sábado, 18 de julio de 2020

La puerta al país de las mujeres (1988). Sheri S. Tepper

Una nueva entrada prosigo cronológicamente con las reseñas de novelas de referencia de algunas de las mejores escritoras de ciencia-ficción. Hemos llegado ya a 1988, año en que vio la luz "La puerta al país de las mujeres", de la controvertida escritora estadounidense Sheri S. Tepper. Controvertida porque se supone que es la "feminista entre las feministas" de las escritoras de ciencia-ficción, y a causa de ello su obra genera admiración y animadversión a partes iguales. Para ilustrar ambos sentimientos he escogido la que posiblemente sea su novela más conocida para el lector en español. Se trata de una novela sugestiva, bien ambientada, con varios personajes logrados y algún momento de mucha tensión. Pero que pierde fuerza por su pretenciosidad, alguna licencia fantasiosa, una clara indeterminación narrativa y determinados excesos satíricos.

Tras haber leído varias críticas que afeaban su feminismo exacerbado, debo empezar señalando que la novela no llega a resultar epatante. Evidentemente su enfoque es provocador, y estereotipa la inteligencia femenina del País de las Mujeres frente a la simplicidad de su guarnición de guerreros. Pero salvo en el tramo final, presidido por el recurso de última hora que resulta ser Tierra Santa, lo hace con una subjetividad razonablemente contenida y un apreciable afán por justificar el panorama ideado. Que por cierto resulta un marco escénico cautivador, quizá más similar a la Baja Edad Media Europea de lo deseable, pero comprensible en sus esfuerzos por preservar el conocimiento, en su nostalgia de especies y alimentos desaparecidos, y en las profesiones y los modos de vida que crea la escritora.

Además, la mayoría de sus personajes (Stavia, Morgot, Joshua) están bien elaborados y resultan convincentes en sus complejidades interiores y en los misterios que encierran. Misterios que por otra parte resultan tan esclarecedores como lógicos cuando finalmente se revelan al final de la novela, y que están precedidos por algún que otro saludable momento de tensión (en especial la ingeniosa liberación de Stavia de su cautiverio).

Y sin embargo la novela deja una incuestionable sensación de decepción. La razón más obvia es la rectificación de la estructura narrativa que realiza Tepper sobre la marcha: parte de una línea narrativa "actual" en la vida de Stavia, cuando entrega a su hijo a la guarnición, y en seguida establece un paralelismo narrativo con su pretérita vida de niña/adolescente, tratando de repartir su atención entre ambas líneas narrativas. Pero la línea "actual" en seguida flojea, y poco después de alcanzar la mitad de la novela Tepper opta por olvidarse casi completamente de ella, centrándose sin disimulo en la Stavia adolescente, redimensionando su calado mediante la aparición de Septemius primero y de Tierra Santa después. Y aunque ambos recursos cumplen su función y evitan que la novela se desinfle, no consiguen ocultar lo fallido del planteamiento inicial.

Otros defectos apreciables son las reiteradas interrupciones que provoca la representación de Ifigenia en Ilión, que aparte de revelar una obvia fuente de inspiración para la trama, resultan difíciles de seguir a causa de todos los personajes que brevemente se van sucediendo; parece más una pretenciosa exhibición del nivel cultural de Tepper que un recurso para enriquecer la novela. También le resta muchos puntos la percepción extrasensorial que poseen los servidores, algo tan inverosímil como probablemente innecesario para el transcurso de los acontecimientos. Y la polarización de la sátira de las sociedades patriarcales se vuelve contra la escritora en forma de repentinos comportamientos excesivamente machistas de Chernon, o en la tiránica y a todas luces insostenible estructura social de Tierra Santa.

Así que a pesar de que Tepper demuestra ser una buena prosista, y de que sabe conferir fuerza y profundidad a sus personajes y escenarios, la novela deja casi más poso por sus errores que por sus aciertos. Una pena, porque podía haber sido un gran libro.

domingo, 5 de julio de 2020

Ethan de Athos (1986). Lois McMaster Bujold

Con esta entrada prosigo con la reseña de algunas de las más reconocidas novelas escritas por las más importantes escritoras de ciencia-ficción. Seguimos avanzando en la década de los ochenta y llegamos ya a 1986, año en que vio la luz "Ethan de Athos", de la estadounidense Lois McMaster Bujold. Perteceniente a su famosa saga de Vorkosigan (aunque en mi opinión hablar de saga es un término un tanto impreciso dada la variedad de novelas que la conforman, quizá sería más correcto hablar de conjunto de novelas que comparten una historia de la galaxia), la de hoy es una obra que puede leerse de manera independiente, y sobre el papel de las más atractivas de la "saga", ya que Athos es un planeta fundado y mantenido exclusivamente por varones, con lo que ello podría ofrecer a nivel de sostenibilidad y especulación. Sin embargo, a pesar de resultar entretenida, dinámica, contar con buenas dosis de aventura y la suficiente intriga, resuta un tanto superficial, ineficaz a la hora de sacar todo el partido al planteamiento, y la remata un desenlace no demasiado clarificador.

Ya desde el comienzo se aprecia que a la novela le cuesta coger el tono. El comienzo es farragoso, con una prosa poco fluida y demasiados tecnicismos ginecológicos. Además, Bujold no se esfuerza a la hora de proporcionar la mejor visión posible sobre la original vida en Athos, y deja que sea el lector quien vaya aprehendiendo las estructuras sociales y las implicaciones vitales de su sociedad exclusivamente masculina. Si bien al menos el nudo queda planteado con relativa celeridad y resulta verosímil para dinamizar el resto del libro.

Con la llegada de Ethan a la Estación Kline la novela mejora. La aparición de la mercenaria Quinn no sólo le abre los ojos a Ethan sobre las formas de vivir en el resto de la Galaxia, sino que lo sitúa en medio de un enredo de dimensiones planetarias a causa de los cultivos ováricos. El ritmo narrativo se acelera, la intriga gana peso, y las pequeñas pinceladas de humor con la que la escritora muestra las reacciones de Ethan a los comportamientos del género femenino, logran que desde ese punto hasta el final la lectura resulte fácil y entretenida.

