Un apasionado de la literatura de ciencia-ficción y escritor a tiempo parcial que dedica parte de sus escasos ratos libres a compartir su pasión con el resto de aficionados.
domingo, 19 de abril de 2020
El nombre del mundo es bosque (1972). Ursula K. LeGuin
Adscrita como la mayoría de sus obras al Ekumen (una federación galáctica de mundos habitados por seres humanos), LeGuin plantea en sólo ocho capítulos el enfrentamiento entre los athstianos, los nativos del planeta Nueva Tahiti, y los humanos que los explotan como esclavos para exportar la madera de sus bosques. Un enfrentamiento que permite ya desde su excelente primer capítulo explorar las dos principales vertientes de la novela: la anti-utópica, a causa del impacto que causan los colonos humanos en la sociedad athsiana, y la ecológica, por la devastación que irremisiblemente acarrea la tala masiva. En especial debo destacar que la autora fue pionera en tratar dentro del género la cuestión ecológica, tan vigente medio siglo después en nuestra sociedad.
A pesar de que predominan las descripciones sobre los diálogos, la novela fluya con naturalidad, acompañada a menudo por jugosas reflexiones sociológicas y psicológicas. Conforme avanza la lectura descubriremos que esa componente distópica encierra en realidad una dura crítica a las colonizaciones que tantas veces se han repetido en nuestra historia. Una crítica con la que podremos estar más o menos de acuerdo, pero que tal cual la presenta LeGuin creo que queda excesivamente simplificada, poco más que una obvia separación entre "los buenos" (los nativos, por cierto una sociedad matriarcal) y "los malos" (los colonos humanos, como podrán ustedes adivinar unos machistas que asolan una sociedad athstiana excesivamente idílica en origen).
Un punto fuerte de la novela es que cuenta la historia desde los dos puntos de vista, el humanoide y el humano, a partir de sus dos principales protagonistas, el athstiano Selver y el Capitán Davidson. Personajes muy bien caracterizados que aportan una amplia perspectiva de la situación, ayudándonos así a entender mejor el conflicto (e incluso incitando en el lector el rechazo más absoluto a determinados comportamientos violentos en los que la autora parece recrearse). Eso sí, a mi modo de ver la radicalización de Davidson resulta un tanto repentina, aunque podría argumentarse que la destrucción de campamento Smith lo justifica. Por otra parte las descripciones del planeta son brillantes, los acontecimientos se suceden rápidamente y no hay espacio para el aburrimiento, pero creo que a la novela le habrían beneficiado más diálogos y menos párrafos de reflexión.
El desenlace un tanto inesperado en su séptimo capítulo constituye el último logro de esta pequeña novela, que sigue funcionando a día de hoy como llamada de atención sobre los devastadores efectos que estamos teniendo como raza sobre nuestro entorno. Pero que quizá ha perdido fuerza en su crítica al colonialismo y al femenismo entendido como enfrentamiento entre sociedades patriarcales y matriarcales.
sábado, 11 de abril de 2020
Las escritoras de ciencia-ficción
Una vez terminado el recorrido que durante los dos últimos años he realizado por muchas de las novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula desde su creación hace más de medio siglo, toca proponer una nueva temática para quienes siguen este humilde blog. Y considero que ha llegado el momento de fijarme en las escritoras de ciencia-ficción, o lo que es lo mismo, en la literatura de ciencia-ficción escrita por mujeres. Considero que es el momento porque durante los últimos lustros estamos viviendo un auge sin precedentes en cuanto a la liberación de la mujer y a su reconocimiento pleno como género. Un reconocimiento por supuesto plenamente justificado, y que refleja la madurez que están alcanzando las sociedades en muchas partes del mundo (otra cosa es el denominado feminazismo, o el menosprecio que ciertos sectores quieren imponer sobre el género masculino, pero no es éste afortunadamente un blog político, así que simplemente indicar que no me voy a fijar en esas igualmente reprobables tendencias). Un reconocimiento, decía, que en el ámbito de la literatura de ciencia-ficción está sucediendo de manera análoga al resto de la sociedad. Y que está resultando claramente apreciable tanto en el volumen de novelas publicado por escritoras, que no ha parado de crecer desde que empezó el siglo, como en los galardones que están recibiendo muchas de esas novelas. Por decirlo en pocas palabras: la ciencia-ficción actual es un género literario mayoritariamente femenino.
Esta realidad contrasta con el papel que desempeñaron las escritoras durante los primeros pasos de la ciencia-ficción. Desde su surgimiento hace prácticamente un siglo hasta la década de los sesenta, escritores, editores y lectores fueron mayoritariamente masculinos. En particular la space opera fomentaba el paradigma de los hombres aventureros capaces de cualquier hazaña, y los personajes femeninos eran muy escasos y superficiales. No fue hasta la consolidación de la new wave en la segunda mitad de los sesenta cuando algunas escritoras pioneras empezaron a abirse hueco en este mundillo aparentemente inaccesible, con mención especial para la estadounidense Ursula K. LeGuin, sin duda una figura clave en esta revolución femenina dentro del género.
