sábado, 14 de octubre de 2017

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Philip K. Dick (1968)

Una nueva entrada continúo reseñando las novelas que he seleccionado como representativas de la alteración de la realidad en la ciencia-ficción, de la mano dos grandes maestros como son Philip K. Dick y Robert C. Wilson. Voy a reseñar en esta oportunidad "¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?", de Dick. Que quizá sea una de las novelas más famosas de su bibliografía, gracias a la adaptación libre que de la misma hizo en 1982 Ridley Scott, cuando la llevó al cine con el título de "Blade runner". Y que sin ser en mi opinión uno de los mejores libros de su producción, sí que posee todas las características habituales de su bibliografía: una novela tan capaz de atraer magistralmente al lector como de decepcionarlo con algunos defectos graves.

Situada en 1992 tras la Guerra Mundial Terminal que dejó la Tierra devastada, su mayor virtud es la habilidad narrativa de Dick en sus mejores años como escritor. Y es que el escritor crea una ambientación en la que todo contribuye al cuestionamiento permanente de la realidad, consiguiendo además la total implicación del lector. Pero este cuidado de la ambientación no implica que la trama pase a un segundo plano. Porque la utilización de androides para la imprescindible colonización de Marte, y la emancipación derivada su continua evolución, plantean la problemática de su integración en la sociedad terrestre, además de la dificultad para distiguirlos de los humanos. Una problemática de ominosas implicaciones y peligrosamente veraz en un futuro relativamente cercano. Realzada además por la atmósfera decadente y estéril del San Francisco recreado por Dick. Y enriquecida por la introducción de conceptos originales pero de fácil asimilación: el kippel, el órgano de ánimos Penfield, el test de Voigt-Kamp, el amigo Buster...

Lo que ya no resulta tan fácil de entender es la enorme importancia que la sociedad post-nuclear concede a la posesión de un animal (ya sea real o eléctrico), y que ésta constituya uno de los ejes en torno a los que gira la obra. Aunque esta reflexión me permite ensalzar el fantástico título de la novela: extravagante a primera vista, y obviamente evocador de la práctica de los humanos de contar ovejas, encierra en realidad una pregunta sorprendentemente adecuada para la narración, que el simplón título de "Blade runner" con el que recientemente se ha reeditado aprovechando el tirón de la película echa a perder.

Como decía, la novela adolece de varios defectos que impiden considerarla una novela redonda. Además del ya comentado, el que primero aparece en la lectura es la caja de empatía: ya de por sí su pretendida utilidad de comunión con otros seres humanos que se unen al perpetuo ascenso de Wilbur Marcer es discutible, pero mucho más criticable resulta de que los daños producidos durante su uso se vuelvan reales al acabar. Otro inconveniente que le resta dramatismo a la obra es que el líder de los androides, Roy Baty, no aparezca hasta el tramo final de la obra, y que su eliminación resulte decepcionamente fácil. Llama la atención, asimismo, que a Dick se le deslice alguna que otra incongruencia (por ejemplo, cuando Deckard intenta hacerse pasar por Isidore empleando su nombre, sin percatarse de que éste en ningún momento se lo ha dicho). Tampoco me gustó la identificación de Deckard con el padre del mercerismo en el tramo final de la novela, por imposible, innecesaria y confusa. Y otros defectos menores pero evidentes son la época en la que transcurre la acción (demasiado temprana para lo evolucionada de la sociedad), y que en ningún momento Dick profundice en la colonización de Marte, aludiendo a ella sólo tangencialmente.

Para concluir, citar otros aciertos que se descubren según se avanza en la lectura. En primer lugar, la habilidad para concentrar toda la acción en poco más de un día. En segundo, Rick Deckard, el protagonista apenas esbozado físicamente pero mimado psicológicamente por Dick (su desconfianza inicial, su euforia tras sus primeros éxitos, y su posterior cuestionamiento de la vida de los androides, y de toda la vida en general). Y en tercer lugar, John B. Isidore, el cabeza de chorlito no tan retrasado como Dick nos pretende hacer creer, que constituye la perfectamente aprovechada baza de sentimentalismo con la que compensar tanta negatividad. Aciertos que logran inclinar la balanza en favor de una novela con lagunas pero indudablemente recomendable.

domingo, 24 de septiembre de 2017

Dr. Bloodmoney (1965). Philip K. Dick

Una entrada más continúo reseñando las novelas que he seleccionado como representativas de esa alteración de la realidad que desde hace décadas se ha venido cultivando en la literatura de ciencia-ficción, y de la que los norteamericanos Philip K. Dick y Robert C. Wilson son dos grandes maestros. Les voy a presentar en esta oportunidad "Dr. Bloodmoney (o cómo nos las apañamos después de la bomba)", de Dick. Que además de ser uno de los títulos menos conocidos de la época en la que con más coherencia y acierto el estadounidense exploró esta alteración de la realidad, es también la novela que definitivamente me hizo ver el paralelismo entre estos dos escritores. Porque el argumento, los personajes, las líneas narrativas que se entrecruzan, la repentina catástrofe y su impacto, podrían ser perfectamente parte de una novela de Wilson. Pero no, su autor fue Dick. Una novela, además, en la que Dick tomó como base el conocido tema del apocalipsis post-nuclear, eso sí, llevándolo con naturalidad a su personal estilo literario: inteligente, dinámica, consistente en lo esencial, pero también descabellada.