Esta indudable virtud encierra paradójicamente los mayores defectos de la novela. Para mí el más grave es todo lo que Bujold desaprovecha, teniéndolo al alcance de la mano: desde el marco escénico (la Estación Kline constituye un ecosistema sugerente y bien delineado, pero aunque se habla de otros planetas, resulta ser el único escenario durante casi doscientas páginas), pasando por la componente utópica tan jugosa que ofrece el planeta Athos y que a la escritora apenas parece interesarle, hasta la escasa profundidad que confiere a personajes y acontecimientos, sin apenas espacio para especulaciones y reflexiones.

A menor nivel pero también flaqueando se sitúa un desenlace "doble" que funciona en cuanto al nivel de acción y el grado de tensión que encierra, pero que no termina de aclarar cómo sucedieron los acontecimientos que acabaron alterando el cultivo ovárico. También me parece cuestionable la manera tan ingenua (una mera llamada de Terrence) como Ethan es engañado para caer en la segunda parte del desenlace. Y el impacto en Athos de los cultivos con los que finalmente regresa Ethan apenas es esbozado.

En todo caso esos defectos quedan compensados en cierta medida por otras virtudes menos obvias pero reseñables: un componente científico cuidado (con mención especial para la regeneración de alimentos y el tratamiento de residuos en la Estación), el uso que hace de los sistemas informáticos una novela escrita en 1986, las profesiones y ocupaciones de los habitantes de la estación, y la ausencia de pasajes de relleno. Nunca llegará a ser un clásico, pero siempre se dejará leer.

sábado, 27 de junio de 2020

La estación Downbelow (1981). C.J. Cherryh

Una nueva entrada continúo con las reseñas individuales de una de las novelas más representativas de las mejores escritoras de ciencia-ficción, dentro de mi ciclo dedicado a las mujeres en la ciencia-ficción. Siguiendo un estricto orden cronológico, le ha llegado el turno a "La estación Downbelow", de la estadounidense Caroline Janice Cherryh. Una de sus novelas más reconocidas, se alzó con el Premio Hugo y la consolidó como una de las escritoras de referencia en el género durante los años ochenta. Situada en el siglo XXIV, se trata de un tour de force extenso, complejo y arduamente trabajado, pero en mi opinión con demasiados defectos para el reconocimiento que recibió. Quizá no haya envejecido demasiado bien.

Y el caso es que la gestación primero y la elaborada explicación después de una historia del futuro tan coherente como la resumida en el prólogo y que conduce a la situación de partida ilusiona con situarnos ante el comienzo de un clásico de la ciencia-ficción. Sin embargo, casi desde ese momento la excesiva diversidad de personajes y de situaciones a los que va saltando la narración confunde al lector. Se requiere avanzar un gran número de páginas para captar en toda su dimensión lo que Cherryh va relatando. Además, para quienes conozcan la obra de la norteamericana, sorprende negativamente el tratamiento demasiado superficial de muchas situaciones. Es como si conforme se iba afianzando en el género la escritoria hubiera padecido un bajón en sus habilidades literarias: todos los hechos se presentan con poca humanidad, con diálogos demasiado entrecortados y frases confusas (tal vez achacables en parte a la no muy afortunada traducción). Incluso la prosa resulta poco fluida, y eso en un libro de casi seiscientas páginas es un inconveniente muy serio.

Estos defectos tan elementales enturbian los indudables logros de la novela. Como la concepción del mundo de Pell: una estructura gestada con rigor científico y que tiene en cuenta la diversidad social de los seres humanos que lo habitan. O como la propia Downbelow que da título a la novela, un marco agreste que proporciona el espacio adecuado para los principales pasajes de aventura que jalonan la obra. También resulta apreciable, una vez que el lector asimila lo que propone Cherryh, el tono de especulación política de muchas de sus páginas, con intrigas y diversos estamentos enfrentados (si bien los papeles que desempeñan la compañía, Pell, o incluso la Flota no son todo lo comprensibles que deberían).

En lo que se refiere a personajes cautivadores o momentos de especial relevancia, desgraciadamente no abundan. Tal vez lo más brillante sea la relación Josh Talley / Damon Konstantin: amistad y complicidad más allá de la fuerza a la que pertenecen. Pero no faltan los personajes deficientemente resueltos, con efecto casi nulo en la novela: Jacoby, Edger, incluso Elene. Además, los alienígenas que crea Cherryh (los hisa) limitan su aportación a la vertiente más sentimental de la novela, puesto que son seres que denotan una excesiva candidez. Y por último, en el final, llama la atención que gran cantidad de las puertas que la escritora va dejando abiertas durante los capítulos precedentes quedan sin cerrar, como si la tarea de rematar la narración le hubiera venido grande. Supongo que por todas estas razones la novela no se ha reeditado en español desde hace muchos años, aunque sí admite una lectura por parte de las nuevas generaciones de aficionados al género.

sábado, 20 de junio de 2020

La reina de la nieve (1980). Joan D. Vinge

Una entrada más prosigo reseñando en orden cronológico algunas de las novelas más representativas de muchas de las mejores escritoras de ciencia-ficción. Voy a hablarles hoy de Joan D. Vinge a través de su obra más conocida, "La reina de la nieve". Una novela que se alzó con el Premio Hugo hace cuatro décadas, y que ha sido frecuentemente reeditada en español desde entonces, lo que refleja que todavía mantiene su vigencia. En los límites de lo que podemos considerar ciencia-ficción, se trata de una novela voluminosa, fastuosa, muy elaborada en su ambientación y en sus personajes. Pero lastrada por una prosa florida y recargada en exceso, así como por una apreciable escasez de momentos de tensión.

