Una entrada más continúo con las reseñas de las novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula durante la primera década del presente siglo. Voy a hablarles hoy de "Omega", del estadounidense Jack McDevitt, nominada al Nébula de 2005, el cual ganó la novela de fantasía "Paladín de almas", de Lois McMaster Bujold, que como bien saben, queda fuera del ámbito de este blog. Con la reseña de "Omega" sucede algo curioso: siendo la cuarta novela de la saga de "Las máquinas de Dios", en rigor debería haberla reseñado hace unos años, cuando estuve revisando las principales sagas disponibles para el lector en español. Pero entonces justo me detuve en la reseña de la anterior entrega de la saga, "Chindi". La razón fue que en aquel momento no había leído la saga más allá de la esa entrega; "Chindi" me pareció la más floja de las tres, y hasta cierto punto todas las novelas de la misma son relativamente parecidas, por lo que necesitaba un descanso. Pero la de la "Las máquinas de Dios" es una saga muy bien escrita, de esas que deja poso en el lector, por lo que unos años más tarde me apeteció retomar la lectura de las restantes novelas que la conforman (en español). Y como, no por casualidad, las cuarta, quinta y sexta entregas fueron también nominadas a los Premios Nébula, ahora voy a poder afrontar sus reseñas. En el caso de "Omega" debo empezar diciendo que cuando la leí me pareció posiblemente la mejor entrega de la saga hasta entonces, por riqueza especulativa e ingenio creativo. Aunque el desenlace no estuvo a la altura del resto del libro.
Ahora bien, debo advertir de que para subir el listón de la saga, McDevitt renuncia en ella a algunas de las señas de identidad de la misma. La más obvia es que, seguramente consciente de que las descripciones de restos arqueológicos y las especulaciones sobre la civilización que los construyó ya son un planteamiento gastado, nos propone en esta oportunidad una expedición a un planeta (Lookout) habitado por una civilización inteligente (los korbs o goompah). Lo que inmediatamente traslada la novela a otra dimensión. Además, también renuncia a que la expedición la lidere la protagonista absoluta de la saga hasta ahora (Priscilla Hutchins, reducida a un rol relativamente secundario como Directora de Operaciones de la Academia). Incluso abre un poco la mano con los gadgets del siglo XXIII, recurriendo a unos imprescindibles disruptores lumínicos que otorgan la invisibilidad a quienes los portan.
Todo ello no supone que McDevitt altere la ya conocida estructura de las novelas de la saga: un prólogo que nos da la medida del problema, los preparativos para una expedición a los confines de la galaxia, la propia expedición, las peripecias en el destino bajo la presión de la restricción temporal, el epílogo para atar cabos, una extensión similar... Sólo que en este caso se beneficia de la presencia de esos alienígenas inteligentes que tanto juego dan con los inevitables primeros contactos, las graduales averiguaciones sobre su biología, sus creencias y sus sociedades, y la imperiosa necesidad de salvarlos.
Unos alienígenas, por cierto, no excesivamente originales morfológicamente hablando, pero sí cautivadores por todo aquello en lo que difieren de los humanos: sin guerras, ni pretensiones expansionistas, ni restricciones sexuales, ni avances tecnológicos reseñables... Pero sí con inquietudes religiosas, capacidad de análisis y creaciones artísticas. Todo ello, además, justificado en el epílogo con una idea ingeniosa. Lo que permite a McDevitt contraponerlos a los humanos en ámbitos tan variopintos como la amplitud de miras o la necesidad del trabajo. Enriqueciendo además su puesta en escena con personajes tan sugestivos como la "monologuista" Macao, y con expediciones tan evocadoras como la que pretende circunvalar el planeta para regresar al Intigo.
La pena es que, a la hora de culminar su novela con el esperable clímax de aventura y tensión, McDevitt esta vez no da la talla: sorpresivamente renuncia a narrarnos la llegada de la nube Omega al Intigo, y se contenta con un par de capítulos cortos para salvar a los goompah que tratan de rodear el continente oriental. Tampoco la amenaza que sustenta la novela (las nubes Omega) es realmente original, pues ya había recurrido a ella para rematar "Las máquinas de Dios". Ni se complica a la hora de proponer una hipótesis para su existencia (la averiguación final de Hutchins es francamente decepcionante). Otros defectos menores son la falta de justificación para los "demonios" humanoides de la mitología goompah, la falta de una explicación sobre por qué la duración del hipervuelo hasta goompah es precisamente de nueve meses, o los realmente infantiloides pasajes dedicados a la vida de Hutchins en familia.
Eso sí, a cambio la novela ofrece muchas satisfacciones a todos aquellos que valoran la ciencia-ficción "clásica": el respeto por el componente científico (en especial en lo relativo a astronomía e ingeniería aeroespacial), un sentido de la maravilla muy cuidado, algunas sorpresas como la muerte del teórico protagonista antes de lo esperado, una adecuada representación de los poderes que orbitarían en torno a un acontecimiento tan relevante, muchos capítulos disfrutables (la mayoría de los que transcurren en el Intigo), una prosa dinámica y con frecuentes diálogos que facilitan que la novela se lea con facilidad a pesar de su extensión, un encaje coherente con el resto de la saga... razones todas ellas que justificaron su merecida nominación a los Premios Nébula justo cuando la ciencia-ficción "clásica" menos se estaba cultivando.
Un apasionado de la literatura de ciencia-ficción y escritor a tiempo parcial que dedica parte de sus escasos ratos libres a compartir su pasión con el resto de aficionados.
sábado, 21 de septiembre de 2019
domingo, 8 de septiembre de 2019
La velocidad de la oscuridad (2003). Elizabeth Moon
Una entrada más prosigo con las reseñas de las novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula durante la primera década del siglo XXI que aún no han tenido una entrada independiente en mi humilde blog. Es el turno de "La velocidad de la oscuridad", la novela más emblemática de la escritora estadounidense Elizabeth Moon, la cual se alzó con el Premio Nébula del año 2004. Y que, como sucedía con mi anterior reseña ("American gods", de Neil Gaiman, ganadora el año anterior), es de cuestionable encaje en este tipo de galardones, puesto que no todos sus lectores la considerarán una novela de ciencia-ficción. En todo caso para mí sí lo es, porque explora la evolución del autismo desde un punto de vista científico en un futuro cercano, y por eso la reseño aquí. "La velocidad de la oscuridad" se adentra con acierto en la mente de un adulto autista, y especula con inteligencia sobre sus diferencias con las personas "normales", su tratamiento y sus terapias. Pero carece de una verdadera historia que la respalde, por lo que resulta plana, un tanto ingenua, excesivamente larga y sin apenas tensión.
Indudablemente lo mejor de la novela es Lou Arrandale, el protagonista autista que narra su historia en primera persona durante su mayor parte. Moon, basándose en su experiencia (madre de un hijo autista) y en sus conocimientos sobre el tema, lo caracteriza con mimo, mostrándonos desde su obsesiva búsqueda de pautas hasta sus dificultades para entender fórmulas y convenciones en sus conversaciones con las "personas normales". Además, la escritora consigue que gradualmente dejemos de verlo como un rígido extraño y terminemos empatizando con sus inquietudes y sus logros conforme va superando barreras. Aunque quizá su alto coeficiente intelectual se una baza excesivamente determinante a la hora de que logremos identificarnos con él.
El problema es que la inmensa mayoría del libro se centra en la vida cotidiana de Lou. Y aunque ello implique que nos aprendamos de memoria todas sus rutinas, y conozcamos tanto a sus compañeros autistas en el trabajo como a sus amigos de esgrima, la evolución de la historia durante ese periplo diario es escasa. Casi lo único relevante en él son los ataques cada vez más agresivos que Lou empieza a sufrir, pero cuando Moon confirma que el autor de los mismos es (obviamente) Don, aún falta un tercio de la novela, y ésta se queda huérfana de sorpresas. Lo que es peor: las reflexiones sobre lo que se supone es "ser normal", sobre la luz y la oscuridad, sobre la imposibilidad de que los amigos puedan causar algún mal a otros amigos... se repiten hasta llegar a fatigar. Y paradójicamente, las razones que llevan a Lou a tomar su decisión (ya muy cerca del final) no están demasiado bien presentadas.
Otros defectos menos relevantes son la negativa consciente de Moon a situar al lector (se le oculta la ciudad donde vive Moon, el nombre o detalles de los productos que crea la empresa para la que trabaja, el año en que transcurre el relato...), la poca credibilidad de sus "malos" (Crenshaw y el ya citado Don), la forma tan sencilla como los planes de Crenshaw para con el grupo autista son desbaratados, y lo poco que se esfuerza la escritora en mostrarnos la vida post-operación de Lou, con una mención especial para su decepcionante desenlace.
Y es que a menudo un tema original dentro de un género literario (el autismo en la ciencia-ficción en este caso), un buen protagonista, y unas documentadas y sugestivas reflexiones, no bastan para crear una gran novela. Y "La velocidad de la oscuridad" es uno de esos casos: muy lejos de las "Flores para Algernon" (1966) de Daniel Keyes con la que por argumento se la compara, e incluso notablemente inferior a su otra novela traducida al español, "Restos de población" (1996), que espero poder reseñar algún día.
Indudablemente lo mejor de la novela es Lou Arrandale, el protagonista autista que narra su historia en primera persona durante su mayor parte. Moon, basándose en su experiencia (madre de un hijo autista) y en sus conocimientos sobre el tema, lo caracteriza con mimo, mostrándonos desde su obsesiva búsqueda de pautas hasta sus dificultades para entender fórmulas y convenciones en sus conversaciones con las "personas normales". Además, la escritora consigue que gradualmente dejemos de verlo como un rígido extraño y terminemos empatizando con sus inquietudes y sus logros conforme va superando barreras. Aunque quizá su alto coeficiente intelectual se una baza excesivamente determinante a la hora de que logremos identificarnos con él.
