domingo, 9 de septiembre de 2018

Fuentes del paraíso (1979). Arthur C. Clarke

Una nueva entrada prosigo hablándoles de aquellas novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula durante la década de los setenta que aún no han tenido una entrada independiente en este humilde blog. Voy a reseñar en esta oportunidad "Fuentes del paraíso", quizá la novela menos conocida de todas las de bibliografía del británico Arthur Charles Clarke que obtuvieron algún tipo de galardón. Hay que tener en cuenta que a finales de los setenta Clarke era probablemente el escritor más popular del género, y que cada nueva novela suya partía ya con una estupenda posición de salida para alzarse con los premios más codiciados. Aunque no quiero con esto decir que se trate de una mala novela que se beneficie de la reputación de su autor; al contrario, considero justo que se alzara con el Premio Nébula de 1980. Porque no es fácil crear toda una novela utilizando como idea central la simple construcción de una torre orbital. Y aunque con altibajos, Clarke lo logra.

Como curiosidad, diré que en el mismo año el estadounidense Charles Sheffield publicó también una novela ("Entre los latidos de la noche") basada en la misma idea del ascensor orbital, que no es otra cosa que un cable que se extiende desde el ecuador hasta un satélite en órbita geosincrónica. Y aunque pueda parecer sorprendente si tenemos en cuenta la reputación de Clarke como autor de novelas más de trasfondo ingenieril que "de personajes", mientras que Sheffield se centra en todo el proceso tecnológico y en las intrigas entre los protagonistas, Clarke pone el foco en el aspecto sociológico de la construcción, así como en determinados acontecimientos que jalonan la misma. Y es que todo el impacto de la torre, desde que Vannevar Morgan decide ubicarla hasta su utilización por los estelandeses, se refleja con precisión. Parece mentira que una obra de ingeniería pueda tener tales implicaciones: culturales, artísticas, científicas, económicas y hasta lúdicas.

Otros aciertos reseñables son a mi modo de ver la vinculación histórica de la torre con Kalidasa, las fascinantes revelaciones del velero estelar, la ambientación del Taprobane en el que se ha convertido Sri Lanka... Todo ello reforzado con el amplio bagaje cultural de Clarke, patente en multitud de pequeños detalles, referencias y reflexiones sobre religión, tecnología y vida extraterrestre. Y con un componente científico tan cuidado como cabría esperar.

Eso sí, la novela también adolece de varios defectos. Sobre todo, la diversidad de caminos narrativos que Clarke abre y no cierra satisfactoriamente, o simplemente abandona: el papel de Rajasinghe, de Maxine, de Goldberg; la llegada de los estelandeses; el rol de las naciones (RMA)... Es sin duda loable la intención de Clarke de enriquecer la narración, pero en mi opinión a veces se le escapa de las manos. Otro fallo es el tratamiento un tanto lineal de los personajes: a modo de ejemplo, ni siquiera se describen los rasgos físicos de Morgan, y muchos otros no pasan de ser meros nombres. Tampoco parece lo más idóneo ir introduciendo las "peculiaridades" según van siendo necesarias: piénsese que nada sabemos sobre Goldberg hasta que aparece en la entrevista con Maha Thero, ni de sus problemas cardíacos hasta que se acerca el desenlace.

El final es un buen reflejo del tono general de la novela: no es el punto más delicado de la obra de ingeniería (la llegada del ascensor a la Tierra), pero lo adopta como desenlace con buenas dosis de aventura y suspense, rematando una novela que merece una lectura aunque no alcance la categoría de clásico.

domingo, 26 de agosto de 2018

Empotrados (1973). Ian Watson

Una entrada más sigo con mis reseñas de las novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula en la década de los setenta que aún no habían tenido una entrada independiente en mi humilde blog. Voy a reseñar en esta oportunidad "Empotrados", la novela más conocida del escritor británico Ian Watson. Que fue nominada a los Premios Nébula de 1976, casi tres años después de haber sido publicada en el Reino Unido, y que es la razón por la cual la reseño precisamente ahora en mi repaso cronológico a dichos premios. "Empotrados" es una novela muy apreciada por la crítica, y a que mí me dejó también una impresión claramente favorable, aunque sin llegar a entusiasmarme. Y es que se trata de una obra apabullante, ambiciosa, compleja, desbordante de ideas, escenarios y situaciones. Y lo increíble es que fuera la primera novela de su autor, si tenemos en cuenta la madurez que desprenden sus páginas.