Sin duda lo mejor de la novela es la fluidez con la que se entrecruza su amplio elenco de personajes con el planeta Tiamat como trasfondo principal. En lugar de mantener sendas líneas narrativas para sus dos protagonistas femeninas (Arienrhod, la "Reina de la nieve", y Luna Caminante en el Alba, su clon estival), Vinge enriquece la novela con personajes de la más diversa índole (miembros del cuerpo de seguridad espacial, contrabandistas, extraterrestres, representantes de otros planetas, trabajadoras de la noche, creadores de máscaras, robots...), y va prestándoles toda su atención según lo va necesitando a lo largo de los más de cincuenta capítulos que conforman el libro. Sorprende incluso el foco que presta a la comandante Jerusha o al inspector Gundhalinu, otorgándoles incluso el honor de cerrar la novela pese a no formar parte de las dos líneas narrativas principales. Además, esa atención cambiante no significa que abunden los capítulos de relleno; al contrario, en prácticamente todos encontramos acontecimientos dignos de ser relatados.

Y sin embargo, el ritmo narrativo de "La reina de la nieve" es lento en exceso y sin apenas momentos de tensión, y estos dos problemas dificultan notablemente la lectura y afectan a su valoración global. Porque aunque los acontecimientos se sucedan, la prosa cargada de adjetivos enfatizantes (tanto que muchos de ellos suenan forzados al ser traducidos al español), metáforas poéticas, predominio absoluto de la narración frente a los diálogos, y ausencia de referencias temporales son demasiados obstáculos para poder disfrutar bien de los mismos. Además, el plan de los personajes discurre sin apenas sobresaltos, lo que provoca que el interés por lo narrado vaya disminuyendo gradualmente.

Es por todo ello que hay que realizar un esfuerzo consciente si queremos apreciar el interesante planteamiento astronómico (en torno a un agujero negro que permite ser atravesado sólo en periodos determinados) que explica los ciclos de prosperidad tecnológica (bajo el dominio de los invernales y el auspicio de los espaciales) y de retroceso social (bajo dominio de los estivales) que caracterizan la vida humana en Tiamat. O la riqueza y la complejidad de la sociedad planetaria, con sus múltiples ocupaciones, roles e intereses encontrados. O la propia Hegemonía, esa asociación de mundos que puja por recuperar la grandeza que alcanzó en su momento el Antiguo Imperio. Grandes ideas, bien trabajadas y presentadas, pero que pueden quedar ocultas bajo la pesadez con la que se desarrolla la novela.

Otros defectos dignos de mención son: el excesivo uso de elementos fantásticos, los cuales restan verosimilitud a la novela (con mención especial para las sibilas, esas casi mitológicas profetisas reconocidas con pleitesía en toda la Hegemonía y que son capaces de responder a cualquier pregunta que se les formule cuando están en trance, una capacidad claramente inadmisible a pesar de que Vinge las intente justificar como un producto del Antiguo Imperio para salvaguardar ciencia y conocimiento); la previsibilidad del desenlace (citemos la caída de Arienrhod al final de su reinado, o el reencuentro y la reconciliación de Luna y Destellos); la abundancia de elementos alegóricos que no admiten un análisis riguroso, como el Puente de los Vientos; la nula anticipación de ritos y ceremonias que capítulos más tarde se relatarán con todo detalle; y la simplicidad de algunos personajes clave, desde el Astrobuco Herne hasta la propia Reina.

El agua de vida que proporcionan los mamíferos acuáticos mers, la original configuración laberíntica y ascendente de Carbunclo, la preponderancia que concede la autora a los personajes femeninos, el contraste entre Tiamat y Kharemough... son muchos los puntos positivos de la novela. Pero la mayoría de ellos se aprecian mejor una vez superado el reto de terminar la lectura, cuando nos podemos detener a reflexionar sobre ellos. Y eso es un mal síntoma, pues refleja la gran novela que "La reina de la nieve" pudo haber sido y no fue. De hecho, una década más tarde Vinge publicó una secuela de esta novela aún más larga que la original ("The summer queen", 1991) que a pesar de que llegó a ser finalista del Premio Hugo no se ha llegado a traducir que yo sepa al español, y que en todo caso no tengo intención de leer.

domingo, 17 de mayo de 2020

Donde solían cantar los dulces pájaros (1976). Kate Wilhelm

Con la presente entrada continúo reseñando novelas de referencia escritas por las principales escritoras de ciencia-ficción del género. Voy a hablarles hoy de "Donde solían cantar los dulces pájaros", la novela más conocida de la estadounidense Kate Wilhelm. Fue una de las primeras novelas escritas por mujeres que se alzó con el Premio Hugo en 1977, y sin embargo es probablemente uno de los Premios Hugo menos conocidos para el lector en español, al igual que le sucede a su autora. De hecho, durante muchos años la novela estuvo descatalogada, hasta que en el año 2009 la editorial Bibliópolis la reeditó con el título alternativo de "La estación del crepúsculo". Sin embargo para reseñarla hoy he preferido respetar el título de la edición original, que además es una traducción más respetuosa con su denominación original en inglés. Y que se trata sin duda de una obra muy variada. Especulativa, aventurera, catastrófica, sentimental, son adjetivos que se le pueden aplicar sin ningún problema. Eso sí, con cierta premura en su narración y con una densidad argumental que a veces juega a su favor pero otras en su contra.

Para el lector contemporáneo que descubra esta novela probablemente resultará una sorpresa encontrar tantas aventuras, avatares y matices en poco más de doscientas páginas, nada que ver con la morosidad de la literatura contemporánea. Y es que la novela arranca con un tono apocalíptico que evoluciona en seguida a distópico, pero a la vez da cabida a veces a un romanticismo nada epatante y está impregnada a lo largo de toda su extensión de una atmósfera entre bucólica y pastoral que puede recordar a Clifford D. Simak. El ritmo narrativo es tan alto que sólo en algunos capítulos de la tercera parte Wilhelm da algo de tregua al lector.

