Una entrada más continúo reseñanado las novelas que tienen como trasfondo o marco escénico a Marte. Avanzamos en el tiempo y llegamos ya a 1988. Como ya he comentado en otras ocasiones, los ochenta fueron en mi opinión una década relativamente floja para la literatura de ciencia-ficción. Y esta novela es un buen ejemplo. "Camino desolación" fue la obra con la que debutó el británico Ian McDonald, y su reconocimiento fue instantáneo. Tanto que consiguió el Premio Locus, que no es el más prestigioso del género pero sí refleja bien a las claras la popularidad que alcanzó. Un reconocimiento en mi humilde opinión completamente inmerecido. Porque seguramente se trata de la novela más original que se ha escrito sobre Marte, pero ese derroche imaginativo resulta fútil por su inverosimilitud extrema y por el carrusel de personajes y situaciones que apabullan al lector hasta hacerle perder el interés.
Lo peor que puede decirse de esta novela es que transcurre en Marte como podría transcurrir en cualquier otro sitio. Aunque McDonald explica cómo la compañía ROTECH la terraformó en un futuro relativamente lejano (aproximadamente ochocientos años marcianos, casi mil seiscientos terrestres), y aun agradeciendo las explicaciones que nos ofrece para detalles tales como el mantenimiento de la atmósfera o la generación del clima, todo lo que sucede en el libro podría haber tenido lugar en cualquier otro planeta. Y eso que la caracterización de los lugares es muy minuciosa y a menudo atrayente dentro de su falta de realismo (el propio Camino Desolación, pero también Belladona, Kershaw, Chryse...), pero al terminar la lectura resulta obvio que el autor no ha aprovechado ninguna de las singularidades del Planeta Rojo.
A tal fracaso contribuyen de manera decisiva todas las licencias que se permite el escritor: lo de los viajes en el tiempo (aunque muy llevado al extremo) puede tener un pase, pero el uso indiscriminado de las distorsiones temporales, la forma en la que muchos de los personajes se ganan la vida o incluso mueren, las atracciones que los entretienen (baste citar la Feria Ambulante y Fantasía Educativa de Adam Black), la reencarnación del diablo para jugar una partida de billar, el culto a la "santa" Tasmeen Mandela, el Omniverso Pamplasmático... Todo ello es más propio de la fantasía más licenciosa que de una novela medianamente seria sobre la vida en Marte.
La obra también hace aguas desde el punto de vista literario: sin una estructura sólida, en su mayor parte está conformada por una serie de episodios fragmentados de una cantidad tan amplia de personajes que a menudo resultan difíciles de seguir. Y cuando al fin parece que la trama comienza a cuajar en el último tercio, con el levantamiento obrero frente al feudalismo industrial en que se basa la explotación de Villa Acero como línea narrativa, McDonald la arruina conviertiéndola en una fatigosa contienda entre las más diversas facciones, que se alarga durante varios capítulos, con una delirante exhibición de armamento, hasta que el lector termina por desconectar definitivamente.
De lo poco salvable de la novela es el elenco de personajes. Mayoritariamente tan extremos que resultan por completo increíbles, su singularidad les hace reconocibles, y en la mente de McDonald al menos están claras sus vivencias e interdependencias, hasta el extremo de que prácticamente todos ellos reciben un final específico. Además, la atención está razonablemente bien repartida entre todos ellos, muchos de ellos poseen nombres o apellidos intencionales (los Stalin, los Mandela), y en algunos casos sus motivaciones y sus actos están bien acompasados (como el Doctor Alimantando, o Limaal Mandela). El otro punto a favor de la novela es la tremenda imaginación que hay tras ella (profesiones, denominaciones, inquietudes, empleo de la tecnología), muy desordenada y poco aprehensible, pero perceptible.
Incluso el desenlace de la novela resulta decepcionante por previsible: "Camino Desolación" resulta ser el típico lugar en medio de la nada (como si fuera una novela sobre el Medio Oeste), que durante un tiempo experimenta un auge inusitado pero que poco después termina mortecino y finalmente abandonado. Lo mismo que el lector tras leer esta novela. Sin duda habría formado parte de mi lista de quince novelas decepcionantes, si la hubiera leído para cuando la confeccioné.
Un apasionado de la literatura de ciencia-ficción y escritor a tiempo parcial que dedica parte de sus escasos ratos libres a compartir su pasión con el resto de aficionados.
sábado, 10 de abril de 2021
sábado, 27 de marzo de 2021
La llamada lejana (1978). Gordon R. Dickson
Con la presente entrada continúo la reseña de algunas de las novelas más representativas de la ciencia-ficción cuyo trasfondo sea el planeta Marte. Continuamos avanzando en el tiempo y llegamos ya a 1978, año en el que vio la luz en formato libro (antes había aparecido serializada en la mítica revista "Analog") "La llamada lejana", del estadounidense Gordon R. Dickson. Escritor relativamente poco conocido para el lector en español pese a que buena parte de su bibliografía se ha traducido a nuestro idioma. Y novela también poco recordada en estos tiempos, ni siquiera cuando se enumeran obras relativas al Planeta Rojo en publicaciones especializadas. Y sin embargo, su enfoque es uno de los más singulares del género, pues se trata de una original forma de relatar la primera expedición a Marte, más centrada en los acontecimientos y las intrigas terrestres en torno a la misma que en las peripecias a bordo de las naves. Originalidad que desgraciadamente acaba lastrando en buena medida el resultado final.
Y es que el grueso de las páginas de la novela no se dedica a las aventuras de las naves que emprenden tan fascinante viaje, sino a todos los intereses cruzados en torno a dicha expedición. Dickson sugiere que ese primer vuelo tripulado a Marte es el fruto de una endeble coalición entre las seis naciones más poderosas de la Tierra en una fecha indeterminada pero probablemente anterior al año 2021, y esos conflictos subyacentes a tan noble empresa son los que utiliza para vertebrar su trama. Inicialmente el escritor parece centrarse en las peripecias de Jens Wiley, el subsecretario de E.E.U.U. para el Desarrollo del Espacio (un puesto tan rimbombante como carente de contenido). Pero en realidad plantea una novela coral, con cerca de una veintena de personajes de la más diversa índole (periodistas, técnicos, espías, representantes gubernamentales, personal de la NASA...) entre los que reparte la atención, enriquecida además gracias a esa sugestiva propuesta multicultural y plurinacional que tanto se aleja de la típica "expedición yanqui".
Este foco en lo que sucede en la Tierra durante esos meses es, sin embargo, el mayor defecto de la novela. Porque el lanzamiento, el acoplamiento de las dos naves gemelas, la sobrecarga de actividades planificadas a bordo y el resto de las peripecias de los seis martenautas durante la travesía, pasan a un relativo segundo plano. Pese a lo cual resulta una línea narrativa mucho más interesante, bien planteada, presentada y documentada, con personajes complementarios y mucha más emoción. Por el contrario, la vastedad de nombres y situaciones paralelamente enlazadas en la Tierra dificulta que el lector las pueda seguir con facilidad, disminuyendo aún más el interés en esas líneas narrativas.
Y es una pena, porque Dickson propone para la Tierra sugestivas ideas: desde nuevos sistemas económicos (con el de la dirección compartida que ha permitido a los E.E.U.U. ampliar su supremacía a la cabeza), pasando por los entresijos de la política y su preeminencia sobre otras consideraciones técnicas u astronómicas en tan fascinante misión, hasta un esfuerzo evidente por capturar las emociones y los sentimientos de muchos de sus personajes (con mención especial para la compleja relación entre Jens y Lin). Pero todo ello pierde fuerza frente a unos marcos escénicos reiterativos y poco disfrutables (la mansión de la Duquesa, aparente lugar de intrigas que no acaban de despuntar, el arquetípico bar del Hilton...), la mal explicada y poco influyente vinculación entre los diversos representantes y espías que trabajan al servicio de otros, personajes poco interesantes que sin embargo reciben más atención que los propios martenautas (Verigin, Sir Geoffrey), y situaciones que no han envejecido bien (matones a sueldo, comportamientos machistas). Tampoco ayuda la prosa de Dickson, correcta pero sin chispa y un tanto arcaica.
A cambio, el elemento científico que sustenta el lanzamiento y sobre todo la vida a bordo está muy conseguido para la época en la que se escribió, la estructura de las naves, con sus cubiertas y sus elementos de soporte, está muy bien presentada y ayuda a seguir los acontecimientos en ellas, y las circunstancias que conducen al inesperado fracaso de la expedición son razonables y desencadenan relaciones netamente humanas. Además, el doble final, con mención especial para el sensato y equilibrado desenlace a bordo de las naves (con la dualidad y la complementariedad de sus dos máximos responsables, el estadounidense Tad y el ruso Fedya), mejora la impresión final de la novela. Que se queda en una lectura interesante para complementar lo que la ciencia-ficción ha ofrecido sobre el planeta Marte, pero que podría haber dado más de sí, sin necesidad de desdeñar los acontecimientos en la Tierra, si cien de las páginas dedicadas a ello las hubiera empleado Dickson para ampliar lo acaecido a bordo de las naves.
Y es que el grueso de las páginas de la novela no se dedica a las aventuras de las naves que emprenden tan fascinante viaje, sino a todos los intereses cruzados en torno a dicha expedición. Dickson sugiere que ese primer vuelo tripulado a Marte es el fruto de una endeble coalición entre las seis naciones más poderosas de la Tierra en una fecha indeterminada pero probablemente anterior al año 2021, y esos conflictos subyacentes a tan noble empresa son los que utiliza para vertebrar su trama. Inicialmente el escritor parece centrarse en las peripecias de Jens Wiley, el subsecretario de E.E.U.U. para el Desarrollo del Espacio (un puesto tan rimbombante como carente de contenido). Pero en realidad plantea una novela coral, con cerca de una veintena de personajes de la más diversa índole (periodistas, técnicos, espías, representantes gubernamentales, personal de la NASA...) entre los que reparte la atención, enriquecida además gracias a esa sugestiva propuesta multicultural y plurinacional que tanto se aleja de la típica "expedición yanqui".
Este foco en lo que sucede en la Tierra durante esos meses es, sin embargo, el mayor defecto de la novela. Porque el lanzamiento, el acoplamiento de las dos naves gemelas, la sobrecarga de actividades planificadas a bordo y el resto de las peripecias de los seis martenautas durante la travesía, pasan a un relativo segundo plano. Pese a lo cual resulta una línea narrativa mucho más interesante, bien planteada, presentada y documentada, con personajes complementarios y mucha más emoción. Por el contrario, la vastedad de nombres y situaciones paralelamente enlazadas en la Tierra dificulta que el lector las pueda seguir con facilidad, disminuyendo aún más el interés en esas líneas narrativas.
Y es una pena, porque Dickson propone para la Tierra sugestivas ideas: desde nuevos sistemas económicos (con el de la dirección compartida que ha permitido a los E.E.U.U. ampliar su supremacía a la cabeza), pasando por los entresijos de la política y su preeminencia sobre otras consideraciones técnicas u astronómicas en tan fascinante misión, hasta un esfuerzo evidente por capturar las emociones y los sentimientos de muchos de sus personajes (con mención especial para la compleja relación entre Jens y Lin). Pero todo ello pierde fuerza frente a unos marcos escénicos reiterativos y poco disfrutables (la mansión de la Duquesa, aparente lugar de intrigas que no acaban de despuntar, el arquetípico bar del Hilton...), la mal explicada y poco influyente vinculación entre los diversos representantes y espías que trabajan al servicio de otros, personajes poco interesantes que sin embargo reciben más atención que los propios martenautas (Verigin, Sir Geoffrey), y situaciones que no han envejecido bien (matones a sueldo, comportamientos machistas). Tampoco ayuda la prosa de Dickson, correcta pero sin chispa y un tanto arcaica.