El problema es que la inmensa mayoría del libro se centra en la vida cotidiana de Lou. Y aunque ello implique que nos aprendamos de memoria todas sus rutinas, y conozcamos tanto a sus compañeros autistas en el trabajo como a sus amigos de esgrima, la evolución de la historia durante ese periplo diario es escasa. Casi lo único relevante en él son los ataques cada vez más agresivos que Lou empieza a sufrir, pero cuando Moon confirma que el autor de los mismos es (obviamente) Don, aún falta un tercio de la novela, y ésta se queda huérfana de sorpresas. Lo que es peor: las reflexiones sobre lo que se supone es "ser normal", sobre la luz y la oscuridad, sobre la imposibilidad de que los amigos puedan causar algún mal a otros amigos... se repiten hasta llegar a fatigar. Y paradójicamente, las razones que llevan a Lou a tomar su decisión (ya muy cerca del final) no están demasiado bien presentadas.
Otros defectos menos relevantes son la negativa consciente de Moon a situar al lector (se le oculta la ciudad donde vive Moon, el nombre o detalles de los productos que crea la empresa para la que trabaja, el año en que transcurre el relato...), la poca credibilidad de sus "malos" (Crenshaw y el ya citado Don), la forma tan sencilla como los planes de Crenshaw para con el grupo autista son desbaratados, y lo poco que se esfuerza la escritora en mostrarnos la vida post-operación de Lou, con una mención especial para su decepcionante desenlace.
Y es que a menudo un tema original dentro de un género literario (el autismo en la ciencia-ficción en este caso), un buen protagonista, y unas documentadas y sugestivas reflexiones, no bastan para crear una gran novela. Y "La velocidad de la oscuridad" es uno de esos casos: muy lejos de las "Flores para Algernon" (1966) de Daniel Keyes con la que por argumento se la compara, e incluso notablemente inferior a su otra novela traducida al español, "Restos de población" (1996), que espero poder reseñar algún día.
domingo, 25 de agosto de 2019
American Gods (2001). Neil Gaiman
Una entrada más continúo reseñando las novelas ganadoras o nominadas a los prestigiosos Premios Nébula durante la primera década del presente siglo. Voy a hablarles en esta oportunidad de "American Gods", del británico Neil Gaiman. Que aunque se publicó en el año 2001 y es por tanto cronológicamente anterior a mi anterior entrada, se alzó con el Premio Nébula del año 2003, razón por la cual la reseño justo ahora. Estamos ante una de las novelas más premiadas en lo que va de siglo (también se alzó con el Premio Hugo, e incluso con el Bram Stoker de terror) y es que a pesar de su gran extensión se trata de una novela fluida, muy trabajada y más cohesionada de lo que pueda parecer durante sus dos primeros tercios. Pero también debo dejar claro que me pareció una novela delirante, inverosímil, reiterativa y repleta de detalles accesorios y momentos decepcionantes.
Ante todo, debo aclarar que para mí "American Gods" no es realmente una novela de ciencia-ficción. Pero la he incluido en este humilde blog porque tampoco me parece una novela de fantasía convencional, ni siquiera una novela de terror. Más bien la clasificaría como un viaje iniciático, una especia de "road movie" (perdón por el anglicismo) por los E.E.U.U. en la que su protagonista, Sombra, va gradualmente descubriendo su rol tras salir de la cárcel y haber perdido a su esposa, a base de encontrarse y tratar con los personajes más variopintos. Personajes que comparten un rasgo común: su inverosimilitud. Porque ya desde el comienzo la forma como el Señor Wednesday encuentra y sigue a Sombra es inverosímil. Pero eso no es nada comparado con lo que el lector tendrá que aceptar en las quinientas páginas siguientescsi quiere llegar al final del libro: muertos que siguen viviendo, animales que hablan, actrices que son capaces de salir de la televisión en plena emisión, un mundo paralelo "entre bambalinas"... Tremendamente delirante.
Esos personajes nada creíbles se supone que son en realidad las deidades que llevaron consigo los distintos pobladores que emigraron a América a lo largo de los siglos, las cuales una vez allí gradualmente dejaron de ser significativos para su gente, y que siguen malviviendo desempeñando las más diversas profesiones en el Nuevo Mundo, a la espera de recuperar el esplendor perdido. Un elenco que le permite al escritor exhibir sus notables conocimientos sobre el tema, si bien con detalles a menudo un tanto nimios. Y que sin embargo no logra evitar una gran decepción: en su supuesto afán por mostrar todo ese ejército de "dioses americanos" que poco a poco va construyendo, Gaiman no dedica ni una sola línea a los dioses de las religiones mayoritarias en E.E.U.U.: Alá, Yahvé y el Dios cristiano. Lo cual en mi opinión desvirtúa totalmente el conflicto que nos plantea Gaiman a medida que avanza la narración como supuesto eje argumental.
Un conflicto de las antiguas deidades con los dioses modernos (la televisión, las armas, los medios de comunicación y otros que Gaiman menciona de pasada) que podría haber dado lugar a un buen material especulativo, como suele suceder en la mejor ciencia-ficción. Pero el escritor se limita a fijarse solamente en sus dioses arcanos, que poco a poco van aceptando la idea de un combate final. Combate que por cierto tampoco llega a producirse: en medio de ese batiburrillo de deidades inconexas que se reúnen en Rock City, Sombra pronuncia un brevísimo discurso (por cierto después de ser resucitado), y todos para casa como si tal cosa. Completamente decepcionante.
Otros defectos fáciles de apreciar son la excesiva atención que dedica Gaiman a los juegos de magia con monedas (totalmente irrelevantes para la narración), el reiterativo esquema con el que Sombra va conociendo al resto de personajes (los cuales una y otra vez se ofrecen a prestar ayuda a un perfecto desconocido con el que se tropiezan en las circunstancias menos propicias para ello), la presentación de todo lo que tenga que ver con el sexo de manera entre brutal y deshumanizada, la nada anticipada filiación de Sombra que Gaiman desvela a modo de sorpresa final, y la decisión de detenerse en una historia secundaria a la que no había prestado demasiada atención (los niños que desaparecían cada año en Lakeside) como último recurso para crear un desenlace que tendría que haber sido el combate entre dioses.
Mas a pesar de todo lo anterior, la novela se deja leer. Porque aunque tardemos una eternidad en entender la razón por la que pasamos las páginas, el periplo de Sombra por los E.E.U.U. es entretenido, porque algunos lugares (sobre todo los de la América "profunda", dado que Chicago, Las Vegas o San Francisco me parecieron totalmente desaprovechados) muy bien recreados y utilizados para la narración (con mejor especial para Lakeside), porque en general los diálogos son fluidos (aunque a veces sobran barbarismos), porque ese carrusel de personajes inconexos de los primeros tres cuartos de novela acaba volviéndose un puzle en el que casi todo da la impresión de encajar, y por los periódicos interludios en los que Gaiman se fija en la época en la que algunos dioses llegaron a E.E.U.U. o en su peculiar modo de vida actual, unos relatos cortos a menudo mejor resueltos que la historia principal de la novela. Lo que me hizo preguntarme si de verdad no hubo en 2003 ninguna otra novela merecedora del premio (dado que no he leído ninguna de las novelas que simplemente se quedaron en nominadas). Porque si no fue el caso debo concluir que 2003 fue uno de los años más flojos de la pasada década.
Ante todo, debo aclarar que para mí "American Gods" no es realmente una novela de ciencia-ficción. Pero la he incluido en este humilde blog porque tampoco me parece una novela de fantasía convencional, ni siquiera una novela de terror. Más bien la clasificaría como un viaje iniciático, una especia de "road movie" (perdón por el anglicismo) por los E.E.U.U. en la que su protagonista, Sombra, va gradualmente descubriendo su rol tras salir de la cárcel y haber perdido a su esposa, a base de encontrarse y tratar con los personajes más variopintos. Personajes que comparten un rasgo común: su inverosimilitud. Porque ya desde el comienzo la forma como el Señor Wednesday encuentra y sigue a Sombra es inverosímil. Pero eso no es nada comparado con lo que el lector tendrá que aceptar en las quinientas páginas siguientescsi quiere llegar al final del libro: muertos que siguen viviendo, animales que hablan, actrices que son capaces de salir de la televisión en plena emisión, un mundo paralelo "entre bambalinas"... Tremendamente delirante.
Esos personajes nada creíbles se supone que son en realidad las deidades que llevaron consigo los distintos pobladores que emigraron a América a lo largo de los siglos, las cuales una vez allí gradualmente dejaron de ser significativos para su gente, y que siguen malviviendo desempeñando las más diversas profesiones en el Nuevo Mundo, a la espera de recuperar el esplendor perdido. Un elenco que le permite al escritor exhibir sus notables conocimientos sobre el tema, si bien con detalles a menudo un tanto nimios. Y que sin embargo no logra evitar una gran decepción: en su supuesto afán por mostrar todo ese ejército de "dioses americanos" que poco a poco va construyendo, Gaiman no dedica ni una sola línea a los dioses de las religiones mayoritarias en E.E.U.U.: Alá, Yahvé y el Dios cristiano. Lo cual en mi opinión desvirtúa totalmente el conflicto que nos plantea Gaiman a medida que avanza la narración como supuesto eje argumental.
Un conflicto de las antiguas deidades con los dioses modernos (la televisión, las armas, los medios de comunicación y otros que Gaiman menciona de pasada) que podría haber dado lugar a un buen material especulativo, como suele suceder en la mejor ciencia-ficción. Pero el escritor se limita a fijarse solamente en sus dioses arcanos, que poco a poco van aceptando la idea de un combate final. Combate que por cierto tampoco llega a producirse: en medio de ese batiburrillo de deidades inconexas que se reúnen en Rock City, Sombra pronuncia un brevísimo discurso (por cierto después de ser resucitado), y todos para casa como si tal cosa. Completamente decepcionante.
Otros defectos fáciles de apreciar son la excesiva atención que dedica Gaiman a los juegos de magia con monedas (totalmente irrelevantes para la narración), el reiterativo esquema con el que Sombra va conociendo al resto de personajes (los cuales una y otra vez se ofrecen a prestar ayuda a un perfecto desconocido con el que se tropiezan en las circunstancias menos propicias para ello), la presentación de todo lo que tenga que ver con el sexo de manera entre brutal y deshumanizada, la nada anticipada filiación de Sombra que Gaiman desvela a modo de sorpresa final, y la decisión de detenerse en una historia secundaria a la que no había prestado demasiada atención (los niños que desaparecían cada año en Lakeside) como último recurso para crear un desenlace que tendría que haber sido el combate entre dioses.