La estructuración en tres partes separadas en el tiempo y con diferente protagonista es, además de una apuesta original, un arma de doble filo: el médico humano David, la clon de primera generación Molly, y su hijo concebido tradicionalmente Mark (que vertebran cada una de ellas) pueden despertar más o menos simpatías, y todos comparten como vínculo la yuxtaposición a la comunidad que los acoge. Pero con esos saltos narrativos entre cada parte se corre el riesgo de que el lector pueda echarlos de menos, o que simplemente pierda interés por los acontecimientos que le suceden al nuevo protagonista. Sin llegar a ese extremo, por ejemplo, la segunda parte me pareció un poco superior a las otras dos, probablemente por una simple cuestión de gustos personales.

En su tiempo la novela se presentó como un referente en la técnica de la clonación humana, y es obvio que el tratamiento de la misma es uno de sus pilares, pero merece destacar que no es el único: al mismo nivel se sitúan en mi opinión las cambiantes necesidades de una sociedad autocontenida como la que imagina la autora en la Virginia rural para perdurar en el tiempo, así como la explícita reivindicación del ser humano "diferente" (creativo, inconformista, capaz de amar) frente a la uniformización social de su entorno. Una de las mejores reflexiones de la novela pero sobre la que Wilhelm quizá se posiciona de manera excesivamente rotunda.

Aunque los mayores defectos de la obra no son esos saltos narrativos y ese posicionamiento a los que ya he aludido, sino la falta de justificación primero y elaboración después para la catástrofe ecológica y económica que acaba dando lugar a la infertilidad, la velocidad a veces excesiva con la que Wilhelm relata ciertos sucesos, y la ausencia total de una mirada a lo que haya podido suceder más allá de la costa Este de los Estados Unidos (sólo ciertas menciones a que la sociedad de los clones parece ser la única que pervive en el mundo conocido). A un nivel inferior debo mencionar que las frecuentes y por lo general brillantes descripciones de los escenarios naturales pueden pecar de reiterativas y excesivamente poéticas.

A cambio, los frecuentes y muy amenos pasajes de exploración y aventura, la singular relación sentimental entre los clones Ben y Molly, el gradual crecimiento en capacidades, inquietudes y actos de Mark, así como todo lo que conforma la vida en la pequeña comunidad (el laboratorio, el hospital, la vieja granja, las ceremonias, incluso el auditorio) contribuyen al disfrute de una novela que se deja leer con agrado casi medio siglo después de su publicación.

domingo, 3 de mayo de 2020

Viaje interminable (1975). Marion Zimmer Bradley

Una nueva entrada continúo reseñando novelas de las escritoras más representativas en la literatura de ciencia-ficción. Vamos avanzando en el tiempo y nos situamos ya en 1975, año en que vio la luz "Viaje interminable", de la estadounidense Marion Zimmer Bradley. Una escritora conocida sobre todo por sus novelas de fantasía (con la famosa "saga de Darkover" a la cabeza), pero que también cultivó a lo largo de su carrera el género de ciencia-ficción. Y a la que quizá su controvertida vida personal (pueden bucear en internet si tienen curiosidad, no considero que esta entrada sea el lugar para hablar de ello) le ha repercutido negativamente desde su fallecimiento, dado que no ocupa en la actualidad la posición de relevancia que probablemente merecería. Una posición en la que "Viaje interminable" debería ser una de las mejores razones: una injustamente olvidada novela que no ha perdido apenas frescura en casi medio siglo, especulativa, dinámica, amena, bien escrita... Y que deja con ganas de más.

Las claves del resultado satisfactorio de la novela son desde mi punto de vista dos: en primer lugar, la idea de partida, ese cuerpo de Exploradores que recorre perpetuamente nuestra galaxia en busca de nuevos planetas habitables para colocar en ellos transmisores que posibiliten la teletransportación instantánea entre los mundos; y en segundo, el desarrollo de esta idea en tres partes claramente diferenciadas, que muestran las particularidades de la vida de los Exploradores, el rechazo que generan entre los "mundanales", y que cierra brillantemente el círculo al final regresando al planeta Laselli a pesar de la amenaza que supuso al principio.

Ese desarrollo fluido y que aprovecha muchas de las posibilidades especulativas del argumento se ve facilitado por un elenco de personajes equilibrado en lo humano y en lo profesional, y cuyas inquietudes resultan francamente verosímiles. Empezando lógicamente por su protagonista, Gildoran, cuya responsabilidad va aumentando conforme pasan los años a bordo de la Gypsy Moth, y siguiendo por otros bien caracterizados como Gilrae, Gilraban, Gilhart, Gilramie, Gilmerrit... A pesar de la corta extensión del libro y de que sus nombres comiencen siempre por "Gil", resultan fácilmente reconocibles y cercanos.

A lo anterior hay que añadir un alto ritmo narrativo, momentos de tensión, la intriga y la aventura que envuelven la exploración de Mundoinfernal, lo cuidado que está el elemento científico en aspectos tales como la vida a bordo de la nave o la geología, la biología y hasta las amenazas de los planetas visitados, la fascinante visita a la apabullantemente verosímil Incubadora, o el vistazo a Anfitrión (el planeta de origen de los Exploradores). Muchos aciertos.

Sin embargo la novela no llega a alcanzar la categoría de "clásico" a causa de unos pocos defectos que diluyen en parte tantos aciertos. Dos de ellos derivados del propio Gildoran: sus continuos y un tanto desquiciantes vaivenes sentimentales, y la frecuencia y en ocasiones ingenuidad de sus pensamientos, que con tanto ahínco nos muestra Bradley y que a veces fatigan más que revelan. Otro fallo son los poohbears y lo poco que se explica sobre la única especie alienígena conocida así como de su abnegación en el cuidado de los niños. Y por último la propia concisión de la novela, que se pone de manifiesto sobre todo en una tercera parte apresurada, a la que le habrían sentado muy bien treinta o cuarenta páginas más.

