agradable, arrancado sin previo aviso de su Nueva York en 1984 y depositado en tan lejano futuro. Junto con su compañera y guía Gioia, Philips va saltando de una ciudad a otra mientras intenta gradualmente asimilar el choque cultural derivado de tan inmenso cambio y encontrarse a sí mismo en su nueva situación.

Es una pena que Silverberg no logre sacar todo el partido a esta propuesta, porque el recorrido planteado es, además de fascinante y muy meritorio desde un punto de vista de recreación literaria, adecuado para el ya conocido viaje iniciático que propone para su protagonista. Otros aciertos claros son el ambiente de las ciudades, que está muy bien recreado, los personajes principales, bien caracterizados, y la realidad de la vida en el siglo cincuenta, que conforme se va desvelando logra mantener cierto interés del lector. Pero la novela adolece desde el comienzo de un motor argumental que la dinamice, y sostenerla sólo mediante la ambientación y la habilidad narrativa resulta un tanto insuficiente.

Así, conforme va avanzando la lectura (no hay capítulos diferenciados) y se acerca el final, se va viendo que no queda espacio para la aventura, para profundizar en los contactos con los hombres de los siglos dieciséis y veinticinco, para averiguar algo sobre quiénes están al mando de este mundo del futuro, para dedicarle más atención al elemento científico... Con lo cual al final sólo permanecen las (jugosas) reflexiones sobre la vida y la realidad propias de Silverberg, y el mensaje sobre el triunfo del amor... demasiado poco para un escritor tan capaz como el estadounidense. En suma, una sensación parecida a la que en su momento tuve al terminar la lectura de "Alas nocturnas": la ambientación y la caracterización son imprescindibles, pero para escribir una gran novela en mi opinión es necesario algo más.

A modo de curiosidad señalar que, dada la dificultad para vender obras de esta extensión en el mercado español, esta novela se publicó conjuntamente con "Bailando en el aire", de Nancy Kress, la reputada autora de la Trilogía de los Insomnes (que ya reseñé en este mismo blog), y que espero reseñar aquí cuando haya oportunidad para ello.

domingo, 22 de mayo de 2016

Lo mejor de Silverberg (1976). Robert Silverberg

Una entrada más continúo reseñando los principales libros disponibles en español de mi escritor de ciencia-ficción favorito, Robert Silverberg. Voy a hablarles en esta oportunidad de "Lo mejor de Silverberg", que como es fácil deducir no se trata de una novela del estadounidense sino de una antología de relatos. Con la particularidad de que fueron seleccionados por el propio Silverberg como lo más representativo de su producción durante sus primeros veinte años de carrera. Ello hace que la antología se inicie con una interesante introducción escrita por el propio Silverberg en la que hace un paralelismo entre la evolución del género en esos años y la suya propia como escritor, y que cada relato esté precedido por una no menos interesante presentación en la que suele desvelar en qué circunstancias se le ocurrió la idea o qué pretendía sugerir con la historia. Con lo que como su título indica se trata en mi humilde opinión de su más lograda antología, aunque como ya he expresado en ocasiones anteriores en este mismo blog creo que Silverberg se desenvuelve mejor en las novelas, y por ejemplo recomendaría antes "Sadrac en el horno", la novela que reseñé hace unos días, que la presente antología.

Los diez relatos están presentados cronológicamente, y abre boca "Hacia el anochecer" (1954), un relato sobre el canibalismo que Silverberg escribió con apenas dieciocho años. De resultado cuestionable, puesto que a la buena ambientación y a la sorprendente técnica en un escritor tan joven les afea el hecho de que resulte bastante irreal y previsible. Más flojo es si cabe "Hombre cálido" (1957), del que sólo salvaría la justificación final. "Para ver al hombre invisible" (1962) es un relato correcto, previsible a partir de su título, pero al menos profundo y con mensaje. Así que el primer relato que recomiendo de esta antología es "El sexto palacio" (1964), que trata de manera ingeniosa un argumento por otra parte simple y bastante habitual en la ciencia-ficción. De "Moscas" (1965) ya hablé al reseñar la antología de relatos "Visiones peligrosas", donde se incluyó originalmente: Silverberg en estado puro, pero de una crueldad innecesaria.

