Una nueva entrada continúo con las reseñas individuales de una de las novelas más representativas de las mejores escritoras de ciencia-ficción, dentro de mi ciclo dedicado a las mujeres en la ciencia-ficción. Siguiendo un estricto orden cronológico, le ha llegado el turno a "La estación Downbelow", de la estadounidense Caroline Janice Cherryh. Una de sus novelas más reconocidas, se alzó con el Premio Hugo y la consolidó como una de las escritoras de referencia en el género durante los años ochenta. Situada en el siglo XXIV, se trata de un tour de force extenso, complejo y arduamente trabajado, pero en mi opinión con demasiados defectos para el reconocimiento que recibió. Quizá no haya envejecido demasiado bien.
Y el caso es que la gestación primero y la elaborada explicación después de una historia del futuro tan coherente como la resumida en el prólogo y que conduce a la situación de partida ilusiona con situarnos ante el comienzo de un clásico de la ciencia-ficción. Sin embargo, casi desde ese momento la excesiva diversidad de personajes y de situaciones a los que va saltando la narración confunde al lector. Se requiere avanzar un gran número de páginas para captar en toda su dimensión lo que Cherryh va relatando. Además, para quienes conozcan la obra de la norteamericana, sorprende negativamente el tratamiento demasiado superficial de muchas situaciones. Es como si conforme se iba afianzando en el género la escritoria hubiera padecido un bajón en sus habilidades literarias: todos los hechos se presentan con poca humanidad, con diálogos demasiado entrecortados y frases confusas (tal vez achacables en parte a la no muy afortunada traducción). Incluso la prosa resulta poco fluida, y eso en un libro de casi seiscientas páginas es un inconveniente muy serio.
Estos defectos tan elementales enturbian los indudables logros de la novela. Como la concepción del mundo de Pell: una estructura gestada con rigor científico y que tiene en cuenta la diversidad social de los seres humanos que lo habitan. O como la propia Downbelow que da título a la novela, un marco agreste que proporciona el espacio adecuado para los principales pasajes de aventura que jalonan la obra. También resulta apreciable, una vez que el lector asimila lo que propone Cherryh, el tono de especulación política de muchas de sus páginas, con intrigas y diversos estamentos enfrentados (si bien los papeles que desempeñan la compañía, Pell, o incluso la Flota no son todo lo comprensibles que deberían).
En lo que se refiere a personajes cautivadores o momentos de especial relevancia, desgraciadamente no abundan. Tal vez lo más brillante sea la relación Josh Talley / Damon Konstantin: amistad y complicidad más allá de la fuerza a la que pertenecen. Pero no faltan los personajes deficientemente resueltos, con efecto casi nulo en la novela: Jacoby, Edger, incluso Elene. Además, los alienígenas que crea Cherryh (los hisa) limitan su aportación a la vertiente más sentimental de la novela, puesto que son seres que denotan una excesiva candidez. Y por último, en el final, llama la atención que gran cantidad de las puertas que la escritora va dejando abiertas durante los capítulos precedentes quedan sin cerrar, como si la tarea de rematar la narración le hubiera venido grande. Supongo que por todas estas razones la novela no se ha reeditado en español desde hace muchos años, aunque sí admite una lectura por parte de las nuevas generaciones de aficionados al género.
Un apasionado de la literatura de ciencia-ficción y escritor a tiempo parcial que dedica parte de sus escasos ratos libres a compartir su pasión con el resto de aficionados.
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sábado, 27 de junio de 2020
sábado, 20 de junio de 2020
La reina de la nieve (1980). Joan D. Vinge
Una entrada más prosigo reseñando en orden cronológico algunas de las novelas más representativas de muchas de las mejores escritoras de ciencia-ficción. Voy a hablarles hoy de Joan D. Vinge a través de su obra más conocida, "La reina de la nieve". Una novela que se alzó con el Premio Hugo hace cuatro décadas, y que ha sido frecuentemente reeditada en español desde entonces, lo que refleja que todavía mantiene su vigencia. En los límites de lo que podemos considerar ciencia-ficción, se trata de una novela voluminosa, fastuosa, muy elaborada en su ambientación y en sus personajes. Pero lastrada por una prosa florida y recargada en exceso, así como por una apreciable escasez de momentos de tensión.