Mas a pesar de todo lo anterior, la novela se deja leer. Porque aunque tardemos una eternidad en entender la razón por la que pasamos las páginas, el periplo de Sombra por los E.E.U.U. es entretenido, porque algunos lugares (sobre todo los de la América "profunda", dado que Chicago, Las Vegas o San Francisco me parecieron totalmente desaprovechados) muy bien recreados y utilizados para la narración (con mejor especial para Lakeside), porque en general los diálogos son fluidos (aunque a veces sobran barbarismos), porque ese carrusel de personajes inconexos de los primeros tres cuartos de novela acaba volviéndose un puzle en el que casi todo da la impresión de encajar, y por los periódicos interludios en los que Gaiman se fija en la época en la que algunos dioses llegaron a E.E.U.U. o en su peculiar modo de vida actual, unos relatos cortos a menudo mejor resueltos que la historia principal de la novela. Lo que me hizo preguntarme si de verdad no hubo en 2003 ninguna otra novela merecedora del premio (dado que no he leído ninguna de las novelas que simplemente se quedaron en nominadas). Porque si no fue el caso debo concluir que 2003 fue uno de los años más flojos de la pasada década.
domingo, 4 de agosto de 2019
A través de Marte (2002). Geoffrey A. Landis
Una entrada más continúo reseñando las novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula durante la primera década del siglo XXI que aún no hubieran tenido una entrada independiente en mi blog. En esta ocasión voy a reseñar "A través de Marte", del escritor estadounidense Geoffrey A. Landis. Que no ganó en su año (ese honor correspondió a "Rosa cuántica" de Catherine Asaro, la cual reseñé en mi anterior entrada), pero creo que merece una entrada independiente porque en mi humilde opinión es una novela ligeramente superior a ella. Y más teniendo en cuenta que es la única novela que ha publicado este escritor, cuya carrera ha consistido sobre todo en relatos cortos y artículos de divulgación. Pero es que "A través de Marte" me parece una novela atrayente, bien estructurada y amena sobre las aventuras de una de las primeras expediciones a nuestro vecino más cercano. Con los conocimientos de Landis sobre el Planeta Rojo como garantía de verosimilitud, y con buenas dosis de intriga y acción para rematar el conjunto.
Landis, experto de la NASA que cuando escribió esta novela ya había participado en las dos últimas misiones no tripuladas a Marte, tiene claro que para que una novela resulte amena requiere, además de sus abrumadores conocimientos, un argumento, unos personajes y unas situaciones. Y logra con éxito su cometido creando un elenco de personajes sencillo pero poderoso, proponiendo la exploración científica de Marte primero y su desesperada travesía después como motores argumentales, y planteando por último una mezcla de situaciones límite y muertes misteriosas muy equilibrada de principio a fin.
Además, el escritor mantiene en todo momento su obra bajo control gracias a su estructura en seis partes (una para cada personaje, más otra para el mítico Valles Marineris), cada una de ellas formada por múltiples capítulos muy cortos. En cada una de esas partes Landis profundiza en la personalidad de un personaje de la expedición, alternando episodios presentes en Marte y flashbacks que nos permiten conocer cómo fue su vida hasta que lograron formar parte de la misma. Si bien es cierto que la mayoría de sus protagonistas tuvieron un pasado anormalmente trágico. Y también que aunque para mi gusto los capítulos ultracortos dinamizan la lectura y evitan que los flashbacks perjudiquen en exceso el ritmo narrativo, pueden generar rechazo en los lectores de novelas más convencionales.
Un tercer punto fuerte del libro es el excepcional conocimiento que exhibe Landis sobre el Planeta Rojo. No ya a nivel geográfico (esperable), ni geológico (apabullante), sino sobre todo a nivel de fenómenos físicos y meteorológicos. Todo lo que nos plantea (desde el accidente de Chamlong al comienzo hasta el Butterfly al final) es profundamente respetuoso con lo que las características del planeta permiten. Y tecnológicamente la cantidad de recursos que proporciona a sus personajes (desde superfibras a trajes de última generación) es irreprochable.
Por si todo lo anterior fuera poco, Landis maneja con habilidad la vertiente de intriga. Sin llegar a ser por ejemplo Asimov, tanto los personajes que van muriendo como las motivaciones que podrían tener los demás personajes para querer acabar con ellos (sabiendo que en el módulo de retorno a la Tierra sólo caben dos personas) están bien escogidos y exploradas, y el interés de la novela se beneficia de ello desde prácticamente el comienzo.
Algunos fallos de la novela son que con tanto flashback a veces la narración se enreda en detalles nimios (por ejemplo el fallido rescate de la Mirusha, o la operación de apéndice de Tana), que en ocasiones recurre a un altruismo un tanto inverosímil (Trevor renuncia a la expedición en favor de Brandon, Karl se declara culpable para salvar a su hermano el futuro comandante John, incluso Estrela termina siendo altruista), que tiende a trivializar y deshumanizar el sexo (en las ceremonias a bordo, en la universidad...), que el panorama político que plantea para los años treinta del siglo XXI ya sabemos que no es demasiado acertado, y en general que a su prosa correcta y concisa le falta algo de brillo y de capacidad para crear episodios realmente memorables. Aun así, debo reconocer que después de "Homo plus" de Frederik Pohl, considero a la de Landis la mejor novela que he leído de Marte. Y para mí eso es decir mucho.
Landis, experto de la NASA que cuando escribió esta novela ya había participado en las dos últimas misiones no tripuladas a Marte, tiene claro que para que una novela resulte amena requiere, además de sus abrumadores conocimientos, un argumento, unos personajes y unas situaciones. Y logra con éxito su cometido creando un elenco de personajes sencillo pero poderoso, proponiendo la exploración científica de Marte primero y su desesperada travesía después como motores argumentales, y planteando por último una mezcla de situaciones límite y muertes misteriosas muy equilibrada de principio a fin.
Además, el escritor mantiene en todo momento su obra bajo control gracias a su estructura en seis partes (una para cada personaje, más otra para el mítico Valles Marineris), cada una de ellas formada por múltiples capítulos muy cortos. En cada una de esas partes Landis profundiza en la personalidad de un personaje de la expedición, alternando episodios presentes en Marte y flashbacks que nos permiten conocer cómo fue su vida hasta que lograron formar parte de la misma. Si bien es cierto que la mayoría de sus protagonistas tuvieron un pasado anormalmente trágico. Y también que aunque para mi gusto los capítulos ultracortos dinamizan la lectura y evitan que los flashbacks perjudiquen en exceso el ritmo narrativo, pueden generar rechazo en los lectores de novelas más convencionales.
Un tercer punto fuerte del libro es el excepcional conocimiento que exhibe Landis sobre el Planeta Rojo. No ya a nivel geográfico (esperable), ni geológico (apabullante), sino sobre todo a nivel de fenómenos físicos y meteorológicos. Todo lo que nos plantea (desde el accidente de Chamlong al comienzo hasta el Butterfly al final) es profundamente respetuoso con lo que las características del planeta permiten. Y tecnológicamente la cantidad de recursos que proporciona a sus personajes (desde superfibras a trajes de última generación) es irreprochable.
Por si todo lo anterior fuera poco, Landis maneja con habilidad la vertiente de intriga. Sin llegar a ser por ejemplo Asimov, tanto los personajes que van muriendo como las motivaciones que podrían tener los demás personajes para querer acabar con ellos (sabiendo que en el módulo de retorno a la Tierra sólo caben dos personas) están bien escogidos y exploradas, y el interés de la novela se beneficia de ello desde prácticamente el comienzo.
Algunos fallos de la novela son que con tanto flashback a veces la narración se enreda en detalles nimios (por ejemplo el fallido rescate de la Mirusha, o la operación de apéndice de Tana), que en ocasiones recurre a un altruismo un tanto inverosímil (Trevor renuncia a la expedición en favor de Brandon, Karl se declara culpable para salvar a su hermano el futuro comandante John, incluso Estrela termina siendo altruista), que tiende a trivializar y deshumanizar el sexo (en las ceremonias a bordo, en la universidad...), que el panorama político que plantea para los años treinta del siglo XXI ya sabemos que no es demasiado acertado, y en general que a su prosa correcta y concisa le falta algo de brillo y de capacidad para crear episodios realmente memorables. Aun así, debo reconocer que después de "Homo plus" de Frederik Pohl, considero a la de Landis la mejor novela que he leído de Marte. Y para mí eso es decir mucho.
sábado, 20 de julio de 2019
Rosa cuántica (2000). Catherine Asaro
Una entrada más continúo reseñando las novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula durante la primera década del presente siglo que aún no hubieran tenido su entrada independiente en mi humilde blog. Le ha llegado al turno a "Rosa cuántica", probablemente la novela más conocida de la escritora californiana Catherine Asaro. Una autora que por su profesión (investigadora y profesora de matemáticas, física y química) se suele encuadrar en la vertiente más hard de la ciencia-ficción. Y que el título de la novela, con la presencia de la palabra "cuántica", parece reforzar. La novela se alzó con el Premio Nébula del año 2002, un año muy competido, con muchas novelas y muchos autores importantes nominados, lo que refuerza la idea de que estamos ante una obra recomendable. Y es que "Rosa cuántica" es una novela muy visual, elaborada con todo detalle, fácil de leer y sugestiva. Pero no llega a ser el gran libro que en determinadas fases parece apuntar: le sobra extensión y le falta un último tercio convincente.
La novela transcurre en el siglo XXIII, con muchos planetas terraformados en distinto nivel de desarrollo, y se centra en la figura de Kamoj Quanta, la "Rosa cuántica" del título. Pese a su juventud, Kamoj es la gobernadora de Argali, una empobrecida provincia del planeta Balumil, que intenta subsistir a pesar de sus desfavorables condiciones de vida. Para lo cual Kamoj está prometida desde niña a Jax Ponteferro, el rígido gobernador de una provincia vecina más rica. La narración se inicia cuando este compromiso de naturaleza política se ve alterado por la llegada al planeta de Vryl Leoestelar, originario del planeta Lyshriol y príncipe de la otrora todopoderosa Dinastía Rubí.
