viernes, 11 de agosto de 2023

"La parábola de los talentos" (1998). Octavia E. Butler

Con la entrada de hoy finalizo mi recorrido por las principales distopías del siglo XX. Hemos llegado al año 1998, que fue cuando vio la luz "La parábola de los talentos", de la estadounidense Octavia E. Butler. Una novela que, debo advertirles, no es la primera parábola que escribió la autora: en 1993 ya había publicado "La parábola del sembrador", y ambas conforman la que se conoce como serie de las parábolas. Sin embargo, pese a la estrecha relación que guardan, ambas se pueden leer de manera independiente. Y la que mayor reconocimiento obtuvo fue precisamente la segunda entrega de la saga, que se alzó con el Premio Nébula. De hecho, esta reseña que hoy les traigo debería haber formado parte del recorrido que, como recordarán, hice en su día por las novelas galardonadas con el Premio Nébula. Pero en aquella época me resultó imposible, pues hasta finales del pasado 2021 ambas parábolas permanecieron inéditas para el lector en español. Es por eso que he procedido a leerlas no hace demasiado, afortunadamente a tiempo para que la que considero más representativa de las dos pueda cerrar mi lista. Porque estamos ante una distopía cruda y directa, fiel reflejo del ideario de su autora, plena de reflexiones, de momentos de gran intensidad, y también de excesos y defectos que merman un tanto la impresión global de la misma.

El panorama que plantea Butler para el año 2032 no se aleja en demasía del que tenemos actualmente: las crisis económica, política, ecológica y moral están muy bien captadas en una California prácticamente devastada tras la denominada "Calamidad" de los años veinte. Ese inquietante punto de partida provoca que desde el mismo comienzo el lector se interese por la historia. Una historia, por cierto, muy bien narrada a varias voces, con predominio para los diarios escritos por su protagonista, Lauren Olamina, pero sabiamente complementados al principio de cada capítulo por las aclaraciones y reflexiones de su hija Asha Vere y, en menor medida, por las notas de su marido (Bankole) y de su hermano (Marcus). A estos dos aciertos, Butler añade una crudeza que, presentada con razonable verosimilitud, resulta tan impactante como cautivadora. Las difíciles condiciones en las que, muy poco a poco, va prosperando la comunidad de Bellota, su destrucción y posterior transformación en el Campamento de América Cristiana, las violaciones, la esclavitud, las vejaciones, la suciedad, la incesante lucha por la supervivencia, todo ello conforma un panorama tal vez un tanto reiterativo pero de hondo calado.

Y sobre este escenario post-apocalíptico, y que recuerda en cierta medida al Medio Oeste de los Estados Unidos en el siglo XIX, la escritora nos propone, a través de Olamina, una nueva esperanza en forma más de religión que de secta: "Semilla Terrestre", a la cual su protagonista dedicará la mayor parte de sus esfuerzos a lo largo de varias décadas. Una religión que parte de un concepto novedoso ("Dios es cambio") para terminar con un mensaje muy propio de la ciencia-ficción: para que la humanidad contemporánea supere todos los males que la aquejan, la única opción es una expansión gradual por las estrellas. Así, durante buena parte de la novela, Butler se dedica a enfrentar las bondades de este nuevo credo con un cristianismo de doble moral que, según ella, debe ser superado. Y ahí es donde surgen los excesos y defectos a los que aludía al comienzo.

Excesos como la reiteración en los postulados de "Semilla Terrestre", y la recreación, más allá de lo verosímil, de todo lo malo que encierra realmente ese cristianismo ultra-conservador. Hasta el punto de presentar al recientemente electo Presidente de los Estados Unidos, Andrew Steel Jarret (republicano, por supuesto) como si se tratase del mismísimo demonio. Y de crear un grupo a semejanza del prácticamente extinto Ku-Klux-Klan (los denominados Cruzados de Jarret) capaz de las mayores atrocidades imaginables en nombre de la Biblia. Extendiendo, por si fuera poco, la culpa de todos esos actos atroces a todos esos seguidores de Jarret que, según ella, por no poner en riesgo su posición social, miran para otro lado.

Esos excesos a la hora de presentar a unos y a otros, dificultando que el lector reflexione por sí mismo, se ven agravados por varios defectos asociados. Para mí el más obvio es que la autora se centra tanto en sus críticas, y en las bondades de su "Semilla", que se olvida de sus personajes: con honrosas excepciones (Harry, los Noyer, Marcus), Butler los va tomando y soltando según le conviene en la narración, sin que el lector nunca termine de reconocerlos, ni de situarse con ellos. Otro fallo es la introducción de un nuevo y determinante personaje (Belen Ross) cuando apenas queda una décima parte de novela. Por otro lado, la mezcla de artefactos y utensilios más propios de los siglos XX e incluso XIX con otros de última generación como Gafantasía no está muy lograda, lo que perjudica el siempre necesario elemento científico. Como tampoco las propias elecciones presidenciales, que según la autora requerían de un sofisticado sistema de identificación, evidentemente inaccesible para la precaria comunidad de Bellota que, sin embargo, sabemos que ejerce su derecho al voto con normalidad. Finalmente, aparte de detalles en los que se insiste mucho pero son relativamente irrelevantes para la narración, como la hiperempatía o los collares, el ritmo narrativo también me parece cuestionable: más bien lento en el primer tramo de la novela, con aclaraciones que cortan un tanto la dinámica en su mejor fase, y excesivamente apresurado al final.

Quizá para compensar el excesivo posicionamiento en favor de "Semilla", conforme avanza la novela la autora cada vez va volcando mas la posición de Vere hacia el cuestionamiento total de su madre y, por tanto, de la nueva religión. Algo especialmente apreciable en un desenlace previsible a alto nivel, pero escabrosamente sorprendente a bajo nivel, y que contribuye a que al final la novela no se presente tan doctrinaria como apuntaba. Aunque, en mi opinión, sí más de lo que debería para haber alcanzado la categoría de clásico, a la que durante la lectura parece aspirar.

viernes, 28 de julio de 2023

"Hijos de los hombres" (1992). P.D. James

Una entrada más continúo mi recorrido por las principales distopías del siglo XX. Tras las grandes distopías de los años ochenta ("El pájaro burlón", de Walter Tevis, y "Las torres del olvido", de George Turner, las cuales ya había reseñado anteriormente en mi blog) hemos llegado ya a su última década. Al principio de la cual vio la luz "Hijos de los hombres", de la británica Phyllis Dorothy James. Una escritora que fundamentalmente cultivó el género policíaco, pero que con la presente novela se adentró, por primera y única vez a lo largo de su carrera, de manera incuestionable y con una gran solvencia, en el subgénero de las distopías. Pues la de hoy es una distopía con un punto de partida original, de desarrollo un tanto lento pero eficaz, bien escrita y muy orientada al lector inglés.

