Con la presente entrada continúo con las reseñas de las novelas ganadoras o nominadas a los premios Nébula en los años sesenta. Voy a hablarles hoy de "Señor de la luz", del estadounidense Roger Zelazny. Una novela que no ganó el premio Nébula, pero sí el premio Hugo de ese año, lo que habla de la popularidad que alcanzó en su momento, en pleno auge de la new wave. Aunque pienso que, si alguna vez fue merecedora de tal reconocimiento, los años no le han sentado bien. Porque en mi opinión se trata de una novela irregular y por momentos caótica, si bien cuenta con algunas virtudes que justifican su inclusión en este blog.
Quizás las páginas más difíciles de esta novela sean las primeras. Porque, sin previo aviso, el lector es sumergido en un panorama que le es ajeno por completo. Me atrevo a decir que no es habitual encontrar en una novela de ciencia-ficción tal profusión de elementos fantásticos y religiosos. Además, Zelazny nos bombardea con multitud de datos, de nombres, de lugares, incluso de artefactos (piénsese en la máquina de oraciones de la primera página), que no son fáciles de asimilar en el momento y que dificultan el disfrute de la narración. Porque ya entonces se deja entrever entre tantos elementos un interesante entramado de luchas políticas y hazañas bélicas en un planeta desconocido.
Entre los capítulos segundo y cuarto, Buda recuerda sus experiencias previas. Pero lo hace en tercera persona, lo que debilita la conjunción narrativa de todas las piezas. Además, esta parte está poblada de gran número de referencias (Garuka, rakasha, Carros...) no ya fantásticos (en el peor de los sentidos) sino utilizados sin previo aviso y sin que se explique más que tangencialmente su relevancia. Todo ello agravado por el que a mi modo de ver es el mayor defecto de la novela: el sinnúmero de personajes. Da la impresión de que Zelazny los fue acumulando sin demasiado criterio a la hora de escribir, porque los personajes se atropellan los unos a los otros, sin poder calibrar su importancia real en la trama, y con la dificultad añadidad de su volubilidad física. Incluso relata a veces los acontecimientos de un modo críptico, buscando que sea el lector quien averigüe de quién está hablando.
Afortunadamente, la idea central es brillante: el control de un mundo colonizado mediante la asunción por parte de los conquistadores de una naturaleza divina basada en una religión expiatoria. Y su plasmación es también acertada, y muestra el conocimiento de Zelazny sobre lo que escribe: abundan las referencias orientales, pero barnizadas con conceptos filosóficos y sociológicos de otras confesiones de nuestro planeta. De hecho, Sam las encarna de un modo creíble, con debilidades, sin apabullar. Y narrativamente hay también buenos momentos (en especial, los combates y las batallas que nos presenta).
El final tampoco logra que la valoración global de la novela sea superior: y es que se echa en falta dramatismo, y la conversión de determinados personajes no se termina de justificar. Por lo que la impresión predominante es la de una novela original y curiosa, pero de resultado solamente discreto.
Un apasionado de la literatura de ciencia-ficción y escritor a tiempo parcial que dedica parte de sus escasos ratos libres a compartir su pasión con el resto de aficionados.
domingo, 18 de marzo de 2018
sábado, 10 de marzo de 2018
La luna es una cruel amante (1966). Robert A. Heinlein
Una nueva entrada continúo con las reseñas de las novelas ganadoras y nominadas a los premios Nébula. Le toca en esta oportunidad a "La luna es una cruel amante", del insigne Robert A. Heinlein, quizá el escritor más famoso del género. Una novela que estuvo nominada a los premios Nébula de 1967, pero que no se alzó con el galardón (el cual se otorgó conjuntamente a las dos novelas que he reseñado en mis dos entradas previas: "Babel 17" y "Flores para Algernon"). Una decisión que, con la perspectiva que dan los años, comparto completamente, pues la novela de Keyes me parece claramente superior a la de Heinlein (aunque no tanto la de Delany). Y es que "La luna es una cruel amante" es una novela con una temática atrayente (el proceso de independencia de la luna), pero más lograda desde el punto de vista "documental" que desde el meramente literario.
Esa sensación de "rigor documental" que envuelve a la novela, como si realmente los acontecimientos sucedieran así y nos vinieran relatados desde el futuro, es lo primero que sorprende al lector: éste puede constatar no sólo la relevancia que confiere Heinlein al papel de la computadora principal, Mike, sino también los notables conocimientos informáticos que exhibe el autor a distintos niveles. Si tenemos en cuenta que la novela se escribió hace medio siglo, podremos valorar en su justa medida lo premonitorio de sus predicciones. Esa misma sensación de rigor preside la cuidada geografía de Luna: sus variopintas ciudades (Luna-City, Novylen, Hong-Kong Luna...), los medios de comunicación empleados entre ellas, la utilización de parajes deslocalizados... El esfuerzo por alcanzar el máximo rigor es incuestionable, y se manifiesta también en las pinceladas sobre la colonización lunar, en la caracterización de su sociedad o en las consecuencias que acarrea a todos los niveles: un afán de verosimilitud innegable.
Sin embargo, este esfuerzo se convierte inesperadamente en el mayor lastre de la novela. Porque obliga a Heinlein a adoptar una posición de observador en la distancia, que provoca que la lectura se vuelva anodina. El desenlace de los distintos libros incluidos en ella resulta previsible, cuando no anticipado directamente por el autor (piénsese por ejemplo en la certeza respecto al desenlace de la revolución). Faltan capítulos de acción, y la gran mayoría de acontecimientos se relatan sntéticamente a posteriori, desdramatizando hasta los momentos de mayor violencia o tensión. Y además, abundan los capítulos exclusivamente descriptivos (sobre la sociedad Selene o la LuNoHoCo) y se echan en falta más diálogos y de mayor extensión.
Lo anterior no significa que la novela carezca de la mayoría de rasgos heinlenianos, tanto para lo bueno como para lo malo: su habilidad narrativa, el papel de Wyoming, las tensiones hombre-mujer, sus chascarrillos sexistas o sobre los chinos... y detalles y gadgets a medio camino entre lo ingenuo y lo infantil (como la utilización de niños para vigilar a los espías de Álvarez, los brazos intercambiables de Man, o la forma como los embajadores lunares escapan de la Tierra). En "La luna es una cruel amante" resalta en particular el personaje de Bernardo de la Paz, auténtico alter ego de Heinlein: en todo momento Heinlein recurre a este personaje para expresar reflexiones filosóficas de cierto calado, algunas de ellas por cierto totalmente contrarias a la ideología que se le presupone al autor. Y también es llamativo lo presente que está el elemento científico: en toda ocasión es tratado con seriedad, e incluso aparece una propuesta de "ascensor espacial", que recuerda a la que años más tarde postularían Arthur C. Clarke y Charles Sheffield.
Para concluir con el capítulo de los defectos, reseñar la estructuración social en clanes, que aunque interesante y no exenta de lógica en un satélite colonizado, resulta en mi opinión confusa y de resultados cuestionables. También flojea la localización un tanto forzada del contacto terráqueo (LaJoie), así como los detalles frecuentemente superfluos en los que entra el escritor en su afán de verosimilitud.
Y para rematar el de los logros que sin duda han contribuido a que esta novela se siga reeditando, citar los siguientes: los detalles de la conspiración (cimentada a partir de una organización piramidal, con acceso restringido a la información, y la creación de Adam Selene...); determinados momentos puntuales de los libros primero y tercero (en especial el capítulo de la invasión lunar por las fuerzas terráqueas, y la respuesta de la Luna en forma de bombardeos), más logrados a mi modo de ver que el segundo; y la conclusión final de la novela, en el sentido de que el futuro de la Luna será más relevante en tanto que aproveche su posición en lo alto de un pozo de gravedad sobre la Tierra.
Esa sensación de "rigor documental" que envuelve a la novela, como si realmente los acontecimientos sucedieran así y nos vinieran relatados desde el futuro, es lo primero que sorprende al lector: éste puede constatar no sólo la relevancia que confiere Heinlein al papel de la computadora principal, Mike, sino también los notables conocimientos informáticos que exhibe el autor a distintos niveles. Si tenemos en cuenta que la novela se escribió hace medio siglo, podremos valorar en su justa medida lo premonitorio de sus predicciones. Esa misma sensación de rigor preside la cuidada geografía de Luna: sus variopintas ciudades (Luna-City, Novylen, Hong-Kong Luna...), los medios de comunicación empleados entre ellas, la utilización de parajes deslocalizados... El esfuerzo por alcanzar el máximo rigor es incuestionable, y se manifiesta también en las pinceladas sobre la colonización lunar, en la caracterización de su sociedad o en las consecuencias que acarrea a todos los niveles: un afán de verosimilitud innegable.
Sin embargo, este esfuerzo se convierte inesperadamente en el mayor lastre de la novela. Porque obliga a Heinlein a adoptar una posición de observador en la distancia, que provoca que la lectura se vuelva anodina. El desenlace de los distintos libros incluidos en ella resulta previsible, cuando no anticipado directamente por el autor (piénsese por ejemplo en la certeza respecto al desenlace de la revolución). Faltan capítulos de acción, y la gran mayoría de acontecimientos se relatan sntéticamente a posteriori, desdramatizando hasta los momentos de mayor violencia o tensión. Y además, abundan los capítulos exclusivamente descriptivos (sobre la sociedad Selene o la LuNoHoCo) y se echan en falta más diálogos y de mayor extensión.