"La estación de Hawksbill" (1966) es la auténtica joya de la antología. Más que de un relato podemos hablar de una novela corta, sesenta páginas, que posteriormente el propio Silverberg alargó hasta convertirla en una novela completa. Que nunca he leído, ya que en la introducción el propio Silverberg reconoce que prefiere la novela corta. Una obra que plantea un escenario original, de desenlace también previsible, pero cautivadora, brillante y repleta de las reflexiones habituales en las grandes obras del estadounidense. "Pasajeros" (1967) es otro de los grandes momentos de la antología: premio Nébula, resulta opresivo pero a la vez cercano, y curiosamente constituye la primera ocasión en la que Silverberg utilizó su conocido recurso de escritura en tiempo presente. De "Alas nocturnas" (1968) ya les hablé con detalle hace unos meses; baste decir aquí que se trata de la primera de las tres novelas cortas que finalmente dieron lugar a la novela, y que destaca por su excelente ambientación y caracterización, pero le sobran ciertas licencia fantásticas y alguna debilidad argumental.

"Danza al sol" (1968), penúltimo relato de la antología, es sin duda otro de los momentos recomendables. Según palabras de Silverberg, su cuento favorito de todos los que había escrito (hasta el momento de publicar la antología), principalmente porque lo consideraba un acertado ejercicio de virtuosismo. Además de valorar su brillantez técnica, a mí me pareció por encima de todo una buena historia. Y la antología se cierra con "Buenas noticias del Vaticano" (1971), también premio Nébula e iniciadora del tono satírico habitual en buena parte de la producción posterior de Silverberg: original y socarrón, pero también bastante absurdo.

Como pueden observar, a esta antología le sucede lo mismo que a la mayoría de las que se publican: los altibajos le hacen quedar por debajo de muchas de las novelas de su creador. Pero dentro de ella se encuentran varios relatos recomendables, así que si les gusta el estadounidense les animo a intentar hacerse con ella.

sábado, 7 de mayo de 2016

Sadrac en el horno (1976). Robert Silverberg

Una nueva entrada continúo reseñando los principales libros disponibles en español de mi escritor de ciencia-ficción favorito, Robert Silverberg. Tras una entrada dedicada a una recopilación de relatos suyos ("La fiesta de Baco"), retomo la reseña de sus novelas con la última novela de ciencia-ficción que escribió en la década de los setenta, "Sadrac en el horno". Que es una novela agradable, por momentos brillante, pero en conjunto demasiado irregulara para figurar entre lo mejor de la producción de Silverberg. Aunque por ejemplo es claramente superior a "El hombre estocástico", la novela que la precedió cronológicamente.

Silverberg plantea un siglo XXI notablemente diferente del que conocemos: un muy deteriorado planeta Tierra que es gobernado por el tirano mogol Genghis II Mao IV Khan, cuya vida mantiene artificialmente Sadrac Mordecai, el protagonista de la novela, un cirujano que va procediendo al oportuno reemplazo de loss deteriorados órganos del dictador. Se trata de un planteamiento que puede dar juego, pero que durante el comienzo de la novela no parece que vaya a dar mucho de sí: son capítulos demasiado lentos, en los que Silverberg recorre con minuciosidad la Gran Torre, enumerando hasta el último preparativo para la operación del Khan. No obstante, en estas páginas el escritor exhibe su rigurosa documentación en el campo de la medicina, sin desdeñar el componente científico que siempre debe estar presente. Además, es de agradecer su esfuerzo por justificar lo radical de su planteamiento para comienzos del siglo XXI. Concretamente, se apunta un tanto al recurrir al rito del transtemporalismo para mostrar la erupción del Cotopaxi en 1991, la cual presenta como el principal detonante del brusco deterioro del planeta.

Con la muerte de Mangú, el joven mogol designado sucesor del Khan, la novela mejora sustancialmente. El lector comienza a intuir el destino de Sadrac, y asiste interesado al pulso entre las personalidades de Sadrac y Genghis Mao, dos personajes que exceden los arquetipos de "el bueno" y "el malo" de una historia convencional. Además, Silverberg saca un mayor partido a la trama con los vaivenes de Sadrac entre la ardorosa Nikki y la directa Katya, unas relaciones que le permiten enriquecer la novela a nivel humano con aspectos como la pasión, la entrega y los intereses personales, aunque en mi opinión también con una excesiva atención al sexo.