Eso sí, recuerdo que cuando finalmente la leí me alegré de haber pasado muchos años buscándola por tiendas de libros de segunda mano, porque la verdad es que un libro que requiere lectores de ciencia-ficción "curtidos" para poder disfrutarlo. Su complejidad es tal que hasta su título resulta un tanto "antipático", y de hecho no termina de comprenderse ni siquiera después de completar la lectura. Porque podría decirse que el hilo conductor de la lectura son las especulaciones sobre si las estructuras del lenguaje afectan a la propia percepción de la realidad, y sobre si existe un lenguaje universal subyacente (empotrado) que permite una aprehensible sensorial directa de la misma. Pero ello da lugar a los marcos escénicos más inconexos que uno pueda imaginar: la unidad de neuroterapia Haddon en el Reino Unido, la selva amazónica, la sede de la NASA en el desierto de Nevada, la nave de los extraterrestres Sp'thra... Y cada uno de ellos con sus propios protagonistas, e incluso con su estilo narrativo específico, lo cual exige un esfuerzo considerable al lector.

Tales elementos permiten a Watson (en apenas doscientas páginas) tratar del primer contacto con una civilización extraterrestre, de la manipulación ejercida por las superpotencias a los países en vías de desarrollo, de la destrucción de la Amazonia, del uso de drogas para mejorar la comprensión del cerebro, del surgimiento de China como nueva super-potencia (recordar que se escribió en 1973), de las revueltas en Latinoamérica, de las retorcidas conclusiones a las que pueden llegar los políticos, y de un largo etcétera. Hasta concluir con un mensaje esencialmente pesimista, sin un avance claro en la comprensión del lenguaje, y con una gran oportunidad sacrificada (la del viaje interestelar) a cambio de una frágil estabilidad medioambiental.

En particular, debo mencionar dos aspectos que para mí están especialmente logrados en esta novela: la caracterización de los xemahon en sus costumbres y ritos hasta el mínimo detalle, lo que facilita su disfrute por parte del lector, y los pasajes de la negociación con Ph'theri, rebosantes de inteligencia, tecnología, y reflexiones filosóficas de primerísimo nivel.

Y no debo concluir sin reseñar tres defectos que afectaron a mi valoración global: la excesiva concisión de la novela, que a menudo obliga a volver atrás unos cuantos capítulos para no perder el hilo, una prosa excesivamente ornamentada y paradójicamente fría en ocasiones, y un final que se centra en la inverosímil "empatía proyectiva" que ataca repentinamente a Chris Sde, dejando en cambio muchos aspectos no del todo claros. De suerte que sería sencillísimo escribir una continuación, aunque conociendo la compleja trayectoria literaria de Watson, no creo que nunca la llegue a escribir.

miércoles, 15 de agosto de 2018

La guerra interminable (1975). Joe Haldeman

Una entrada más prosigo con las reseñas de las novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula durante la década de los setenta que he tenido la oportunidad de leer y que aún no contaban con una entrada independiente en este humilde blog. Le ha llegado la oportunidad a "La guerra interminable", seguramente la novela más conocida del escritor estadounidense Joe Haldeman. Que se alzó en 1976 con el Premio Nébula a la mejor novela del año. Y es que se trata de una novela inteligente, especulativa y para mí, que no soy precisamente un devoto de las novelas bélicas, sorprendentemente amena.

No obstante lo que acabo de decir, lo primero que constata el lector es el fiel reflejo del ambiente militar: esa característica yuxtaposición entre su aparente rigidez y la laxitud subyacente. Con episodios tan logrados como el del adiestramiento inicial de los soldados, el escritor evidencia su conocimiento directo de la materia. William Mandella, protagonista absoluto de la narración, es otro de los pilares que sustenta la novela, más que nada por su brillante caracterización: se nos muestran sus inquietudes, sus desconciertos, la repulsión que siente por sus crímenes, y su ardua adaptación a una sociedad cronológicamente distorsionada por los efectos relativistas que sufren los combatientes. Porque el tercer pilar de la novela, fuente de innumerables especulaciones, es precisamente el viaje relativista. Sus efectos son fascinantes, en especial a la hora de dar lugar a una guerra no-secuencial, con el perpetuo interrogante de la magnitud de los avances propios frente a los de los taurinos, así como del estado presente del conflicto bélico.

Estos tres logros se complementan con otros aspectos muy cuidados. Por ejemplo, Haldeman no rehúye echar un vistazo a la Tierra del año 2024, con sus quiméricas ciudades y su perspectiva de la sociedad y de la vida en general. También presta un exquisito cuidado al componente científico (campos colápsares, viajes relativistas...) y tecnológico (cápsulas de aceleración, campo de estasis...). Además, elabora una sociedad inequívoca para cada época (hasta el punto de que incluso las conductas sexuales mayoritarias quedan invertidas). Y recrea con precisión ambientes inhabitables (por su frío inconcebible o por su ausencia de luz), e incluso planetas enteros como Skye o Paraíso.