Durante las tres décadas siguientes comenzaron a ser cada vez más frecuentes las escritoras, y varias de ellas obtuvieron ya entonces los principales premios del género, aunque éste seguía siendo en esencia un mundo masculino. Pero con el cambio de siglo esta tendencia se aceleró, y hace ya años que la lista de nominados para los Premios Hugo o Nébula es principalmente una lista de mujeres (casi podríamos hablar de lista de "nominadas" a secas sin necesidad de recurrir al siempre fatigoso lenguaje inclusivo). Y es que a lo largo de este último medio siglo las escritoras han aportado al género una visión más íntima, una mayor exploración del mundo interior de los personajes, una serie de inquietudes que hasta entonces no se habían tratado en demasía (desde el cambio climático hasta la sexualidad o la prevalencia de uno u otro sexo). Y en muchos casos una calidad literaria de la que no andaba sobrada la literatura de ciencia-ficción durante sus primeras décadas de existencia.
Debo reconocer no obstante que por ahora ninguna de las escritoras de ciencia-ficción que he tenido oportunidad de leer ha llegado al extremo de formar parte de mi lista de escritores favoritos, con Robert Silverberg, Isaac Asimov y Fred Hoyle a la cabeza. Tal vez sea porque en algunos casos el enfoque femenino del género ha menoscabado en parte algunas de las facetas que más me atraen del género (el componente científico o las grandes dosis de acción y aventura). O tal vez simplemente porque aún no he tropezado con la escritora que conecte plenamente con mis gustos y debilidades. Pero en todo caso durante este último medio siglo son decenas las escritoras recomendables que ha albergado la ciencia-ficción, y las cuatro que ilustran la presente entrada (Ursula K. LeGuin, Lois McMaster Bujold, Connie Willis y Jo Walton) son estupendos ejemplos.
Como he hecho en ocasiones anteriores, lo que voy a hacer es proponerles una lista de escritoras con una de sus novelas de referencia, para poder ofrecer un panorama lo más amplio posible para el lector en español. Muchas de estas novelas ya han tenido su entrada independiente por una u otra razón en el blog; en esos casos simplemente adjuntaré el enlace a dicha reseña. Pero la lista me va a servir también para presentarles una serie de novelas que hasta ahora no había tenido ocasión de reseñar, y que espero que les ayuden a completar esa visión global sobre el papel de las escritoras en el género.
Sin más demora, aquí va la lista:
"El nombre del mundo es bosque" (1972) - Ursula K. LeGuin
"Viaje interminable" (1975) - Marion Zimmer Bradley
"Donde solían cantar los dulces pájaros" (1976) - Kate Wilhelm
"Serpiente del sueño" (1978) - Vonda N. McIntyre
"La reina de la nieve" (1980) - Joan D. Vinge
"La estación downbelow" (1981) - C.J. Cherry
"El cuento de la criada" (1985) - Margaret Atwood
"Ethan de Athos" (1986) - Lois McMaster Bujold
"La puerta al país de las mujeres" (1988) - Sheri S. Tepper
"El libro del día del juicio final" (1992) - Connie Willis
"Bailando en el aire" (1993) - Nancy Kress
"Río lento" (1995) - Nicola Griffith
"Restos de población" (1996) - Elizabeth Moon
"El despertar del milenio" (1999) - Jane Jensen
"Ladrona de medianoche" (2000) - Nalo Hopkinson
"Rosa cuántica" (2000) - Catherine Asaro
"Almas en guerra" (2004) - Liz Williams
"Una mujer del Pueblo de Hierro" (2005) - Eleanor Arnason
"El círculo de Farthing" (2006) - Jo Walton
"El último hombre mortal" - Syne Mitchell (2006)
"En tiempos de guerra" (2007) - Kathleen Ann Goonan
"Justicia auxiliar" (2013) - Ann Leckie
"El largo viaje a un planeta iracundo" (2014) - Becky Chambers
"Autonomous" (2018) - Annalee Newitz
"Hacia las estrellas" - Mary Robinette Kowal (2018)
Por cierto que esta tendencia imparable a la que aludía antes continúa con más fuerza si cabe, porque mientras preparaba esta entrada he conocido los escritores nominados al Premio Hugo a la mejor novela de 2020, y ya sí que puedo hablar directamente de "escritoras", porque todas ellas son mujeres. Así que sólo espero que ésta y las próximas reseñas contribuyan a erradicar esa percepción que en muchos países de habla hispana tienen aún de la ciencia-ficción como un género por y para hombres. E incluso que alguna escritora en nuestro idioma dé el paso y se anime a publicar también ciencia-ficción y no sólo novela histórica o negra. Será una señal de que también nosotros nos subimos al carro de la contemporaneidad.
martes, 31 de marzo de 2020
Autonomous (2018). Annalee Newitz
Sin duda lo mejor de "Autonomous" es su componente distópica: esa sustancia llamada Zacuidad que sublima la adicción al trabajo resulta tan plausible como inquietante. Al igual que lo es que buena parte de la población sufra de un acceso restringido a medicamentos básicos a causa del capitalismo exacerbado, así como la comprensible aparición de piratas farmacéuticos que tratan de mitigar esta situación. Al mismo nivel de acierto se sitúan los servicontratos, consecuencia lógica de la cada vez menos nítida distinción entre seres humanos y biobots, y que crean unos vínculos sociales reprobables pero incuestionables. En realidad Newitz no reflexiona demasiado sobre estas cuestiones, pero su sola presencia ya estimula las especulaciones en la mente del lector.
El otro acierto principal de la novela es, en mi opinión, su marco escénico. Aunque las descripciones no son el punto fuerte de la escritora, el que el calentamiento global haya derretido los polos y en consecuencia buena parte de la acción transcurra en lugares de latitudes tan elevadas como Iqaluit, Saskatoon o Moose Jaw resulta original y creíble. También la Casablanca reconvertida en el paraíso de los investigadores libres, o incluso las modificaciones tecnológicas y culturales que transforman Las Vegas o Vancouver, todas estas ciudades potencian el siempre necesario en el género sentido de la maravilla.