Quizá lo que más sorprenda al lector que ya se haya enfrentado con anterioridad a otras obras de Dick sea la sustitución de una línea narrativa claramente predominante, habitual en el estadounidense, por varias líneas separadas que se entrecruzan varias veces a lo largo de la novela sin llegar a fusionarse. Para ello Dick crea un elenco inusualmente amplio de personajes, y nos muestra cómo se van adaptando a la California post-holocausto. La mayoría están bien caracterizados y resultan creíbles. Mención especial para Stuart McConchie (y su astucia innata a pesar de que Dick nos hace creer que desempeñará el rol del personaje corto de miras que tiende a aceptar la realidad sin cuestionarla), y para el focomelo Hoppy Harrington (y cómo su conversión de ser humano marginal a centro de poder le agria fatalmente el carácter). Pero en otros personajes, y en consonancia con su habitual cuestionamiento de la realidad, Dick tensa demasiado la cuerda de la verosimilitud. Tal es el caso de Bruno Bluthgeld (el científico que da título a la novela de manera un tanto desafortunada, y cuya influencia en la catástrofe nuclear se exagera en demasía), y sobre todo de Edie y Bill Keller (la niña de siete años y el hermano siamés que supuestamente habita en su interior, algo absolutamente inadmisible desde el punto de vista científico).

A pesar de estas deficiencias en algunos personajes, la novela nunca descarrila y resulta agradable de principio a fin. Con un ritmo narrativo alto y un mensaje más optimista de lo que cabría esperar en Dick, el lector va apreciando cómo los personajes se van adaptando a las esperables carencias tras la catástrofe en unas ambientaciones californianas sugestivas y creíbles, dedicándose a nuevas ocupaciones acordes con la situación y tan originles como la de Walter Dangerfield, quien hace las veces de "internet" de esta nueva era. Aunque en ocasiones se eche de menos una línea principal más definida, que aumente la carga emocional de la novela.

Aparte de estos personajes y situaciones inadmisibles, y de una cierta sensación de collage de acontecimientos diversos, otros defectos menores de la novela son: las inusitadas capacidades extrasensoriales que desarrolla Hoppy, la escasez de información sobre los motivos de la catástrofe y su impacto en otras partes del mundo, la sociedad excesivamente evolucionada que Dick imaginó para las últimas décadas del siglo XX previas a la catástrofe, y la impresión de que Dick podría haberle sacado más partido a tanto personaje expandiendo la novela sesenta o setenta páginas más.

A cambio de estos inconvenientes, el panorama planteado por Dick apela siempre a la inteligencia del lector, quien una vez que concluye que la lucha entre Bill y Hoppy va a ser la clave de la novela, no puede dejar de pasar las páginas para averiguar cómo resuelve Dick ese inverosímil meollo. Hasta toparse con un desenlace descabellado y sin embargo consecuente con lo planteado, y que no decepciona.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Tiempo de Marte (1964). Philip K. Dick

Una entrada más prosigo reseñando las novelas que he seleccionado como representativas de la alteración de la realidad en la literatura de ciencia-ficción a cargo de dos grandes escritores norteamericanos: Philip K. Dick y Robert C. Wilson. Respetando el orden cronológico le ha llegado el turno a "Tiempo de Marte", quizá una de las novelas menos conocidas de la primera etapa de Philip K. Dick. Y que sin llegar al nivel de sus mejores obras, sí que mantiene ese cuestionamiento de la realidad que hace que al mismo tiempo que el lector se pregunta si lo que lee es razonablemente coherente, siente una subyugante atracción por lo narrado.

No obstante, para poder apreciar esta novela hay que ser indulgente con un par de cuestiones que podrían condenarla negativamente si no las pasamos por alto. La primera es el Marte "infantiloide" que nos muestra el autor: por supuesto hay marcianos (los oscuros, semejantes a los humanos y con sus propias tradiciones milenarias), pero también agua en cantidad aceptable, una atmósfera respirable... es fácil comprender que estas inverosímiles características del Planeta Rojo eran asumidas como validas hace más de cincuenta años y que por eso Dick no tuvo reparo en recurrir a ellas. Y la segunda es la escasa relevancia del elemento científico, dado que la novela se apoya a menudo en conceptos alejados de la ciencia: el uso de amuletos (aguatuja), la existencia de lugares con propiedades mágicas (Puño Manchado), y otros ejemplos.

En mi opinión, la mayor virtud de "Tiempo de Marte" es la habilidad literaria de que hace gala Dick en su mejor época. Tangible en los personajes profundos y bien caracterizados que crea, en el consabido cuestionamiento de la realidad, en el ambiente opresivo que preside la novela, en el enfoque de un mismo episodio desde diferentes personajes... Esta conocida habilidad del autor se combina aquí con el tratamiento de la esquizofrenia (quizás la verdadera protagonista del libro). Y es que Dick nos muestra sus conocimientos sobre el asunto no sólo en Jack Bohlen, sino en las tendencias esquizofrénicas que enseñan a los niños en la Escuela Pública.

El resto de las virtudes de la obra (dejando a un lado la excelente traducción a cargo de Marcelo Cohen), derivan de lo expuesto en el párrafo anterior. A saber: el logrado equilibrio de poderes, que se refleja incluso en la geografía marciana (contrabandistas del mercado negro, reparadores, trabajadores del agua, psiquiatras, judíos...); la elaboración de escenarios inquietantes, como esa Escuela Pública en la que sus máquinas docentes recrean personajes famosos, o el campo Ben-Gurión; la interrelación de casi todos los personajes, con líneas argumentales tangenciales; el tratamiento de un aspecto tan poco frecuente en la ciencia-ficción como la infidelidad matrimonial; y varios personajes particularmente conseguidos (es el caso de Arnie Kott, cien por cien "dickiano", hecho a sí mismo, ostentoso, cruel e infantil, de Manfred Steiner, el niño autista del que Dick no nos termina de mostrar sus poderes ni su influencia pero sí lo desasosegante que resulta, o incluso de la manera en la que se comportan y relacionan las ociosas Silvia Bohlen y June Henessy). Además, dos episodios brillan con luz propia: el pavorosamente repetido de la cena y la conversación entre Arnie, Jack y Doreen, y el desenlace, primero con su intento por revertir la realidad y segundo con la ilusión de que la muerte que Dick nos narra no está siendo real.