A cambio, el elemento científico que sustenta el lanzamiento y sobre todo la vida a bordo está muy conseguido para la época en la que se escribió, la estructura de las naves, con sus cubiertas y sus elementos de soporte, está muy bien presentada y ayuda a seguir los acontecimientos en ellas, y las circunstancias que conducen al inesperado fracaso de la expedición son razonables y desencadenan relaciones netamente humanas. Además, el doble final, con mención especial para el sensato y equilibrado desenlace a bordo de las naves (con la dualidad y la complementariedad de sus dos máximos responsables, el estadounidense Tad y el ruso Fedya), mejora la impresión final de la novela. Que se queda en una lectura interesante para complementar lo que la ciencia-ficción ha ofrecido sobre el planeta Marte, pero que podría haber dado más de sí, sin necesidad de desdeñar los acontecimientos en la Tierra, si cien de las páginas dedicadas a ello las hubiera empleado Dickson para ampliar lo acaecido a bordo de las naves.
sábado, 20 de marzo de 2021
La máquina espacial (1976). Christopher Priest
Con la presente entrada continúo la reseña en orden cronológico de las novelas que he seleccionado para reflejar la relevancia del planeta Marte en la literatura de ciencia-ficción. Voy a hablarles en esta oportunidad de "La máquina especial", del escritor británico Christopher Priest. Que sin ser una de sus novelas más famosas, sí es lo suficientemente reconocida como para haber sido reeditada en español no hace muchos años (reedición a la que corresponde la portada adjunta). Y que se trata de un ingenioso y disfrutable homenaje a las dos novelas más emblemáticas del también británio H.G. Wells ("La máquina del tiempo", 1895, y "La guerra de los mundos", 1898), quizá el padre de la ciencia-ficcion. Con Marte como trasfondo y escenario principal, la solvencia habitual del siempre confiable Priest, y un ritmo narrativo trepidante. Aunque también con una imaginación desbordante que se permite más excesos de los necesarios.
Seguramente lo más destacable del libro sea su validez como lectura independiente para aquellos que no hayan leído los clásicos de Wells. Con un estilo y una ambientación que podríamos definir como "steampunk victoriano antes de que se acuñara el término steampunk", Priest propone una inagotable sucesión de aventuras que llevarán a la pareja protagonista (Edward Turnbull y Amelia Fitzgibbon) desde la Inglaterra de finales del siglo XIX a un planeta Marte heredero del imaginado por Wells, y de vuelta a una Inglaterra posterior cronológicamente, en plena invasión marciana. Con una prosa ágil y eficaz, y sin que sobre una sola página, el entretenimiento está asegurado.
Casi al mismo nivel raya la habilidad del autor para cohesionar las dos novelas de Wells, que nunca fueron concebidas para funcionar como un todo. Respetando el estilo de ambas, Priest es capaz de rellenar los huecos entre ellas para construir una base sólida sobre la que asentar y justificar "La máquina espacial". Además, el escritor hace un uso sutil de los avances tecnológicos acaecidos entre 1898 y 1976, de manera que complementen lo que en su momento había presentado Wells como base científica para sus obras (por ejemplo en los recomendables episodios bélicos), pero respetando lo más reconocible de la ciencia de sus antecesoras. El detalle final de que sea el propio Sr. Wells quien con su decisiva contribución favorezca un desenlace favorable pone el broche de oro al homenaje de Priest.
No obstante, la novela dista de ser redonda, esencialmente por dos razones. La primera son las licencias tecnológicas que se toma Priest, innecesarias a mi modo de ver. Está claro que maridar trenes a vapor con cohetes espaciales puede chirriar, pero Priest va aún más allá y le resta verosimilitud a su creación con un Marte de atmósfera respirable, realidades atenuadas y otros excesos. Y la segunda, que se difumina la potente compotente especulativa de las novelas de Wells: apenas encontraremos alguna reflexión puntual, pero sin duda muy lejos de aprovechar los elementos que el escritor tiene a mano.
A menor escala, otros defectos menores son la previsible evolución de la historia de amor entre Edward y Amelia, el hecho de que todo lo que nos cuenta Priest sobre las repercusiones de la invasión marciana se limite al valle del Támesis, o un desenlace que aunque conforme avanzan las páginas aparenta ser explicativo, al final se queda entre lo implícito y lo alegórico. Aun así, la impresión global de la novela es favorable: las posibles paradojas temporales están aceptablemente bien resueltas, la compleja y deprimente sociedad marciana resulta cautivadora, y cómo se llegó hasta su situación actual razonable, las reacciones de los humanos ante la tecnología marciana sensatas y divertidas, los giros argumentales de la trama son comprensibles y bien enlazados, y es fácil encontrar capítulos y episodios disfrutables y de calidad al mismo tiempo. En definitiva, no estamos ante un clásico, pero sí ante una recomendable novela sobre Marte, que ha envejecido bien.
Seguramente lo más destacable del libro sea su validez como lectura independiente para aquellos que no hayan leído los clásicos de Wells. Con un estilo y una ambientación que podríamos definir como "steampunk victoriano antes de que se acuñara el término steampunk", Priest propone una inagotable sucesión de aventuras que llevarán a la pareja protagonista (Edward Turnbull y Amelia Fitzgibbon) desde la Inglaterra de finales del siglo XIX a un planeta Marte heredero del imaginado por Wells, y de vuelta a una Inglaterra posterior cronológicamente, en plena invasión marciana. Con una prosa ágil y eficaz, y sin que sobre una sola página, el entretenimiento está asegurado.
Casi al mismo nivel raya la habilidad del autor para cohesionar las dos novelas de Wells, que nunca fueron concebidas para funcionar como un todo. Respetando el estilo de ambas, Priest es capaz de rellenar los huecos entre ellas para construir una base sólida sobre la que asentar y justificar "La máquina espacial". Además, el escritor hace un uso sutil de los avances tecnológicos acaecidos entre 1898 y 1976, de manera que complementen lo que en su momento había presentado Wells como base científica para sus obras (por ejemplo en los recomendables episodios bélicos), pero respetando lo más reconocible de la ciencia de sus antecesoras. El detalle final de que sea el propio Sr. Wells quien con su decisiva contribución favorezca un desenlace favorable pone el broche de oro al homenaje de Priest.
No obstante, la novela dista de ser redonda, esencialmente por dos razones. La primera son las licencias tecnológicas que se toma Priest, innecesarias a mi modo de ver. Está claro que maridar trenes a vapor con cohetes espaciales puede chirriar, pero Priest va aún más allá y le resta verosimilitud a su creación con un Marte de atmósfera respirable, realidades atenuadas y otros excesos. Y la segunda, que se difumina la potente compotente especulativa de las novelas de Wells: apenas encontraremos alguna reflexión puntual, pero sin duda muy lejos de aprovechar los elementos que el escritor tiene a mano.
A menor escala, otros defectos menores son la previsible evolución de la historia de amor entre Edward y Amelia, el hecho de que todo lo que nos cuenta Priest sobre las repercusiones de la invasión marciana se limite al valle del Támesis, o un desenlace que aunque conforme avanzan las páginas aparenta ser explicativo, al final se queda entre lo implícito y lo alegórico. Aun así, la impresión global de la novela es favorable: las posibles paradojas temporales están aceptablemente bien resueltas, la compleja y deprimente sociedad marciana resulta cautivadora, y cómo se llegó hasta su situación actual razonable, las reacciones de los humanos ante la tecnología marciana sensatas y divertidas, los giros argumentales de la trama son comprensibles y bien enlazados, y es fácil encontrar capítulos y episodios disfrutables y de calidad al mismo tiempo. En definitiva, no estamos ante un clásico, pero sí ante una recomendable novela sobre Marte, que ha envejecido bien.
sábado, 27 de febrero de 2021
Las arenas de Marte (1951). Arthur C. Clarke
Con la presente entrada inicio el recorrido por las novelas que tienen a Marte como eje argumental pero que aún no habían recibido su reseña independiente en este humilde blog. Una revisión que comienza por una obra clásica de uno de los pilares del género, el británico Arthur C. Clarke. Históricamente conocido como uno de los "Tres Grandes" (junto a Isaac Asimov y Robert A. Heinlein), Clarke aportó al género un especial cuidado por la componente científica (tanto que algunos estudiosos lo consideran un exponente de la ciencia-ficción hard, algo con lo que personalmente no estoy de acuerdo por ser una visión muy reduccionista). Y eso explica por qué, a pesar de las obsolescencias que la ciencia atribuía al Planeta Rojo en 1950 y que Clarke refleja, la novela pueda seguir leyéndose y disfrutándose setenta años después. Porque "Las arenas de Marte" es una obra amena, inteligente, que no necesita recurrir a la violencia para mantener la atención, que funciona bien a varios niveles, y que se aleja de esos estereotipos sobre el escritor británico a los que acabo de aludir.
Y digo esto porque cuando la leí yo esperaba una novela eminentemente tecnológica, centrada en los primeros pasos de la colonización del Planeta Rojo, y en la que los personajes quedaran un tanto en segundo plano. Más aún sabiendo que fue de las primeras novelas del británico, cuando su estilo aún no se había desarrollado del todo. Pero en lugar de ello me encontré una novela que dedica nada menos que un tercio al viaje de un afamado escritor de ciencia-ficción (Martin Gibson) de la Tierra a Marte, quien se encuentra un planeta ya razonablemente colonizado y con una sociedad pujante, y que reparte su atención a partes iguales entre cuatro frentes: la esperable aplicación de avances tecnológicos (con el Proyecto Aurora a la cabeza), pero también la conversión interna que genera en Gibson la vida en Marte (pasando del descrédito inicial a su defensa a ultranza), la problemática derivada de la gradual emancipación de la sociedad marciana de sus vínculos terrestres, y la vertiente humana de unos personajes muy cuidados (aunque se base en convencionalismos como el descubrimiento de quién es el padre de Jonny Spencer, o su historia de amor con Irene Hadfiel, la hija del Jefe Ejecutivo). Todo ello sazonado con elementos de misterio (la planta en la que se cultivan las Oxíferas), de aventura (la tormenta de arena), detalles humorísticos, y una agradable ausencia no ya de muertes, sino de violencia de ninguna clase.
Puestos a sacarle defectos a la novela, el más obvio es el trasnochado científicamente marco escénico que representa el planeta Marte de Clarke (plantas, atmósfera, luz solar suficiente, incluso "marcianos"), aunque sus efectos físicos, biológicos e incluso su impacto en las comunicaciones sí están muy cuidados. También afea un tanto el resultado la presencia de anacronismos impropios de una sociedad tan avanzada como la descrita (máquinas de escribir, imprentas basadas en tipos, faxes...), así como unos capítulos sin una finalidad clara a bordo de la Ares, y una tripulación no del todo bien caracterizada (mencionar aquí a Hilton, Bradley y Markoy).
A cambio, el libro ofrece una estructuración adecuada para que el lector no se pierda en ningún momento, una ambientación muy conseguida (Puerto Lowelll, Fobos y Deimos), suficientes reflexiones sobre la moralidad subyacente a la conquista del espacio y la transformación del medio, una evidente voluntad por tratar con rigor todo lo relativo a Marte en una época en la que la ciencia-ficción aún se permitía demasiadas licencias no científicas, una buena perspectiva sobre las angustias y las restricciones de un escritor profesional, y una contención verbal que deriva en una extensión contenida, en contraste con el relleno habitual en las novelas contemporáneas. En suma, recomendable a pesar del tiempo transcurrido.