Lo anterior no significa que la novela carezca de la mayoría de rasgos heinlenianos, tanto para lo bueno como para lo malo: su habilidad narrativa, el papel de Wyoming, las tensiones hombre-mujer, sus chascarrillos sexistas o sobre los chinos... y detalles y gadgets a medio camino entre lo ingenuo y lo infantil (como la utilización de niños para vigilar a los espías de Álvarez, los brazos intercambiables de Man, o la forma como los embajadores lunares escapan de la Tierra). En "La luna es una cruel amante" resalta en particular el personaje de Bernardo de la Paz, auténtico alter ego de Heinlein: en todo momento Heinlein recurre a este personaje para expresar reflexiones filosóficas de cierto calado, algunas de ellas por cierto totalmente contrarias a la ideología que se le presupone al autor. Y también es llamativo lo presente que está el elemento científico: en toda ocasión es tratado con seriedad, e incluso aparece una propuesta de "ascensor espacial", que recuerda a la que años más tarde postularían Arthur C. Clarke y Charles Sheffield.
Para concluir con el capítulo de los defectos, reseñar la estructuración social en clanes, que aunque interesante y no exenta de lógica en un satélite colonizado, resulta en mi opinión confusa y de resultados cuestionables. También flojea la localización un tanto forzada del contacto terráqueo (LaJoie), así como los detalles frecuentemente superfluos en los que entra el escritor en su afán de verosimilitud.
Y para rematar el de los logros que sin duda han contribuido a que esta novela se siga reeditando, citar los siguientes: los detalles de la conspiración (cimentada a partir de una organización piramidal, con acceso restringido a la información, y la creación de Adam Selene...); determinados momentos puntuales de los libros primero y tercero (en especial el capítulo de la invasión lunar por las fuerzas terráqueas, y la respuesta de la Luna en forma de bombardeos), más logrados a mi modo de ver que el segundo; y la conclusión final de la novela, en el sentido de que el futuro de la Luna será más relevante en tanto que aproveche su posición en lo alto de un pozo de gravedad sobre la Tierra.
sábado, 24 de febrero de 2018
Flores para Algernon (1966). Daniel Keyes
Una nueva entrada prosigo reseñando en orden cronológico las novelas ganadoras y nominadas que he seleccionado como más representativas de los Premios Nébula, para mí los más importantes de la ciencia-ficción. Le ha llegado el turno a "Flores para Algernon", la novela más famosa del estadounidense Daniel Keyes. Que, de manera excepcional, compartió el premio Nébula de su año con "Babel 17", la novela que reseñé en mi anterior entrada. En lo que, con la perspectiva que dan los más de cincuenta años de distancia, me parece una de las mayores injusticias de dichos premios. Porque comparar la pretenciosa y fallida novela de Samuel R. Delany con la excelente novela de Keyes es un ejercicio difícilmente defendible. Y es que aunque se sitúe en los límites de la ciencia-ficción, "Flores para Algernon" es una novela a la altura de su fama: original, bien estructurada, amena, emotiva y que da mucho que pensar.
El argumento creado por Keyes es brillante: Charlie Gordon, bondadoso y trabajador a pesar de su cociente intelectual de 68, es sometido con éxito a una cirugía experimental (explicada en capítulos posteriores) con el fin de aumentar su inteligencia. Que la operación logre su propósito posibilita que los informes de progreso que regularmente escribe Charlie vayan mejorando no sólo en ortografía y gramática, sino sobre todo en la comprensión del mundo que le rodea. Lo cual no resulta un proceso tan fascinante como podría pensarse, pues a través de certeros flashbacks y sueños insertados estratégicamente entre sus vivencias presentes, el lector va descubriendo que los que Charlie consideraba sus amigos en realidad se burlaban recurrentemente de él, que su madre abandonó tras años de esfuerzo su lucha por otorgarle una inteligencia normal y prefirió excluirlo de su vida, o que los directores de su operación (Nemus y Strauss) no conocen tanto sobre la técnica empleada como aparentan, y se mueven por pasiones humanas no siempre admirables. Son informes muy emotivos (sin caer en lo sensiblero) que evolucionan gradualmente, reflejando grandes conocimientos psicológicos y un planteamiento científico muy de agradecer.
Conforme Charlie va convirtiéndose en un genio, le surgen las oportunidades para reconciliarse con su familia, para reivindicar su verdadero papel en la nueva cirugía, o para hacerse valer en su trabajo en la panadería. Pero Keyes nos muestra que todo ello no le propoorciona a Charlie una mayor felicidad, sino una pérdida de amistades, un aislamiento y una incomprensión crecientes. Así, Charlie intenta refugiarse en su relación con Alice, su antigua profesora del centro para alumnos retrasados, pero ello desemboca en una embarullada historia de amor no correspondido y sexo no bien encauzado, que se emborrona aún más con la aparición de Fay, su díscola vecina. Son las peores páginas de la novela.
El gradual deterioro mental de la rata Algernon, que da título a la obra, le anticipa a Charlie cuál va a ser su desenlace, pero antes tiene tiempo de elaborar un informe científico en el que se desaconseja la nueva técnica, de disfrutar durante unos días de la compañía de Alice, y de percatarse de cómo poco a poco pierde sus efímeras facultades. Son capítulos emocionantes y llenos de valiosas reflexiones sobre el amor y la vida.
Aparte del embarullado triángulo amoroso con Alice y Fay, los otros defectos que causaron que mi valoración final la situara justo por debajo de mi lista de novelas personalísimamente favoritas fueron los no del todo bien diferenciados compañeros de Charlie en la panadería (un fallo un tanto inesperado dada la excepcional caracterización del protagonista), y un desenlace previsible que le resta fuerza al tramo final de la novela. En todo caso defectos relativamente menores en comparación con el calado de esta novela, que perdura durante años en la mente del lector.
El argumento creado por Keyes es brillante: Charlie Gordon, bondadoso y trabajador a pesar de su cociente intelectual de 68, es sometido con éxito a una cirugía experimental (explicada en capítulos posteriores) con el fin de aumentar su inteligencia. Que la operación logre su propósito posibilita que los informes de progreso que regularmente escribe Charlie vayan mejorando no sólo en ortografía y gramática, sino sobre todo en la comprensión del mundo que le rodea. Lo cual no resulta un proceso tan fascinante como podría pensarse, pues a través de certeros flashbacks y sueños insertados estratégicamente entre sus vivencias presentes, el lector va descubriendo que los que Charlie consideraba sus amigos en realidad se burlaban recurrentemente de él, que su madre abandonó tras años de esfuerzo su lucha por otorgarle una inteligencia normal y prefirió excluirlo de su vida, o que los directores de su operación (Nemus y Strauss) no conocen tanto sobre la técnica empleada como aparentan, y se mueven por pasiones humanas no siempre admirables. Son informes muy emotivos (sin caer en lo sensiblero) que evolucionan gradualmente, reflejando grandes conocimientos psicológicos y un planteamiento científico muy de agradecer.
Conforme Charlie va convirtiéndose en un genio, le surgen las oportunidades para reconciliarse con su familia, para reivindicar su verdadero papel en la nueva cirugía, o para hacerse valer en su trabajo en la panadería. Pero Keyes nos muestra que todo ello no le propoorciona a Charlie una mayor felicidad, sino una pérdida de amistades, un aislamiento y una incomprensión crecientes. Así, Charlie intenta refugiarse en su relación con Alice, su antigua profesora del centro para alumnos retrasados, pero ello desemboca en una embarullada historia de amor no correspondido y sexo no bien encauzado, que se emborrona aún más con la aparición de Fay, su díscola vecina. Son las peores páginas de la novela.
El gradual deterioro mental de la rata Algernon, que da título a la obra, le anticipa a Charlie cuál va a ser su desenlace, pero antes tiene tiempo de elaborar un informe científico en el que se desaconseja la nueva técnica, de disfrutar durante unos días de la compañía de Alice, y de percatarse de cómo poco a poco pierde sus efímeras facultades. Son capítulos emocionantes y llenos de valiosas reflexiones sobre el amor y la vida.
Aparte del embarullado triángulo amoroso con Alice y Fay, los otros defectos que causaron que mi valoración final la situara justo por debajo de mi lista de novelas personalísimamente favoritas fueron los no del todo bien diferenciados compañeros de Charlie en la panadería (un fallo un tanto inesperado dada la excepcional caracterización del protagonista), y un desenlace previsible que le resta fuerza al tramo final de la novela. En todo caso defectos relativamente menores en comparación con el calado de esta novela, que perdura durante años en la mente del lector.
sábado, 3 de febrero de 2018
Babel 17 (1966). Samuel R. Delany
Con la presente entrada inauguro la serie de reseñas que en los próximos meses voy a dedicar en orden cronológico a diversas novelas ganadoras o finalistas de los premios Nébula que hasta la fecha no habían aparecido por este humilde blog. Pues como expliqué en mis dos entradas anteriores, los premios Nébula son en mi opinión los más representativos y de mayor calidad en la literatura de ciencia-ficción, por lo que el ejercicio de revisar todas estas novelas a lo largo de más de medio siglo será sin duda apasoniante. Voy a empezar por "Babel 17", del estadounidense Samuel R. Delany, premio Nébula de 1967.
Delany, entonces poco más que un adolescente, fue a lo largo de la segunda mitad de los sesenta uno de los escritores más relevantes del género, fuertemente condicionado entonces por la "new wave" en la que también estaban destacando otros escritores como Roger Zelazny o J.G. Ballard. Sin embargo, a mi modo de ver estamos ante uno de esos ejemplos en los que el paso de los años pone las cosas en su sitio: una vez superada la "moda" en cuestión, la novela no resiste un análisis objetivo. Y es que "Babel 17" refleja claramente que una excelente idea no da lugar a una excelente novela. De hecho, cuesta aceptar que compartiera el premio Nébula de ese año con la fascinante "Flores para Algernon", de Daniel Keyes, que reseñaré en mi siguiente entrada.
