jueves, 6 de diciembre de 2018

Los árboles integrales (1984). Larry Niven

Una nueva entrada continúo reseñando las novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula durante la década de los ochenta que me parecen interesantes y aún no han tenido una entrada independiente en este humilde blog. Voy a reseñar hoy "Los árboles integrales", una de las novelas menos conocidas de uno de los escritores más famosos del género, el estadounidense Larry Niven. Que como la novela que reseñé en mi anterior entrada ("La fusión de mentes") tampoco ganó el Premio Nébula de 1985 (ese honor le correspondió a la para mí claramente superada "Neuromante", de William Gibson), pero que en mi humilde opinión fue la más notable de todas las nominadas. Porque estamos ante una brillante historia de aventuras en un marco tan fascinante como cabría esperar en Niven, a la que no obstante le sobra cierta premura narrativa y le falta algo de calado literario para convertirse en un clásico.

Como era de esperar en Niven, la mayor virtud de la obra es su tono de aventura: la narración tiene la dosis justa de dinamismo, sin apabullar al lector con un exceso de acción pero a la vez presentando con maestría varias situaciones límite, de una precariedad absoluta. Y todo ello en un marco fascinante: el Anillo de Humo. Un marco creado con un incuestionable rigor científico, y enriquecido con unos excelentes esquemas introductorios, unos anexos con vocabulario específico de la novela, y toda una serie de detalles que reflejan el excelente trabajo del escritor.

Sin embargo, aunque las anteriores son virtudes incuestionables, eran hasta cierto punto esperables en una novela de Niven en sus mejores años. Lo que más sorprende al conocedor de su obra es la gran relevancia que en "Los árboles integrales" cobran los elementos especulativos y sociales. Y es que durante toda la novela asistimos al enfrentamiento de los distintos modelos sociales surgidos en el Anillo, y en ocasiones a los conflictos internos de un determinado grupo social. Baste citar la aparición de distintas figuras como los triunos, los Científicos y la Cresidenta, y la atención que Niven presta a esta vertiente de su obra, como lo refleja el trascendente detalle final de que Alfin renuncie a la tribu de Quinn para permanecer en el Árbol de Londres.

Mi valoración final que la aleja de la categoría de clásico se justifica en una serie de defectos que expongo a continuación. En primer lugar, Niven no deja claro desde el comienzo cuáles de los personajes que crea van a ser los verdaderos protagonistas de la narración, con lo cual es inevitable que el lector pierda parte de la riqueza de la novela. En segundo lugar, la prosa escueta y en ocasiones algo ambigua que caracteriza a Niven juega en contra de la lectura (por ejemplo, con frecuencia se echan en falta frases que rematen lo escrito). En tercer lugar, conforme la novela avanza adquiere una complejidad no del todo bien resuelta (por ejemplo, la organización social del Árbol de Londres no se presenta de manera nítida). Y en cuarto lugar, creo que sobra cierta violencia no justificada de los miembros de la tribu de Quinn hacia las del Árbol de Londres.

Para concluir, mencionar otros aciertos que surgen conforme avanza la lectura. Primero, el esfuerzo por explicar por qué la vida humana ha llegado al estado presentado en la novela. Segundo, la primera parte de la novela en su conjunto (un grupo de personajes bien escogido, que sufre unas penurias sobrecogedoras al tiempo que esperanzadoras). Tercero, la existencia de episodios especialmente intensos, como el salto al vacío de la tribu de Quinn tras sus enfrentamiento con la tribu de Dalton-Quinn. Y por último, la intervención final de Kendy, que remata la coherencia de la novela al tiempo que le da veracidad, por resultar fallida.

Por cierto, unos años más tarde Niven convirtió esta novela en saga con la publicación de "The smoke ring", pero desgraciadamente la novela permanece inédita en español y no he tenido oportunidad de leerla.

domingo, 18 de noviembre de 2018

La fusión de mentes (1984). Jack Dann

Una entrada más continúo reseñando cronológicamente aquellas novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula en la década de los ochenta que considero interesantes y que aún no habían tenido su entrada independiente en este humilde blog. Le ha llegado la oportunidad a "La fusión de mentes", del neoyorkino y muy poco conocido para el lector en español Jack Dann. Nominada a los Nébula de 1984, como su título indica toca un tema muy interesante, y se trata de una novela original, poética y bien ambientada, pero también irreal, sin apenas acción, y tan escueta en personajes y situaciones que a menudo peca de reiterativa.

Inédita en español durante dos décadas hasta que la colección Solaris Ficción de La Factoría de Ideas finalmente se animó a traducirla y publicarla, me animé a leerla por las virtudes que de ella ensalzaba mi admirado Robert Silverberg. Virtudes que, es cierto, en parte también percibí durante su lectura, pero que me parecieron menos relevantes que a él, y sobre todo lastradas por varios graves defectos. Aunque ninguno de ellos es capaz de neutralizar la excelente ambientación: el siglo XXII que nos presenta Dann es extravagante, crudo, ominoso, y a menudo está aderezado por avances tecnológicos tan bien pensados que pasan desapercibidos para el lector. Además, los lugares recreados por Dann se adhieren con fuerza a la imaginación del lector (en especial esa fantasmagórica Nápoles con la que nos cautiva en el primer capítulo).