Es verdad que algunos defectos reducen el impacto global de la novela. Sin duda en aras de una mayor amenidad, Haldeman narra los acontecimientos con cierta premura, y algunos pasajes están poco desarrollados (a modo de ejemplo, no se dimensiona correctamente el rapido hastío que experimentan Mandella y su pareja la sargento Potter de la vida en la Tierra). En ocasiones los pasajes con mayor densidad de acontecimientos resultan confusos (sobre todo en los episodios de acción, con frases que a veces requieren más de una lectura). Además, los personajes secundarios son a veces esquemáticos (probablemente a causa de la dilatación temporal que da sentido a la novela). Y en mi opinión sobran varios alegatos pro-marihuana.

Debo hacer mención, por último, al final: ingenioso, pero además capaz de atar cabos de manera sorprendente en una obra con un marco temporal tan dilatado, a la vez que reafirma la vertiente humana de la historia, tan esencial en esta novela "de guerra". Recomendable.

jueves, 9 de agosto de 2018

Los desposeídos (1974). Ursula K. LeGuin

Tras el paréntesis vacacional continúo reseñando las novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula durante la década de los setenta que aún no tenían una entrada propia en este humilde blog. Voy a presentarles hoy "Los desposeídos", una de las novelas más reconocidas y premiadas de la escritora estadounidense Ursula K. LeGuin, y ganadora del Premio Nébula del año 1975. Que sin ser en mi opinión la mejor de su bibliografía, sí que es una de las más notables. Y es que se trata de una inteligente, reflexiva, amena y bien estructurada utopía sobre el anarquismo.

A mi modo de ver es la certera estructuración de la novela la que posibilita su éxito: la escritora mantiene durante toda su extensión un patrón consistente en alternar capítulos situados en el planeta Anarres en un tiempo pretérito y capítulos situados en Urras en el tiempo actual. Porque esta doble yuxtaposición espacial y temporal permite que el lector se introduzca gradualmente en el universo creado por la autora. Sin olvidar que tanto el anarquista Anarres como el capitalista Urras están muy bien caracterizados con sus mapas, sus idiomas propios (iótico y právico, respectivamente), sus bien definidas capitales (Abbenay y Nio Esseza) y diferentes entornos y lugares de acusada personalidad en cada planeta.

Es la estructuración y no el argumento el que sustenta la novela, ya que éste, aun siendo defendible, ocupa un segundo plano, dando la impresión de que incluso la escritora es consciente de que "se queda un poco corto" cuando convierte, un tanto bruscamente, a Shevek en líder de la revuelta en Urras. Hasta ese momento las vivencias de Shevek, sus investigaciones científicas previas a la teoría de la simultaneidad y las intrigas que lo rodeaban en su estancia en Urras habían conformado una novela un tanto lenta, en la que no parecían importar tanto los acontecimientos como el proceso por el que Shevek iba descubriendo gradualmente los defectos de Anarres y las virtudes de Urras, así como sus propias contradicciones internas, que posibilitan eso sí la reflexión del lector buscada por LeGuin.

Aparte de lo anterior, otro detalle que perjudica a la novela es el cuestionamiento de la sexualidad en Anarres, sin duda más una concesión de LeGuin a la new wave de la época que un elemento determinante de la novela. Además, la escritora exagera más de la cuenta tanto la sociedad anarquista de Anarres (baste recordar por ejemplo que el correo se envía abierto para evitar el egoísmo) como los personajes de Urras (pensemos en Pae y su machismo exacerbado). Y las alusiones directas a la Tierra en las páginas finales resultan poco elegantes por explícitas.

Pero como de costumbre la profundidad y la minuciosidad de la narrativa de LeGuin juegan a su favor. Las sensaciones de muchos de sus personajes resultan totalmente veraces, la mayoría de las situaciones se nos aparecen creíbles y los distintos escenarios están bien creados, sin excesos. Algunos pasajes son altamente emotivos (en especial el encuentro de Shevek con su madre, Rulag, en la adolescencia), pero sin por ello descuidar el elemento científico, presente en la biología y la ecología de los planetas, y también cuando Shevek intenta justificar su teoría. Razones por las que la novela se alzó justamente en mi opinión con el prestigioso galardón.

sábado, 23 de junio de 2018

Más de 100.000 páginas vistas

Interrumpo momentáneamente mis reseñas de las novelas ganadoras o nominadas a los premios Nébula en la década de los setenta para dedicar una entrada de retrospectiva y agradecimiento a un hito de este humilde blog: haber superado las 100.000 páginas visitadas.

Hace menos de siete años que inicié mi andadura en la red para compartir una de mis grandes pasiones: la literatura de ciencia-ficción. Una pasión que ya había compartido con muchos amigos y conocidos a lo largo de los años, pero que requería ser canalizada por una vía adicional a causa de mis circunstancias personales del año 2011. Tras varios meses jugueteando con la idea, y pensando a quién podría interesarle una visión tan limitada y personal sobre este fascinante género, acabé concluyendo que siempre podría haber alguien al otro lado de mi portátil que compartiera afición y gustos conmigo.