El desenlace, que plantea dos soluciones plausibles para la escasez de Exploradores a bordo de la nave y al final juega con el factor sorpresa gracias a una tercera opción que es la que finalmente se impone, termina de confirmar las bondades de la novela y lo bien trabajada que está. Recomendable.

domingo, 19 de abril de 2020

El nombre del mundo es bosque (1972). Ursula K. LeGuin

Con la presente entrada comienzo mi recorrido por las novelas que he seleccionado para ilustrar la relevancia de las escritoras en la literatura de ciencia-ficción. Siguiendo como es costumbre un orden cronológico, voy a empezar por una de las novelas más conocidas de Ursula K. LeGuin, "El nombre del mundo el bosque". LeGuin fue una de las primeras escritoras en adquirir relevancia dentro del género hace más de medio siglo, y la primera en cosechar los más importantes premios del género (de hecho, la obra que nos ocupa hoy se alzó con el Premio Hugo a la mejor novela corta). Por eso es de justicia comenzar con ella este recorrido. Y si bien en mi opinión la presenta novela no llega al nivel de su obra maestra ("La mano izquierda de la oscuridad", 1969), sí que se trata de una novela recomendable, centrada en las especulaciones anti-utópicas y ecológicas tan características de su autora, acompañadas en esta ocasión de un nivel de violencia mayor de lo esperado.

Adscrita como la mayoría de sus obras al Ekumen (una federación galáctica de mundos habitados por seres humanos), LeGuin plantea en sólo ocho capítulos el enfrentamiento entre los athstianos, los nativos del planeta Nueva Tahiti, y los humanos que los explotan como esclavos para exportar la madera de sus bosques. Un enfrentamiento que permite ya desde su excelente primer capítulo explorar las dos principales vertientes de la novela: la anti-utópica, a causa del impacto que causan los colonos humanos en la sociedad athsiana, y la ecológica, por la devastación que irremisiblemente acarrea la tala masiva. En especial debo destacar que la autora fue pionera en tratar dentro del género la cuestión ecológica, tan vigente medio siglo después en nuestra sociedad.

A pesar de que predominan las descripciones sobre los diálogos, la novela fluya con naturalidad, acompañada a menudo por jugosas reflexiones sociológicas y psicológicas. Conforme avanza la lectura descubriremos que esa componente distópica encierra en realidad una dura crítica a las colonizaciones que tantas veces se han repetido en nuestra historia. Una crítica con la que podremos estar más o menos de acuerdo, pero que tal cual la presenta LeGuin creo que queda excesivamente simplificada, poco más que una obvia separación entre "los buenos" (los nativos, por cierto una sociedad matriarcal) y "los malos" (los colonos humanos, como podrán ustedes adivinar unos machistas que asolan una sociedad athstiana excesivamente idílica en origen).

Un punto fuerte de la novela es que cuenta la historia desde los dos puntos de vista, el humanoide y el humano, a partir de sus dos principales protagonistas, el athstiano Selver y el Capitán Davidson. Personajes muy bien caracterizados que aportan una amplia perspectiva de la situación, ayudándonos así a entender mejor el conflicto (e incluso incitando en el lector el rechazo más absoluto a determinados comportamientos violentos en los que la autora parece recrearse). Eso sí, a mi modo de ver la radicalización de Davidson resulta un tanto repentina, aunque podría argumentarse que la destrucción de campamento Smith lo justifica. Por otra parte las descripciones del planeta son brillantes, los acontecimientos se suceden rápidamente y no hay espacio para el aburrimiento, pero creo que a la novela le habrían beneficiado más diálogos y menos párrafos de reflexión.

El desenlace un tanto inesperado en su séptimo capítulo constituye el último logro de esta pequeña novela, que sigue funcionando a día de hoy como llamada de atención sobre los devastadores efectos que estamos teniendo como raza sobre nuestro entorno. Pero que quizá ha perdido fuerza en su crítica al colonialismo y al femenismo entendido como enfrentamiento entre sociedades patriarcales y matriarcales.

sábado, 11 de abril de 2020

Las escritoras de ciencia-ficción

Una vez terminado el recorrido que durante los dos últimos años he realizado por muchas de las novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula desde su creación hace más de medio siglo, toca proponer una nueva temática para quienes siguen este humilde blog. Y considero que ha llegado el momento de fijarme en las escritoras de ciencia-ficción, o lo que es lo mismo, en la literatura de ciencia-ficción escrita por mujeres. Considero que es el momento porque durante los últimos lustros estamos viviendo un auge sin precedentes en cuanto a la liberación de la mujer y a su reconocimiento pleno como género. Un reconocimiento por supuesto plenamente justificado, y que refleja la madurez que están alcanzando las sociedades en muchas partes del mundo (otra cosa es el denominado feminazismo, o el menosprecio que ciertos sectores quieren imponer sobre el género masculino, pero no es éste afortunadamente un blog político, así que simplemente indicar que no me voy a fijar en esas igualmente reprobables tendencias). Un reconocimiento, decía, que en el ámbito de la literatura de ciencia-ficción está sucediendo de manera análoga al resto de la sociedad. Y que está resultando claramente apreciable tanto en el volumen de novelas publicado por escritoras, que no ha parado de crecer desde que empezó el siglo, como en los galardones que están recibiendo muchas de esas novelas. Por decirlo en pocas palabras: la ciencia-ficción actual es un género literario mayoritariamente femenino.

Esta realidad contrasta con el papel que desempeñaron las escritoras durante los primeros pasos de la ciencia-ficción. Desde su surgimiento hace prácticamente un siglo hasta la década de los sesenta, escritores, editores y lectores fueron mayoritariamente masculinos. En particular la space opera fomentaba el paradigma de los hombres aventureros capaces de cualquier hazaña, y los personajes femeninos eran muy escasos y superficiales. No fue hasta la consolidación de la new wave en la segunda mitad de los sesenta cuando algunas escritoras pioneras empezaron a abirse hueco en este mundillo aparentemente inaccesible, con mención especial para la estadounidense Ursula K. LeGuin, sin duda una figura clave en esta revolución femenina dentro del género.