Pero todo lo demás me decepcionó. Quizá lo peor sea lo dificultosa que se vuelve la lectura casi desde la primera página: una prosa poco fluida, con frases que requieren pausa y concrentración para ser desentrañadas, unos diálogos a menudo forzados y una obsesión injustificada por detalles informáticos y de protocolos de telecomunicaciones. Los cuales sin duda reflejan los conocimientos de la autora al respecto, pero que al mismo tiempo desesperan con sus intercambios de claves privadas, sus repositorios de código o sus archivos de sistema. Tampoco ayuda a semejante panorama una de las peores traducciones que he leído en la habitualmente cuidada Colección Minotauro, imprecisa y con errores de bulto.
Lo que es peor: el desarrollo de la novela deja mucho que desear. La alternancia de dos líneas narrativas (una protagonizada por la pirata Jack Chen y Trescero, la otra por el agente Eliasz y su biobot ayudante Paladín) sería un recurso válido si las dos albergaran parecido interés y se entrecruzaran y retroalimentaran conforme avanzan los capítulos. No es el caso de "Autonomous": la segunda es mucho menos interesante (poco más que un recorrido sin mucha premeditación de sus protagonistas por distintos lugares para intentar justificar el establecimiento de su relación afectiva), y ambas divergen hasta el antepenúltimo capítulo (que no es otro que el desenlace...). Además, los flashbacks en la primera de ellas no se van presentando de modo estructurado, sino que Newitz recurre a ellos sobre la marcha, justo cuando los necesita, con el agravante de que casi hasta el final nos ocultan información que habría sido esencial para haber entendido mejor la trama desde el comienzo (y además perjudicando el ritmo narrativo). Por otra parte, la caracterización de los personajes principales es muy pobre (poco más que algunas inquietudes esenciales), e incluso quien al final resuelve la problemática gracias a Retrocon no es uno de los protagonistas. Y por supuesto la relación de amor que construye Newitz entre Eliasz y Paladín, cambio de género mediante, es completamente inverosímil.
Aunque en las últimas cincuenta páginas la novela remonte un poco, nos proponga un buen desenlace (con tensión y ¡al fin! la convergencia de todos los protagonistas), y una especie de epílogo que logra atar cabos de varios personajes, no puede ocultar todos los aspectos negativos ya resaltados. Así que a pesar de su carga especulativa y sus escenarios, me cuesta entender que esta novela llegara a ser nominada a los Premios Nébula. ¿Tan preocupante es el panorama de la ciencia-ficción contemporánea?
domingo, 15 de marzo de 2020
El problema de los tres cuerpos (2015). Cixin Liu
Es complicado sintetizar todo lo que encierra esta novela a nivel narrativo y a nivel especulativo. Desde la dramática y poco conocida en Occidente Revolución Cultural China de los años sesenta, pasando por el primer contacto con una civilización extraterrestre, deteniéndose en un originalísimo videojuego, y rematando el conjunto con organizaciones secretas y operaciones militares, todo ello en menos de cuatrocientas páginas. Las cuales le permiten al escritor además reflexionar sobre las posibles reacciones a tal contacto, sobre la supeditación de las vidas humanas al mismo, o sobre el papel que habría podido desempeñar China en todos estos avatares. Sin rehuir por cierto varias críticas nada veladas a lo peor del régimen comunista durante los últimos cincuenta años.
Otro punto fuerte del libro es el tratamiento del elemento científico: desde la teoría de transmisión de señales hasta la arquitectura de ordenadores, desde la astrofísica hasta los aceleradores de partículas, prácticamente todo cabe en su interior. Eso sí, se trata de una lectura exigente y no apta para personas legas en ciencia y tecnología. Además, Cixin no renuncia a una especulación científica de altos vuelos sobre las capacidades de la civilización trisolariana, y aunque el desdoblamiento multidimensional de las partículas fundamentales que nos propone me ha resultado inverosímil, también me ha parecido muy sugestivo respecto a sus posibilidades.
A menor escala, el elemento literario me ha sorprendido gratamente. Tratándose de una novela de ideas, no es reprochable que los personajes secundarios resulten superficiales o incluso difíciles de retener a causa de sus poco familiares nombres chinos (¡qué acierto listar el elenco de personajes al comienzo del libro!). Pero los tres principales (la astrofísica Ye Wenjie, el investigador en nanomateriales Wang Miao y el comisario de policía Da Shi) están bien caracterizados, y sus vivencias y motivaciones resultan naturales a ojos del lector. Por otra parte, la novela es toda una exhibición de técnicas narrativas: desde capítulos que son meros interrogatorios hasta otros conformados simplemente por extractos de documentos, desde las habituales narraciones en tercera persona hasta la historia de Wei Cheng narrada por él mismo. Es de agradecer el esfuerzo del escritor en este aspecto.
