lunes, 11 de febrero de 2019

La nave de un millón de años (1989). Poul Anderson

Una entrada más continúo con las reseñas de las novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula durante la década de los ochenta que aún no hubieran tenido una entrada propia en este blog. Voy a presentarles hoy "La nave de un millón de años", del estadounidense Poul Anderson. Un escritor que ya era un veterano a finales de 1989, pero que había logrado una meritoria transformación creativa desde su eclosión durante la Edad de Oro del género en los años cuarenta y cincuenta hasta su adhesión a la resurrección de los temas clásicos del género a finales de los ochenta, y que alcanzó con la presente novela una de sus cimas literarias. A pesar de lo cual no se alzó con el Premio Nébula de 1990, galardón que recayó en "El color de la guerra" de Elizabeth Ann Scarborough, una novela de corte militar de la que hoy en día nadie parece acordarse y que por esa misma razón nunca he intentado leer. En cambio, la obra de Anderson se ha seguido reeditando con regularidad en español. Y es que se trata de una novela meritoria, compleja, con una gran riqueza de contenidos y difícil de escribir. Aunque por desgracia su capacidad de fascinación no se encuentre al mismo nivel.

A mi modo de ver el pleno disfrute de la obra se ve lastrado por su carácter de fix-up de relatos y por su muy elevado número de páginas. Aun cuando la gran mayoría de relatos son, aisladamente, brillantes, la historia real de los inmortales que subyace en ellos no siempre avanza con un ritmo lo suficientemente estable como para cautivar al lector. Por lo que éste echa de menos en ocasiones una mayor concreción por parte del autor, y que aclare a dónde pretende llegar con su trama.

Esta dificultad (no sé si calificarla como defecto) es la principal y determinante pega de una creación merecedora de los parabienes que recibe de parte de reputados escritores del género al comienzo del libro. Aunque durante la mayor parte de su lectura pensé que el título era equívoco, y que los términos "nave" y "millón" eran simples metáforas para referirse a la historia de la humanidad. Sólo al final comprendí que simplemente anticipaban la baza final con la que juega Anderson: el tramo de historia futura con el que completa su novela.

Tres virtudes relacionadas entre sí sobresalen especialmente. En primer lugar, la excelente recreación de las distintas épocas de la Historia antigua en la que transcurren los relatos: Anderson exhibe un portentoso conocimiento de la Historia (con mayúsculas), pero también de las pequeñas vivencias, costumbres y hasta vocabulario que conformaban la pequeña historia (con minúsculas) de los hombres de cada tiempo. Asociado a lo anterior, es de resaltar la habilidad y el estilo de su prosa: en pocas páginas Anderson no sólo logra situarnos temporalmente en cada época, sino también espacialmente en cada escenario, con sus frecuentes y detalladas descripciones de paisajes y climas. Y en tercer lugar, la acertada caracterización de los personajes, tanto los inmortales como los mortales secundarios que, pese a la brevedad de sus apariciones, se nos presentan verosímiles y plenos. Si bien debo reconocer que en el relato final algunos de los inmortales sufren unas alteraciones de personalidad un tanto injustificadas.

Otros aciertos reseñables son: el grupo de inmortales reunidos a lo largo de los siglos, lo suficientemente heterogéneo y equilibrado para aprovechar todas las posibilidades del viaje interestelar y la historia futura del último episodio; el elemento científico, que tarda en aparecer pero es determinante en el episodio final (incluso con un capítulo dedicado exclusivamente a explicar la tecnología de propagación de la Píteas); la manera como juega Anderson con el lector, incitándolo a que reconozca los inmortales en sus distintas identidades temporales (Hanno, Flavio Lugo, Cadoc, Lacy...); y algunos relatos particularmente fascinantes ("El gatito y el cardenal", "Hombres de paz", "Acero").

Y en el capítulo de los defectos menores, mencionar los relatos "orientales" (en apariencia igual de veraces históricamente que el resto, pero en mi opinión menos interesantes y en ocasiones sin una conclusión definida), la unidad de Macandal y Aliyat (una secta pseudo-religiosa de credibilidad e interés cuestionables), el primer tramo del episodio final (en el cual se intuye una cierta desgana en la forma como el escritor nos muestra que los Inmortales no encajan en una Tierra futura de humanos inmortales), y la falta de acción durante gran parte del viaje de la Píteas, justo cuando más falta haría.

Para acabar, comentar que el final queda muy abierto pero justifica suficientemente las setecientas páginas anteriores. Algo que durante buena parte de la lectura temí que no sucediera.

sábado, 26 de enero de 2019

La fragua de Dios (1987). Greg Bear

Una entrada más continúo con las reseñas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula durante la década de los ochenta que aún no hubieran tenido su entrada independiente en este humilde blog. Hoy le toca a "La fragua de Dios", del estadounidense Greg Bear. Nominada a los Premios Nébula de 1988 (un año en el que ganó "La mujer que caía", de Pat Murphy, que por ser una novela de fantasía queda fuera de la temática de este blog), fue la tercera novela de uno de los escritores más reconocidos en el género durante la segunda mitad de los ochenta y los noventa, amén de su segunda nominación a los Nebula. Y que sin llegar a ser del todo redonda, sí que se trata de una novela ambiciosa, muy trabajada, amena y rica en personajes sobre los primeros contactos de especies extraterrestres con nuestro planeta. A la que también es cierto que le falta algo de fuerza y un mejor foco argumental para haberse convertido en un clásico.