La premisa que da origen a la distopía resulta familiarmente inquietante en nuestros días: la infertilidad repentina y completa de la humanidad a partir de 1995. Un hecho que afortunadamente no ha sucedido por ahora, pero al que la alarmente pérdida de fertilidad en Occidente parece apuntar. James sabe extraer de esta hipótesis todo su jugo: desde las peculiares características de los nacidos ese último año, los Omega, consentidos y violentos, hasta los Quietus, unos rituales en los que los ancianos se suicidan en masa. Con conceptos tan llamativos y a la vez tan bien fundados como los Análisis de Semen que vigilan el progreso de la infertilidad, o las Tiendas de Pornografía subvencionadas, que intentan incentivar el sexo a la vez que proporcionar una vía de escape a la inevitable depresión colectiva.

Porque tal vez el mayor acierto de la novela sea la gran cantidad de especulaciones que, sin destruir el ritmo narrativo, logra introducir la escritora: desde la angustia que le provoca a la humanidad su próxima extinción, hasta la veneración de las mascotas como si fueran niños creados por sus progenitores infértiles; desde la desidia a la hora de preservar el Mundo, hasta el autoritarismo de tintes paternalistas como la mejor forma de mantener a raya disturbios y caos en el Reino Unido; desde el empleo de la Isla de Man como cárcel masiva, hasta los temporeros que importa Inglaterra para utilizar como mano de obra en condiciones precarias.

Y en medio de este sombrío panorama, James logra insertar una trama interesante, que hace aflorar múltiples emociones sin caer en el sentimentalismo. Con un protagonista claro: Theo Faron, primo y ex-consejero de Xan Lyppiat, el autoproclamado Guardián de Inglaterra. Poco a poco, y casi obligado por las circunstancias, Theo se ve envuelto en una empresa heroica, en apariencia destinada al fracaso, pero con la que la escritora, mediante varios giros no siempre predecible y perfectamente engarzados, consigue atrapar al lector hasta el final. Funcionando así como una novela de personajes, algunos de ellos francamente logrados (Julian, Rolf, Miriam), e incluso como una novela de suspense.

Para haber resultado redonda, a la novela le sobran tres o cuatro defectos relativamente evitables. El primero y más obvio es que, aprovechando sus notables dotes como narradora, la novela tarda mucho en arrancar, perdiéndose a menudo en capítulos bien escritos pero superfluos para lo que vendrá después. También puede llegar a incomodar el excesivo anglo-centrismo que desprende: todo está descrito y presentado para el lector inglés, hasta el punto de que no echa siquiera un vistazo a cómo está afectando la infertilidad a otras partes del mundo. La violencia extrema y ritual de los Omega funciona como recurso argumental, pero resulta poco creíble. Y el modo como James va saltando de narración en primera persona a narración en tercera persona se antoja un tanto arbitrario, no bien resuelto.

Aun así, a partir del final de la primera parte el lector ya sí aprehende lo que la autora ha planteado, y a partir de entonces la novela va creciendo hasta el final. Rematado, por cierto, con unos capítulos de gran intensidad y que mejoran la impresión de un libro que no se queda lejos de la categoría de "clásico" del subgénero.

sábado, 8 de julio de 2023

"Un día perfecto" (1970). Ira Levin

Con la presente entrada prosigo mis reseñas en orden cronológico de las principales distopías del siglo pasado. Estamos ya en el último año de la década de los sesenta, y aunque la superpoblación seguía siendo un tema recurrente, comenzaban a abrirse paso de nuevo otras cuestiones propias del género distópico, como el control de las sociedades, o la imparable tecnificación de la mayoría de las actividades humanas. En este contexto vio la luz "Un día perfecto", del estadounidense Ira Levin. A mi modo de ver, una de las mejores distopías que les he traído a este humilde blog en los últimos meses. Y por desgracia, una de las más injustamente olvidadas. Algo a lo que seguramente han contribuido los vaivenes en su título. Inicialmente fue traducida como "Chip, el del Ojo Verde", una traducción libre de su título en inglés que respeta un aspecto esencial de la novela, pero que le resta valor, al presentarla indirectamente como una historia de aventuras. En una edición posterior sí se respetó tal cual el título original en inglés ("This perfect day"), pero en su edición más reciente y, por tanto, más accesible para el lector en español, recibió el título de "Un día perfecto", que es con el que finalmente se la estoy presentando yo por aquí. A menor nivel, quizá la novela tampoco haya provocado la impresión que debiera por haber sido escrita por un "profesional de la literatura", guionista, autor de obras teatrales... y no un hombre de vida intensa y viscerales esfuerzos literarios como George Orwell o Aldous Huxley.

En todo caso, "This perfect day" se nos presenta, más de medio siglo después de su publicación, como una distopía que parte de una sociedad tan cuestionable como cautivadora, bien desarrollada de principio a fin, capaz de equilibrar acción y especulación de manera amena, y sin defectos graves que lastren un resultado más que notable.

En un futuro no muy lejano, la humanidad gobernada por la inteligencia artificial UniComp, sin guerras ni conflictos pero sometida desde su mismo nacimiento a una falta de libertad absoluta en aras de una plena satisfacción de las necesidades básicas (la cual debería conllevar una felicidad permanente), constituye un cautivador punto de partida. La imposibilidad de cada miembro de la Familia de tomar siquiera las decisiones básicas de su vida, la homogeneización plena de los alimentos y formas de ocio, el sexo obligatorio una vez por semana, los consejeros que cada "miembro" tiene asignado para velar por su permanente adhesión al orden establecido... Levin concibe un marco global de control de las personas inquietantemente reconocible en nuestra sociedad actual. Y además, lo presenta con fluidez, de suerte que a ojos del lector aparece como un todo coherente y sin fisuras.

El escritor aprovecha perfectamente este marco escénico gracias a un protagonista meritorio: Li RM35M4419, es decir, Chip, el del Ojo Verde. Un personaje creíble, que atraviesa cuatro periodos claramente diferenciados en su vida (crecimiento, despertar a la vida, huida y regreso), los cuales le permiten a Levin estructurar satisfactoriamente la novela en esas mismas cuatro partes, para que el lector se identifique en todo momento con el crecimiento interior del personaje, desde sus iniciales cuestionamientos del orden establecido hasta su sabotaje final. Las reflexiones sobre las bondades y los perjuicios de la sociedad Unificada acompañan así de manera natural las peripecias de Chip, y los pasajes de investigaciones, de descubrimientos, de rebeldía y de huidas, alejan el fantasma del exceso de foco en el componente especulativo, que acecha a toda distopía.