Y digo esto porque cuando la leí yo esperaba una novela eminentemente tecnológica, centrada en los primeros pasos de la colonización del Planeta Rojo, y en la que los personajes quedaran un tanto en segundo plano. Más aún sabiendo que fue de las primeras novelas del británico, cuando su estilo aún no se había desarrollado del todo. Pero en lugar de ello me encontré una novela que dedica nada menos que un tercio al viaje de un afamado escritor de ciencia-ficción (Martin Gibson) de la Tierra a Marte, quien se encuentra un planeta ya razonablemente colonizado y con una sociedad pujante, y que reparte su atención a partes iguales entre cuatro frentes: la esperable aplicación de avances tecnológicos (con el Proyecto Aurora a la cabeza), pero también la conversión interna que genera en Gibson la vida en Marte (pasando del descrédito inicial a su defensa a ultranza), la problemática derivada de la gradual emancipación de la sociedad marciana de sus vínculos terrestres, y la vertiente humana de unos personajes muy cuidados (aunque se base en convencionalismos como el descubrimiento de quién es el padre de Jonny Spencer, o su historia de amor con Irene Hadfiel, la hija del Jefe Ejecutivo). Todo ello sazonado con elementos de misterio (la planta en la que se cultivan las Oxíferas), de aventura (la tormenta de arena), detalles humorísticos, y una agradable ausencia no ya de muertes, sino de violencia de ninguna clase.
Puestos a sacarle defectos a la novela, el más obvio es el trasnochado científicamente marco escénico que representa el planeta Marte de Clarke (plantas, atmósfera, luz solar suficiente, incluso "marcianos"), aunque sus efectos físicos, biológicos e incluso su impacto en las comunicaciones sí están muy cuidados. También afea un tanto el resultado la presencia de anacronismos impropios de una sociedad tan avanzada como la descrita (máquinas de escribir, imprentas basadas en tipos, faxes...), así como unos capítulos sin una finalidad clara a bordo de la Ares, y una tripulación no del todo bien caracterizada (mencionar aquí a Hilton, Bradley y Markoy).
A cambio, el libro ofrece una estructuración adecuada para que el lector no se pierda en ningún momento, una ambientación muy conseguida (Puerto Lowelll, Fobos y Deimos), suficientes reflexiones sobre la moralidad subyacente a la conquista del espacio y la transformación del medio, una evidente voluntad por tratar con rigor todo lo relativo a Marte en una época en la que la ciencia-ficción aún se permitía demasiadas licencias no científicas, una buena perspectiva sobre las angustias y las restricciones de un escritor profesional, y una contención verbal que deriva en una extensión contenida, en contraste con el relleno habitual en las novelas contemporáneas. En suma, recomendable a pesar del tiempo transcurrido.
viernes, 19 de febrero de 2021
Marte en las novelas de ciencia-ficción
Aprovechando la atención que está recibiendo en las últimas fechas el Planeta Rojo gracias al amartizaje de la "Perseverance", inicio con la presente entrada un recorrido por muchas de las principales novelas que tienen a Marte como eje argumental.
No cabe duda de que el planeta más cercano a la Tierra ha despertado desde hace milenios la más absoluta fascinación en las diversas civilizaciones que ha ido albergando nuestro planeta. Y lógicamente la literatura de ciencia-ficción no sólo no ha escapado a esa atracción, sino que probablemente ha sido la manifestación cultural que más nos ha permitido acercarnos a Marte. Porque a su componente especulativa se ha añadido el rigor científico, que ha ido permitiendo a millones de lectores, conforme avanzaba nuestro conocimiento del planeta vecino, anticipar tramas que podrían suceder en un futuro más o menos lejano en torno a él. Hasta el extremo de representar una de las temáticas (no me atrevería a hablar de subgénero) más reconocibles de la ciencia-ficción.
Por ello, en esta y las siguientes entradas me propongo detenerme en algunos de los más sugestivos acercamientos a ese planeta cuya superficie más pronto o más tarde hollará el ser humano. Aunque como de costumbre he intentado fijar algunas normas que permitan disfrutar de las especulaciones más valiosas. La primera y más habitual es que he descartado los miles de relatos escritos sobre Marte, prefiriendo centrarme en las novelas. No sólo por la inabarcable cantidad de ellos (para mí al menos), sino también porque una novela permite en mi opinión una mayor profundidad y cohesión a la hora de anticipar lo que podría suponer el Planeta Rojo para la humanidad. La segunda es que he descartado aquellas obras que claramente quedan al margen de lo que entendemos por ciencia-ficción. De no hacerlo así habría tenido que reseñar obras con siglos de antigüedad, tal vez interesantes desde un punto de vista literario pero que no podríamos leer ahora sin un esfuerzo consciente para soslayar su ingenuidad o su inverosimilitud. La tercera es que he dejado al margen las novelas "exclusivamente de marcianos": aun reconociendo todo lo que desde los albores del género los seres inteligentes del planeta Marte le han aportado, hace muchas décadas que sabemos que tales seres no existen, al menos como resultado de un proceso evolutivo en el Planeta Rojo, mientras que la existencia de Marte y su eventual aprovechamiento por parte de la humanidad siguen siendo realidades incuestionables. Aunque sí he hecho una excepción con aquellas novelas que, sin convertirlos en el eje de la trama, sí nos presentaban unos marcianos más o menos singulares. Y la última, como de costumbre, me he centrado sólo en novelas disponibles para el lector en español.
Lo que voy a ofrecerles a continuación es una lista de doce novelas que se ajustan a los criterios mencionados. Criterios que, por otra parte, será fácil entender que han dejado fuera obras tan conocidas como "La guerra de los mundos" (1898) de H.G. Wells, con sus malvados marcianos, "Una princesa de Marte" (1917) de Edgar Rice Burroughs, con sus espadas y sus perros marcianos, o las "Crónicas Marcianas" (1950) de Ray Bradbury, relatos que carecen de una línea argumental fija. No quiero desde aquí menospreciar su valor literario, sólo indicar que para mí no encajan en lo que yo considero "novelas de ciencia-ficción sobre Marte". Hecha esta salvedad, aquí va la lista:
1. "Las arenas de Marte" - Arthur C. Clarke (1951)
2. "Tiempo de Marte" - Philip K. Dick (1964)
3. "Homo Plus" - Fredrik Pohl (1976)
4. "La máquina espacial" - Christopher Priest (1976)
5. "La llamada lejana" - Gordon R. Dickson (1978)
6. "Camino desolación" - Ian McDonald (1988)
7. "Marte rojo" - Kim Stanley Robinson (1993)
8. "Marte se mueve" - Greg Bear (1993)
9. "A través de Marte" - Geoffrey A. Landis (2002)
10. "Rumbo a Marte" - Joe Haldeman (2008)
11. "El marciano" - Andy Weir (2011)
12. "Amanecer rojo" - Pierce Brown (2014)
Durante los próximos meses iré dedicando reseñas individuales a todas aquellas novelas de esta lista que aún no la hayan tenido en este humilde blog. En aquellos otros casos en que ya las he reseñado al hilo de algún otro monográfico pretérito, me he limitado a añadir el enlace correspondiente a la misma en el listado. Sin pretender desvelar las propuestas que encierran estos doce títulos, sí que debo decir que la mayoría encajan dentro de dos grupos principales: aquellas ligadas de una u otra forma a la primera expedición tripulada al Planeta Rojo, y aquellas otras que se centran en narrar acontecimientos que suceden, en parte al menos, en una Marte ya habitada por seres humanos.
Una última consideración antes de iniciar este fascinante recorrido: la lista de novelas propuesta abarca prácticamente los últimos setenta años. Siete décadas durante las cuales el conocimiento que hemos adquirido sobre Marte ha crecido exponencialmente. Por tanto, no sería justo juzgar las novelas más antiguas de la lista, como las de Clarke o Dick, bajo el prisma de lo que hemos averiguado sobre Marte en el año 2021. Por el contrario, debemos pensar que, en su momento, y a diferencia por ejemplo de las novelas de Edgar Rice Burroghs, estos dos escritores y los de las décadas posteriores no se permitieron licencias fantásticas inasumibles para lo que la ciencia había revelado hasta entonces sobre nuestro vecino. Es decir, en su momento encajaron en la categoría de novelas de ciencia-ficción, y por tanto para mí siguen haciéndolo.
Espero con la presente entrada haber despertado su interés en el fascinante Planeta Rojo, y les emplazo a mi siguiente entrada al respecto.
No cabe duda de que el planeta más cercano a la Tierra ha despertado desde hace milenios la más absoluta fascinación en las diversas civilizaciones que ha ido albergando nuestro planeta. Y lógicamente la literatura de ciencia-ficción no sólo no ha escapado a esa atracción, sino que probablemente ha sido la manifestación cultural que más nos ha permitido acercarnos a Marte. Porque a su componente especulativa se ha añadido el rigor científico, que ha ido permitiendo a millones de lectores, conforme avanzaba nuestro conocimiento del planeta vecino, anticipar tramas que podrían suceder en un futuro más o menos lejano en torno a él. Hasta el extremo de representar una de las temáticas (no me atrevería a hablar de subgénero) más reconocibles de la ciencia-ficción.
Por ello, en esta y las siguientes entradas me propongo detenerme en algunos de los más sugestivos acercamientos a ese planeta cuya superficie más pronto o más tarde hollará el ser humano. Aunque como de costumbre he intentado fijar algunas normas que permitan disfrutar de las especulaciones más valiosas. La primera y más habitual es que he descartado los miles de relatos escritos sobre Marte, prefiriendo centrarme en las novelas. No sólo por la inabarcable cantidad de ellos (para mí al menos), sino también porque una novela permite en mi opinión una mayor profundidad y cohesión a la hora de anticipar lo que podría suponer el Planeta Rojo para la humanidad. La segunda es que he descartado aquellas obras que claramente quedan al margen de lo que entendemos por ciencia-ficción. De no hacerlo así habría tenido que reseñar obras con siglos de antigüedad, tal vez interesantes desde un punto de vista literario pero que no podríamos leer ahora sin un esfuerzo consciente para soslayar su ingenuidad o su inverosimilitud. La tercera es que he dejado al margen las novelas "exclusivamente de marcianos": aun reconociendo todo lo que desde los albores del género los seres inteligentes del planeta Marte le han aportado, hace muchas décadas que sabemos que tales seres no existen, al menos como resultado de un proceso evolutivo en el Planeta Rojo, mientras que la existencia de Marte y su eventual aprovechamiento por parte de la humanidad siguen siendo realidades incuestionables. Aunque sí he hecho una excepción con aquellas novelas que, sin convertirlos en el eje de la trama, sí nos presentaban unos marcianos más o menos singulares. Y la última, como de costumbre, me he centrado sólo en novelas disponibles para el lector en español.