Bear afronta ese primer contacto de manera original, recurriendo no a uno sino a dos artefactos de origen extraterrestre que aparecen casi simultáneamente en dos sitios muy alejados: el Valle de la Muerte en Estados Unidos y el desierto de Australia. Lugares de los que surgen seres mecánicos, o al menos no claramente orgánicos, que trasladan mensajes contradictorios tanto sobre su misión como sobre el futuro de la humanidad. Esos dos frentes abiertos, junto a la desaparición del satélite Europa acaecida unos meses antes, y la ubicación de la historia en un futuro cercano (el año 1996), hacen que la novela recuerde poderosamente en su primera mitad a las que el también norteamericano Robert C. Wilson convertiría en sus señas de identidad tan sólo unos años más tarde: en ese sentido, Bear marcó tendencia.

Además, en un claro intento por modernizar la ciencia-ficción clásica como otras muchas de las novelas de los ochenta, Bear recurre a múltiples líneas argumentales, creando poco menos que una novela coral por el número de personajes que utiliza. Con tres claramente destacables: Arthur Gordon, el astrónomo que quizá ejerce el rol de protagonista principal; Trevor Hicks, periodista y sobre todo escritor de ciencia-ficción (en lo que constituye al tiempo una defensa del género y un reconocimiento al mismo); y el presidente Crockerman, cautivador y racional al comienzo, desequilibrado y derrotado conforme avanzan los acontecimientos.

No satisfecho con semejante despliegue, Bear va incorporando nuevas sorpresas conforme avanza la lectura, desde la muerte del Huésped, pasando por las arañas eléctricas autorreproductoras, hasta esa original arma destructora que se introduce en el núcleo terrestre y orbita en torno a él. Respetando el elemento científico, Bear consigue así satisfacer el sentido de la maravilla que espera el lector habitual de ciencia-ficcion, hasta el extremo de evolucionar gradualmente ese primer contacto convertiéndolo en una novela apocalíptica de desenlace trágico.

No obstante lo anterior, a la novela le lastra en cierta medida esa evidente ambición creativa. El número de personajes y líneas narrativas acaba resultando excesivo, con páginas que no aportan mucho, y excesiva atención a determinados personajes en momentos no siempre oportunos (por ejemplo a Edward Shaw durante su estancia final en el Yosemite). Por otra parte, muchas de las sorpresas extraterrestres, incluso las dos facciones que teóricamente se enfrentan por destruir y salvar respectivamente la Tierra, resultan inconexas y quedan al final relativamente inexplicadas. Además, Bear apenas echa un mínimo vistazo al impacto en el mundo no anglosajón de la llegada extraterrestre, recurre al tópico de un enfermo terminal de leucemia para intentar conferirle a la novela un dramatismo que su prosa un tanto plana no termina de transmitir (a pesar de lo trágico de los acontecimientos), y en su afán por repartir la atención entre las distintas narrativas, provoca que el lector pierda un tanto el foco de lo realmente relevante, escapándose así parte de la fuerza del libro.

Eso sí, el esfuerzo encomiable del autor por tratar con detalle y nuevos enfoques temas ya clásicos en la ciencia-ficción justifica sobradamente su lectura, así como su meritoria nominación a los Premios Nébula. Por cierto, que me imagino que a raíz de ese éxito, Bear publicó años más tarde una continuación ("Anvil of stars"), de menor éxito comercial y de crítica, y que nunca ha sido traducida al español. Por lo que no he tenido oportunidad de leerla, ni de reseñarla en este blog.

sábado, 12 de enero de 2019

El cuento de la criada (1985). Margaret Atwood

Comienzo el año con la reseña de una nueva novela ganadora o nominada a los Premios Nébula durante la década de los ochenta que aún no hubiera tenido una entrada independiente en este humilde blog. Le ha llegado la oportunidad a "El cuento de la criada", de la escritora canadiense Margaret Atwood. Que fue una de las novelas nominadas al Premio Nébula de 1987, galardón que correspondió a "La voz de los muertos", del estadounidense Orson Scott Card (a la que ya aludí de pasada cuando reseñé hace unas semanas "El juego de Ender"). De todas las novelas nominadas a los Nébula de ese año, la de Atwood me parece la más interesante, y creo que el tiempo me ha dado la razón, porque sin duda es la que más vigente continúa tres décadas más tarde, como lo demuestran sus numerosas reediciones. Ya comenté en la reseña que dediqué a los Premios Nébula en la década de los ochenta que lo más interesante para mí de ese un tanto flojo periodo fue el auge que vivieron las distopías, subgénero al que pertenece la novela que les presento hoy. Y aunque en mi opinión "El cuento de la criada" queda lejos de las dos grandes distopías de los ochenta ("El pájaro burlón", de Walter Tevis, y "Las torres del olvido", de George Turner), sí que merece una lectura. Porque se trata de una distopía netamente feminista, bien escrita, profunda y a la vez fácil de leer. Aunque también es cierto que me pareció bastante inverosímil, poco clarificadora y un tanto escasa de acción.