Para terminar, reseñar otros defectos no citados que añadir a las dos cuestiones con las que debemos ser indulgentes. El más evidente es la enormemente avanzada civilización que Dick sitúa allá por 1994. Tampoco se termina de captar en toda su dimensión el interés de las distintas facciones por los montes FDR. Y desde mi humilde punto de vista, nunca está del todo claro para el lector cuál es el verdadero motor de la novela, lo que hace, en especial durante su primera mitad, que el ritmo narrativo sea lento en demasía. Aunque la contenida extensión de la misma y los sobresaltos de la segunda mitad justifican sobradamente su lectura.

viernes, 25 de agosto de 2017

Tiempo desarticulado (1959). Philip K. Dick

Con la reseña de la presente novela empiezo mi serie de entradas específicamente dedicadas a la alteración de la realidad en la literatura de ciencia-ficción, de la mano de dos de los escritores de referencia en ese ámbito: Philip K. Dick y Robert C. Wilson. Siguiendo como de costumbre un orden cronológico, voy a empezar por "Tiempo desarticulado", una de las primeras novelas en la carrera del estadounidense Philip K. Dick, puesto que vio la luz en 1959. Y que pese a tratarse de una de sus primeras obras, me parece una meritoria novela, articulada sobre dos de los pilares básicos de su bibliografía: el cuestionamiento de la realidad y el control gubernamental. Razones por la cual la he seleccionado como la primera novela realmente representativa de su carrera en este ámbito del cuestionamiento de la realidad.

Para lograr el mayor impacto posible y a la vez situar al lector, Dick parte de una pequeña ciudad cualquiera en la Norteamérica de 1959: con sus suburbios, su descampado, su autopista, su supermercado... Y con ritmo ágil nos va introduciendo en las pequeñas vidas de unos cuantos personajes, que sutilmente se van complicando conforme la neurosis esquizofrénica de Ragle Gumm, el protagonista ideado por Dick que se gana la vida acertando diariamente el concurso del periódico local, va cobrando relevancia.

Pero sin duda lo mejor de la novela surge cuando los allegados de Gumm (su hijo Sammy, su esposa Margo, su cuñado Vic) van descubriendo anomalías que confirman un cuestionamiento evidente de la realidad más allá de los problemas mentales y el talento interpretativo para los concursos de su protagonista. Es en esos capítulos en los que Gumm planifica y ejecuta sus dos huídas de la ciudad (la primera en solitario, la segunda en compañía de Vic) cuando Dick raya a gran altura: crea una atmósfera tremendamete opresiva, va yendo de sorpresa en sorpresa, y finalmente nos revela una explicación plausible pero impactante para las anomalías temporales reveladas, que esconde nada menos que una Guerra Civil entre la Tierra y la Luna.

Pese a estos aciertos, la novela adolece de ciertos defectos que impiden considerarla un clásico del género. El más obvio es la imposibilidad de que Gumm acierte a diario el concurso sobre la ubicación del hombrecito verde. Asimismo perdura la impresión de Dick podía haber desarrollado más algunos puntos de la trama, que apenas si son sugeridos. Otros detalles de la explicación proporcionada por Dick también flojean (que sus personajes nunca se cuestionen dónde están viviendo, que en apenas unas décadas la Luna y Venus hayan sido colonizados, que la segunda huída transcurra íntegramente en menos de 12 horas...). Tampoco está muy bien integrado en la trama el rol de la señora Keitelbein, y en general algunos personajes secundarios son demasiado esquemáticos.

A cambio, y con una extensión saludablemente contenida y una prosa sencilla adornada con puntuales guiños humorísticos, Dick cautiva al lector mostrándole hasta qué extremos puede llegar el control gubernamental si las circunstancias lo aconsejan, cómo la locura puede servir de eslabón para enlazar las distintas realidades, o cómo puede llegar a parecer auténtica la más artificial de las ciudades. Creando así una lectura tan sugestiva como inquietante, y además precursora de los clásicos que Dick escribiría en años posteriores a partir de estos mimbres.

sábado, 12 de agosto de 2017

La alteración de la realidad: Philip K. Dick vs. Robert C. Wilson

Una vez concluida mi serie de entradas dedicada a las ucronías, abro con la presente entrada un nuevo tema con el que seguir ampliando la perspectiva de los lectores de este humilde blog sobre el maravilloso género de la literatura de ciencia-ficción. En esta oportunidad voy a tratar de un ámbito que en mi opinión aún no ha alcanzado (a diferencia de las ucronías) la categoría de subgénero, pero que está relacionado con ellas y posiblemente con el tiempo llegue a alcanzarlo, habida cuenta de los frutos que ya ha producido. Me refiero a la exploración de las situaciones a las que conduce la alteración de la realidad, que la ciencia-ficción lleva décadas explorando con fascinantes resultados. Y lo voy a hacer de la mano de los que para mí son los dos mayores exponentes de esta alteración de la realidad dentro el género: los estadounidenses Philip K. Dick y Robert C. Wilson.