Sin embargo, a pesar de todo lo anterior la novela no me ha parecido del todo redonda, y quizá sea esa la explicación de por qué no llegó a alzarse con el Premio Nébula de 2015. Aparte de mi lógica falta de adaptación a la literatura asiática (con sus frecuentes e impredecibles saltos entre pasado y presente y entre escenarios diversos no siempre fáciles de asimilar, con sus diálogos a menudo bruscos, su prosa más prolija en imágenes y una inesperada frialdad a la hora de presentar episodios de violencia), prácticamente todos los capítulos dedicados al videojuego Tres Cuerpos me resultaron pesados y carentes del ritmo del resto del libro. Asimismo el hilo conductor de la novela se pierde a veces entre tanta vastedad de temas, y ello afecta en cierta medida a su capacidad de cautivar. Por otra parte la novela adolece de un clímax y de un desenlace como tal, quizá porque en su tramo final su autor estaba más pendiente de preparar el terreno para posteriores entregas de la saga (a día de hoy convertida en trilogía). Y por último Cixin deja sin explicar algunos detalles con los que ha ido capturando la atención del lector (por ejemplo la desasosegante cuenta atrás que atormenta a Wang Miao). Aun así, el balance es positivo y la novela es recomendable. Aunque no me gustó tanto como para animarme a leer rápidamente los otros dos títulos de la saga ("El bosque oscuro" y "El fin de la muerte"), que todavía tengo pendientes.
martes, 25 de febrero de 2020
Aniquilación (2014). Jeff VanderMeer
Antes de nada debo aclarar que mi valoración claramente favorable de la novela estuvo condicionada por haberse concebido ya desde el principio como primera entrega de la trilogía. Este hecho me hizo adoptar en todo momento una postura mucho menos exigente respecto a las aclaraciones y justificaciones proporcionadas por VanderMeer en esta primera entrega. Que son pocas e inconexas (nada se dice por ejemplo de cuestiones tan relevantes como la ubicación del Área X o de la naturaleza del Reptador). Pero que pasan relativamente desapercibidas frente a la coherencia ambiental y argumental que preside el libro.
Y es que son esos dos pilares los que aseguran el éxito de la novela: su ambientación y su argumento. La primera recrea una zona biológicamente equilibrada, bien estructurada gracias a sus zonas claramente diferenciadas (la frontera, el campamento base, la Torre, el poblado y el Faro), y con el suficiente número de especies reconocibles para que los elementos misteriosos de la misma no resulten completamente inverosímiles. Y el segundo, partiendo de la intrigante naturaleza del Área X, plantea una sencilla expedición compuesta por cuatro mujeres de las que sólo conocemos su profesión, a las que la asfixiante presión de lo desconocido conduce a desenlaces tan cautivadores como trágicos.
El tercer gran acierto de la novela es la habilidad narrativa del escritor. La elección de la bióloga como relatora en primera persona de una única línea narrativa es tan poco original como efectiva para que el lector se identifique con ella y empiece a experimentar sus aventuras. A ello hay que añadirle su capacidad para crear una atmósfera intrigante y opresiva, que linda con los géneros de la fantasía y el terror pero consigue mantener el rigor suficiente para no epatar al aficionado a la ciencia-ficción. Sin llegar a revelar más de lo estrictamente necesario en ningún momento, el autor entrega recurrentemente pequeñas píldoras que mantienen el interés del lector. Su prosa está literariamente elaborada, con matices líricos que la enriquecen sin llegar a resultar cargantes. Y su concisión (cinco capítulos y poco más de doscientas páginas) resulta refrescante en una época como la actual, caracterizada por páginas y más páginas de relleno.
Aparte de sus misterios no resueltos y de sus concesiones fantasiosas, la novela adolece de otros defectos menores como la innecesaria concesión a las modas de que todos los personajes sean femeninos (una circunstancia que no tiene relevancia alguna en los acontecimientos), ciertos comportamientos poco sensatos de la bióloga (como cuando casi al final renuncia a seguir explorando los niveles inferiores de la Torre y emprende el camino de regreso), y algún flashback a sus vivencias previas excesivamente extenso, que le resta ritmo narrativo al tiempo presente. A cambio, la excelente exploración psicológica que VanderMeer realiza de la bióloga, y el intenso final que remata su aventura (el cual recrea con acierto episodios previos de su vida) terminan de refrendar que estamos ante una novela notable. Y de paso reafirmaron mi decisión de continuar con la lectura de la trilogía, aunque por circunstancias varias aún no la he puesto en práctica.
domingo, 2 de febrero de 2020
Justicia auxiliar (2013). Ann Leckie
Lo mejor en mi opinión del libro son las ideas con las que Leckie renueva el clásico subgénero de la space opera. Sobre todo al dotar a sus naves militares de una inteligencia artificial que les permite actuar como personas. Pero también al equipar a esas naves con "auxiliares", antiguos seres humanos de planetas colonizados por el Radch, hibernados y posteriormente reconvertidos y revividos para servir como tropas de la nave, formando así con ella un todo indivisible, omniscente y multi-presencial que da lugar a una experiencia multi-sensorial realmente cautivadora. No se queda atrás el recurso a la clonación de la lord del Radch, Anaander Mianaai, como forma de controlar y dirigir en la misma dirección un imperio tan vasto. Incluso la idea, muy en línea con las modas actuales, de eliminar el género del idioma radchaai de manera que todos los personajes sean aparentemente femeninos, es original, aunque también confusa y probablemente innecesaria para la trama.
Además de lo anterior, la escritora es respetuosa con varios de los elementos básicos de la space opera: hay un imperio, y por tanto tropas imperiales, muertes que dinamizan la narración, entornos cautivadores, yuxtaposición entre conservadurismo (los "malos") y renovación (los "buenos"), incluso una dosis de misterio en la línea de Isaac Asimov... Hasta ahí muy bien.