Quizá lo mejor de la novela sea el hecho de que Atwood logre mantener el interés del lector durante cuatrocientas páginas sin que el volumen de acontecimientos sea particularmente relevante. De manera supuestamente autobiográfica y un tanto desordenada, mezclando pasado y presente, su protagonista Defred va desvelando poco a poco su historia personal, cómo pasó de mujer universitaria, con pareja e hija, a criada en casa de la anciana Serena Joy, privada casi completamente de libertad, y con el único objetivo de concebir un hijo del esposo de Joy. Y todo ello en una sociedad que ha reducido a las mujeres en edad de procrear a esa función.

Un planteamiento impactante, y que Atwood se esfuerza por hacer creíble proporcionando múltiples detalles sobre los nuevos roles, los cambios en la ciudad sin nombre donde transcurre todo el libro, o las renovadas costumbres sociales. Pero que desafortunadamente resulta inverosímil a ojos del lector por varias razones: sobre todo, porque la involución de la sociedad americana sucede en un lapso demasiado corto (piénsese que Defred tiene ya veintitantos años cuando asesinan al presidente de los Estados Unidos, y aún está en edad de concebir cuando la República de Gilead ya ha consolidado todos sus cambios), pero también porque la justificación de tan radical transformación es demasiado endeble (porque la ley marcial no puede en buena lógica venir acompañada desde su mismo comienzo por la anulación de las mujeres como personas), e incluso porque algunas cuestiones que plantea Atwood no soportan un análisis razonable (como por ejemplo la vinculación que establece entre la relegación de las mujeres y una supuesta guerra que se libra en buena parte del territorio de los Estados Unidos con un enemigo no determinado).

Otros defectos que alejan a "El cuento de la criada" del nivel de las grandes distopías del género son la escasez de detalles de lo que sucede en otras partes del mundo, o en las instituciones que gobiernan la recién instaurada República, la lentitud a la hora de situar al lector (Atwood prácticamente consume la mitad de la novela para ello), y la gran cantidad de asuntos que Defred deja sin clarificar cuando la narración se interrumpe "a lo Anna Frank" (quizá sea esa la razón por la que la escritora añadió esas Notas Históricas a modo de apéndice al final, revisando desde el futuro la vida de Defred, y especulando al mismo tiempo sobre su sociedad).

A cambio, Atwood logra sumergirnos en un panorama opresivo, dentro del cual sin embargo la humanidad logra abrirse camino a través de alianzas, susurros, lugares secretos o incluso eventos donde explícitamente se transgreden las normas (a este nivel el rol del Comandante, el esposo de Serena Joy, es determinante). Con una sabia mezcla de dureza, resignación y esperanza, y consiguiendo que el lector se identifique con su protagonista y rechace todas esas vejaciones y el menosprecio al que son sometidas las criadas, pero sin epatar por un feminismo exacerbado, o por un rechazo a ultranza de la política o la religión, postulados que se le podrían haber vuelto en contra. En suma, una distopía que merece una lectura, siempre que no situemos nuestras expectativas demasiado altas.

Una nota final: hace unos días he sabido que Atwood está escribiendo una continuación para esta novela. Creo que ni el universo que creó ni la calidad de "El cuento de la criada" dan para tanto, pero lógicamente la demanda de los lectores manda en estos casos. Así que es posible que en una o dos temporadas pueda reseñar en este blog esa continuación.

viernes, 28 de diciembre de 2018

El cartero (1985). David Brin

Una entrada más continúo reseñando cronológicamente las novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula durante la década de los ochenta que aún no habían tenido una entrada independiente en este humilde blog. Ha llegado el momento de comentar "El cartero", una de las novelas más conocidas del estadounidense David Brin. Que no se alzó con el Premio Nébula de 1986 (ese honor le correspondió a "El juego de Ender", que reseñé en mi anterior entrada), pero que considero bastante superior a la ganadora, además de una novela más lograda que "Marea estelar", la novela del propio Brin que se había alzado con el Premio Nébula tan sólo un par de años antes. Y es que sin tratarse tampoco de una obra excepcional a causa de sus altibajos, se trata de una brillante novela de aventuras con un trasfondo especulativo realmente impactante.

Quizás la mayor virtud de esta obra sean sus primeras cien páginas, prácticamente perfectas. Partiendo de una acertada idea original (la adopción que Gordon hace por pura necesidad del rol de cartero en unos Estados Unidos post-apocalípticos), Brin subraya la dureza de la vida en esa época, equilibrándola sabiamente con la ilusión que despierta en las gentes un símbolo de los tiempos perdidos como es el cartero, y aderezándola con los episodios de ternura entre Gordon y Abby en Pine View. Podríamos hablar de una "novela corta" formidable.

Otra virtud de la novela es la habilidad narrativa que exhibe en ella Brin, mezclando continuas descripciones de los lugares y climas en los que transcurre la acción con un elenco de personajes que se comporta de manera creíble. Dos episodios concretos rayan, en mi opinión, a gran altura: el rescate del niño de manos holnistas en Eugene, aun a costa de la muerte de la madre, y el ambiente en el campamento holnista de Corvallis en el tramo final, presidido por las cruentas personalidades de Bezoar y Maddin.