Lo que voy a ofrecerles a continuación es una lista de doce novelas que se ajustan a los criterios mencionados. Criterios que, por otra parte, será fácil entender que han dejado fuera obras tan conocidas como "La guerra de los mundos" (1898) de H.G. Wells, con sus malvados marcianos, "Una princesa de Marte" (1917) de Edgar Rice Burroughs, con sus espadas y sus perros marcianos, o las "Crónicas Marcianas" (1950) de Ray Bradbury, relatos que carecen de una línea argumental fija. No quiero desde aquí menospreciar su valor literario, sólo indicar que para mí no encajan en lo que yo considero "novelas de ciencia-ficción sobre Marte". Hecha esta salvedad, aquí va la lista:
1. "Las arenas de Marte" - Arthur C. Clarke (1951)
2. "Tiempo de Marte" - Philip K. Dick (1964)
3. "Homo Plus" - Fredrik Pohl (1976)
4. "La máquina espacial" - Christopher Priest (1976)
5. "La llamada lejana" - Gordon R. Dickson (1978)
6. "Camino desolación" - Ian McDonald (1988)
7. "Marte rojo" - Kim Stanley Robinson (1993)
8. "Marte se mueve" - Greg Bear (1993)
9. "A través de Marte" - Geoffrey A. Landis (2002)
10. "Rumbo a Marte" - Joe Haldeman (2008)
11. "El marciano" - Andy Weir (2011)
12. "Amanecer rojo" - Pierce Brown (2014)
Durante los próximos meses iré dedicando reseñas individuales a todas aquellas novelas de esta lista que aún no la hayan tenido en este humilde blog. En aquellos otros casos en que ya las he reseñado al hilo de algún otro monográfico pretérito, me he limitado a añadir el enlace correspondiente a la misma en el listado. Sin pretender desvelar las propuestas que encierran estos doce títulos, sí que debo decir que la mayoría encajan dentro de dos grupos principales: aquellas ligadas de una u otra forma a la primera expedición tripulada al Planeta Rojo, y aquellas otras que se centran en narrar acontecimientos que suceden, en parte al menos, en una Marte ya habitada por seres humanos.
Una última consideración antes de iniciar este fascinante recorrido: la lista de novelas propuesta abarca prácticamente los últimos setenta años. Siete décadas durante las cuales el conocimiento que hemos adquirido sobre Marte ha crecido exponencialmente. Por tanto, no sería justo juzgar las novelas más antiguas de la lista, como las de Clarke o Dick, bajo el prisma de lo que hemos averiguado sobre Marte en el año 2021. Por el contrario, debemos pensar que, en su momento, y a diferencia por ejemplo de las novelas de Edgar Rice Burroghs, estos dos escritores y los de las décadas posteriores no se permitieron licencias fantásticas inasumibles para lo que la ciencia había revelado hasta entonces sobre nuestro vecino. Es decir, en su momento encajaron en la categoría de novelas de ciencia-ficción, y por tanto para mí siguen haciéndolo.
Espero con la presente entrada haber despertado su interés en el fascinante Planeta Rojo, y les emplazo a mi siguiente entrada al respecto.
domingo, 31 de enero de 2021
Una retrospectiva sobre las escritoras de ciencia-ficción
Habitualmente cuando termino de revisar una temática en este humilde blog, paso directamente a la siguiente, sin una entrada a modo de reflexión o cierre. Sin embargo, en el caso de las escritoras de ciencia-ficción voy a rematar mi revisión con una pequeña retrospectiva. La razón es que cuando a principios de la pasada primavera me lancé a recorrer muchas de las mejores novelas de las principales escritoras del género, aún no había leído varias de las novelas que me proponía reseñar, sobre todo las más recientemente publicadas. Entre ellas, las de Becky Chambers y Mary Robinette Kowal, las multi-premiadas escritoras que ilustran esta entrada. Ahora, después de haberlas leído y reseñado, creo interesante compartir algunas reflexiones muy personales.
La primera, es que he quedado más convencido que antes de que la aportación de las mujeres al género ha sido muy beneficiosa. No es que la literatura de ciencia-ficción estuviera agotada (en mi opinión, los continuos avances científicos y tecnológicos lo impiden), pero en manos de las escritoras, muchos de sus temas clásicos reciben nuevas perspectivas. Es difícil de explicar, pero en general nos ofrecen un enfoque más humano, más centrado en las emociones, y los sentimientos, y eso contrarresta estupendamente uno de los principales defectos históricos del género, sobre todo en los primeros tiempos del mismo.
La segunda, que esa forma diferente de enfocar las historias, está últimamente recibiendo más atención por parte de la crítica de la que en mi opinión merece. Vivimos unos años en los que determinadas formas de pensar y actuar se ensalzan en toda ocasión, y si una escritora es astuta y se “apunta al carro”, es probable que obtenga un plus extra de reconocimiento que quizá su novela per sé no merecería. Pongo un ejemplo, para que se me entienda: el respeto a las minorías. Algo en lo que casi todos estaremos de acuerdo en el año 2021, pero que podría no ser el caso en el año 2221. Y eso es uno de los pilares del género: la capacidad de especular sobre realidades incómodas, o ajenas a las bases de nuestra cultura. Pensemos qué habría sido de tantas excelentes novelas (desde “Matadero cinco” de Kurt Vonnegut Jr. hasta “El sueño de hierro” de Norman Spinrad) si se hubieran alineado con los principios vigentes en la actualidad. Pienso que la ciencia-ficción permite todo tipo de especulaciones siempre que se intenten justificar, por descabelladas o incluso atroces que nos puedan parecer, y el resultado deberíamos valorarlo por lo que nos hagan reflexionar, no porque nos machaquen con determinadas doctrinas de las que estamos oyendo a diario.
Y la tercera, que a pesar de todas las escritoras que he tenido oportunidad de leer en estos últimos meses, ninguna de ellas ha pasado a formar parte de mi lista sagrada de escritores favoritos. Espero que no me consideren un misógino por ello; simplemente no he experimentado con ninguna de ellas un grado de fascinación similar al que me despiertan los grandes títulos de Robert Silverberg, Isaac Asimov o Fred Hoyle. No sé si porque para mí el elemento científico es muy importante (es parte de la denominación del género, de hecho) y algunas veces determinadas escritoras lo dejan en segundo plano, o porque simplemente la profundidad de Silverberg, la fascinación por las civilizaciones futuras de Asimov, o las irreprochables novelas de científicos de Fred Hoyle me llaman más la atención.
De hecho, las dos novelas de escritoras que aún no había leído y que más me han gustado en estos meses, han sido de dos autoras no muy conocidas, de las menos prestigiosas y de las que una carrera literaria más discontinua están llevando: “El despertar del milenio”, de Jane Jensen, y “El último hombre mortal” de Syne Mitchell. Ambas intensas de principio a fin, llevando sus postulados de partida hasta las últimas consecuencias y centrándose más en el fondo que en la forma. O, si me admiten la hipérbole a modo de cierre humorístico, las más “masculinas”.
La primera, es que he quedado más convencido que antes de que la aportación de las mujeres al género ha sido muy beneficiosa. No es que la literatura de ciencia-ficción estuviera agotada (en mi opinión, los continuos avances científicos y tecnológicos lo impiden), pero en manos de las escritoras, muchos de sus temas clásicos reciben nuevas perspectivas. Es difícil de explicar, pero en general nos ofrecen un enfoque más humano, más centrado en las emociones, y los sentimientos, y eso contrarresta estupendamente uno de los principales defectos históricos del género, sobre todo en los primeros tiempos del mismo.
La segunda, que esa forma diferente de enfocar las historias, está últimamente recibiendo más atención por parte de la crítica de la que en mi opinión merece. Vivimos unos años en los que determinadas formas de pensar y actuar se ensalzan en toda ocasión, y si una escritora es astuta y se “apunta al carro”, es probable que obtenga un plus extra de reconocimiento que quizá su novela per sé no merecería. Pongo un ejemplo, para que se me entienda: el respeto a las minorías. Algo en lo que casi todos estaremos de acuerdo en el año 2021, pero que podría no ser el caso en el año 2221. Y eso es uno de los pilares del género: la capacidad de especular sobre realidades incómodas, o ajenas a las bases de nuestra cultura. Pensemos qué habría sido de tantas excelentes novelas (desde “Matadero cinco” de Kurt Vonnegut Jr. hasta “El sueño de hierro” de Norman Spinrad) si se hubieran alineado con los principios vigentes en la actualidad. Pienso que la ciencia-ficción permite todo tipo de especulaciones siempre que se intenten justificar, por descabelladas o incluso atroces que nos puedan parecer, y el resultado deberíamos valorarlo por lo que nos hagan reflexionar, no porque nos machaquen con determinadas doctrinas de las que estamos oyendo a diario.
Y la tercera, que a pesar de todas las escritoras que he tenido oportunidad de leer en estos últimos meses, ninguna de ellas ha pasado a formar parte de mi lista sagrada de escritores favoritos. Espero que no me consideren un misógino por ello; simplemente no he experimentado con ninguna de ellas un grado de fascinación similar al que me despiertan los grandes títulos de Robert Silverberg, Isaac Asimov o Fred Hoyle. No sé si porque para mí el elemento científico es muy importante (es parte de la denominación del género, de hecho) y algunas veces determinadas escritoras lo dejan en segundo plano, o porque simplemente la profundidad de Silverberg, la fascinación por las civilizaciones futuras de Asimov, o las irreprochables novelas de científicos de Fred Hoyle me llaman más la atención.
De hecho, las dos novelas de escritoras que aún no había leído y que más me han gustado en estos meses, han sido de dos autoras no muy conocidas, de las menos prestigiosas y de las que una carrera literaria más discontinua están llevando: “El despertar del milenio”, de Jane Jensen, y “El último hombre mortal” de Syne Mitchell. Ambas intensas de principio a fin, llevando sus postulados de partida hasta las últimas consecuencias y centrándose más en el fondo que en la forma. O, si me admiten la hipérbole a modo de cierre humorístico, las más “masculinas”.
sábado, 23 de enero de 2021
Hacia las estrellas (2018). Mary Robinette Kowal
Con la presente entrada finalizo mi recorrido por muchas de las mejoras novelas creadas por las escritoras más representativas del género. A lo largo de casi un año he tratado de mostrar cómo las mujeres escritoras han ido ganando poco a poco terreno en la ciencia-ficción, desde su posición minoritaria inicial hace medio siglo hasta la arrolladora mayoría que constituyen ahora. El recorrido lo cierra "Hacia las estrellas", de Mary Robinette Kowal. Traducida al español hace tan sólo unos meses, sobre el papel es el perfecto broche de oro para tal fin, dado que recientemente ha sido galardonada con los Premios Hugo y Nébula, los más importantes en la ciencia-ficción. Además, se trata de una ucronía, sin duda uno de los subgéneros más estimulantes. Y con un atrayente punto de partida, bien documentada y resuelta desde un punto de vista científico, su primera parte es formidable. No obstante, a partir de entonces se desinfla gradualmente entre reiteraciones y detalles irrelevantes, hasta resultar en mi opinión francamente decepcionante. Algo sorprendente teniendo en cuenta el reconocimiento cosechado.
En esta historia alternativa el republicano Thomas E. Dewey derrotó a Harry S. Truman en las elecciones presidenciales de finales de los cuarenta y, bajo su mandato, un enorme meteorito se estrelló cerca de la Costa Este de E.E.U.U., haciendo desaparecer entre otras urbes su capital, Washington, y provocando el mayor cataclismo en la historia de la humanidad. Todo esto lo narra Kowal en primera persona en una primera parte magistral: concisa (apenas ochenta páginas), de capítulos cortos, desoladores y a la vez repletos de un saludable sentido común, de una admirable lucha por la superviviencia y de un ponderado ensalzamiento de la solidaridad.
Sin embargo, en la segunda parte (que abarca el resto de la novela), todos estos hallazgos se van diluyendo. Los capítulos siguen siendo cortos y dinámicos, y los titulares que los encabezan siguen enriqueciendo adecuadamente la historia alternativa, pero la novela pierde muchísima fuerza. Si bien es cierto que la repentina bajada de las temperaturas primero y el gradual efecto invernadero que la sucede a causa del impacto están bien presentados, y los esfuerzos de la protagonista Elma York y su marido Nathaniel por convencer a las autoridades de la necesidad de abandonar la Tierra antes de que sea demasiado tarde, realistas. Pero una vez el plan se pone en marcha, el resto de la novela (más de doscientas páginas) en realidad sólo narra la lucha de YOrk por ser astronauta. Prácticamente nada más.