Por aquel entonces no me marqué ningún objetivo, ni de difusión ni mucho menos crematístico: me bastaba con ver cómo el contador de visitas a cada una de las entradas que publicaba se iba incrementando para retroalimentar mis ganas de identificar más temas y hacer crecer el blog con más entradas. Un "círculo vicioso" que cogió más y más fuerza conforme pasaban los meses y veía como las estadísticas de visitas crecían con una velocidad cada vez mayor. Pero sobre todo conforme la lista de seguidores crecía y crecía, hasta llegar a los nada menos que cincuenta y nueve seguidores actuales. Entre los que ya no hay sólo amigos y conocidos que supieron a través de mí de la existencia de este blog, sino también usuarios anónimos de internet a los que este humilde blog les ha llamado lo suficiente la atención como para que se les informe cada vez que se publica una nueva entrada.

No sólo eso: a veces los seguidores del blog, pero otras veces usuarios anónimos han tenido la amabilidad de comentar muchas de las entradas. En ocasiones reafirmando mis impresiones, en otras aportando otros puntos de vista en los que yo no había reparado, otras incluso interesándose por otras obras de ese autor o de ese subgénero en concreto. Comentarios que siempre agradezco enormemente, porque aportan la calidez humana que las frías estadísticas de visitas nunca podrían proporcionar. Y que son el mayor acicate para seguir explorando el género, buscando nuevos temas, visitando librerías de libros descatalogados y en suma buceando en internet con el afán de mantener el interés en la temática y la cadencia en el número de entradas del blog.

Así que llegados a este punto en el que el blog ya no es para mí un mero pasatiempo, sino la llama que aviva mi pasión por la ciencia-ficción, sólo me queda dar las gracias. A todos los que alguna vez se han topado gracias al buscador de turno con una de mis entradas y han dedicado tiempo a leerlas. A todos los que les ha interesado lo suficiente para hacerse seguidores del mismo y leer muchas de las nuevas entradas apenas ser publicadas. Y muy especialmente a todos los que incluso lo han enriquecido con sus comentarios, sugerencias y preguntas. Mi más sincero agradecimiento a todos. De verdad. Sólo espero seguir identificando temas y aguantando el ritmo de publicación de entradas durante los próximos años para poder llegar así en algún momento a las doscientas mil entradas. A ver si entre todos lo conseguimos.

viernes, 1 de junio de 2018

Cita con Rama (1973). Arthur C. Clarke

Una entrada más continúo reseñando las novelas ganadoras o nominadas que he seleccionado como representativas de los premios Nébula, y que aún no habían tenido una entrada independiente en este humilde blog. Voy a hablarles en esta oportunidad de "Cita con Rama", la novela más premiada del escritor británico Arthur C. Clarke, que no sólo conquistó el premio Nébula de su año, sino otros muchos como el Hugo, el John W. Campbell Memorial y el British Science Award. Lo que refleja el enorme impacto que tuvo en su momento. Porque como ya comentaba hace unas semanas al presentar los Premios Nébula en la década de los setenta, Arthur C. Clarke fue uno de los escritores más galardonados en dicha década, coinciendo con su periodo de máximo prestigio y popularidad. Hay que tener en cuenta que "2001, una odisea en el espacio", la película primero y posteriormente novela, habían visto la luz sólo unos pocos años antes, y habían aumentado la popularidad de Clarke a niveles probablemente nunca antes alcanzados por otro escritor de ciencia-ficción. Ese impulso probablemente influyó en el reconocimiento que alcanzó "Cita con Rama", si bien es cierto que con la perspectiva histórica que dan los años se trata de una novela muy recomendable, y que mantiene hoy en día su condición de clásico del género.

"Cita con Rama" representa, sobre todo, un perfecto ejemplo de cómo construir una estupenda novela sin recurrir a los manidos elementos habituales en tantas y tantas obras literarias: no hay sexo (ni explícito, ni tan siquiera sugerido), ni violencia (no hay luchas, ni siquiera palabras hirientes), ni mucho menos muertes. Porque lo esencial, especialmente en la ciencia-ficción, es que el escritor sea capaz de construir un marco escénico coherente a todos los niveles sobre el que poder desarrollar el sentido de la maravilla que tanto caracteriza al género. Y Clarke lo logra sobradamente. Porque desde el principio el escritor nos sitúa especial y temporalmente, nos muestra los grupos de influencia de la época, y por encima de todo idea un mundo fascinante ("Rama", de ahí el título de la novela), con sólo dar algunas vueltas de tuerca a algunas leyes de la física más elemental. El resto es tirar del hilo en capítulos cortos y directos, sin alargar el conjunto más de lo necesario.