Y es que los holnistas representan una acertada encarnación de los peores aspectos del ser humano (Brin incluso llega a proporcionar un supuesto texto de Holn). Otro detalle logrado es el Acta de Recuperación Nacional del Congreso Provisional de los Estados Unidos Restablecidos, pergeñada por Gordon. Y también son de agradecer las sólidas y repetidas explicaciones sobre los hechos que han conducido al desmorotamiento de los Estados Unidos (Tercera Guerra Mundial, cambio climático, desórdenes internos...).

"El cartero" es una novela que carece de graves defectos, pero sí pequeños desaciertos que, sumados en conjunto, afean ligeramente la impresión global. A saber: cierta sensación de alargamiento forzado de la novela, recurriendo a elementos motores (Cíclope, George Powathan) cuya relevancia no siempre parece estar justificada; un excesivo aunque por otra parte comprensible número de personajes, que se suceden en las páginas sin descanso, y que resultan difíciles de retener para el lector; la extraña relación entre Gordon y Dena, una mujer guiada por su tendencia a la locura y su implicación pro-feminista; el recurso al concepto de "acrecentados", difícilmente asumible y ni siquiera relevante para el desenlace de la novela; la ocultación de la amenaza que supuestamente acorrala a los supervivencialistas desde California; y un final abierto y hasta cierto punto esperable, sin que quede claro qué había estado buscando Gordon en realidad (y qué sigue buscando). Por lo que no podemos hablar de clásico, pero sí de una novela recomendable y disfrutable.

domingo, 16 de diciembre de 2018

El juego de Ender (1985). Orson Scott Card

Una nueva entrada continúo reseñando las novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula durante la década de los ochenta que aún no hubieran tenido una entrada en este humilde blog. Voy a hablarles hoy de "El juego de Ender", ganador del Premio Nébula de 1986 y probablemente la novela más conocida del estadounidense Orson Scott Card. Que pasa por ser además una de las novelas de ciencia-ficción más populares del género para el lector en español en estas últimas décadas. Y que sin embargo no es en mi opinión merecedora de tanto reconocimiento y popularidad, ya que me parece una obra un tanto infantil, no demasiado bien narrada y con una supuesta sorpresa final que resulta demasiado obvia desde mucho antes del desenlace.

Leí "El juego de Ender" en su primera versión en el año 1994, es decir, cuando yo era poco más que un adolescente cuyo conocimiento del género literario de la ciencia-ficción era bastante limitado. Y sin embargo ya entonces me pareció una novela superficial, de lo que ahora se denomina (en inglés) para "young adult" (jóvenes adultos), muy en la línea de novelas como las de la saga de Lucky Starr de Isaac Asimov, o "Consigue un traje especial: viajarás" de Robert A. Heinlein. Es decir, novelas de trama sencilla, cuya razón de ser es casi exclusivamente el entretenimiento, orientadas a un público adolescente o en todo caso poco exigente. Pero sin la calidad literaria ni la carga especulativa que en mi modo de ver son clave en la literatura de ciencia-ficción del periodo de madurez, en la que "El juego de Ender", escrita en 1985, debería enmarcarse.

Card narra la historia de Ender Wiggin, tercero de tres hermanos en una sociedad que sólo permite tener dos, cuya existencia es tolerada por el Gobierno con la condición de ser reclutado con sólo seis años en la Escuela de Batalla, una academia donde aprenderá a luchar contra la raza alienígena de los Insectores (por cierto unos de los extraterrestres más flojos con los que me he topado en el género, poco más que un burdo remedo a gran escala de nuestros insectos). Este planteamiento centrado en un niño de tan corta edad supone todo un reto para el escritor, porque debe hacernos creer que Ender es realmente un niño y se comporta como tal ante las situaciones descritas. Un reto del que a decir verdad no sale muy bien parado, porque incluso teniendo en cuenta que el competitivo ambiente militar debería hacer madurar a Ender y sus pequeños compañeros de forma acelerada, determinadas escenas resultan poco creíbles sin atribuirle una edad mucho mayor.

Otro lastre considerable de la novela es que no está demasiado bien desarrollada, mezclando algunos capítulos muy descriptivos (por ejemplo aquellos que narran la formación de Ender), otros en los que la acción de combate en los juegos no queda del todo clara, y otros en cambio demasiado pausados, probablemente en un intento consciente de Card de darle a su obra una profundidad mayor que la derivada de una mera novela de aventuras militares. Ese pobre desarrollo probablemente sea la razón por la que el autor ha revisado posteriormente la novela varias veces en décadas posteriores, además de para adaptarla a su conversión en la novela central de una saga realmente extensa (a día de hoy consta de once novelas, no todas ellas traducidas al español).