Los problemas empiezan con la elección de la protagonista y buena parte de sus actos y de los acontecimientos en los que se ve envuelta. Breq, la única auxiliar superviviente del crucero militar Justicia de Toren, es una narradora fría, innecesariamente minuciosa con los lapsos de tiempo, y cuyo interés en la capitana Seivarden no se llega a entender bien. Además, las dos líneas narrativas que se van alternando hasta llegar al tiempo presente de la novela (la pretérita en Shis'urna y la actual en Nilt) no ofrecen el mismo interés (la pretérita es claramente más floja), y durante el primer tercio de la novela ambas son principalmente descriptivas, de ritmo pausado, y no logran encender la mecha que estimule al lector para que pase las páginas rápidamente.
Si a ello le añadimos que el clientelismo que supuestamente da sentido a las relaciones sociales entre casas/familias no se termina de aprehender, que Leckie oculta conscientemente información básica al lector en un fallido intento de que la novela funcione a varios niveles, que la excusa que da lugar a determinadas situaciones es muy floja, que la escritora revela demasiado a menudo detalles del Radch sobre la marcha, que el elemento científico no está especialmente cuidado (aunque a cambio los mitos religiosos están sobredimensionados), y que su prosa resulta un tanto simple e impersonal, se entenderá por qué aun hoy me cuesta comprender que estemos ante una de las novelas más premiadas de la historia del género.
A cambio, es cierto que podemos encontrar algunos buenos momentos (fundamentalmente el del puente de cristal y los capítulos finales), un desenlace coherente en general y bastante aclaratorio respecto a los personajes principales, y la suficiente riqueza temática en el universo creado por la autora como para poder expandir la novela a trilogía. Que fue lo que hizo su autora en años posteriores con "Espada auxiliar" (2014) y "Misericordia auxiliar" (2015), ambas disponibles para el lector en español gracias al éxito de la primera entrega, y que aunque no llegaron a repetir premio fueron las dos finalistas del Premio Nébula en los dos años posteriores. Aunque con la relativa decepción que me supuso esta "Justicia auxiliar" no puedo opinar sobre ellas, puesto que por ahora no me he animado a leerlas.
domingo, 26 de enero de 2020
Embassytown. La Ciudad Embajada (2011). China Mieville
Quizá mi impresión final mayormente desfavorable se viera condicionada por el primer tercio de la novela (sus tres primeras partes). Y es que aunque la prosa de Mieville resulta agradable al inicio, y la ambientación de la Ciudad Embajada dentro de la urbe de los Ariekeies cautivadora, durante todas esas páginas la paciencia del lector se pone prueba. No tanto por la cantidad de nuevos (y en su mayoría ingeniosos y bien razonados) conceptos, que eso para el aficionado a la ciencia-ficción no es un obstáculo, sino por la ausencia casi total de acontecimientos (apenas un par de recepciones/fiestas que el escritor estira mucho más de lo deseable), por una continua alternancia entre pasado y presente para no revelar apenas nada que resulta frustrante, y por un ritmo lentísimo, con páginas y más páginas de puro relleno. Así que cuando empieza la cuarta parte (Adictos) y la novela por fin empieza a permitir que nos sumerjamos en ella, el daño a nuestra capacidad de disfrute es ya casi irreparable.
Pero a mi modo de ver tampoco entonces la novela consigue engancharnos. Fundamentalmente por culpa de un elenco de personajes amplio y bien compensado entre Terre y Anfitriones, pero muy esquemático, más propio de los primeros pasos del género hace casi cien años: como mucho podremos profundizar en la evolución de su protagonista, Avice, pero el resto de los humanos apenas llegan a cobrar vida ante nosotros, por muchas páginas que ocupen. De hecho, es curioso que alguno de los Ariekei terminen resultándonos proporcionalmente más reconocibles (tal es el caso de Colmena o de Bailaora Española). Entiendo que "Embassytown" es más una novela de ideas y reflexiones que de aconteceres, pero en mi opinión el cuidado que presta el escritor a los encargados de motivar esas reflexiones queda por debajo del mínimo exigible.
Si a lo anterior le añadimos la complejidad de la principal idea que sustenta la novela (el control de una raza alienígena gracias a la evolución de su lenguaje), lo confusas que resultan las descripciones de los episodios en espacios abiertos, un grado de violencia superior al necesario en una novela tan especulativa, y la inconsistencia de algunas ideas (como por ejemplo el hecho de que sólo haya un enclave humano por la imposibilidad de respirar el aire del planeta, para más adelane descubrir que abundan los enclaves de colonos y granjeros humanos), se entenderá la decepción que me supuso su lectura.
Y es una pena, porque todo lo que plantea Mieville respecto al Idioma Ariekei (su fonética corte-giro, el que sólo los Embajadores puedan hablarlo, la imposibilidade de mentir por su propia naturaleza, la manera como finalmente Bailora Española consigue hacerlo evolucionar) apela a la inteligencia del lector y refleja el incuestionable dominio del escritor sobre este tema. Así como lo relativo al ínmer, la condición de puerto-frontera de la Ciudad Embajada y sus intercambios mercantiles, toda la pléyade de biodispositivos, los esfuerzos colonizadores de Bremen, el insospechado efecto que produce en los Ariekei el Embajador EzRa, las facciones en que se fraccionan los Ariekei conforme los acontecimientos por fin empiezan a desarrollarse, e incluso la morfología de los propios alienígenas, hubieran merecido una mejor impresión por mi parte. Pero ni siquiera la meritoria forma en la que el escritor va haciendo entrar en juego a sus distintos personajes en el desenlace consiguió eliminar del todo mi sensación de fatiga, y mis ganas por llegar cuanto antes al final para comenzar otra novela. Lo dicho, una pena.