Quizá la mayor virtud de la novela sea la habilidad de Asaro para crear marcos escénicos cautivadores: todo en Balumil (sus colores, sus resplandores, su larguísimo ciclo día-noche, sus ciervos cristazures...) lo es, pero el otro planeta en el que transcurre la acción, Lyshriol, no se queda a la zaga con sus pompas de cristal, sus entornos pastorales y sus lirinos. Pero además de por su componente visual, la novela atrae gracias a sus culturas tremendamente elaboradas: la de Argali fascina por cómo ha conseguido sobrevivir a pesar de haber olvidado todos los conceptos tecnológicos que la alumbraron; la de Lyshriol, por las figuras que surgieron a lo largo de los siglos para administrarla (Bardos y Memorias). El contraste cultural entre ambas, así como la adaptación de Kamoj a Lyshriol y de Vryl a Argali, entretienen y dan que pensar.
Por otra parte, los personajes principales (no sólo la pareja protagonista, sino Jax, Dazza, Ashman y otros) están bien caracterizados, y sus comportamientos son consistentes a lo largo de la novela. Aunque es cierto que el triángulo amoroso Kamoj-Vryl-Jax planteado por Asaro, y sobre todo la manera como lo resuelve, son muy poco originales.
De todas formas no es esa falta de originalidad lo que impide considerar a "Rosa cuántica" una gran novela, sino otros tres factores: el bajón que pega cuando la acción sale de Balumil, la extensión excesiva de la obra para lo narrado en ella, y la cantidad de asuntos que, bien por carecer de contexto, bien por olvido expreso, deja Asaro sin aclarar. Da la impresión de que la escritora había estado escribiendo relajadamente, dando rienda suelta a su prosa un tanto florida y alegórica sin preocuparse por la extensión de la novela, y cuando decide trasladar la acción al mundo de Vryl se percata de ello, incrementa el ritmo narrativo, sintetiza los acontecimientos, y retuerce la trama. Pero una familia tan numerosa como la de Vryl es difícil de aprehender a esas alturas de la lectura, y las intrigas interplanetarias entre el MEI y los MAT, una vez concluida la Guerra del Resplandor, no se terminan de calibrar. Todo ello provoca que el resultado final de la novela no sea finalmente tan brillante como prometía hasta entonces.
Otros aspectos mejorables son la ausencia casi total de la esperada ciencia-ficción hard (sólo el apéndice, donde de manera no del todo fluida Asaro vincula el argumento con la mecánica cuántica, nos sitúa en ese subgénero), un desenlace plano, sin apenas tensión, y ciertos elementos cuasi-fantásticos, como los Rhon o las Torres de Cristal que brotan del suelo pero sólo Kamoj, Vryl y su familia son capaces de observar. A cambio, los continuos guiños al lector para interpretar la sociedad pseudo-medieval de Argali a la luz de la ciencia y la tecnología actuales, y la manera como la escritora logra que el lector tome partido por Vryl frente a Jax y valore la evolución personal de Kamoj, ayudan a que la novela deje una buena impresión global.
Para acabar, mencionar que en realidad "Rosa cuántica" se enmarca en la Saga del Imperio Eskoliano, una serie un tanto desestructurada de relatos y novelas con las que Asaro ha ido expandiendo su particular historia de los siglos XXII y XXIII. De la cual apenas se han traducido al español la presente novela (que sería la sexta en la saga), y la anterior en el tiempo y en la cronología de la misma "Inversión primaria" (1995). Por eso es de agradecer que al final de "Rosa cuántica" figuren dos interesantes apéndices (uno sobre los personajes clave de la saga, y otro sobre sus acontecimientos principales en orden cronológico), que ayudan a encuadrar mejor lo narrado. Pero estoy convencido de que el lector anglosajón que haya leído más obras de la saga podrá dimensionar mejor algunas de las intrigas políticas que, como explicaba antes, resultan un tanto difíciles de comprender con la mera lectura de "Rosa cuántica".
La novela transcurre en el siglo XXIII, con muchos planetas terraformados en distinto nivel de desarrollo, y se centra en la figura de Kamoj Quanta, la "Rosa cuántica" del título. Pese a su juventud, Kamoj es la gobernadora de Argali, una empobrecida provincia del planeta Balumil, que intenta subsistir a pesar de sus desfavorables condiciones de vida. Para lo cual Kamoj está prometida desde niña a Jax Ponteferro, el rígido gobernador de una provincia vecina más rica. La narración se inicia cuando este compromiso de naturaleza política se ve alterado por la llegada al planeta de Vryl Leoestelar, originario del planeta Lyshriol y príncipe de la otrora todopoderosa Dinastía Rubí.
Quizá la mayor virtud de la novela sea la habilidad de Asaro para crear marcos escénicos cautivadores: todo en Balumil (sus colores, sus resplandores, su larguísimo ciclo día-noche, sus ciervos cristazures...) lo es, pero el otro planeta en el que transcurre la acción, Lyshriol, no se queda a la zaga con sus pompas de cristal, sus entornos pastorales y sus lirinos. Pero además de por su componente visual, la novela atrae gracias a sus culturas tremendamente elaboradas: la de Argali fascina por cómo ha conseguido sobrevivir a pesar de haber olvidado todos los conceptos tecnológicos que la alumbraron; la de Lyshriol, por las figuras que surgieron a lo largo de los siglos para administrarla (Bardos y Memorias). El contraste cultural entre ambas, así como la adaptación de Kamoj a Lyshriol y de Vryl a Argali, entretienen y dan que pensar.
Por otra parte, los personajes principales (no sólo la pareja protagonista, sino Jax, Dazza, Ashman y otros) están bien caracterizados, y sus comportamientos son consistentes a lo largo de la novela. Aunque es cierto que el triángulo amoroso Kamoj-Vryl-Jax planteado por Asaro, y sobre todo la manera como lo resuelve, son muy poco originales.
De todas formas no es esa falta de originalidad lo que impide considerar a "Rosa cuántica" una gran novela, sino otros tres factores: el bajón que pega cuando la acción sale de Balumil, la extensión excesiva de la obra para lo narrado en ella, y la cantidad de asuntos que, bien por carecer de contexto, bien por olvido expreso, deja Asaro sin aclarar. Da la impresión de que la escritora había estado escribiendo relajadamente, dando rienda suelta a su prosa un tanto florida y alegórica sin preocuparse por la extensión de la novela, y cuando decide trasladar la acción al mundo de Vryl se percata de ello, incrementa el ritmo narrativo, sintetiza los acontecimientos, y retuerce la trama. Pero una familia tan numerosa como la de Vryl es difícil de aprehender a esas alturas de la lectura, y las intrigas interplanetarias entre el MEI y los MAT, una vez concluida la Guerra del Resplandor, no se terminan de calibrar. Todo ello provoca que el resultado final de la novela no sea finalmente tan brillante como prometía hasta entonces.
Otros aspectos mejorables son la ausencia casi total de la esperada ciencia-ficción hard (sólo el apéndice, donde de manera no del todo fluida Asaro vincula el argumento con la mecánica cuántica, nos sitúa en ese subgénero), un desenlace plano, sin apenas tensión, y ciertos elementos cuasi-fantásticos, como los Rhon o las Torres de Cristal que brotan del suelo pero sólo Kamoj, Vryl y su familia son capaces de observar. A cambio, los continuos guiños al lector para interpretar la sociedad pseudo-medieval de Argali a la luz de la ciencia y la tecnología actuales, y la manera como la escritora logra que el lector tome partido por Vryl frente a Jax y valore la evolución personal de Kamoj, ayudan a que la novela deje una buena impresión global.
Para acabar, mencionar que en realidad "Rosa cuántica" se enmarca en la Saga del Imperio Eskoliano, una serie un tanto desestructurada de relatos y novelas con las que Asaro ha ido expandiendo su particular historia de los siglos XXII y XXIII. De la cual apenas se han traducido al español la presente novela (que sería la sexta en la saga), y la anterior en el tiempo y en la cronología de la misma "Inversión primaria" (1995). Por eso es de agradecer que al final de "Rosa cuántica" figuren dos interesantes apéndices (uno sobre los personajes clave de la saga, y otro sobre sus acontecimientos principales en orden cronológico), que ayudan a encuadrar mejor lo narrado. Pero estoy convencido de que el lector anglosajón que haya leído más obras de la saga podrá dimensionar mejor algunas de las intrigas políticas que, como explicaba antes, resultan un tanto difíciles de comprender con la mera lectura de "Rosa cuántica".
domingo, 7 de julio de 2019
Ladrona de medianoche (2000). Nalo Hopkinson
Con esta entrada inicio la reseña de las novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula durante la primera década del presente siglo que aún no hubieran tenido una entrada independiente en mi humilde blog. Voy a presentarles en esta oportunidad "Ladrona de medianoche", de la escritora canadiense de origen jamaicano Nalo Hopkinson. Una novela que fue nominada a los Premios Nébula del año 2000, en los que se impuso "La radio de Darwin", de Greg Bear. Sin embargo voy a reseñar la novela de Hopkinson y no la de Bear porque llevo reseñadas recientemente varias novelas del estadounidense, y porque debo reconocer que aun siendo un escritor que me entretiene, nunca ha llegado a cautivarme con una novela realmente redonda. Razones por las cuales, cuando estaba preparando las reseñas de estos premios hace unos meses, decidí leer mejor la novela de la canadiense. Y lo cierto es que "Ladrona de medianoche" es una novela original, con mucha personalidad, y muy humana. Capaz de enlazar las tradiciones caribeñas más arraigadas con el futuro lejano. Pero también debo reconocer que me pareció excesivamente fantasiosa, más alegórica de lo deseable y con un ritmo literario irregular.
Hay que reconocerle a Hopkinson su capacidad para crear una novela diferente: en un complejo ejercicio literario, logra fusionar la tradición folclórica y cultural caribeña con un futuro lejano en el planeta de Toussaint, colonizado por una humanidad en expansión. La escritora exhibe a lo largo de la misma su absoluto dominio del carnaval, las vestimentas y hasta las frutas típicas de su región de origen, y los combina con una serie de conceptos (Granny Nanny, Eshu, nanoácaros...) que aunque no se explican en profundidad sí que resultan coherentes a la luz de la ciencia-ficción.
Sobre esta sugestiva base Hopkinson construye una historia no demasiado original pero sí repleta de periódicas revelaciones impactantes, con las que termina de caracterizar a unos personajes principales ya de por sí bien delineados. Además, el concepto del Mundo de Nuevo Árbol a Medio Camino, al cual son exiliados los criminales de Toussiant, resulta plausible, y la razón por la que el alcalde Antonio y su hija Tan-Tan llegan a él, también. Por lo que los mimbres para tejar una gran novela están a su alcance.