Aunque no hay duda de que la idea que sustenta la novela es muy sugestiva: la elaboración de un lenguaje que se convierte en arma conforme se va aprendiendo, por su forma de presentar la realidad y anular el pensamiento crítico que genera el "yo", le podría haber servido a Delany para algo mucho mejor que esta mediocre novela. Baste pensar que otros escritores del género han conseguido con una premisa similar resultados mucho mejores (Ian Watson con "Empotrados", Robert Silverberg con "Tiempo de cambios"...). Pero a la obra de Delany le fallan varios aspectos básicos. Veamos cuáles.
El principal problema es la falta de explicaciones proporcionadas al lector: empezando ya por la diferencia de roles entre Aduana y Transporte, la novela resulta una lucha continua por situarse y comprender. Así, la distinción entre Aliados e Invasores y los parámetros del conflicto planteado tardan mucho en revelarse (y no completamente). Así como los cargos y funciones que deben desempeñarse en la "Rimbaud" (Control, Piloto, Ojo, Nariz, Oreja...). O como la escasa elaboración de conceptos ampliamente usados en la novela (la propulsión espacial, la descorporización...).
Tampoco ayuda que Delany recurra a una especie de space opera clásica y bastante plana como vehículo para presentar una novela de un supuesto calado mucho mayor. Ni la obvia pretenciosidad del escritor, que de manera bastante poco elegante recurre a fragmentos de poemas de su esposa Marilyn Hacker (bastante flojos, por cierto) para presentar las cinco partes en las que estructura la novela. Por no hablar de la deficiente traducción (al menos en la edición que ilustra esta entrada).
¿Qué le queda entonces al lector? Pues además de la ingeniosa idea ya citada, podemos reseñar la ambientación de algunos escenarios, algunos capítulos aislados que sí resultan interesantes (como aquel en el que el barón Ver Dorco le muestra a la poetisa Rydra Wong algunas de las armas de la Alianza), los intentos por incorporar la lógica de la ciencia informática en el desenlace del conflicto, y un personaje atípico (el Carnicero), en el que Delany deposita todas sus bazas para impactar al lector (aunque su relación sentimental con Wong chirría por repentina e injustificada). Argumentos insuficientes para justificar la lectura de una novela que logró su fama al amparo de la "new wave" y que, una vez superada ésta, encaja mejor en la categoría de curiosidades que en la de novelas recomendables. Quizá Delany la escribió cuando era demasiado joven e inexperto, y con unos años más de madurez habría logrado sacarle más partido.
Delany, entonces poco más que un adolescente, fue a lo largo de la segunda mitad de los sesenta uno de los escritores más relevantes del género, fuertemente condicionado entonces por la "new wave" en la que también estaban destacando otros escritores como Roger Zelazny o J.G. Ballard. Sin embargo, a mi modo de ver estamos ante uno de esos ejemplos en los que el paso de los años pone las cosas en su sitio: una vez superada la "moda" en cuestión, la novela no resiste un análisis objetivo. Y es que "Babel 17" refleja claramente que una excelente idea no da lugar a una excelente novela. De hecho, cuesta aceptar que compartiera el premio Nébula de ese año con la fascinante "Flores para Algernon", de Daniel Keyes, que reseñaré en mi siguiente entrada.
Aunque no hay duda de que la idea que sustenta la novela es muy sugestiva: la elaboración de un lenguaje que se convierte en arma conforme se va aprendiendo, por su forma de presentar la realidad y anular el pensamiento crítico que genera el "yo", le podría haber servido a Delany para algo mucho mejor que esta mediocre novela. Baste pensar que otros escritores del género han conseguido con una premisa similar resultados mucho mejores (Ian Watson con "Empotrados", Robert Silverberg con "Tiempo de cambios"...). Pero a la obra de Delany le fallan varios aspectos básicos. Veamos cuáles.
El principal problema es la falta de explicaciones proporcionadas al lector: empezando ya por la diferencia de roles entre Aduana y Transporte, la novela resulta una lucha continua por situarse y comprender. Así, la distinción entre Aliados e Invasores y los parámetros del conflicto planteado tardan mucho en revelarse (y no completamente). Así como los cargos y funciones que deben desempeñarse en la "Rimbaud" (Control, Piloto, Ojo, Nariz, Oreja...). O como la escasa elaboración de conceptos ampliamente usados en la novela (la propulsión espacial, la descorporización...).
Tampoco ayuda que Delany recurra a una especie de space opera clásica y bastante plana como vehículo para presentar una novela de un supuesto calado mucho mayor. Ni la obvia pretenciosidad del escritor, que de manera bastante poco elegante recurre a fragmentos de poemas de su esposa Marilyn Hacker (bastante flojos, por cierto) para presentar las cinco partes en las que estructura la novela. Por no hablar de la deficiente traducción (al menos en la edición que ilustra esta entrada).
¿Qué le queda entonces al lector? Pues además de la ingeniosa idea ya citada, podemos reseñar la ambientación de algunos escenarios, algunos capítulos aislados que sí resultan interesantes (como aquel en el que el barón Ver Dorco le muestra a la poetisa Rydra Wong algunas de las armas de la Alianza), los intentos por incorporar la lógica de la ciencia informática en el desenlace del conflicto, y un personaje atípico (el Carnicero), en el que Delany deposita todas sus bazas para impactar al lector (aunque su relación sentimental con Wong chirría por repentina e injustificada). Argumentos insuficientes para justificar la lectura de una novela que logró su fama al amparo de la "new wave" y que, una vez superada ésta, encaja mejor en la categoría de curiosidades que en la de novelas recomendables. Quizá Delany la escribió cuando era demasiado joven e inexperto, y con unos años más de madurez habría logrado sacarle más partido.
sábado, 27 de enero de 2018
Los premios Nébula: la década de los sesenta
Tal como anticipé hace unos días, comienzo con la presente entrada mi revisión década a década de los Premios Nébula, para mí los más relevantes de la literatura de ciencia-ficción. Voy a revisar hoy su primera década de vida (en realidad debería hablar de lustro). Y es que como expliqué entonces, los premios Nébula se entregaron por primera vez en 1966, justo a mitad de década. Lo que no fue obstáculo para que desde el primer momento reconocieran lo mejor del género.
En mi humilde opinión los Nébula surgieron en uno de los mejores momentos de la ciencia-ficción: la transición de la denominada Edad de Oro a la New Wave. Con novelas y autores que conjugaron lo más interesante de ambas tendencias. Basta mirar la lista de los premiados para reconocer a varios de los clásicos históricos del género. Pero como ya expliqué en mi anterior entrada, no voy a detenerme tan sólo en los premiados, dado que a menudo los nominados de un año cualquiera concurrieron con títulos tanto o más relevantes, como los años y millones de lectores se encargaron después de confirmar. Porque como cualquier otro galardón, a veces las tendencias del momento han lastrado más de lo deseable al reconocimiento de determinadas obras, lo que implica que en próximas entradas seré abiertamente crítico respecto a novelas que a mi modo de ver no alcanzaron la excelencia a pesar de alzarse con el galardon, frente a otros nominados de ese mismo año, claramente más inspirados.
Como también es costumbre en el blog, no voy a realizar un recorrido exhaustivo por todos los ganadores y finalistas. Soy tan sólo un aficionado, y no tengo inconveniente en reconocer que hay novelas ganadoras o nominadas que aún no he leído, algunas otras que leí en su momento pero no me parecen dignas de una entrada independiente, y otras muchas de las que ya les he hablado con anterioridad en este mismo blog, por lo que simplemente les remitiré al enlace correspondiente. Sí que indicaré en mi lista el ganador o ganadores de cada año, y sí que me aseguraré de que haya al menos una novela ganadora o finalista por año de entrega del premio.
Ésta es la lista de mi selección de novelas galardonadas o nominadas a los Premios Nébula en los años sesenta:
1966:
Ganadora:
"Dune" - Frank Herbert
Nominadas:
"Dr. Bloodmoney" - Philip K. Dick
"Los tres estigmas de Palmer Eldritch" - Philip K. Dick
1967:
Ganadoras:
"Babel 17" - Samuel R. Delany
"Flores para Algernon" - Daniel Keyes
Nominada:
"La luna es una cruel amante" - Robert A. Heinlein
1968:
Ganadora:
"La intersección Einstein" - Samuel R. Delany
Nominadas:
"El señor de la luz" - Roger Zelazny
"Espinas" - Robert Silverberg
1969:
Ganadora:
"Rito de iniciación" - Alexei Panshin
Nominadas:
"Sueñan los androides con ovejas eléctricas" - Philip K. Dick
"Las máscaras del tiempo" - Robert Silverberg
"Todos sobre Zanzíbar" - John Brunner
1970:
Ganadora:
"La mano izquierda de la oscuridad" - Ursula K. LeGuin
Nominadas:
"Incordie a Jack Barron" - Norman Spinrad
"Matadero cinco" - Kurt Vonnegut
"Por el tiempo" - Robert Silverberg
Como pueden ver, la primera novela ganadora fue, de manera elocuente, "Dune", de Frank Herbert, probablemente la novela de ciencia-ficción más leída de la historia y sin duda uno de sus títulos de referencia (por eso he seleccionado una foto de Herbert para ilustrar esta entrada). Además, en este primer lustro los premios estuvieron en buena medida copados por dos de los escritores de referencia del género (y además dos de mis favoritos): Robert Silverberg y Philip K. Dick. Además, se reconocieron varias novelas que se han convertido en clásicos y que seleccioné como parte de mi lista de quince títulos esenciales para adentrarse en el género ("Matadero cinco", "La mano izquierda de la oscuridad","Los tres estigmas de Palmer Eldritch", la misma "Dune"). Aunque no todo fueron luces: algunas sombras fueron los dos galardones consecutivos para un escritor más enfocado en la forma que en el fondo de sus narraciones (Samuel R. Delany), y algunas nominaciones recayeron en novelas un tanto aburridas o directamente anticuadas como "El señor de la luz" (Roger Zelazny). Pero mirados con la perspectiva que proporciona medio siglo, debemos reconocer que los premios fueron un reflejo muy certero de lo mejor de la literatura de ciencia-ficción de aquel lustro.