sábado, 11 de enero de 2020
Los Premios Nébula: la década actual
Que la sociedad occidental está asistiendo en esta última década al auge de las mujeres en todos los ámbitos es incuestionable. Un auge que, aunque con sus lógicas sombras, considero necesario para de una vez por todas permitir a más de la mitad de nuestra población realizarse al mismo nivel que sus compañeros masculinos. Y lógicamente la literatura de ciencia-ficción no ha escapado a este auge; de hecho, mientras que en la década de los sesenta sólo tres mujeres estuvieron nominadas a estos prestigiosos premios, en la década actual ya han sido nominadas casi treinta escritoras, y algunos años han sido mayoría aplastante entre los nominados. La relevancia de las mujeres en el género es tal que, adelantando unos meses los acontecimientos, puedo anticipar que el siguiente tema que tratará este humilde blog cuando termine la reseña de los Premios Nébula será un recorrido por las escritoras más relevantes del género y por algunas de sus novelas de ciencia-ficción de cabecera.
Y dentro de esta literatura escrita por mujeres, sin duda la escritora de referencia en la presente década ha sido N.K. Jemisin, quien ilustra la presente entrada. Una escritora que se ha alzó con el Premio Nébula a la mejor novela del año 2018 con "El cielo de piedra", y que ha sido nominada nada menos que en otras cinco ocasiones (es decir, un reconocimiento casi tan alto como el que alcanzó el veterano Jack McDevitt en la década anterior). Y que se caracteriza por haberse especializado en un nuevo subgénero (¡otro más!) que está arrasando a nivel mundial estos últimos años: la science fantasy. Que viene ser una especie de mezcla entre ciencia-ficción clásica y fantasía, que mantiene su componente de ficción especulativa y la combina con elementos de ambos mundos.
Ahora bien, como ya saben bien quienes siguen este blog, para mí la fantasía es el subgénero menos interesante que ha surgido dentro de la ciencia-ficción. Por lo que con la science fantasy no he hecho una excepción: no he leído ninguna novela que reciba esta etiqueta, y por ahora mi lista de libros pendientes (dentro y fuera de la ciencia-ficción) es lo suficientemente amplia como para seguir unos cuantos años más sin darle una oportunidad. Este hecho, unido al que al ser novelas de publicación reciente muchas de ellas aún no han sido traducidas al español, o lo han sido tan recientemente que aún no he tenido oportunidad de leerlas, provoca que la lista de novelas de la presente década que voy a reseñar sea la más breve de todas, e incluso haya años que no tengan una sola novela de referencia entre ganadoras y nominadas. Aquí la tienen:
2011:
Ganadora: "El apagón / Cese de alerta" - Connie Willis
2012:
Ganadora: "Entre extraños" - Jo Walton
Nominada:
"Embassytown. La ciudad embajada" - China Mieville
2013:
Ganadora: "2312" - Kim Stanley Robinson
2014:
Ganadora:
"Justicia auxiliar" - Ann Leckie
2015:
Ganadora:
"Aniquilación" - Jeff VanderMeer
Nominada:
"El problema de los tres cuerpos" - Cixin Liu
2016:
Ganadora:
"Un cuento oscuro" - Naomi Novik
2017:
Ganadora:
"Todos los pájaros del cielo" - Charlie Jane Anders
2018:
Ganadora:
"El cielo de piedra" - N. K. Jemisin
Nominada:
"Autonomous" - Annalee Newitz
2019:
Ganadora:
"The calculating stars" (no traducida) - Mary Robinette Kowal
Como pueden ver, además de la mayoritaria presencia femenina, aún se ha "colado" algún que otro escritor "clásico" (Jack McDevitt o Kim Stanley Robinson) y algunos escritores que ya empezaron a despuntar en la pasada década pero que se han consolidado en la presente (Neil Gaiman, China Mieville, Jeff VanderMeer). También llama la atención cómo la literatura no occidental se ha abierto finalmente camino en estos premios gracias a Cixin Liu, el escritor chino que gracias a la traducción del estadounidense de origen chino Ken Liu ha consolidado la que quizá sea la novela más popular de estos últimos años, "El problema de los tres cuerpos". Y lo que es más importante para mí: a pesar de tanta fantasía y tanta science fantasy, aún ha habido hueco para novelas de ciencia-ficción contemporáneas pero de base clásica, que para mí siguen siendo las que mejor reflejan este maravilloso género. Así que les animo a que me acompañen a recorrer estos últimos años de los Premios Nébula en las siguientes entradas.
lunes, 30 de diciembre de 2019
La chica mecánica (2009). Paolo Bacigalupi
Probablemente el mayor lastre de esta notable novela sea su dificultad para atraer al lector medio. Ya el primer capítulo es todo un tratado de todo lo que no hay que hacer si queremos ganarnos al lector: irresponsablemente largo, lleno de términos desconocidos y no explicados, fallido a la hora de ponernos en situación, ineficaz como detonante que nos anime a pasar las páginas... Dificultades que resultan extensibles a buena parte de la novela: sólo un lector tenaz, con buena memoria y capacidad de deducción, será capaz de orientarse entre los distintos conflictos, de deducir el significado de tantos y tantos términos, o de ir encontrando los vínculos entre las distintas líneas narrativas. Se echan de menos más referencias temporales, más explicaciones, más contextualizaciones...