Y sin embargo Hopkinson no termina en mi opinión de aprovecharlos. Ya en su primer tramo, la novela se pierde en detalles menores, tarda bastante más de lo deseable en situar al lector, y claramente demasiado en presentar el combate entre Antonio y Quashee que se va a encargar de dinamizar la narración. A este resultado irregular contribuye sin duda la renuncia consciente de la autora a estructurar de manera convencional la novela, sin apenas capítulos, y con la inclusión poco menos que aleatoria de varios cuentos alegóricos sobre la vida y los logros de Tan-Tan, la Reina Ladrona del título, que más que complementar la narración degradan su ritmo literario.
Además, en Nuevo Árbol a Medio Camino la autora se permite más licencias fantasiosas de las deseables. Es cierto que la xenobiología del planeta, aunque completamente inventada, es fascinante (con mención especial para los douen y los hinte, que tanto complementan la vida de las "personas altas" en general y de Tan-Tan en particular), pero también que muchas de las especies animales y vegetales que presenta Hopkinson se comportan de manera inverosímil, que algunos episodios de peligro se resuelvan de manera poco justificada, y que se aprecian determinadas incoherencias (como un vehículo que se mueve con un motor de combustión en un planeta que, por ejemplo, carece de electricidad).
Pero es que la historia tampoco se desarrolla de manera muy limpia: cuando Tan-Tan y Abitefa se quedan solas en el bosque, y la novela podría crecer hasta su final, Hopkinson la limita a una serie de episodios en los que la Reina Ladrona ejerce de "Robin Hood" de Nuevo Árbol a Medio Camino en distintos poblados, con la recurrente persecución de Janisette y el bebé que crece dentro de Tan-Tan como amenazas, hasta llegar a un desenlace mas escenográfico (otra vez el recurrente carnaval) que concluyente. Porque, ¿seguiría Tan-Tan ejerciendo de Reina Ladrona después de haber dado a luz?
Hay que reconocerle a Hopkinson su capacidad para crear una novela diferente: en un complejo ejercicio literario, logra fusionar la tradición folclórica y cultural caribeña con un futuro lejano en el planeta de Toussaint, colonizado por una humanidad en expansión. La escritora exhibe a lo largo de la misma su absoluto dominio del carnaval, las vestimentas y hasta las frutas típicas de su región de origen, y los combina con una serie de conceptos (Granny Nanny, Eshu, nanoácaros...) que aunque no se explican en profundidad sí que resultan coherentes a la luz de la ciencia-ficción.
Sobre esta sugestiva base Hopkinson construye una historia no demasiado original pero sí repleta de periódicas revelaciones impactantes, con las que termina de caracterizar a unos personajes principales ya de por sí bien delineados. Además, el concepto del Mundo de Nuevo Árbol a Medio Camino, al cual son exiliados los criminales de Toussiant, resulta plausible, y la razón por la que el alcalde Antonio y su hija Tan-Tan llegan a él, también. Por lo que los mimbres para tejar una gran novela están a su alcance.
Y sin embargo Hopkinson no termina en mi opinión de aprovecharlos. Ya en su primer tramo, la novela se pierde en detalles menores, tarda bastante más de lo deseable en situar al lector, y claramente demasiado en presentar el combate entre Antonio y Quashee que se va a encargar de dinamizar la narración. A este resultado irregular contribuye sin duda la renuncia consciente de la autora a estructurar de manera convencional la novela, sin apenas capítulos, y con la inclusión poco menos que aleatoria de varios cuentos alegóricos sobre la vida y los logros de Tan-Tan, la Reina Ladrona del título, que más que complementar la narración degradan su ritmo literario.
Además, en Nuevo Árbol a Medio Camino la autora se permite más licencias fantasiosas de las deseables. Es cierto que la xenobiología del planeta, aunque completamente inventada, es fascinante (con mención especial para los douen y los hinte, que tanto complementan la vida de las "personas altas" en general y de Tan-Tan en particular), pero también que muchas de las especies animales y vegetales que presenta Hopkinson se comportan de manera inverosímil, que algunos episodios de peligro se resuelvan de manera poco justificada, y que se aprecian determinadas incoherencias (como un vehículo que se mueve con un motor de combustión en un planeta que, por ejemplo, carece de electricidad).
Pero es que la historia tampoco se desarrolla de manera muy limpia: cuando Tan-Tan y Abitefa se quedan solas en el bosque, y la novela podría crecer hasta su final, Hopkinson la limita a una serie de episodios en los que la Reina Ladrona ejerce de "Robin Hood" de Nuevo Árbol a Medio Camino en distintos poblados, con la recurrente persecución de Janisette y el bebé que crece dentro de Tan-Tan como amenazas, hasta llegar a un desenlace mas escenográfico (otra vez el recurrente carnaval) que concluyente. Porque, ¿seguiría Tan-Tan ejerciendo de Reina Ladrona después de haber dado a luz?
domingo, 23 de junio de 2019
Los premios Nébula: la primera década del siglo XXI
Con la presente entrada continúo la revisión de los Premios Nébula, los más prestigiosos de la literatura de ciencia ficción, década a década. En este punto cruzamos la frontera del mítico año 2000 y nos adentramos en la primera década del siglo. Una década que no tiene una denominación fácil, ya que no podemos referirnos a ella como "los ochenta" o "los noventa", sino recurriendo a la más enrevesada denominación de "primera década del siglo". Y que de manera análoga tampoco tuvo una tendencia o movimiento claramente definidos dentro del género, quizá abundando en lo que ya se observó durante la década precedente. Razón por la cual ésta y las próximas reseñas probablemente aporten una panorámica más amplia que las que ofrecieron las primeras décadas de vida de los premios.
Y es que el advenimiento del nuevo siglo probablemente fue un buen momento para revisar todo lo que se había explorado en el género hasta entonces, y tratar de ofrecer nuevas perspectivas sobre temas conocidos. Por eso entre los ganadores y nominados podremos seguir encontrando la pujanza de la fantasía, nuevos puntos de vista para las ucronías, obras que conjugan elementos de ciencia-ficción con otros géneros como el suspense o el terror, y cómo no, temas clásicos del género. Con una interesante mezcla de nuevos autores y escritores clásicos, o incluso otros que, bien entrados en la madurez, por fin lograron el reconocimiento que llevaban tiempo mereciendo.
Porque el indiscutible triunfador de los premios durante esta década fue el estadounidense Jack McDevitt, que ilustra la presenta entrada. Un escritor que ya llevaba quince años en el oficio cuando le empezaron a caer las nominaciones: nada menos que siete en los primeros diez años del siglo. Es cierto que sólo ganó el Premio Nébula en una ocasión, pero todas esas nominaciones hablan bien a las claras de la calidad de sus dos sagas principales: la de "Las máquinas de Dios" y la de "Alex Benedict", que fueron las que en su inmensa mayoría lograron todos esos reconocimientos. Unas sagas por otra parte de tinte clásico, pero convenientemente modernizadas en rigor científico y profundidad literaria.
Otro hecho a tener en cuenta es que, al tratarse ya de una década relativamente próxima en el tiempo, el número de novelas traducidas al español es menor que el de décadas precedentes. Por ello no es difícil encontrar años con sólo dos o tres novelas disponibles en nuestro idioma. Y por eso la lista de selección de novelas galardonadas o nominadas a los Premios Nébula que les propongo no es tan larga como las de las dos primeras décadas de los premios. Además, el volumen de novelas que reseñaré es significativamente menor que en otras ocasiones, pues no tengo problema en reconocer que, como simple aficionado al género que soy, aún no he tenido tiempo para leer todas las novelas ya traducidas. Y una última consideración: como siempre, aquellas novelas que ya hayan tenido su entrada propia por alguna otra razón ya aparecerán en la lista con su enlace correspondiente.
Sin más preámbulos, aquí va la lista:
2001:
Ganadora:
"La radio de Darwin" - Greg Bear
Nominada:
"Ladrona de medianoche" - Nalo Hopkinson
2002:
Ganadora:
"Rosa cuántica" - Catherine Asaro
Nominada:
"A través de Marte" - Geoffrey A. Landis
2003:
Ganadora:
"American Gods" - Neil Gaiman
2004:
Ganadora:
"La velocidad de la oscuridad" - Elizabeth Moon
Nominada:
"Chindi" - Jack McDevitt
2005:
Ganadora:
"Paladín de almas" - Lois McMaster Bujold
Nominadas:
"Omega" - Jack McDevitt
"Tocando fondo" - Cory Doctorow
2006:
Ganadora:
"Camuflaje" - Joe Haldeman
Nominada:
"Aire" - Geoff Ryman
2007:
Ganadora:
"Última misión: Margolia" - Jack McDevitt
Nominada:
"El círculo de Farthing" - Jo Walton
2008:
Ganadora:
"El sindicato de policía yiddish" - Michael Chabon
Nominada:
"Odisea" - Jack McDevitt
2009:
Ganadora:
"Poderes" - Ursula K. LeGuin
Nominada:
"Cauldron" - Jack McDevitt
2010:
Ganadora:
"La chica mecánica" - Paolo Bacigalupi
Como pueden ver en esta lista, además de un puñado de nuevos nombres como Cory Doctorow, Michael Chabon o Paolo Bacigalupi, lo que más llama la atención fue que la presencia de escritoras en la lista (desde veteranas como Ursula K. LeGuin o Lois McMaster Bujold a nuevos talentos como Jo Walton o Catherine Asaro) se volvió todavía más masiva que en la década anterior, lo que confirmaba la ya sí permanente incorporación de la mujer a este género literario que hace tiempo dejó de ser mayoritariamente masculino. Y que supone una razón más para seguir con atención mis próximas entradas sobre aquellas novelas ganadoras o nominadas a los premios durante esta década que aún no habían tenido su propia entrada en este humilde blog. Acompáñenme.