Clarke ambienta la novela con un enfoque de aventura muy conseguido: así "Rama" se va revelando de manera gradual, precisa. De forma que cada nuevo descubrimiento es una respuesta a un pequeño enigma que genera multitud de preguntas, pero sin recurrir a clichés que harían la novela más previsible: ni los exploradores son atacados, ni los ramanes sorprenden con su presencia. Clarke es capaz de mantener el interés sin estos artificios, lo que evidencia la calidad de la novela. Además, el final resulta certero: Mercurio es el antagonista perfecto, el sabotaje está justificado, y las páginas finales rezuman hondas reflexiones, dejando bien a las claras que no estamos solamente ante una novela de ciencia-ficción hard.

Eso sí, no todo son virtudes. Para mi gusto, hay un tratamiento excesivamente superficial tanto de las instituciones como de los miembros que la componen. Como es habitual en Clarke, la prosa es un tanto fría y rígidamente científica, y los personajes no demasiado elaborados. Además, llegado un punto en el que la novela parece que se puede quedar enganchada, el escritor se saca de la manga un nuevo personaje, Pak, para introducir formas de vida ramanes y así remontar el vuelo. Y no es difícil descubrir una más que nítida deuda con la también ganadora del Premio Nébula "Mundo anillo", de Niven.

Por último, debo mencionar que entre 1989 y 1993 "Cita con Rama" se convirtió en una tetralogía por obra y gracia del relativamente poco conocido escritor Gentry Lee, mientras que Clarke simplemente supervisaba y revisaba el resultado. No son, pues, novelas escritas por Clarke, y aunque puedan resultar amenas, distan mucho de la grandeza y la repercusión que generó la novela original.

sábado, 19 de mayo de 2018

Los propios dioses (1972). Isaac Asimov

Una entrada más prosigo con la reseña de las novelas ganadoras y nominadas a los premios Nébula durante la década de los setenta que aún no hubieran tenido una entrada independiente en este humilde blog. Voy a hablarles en esta oportunidad de "Los propios dioses", una de las mejores novelas de Isaac Asimov, que quizá siga siendo el escritor más famoso del género en los países de habla hispana. Una novela que vio la luz, además, en la época en la que en menor medida El Buen Doctor se estaba dedicando al género. Y es que desde mediados de los años cincuenta sólo había publicado una novela ("Viaje alucinante", 1966) que además no era enteramente suya, sino la adaptación a novela de la película del mismo nombre. La vinculación de Asimov con el género por aquellos años se limitaba a relatos cortos que escribía ocasionalmente. Hasta que, según contaba en sus muy recomendables "Memorias", empezó a trabajar en un nuevo relato corto cuyo argumento fue requiriendo más y más espacio para explorar todas sus posibilidades, hasta acabar convirtiéndose en la novela que les presento hoy. Una novela que, con toda justicia además, se alzó con el premio Nébula de su año. Y es que "Los propios dioses" es una excelente y ambiciosa obra que cubre con talento varios frentes: un descubrimiento científico que cambia la historia de la humanidad, la primera colonia lunar y, sobre todo, una sociedad extraterrestre con unos alienígenas absolutamente fascinantes.

Para tratar en profundidad estos tres frentes no necesariamente cercanos desde un punto de vista argumental, Asimov estructura la novela en tres partes separadas, pero siempre con el hilo conductor de la Bomba de Electrones: un artilugio que cambia la historia de la humanidad al proporcionar energía infinita y gratuita, y que se basa para ello en la existencia de un parauniverso en el que se produce una transferencia de energía equivalente pero en sentido contrario. Una teoría científica arriesgada pero que Asimov va desarrollando con maestría a lo largo de las tres partes.

Aunque sin duda lo mejor de la novela son los alienígenas que habitan ese parauniverso, a los que Asimov dedica la segunda parte. El tríade de Seres Blandos que conforman el Racional Odeen, la Emocional Dua y el Paternal Tritt resulta en mi humilde opinión una de las mejores entidades alienígenas de la historia de la ciencia-ficción: complementarios, coherentes, magistralmente caracterizados, van evolucionando como seres inteligentes ante los ojos del lector conforme la instintiva necesidad de engendrar una Racional se enfrenta a la gradual comprensión que alcanzan de lo que está sucediendo en el universo humano a causa de la transferencia bidireccional de energía. Y que además rematan el misterio que encierra la segunda parte con una revelación tan original como impactante.

A un nivel inferior pero aún muy alto se sitúa la primera parte, en la que con notable sarcasmo Asimov muestra todas las mezquindades y casualidades que rodean el descubrimiento científico primero y la creación después de la Bomba de Electrones, al tiempo que nos alerta sobre la ceguera perpetua de la humanidad para no ver aquello que no le interesa. Algo más floja es la tercera parte, en la que Asimov tal vez se detiene en exceso en los hábitos y las particularidades de la relativamente nueva colonia lunar, antes eso sí de resolver elegantemente la novela con el recurso a la bomba-cosmeg que en realidad demuestra la existencia de infinitos universos.