A esa inesperada desorientación contribuye un título realmente desafortunado: la chica mecánica no es el personaje en torno al cual gira la novela, pero durante varios cientos de páginas el lector esperará en buena lógica que así sea, lo que indirectamente contribuirá a restar atención al resto de personajes que irán desfilando ante él. Incluso un título tan genérico como por ejemplo "Caos en Bangkok" hubiera reflejado mucho mejor el argumento del libro. Que, por otra parte, es sorprendentemente simple para una novela de su extensión: un conflicto de poderes entre dos ministerios, del cual las corporaciones transnacionales quieren sacar partido, y cuyos enfrentamientos se recrudecerán tras un par de asesinatos clave sucedidos con tan sólo unos días de diferencia.
En el otro extremo de la balanza se sitúa sin duda la excelente ambientación del Bangkok del siglo XXII. Con un contexto ominosamente verosímil (una época de Expansión que concluyó en el siglo XXI cuando se agotaron los combustibles tradicionales, la posterior Contracción, cuya devastación fue mayor aún a causa de todas las plagas genéticas, y una tímida recuperación en países puntuales como una Tailandia que se ve acechada por los fabricantes de calorías a causa de su histórico aislamiento, que le ha permitido superar mutaciones y enfermedades alimenticias), Bacigalupi crea una enorme cantidad de conceptos en campos como la genética (megodontes, chesires, neoseres), las enfermedades (cibiscosis, roya, cerambicido), o la alimentación (U-Tex, AgriGen, PurCal), los mezcla con elementos culturales y sociales del siglo XX tailandés (como los puestos de comida ambulante, los esquifes o los rickshaws), los adereza una y otra vez con multitud de vocablos thai (farang, wai, khun), y crea un microcosmos muy potente, al que le sobran callejones y episodios de calor pero no le falta nada.
El otro punto fuerte de la novela es su intensidad: aunque a veces peque de excesivamente violento o incluso de sádico, el escritor consigue que poco a poco las distintas líneas narrativas se alejen de su aparente normalidad inicial y se conviertan todas ellas en focos de tensión. Es cierto que no todos los personajes que las vertebran están igual de conseguidos (por ejemplo las reiteradas conversaciones del espíritu de Jaidee con Kanya llegan a fatigar), y que los actos de algunos de ellos no siempre parecen coherentes con su comportamiento anterior (sin ir más lejos es el caso de Robert Carlyle), pero en general el lector tenaz llegará a verlos cobrar vida ante sus ojos, y desde bastante antes del final la intensidad será tal que tendrá la impresión de estar leyendo ya el desenlace.
Un desenlace por cierto tan cruento como cabría esperar, y no del todo preciso a la hora de atar cabos para todos los personajes que sobreviven, pero suficientemente convincente gracias al esperable triunfo de un bando y la posterior sorpresa final de la derrota global, y sobre todo con esa puerta abierta a una continuación que deja el epílogo. Aunque no sé si Bacigalupi se atreverá alguna vez a escribirla, porque mi impresión tras completar la lectura es que ya aprovechó bastante todos los elementos puestos en juego en esta novela, cuyo impactante futuro empieza a resultarnos ya inquietantemente reconocible.
domingo, 15 de diciembre de 2019
Cauldron (2007). Jack McDevitt
Porque durante casi toda su primera mitad, "Cauldron" parece emular a "Odisea", y ser más una excusa para continuar alargando la saga a partir de cuestiones políticas y económicas internas de la Tierra que una novela de exploración galáctica, que es lo caracteriza a la saga y lo que en realidad se narrará en su segunda mitad. Se trata de un tramo excesivamente largo, falto de tensión en su mayor parte, y recurrente a causa de los dos ensayos del motor transdimensional que relata McDevitt, relativamente similares. Si bien he de reconocer que el recurso al nuevo motor Locarno, mucho más veloz que los Hazeltines en los que hasta ese momento se había basado toda la exploración interestelar, es una buena forma de darle una vuelta de tuerca a la saga sin llegar a repetirse, y las penurias por las que atraviesa la exploración espacial tras el cierre de la Academia un trasfondo creíble.
Probablemente lo mejor de todos los preparativos que preceden a la travesía hasta el centro de la galaxia sea la naturalidad con la que McDevitt va recuperando a muchos de sus personajes de las cinco novelas anteriores, hasta llegar al delicioso cameo de varios de ellos en uno de los eventos para recaudar fondos organizado por la fundación Prometeo. Aunque el personajes de Antonio, el "Doctor Ciencia", que precisamente no es uno de ellos, se cuela en la tripulación de la travesía de manera poco convincente y desentona un tanto del resto de miembros. Y la edad de Priscilla Hutchins, la emblemática protagonista de la saga, se estira más de lo creíble para mostrarla aún lozana, en plenas facultates físicas e incluso con hijos universitarios a sus casi noventa años.
En todo caso, una vez el Locarno confirma su viabilidad y comienza el viaje al núcleo de la galaxia, la novela cobra otra dimensión y se sitúa a la altura de los mejores pasajes de la saga: McDevitt cautiva al lector con la verosimilitud de todo lo que rodea a los viajes transdimensionales, sus notables conocimientos astronómicos, su capacidad para reflejar la vida a bordo de las naves, o la naturalidad con la que utiliza sus Inteligencias Artificiales. Además, el escritor aprovecha el recorrido para intentar cerrar algunas cuestiones que habían quedado abiertas en novelas anteriores (desde la civilización que construyó el Chindi hasta el ente que fabrica las nubes Omega), y lo hace con aventuras y episodios de tensión, a menudo dramáticos hasta el extremo de acabar con la vida de alguno de los integrantes de la expedición.