Así, Kowal nos ofrece capítulos y más capítulos de lectura agradable pero en los que en realidad apenas sucede nada destacable (si acaso, el accidente de uno de los vuelos de prueba, lo único que se sale del guión y proporciona algo de acción). Por el contrario, una y otra vez nos presenta con todo detalle la angustia que atenaza a Elma cada vez que se siente el centro de atención, y en unas cuantas ocasiones repite para cerrar un episodio el inicio del acto sexual entre Elma y Nathaniel. Quizás consciente de que le faltan mimbres para llenar tantas páginas, la escritora decide que la condición de judíos de Elma y Nathaniel debe ser explotada al máximo, y entre detalles y tramas que se derivan de ello, y ceremonias que lógicamente no aportan nada a los viajes espaciales como el Bar Mitzvah de su sobrino, no sólo alarga la narración, sino que posiciona la novela en una defensa explícita de las minorías. Un filón más obvio si cabe cuando explícitamente excluye a todas las mujeres negras del proceso de selección de astronautas, y que en el fondo impregna toda la novela, pues resalta hasta el hastío la conocida posición secundaria de las mujeres a mediados del siglo pasado. Todas estas denuncias sin duda ayudarían a que la crítica aumentara sus elogios a la novela, pero si reflexionamos sobre ello, para la expedición a la luna son prácticamente irrelevantes.
Por si todo esto fuera poco, me ha sorprendido lo mal que están caracterizados muchos personajes. Y es que Dowal se recrea demasiado en Elma, y se olvida de perfilar mejor a las mujeres con las que se relaciona: salvo Myrtle, Betty y quizá Nicole, es fácil para el lector no ser capaz de diferenciar al resto, apenas definidas en sus rasgos e inquietudes. Incluso Stetson Parker, enemigo declarado de Elma, y cuya relación con ella es lo que más interés aporta en esta mediocre segunda parte, está caricaturizado en exceso, tanto que resulta poco verosímil.
Afortunadamente, como reflejan los interesantes "Agradecimientos" situados al final de la novela, donde Kowal da las gracias a todos los que la ayudaron al respecto, el componente científico está muy bien elaborado, por lo que todo lo relativo a vuelos, órbitas, aviones, cálculos matemáticos, e incluso los problemas de la incipiente informática, aportan credibilidad a lo narrado. Y por eso las últimas treinta páginas, que son las que realmente se enfocan en aprovechar esta virtud, recuperan el interés y ofrecen un desenlace previsible pero disfrutable dentro de lo que cabe. Aunque al menos en mi caso ya era demasiado tarde para cambiar mi impresión global de la novela.
En esta historia alternativa el republicano Thomas E. Dewey derrotó a Harry S. Truman en las elecciones presidenciales de finales de los cuarenta y, bajo su mandato, un enorme meteorito se estrelló cerca de la Costa Este de E.E.U.U., haciendo desaparecer entre otras urbes su capital, Washington, y provocando el mayor cataclismo en la historia de la humanidad. Todo esto lo narra Kowal en primera persona en una primera parte magistral: concisa (apenas ochenta páginas), de capítulos cortos, desoladores y a la vez repletos de un saludable sentido común, de una admirable lucha por la superviviencia y de un ponderado ensalzamiento de la solidaridad.
Sin embargo, en la segunda parte (que abarca el resto de la novela), todos estos hallazgos se van diluyendo. Los capítulos siguen siendo cortos y dinámicos, y los titulares que los encabezan siguen enriqueciendo adecuadamente la historia alternativa, pero la novela pierde muchísima fuerza. Si bien es cierto que la repentina bajada de las temperaturas primero y el gradual efecto invernadero que la sucede a causa del impacto están bien presentados, y los esfuerzos de la protagonista Elma York y su marido Nathaniel por convencer a las autoridades de la necesidad de abandonar la Tierra antes de que sea demasiado tarde, realistas. Pero una vez el plan se pone en marcha, el resto de la novela (más de doscientas páginas) en realidad sólo narra la lucha de YOrk por ser astronauta. Prácticamente nada más.
Así, Kowal nos ofrece capítulos y más capítulos de lectura agradable pero en los que en realidad apenas sucede nada destacable (si acaso, el accidente de uno de los vuelos de prueba, lo único que se sale del guión y proporciona algo de acción). Por el contrario, una y otra vez nos presenta con todo detalle la angustia que atenaza a Elma cada vez que se siente el centro de atención, y en unas cuantas ocasiones repite para cerrar un episodio el inicio del acto sexual entre Elma y Nathaniel. Quizás consciente de que le faltan mimbres para llenar tantas páginas, la escritora decide que la condición de judíos de Elma y Nathaniel debe ser explotada al máximo, y entre detalles y tramas que se derivan de ello, y ceremonias que lógicamente no aportan nada a los viajes espaciales como el Bar Mitzvah de su sobrino, no sólo alarga la narración, sino que posiciona la novela en una defensa explícita de las minorías. Un filón más obvio si cabe cuando explícitamente excluye a todas las mujeres negras del proceso de selección de astronautas, y que en el fondo impregna toda la novela, pues resalta hasta el hastío la conocida posición secundaria de las mujeres a mediados del siglo pasado. Todas estas denuncias sin duda ayudarían a que la crítica aumentara sus elogios a la novela, pero si reflexionamos sobre ello, para la expedición a la luna son prácticamente irrelevantes.
Por si todo esto fuera poco, me ha sorprendido lo mal que están caracterizados muchos personajes. Y es que Dowal se recrea demasiado en Elma, y se olvida de perfilar mejor a las mujeres con las que se relaciona: salvo Myrtle, Betty y quizá Nicole, es fácil para el lector no ser capaz de diferenciar al resto, apenas definidas en sus rasgos e inquietudes. Incluso Stetson Parker, enemigo declarado de Elma, y cuya relación con ella es lo que más interés aporta en esta mediocre segunda parte, está caricaturizado en exceso, tanto que resulta poco verosímil.
Afortunadamente, como reflejan los interesantes "Agradecimientos" situados al final de la novela, donde Kowal da las gracias a todos los que la ayudaron al respecto, el componente científico está muy bien elaborado, por lo que todo lo relativo a vuelos, órbitas, aviones, cálculos matemáticos, e incluso los problemas de la incipiente informática, aportan credibilidad a lo narrado. Y por eso las últimas treinta páginas, que son las que realmente se enfocan en aprovechar esta virtud, recuperan el interés y ofrecen un desenlace previsible pero disfrutable dentro de lo que cabe. Aunque al menos en mi caso ya era demasiado tarde para cambiar mi impresión global de la novela.
jueves, 31 de diciembre de 2020
El largo viaje a un pequeño planeta iracundo (2014). Becky Chambers
Tras el paréntesis de mi anterior entrada, retomo hoy en orden cronológico las reseñas de muchas de las mejores escritoras del género a través de sus novelas más emblemáticas. Vamos avanzando en el tiempo y estamos ya en 2014 (o en 2018 si consideramos la edición disponible para el lector en español), que fue cuando la estadounidense Becky Chambers debutó en el panorama literario autopublicando su primera novela, "El largo viaje a un pequeño planeta iracundo". Una obra que poco a poco fue haciéndose un hueco hasta, ya convertida en saga gracias a otras dos novelas ("Una órbita cerrada y compartida" (2016) y la aún inédita en nuestro idioma "Record of a Spaceborn Few" (2018)), ser reconocida el año pasado con un Hugo a la mejor saga. Un galardón que refleja el éxito de esta joven escritora a la hora de renovar el género. Aunque debo reconocer que al menos la novela que nos ocupa hoy me defraudó un tanto. Se trata de una obra amena, optimista, llena de reflexiones y especulaciones sociales y con un elenco de personajes sobresaliente. Pero con una trama muy floja y un posicionamiento excesivamente obvio de la autora sobra cuestiones que probablemente requerían una exposición más neutral.
Dos grandes aciertos sustentan el libro. El primero y más obvio es la tripulación de la Peregrina: un elenco de personajes compuesto por cinco seres humanos y tres miembros de otras tantas especies sapientes (aandrisk, grum y siamat), además de una Inteligencia Artificial a la que todos consideran un miembro más. Aunque al comienzo dé la impresión de ser una novela centrada en Rosemary Harper, la humana recién llegada de Marte para incorporarse como archivista y administrativa, el lector pronto descubre que en realidad Chambers ha planteado una novela coral, en la que casi todos los miembros de la tripulación son igual de relevantes en cuanto a sus vivencias, actos y sentimientos. Además, los personajes interactúan mucho entre ellos, y están tan bien caracterizados y se complementan tanto que se les llega a coger cariño.
El segundo acierto, directamente relacionado con el primero, es la variedad y la originalidad de las especies sapientes que pueblan nuestra galaxia en el futuro. Agrupadas en un supraorganismo administrativo denominado Confederación Galáctica, harmagianos, aeulones, quelin, laru, rosk, akarak, toremi y otras especies como las representadas en la tripulación de la nave cautivan por sus originales rasgos físicos, por las particularidades sociales que de ellos se derivan y, sobre todo, por su capacidad para reflexionar sobre costumbres e ideas humanas "desde fuera", lo que constituye un enriquecedor ejercicio de anti-antropocentrismo muy en consonancia con el papel secundario que desempeña la especie humana en el futuro ideado por la escritora.
Pero a pesar de estos excelentes mimbres la novela dista mucho de ser redonda por un fallo imperdonable: la endeblez de la trama. Puestos a ser benévolos, puede ser entendible que la historia tarde tanto en arrancar (el primer cuarto apenas se limita a profundizar en los personajes de la nave y sus respectivas civilizaciones), pero lo que no es asumible es que cuando al fin se determina el propósito que da título al libro, en vez de establecer un itinerario claro y jalonarlo con los episodios de aprovisionamiento, autorizaciones legales y de acción correspondientes, el resto de la novela se limita a capítulos relativamente inconexos en los que el propósito de la autora de ampliar y comprender mejor las personalidades de cada miembro de la nave resulta demasiado obvio. No es que no surjan algunas contrariedades, ni que falten por completo episodios de acción (cabe citar el asalto de los akarak o el ataque de los toremi a la Peregrina), pero son minoría, y rompen tan abruptamente el tono de desenfadado optimismo que preside la novela, que no acaban de resultar convincentes.
Otro fallo grave es que Chambers no se limita a especular sobre temáticas y situaciones más o menos provocativas; es que toma partido por ellas, lo que a menudo puede incomodar al lector habitual del género, más acostumbrado a llegar a sus propias conclusiones que a esperar a que el escritor le adoctrine con las suyas. Es el caso por ejemplo de las relaciones sentimentales o sexuales entre miembros de la tripulación de distintas especies, o incluso entre un humano y la IA de la nave: aparte de en mi opinión rizar el rizo más de lo necesario con estas relaciones a costa de despriorizar los acontecimientos del viaje, Chambers nos intenta abiertamente convencer de la naturalidad del lesbianismo entre especies, de las bondades de las familias "de hogar" frente a las familias "de eclosión", o de la viabilidad del sexo entre hombre y máquina. Con una insistencia que llega a cansar.
En menor medida, otros defectos también afectaron negativamente mi impresión global. Empezando por la gran cantidad de barbarismos, tan innecesarios como incómodos de leer. Siguiendo por algún que otro fallo obvio (por ejemplo Ohan llegan justo al término de su Declive en plena perforación del túnel en el espacio toremi... lo que es totalmente inconsistente después de los días y días que de manera innecesaria todos los miembros de la tripulación perdieron en sus episodios personales durante el viaje; por no hablar de lo mal resuelto que está el hecho de que el clon Corbin deba estar ligado a la aandrisk Sissix por una supuesta cuestión legal que luego no les afecta a ninguno de los dos en absoluto). Y terminando por las dificultades de la escritora a la hora de narrar los episodios de acción (al acabar el más relevante de todo el libro es imposible saber si el túnel perforado por la Peregrina en Hedra Ka queda finalmente establecido o no).