La verdad es que poco se le puede reprochar a esta excelente novela, más allá de esas primera y tercera partes ligeramente inferiores a la maravillosa segunda parte. Si acaso, unos personajes humanos con frecuencia menos eficazmente caracterizados que los alienígenas de la segunda parte, y una literatura tal vez demasiado directa, con predominio absoluto de los diálogos. En realidad minucias frente a la inteligencia que desprende todas sus páginas, a lo elaborado del elemento científico, a lo coherente de las soluciones planteadas para la vida en la luna, a las dosis de humor, a la concisión de la novela y a todas las demás virtudes ya mencionadas.

miércoles, 2 de mayo de 2018

El año del sol tranquilo (1970). Wilson Tucker

Con la presente entrada inicio la reseña de las novelas ganadoras o nominadas a los premios Nébula en la década de los setenta que no habían tenido hasta ahora una entrada independiente en este humilde blog. Voy a hablarles en esta oportunidad de "El año del sol tranquilo", del estadounidense Wilson Tucker. Un escritor con una historia personal singular, ya que su principal vinculación con el género fue la de aficionado ferviente, editor de fanzines y asistente permanente a las convenciones anuales de ciencia-ficción. Solamente con los años se animó a desarrollar su propia carrera literaria, y siempre en un discreto segundo plano. Carrera que alcanzó su punto álgido con esta novela, nominada para los premios Nébula de 1971, en los cuales venció el clásico indiscutible de Larry Niven, "Mundo Anillo". Y que resulta una obra sorprendentemente efectiva y disfrutable sobre el viaje en el tiempo, gracias a la relativa simplicidad con la trata tan escabroso tema el autor.

Y es que Tucker, como digo aficionado antes que escritor, en ningún momento de este relativamente corto libro intenta ocultar (quizá porque ni siquiera es consciente) sus relativas limitaciones como creador de historias: estamos ante una novela sencilla para lo que es habitual en el género, con muy pocos personajes, que salvo en su inicio transcurre en una única Estación de Investigación en Illinois, con una única línea narrativa, un estilo directo sin apenas artificios literarios... En suma, una falta total de pretenciosidad.

Y sin embargo esa falta de pretenciosidad se convierte en su mayor baza: ya en los capítulos iniciales Tucker explica hasta "donde puede" la viabilidad del viaje en el tiempo, con los mínimos elementos pseudocientíficos necesarios, limitando el ámbito temporal a la disponibilidad real de energía en cantidades ingentes, y recurriendo al sentido común a la hora de equipar las expediciones. Pero es cuando se inician las visitas al futuro cuando más claramente se evidencia que Tucker no desea transitar por arenas movedizas: sólo nos relata cuatro expediciones, la primera de reconocimiento con tres exploradores implicados (Chaney, Moresby y Saltus) pero sin que lleguen a encontrarse en el "futuro" de 1980, y las otras tres, exploraciones individuales de cada uno de ellos a un periodo comprendido entre 1999 y aproximadamente el 2030. Todas ellas evitando además las temidas paradojas o contradicciones de los viajes en el tiempo: ¿que un personaje no puede volver para no alterar la realidad? Pues no vuelve (Chaney). ¿Que no puede revelar un secreto sobre su vida personal? Pues un pacto entre caballeros que impide revelarlo (Saltus - Chaney).

Y como telón de fondo, unos E.E.U.U. que desembocan gradualmente en una fatal guerra civil, y un triángulo amoroso (Saltus - Kathryn - Chaney) al cual el viaje en el tiempo se encarga de dar consistencia y un toque de emotividad. En realidad, nada especialmente novedoso, con una catastrofismo previsible y un cierto racismo latente fácilmente tolerado por el público anglosajón. Pero creíble, y por tanto fiable para lograr la ansiada verosimilitud de toda novela de viajes en el tiempo.

Eso sí, el libro adolece de defectos apreciables. Comenzando por las ya citadas limitaciones (reales o auto-impuestas) de Tucker, siguiendo por la tardanza en el inicio de los viajes temporales (¡casi media novela!), sin olvidar el escaso periodo de futuro que cubre la novela (apenas sesenta años), y terminando con la clara sensación de que se podía haber aprovechado el Vehículo de Desplazamiento Temporal para obtener una perspectiva mucho más amplia. Pero la cautivadora tensión del último tercio de la novela hace que la impresión global al terminar la lectura sea positiva. Incluso a pesar de todos los años transcurridos desde que se publicó.

sábado, 21 de abril de 2018

Los premios Nébula: la década de los setenta

Con esta entrada voy a iniciar mi revisión de los Premios Nébula en la década de los setenta, la segunda década de existencia de los galardones para mí más relevantes de la literatura de ciencia-ficción.

