Una vez completado mi recorrido por los principales escritores españoles de ciencia-ficción a través de sus obras más representativas, y antes de avanzar al tema que les propondré a partir de mi próxima entrada, quería cerrar este apasionante asunto con unas reflexiones personales sobre la literatura de ciencia-ficción en España. En la cual me detendré en las luces que alumbran este maravilloso género, pero sin obviar las sombras que, a mi modo de ver, aún lo oscurecen injustificadamente.
Si han seguido mi recorrido en orden cronológico desde finales del siglo XIX hasta el año 2022, coincidirán conmigo en que el género tardó mucho en arrancar en nuestra nación. Un hecho a mi modo de ver plenamente comprensible si tenemos en cuenta el declive que España arrastraba a todos los niveles desde la segunda mitad del siglo XVII, y que la mantenía alejada en todos los ámbitos de las naciones punteras, incluyendo por supuesto el ámbito cultural. Por eso durante las primeras décadas del género a nivel mundial las únicas obras españolas que, siendo benévolos en cuanto a su rigor y calidad, podemos considerar como tímidos intentos de adentrarse en el género correspondieron a autores con un fuerte contacto personal con dichos países, en especial con el mundo anglosajón. De manera que a ellos sí les llegó la pequeña revolución que desde la última década del siglo XIX estaban generado H.G. Wells, Olaf Stapledon, Aldous Huxley y demás pioneros. La Segunda República y la posterior Guerra Civil fueron un caldo de cultivo en nuestro país para géneros literarios de indudable singularidad y relevancia como el tremendismo, pero su localismo nos mantenía alejados de lo que sucedía en los E.E.U.U. Siempre pongo como ejemplo que mientras que aquí Camilo José Cela se consolidaba como el novelista por antonomasia de los años cuarenta, al otro lado del Atlántico Robert A. Heinlein o Isaac Asimov estaban escribiendo ya obras cumbres de su producción; tal era el distanciamiento. Hubo por supuesto escritores que, poco a poco, intentaron contribuir a paliar ese "atraso", como Agustín de Foxá o Tomás Salvador, pero cuando se instauró la democracia en España, el género en nuestro país seguía muy por detrás de otros países.
Sin embargo, gracias en parte a los esfuerzos de figuras clave como Domingo Santos o Miquél Barceló, y gracias también al progreso social y cultural de nuestro país, a partir de entonces las distancias se fueron acortando. Y la aparición de internet a finales del siglo XX hizo el resto: ya todo lo que se cocía en el género en cualquier parte del mundo sí llegaba al momento a centenares de interesados en el género. Y así seguimos a día de hoy. Este acercamiento se ha traducido de manera natural en una consolidación del género en España, con decenas de autores que han aportado su granito de arena al mismo, y una base de seguidores sólida. Fiel reflejo de todo ello ha sido el surgimiento y el posterior afianzamiento de diversos premios literarios que fomentan esa creatividad a la vez que intentan velar por unos altos estándares de calidad. Por supuesto con el Premio Minotauro al frente, pero sin olvidarnos de otros galardones específicos como el Ignotus o el de la Universidad Politécnica de Cataluña. Todos ellos han cerrado el círculo del reconocimiento como respuesta a la creciente creatividad de tantos y tantos autores.
Es más, actualmente es justo afirmar, sin miedo a caer en patriotismos vanales, que el nivel medio de las novelas que se vienen publicando en España durante los últimos 15 o 20 años es perfectamente comparable al de las obras de otros países, incluyendo entre ellos a los siempre punteros Reino Unido y Estados Unidos. Con el aliciente, además, de que ya no nos limitamos sólo a los subgéneros "menos complicados" de escribir, o que tradicionalmente gozaron de menor predicamento por aquí, sino que hay ya autores que se han adentrado sin complejos en la ciencia-ficción hard o en el thriller tecnológico. Lo que a su vez refleja la preparación y la capacidad de muchos de nuestros escritores contemporáneos. Escritores tan capaces y tan originales en sus creaciones que incluso han conseguido lo que hace unas décadas habría sonado (si me permiten el chiste fácil) a ciencia-ficción: trascender nuestras fronteras y triunfar internacionalmente con las traducciones de sus novelas. Tal es el caso, por ejemplo, de los dos autores que ilustran esta entrada, José Carlos Somoza y Félix J. Palma. Y es que para mí es un orgullo entrar a una librería de Nueva York y toparme, sin tener que rebuscar demasiado, con "The Map of Time", la traducción al inglés de "El Mapa del Tiempo", de Félix J. Palma.
Sin embargo, en el 2023 varios aspectos aún arrojan sombras sobre el género. Quizá el más doloroso, por injustificable y por fácilmente paliable, es la escasa repercusión de obras y autores de ciencia-ficción en los medios de comunicación patrios. Volviendo al caso de Palma, que sea más conocido en E.E.U.U. que en España es algo indefendible. Pero existe el miedo, quizá aún como consecuencia de ese atraso histórico de décadas al que aludía antes, a dedicarle al género en los medios generalistas la atención que su florecimiento merece. Consecuencia directa de ello es el insuficiente beneficio económico que la escritura de obras de ciencia-ficción reporta a sus autores, por lo cual lo habitual es que no se dediquen en exclusiva al género; la mayoría cultiva otros más o menos cercanos, que les permiten asegurarse una cantidad superior de ingresos con la que, en ocasiones, poderse dedicar en exclusiva a la creación literaria.
Esa falta de visibilidad está probablemente detrás del recelo que aún subsiste en multitud de aficionados al género a comprar literatura de ciencia-ficción escrita en España. Muchos aún piensan (yo mismo lo pensaba hasta no hace tanto) que cualquier obra que venga "de fuera", si ha sido merecedora de una traducción, por fuerza deberá ser mejor que cualquiera escrita en nuestro país por un "don nadie". Una pespectiva errónea en mi opinión, como acabo de argumentar, pero que obstáculos como la dificultad para encontrar obras de autores españoles en la mayoría de librerías, o incluso las tiradas casi siempre pequeñas y frecuentemente a cargo de editoriales minoritarias, refuerzan. Se echa en falta un autor, una figura popular más allá del género pero que escriba dentro de él, y que estimule el interés de lectores que de otra forma nunca se acercarían a él. Porque mientras que estos inconvenientes no se palíen, lo probable es que el fascinante mundo de la literatura de ciencia-ficción, también de la creada por autores españoles, continue siendo patrimonio de unos pocos aficionados audaces. Entre los que espero que se incluyan.
Un apasionado de la literatura de ciencia-ficción y escritor a tiempo parcial que dedica parte de sus escasos ratos libres a compartir su pasión con el resto de aficionados.
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sábado, 18 de febrero de 2023
domingo, 22 de enero de 2023
"Frontera oscura" (2020). Sabino Cabeza
La entrada de hoy nos acerca al final del recorrido que llevamos casi un año realizando por los principales autores que han escrito ciencia-ficción en España, a través de sus obras más representativas. Ya hemos llegado prácticamente a la actualidad, pues hace poco más de dos años que vio la luz "Frontera Oscura", del sevillano aunque residente en Zaragoza Sabino Cabeza. Una de las obras más reconocidas dentro del género en estos últimos años, en parte porque se alzó con el antepenúltimo Premio Minotauro, el más relevante que premia al género en nuestra nación, y en parte porque fue abrazado como el primer "clásico patrio" en adentrarse sin complejos en el subgénero de la ciencia-ficción hard. Razones suficientes para haberlo leído no hace tanto y traérselo hoy a este humilde blog. Aunque debo advertirles que mi valoración no es tan entusiasta como las anteriormente comentadas. Porque estamos ante una novela ambiciosa desde el punto de vista científico, razonablemente consistente desde el histórico, y sugestiva a nivel especulativo. Pero justa de emoción, escasa de acción y con excesivo protagonismo para los detalles accesorios.
Seguramente una de las razones por las que el libro recibió el galardón fue el mimo con el que está tratada su "frontera oscura", esto es, el agujero negro en torno al cual se desarrolla casi toda la historia: su Horizonte de Sucesos, o la distorsión de la luz y la dilatación temporal que provoca, se presentan de manera pormenorizada a la vez que sencilla. A un nivel inferior pero aún claramente dentro de los aciertos, se encuentra todo lo relativo a la física que ha permitido superar la velocidad de la luz: los saltos Inspacio-Expacio, los motores anagravónicos, la Teoría Borromea de Campos, los pliegues temporales, incluso la tecnología del Núcleo. Obviamente irreales pero bien elaborados a partir de conceptos contemporáneos, y presentados siempre para otorgar verosimilitud al conjunto, no para abrumar al lector.
Tanto las dos naves en las cuales transcurre prácticamente toda la acción (Banshee y Necromancer), como el ambiente a bordo de las mismas, resultan amenos y naturales, cada personaje con sus funciones definidas, y todo presidido por un saludable ambiente de camaradería. Y la expansión de la humanidad desde la Vieja Terra hasta los más de ocho mil mundos habitados, que según la historia sucedió entre los siglos XXIII y XXVI, incluyendo los nuevos centros de poder y las distintas misiones emprendidas por la Flota Federal, creíbles.
Los problemas de la novela devienen en su mayor parte del enfoque que le confiere Cabeza. Porque los acontecimientos principales, aunque no son muchos, sí resultan lo suficientemente interesantes como para haber atrapado al lector. Pero el escritor sitúa casi siempre estas peripecias en segundo plano, narradas escuetamente en los huecos de las reiterativas miradas al pasado de sus protagonistas, o al servicio de la machacona adoración que los tripulantes de la Banshee profesan a los de la Necromancer. Con lo cual, episodios que podrían haber dado mucho juego, como el accidente de Riomar o la muerte de Hastings, o incluso la propia partida de la Necromancer, proporcionan muy poca acción y demasiado sentimentalismo. El lirismo con el que están narrados muchos pasajes, y el gusto por los detalles irrelevantes en una novela de extensión contenida, incrementan esta sensación de historia fallida.
A ello debemos sumarle otros defectos menores como el empleo previsible para el aficionado al género de las siempre socorridas paradojas temporales (evidentemente se sabe con mucha antelación que la nave varada es la Necromancer, o que el vídeo del final fue grabado por Riomar), la exageración un tanto forzada, para ir a la moda, de la relevancia de los personajes femeninos frente a los masculinos (y no me refiero sólo a las protagonistas, Florence y Ursa), o incluso la manera tan artificial como el escritor fuerza el descuido a la hora de monitorizar el estado de Riomar (para que no quede más salida que el traslado a Necromancer con el que cerrar la paradoja), o como la salida al exterior de la nave se va dilatando en menudencias para poder añadir la "sorpresa" final de que los astronautas se quedan sin tiempo; ambas situaciones claramente mejorables.
Un desenlace consistente, y cargado de interesantes (aunque reiterativas) reflexiones sobre la posible existencia de un Ente Superior y su influencia sobre los aconteceres de los humanos, mejora un poquito la impresión final de una novela que no llega a decepcionar, pero que podría haber dado bastante más de sí.
Seguramente una de las razones por las que el libro recibió el galardón fue el mimo con el que está tratada su "frontera oscura", esto es, el agujero negro en torno al cual se desarrolla casi toda la historia: su Horizonte de Sucesos, o la distorsión de la luz y la dilatación temporal que provoca, se presentan de manera pormenorizada a la vez que sencilla. A un nivel inferior pero aún claramente dentro de los aciertos, se encuentra todo lo relativo a la física que ha permitido superar la velocidad de la luz: los saltos Inspacio-Expacio, los motores anagravónicos, la Teoría Borromea de Campos, los pliegues temporales, incluso la tecnología del Núcleo. Obviamente irreales pero bien elaborados a partir de conceptos contemporáneos, y presentados siempre para otorgar verosimilitud al conjunto, no para abrumar al lector.
Tanto las dos naves en las cuales transcurre prácticamente toda la acción (Banshee y Necromancer), como el ambiente a bordo de las mismas, resultan amenos y naturales, cada personaje con sus funciones definidas, y todo presidido por un saludable ambiente de camaradería. Y la expansión de la humanidad desde la Vieja Terra hasta los más de ocho mil mundos habitados, que según la historia sucedió entre los siglos XXIII y XXVI, incluyendo los nuevos centros de poder y las distintas misiones emprendidas por la Flota Federal, creíbles.
Los problemas de la novela devienen en su mayor parte del enfoque que le confiere Cabeza. Porque los acontecimientos principales, aunque no son muchos, sí resultan lo suficientemente interesantes como para haber atrapado al lector. Pero el escritor sitúa casi siempre estas peripecias en segundo plano, narradas escuetamente en los huecos de las reiterativas miradas al pasado de sus protagonistas, o al servicio de la machacona adoración que los tripulantes de la Banshee profesan a los de la Necromancer. Con lo cual, episodios que podrían haber dado mucho juego, como el accidente de Riomar o la muerte de Hastings, o incluso la propia partida de la Necromancer, proporcionan muy poca acción y demasiado sentimentalismo. El lirismo con el que están narrados muchos pasajes, y el gusto por los detalles irrelevantes en una novela de extensión contenida, incrementan esta sensación de historia fallida.
A ello debemos sumarle otros defectos menores como el empleo previsible para el aficionado al género de las siempre socorridas paradojas temporales (evidentemente se sabe con mucha antelación que la nave varada es la Necromancer, o que el vídeo del final fue grabado por Riomar), la exageración un tanto forzada, para ir a la moda, de la relevancia de los personajes femeninos frente a los masculinos (y no me refiero sólo a las protagonistas, Florence y Ursa), o incluso la manera tan artificial como el escritor fuerza el descuido a la hora de monitorizar el estado de Riomar (para que no quede más salida que el traslado a Necromancer con el que cerrar la paradoja), o como la salida al exterior de la nave se va dilatando en menudencias para poder añadir la "sorpresa" final de que los astronautas se quedan sin tiempo; ambas situaciones claramente mejorables.
Un desenlace consistente, y cargado de interesantes (aunque reiterativas) reflexiones sobre la posible existencia de un Ente Superior y su influencia sobre los aconteceres de los humanos, mejora un poquito la impresión final de una novela que no llega a decepcionar, pero que podría haber dado bastante más de sí.
domingo, 8 de enero de 2023
"El yermo" (2013). Sergi Llauger
Con la presente entrada nos acercamos ya al final de nuestro recorrido en orden cronológico por algunos de los autores que han escrito ciencia-ficción en España, a través de sus obras más reputadas. Estamos ya en un año bastante reciente (2013) que fue cuando se publicó "El yermo", por aquel entonces la segunda novela del catalán Sergi Llauger. Un escritor que, como algún otro ya anteriormente reseñado, ha conseguido con su obra traspasar las fronteras patrias y obtener reconocimiento en el complejo panorama literario anglosajón. Lo que refleja a las claras la calidad y el interés que despiertan sus libros. Siendo el que hoy les traigo el que más claramente se adscribe al género de la ciencia-ficción. Estamos ante una extensa novela, ambientada en un marco escénico relativamente poco original (la Inglaterra post-apocalíptica), pero que resulta convincente gracias a un buen argumento, a una dureza extrema, y a un elenco de personajes bien concebido para provocar múltiples emociones en el lector, algo que consigue sobradamente.
El escritor logra atrapar al lector desde el mismo comienzo, y ya no lo suelta hasta el final. Ahí radica tal vez su mayor virtud. Y es que conceptualmente el argumento es sencillo (una primera fase de puesta en situación, a la vez que de introducción de los personajes principales, y una segunda en la que algunos de ellos emprenden una desesperada expedición), pero lo enriquece con personajes secundarios que, casi sin excepción, le permitirán más adelante conferir giros inesperados a la trama, y lo desarrolla en capítulos de duración siempre adecuada, con una prosa neutra y fluida que facilita la lectura.
Al magnetismo que genera el libro contribuye decisivamente la Inglaterra devastada por la Guerra del Olvido que se menciona como detonante. Proporcionando la suficiente información para dimensionar adecuadamente el conflicto, sus descripciones, siempre comedidas, reflejan estupendamente el nivel de ruina: tanto los lugares presentados como las personas que subsisten en ellos muestran una devastación de tal calibre que el lector se siente profundamente impresionado. Con un buen conocimiento, además, de todos los lugares que va recorriendo (algo a lo que contribuye el mapa que figura al comienzo de la novela), y una innegable habilidad para que semejante catástrofe posibilite multitud de aventuras.