Lo interesante de enfrentar a estos dos escritores radica en que su aproximación a la alteración de la realidad es tan diferente como reconocible. Dick es un escritor mundialmente famoso por esas novelas, situadas en un futuro no muy lejano y protagonizadas por personajes que distan mucho de los héroes convencionales, que comienzan presentándonos una realidad reconocible y aceptable para, gradualmente, ir introduciendo inquietantes elementos de otra realidad, a menudo sólo perceptibles por uno o un número reducido de personajes, hasta crear una atmósfera asfixiante en la que el cuestionamiento de todo lo presentado es absoluto. Mientras que Wilson, aunque también suele decantarse por situar sus novelas en un futuro cercano y partir de escenarios relativamente cotidianos, presenta la alteración de la realidad como un fenómeno a gran escala, incuestionable, que sucede de pronto, y obliga a sus personajes a unas experiencias vitales trepidantes, que jamás esperaron vivir.

En mi opinión, lo más fascinante de las novelas de realidad alterada de Dick es la manera como consigue que el lector se zambulla en el caos creciente, y no sólo no se desoriente y desinterese, sino que disfrute con ello. Y es que Dick sabe en sus mejores novelas mantener un mínimo de elementos de referencia ambientales y la suficiente coherencia argumental para que sus obras no desentonen en un ámbito que debe ser tan riguroso como la ciencia ficción. Mientras que lo más fascinante de las novelas de realidad alterada de Wilson es lo impactante de sus alteraciones, y cómo a partir de esas se desarrollan auténticos thrillers, llenos de tensión e intensidad, y a menudo con desenlaces sorprendentes.

Aunque ambos autores no llegaron a publicar sus novelas simultáneamente (Dick falleció en 1982 y Wilson publicó su primera novela en 1986), por lo que no podemos hablar de imitaciones ni influencias directas, comparten varios aspectos. Entre ellos su personalidad acusada y fácilmente reconocible a la hora de escribir. También la innegable concisión de sus novelas, independientemente de que abarquen uno o más hilos argumentales, con capítulos relativamente cortos y un ritmo narrativo alto. Y uno adicional y relativamente curioso: que su bibliografía ha sido reconocida con un número de premios sensiblemente menor que la relevancia que han alcanzado (algo especialmente notorio en el caso de Dick, que cuenta con una auténtica legión de escritores imitadores).

No todas las obras de Philip K. Dick encajan por igual en esta realidad alterada. Y de ellas, no todas brillan al mismo nivel. Por lo que no voy a presentarles un repaso exhaustivo a su bibliografía (que está traducida íntegramente al español), sino una selección de sus novelas más representativas en este ámbito, que cronológicamente abarcan desde 1959 a 1974. En cambio Robert C. Wilson ha sido hasta la fecha un lector con menos suerte en su bibliografía en español (menos de un tercio de sus novelas han sido editadas), por lo que voy a presentarles todas sus obras traducidas, dado que a mi modo de ver todas ellas encajan con naturalidad en esta realidad alterada.

Las novelas que voy a reseñar de Dick en este ámbito son las siguientes:
Tiempo desarticulado (1959)
El hombre en el castillo (1962)
Los tres estimas de Palmer Eldritch (1964)
Tiempo de Marte (1964)
Dr. Bloodmoney (1965)
¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968)
Ubik (1969)
Fluyan mis lágrimas, dijo el policía (1974)

Y de Robert C. Wilson, las siguientes:
Nómadas (1989)
Mysterium (1994)
Darwinia (1998)
Los cronolitos (2001)
Testigos de las estrellas (2003)
Spin (2005)

Varias de estas novelas ya han sido reseñadas en este mismo blog por una u otra razón, por lo que ya he incluido los enlaces a dichas reseñas. En meses venideros reseñaré solamente aquellas de las que aún no les he hablado.

Un último apunte: la idea de emparentar y a la vez enfrentar los enfoques que siguen estos dos escritores a la hora de alterar la realidad es enteramente mía. Desconozco si alguien más habrá hecho este ejercicio previamente, ni si los eruditos del género considerarán una aberración este enfrentamiento. Pero espero que si siguen esta entrada y las novelas que les presente terminen compartiendo las razones por las que los he enfrentado.

jueves, 20 de julio de 2017

El sindicato de policía yiddish (2007). Michael Chabon

Con la presente entrada concluyo la revisión de las novelas que he seleccionado como representativas para el lector en español del subgénero de las ucronías, uno de los más fascinantes de la literatura de ciencia-ficción. Voy a hablarles de "El sindicato de policía yiddish", que como ya anticipé en mi anterior entrada ("El círculo de Farthing"), fue el segundo acercamiento en apenas un año a un hecho divergente relativamente similar: el devenir de los judíos tras una Segunda Guerra Mundial ligeramente diferente a la que realmente tuvo lugar. Con la diferencia de que la novela de Chabon se alzó con los premios Hugo y Nébula, los más importantes del género y que la convierten quizá en la historia alternativa más premiada de todos los tiempos. Aunque como ya anticipé en mi anterior entrada, creo que la novela de Walton es indiscutiblemente superior. Y es que "El sindicato de policia yiddish" me pareció una ucronía mediocre, muy bien documentada y ambientada en lo relativo al mundo judío, pero barroca, un tanto espesa, y decepcionante como novela de detectives que intentan resolver un asesinato.