Pequeños detalles favorecen asimismo la impresión final: el acertado reencuentro con algunos personajes al cabo de los años, la naturalidad con la que la inteligencia artificial permite la existencia de varias islas de "no asimilados" (en las cuales, como si de un país occidental cualquiera se tratara, los "nativos" tratan con superioridad a los "inmigrantes"), unos elementos científicos y tecnológicos que no chirrían en exceso en la sociedad futura ideada por Levin, el reemplazo de los nombres de los países y ciudades por códigos que apenas permiten identificar el continente en el que se encuentran... Hasta el hecho de que una de las partes de la novela transcurra en la isla de Mallorca ayuda al disfrute.

Entre los defectos, el grupo de rebeldes de la segunda parte se antoja relativamente acomodaticio, como si el escritor hubiera podido sacarle más partido, nos encontramos con alguna incoherencia como la mina de hierro en Mallorca, nos descoloca la facilidad con la que Chip logra desmoronar toda la estructura establecida por Wei y sus secuaces en el desenlace, o incluso nos llama la atención el escaso control en el acceso de los pasajeros a los distintos aviones a bordo de los cuales Chip logrará realizar sus viajes.

Al terminar la lectura, y aunque tal vez falte un capítulo para redondear la novela con el retorno de Chip a su hogar, la sensación de haber disfrutado de una distopía injutamiente minusvalorada es intensa. Así que si les atrae el subgénero distópico, no lo duden y háganse con un ejemplar de "Un día perfecto"; no les defraudará.

sábado, 17 de junio de 2023

"La fuga de Logan" (1967). William F. Nolan & George Clayton Johnson

Continúo avanzando en mi recorrido por las distopías más relevantes del siglo XX. Seguimos en la década de los sesenta, durante la cual, como ya mencioné en mi anterior entrada, la superpoblación se convirtió en una cuestión tan obsesiva que acabó condicionando muchas de las novelas del subgénero de aquellos años. Tal es el caso de "La fuga de Nolan", con mucho la obra más conocida de los escritores estadounidenses William F. Nolan y George Clayton Johnson, hasta tal punto que la novela se ha seguido reeditando con asiduidad hasta nuestros días. Si bien debo advertirles de que se trata de un libro con muchas lagunas, pues aunque parte de una gran idea, y presenta un espectacular mundo futurista, desaprovecha ambas virtudes por culpa de una trama ramplona, un estilo muy pobre, y varios errores garrafales.

La premisa de partida de esta distopía no puede resultar más cautivadora: tras la Guerra Joven, acaecida a finales del siglo XXI, y que se explica someramente cerca del final de la novela, se establece un límite máximo de veintiún años para la vida de los seres humanos, dividida en tres tramos de siete años cada uno (infancia, adolescencia y madurez), los cuales son controlados por una flor electrónica incrustada en la mano derecha de cada persona, cuyo color indica el tramo de edad en el que se encuentra. Desde el nacimiento hasta los siete años los seres humanos son educados en Guarderías Industriales a cargo de Autoinstitutrices mediante hipnoclases que condicionan férreamente a los niños para que acepten ese modo de vida. Aun así, existen Fugitivos que a los veintiún años tratan de seguir viviendo, y para acabar con ellos se ha establecido el cuerpo de Agentes del Sueño Profundo, al cual pertenece Logan, el protagonista absoluto de la novela.

Por si este punto de partida no fuera suficiente para crear una gran historia, la ambientación de la Tierra del año dos mil ciento dieciséis es delirantemente sugestiva: ciudades sumergidas, macrocentros de placer, macroesculturas en la naturaleza para alojar al Pensador que todo lo controla... por no faltar nada, nos encontramos hasta una recreación con autómatas de una batalla de la Guerra de Secesión: una mezcla de provocación e ingenio, inverosímil a veces, fascinante otras. Unos marcos escénicos que, bien aprovechados, casi podrían haber bastado para complementar la idea de base y facturar una gran novela, pero que, por el contrario, sirven esencialmente para poner de manifiesto dos de sus muchos defectos: la ausencia casi total de lógica, y la incapacidad para dimensionar esa fuga sin fin que da título al libro.

Porque, por muchos túneles que horaden la Tierra, y por muchos LaberintAutos que estén disponibles para Logan y su compañera Jess siempre que los necesiten, es ilógico que puedan desplazarse por todo el planeta a la velocidad que lo hacen. Y que lo hagan sin prácticamente comer, dormir, o siquiera descansar, como si ya hubieran perdido su condición humana. Pero es que, además, apenas se justifican los saltos de un marco escénico al siguiente, ni se introducen las pausas necesarias para explicar los orígenes de dichos lugares, o para permitir que la pareja protagonista se aclimate al nuevo entorno, o piense en cómo explotar las nuevas posibilidades que les ofrecen.

Y es que, pese a haber sido escrita a cuatro manos, la novela emana en todo momento una profunda sensación de falta de calidad literaria. Personajes tan planos e incondicionalmente fieles como Jess, nulo espacio para las reflexiones que cabría esperar en una distopía con un punto de partida tan atrayente, una prosa entrecortada, breve hasta el extremo y únicamente centrada en alargar una situación límite, hasta el punto de que el lector termina por dejar de percibirla como límite... Parece mentira que los escritores no logren proporcionarle al lector algo más que un fantasioso entretenimiento.

Además, la trama, una vez comienza la huida, es prácticamente inexistente, y ni siquiera el original giro final llega a tiempo de salvar los muebles. Los personajes secundarios son puro cartón-piedra, y casi los úicos detalles en los que profundizan los autores son los seis tipos de balas diferentes que alberga un arma de un agente del SP. Por supuesto, a pesar de llegar incluso a adentrarse en las entrañas del Pensador, Logan y Jess superan sin sufrir grandes daños las situaciones más desesperadas, y la novela se convierte así casi en exclusiva en una mera sucesión de correrías sin mayor interés.