Porque ésta es una novela que encierra mucha acción, pero también pánico, soledad, desazón, espíritu de supervivencia, episodios de violencia, momentos para el amor o para descubrir el poso de humanidad que aún conservan unos seres humanos tan forzosamente embrutecidos. Esa multiplicidad de sentimientos que genera, unida a recursos que no por esperables dejan de ser efectivos (como la radiación aún presente, la tortura, o el canibalismo) hablan muy bien de la habilidad de Llauger a la hora de aprovechar las posibilidades de su creación.
Un último logro destacable es el elenco de personajes. Comenzando obviamente por Adam, su protagonista absoluto, a quien vemos crecer en hombría y en determinación conforme la vida le va propinando reveses, hasta terminar fijándose como objetivo vital el desarrollo del legado de su padre. Pero englobando también a casi todos los secundarios: el misterioso Efraím, quien poco a poco se irá abriendo a Adam a la vez que humanizando, la reservada Hannah, que gradualmente descubrirá en Adam a alguien diferente a todos los hombres que había conocido antes. O incluso los que sólo aparecen vinculados a un sitio concreto, como Frank, Kane o Kirian, todos ellos creíbles, además de perfectos representantes de lo que encierran los lugares que lideran.
Ninguno de los defectos de la novela es tan grave como para que la impresión final de la misma no resulte claramente favorable. Aunque sí hay varios que resultan perceptibles. El más obvio es la cronología: literalmente las fechas no encajan, puesto que por Adam sabemos que sólo han transcurrido quince años desde la guerra, pero en las transformaciones en las vidas de muchos personajes, o en los periodos que según sus propias palabras han transcurrido desde entonces, o incluso en la metamorfosis de muchos marcos escénicos, necesariamente han tenido que transcurrir varias décadas. Otro muy evidente son los Nocturnos: nunca se aclara realmente si son supervivientes humanos que mutaron por alguna causa, pero es que en realidad ni siquiera son imprescindibles para encarnar el mal en la novela, pues a lo largo de ella tropezamos con humanos mucho peores. Tampoco parece verosímil la perversidad extrema de Gedeón, exagerada hasta el punto de perseguir denodadamente a Adam en un periplo incierto, cuando lo sensato habría sido regresar a su rol en la Guarida. E incluso Noah, el padre de Adam, se va convirtiendo conforme avanza la novela en un poco plausible benefactor sin fin de los supervivientes, pero sin llegar realmente a ayudar en ningún momento a sus dos hijos.
Llauger gestiona bien los tiempos del tercio final y prepara un desenlace un tanto previsible y excesivamente idílico para el tono general de la novela, pero no exento de tensión, a la vez que eficaz a la hora de atar cabos, por lo que ni mejora ni empeora el resultado final de una de las obras más interesantes publicadas en el género en nuestro país en lo que va de siglo.
El escritor logra atrapar al lector desde el mismo comienzo, y ya no lo suelta hasta el final. Ahí radica tal vez su mayor virtud. Y es que conceptualmente el argumento es sencillo (una primera fase de puesta en situación, a la vez que de introducción de los personajes principales, y una segunda en la que algunos de ellos emprenden una desesperada expedición), pero lo enriquece con personajes secundarios que, casi sin excepción, le permitirán más adelante conferir giros inesperados a la trama, y lo desarrolla en capítulos de duración siempre adecuada, con una prosa neutra y fluida que facilita la lectura.
Al magnetismo que genera el libro contribuye decisivamente la Inglaterra devastada por la Guerra del Olvido que se menciona como detonante. Proporcionando la suficiente información para dimensionar adecuadamente el conflicto, sus descripciones, siempre comedidas, reflejan estupendamente el nivel de ruina: tanto los lugares presentados como las personas que subsisten en ellos muestran una devastación de tal calibre que el lector se siente profundamente impresionado. Con un buen conocimiento, además, de todos los lugares que va recorriendo (algo a lo que contribuye el mapa que figura al comienzo de la novela), y una innegable habilidad para que semejante catástrofe posibilite multitud de aventuras.
Porque ésta es una novela que encierra mucha acción, pero también pánico, soledad, desazón, espíritu de supervivencia, episodios de violencia, momentos para el amor o para descubrir el poso de humanidad que aún conservan unos seres humanos tan forzosamente embrutecidos. Esa multiplicidad de sentimientos que genera, unida a recursos que no por esperables dejan de ser efectivos (como la radiación aún presente, la tortura, o el canibalismo) hablan muy bien de la habilidad de Llauger a la hora de aprovechar las posibilidades de su creación.
Un último logro destacable es el elenco de personajes. Comenzando obviamente por Adam, su protagonista absoluto, a quien vemos crecer en hombría y en determinación conforme la vida le va propinando reveses, hasta terminar fijándose como objetivo vital el desarrollo del legado de su padre. Pero englobando también a casi todos los secundarios: el misterioso Efraím, quien poco a poco se irá abriendo a Adam a la vez que humanizando, la reservada Hannah, que gradualmente descubrirá en Adam a alguien diferente a todos los hombres que había conocido antes. O incluso los que sólo aparecen vinculados a un sitio concreto, como Frank, Kane o Kirian, todos ellos creíbles, además de perfectos representantes de lo que encierran los lugares que lideran.
Ninguno de los defectos de la novela es tan grave como para que la impresión final de la misma no resulte claramente favorable. Aunque sí hay varios que resultan perceptibles. El más obvio es la cronología: literalmente las fechas no encajan, puesto que por Adam sabemos que sólo han transcurrido quince años desde la guerra, pero en las transformaciones en las vidas de muchos personajes, o en los periodos que según sus propias palabras han transcurrido desde entonces, o incluso en la metamorfosis de muchos marcos escénicos, necesariamente han tenido que transcurrir varias décadas. Otro muy evidente son los Nocturnos: nunca se aclara realmente si son supervivientes humanos que mutaron por alguna causa, pero es que en realidad ni siquiera son imprescindibles para encarnar el mal en la novela, pues a lo largo de ella tropezamos con humanos mucho peores. Tampoco parece verosímil la perversidad extrema de Gedeón, exagerada hasta el punto de perseguir denodadamente a Adam en un periplo incierto, cuando lo sensato habría sido regresar a su rol en la Guarida. E incluso Noah, el padre de Adam, se va convirtiendo conforme avanza la novela en un poco plausible benefactor sin fin de los supervivientes, pero sin llegar realmente a ayudar en ningún momento a sus dos hijos.
Llauger gestiona bien los tiempos del tercio final y prepara un desenlace un tanto previsible y excesivamente idílico para el tono general de la novela, pero no exento de tensión, a la vez que eficaz a la hora de atar cabos, por lo que ni mejora ni empeora el resultado final de una de las obras más interesantes publicadas en el género en nuestro país en lo que va de siglo.
miércoles, 7 de diciembre de 2022
"El mapa del tiempo" (2008). Félix J. Palma
Una entrada más continúo mi recorrido en orden cronológico por los más representativos escritores españoles que han publicado ciencia-ficción. Ha llegado la hora de hablarles del gaditano Félix J. Palma, quizá uno de los más populares a nivel internacional. Y es que sus novelas se han traducido y publicado en los más diversos idiomas, e incluso llegó a figurar con la presente novela en la lista de libros más vendidos del New York Times. Lo que habla bien a las claras de su repercusión comercial. La cual ha venido, además, acompañada por diversos galardones literarios y unas críticas mayoritariamente favorables a su producción. Especialmente con "El mapa del tiempo", la novela de la que les voy a hablar hoy. Aunque ya les adelanto que desgraciadamente mi valoración no es tan positiva como la mayoría. Pese a lo cual sí la considero una obra que merece una lectura. Y es que estamos ante una novela que toma elementos de las ucronías, de los viajes en el tiempo, y de algunos de los escritores anglosajones más reputados de finales del siglo XIX, y los pone al servicio de una trama múltiple, con tres partes diferenciadas y que podrían leerse de manera independiente, para forjar una obra singular, desbordante, excesiva, con grandes momentos pero también con pasajes anodinos o directamente prescindibles.
Seguramente lo más llamativo de esta novela es su excepcional ambientación: pese a ser Palma un escritor español, el lector experimenta desde el principio la sensación de estar viviendo realmente en el Londres de aquella época, con sus calles, sus vestimentas, sus profesiones, su característico ambiente. Un marco escénico en el cual el escritor sitúa a personajes legendarios de la época, como El Hombre Elefante o Jack El Destripador, y los hace convivir no ya con otros creados por él, sino con algunos de los mejores escritores de aquel entonces (Bram Stoker, Henry James, Arthur Conan-Doyle), y en particular con H.G. Wells, padrino de la ciencia-ficción y probablemente el verdadero protagonista de la obra.
Otro gran acierto es presentar esta ucronía, de múltiples ramificaciones por mor de los viajes en el tiempo, como un romance científico, tan en boga durante aquellos años. Una tarea ambiciosa de la que Palma sale airoso tanto por temática como por estilo, sin que el resultado desmerezca en absoluto al logrado por ejemplo por el británico Christopher Priest en "La Máquina Espacial" (1976). Con el logro adicional que supone incorporar al narrador omniscente como una especie de personaje adicional que, como buen conocedor de todos los acontecimientos que se relatan, va guiando con desparpajo al lector por los episodios más relevantes.
En otro orden de cosas, las paradojas temporales que surgen al retorcer el autor el concepto de los viajes en el tiempo están en general bien resueltas, y dan lugar al que en mi opinión es, de lejos, el mejor capítulo de la novela: el intercambio de cartas entre Claire y Tom en la segunda parte, toda una exhibición a la hora de cómo ir encajando las distintas piezas en una historia futura ya conocida, además con la intervención destacada de Wells. Pero debo advertir que los viajes temporales están también tras muchos de los defectos que me impiden considerar al libro como una gran novela.
Para cualquier lector familiarizado con ellos, el más obvio es la paupérrima justificación que, tras nada menos que seiscientas páginas, ofrece finalmente Palma para defender que los seres humanos hayan alcanzado su aspiración de viajar en el tiempo. Tan floja que de un plumazo deja todas las peripecias y las especulaciones leídas hasta entonces como un mero entretenimiento. La multiplicidad de universos surgida de esas paradojas sin restricción no sólo desorienta al lector en los últimos capítulos, sino que provoca que el final, además de pobremente resuelto, apenas cause impacto.
Pero otros defectos atañen directamente a la habilidad de Palma como escritor: la estructuración de la novela en esas tres partes relativamente inconexas ya es cuestionable a pesar de sus palpables esfuerzos por enlazarla en el tramo final. Y traslada la impresión de que se trata de un libro escrito a tirones, sin un plan para narrar unos hechos concretos, y rematado a trancas y barrancas con ese esfuerzo final de cohesión. Algo agravado por el hecho de que el interés de esas tres historias es desigual: la primera es una historia de amor simplona y de desenlace previsible; la segunda, otra historia de amor un poco más elaborada aunque difícil de aceptar, a causa de un decorado tan imposiblemente inmenso que supuestamente ningún visitante cuestiona al formar parte de él que realmente esté visitando el año dos mil; y sólo la tercera se acerca a lo que cabría esperar por riqueza argumental y episodios determinantes. Pero en todas ellas la prosa es claramente mejorable (páginas y más páginas de descripciones, diálogos que en ocasiones parecen monólogos), en todas ellas hay muchas páginas de relleno (intrahistorias como la de la tribu africana, reseñas biográficas como la del Hombre Elefante o la del propio Wells), y en todas ellas, ante el acechante aburrimiento, es fácil que el lector sienta, como sentí yo, la tentación de saltar la página hasta la que por fin se retoma la historia principal. Razones que me hacen difícil comprender el que la novela fuera galardonada con el Premio Ateneo de Sevilla. Y que también explican por qué, aunque en años posteriores Palma ha expandido "El mapa del tiempo" hasta convertirla en la "Trilogía Victoriana" con las adiciones de "El mapa del cielo" (2012), y "El mapa del caos" (2014), nunca me he sentido impelido a continuar su lectura.
Seguramente lo más llamativo de esta novela es su excepcional ambientación: pese a ser Palma un escritor español, el lector experimenta desde el principio la sensación de estar viviendo realmente en el Londres de aquella época, con sus calles, sus vestimentas, sus profesiones, su característico ambiente. Un marco escénico en el cual el escritor sitúa a personajes legendarios de la época, como El Hombre Elefante o Jack El Destripador, y los hace convivir no ya con otros creados por él, sino con algunos de los mejores escritores de aquel entonces (Bram Stoker, Henry James, Arthur Conan-Doyle), y en particular con H.G. Wells, padrino de la ciencia-ficción y probablemente el verdadero protagonista de la obra.
Otro gran acierto es presentar esta ucronía, de múltiples ramificaciones por mor de los viajes en el tiempo, como un romance científico, tan en boga durante aquellos años. Una tarea ambiciosa de la que Palma sale airoso tanto por temática como por estilo, sin que el resultado desmerezca en absoluto al logrado por ejemplo por el británico Christopher Priest en "La Máquina Espacial" (1976). Con el logro adicional que supone incorporar al narrador omniscente como una especie de personaje adicional que, como buen conocedor de todos los acontecimientos que se relatan, va guiando con desparpajo al lector por los episodios más relevantes.
En otro orden de cosas, las paradojas temporales que surgen al retorcer el autor el concepto de los viajes en el tiempo están en general bien resueltas, y dan lugar al que en mi opinión es, de lejos, el mejor capítulo de la novela: el intercambio de cartas entre Claire y Tom en la segunda parte, toda una exhibición a la hora de cómo ir encajando las distintas piezas en una historia futura ya conocida, además con la intervención destacada de Wells. Pero debo advertir que los viajes temporales están también tras muchos de los defectos que me impiden considerar al libro como una gran novela.
Para cualquier lector familiarizado con ellos, el más obvio es la paupérrima justificación que, tras nada menos que seiscientas páginas, ofrece finalmente Palma para defender que los seres humanos hayan alcanzado su aspiración de viajar en el tiempo. Tan floja que de un plumazo deja todas las peripecias y las especulaciones leídas hasta entonces como un mero entretenimiento. La multiplicidad de universos surgida de esas paradojas sin restricción no sólo desorienta al lector en los últimos capítulos, sino que provoca que el final, además de pobremente resuelto, apenas cause impacto.
Pero otros defectos atañen directamente a la habilidad de Palma como escritor: la estructuración de la novela en esas tres partes relativamente inconexas ya es cuestionable a pesar de sus palpables esfuerzos por enlazarla en el tramo final. Y traslada la impresión de que se trata de un libro escrito a tirones, sin un plan para narrar unos hechos concretos, y rematado a trancas y barrancas con ese esfuerzo final de cohesión. Algo agravado por el hecho de que el interés de esas tres historias es desigual: la primera es una historia de amor simplona y de desenlace previsible; la segunda, otra historia de amor un poco más elaborada aunque difícil de aceptar, a causa de un decorado tan imposiblemente inmenso que supuestamente ningún visitante cuestiona al formar parte de él que realmente esté visitando el año dos mil; y sólo la tercera se acerca a lo que cabría esperar por riqueza argumental y episodios determinantes. Pero en todas ellas la prosa es claramente mejorable (páginas y más páginas de descripciones, diálogos que en ocasiones parecen monólogos), en todas ellas hay muchas páginas de relleno (intrahistorias como la de la tribu africana, reseñas biográficas como la del Hombre Elefante o la del propio Wells), y en todas ellas, ante el acechante aburrimiento, es fácil que el lector sienta, como sentí yo, la tentación de saltar la página hasta la que por fin se retoma la historia principal. Razones que me hacen difícil comprender el que la novela fuera galardonada con el Premio Ateneo de Sevilla. Y que también explican por qué, aunque en años posteriores Palma ha expandido "El mapa del tiempo" hasta convertirla en la "Trilogía Victoriana" con las adiciones de "El mapa del cielo" (2012), y "El mapa del caos" (2014), nunca me he sentido impelido a continuar su lectura.
sábado, 19 de noviembre de 2022
"Zig zag" (2006). José Carlos Somoza
Con la presente entrada continúo avanzando en mi recorrido cronológico por los escritores más representativos de la literatura de ciencia-ficción en España, a través de sus obras de referencia. Hoy le ha llegado el turno a José Carlos Somoza, a quien voy a reseñar a través de su novela "Zig zag". Somoza es seguramente uno de los autores de ciencia-ficción más populares y de más éxito de nuestro país. En parte porque no se ha limitado a escribir dentro del género, sino que ha sabido acercarse con acierto a otros géneros de mayor repercusión comercial. Géneros que, lógicamente, se dejan notar cuando escribe ciencia-ficción. Pero en ocasiones, como en la novela que les traigo hoy, su encuadre dentro del género, por la preeminencia del elemento científico, por la cobertura de lo que en el momento de su publicación era el futuro cercano, y por la especulación sobre las implicaciones de lo que en ella se descubre, está fuera de toda duda. Estamos, pues, ante un libro que, a partir de una trama de ciencia-ficción, se desarrolla como un thriller, y que, a pesar de una extensión excesiva y cierta recreación en la violencia, resulta tan amena como convincente desde el punto de vista científico.