Sin duda lo mejor del libro es el hecho divergente del que parte el autor, y cómo lo desarrolla: tras la Segunda Guerra Mundial la creación del estado de Israel resulta fallida, y varios millones de judíos de todo el mundo (fundamentalmente centroeuropeos y soviéticos) se van asentando gradualmente en una nueva "tierra prometida": el núcleo urbano de Sitka, en la hinóspita Alaska. Allí, durante prácticamente setenta años, van conformando una nueva sociedad que mientras gana terreno a los nativos tiglit adquiere entidad propia pero conservando la mayoría de los rasgos históricos del pueblo judío. Así hasta llegar al año 2007, en el que mediante la denominada Revocación los E.E.U.U. están a punto de recuperar la soberanía sobre este territorio, forzando a los judíos a una nueva y perturbadora diáspora.

En este original ambiente Chabon recrea, con un gran conocimiento y a la vez un gran espíritu crítico sobre la señas de identidad del pueblo judío, lo mejor y lo peor del mismo: desde sus costumbres menos conocidas para el lector cristiano, pasando por profesiones inverosímiles (baste recordar al Experto en Demarcaciones), hasta sus aficiones favoritas (con lugar preeminente para el ajedrez). Todo ello enriquecido mediante decenas de términos yiddish (algunos de ellos inventados ex profeso para esta sociedad alternativa), muchos de los cuales se explican en el útil y sin embargo fallido glosario (que recoge muchos términos, pero deja otros tantos sin clarificar por alguna razón que desconozco).

Y casi podríamos decir que aquí acaba lo bueno de la novela, porque si bien es cierto que, especialmente en su tramo central, hay unos cuantos capítulos interesantes y con cierto "gancho", no es menos cierto que el primer cuarto de sus más de cuatrocientas páginas es prescindible casi en su integridad, con el detective protagonista Meyer Landsman dando tumpos por Sitka sin que el lector vea las razones tras esos movimientos. Un progagonista, además, de lo más manido: el típico detective sórdido, alcoholizado, atormentado, sin plan de trabajo claro y al borde del suicidio. Se ve que la originalidad de Chabon a la hora de caracterizar personajes no es su punto fuerte.

No sólo eso: Chabon parece empeñado en poner a prueba al lector con una prosa recargada, pretenciosa, que abusa de los barbarismos y recurre de manera extenuante a símiles poco naturales para explicar sonidos, olores, sensaciones... Además lo hace partiendo de una estructura narrativa que repite una y otra vez a lo largo de los cuarenta y seis capítulos: las dos primeras páginas de la gran mayorá de ellos son meras disertaciones tangenciales a la narración, expuestas en largos párrafos que frenan el ritmo narrativo y le quitan foco a los actos y avatares de Landsman durante el resto del capítulo.

Para rematar el capítulo de los defectos, debo señalar que la trama es muy endeble: a pesar del fuerte componente detectivesco que sostiene la novela, apenas hay episodios de acción. Chabon tampoco logra aumentar la intriga a medida que van llegando las averiguaciones, se deja sin utilizar en el flojo desenlace la mayoría de los frentes que ha abierto durante la narración (por ejemplo, no aclara el paradero de Litvak, ni el destino del rabino verbover), y remata la novela con el más típico y esperable de los recursos narrativos: el regreso de Landsman con Bina, su jefa y ex-mujer.

Si a este cóctel le añadimos la defensa a ultranza de las cualidades paranormales del asesinado Mendel Shpilman (lo que le resta credibilidad a la novela ante los ojos del público adulto), un fallido capítulo cuarenta y cuatro en el que Chabon intenta sin éxito llevar a su novela al clímax enlazando distintas situaciones temporales, y una explicación pobre sobre los sucesos que al parecer se desencadenan en Palestina, comprenderán por qué me resulta difícil aceptar que esta novela se alzara con los mayores premios del género en los años 2007 y 2008 (por ejemplo, la finalista del Hugo de 2008 "La colonia perdida" de John Scalzi, me parece, sin ser una maravilla, una novela bastante mejor).

sábado, 8 de julio de 2017

El círculo de Farthing (2006). Jo Walton

Por penúltima vez continúo reseñando las novelas que he seleccionado como representativas del subgénero de las ucronías, uno de los más fascinantes de la literatura de ciencia-ficción, para el lector en español. Le ha llegado el turno a "El círculo de Farthing", de la británica Jo Walton. Que curiosamente comparte premisa (casi me atrevería a decir hecho divergente) con la última ucronía que reseñaré en unos pocos días, "El sindicato de policía yiddish", de Michael Chabon: una Segunda Guerra Mundial que altera el devenir del pueblo judío de manera diferente a como sucedió en realidad, pero manteniendo las coordenadas de diáspora y represión en ambos casos. Ambas desde perspectivas diferentes, aunque con una trama detectivesca de trasfondo en los dos casos. Y ambas con resultados interesantes, aunque ya adelanto que la novela de Walton me parece superior a la de Chabon. Y es que "El círculo de Farthing" es una ucronía bien estructurada y escrita, con la intriga como motor y el holocausto judío como trasfondo. Le falta más dramatismo y le sobra la reiteración de algún truco narrativo para haber sido un gran libro.