El otro punto fuerte de la novela es sin duda la idea que le da título. Una idea explotada más veces en la literatura de ciencia-ficción, pero a la que Dann le da otra vuelta de tuerca, planteando las conexiones de las mentes como una forma de entrar en contacto con los recién fallecidos o aquellos a punto de fallecer (muy en la línea de Philip K. Dick), pero también como una tecnología perfectamente desarrollada para dar una nueva dimensión a los juegos de azar, o para desarrollar nuevas sectas disfrazadas de religión (la Iglesia de los Clamantes Cristianos) o, por encima de todo, como una manera de profundizar como nunca antes en las relaciones de pareja gracias a los "enganches diádicos". La pena es que el escritor lleva su brillante idea demasiado al extremo, y la convierte en un elemento fantástico que aparece y desaparece a su antojo, y en la que prácticamante todo vale.

Porque ese viraje poético a la fantasía que tan en boga estaba en los años ochenta provoca que la novela no saque todo el partido a su ambientación, a su idea central, y a la decadente y amenazante Tierra futura, y se enrede en una especie de triángulo amoroso que parece no tener fin. Y es que la irracional búsqueda que lleva a cabo el protagonista Raymond Mantle de su desaparecida hermana, a la vez que amante y pareja, Josiane, resulta a todas luces un motor demasiado débil para dinamizar la novela. Y lo que hace Dann para darle fuerza extra a la misma es recurrir a otros dos personajes (Carl Pfeiffer y Joan, amigo íntimo y amante sustituta respectivamente de Mantle), cuya relación con el protagonista siempre aparece a los ojos del lector como un tanto forzada, sobre todo cuando los enreda en un menage a trois de subidas, bajadas, dudas, secretos e intenciones ocultas con el que va consumiendo los capítulos.

Si a ello le añadimos otra serie de elementos descabellados (desde los ricos que apuestan sus órganos en los casinos hasta los frívolos que se embarcan en una nueva travesía del Titanic para morirar cuando éste vuelva a chocar con un iceberg), un puñado de conceptos netamente fantásticos (desde los espacios oscuros en los que se adentran los Clamantes hasta el Gran Aullido que finalmente enloquece a miles y miles de personas), y una cantidad de exabruptos totalmente injustificada, se entenderá que mi impresión final no sea muy positiva.

Aunque he de admitir que la breve cuarta parte, en la que Dann presenta el desenlace, mejoró mi impresión global, primero con la sorpresa de que lo que parecían hechos consumados no eran en realidad ciertos, después con una buena dosis de tensión, y finalmente con un guiño optimista inesperado al final. Una pequeña recompensa a tantos capítulos cansinos de una novela que pudo haber sido mucho mejor de lo que al final resultó ser.

domingo, 4 de noviembre de 2018

Marea Estelar (1983). David Brin

Una nueva entrada continúo reseñando las novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula en la década de los ochenta que aún no han tenido una entrada independiente en este humilde blog. Siguiendo un estricto orden cronológico le ha llegado el turno en esta oportunidad a "Marea estelar", del estadounidense David Brin, uno de los escritores de referencia de la década de los ochenta. Que, como dije hace unas entradas cuando presenté de manera global los Premios Nébula durante la década de los ochenta, me resulta un escritor agradable pero un escalón por debajo de los grandes nombres del género en otras décadas. Una impresión que ya tenía antes de hacerme con "Marea estelar" pero que corroboré una vez más tras completar su lectura. Y es que pese a alzarse con el Premio Nébula de su año, es una novela que no me termina de llenar: fastuosa, es verdad, con una creatividad de tal calibre que podría (y de hecho pasados unos años se desarrolló) en varias secuelas, pero demasiado dispersa, escasa de profundidad y poco verosímil.

Empezando por esa creatividad desbordante que quizá sea lo que más llame la atención al lector, el concepto de "elevación de los pupilos" como mecanismo por el cual las razas más desarrolladas de las 5 Galaxias van incorporando nuevas especies presensitivas de sus galaxias a la civilización, es original y se adapta muy bien al universo poblado de extraterrestres que plantea Brin. Pero aunque las especies elevadas por los humanos del siglo XXV (neo-delfines y neo-chimpancés) resultan la elección obvia, su puesta en acción como parte del viaje experimental de la nave Streaker resulta poco verosímil, e incluso difícil de visualizar, a pesar de detalles para hacer el panorama más creíble como arneses, enlaces neurales, e idiomas ternario y ánglico. Y esto lastra mucho el resultado final.