En mi humilde opinión los Nébula surgieron en uno de los mejores momentos de la ciencia-ficción: la transición de la denominada Edad de Oro a la New Wave. Con novelas y autores que conjugaron lo más interesante de ambas tendencias. Basta mirar la lista de los premiados para reconocer a varios de los clásicos históricos del género. Pero como ya expliqué en mi anterior entrada, no voy a detenerme tan sólo en los premiados, dado que a menudo los nominados de un año cualquiera concurrieron con títulos tanto o más relevantes, como los años y millones de lectores se encargaron después de confirmar. Porque como cualquier otro galardón, a veces las tendencias del momento han lastrado más de lo deseable al reconocimiento de determinadas obras, lo que implica que en próximas entradas seré abiertamente crítico respecto a novelas que a mi modo de ver no alcanzaron la excelencia a pesar de alzarse con el galardon, frente a otros nominados de ese mismo año, claramente más inspirados.
Como también es costumbre en el blog, no voy a realizar un recorrido exhaustivo por todos los ganadores y finalistas. Soy tan sólo un aficionado, y no tengo inconveniente en reconocer que hay novelas ganadoras o nominadas que aún no he leído, algunas otras que leí en su momento pero no me parecen dignas de una entrada independiente, y otras muchas de las que ya les he hablado con anterioridad en este mismo blog, por lo que simplemente les remitiré al enlace correspondiente. Sí que indicaré en mi lista el ganador o ganadores de cada año, y sí que me aseguraré de que haya al menos una novela ganadora o finalista por año de entrega del premio.
Ésta es la lista de mi selección de novelas galardonadas o nominadas a los Premios Nébula en los años sesenta:
1966:
Ganadora:
"Dune" - Frank Herbert
Nominadas:
"Dr. Bloodmoney" - Philip K. Dick
"Los tres estigmas de Palmer Eldritch" - Philip K. Dick
1967:
Ganadoras:
"Babel 17" - Samuel R. Delany
"Flores para Algernon" - Daniel Keyes
Nominada:
"La luna es una cruel amante" - Robert A. Heinlein
1968:
Ganadora:
"La intersección Einstein" - Samuel R. Delany
Nominadas:
"El señor de la luz" - Roger Zelazny
"Espinas" - Robert Silverberg
1969:
Ganadora:
"Rito de iniciación" - Alexei Panshin
Nominadas:
"Sueñan los androides con ovejas eléctricas" - Philip K. Dick
"Las máscaras del tiempo" - Robert Silverberg
"Todos sobre Zanzíbar" - John Brunner
1970:
Ganadora:
"La mano izquierda de la oscuridad" - Ursula K. LeGuin
Nominadas:
"Incordie a Jack Barron" - Norman Spinrad
"Matadero cinco" - Kurt Vonnegut
"Por el tiempo" - Robert Silverberg
Como pueden ver, la primera novela ganadora fue, de manera elocuente, "Dune", de Frank Herbert, probablemente la novela de ciencia-ficción más leída de la historia y sin duda uno de sus títulos de referencia (por eso he seleccionado una foto de Herbert para ilustrar esta entrada). Además, en este primer lustro los premios estuvieron en buena medida copados por dos de los escritores de referencia del género (y además dos de mis favoritos): Robert Silverberg y Philip K. Dick. Además, se reconocieron varias novelas que se han convertido en clásicos y que seleccioné como parte de mi lista de quince títulos esenciales para adentrarse en el género ("Matadero cinco", "La mano izquierda de la oscuridad","Los tres estigmas de Palmer Eldritch", la misma "Dune"). Aunque no todo fueron luces: algunas sombras fueron los dos galardones consecutivos para un escritor más enfocado en la forma que en el fondo de sus narraciones (Samuel R. Delany), y algunas nominaciones recayeron en novelas un tanto aburridas o directamente anticuadas como "El señor de la luz" (Roger Zelazny). Pero mirados con la perspectiva que proporciona medio siglo, debemos reconocer que los premios fueron un reflejo muy certero de lo mejor de la literatura de ciencia-ficción de aquel lustro.
martes, 2 de enero de 2018
Los Premios Nébula: origen, ganadores y nominados
Una vez terminada la revisión de las novelas que seleccioné para exponer la alteración de la realidad en la ciencia-ficción, aprovecho el comienzo del año para dar inicio a una serie de entradas dedicadas a un nuevo y apasionante tema: los Premios Nébula. De los que he hablado en alguna ocasión en este mismo blog, pero nunca con el detalle con el que me propongo hacerlo en los próximos meses.
Y es que, además de esta entrada introductoria, donde me voy a detener en el origen de los premios y las razones para su relevancia, en las siguientes entradas voy a proponerles el siguiente enfoque: una revisión de los mismos por décadas, en la cual vamos a revisar no sólo muchas de las novelas ganadoras, sino también unas cuantas finalistas. Con el fin de obtener una panorámica más amplia de las tendencias en el género, y darle la oportunidad a un buen puñado de novelas que quedaron a la sombra de la ganadora, pero que a menudo la han superado con el paso de los años en reputación y prestigio. Eso sí, como he señalado en otras oportunidades, no soy un erudito de la literatura de ciencia-ficción, por lo que no es mi intención realizar un recorrido exhaustivo por todos los ganadores y finalistas de cada año: en ese recorrido pasaré por alto unas cuantas novelas que no he leído, unas pocas que no se han traducido al español, y muchas otras de las que ya he escrito anteriormente en este blog (limitándome en esos casos a añadir el enlace a la entrada oportuna).
Para mí, los premios Nébula son los premios de referencia indiscutibles en la literatura de ciencia-ficción. Creados en el año 1966 por la SFWA (Asociación de Escritores de ciencia-ficción y fantasía de América), nominados y ganadores son elegidos cada año por los miembros de dicha asociación, es decir, por los propios escritores, pero no sólo entre los miembros de dicha asociación. El único requisito para ello es que el libro en cuestión haya sido publicado el año anterior en inglés y en E.E.U.U. (o en cualquier otro país si ha visto la luz en formato electrónico). Son, pues, unos premios seleccionados por los propios profesionales del género, pero además abiertos a lo que se haya publicado en otras partes del mundo. Por estas razones son definidos por eruditos y profesionales como los premios más prestigiosos del género. Y frente a los quizá más conocidos Premios Hugo, donde los votantes son aficionados al género, los Nébula aportan un mayor foco en el mérito artístico y literario, frente a los índices de popularidad de los anteriores. Además, los premios Nébula no conllevan una compensación económica (sólo un trofeo a modo de reconocimiento), lo que previene a los escritores que se mueven mayormente por objetivos crematísticos de copar los galardones. Una última razón para su prestigio es que se crearon en un momento en el que el género ya estaba completamente consolidado tras cuatro décadas de vida, por lo que las emotivas pero a menudo ingenuas novelas de los primeros tiempos del género ya estaban superadas.
Desde su primera edición, los premios se han concedido invariablemente en cuatro categorías: mejor novela (la categoría en la que lógicamente me voy a enfocar en próximas entradas), mejor novela corta (entre 17.500 y 40.000 palabras), mejor relato (entre 7.500 y 17.5000 palabras), y mejor relato corto (menos de 7.500 palabras). A lo largo de los años no ha sido fijo el número de finalistas, y ha habido desde ediciones con sólo tres nominados hasta otras con más de diez, si bien en su formato actual el número de nominados debería ser seis (ampliándose en caso de empate entre varios nominados). Ello posibilita que algunos autores coleccionen nominaciones a dichos premios (a modo de curiosidad y si no estoy equivocado, los que a día de hoy más nominaciones han recibido son el escritor de fantasía Gene Wolfe y el habitual por este blog Jack McDevitt, ambos con dieciséis nominaciones entre todas las categorías).
Como decía, mejor que ir presentando novela tras novela en sentido cronológico, he pensado que sería más interesante y divulgativo proporcionar una lista de novelas por décadas. Que permita no sólo conocer los nombres de referencia en cada época, sino también identificar corrientes y tendencias en el género conforme éste fue evolucionando. Tendencias que a menudo no fueron mayoritarias en sus orígenes (con frecuencia nos sorprenderá que una novela en concreto no ganara ese año, y sí lo hiciera otra que nos resulta menos familiar), pero que los Nébula contribuyeron a reforzar de manera decisiva. Eso sí, siendo como es éste un blog dedicado en exclusiva a la ciencia-ficción (ya saben que para mí la fantasía es como un hermana pequeña de la ciencia-ficción), voy a excluir de mis análisis y reseñas las novelas de fantasía nominadas y premiadas, así que no esperen ver por aquí a George R.R. Martin, Terry Pratchett o el ya mencionado Gene Wolfe, a pesar de haber sido frecuentemente nominados.
Dicho lo cual, espero que me acompañen en la revisión del primer lustro de estos prestigiosos premios.
La década de los 60.
La década de los 70.
La década de los 80.
La década de los 90.
La primera década del siglo XXI.
"La década actual".
Y es que, además de esta entrada introductoria, donde me voy a detener en el origen de los premios y las razones para su relevancia, en las siguientes entradas voy a proponerles el siguiente enfoque: una revisión de los mismos por décadas, en la cual vamos a revisar no sólo muchas de las novelas ganadoras, sino también unas cuantas finalistas. Con el fin de obtener una panorámica más amplia de las tendencias en el género, y darle la oportunidad a un buen puñado de novelas que quedaron a la sombra de la ganadora, pero que a menudo la han superado con el paso de los años en reputación y prestigio. Eso sí, como he señalado en otras oportunidades, no soy un erudito de la literatura de ciencia-ficción, por lo que no es mi intención realizar un recorrido exhaustivo por todos los ganadores y finalistas de cada año: en ese recorrido pasaré por alto unas cuantas novelas que no he leído, unas pocas que no se han traducido al español, y muchas otras de las que ya he escrito anteriormente en este blog (limitándome en esos casos a añadir el enlace a la entrada oportuna).