Sin duda lo mejor de la novela es la fluidez con la que se entrecruza su amplio elenco de personajes con el planeta Tiamat como trasfondo principal. En lugar de mantener sendas líneas narrativas para sus dos protagonistas femeninas (Arienrhod, la "Reina de la nieve", y Luna Caminante en el Alba, su clon estival), Vinge enriquece la novela con personajes de la más diversa índole (miembros del cuerpo de seguridad espacial, contrabandistas, extraterrestres, representantes de otros planetas, trabajadoras de la noche, creadores de máscaras, robots...), y va prestándoles toda su atención según lo va necesitando a lo largo de los más de cincuenta capítulos que conforman el libro. Sorprende incluso el foco que presta a la comandante Jerusha o al inspector Gundhalinu, otorgándoles incluso el honor de cerrar la novela pese a no formar parte de las dos líneas narrativas principales. Además, esa atención cambiante no significa que abunden los capítulos de relleno; al contrario, en prácticamente todos encontramos acontecimientos dignos de ser relatados.
Y sin embargo, el ritmo narrativo de "La reina de la nieve" es lento en exceso y sin apenas momentos de tensión, y estos dos problemas dificultan notablemente la lectura y afectan a su valoración global. Porque aunque los acontecimientos se sucedan, la prosa cargada de adjetivos enfatizantes (tanto que muchos de ellos suenan forzados al ser traducidos al español), metáforas poéticas, predominio absoluto de la narración frente a los diálogos, y ausencia de referencias temporales son demasiados obstáculos para poder disfrutar bien de los mismos. Además, el plan de los personajes discurre sin apenas sobresaltos, lo que provoca que el interés por lo narrado vaya disminuyendo gradualmente.
Es por todo ello que hay que realizar un esfuerzo consciente si queremos apreciar el interesante planteamiento astronómico (en torno a un agujero negro que permite ser atravesado sólo en periodos determinados) que explica los ciclos de prosperidad tecnológica (bajo el dominio de los invernales y el auspicio de los espaciales) y de retroceso social (bajo dominio de los estivales) que caracterizan la vida humana en Tiamat. O la riqueza y la complejidad de la sociedad planetaria, con sus múltiples ocupaciones, roles e intereses encontrados. O la propia Hegemonía, esa asociación de mundos que puja por recuperar la grandeza que alcanzó en su momento el Antiguo Imperio. Grandes ideas, bien trabajadas y presentadas, pero que pueden quedar ocultas bajo la pesadez con la que se desarrolla la novela.
Otros defectos dignos de mención son: el excesivo uso de elementos fantásticos, los cuales restan verosimilitud a la novela (con mención especial para las sibilas, esas casi mitológicas profetisas reconocidas con pleitesía en toda la Hegemonía y que son capaces de responder a cualquier pregunta que se les formule cuando están en trance, una capacidad claramente inadmisible a pesar de que Vinge las intente justificar como un producto del Antiguo Imperio para salvaguardar ciencia y conocimiento); la previsibilidad del desenlace (citemos la caída de Arienrhod al final de su reinado, o el reencuentro y la reconciliación de Luna y Destellos); la abundancia de elementos alegóricos que no admiten un análisis riguroso, como el Puente de los Vientos; la nula anticipación de ritos y ceremonias que capítulos más tarde se relatarán con todo detalle; y la simplicidad de algunos personajes clave, desde el Astrobuco Herne hasta la propia Reina.