Aunque quizá lo lastre más incluso el evidente esfuerzo realizado por el escritor por modernizar la ciencia-ficción "clásica" de los años cuarenta y cincuenta. Porque intenta dotar de profundidad a sus personajes concediendo a más de una decena de ellos una línea narrativa propia. Y a pesar de que lógicamente estas líneas se entrecruzan, y de la muy oportuna lista de personajes que Brin sitúa al final junto con el glosario, el panorama resultante es tan complejo (y los nombres de los neo-delfines tan difíciles), que para el lector resulta casi imposible recordar en qué punto había dejado Brin la narración de determinado personaje cuando la retoma varias decenas de páginas más tarde. Y esa dispersión narrativa acaba provocando que el lector se deje llevar, perdiendo buena parte del interés.

Y es una pena, porque la novela está muy trabajada a muchos niveles: desde la fascinante ecología del planeta Kithrup hasta la gran cantidad y originalidad de especies ETs, pasando por la propia nave Streaker, y lógicamente por su extenso conocimiento de los delfines. Da la impresión de que con estos mimbres el resultado podría haber sido mucho mejor.

Bien es cierto que la novela adolece de varios fallos, algunos de ellos curiosamente más propios de la ciencia-ficción clásica. Pensemos por ejemplo en los poderes extrasensoriales de la teórica pareja protagonista, Tom y Gillian, en las bombas psi, en la ingeniudad que muestran todas las especies ETs ante las artimañas humanas, o en lo difícil que es situarse cuando la acción transcurre en Kithrup (personalmente eché mucho de menos un mapa).

Así que lo que prevalece tras terminar la lectura es el carácter de novela de aventuras, con la línea narrativa de Tom Orley como baza principal, el inconveniente de la prosa a veces un tanto limitada de Brin (sobre todo a la hora de narrar los episodios de acción), y la esperable victoria final de los humanos. Argumentos por ahora insuficientes para animarme a leer el resto de novelas con las que Brin acabó convirtiendo "Marea estelar" en una hexalogía en décadas posteriores (de hecho ni siquiera la reseñé cuando hace unos años estuve haciendo un recorrido por las sagas principales de la ciencia-ficción, porque por aquel entonces no me había animado aún a leerla). Recomendable sólo para amantes de la ciencia-ficción de aventuras y escenarios fascinantes.

sábado, 20 de octubre de 2018

La transmigración de Timothy Archer (1982). Philip K. Dick

Una nueva entrada continúo reseñando las novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula durante la década de los ochenta que aún no hubieran tenido una entrada independiente en este humilde blog. Voy a presentarles en esta oportunidad "La transmigración de Timothy Archer", nominada a los Premios Nébula de 1983, y también la última novela de Philip K. Dick publicada en vida. Los conocedores de la obra del influyente escritor estadounidense probablemente sepan que sus últimos años de vida fueron particularmente atormentados, delirantes y con una fuerte presencia de las drogas, por lo que cuando me hice con esta novela tenía miedo de encontrarme ante una "ida de olla", si me permiten utilizar por una vez una expresión coloquial. Pero he de decir que mis temores estaban infundados y la nominación a los Nébula plenamente justificada. Porque sin un cuestionamiento de la realidad tan pronunciado como es habitual en Dick, pero sí con muchas de sus obsesiones (religiones, drogas, locura), se trata de una novela profunda, muy elaborada, pesimista, culta, y mucho más coherente de lo que me esperaba.

Y eso a pesar de que, como decía, son muy comunes las críticas negativas sobre la última época de Dick, principalmente a causa de la incoherencia de lo narrado y de la confusión subyacente. Nada de eso aprecié: la novela es coherente de principio a fin, bien expuesta y con un esfuerzo claramente perceptible por atar todos los cabos. A ello contribuye sin duda que el libro recree con precisión aunque sin mencionarlo de manera explícita la vida del obispo James Pike, con quien Dick mantuvo una relación frecuente a lo largo de los años.

También es de agradecer la gran cantidad de referencias culturales que pueblan sus páginas: literarias (de Virgilio a Dante, de Schiller a Yeats), musicales (de Beethoven a The Beatles, de Frank Zappa a Queen), y filosóficas (de Locke a Kant). Siempre utilizadas con respeto, y a menudo en forma de pequeñas citas que complementan la exposición. Todo lo cual refleja la calidad de la novela, y contribuye a que Dick nos proponga entre sus páginas poco menos que un tratado de filosofía (con la rebelión contra el destino como eje principal).

Otros puntos favorables de la novela son el rigor con el que el escritor trata el elemento religioso (desde los textos y doctrinas cristianas hasta los manuscritos saduceos del Mar Muerto), la exploración del mundo interior de unos personajes muy bien caracterizados (con mención especial para Angel Archer, la brillantemente recreada protagonista femenina que narra la novela en primera persona), la habitual magia de la prosa dickiana (que mantiene como de costumbre la atención del lector), la "sorpresa" final con la que Dick construye la supuesta transmigración de Tim Archer, y algunos detalles científicos que demuestran que la novela puede encajar en el género (desde las frecuentes disertaciones sobre automóviles hasta las referencias a la teoría de la señal de Shannon).