En suma, una idea y un marco escénico que les vinieron demasiado grandes a dos escritores justitos de talento, y que hoy en día nadie recuerda más allá de esta obra.

sábado, 3 de junio de 2023

"Hagan sitio, hagan sitio" (1966). Harry Harrison

Una entrada más continúo mi recorrido en orden cronológico por las distopías más relevantes del siglo XX. Nos adentramos en la década de los sesenta, durante la cual la mayor estabilidad internacional y el desarrollo económico contribuyeron a un notable aumento de la natalidad. Y con ello a la natural preocupación de muchos intelectuales por la imposibilidad de mantener a tantos seres humanos con los recursos limitados de nuestro planeta. Ello está detrás de varias de las distopías de aquellos años, entre ellas de "Hagan sitio, hagan sitio", posiblemente la novela más reconocida del estadounidense Harry Harrison. La presente es una novela que, pese a publicarse en pleno auge de la New Wave, se inscribe perfectamente dentro del estilo de la Edad de Oro. Que ofrece una ambientación distópica inquietantemente reconocible en la actualidad, una trama detectivesca para dinamizar la acción, y varias líneas narrativas convergentes. Tan sólo algunos aspectos pobremente resueltos y un exceso de casualidades le impiden alcanzar la categoría de "clásico" dentro del género.

Para mí la mayor virtud del libro es el tratamiento de los temas sociales que caracterizan la distopía: la presagiada superpoblación prácticamente dio en el clavo con el número de habitantes sobre la Tierra en el año dos mil. El calentamiento global y los fenómenos extremos que por desgracia se han vuelto tan frecuentes en el presente siglo están perfectamente plasmados en la ciudad de Nueva York. La desconexión de la realidad que padecen las autoridades políticas es tan real que puede llegar a pasar desapercibida. La formación de barrios marginales para colectivos de refugiados, otra ominosa predicción. Y el detalle final de la "okupación legal" por parte de familias vulnerables, la guinda para un panorama distópico tremendamente certero.

Pero nada de ello funcionaría si no estuviera al servicio de una trama sencilla pero efectiva, y de unos personajes que le permiten a Harrison visualizar en carne propia las consecuencias de esa asfixiante sociedad futura, así como proporcionar interesantes especulaciones. Una trama detectivesca que, sin embargo, no sirve de base para una novela de misterio, pues tanto el asesino como las circunstancias del crimen son conocidas para el lector. Pero los acontecimientos que llevaron al mismo, la huida del asesino, o las pesquisas del detective, se muestran con una solvencia que logra mantener el interés. Billy, el asesino, no es el típico malvado, ni Andy, el detective protagonista, el típico héroe. Ambos se reconocen a través de sus miserias, hasta el punto de que, frente a lo que suele ser habitual en las distopías, Andy no resulta ser un disidente del sistema, sino que lo defiende hasta el extremo de terminar por afectarle muy negativamente en su vida personal.

Aparte de este meritorio tratamiento de los personajes, otros aciertos de la novela son las reflexiones y juicios que encierra: la eugenesia, las críticas al moralismo religioso, la paternidad responsable, la garantizada existencia de suministros para las clases más pudientes... Todo ello mediante conceptos muy potentes, como las Cartillas de la Beneficencia, la harina de avena Ener-G, los filetes de soja y lentejas, o el carbón de mar, que resuenan en la mente del lector.

No obstante, la novela no resulta redonda por culpa de unos pocos aunque perceptibles defectos. El más notorio es la pobre resolución de una línea narrativa tangencial, en la cual centros de poder político y judicial parecen interesados en las maquinaciones tras el asesinato de Big Mike. Por otra parte, la novela adolece casi desde el comienzo de una sensación de previsibilidad, que se acentúa en la segunda parte. Tampoco las peripecias de la línea narrativa de Billy rayan a la misma altura que las de Andy, y ello se nota. Y las casualidades presiden unos encuentros que se antojan imposibles en una ciudad de treinta y cinco millones de habitantes.

Aun así, una lectura que ha resistido el paso del tiempo, y por tanto, recomendable para todos los interesados en el subgénero de las distopías.

domingo, 21 de mayo de 2023

"Farenheit 451" (1953). Ray Bradbury

Una nueva entrada continúo con mi recorrido en orden cronológico por las distopías más relevantes del pasado siglo XX. Seguimos en la década de los cincuenta, más concretamente en 1953, que fue cuando se publicó "Farenheit 451", seguramente la novela más famosa y reconocida del estadounidense Ray Bradbury. Los seguidores de este humilde blog habrán observado que, pese a los doce años que lleva ya en funcionamiento, Bradbury no había aparecido aún por el mismo. Y es que, para mí, Bradbury fue uno de esos escritores cuyo reconocimiento siempre fue superior al nivel general de su producción. Una afirmación que probablemente muchos críticos y buena parte de ustedes no compartirán, pero que obedece a que, desde mi punto de vista, Bradbury se benefició siempre de una etiqueta un tanto cuestionable: el escritor de la Edad de Oro de la Ciencia-Ficción que "escribía literatura de verdad". Algo que nunca he compartido, pues para mí lo más relevante de cualquier escritor es lo que cuente, por encima de cómo lo cuente. Y coincidirán conmigo en que, en realidad, no abundan las novelas de Bradbury que le hayan sobrevivido (si bien es cierto que su producción de relatos fue comparativamente más amplia que la de novelas). Como ustedes saben, yo prefiero siempre el formato de novela para desarrollar convenientemente ideas que en los relatos apenas hay espacio para esbozar, y no soy de la opinión de que un escritor de prosa culta sea mejor literato que, por ejemplo, un escritor de diálogos largos y descripciones escuetas (me estoy refiriendo, obviamente, a Isaac Asimov, coetáneo de Bradbury, pero comparativamente denostado por su estilo literario, a pesar de que escribió muchas más novelas que le han perdurado en el tiempo). En suma, sin negar que Bradbury escribiera bien, sí me parece que sólo escribió una novela de auténtico impacto en el género de la ciencia-ficción, ésta que les traigo hoy. Y ya les anticipo que tampoco la considero una de las mejores distopías de mi recorrido.

Farenheit 451 es la temperatura a la que el papel de los libros arde. Y ésa es la premisa de la que parte esta distopía: una sociedad estadounidense futura en la que los libros han sido prohibidos, y el Cuerpo de Bomberos se ha convertido gradualmente en censurador de conocimiento, quemando a dicha temperatura cualquier libro que encuentre. Como ven, se trata de un punto de partida sugestivo, y es indudable que le permite a Bradbury generar brillantes especulaciones. Aunque también resulta algo forzada en su planteamiento, puesto que la sola carencia de libros le sirve al escritor para justificar la falta de introspección, de humanidad incluso, de su sociedad futura. Y además, la lectura se vuelve fatigosa con frecuencia.