Para mí, los premios Nébula son los premios de referencia indiscutibles en la literatura de ciencia-ficción. Creados en el año 1966 por la SFWA (Asociación de Escritores de ciencia-ficción y fantasía de América), nominados y ganadores son elegidos cada año por los miembros de dicha asociación, es decir, por los propios escritores, pero no sólo entre los miembros de dicha asociación. El único requisito para ello es que el libro en cuestión haya sido publicado el año anterior en inglés y en E.E.U.U. (o en cualquier otro país si ha visto la luz en formato electrónico). Son, pues, unos premios seleccionados por los propios profesionales del género, pero además abiertos a lo que se haya publicado en otras partes del mundo. Por estas razones son definidos por eruditos y profesionales como los premios más prestigiosos del género. Y frente a los quizá más conocidos Premios Hugo, donde los votantes son aficionados al género, los Nébula aportan un mayor foco en el mérito artístico y literario, frente a los índices de popularidad de los anteriores. Además, los premios Nébula no conllevan una compensación económica (sólo un trofeo a modo de reconocimiento), lo que previene a los escritores que se mueven mayormente por objetivos crematísticos de copar los galardones. Una última razón para su prestigio es que se crearon en un momento en el que el género ya estaba completamente consolidado tras cuatro décadas de vida, por lo que las emotivas pero a menudo ingenuas novelas de los primeros tiempos del género ya estaban superadas.
Desde su primera edición, los premios se han concedido invariablemente en cuatro categorías: mejor novela (la categoría en la que lógicamente me voy a enfocar en próximas entradas), mejor novela corta (entre 17.500 y 40.000 palabras), mejor relato (entre 7.500 y 17.5000 palabras), y mejor relato corto (menos de 7.500 palabras). A lo largo de los años no ha sido fijo el número de finalistas, y ha habido desde ediciones con sólo tres nominados hasta otras con más de diez, si bien en su formato actual el número de nominados debería ser seis (ampliándose en caso de empate entre varios nominados). Ello posibilita que algunos autores coleccionen nominaciones a dichos premios (a modo de curiosidad y si no estoy equivocado, los que a día de hoy más nominaciones han recibido son el escritor de fantasía Gene Wolfe y el habitual por este blog Jack McDevitt, ambos con dieciséis nominaciones entre todas las categorías).
Como decía, mejor que ir presentando novela tras novela en sentido cronológico, he pensado que sería más interesante y divulgativo proporcionar una lista de novelas por décadas. Que permita no sólo conocer los nombres de referencia en cada época, sino también identificar corrientes y tendencias en el género conforme éste fue evolucionando. Tendencias que a menudo no fueron mayoritarias en sus orígenes (con frecuencia nos sorprenderá que una novela en concreto no ganara ese año, y sí lo hiciera otra que nos resulta menos familiar), pero que los Nébula contribuyeron a reforzar de manera decisiva. Eso sí, siendo como es éste un blog dedicado en exclusiva a la ciencia-ficción (ya saben que para mí la fantasía es como un hermana pequeña de la ciencia-ficción), voy a excluir de mis análisis y reseñas las novelas de fantasía nominadas y premiadas, así que no esperen ver por aquí a George R.R. Martin, Terry Pratchett o el ya mencionado Gene Wolfe, a pesar de haber sido frecuentemente nominados.
Dicho lo cual, espero que me acompañen en la revisión del primer lustro de estos prestigiosos premios.
La década de los 60.
La década de los 70.
La década de los 80.
La década de los 90.
La primera década del siglo XXI.
"La década actual".
sábado, 23 de diciembre de 2017
Testigos de las estrellas (2003). Robert C. Wilson
Con esta entrada finalizo las reseñas que he dedicado durante los últimos meses a la alteración de la realidad en la literatura de ciencia-ficción, de la mano de dos grandes maestros como son Philip K. Dick y Robert C. Wilson. Hoy le ha llegado el turno en orden cronológico a "Testigos de las estrellas", la penúltima obra en esa lista de novelas presididas por la alteración de la realidad de Wilson (dado que a "Spin", publicada al año siguiente, ya le dediqué hace años una entrada como parte mi lista de títulos esenciales para adentrarse en el género). Finalista del Premio Hugo de ese año, "Testigos de las estrellas" es una obra muy brillante sobre las primeras evidencias de vida alienígena, que funciona a múltiples niveles: como novela de suspense, como especulación científica, como ensayo filosófico sobre la humanidad y su rol en el universo, y sobre todo, como novela de personajes.
"Las civilizaciones que dan luz a las estructuras de las estrellas (de mar) nunca siguen siendo las mismas". Esta frase, a cuarenta páginas del final, sirve perfectamente como base para reseñar todo lo bueno que encierra este libro. Que en el fondo es la historia de un contacto aparentemente imposible entre humanos y alienígenas que las estrellas de mar hacen posible, pero alterando drásticamente el devenir de ambos como especies. Para ello Wilson crea con rigor y naturalidad Blind Lake (por cierto el título original de la novela), un apartado centro gubernamental en el que, por medio de los casi mágicos procesadores O/CBE, un grupo de científicos logra observar una especie alienígena localizada a cincuenta años luz. Se trata de un lugar tan bien imaginado que llega a hacerse familiar, con su Paseo del Ojo, su Hubble Plaza, sus hileras de casas impersonales... Donde tanto el personal interno como el de apoyo desempeñan sus funciones con una verosimilitud inapelable.
Wilson sigue acumulando aciertos cuando plantea el bloqueo inexplicado de Blind Lake, que sube la tensión, aumenta el interés por el elemento científico y, sobre todo, lleva a sus personajes a situaciones límite. Porque Wilson nos cautiva una vez más con un elenco de personajes bien escogido, mejor caracterizado y que evoluciona ante nuestros ojos conforme los acontecimientos se van sucediendo. Además, Wilson confirma lo buen narrador que es recurriendo a la dosis justa de descripciones, acentuando la negatividad con las continuas referencias al mal tiempo, estructurando la historia en capítulos de duración contenida y sin apenas relleno, dedicando la atención oportuna al elemento científico y empleando una prosa un pelín impersonal pero efectiva.
Por si fuera poco, abundan los capítulos memorables: desde aquel en el que narra el derribo de la avioneta de Sandoval, pasando por los discursos de Marguerite y Ray en el auditorio, o por supuesto el relato mutuo de sus vidas que se hacen Marguerite y el Sujeto cerca del final. Un Sujeto (el alienígena observado permanentemente) que es además representante de una raza muy bien concebida morfológica y evolutivamente y que se desenvuelve en una sociedad y en un planeta consistentes y cautivadores.
Pocos peros pueden ponérsele a una obra tan redonda. El más obvio son las licencias pseudocientíficas que se permite el escritor con sus condensadores que autoevolucionan, y su poco justificable conexión con la Chica del Espejo. Tampoco me convenció el manido recurso a traumas infantiles para justificar los comportamientos de algunos personajes (Chris, Ray). Ni el uso en mi opinión excesivo de barbarismos. Poca cosa, en todo caso.
Estos defectos quedan prácticamente ocultos cuando, en el último cuarto de la novela, Wilson exprime todos los elementos de los que dispone y el lector no encuentra la forma de interrumpir la lectura. Con los méritos adicionales de incluir abundantes reflexiones y de dotar de un desenlace específico a cada personaje. Lo que evidencia tanto el talento de Wilson como la habilidad literaria que fue desarrollando conforme avanzaba su carrera. Casi casi un clásico del género.
"Las civilizaciones que dan luz a las estructuras de las estrellas (de mar) nunca siguen siendo las mismas". Esta frase, a cuarenta páginas del final, sirve perfectamente como base para reseñar todo lo bueno que encierra este libro. Que en el fondo es la historia de un contacto aparentemente imposible entre humanos y alienígenas que las estrellas de mar hacen posible, pero alterando drásticamente el devenir de ambos como especies. Para ello Wilson crea con rigor y naturalidad Blind Lake (por cierto el título original de la novela), un apartado centro gubernamental en el que, por medio de los casi mágicos procesadores O/CBE, un grupo de científicos logra observar una especie alienígena localizada a cincuenta años luz. Se trata de un lugar tan bien imaginado que llega a hacerse familiar, con su Paseo del Ojo, su Hubble Plaza, sus hileras de casas impersonales... Donde tanto el personal interno como el de apoyo desempeñan sus funciones con una verosimilitud inapelable.
Wilson sigue acumulando aciertos cuando plantea el bloqueo inexplicado de Blind Lake, que sube la tensión, aumenta el interés por el elemento científico y, sobre todo, lleva a sus personajes a situaciones límite. Porque Wilson nos cautiva una vez más con un elenco de personajes bien escogido, mejor caracterizado y que evoluciona ante nuestros ojos conforme los acontecimientos se van sucediendo. Además, Wilson confirma lo buen narrador que es recurriendo a la dosis justa de descripciones, acentuando la negatividad con las continuas referencias al mal tiempo, estructurando la historia en capítulos de duración contenida y sin apenas relleno, dedicando la atención oportuna al elemento científico y empleando una prosa un pelín impersonal pero efectiva.
Por si fuera poco, abundan los capítulos memorables: desde aquel en el que narra el derribo de la avioneta de Sandoval, pasando por los discursos de Marguerite y Ray en el auditorio, o por supuesto el relato mutuo de sus vidas que se hacen Marguerite y el Sujeto cerca del final. Un Sujeto (el alienígena observado permanentemente) que es además representante de una raza muy bien concebida morfológica y evolutivamente y que se desenvuelve en una sociedad y en un planeta consistentes y cautivadores.