El agua de vida que proporcionan los mamíferos acuáticos mers, la original configuración laberíntica y ascendente de Carbunclo, la preponderancia que concede la autora a los personajes femeninos, el contraste entre Tiamat y Kharemough... son muchos los puntos positivos de la novela. Pero la mayoría de ellos se aprecian mejor una vez superado el reto de terminar la lectura, cuando nos podemos detener a reflexionar sobre ellos. Y eso es un mal síntoma, pues refleja la gran novela que "La reina de la nieve" pudo haber sido y no fue. De hecho, una década más tarde Vinge publicó una secuela de esta novela aún más larga que la original ("The summer queen", 1991) que a pesar de que llegó a ser finalista del Premio Hugo no se ha llegado a traducir que yo sepa al español, y que en todo caso no tengo intención de leer.
Sin duda lo mejor de la novela es la fluidez con la que se entrecruza su amplio elenco de personajes con el planeta Tiamat como trasfondo principal. En lugar de mantener sendas líneas narrativas para sus dos protagonistas femeninas (Arienrhod, la "Reina de la nieve", y Luna Caminante en el Alba, su clon estival), Vinge enriquece la novela con personajes de la más diversa índole (miembros del cuerpo de seguridad espacial, contrabandistas, extraterrestres, representantes de otros planetas, trabajadoras de la noche, creadores de máscaras, robots...), y va prestándoles toda su atención según lo va necesitando a lo largo de los más de cincuenta capítulos que conforman el libro. Sorprende incluso el foco que presta a la comandante Jerusha o al inspector Gundhalinu, otorgándoles incluso el honor de cerrar la novela pese a no formar parte de las dos líneas narrativas principales. Además, esa atención cambiante no significa que abunden los capítulos de relleno; al contrario, en prácticamente todos encontramos acontecimientos dignos de ser relatados.
Y sin embargo, el ritmo narrativo de "La reina de la nieve" es lento en exceso y sin apenas momentos de tensión, y estos dos problemas dificultan notablemente la lectura y afectan a su valoración global. Porque aunque los acontecimientos se sucedan, la prosa cargada de adjetivos enfatizantes (tanto que muchos de ellos suenan forzados al ser traducidos al español), metáforas poéticas, predominio absoluto de la narración frente a los diálogos, y ausencia de referencias temporales son demasiados obstáculos para poder disfrutar bien de los mismos. Además, el plan de los personajes discurre sin apenas sobresaltos, lo que provoca que el interés por lo narrado vaya disminuyendo gradualmente.
Es por todo ello que hay que realizar un esfuerzo consciente si queremos apreciar el interesante planteamiento astronómico (en torno a un agujero negro que permite ser atravesado sólo en periodos determinados) que explica los ciclos de prosperidad tecnológica (bajo el dominio de los invernales y el auspicio de los espaciales) y de retroceso social (bajo dominio de los estivales) que caracterizan la vida humana en Tiamat. O la riqueza y la complejidad de la sociedad planetaria, con sus múltiples ocupaciones, roles e intereses encontrados. O la propia Hegemonía, esa asociación de mundos que puja por recuperar la grandeza que alcanzó en su momento el Antiguo Imperio. Grandes ideas, bien trabajadas y presentadas, pero que pueden quedar ocultas bajo la pesadez con la que se desarrolla la novela.
Otros defectos dignos de mención son: el excesivo uso de elementos fantásticos, los cuales restan verosimilitud a la novela (con mención especial para las sibilas, esas casi mitológicas profetisas reconocidas con pleitesía en toda la Hegemonía y que son capaces de responder a cualquier pregunta que se les formule cuando están en trance, una capacidad claramente inadmisible a pesar de que Vinge las intente justificar como un producto del Antiguo Imperio para salvaguardar ciencia y conocimiento); la previsibilidad del desenlace (citemos la caída de Arienrhod al final de su reinado, o el reencuentro y la reconciliación de Luna y Destellos); la abundancia de elementos alegóricos que no admiten un análisis riguroso, como el Puente de los Vientos; la nula anticipación de ritos y ceremonias que capítulos más tarde se relatarán con todo detalle; y la simplicidad de algunos personajes clave, desde el Astrobuco Herne hasta la propia Reina.