Porque de hecho al año siguiente Card ya había publicado una continuación ("La voz de los muertos", que por cierto volvió a alzarse con el Premio Nébula). Continuación que como podrán adivinar nunca me ha animado a leer. Y es que a pesar de reconocer que la novela resulta aceptablemente entretenida, que contiene algún adelanto tecnológico certero como la red CalNet que interconecta a todas las personas en tiempo real, y que sabe capturar la evasión de los jóvenes a través del mundo virtual (un hecho que se acentúa cada vez más en nuestra sociedad contemporánea), pesan más sus defectos, y ese extraño intento de escribir una novela de adultos de carácter juvenil, a la que si los jóvenes se aproximan probablemente resulte inadecuada por la normalización de la violencia que defiende. Por no hablar de esa sorpresa final a la que me refería al comienzo, y que de sorpresa realmente no tiene nada.

jueves, 6 de diciembre de 2018

Los árboles integrales (1984). Larry Niven

Una nueva entrada continúo reseñando las novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula durante la década de los ochenta que me parecen interesantes y aún no han tenido una entrada independiente en este humilde blog. Voy a reseñar hoy "Los árboles integrales", una de las novelas menos conocidas de uno de los escritores más famosos del género, el estadounidense Larry Niven. Que como la novela que reseñé en mi anterior entrada ("La fusión de mentes") tampoco ganó el Premio Nébula de 1985 (ese honor le correspondió a la para mí claramente superada "Neuromante", de William Gibson), pero que en mi humilde opinión fue la más notable de todas las nominadas. Porque estamos ante una brillante historia de aventuras en un marco tan fascinante como cabría esperar en Niven, a la que no obstante le sobra cierta premura narrativa y le falta algo de calado literario para convertirse en un clásico.

Como era de esperar en Niven, la mayor virtud de la obra es su tono de aventura: la narración tiene la dosis justa de dinamismo, sin apabullar al lector con un exceso de acción pero a la vez presentando con maestría varias situaciones límite, de una precariedad absoluta. Y todo ello en un marco fascinante: el Anillo de Humo. Un marco creado con un incuestionable rigor científico, y enriquecido con unos excelentes esquemas introductorios, unos anexos con vocabulario específico de la novela, y toda una serie de detalles que reflejan el excelente trabajo del escritor.

Sin embargo, aunque las anteriores son virtudes incuestionables, eran hasta cierto punto esperables en una novela de Niven en sus mejores años. Lo que más sorprende al conocedor de su obra es la gran relevancia que en "Los árboles integrales" cobran los elementos especulativos y sociales. Y es que durante toda la novela asistimos al enfrentamiento de los distintos modelos sociales surgidos en el Anillo, y en ocasiones a los conflictos internos de un determinado grupo social. Baste citar la aparición de distintas figuras como los triunos, los Científicos y la Cresidenta, y la atención que Niven presta a esta vertiente de su obra, como lo refleja el trascendente detalle final de que Alfin renuncie a la tribu de Quinn para permanecer en el Árbol de Londres.

Mi valoración final que la aleja de la categoría de clásico se justifica en una serie de defectos que expongo a continuación. En primer lugar, Niven no deja claro desde el comienzo cuáles de los personajes que crea van a ser los verdaderos protagonistas de la narración, con lo cual es inevitable que el lector pierda parte de la riqueza de la novela. En segundo lugar, la prosa escueta y en ocasiones algo ambigua que caracteriza a Niven juega en contra de la lectura (por ejemplo, con frecuencia se echan en falta frases que rematen lo escrito). En tercer lugar, conforme la novela avanza adquiere una complejidad no del todo bien resuelta (por ejemplo, la organización social del Árbol de Londres no se presenta de manera nítida). Y en cuarto lugar, creo que sobra cierta violencia no justificada de los miembros de la tribu de Quinn hacia las del Árbol de Londres.

Para concluir, mencionar otros aciertos que surgen conforme avanza la lectura. Primero, el esfuerzo por explicar por qué la vida humana ha llegado al estado presentado en la novela. Segundo, la primera parte de la novela en su conjunto (un grupo de personajes bien escogido, que sufre unas penurias sobrecogedoras al tiempo que esperanzadoras). Tercero, la existencia de episodios especialmente intensos, como el salto al vacío de la tribu de Quinn tras sus enfrentamiento con la tribu de Dalton-Quinn. Y por último, la intervención final de Kendy, que remata la coherencia de la novela al tiempo que le da veracidad, por resultar fallida.

Por cierto, unos años más tarde Niven convirtió esta novela en saga con la publicación de "The smoke ring", pero desgraciadamente la novela permanece inédita en español y no he tenido oportunidad de leerla.

domingo, 18 de noviembre de 2018

La fusión de mentes (1984). Jack Dann

Una entrada más continúo reseñando cronológicamente aquellas novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula en la década de los ochenta que considero interesantes y que aún no habían tenido su entrada independiente en este humilde blog. Le ha llegado la oportunidad a "La fusión de mentes", del neoyorkino y muy poco conocido para el lector en español Jack Dann. Nominada a los Nébula de 1984, como su título indica toca un tema muy interesante, y se trata de una novela original, poética y bien ambientada, pero también irreal, sin apenas acción, y tan escueta en personajes y situaciones que a menudo peca de reiterativa.