A pesar de lo interesante de la trama, en la novela abundan las características reflexiones de Silverberg, en esta oportunidad centradas en el pensamiento único, el totalitarismo y la fusión entre dictador y dictadura que ocurre cuando ésta se prolonga en el tiempo. También ocupan un amplio espacio las conversaciones, pero por contra falta algo de dinamismo y de momentos sobrecogedores. Y los escasos que hay resultan en general fallidos, como sucede con el episodio de la muerte onírica. Sin ser una novela larga, también hay demasiadas páginas dedicadas a mostrar la indecisión de Sadrac ante la intenciones de Gengis Mao. Y otra idea que tampoco me convence es la utilización de la carpintería como rito institucionalizado para alcanzar la meditación. Defectos que en parte contrarresta la habitual calidad literaria de Silverberg, que en esta oportunidad opta por narrar la novela en presente para trasladar la impresión al lector de que los acontecimientos suceden según los va contando.

En el tramo final de la novela es donde se pone más de relieve una de las habituales virtudes de Silverberg: el cuidado que dedica a los personajes secundarios, los cuales cobran vida propia ante los ojos del lector. También debe reconocerse lo acertado del recorrido elegido por Silverberg para que Sadrac tome una determinación, que abarca desde Nairobi hasta Pekín. Pero el desenlace se ve lastrado, aparte de por una resolución demasiado breve, por el supuesto "diario" de Gengis Mao: aunque la unión entre Sadrac y Gengis Mao es especialísima, me parece una usurpación de personalidad exagerada, y creo que aporta muy poco a la novela. Aunque ustedes lo podrán valorar mejor que yo.

domingo, 24 de abril de 2016

La fiesta de baco (1975). Robert Silverberg

Con la presente entrada continúo reseñando los principales libros disponibles en español de mi escritor de ciencia-ficción favorito, Robert Silverberg. Le toca en esta oportunidad a "La fiesta de baco", que por primera vez desde que empecé estas reseñas no es una novela, sino una colección de cuatro relatos presidida por el que da título a la recopilación. Y es que en la segunda mitad de la década de los setenta el prestigio que había adquirido Silverberg a partir de lo que yo llamo su quinquenio dorado era tal que, incluso en un país tan marginal para el género como España, no tardaba en publicarse cualquier creación suya, aunque fuera algo tan poco al uso y difícil de vender como cuatro "relatos largos".

Los relatos que conforman este libro son el ya mencionado "La fiesta de baco", que ganó el premio Júpiter en 1974, "Viajes" (1974), "La Casa de las Mentes Dobles" (1974) y "He Aquí el Camino" (1973). Todos ellos se alejan de la longitud habitual de los relatos que habitualmente se publican en España, y el primero y el último son tan largos que casi se pueden considerar novelas cortas. Lo que en principio debería favorecer el interés de los mismos, ya que esa longitud tendría que haberle proporcionado a Silverberg espacio para exhibir sus virtudes creando situaciones, caracterizando personajes e introduciendo reflexiones. Sin embargo, el resultado global es bastante desigual y mediocre en su conjunto. Y es que en mi opinión el punto fuerte del estadounidense no son los relatos.

Al menos la selección de "La fiesta de baco" como título para denominar la recopilación es acertada. Porque sin figurar entre lo mejor de su producción, sí que es un buen relato y en mi opinión superior, por ejemplo, a "El hombre estocástico", que reseñé en mi anterior entrada. Más fantástico que científico, es un relato centrado en el viaje iniciático-expiatorio de su protagonista, algo por otra parte habitual en Silverberg (de hecho recuerda a otro relato suyo, "Danza al sol", que reseñaré en una entrada posterior). La gran habilidad narrativa del escritor le permite entremezclar sin referencia espacial o temporal alguna distintos episodios de la vida de Oxenshuer sin por ello confundir al lector. Además, las reflexiones religiosas son excelentes, y los pasajes en Marte de gran verosimilitud. Pero La Ciudad de la Palabra de Dios es puro artificio "new wave", hay muchas preguntas sin respuesta, y el desenlace no sólo no aclara lo acaecido sino que se acomoda a un término medio entre ficción y realidad, asumible en Philip K. Dick pero difícil de aceptar en Silverberg.

Los otros tres relatos son bastante más flojos. "Viajes" es tan sólo de aprobado raspado, ya que únicamente se salvan sus pinceladas de ucronía y algún pasaje suelto, pero no tiene apenas base racional ni tampoco una conclusión clara. "En la casa de las mentes dobles" es el más corto de los cuatro, y el segundo realmente digno de su escritor: a partir de un argumento ingenioso (la separación de las dos mitades cerebrales y las potencialidades que de tal acto pueden extraerse en La Escuela de las Mentes Dobles), Silverberg escribe un relato didáctico, bien ambientado y mejor caracterizado, pero al que le falta un desenlace; en vez de ello, simplemente se interrumpe. De hecho, da la impresión de que estaba intentando escribir una novela corta, y la abandonó al no conseguir aprovechar completamente la idea.