Quizás el acierto más llamativo de la novela sea el relativo a la ciencia: fruto de una preparación concienzuda y un asesoramiento multidisciplinar, Somoza nos propone un recorrido científico de altos vuelos. Desde el sugestivo uso que realiza de la teoría de cuerdas para las partículas subatómicas, pasando por el casi inevitable acelerador de partículas, hasta llegar a una plausible recreación del mundillo científico (cursos, disertaciones, proyectos ocultos, envidias...). El elenco de roles expertos en diversas y complementarias materias también le permite al escritor sacar un notable partido de la contemplación de imágenes del pasado. E incluso la combinación de arquetipos como el solitario y sádico Valente, con la poco frecuente mezcla de inteligencia y belleza extremas que caracterizan a su protagonista Elisa Robledo, permite que la novela se aleje del convencionalismo.
Recurrir a un formato de thriller para aprovechar estos sólidos cimientos tal vez no sea la mejor decisión si lo que se desea es primar la carga especulativa de la novela. Pero sí resulta una opción acertada para anteponer el entretenimiento: la obra se lee con mucha fluidez, a menudo cuesta interrumpir la lectura y, a pesar de que a veces desprende un aroma a best-seller que puede restarle repercusión literaria, Somoza demuestra ser un narrador sólido.
Otros aciertos reseñables son la minuciosidad a la hora de localizar espacial y temporalmente la novela (con mención especial para todos los detalles que se proporcionan sobre los distintos lugares de Madrid en los que la sitúa), las ilustraciones que puntualmente enriquecen el texto, la habilidad narrativa para que los diversos saltos hacia delante y hacia atrás en el tiempo no desorienten al lector, y una solvencia como escritor que sitúa la obra a la altura de cualquier producción anglosajona de nivel medio.
Entre los defectos que me impiden considerarla una gran novela, el más obvio es su extensión: mal común de estos tiempos, resulta especialmente obvio durante su primer tercio, demasiadas páginas y detalles sobre supuestos espionajes que se podrían haber resuelto en muchas menos cuartillas. En otro orden de cosas, que se produzcan muertes en una novela así parece inevitable, pero Somoza tiende a recrearse en detalles desagradables, casi obscenos, provocando que la violencia adquiera una relevancia excesiva. Algo parecido sucede con el frecuente empleo de barbarismos, o con las recurrentes referencias sexuales (incluidas las onanistas). Y el continuo recurso de ocultar tácitamente información al lector, de cerrar cada capítulo con una nueva alusión a "lo peor está por llegar", resulta tan evidente como cansino.
El final, aun pecando también de esos mismos defectos (longitud y trucos), sabe centrarse en lo que está experimentando cada personaje, y resulta razonablemente explicativo para la complejidad de lo narrado, lo que favorece la impresión final de lo que podría haber sido una gran novela, pero se queda en una lectura recomendable.
Quizás el acierto más llamativo de la novela sea el relativo a la ciencia: fruto de una preparación concienzuda y un asesoramiento multidisciplinar, Somoza nos propone un recorrido científico de altos vuelos. Desde el sugestivo uso que realiza de la teoría de cuerdas para las partículas subatómicas, pasando por el casi inevitable acelerador de partículas, hasta llegar a una plausible recreación del mundillo científico (cursos, disertaciones, proyectos ocultos, envidias...). El elenco de roles expertos en diversas y complementarias materias también le permite al escritor sacar un notable partido de la contemplación de imágenes del pasado. E incluso la combinación de arquetipos como el solitario y sádico Valente, con la poco frecuente mezcla de inteligencia y belleza extremas que caracterizan a su protagonista Elisa Robledo, permite que la novela se aleje del convencionalismo.
Recurrir a un formato de thriller para aprovechar estos sólidos cimientos tal vez no sea la mejor decisión si lo que se desea es primar la carga especulativa de la novela. Pero sí resulta una opción acertada para anteponer el entretenimiento: la obra se lee con mucha fluidez, a menudo cuesta interrumpir la lectura y, a pesar de que a veces desprende un aroma a best-seller que puede restarle repercusión literaria, Somoza demuestra ser un narrador sólido.
Otros aciertos reseñables son la minuciosidad a la hora de localizar espacial y temporalmente la novela (con mención especial para todos los detalles que se proporcionan sobre los distintos lugares de Madrid en los que la sitúa), las ilustraciones que puntualmente enriquecen el texto, la habilidad narrativa para que los diversos saltos hacia delante y hacia atrás en el tiempo no desorienten al lector, y una solvencia como escritor que sitúa la obra a la altura de cualquier producción anglosajona de nivel medio.
Entre los defectos que me impiden considerarla una gran novela, el más obvio es su extensión: mal común de estos tiempos, resulta especialmente obvio durante su primer tercio, demasiadas páginas y detalles sobre supuestos espionajes que se podrían haber resuelto en muchas menos cuartillas. En otro orden de cosas, que se produzcan muertes en una novela así parece inevitable, pero Somoza tiende a recrearse en detalles desagradables, casi obscenos, provocando que la violencia adquiera una relevancia excesiva. Algo parecido sucede con el frecuente empleo de barbarismos, o con las recurrentes referencias sexuales (incluidas las onanistas). Y el continuo recurso de ocultar tácitamente información al lector, de cerrar cada capítulo con una nueva alusión a "lo peor está por llegar", resulta tan evidente como cansino.
El final, aun pecando también de esos mismos defectos (longitud y trucos), sabe centrarse en lo que está experimentando cada personaje, y resulta razonablemente explicativo para la complejidad de lo narrado, lo que favorece la impresión final de lo que podría haber sido una gran novela, pero se queda en una lectura recomendable.
martes, 1 de noviembre de 2022
"Danza de tinieblas" (2005). Eduardo Vaquerizo
Con la presente entrada prosigo la reseña en orden cronológico de obras emblemáticas escritas por los principales autores de ciencia-ficción en España. Cruzamos ya la frontera del siglo XXI para hablarles de uno de los principales escritores que siguen representando el género en nuestros días: el madrileño Eduardo Vaquerizo. Un escritor que alcanzó popularidad y reconocimiento con la novela que hoy les presento: "Danza de tinieblas". Hasta tal punto que con el transcurso de los años esta novela ha derivado en trilogía, gracias a las secuelas "Memoria de tinieblas" (2013) y "Alba de tinieblas" (2018). Y es que "Danza de tinieblas" nos ofrece una ucronía original, con personalidad, bien ambientada, que recrea un Madrid alternativo en la primera mitad del siglo XX muy interesante desde el punto de vista social, pero que en mi opinión adolece de una trama débil, reiterativa y no muy bien presentada.
Sin duda la razón principal del reconocimiento y el éxito de la novela radica en su adaptación a la historia de España de la corriente steampunk que surgió dentro del subgénero de las ucronías a finales de los años ochenta, ambientado fundamentalmente en una Inglaterra victoriana alternativa caracterizada por sus mayores avances tecnológicos. En este caso el punto Jombar del que parte Vaquerizo (la ascensión al trono de Juan de Austria tras la repentina muerte de Felipe II) resulta tan factible como estimulante. Y el devenir histórico de los trescientos cincuenta años posteriores afianza muchas de las características del Siglo de Oro español, a las que el escritor añade unas dosis de modernidad industrial, creando un conjunto reconocible y atractivo.
A lo anterior debemos añadir un protagonista bien caracterizado (Joannes Salamanca), en el que conforme avanzan los capítulos iremos viendo crecer su resistencia a la adversidad, unos personajes secundarios reconocibles y que complementan bien el panorama (Fray Faustino, el Duque de Mier, Rebeca), y unos avances tecnológicos que, aunque basados en el carbón y en la incipiente electricidad, se presentan de forma verosímil como parte de esta historia alternativa.
Otra fortaleza de la novela es el Madrid de 1927, fácilmente reconocible en sus barrios y calles similares a las reales (desde el Paseo de la Castellana hasta Mirasierra), pero adaptado en su realidad a esta sociedad alternativa, llena de desigualdades sociales, sucia, esforzada y abarrotada. Algo a lo que contribuye la presencia en ella de todos los centros de poder (el Rey, los nobles, la Alhama judía, los cuerpos de seguridad...).
El principal problema de la novela es la endeblez de su trama. Una vez puestos en situación tras la función en el Teatrón y el crimen en Lavapiés, y hasta prácticamente la mitad del libro, la intriga se plantea como una fatigosa reiteración de encuentros en lugares sórdidos, en los cuales Joannes y el fraile, aparte de recrearse en el ambiente, no avanzan prácticamente nada en sus pesquisas. La sensación de novela que no avanza, de repeticiones vacuas, es poderosa y decepcionante. Cuando al fin Joannes se convierte en el chivo expiatorio de los asesinatos y empieza a ser perseguido, el libro mejora, pues el ritmo aumenta y la trama se convierte esencialmente en una historia de supervivencia, pero la intriga sigue mal desarrollada, y Vaquerizo no logra crear el clímax final.
A ello tenemos que sumarle algunas situaciones en las que Joannes sale indemne de manera excesivamente forzada, unos personajes cuyo esclarecimiento final resulta decepcionante (el fraile, el Duque), el surgimiento repentino y cercano al final del gremio de relojeros como poder en la sombra de todos los asesinatos, el recurso a unos gólems más míticos y fantásticos que creíbles a la hora de cometer los crímenes, y ciertos detalles como una vestimenta que apenas ha variado en más de tres siglos, o pasajes en los que el transcurrir del día hasta llegar a la noche presenta inesperadas inconsistencias.
El desenlace, más farragoso y violento que clarificador, sin que la naturaleza real de Rebeca constituya ninguna revelación, y con la no muy bien presentada alianza de Joannes con el judío Shlomo como colofon, no resulta satisfactorio. Y resultó ser la razón última por la que hasta el día de hoy no me he animado a leer las dos novelas anteriormente mencionadas: desde mi punto de vista, con el primer libro es suficiente.
Sin duda la razón principal del reconocimiento y el éxito de la novela radica en su adaptación a la historia de España de la corriente steampunk que surgió dentro del subgénero de las ucronías a finales de los años ochenta, ambientado fundamentalmente en una Inglaterra victoriana alternativa caracterizada por sus mayores avances tecnológicos. En este caso el punto Jombar del que parte Vaquerizo (la ascensión al trono de Juan de Austria tras la repentina muerte de Felipe II) resulta tan factible como estimulante. Y el devenir histórico de los trescientos cincuenta años posteriores afianza muchas de las características del Siglo de Oro español, a las que el escritor añade unas dosis de modernidad industrial, creando un conjunto reconocible y atractivo.
A lo anterior debemos añadir un protagonista bien caracterizado (Joannes Salamanca), en el que conforme avanzan los capítulos iremos viendo crecer su resistencia a la adversidad, unos personajes secundarios reconocibles y que complementan bien el panorama (Fray Faustino, el Duque de Mier, Rebeca), y unos avances tecnológicos que, aunque basados en el carbón y en la incipiente electricidad, se presentan de forma verosímil como parte de esta historia alternativa.
Otra fortaleza de la novela es el Madrid de 1927, fácilmente reconocible en sus barrios y calles similares a las reales (desde el Paseo de la Castellana hasta Mirasierra), pero adaptado en su realidad a esta sociedad alternativa, llena de desigualdades sociales, sucia, esforzada y abarrotada. Algo a lo que contribuye la presencia en ella de todos los centros de poder (el Rey, los nobles, la Alhama judía, los cuerpos de seguridad...).
El principal problema de la novela es la endeblez de su trama. Una vez puestos en situación tras la función en el Teatrón y el crimen en Lavapiés, y hasta prácticamente la mitad del libro, la intriga se plantea como una fatigosa reiteración de encuentros en lugares sórdidos, en los cuales Joannes y el fraile, aparte de recrearse en el ambiente, no avanzan prácticamente nada en sus pesquisas. La sensación de novela que no avanza, de repeticiones vacuas, es poderosa y decepcionante. Cuando al fin Joannes se convierte en el chivo expiatorio de los asesinatos y empieza a ser perseguido, el libro mejora, pues el ritmo aumenta y la trama se convierte esencialmente en una historia de supervivencia, pero la intriga sigue mal desarrollada, y Vaquerizo no logra crear el clímax final.
A ello tenemos que sumarle algunas situaciones en las que Joannes sale indemne de manera excesivamente forzada, unos personajes cuyo esclarecimiento final resulta decepcionante (el fraile, el Duque), el surgimiento repentino y cercano al final del gremio de relojeros como poder en la sombra de todos los asesinatos, el recurso a unos gólems más míticos y fantásticos que creíbles a la hora de cometer los crímenes, y ciertos detalles como una vestimenta que apenas ha variado en más de tres siglos, o pasajes en los que el transcurrir del día hasta llegar a la noche presenta inesperadas inconsistencias.
El desenlace, más farragoso y violento que clarificador, sin que la naturaleza real de Rebeca constituya ninguna revelación, y con la no muy bien presentada alianza de Joannes con el judío Shlomo como colofon, no resulta satisfactorio. Y resultó ser la razón última por la que hasta el día de hoy no me he animado a leer las dos novelas anteriormente mencionadas: desde mi punto de vista, con el primer libro es suficiente.
lunes, 17 de octubre de 2022
"El enfrentamiento" (1996). Juan Carlos Planells
Con esta entrada continúo mi recorrido en orden cronológico por los principales escritores que han marcado la ciencia-ficción en España. Llegamos al año 1996, que fue cuando vio la luz "El enfrentamiento", de Juan Carlos Planells. Que para mí es, sin duda, una de las mejores novelas de la lista. Planells fue un escritor maldito, aficionado empedernido al género (al que contribuyó con innumerables reseñas y críticas, así como con un puñado de relatos y dos novelas), que siempre estuvo marcado por una sensación de fracaso, de valía no reconocida, hasta que murió casi en la indigencia en 2011, a la temprana edad de 61 años. Pero como al final lo relevante de todo creador es su legado, nos dejó como muestra de su talento la obra que les traigo hoy. Una novela ágil, muy bien escrita, que acerca a la cultura y la producción literaria españolas uno de los temas clásicos de la ciencia-ficción. Probablemente si hubiera sido pulida por algún editor con instinto e inteligencia, se habría convertido en uno de los clásicos por excelencia del género en España.
El tema de los universos paralelos no es nuevo, pero el enfoque de Planells sí es original: se centra en exclusiva en dos únicos universos, entre los años 1971 y 2009, y sitúa la narración casi exclusivamente en Barcelona. Todo ello le permite entroncar su novela con tantas otras de nuestra literatura patria ambientadas en la Ciudad Condal durante la segunda mitad del siglo XX, y emparentar su creación con las muchas ucronías en las que el Tercer Reich fue el vencedor de la Segunda Guerra Mundaial, presentando así una singular España dominada por los nazis.
Con esta base tan sólida, a Planells sólo le queda desplegar su llamativa solvencia como escritor: capítulos de duración casi siempre ajustada a lo que en ellos pretende narrar, descripciones precisas y asimilables, diálogos fluidos, un uso prácticamente irreprochable del idioma... Ese dominio del oficio y el interés por lo narrado provocan que resulte complicado interrumpir la lectura. Máxime cuando las páginas, especialmente las del primero de los dos libros que mayoritariamente la conforman, presentan una sociedad decadente y conformista, pero presidida por la omnipresente sensación de que algo grave se está gestando.
El empleo que hace el escritor del recurso de las "dos Barcelonas" es bastante acertado, primero eligiendo a un subconjunto de personajes común a ambos mundos, después respetando las particularidades e historia de cada uno, y finalmente uniéndolos en un plan terrorista que resulta fallido, como no podía ser de otra forma en una novela que destila un familiar pesimismo vital. Incluso la manera casi "científica" de relacionar ambos universos, con tan sólo unos pocos lugares y personajes desdoblados, resulta solvente dentro de la innegable dificultad que entraña dotar de cierta verosimilitud a este tema.