Durante las tres décadas siguientes comenzaron a ser cada vez más frecuentes las escritoras, y varias de ellas obtuvieron ya entonces los principales premios del género, aunque éste seguía siendo en esencia un mundo masculino. Pero con el cambio de siglo esta tendencia se aceleró, y hace ya años que la lista de nominados para los Premios Hugo o Nébula es principalmente una lista de mujeres (casi podríamos hablar de lista de "nominadas" a secas sin necesidad de recurrir al siempre fatigoso lenguaje inclusivo). Y es que a lo largo de este último medio siglo las escritoras han aportado al género una visión más íntima, una mayor exploración del mundo interior de los personajes, una serie de inquietudes que hasta entonces no se habían tratado en demasía (desde el cambio climático hasta la sexualidad o la prevalencia de uno u otro sexo). Y en muchos casos una calidad literaria de la que no andaba sobrada la literatura de ciencia-ficción durante sus primeras décadas de existencia.

Debo reconocer no obstante que por ahora ninguna de las escritoras de ciencia-ficción que he tenido oportunidad de leer ha llegado al extremo de formar parte de mi lista de escritores favoritos, con Robert Silverberg, Isaac Asimov y Fred Hoyle a la cabeza. Tal vez sea porque en algunos casos el enfoque femenino del género ha menoscabado en parte algunas de las facetas que más me atraen del género (el componente científico o las grandes dosis de acción y aventura). O tal vez simplemente porque aún no he tropezado con la escritora que conecte plenamente con mis gustos y debilidades. Pero en todo caso durante este último medio siglo son decenas las escritoras recomendables que ha albergado la ciencia-ficción, y las cuatro que ilustran la presente entrada (Ursula K. LeGuin, Lois McMaster Bujold, Connie Willis y Jo Walton) son estupendos ejemplos.

Como he hecho en ocasiones anteriores, lo que voy a hacer es proponerles una lista de escritoras con una de sus novelas de referencia, para poder ofrecer un panorama lo más amplio posible para el lector en español. Muchas de estas novelas ya han tenido su entrada independiente por una u otra razón en el blog; en esos casos simplemente adjuntaré el enlace a dicha reseña. Pero la lista me va a servir también para presentarles una serie de novelas que hasta ahora no había tenido ocasión de reseñar, y que espero que les ayuden a completar esa visión global sobre el papel de las escritoras en el género.

Sin más demora, aquí va la lista:

"El nombre del mundo es bosque" (1972) - Ursula K. LeGuin
"Viaje interminable" (1975) - Marion Zimmer Bradley
"Donde solían cantar los dulces pájaros" (1976) - Kate Wilhelm
"Serpiente del sueño" (1978) - Vonda N. McIntyre
"La reina de la nieve" (1980) - Joan D. Vinge
"La estación downbelow" (1981) - C.J. Cherry
"El cuento de la criada" (1985) - Margaret Atwood
"Ethan de Athos" (1986) - Lois McMaster Bujold
"La puerta al país de las mujeres" (1988) - Sheri S. Tepper
"El libro del día del juicio final" (1992) - Connie Willis
"Bailando en el aire" (1993) - Nancy Kress
"Río lento" (1995) - Nicola Griffith
"Restos de población" (1996) - Elizabeth Moon
"El despertar del milenio" (1999) - Jane Jensen
"Ladrona de medianoche" (2000) - Nalo Hopkinson
"Rosa cuántica" (2000) - Catherine Asaro
"Almas en guerra" (2004) - Liz Williams
"Una mujer del Pueblo de Hierro" (2005) - Eleanor Arnason
"El círculo de Farthing" (2006) - Jo Walton
"El último hombre mortal" - Syne Mitchell (2006)
"En tiempos de guerra" (2007) - Kathleen Ann Goonan
"Justicia auxiliar" (2013) - Ann Leckie
"El largo viaje a un planeta iracundo" (2014) - Becky Chambers
"Autonomous" (2018) - Annalee Newitz
"Hacia las estrellas" - Mary Robinette Kowal (2018)

Por cierto que esta tendencia imparable a la que aludía antes continúa con más fuerza si cabe, porque mientras preparaba esta entrada he conocido los escritores nominados al Premio Hugo a la mejor novela de 2020, y ya sí que puedo hablar directamente de "escritoras", porque todas ellas son mujeres. Así que sólo espero que ésta y las próximas reseñas contribuyan a erradicar esa percepción que en muchos países de habla hispana tienen aún de la ciencia-ficción como un género por y para hombres. E incluso que alguna escritora en nuestro idioma dé el paso y se anime a publicar también ciencia-ficción y no sólo novela histórica o negra. Será una señal de que también nosotros nos subimos al carro de la contemporaneidad.

martes, 31 de marzo de 2020

Autonomous (2018). Annalee Newitz

Con la presente entrada termino las reseñas de las novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula durante la presente década que aún no hubieran tenido una entrada independiente en este humilde blog. Es el turno de "Autonomous", nominada al antepenúltimo Premio Nébula entegado, y que vio la luz hace tan sólo unos meses para el lector en español. Se trata además de la primera novela de su escritora, la también periodista estadounidense Annalee Newitz, conocida por su participación en portales de tecnología. Un debut aclamado que sin embargo no se corresponde con la impresión que dejó en mí cuando la terminé hace tan sólo unos días. No cabe duda de que estamos ante una novela original, con muchas ideas estimulantes y un siglo XXII presidido por la inquietante amenaza de las corporaciones farmacéuticas. Pero me parece también un libro difícil de leer, absurdamente obsesionado con los más nimios detalles informáticos, mayormente inverosímil y pobremente desarrollado.

Sin duda lo mejor de "Autonomous" es su componente distópica: esa sustancia llamada Zacuidad que sublima la adicción al trabajo resulta tan plausible como inquietante. Al igual que lo es que buena parte de la población sufra de un acceso restringido a medicamentos básicos a causa del capitalismo exacerbado, así como la comprensible aparición de piratas farmacéuticos que tratan de mitigar esta situación. Al mismo nivel de acierto se sitúan los servicontratos, consecuencia lógica de la cada vez menos nítida distinción entre seres humanos y biobots, y que crean unos vínculos sociales reprobables pero incuestionables. En realidad Newitz no reflexiona demasiado sobre estas cuestiones, pero su sola presencia ya estimula las especulaciones en la mente del lector.