Inédita en español durante dos décadas hasta que la colección Solaris Ficción de La Factoría de Ideas finalmente se animó a traducirla y publicarla, me animé a leerla por las virtudes que de ella ensalzaba mi admirado Robert Silverberg. Virtudes que, es cierto, en parte también percibí durante su lectura, pero que me parecieron menos relevantes que a él, y sobre todo lastradas por varios graves defectos. Aunque ninguno de ellos es capaz de neutralizar la excelente ambientación: el siglo XXII que nos presenta Dann es extravagante, crudo, ominoso, y a menudo está aderezado por avances tecnológicos tan bien pensados que pasan desapercibidos para el lector. Además, los lugares recreados por Dann se adhieren con fuerza a la imaginación del lector (en especial esa fantasmagórica Nápoles con la que nos cautiva en el primer capítulo).

El otro punto fuerte de la novela es sin duda la idea que le da título. Una idea explotada más veces en la literatura de ciencia-ficción, pero a la que Dann le da otra vuelta de tuerca, planteando las conexiones de las mentes como una forma de entrar en contacto con los recién fallecidos o aquellos a punto de fallecer (muy en la línea de Philip K. Dick), pero también como una tecnología perfectamente desarrollada para dar una nueva dimensión a los juegos de azar, o para desarrollar nuevas sectas disfrazadas de religión (la Iglesia de los Clamantes Cristianos) o, por encima de todo, como una manera de profundizar como nunca antes en las relaciones de pareja gracias a los "enganches diádicos". La pena es que el escritor lleva su brillante idea demasiado al extremo, y la convierte en un elemento fantástico que aparece y desaparece a su antojo, y en la que prácticamante todo vale.

Porque ese viraje poético a la fantasía que tan en boga estaba en los años ochenta provoca que la novela no saque todo el partido a su ambientación, a su idea central, y a la decadente y amenazante Tierra futura, y se enrede en una especie de triángulo amoroso que parece no tener fin. Y es que la irracional búsqueda que lleva a cabo el protagonista Raymond Mantle de su desaparecida hermana, a la vez que amante y pareja, Josiane, resulta a todas luces un motor demasiado débil para dinamizar la novela. Y lo que hace Dann para darle fuerza extra a la misma es recurrir a otros dos personajes (Carl Pfeiffer y Joan, amigo íntimo y amante sustituta respectivamente de Mantle), cuya relación con el protagonista siempre aparece a los ojos del lector como un tanto forzada, sobre todo cuando los enreda en un menage a trois de subidas, bajadas, dudas, secretos e intenciones ocultas con el que va consumiendo los capítulos.

Si a ello le añadimos otra serie de elementos descabellados (desde los ricos que apuestan sus órganos en los casinos hasta los frívolos que se embarcan en una nueva travesía del Titanic para morirar cuando éste vuelva a chocar con un iceberg), un puñado de conceptos netamente fantásticos (desde los espacios oscuros en los que se adentran los Clamantes hasta el Gran Aullido que finalmente enloquece a miles y miles de personas), y una cantidad de exabruptos totalmente injustificada, se entenderá que mi impresión final no sea muy positiva.

Aunque he de admitir que la breve cuarta parte, en la que Dann presenta el desenlace, mejoró mi impresión global, primero con la sorpresa de que lo que parecían hechos consumados no eran en realidad ciertos, después con una buena dosis de tensión, y finalmente con un guiño optimista inesperado al final. Una pequeña recompensa a tantos capítulos cansinos de una novela que pudo haber sido mucho mejor de lo que al final resultó ser.

domingo, 4 de noviembre de 2018

Marea Estelar (1983). David Brin

Una nueva entrada continúo reseñando las novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula en la década de los ochenta que aún no han tenido una entrada independiente en este humilde blog. Siguiendo un estricto orden cronológico le ha llegado el turno en esta oportunidad a "Marea estelar", del estadounidense David Brin, uno de los escritores de referencia de la década de los ochenta. Que, como dije hace unas entradas cuando presenté de manera global los Premios Nébula durante la década de los ochenta, me resulta un escritor agradable pero un escalón por debajo de los grandes nombres del género en otras décadas. Una impresión que ya tenía antes de hacerme con "Marea estelar" pero que corroboré una vez más tras completar su lectura. Y es que pese a alzarse con el Premio Nébula de su año, es una novela que no me termina de llenar: fastuosa, es verdad, con una creatividad de tal calibre que podría (y de hecho pasados unos años se desarrolló) en varias secuelas, pero demasiado dispersa, escasa de profundidad y poco verosímil.

Empezando por esa creatividad desbordante que quizá sea lo que más llame la atención al lector, el concepto de "elevación de los pupilos" como mecanismo por el cual las razas más desarrolladas de las 5 Galaxias van incorporando nuevas especies presensitivas de sus galaxias a la civilización, es original y se adapta muy bien al universo poblado de extraterrestres que plantea Brin. Pero aunque las especies elevadas por los humanos del siglo XXV (neo-delfines y neo-chimpancés) resultan la elección obvia, su puesta en acción como parte del viaje experimental de la nave Streaker resulta poco verosímil, e incluso difícil de visualizar, a pesar de detalles para hacer el panorama más creíble como arneses, enlaces neurales, e idiomas ternario y ánglico. Y esto lastra mucho el resultado final.