No es ésta una novela de graves defectos, pero le habría venido muy bien haber sido pulida para haber resultado irreprochable. Quizá lo más obvio sea el hecho de que algunos tramos habrían requerido un mayor desarrollo, para calibrar mejor los roles de determinados personajes, y comprender así mejor sus inquietudes. Asimismo, algunos pasajes del Libro Segundo habrían merecido una re-escritura para llevarlo al nivel del Primero. Por otra parte, el desenlace es un tanto previsible y parcial, a causa de los cabos sueltos que deja. Y por último, sobran claramente exabruptos y, para los que no dominamos el catalán, algunos nombres femeninos en ese idioma (Mercé, Ángels, Assumpta) pueden llevarnos a confundir personajes.
En todo caso, lo fascinante de las dos Barcelonas alternativas, capítulos impactantes como casi todos los que se ocupan de Pilar Bremen, y unas bien distribuidas dosis de novela policíaca, la convierten en una lectura claramente recomendable.
El tema de los universos paralelos no es nuevo, pero el enfoque de Planells sí es original: se centra en exclusiva en dos únicos universos, entre los años 1971 y 2009, y sitúa la narración casi exclusivamente en Barcelona. Todo ello le permite entroncar su novela con tantas otras de nuestra literatura patria ambientadas en la Ciudad Condal durante la segunda mitad del siglo XX, y emparentar su creación con las muchas ucronías en las que el Tercer Reich fue el vencedor de la Segunda Guerra Mundaial, presentando así una singular España dominada por los nazis.
Con esta base tan sólida, a Planells sólo le queda desplegar su llamativa solvencia como escritor: capítulos de duración casi siempre ajustada a lo que en ellos pretende narrar, descripciones precisas y asimilables, diálogos fluidos, un uso prácticamente irreprochable del idioma... Ese dominio del oficio y el interés por lo narrado provocan que resulte complicado interrumpir la lectura. Máxime cuando las páginas, especialmente las del primero de los dos libros que mayoritariamente la conforman, presentan una sociedad decadente y conformista, pero presidida por la omnipresente sensación de que algo grave se está gestando.
El empleo que hace el escritor del recurso de las "dos Barcelonas" es bastante acertado, primero eligiendo a un subconjunto de personajes común a ambos mundos, después respetando las particularidades e historia de cada uno, y finalmente uniéndolos en un plan terrorista que resulta fallido, como no podía ser de otra forma en una novela que destila un familiar pesimismo vital. Incluso la manera casi "científica" de relacionar ambos universos, con tan sólo unos pocos lugares y personajes desdoblados, resulta solvente dentro de la innegable dificultad que entraña dotar de cierta verosimilitud a este tema.
No es ésta una novela de graves defectos, pero le habría venido muy bien haber sido pulida para haber resultado irreprochable. Quizá lo más obvio sea el hecho de que algunos tramos habrían requerido un mayor desarrollo, para calibrar mejor los roles de determinados personajes, y comprender así mejor sus inquietudes. Asimismo, algunos pasajes del Libro Segundo habrían merecido una re-escritura para llevarlo al nivel del Primero. Por otra parte, el desenlace es un tanto previsible y parcial, a causa de los cabos sueltos que deja. Y por último, sobran claramente exabruptos y, para los que no dominamos el catalán, algunos nombres femeninos en ese idioma (Mercé, Ángels, Assumpta) pueden llevarnos a confundir personajes.
En todo caso, lo fascinante de las dos Barcelonas alternativas, capítulos impactantes como casi todos los que se ocupan de Pilar Bremen, y unas bien distribuidas dosis de novela policíaca, la convierten en una lectura claramente recomendable.
domingo, 25 de septiembre de 2022
"Edad: 143 años" (1989). Jordi Sierra i Fabra
Con la presente entrada prosigo mi recorrido cronológico por los escritores más relevantes de ciencia-ficción en español. Ha llegado el turno de hablarles del barcelonés Jordi Sierra i Fabra, a través de una de sus novelas de ciencia-ficción más representativas: "Edad: 143 años". Para quienes no lo sitúen, Fabra es un prolífico autor (más de quinientos libros), que sobre todo es reconocido como escritor de libros para un público infantil y juvenil. Aunque también ha publicado decenas de libros sobre temática musical, centrados en algunos de los artistas de música contemporánea más relevantes de las últimas décadas. Semejante caudal creativo no ha sido, sin embargo, obstáculo para que Fabra se haya adentrado en algunas ocasiones en la literatura de ciencia-ficción, hasta convertirse en un nombre importante dentro del género. Siendo quizás la novela que reseño hoy su aportación más conocida al mismo: publicada originalmente en la colección Ultramar que dirigía, como ya comenté hace un par de entradas, el insigne Domingo Santos, su calidad y su temática han provocado que se haya reeditado frecuentemente desde entonces, correspondiendo la imagen que ilustra esta entrada a la reedición más reciente. Y es que el libro ofrece un meritorio y equilibrado acercamiento a la cuestión de la hibernación, con una encuesta pública ante la justicia como vehículo para desarrollar argumentos y contraargumentos, una vertiente sentimental muy adecuada (aunque un tanto esperable), y una extensión comedida que facilita la lectura.
Desarrollar una novela en torno a un juicio es sin duda más habitual en la literatura anglosajona que en la hispana, y quizá por eso la novela puede leerse sin prejuicios sobre el lugar donde fue escrita. Además, el juicio permite estructurar de manera sencilla la obra: con capítulos cortos que combinan las comparecencias de los testigos y los avatares personales del protagonista Juan Carlos Galí en los interludios, la narración es dinámica, y en ningún momento se va por las ramas. Además, Fabra realiza un exhaustivo análisis de las ventajas e inconvenientes de la hibernación desde diversas perspectivas (económica, política, sociológica, filosófica), y lo hace siempre desde la argumentación, permitiendo que el lector reflexione junto a él, en lo que constituye tal vez el mayor logro de la novela.
Otros aciertos reseñables desde mi punto de vista son: la sociedad de finales del siglo XXI, muy razonablemente evolucionada respecto a la actual (a pesar de detalles como el uso de disquetes...); la preocupación por la vertiente sentimental de la familia de Galí (potenciada por el Síndrome de Inmunodeficiencia Cerebral que Fabra inventa y establece para su hijo Jan); la interrelación que imagina entre los centros de poder (la banca - la justicia - los medios de comunicación); y la osadía de Galí recurriendo a su testigo de 145 años.
Lamentablemente, algunos defectos impiden considerarla un clásico de la literatura de ciencia-ficción en español. La encuesta pública ya es por sí misma una propuesta cuestionable, pero el fallo más obvio es la previsibilidad: desde el momento en que Jan entra en escena, el lector intuye el rol que va a desempeñar; lo mismo cuando Galí une el destino de los hibernados a la derogación de la ley anti-hibernación; incluso resulta sencillo anticipar la enfermedad de Struer. Otros defectos menos relevantes son el esquematismo de la mayoría de personajes (más propio de una cualquiera de las novelas juveniles del escritor), la omisión de roles que deberían ser clave en el juicio (como los herederos, o los albaceas de los testamentos), y en general, cierta renuencia a profundizar en los acontecimientos, en una aproximación que recuerda a las de las novelas de la Edad de Oro de la ciencia-ficción.
No obstante, a pesar de estos defectos el resultado final es claramente satisfactorio, y por ejemplo no desmerece respecto al nivel medio de los títulos editados por Ultramar en su recordada colección. Lo que considerando algunos de los autores y de las novelas publicadas en la misma, es decir mucho. Y explica por qué la novela sigue mereciendo el interés de los editores.
Desarrollar una novela en torno a un juicio es sin duda más habitual en la literatura anglosajona que en la hispana, y quizá por eso la novela puede leerse sin prejuicios sobre el lugar donde fue escrita. Además, el juicio permite estructurar de manera sencilla la obra: con capítulos cortos que combinan las comparecencias de los testigos y los avatares personales del protagonista Juan Carlos Galí en los interludios, la narración es dinámica, y en ningún momento se va por las ramas. Además, Fabra realiza un exhaustivo análisis de las ventajas e inconvenientes de la hibernación desde diversas perspectivas (económica, política, sociológica, filosófica), y lo hace siempre desde la argumentación, permitiendo que el lector reflexione junto a él, en lo que constituye tal vez el mayor logro de la novela.
Otros aciertos reseñables desde mi punto de vista son: la sociedad de finales del siglo XXI, muy razonablemente evolucionada respecto a la actual (a pesar de detalles como el uso de disquetes...); la preocupación por la vertiente sentimental de la familia de Galí (potenciada por el Síndrome de Inmunodeficiencia Cerebral que Fabra inventa y establece para su hijo Jan); la interrelación que imagina entre los centros de poder (la banca - la justicia - los medios de comunicación); y la osadía de Galí recurriendo a su testigo de 145 años.
Lamentablemente, algunos defectos impiden considerarla un clásico de la literatura de ciencia-ficción en español. La encuesta pública ya es por sí misma una propuesta cuestionable, pero el fallo más obvio es la previsibilidad: desde el momento en que Jan entra en escena, el lector intuye el rol que va a desempeñar; lo mismo cuando Galí une el destino de los hibernados a la derogación de la ley anti-hibernación; incluso resulta sencillo anticipar la enfermedad de Struer. Otros defectos menos relevantes son el esquematismo de la mayoría de personajes (más propio de una cualquiera de las novelas juveniles del escritor), la omisión de roles que deberían ser clave en el juicio (como los herederos, o los albaceas de los testamentos), y en general, cierta renuencia a profundizar en los acontecimientos, en una aproximación que recuerda a las de las novelas de la Edad de Oro de la ciencia-ficción.
No obstante, a pesar de estos defectos el resultado final es claramente satisfactorio, y por ejemplo no desmerece respecto al nivel medio de los títulos editados por Ultramar en su recordada colección. Lo que considerando algunos de los autores y de las novelas publicadas en la misma, es decir mucho. Y explica por qué la novela sigue mereciendo el interés de los editores.
martes, 23 de agosto de 2022
"Hacedor de mundos" (1986). Domingo Santos
Con la entrada que les traigo hoy continúo mi recorrido en orden cronológico por los principales escritores y obras de ciencia-ficción en España. Ha llegado el momento de hablarles del que seguramente ha sido el mayor contribuidor a la difusión de este género literario en nuestro país: Pedro Domingo Mutiñó, más conocido como Domingo Santos. Quien aparte de un notable escritor, autor de más de una decena de novelas "para adultos" (la última de las cuales es precisamente la que les traigo hoy), fue un incansable traductor de las mejores obras del género, además de editor pertinaz y director de algunas de las más relevantes colecciones de nuestro país. Toda una institución, cuya fama es incluso inferior al reconocimiento que merece. Y que explica que incluso en la actualidad el congreso español de ciencia-ficción entregue cada año un premio literario que lleva su nombre. Por no mencionar que, indudablemente, es uno de los principales responsables de que yo haya mantenido mi pasión por este género literario a lo largo de varias décadas.
Domingo fue un escritor fuertemente influido por la ingente cantidad de obras que tradujo, lo que proporcionó a su bibliografía una profundidad temática y una calidad literaria que sin duda sorprendería a quienes desde la ignorancia aún desprecian este maravilloso género. Algo que se hizo particularmente patente en "Hacedor de mundos", la novela que reseño hoy. Cuando fue publicada en 1986, Domingo era precisamente el director de Ultramar Grandes Éxitos de Bolsillo, así que aprovechó esta circunstancia para dar salida a su última gran obra en esta editorial, que por aquel entonces estaba publicando masivamente obras de escritores anglosajones relativamente emparentados estilísticamente con Domingo (Robert Silverberg, Bernard Wolfe, Tomas M. Disch, Philip José Farmer). Y es que, aunque con algunos altibajos, es ésta una novela satisfactoria, que no desmerece el nivel medio de dicha colección, y que en mi caso sirvió para desmontar los tabúes que mantenía hace casi treinta años con respecto a la literatura de ciencia-ficción española.
Y es que la idea central del libro, aunque quizá nos parezca demasiado descabellada para la ciencia actual, es muy interesante: se desconoce la magnitud del poder del protagonista, pero se adivinan unos cuestionamientos de la realidad con reminiscencias de Philip K. Dick que captan la atención del lector. En mi opinión, el comienzo es lo mejor de la novela: la dramática situación de Cobos se presenta con habilidad narrativa, y su salvación da paso a unos capítulos fascinantes. Citar entre ellos la entrevista con Pagot, la toma de contacto con los Dórleas, o simplemente la magnitud del poder. Por otra parte, como adelantaba antes, la prosa de Santos es fluida, y con un vocabulario más que notable, lo que facilita el disfrute. Tal vez abuse en su gusto por el detalle (sobre todo en las frases que suele emplear para acompañar a una conversación), y en la recurrente sustitución del impersonal por la segunda persona, pero esta novela es una buena muestra de que sus cualidades como escritor quedaban fuera de toda duda.
Es cierto que, una vez la situación queda completamente planteada, el interés desciende. Desde mi punto de vista, Santos recurre en demasía al elemento sexual entre la pareja protagonista, y deja un tanto de lado su compenetración a otros niveles. En particular el capítulo de las visiones oníricas llega a fatigar por su delirio, y hace temer al lector más páginas de ese tipo. Pero afortunadamente el autor aprovecha su conocimiento de ciudades como París y Ginebra para, a partir de ahí, relanzar la historia. A pesar de lo cual la hermandad de poseedores del poder me parece demasiado endeble, y su aniquilación no se narra con la suficiente chispa. Tampoco termina de calar en el lector la idea de que la supremacía del poder se haya clarificado completamente, así que tras unas páginas de sospechosa calma, no sorprende en demasía la aparición de los verdaderos ostentadores del poder. Pero las reflexiones que se plantean entonces sobre su influencia en el pasado y en el futuro de la humanidad sí que son de gran interés, y se adaptan perfectamente a la idea construida por él. Y el "nuevo" desenlace sí está a la altura de lo esperado, en especial unas referencias religiosas que contribuyen a mejorar la impresión global de una obra que, treinta y cinco años después, admite una lectura rigurosa por todo buen aficionado al género.
Domingo fue un escritor fuertemente influido por la ingente cantidad de obras que tradujo, lo que proporcionó a su bibliografía una profundidad temática y una calidad literaria que sin duda sorprendería a quienes desde la ignorancia aún desprecian este maravilloso género. Algo que se hizo particularmente patente en "Hacedor de mundos", la novela que reseño hoy. Cuando fue publicada en 1986, Domingo era precisamente el director de Ultramar Grandes Éxitos de Bolsillo, así que aprovechó esta circunstancia para dar salida a su última gran obra en esta editorial, que por aquel entonces estaba publicando masivamente obras de escritores anglosajones relativamente emparentados estilísticamente con Domingo (Robert Silverberg, Bernard Wolfe, Tomas M. Disch, Philip José Farmer). Y es que, aunque con algunos altibajos, es ésta una novela satisfactoria, que no desmerece el nivel medio de dicha colección, y que en mi caso sirvió para desmontar los tabúes que mantenía hace casi treinta años con respecto a la literatura de ciencia-ficción española.
Y es que la idea central del libro, aunque quizá nos parezca demasiado descabellada para la ciencia actual, es muy interesante: se desconoce la magnitud del poder del protagonista, pero se adivinan unos cuestionamientos de la realidad con reminiscencias de Philip K. Dick que captan la atención del lector. En mi opinión, el comienzo es lo mejor de la novela: la dramática situación de Cobos se presenta con habilidad narrativa, y su salvación da paso a unos capítulos fascinantes. Citar entre ellos la entrevista con Pagot, la toma de contacto con los Dórleas, o simplemente la magnitud del poder. Por otra parte, como adelantaba antes, la prosa de Santos es fluida, y con un vocabulario más que notable, lo que facilita el disfrute. Tal vez abuse en su gusto por el detalle (sobre todo en las frases que suele emplear para acompañar a una conversación), y en la recurrente sustitución del impersonal por la segunda persona, pero esta novela es una buena muestra de que sus cualidades como escritor quedaban fuera de toda duda.