A mi modo de ver, como les argumentaba antes, el principio de la novela resulta demasiado recargado, abusando de recurso estilísticos que dificultan el natural discurrir de la trama. Sin embargo, el escritor se apunta el primer tanto con la conversión de la función de los bomberos. Destaca especialmente el proceso narrativo seguido por Bradbury a lo largo de la historia: la integración de su protagonista, el bombero Montag, en el Cuerpo; sus inquietudes y reflexiones; la conspiración de la que forma parte; la persecución de la que es objeto; y finalmente el inicio de una nueva era. Tal esquema le facilita a Bradbury alcanzar la mayor virtud de la novela: las reflexiones acerca de un progreso sin conocimientos, el vacío interior, los convencionalismos sociales, la necesidad de pensar, de conversar, de aprovechar la vida para algo útil... Todas estas cuestiones jalonan la trama con notable acierto. Otros logros incuestionables de esta obra son la personalidad del Capitán Beatty (astuta, hábil, conocedora de la realidad desde varios puntos de vista...), y el dramatismo de dos momentos clave en la narración: el desenmascaramiento de Montag, y su posterior persecución.

Lamentablemente, son varias las lagunas que me impiden considerar esta novela como una distopía de altos vuelos: empezando por el lugar de desarrollo de la misma, que se intuye pero no se concreta; continuando por los avances tecnológicos de esa era futura (familia, Sabueso Mecánico, coche-helicóptero), de apariencia a menudo ingenua y apenas explicados, por lo que su comprensión y su efecto sobre el lector no son los adecuados; sin olvidarse de un desenlace demasiado espeso, demasiado largo y, a la vez, un tanto oscuro; y sobre todo, por sus continua menciones a una "Guerra" sobre la que Bradbury jamás proporciona ni una mínima explicación, y que, sin embargo, resulta de vital trascendencia en el final de la novela. Y es que, tal cual está presentada, el lector ve los efectos de la misma, pero no llega a imbuirse de su dramatismo.

En suma, una obra que en su momento logró un comprensible impacto por lo sugerente de su propuesta y la fama de "escritor con mayúsuculas" de su autor, pero que, tras siete décadas, ha quedado más como un compendio de reflexiones interesantes que como una distopía que, por su cercanía a la realidad y su dramatismo, logre realmente calar en el lector del siglo XXI. Aun así, recomendable para todos los que deseen profundizar en el subgénero distópico.

martes, 2 de mayo de 2023

"La pianola" (1952). Kurt Vonnegut

Con la presente entrada continúo mi recorrido en orden cronológico por las distopías más relevantes del pasado siglo XX. Llegamos ya a 1952, un año en el cual ya se habían publicado algunas de las distopías más influyentes de la literatura. Y que alumbró el debut de uno de los escritores más personalmente inclasificables del género: el estadounidense Kurt Vonnegut. Conocido sobre todo por la espléndida "Matadero cinco" (1969), "La pianola", de título muy poco acertado, es una novela que no desmerece en absoluto de su producción literaria. Y es que, pese a tratarse de su primera novela, en ella ya se manifiestan los rasgos principales de su obra: su clarividencia respecto al futuro de la humanidad, el predominio de personajes "perdedores", su humor negro... Todo ello al servicio de una distopía situada en un futuro cercano, tan reconocible que mucho de lo que encierran sus páginas resonará en nuestra conciencia. Aunque por desgracia también con muchos altibajos en su desarrollo, frecuentes anacronismos, pasajes derivativos, y una segunda línea secundaria mucho menos relevante.

Tras la victoria de los Estados Unidos en la Tercera Guerra Mundial, lograda gracias a una mecanización y una automatización extremas de todos los medios de producción, la sociedad posterior se ha estratificado en dos capas: por una parte, directivos e ingenieros, responsables de dicha mecanización y, por tanto, la clase social dominante; y el resto de profesiones, condenadas casi en su totalidad a la extinción debido al desarrollo de máquinas que se encargan de ellas de manera mucho más eficiente. La estratificación del sistema parece funcionar, pues sólo los habitantes de mayor Coeficiente Intelectual son elegidos para formar parte de la clase dirigente, mientras que el resto goza de cobertura social y un buen nivel de vida, además de unas ocupaciones razonables como parte del Ejército o del Cuerpo de Reconstrucción y Reparaciones. La separación entre ambas está tan asentada que incluso la ciudad ficticia de Ilium está dividida físicamente en dos zonas para alojar a ambos estratos, aislados de manera natural por el río que la cruza. Pero la realidad es que bajo ese aparente éxito social subyacen la alienación, el descontento y otras frustraciones que servirán a Vonnegut para desplegar todas sus reflexiones al respecto.

En su línea narrativa principal, la que sigue al Doctor Paul Proteo, la novela fluirá de manera natural, presentándonos su gradual rebelión frente al status quo que poco a poco irá fraguándose en su interior. En la segunda, la del Sha de Bratphur, lo hará a partir de episodios sueltos que contrastan recurrentemente el éxito teórico de la sociedad estadounidense con su fracaso subyacente. Y esta dualidad entre ambas líneas se erige ya en un primer defecto de la novela, pues mientras que la primera logra despertar el interés del lector, la segunda interrumpe, incluso molesta a veces a la primera, y el capítulo en cuestión igual termina interesando que aburriendo. Debo resaltar, en todo caso, que en ambas líneas los personajes rayan a un nivel alto. Es curioso, porque a veces parece haber demasiados, y otras, en cambio, sugieren una excesiva casualidad a la hora de reencontrarse una y otra vez. Pero en general resultan reconocibles; su posición y evolución dentro de la sociedad, claros; y en su mayor parte resultan útiles para que Vonnegut presente sus especulaciones.

Porque sin duda lo mejor de la novela es su alta carga especulativa. De hecho, la mecanización y la abundancia de profesiones prescindibles o directamente desaparecidas son más acusadas actualmente que en 1952. Cautiva cómo Vonnegut fue capaz de anticipar muchas de las realidades de la actual sociedad occidental, y sus consecuencias sobre los ciudadanos. Y cómo en respuesta a ello defiende la necesidad de sentirse útil, de aportar algo a los demás, para reconocerse como seres humanos plenos. Por satisfechas que puedan estar nuestras necesidades materiales. Otro gran acierto anticipado por el autor es el "team building" que narra en Los Prados durante varios capítulos, tan aburrido y ridículo como verosímil en muchas de las corporaciones más relevantes de nuestra sociedad. A otro nivel, incluso la relación entre Proteo y Anita, con su falsa comprensión mutua, sus intereses individuales ocultos, y la forma como estalla de manera repentina, resulta convicente.