El libro se cierra con "He Aquí el Camino", el más largo y más flojo de los cuatro relatos. Bien estructurado y con alguna reflexión interesante, peca de una ambientación demasiado fantástica, demasiados recursos inadmisibles (formas humanas de rasgos inaceptablemente animales, fantasmas), demasiados clichés medievales, y una trama simple, con toques oníricos, que nunca llega a enganchar al lector. Porque lo que realmente pone de manifiesto este libro es que el periodo dorado de Silverberg ya había pasado, y la habilidad narrativa que había adquirido y con la que intentaba sostener estos relatos no lo es todo. Así que sólo recomiendo la lectura de este libro a sus fans más incondicionales. La habilidad narrativa no lo es todo.

domingo, 3 de abril de 2016

El hombre estocástico (1975). Robert Silverberg

Una nueva entrada continúo reseñando los principales libros disponibles en español de mi escritor de ciencia-ficción favorito, Robert Silverberg. En esta oportunidad le toca a "El hombre estocástico". Que es una novela con muchas particularidades. La más importante de ellas es que, hasta ahora, todas las novelas que he reseñado durante estos últimos meses pertenecían a lo que yo denomino su quinquenio dorado, un periodo extraordinariamente fecundo en el cual se fraguó su personalidad como escritor y cuyas novelas, aun explorando diversos subgéneros, siempre estaban presididas por dos parámetros: una meritoria concisión y una gran cantidad de reflexiones sobre la vida y el ser humano a partir de lo narrado.

"El hombre estocástico" es la primera novela que no pertenece a ese periodo, y supuso su retorno al género tras prácticamente tres años de inactividad, lo que comparado con su fecundidad previa fue un parón en toda regla. No sólo eso: con esta novela Silverberg abandonó esa concisión tan característica, y moderó la carga reflexiva de muchas de sus obras. Por ello "El hombre estocástico", a pesar de ser una novela con muchos aspectos positivos, adolece de varios de los defectos que caracterizan la mayor parte de la obra de Silverberg posterior a su quinquenio dorado. Y sin llegar a "Hijo del hombre", que para mí es su peor novela, no es desde luego una novela recomendable, salvo que, como yo, se sea uno de sus seguidores incondicionales.

El primer defecto y probablemente más subjetivo es el motor argumental: porque el camino hacia el puesto de Presidente de los E.E.U.U. es un tema muy manido, un tanto cuestionable en una novela de ciencia-ficción, y personalmente muy poco atrayente. Si a ello le sumamos una morosidad verbal inexistente en su producción previa (piénsese por ejemplo en lo poco que aportan a la novela las dos fiestas a las que asisten Lew Nichols y Sundara), una premisa para adentrarse en la novela que resulta difícil de aceptar (el determinismo absoluto y universal, sin espacio para la capacidad de elección), y un título engañoso (en rigor la novela debería titularse el hombre "post-estocástico", ya que Silverberg defiende abandonar la manipulación de las probabilidades para abrazar la certidumbre de la visión futura), entenderán mi valoración final.

Aunque situada en un discreto segundo plano, de lo más acertado de la novela es su visión distópica de la ciudad de Nueva York en el futuro inmediato (hoy ya pasado), con tintes apocalípticos que alcanzan su cénit en la Nochevieja previa al año 2000: una visión perturbadora por su cercanía a la realidad contemporánea de muchas mega-urbes de nuestro planeta. También resulta estimulante la evolución de las costumbres (respecto al sexo, las drogas...) que plantea Silverberg (el episodio de sexo a cuatro bandas es más que elocuente). Así como la peculiar Religión del Tránsito que el autor contrapone a ese determinismo absoluto que Nichols va gradualmente aceptando.