El agua de vida que proporcionan los mamíferos acuáticos mers, la original configuración laberíntica y ascendente de Carbunclo, la preponderancia que concede la autora a los personajes femeninos, el contraste entre Tiamat y Kharemough... son muchos los puntos positivos de la novela. Pero la mayoría de ellos se aprecian mejor una vez superado el reto de terminar la lectura, cuando nos podemos detener a reflexionar sobre ellos. Y eso es un mal síntoma, pues refleja la gran novela que "La reina de la nieve" pudo haber sido y no fue. De hecho, una década más tarde Vinge publicó una secuela de esta novela aún más larga que la original ("The summer queen", 1991) que a pesar de que llegó a ser finalista del Premio Hugo no se ha llegado a traducir que yo sepa al español, y que en todo caso no tengo intención de leer.
domingo, 17 de mayo de 2020
Donde solían cantar los dulces pájaros (1976). Kate Wilhelm
Con la presente entrada continúo reseñando novelas de referencia escritas por las principales escritoras de ciencia-ficción del género. Voy a hablarles hoy de "Donde solían cantar los dulces pájaros", la novela más conocida de la estadounidense Kate Wilhelm. Fue una de las primeras novelas escritas por mujeres que se alzó con el Premio Hugo en 1977, y sin embargo es probablemente uno de los Premios Hugo menos conocidos para el lector en español, al igual que le sucede a su autora. De hecho, durante muchos años la novela estuvo descatalogada, hasta que en el año 2009 la editorial Bibliópolis la reeditó con el título alternativo de "La estación del crepúsculo". Sin embargo para reseñarla hoy he preferido respetar el título de la edición original, que además es una traducción más respetuosa con su denominación original en inglés. Y que se trata sin duda de una obra muy variada. Especulativa, aventurera, catastrófica, sentimental, son adjetivos que se le pueden aplicar sin ningún problema. Eso sí, con cierta premura en su narración y con una densidad argumental que a veces juega a su favor pero otras en su contra.
Para el lector contemporáneo que descubra esta novela probablemente resultará una sorpresa encontrar tantas aventuras, avatares y matices en poco más de doscientas páginas, nada que ver con la morosidad de la literatura contemporánea. Y es que la novela arranca con un tono apocalíptico que evoluciona en seguida a distópico, pero a la vez da cabida a veces a un romanticismo nada epatante y está impregnada a lo largo de toda su extensión de una atmósfera entre bucólica y pastoral que puede recordar a Clifford D. Simak. El ritmo narrativo es tan alto que sólo en algunos capítulos de la tercera parte Wilhelm da algo de tregua al lector.
La estructuración en tres partes separadas en el tiempo y con diferente protagonista es, además de una apuesta original, un arma de doble filo: el médico humano David, la clon de primera generación Molly, y su hijo concebido tradicionalmente Mark (que vertebran cada una de ellas) pueden despertar más o menos simpatías, y todos comparten como vínculo la yuxtaposición a la comunidad que los acoge. Pero con esos saltos narrativos entre cada parte se corre el riesgo de que el lector pueda echarlos de menos, o que simplemente pierda interés por los acontecimientos que le suceden al nuevo protagonista. Sin llegar a ese extremo, por ejemplo, la segunda parte me pareció un poco superior a las otras dos, probablemente por una simple cuestión de gustos personales.
En su tiempo la novela se presentó como un referente en la técnica de la clonación humana, y es obvio que el tratamiento de la misma es uno de sus pilares, pero merece destacar que no es el único: al mismo nivel se sitúan en mi opinión las cambiantes necesidades de una sociedad autocontenida como la que imagina la autora en la Virginia rural para perdurar en el tiempo, así como la explícita reivindicación del ser humano "diferente" (creativo, inconformista, capaz de amar) frente a la uniformización social de su entorno. Una de las mejores reflexiones de la novela pero sobre la que Wilhelm quizá se posiciona de manera excesivamente rotunda.