Además de esa segunda línea narrativa irregular, la novela adolece de frecuentes altibajos: algunos capítulos completamente prescindibles, exceso de detalles en otros, situaciones exageradas hasta el extremo a continuación de otras comedidas... Otro problema que afecta al resultado final son los anacronismos: Vonnegut no para de crear artilugios con términos que suenan tecnológicos, pero que no soportan el más mínimo análisis técnico, y por el contrario, otros en desuso desde hace décadas aparecen como si tal cosa. Por no hablar de EPICAC XIV, una especie de súper computadora que ocupa un espacio inmenso, y que parece regular hasta las funciones más irrelevantes de la sociedad, que sería más propia de una novela juvenil que de literatura seria. Todo lo cual provoca que la novela se deje leer, que a veces provoque nuestra risa, pero que como obra literaria se acerque al divertimento y se aleje en la misma medida de lo que podría haber sido una obra de hondo calado. Un hecho al cual el desenlace, un tanto conformista y justito de tensión, no ayuda.

Y es una lástima, porque los mimbres de la novela son excelentes, y el talento del escritor, apreciable ya en su opera prima. Pero en la literatura hay ocasiones en la que el estilo creativo de su autor se impone a su obra, y le resta relevancia. Aun así, una novela muy interesante para todos los que gusten de las distopías y, por momentos, disfrutable.

domingo, 16 de abril de 2023

"Himno" (1938). Ayn Rand

Continúo con la presente entrada mi recorrido en orden cronológico por las distopías más influyentes del pasado siglo XX. Hoy le ha llegado el turno a "Himno", de la escritora rusa nacionalizada estadounidense Ayn Rand. Una novela corta que tal vez no sea la más conocida de su bibliografía, pero que sí refleja fielmente la filosofía de la autora, a la vez que encaja mejor que cualquier otra de su producción en el subgénero distópico. Nacida en San Petersburgo, Rand vivió desde los veintiún años en Estados Unidos, y esta contraposición entre el pujante comunismo de su país de origen y el individualismo capitalista de su país de acogida ayuda a explicar los postulados de "Himno": una distopía breve pero desgarradora, mucho más interesante por sus especulaciones que por su trama, si bien no por ello complicada de leer. Y que tal vez resulte demasiado similar a la también de origen ruso y recientemente reseñada en este mismo blog, "Nosotros", de Yevgueni Zamiatin. Aunque con un desenlace completamente distinto.

Quizá la mayor virtud de la novela sea la gran cantidad de conceptos provocadores, y sin embargo ingeniosos, que condicionan la vida de los habitantes de la Ciudad: el Consejo de Eugenesia, las distintas Casas a las que pertenecen sus habitantes (como la Casa de Barrenderos a la que pertenece su protagonista), el Palacio de Detección Correcional, el Tiempo de Apareamiento, el Consejo de Vocaciones, el Consejo Mundial de Estudiosos... Conceptos fundamentados en el devenir histórico de los siglos, desde los denominados Tiempos Innombrables en los que los humanos eran aún libres, hasta el Gran Renacimiento que condujo a la situación actual. Incluso el Bosque Inexplorado a las afueras de la Ciudad resulta ser un lugar previsible pero provocador y esencial para la narración. Sin olvidar pasajes tan impactantes como la forma en la que es ajusticiado el Gran Transgresor.

Porque la trama en sí se antoja un tanto simple, aunque efectiva: un recorrido por la vida de Igualdad 7-2521, desde su infancia impersonal, pasando por su formación en la Casa de los Estudiantes, culminando en su opresivo trabajo como barrendero, el posterior descubrimiento del túnel, sus progresos con los experimentos, y finalmente el amor que sentirá por Libertad 5-3000, el cual dinamizará el tercio final de la novela. Todo ello mediante un estilo escueto, escaso en diálogos, y un tanto desconcertante contraste entre los sumamente extensos dos capítulos iniciales, y el resto de capítulos, de mucha mayor brevedad.

Las razones por las que no considero a esta novela una gran obra arrancan desde el mismo momento en que se conoce que Rand la escribió casi veinte años después que la ya mencionada "Nosotros": porque, además de compartir una Ciudad poblada por individuos sometidos a un férreo control del Estado, contrapone de manera premeditada y muy similar los "felices" tiempos presentes a los oscuros tiempos en que los seres humanos aún disfrutaban de libertad. Y de igual forma, es el descubrimiento del amor a una mujer por parte de su protagonista masculino el que desencadena los acontecimientos. Sólo el tono mucho más optimista del desenlace establece una diferencia clara entre ambas obras.

Pero es que, a diferencia de su antecesora, la cual con una extensión contenida pero adecuada trataba de sacar partido a su panoplia de conceptos y elementos provocadores, la obra de Rand es tan breve que la impresión de que le falta capacidad para aprovechar todos los elementos que ha puesto en juego es poderosa. Da rabia recordar que para la primera edición norteamericana de la novela, ocho años después de su publicación, la escritora la revisó íntegramente, y sin embargo no aprovechó la oportunidad para añadir unos capítulos, para ahondar en el ambiente de las Casas, para explicar mejor por qué Internacional 4-8818 desaparece sin previo aviso de la narración, para justificar de una manera más gradual y verosímil el redescubrimiento de la electricidad por parte de Igualdad 7-2521: habría podido minimizar muchos de estos defectos y a la vez aumentar el impacto de la novela.

En su forma definitiva, resulta demasiado evidente desde el principio cuál será la Palabra Innombrable. Porque la autora pone el foco íntegramente en la filosofía que sustenta la novela, y no tanto en la historia. Con reflexiones impactantes y una preciosa defensa a ultranza del ser humano como individuo, sin duda. Pero si hubiera logrado un mejor equilibrio entre trama e ideología, y le hubiera conferido un mayor desarrollo, podría haberse convertido en uno de los grandes clásicos del siglo XX, al mismo nivel que las distopías más reputadas. Aun así, una lectura recomendable.

domingo, 2 de abril de 2023

"La guerra de las salamandras" (1936). Karel Capek

Una entrada más continúo reseñando las principales utopías escritas durante el siglo XX. Seguimos avanzando por el siglo pasado hasta llegar al año 1936, que fue cuando se publicó "La guerra de las salamandras", del escritor checo Karel Capek. En aquel año el mundo era un lugar particularmente convulso, y tras la Gran Depresión, una nueva escalada bélica amenazaba con repetir lo acontecido en la Primera Guerra Mundial veinte años antes. Con el agravante de que los totalitarismos campaban a sus anchas, fracturando a políticos e intelectuales en varios bandos enconadamente enfrentados. Este caldo de cultivo fue el que sirvió de base para la obra de Capek. Se trata de una distopía satírica, que aprovecha el descubrimiento de una especie animal desconocida (las salamandras) y su capacidad para aprender de los humanos y ser empleada como fuerza de producción, para denunciar a qué acabaría conduciendo el capitalismo desenfrenado y otros muchos males que siguen afectando a las sociedades occidentales.