Y es una pena, porque muchos detalles de la novela están bien cuidados: la diversidad y originalidad de los idiomas, lugares cautivadores como Puerto Coriol, la alimentación de las distintas especies, avances tecnológicos como la estasis o los agujeros de gusano, el final agridulce en contrapunto con tanto optimismo desplegado anteriormente... Incluso la traducción y la edición son muy meritorias para lo acostumbrado en el género. Quizá todos estos hallazgos que he enumerado fraguen mejor en "Una órbita cerrada y compartida", la esperable continuación a la que me refería al comienzo, ya con menos necesidad de imponer convicciones y con más espacio para una trama más elaborada. Pero no tengo del todo claro que me vaya a animar a leerla; para estar del todo convencido, el largo viaje me debería haber enganchado un poco más.
Dos grandes aciertos sustentan el libro. El primero y más obvio es la tripulación de la Peregrina: un elenco de personajes compuesto por cinco seres humanos y tres miembros de otras tantas especies sapientes (aandrisk, grum y siamat), además de una Inteligencia Artificial a la que todos consideran un miembro más. Aunque al comienzo dé la impresión de ser una novela centrada en Rosemary Harper, la humana recién llegada de Marte para incorporarse como archivista y administrativa, el lector pronto descubre que en realidad Chambers ha planteado una novela coral, en la que casi todos los miembros de la tripulación son igual de relevantes en cuanto a sus vivencias, actos y sentimientos. Además, los personajes interactúan mucho entre ellos, y están tan bien caracterizados y se complementan tanto que se les llega a coger cariño.
El segundo acierto, directamente relacionado con el primero, es la variedad y la originalidad de las especies sapientes que pueblan nuestra galaxia en el futuro. Agrupadas en un supraorganismo administrativo denominado Confederación Galáctica, harmagianos, aeulones, quelin, laru, rosk, akarak, toremi y otras especies como las representadas en la tripulación de la nave cautivan por sus originales rasgos físicos, por las particularidades sociales que de ellos se derivan y, sobre todo, por su capacidad para reflexionar sobre costumbres e ideas humanas "desde fuera", lo que constituye un enriquecedor ejercicio de anti-antropocentrismo muy en consonancia con el papel secundario que desempeña la especie humana en el futuro ideado por la escritora.
Pero a pesar de estos excelentes mimbres la novela dista mucho de ser redonda por un fallo imperdonable: la endeblez de la trama. Puestos a ser benévolos, puede ser entendible que la historia tarde tanto en arrancar (el primer cuarto apenas se limita a profundizar en los personajes de la nave y sus respectivas civilizaciones), pero lo que no es asumible es que cuando al fin se determina el propósito que da título al libro, en vez de establecer un itinerario claro y jalonarlo con los episodios de aprovisionamiento, autorizaciones legales y de acción correspondientes, el resto de la novela se limita a capítulos relativamente inconexos en los que el propósito de la autora de ampliar y comprender mejor las personalidades de cada miembro de la nave resulta demasiado obvio. No es que no surjan algunas contrariedades, ni que falten por completo episodios de acción (cabe citar el asalto de los akarak o el ataque de los toremi a la Peregrina), pero son minoría, y rompen tan abruptamente el tono de desenfadado optimismo que preside la novela, que no acaban de resultar convincentes.
Otro fallo grave es que Chambers no se limita a especular sobre temáticas y situaciones más o menos provocativas; es que toma partido por ellas, lo que a menudo puede incomodar al lector habitual del género, más acostumbrado a llegar a sus propias conclusiones que a esperar a que el escritor le adoctrine con las suyas. Es el caso por ejemplo de las relaciones sentimentales o sexuales entre miembros de la tripulación de distintas especies, o incluso entre un humano y la IA de la nave: aparte de en mi opinión rizar el rizo más de lo necesario con estas relaciones a costa de despriorizar los acontecimientos del viaje, Chambers nos intenta abiertamente convencer de la naturalidad del lesbianismo entre especies, de las bondades de las familias "de hogar" frente a las familias "de eclosión", o de la viabilidad del sexo entre hombre y máquina. Con una insistencia que llega a cansar.
En menor medida, otros defectos también afectaron negativamente mi impresión global. Empezando por la gran cantidad de barbarismos, tan innecesarios como incómodos de leer. Siguiendo por algún que otro fallo obvio (por ejemplo Ohan llegan justo al término de su Declive en plena perforación del túnel en el espacio toremi... lo que es totalmente inconsistente después de los días y días que de manera innecesaria todos los miembros de la tripulación perdieron en sus episodios personales durante el viaje; por no hablar de lo mal resuelto que está el hecho de que el clon Corbin deba estar ligado a la aandrisk Sissix por una supuesta cuestión legal que luego no les afecta a ninguno de los dos en absoluto). Y terminando por las dificultades de la escritora a la hora de narrar los episodios de acción (al acabar el más relevante de todo el libro es imposible saber si el túnel perforado por la Peregrina en Hedra Ka queda finalmente establecido o no).
Y es una pena, porque muchos detalles de la novela están bien cuidados: la diversidad y originalidad de los idiomas, lugares cautivadores como Puerto Coriol, la alimentación de las distintas especies, avances tecnológicos como la estasis o los agujeros de gusano, el final agridulce en contrapunto con tanto optimismo desplegado anteriormente... Incluso la traducción y la edición son muy meritorias para lo acostumbrado en el género. Quizá todos estos hallazgos que he enumerado fraguen mejor en "Una órbita cerrada y compartida", la esperable continuación a la que me refería al comienzo, ya con menos necesidad de imponer convicciones y con más espacio para una trama más elaborada. Pero no tengo del todo claro que me vaya a animar a leerla; para estar del todo convencido, el largo viaje me debería haber enganchado un poco más.
miércoles, 23 de diciembre de 2020
Un paréntesis: "Nueve años"
Interrumpo en esta oportunidad mi revisión de muchas de las mejores novelas traducidas al español de las escritoras de ciencia-ficción más relevantes, para dar cabida a una entrada mucho más personal. Voy a hablarles de "Nueve años", mi primera novela, que acaba de ser publicada. Un pequeño hito a nivel personal que quería compartir con muchos de los seguidores de este humilde blog.
Más que de una ambición satisfecha, en mi caso podríamos hablar de una inquietud latente. Lector empedernido de ciencia-ficción y "bloguero" durante prácticamente una década, en el fondo de mi cabeza siempre estuvo darle una oportunidad a mi vena creativa dentro del género. Pero no fue algo que me obsesionara, y por mucho tiempo fue sólo una idea más en mi mente, aparcada a la espera de encontrar el "momento adecuado". Que además de por una situación familiar estable, pasaba por crear una historia que pudiera merecer la pena ser contada, algo que lógicamente no surge de la nada. Así, durante años simplemente fui acumulando muchas notas sobre potenciales argumentos, hasta que en noviembre de 2018 una madrugada me desperté, y me di cuenta de que la historia que acababa de soñar entroncaba y complementaba una de esas ideas. Así que la anoté, y a finales de 2018, en plenas vacaciones de Navidad, me puse manos a la obra.
Tras escribir un borrador con los acontecimientos esenciales de cada capítulo, durante los últimos días de asueto tuve tiempo de redactar los tres primeros. Pero una vez volví a mi jornada laboral de lunes a viernes, la continuación de la escritura tuvo que esperar a los fines de semana. Un ejercicio de memoria y de fuerza de voluntad nada sencillo, por la dificultad de mantener intactos el estilo y los pequeños detalles dedicando sólo unas cuantas horas cada siete días. Aunque afortunadamente el borrador me ayudó mucho, y casi cada fin de semana conseguía completar un nuevo capítulo. Si bien tuve que acelerar al final, ya que quería que el libro fuera el regalo a mi mujer por nuestro décimo aniversario de boda, y la fecha se echaba encima. Pero con alguna que otra noche corta conseguí terminar a tiempo esa primera versión.
Mi mujer era una buena piedra de toque para valorar mi obra, pues ni conoce ni aprecia en demasía el genéro de la ciencia-ficción, y tiene la confianza suficiente para hacerme ver todos los fallos y errores. Pero el caso es que le gustó mucho (tanto que es el libro que más rápidamente se ha leído nunca, algo que me honra), y salvo unos pocos detalles apenas me sugirió modificaciones. Una vez hechas, llegó justo la oportunidad de presentarla al Premio Minotauro, el más importante en lengua española del género. Y así lo hice, aun cuando ello implicara no poder divulgar la novela por ningún otro medio durante más de un año, hasta que el premio se fallara.
Durante esos meses solamente uno de mis mejores amigos, español residente en Texas que vino a España de visita, tuvo la oportunidad de leer la novela, darme sus comentarios y correcciones, que incorporé al manuscrito, y animarme a publicarla. Así hasta julio de este año, cuando el Premio se falló... y como pueden deducir (o saber si siguen el prestigioso galardón), no gané. La verdad es que tampoco supuso una decepción, pues habían sido más de cuatrocientas las novelas presentadas, con lo que la probabilidad de ser seleccionada había sido desde el principio muy baja. A cambio, recuperaba la libertad de hacer lo que quisiera con el manuscrito. Así que lo envié a dos de las editoriales más interesantes en España que publican obras del género (no diré sus nombres), y quedé a la espera de una respuesta. Pero los meses pasan, y las ganas de dar a conocer mi trabajo han vencido finalmente a esa espera de una respusta que podría no recibir nunca. Por lo cual hace unos días la publiqué en Amazon, gracias a su "Kindle direct publishing", un estupendo canal para autores noveles sin editor como yo.
En realidad las dificultades de un escritor novel para publicar son tan habituales que no me han sorprendido. De hecho, ahora puedo entender mejor a tantos y tantos autores que tuvieron y tienen dificultades para que sus obras vean la luz. En mi caso, además, en ningún momento me planteé crear una obra "a la moda" en cuanto a temática o público de referencia: simplemente di rienda suelta a mi creatividad. Y resultó que lo que me apetecía crear era una distopía. Que es uno de los subgéneros más importantes de la literatura de ciencia-ficción, y al que curiosamente aún no he dedicado un monográfico. Quería que mi novela permitiera múltiples y profundas especulaciones personales y sociales, y la distopía me pareció el enfoque adecuado. Pero también quería que funcionara a distintos niveles, y por eso traté de presentar las sociedades del siglo XXII con una historia que tuviera intriga, tensión, e incluso aventura. Además, que la protagonista fuera una niña me permitiría revisar desde distintos ángulos ese femenismo que tanto preside no ya nuestra sociedad, sino buena parte de la literatura de ciencia-ficción contemporánea.
Acostumbrado como estoy a reseñar y opinar sobre las creaciones literarias de otros, ahora más que nunca me doy cuenta de lo complicado que es valorar las creaciones propias. Sólo puedo decir que me siento satisfecho con el resultado de tantas horas, y que si a algún otro lector le agrada o al menos le mueve a reflexión, me daré por doblemente satisfecho. Como es obvio, al publicarla únicamente en formato ebook y a un precio simbólico, el crematístico no es uno de mis fines. Como tampoco lo es ser el inicio de una carrera literaria; simplemente me dejaré llevar y si alguna vez tengo una buena historia y ganas, volveré a escribir, y si no... ya habré hecho dos de las tres cosas que se supone todos debemos hacer una vez en la vida, ¿no?