Es cierto que, una vez la situación queda completamente planteada, el interés desciende. Desde mi punto de vista, Santos recurre en demasía al elemento sexual entre la pareja protagonista, y deja un tanto de lado su compenetración a otros niveles. En particular el capítulo de las visiones oníricas llega a fatigar por su delirio, y hace temer al lector más páginas de ese tipo. Pero afortunadamente el autor aprovecha su conocimiento de ciudades como París y Ginebra para, a partir de ahí, relanzar la historia. A pesar de lo cual la hermandad de poseedores del poder me parece demasiado endeble, y su aniquilación no se narra con la suficiente chispa. Tampoco termina de calar en el lector la idea de que la supremacía del poder se haya clarificado completamente, así que tras unas páginas de sospechosa calma, no sorprende en demasía la aparición de los verdaderos ostentadores del poder. Pero las reflexiones que se plantean entonces sobre su influencia en el pasado y en el futuro de la humanidad sí que son de gran interés, y se adaptan perfectamente a la idea construida por él. Y el "nuevo" desenlace sí está a la altura de lo esperado, en especial unas referencias religiosas que contribuyen a mejorar la impresión global de una obra que, treinta y cinco años después, admite una lectura rigurosa por todo buen aficionado al género.
miércoles, 10 de agosto de 2022
"Quizá nos lleve el viento al infinito" (1984). Gonzalo Torrente Ballester
Una entrada más continúo con la reseña en orden cronológico de las principales obras de ciencia-ficción en español, a cargo de sus autores más representativos. A mediados de la década de los ochenta, el hoy injustamente olvidado (los prejuicios no literarios, una vez más) Gonzalo Torrente Ballester gozaba de un gran reconocimiento de crítica y público, y se encontraba en un punto de su carrera en el que contaba con libertad absoluta para escribir lo que quisiera. Aun así, a algunos les sorprenderá que se acercara sin remilgos a la literatura de ciencia-ficción. Pero tal es el caso de "Quizá nos lleve el viento al infinito", la novela que les traigo hoy. Y es que, bajo la apariencia inicial de una trama de detectives, con la Guerra Fría vigente entonces como excusa y el Telón de Acero como trasfondo, la obra encierra un tratamiento elaborado de dos de los temas clásicos de la ciencia-ficción: los robots de aspecto humano (androides, cyborgs...), y la trasmudación de los cuerpos. Con algunas licencias literarias fáciles de detectar para el aficionado al género, y un resultado irregular.
Como si de un homenaje explícito a Isaac Asimov se tratara, Ballester escoge también el envoltorio detectivesco para ir introduciendo la carga especulativa y el sentido de la maravilla característicos de la ciencia-ficción clásica. Aunque en ningún momento el escritor especifica la fecha en la que suceden los acontecimientos, se entiende que la acción transcurre en los años ochenta del pasado siglo. Unos años en los que las en apariencia poderosas organizaciones de espionaje a uno y otro lado del Muro de Berlín (en realidad parodiadas por Ballester para evidenciar la prevalencia en las mismas de las pasiones humanas, así como el escaso nivel de sus dirigentes) andan desconcertadas por una serie de actos de contraespionaje inexplicables, los cuales, sólo mediante un esfuerzo consciente por dejar el raciocinio aparte, comienzan a ser atribuidos a un personaje misterioso de naturaleza incierta: el "Maestro de las huellas que se pierden en la niebla". Un personaje que lleva hasta el extremo la especulación sobre la transmudación de los cuerpos, dejando atrás por ejemplo el acercamiento hecho por Dick al tema sólo unos años antes en "La Transmigración de Timothy Archer".
Por si todo lo anterior fuera poco, y sin renunciar a sus parodias, Ballester añade varios robots a su trama. Empezando por identificar al muy popular James Bond como un robot (por cierto, ya en desuso), e incorporando después otros dos robots de apariencia humana: mujeres atractivas, de papel fundamental en la obra, que intentarán alcanzar su libertad individual más allá de su mecanicismo programado por caminos antagónicos.
El problema de la novela es que Ballester no trabaja lo suficiente algunas cuestiones básicas para dotar de consistencia a su obra, y se permite ciertas licencias que suponen un plus de esfuerzo para el lector. El primer gran obstáculo es que no se comprende por qué tanto revuelo en ambos servicios secretos: la alusión a la filtración de un Plan Estratégico, que posteriormente será contrarrestrada por otro Plan de similar naturaleza en el bando contrario, es siempre velada y opaca, y nunca ejerce de motor sobre el que gire la trama. De suerte que, en especial durante el primer tercio del libro, la novela es poco más que una serie de transmudaciones del Maestro, sin demasiado sentido ni atractivo a los ojos del lector. A ello se suma una prosa barroca, demasiado recargada, que a veces se detiene en detalles nimios y otras pasa por alto explicaciones básicas.
Lo peor, sin duda, es lo mal que están resueltas las metamorfosis del Maestro. Aunque el escritor menciona la infancia del protagonista y un maestro hindú que le ayudó a perfeccionar sus habilidades, la técnica empleada es completamente inverosímil, y la adopción inmediata de los rasgos de la persona suplantada, inadmisible. Además, ésta permanece en una especie de estado comatoso durante días, para regresar luego a su ser como si nada... Los androides, en cambio, sí resultan más plausibles, con sus cables y su necesidad periódica de energía, y el por otra parte excesivamente largo epílogo en el que Ballester intenta justificar cómo Irina fue desarrollando su personalidad mística, contribuye a ello.
Con estos inconvenientes, que apartan la novela de una mejor valoración global, lo sensato es quedarse con los aciertos que aún hoy en día mantiene la novela: la ambientación de París y Berlín en la Guerra Fría, las profusas especulaciones sobre los robots, la yuxtaposición entre vida orgánica y vida mecánica, la inesperada solidez de la historia de amor entre el Maestro e Irina, y el cuestionamiento final sobre la auténtica naturaleza del Maestro. Mimbres que podrían haber servido para crear una gran novela, y no una curiosidad bibliográfica de un excelente escritor.
Como si de un homenaje explícito a Isaac Asimov se tratara, Ballester escoge también el envoltorio detectivesco para ir introduciendo la carga especulativa y el sentido de la maravilla característicos de la ciencia-ficción clásica. Aunque en ningún momento el escritor especifica la fecha en la que suceden los acontecimientos, se entiende que la acción transcurre en los años ochenta del pasado siglo. Unos años en los que las en apariencia poderosas organizaciones de espionaje a uno y otro lado del Muro de Berlín (en realidad parodiadas por Ballester para evidenciar la prevalencia en las mismas de las pasiones humanas, así como el escaso nivel de sus dirigentes) andan desconcertadas por una serie de actos de contraespionaje inexplicables, los cuales, sólo mediante un esfuerzo consciente por dejar el raciocinio aparte, comienzan a ser atribuidos a un personaje misterioso de naturaleza incierta: el "Maestro de las huellas que se pierden en la niebla". Un personaje que lleva hasta el extremo la especulación sobre la transmudación de los cuerpos, dejando atrás por ejemplo el acercamiento hecho por Dick al tema sólo unos años antes en "La Transmigración de Timothy Archer".
Por si todo lo anterior fuera poco, y sin renunciar a sus parodias, Ballester añade varios robots a su trama. Empezando por identificar al muy popular James Bond como un robot (por cierto, ya en desuso), e incorporando después otros dos robots de apariencia humana: mujeres atractivas, de papel fundamental en la obra, que intentarán alcanzar su libertad individual más allá de su mecanicismo programado por caminos antagónicos.
El problema de la novela es que Ballester no trabaja lo suficiente algunas cuestiones básicas para dotar de consistencia a su obra, y se permite ciertas licencias que suponen un plus de esfuerzo para el lector. El primer gran obstáculo es que no se comprende por qué tanto revuelo en ambos servicios secretos: la alusión a la filtración de un Plan Estratégico, que posteriormente será contrarrestrada por otro Plan de similar naturaleza en el bando contrario, es siempre velada y opaca, y nunca ejerce de motor sobre el que gire la trama. De suerte que, en especial durante el primer tercio del libro, la novela es poco más que una serie de transmudaciones del Maestro, sin demasiado sentido ni atractivo a los ojos del lector. A ello se suma una prosa barroca, demasiado recargada, que a veces se detiene en detalles nimios y otras pasa por alto explicaciones básicas.
Lo peor, sin duda, es lo mal que están resueltas las metamorfosis del Maestro. Aunque el escritor menciona la infancia del protagonista y un maestro hindú que le ayudó a perfeccionar sus habilidades, la técnica empleada es completamente inverosímil, y la adopción inmediata de los rasgos de la persona suplantada, inadmisible. Además, ésta permanece en una especie de estado comatoso durante días, para regresar luego a su ser como si nada... Los androides, en cambio, sí resultan más plausibles, con sus cables y su necesidad periódica de energía, y el por otra parte excesivamente largo epílogo en el que Ballester intenta justificar cómo Irina fue desarrollando su personalidad mística, contribuye a ello.
Con estos inconvenientes, que apartan la novela de una mejor valoración global, lo sensato es quedarse con los aciertos que aún hoy en día mantiene la novela: la ambientación de París y Berlín en la Guerra Fría, las profusas especulaciones sobre los robots, la yuxtaposición entre vida orgánica y vida mecánica, la inesperada solidez de la historia de amor entre el Maestro e Irina, y el cuestionamiento final sobre la auténtica naturaleza del Maestro. Mimbres que podrían haber servido para crear una gran novela, y no una curiosidad bibliográfica de un excelente escritor.
domingo, 17 de julio de 2022
"Lágrimas de luz" (1982). Rafael Marín
Una entrada más prosigo con mi reseña en orden cronológico de muchas de las principales obras de ciencia-ficción escritas en España. Llegamos a 1982, año en que fue publicada por vez primera "Lágrimas de luz", la opera prima del gaditano Rafael Marín Trechera (no confundir con el poeta Rafael Marín). Una novela que casi desde el principio fue considerada un clásico menor de la literatura de ciencia-ficción en nuestra idioma, entrando a formar parte apenas tres años más tarde de la emblemática "Biblioteca de Ciencia-Ficción" de la Editorial Orbis, y recibiendo desde entonces continuas reediciones hasta nuestros días. Un reconocimiento que comparto solamente en parte. Y es que la presente es una novela variada, densa y bien escrita, sobre la vida de Hamlet Evans en un futuro muy lejano. Pero a la que le sobran coincidencias, le falta evolución social, y le perjudican excesivas dosis de lirismo.
Defectos que, debo reconocer, resultan mayormente disculpables si consideramos que Marín tenía tan sólo veintidós años cuando escribió este libro. A tan corta edad ya mostraba una poderosa personalidad como escritor, así como un gran dominio de nuestro idioma. Dos pilares que le sirvieron de base para elaborar un recorrido de algo más de veinte años por la vida de Hamlet, su protagonista absoluto. Un periplo en el que no faltan encuentros sexuales, ni pasajes de aventura, ni dosis de especulación, ni siquiera varias razas extraterrresteres como los nors o los ascaris. Todo lo cual contribuye a la riqueza argumental y a la amenidad del libro, y fue clave para conferirle ese lugar de privilegio en nuestra literatura al que aludía anteriormente.
Virtudes que no consiguen empañar ciertos defectos que explican que mi impresión final no fuera todo lo que favorable que esperaba cuando la leí. El más obvio es la ausencia de un motor, de una misión que dinamice la lectura: la vida de Hamlet va transcurriendo por distintas etapas sin demasiada hilazón entre ellas, y ello provoca la alternancia de capítulos brillantes y disfrutables (en especial su periodo como poeta oficial a bordo de la Marfil), con otros eminentemente filosóficos, o algunos simplemente especulativos en demasía, o más enfocados a potenciar el lirismo de la novela que a relatar las peripecias del protagonista. Con lo cual el interés del lector va sufriendo altibajos.
A ello debemos añadir que la Tercera Edad Media que Marín imagina para su futuro lejano resulta sorprendentemente inmovilista desde el punto de vista social: la poesía como herramienta imprescindible para ensalzar las victorias de la Corporación en su expansión por la Galaxia parece un arcaísmo ingenuo; más aún presentar un circo muy similar a los actuales (detalles tecnológicos aparte) como uno de los principales entretenimientos de masas en ese futuro tan lejano. La brutalidad de esa Corporación que se expande sin piedad por el Confín también parece más propia de un estado evolutivo anterior de la especie humana. Y como guinda, en tan vasto marco escénico, con miles y miles de millones de seres humanos que en principio deberían haber evolucionado en sus cualidades, Marín se toma ciertas licencias en forma de errores garrafales (como los que comete el Capitán Ares Wayne), o de nada plausibles coincidencias (como los reencuentros de Hamlet con Orfeo), que no ayudan a la sensación de verosimilitud. Otros defectos menores son la imposible sostenibilidad, ni siquiera a corto plazo, de la división social en el planeta Mandara, el posicionamiento nada disimulado y reiterativo de Marín en contra de la colonización perpetua de la Corporación, y la atribución a un ente difícilmente aprehensible como Nueva York del poder absoluto sobre toda la humanidad.
A cambio, la novela ofrece un elemento científico razonablemente bien cuidado (desde "alterados" creados por las más avanzadas técnicas de la Corporación, hasta "tormentas magnéticas"), una buena caracterización de los personajes con los que se va cruzando Hamlet en su periplo vital (desde la camaradería de Salvador, hasta los episodios de amor con Hroswitha o Wimdyl), la humanidad que desprenden sus páginas, o la manera como enlaza el principio y el fin de la historia, ambos focalizados en la vida de Hamlet como director de circo. Argumentos que, sin duda, justifican una lectura por parte de aquellos interesados en conocer la literatura de ciencia-ficción en nuestro país.
Defectos que, debo reconocer, resultan mayormente disculpables si consideramos que Marín tenía tan sólo veintidós años cuando escribió este libro. A tan corta edad ya mostraba una poderosa personalidad como escritor, así como un gran dominio de nuestro idioma. Dos pilares que le sirvieron de base para elaborar un recorrido de algo más de veinte años por la vida de Hamlet, su protagonista absoluto. Un periplo en el que no faltan encuentros sexuales, ni pasajes de aventura, ni dosis de especulación, ni siquiera varias razas extraterrresteres como los nors o los ascaris. Todo lo cual contribuye a la riqueza argumental y a la amenidad del libro, y fue clave para conferirle ese lugar de privilegio en nuestra literatura al que aludía anteriormente.
Virtudes que no consiguen empañar ciertos defectos que explican que mi impresión final no fuera todo lo que favorable que esperaba cuando la leí. El más obvio es la ausencia de un motor, de una misión que dinamice la lectura: la vida de Hamlet va transcurriendo por distintas etapas sin demasiada hilazón entre ellas, y ello provoca la alternancia de capítulos brillantes y disfrutables (en especial su periodo como poeta oficial a bordo de la Marfil), con otros eminentemente filosóficos, o algunos simplemente especulativos en demasía, o más enfocados a potenciar el lirismo de la novela que a relatar las peripecias del protagonista. Con lo cual el interés del lector va sufriendo altibajos.
A ello debemos añadir que la Tercera Edad Media que Marín imagina para su futuro lejano resulta sorprendentemente inmovilista desde el punto de vista social: la poesía como herramienta imprescindible para ensalzar las victorias de la Corporación en su expansión por la Galaxia parece un arcaísmo ingenuo; más aún presentar un circo muy similar a los actuales (detalles tecnológicos aparte) como uno de los principales entretenimientos de masas en ese futuro tan lejano. La brutalidad de esa Corporación que se expande sin piedad por el Confín también parece más propia de un estado evolutivo anterior de la especie humana. Y como guinda, en tan vasto marco escénico, con miles y miles de millones de seres humanos que en principio deberían haber evolucionado en sus cualidades, Marín se toma ciertas licencias en forma de errores garrafales (como los que comete el Capitán Ares Wayne), o de nada plausibles coincidencias (como los reencuentros de Hamlet con Orfeo), que no ayudan a la sensación de verosimilitud. Otros defectos menores son la imposible sostenibilidad, ni siquiera a corto plazo, de la división social en el planeta Mandara, el posicionamiento nada disimulado y reiterativo de Marín en contra de la colonización perpetua de la Corporación, y la atribución a un ente difícilmente aprehensible como Nueva York del poder absoluto sobre toda la humanidad.
A cambio, la novela ofrece un elemento científico razonablemente bien cuidado (desde "alterados" creados por las más avanzadas técnicas de la Corporación, hasta "tormentas magnéticas"), una buena caracterización de los personajes con los que se va cruzando Hamlet en su periplo vital (desde la camaradería de Salvador, hasta los episodios de amor con Hroswitha o Wimdyl), la humanidad que desprenden sus páginas, o la manera como enlaza el principio y el fin de la historia, ambos focalizados en la vida de Hamlet como director de circo. Argumentos que, sin duda, justifican una lectura por parte de aquellos interesados en conocer la literatura de ciencia-ficción en nuestro país.
domingo, 3 de julio de 2022
"Viaje a un planeta Wu Wei" (1976). Gabriel Bermúdez Castillo
Una entrada más prosigo con los escritores españoles que han alcanzado una mayor relevancia a la hora de escribir literatura de ciencia-ficción. Nuestro recorrido a lo largo de los años nos sitúa ya en 1976, año en que fue publicado por primera vez "Viaje a un planeta Wu Wei", del aragonés Gabriel Bermúdez Castillo. Una obra que inicialmente tuvo una difusión muy limitada, pero que a lo largo de las décadas ha sido reeditada en diversas ocasiones, lo que refleja el impacto que, de manera gradual, ha ido alcanzando en nuestro país. Y es que se trata de una novela muy extensa, densa, que acerca con habilidad la ciencia-ficción a otros géneros literarios, con un saludable gusto por las aventuras, un contexto que resulta mucho más sólido de lo que inicialmente parece, y una cierta irregularidad que juega en su contra y lastra en cierta medida el resultado final.