Desgraciadamente la novela presenta tres defectos graves que a mi modo de ver la alejaron del premio y no permiten situarla entre lo mejor de la producción del estadounidense. El mayor y más evidente es la falta de acción: no ya páginas esporádicas, sino a veces capítulos enteros se dedican a que los personajes reflexionen sobre determinados acontecimientos u obsesiones personales, hasta el punto de fatigar al lector. El segundo es la excesiva presencia de las drogas en sus personajes: por supuesto la naturalidad con las que las consumen ya puede ser cuestionable, pero lo peor son los difícilmente aceptables vaivenes a los que someten, restándoles credibilidad. Y el tercero es la relevancia que Dick otorga a elementos nada científicos (médiums, lecturas de pensamiento, mentes ocupadas por otras, supuestas terapias de grupo), que indudablemente le restan autoridad a sus reflexiones. En menor medida también debo mencionar que en su momento me disgustó una traducción realmente floja, así como cierta tendencia a narrar de modo telegráfico determinados acontecimientos esenciales de la novela.

A cambio de estos defectos la novela es recomendable sobre todo porque nos ofrece un abundante material especulativo, que a menudo nos hará cuestionarnos qué son realmente la locura y la fe, y que nos permitirá calibrar hasta qué punto la vida era percibida con negatividad por el estadounidense en sus últimos años.

sábado, 6 de octubre de 2018

El pájaro burlón (1980). Walter Tevis

Comienzo mis reseñas de las novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula durante la década de los ochenta (que aún no hubieran tenido una entrada independiente en este humilde blog) con "El pájaro burlón", del estadounidense Walter Tevis. Que no se alzó con el Premio Nébula de su año (ese honor le correspondió a "Cronopaisaje", del para mí no especialmente interesante Gregory Benford), pero que a mi modo de ver es sin duda la mejor novela de ciencia-ficción que se publicó ese año, además de una de las mejores de la década. Quizá pesó en su contra a la hora de alzarse con el galardón que Tevis fuera un escritor, además de poco prolífico, no específicamente adscrito al género de la ciencia-ficción (su novela más conocida posiblemente sea "El color del dinero", también una famosa película). Pero he admitir que "El pájaro burlón" me gusta tanto que se quedó fuera por muy poco de mi lista de quince títulos personalísimamente favoritos que publiqué en el blog hace unos años. Porque se trata de una distopía formidable: sugerente, consistente, cautivadora y humana.

Y eso a pesar de que el comienzo no lo anticipa: centrado en Robert Spofforth (un robot Producto Nueve, algo que el lector tendrá que descubrir qué implica), su concepción y su gradual asunción de responsabilidades en la sociedad estadounidense resultan un tanto inverosímiles, como lo resulta el hecho de que los humanos ya no sepan leer en el futuro. Pero en cuanto aparece Paul Bentley en escena, precisamente con la capacidad auto-adquirida de la lectura, la novela ya asciende a otra dimensión y mantiene un nivel altísimo hasta el final.

Porque los E.E.U.U. del siglo XXV imaginados por Tevis, y la involución que durante siglos ha llevado al país a ese extremo, son tan consistentes como un hiriente espejo en el que reflejar las posibles consecuencias de muchas de las tendencias que tanto afloran en las sociedades de nuestro tiempo. La mezcla de tecnología (reflejada en los robots Producto 1 a 9, en los autobuses telepáticos y las comidas artificiales), hedonismo (sexo fácil, drogas, pantallas de estimulación del placer), individualismo (defensa a ultranza de la intimidad, ausencia de familias convencionales) y control social, dan como resultado una sociedad moribunda, autómata, analfabeta, que languidece sin solución.

Frente a todas estas reconocibles tendencias, y con innumerables guiños a nuestra cultura (el cine mudo, la poesía, la Biblia) Bentley va descubriendo lo que otros seres humanos que vivieron antes que él pensaron y escribieron, y ello le ayuda a crecer como pesona. Que sufre, sí, pero que piensa, aprende, crea, evoluciona... y ama.

Porque lo que en mi opinión hace a la novela excepcional no es su defensa de un humanismo aderezado con ingredientes del cristianismo primitivo y valores tan poco defendidos hoy día como la familia, sino el gradual crecimiento de Bentley y su compañera Mary Lou hasta llegar a esa defensa. Con episodios realmente memorables (para mí los dos mejores son el descubrimiento de las bibliotecas y todas las páginas que transcurren en Maugre). Y con una humanidad exquisita a lo largo de todos los capítulos.