Pocos peros pueden ponérsele a una obra tan redonda. El más obvio son las licencias pseudocientíficas que se permite el escritor con sus condensadores que autoevolucionan, y su poco justificable conexión con la Chica del Espejo. Tampoco me convenció el manido recurso a traumas infantiles para justificar los comportamientos de algunos personajes (Chris, Ray). Ni el uso en mi opinión excesivo de barbarismos. Poca cosa, en todo caso.
Estos defectos quedan prácticamente ocultos cuando, en el último cuarto de la novela, Wilson exprime todos los elementos de los que dispone y el lector no encuentra la forma de interrumpir la lectura. Con los méritos adicionales de incluir abundantes reflexiones y de dotar de un desenlace específico a cada personaje. Lo que evidencia tanto el talento de Wilson como la habilidad literaria que fue desarrollando conforme avanzaba su carrera. Casi casi un clásico del género.
jueves, 7 de diciembre de 2017
Los cronolitos (2001). Robert C. Wilson
Continúo con la presente entrada reseñando las novelas que he seleccionado como representativas de la alteración de la realidad en la ciencia-ficción, de la mano de Philip K. Dick y Robert C. Wilson. Voy a hablarles en la presente entrada de "Los cronolitos", del estadounidense afincado en Canadá Robert C. Wilson. Que sin ser la mejor de sus novelas traducidas al español, recibió en su momento una nominación (otra más) al Premio Hugo. Y es que su ambientación del futuro cercano, su excelente caracterización de los protagonistas y, sobre todo, la gran "coherencia" de su final la convierten en una lectura recomendable.
Quizá lo que más descoloque de "Los cronolitos" sea que Wilson no revela de manera gradual su alteración de la realidad característica y sobrecogedora, sino que en su mayor parte la desvela ya durante los primeros capítulos. Y aunque al final de la primera parte parece que va a enfocar las dos partes en las investigaciones científicas y las consecuencias militares, finalmente renuncia de manera consciente a ello y ota por mostrar las alteraciones sociales en general, y el impacto de los cronolitos en el círculo de allegados de Scotty Walden en particular. Es decir, justo lo contrario de lo que cabría esperar. Tal vez la novela habría resultado más disfrutable si el escritor hubiera optado por un enfoque más convencional, pero probablemente lo habría hecho a costa de perder parte de su originalidad.
A pesar de todo, el elemento "científico" es esencial en esta novela, y Wilson sale airoso de un concepto tan difícil de defender como los indestructibles monumentos del futuro cercano, que poco a poco van surgiendo en distintos lugares de la Tierra para mayor gloria y retroalimentación del enigmático Kevin. Cada pocos capítulos va revelando detalles sobre su naturaleza, la física que supuestamente los sustenta (hadrones, células de convección, anomalía tau negativa), los mecanismos de predicción que se desarrollan, los instrumentos que se van creando para intentar neutralizarlos... Todo ello converge en la muy poco previsible y muy elaborada resolución final, en la que las piezas encajan con una naturalidad digna de elogio.
Además, el escritor logra crear una novela de extensión suficiente con una única línea narrativa en primera persona (Scott), y con sólo un puñado de personajes (Ashlee, Adam, Kait, Hitch, Sue). Todos excelentemente caracterizados, con sus motivaciones e inquietudes, y con evoluciones en sus personalidades que los dotan de credibilidad a los ojos del lector al tiempo que aumenta el dramatismo de sus en apariencia pequeñas vidas. Porque Wilson renuncia a la obviedad de mostrarnos la reacción de los centros del poder del planeta a la alteración de la realidad que suponen los cronolitos. Y tampoco abusa de acontecimientos con los que apabullar al lector (básicamente se centra en cuatro apariciones de cronolitos: el de Chumphon al comienzo, y los de Jerusalén, Portillo y Wyoming para cerrar cada una de las tres partes de la novela).
Otros aciertos reseñables son el estilo directo de su prosa, su concisión narrativa, la gradual degradación de la sociedad estadounidense en los casi veinte años que abarca la historia (sin desdeñar las pinceladas sobre lo que está sucediendo en otras partes del planeta), y esa sensación de pesimismo al que se enfrenta la voluntad de resistencia de sus personajes, que resulta tan cercana a los lectores del siglo XXI.
No obstante, esa menor dosis de intriga en comparación con otras novelas de Wilson, ese enfoque argumental poco convencional, los lógicos altibajos en la tensión de la narración derivados de la atención tan extrema a unos cuantos personajes, y el recurso casi excesivo a las recurrentes apariciones de Hitch y Sue, penalizan en cierta medida el resultado. Aunque el clímax de su desenlace y la coherencia de su conclusión inclinan definitivamente la balanza hacia el lado positivo.
Quizá lo que más descoloque de "Los cronolitos" sea que Wilson no revela de manera gradual su alteración de la realidad característica y sobrecogedora, sino que en su mayor parte la desvela ya durante los primeros capítulos. Y aunque al final de la primera parte parece que va a enfocar las dos partes en las investigaciones científicas y las consecuencias militares, finalmente renuncia de manera consciente a ello y ota por mostrar las alteraciones sociales en general, y el impacto de los cronolitos en el círculo de allegados de Scotty Walden en particular. Es decir, justo lo contrario de lo que cabría esperar. Tal vez la novela habría resultado más disfrutable si el escritor hubiera optado por un enfoque más convencional, pero probablemente lo habría hecho a costa de perder parte de su originalidad.
A pesar de todo, el elemento "científico" es esencial en esta novela, y Wilson sale airoso de un concepto tan difícil de defender como los indestructibles monumentos del futuro cercano, que poco a poco van surgiendo en distintos lugares de la Tierra para mayor gloria y retroalimentación del enigmático Kevin. Cada pocos capítulos va revelando detalles sobre su naturaleza, la física que supuestamente los sustenta (hadrones, células de convección, anomalía tau negativa), los mecanismos de predicción que se desarrollan, los instrumentos que se van creando para intentar neutralizarlos... Todo ello converge en la muy poco previsible y muy elaborada resolución final, en la que las piezas encajan con una naturalidad digna de elogio.
Además, el escritor logra crear una novela de extensión suficiente con una única línea narrativa en primera persona (Scott), y con sólo un puñado de personajes (Ashlee, Adam, Kait, Hitch, Sue). Todos excelentemente caracterizados, con sus motivaciones e inquietudes, y con evoluciones en sus personalidades que los dotan de credibilidad a los ojos del lector al tiempo que aumenta el dramatismo de sus en apariencia pequeñas vidas. Porque Wilson renuncia a la obviedad de mostrarnos la reacción de los centros del poder del planeta a la alteración de la realidad que suponen los cronolitos. Y tampoco abusa de acontecimientos con los que apabullar al lector (básicamente se centra en cuatro apariciones de cronolitos: el de Chumphon al comienzo, y los de Jerusalén, Portillo y Wyoming para cerrar cada una de las tres partes de la novela).
Otros aciertos reseñables son el estilo directo de su prosa, su concisión narrativa, la gradual degradación de la sociedad estadounidense en los casi veinte años que abarca la historia (sin desdeñar las pinceladas sobre lo que está sucediendo en otras partes del planeta), y esa sensación de pesimismo al que se enfrenta la voluntad de resistencia de sus personajes, que resulta tan cercana a los lectores del siglo XXI.
No obstante, esa menor dosis de intriga en comparación con otras novelas de Wilson, ese enfoque argumental poco convencional, los lógicos altibajos en la tensión de la narración derivados de la atención tan extrema a unos cuantos personajes, y el recurso casi excesivo a las recurrentes apariciones de Hitch y Sue, penalizan en cierta medida el resultado. Aunque el clímax de su desenlace y la coherencia de su conclusión inclinan definitivamente la balanza hacia el lado positivo.
domingo, 19 de noviembre de 2017
Mysterium (1994). Robert C. Wilson
Con la presente entrada prosigo reseñando las novelas que he seleccionado como representativas de la alteración de la realidad en la literatura de ciencia-ficción de la mano de dos de sus escritores de referencia: Philip K. Dick y Robert C. Wilson. Es el turno de "Mysterium", del estadounidense afincado en Canadá Robert C. Wilson. Que sin ser tampoco la mejor novela de su producción, sí que es superior a "Nómadas", la novela que reseñé hace unos días y que le precede cronológicamente en cuanto a su bibliografía editada en español. "Mysterium" parte de un punto de partida similar al que años más tarde explotaría en la más conocida "Darwinia" (que ya reseñé en este mismo blog): el traslado de una franja de territorio a una realidad diferente, creando así una realidad alternativa. Y lo explota de manera amena, inquietante, bien estructurada y que deja con ganas de más.
Wilson nos presenta el traslado del pequeño pueblo de Two Rivers, en Michigan, a una realidad alternativa. Y si se ha leído "Darwinia" con anterioridad, la primera parte de la novela nos producirá sensaciones de dejà vu (algo así como si Wilson fuera el Robin Cook de la ciencia-ficción) dado que ambas exploran conceptos y situaciones similares. Pero si obviamos esa sensación, ya en esa primera parte podremos apreciar muchas de las virtudes de la novela: su ritmo trepidante (con ciertas influencias de los talleres de escritura de best-sellers); su amplio elenco de personajes, que permite contemplar una amplia panorámica de la vida en el pueblo, a la vez que tratar todos los temas que le interesan al autor; y el desasosiego propio del misterio planteado, que es evidentemente muy atrayente.