El otro acierto principal de la novela es, en mi opinión, su marco escénico. Aunque las descripciones no son el punto fuerte de la escritora, el que el calentamiento global haya derretido los polos y en consecuencia buena parte de la acción transcurra en lugares de latitudes tan elevadas como Iqaluit, Saskatoon o Moose Jaw resulta original y creíble. También la Casablanca reconvertida en el paraíso de los investigadores libres, o incluso las modificaciones tecnológicas y culturales que transforman Las Vegas o Vancouver, todas estas ciudades potencian el siempre necesario en el género sentido de la maravilla.

Pero todo lo demás me decepcionó. Quizá lo peor sea lo dificultosa que se vuelve la lectura casi desde la primera página: una prosa poco fluida, con frases que requieren pausa y concrentración para ser desentrañadas, unos diálogos a menudo forzados y una obsesión injustificada por detalles informáticos y de protocolos de telecomunicaciones. Los cuales sin duda reflejan los conocimientos de la autora al respecto, pero que al mismo tiempo desesperan con sus intercambios de claves privadas, sus repositorios de código o sus archivos de sistema. Tampoco ayuda a semejante panorama una de las peores traducciones que he leído en la habitualmente cuidada Colección Minotauro, imprecisa y con errores de bulto.

Lo que es peor: el desarrollo de la novela deja mucho que desear. La alternancia de dos líneas narrativas (una protagonizada por la pirata Jack Chen y Trescero, la otra por el agente Eliasz y su biobot ayudante Paladín) sería un recurso válido si las dos albergaran parecido interés y se entrecruzaran y retroalimentaran conforme avanzan los capítulos. No es el caso de "Autonomous": la segunda es mucho menos interesante (poco más que un recorrido sin mucha premeditación de sus protagonistas por distintos lugares para intentar justificar el establecimiento de su relación afectiva), y ambas divergen hasta el antepenúltimo capítulo (que no es otro que el desenlace...). Además, los flashbacks en la primera de ellas no se van presentando de modo estructurado, sino que Newitz recurre a ellos sobre la marcha, justo cuando los necesita, con el agravante de que casi hasta el final nos ocultan información que habría sido esencial para haber entendido mejor la trama desde el comienzo (y además perjudicando el ritmo narrativo). Por otra parte, la caracterización de los personajes principales es muy pobre (poco más que algunas inquietudes esenciales), e incluso quien al final resuelve la problemática gracias a Retrocon no es uno de los protagonistas. Y por supuesto la relación de amor que construye Newitz entre Eliasz y Paladín, cambio de género mediante, es completamente inverosímil.

Aunque en las últimas cincuenta páginas la novela remonte un poco, nos proponga un buen desenlace (con tensión y ¡al fin! la convergencia de todos los protagonistas), y una especie de epílogo que logra atar cabos de varios personajes, no puede ocultar todos los aspectos negativos ya resaltados. Así que a pesar de su carga especulativa y sus escenarios, me cuesta entender que esta novela llegara a ser nominada a los Premios Nébula. ¿Tan preocupante es el panorama de la ciencia-ficción contemporánea?

domingo, 15 de marzo de 2020

El problema de los tres cuerpos (2015). Cixin Liu

A pesar de estar encerrado en casa como casi todos los españoles por la pandemia del coronavirus, la vida continúa, y yo también voy a proseguir con las novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula durante la presente década que he tenido la oportunidad de leer, y que aún no habían recibido su propia entrada en mi humilde blog. Voy a resenar hoy "El problema de los tres cuerpos", una de las novelas de ciencia-ficción más famosas de los últimos años. Sin duda a causa de ser la primera novela no escrita originalmente en inglés que se alzó con el Premio Hugo en 2015, y que además fue nominada al Premio Nébula el año en que el galardón recayó en "Aniquilación", mi anterior entrada. Méritos justificados para una novela diferente a las que siguen los cánones habituales en Occidente, y sin embargo disfrutable por el "lector tipo" de ciencia-ficción occidental: muy rica desde el punto de vista científico (aunque a veces demasiado inverosímil), muy cuidada desde el punto de vista literario, y con varios tramos francamente disfrutables. Aunque también con sus defectos.

Es complicado sintetizar todo lo que encierra esta novela a nivel narrativo y a nivel especulativo. Desde la dramática y poco conocida en Occidente Revolución Cultural China de los años sesenta, pasando por el primer contacto con una civilización extraterrestre, deteniéndose en un originalísimo videojuego, y rematando el conjunto con organizaciones secretas y operaciones militares, todo ello en menos de cuatrocientas páginas. Las cuales le permiten al escritor además reflexionar sobre las posibles reacciones a tal contacto, sobre la supeditación de las vidas humanas al mismo, o sobre el papel que habría podido desempeñar China en todos estos avatares. Sin rehuir por cierto varias críticas nada veladas a lo peor del régimen comunista durante los últimos cincuenta años.

Otro punto fuerte del libro es el tratamiento del elemento científico: desde la teoría de transmisión de señales hasta la arquitectura de ordenadores, desde la astrofísica hasta los aceleradores de partículas, prácticamente todo cabe en su interior. Eso sí, se trata de una lectura exigente y no apta para personas legas en ciencia y tecnología. Además, Cixin no renuncia a una especulación científica de altos vuelos sobre las capacidades de la civilización trisolariana, y aunque el desdoblamiento multidimensional de las partículas fundamentales que nos propone me ha resultado inverosímil, también me ha parecido muy sugestivo respecto a sus posibilidades.