Aunque actualmente Capek resulte un escritor casi desconocido, en vida su relevancia fue tal que llegó a ser candidato al Premio Nobel. Y este reconocimiento se refleja en la calidad de la novela: desde un punto de vista literario sabe cambiar de registro para ofrecer en todo momento la mejor panorámica posible (como lo evidencia esa segunda parte repleta de artículos y recortes de prensa); desde el punto de vista erudito, llama la atención el amplísimo conocimiento del escritor sobre multitud de materias (política, geografía, tecnología, industria, finanzas...) en una época en la que el acceso a estos conocimientos era mucho más complicado que en la actulidad; y desde el punto de vista especulativo, la novela es una continua sucesión de reflexiones y críticas puestas de relieve mediante las salamandras.

Todo ello, además, bajo la apariencia de un divertimento de desenlace previsible a causa de lo explícito de su título, pero con muchos giros humorísiticos, episodios simpáticos y un tono general que aleja esta novela de otras distopías más graves, aunque no necesariamente de mayor calado especulativo. Además, sin ser ésta una novela de personajes, sus dos protagonistas principales (el capitán van Toch y el Señor Povondra) vertebran la novela y proporcionan la necesaria ligazón entre la primera y la tercera parte, para que el lector no se desenganche de lo experimentado por estos personajes.

Aunque las ciencias sociales estén muy cuidadas, el mimo a la hora de tratar el elemento científico es particularmente notable en las propias salamandras: su morfología, la forma como van aprendiendo, la singularidad del Andrias Scheuchzeri, la preservación de sus limitaciones físicas pese al contacto masivo con los seres humanos, las subespecies y roles que se van generando dentro de ellas... Todo contribuye a que un concepto que podría haber fracasado estrepitosamente para sostener una novela adulta, resulte sólido de principio a fin.

A pesar de lo cual me resulta complicado considerar a esta obra una gran novela. Y es que la premisa de partida, una especie desconocida hasta finales del siglo XIX, con esas potenciales y capacidad reproductiva, sigue resultando inverosímil. Como lo son las consecuencias de su utilización desmesurada para expandirse sobre los océanos, hasta el extremo de comenzar a menguar la superficie disponible para la humanidad. Si a ello le sumamos un desarrollo que se mantiene bastante fiel a lo que un lector avezado podría anticipar desde el mismo principio, la prácticamente nula acción derivada de la guerra que da título a la novela, y una segunda parte que rompe en exceso el ritmo narrativo con tantas notas minúsculas a pie de página, se entenderá que la lectura resulte amena y reflexiva, pero no siempre cautivadora.

Y es una pena, porque la cantidad de cuestiones que Capek critica magistralmente (desde el nazismo al comunismo, desde el culto a la tecnología a las consecuencias nocivas de las religiones, desde la obsesión por el poder de las naciones hasta la resistencia de los eruditos a admitir a las salamandras como una especie pensante de valor análogo al ser humano) es tremenda. Con el aliciente adicional de un desenlace a la vez coherente y enternecedor. Y el original capítulo final, con el escritor especulando sobre su obra con su alter ego, un epílogo magistral. Por lo cual la novela sigue aún de actualidad, y merece una lectura por todos aquellos a los que les interesa el subgénero de las distopías.

domingo, 19 de marzo de 2023

"Nosotros" (1924). Yevgueni Zamiatin

Con la presente entrada comienzo el apasionante recorrido por las mejores distopías publicadas en el siglo XX. Un trayecto que inaugura "Nosotros", del escritor ruso Yevgueni Zamiatin. Y es aunque la cultura popular haya convertido en axioma que las distopías de los británicos Aldous Huxley y George Orwell fueron las que establecieron en la primera mitad del siglo pasado tan subyugante subgénero, la obra que dio lugar al mismo es esta novela rusa tan controvertida que durante décadas permaneció inédita en su país. Y es que el descontento que la gradual transformación de la inicialmente prometedora revolución rusa en el posterior estalinismo totalitario provocó en Zamiatin le sirvió de inspiración para una obra que posee ya todos los rasgos propios de una obra distópica: una sociedad futura de características negativas, cargada de provocativos conceptos, brillantes reflexiones y críticas encubiertas a los totalitarismos. Pero también deudora de su tiempo a nivel estilístico, y repleta de anacronismos que le restan impacto.

Escrita como no podía ser de otra manera en primera persona, su protagonista D-503 nos va narrando su gradual conversión desde ingenerio constructor del Integral (el artefacto que pretende expandir el Estado Único a otros planetas), y por tanto firme creyente en las bondades de un sistema social científico y sin libertades, en un "enfermo" que comienzca a pensar y a actuar como individuo, así como las consencuencias que tal intento de liberación le acarrea. Lo cual sucede de un modo gradual, con picos y valles, en un ejercicio de realismo al que el motor que dinamiza tal conversión (la pasión que D-503 siente por I-330) le sienta de maravilla.

Zamiatin en ningún momento realiza una descripción exhaustiva de los pilates que sustentan su todopoderoso Estado, sino que, con buen criterio, va introduciendo según procede los conceptos más sobrecogedoramente impactantes: la Guerra de los Doscientos Años que precedió al Estado Único, el Benefactor que con su autoridad plena representa el control absoluto, la Tabla de las Horas que rige férreamente las actividades de todos los Números que habitan la Ciudad, el Muro Verde que la delimita y protege del salvajismo exterior, el Ministerio Médico que cura a los que "enferman", la crucial Casa de los Antiguos... Una imaginería cautivadora y que facilita de manera natural las recurrentes comparaciones entre la imperfecta sociedad del siglo XX y la perfecta sociedad de "Nosotros", en la cual el hombre no es sino una mínima parte sin identidad propia de un todo perfectamente orquestado, y es esa pertenencia rígida a un ente superior la que le otorga la facilidad, y no la sobrevalorada libertad.

Otros aciertos incuestionables son las continuas referencias matemáticas y físicas, propias de una sociedad basada en un modelo tayloriano de la producción, y las frecuentes analogías entre el ámbito de las ciencias y el del comportamiento humano. Así como el papel que desempeñan las mujeres en la trama: la rubicunda y aparentemente simple O-90, la inteligente y revolucionaria I-330, y la inesperada protagonista del tramo final, U (sin número). También me parece adecuada la estructuración en capítulos cortos, y en especial las sinopsis que los inician, que tanto ayudan a comprender un libro cuya lectura no es fácil.