En la reseña del Publishers Weekly que figura en la contraportada encontramos una excelente síntesis de los elementos que mezcla acertadamente Wilson: la ciencia, pues en todo momento intenta encontrar una explicación plausible a lo ocurrido (se habla de física cuántica, de agujeros de gusano...) y recurre una y otra vez a la figura del físico y premio Nobel Alan Stern; la religión, contraponiendo nuestra reconocible sociedad de débil y fragmentada presencia religiosa (católicos, bautistas, evangelistas, judíos) al fanatismo de los Estados Unidos alternativos que plantea, sostenido por un cristianismo gnóstico; la filosofía, quizás el elemento más endeble a pesar de la reconocible búsqueda de Dios en el origen de todo; y la historia alternativa, con muchas reminiscencias de la actual pero menos avanzada científicamente y quizá por ello más férrea en lo moral.
Una de las razones por las que la novela es tan disfrutable es que conforme avanzan los capítulos Wilson logra no sólo mantener la atención en sus personajes sino hacer que se comporten de un modo natural, llevándolos a interrelaciones y dependencias razonables. Su caracterización es siempre correcta, con mención especial para Dex Graham (el inquieto profesor de instituto) y Howard Poole (sobrino de Stern y descubridor del "misterio"). Por la misma razón el desenlace no desentona: el escritor se acuerda de mostrarnos a muchos de esos personajes, elimina a los moralmente más reprobables, abre una puerta a la esperanza para otros y da una explicación coherente y abierta a sus protagonistas.
En cuanto a los defectos, aparte de una idea de partida común a otras novelas del autor y por tanto ya explorada, y de que el esfuerzo por abarcar tantos personajes dificulta que el lector se llegue a identificar con alguno de ellos, señalar cierta falta de acción en la primera de la novela, unas instituciones religiosas de los E.E.U.U. no completamente explicadas y excesivamente malévolas, y unas especulaciones filosófico-religiosas (Protennoia, Sofía) un tanto aburridas (aunque afortunadamente breves). Defectos en todo caso relativamente menores dentro de esta meritoria novela.
Wilson nos presenta el traslado del pequeño pueblo de Two Rivers, en Michigan, a una realidad alternativa. Y si se ha leído "Darwinia" con anterioridad, la primera parte de la novela nos producirá sensaciones de dejà vu (algo así como si Wilson fuera el Robin Cook de la ciencia-ficción) dado que ambas exploran conceptos y situaciones similares. Pero si obviamos esa sensación, ya en esa primera parte podremos apreciar muchas de las virtudes de la novela: su ritmo trepidante (con ciertas influencias de los talleres de escritura de best-sellers); su amplio elenco de personajes, que permite contemplar una amplia panorámica de la vida en el pueblo, a la vez que tratar todos los temas que le interesan al autor; y el desasosiego propio del misterio planteado, que es evidentemente muy atrayente.
En la reseña del Publishers Weekly que figura en la contraportada encontramos una excelente síntesis de los elementos que mezcla acertadamente Wilson: la ciencia, pues en todo momento intenta encontrar una explicación plausible a lo ocurrido (se habla de física cuántica, de agujeros de gusano...) y recurre una y otra vez a la figura del físico y premio Nobel Alan Stern; la religión, contraponiendo nuestra reconocible sociedad de débil y fragmentada presencia religiosa (católicos, bautistas, evangelistas, judíos) al fanatismo de los Estados Unidos alternativos que plantea, sostenido por un cristianismo gnóstico; la filosofía, quizás el elemento más endeble a pesar de la reconocible búsqueda de Dios en el origen de todo; y la historia alternativa, con muchas reminiscencias de la actual pero menos avanzada científicamente y quizá por ello más férrea en lo moral.
Una de las razones por las que la novela es tan disfrutable es que conforme avanzan los capítulos Wilson logra no sólo mantener la atención en sus personajes sino hacer que se comporten de un modo natural, llevándolos a interrelaciones y dependencias razonables. Su caracterización es siempre correcta, con mención especial para Dex Graham (el inquieto profesor de instituto) y Howard Poole (sobrino de Stern y descubridor del "misterio"). Por la misma razón el desenlace no desentona: el escritor se acuerda de mostrarnos a muchos de esos personajes, elimina a los moralmente más reprobables, abre una puerta a la esperanza para otros y da una explicación coherente y abierta a sus protagonistas.
En cuanto a los defectos, aparte de una idea de partida común a otras novelas del autor y por tanto ya explorada, y de que el esfuerzo por abarcar tantos personajes dificulta que el lector se llegue a identificar con alguno de ellos, señalar cierta falta de acción en la primera de la novela, unas instituciones religiosas de los E.E.U.U. no completamente explicadas y excesivamente malévolas, y unas especulaciones filosófico-religiosas (Protennoia, Sofía) un tanto aburridas (aunque afortunadamente breves). Defectos en todo caso relativamente menores dentro de esta meritoria novela.
jueves, 9 de noviembre de 2017
Nómadas (1989). Robert C. Wilson
Prosigo reseñando las novelas que he escogido como representativas de la alteración de la realidad en la literatura de ciencia-ficción. En mi anterior entrada completé las reseñas de Philip K. Dick que seleccioné para visualizar esta corriente, por lo que en esta entrada voy a iniciar las reseñas de su contrapunto especulativo, el estadounidense afincado en Canadá Robert C. Wilson. Como expuse hace unas entradas cuando me propuse contrastar la alteración de la realidad planteada por estos dos escritores de referencia en el género, aclaré que ambos no llegaron jamás a publicar simultáneamente, lo que me permite puntualizar que Wilson no es uno de los imitadores de Dick que tanto han prosperado en los últimos tiempos, sino un escritor con una gran personalidad por sí mismo, y cuyo acercamiento a la realidad alterada difiere claramente del de Dick. Voy a presentarles en esta primera reseña "Nómadas", la novela de Wilson (de las traducidas al español) más cercana cronológicamente a su debut como escritor en 1986. Se trata pues, de una novela de juventud en la que el escritor aún estaba desarrollando su personalidad literaria. Y pese a ello, una obra en la que ya empieza a mostrarnos sus habilidades, tanto a la hora de crear sus habituales realidades "alteradas", como a la hora de caracterizar sus personajes. Eso sí, le falta un punto de madurez.
Quizá porque, a diferencia de otras novelas suyas posteriores en el tiempo, la realidad alterada no es tanto el factor sorpresa como el vehículo para que sus protagonistas encuentran el sentido a su vida, y por tanto crear la trama en torno a ellos. Así, tras presentarnos a Karen White (una mujer recién divorciada y con la esperable sensación de fracaso), y su adolescente hijo Michael, Wilson nos muestra las anomalías en sus vidas, que antes de que termine la primera de las tres partes de esta relativamente corta novela desembocan en la capacidad para trasladarse a otras Norteaméricas paralelas. Con lo cual ya puede ir intercalando varios interludios del original e inquietante Novus Ordo, unos E.E.U.U. alternativos más fríos y con un un componente religioso (otra de las obsesiones de Wilson) más acentuado.
Una vez planteada la problemática y el mundo alternativo sobre el que se desarrolla, Wilson dedica las otras dos partes de la novela a hacer converger ambos elementos. Y para ello recurre al concepto del viaje iniciático: primero de Laura, Karen y Michael al hogar familiar y luego al Novus Ordo. Wilson aprovecha este viaje para caracterizar de manera magistral a sus personajes, que van atando cabos, superando traumas infantiles y encontrándose a sí mismos a partes iguales. Y es que es debe valorarse la habilidad de Wilson para construir una trama rica e interesante con muy pocos personajes, e incluso darle un barniz de thriller gracias a las recurrentes apariciones del Hombre Gris/Walker.
Ahora bien, aparte de una inesperada falta de misterio si tenemos en cuenta el escenario sobre el que se desarrolla, la novela adolece de otras deficiencias que impiden incluirla entre lo mejor de su producción. En primer lugar, un componente científico cuestionable (pues con la realidad convencional conviven puertas, aristas y otros elementos llamados literalmente mágicos...). En segundo, algunas situaciones difíciles de justificar, como la naturalidad con la Michael deja de ir a la escuela por tiempo indefinido. Y en tercero, el cuestionable papel del hermano pequeño Tim, con su no del todo comprensible rol de "gancho" del Novus Ordo para sus hermanas.
Estos defectos hacen que el tramo final del libro sea correcto pero no apasionante, pues tanto el cautiverio de sus protagonistas en el Instituto del Novus Ordo como su liberación posteror son percibidos como episodios relativamente esperables en un escenario en el que "todo cabe". Eso sí, Wilson intenta cerrar el círculo de la situación en la que quedan todos sus personajes de manera encomiable, y nos presenta un final abierto, quizá sin aprovechar todas las posibilidades de su idea original, pero correcto. Y es que al fin y al cabo una de las mayores virtudes de Wilson es su capacidad para hacer que personajes inverosímiles en su realidad alterada aparezcan como creíbles a los ojos del lector. Lo cual en un género tan netamente especulativo como la ciencia-ficción es en mi opinión una gran virtud.
Quizá porque, a diferencia de otras novelas suyas posteriores en el tiempo, la realidad alterada no es tanto el factor sorpresa como el vehículo para que sus protagonistas encuentran el sentido a su vida, y por tanto crear la trama en torno a ellos. Así, tras presentarnos a Karen White (una mujer recién divorciada y con la esperable sensación de fracaso), y su adolescente hijo Michael, Wilson nos muestra las anomalías en sus vidas, que antes de que termine la primera de las tres partes de esta relativamente corta novela desembocan en la capacidad para trasladarse a otras Norteaméricas paralelas. Con lo cual ya puede ir intercalando varios interludios del original e inquietante Novus Ordo, unos E.E.U.U. alternativos más fríos y con un un componente religioso (otra de las obsesiones de Wilson) más acentuado.