Pocos peros se le pueden poner a esta novela. El más obvio es que bebe de otras fuentes: Frankenstein al comienzo, la saga de los robots y en particular el personaje R. Daneel Oliwav de Isaac Asimov, el "Farenheit 451" de Ray Bradbury, incluso "Un mundo feliz" de Aldous Huxley). También es fácil detectar alguna que otra ingenuidad tecnológica, y para el lector en español se añade el problema adicional de una pobre edición (con una mediocre traducción y sobre todo una infame contraportada, imprecisa y destripadora del contenido a partes iguales).

A cambio la vida en el campo de trabajo, la huida de él, el regreso a Nueva York, incluso el desenlace (esperable pero coherente) rayan a gran altura, y reflejan lo buen narrador y caracterizador de personajes que fue Walter Tevis. Un clásico por descubrir, que no se arrepentirá de leer si tiene Vd. la suerte de que caiga en sus manos.

sábado, 22 de septiembre de 2018

Los premios Nébula: la década de los ochenta

Con esta entrada comienzo mi revisión de los Premios Nébula en la década de los ochenta, la tercera década de existencia de los galardones de más prestigio de la literatura de ciencia-ficción en mi humilde opinión. Tengo sentimientos encontrados respecto a esta década. Porque por una parte fue la década en la que descubrí el maravilloso mundo de la literatura de ciencia-ficción (nací en 1973). Pero por otra es la década que menos interesante me parece desde el punto de vista literario desde que se crearon estos premios.

Aún recuerdo que fue en agosto de 1988 cuando, fuertemente influenciado por las novelas de Jules Verne que llevaba unos años disfrutando, me animé a leer "La máquina del tiempo" de Herbert George Wells por primera vez. Una novela que, por mi corta edad, no terminé de entender ni de disfrutar, pero que me caló por lo fascinante de su propuesta (por cierto que la volvería a leer unos pocos años más tarde). Aunque mayor fue el impacto que supuso leer en septiembre de 1990 los relatos cortos de "La edad de Oro" de Isaac Asimov, tan amenos y con unos prólogos tan cautivadores. El impacto de ambas lecturas fue tal que, treinta años después, aún sigo leyendo más ciencia-ficción que cualquier otro tipo de literatura, y por eso guardo un gran cariño a los ochenta.

Por otra parte, la década de los ochenta fue la década en la que se produjo la explosión definitiva del subgénero de la fantasía, que como ya he comentado en otras ocasiones me parece el hermano pequeño de la ciencia-ficción, más fácil de escribir y mucho menos interesante. De hecho, Gene Wolfe, el reconocido autor de novelas de fantasía, fue el autor que más nominaciones a los premios Nébula obtuvo a lo largo de la década. Una década que también vio el surgimiento del cyberpunk, otro subgénero para mí poco interesante por barroco y más centrado en la forma que en el fondo, y cuyos principales valedores fueron William Gibson y Bruce Sterling. Incluso los grandes nombres que se consolidaron dentro de la versión más clásica del género en la década de los ochenta, como Orson Scott Card (cuya foto ilustra la presente entrada) o David Brin, me parece que se sitúan literiariamente hablando un escalón por debajo de los escritores de referencia de otras décadas, desde Robert Silverberg a Arthur C. Clarke, pasando por Frederik Pohl o Ursula K. LeGuin.

Por eso la lista de selección de novelas galardonadas o nominadas a los Premios Nébula en los años ochenta es sensiblemente inferior a la de otras décadas. Aquí la tienen:

1981:
Ganadora:
"Cronopaisaje" - Gregory Benford
Nominada:
"Pájaro burlón" - Walter Tevis

1982:
Ganadora:
"La garra del conciliador" - Gene Wolfe
Nominada:
"Radix" - A. A. Attanasio

1983:
Ganadora:
"Sólo un enemigo: el tiempo" - Michael Bishop
Nominadas:
"Los límites de la Fundación" - Isaac Asimov
"La transmigración de Timothy Archer" - Philip K. Dick

1984:
Ganadora:
"Marea estelar" - David Brin

1985:
Ganadora:
"Neuromante" - William Gibson
Nominadas:
"La fusión de mentes" - Jack Dann
"Los árboles integrales" - Larry Niven

1986:
Ganadora:
"El juego de Ender" - Orson Scott Card
Nominada:
"El cartero" - David Brin

1987:
Ganadora:
"La voz de los muertos" - Orson Scott Card
Nominada:
"El cuento de la criada" - Margaret Atwood

1988:
Ganadora:
"La mujer que caía" - Pat Murphy
Nominada:
"La fragua de Dios" - Greg Bear

1989:
Ganadora:
"En caída libre" - Lois McMaster Bujold
Nominada:
"Las torres del olvido" - George Turner

1990:
Ganadora:
"El color de la guerra" - Elizabeth Ann Scarborough
Nominada:
"La nave de un millón de años" - Poul Anderson