Aunque quizá lo lastre más incluso el evidente esfuerzo realizado por el escritor por modernizar la ciencia-ficción "clásica" de los años cuarenta y cincuenta. Porque intenta dotar de profundidad a sus personajes concediendo a más de una decena de ellos una línea narrativa propia. Y a pesar de que lógicamente estas líneas se entrecruzan, y de la muy oportuna lista de personajes que Brin sitúa al final junto con el glosario, el panorama resultante es tan complejo (y los nombres de los neo-delfines tan difíciles), que para el lector resulta casi imposible recordar en qué punto había dejado Brin la narración de determinado personaje cuando la retoma varias decenas de páginas más tarde. Y esa dispersión narrativa acaba provocando que el lector se deje llevar, perdiendo buena parte del interés.

Y es una pena, porque la novela está muy trabajada a muchos niveles: desde la fascinante ecología del planeta Kithrup hasta la gran cantidad y originalidad de especies ETs, pasando por la propia nave Streaker, y lógicamente por su extenso conocimiento de los delfines. Da la impresión de que con estos mimbres el resultado podría haber sido mucho mejor.

Bien es cierto que la novela adolece de varios fallos, algunos de ellos curiosamente más propios de la ciencia-ficción clásica. Pensemos por ejemplo en los poderes extrasensoriales de la teórica pareja protagonista, Tom y Gillian, en las bombas psi, en la ingeniudad que muestran todas las especies ETs ante las artimañas humanas, o en lo difícil que es situarse cuando la acción transcurre en Kithrup (personalmente eché mucho de menos un mapa).

Así que lo que prevalece tras terminar la lectura es el carácter de novela de aventuras, con la línea narrativa de Tom Orley como baza principal, el inconveniente de la prosa a veces un tanto limitada de Brin (sobre todo a la hora de narrar los episodios de acción), y la esperable victoria final de los humanos. Argumentos por ahora insuficientes para animarme a leer el resto de novelas con las que Brin acabó convirtiendo "Marea estelar" en una hexalogía en décadas posteriores (de hecho ni siquiera la reseñé cuando hace unos años estuve haciendo un recorrido por las sagas principales de la ciencia-ficción, porque por aquel entonces no me había animado aún a leerla). Recomendable sólo para amantes de la ciencia-ficción de aventuras y escenarios fascinantes.

sábado, 20 de octubre de 2018

La transmigración de Timothy Archer (1982). Philip K. Dick

Una nueva entrada continúo reseñando las novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula durante la década de los ochenta que aún no hubieran tenido una entrada independiente en este humilde blog. Voy a presentarles en esta oportunidad "La transmigración de Timothy Archer", nominada a los Premios Nébula de 1983, y también la última novela de Philip K. Dick publicada en vida. Los conocedores de la obra del influyente escritor estadounidense probablemente sepan que sus últimos años de vida fueron particularmente atormentados, delirantes y con una fuerte presencia de las drogas, por lo que cuando me hice con esta novela tenía miedo de encontrarme ante una "ida de olla", si me permiten utilizar por una vez una expresión coloquial. Pero he de decir que mis temores estaban infundados y la nominación a los Nébula plenamente justificada. Porque sin un cuestionamiento de la realidad tan pronunciado como es habitual en Dick, pero sí con muchas de sus obsesiones (religiones, drogas, locura), se trata de una novela profunda, muy elaborada, pesimista, culta, y mucho más coherente de lo que me esperaba.

Y eso a pesar de que, como decía, son muy comunes las críticas negativas sobre la última época de Dick, principalmente a causa de la incoherencia de lo narrado y de la confusión subyacente. Nada de eso aprecié: la novela es coherente de principio a fin, bien expuesta y con un esfuerzo claramente perceptible por atar todos los cabos. A ello contribuye sin duda que el libro recree con precisión aunque sin mencionarlo de manera explícita la vida del obispo James Pike, con quien Dick mantuvo una relación frecuente a lo largo de los años.

También es de agradecer la gran cantidad de referencias culturales que pueblan sus páginas: literarias (de Virgilio a Dante, de Schiller a Yeats), musicales (de Beethoven a The Beatles, de Frank Zappa a Queen), y filosóficas (de Locke a Kant). Siempre utilizadas con respeto, y a menudo en forma de pequeñas citas que complementan la exposición. Todo lo cual refleja la calidad de la novela, y contribuye a que Dick nos proponga entre sus páginas poco menos que un tratado de filosofía (con la rebelión contra el destino como eje principal).

Otros puntos favorables de la novela son el rigor con el que el escritor trata el elemento religioso (desde los textos y doctrinas cristianas hasta los manuscritos saduceos del Mar Muerto), la exploración del mundo interior de unos personajes muy bien caracterizados (con mención especial para Angel Archer, la brillantemente recreada protagonista femenina que narra la novela en primera persona), la habitual magia de la prosa dickiana (que mantiene como de costumbre la atención del lector), la "sorpresa" final con la que Dick construye la supuesta transmigración de Tim Archer, y algunos detalles científicos que demuestran que la novela puede encajar en el género (desde las frecuentes disertaciones sobre automóviles hasta las referencias a la teoría de la señal de Shannon).