Los setenta comenzaron fuertemente influenciados por la New Wave, lo que no impidió la coexistencia de novelas claramente influenciadas por esta corriente con otras que podríamos definir como clásicas. Porque aunque veamos por esta lista a autores como Ursula K. LeGuin o sobre todo mi favorito Robert Silverberg, que aprovecharon la renovación que supuso la New Wave para escribir sus mejores novelas, el primer ganador de la década fue el relativamente poco innovador Larry Niven, con una novela tan atrayente y sin embargo tan "convencional" dentro del género como "Mundo anillo". Y en años posteriores los escritores que más frecuentemente se alzaron con el galardón fueron cincuentones de gran reputación entonces y ahora en el género como Frederik Pohl, Arthur C. Clarke (cuya foto ilustra esta entrada) e Isaac Asimov.

Al igual que hice al introducir la década de los sesenta en los premios Nébula, no voy a realizar un recorrido exhaustivo por todos los ganadores y finalistas, aunque sí me he asegurado de que haya al menos una novela ganadora o finalista por año de entrega del premio. Las razones son las mismas que expuse entonces: no haber completado la lista de todas las novelas ganadoras y nominadas, y haber descartado conscientemente la preparación de una entrada específica en algún caso puntual.

Sin más rodeos, ésta es la lista de mi selección de novelas galardonadas o nominadas a los Premios Nébula en los años setenta:

1971:
Ganadora:
"Mundo anillo" - Larry Niven
Nominadas:
"La torre de cristal" - Robert Silverberg
"El año del sol tranquilo" - Wilson Tucker

1972:
Ganadora:
"Tiempo de cambios" - Robert Silverberg

1973:
Ganadora:
"Los propios dioses" - Isaac Asimov
Nominadas:
"El libro de los cráneos" - Robert Silverberg
"Muero por dentro" - Robert Silverberg
"El sueño de hierro" - Norman Spinrad

1974:
Ganadora:
"Cita con Rama" - Arthur C. Clarke

1975:
Ganadora:
"Los desposeídos" - Ursula K. LeGuin
Nominada:
"Fluyan mis lágrimas, dijo el policía" - Philip K. Dick

1976:
"La guerra interminable" - Joe Haldeman
Nominadas:
"Empotrados" - Ian Watson
"La paja en el ojo de Dios" - Larry Niven y Jerry Pournelle
"El hombre estocástico" - Robert Silverberg

1977:
Ganadora:
"Homo plus" - Frederik Pohl
Nominada:
"Sadrac en el horno" - Robert Silverberg

1978:
Ganadora:
"Pórtico" - Frederik Pohl
Nominada:
"En el océano de la noche" - Gregory Benford

1979:
Ganadora:
"Serpiente del sueño" - Vonda N. McIntyre

1980:
Ganadora:
"Fuentes del paraíso" - Arthur C. Clarke

Con las lógicas excepciones (de manera muy especial "Serpiente del sueño", que ya formó parte de mi lista de quince novelas decepcionantes), debo admitir que la mayoría de las novelas de esta lista me parecen claramente recomendables, y muchas de ellas grandes clásicos del género que siguen cautivándonos en la actualidad. Lo que vuelve a hablar en favor de estos galardones. Aunque los muy observadores notarán que el número de novelas que he seleccionado por año va menguando y se limita a apenas un título conforme se acercaba la década de los ochenta. La causa es evidente: para mí, el tramo correspondiente a los últimos años sesenta y los primeros años setenta fue el de mayor brillantez en la historia del género, mientras que los años ochenta fue, como explicaré en una entrada posterior, una década relativamente floja. Por eso la transición en el número de novelas que se observa en la lista propuesta.

Resaltar por último que dos autores se alzaron con el premio en dos ocasiones a lo largo de esta década: Arthur C. Clarke y Frederik Pohl. El primero había consolidado su nombre como uno de los tres grandes pilares del género junto a Robert A. Heinlein e Isaac Asimov gracias a la tremenda repercusión que había alcanzado a finales de los sesenta la película de Stanley Kubrick "2001, una odisea en el espacio", basada en un relato del propio Clarke, quien también publicó una novela a partir de la película. Y el segundo retomó con fuerza su actividad como escritor tras un periodo más orientado a la edición de publicaciones especializadas, modernizando su estilo de los años cuarenta y cincuenta con una naturalidad sorprendente.