Y es que el advenimiento del nuevo siglo probablemente fue un buen momento para revisar todo lo que se había explorado en el género hasta entonces, y tratar de ofrecer nuevas perspectivas sobre temas conocidos. Por eso entre los ganadores y nominados podremos seguir encontrando la pujanza de la fantasía, nuevos puntos de vista para las ucronías, obras que conjugan elementos de ciencia-ficción con otros géneros como el suspense o el terror, y cómo no, temas clásicos del género. Con una interesante mezcla de nuevos autores y escritores clásicos, o incluso otros que, bien entrados en la madurez, por fin lograron el reconocimiento que llevaban tiempo mereciendo.
Porque el indiscutible triunfador de los premios durante esta década fue el estadounidense Jack McDevitt, que ilustra la presenta entrada. Un escritor que ya llevaba quince años en el oficio cuando le empezaron a caer las nominaciones: nada menos que siete en los primeros diez años del siglo. Es cierto que sólo ganó el Premio Nébula en una ocasión, pero todas esas nominaciones hablan bien a las claras de la calidad de sus dos sagas principales: la de "Las máquinas de Dios" y la de "Alex Benedict", que fueron las que en su inmensa mayoría lograron todos esos reconocimientos. Unas sagas por otra parte de tinte clásico, pero convenientemente modernizadas en rigor científico y profundidad literaria.
Otro hecho a tener en cuenta es que, al tratarse ya de una década relativamente próxima en el tiempo, el número de novelas traducidas al español es menor que el de décadas precedentes. Por ello no es difícil encontrar años con sólo dos o tres novelas disponibles en nuestro idioma. Y por eso la lista de selección de novelas galardonadas o nominadas a los Premios Nébula que les propongo no es tan larga como las de las dos primeras décadas de los premios. Además, el volumen de novelas que reseñaré es significativamente menor que en otras ocasiones, pues no tengo problema en reconocer que, como simple aficionado al género que soy, aún no he tenido tiempo para leer todas las novelas ya traducidas. Y una última consideración: como siempre, aquellas novelas que ya hayan tenido su entrada propia por alguna otra razón ya aparecerán en la lista con su enlace correspondiente.
Sin más preámbulos, aquí va la lista:
2001:
Ganadora:
"La radio de Darwin" - Greg Bear
Nominada:
"Ladrona de medianoche" - Nalo Hopkinson
2002:
Ganadora:
"Rosa cuántica" - Catherine Asaro
Nominada:
"A través de Marte" - Geoffrey A. Landis
2003:
Ganadora:
"American Gods" - Neil Gaiman
2004:
Ganadora:
"La velocidad de la oscuridad" - Elizabeth Moon
Nominada:
"Chindi" - Jack McDevitt
2005:
Ganadora:
"Paladín de almas" - Lois McMaster Bujold
Nominadas:
"Omega" - Jack McDevitt
"Tocando fondo" - Cory Doctorow
2006:
Ganadora:
"Camuflaje" - Joe Haldeman
Nominada:
"Aire" - Geoff Ryman
2007:
Ganadora:
"Última misión: Margolia" - Jack McDevitt
Nominada:
"El círculo de Farthing" - Jo Walton
2008:
Ganadora:
"El sindicato de policía yiddish" - Michael Chabon
Nominada:
"Odisea" - Jack McDevitt
2009:
Ganadora:
"Poderes" - Ursula K. LeGuin
Nominada:
"Cauldron" - Jack McDevitt
2010:
Ganadora:
"La chica mecánica" - Paolo Bacigalupi
Como pueden ver en esta lista, además de un puñado de nuevos nombres como Cory Doctorow, Michael Chabon o Paolo Bacigalupi, lo que más llama la atención fue que la presencia de escritoras en la lista (desde veteranas como Ursula K. LeGuin o Lois McMaster Bujold a nuevos talentos como Jo Walton o Catherine Asaro) se volvió todavía más masiva que en la década anterior, lo que confirmaba la ya sí permanente incorporación de la mujer a este género literario que hace tiempo dejó de ser mayoritariamente masculino. Y que supone una razón más para seguir con atención mis próximas entradas sobre aquellas novelas ganadoras o nominadas a los premios durante esta década que aún no habían tenido su propia entrada en este humilde blog. Acompáñenme.
domingo, 9 de junio de 2019
La historia de tu vida (1998). Ted Chiang
Una entrada más continúo reseñando las novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula durante la década de los noventa que aún no hubieran tenido una entrada independiente en este mismo blog. Aunque, a decir verdad, la entrada de hoy tiene "truco". Me explico.
En rigor, lo que procedería según el orden cronológico que estoy siguiendo para recorrer estos premios sería reseñar la novela ganadora de los Premios Nébula del año 2000, o al menos alguna de las novelas nominadas. Pero la novela ganadora, "Parable of the Talents", de Octavia E. Butler, no está traducida al español, por lo que no cumple el criterio básico de que este blog se oriente a lectores en nuestro idioma. Y de todas las novelas nominadas ese año, solamente una ("Un abismo en el cielo", de Vernor Vinge) está traducida. Pero si recuerdan, la última novela que en su momento leí de Vinge ("Al final del arco iris", 2006) me resultó tan decepcionante que desde entonces no me han quedado ganas de leer nada más de este autor. Por lo que me encontraba con que no tenía ninguna novela que reseñar de los Premios Nébula de ese año.
Ahora bien, aunque por razones de popularidad el premio a la mejor novela es el más relevante, en los Nébula también se conceden premios en otras tres categorías, entre ellas la (difícilmente publicable en España) de "novelas cortas". Pero como toda regla tiene su excepción, resulta que la novela corta que se alzó con el Premio Nébula del año 2000 sí que está traducida. No sólo eso: "La historia de tu vida", como parte de una antología de relatos y novelas cortas del estadounidense Ted Chiang del mismo título, se sigue editando con regularidad, lo que evidencia su tirón comercial. Por eso he pensado reseñar como obra más representativa de los Nébula del año 2000 esta novela corta de un autor que, aunque muy poco prolífico y que siempre se ciñe a formatos cortos, es uno de los más reputados escritores en este ámbito de la ciencia-ficción. En general esta antología es recomendable porque muchos otros relatos y novelas cortas de la misma también han recibido importantes galardones, pero en particular "La historia de tu vida" es una de las mejores novelas cortas de las últimas décadas: compleja, original, difícil de escribir, y sin embargo aprehensible.
Tras más de un siglo tratando el tema del primer contacto con una especie extraterrestre, es complicado que la literatura de ciencia-ficción pueda seguir proponiendo perspectivas originales. Pero en esta novela Chiang lo consigue plenamente: los heptápodos son razonablemente diferentes en su morfología, mas lo que les confiere su extraordinaria personalidad son sus dos lenguajes, el hablado y el escrito, sin apenas relación entre ellos. Sobre todo este último (el "heptápodo B"), con sus semagramas, sus interpretaciones teleológicas y el reflejo del modo de consciencia simultáneo de los extraterrestres. Sin duda difícil de comprender para los humanos, aunque Chiang logre con notable habilidad que podamos adentrarnos en el descubrimiento gradual del mismo que va logrando Louise, la protagonista de la historia.
Chiang complementa el "heptápodo B" con otro meritorio hallazgo: el recurso a los principios variacionales de la física, y su contraposición a los principios causales que los humanos habitualmente manejamos. Unos principios, con sus intenciones maximizadora y minimizadora, que encajan muy bien con la consciencia simultánea de los heptápodos, y que contribuyen a darle verosimilitud a estos extraterrestres. Reconociendo de nuevo la calidad de Chiang para presentar estos principios sin que el lector se pierda o se desinterese.
Pero para que la novela no se quede sólo en sendos tratados de lingüística y física, es necesario estructurarla con unos personajes y una historia. Y aunque lo que plantea el escritor no es muy original (la relación entre una madre y una hija muy diferentes, y cómo esa madre conoció a su marido durante la investigación de los lenguajes heptápodos), cumple su cometido. Además, Chiang la entronca fantásticamente con sus originales heptápodos al desestructurarla temporalmente, y referirse a ella desde el pasado pero en tiempo verbal futuro. Consiguiendo que esta alternancia entre vivencias desordenadas e investigaciones secuenciales de Louise funcione de manera sorprendente.
La pena es que con tanta complejidad es difícil que la letura sea lo suficientemente placentera. A menudo requiere un esfuerzo notable por parte del lector, y aunque Chiang administra con cuidado las sorpresas en las vivencias de Louise, no terminan de compensar su desestructuración consciente. Si a ello le añadimos que tampoco se termina de explicar por qué los heptápodos vinieron a la Tierra, ni por qué se marcharon de pronto, se entenderá que la considere una obra recomendable pero no un clásico.
En rigor, lo que procedería según el orden cronológico que estoy siguiendo para recorrer estos premios sería reseñar la novela ganadora de los Premios Nébula del año 2000, o al menos alguna de las novelas nominadas. Pero la novela ganadora, "Parable of the Talents", de Octavia E. Butler, no está traducida al español, por lo que no cumple el criterio básico de que este blog se oriente a lectores en nuestro idioma. Y de todas las novelas nominadas ese año, solamente una ("Un abismo en el cielo", de Vernor Vinge) está traducida. Pero si recuerdan, la última novela que en su momento leí de Vinge ("Al final del arco iris", 2006) me resultó tan decepcionante que desde entonces no me han quedado ganas de leer nada más de este autor. Por lo que me encontraba con que no tenía ninguna novela que reseñar de los Premios Nébula de ese año.
Ahora bien, aunque por razones de popularidad el premio a la mejor novela es el más relevante, en los Nébula también se conceden premios en otras tres categorías, entre ellas la (difícilmente publicable en España) de "novelas cortas". Pero como toda regla tiene su excepción, resulta que la novela corta que se alzó con el Premio Nébula del año 2000 sí que está traducida. No sólo eso: "La historia de tu vida", como parte de una antología de relatos y novelas cortas del estadounidense Ted Chiang del mismo título, se sigue editando con regularidad, lo que evidencia su tirón comercial. Por eso he pensado reseñar como obra más representativa de los Nébula del año 2000 esta novela corta de un autor que, aunque muy poco prolífico y que siempre se ciñe a formatos cortos, es uno de los más reputados escritores en este ámbito de la ciencia-ficción. En general esta antología es recomendable porque muchos otros relatos y novelas cortas de la misma también han recibido importantes galardones, pero en particular "La historia de tu vida" es una de las mejores novelas cortas de las últimas décadas: compleja, original, difícil de escribir, y sin embargo aprehensible.