En mi opinión, las dos mayores virtudes de este libro son la gestión del factor sorpresa, y la versatilidad para dar cabida dentro de su trama a otros géneros. La sorpresa está muy presente nada más arrancar (con el peculiar destierro de la ciudad que sufre Sergio Armstrong, protagonista absoluto de la historia, tan pronto como éste comienza a profundizar en la vida que llevan los seres humanos en la Tierra), y de manera especial en el tramo final (tras la muerte del presidente Jorge III), cuando muchas piezas que hasta entonces habían parecido entre inconexas e inverosímiles encajan con una naturalidad pasmosa. Y la versatilidad la reflejan los múltiples géneros por los que va transitando la novela según avanzan los capítulos: ciencia-ficción que deviene en novela de aventuras cuyo único objetivo es la supervivencia, después western, más tarde fantasía, elementos de terror, nuevamente aventuras, capítulos de fuerte contenido mitológico, y vuelta a la ciencia-ficción para dotar a (casi) todo lo anterior de sentido. Tal ambición justifica sobradamente la extensión del libro.
En el capítulo de las virtudes podemos incluir la habilidad literaria del escritor para sacarle partido a los episodios de aventuras que periódicamente dinamizan la acción. Otro punto fuerte es el elenco de personajes: además del propio Sergio, quien resulta razonablemente solvente pese a que sus motivaciones sólo se comprenden en las páginas finales, el lector le acaba cogiendo cariño a unos personajes en el límite de lo excesivo pero que no dejan indiferentes: el Vikingo, el Manchurri, Marta di Jorse, el Capitán Grotton... La filosofía Wu-Wei que da título al libro, mezcla de anarquía, pasividad y comunión con la naturaleza, también resulta aprehensible, pese a que nunca se llega a explicar del todo. Y la abundancia de conceptos creados por Bermúdez para ambientar su particular universo (autociclos, mandriles, Piedra de la Luna, cellisas) y de otros ajenos pero provocativos y bien engarzados en la trama (poligamia, ausencia de Estado, canibalismo) refleja a las claras la riqueza argumental de la novela.
Para mí los dos defectos que más negativamente afectan al resultado final son la prevalencia en diversos momentos de los elementos fantásticos y de terror, y la extensión de todos los capítulos. Y es que la novela habría sido casi igual de ambiciosa pero mucho más defendible sin elfos, náyades, conjuros y demás parafernalia que ni siquiera las explicaciones finales consiguen justificar. Por no hablar de Herder, BILETO, la estrella Gabkar, los palacios que cambian de forma, y la presencia de elementos malignos, sin duda las páginas más pesadas de toda la novela. Sólo un escalón por debajo se sitúa el hecho de que con ciento y pico mil palabras escritas tan sólo haya trece capítulos. Ello se explica porque Bermúdez enlaza episodios inconexos dentro de un mismo capítulo sin dar tregua al lector, por lo que salvo cuando la aventura está en su punto álgido, la fatiga suele aparecer. Tampoco ayuda una cierta petulancia a la hora de escoger el vocabuliario, ni una edición (a cargo de la editorial Avalón) poco cuidada, que eliminaba puntos y aparte, mezclaba diálogos con descripciones, y aprovechaba sin disimulo hasta el último espacio disponible.
El final, con todas las explicaciones que proporciona el autor sobre los acontecimientos pretéritos que desembocan en la situación presente, y el posicionamiento nítido del autor en contra del tecnológico mundo sobre-controlado y en favor del Wu-Wei, mejora claramente la impresión global, y confirma la existencia de un plan concienzudo de Bermúdez para hacer reflexionar al lector más allá del mero entretenimiento. Lo que posiblemente explique que a día de hoy se considere a esta nivela un clásico menor dentro de la literatura de ciencia-ficción en España, y que desde mi punto de vista merezca una lectura en cualquiera de esas continuas reediciones a las que aludía al comienzo.
En mi opinión, las dos mayores virtudes de este libro son la gestión del factor sorpresa, y la versatilidad para dar cabida dentro de su trama a otros géneros. La sorpresa está muy presente nada más arrancar (con el peculiar destierro de la ciudad que sufre Sergio Armstrong, protagonista absoluto de la historia, tan pronto como éste comienza a profundizar en la vida que llevan los seres humanos en la Tierra), y de manera especial en el tramo final (tras la muerte del presidente Jorge III), cuando muchas piezas que hasta entonces habían parecido entre inconexas e inverosímiles encajan con una naturalidad pasmosa. Y la versatilidad la reflejan los múltiples géneros por los que va transitando la novela según avanzan los capítulos: ciencia-ficción que deviene en novela de aventuras cuyo único objetivo es la supervivencia, después western, más tarde fantasía, elementos de terror, nuevamente aventuras, capítulos de fuerte contenido mitológico, y vuelta a la ciencia-ficción para dotar a (casi) todo lo anterior de sentido. Tal ambición justifica sobradamente la extensión del libro.
En el capítulo de las virtudes podemos incluir la habilidad literaria del escritor para sacarle partido a los episodios de aventuras que periódicamente dinamizan la acción. Otro punto fuerte es el elenco de personajes: además del propio Sergio, quien resulta razonablemente solvente pese a que sus motivaciones sólo se comprenden en las páginas finales, el lector le acaba cogiendo cariño a unos personajes en el límite de lo excesivo pero que no dejan indiferentes: el Vikingo, el Manchurri, Marta di Jorse, el Capitán Grotton... La filosofía Wu-Wei que da título al libro, mezcla de anarquía, pasividad y comunión con la naturaleza, también resulta aprehensible, pese a que nunca se llega a explicar del todo. Y la abundancia de conceptos creados por Bermúdez para ambientar su particular universo (autociclos, mandriles, Piedra de la Luna, cellisas) y de otros ajenos pero provocativos y bien engarzados en la trama (poligamia, ausencia de Estado, canibalismo) refleja a las claras la riqueza argumental de la novela.
Para mí los dos defectos que más negativamente afectan al resultado final son la prevalencia en diversos momentos de los elementos fantásticos y de terror, y la extensión de todos los capítulos. Y es que la novela habría sido casi igual de ambiciosa pero mucho más defendible sin elfos, náyades, conjuros y demás parafernalia que ni siquiera las explicaciones finales consiguen justificar. Por no hablar de Herder, BILETO, la estrella Gabkar, los palacios que cambian de forma, y la presencia de elementos malignos, sin duda las páginas más pesadas de toda la novela. Sólo un escalón por debajo se sitúa el hecho de que con ciento y pico mil palabras escritas tan sólo haya trece capítulos. Ello se explica porque Bermúdez enlaza episodios inconexos dentro de un mismo capítulo sin dar tregua al lector, por lo que salvo cuando la aventura está en su punto álgido, la fatiga suele aparecer. Tampoco ayuda una cierta petulancia a la hora de escoger el vocabuliario, ni una edición (a cargo de la editorial Avalón) poco cuidada, que eliminaba puntos y aparte, mezclaba diálogos con descripciones, y aprovechaba sin disimulo hasta el último espacio disponible.
El final, con todas las explicaciones que proporciona el autor sobre los acontecimientos pretéritos que desembocan en la situación presente, y el posicionamiento nítido del autor en contra del tecnológico mundo sobre-controlado y en favor del Wu-Wei, mejora claramente la impresión global, y confirma la existencia de un plan concienzudo de Bermúdez para hacer reflexionar al lector más allá del mero entretenimiento. Lo que posiblemente explique que a día de hoy se considere a esta nivela un clásico menor dentro de la literatura de ciencia-ficción en España, y que desde mi punto de vista merezca una lectura en cualquiera de esas continuas reediciones a las que aludía al comienzo.
sábado, 18 de junio de 2022
"Corte de corteza" (1969). Daniel Sueiro
Con la presente entrada continúo la reseña en orden cronológico de escritores que han escrito ciencia-ficción en España, a través de sus obras más representativas. Estamos ya a finales de la década de los sesenta, año en que vio la luz "Corte de corteza", del gallego Daniel Sueiro. Un autor que sólo ocasionalmente se acercó al género que nos apasiona en este blog. En su momento Suiero ya obtuvo con esta novela un reconocimiento notable (fue galardonada con el Premio Alfaguara). Y debo empezar aclarando que, pese a tratarse de un género poco habitual en su bibliografía, sigue siendo un fiel reflejo de su fuerte personalidad como escritor, siempre interesado en un realismo que le permitiera realizar una afilada crítica social. Es ésta, además, una novela que llama la atención por su temática, si tenemos en cuenta que se escribió en pleno tardofranquismo. Pero también debo advertiles de que estamos ante un libro que podría haber dado bastante más de sí. Y es que "Corte de corteza" es una muy elaborada novela sobre el primer transplante de cerebro humano, certera desde el punto de vista prospectivo, pero lastrada desde el punto de vista literario por esa intensa personalidad de su escritor.
Sueiro nos presenta un argumento atractivo, lo sitúa y ambienta con solvencia en el país en el que en buena lógica este tipo de cirugía debería emplearse en primer lugar (los E.E.U.U.), y lo rodea de unos muy bien elaborados conceptos científicos y tecnológicos. Pero todos esos mimbres con los que elabora su obra quedan en un desconcertante segundo plano por la obsesión del escritor en detenerse una y otra vez en feroces críticas de la sociedad contemporánea occidental. Desde el patriotismo impuesto hasta el consumismo innecesario, pasando por la "tranquilidad" de los chalets "a las afueras" que al poco terminan formando parte de la estresante ciudad de la que pretendían alejarse, nada escapa a su ironía, a su sarcasmo, a su pesimismo. Con una desmesura que le lleva a interrumpir una y otra vez una trama que pedía a gritos una mayor continuidad.
A ello debemos sumarle esa fuerte personalidad literaria a la que aludía antes, y que se traduce en una prosa de párrafos larguísimos, de frases subordinadas con hasta diez y quince comas, de capítulos enteros sin apenas diálogos. Con recursos tan cuestionables como el consistente en iniciar a menudo capítulos con varios párrafos que no identifican siquiera al sujeto de los mismos, provocando el desconcierto o incluso el rechazo del lector. Algo difícil de defender ante un argumento que por fuerza debería incorporar dinamismo, interacciones, tensión, concrección. Y que provoca que la operación de transplante en sí no suceda hasta la segunda mitad de la novela, y que lo realmente interesante (las consecuencias a múltiples niveles de dicha operación) apenas se cubra en el último tercio.
Y es una pena, porque la novela encierra meritorias virtudes. Como el elenco de personajes: no sólo Adam y David, los dos sujetos del transplante, con sus antagonismos físicos y vitales, sino también sus parejas y amantes, y el equipo médico (con mención especial para el personaje de origen español, el destructivo Doctor Castro, quizá el inesperado verdadero protagonista de la obra). O como la gran cantidad de detalles de la sociedad del futuro (avances médicos, artilugios tecnológicos, cambios sociales...), cautivadoramente certeros en su mayoría. O como la vanalidad social de muchos personajes, más ocupados en su fama o en el dinero que en su responsabilidad social.
Sólo en el último tercio, cuando el lector ya se ha dejado por el camino buena parte de sus expectativas, el binomio Adam-David se erige en el centro de la novela. Las fases por las que atraviesa son plausibles y están bien capturadas. Y Sueiro no se olvida de visitar ningún escenario que pueda darle juego a esta nueva realidad (con mención especial para la epatante fiesta en casa del Doctor Blanch, seguramente lo más recordable de la novela). Pero todo sucede demasiado rápido en comparación con las dos terceras partes anteriores, de suerte que incluso el original desenlace, con su doble vertiente suicidio-asesinato, aun mejorando la impresión final de la novela, no logra tanto impacto como su autor habría esperado. No obstante, se trata de una novela que ha envejecido lo suficientemente bien como para seguir mereciendo una lectura si queremos conocer una de las primeras incursiones literarias en la ciencia-ficción más puramente tecnológica de nuestro país.
Sueiro nos presenta un argumento atractivo, lo sitúa y ambienta con solvencia en el país en el que en buena lógica este tipo de cirugía debería emplearse en primer lugar (los E.E.U.U.), y lo rodea de unos muy bien elaborados conceptos científicos y tecnológicos. Pero todos esos mimbres con los que elabora su obra quedan en un desconcertante segundo plano por la obsesión del escritor en detenerse una y otra vez en feroces críticas de la sociedad contemporánea occidental. Desde el patriotismo impuesto hasta el consumismo innecesario, pasando por la "tranquilidad" de los chalets "a las afueras" que al poco terminan formando parte de la estresante ciudad de la que pretendían alejarse, nada escapa a su ironía, a su sarcasmo, a su pesimismo. Con una desmesura que le lleva a interrumpir una y otra vez una trama que pedía a gritos una mayor continuidad.
A ello debemos sumarle esa fuerte personalidad literaria a la que aludía antes, y que se traduce en una prosa de párrafos larguísimos, de frases subordinadas con hasta diez y quince comas, de capítulos enteros sin apenas diálogos. Con recursos tan cuestionables como el consistente en iniciar a menudo capítulos con varios párrafos que no identifican siquiera al sujeto de los mismos, provocando el desconcierto o incluso el rechazo del lector. Algo difícil de defender ante un argumento que por fuerza debería incorporar dinamismo, interacciones, tensión, concrección. Y que provoca que la operación de transplante en sí no suceda hasta la segunda mitad de la novela, y que lo realmente interesante (las consecuencias a múltiples niveles de dicha operación) apenas se cubra en el último tercio.
Y es una pena, porque la novela encierra meritorias virtudes. Como el elenco de personajes: no sólo Adam y David, los dos sujetos del transplante, con sus antagonismos físicos y vitales, sino también sus parejas y amantes, y el equipo médico (con mención especial para el personaje de origen español, el destructivo Doctor Castro, quizá el inesperado verdadero protagonista de la obra). O como la gran cantidad de detalles de la sociedad del futuro (avances médicos, artilugios tecnológicos, cambios sociales...), cautivadoramente certeros en su mayoría. O como la vanalidad social de muchos personajes, más ocupados en su fama o en el dinero que en su responsabilidad social.
Sólo en el último tercio, cuando el lector ya se ha dejado por el camino buena parte de sus expectativas, el binomio Adam-David se erige en el centro de la novela. Las fases por las que atraviesa son plausibles y están bien capturadas. Y Sueiro no se olvida de visitar ningún escenario que pueda darle juego a esta nueva realidad (con mención especial para la epatante fiesta en casa del Doctor Blanch, seguramente lo más recordable de la novela). Pero todo sucede demasiado rápido en comparación con las dos terceras partes anteriores, de suerte que incluso el original desenlace, con su doble vertiente suicidio-asesinato, aun mejorando la impresión final de la novela, no logra tanto impacto como su autor habría esperado. No obstante, se trata de una novela que ha envejecido lo suficientemente bien como para seguir mereciendo una lectura si queremos conocer una de las primeras incursiones literarias en la ciencia-ficción más puramente tecnológica de nuestro país.
sábado, 21 de mayo de 2022
"La nave" (1959). Tomás Salvador
Una nueva entrada prosigo mi recorrido en orden cronológico por los principales escritores que han publicado literatura de ciencia-ficción en España. Nos situamos en el año 1959, que fue cuando vio la luz la que es casi unánimemente reconocida como la primera novela de ciencia-ficción de nuestro país: "La nave", del palentino Tomás Salvador. Al igual que sucedía con mi anterior entrada, ese "Viaje a los efímeros" de Agustín de Foxá del cual comentaba que podría integrarse sin mayores problemas en cualquier antología de relatos del género en la década de los cincuenta, "La nave" podría con naturalidad formar parte de cualquier selección internacional de novelas recomendadas de dicha década. Y es que nos hallamos ante un caso poco habitual: una obra que desde su publicación ha sido igualmente ensalzada por crítica y público, lo que explica sus frecuentes reediciones. Y ello a pesar de que, también de manera análoga a mi anterior entrada, Salvador es desde hace décadas un escritor un tanto denostado en España, tanto por haber formado parte de la "Divisón Azul" durante la Segunda Guerra Mundial, como por su condición de "hombre del régimen" durante la dictadura franquista. Igual que en mi anterior entrada, reitero que en este repaso me estoy centrando solamente en la relevancia de las obras, independientemente de la filiación política de sus autores. Relevancia que, como les decía, queda en este caso fuera de toda duda. Porque "La nave" constituye un hito en la literatura de ciencia-ficción en español: original, bien estructurada, mejor desarrollada, y escrita con una calidad que nada tiene que envidiar a la de las mejores novelas anglosajonas de aquellos años.