Como quizá puedan deducir, para mí lo mejor que sucedió en la década de los ochenta, como los premios Nébula supieron reconocer gracias a varias nominaciones, fue el excepcional nivel que alcanzó, sin hacer ruido ni requerir colecciones especializadas, el subgénero de las distopías, con novelas tan recomendables como "Pájaro burlón" de Walter Tevis o "Las torres del olvido" de George Turner. Sin olvidar, por supuesto, que en su última década de vida Isaac Asimov regresara a la ciencia-ficción a tiempo casi completo. Es cierto que sólo una de sus novelas de esta década ("Los límites de la Fundación") fue nominada a los Premios Nébula, pero para mí habrían merecido mejor suerte alguna otra de las novelas con las que expandió la saga de la Fundación (en particular la excepcional "Preludio a la Fundación"), e incluso alguna de las novelas con las que hizo crecer la saga de los Robots (como "Robots e Imperio").

Sin más dilación, les emplazo a mi próxima entrada para reseñar aquellas novelas de la lista de novelas de los ochenta que aún no hayan tenido una entrada independiente en este humilde blog.

domingo, 9 de septiembre de 2018

Fuentes del paraíso (1979). Arthur C. Clarke

Una nueva entrada prosigo hablándoles de aquellas novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula durante la década de los setenta que aún no han tenido una entrada independiente en este humilde blog. Voy a reseñar en esta oportunidad "Fuentes del paraíso", quizá la novela menos conocida de todas las de bibliografía del británico Arthur Charles Clarke que obtuvieron algún tipo de galardón. Hay que tener en cuenta que a finales de los setenta Clarke era probablemente el escritor más popular del género, y que cada nueva novela suya partía ya con una estupenda posición de salida para alzarse con los premios más codiciados. Aunque no quiero con esto decir que se trate de una mala novela que se beneficie de la reputación de su autor; al contrario, considero justo que se alzara con el Premio Nébula de 1980. Porque no es fácil crear toda una novela utilizando como idea central la simple construcción de una torre orbital. Y aunque con altibajos, Clarke lo logra.

Como curiosidad, diré que en el mismo año el estadounidense Charles Sheffield publicó también una novela ("Entre los latidos de la noche") basada en la misma idea del ascensor orbital, que no es otra cosa que un cable que se extiende desde el ecuador hasta un satélite en órbita geosincrónica. Y aunque pueda parecer sorprendente si tenemos en cuenta la reputación de Clarke como autor de novelas más de trasfondo ingenieril que "de personajes", mientras que Sheffield se centra en todo el proceso tecnológico y en las intrigas entre los protagonistas, Clarke pone el foco en el aspecto sociológico de la construcción, así como en determinados acontecimientos que jalonan la misma. Y es que todo el impacto de la torre, desde que Vannevar Morgan decide ubicarla hasta su utilización por los estelandeses, se refleja con precisión. Parece mentira que una obra de ingeniería pueda tener tales implicaciones: culturales, artísticas, científicas, económicas y hasta lúdicas.

Otros aciertos reseñables son a mi modo de ver la vinculación histórica de la torre con Kalidasa, las fascinantes revelaciones del velero estelar, la ambientación del Taprobane en el que se ha convertido Sri Lanka... Todo ello reforzado con el amplio bagaje cultural de Clarke, patente en multitud de pequeños detalles, referencias y reflexiones sobre religión, tecnología y vida extraterrestre. Y con un componente científico tan cuidado como cabría esperar.

Eso sí, la novela también adolece de varios defectos. Sobre todo, la diversidad de caminos narrativos que Clarke abre y no cierra satisfactoriamente, o simplemente abandona: el papel de Rajasinghe, de Maxine, de Goldberg; la llegada de los estelandeses; el rol de las naciones (RMA)... Es sin duda loable la intención de Clarke de enriquecer la narración, pero en mi opinión a veces se le escapa de las manos. Otro fallo es el tratamiento un tanto lineal de los personajes: a modo de ejemplo, ni siquiera se describen los rasgos físicos de Morgan, y muchos otros no pasan de ser meros nombres. Tampoco parece lo más idóneo ir introduciendo las "peculiaridades" según van siendo necesarias: piénsese que nada sabemos sobre Goldberg hasta que aparece en la entrevista con Maha Thero, ni de sus problemas cardíacos hasta que se acerca el desenlace.

El final es un buen reflejo del tono general de la novela: no es el punto más delicado de la obra de ingeniería (la llegada del ascensor a la Tierra), pero lo adopta como desenlace con buenas dosis de aventura y suspense, rematando una novela que merece una lectura aunque no alcance la categoría de clásico.

domingo, 26 de agosto de 2018

Empotrados (1973). Ian Watson

Una entrada más sigo con mis reseñas de las novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula en la década de los setenta que aún no habían tenido una entrada independiente en mi humilde blog. Voy a reseñar en esta oportunidad "Empotrados", la novela más conocida del escritor británico Ian Watson. Que fue nominada a los Premios Nébula de 1976, casi tres años después de haber sido publicada en el Reino Unido, y que es la razón por la cual la reseño precisamente ahora en mi repaso cronológico a dichos premios. "Empotrados" es una novela muy apreciada por la crítica, y a que mí me dejó también una impresión claramente favorable, aunque sin llegar a entusiasmarme. Y es que se trata de una obra apabullante, ambiciosa, compleja, desbordante de ideas, escenarios y situaciones. Y lo increíble es que fuera la primera novela de su autor, si tenemos en cuenta la madurez que desprenden sus páginas.