El hecho divergente propuesto por Walton es muy sugestivo: en 1941 Churchill perdió el poder y los conservadores del círculo de Farthing, con una participación especialmente destacada por parte de James Thirkie, negociaron un acuerdo de paz con Hitler que convirtió a la democracia inglesa en un lugar seguro para el pueblo judío (que tan dramáticamente estaban sufriendo las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial). Ocho años después la guerra continúa, y la situación política se convulsiona cuando, durante un encuentro del círculo de Farthing, Thirkie es asesinado. Una muerte que permite a Walton estructurar desde el principio su novela en dos líneas narativas: una primera en la que Lucy Khan, hija de la dueña del palacio donde transcurría el encuentro del Círculo, relata en primera persona lo que va sucediendo allí tras el crimen; y una segunda en la que Walton narra la investigación que sobre el asesinato realiza el detective de Scottland Yard Peter Carmichel. Al alternar rigurosamente un capítulo de cada línea, la escritora permite que el lector se acomode a esa dinámica, al tiempo que enriquece la lectura con puntos de vista y emociones complementarias.

Otro punto fuerte de la novela es el componente de intriga, al estilo de las novelas de robots de Asimov: el suspense que preside las investigaciones, y los homicidios adicionales con los que Walton completa la trama, son un valor seguro para mantener el lector si como es el caso las averiguaciones se van presentando de manera coherente. Además, la opresión que incluso en Inglaterra sufren los judíos, la vacuidad que encierra el círculo ultra-conservador, y las arcaicas costumbres y protocolos de la nobleza británica, aumentan la carga emocional de la novela y le dan mayor verosimilitud. Aunque probablemente Walton fía en exceso el resultado a esta doble baza (suspense y ambientación) y durante sus tres primeros cuartos la novela adolece de acción, conviertiéndose a menudo en una especulación recurrente sobre los posibles autores del asesinato de Thirkie y sus motivos.

El otro defecto principal de la novela es la reiteración a la hora de utilizar un truco narrativo que podría haber sido efectivo con más mesura: la revelación de la homosexualidad de la gran mayoría de los protagonistas (James, Mark, Huge, David, Tibs... hasta Charmichael al final, como forma de justificar su decisión final). Es admisible que en la alta sociedad la homosexualidad pueda estar más extendida que en otros ámbitos, pero que sea común a la mitad de los personajes, y que además se revele justo cuando más conviene a la narración, resulta a todas luces excesivo, y le resta credibilidad a los acontecimientos. Tampoco me termina de convencer la función de algunos personajes secundarios, desdibujados y bastante confusos (los Francis, los Manningham, Tibs, Dudley...).

A cambio, la novela se reserva un último cuarto muy bueno. La narración por fin adquiere el dinamismo ideal (más acción y un ritmo narrativo más alto), con acontecimientos que se precipitan, piezas que van encajando, dos teorías antagónicas para explicar el asesinato, el vuelco en la presidencia del país... Así hasta llegar a un desenlace impactante por inesperado, con una fuerte carga especulativa, y con el acierto adicional de explicar lo suficiente sobre el destino de los principales protagonistas y al mismo tiempo dejar abierto el suficiente número de frentes para una posible continuación, que Walton acabaría escribiendo unos años más tarde. De hecho, en su idioma original "El círculo de Farthing" acabó siendo la primera novela de una trilogía ("Small Change"), cuya segunda entrega ("La conspiración de Coltham") sí ha llegado a publicarse en español, y que dado el buen sabor de boca que me dejó "El círculo de Farthing", espero leer pronto.

domingo, 25 de junio de 2017

Emperador (2006). Stephen Baxter

Me sigo acercando al final de la revisión de las novelas que he seleccionado como representativas del subgénero de las ucronías para el lector en español. Le ha llegado el turno al único autor que repite en esta selección: el británico Stephen Baxter, del que ya reseñé hace unos meses "Antihielo". La razón para incluir dos novelas de este autor es la disparidad en la manera en que ambas enfocan el subgénero de las ucronías: mientras que "Antihielo" se basa en un desarrollo científico anticipado para construir una novela mitad steampunk - mitad homenaje a Jules Verne, "Emperador" propone una historia alternativa sólo ligeramente diferente de la que en realidad conocimos, pero en la que el devenir histórico viene asegurado a través de una profecía de varios siglos de alcance.

De hecho habrá quien tras leer la novela cuestione que la profecía de Nectovelin y su nieta Agrippina (y el esfuerzo de sus descendientes a lo largo de los siglos porque siga vigente), sea una base suficientemente fuerte como para considerar esta novela una ucronía. Lo que sí es innegable es que "Emperador" es una entretenida novela histórica, con la habitual habilidad argumental y narrativa de Baxter, un buen conocimiento de la Britania romana, y múltiples detalles que juegan a su favor. El más obvio es su estructura: un prólogo y un epílogo que abren y cierran la novela para poner de manifiesto la profecía y concluir lo expuesto, y tres partes claramente diferenciadas (el Invasor, en referencia a Claudio, en el siglo I; el Constructor, en referencia a Adriano, en el siglo II; y el Emperador, en referencia a Constantino y la implantación del cristianismo, en el siglo IV). Y todo ello en menos de cuatrocientas páginas, sin apenas espacio para el relleno, con capítulos cortos y un ritmo narrativo alto. Otros detalles dignos de mención son el mapa de Britania para situar en todo momento la acción, la lista de topónimos, la cronología que presenta al comienzo... Un trabajo muy serio.

Otros puntos fuertes de la novela son: la manera cómo Baxter capta el ambiente tanto de la época como de las distintas situaciones; las frecuentes explicaciones sobre cómo los romanos se fueron expandiendo, fundando determinadas poblaciones, determinando la composición del muro...; la habilidad a la hora de enlazar las tres partes, recurriendo siempre a un "as en la manga" que le permite mantener el interés a pesar de los siempre peligrosos saltos temporales; el respeto por la historia, por ejemplo al comienzo de la tercera parte, cuando resume con concisión y naturalidad doscientos años de la historia romana en Britania; la forma en la que resalta el choque en las civilizaciones nativa e invasora; y algunos episodios muy entretenidos en cada una de las tres partes.