Por si después de estos párrafos aún tienen interés en conocer "Nueve años", el enlace.
Más que de una ambición satisfecha, en mi caso podríamos hablar de una inquietud latente. Lector empedernido de ciencia-ficción y "bloguero" durante prácticamente una década, en el fondo de mi cabeza siempre estuvo darle una oportunidad a mi vena creativa dentro del género. Pero no fue algo que me obsesionara, y por mucho tiempo fue sólo una idea más en mi mente, aparcada a la espera de encontrar el "momento adecuado". Que además de por una situación familiar estable, pasaba por crear una historia que pudiera merecer la pena ser contada, algo que lógicamente no surge de la nada. Así, durante años simplemente fui acumulando muchas notas sobre potenciales argumentos, hasta que en noviembre de 2018 una madrugada me desperté, y me di cuenta de que la historia que acababa de soñar entroncaba y complementaba una de esas ideas. Así que la anoté, y a finales de 2018, en plenas vacaciones de Navidad, me puse manos a la obra.
Tras escribir un borrador con los acontecimientos esenciales de cada capítulo, durante los últimos días de asueto tuve tiempo de redactar los tres primeros. Pero una vez volví a mi jornada laboral de lunes a viernes, la continuación de la escritura tuvo que esperar a los fines de semana. Un ejercicio de memoria y de fuerza de voluntad nada sencillo, por la dificultad de mantener intactos el estilo y los pequeños detalles dedicando sólo unas cuantas horas cada siete días. Aunque afortunadamente el borrador me ayudó mucho, y casi cada fin de semana conseguía completar un nuevo capítulo. Si bien tuve que acelerar al final, ya que quería que el libro fuera el regalo a mi mujer por nuestro décimo aniversario de boda, y la fecha se echaba encima. Pero con alguna que otra noche corta conseguí terminar a tiempo esa primera versión.
Mi mujer era una buena piedra de toque para valorar mi obra, pues ni conoce ni aprecia en demasía el genéro de la ciencia-ficción, y tiene la confianza suficiente para hacerme ver todos los fallos y errores. Pero el caso es que le gustó mucho (tanto que es el libro que más rápidamente se ha leído nunca, algo que me honra), y salvo unos pocos detalles apenas me sugirió modificaciones. Una vez hechas, llegó justo la oportunidad de presentarla al Premio Minotauro, el más importante en lengua española del género. Y así lo hice, aun cuando ello implicara no poder divulgar la novela por ningún otro medio durante más de un año, hasta que el premio se fallara.
Durante esos meses solamente uno de mis mejores amigos, español residente en Texas que vino a España de visita, tuvo la oportunidad de leer la novela, darme sus comentarios y correcciones, que incorporé al manuscrito, y animarme a publicarla. Así hasta julio de este año, cuando el Premio se falló... y como pueden deducir (o saber si siguen el prestigioso galardón), no gané. La verdad es que tampoco supuso una decepción, pues habían sido más de cuatrocientas las novelas presentadas, con lo que la probabilidad de ser seleccionada había sido desde el principio muy baja. A cambio, recuperaba la libertad de hacer lo que quisiera con el manuscrito. Así que lo envié a dos de las editoriales más interesantes en España que publican obras del género (no diré sus nombres), y quedé a la espera de una respuesta. Pero los meses pasan, y las ganas de dar a conocer mi trabajo han vencido finalmente a esa espera de una respusta que podría no recibir nunca. Por lo cual hace unos días la publiqué en Amazon, gracias a su "Kindle direct publishing", un estupendo canal para autores noveles sin editor como yo.
En realidad las dificultades de un escritor novel para publicar son tan habituales que no me han sorprendido. De hecho, ahora puedo entender mejor a tantos y tantos autores que tuvieron y tienen dificultades para que sus obras vean la luz. En mi caso, además, en ningún momento me planteé crear una obra "a la moda" en cuanto a temática o público de referencia: simplemente di rienda suelta a mi creatividad. Y resultó que lo que me apetecía crear era una distopía. Que es uno de los subgéneros más importantes de la literatura de ciencia-ficción, y al que curiosamente aún no he dedicado un monográfico. Quería que mi novela permitiera múltiples y profundas especulaciones personales y sociales, y la distopía me pareció el enfoque adecuado. Pero también quería que funcionara a distintos niveles, y por eso traté de presentar las sociedades del siglo XXII con una historia que tuviera intriga, tensión, e incluso aventura. Además, que la protagonista fuera una niña me permitiría revisar desde distintos ángulos ese femenismo que tanto preside no ya nuestra sociedad, sino buena parte de la literatura de ciencia-ficción contemporánea.
Acostumbrado como estoy a reseñar y opinar sobre las creaciones literarias de otros, ahora más que nunca me doy cuenta de lo complicado que es valorar las creaciones propias. Sólo puedo decir que me siento satisfecho con el resultado de tantas horas, y que si a algún otro lector le agrada o al menos le mueve a reflexión, me daré por doblemente satisfecho. Como es obvio, al publicarla únicamente en formato ebook y a un precio simbólico, el crematístico no es uno de mis fines. Como tampoco lo es ser el inicio de una carrera literaria; simplemente me dejaré llevar y si alguna vez tengo una buena historia y ganas, volveré a escribir, y si no... ya habré hecho dos de las tres cosas que se supone todos debemos hacer una vez en la vida, ¿no?
Por si después de estos párrafos aún tienen interés en conocer "Nueve años", el enlace.
lunes, 30 de noviembre de 2020
En tiempos de guerra (2007). Kathleen Ann Goonan
Con la presente entrada continúo la reseña de muchas de las mejores novelas de ciencia-ficción escritas por mujeres y disponibles para el lector en español. Siguiendo el orden cronológico, hoy es el turno de "En tiempos de guerra", la única novela traducida a nuestro idioma de la estadounidense Kathleen Ann Goonan. Una circunstancia extraña, pues muchas de sus novelas han estado nominadas a los premios más prestigiosos del género, y en el caso de la que nos ocupa hoy de hecho se alzó con los premios John W. Campbell y de la American Library Association. A pesar de lo cual ya adelanto que no me causó una impresión demasiado favorable. Y es que se trata de una novela que al empezar la lectura promete mucho por temática, ambientación y galardones, pero que conforme avanza se va volviendo más y más anodina, a la espera de un salto cualitativo en su vertiente de ciencia-ficción que desgraciadamente nunca llegará.
La Segunda Guerra Mundial se ha convertido en una fuente inagotable de buenas historias. Y en este caso además Goonan parte para su acercamiento a este momento histórico de los relatos escritos por su padre (que participó en la contienda), proporcionando así a la escritora un material valioso tanto para ambientar su historia como para complementar la narración en tercera persona del grueso de la novela. A este punto fuerte de la novela se le añade la atrayente idea de un aparato tecnológicamente novedoso que podría ser capaz de alterar el curso de la Guerra y la historia posterior. Con lo cual cuando la narración arranca tenemos una sugestiva combinación de novela histórica y potencial ucronía. Que además se alzó con premios notables. ¿Qué falla entonces?
Pues a mi modo de ver lo esencial es la sensación de promesas incumplidas que gradualmente se va apoderando del lector. Y es que a pesar de su extensión (a todas luces excesiva), la novela ofrece hasta el más mínimo detalle del periplo de su protagonista Sam Dance desde un poco antes de su alistamiento en el ejército, pero prácticamente nada sobre realidades temporales diferentes. La escritora recorre quizá con audacia no justificada los lugares y momentos claves para el desenlace del conflicto en 1945 (desde Berlín hasta Hiroshima), pero una y otra vez prefiere centrarse en la relación de Dance con su amigo Wink, en sus amoríos o en sus juergas, y apenas se acuerda del desarrollo de los DH2 y DH4, que son los que deberían dotar de originalidad a la narración.
La lectura se vuelve más insustancial si cabe por la reiteración de Goonan a la hora de establecer paralelismos entre los desplazamientos musicales por escalas y tonos del jazz y los desplazamientos entre distintas líneas temporales. No hay nada malo en la evidente pasión de la escritora por el jazz, pero incluso para mí que conozco a muchos de sus intérpretes, resulta fatigoso asistir a tantas actuaciones, escuchas tantos discos, citar tantos nombres... Tampoco ayuda una narración que, pese a relatar un conflicto bélico, no ofrece pasajes de tensión, ni anda sobrada de momentos destacables. Y pese a su estructuración en capítulos cortos, son tantos los que no aportan nada que pasar las páginas va costando cada vez más.
Aparte de no estar desarrollada hasta casi el desenlace, lo que deberia dar razón de ser a la novela (la conexión entre distintas realidades temporales) está mal justificada y peor presentada. Al principio la escritora lo intenta proponiendo un original uso de la teoría cuántica aplicada a la consciencia, luego se atreve incluso a hablar de un artilugio tangible como el magnetrón de cavidad, pero gradualmente va desistiendo de explicar el desarrollo del DH10, que simplemente va evolucionando por sí mismo... hasta acabar por dar lugar a un avión ¡que viaja en el tiempo! Pero si el elemento científico de la novela es pobre, la interacción de realidades temporales es paupérrima: Hadntz aparece y desaparece de las formas más inverosímiles, Wink casi lo mismo, las paradojas temporales no se intentan resolver, y al final cada personaje simplemente va siguiendo la línea temporal que más le conviene a Goonan.
Otros defectos menores son una traducción con muchos errores sintácticos y semánticos, que el único acontecimiento histórico que finalmente se ve afectado por la interaccion de líneas temporales sea el más que manido asesinato de John F. Kennedy, y lo mal que está resuelto el desenlace, con un Dance que a pesar de ser obviamente el más rápido tras el intento de asesinato llega sin embargo tarde a su encuentro con Bette, para además avanzar sin explicación alguna casi diez años adelante en el tiempo mediante un simple viaje por carretera de Dallas a Washington.
Y es una pena, porque todo este lastre dificulta apreciar algunos logros de la novela que sin embargo están ahí. Quizá el más llamativo sea la habilidad de Goonan para presentar la cara más amable y desenfadada de la Guerra. En menor medida, la caracterización de Dance y de los distintos lugares en los que va viviendo está razonablemente asegurada. Y se defienden algunas ideas que pueden dar lugar a jugosas reflexiones: el rechazo a cualquier tipo de totalitarismo (desde el nazismo al comunismo), la lucha contra nuestro propio destino, o los párrafos finales del penúltimo capítulo, que dibujan un panorama geopolítico mucho más amable que el que en realidad conocimos.
La Segunda Guerra Mundial se ha convertido en una fuente inagotable de buenas historias. Y en este caso además Goonan parte para su acercamiento a este momento histórico de los relatos escritos por su padre (que participó en la contienda), proporcionando así a la escritora un material valioso tanto para ambientar su historia como para complementar la narración en tercera persona del grueso de la novela. A este punto fuerte de la novela se le añade la atrayente idea de un aparato tecnológicamente novedoso que podría ser capaz de alterar el curso de la Guerra y la historia posterior. Con lo cual cuando la narración arranca tenemos una sugestiva combinación de novela histórica y potencial ucronía. Que además se alzó con premios notables. ¿Qué falla entonces?
Pues a mi modo de ver lo esencial es la sensación de promesas incumplidas que gradualmente se va apoderando del lector. Y es que a pesar de su extensión (a todas luces excesiva), la novela ofrece hasta el más mínimo detalle del periplo de su protagonista Sam Dance desde un poco antes de su alistamiento en el ejército, pero prácticamente nada sobre realidades temporales diferentes. La escritora recorre quizá con audacia no justificada los lugares y momentos claves para el desenlace del conflicto en 1945 (desde Berlín hasta Hiroshima), pero una y otra vez prefiere centrarse en la relación de Dance con su amigo Wink, en sus amoríos o en sus juergas, y apenas se acuerda del desarrollo de los DH2 y DH4, que son los que deberían dotar de originalidad a la narración.