Eso sí, recuerdo que cuando finalmente la leí me alegré de haber pasado muchos años buscándola por tiendas de libros de segunda mano, porque la verdad es que un libro que requiere lectores de ciencia-ficción "curtidos" para poder disfrutarlo. Su complejidad es tal que hasta su título resulta un tanto "antipático", y de hecho no termina de comprenderse ni siquiera después de completar la lectura. Porque podría decirse que el hilo conductor de la lectura son las especulaciones sobre si las estructuras del lenguaje afectan a la propia percepción de la realidad, y sobre si existe un lenguaje universal subyacente (empotrado) que permite una aprehensible sensorial directa de la misma. Pero ello da lugar a los marcos escénicos más inconexos que uno pueda imaginar: la unidad de neuroterapia Haddon en el Reino Unido, la selva amazónica, la sede de la NASA en el desierto de Nevada, la nave de los extraterrestres Sp'thra... Y cada uno de ellos con sus propios protagonistas, e incluso con su estilo narrativo específico, lo cual exige un esfuerzo considerable al lector.

Tales elementos permiten a Watson (en apenas doscientas páginas) tratar del primer contacto con una civilización extraterrestre, de la manipulación ejercida por las superpotencias a los países en vías de desarrollo, de la destrucción de la Amazonia, del uso de drogas para mejorar la comprensión del cerebro, del surgimiento de China como nueva super-potencia (recordar que se escribió en 1973), de las revueltas en Latinoamérica, de las retorcidas conclusiones a las que pueden llegar los políticos, y de un largo etcétera. Hasta concluir con un mensaje esencialmente pesimista, sin un avance claro en la comprensión del lenguaje, y con una gran oportunidad sacrificada (la del viaje interestelar) a cambio de una frágil estabilidad medioambiental.

En particular, debo mencionar dos aspectos que para mí están especialmente logrados en esta novela: la caracterización de los xemahon en sus costumbres y ritos hasta el mínimo detalle, lo que facilita su disfrute por parte del lector, y los pasajes de la negociación con Ph'theri, rebosantes de inteligencia, tecnología, y reflexiones filosóficas de primerísimo nivel.

Y no debo concluir sin reseñar tres defectos que afectaron a mi valoración global: la excesiva concisión de la novela, que a menudo obliga a volver atrás unos cuantos capítulos para no perder el hilo, una prosa excesivamente ornamentada y paradójicamente fría en ocasiones, y un final que se centra en la inverosímil "empatía proyectiva" que ataca repentinamente a Chris Sde, dejando en cambio muchos aspectos no del todo claros. De suerte que sería sencillísimo escribir una continuación, aunque conociendo la compleja trayectoria literaria de Watson, no creo que nunca la llegue a escribir.

miércoles, 15 de agosto de 2018

La guerra interminable (1975). Joe Haldeman

Una entrada más prosigo con las reseñas de las novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula durante la década de los setenta que he tenido la oportunidad de leer y que aún no contaban con una entrada independiente en este humilde blog. Le ha llegado la oportunidad a "La guerra interminable", seguramente la novela más conocida del escritor estadounidense Joe Haldeman. Que se alzó en 1976 con el Premio Nébula a la mejor novela del año. Y es que se trata de una novela inteligente, especulativa y para mí, que no soy precisamente un devoto de las novelas bélicas, sorprendentemente amena.

No obstante lo que acabo de decir, lo primero que constata el lector es el fiel reflejo del ambiente militar: esa característica yuxtaposición entre su aparente rigidez y la laxitud subyacente. Con episodios tan logrados como el del adiestramiento inicial de los soldados, el escritor evidencia su conocimiento directo de la materia. William Mandella, protagonista absoluto de la narración, es otro de los pilares que sustenta la novela, más que nada por su brillante caracterización: se nos muestran sus inquietudes, sus desconciertos, la repulsión que siente por sus crímenes, y su ardua adaptación a una sociedad cronológicamente distorsionada por los efectos relativistas que sufren los combatientes. Porque el tercer pilar de la novela, fuente de innumerables especulaciones, es precisamente el viaje relativista. Sus efectos son fascinantes, en especial a la hora de dar lugar a una guerra no-secuencial, con el perpetuo interrogante de la magnitud de los avances propios frente a los de los taurinos, así como del estado presente del conflicto bélico.