Aunque los mayores defectos de la obra no son esos saltos narrativos y ese posicionamiento a los que ya he aludido, sino la falta de justificación primero y elaboración después para la catástrofe ecológica y económica que acaba dando lugar a la infertilidad, la velocidad a veces excesiva con la que Wilhelm relata ciertos sucesos, y la ausencia total de una mirada a lo que haya podido suceder más allá de la costa Este de los Estados Unidos (sólo ciertas menciones a que la sociedad de los clones parece ser la única que pervive en el mundo conocido). A un nivel inferior debo mencionar que las frecuentes y por lo general brillantes descripciones de los escenarios naturales pueden pecar de reiterativas y excesivamente poéticas.
A cambio, los frecuentes y muy amenos pasajes de exploración y aventura, la singular relación sentimental entre los clones Ben y Molly, el gradual crecimiento en capacidades, inquietudes y actos de Mark, así como todo lo que conforma la vida en la pequeña comunidad (el laboratorio, el hospital, la vieja granja, las ceremonias, incluso el auditorio) contribuyen al disfrute de una novela que se deja leer con agrado casi medio siglo después de su publicación.
Para el lector contemporáneo que descubra esta novela probablemente resultará una sorpresa encontrar tantas aventuras, avatares y matices en poco más de doscientas páginas, nada que ver con la morosidad de la literatura contemporánea. Y es que la novela arranca con un tono apocalíptico que evoluciona en seguida a distópico, pero a la vez da cabida a veces a un romanticismo nada epatante y está impregnada a lo largo de toda su extensión de una atmósfera entre bucólica y pastoral que puede recordar a Clifford D. Simak. El ritmo narrativo es tan alto que sólo en algunos capítulos de la tercera parte Wilhelm da algo de tregua al lector.
La estructuración en tres partes separadas en el tiempo y con diferente protagonista es, además de una apuesta original, un arma de doble filo: el médico humano David, la clon de primera generación Molly, y su hijo concebido tradicionalmente Mark (que vertebran cada una de ellas) pueden despertar más o menos simpatías, y todos comparten como vínculo la yuxtaposición a la comunidad que los acoge. Pero con esos saltos narrativos entre cada parte se corre el riesgo de que el lector pueda echarlos de menos, o que simplemente pierda interés por los acontecimientos que le suceden al nuevo protagonista. Sin llegar a ese extremo, por ejemplo, la segunda parte me pareció un poco superior a las otras dos, probablemente por una simple cuestión de gustos personales.
En su tiempo la novela se presentó como un referente en la técnica de la clonación humana, y es obvio que el tratamiento de la misma es uno de sus pilares, pero merece destacar que no es el único: al mismo nivel se sitúan en mi opinión las cambiantes necesidades de una sociedad autocontenida como la que imagina la autora en la Virginia rural para perdurar en el tiempo, así como la explícita reivindicación del ser humano "diferente" (creativo, inconformista, capaz de amar) frente a la uniformización social de su entorno. Una de las mejores reflexiones de la novela pero sobre la que Wilhelm quizá se posiciona de manera excesivamente rotunda.
Aunque los mayores defectos de la obra no son esos saltos narrativos y ese posicionamiento a los que ya he aludido, sino la falta de justificación primero y elaboración después para la catástrofe ecológica y económica que acaba dando lugar a la infertilidad, la velocidad a veces excesiva con la que Wilhelm relata ciertos sucesos, y la ausencia total de una mirada a lo que haya podido suceder más allá de la costa Este de los Estados Unidos (sólo ciertas menciones a que la sociedad de los clones parece ser la única que pervive en el mundo conocido). A un nivel inferior debo mencionar que las frecuentes y por lo general brillantes descripciones de los escenarios naturales pueden pecar de reiterativas y excesivamente poéticas.
A cambio, los frecuentes y muy amenos pasajes de exploración y aventura, la singular relación sentimental entre los clones Ben y Molly, el gradual crecimiento en capacidades, inquietudes y actos de Mark, así como todo lo que conforma la vida en la pequeña comunidad (el laboratorio, el hospital, la vieja granja, las ceremonias, incluso el auditorio) contribuyen al disfrute de una novela que se deja leer con agrado casi medio siglo después de su publicación.
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