Desgraciadamente la novela presenta tres defectos graves que a mi modo de ver la alejaron del premio y no permiten situarla entre lo mejor de la producción del estadounidense. El mayor y más evidente es la falta de acción: no ya páginas esporádicas, sino a veces capítulos enteros se dedican a que los personajes reflexionen sobre determinados acontecimientos u obsesiones personales, hasta el punto de fatigar al lector. El segundo es la excesiva presencia de las drogas en sus personajes: por supuesto la naturalidad con las que las consumen ya puede ser cuestionable, pero lo peor son los difícilmente aceptables vaivenes a los que someten, restándoles credibilidad. Y el tercero es la relevancia que Dick otorga a elementos nada científicos (médiums, lecturas de pensamiento, mentes ocupadas por otras, supuestas terapias de grupo), que indudablemente le restan autoridad a sus reflexiones. En menor medida también debo mencionar que en su momento me disgustó una traducción realmente floja, así como cierta tendencia a narrar de modo telegráfico determinados acontecimientos esenciales de la novela.

A cambio de estos defectos la novela es recomendable sobre todo porque nos ofrece un abundante material especulativo, que a menudo nos hará cuestionarnos qué son realmente la locura y la fe, y que nos permitirá calibrar hasta qué punto la vida era percibida con negatividad por el estadounidense en sus últimos años.

sábado, 6 de octubre de 2018

El pájaro burlón (1980). Walter Tevis

Comienzo mis reseñas de las novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula durante la década de los ochenta (que aún no hubieran tenido una entrada independiente en este humilde blog) con "El pájaro burlón", del estadounidense Walter Tevis. Que no se alzó con el Premio Nébula de su año (ese honor le correspondió a "Cronopaisaje", del para mí no especialmente interesante Gregory Benford), pero que a mi modo de ver es sin duda la mejor novela de ciencia-ficción que se publicó ese año, además de una de las mejores de la década. Quizá pesó en su contra a la hora de alzarse con el galardón que Tevis fuera un escritor, además de poco prolífico, no específicamente adscrito al género de la ciencia-ficción (su novela más conocida posiblemente sea "El color del dinero", también una famosa película). Pero he admitir que "El pájaro burlón" me gusta tanto que se quedó fuera por muy poco de mi lista de quince títulos personalísimamente favoritos que publiqué en el blog hace unos años. Porque se trata de una distopía formidable: sugerente, consistente, cautivadora y humana.

Y eso a pesar de que el comienzo no lo anticipa: centrado en Robert Spofforth (un robot Producto Nueve, algo que el lector tendrá que descubrir qué implica), su concepción y su gradual asunción de responsabilidades en la sociedad estadounidense resultan un tanto inverosímiles, como lo resulta el hecho de que los humanos ya no sepan leer en el futuro. Pero en cuanto aparece Paul Bentley en escena, precisamente con la capacidad auto-adquirida de la lectura, la novela ya asciende a otra dimensión y mantiene un nivel altísimo hasta el final.

Porque los E.E.U.U. del siglo XXV imaginados por Tevis, y la involución que durante siglos ha llevado al país a ese extremo, son tan consistentes como un hiriente espejo en el que reflejar las posibles consecuencias de muchas de las tendencias que tanto afloran en las sociedades de nuestro tiempo. La mezcla de tecnología (reflejada en los robots Producto 1 a 9, en los autobuses telepáticos y las comidas artificiales), hedonismo (sexo fácil, drogas, pantallas de estimulación del placer), individualismo (defensa a ultranza de la intimidad, ausencia de familias convencionales) y control social, dan como resultado una sociedad moribunda, autómata, analfabeta, que languidece sin solución.

Frente a todas estas reconocibles tendencias, y con innumerables guiños a nuestra cultura (el cine mudo, la poesía, la Biblia) Bentley va descubriendo lo que otros seres humanos que vivieron antes que él pensaron y escribieron, y ello le ayuda a crecer como pesona. Que sufre, sí, pero que piensa, aprende, crea, evoluciona... y ama.

Porque lo que en mi opinión hace a la novela excepcional no es su defensa de un humanismo aderezado con ingredientes del cristianismo primitivo y valores tan poco defendidos hoy día como la familia, sino el gradual crecimiento de Bentley y su compañera Mary Lou hasta llegar a esa defensa. Con episodios realmente memorables (para mí los dos mejores son el descubrimiento de las bibliotecas y todas las páginas que transcurren en Maugre). Y con una humanidad exquisita a lo largo de todos los capítulos.

Pocos peros se le pueden poner a esta novela. El más obvio es que bebe de otras fuentes: Frankenstein al comienzo, la saga de los robots y en particular el personaje R. Daneel Oliwav de Isaac Asimov, el "Farenheit 451" de Ray Bradbury, incluso "Un mundo feliz" de Aldous Huxley). También es fácil detectar alguna que otra ingenuidad tecnológica, y para el lector en español se añade el problema adicional de una pobre edición (con una mediocre traducción y sobre todo una infame contraportada, imprecisa y destripadora del contenido a partes iguales).

A cambio la vida en el campo de trabajo, la huida de él, el regreso a Nueva York, incluso el desenlace (esperable pero coherente) rayan a gran altura, y reflejan lo buen narrador y caracterizador de personajes que fue Walter Tevis. Un clásico por descubrir, que no se arrepentirá de leer si tiene Vd. la suerte de que caiga en sus manos.