En cuanto a los defectos, quizá el más relevante sea que los personajes de Baxter se suelen ceñir a los estereotipos ya conocidos, sin que ninguno de ellos realmente perviva en nuestra mente tras finalizar la novela. También puede decepcionar que a pesar de las maniobras políticas y el choque de culturas que nos relata, no abunden las reflexiones sobre la visión del mundo o los valores que se enfrentan. Otra circunstancia mejorables es la cierta bajada del nivel que se aprecia en la segunda parte, más filosófica y con menos fuerza. Y también el recurso a situaciones un tanto irreales, como en el tramo final de la primera parte, donde cuesta aceptar la falta de seguridad en torno a Claudio de la que Baxter se sirve, o en la tercera parte, cuando Constantino se aviene a escuchar una profecía sólo a partir de las iniciales grabadas en la espalda de un esclavo.

Al final de la novela, y sin que haya que ponerle reparos al final que nos relata, queda claro que el mundo alternativo ideado por Baxter ha seguido en lo esencial la historia tal cual la conocimos, pero también hay indicaciones de que la profecía seguirá configurando un mundo que cada vez divergirá más respecto al nuestro. De hecho, tras "Emperador" Baxter escribió otras tres novelas explorando su ucronía a lo largo de los siglos posteriores, hasta conformar una tetralogía de historia alternativa que llega hasta nuestros días: el Tapiz del Tiempo. Desafortunadamente, y aunque el balance final de "Emperador" sea favorable, su escasa repercusión comercial provocó que Minotauro desestimara la publicación de estas tres novelas, que permanecen inéditas para el lector en España hasta nuestros días. Así que si quieren seguir buceando en el Tapiz del Tiempo, ya saben lo que les toca...

sábado, 3 de junio de 2017

Las edades de la luz (2003). Ian R. MacLeod

Poco a poco me voy acercando al final de mi lista de novelas representativas del subgénero de las ucronías, uno de los más sugestivos dentro de la literatura de ciencia-ficción. Hoy le ha llegado el turno a "Las edades de la luz", del británico Ian R. MacLeod. Que quizá sea una de las ucronías menos conocidas de esta selección. Publicada por La factoría de Ideas en 2005, se trata de una ucronía singular, con el descubrimiento del históricamente mitificado éter como hecho divergente, la Inglaterra gremial de un siglo XIX paralelo al verdadero como principal aliciente, y una lentitud exasperante y un innecesario abuso de elementos fantásticos como lastre.

Como saben quienes siguen este blog, nunca he apreciado el género de la fantasía (entendida en sentido amplio, no sólo las novelas de espada y brujería). Esencialmente por la falta de rigor y las licencias literarias fáciles que proporcionan la Edad Media, la pócima mágica o el conjuro milenario de turno. Pero cuando esas licencias se toman en novelas que, como la presente, probablemente no las necesitarían, me entristece pensar en la obra que pudo haber sido y no fue. Porque "Las edades de la luz" es una novela siendo generosos muy discreta, pero que podía haber sido más que notable. En ella MacLeod nos plantea un escenario en el que la historia como la conocemos se altera en el siglo XVI tras el descubrimiento de un elemento fantástico, sí, el éter, cuyas propiedades mejoran no se sabe muy bien cómo los instrumentos y las técnicas de la época. Pero las sucesivas tres Edades de la Industria (cada una de un siglo de duración), la organización productiva de la sociedad en gremios que integran los distintos niveles de trabajadores cualificados, su estratificación y los grupos sociales que quedan al margen (los eternamente pobres mercas y los cambiantes, estos últimos una suerte de mutantes resultado de las manipulaciones acarreadas por las reacciones químicas incontroladas del éter) componen un panorama sólido y verosímil, que no debería haber quedado vanalizado por un buen número de elementos fantásticos tan tangenciales al desarrollo de la novela como inadmisibles. Y es que, en especial a partir de la tercera parte, desfilarán ante los ojos del lector dragones, unicornios, peces de los deseos, perlas numéricas, joyas susurro, magioscuridad, hechizos...

Pero por si esta edulcoración de lo que por lo demás podría ser una ucronía consistente no fuera bastante, MacLeod dificulta aún más la tarea al lector con una lentitud narrativa exasperante. Porque tras una primera parte que es en realidad un prólogo y una segunda (centrada en la infancia y adolescencia del protagonista Robert Borrows en la localidad minera de Bracebridge) muy minuciosa pero aún aceptablemente dinámica, el grueso de la novela (las partes tercera y cuarta, ubicadas mayormente en Londres) fatiga al lector con una ausencia de ritmo total y una escasísima lista de acontecimientos. Una y otra vez MacLeod nos describe los aromas, el tiempo atmosférico, los detalles visuales más nimios, y se olvida de que el principal propósito de una novela es contar una historia. Con mención especial para la fiesta de verano en Walcote House, que agota hasta parecer que no va a acabar nunca.

Estos dos graves defectos y otros detalles menores como las casualidades por las que una y otra vez los personajes principales se reencuentran en las circunstancias más inverosímiles, el arrinconamiento que sufren los diálogos ante las eternas descripciones, y el minúsculo tipo de letra, no deberían ocultar algunos aciertos de la novela. El más obvio es la ambientación, sobre todo de Bracebridge y las pequeñas vidas de sus habitantes (para mí casi todo lo bueno de la novela sucede en esa localidad). Pero también de un Londres inspirado en Dickens pero con personalidad propia en sus muchos lugares alternativos (con Hallam Tower a la cabeza). Incluso Walcote House es un marco escénico convincente.