A menor escala, el elemento literario me ha sorprendido gratamente. Tratándose de una novela de ideas, no es reprochable que los personajes secundarios resulten superficiales o incluso difíciles de retener a causa de sus poco familiares nombres chinos (¡qué acierto listar el elenco de personajes al comienzo del libro!). Pero los tres principales (la astrofísica Ye Wenjie, el investigador en nanomateriales Wang Miao y el comisario de policía Da Shi) están bien caracterizados, y sus vivencias y motivaciones resultan naturales a ojos del lector. Por otra parte, la novela es toda una exhibición de técnicas narrativas: desde capítulos que son meros interrogatorios hasta otros conformados simplemente por extractos de documentos, desde las habituales narraciones en tercera persona hasta la historia de Wei Cheng narrada por él mismo. Es de agradecer el esfuerzo del escritor en este aspecto.

Sin embargo, a pesar de todo lo anterior la novela no me ha parecido del todo redonda, y quizá sea esa la explicación de por qué no llegó a alzarse con el Premio Nébula de 2015. Aparte de mi lógica falta de adaptación a la literatura asiática (con sus frecuentes e impredecibles saltos entre pasado y presente y entre escenarios diversos no siempre fáciles de asimilar, con sus diálogos a menudo bruscos, su prosa más prolija en imágenes y una inesperada frialdad a la hora de presentar episodios de violencia), prácticamente todos los capítulos dedicados al videojuego Tres Cuerpos me resultaron pesados y carentes del ritmo del resto del libro. Asimismo el hilo conductor de la novela se pierde a veces entre tanta vastedad de temas, y ello afecta en cierta medida a su capacidad de cautivar. Por otra parte la novela adolece de un clímax y de un desenlace como tal, quizá porque en su tramo final su autor estaba más pendiente de preparar el terreno para posteriores entregas de la saga (a día de hoy convertida en trilogía). Y por último Cixin deja sin explicar algunos detalles con los que ha ido capturando la atención del lector (por ejemplo la desasosegante cuenta atrás que atormenta a Wang Miao). Aun así, el balance es positivo y la novela es recomendable. Aunque no me gustó tanto como para animarme a leer rápidamente los otros dos títulos de la saga ("El bosque oscuro" y "El fin de la muerte"), que todavía tengo pendientes.

martes, 25 de febrero de 2020

Aniquilación (2014). Jeff VanderMeer

Una entrada más continúo reseñando las novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula durante la presente década. Llegó la oportunidad de hablarles de "Aniquilación", del escritor estadounidense Jeff VanderMeer. Se trata sin duda de una de las novelas más conocidas y populares de los últimos años, y que se alzó merecidamente con el Premio Nébula del año 2015. Y que es además la primera entrega de la denominada trilogía "Southern Reach", que fue concebida ya como tal desde el mismo momento de la publicación de "Aniquilación" (las otras dos entregas, "Autoridad" y "Aceptación", también vieron la luz en el año 2014). Situada en los límites de lo que podríamos considerar ciencia-ficción, se trata de una novela de argumento sencillo y extensión reducida pero cautivadora gracias a su acertado equilibrio entre aventura, misterio, especulación y las vivencias de su protagonista.

Antes de nada debo aclarar que mi valoración claramente favorable de la novela estuvo condicionada por haberse concebido ya desde el principio como primera entrega de la trilogía. Este hecho me hizo adoptar en todo momento una postura mucho menos exigente respecto a las aclaraciones y justificaciones proporcionadas por VanderMeer en esta primera entrega. Que son pocas e inconexas (nada se dice por ejemplo de cuestiones tan relevantes como la ubicación del Área X o de la naturaleza del Reptador). Pero que pasan relativamente desapercibidas frente a la coherencia ambiental y argumental que preside el libro.

Y es que son esos dos pilares los que aseguran el éxito de la novela: su ambientación y su argumento. La primera recrea una zona biológicamente equilibrada, bien estructurada gracias a sus zonas claramente diferenciadas (la frontera, el campamento base, la Torre, el poblado y el Faro), y con el suficiente número de especies reconocibles para que los elementos misteriosos de la misma no resulten completamente inverosímiles. Y el segundo, partiendo de la intrigante naturaleza del Área X, plantea una sencilla expedición compuesta por cuatro mujeres de las que sólo conocemos su profesión, a las que la asfixiante presión de lo desconocido conduce a desenlaces tan cautivadores como trágicos.

El tercer gran acierto de la novela es la habilidad narrativa del escritor. La elección de la bióloga como relatora en primera persona de una única línea narrativa es tan poco original como efectiva para que el lector se identifique con ella y empiece a experimentar sus aventuras. A ello hay que añadirle su capacidad para crear una atmósfera intrigante y opresiva, que linda con los géneros de la fantasía y el terror pero consigue mantener el rigor suficiente para no epatar al aficionado a la ciencia-ficción. Sin llegar a revelar más de lo estrictamente necesario en ningún momento, el autor entrega recurrentemente pequeñas píldoras que mantienen el interés del lector. Su prosa está literariamente elaborada, con matices líricos que la enriquecen sin llegar a resultar cargantes. Y su concisión (cinco capítulos y poco más de doscientas páginas) resulta refrescante en una época como la actual, caracterizada por páginas y más páginas de relleno.

Aparte de sus misterios no resueltos y de sus concesiones fantasiosas, la novela adolece de otros defectos menores como la innecesaria concesión a las modas de que todos los personajes sean femeninos (una circunstancia que no tiene relevancia alguna en los acontecimientos), ciertos comportamientos poco sensatos de la bióloga (como cuando casi al final renuncia a seguir explorando los niveles inferiores de la Torre y emprende el camino de regreso), y algún flashback a sus vivencias previas excesivamente extenso, que le resta ritmo narrativo al tiempo presente. A cambio, la excelente exploración psicológica que VanderMeer realiza de la bióloga, y el intenso final que remata su aventura (el cual recrea con acierto episodios previos de su vida) terminan de refrendar que estamos ante una novela notable. Y de paso reafirmaron mi decisión de continuar con la lectura de la trilogía, aunque por circunstancias varias aún no la he puesto en práctica.

"Nación de Marte. Parte 2" (2021). Brandon Q. Morris

Con la entrada que hoy les ofrezco sigo desgranando los añadidos de última hora a mi segundo recorrido por algunas de las sagas más relevan...

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