La nave es un artefacto intergeneracional que, setecientos años atrás, partió al espacio como la mayor expedición jamás lanzada desde la Tierra hasta entonces, pero que fracasó en llegar a su destino, degenerando así de su propósito inicial a la sociedad presente, embrutecida y segmentada en dos grupos de seres humanos que apenas se interrelacionan. Solamente el Hombre de Letras, educado para escribir en el Libro de la nave, mantiene el suficiente nivel cultural para por lo menos continuar la historia escrita de lo acaecido desde el comienzo de la expedición. La originalidad de la novela reside, pues, en el planteamiento de la nave como un sistema social cerrado. Si bien podría ser cuestionable la autonomía de la nave para continuar funcionando tras siete siglos sin que los seres humanos a bordo sean capaces ya de realizar la mayoría de las tareas de mantenimiento necesarias, Salvador logra presentar esta circunstancia de manera razonable, por lo cual el deterioro gradual de los seres humanos a bordo resulta tan plausible como sugestivo. Y que Shim, su protagonista absoluto, tenga como Hombre de Letras la responsabilidad de seguir actualizando el Libro, le sirve tanto para realizar una mirada retrospectiva al pasado como para poner en marcha el cambio hacia el futuro.
Como decía, Salvador opta por utilizar ese sistema cerrado para explorar la lucha entre dos razas: los wit, herederos de los primeros astronautas pero actualmente confinados a causa del deterioro de la vida a bordo a los niveles inferiores de la nave, y los kros, surgidos precisamente a causa de la evolución de las condiciones a bordo, y que ostentan un poder dinástico en franca decadencia. Para ello el escritor estructura la novela en tres partes, cada una con un estilo narrativo propio. Durante la primera, a través de las lecturas y las reflexiones de Shim, se nos explica cómo la situación fue degenerando hasta llegar al enfrentamiento presente, de manera subyugante conforme avanzan sus capítulos "binarios". En la segunda, el descenso del mutilado Shim a los niveles interiores nos muestra la inesperada riqueza social de las siete familias wit, así como sus incipientes "avances" tecnológicos tras siglos de estancamiento. Y en la tercera, con Shim ya convertido en Novarca (una especie de Mesías de ese sistema cerrado), Salvador se detiene en los lógicos intentos por fusionar ambas razas y solventar así el conflicto.
La novela sigue sorprendiendo por la frescura que conserva a pesar de las décadas transcurridas desde su publicación, por la coherencia de los acontecimientos a bordo y sus consecuencias, y por la gradual evolución que encierran sus páginas. Resulta amena y bien escrita a partes iguales, y para no ser un autor de sólida formación científica, el elemento científico está razonablemente bien presentado, sin apenas anacronismos o artefactos trasnochados. Posee las dosis necesarias de humanidad, y fomenta casi desde el comienzo la especulación por parte del lector, algo siempre necesario en las buenas novelas del género.
En cuanto a los defectos, en mi opinión falla un tanto la redacción "lírica" de la tercera parte, esos versos libres con carácter epopéyico que ni riman ni entretienen como las dos partes anteriores. En menor medida, el comienzo resulta un poco lento, y no es complicado toparse con algún detalle poco creíble, además de una segunda parte de desenlace un tanto previsible. Y estaría bien que el final aclarara un poco más qué podría suceder desde el punto en que se interrumpe la narración en adelante. Aun así, resulta una lectura recomendable para todos aquellos que quieran presumir de conocer las mejores obras de la literatura de ciencia-ficción en español.
La nave es un artefacto intergeneracional que, setecientos años atrás, partió al espacio como la mayor expedición jamás lanzada desde la Tierra hasta entonces, pero que fracasó en llegar a su destino, degenerando así de su propósito inicial a la sociedad presente, embrutecida y segmentada en dos grupos de seres humanos que apenas se interrelacionan. Solamente el Hombre de Letras, educado para escribir en el Libro de la nave, mantiene el suficiente nivel cultural para por lo menos continuar la historia escrita de lo acaecido desde el comienzo de la expedición. La originalidad de la novela reside, pues, en el planteamiento de la nave como un sistema social cerrado. Si bien podría ser cuestionable la autonomía de la nave para continuar funcionando tras siete siglos sin que los seres humanos a bordo sean capaces ya de realizar la mayoría de las tareas de mantenimiento necesarias, Salvador logra presentar esta circunstancia de manera razonable, por lo cual el deterioro gradual de los seres humanos a bordo resulta tan plausible como sugestivo. Y que Shim, su protagonista absoluto, tenga como Hombre de Letras la responsabilidad de seguir actualizando el Libro, le sirve tanto para realizar una mirada retrospectiva al pasado como para poner en marcha el cambio hacia el futuro.
Como decía, Salvador opta por utilizar ese sistema cerrado para explorar la lucha entre dos razas: los wit, herederos de los primeros astronautas pero actualmente confinados a causa del deterioro de la vida a bordo a los niveles inferiores de la nave, y los kros, surgidos precisamente a causa de la evolución de las condiciones a bordo, y que ostentan un poder dinástico en franca decadencia. Para ello el escritor estructura la novela en tres partes, cada una con un estilo narrativo propio. Durante la primera, a través de las lecturas y las reflexiones de Shim, se nos explica cómo la situación fue degenerando hasta llegar al enfrentamiento presente, de manera subyugante conforme avanzan sus capítulos "binarios". En la segunda, el descenso del mutilado Shim a los niveles interiores nos muestra la inesperada riqueza social de las siete familias wit, así como sus incipientes "avances" tecnológicos tras siglos de estancamiento. Y en la tercera, con Shim ya convertido en Novarca (una especie de Mesías de ese sistema cerrado), Salvador se detiene en los lógicos intentos por fusionar ambas razas y solventar así el conflicto.
La novela sigue sorprendiendo por la frescura que conserva a pesar de las décadas transcurridas desde su publicación, por la coherencia de los acontecimientos a bordo y sus consecuencias, y por la gradual evolución que encierran sus páginas. Resulta amena y bien escrita a partes iguales, y para no ser un autor de sólida formación científica, el elemento científico está razonablemente bien presentado, sin apenas anacronismos o artefactos trasnochados. Posee las dosis necesarias de humanidad, y fomenta casi desde el comienzo la especulación por parte del lector, algo siempre necesario en las buenas novelas del género.
En cuanto a los defectos, en mi opinión falla un tanto la redacción "lírica" de la tercera parte, esos versos libres con carácter epopéyico que ni riman ni entretienen como las dos partes anteriores. En menor medida, el comienzo resulta un poco lento, y no es complicado toparse con algún detalle poco creíble, además de una segunda parte de desenlace un tanto previsible. Y estaría bien que el final aclarara un poco más qué podría suceder desde el punto en que se interrumpe la narración en adelante. Aun así, resulta una lectura recomendable para todos aquellos que quieran presumir de conocer las mejores obras de la literatura de ciencia-ficción en español.
sábado, 14 de mayo de 2022
"Viaje a los efímeros" (1958). Agustín de Foxá
Con la presente entrada continúo con las reseñas de las obras más significativas de los principales escritores que han escrito ciencia-ficción en España. Como ya avisé al iniciar este apasionante recorrido, dada la escasez y la singularidad de la producción literaria española, no me voy a limitar solamente a novelas de extensión ordinaria, sino también a novelas cortas, o incluso a relatos. Es el caso de "Viaje a los efímeros", de Agustín de Foxá, que leí como parte del libro "Historias de ciencia ficción. Relatos, teatro, artículos", y de la que les voy a hablar hoy. La he seleccionado porque considero que es la obra de Foxá que mejor se ajusta a lo que entendemos actualmente por ciencia-ficción. Algo que seguramente resulte una sorpresa para algunos de los seguidores de este humilde blog, quienes tendrán referencias de Foxá como un escritor rancio e incluso denostado a causa de sus filiaciones políticas. Algo por desgracia aún habitual en nuestra crítica literiaria, y que como ya adelanté al iniciar este recorrido, no me parece una forma racional de evaluar la producción artística de nuestro país. Así que propongo obviar que Foxá fuera uno de los autores de la letra del "caralsol", además de un convencido falangista, y disfrutar de una de las primeras obras españolas que se podría inscribir con naturalidad en cualquier antología de relatos internacionales de ciencia-ficción de los años cincuenta.
Buen conocedor de la mejor ciencia-ficción anglosajona, el relato parte de la idea expuesta por Herbert George Wells en "El nuevo acelerador" (1901), consistente en contraponer dos velocidades temporales con el objeto de reflexionar sobre el hombre y su historia. Algo que refleja perfectamente su título. Se trata de un cuento relativamente largo para lo que cabría esperar, ameno, estructurado a partir de una serie de acontecimientos que suceden ante los ojos del lector, con una prosa que rehúye de los excesos barrocos de otras obras del autor, y la suficiente dosis de diálogos para mantener la atención del lector. En él, Foxá nos da a conocer la isla de Efímera, habitada por unos seres humanos irresimiblemente condicionados por un tiempo que avanza miles de vecea más deprisa que en el espacio convencional. A esta sugerente premisa debemos añadir que, en cierto modo, Foxá anticipa la "New Wave" que tan poderosamente influiría en el género una década más tarde, al focalizar las consecuenciaa de lo presentado en el crecimiento interior y en las reflexiones sobre la finitud de la vida de Miguel y de Catalina. Y que, además, permite al escritor parodiar la historia humana caricaturizando algunos de sus pasajes más oscuros y sus errores más notorios.
A pesar de esos aciertos, debo reseñar que el componente científico está poco conseguido, y eso implica que la convivencia entre ambos tiempos chirríe por todas partes: se pretende que en treinta y dos horas los protagonistas pueden interaccionar con los Efímeros hasta el grado de tener historias de amor con ellos. Y que en tan breve lapso los Efímeros viven vidas tan repletas de acontecimientos como las de los humanos del tiempo convencional. Es una pena que esta parte flojee, porque si este enfoque hubiera sido más acertado, podría haber sido un gran relato. Por lo cual recomiendo su lectura a interesados en conocer cómo se consolidó el género en nuestro país, pero no al aficionado en general.
Buen conocedor de la mejor ciencia-ficción anglosajona, el relato parte de la idea expuesta por Herbert George Wells en "El nuevo acelerador" (1901), consistente en contraponer dos velocidades temporales con el objeto de reflexionar sobre el hombre y su historia. Algo que refleja perfectamente su título. Se trata de un cuento relativamente largo para lo que cabría esperar, ameno, estructurado a partir de una serie de acontecimientos que suceden ante los ojos del lector, con una prosa que rehúye de los excesos barrocos de otras obras del autor, y la suficiente dosis de diálogos para mantener la atención del lector. En él, Foxá nos da a conocer la isla de Efímera, habitada por unos seres humanos irresimiblemente condicionados por un tiempo que avanza miles de vecea más deprisa que en el espacio convencional. A esta sugerente premisa debemos añadir que, en cierto modo, Foxá anticipa la "New Wave" que tan poderosamente influiría en el género una década más tarde, al focalizar las consecuenciaa de lo presentado en el crecimiento interior y en las reflexiones sobre la finitud de la vida de Miguel y de Catalina. Y que, además, permite al escritor parodiar la historia humana caricaturizando algunos de sus pasajes más oscuros y sus errores más notorios.
A pesar de esos aciertos, debo reseñar que el componente científico está poco conseguido, y eso implica que la convivencia entre ambos tiempos chirríe por todas partes: se pretende que en treinta y dos horas los protagonistas pueden interaccionar con los Efímeros hasta el grado de tener historias de amor con ellos. Y que en tan breve lapso los Efímeros viven vidas tan repletas de acontecimientos como las de los humanos del tiempo convencional. Es una pena que esta parte flojee, porque si este enfoque hubiera sido más acertado, podría haber sido un gran relato. Por lo cual recomiendo su lectura a interesados en conocer cómo se consolidó el género en nuestro país, pero no al aficionado en general.
lunes, 2 de mayo de 2022
"La jirafa sagrada" (1925). Salvador de Madariaga
Con la presente entrada continúo la reseña en orden cronológico de escritores españoles que han escrito obras de ciencia-ficción. Utilizo este giro porque en el caso que hoy nos atañe no estamos ante un "escritor de ciencia-ficción" como tal, sino de un escritor de literatura mainstream que siempre estuvo atento a las vanguardias del mundo anglosajón, y que se acercó en una de sus novelas al género. O mejor dicho, a uno de los subgéneros más reconocibles del mismo: las sociedades distópicas. Les hablo de Salvador de Madariaga y, en concreto, de la "Jirafa sagrada", a la que probablemente podamos calificar como la primera novela de ciencia-ficción escrita en España.
Aunque curiosamente, la novela se publicó originalmente en inglés, lo que refleja el dominio de dicha lengua por parte de Madariaga. Fue éste un escritor versátil, que cultivó ensayo, novela, crítica literaria, biografía e incluso poesía. Además de diplomático, ejerció de ministro durante la Segunda República, y fue un gran conocedor del Reino Unido, país al que se exilió durante la dictadura franquista, y en el cual residía cuando escribió la novela que hoy les presento. Y es que en aquellas primeras décadas del siglo pasado en el que el género comenzaba a dar su salto de los relatos pulp al formato novelístico, en España no tuvimos un Yevgueni Zamiatin o un Aldous Huxley que llevaran las distopías hasta cotas nunca antes conocidas, pero sí nuestro Olaf Stapledon particular, que reflexionando en realidad sobre algunos de los males de la sociedad de su tiempo, nos ofreció una singular novela sobre un futuro lejano en una ficticia nación africana (Ebania), salpicada de detalles humorísticos, y de un montón de conceptos originales y muy elaborados.
Eso sí, debo comenzar aclarando que su interpretación como una de las primeras obras de ciencia-ficción en español requiere de una lectura condescendiente. No tanto por su cautivador argumento (la nación de Ebania es en el siglo LXX una "monarquía ignicional" en la que el género dominante es el femenino, mientras que los varones se preocupan esencialmente de su físico y de sus intrigas amorosas), sino por la gran cantidad de anacronismos e incoherencias que encierra, así como por la ausencia de una trama medianamente defendible, puesto que la narración avanza a trompicones entre explicaciones de la sociedad, miradas al pasado y al presente, y sólo unos cuantos episodios más allá de conversaciones puntuales.
Por la obra circula un elenco de personajes contenido pero no muy bien delineado, entre otras cosas por la similitud entre sus nombres (Suavela, Shawa, Zama, Telango, Scruta), así como por los lazos de parentesco con hermanos e hijos. La atención de Madariaga se detiene sólo esporádicamente en dichos personajes, sin que más allá de los tejemanejes para lograr que S'Irbar se case con Scruta, se pueda hablar realmente de una trama vertebradora. En parte esa ausencia de hilazón la determina que el escritor vaya intercalando capítulos "de acción" con otros dedicados a explicar el origen de la mitología de Ebania, la evolución de su sistema político hasta llegar a la necesidad de la figura de los fogoneros, o su cuerpo religioso (constituido por las Abejas Silentes, y sustentado en su libro sagrado, La Voz del Silencio). Todo lo cual está siempre planteado a modo de espejo frente a la sociedad británica de comienzos del siglo XX, deformándola hasta hacerla parecer entre incoherente e hilarante frente a la en apariencia perfecta sociedas ebanita (en apariencia solamente, ya que el punto de vista distópico se encuentra presente, si bien requiere de una lectura entre líneas).
El autor recurre a gran cantidad de conceptos llamativos, lo que constituye sin duda uno de los principales aciertos de la novela: desde el previsible "hominismo" que va surgiendo como reacción al predominio del género femenino, pasando por los pregoneros que suplen a nuestros medios de comunicación, la original estructura jerárquica de las Abejas Silentes, la alternancia de los partidos verde y amarillo dentro de su monarquía ignífuga, o la innumerable cantidad de leyendas, expresiones e incluso monedas articuladas en torno al mito de la Jirafa Sagrada, omnipresente en la profundamente elaborada cultura ebanita. En la que no faltan el desprecio al analfabetismo generalizado, o los acordes no-armonizados. Y todo ello redondeado con gran cantidad de refranes, postulados religiosos extraídos de una minuciosa confección de La Voz del Silencio, y un sinnúmero de detalles elaborados.