Tras más de un siglo tratando el tema del primer contacto con una especie extraterrestre, es complicado que la literatura de ciencia-ficción pueda seguir proponiendo perspectivas originales. Pero en esta novela Chiang lo consigue plenamente: los heptápodos son razonablemente diferentes en su morfología, mas lo que les confiere su extraordinaria personalidad son sus dos lenguajes, el hablado y el escrito, sin apenas relación entre ellos. Sobre todo este último (el "heptápodo B"), con sus semagramas, sus interpretaciones teleológicas y el reflejo del modo de consciencia simultáneo de los extraterrestres. Sin duda difícil de comprender para los humanos, aunque Chiang logre con notable habilidad que podamos adentrarnos en el descubrimiento gradual del mismo que va logrando Louise, la protagonista de la historia.
Chiang complementa el "heptápodo B" con otro meritorio hallazgo: el recurso a los principios variacionales de la física, y su contraposición a los principios causales que los humanos habitualmente manejamos. Unos principios, con sus intenciones maximizadora y minimizadora, que encajan muy bien con la consciencia simultánea de los heptápodos, y que contribuyen a darle verosimilitud a estos extraterrestres. Reconociendo de nuevo la calidad de Chiang para presentar estos principios sin que el lector se pierda o se desinterese.
Pero para que la novela no se quede sólo en sendos tratados de lingüística y física, es necesario estructurarla con unos personajes y una historia. Y aunque lo que plantea el escritor no es muy original (la relación entre una madre y una hija muy diferentes, y cómo esa madre conoció a su marido durante la investigación de los lenguajes heptápodos), cumple su cometido. Además, Chiang la entronca fantásticamente con sus originales heptápodos al desestructurarla temporalmente, y referirse a ella desde el pasado pero en tiempo verbal futuro. Consiguiendo que esta alternancia entre vivencias desordenadas e investigaciones secuenciales de Louise funcione de manera sorprendente.
La pena es que con tanta complejidad es difícil que la letura sea lo suficientemente placentera. A menudo requiere un esfuerzo notable por parte del lector, y aunque Chiang administra con cuidado las sorpresas en las vivencias de Louise, no terminan de compensar su desestructuración consciente. Si a ello le añadimos que tampoco se termina de explicar por qué los heptápodos vinieron a la Tierra, ni por qué se marcharon de pronto, se entenderá que la considere una obra recomendable pero no un clásico.
sábado, 25 de mayo de 2019
Paz interminable (1998). Joe Haldeman
Una nueva entrada continúo reseñando las novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula durante la década de los noventa que aún no hubieran tenido una entrada independiente en este humilde blog. Le ha llegado a la oportunidad a "Paz interminable", una de las novelas más conocidas del escritor estadounidense Joe Haldeman, ganadora del Premio Nébula correspondiente a su año de publicación. Que es también una de las que más confusión genera, porque el título (tanto en inglés como en español) parece dar a entender que se trata de una novela de la misma saga que "La guerra interminable", su novela más famosa. Pero como ya tuve la oportunidad de señalar cuando reseñé aquella, no estamos ante una secuela o una precuela de la misma: ambas novelas simplemente comparten marco de referencia, pero en la práctica podemos afirmar sin equivocarnos que son dos novelas independientes. Y ambas con múltiples galardones, aunque personalmente prefiero "La guerra interminable". Y es que "Paz interminable" es una novela difícil de clasificar, que parece de guerra, luego de relaciones personales, más tarde científica y al final resulta ser un thriller. Con un puñado de buenas ideas, pero también con algunos defectos apreciables. Y un tanto fría.
El mayor defecto es precisamente esa inconcreción argumental, que descoloca a un lector que, en parte por el título, en parte por las primeras páginas, espera una novela bélica, pero que ve cómo el componente bélico desaparece tras los primeros capítulos. No sólo eso; el plan para humanizar a la humanidad (valga la redundancia) y terminar con la guerra entre la Alianza y los Ngumi, que en realidad es el eje sobre el que orbita la trama, no se plantea hasta la mitad del libro, lo que provoca que las primeras doscientas páginas resulten, vistas en perspectiva, demasiadas.
Además, los acontecimientos de la segunda mitad de la novela se salen poco de lo esperado, y el escritor necesita recurrir in extremis a personajes y organizaciones de las que nada habíamos sabido hasta entonces (como Gavrila, Blaisdell, o el Martillo de Dios). Tampoco el estilo (intercalando la tercera persona y la narración en primera persona del protagonista, Julian Class, y sin capítulos claramente diferenciados, ni títulos, ni siquiera con referencias temporales suficientes) juega a favor del lector. Que se ve obligado por ende a afrontar una violencia y una crueldad esperable en Haldeman pero probablemente excesiva.
A cambio, Haldeman caracteriza con habilidad su pareja protagonista (Julian y Amelia Harding), nos presenta un año 2043 muy verosímil desde el punto de vista social (con las diferencias entre el primer y el tercer mundo ahondadas por las casi mágicas naonfraguas), y durante la segunda mitad convierte su novela en un thriller de ritmo rápido que atrapa al lector. Por otra parte, muchas de las ideas propuestas se apoyan consistentemente en el elemento científico: el colosal Proyecto Júpiter, los Soldaditos controlados remotamente (con los que la Alianza combate al enemigo sin apenas sufrir bajas), y sobre todo los conectores cerebrales con los que los controlan, cuya extrapolación para primero acceder a la mente de otras personas y más adelante humanizarlas, da lugar a las mejores especulaciones de la novela.
Así que aunque el desenlace resulte un tanto increíble, y pese a la violencia final que se apodera de Class, la novela se deja leer, y nos brinda algunas buenas reflexiones. Aunque como adelantaba al principio de la reseña no me parece un clásico, y creo que en 1998 se publicaron novelas mejores.
El mayor defecto es precisamente esa inconcreción argumental, que descoloca a un lector que, en parte por el título, en parte por las primeras páginas, espera una novela bélica, pero que ve cómo el componente bélico desaparece tras los primeros capítulos. No sólo eso; el plan para humanizar a la humanidad (valga la redundancia) y terminar con la guerra entre la Alianza y los Ngumi, que en realidad es el eje sobre el que orbita la trama, no se plantea hasta la mitad del libro, lo que provoca que las primeras doscientas páginas resulten, vistas en perspectiva, demasiadas.
Además, los acontecimientos de la segunda mitad de la novela se salen poco de lo esperado, y el escritor necesita recurrir in extremis a personajes y organizaciones de las que nada habíamos sabido hasta entonces (como Gavrila, Blaisdell, o el Martillo de Dios). Tampoco el estilo (intercalando la tercera persona y la narración en primera persona del protagonista, Julian Class, y sin capítulos claramente diferenciados, ni títulos, ni siquiera con referencias temporales suficientes) juega a favor del lector. Que se ve obligado por ende a afrontar una violencia y una crueldad esperable en Haldeman pero probablemente excesiva.
A cambio, Haldeman caracteriza con habilidad su pareja protagonista (Julian y Amelia Harding), nos presenta un año 2043 muy verosímil desde el punto de vista social (con las diferencias entre el primer y el tercer mundo ahondadas por las casi mágicas naonfraguas), y durante la segunda mitad convierte su novela en un thriller de ritmo rápido que atrapa al lector. Por otra parte, muchas de las ideas propuestas se apoyan consistentemente en el elemento científico: el colosal Proyecto Júpiter, los Soldaditos controlados remotamente (con los que la Alianza combate al enemigo sin apenas sufrir bajas), y sobre todo los conectores cerebrales con los que los controlan, cuya extrapolación para primero acceder a la mente de otras personas y más adelante humanizarlas, da lugar a las mejores especulaciones de la novela.
Así que aunque el desenlace resulte un tanto increíble, y pese a la violencia final que se apodera de Class, la novela se deja leer, y nos brinda algunas buenas reflexiones. Aunque como adelantaba al principio de la reseña no me parece un clásico, y creo que en 1998 se publicaron novelas mejores.
sábado, 11 de mayo de 2019
Río lento (1995). Nicola Griffith
Con la presente entrada continúo reseñando las novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula durante la década de los noventa que aún no hubieran tenido una entrada propia en este humilde blog. Le ha llegado el turno a "Río lento", de la escritora británica Nicola Griffith. Que aunque se publicó en el año 1995, se alzó con el Premio Nébula a la mejor novela del año 1997. Un galardón tal vez cuestionable, porque se trata de una novela singular sin duda, pero también pretenciosa, machacona y decepcionante durante buena parte de su lectura, pero que sin embargo crece de manera cautivadora durante su tercio final.
He usado el adjetivo "machacona" a propósito, porque lo que más trasciende de la novela es su lesbianismo exacerbado. Y es que no sólo su protagonista Lore Van de Oest es lesbiana, es que la mayoría de las mujeres que aparecen lo son. Y la escritora insiste en detenerse sobre este tema una y otra vez (en mi opinión con más encuentros sexuales de los necesarios, o con la sorpresa final sobre el trauma infantil de Lore), hasta el punto de conferirle a la novela una sensación de inverosimilitud que no le favorece en absoluto. Aunque probablemente en aras de la diversidad creativa ese lesbianismo obsesivo fuera una baza a la hora de alzarse con el Nébula.
Otro factor que seguramente influyó en el galardón, y que en cambio para mí constituye un defecto serio, es la mezcla de distintas etapas en la vida de Lore, en primera y en tercera persona, a lo largo de toda la novela. Una técnica que se supone asociada a la calidad literaria (entiendo que puede ser más difícil escribir, o desordenar, una historia de esa forma), pero que provoca que el lector se esté permanentemente desenganchando cada pocas páginas de una historia, afectando notablemente a la capacidad de la novela para atraparle, y disminuyendo por tanto el interés.
Además, la a mi modo de ver excesiva atención que presta Griffith durante el primer tercio de la novela a la química que sustenta los procesos de la planta de depuración de Hedon Road, y el hecho de que la sociedad del "futuro cercano" que nos presenta se parezca demasiado a la de los años noventa (y sin embargo Griffith omita a propósito cualquier referencia temporal, el nombre de la ciudad en la que transcurre el grueso de la acción, o cualquier explicación sobre la sociedad o la política en el resto del mundo), abundan en esa sensación de irrealidad, de acontecimientos que siendo objetivos nunca podrían suceder.