Estos tres logros se complementan con otros aspectos muy cuidados. Por ejemplo, Haldeman no rehúye echar un vistazo a la Tierra del año 2024, con sus quiméricas ciudades y su perspectiva de la sociedad y de la vida en general. También presta un exquisito cuidado al componente científico (campos colápsares, viajes relativistas...) y tecnológico (cápsulas de aceleración, campo de estasis...). Además, elabora una sociedad inequívoca para cada época (hasta el punto de que incluso las conductas sexuales mayoritarias quedan invertidas). Y recrea con precisión ambientes inhabitables (por su frío inconcebible o por su ausencia de luz), e incluso planetas enteros como Skye o Paraíso.

Es verdad que algunos defectos reducen el impacto global de la novela. Sin duda en aras de una mayor amenidad, Haldeman narra los acontecimientos con cierta premura, y algunos pasajes están poco desarrollados (a modo de ejemplo, no se dimensiona correctamente el rapido hastío que experimentan Mandella y su pareja la sargento Potter de la vida en la Tierra). En ocasiones los pasajes con mayor densidad de acontecimientos resultan confusos (sobre todo en los episodios de acción, con frases que a veces requieren más de una lectura). Además, los personajes secundarios son a veces esquemáticos (probablemente a causa de la dilatación temporal que da sentido a la novela). Y en mi opinión sobran varios alegatos pro-marihuana.

Debo hacer mención, por último, al final: ingenioso, pero además capaz de atar cabos de manera sorprendente en una obra con un marco temporal tan dilatado, a la vez que reafirma la vertiente humana de la historia, tan esencial en esta novela "de guerra". Recomendable.

jueves, 9 de agosto de 2018

Los desposeídos (1974). Ursula K. LeGuin

Tras el paréntesis vacacional continúo reseñando las novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula durante la década de los setenta que aún no tenían una entrada propia en este humilde blog. Voy a presentarles hoy "Los desposeídos", una de las novelas más reconocidas y premiadas de la escritora estadounidense Ursula K. LeGuin, y ganadora del Premio Nébula del año 1975. Que sin ser en mi opinión la mejor de su bibliografía, sí que es una de las más notables. Y es que se trata de una inteligente, reflexiva, amena y bien estructurada utopía sobre el anarquismo.

A mi modo de ver es la certera estructuración de la novela la que posibilita su éxito: la escritora mantiene durante toda su extensión un patrón consistente en alternar capítulos situados en el planeta Anarres en un tiempo pretérito y capítulos situados en Urras en el tiempo actual. Porque esta doble yuxtaposición espacial y temporal permite que el lector se introduzca gradualmente en el universo creado por la autora. Sin olvidar que tanto el anarquista Anarres como el capitalista Urras están muy bien caracterizados con sus mapas, sus idiomas propios (iótico y právico, respectivamente), sus bien definidas capitales (Abbenay y Nio Esseza) y diferentes entornos y lugares de acusada personalidad en cada planeta.

Es la estructuración y no el argumento el que sustenta la novela, ya que éste, aun siendo defendible, ocupa un segundo plano, dando la impresión de que incluso la escritora es consciente de que "se queda un poco corto" cuando convierte, un tanto bruscamente, a Shevek en líder de la revuelta en Urras. Hasta ese momento las vivencias de Shevek, sus investigaciones científicas previas a la teoría de la simultaneidad y las intrigas que lo rodeaban en su estancia en Urras habían conformado una novela un tanto lenta, en la que no parecían importar tanto los acontecimientos como el proceso por el que Shevek iba descubriendo gradualmente los defectos de Anarres y las virtudes de Urras, así como sus propias contradicciones internas, que posibilitan eso sí la reflexión del lector buscada por LeGuin.

Aparte de lo anterior, otro detalle que perjudica a la novela es el cuestionamiento de la sexualidad en Anarres, sin duda más una concesión de LeGuin a la new wave de la época que un elemento determinante de la novela. Además, la escritora exagera más de la cuenta tanto la sociedad anarquista de Anarres (baste recordar por ejemplo que el correo se envía abierto para evitar el egoísmo) como los personajes de Urras (pensemos en Pae y su machismo exacerbado). Y las alusiones directas a la Tierra en las páginas finales resultan poco elegantes por explícitas.

Pero como de costumbre la profundidad y la minuciosidad de la narrativa de LeGuin juegan a su favor. Las sensaciones de muchos de sus personajes resultan totalmente veraces, la mayoría de las situaciones se nos aparecen creíbles y los distintos escenarios están bien creados, sin excesos. Algunos pasajes son altamente emotivos (en especial el encuentro de Shevek con su madre, Rulag, en la adolescencia), pero sin por ello descuidar el elemento científico, presente en la biología y la ecología de los planetas, y también cuando Shevek intenta justificar su teoría. Razones por las que la novela se alzó justamente en mi opinión con el prestigioso galardón.