El problema es que la despreocupación por dotar de cierta evolución tecnológica a la sociedad del siglo LXX (cabe mencionar aquí máquinas de escribir, automóviles, edictos en papel, incluso países cuya economía se sustenta esencialmente en la carne de cerdo...), y la siempre complicada tarea en este tipo de obras de evitar anacronismos, lastran notablemente el resultado. Si a ello le sumamos una prosa excesivamente florida y recargada incluso para su tiempo, la ausencia de la habitual estructura "comienzo - nudo - desenlace", el nulo interés por mostrarnos lo que podría estar sucediendo en otras partes del planeta dentro de cincuenta siglos, la tozuda creencia de la mayoría de los personajes en los mitos más injustificables, y una resolución que es un mero trámite resuelto en un único capítulo final (sin apenas hilazón con el resto de lo narrado), se comprenderá que la novela no ha envejecido nada bien. Por lo que sólo la considero apta para interesados en los albores de la literatura de ciencia-ficción en España.
Aunque curiosamente, la novela se publicó originalmente en inglés, lo que refleja el dominio de dicha lengua por parte de Madariaga. Fue éste un escritor versátil, que cultivó ensayo, novela, crítica literaria, biografía e incluso poesía. Además de diplomático, ejerció de ministro durante la Segunda República, y fue un gran conocedor del Reino Unido, país al que se exilió durante la dictadura franquista, y en el cual residía cuando escribió la novela que hoy les presento. Y es que en aquellas primeras décadas del siglo pasado en el que el género comenzaba a dar su salto de los relatos pulp al formato novelístico, en España no tuvimos un Yevgueni Zamiatin o un Aldous Huxley que llevaran las distopías hasta cotas nunca antes conocidas, pero sí nuestro Olaf Stapledon particular, que reflexionando en realidad sobre algunos de los males de la sociedad de su tiempo, nos ofreció una singular novela sobre un futuro lejano en una ficticia nación africana (Ebania), salpicada de detalles humorísticos, y de un montón de conceptos originales y muy elaborados.
Eso sí, debo comenzar aclarando que su interpretación como una de las primeras obras de ciencia-ficción en español requiere de una lectura condescendiente. No tanto por su cautivador argumento (la nación de Ebania es en el siglo LXX una "monarquía ignicional" en la que el género dominante es el femenino, mientras que los varones se preocupan esencialmente de su físico y de sus intrigas amorosas), sino por la gran cantidad de anacronismos e incoherencias que encierra, así como por la ausencia de una trama medianamente defendible, puesto que la narración avanza a trompicones entre explicaciones de la sociedad, miradas al pasado y al presente, y sólo unos cuantos episodios más allá de conversaciones puntuales.
Por la obra circula un elenco de personajes contenido pero no muy bien delineado, entre otras cosas por la similitud entre sus nombres (Suavela, Shawa, Zama, Telango, Scruta), así como por los lazos de parentesco con hermanos e hijos. La atención de Madariaga se detiene sólo esporádicamente en dichos personajes, sin que más allá de los tejemanejes para lograr que S'Irbar se case con Scruta, se pueda hablar realmente de una trama vertebradora. En parte esa ausencia de hilazón la determina que el escritor vaya intercalando capítulos "de acción" con otros dedicados a explicar el origen de la mitología de Ebania, la evolución de su sistema político hasta llegar a la necesidad de la figura de los fogoneros, o su cuerpo religioso (constituido por las Abejas Silentes, y sustentado en su libro sagrado, La Voz del Silencio). Todo lo cual está siempre planteado a modo de espejo frente a la sociedad británica de comienzos del siglo XX, deformándola hasta hacerla parecer entre incoherente e hilarante frente a la en apariencia perfecta sociedas ebanita (en apariencia solamente, ya que el punto de vista distópico se encuentra presente, si bien requiere de una lectura entre líneas).
El autor recurre a gran cantidad de conceptos llamativos, lo que constituye sin duda uno de los principales aciertos de la novela: desde el previsible "hominismo" que va surgiendo como reacción al predominio del género femenino, pasando por los pregoneros que suplen a nuestros medios de comunicación, la original estructura jerárquica de las Abejas Silentes, la alternancia de los partidos verde y amarillo dentro de su monarquía ignífuga, o la innumerable cantidad de leyendas, expresiones e incluso monedas articuladas en torno al mito de la Jirafa Sagrada, omnipresente en la profundamente elaborada cultura ebanita. En la que no faltan el desprecio al analfabetismo generalizado, o los acordes no-armonizados. Y todo ello redondeado con gran cantidad de refranes, postulados religiosos extraídos de una minuciosa confección de La Voz del Silencio, y un sinnúmero de detalles elaborados.
El problema es que la despreocupación por dotar de cierta evolución tecnológica a la sociedad del siglo LXX (cabe mencionar aquí máquinas de escribir, automóviles, edictos en papel, incluso países cuya economía se sustenta esencialmente en la carne de cerdo...), y la siempre complicada tarea en este tipo de obras de evitar anacronismos, lastran notablemente el resultado. Si a ello le sumamos una prosa excesivamente florida y recargada incluso para su tiempo, la ausencia de la habitual estructura "comienzo - nudo - desenlace", el nulo interés por mostrarnos lo que podría estar sucediendo en otras partes del planeta dentro de cincuenta siglos, la tozuda creencia de la mayoría de los personajes en los mitos más injustificables, y una resolución que es un mero trámite resuelto en un único capítulo final (sin apenas hilazón con el resto de lo narrado), se comprenderá que la novela no ha envejecido nada bien. Por lo que sólo la considero apta para interesados en los albores de la literatura de ciencia-ficción en España.
lunes, 18 de abril de 2022
Escritores españoles de ciencia-ficción
Una vez terminado el recorrido por los más representativos escritores británicos de ciencia-ficción, les propongo un nuevo viaje, más apasionante si cabe: una revisión, a través de sus obras más señaladas, de los principales escritores españoles de ciencia-ficción. Un recorrido que llevo largo tiempo posponiendo a causa de dos razones. La primera, por lo complicado que me resulta opinar sobre lo más cercano; y la segunda, porque no ha sido hasta estos últimos tiempos cuando la producción de literatura de ciencia-ficción ha despegado finalmente en España. Pero ahora que, humildemente, me considero parte de tan nutrido grupo de autores, gracias a las dos novelas que como quienes siguen este blog saben he publicado en los últimos años, me resulta más natural acercarme a los más relevantes creadores de nuestro país. Entre los que desde luego no me incluyo.
Debo comenzar aclarando que, a diferencia de mi revisión de los escritores británicos, la cual se ciñó exclusivamente a novelas, en este recorrido por los escritores españoles más representativos no solamente voy a reseñar novelas "largas", sino también algún relato y novelas "más cortas", como corresponde a un género que fue muy minoritario al comienzo y que recurrió a los formatos "que pudo" hasta que logró despegar. Aunque cuando lo hizo, produjo obras que no tienen nada que envidiar a las del mundo anglosajón, y que actualmente son capaces de generar un considerable volumen de ventas. Por ello la imagen que ilustra esta entrada contiene a la vez a Tomás Salvador, autor de la primera gran novela de ciencia-ficción en español hace más de sesenta años, y a Sergi Llauger, uno de los más vendidos escritores en la actualidad.
Debo seguir aclarando que, a la hora de elaborar una lista de autores y títulos, he descartado aquellas obras que tuvieron un gran valor como artículos de entretenimiento durante la dictadura franquista (esencialmente bolsilibros), dignas en su propósito y honestas en su contenido, pero que lógicamente encerraban una vocación literaria limitada. Y en cambio, no he establecido fronteras entre "escritores de ciencia-ficción" y "escritores que han escrito ciencia-ficción". Nuestro mercado es mucho más reducido que el anglosajón, y bastante esfuerzo cuesta ya abrirse paso en él con el tipo de género que sea, como para andar añadiendo barreras ficticias. Así que en mi lista encontrarán tanto escritores que siempre se han centrado en el género, como otros que forman parte de la literatura mainstream, pero que sin duda han escrito obras de buena ciencia-ficción.
Por supuesto, debo continuar aclarando que, a la hora de seleccionar a los autores, no he tenido en cuenta sus filiaciones o simpatías políticas. Este hecho, que no debería siquiera ser mencionado, es por desgracia aún uno de los criterios principales a la hora de encumbrar o desprestigiar a los principales escritores del último siglo en España. Pero si algún género admite todo tipo de posicionamiento político, siempre que esté bien argumentado y elaborado, ése es sin duda la ciencia-ficción. Y si igual de válidos nos resultan en anglosajón los escritores más a la izquierda como China Mieville o Iain M. Banks, o los más a la derecha como Robert A. Heinlein o Jerry Pournelle, la misma sana actitud deberíamos adoptar a la hora de revisar las obras de nuestros principales escritores patrios. Al menos yo lo he hecho así.
Por último, debo concluir aclarando que la inmensa mayoría de los títulos propuestos fueron escritos en los últimos sesenta y cinco años. Y es que la literatura de ciencia-ficción en España fue leída y conocida desde sus orígenes hace más de un siglo, pero, como corresponde a un país relativamente atrasado y bajo los efectos de unas durísimas Guerra Civil y Posguerra, cuando el género finalmente empezó a despegar a finales de los años cincuenta, una parte no desdeñable de las mejores obras de ciencia-ficción anglosajonas ya se habían escrito. En cambio, España ha abrazado la modernidad con todas sus consecuencias desde que somos una nación democrática, y coincidiendo con esas mayores libertad y prosperidad, el género ha vivido un auge muy notable, que prosigue hasta el día de hoy.
Una vez realizadas todas estas aclaraciones, aquí va la lista. En la que, como de costumbre, no están todos los que son, pero sí son todos los que están:
1. Nilo María Fabra - "Cuatro siglos de buen gobierno" (1895)
2. Salvador de Madariaga - "La jirafa sagrada" (1925)
3. Agustín de Foxá - "Viaje a los efímeros" (1958)
4. Tomás Salvador - "La nave" (1959)
5. Daniel Sueiro - "Corte de corteza" (1969)
6. Jesús Torbado - "En el día de hoy" (1976)
7. Gabriel Bermúdez Castillo - "Viaje a un planeta Wu Wei" (1976)
8. Rafael Marín - "Lágrimas de luz" (1982)
9. Gonzalo Torrente Ballester - "Quizá nos lleve el viento al infinito" (1984)
10. Domingo Santos - "Hacedor de mundos" (1986)
11. Juan Miguel Aguilera y Javier Redal - "Mundos en el abismo" (1988)
12. Jordi Sierra i Fabra - "Edad: 143 años" (1989)
13. Elia Barceló - "El mundo de Yarek" (1993)
14. Juan Carlos Planells - "El enfrentamiento" (1996)
15. Eduardo Vaquerizo - "Danza de tinieblas" (2005)
16. José Carlos Somoza - "Zig zag" (2006)
17. Félix J. Palma - "El mapa del tiempo" (2008)
18. Rosa Montero - "Lágrimas en la lluvia" (2011)
19. Sergi Llauger - "El yermo" (2013)
20. Sabino Cabeza - "Frontera oscura" (2020)
21. Víctor Conde y Guillem Sánchez - "Horizonte de estrellas" (2022)
Alguna de estas obras ya ha recibido su entrada independiente en este humilde blog, pero la inmensa mayoría la recibirán a lo largo de los próximos meses. ¿Me acompañan en este apasionante recorrido?
Debo comenzar aclarando que, a diferencia de mi revisión de los escritores británicos, la cual se ciñó exclusivamente a novelas, en este recorrido por los escritores españoles más representativos no solamente voy a reseñar novelas "largas", sino también algún relato y novelas "más cortas", como corresponde a un género que fue muy minoritario al comienzo y que recurrió a los formatos "que pudo" hasta que logró despegar. Aunque cuando lo hizo, produjo obras que no tienen nada que envidiar a las del mundo anglosajón, y que actualmente son capaces de generar un considerable volumen de ventas. Por ello la imagen que ilustra esta entrada contiene a la vez a Tomás Salvador, autor de la primera gran novela de ciencia-ficción en español hace más de sesenta años, y a Sergi Llauger, uno de los más vendidos escritores en la actualidad.
Debo seguir aclarando que, a la hora de elaborar una lista de autores y títulos, he descartado aquellas obras que tuvieron un gran valor como artículos de entretenimiento durante la dictadura franquista (esencialmente bolsilibros), dignas en su propósito y honestas en su contenido, pero que lógicamente encerraban una vocación literaria limitada. Y en cambio, no he establecido fronteras entre "escritores de ciencia-ficción" y "escritores que han escrito ciencia-ficción". Nuestro mercado es mucho más reducido que el anglosajón, y bastante esfuerzo cuesta ya abrirse paso en él con el tipo de género que sea, como para andar añadiendo barreras ficticias. Así que en mi lista encontrarán tanto escritores que siempre se han centrado en el género, como otros que forman parte de la literatura mainstream, pero que sin duda han escrito obras de buena ciencia-ficción.
Por supuesto, debo continuar aclarando que, a la hora de seleccionar a los autores, no he tenido en cuenta sus filiaciones o simpatías políticas. Este hecho, que no debería siquiera ser mencionado, es por desgracia aún uno de los criterios principales a la hora de encumbrar o desprestigiar a los principales escritores del último siglo en España. Pero si algún género admite todo tipo de posicionamiento político, siempre que esté bien argumentado y elaborado, ése es sin duda la ciencia-ficción. Y si igual de válidos nos resultan en anglosajón los escritores más a la izquierda como China Mieville o Iain M. Banks, o los más a la derecha como Robert A. Heinlein o Jerry Pournelle, la misma sana actitud deberíamos adoptar a la hora de revisar las obras de nuestros principales escritores patrios. Al menos yo lo he hecho así.
Por último, debo concluir aclarando que la inmensa mayoría de los títulos propuestos fueron escritos en los últimos sesenta y cinco años. Y es que la literatura de ciencia-ficción en España fue leída y conocida desde sus orígenes hace más de un siglo, pero, como corresponde a un país relativamente atrasado y bajo los efectos de unas durísimas Guerra Civil y Posguerra, cuando el género finalmente empezó a despegar a finales de los años cincuenta, una parte no desdeñable de las mejores obras de ciencia-ficción anglosajonas ya se habían escrito. En cambio, España ha abrazado la modernidad con todas sus consecuencias desde que somos una nación democrática, y coincidiendo con esas mayores libertad y prosperidad, el género ha vivido un auge muy notable, que prosigue hasta el día de hoy.
Una vez realizadas todas estas aclaraciones, aquí va la lista. En la que, como de costumbre, no están todos los que son, pero sí son todos los que están:
1. Nilo María Fabra - "Cuatro siglos de buen gobierno" (1895)
2. Salvador de Madariaga - "La jirafa sagrada" (1925)
3. Agustín de Foxá - "Viaje a los efímeros" (1958)
4. Tomás Salvador - "La nave" (1959)
5. Daniel Sueiro - "Corte de corteza" (1969)
6. Jesús Torbado - "En el día de hoy" (1976)
7. Gabriel Bermúdez Castillo - "Viaje a un planeta Wu Wei" (1976)
8. Rafael Marín - "Lágrimas de luz" (1982)
9. Gonzalo Torrente Ballester - "Quizá nos lleve el viento al infinito" (1984)
10. Domingo Santos - "Hacedor de mundos" (1986)
11. Juan Miguel Aguilera y Javier Redal - "Mundos en el abismo" (1988)
12. Jordi Sierra i Fabra - "Edad: 143 años" (1989)
13. Elia Barceló - "El mundo de Yarek" (1993)
14. Juan Carlos Planells - "El enfrentamiento" (1996)
15. Eduardo Vaquerizo - "Danza de tinieblas" (2005)
16. José Carlos Somoza - "Zig zag" (2006)
17. Félix J. Palma - "El mapa del tiempo" (2008)
18. Rosa Montero - "Lágrimas en la lluvia" (2011)
19. Sergi Llauger - "El yermo" (2013)
20. Sabino Cabeza - "Frontera oscura" (2020)
21. Víctor Conde y Guillem Sánchez - "Horizonte de estrellas" (2022)
Alguna de estas obras ya ha recibido su entrada independiente en este humilde blog, pero la inmensa mayoría la recibirán a lo largo de los próximos meses. ¿Me acompañan en este apasionante recorrido?
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