Y pese a todo lo anterior, creo que la novela merece una lectura. Porque si se superan todos los obstáculos mencionados y se alcanza el último tercio de la novela, ésta despliega entonces todas sus virtudes. Sobre todo la historia personal de Lore, su caída desde su posición de poder en el seno de una familia multimillonaria hasta su lucha por ganarse la vida en los bajos fondos de la sociedad con su nueva identidad. Pero también la manera como las distintas piezas (el secuestro, los abusos sexuales, el sabotaje en la planta, la prostitución, el pirateo de anuncios) van encajando de modo convincente. Y todo ello sustentado con unos personajes principales muy bien caracterizados, y con unas últimas cincuenta páginas que son casi un thriller en distintos ejes temporales.
Eso sí, el desenlace me pareció demasiado escueto (Griffith apenas esboza el reencuentro de Lore con su familia, no cierra su relación con Spanner, ni explica mínimamente la estructura detrás de Meisener), dando la impresión de un cierre apresurado y no del todo bien estructurado.
He usado el adjetivo "machacona" a propósito, porque lo que más trasciende de la novela es su lesbianismo exacerbado. Y es que no sólo su protagonista Lore Van de Oest es lesbiana, es que la mayoría de las mujeres que aparecen lo son. Y la escritora insiste en detenerse sobre este tema una y otra vez (en mi opinión con más encuentros sexuales de los necesarios, o con la sorpresa final sobre el trauma infantil de Lore), hasta el punto de conferirle a la novela una sensación de inverosimilitud que no le favorece en absoluto. Aunque probablemente en aras de la diversidad creativa ese lesbianismo obsesivo fuera una baza a la hora de alzarse con el Nébula.
Otro factor que seguramente influyó en el galardón, y que en cambio para mí constituye un defecto serio, es la mezcla de distintas etapas en la vida de Lore, en primera y en tercera persona, a lo largo de toda la novela. Una técnica que se supone asociada a la calidad literaria (entiendo que puede ser más difícil escribir, o desordenar, una historia de esa forma), pero que provoca que el lector se esté permanentemente desenganchando cada pocas páginas de una historia, afectando notablemente a la capacidad de la novela para atraparle, y disminuyendo por tanto el interés.
Además, la a mi modo de ver excesiva atención que presta Griffith durante el primer tercio de la novela a la química que sustenta los procesos de la planta de depuración de Hedon Road, y el hecho de que la sociedad del "futuro cercano" que nos presenta se parezca demasiado a la de los años noventa (y sin embargo Griffith omita a propósito cualquier referencia temporal, el nombre de la ciudad en la que transcurre el grueso de la acción, o cualquier explicación sobre la sociedad o la política en el resto del mundo), abundan en esa sensación de irrealidad, de acontecimientos que siendo objetivos nunca podrían suceder.
Y pese a todo lo anterior, creo que la novela merece una lectura. Porque si se superan todos los obstáculos mencionados y se alcanza el último tercio de la novela, ésta despliega entonces todas sus virtudes. Sobre todo la historia personal de Lore, su caída desde su posición de poder en el seno de una familia multimillonaria hasta su lucha por ganarse la vida en los bajos fondos de la sociedad con su nueva identidad. Pero también la manera como las distintas piezas (el secuestro, los abusos sexuales, el sabotaje en la planta, la prostitución, el pirateo de anuncios) van encajando de modo convincente. Y todo ello sustentado con unos personajes principales muy bien caracterizados, y con unas últimas cincuenta páginas que son casi un thriller en distintos ejes temporales.
Eso sí, el desenlace me pareció demasiado escueto (Griffith apenas esboza el reencuentro de Lore con su familia, no cierra su relación con Spanner, ni explica mínimamente la estructura detrás de Meisener), dando la impresión de un cierre apresurado y no del todo bien estructurado.
sábado, 27 de abril de 2019
Metropol (1995). Walter Jon Williams
Una nueva entrada prosigo reseñando en orden cronológico las novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula durante la década de los noventa. Voy a hablarles en esta ocasión de Metropol, del estadounidense Walter Jon Williams. Que fue una de las novelas nominadas a los Nébula el año que ganó "El experimento terminal", del para mí un tanto mediocre Robert J. Sawyer. Y es que sin considerarla una gran novela, la obra de Williams me parece una digna nominada, muy original, potente visualmente, con varias ideas ingeniosas y bien escrita. Lástima que en mi opinión le sobren elementos fantástico y le falten un rumbo y un propósito claros.
Para tratarse de un mundo tan complejo como el ideado por Williams, superpoblado y sin referencias trasladables a nuestro planeta actual, el escritor consigue con habilidad y buenas decisiones que el lector se sitúe en él sin excesivo esfuerzo, y comience a disfrutar de las bondades de la novela. Que en buena medida derivan de su original propuesta: una lejana Tierra, miles de años en el futuro, en la que toda la superficie disponible ya ha sido edificada y reedificada una y otra vez, sin noches, con algo sólo remotamente parecido a nuestras naciones (Jaasper, Barzaki, Cheloki, Caraqui), y con un elemento fantástico (el plasma) que sin embargo el escritor logra presentar como un concepto plausible y hasta natural en ese mundo futuro.
Además, Williams acierta al plantear una única línea narrativa en torno a Aiah, su protagonista femenina absoluta. La forma como Aiah persigue y logra un cambio en su vida, triunfa a pesar de sus contradicciones, asciende hasta convertirse en colaboradora y amante del metropol Constantine, y acaba saliendo indemne de su participación en la toma de Caraqui, está presentada con una solvencia digna de elogio. Los diálogos son siempre acertados, las descripciones las justas para visualizar la inmensa metrópolis, y el equilibrio entre acontecimientos y sentimientos muy preciso.
Los problemas comienzan cuando Williams comienza a abusar de elementos fantásticos. La "geomántica" y la "geomaturgia", conceptos vinculados a la extracción y la manipulación del plasma, aún tienen un pase. Pero las ánimas, los magos, los mutantes, la teletransportación, el Hombre de Hielo, los delfines que hablan... son demasiados elementos difíciles de aceptar, y la verosimilitud de la novela se resiente. A ello hay que sumarle todo lo que Williams deja sin explicar: lo más obvio es que no arroja ninguna luz sobre la barrera que oculta el sol y la luna, mas tampoco acabamos entendiendo la naturaleza real del metropol, lo que realmente se esconde tras La Operación, o incluso por qué el bebé de Tella tiene que estar siempre en las oficinas de la Compañía.
Argumentalmente la novela también flojea en su segunda mitad. Y es que una vez que Aiah se ha vuelto rica y ha conseguido una relación fluida con Constantine, es obvio que Williams no tiene claro por dónde tirar: si por una conspiración a escala planetaria, si por las pequeñas vivencias individuales de su protagonista, si por la investigación de La Operación... Al final opta por presentarnos la toma de Caraqui como la manera de cerrar de la novela dignamente, y se saca de la chistera el único personaje poco convincente del libro, Rohder, con su extraña cuota de poder y sus si cabe más peculiares encargos. Así el escritor construye un desenlace decente y agradable, pero muy lejos de lo que lo que la novela apuntaba al comienzo.
A pesar de ello, su originalidad y su calidad literaria me parecen argumentos innegables como para que optara a los Premios Nébula. Porque no es fácil aunar esas dos virtudes en un género que estaba ya tan trillado en la década de los noventa como la ciencia-ficción.
Para tratarse de un mundo tan complejo como el ideado por Williams, superpoblado y sin referencias trasladables a nuestro planeta actual, el escritor consigue con habilidad y buenas decisiones que el lector se sitúe en él sin excesivo esfuerzo, y comience a disfrutar de las bondades de la novela. Que en buena medida derivan de su original propuesta: una lejana Tierra, miles de años en el futuro, en la que toda la superficie disponible ya ha sido edificada y reedificada una y otra vez, sin noches, con algo sólo remotamente parecido a nuestras naciones (Jaasper, Barzaki, Cheloki, Caraqui), y con un elemento fantástico (el plasma) que sin embargo el escritor logra presentar como un concepto plausible y hasta natural en ese mundo futuro.
Además, Williams acierta al plantear una única línea narrativa en torno a Aiah, su protagonista femenina absoluta. La forma como Aiah persigue y logra un cambio en su vida, triunfa a pesar de sus contradicciones, asciende hasta convertirse en colaboradora y amante del metropol Constantine, y acaba saliendo indemne de su participación en la toma de Caraqui, está presentada con una solvencia digna de elogio. Los diálogos son siempre acertados, las descripciones las justas para visualizar la inmensa metrópolis, y el equilibrio entre acontecimientos y sentimientos muy preciso.
Los problemas comienzan cuando Williams comienza a abusar de elementos fantásticos. La "geomántica" y la "geomaturgia", conceptos vinculados a la extracción y la manipulación del plasma, aún tienen un pase. Pero las ánimas, los magos, los mutantes, la teletransportación, el Hombre de Hielo, los delfines que hablan... son demasiados elementos difíciles de aceptar, y la verosimilitud de la novela se resiente. A ello hay que sumarle todo lo que Williams deja sin explicar: lo más obvio es que no arroja ninguna luz sobre la barrera que oculta el sol y la luna, mas tampoco acabamos entendiendo la naturaleza real del metropol, lo que realmente se esconde tras La Operación, o incluso por qué el bebé de Tella tiene que estar siempre en las oficinas de la Compañía.
Argumentalmente la novela también flojea en su segunda mitad. Y es que una vez que Aiah se ha vuelto rica y ha conseguido una relación fluida con Constantine, es obvio que Williams no tiene claro por dónde tirar: si por una conspiración a escala planetaria, si por las pequeñas vivencias individuales de su protagonista, si por la investigación de La Operación... Al final opta por presentarnos la toma de Caraqui como la manera de cerrar de la novela dignamente, y se saca de la chistera el único personaje poco convincente del libro, Rohder, con su extraña cuota de poder y sus si cabe más peculiares encargos. Así el escritor construye un desenlace decente y agradable, pero muy lejos de lo que lo que la novela apuntaba al comienzo.
A pesar de ello, su originalidad y su calidad literaria me parecen argumentos innegables como para que optara a los Premios Nébula. Porque no es fácil aunar esas dos virtudes en un género que estaba ya tan trillado en la década de los noventa como la ciencia-ficción.
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