Al carecer de un motor que dinamice la novela, el grueso de la misma va transcurriendo entre capítulos alegóricos muy propios de Silverberg (en especial aquellos que muestran cómo Nichols va adquiriendo gradualmente su capacidad de visualizar el futuro) y otros más sugerentes, como aquellos en los que Nichols interacciona con Carvajal (quizá el auténtico protagonista de la novela), y sobre todo aquellos en los que se ponen de manifiesto las consecuencias de llevar el determinismo hasta sus últimas consecuencias. Así avanza la lectura hasta desembocar en un desenlace esperable, pero que propone la que en mi opinión es la mejor reflexión de la novela, en la que Silverberg vincula el acercamiento a la deidad con la progresiva aceptación de la ausencia completa del libre albedrío. Una manera brillante de cerrar una novela dispersa, irregular y no del todo disfrutable.

domingo, 20 de marzo de 2016

Muero por dentro (1972). Robert Silverberg

Una entrada más prosigo reseñando los principales libros traducidos al español de mi escritor de ciencia-ficción favorito, Robert Silverberg. Le toca en esta oportunidad a "Muero por dentro", una de sus novelas más famosas y con la que concluiré las reseñas de sus novelas publicadas entre 1967 y 1972 (lo que yo llamo su quinquenio dorado). Un lustro de una creatividad y una calidad impresionantes, como lo prueban las nada menos que catorce novelas que he reseñado del mismo (y he dejado unas pocas que no están traducidas al español). "Muero por dentro" es posiblemente el lógico colofón a esa época de tanto fecundidad creativa, ya que consolida muchas de las virtudes que se asentaron en la narrativa de Silverberg durante ese periodo. Y sin ser en mi opinión su mejor novela, sí que se trata de un cautivador recorrido por la singularísima vida de un telépata consciente de su irreparable deterioro.

Quizá la mayor virtud de esta novela en los límites de lo que podría considerarse ciencia-ficción sea la gran habilidad literaria de la que una vez más hace gala Silverberg. Sobre todo porque la obra es un continuo ir y venir por momentos de la vida de David Selig, sin un patrón claramente definido pero sorprendentemente sin que la lectura se resienta. Desde su traumática niñez, pasando por sus experiencias adolescentes en el campo, sin descuidar sus días de máximo esplendor, capturando las fases del declive, y todo ello manteniendo el interés. Y además, realzado por las habituales reflexiones magistrales de Silverberg sobre los seres humanos y la vida en general, potenciadas en este caso gracias a las capacidades telepáticas de Selig.

Como cabía esperar, la profundidad de los personajes que crea Silverberg da lugar a pasajes excelentes. Recuerdo especialmente la difícil relación de Selig con su hermana, condicionada por las capacidades de cada uno (como cuando él descubre que ella acaba de tener su primera experiencia sexual), y que revela comportamientos más frecuentes en los seres humanos de lo que pensamos. También subyuga su intensa relación con Toni, traumáticamente interrumpida con el viaje de ácido. Y cómo no, Kitty, el eje de la vida adulta de Selig: más que su amor, el espejo en el que Selig se descubre a sí mismo como ser capaz de enamorarse. Todo lo relacionado con Kitty está narrado con una técnica exquisita, incluso aunque al final aguarde un desengaño terrible.

Otros aciertos que apuntalan la obra son: las frecuentes y oportunas referencias a pensadores y filósofos contemporáneos (Huxley, Kafka, Kierkegaard, Lévi-Strauss...) y a la reciente historia norteamericana; la coherencia a la hora de imaginar las formas que emplean Selig y otros telépatas para intentar ganarse la vida; la amarga denuncia, patente en todo momento, de que una cultura y una preparación de alto nivel no garantizan el éxito en la vida; y algunos párrafos que literalmente rozan la perfección literaria, especialmente aquellos en los que Silverberg refleja los pensamientos de sus personajes.

Curiosamente es el propio autor quien desde el principio no oculta el mayor defecto de la novela: el deteriorio gradual de Selig se anticipa desde el principio, con lo que no hay ningún elemento de intriga que dinamice la trama. Al contrario, Silverberg abusa de los episodios de autocomplacencia de su protagonista, y ésa es la razón por la que no considero "Muero por dentro" su mejor novela. Tampoco me convence la dosis excesiva de sexo que en mi opinión acarrea la novela: a veces Selig tiene demasiado éxito con las mujeres, y poco menos que da la impresión de que lo "acosan". Asimismo es cuestionable la introducción de extensos ensayos literarios, como el de las novelas de Kafka o el de la entropía, cerca del final. Y hay un pequeño detalle que nunca he terminado de entender: normalmente Selig narra en primera persona, pero en ocasiones toma la palabra un narrador cuya relación con Selig no queda nada clara.

Por último, y para terminar de justificar mi aprecio por esta novela, así como su recomendación incluso para lectores ajenos al género, destacar que aunque el desenlace sea el esperado, las paginas finales son tan duras como sensatas.