Además, Borrows está bien caracterizado, y algunos de los personajes que se cruzan en su camino (el gran maestro Harrat, Saúl, incluso la maestra Summerton) también rayan a buen nivel (aunque otros como la en realidad poco enigmática Annalise o la insustancial Sadie Paddington dejan que desear). No sólo eso: MacLeod imagina un trasfondo lógico para el misterio que, en un injusto segundo plano, encierran las páginas de la novela (el agotamiento del éter, el experimento con la calcedonia y sus consecuencias en los distintos personajes). Y lo enriquece con una revolución social un tanto atropellada pero sensata, que remata con el surgimiento de una nueva Edad sustentada en el hielo de motor. Todo lo cual evidencia que la ucronía está muy bien trabajada en el fondo, pero que desgraciadamente queda sepultada entre conjuros y trolls. Una pena.

miércoles, 17 de mayo de 2017

El último día de la guerra (2003). Christopher Priest

Una nueva entrada continúo reseñando cronológicamente las novelas que he seleccionado como representativas del subgénero de la ucronía o historia alternativa, uno de los más sugestivos de la literatura de ciencia-ficción. Le ha llegado el turno a "El último día de la guerra", del británico Christopher Priest. Una de las ucronías más premiadas de mi lista, ya que se alzó con los premios más importantes de la ciencia-ficción en el Reino Unido en el año 2003: el British Science Fiction y el Arthur C. Clarke. Y que además es, en mi humilde opinión, no sólo una de las mejores ucronías de la selección, sino también la más meritoria ucronía relativa a la Segunda Guerra Mundial que he tenido la oportunidad de leer. "The separation", que así es como se llama el inglés (la traducción libre del título no es demasiado afortunada), es una ucronía atípica, con las relaciones entre dos hermanos gemelos monocigóticos como eje, la Segunda Guerra Mundial como trasfondo, y la habilidad narrativa y las ganas de Priest de jugar con el lector como acicate.

Se trata de una ucronía atípica porque, en vez de explorar la realidad que sobrevino a un acontecimiento histórico diferente a como lo conocemos (el hecho divergente), parta de dicho hecho (en este caso el armisticio entre Alemania e Inglaterra en mayo de 1941), nos muestra sus consecuencias (desde la guerra chino-norteamericana de mediados de los cuarenta hasta la decadencia económico-social de E.E.U.U. a finales de siglo), y en seguida se lanza a narrar las peripecias de los hermanos Sawyer entre 1936 y 1945. Fijándose primero en Jack, quien compitió y ganó junto con su hermano Joe una medalla de bronce en remo en los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936, y se convirtió en piloto de la RAF durante la guerra posterior. Ésta es la linea narrativa que respeta la historia tal cual la conocemos, con el fallido intento de paz de Rudolf Hess en Inglaterra, su posterior cautiverio, la victoria aliada y los juicios de Nuremberg. Aunque añade algunas pinceladas de ucronía, como los dobles de Hess y Churchill que aparecen en algunos tramos.

Tras un breve interludio a cargo de Sam Levy (miembro de la tripulación de Jack, que Priest usa para acentuar la sensación de cuestionamiento de la realidad ya que Jack en esta línea narrativa), en la quinta y última parte Priest se fija en su hermano Joe. Pacifista convencido y conductor de ambulancia durante la guerra, Joe empieza a sufrir alucinaciones tras quedar malherido en uno de los bombardeos sobre Londres. Alucinaciones que se mezclan con sus vivencias reales, y en las que el devenir histórico es el que corresponde a la historia alternativa. Hasta el extremo de que Joe termina siendo partícipe de la redacción en Estocolmo del armisticio entre Hess y Churchill con el que remata priest la historia alternativa.

Este original enfoque de la ucronía, sustentada únicamente en lo relatado por uno de los dos gemelos pero con acontecimientos comunes a los dos relatos (el embarazo de Birgit, el nacimiento del niño/niña, los episodios en los que ambos son malheridos/muertos), le permite al escritor jugar con el lector a un juego más coherente de lo que parece. Porque al final Priest cerrará la novela con una fecha clave a todas las líneas narrativas, e incluso sugerirá que el escritor Stuart Gratton y la historia alternativa presentadaa sólo existieron realmente en las alucinaciones previas a la muerte de Joe, siendo la historia tal cual la conocemos la auténtica.

Aparte de lo ya comentado respecto a la trama y al enfoque que le da Priest, la novela se sustenta en su prosa de gran calidad, en la facilidad con que expone emociones y perspectivas, en su habilidad a la hora de captar el ambiente de la guerra, en lo documentadas que están todas sus descripciones y en la forma en la que va recurriendo a sus dos personajes históricos principales, Churchill y Hess.

En cuanto a los defectos, el más notable viene determinado por la propia naturaleza de la novela, porque revisitar el "mismo" acontecimiento desde la perspectiva de varios personajes siempre acarrea el riesgo de la pérdida de interés. Además, el escritor se detiene demasiado entrecruzando las dos líneas temporales de la parte narrada por Jack, y adolece de cierta morosidad verbal en algunas fases de la novela (que ganaría con cincuenta o sesenta páginas menos de las más de cuatrocientas que ocupa). Ninguno de ellos defectos tan graves como para no recomendarla a lectores dentro y fuera del género de la ciencia-ficción.