Porque esa complejidad es, a mi modo de ver, el principal defecto de la novela. No tanto por esa avalancha de conceptos nuevos, o esas continuas y bien fundadas reflexiones científicas, sino por su estilo. Seguramente deudor de las vanguardias de su época, o incluso de las particularidades de la literatura rusa, su obsesión por describir a los personajes mediante un único rasgo físico repetido hasta la saciedad, su tendencia a mezclar sueños con acontecimientos reales y otros simplemente esbozados, sus saltos espaciales apenas elaborados, y sobre todo, el abuso de frases sin terminar, provocan que a menudo el lector no tenga realmente claro qué ha sucedido en un capítulo determinado. Si a ello le sumamos un elemento tecnológico muy pobre, la presencia habitual de anacronismos en una sociedad tan lejana en el futuro, y las continuas coincidencias por las que los personajes principales se encontrarán una y otra vez a pesar de vivir en una ciudad con millones de Números, se entenderá por qué la novela pierde buena parte de su impacto, y por qué considero que no ha envejecido demasiado bien.

Y es una pena, porque el control absoluto ejercido por el Estado, metafóricamente reflejado en el empleo obsesivo de las paredes de cristal para evitar cualquier intención de intimidad, y recursos finales que facilitan un desenlace convincente como la Gran Operación, con la que el Estado logrará curar a todos sus Números de la influencia cada vez más perniciosa de la fantasía, siguen por desgracia plenamente vigentes en nuestros días. Aun así, la novela posee más virtudes que defectos, y continúa siendo una lectura recomendable un siglo después de su publicación.

domingo, 5 de marzo de 2023

El subgénero de las distopías en el siglo XX

Una vez completado mi recorrido por la literatura de ciencia-ficción en España a través de muchos de sus autores más representativos, ha llegado el momento de proponerles una nueva temática con la que poder enriquecer su conocimiento y tal vez aumentar su apreciación por este maravilloso género que es la literatura de ciencia-ficción. Tras varios debates internos conmigo mismo, he optado por prestar atención a uno de los subgéneros literarios más apreciados dentro del género, en especial por aquellos que reniegan de otros muchos subgéneros del mismo: las distopías. Y como de costumbre, lo voy a hacer fijándome más en las obras que le han dado forma que en reflexiones excesivas al respecto, por lo que en seguida les desvelaré la lista de las quince novelas que he escogido para ilustrar un subgénero tan relevante.

Por supuesto, para elaborar dicha lista de las mejores distopías me he retrotraído al albor del género, allá por los años veinte del siglo pasado. Y, en aras de ofrecer una panorámica lo más amplia posible, no me he limitado a la omnipresente literatura anglosajona, sino que he intentado completar la panorámica con novelas escritas en otras partes del mundo. El motivo es que, según la definición que nos ofrecer la R.A.E., la distopía es "una representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana". Así que el que esa sociedad futura tenga sus raíces en las sociedades en las que vivían sus escritores a la hora de representarla es de la mayor relevancia. Por idéntica razón, he intentando complementar la predominante visión masculina de esas sociedades futuras negativas con la de muchas mujeres que, aunque tal vez muchos de ustedes lo desconozcan, comenzaron a contribuir al subgénero hace ya más de ochenta años.

Para los más observadores, explico ahora por qué me he limitado al siglo XX. Una primera razón, quizá no la más convincente, es que el siglo XX fue, sobre todo durante su primera mitad, una de las épocas más negativamente convulsas de la historia de la humanidad, y las distopías desempeñaron en ese periodo un papel fundamental a la hora de exacerbar las posibles consecuencias futuras de lo que sus autores ya estaban viviendo, sirviendo como contrapeso ideológico e incluso como elementos de concienciación que limitaron el avance de esas sociedades tan dañosas. Y la segunda y quizá más comprensible es que, con el tránsito al siglo XXI, las distopías se han ido gradualmente ramificando en "micro-subgéneros" para adaptarse a los nuevos tiempos, al extremo incluso de surgir una literatura juvenil distópica. Ramificaciones que dificultaban la tarea de proporcionarles una lista cohesionada y consistente. Dicho de otra forma: para mí al menos, la DISTOPÍA (con mayúsculas) fue un subgénero inherente al siglo XX.

Aclarar asimismo que, como en monográficos precedentes, me he limitado a una única novela por escritor, y las iré recorriendo en orden cronológico. En aquellos casos en los que la novela, por alguna otra razón, ya haya aparecido reseñada con anterioridad en este humilde blog, simplemente añadiré el enlace a dicha entrada, pero no alteraré nada de lo que escribí al respecto en su momento. Puntualizar finalmente que, aunque muchas de estas novelas podrían formar parte de listas pertenecientes a otros subgéneros, para mí, y espero que también para la mayoría de ustedes, todas ellas son, por encima de cualquier otra consideración, novelas distópicas, con esas omnipresentes sociedades futuras negativas como auténticas protagonistas.

Sin más, aquí les ofrezco la lista:

1. Yevgueni Zamiatin - "Nosotros" (1924)
2. Aldous Huxley - "Un mundo feliz" (1932)
3. Karel Capek - "La guerra de las salamandras" (1936)
4. Ayn Rand - "Himno" (1938)
5. George Orwell - "1984" (1948)
6. Kurt Vonnegut - "La pianola" (1952)
7. Ray Bradbury - "Farenheit 451" (1953)
8. Harry Harrison - "Hagan sitio, hagan sitio" (1966)
9. William F. Nolan y George Clayton Johnson - "La fuga de Logan" (1967)
10. Ira Levin - "Un día perfecto" (1970)
11. Robert Silverberg - "El mundo interior" (1971)
12. Walter Tevis - "El pájaro burlón" (1980)
13. Margaret Atwood - "El cuento de la criada" (1985)
14. George Turner - "Las torres del olvido" (1987)
15. P.D. James - "Hijos de hombres" (1992)
16. Octavia E. Butler - "La parábola de los talentos" (1998)

A partir de este momento, espero que este recorrido por tantas sociedades negativas futuras que hoy les planteo no les afecte al ánimo, y sí les permita conocer mejor y disfrutar aún en mayor medida de este subgénero tan influyente en la literatura universal, como lo reflejan los retratos de los dos escritores que ilustran esta entrada y que seguramente muchos de ustedes hayan reconocido (Aldous Huxley y George Orwell). Así pues, les espero en mi siguiente entrada, para comenzar el recorrido con la primera gran novela distópica que se escribió: "Nosotros", del ruso Yevgueni Zamiatin.

"Nación de Marte. Parte 2" (2021). Brandon Q. Morris

Con la entrada que hoy les ofrezco sigo desgranando los añadidos de última hora a mi segundo recorrido por algunas de las sagas más relevan...

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