La lectura se vuelve más insustancial si cabe por la reiteración de Goonan a la hora de establecer paralelismos entre los desplazamientos musicales por escalas y tonos del jazz y los desplazamientos entre distintas líneas temporales. No hay nada malo en la evidente pasión de la escritora por el jazz, pero incluso para mí que conozco a muchos de sus intérpretes, resulta fatigoso asistir a tantas actuaciones, escuchas tantos discos, citar tantos nombres... Tampoco ayuda una narración que, pese a relatar un conflicto bélico, no ofrece pasajes de tensión, ni anda sobrada de momentos destacables. Y pese a su estructuración en capítulos cortos, son tantos los que no aportan nada que pasar las páginas va costando cada vez más.
Aparte de no estar desarrollada hasta casi el desenlace, lo que deberia dar razón de ser a la novela (la conexión entre distintas realidades temporales) está mal justificada y peor presentada. Al principio la escritora lo intenta proponiendo un original uso de la teoría cuántica aplicada a la consciencia, luego se atreve incluso a hablar de un artilugio tangible como el magnetrón de cavidad, pero gradualmente va desistiendo de explicar el desarrollo del DH10, que simplemente va evolucionando por sí mismo... hasta acabar por dar lugar a un avión ¡que viaja en el tiempo! Pero si el elemento científico de la novela es pobre, la interacción de realidades temporales es paupérrima: Hadntz aparece y desaparece de las formas más inverosímiles, Wink casi lo mismo, las paradojas temporales no se intentan resolver, y al final cada personaje simplemente va siguiendo la línea temporal que más le conviene a Goonan.
Otros defectos menores son una traducción con muchos errores sintácticos y semánticos, que el único acontecimiento histórico que finalmente se ve afectado por la interaccion de líneas temporales sea el más que manido asesinato de John F. Kennedy, y lo mal que está resuelto el desenlace, con un Dance que a pesar de ser obviamente el más rápido tras el intento de asesinato llega sin embargo tarde a su encuentro con Bette, para además avanzar sin explicación alguna casi diez años adelante en el tiempo mediante un simple viaje por carretera de Dallas a Washington.
Y es una pena, porque todo este lastre dificulta apreciar algunos logros de la novela que sin embargo están ahí. Quizá el más llamativo sea la habilidad de Goonan para presentar la cara más amable y desenfadada de la Guerra. En menor medida, la caracterización de Dance y de los distintos lugares en los que va viviendo está razonablemente asegurada. Y se defienden algunas ideas que pueden dar lugar a jugosas reflexiones: el rechazo a cualquier tipo de totalitarismo (desde el nazismo al comunismo), la lucha contra nuestro propio destino, o los párrafos finales del penúltimo capítulo, que dibujan un panorama geopolítico mucho más amable que el que en realidad conocimos.
domingo, 8 de noviembre de 2020
El último hombre mortal (2006). Syne Mitchell
Una nueva entrada prosigo con mi reseña de alguna de las mejores novelas de ciencia-ficción escritas por mujeres. Voy a hablar hoy de "El último hombre mortal", la única novela traducida al español de la estadounidense Syne Mitchell. Una novela trepidante, muy elaborada desde el punto de vista científico, con giros argumentales ingeniosos y mucho material para la reflexión. Es una pena que tanto la novela en sí como su autora sean tan poco conocidas para el lector en español, ojalá esta entrada contribuya en algo a paliar esa situación.
El uso que en siglos venideros la humanidad dará a la nanobiología es una excelente idea de partida para una novela de ciencia-ficción, pero hay que saber desarrollarla sin caer en hipérboles que le resten verosimilitud. Mitchell lo logra plenamente recurriendo a un elenco de personajes arquetípico pero efectivo: Lucius Sterling, el multimillonario que ha logrado la aplicación de la tecnología a la humanidad, con todas las implicaciones sociales que se derivan de la existencia de humanos inmortales; Leonardo Fontesca, el científico huidizo que ha logrado crear la tecnología; Jack Sterling, bisnieto de Lucius y su contrapunto perfecto a causa de su alergia a la nanobiología; y especialmente, Alexa Dubois, una joven de los suburbios del Sur de Estados Unidos reconvertida en guardaespaldas inmortal de Lucius. Estos cuatro personajes principales, junto con la comunidad menonita de Montana, que por su aislamiento histórico proporciona un contrapunto perfecto en multitud de situaciones a tanto avance tecnológico, le permiten a la escritora no sólo sacar un gran partido a su idea, sino ir aumentando el interés de la trama gracias a sus continuos giros argumentales.
El elemento científico de la novela también raya a gran altura. Las explicaciones sobre nanobiología son frecuentes y accesibles, sus consecuencias en los seres humanos "cambiados" y "eternos" relativamente fáciles de comprender, y los desensambladores que actúan como eficaz y al mismo tiempo fatídico antídoto, razonables. Además, la transformación de las ciudades y los medios de transporte entre los siglos XXI y XXIV contribuye al realismo de lo narrado por la autora. Incluso Gaia-Net, la evolución poco menos que inmaterial de nuestra internet actual, está en todo momento bien planteada y resuelta. Quizá únicamente sea excesiva la capacidad de resistencia frente al dolor y la destrucción de los guardaespaldas inmortales Alexa, Hu-Dong o Dyson Rader.
Otro punto fuerte de la novela es su literatura poderosa. Con una prosa efectiva y sin florituras que facilita la comprensión de lo narrado, y un acertado equilibrio entre descripciones y diálogos, Mitchell va introduciendo regularmente ideas y sorpresas que, por una parte, ayudan a mantener la tensión y, por otra, permiten al lector reflexionar sobre múltiples conceptos científicos y morales. Si bien es cierto que Mitchell no elabora en demasía esas especulaciones, simplemente se las ofrece al lector para que sea él quien las desarrolle, lo que puede resultar un tanto arriesgado (más aun considereando que la escritora no suele tomar partido por ninguna opción planteada), pero que en general funciona. A cambio, Mitchell no descuida la vertiente más humana de sus personajes, algo no siempre habitual en una novela con tanto contenido.
No es ésta una obra de grandes defectos. Aparte de esa resistencia fuera de lo normal de los guardaespaldas y de la clara preferencia por las reflexiones implícitas, tal vez sobre un poco de violencia en algunos capítulos y falte algo más de pausa en otros. Otro aspecto cuestionable es que "el malo" al que recurre Mitchell (el venezolano Marcus Valiente) no está del todo elaborado a lo largo de la novela, y parece más una excusa para aumentar el dramatismo en determinados momentos que otra cosa. Y la conversión moral de Alexa justo antes del final puede resultar cuestionable.
A cambio de estos aspectos menores, la escritora nos ofrece un amplio y sugerente recorrido por la Tierra del futuro (desde la isla artifical de Elíseo hasta el complejo orbital de Nuevo Ávalon, pasando por lugares tan dispares como el Tíbet y San Petersburgo), muchos episodios plenos de aventura y acción, y un desenlace en dos partes, primero en Elíseo y después en Montana, que resuelve con habilidad y gran tensión la mayor parte de lo expuesto, con el acierto adicional de que no todo "acaba bien". Y que además deja los suficientes elementos abiertos para una continuación que yo creo podría funcionar muy bien, pero que la autora nunca se ha animado a escribir (a pesar de que incluso en la Wikipedia se habla de "The Deathless series" al referirse a "El último hombre mortal"). Seguiremos esperando.
El uso que en siglos venideros la humanidad dará a la nanobiología es una excelente idea de partida para una novela de ciencia-ficción, pero hay que saber desarrollarla sin caer en hipérboles que le resten verosimilitud. Mitchell lo logra plenamente recurriendo a un elenco de personajes arquetípico pero efectivo: Lucius Sterling, el multimillonario que ha logrado la aplicación de la tecnología a la humanidad, con todas las implicaciones sociales que se derivan de la existencia de humanos inmortales; Leonardo Fontesca, el científico huidizo que ha logrado crear la tecnología; Jack Sterling, bisnieto de Lucius y su contrapunto perfecto a causa de su alergia a la nanobiología; y especialmente, Alexa Dubois, una joven de los suburbios del Sur de Estados Unidos reconvertida en guardaespaldas inmortal de Lucius. Estos cuatro personajes principales, junto con la comunidad menonita de Montana, que por su aislamiento histórico proporciona un contrapunto perfecto en multitud de situaciones a tanto avance tecnológico, le permiten a la escritora no sólo sacar un gran partido a su idea, sino ir aumentando el interés de la trama gracias a sus continuos giros argumentales.
El elemento científico de la novela también raya a gran altura. Las explicaciones sobre nanobiología son frecuentes y accesibles, sus consecuencias en los seres humanos "cambiados" y "eternos" relativamente fáciles de comprender, y los desensambladores que actúan como eficaz y al mismo tiempo fatídico antídoto, razonables. Además, la transformación de las ciudades y los medios de transporte entre los siglos XXI y XXIV contribuye al realismo de lo narrado por la autora. Incluso Gaia-Net, la evolución poco menos que inmaterial de nuestra internet actual, está en todo momento bien planteada y resuelta. Quizá únicamente sea excesiva la capacidad de resistencia frente al dolor y la destrucción de los guardaespaldas inmortales Alexa, Hu-Dong o Dyson Rader.
Otro punto fuerte de la novela es su literatura poderosa. Con una prosa efectiva y sin florituras que facilita la comprensión de lo narrado, y un acertado equilibrio entre descripciones y diálogos, Mitchell va introduciendo regularmente ideas y sorpresas que, por una parte, ayudan a mantener la tensión y, por otra, permiten al lector reflexionar sobre múltiples conceptos científicos y morales. Si bien es cierto que Mitchell no elabora en demasía esas especulaciones, simplemente se las ofrece al lector para que sea él quien las desarrolle, lo que puede resultar un tanto arriesgado (más aun considereando que la escritora no suele tomar partido por ninguna opción planteada), pero que en general funciona. A cambio, Mitchell no descuida la vertiente más humana de sus personajes, algo no siempre habitual en una novela con tanto contenido.
No es ésta una obra de grandes defectos. Aparte de esa resistencia fuera de lo normal de los guardaespaldas y de la clara preferencia por las reflexiones implícitas, tal vez sobre un poco de violencia en algunos capítulos y falte algo más de pausa en otros. Otro aspecto cuestionable es que "el malo" al que recurre Mitchell (el venezolano Marcus Valiente) no está del todo elaborado a lo largo de la novela, y parece más una excusa para aumentar el dramatismo en determinados momentos que otra cosa. Y la conversión moral de Alexa justo antes del final puede resultar cuestionable.
A cambio de estos aspectos menores, la escritora nos ofrece un amplio y sugerente recorrido por la Tierra del futuro (desde la isla artifical de Elíseo hasta el complejo orbital de Nuevo Ávalon, pasando por lugares tan dispares como el Tíbet y San Petersburgo), muchos episodios plenos de aventura y acción, y un desenlace en dos partes, primero en Elíseo y después en Montana, que resuelve con habilidad y gran tensión la mayor parte de lo expuesto, con el acierto adicional de que no todo "acaba bien". Y que además deja los suficientes elementos abiertos para una continuación que yo creo podría funcionar muy bien, pero que la autora nunca se ha animado a escribir (a pesar de que incluso en la Wikipedia se habla de "The Deathless series" al referirse a "El último hombre mortal"). Seguiremos esperando.
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