Les espero en mi próxima entrada para reseñar aquellas novelas de la lista de novelas de los setenta que aún no hayan tenido una entrada independiente en este humilde blog.

domingo, 8 de abril de 2018

Todos sobre Zanzíbar (1968). John Brunner

En esta nueva entrada continúo con mi reseña de novelas ganadoras y nominadas de los premios Nébula en la década de los sesenta. Voy a hablarles en esta oportunidad de "Todos sobre Zanzíbar", quizá la novela más conocida del británico John Brunner (una de las nominadas a los premios Nébula de 1969, cuya vencedora fue "Rito de paso", de Alexei Panshin, que no he tenido oportunidad de leer). Se trata de una distopía ambiciosa, muy extensa y rica en personajes y puntos de vista, que a pesar del tiempo transcurrido desde su creación sigue de plena actualidad, y que resulta más disfrutable de lo que cabría esperar si tenemos en cuenta lo ambicioso de su planteamiento. Tan disfrutable que en años posteriores dio lugar a dos novelas relativamente relacionadas ("Órbita inestable" (1969) y "El rebaño ciego" (1972)), hasta conformar la llamada Trilogía del desastre de Brunner.

Su rabiosa actualidad es fácilmente comprensible si tenemos en cuenta que Brunner sitúa la narración durante el siglo XXI y, con unas dotes premonitorias incuestionables, centra la narración en las tres fuentes principales de poder de nuestros días (los gobiernos, los medios de comunicación y las multinacionales), y les contrapone un exceso de población en el planeta que hace sufrir a nuestro planeta y del que no estamos demasiado lejos. Y para que la panorámica resulte lo más amplia (y ambiciosa) posible, estructura la novela en nada menos que ciento diecinueve capítulos breves que se adscriben a una de estas cuatro categorías: "Contexto", "Las cosas que pasan", "Viendo primeros planos" y "Continuidad". Categorías que se van sucediendo a lo largo de la novela sin un orden fijo, en lo que constituye todo un alarde de originalidad pero también un riesgo de desorientar al lector.

Y es que el mosaico de personajes y situaciones con el que Brunner abruma al lector nada más comenzar la novela puede resultar una barrera para afrontar con buena disposición su lectura. A mi modo de ver, para disfrutar de una obra tan visionaria y a la vez tan compleja es necesaria una cierta madurez del lector en el ámbito de la literatura de ciencia-ficción. Porque a veces lo que nos relata el escritor puede resultar un tanto confuso, y a pesar de todas las cosas interesantes que se cuentan, puede ser fácil perderse. Menos mal que algunos personajes aparecen regularmente, lo que permite al lector "asirse" a ellos para no perder el norte: Donald Hogan y Norman Niblock House en "Continuidad" (que podríamos definir como lo más parecido a la línea argumental principal de la novela), y el escritor Chad Mulligan en "Contexto".

La novela no carece, además, de defectos claramente perceptibles. El más obvio de todos es el esfuerzo permanente por impactar (baste recordar aquí los capítulos estructurados en tres columnas a modo de tabla, el provocativo juego con la iconografía cristiana, los sustantivos que crea yuxtaponiendo otros, el análisis de los más pequeños detalles, incluso el recurso a sonetos para ilustrar mejor el contexto); no puede negar que es un claro producto de los excesos de la New Wave, tan en boga por aquel entonces. Otro punto en contra es que no es casi hasta la mitad de la novela cuando Brunner empieza a relaconar los distintos frentes planteados, y eso ya puede resultar muy tarde. También es excesiva en mi opinión cierta tendencia a cebarse en la violencia, por ejemplo describiendo las armas empleadas con mucho detalle o enumerando los más diversos mecanismos de destrucción. Y en general, algunos capítulos son arduos de digerir y algunas situaciones difíciles de aceptar.

A cambio, la novela mantiene su vigencia no sólo a causa de sus muchas predicciones correctamente encaminadas, sino también por todo lo que da que pensar. Como por ejemplo los Estados Unidos de la segunda década del siglo XXI, tan atiborrados de ciudadanos que cualquier mecanismo (desde la selección genética hasta la eugenesia más cruda) parece justificado. O el papel que desempeñan las naciones inventadas de Beninia (el equivalente de una Suiza africana de espectacular desarrollo gracias a la acción de la multinacional Técnicas Generales), y de Yatakang (un ficticio país del Sureste de Asia que sirve de marco para investigar un supuesto avance revolucionario en el campo de la eugenesia). A menudo la panorámica distópica está conseguida, y en general abundan las reflexiones, muchas de ellas perfectamente válidas en nuestros días. También los buenos momentos, como el del capítulo 36 de "Continuidad", en el que el escritor capta perfectamente la tensión dialéctica entre el hombre y la máquina. Sin descuidar por ello a sus personajes, cuyas historias Brunner se encarga de cerrar en el tramo final de la novela. Ni la mirada a otros países, gracias a las frecuentes pinceladas que ofrece el escritor en "Las cosas que pasan". Todo ello refleja un trabajo tan concienzudo como loable.

Antes de terminar, citar dos curiosidades: la primera es el mal lugar en el que deja a España, presentada como una monarquía ultracatólica y reaccionaria dentro de Europa; y la segunda, el ingenioso detalle de cerrar la novela con un mensaje de "sus patrocinadores" (si tras esta entrada se animan a leer "Todos sobre Zanzíbar", comprenderán a qué me refiero).