Una vez planteada la problemática y el mundo alternativo sobre el que se desarrolla, Wilson dedica las otras dos partes de la novela a hacer converger ambos elementos. Y para ello recurre al concepto del viaje iniciático: primero de Laura, Karen y Michael al hogar familiar y luego al Novus Ordo. Wilson aprovecha este viaje para caracterizar de manera magistral a sus personajes, que van atando cabos, superando traumas infantiles y encontrándose a sí mismos a partes iguales. Y es que es debe valorarse la habilidad de Wilson para construir una trama rica e interesante con muy pocos personajes, e incluso darle un barniz de thriller gracias a las recurrentes apariciones del Hombre Gris/Walker.
Ahora bien, aparte de una inesperada falta de misterio si tenemos en cuenta el escenario sobre el que se desarrolla, la novela adolece de otras deficiencias que impiden incluirla entre lo mejor de su producción. En primer lugar, un componente científico cuestionable (pues con la realidad convencional conviven puertas, aristas y otros elementos llamados literalmente mágicos...). En segundo, algunas situaciones difíciles de justificar, como la naturalidad con la Michael deja de ir a la escuela por tiempo indefinido. Y en tercero, el cuestionable papel del hermano pequeño Tim, con su no del todo comprensible rol de "gancho" del Novus Ordo para sus hermanas.
Estos defectos hacen que el tramo final del libro sea correcto pero no apasionante, pues tanto el cautiverio de sus protagonistas en el Instituto del Novus Ordo como su liberación posteror son percibidos como episodios relativamente esperables en un escenario en el que "todo cabe". Eso sí, Wilson intenta cerrar el círculo de la situación en la que quedan todos sus personajes de manera encomiable, y nos presenta un final abierto, quizá sin aprovechar todas las posibilidades de su idea original, pero correcto. Y es que al fin y al cabo una de las mayores virtudes de Wilson es su capacidad para hacer que personajes inverosímiles en su realidad alterada aparezcan como creíbles a los ojos del lector. Lo cual en un género tan netamente especulativo como la ciencia-ficción es en mi opinión una gran virtud.
domingo, 29 de octubre de 2017
Fluyan mis lágrimas, dijo el policía (1974). Philip K. Dick
Prosigo una entrada más con las reseñas de las novelas que he seleccionado como representativas de la alteración de la realidad en la literatura de ciencia-ficción, de la mano de dos reputados expertos en esa corriente como son Philip K. Dick y Robert C. Wilson. Le ha llegado el turno en esta oportunidad a Fluyan mis lágrimas, dijo el policía", la última novela que voy a reseñar de Dick dentro de esta revisión de la alteración de la realidad. Se trata de una de las pocas novelas premiadas del estadounidense (se alzó con el premio John W. Campbell), y también de una de las más recomendables (aunque ya he comentado en alguna oportunidad que para mí sus dos mejores novelas son "Los tres estigmas de Palmer Eldritch" y "Ubik"). La presente es una novela atrayente, cautivadora, que conjuga la arrolladora personalidad como escritor de Dick con una historia trepidente y menos delirante de lo que cabría esperar.
Digo cabría esperar porque la producción de Dick durante la década de los setenta arrastra la fama de estar más centradas en sus delirios autobiográficos que en las propias narraciones. Así que debo reconocer que en su momento afronté la lectura un tanto a la defensiva. Precaución que se reveló innecesaria: obviamente están presentes muchos de los rasgos habituales en su producción (un estado de tintes totalitarios, la generalización del consumo de drogas, el cuestionamiento permanente de la realidad, la sensación de deshumanización...), pero también una trama claramente definida en torno a la caída del presentador y cantante Jason Taverner, su desesperado esfuerzo por recuperar el estatus perdido, y su relación con el departamento de policía de Los Ángeles. Es cierto que existen capítulos delirantes y difíciles de aceptar (el primero de la tercera parte por encima de todos), pero también se aprecia un claro esfuerzo por dotar a la novela de continuidad y rigor (casi me atrevería a hablar de coherencia de lo narrado). Como lo prueba la cuarta parte, unas páginas dedicadas en exclusiva a atar los cabos sueltos de todos los personajes.
El dinamismo de la novela es digno de elogio, y a pesar de la continua sucesión de personajes femeninos que van acompañando a Taverner a lo largo de sus páginas, mantiene en todo momento el interés por lo que sucederá a continuación. La primera parte en especial raya a gran altura, ya que Dick dedica el tiempo justo a ponernos en situación sobre su protagonista y la sociedad en la que vive, e inmediatamente después nos sumerge en esa realidad alterada en la que Taverner no existe y lucha desesperadamente por crearse una identidad que le permita eludir los campos de trabajos forzados. La segunda parte resulta más irregular (a pesar de que en ella Dick nos da a conocer al trascendental "policía", Felix Buckman), y las continuas reflexiones sobre el amor y las recurrentes visitas al cuartel de la policía hacen que la novela se resienta un tanto. Pero después de la pirotecnia de su primer capítulo a la que aludía, la tercera parte remonta el vuelo con una sucesión de acontecimientos más sensata y un desenlace un tanto inesperado.
La novela adolece de varios fallos qe me impiden considerarla a la altura de lo mejor de su producción. El más obvio es el inverosímil giro con el que Dick explica los dos días de realidad alterada que experimenta Taverner (y es que el consumo de KR-3 no sólo afecta a Alys Buckman que es quien lo consume, sino al resto de sujetos de su entorno). Pero también es mejorable la manera cómo Taverner inicia su caída (la gelatinosa esponja Callista), los frecuentes errores con las fechas, el ya habitual en Dick de crear una sociedad demasiado avanzada para 1988 (y eso después de una Segunda Guerra Civi y la virtual eugénesis de la raza negra), y una mezcla de artilugios inverosímiles por avanzados con otros completamente anacrónicos (como los tocadiscos que tan destacado papel desempeñan en el retorno a la realidad de Taverner).
A cambio, Dick despliega todo su arsenal de provocaciones (una relación incestuosa entre los Taverner con un hijo en común, relaciones consentidas con menores de catorce años, una red transexual de rejilla telefónica, personajes femeninos obsesionados por el placer y escasos de humanidad, y gadgets por doquier (coches que vuelan e inducen al sueño a sus pasajeros, edificios que flotan por encima del suelo, proyecciones de electroencefalogramas desde helicopteros policiales...)). Un arsenal que unido a su habitual alteración de la realidad y a un argumento bien estructurado y rematado, logra que la novela resulte no sólo disfrutable, sino altamente recomendable.
Digo cabría esperar porque la producción de Dick durante la década de los setenta arrastra la fama de estar más centradas en sus delirios autobiográficos que en las propias narraciones. Así que debo reconocer que en su momento afronté la lectura un tanto a la defensiva. Precaución que se reveló innecesaria: obviamente están presentes muchos de los rasgos habituales en su producción (un estado de tintes totalitarios, la generalización del consumo de drogas, el cuestionamiento permanente de la realidad, la sensación de deshumanización...), pero también una trama claramente definida en torno a la caída del presentador y cantante Jason Taverner, su desesperado esfuerzo por recuperar el estatus perdido, y su relación con el departamento de policía de Los Ángeles. Es cierto que existen capítulos delirantes y difíciles de aceptar (el primero de la tercera parte por encima de todos), pero también se aprecia un claro esfuerzo por dotar a la novela de continuidad y rigor (casi me atrevería a hablar de coherencia de lo narrado). Como lo prueba la cuarta parte, unas páginas dedicadas en exclusiva a atar los cabos sueltos de todos los personajes.
El dinamismo de la novela es digno de elogio, y a pesar de la continua sucesión de personajes femeninos que van acompañando a Taverner a lo largo de sus páginas, mantiene en todo momento el interés por lo que sucederá a continuación. La primera parte en especial raya a gran altura, ya que Dick dedica el tiempo justo a ponernos en situación sobre su protagonista y la sociedad en la que vive, e inmediatamente después nos sumerge en esa realidad alterada en la que Taverner no existe y lucha desesperadamente por crearse una identidad que le permita eludir los campos de trabajos forzados. La segunda parte resulta más irregular (a pesar de que en ella Dick nos da a conocer al trascendental "policía", Felix Buckman), y las continuas reflexiones sobre el amor y las recurrentes visitas al cuartel de la policía hacen que la novela se resienta un tanto. Pero después de la pirotecnia de su primer capítulo a la que aludía, la tercera parte remonta el vuelo con una sucesión de acontecimientos más sensata y un desenlace un tanto inesperado.
La novela adolece de varios fallos qe me impiden considerarla a la altura de lo mejor de su producción. El más obvio es el inverosímil giro con el que Dick explica los dos días de realidad alterada que experimenta Taverner (y es que el consumo de KR-3 no sólo afecta a Alys Buckman que es quien lo consume, sino al resto de sujetos de su entorno). Pero también es mejorable la manera cómo Taverner inicia su caída (la gelatinosa esponja Callista), los frecuentes errores con las fechas, el ya habitual en Dick de crear una sociedad demasiado avanzada para 1988 (y eso después de una Segunda Guerra Civi y la virtual eugénesis de la raza negra), y una mezcla de artilugios inverosímiles por avanzados con otros completamente anacrónicos (como los tocadiscos que tan destacado papel desempeñan en el retorno a la realidad de Taverner).
A cambio, Dick despliega todo su arsenal de provocaciones (una relación incestuosa entre los Taverner con un hijo en común, relaciones consentidas con menores de catorce años, una red transexual de rejilla telefónica, personajes femeninos obsesionados por el placer y escasos de humanidad, y gadgets por doquier (coches que vuelan e inducen al sueño a sus pasajeros, edificios que flotan por encima del suelo, proyecciones de electroencefalogramas desde helicopteros policiales...)). Un arsenal que unido a su habitual alteración de la realidad y a un argumento bien estructurado y rematado, logra que la novela resulte no sólo disfrutable, sino altamente recomendable.
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