El principal pero que ponerle a esta segunda mitad de la saga es que el escritor pasa demasiado deprisa por Makai 447, Sigma 2711 o incluso la zona Mordecai. Y es que muchos de estos lugares habrían dado en otro punto de la saga para mucho más que treinta o cuarenta páginas. Una impresión que se acentúa si se comparan los acontecimientos en tan sugestivos lugares con la morosidad de la primera parte. Parece claro que pesó más en McDevitt su intención de rematar de la manera más completa posible la saga que su conocida tendencia a recrear y explorar lugares fascinantes de la galaxia. A cambio, las sensaciones y las reflexiones de sus protagonistas durante la travesía están muy bien captadas, las implicaciones del nuevo motor bien presentadas, y el desenlace, con Frank como fascinante antagonista de los expedicionarios, está muy bien resuelto y mejora a última hora la impresión general del libro (sin olvidar el epílogo, que detalla con acierto la vida de los supervivientes a su vuelta). Todo ello refrenda el dominio del autor sobre toda su obra, así como la consistencia de su argumento. Razones suficientes para completar la lectura de la saga hasta el final.
Por cierto que el año pasado el veterano escritor finalmente añadió, tras un parón de una década, una séptima novela a la saga, cuando todo daba a entender que ésta había terminado con "Cauldron". Pero "The long sunset" permanace inédita para el lector en español, y tampoco ha sido nominada a ningún premio relevante del género, por lo que de momento no la voy a leer.
viernes, 22 de noviembre de 2019
Odisea (2006). Jack McDevitt
El fallo más obvio es que el argumento carece de la magnitud suficiente para ocupar casi cuatrocientas páginas, por lo que McDevitt tira de oficio paa llegar a esa extensión. Y es que salvo para los presumiblemente escasos lectores que se adentraron por primera vez en la saga gracias a "Odisea", el primer tercio de la novela no aportará prácticamente nada a los que ya la conozcan, pues se trata de poco más que una nueva toma de contacto con personajes, instituciones y situaciones ya conocidas. Con lo que lo único realmente salvable de esa primera parte es el personaje que le da título: Gregory MacAllister, excelentemente caracterizado gracias a su original mezcla de ingenio, elegancia y cinismo, y que con sus actos a lo largo de toda la novela y con sus reflexiones al comienzo de cada capítulo siempre consigue aportar algo al lector.
Otro fallo evidente es el juicio a Harry Beemer. Que empieza como una simple referencia en los interesantes titulares con los que el autor periódicamente complementa el panorama de la sociedad terrestre del año 2236, y al que poco a poco va prestando más atención hasta llegar a compartir un inesperado protagonismo con el episodio final del rescate de los científicos del hipercolisionador. Un juicio que sin embargo nunca llega a complementar la trama principal, ni aporta prácticamente nada a nivel especulativo, por lo que en definitiva se acaba revelando como una mera excusa para rellenar más páginas.
Un tercer fallo es que, salvo en su último cuarto, apenas hay rastro de la tensión que suele caracterizar a las novelas de McDevitt: sin restricciones temporales que acoten las posibles acciones, la expedición de Valya, Eric, Amy y MacAllister que ocupa el grueso de la novela es poco más que un paseo turístico por el espacio, con unos poco creíbles jinetes lunares como excusa, y varias breves excursiones a lugares cuya grado de fascinación queda lejos de lo ya presentado en otras novelas de la saga. Y cuando al fin aparece la intriga, lo hace de manera tan poco verosímil como es la especie de sueño telepático en la que una supuesta alienígena advierte a Amy de la inminente destrucción del hipercolisionador. Sin más justificación durante el resto de la novela.
Si a ello le sumamos otros defectos ya conocidos de otras novelas de la saga como un siglo XXIII excesivamente parecido al actual, o unas especulaciones científicas más escuetas de lo deseable, se entenderá por qué me pareció la novela más floja de la saga hasta entonces. No obstante, el ya conocido despliegue de naves recorriendo nuestra galaxia, lo coherente de la Academia, lo bien presentado que está el elemento astronómico, e incluso el reencuentro con personajes ya clásicos en el género como Priscilla Hutchins, hacen de la lectura de "Odisea" una experiencia agradable, además de sencilla gracias a sus capítulos cortos y al predominio de los diálogos.
No sólo eso: la apuesta del escritor por presentar primero y desentralazar después esa trama de intereses políticos y económicos en los ámbitos público y privado se demuestra válida para oxigenar la saga, y está lo suficientemente desarrollada para entenderla y a la vez reflexionar sobre los conflictos de intereses y las reacciones sociales que sin duda suscitará en un futuro la exploración espacial. Todo ello con un desenlace intenso y bien presentado. Y con la sorpresa final que supone una situación de cierre particularmente disruptiva tanto para la Academia como para sus personajes principales. Lo que deja a McDevitt en buena posición para seguir ampliando la saga sin repetirse. Cuestión sobre la que volveré cuando reseñe "Cauldron" dentro de unas semanas.
"Nación de Marte. Parte 2" (2021). Brandon Q. Morris
Con la entrada que hoy les ofrezco sigo desgranando los añadidos de última hora a mi segundo recorrido por algunas de las sagas más relevan...










