sábado, 24 de febrero de 2024

"Visión Ciega" (2006). Peter Watts

Con la entrada que les traigo hoy sigo avanzando en mi recorrido por los autores y las obras más representativas del subgénero de la ciencia-ficción dura. Estamos ya en el año 2006 (2009 en el caso de su traducción al español), que fue cuando vio la luz "Visión Ciega", la obra más representativa del canadiense Peter Watts. Una novela que tuvo unos comienzos arduos, hasta que el boca a boca le ayudó a abrirse camino, llegando incluso a ser meses más tarde finalista en el Premio Hugo. Aunque ya les debo adelantar que, en mi humilde opinión, es un libro con muchas luces, pero también muchas sombras. Se trata de una novela muy original y bien trabajada sobre el primer contacto de la humanidad con una especie alienígena, pero que podría haber dado mucho más de sí de no ser por varios defectos tan obvios que sorprende que ninguna de las muchas personas por las que pasó antes de su publicación hiciera por corregirlos.

En cualquier caso, lo que no se le puede negar a Watts es la cantidad y la relevancia de los conceptos científicos que logra introducir en apenas trescientas páginas. Por supuesto, sobre todo lo concerniente a la Teseo, la primera nave en trasladar a la humanidad hasta la Nube de Oort. Pero también sobre la enana marrón (en realidad un "emisor de Oasa") en torno al cual orbita el misterioso artefacto alienígena, la Rorschach. Todo ello sin obviar la tecnología empleada por humanos y alienígenas para intentar conocerse mutuamente. Y con mención especial para el sexteto protagonista: cinco humanos caracterizados por diversas manipulaciones tecnológicas (desde personalidades independientes en el mismo cuerpo hasta cerebros que han sido parcialmente mutilados y reemplazados artificialmente).

Por si tal despliegue no fuera suficiente, el autor pone todos esos elementos al servicio de una cantidad ingente de especulaciones sobre las más diversas materias, desde la percepción humana hasta los distintos niveles de comunicación (tanto con los alienígenas como entre los propios seres humanos). Y los inserta en una trama no especialmente compleja pero que, recreando hallazgos de Arthur C. Clarke ("Cita con Rama") y Stanislaw Lem ("Solaris"), va revelando poco a poco qué esconde la sobrecogedora Rorschach en medio de una bien recreada ambientación, más de terror que de misterio. Por todo lo expuesto hasta ahora da mucha rabia que una obra que disponía de todos los ingredientes para haber marcado un hito en el género se quede en un libro sólo apto para amantes de la ciencia-ficción dura. Pero es que sus cuatro defectos principales afean el resultado de principio a fin.

Siendo todos ellos graves, para mí el peor son los continuos flashbacks que interrumpen la narración principal. Para caracterizar a su protagonista, Siri Keeton, no habría hecho falta romper tan a menudo el ritmo narrativo de los acontecimientos en el espacio como lo hace Watts. Ni tampoco ser testigo recurrente de las dificultades de comunicación que jalonaron su vida previa a la expedición; un autor más capaz habría expuesto lo mismo sobre Keeton en tres o cuatro párrafos oportunamente incorporados. Porque en realidad esos flashbacks apenas guardan relación con la trama principal, la cual podría sintetizarse sin mencionarlos en absoluto.

Pero es que los otros tres defectos no le andan a la zaga a los flashbacks. Porque el jefe de la expedición más crucial realizada por la humanidad en toda su historia resulta ser... ¡un vampiro! Supuestamente extinguidos hace decenas de miles de años, y recuperados a partir de ADN fosilizado décadas atrás de la expedición (en principio debido a sus mayores capacidades físicas y mentales), tanto su mera presencia, como sus actos, chirrían en una novela que por lo demás pretende ser rigurosa. Aunque en realidad todo el elenco de personajes es terrible: tan desequilibrados e inverosímiles que resulta de todo punto imposible que la humanidad los enviara como avanzadilla de nada. Y como colofón a estos desaciertos, la propia habilidad literaria de Watts: curiosamente no por tratarse de un autor de prosa ramplona y ritmo narrativo plano, como a menudo ocurre en el subgénero de la ciencia-ficción dura, sino porque se esfuerza en mostrarnos lo bien que escribe, cuando en realidad lo que el lector se encuentra es un escritor de descripciones confusas y diálogos sólo bien desarrollados en su propia mente, por lo que sus frecuentes florituras literarias están completamente de más.

Tanto lastre implica que los interesantes alienígenas, las exploraciones de Rorschach, las emboscadas y los ataques, incluso las elaboradas yuxtaposiciones de inteligencia y consciencia que jalonan las páginas de la novela, no cautiven como deberían. Y el desenlace, de clímax mal preparado y pobremente explicado, deja más bien indiferente. Ni siquiera las notas finales (llenas de aspectos interesantes, pero demasiado largas y claramente a la defensiva) mejoran la impresión global a pesar de todo lo que explican y aclaran. Y es que aún no comprendo cómo ni revisores ni editores ayudaron a pulir el diamente en bruto que escondía "Visión Ciega".

sábado, 10 de febrero de 2024

"Jugar a Dioses" (2005). Damien Broderick

Una entrada más continúo con mis reseñas de los principales autores y novelas del subgénero de la ciencia-ficción dura. Le ha llegado el turno ahora a Damien Broderick. El autor australiano más premiado del género es relativamente poco conocido más allá de su país, y de hecho la que les traigo es su única novela traducida al español. A lo largo de su trayectoria Broderick ha demostrado ser un autor ecléctico pero que siempre coloca ciencia y tecnología en primer plano de sus obras. Algo especialmente apreciable en "Jugar a Dioses", dado que la trama gira nada menos que en torno a la existencia de múltiples universos. Se trata, como imaginarán, de una novela singular, razonablemente amena a pesar de su evidente complejidad, llamativa desde el punto de vista científico, y válida para diversas especulaciones. Pero también confusa, a ratos delirante, y no apta para cualquier lector.

Los multiversos planteados por Broderick deberían en principio haber originado una novela abstrusa y tediosa en manos de casi cualquier escritor, pero el australiano logra insertar en ellos una trama aprehensible, y adaptar una prosa ligera y un tanto socarrona, consiguiendo así que la lectura resulte razonablemente fluida y hasta amena (sobre todo durante la primera mitad del libro). Y ello a pesar de la gran cantidad de conceptos singulares y complejos que van surgiendo: Schewelles, cognados, deixis, ontología, niveles de Tegmark, partículas Xon, homúnculos vorpal, Árbol Yggdrasil, computronium... casi nada. Pero la existencia de una Competición de los Mundos le permite justicar casi todo, y el lector consigue orientarse razonablemente.

A esa sensación de realismo dentro del caos contribuye que August Seebeck, su protagonista, sienta a lo largo de la novela hambre, sueño, sea consciente de los días que van pasando y muestre una continua preocupación por lo que le pueda haber ocurrido a su tía Tansy. Y también que Broderick introduzca de manera gradual y bien engarzada aspectos especulativos de la ciencia que la sustenta. Especiamente de los estados cuánticos entrelazados, que según el autor permiten que todas las opciones posibles a nivel cuántico ocurran de verdad, generándose así mundos ortogonales en el espacio o en el tiempo que abarcan todas las combinaciones concebibles de dimensiones físicas y constantes que componen el multiverso.

Sin embargo, dos defectos graves lastran el considerable esfuerzo de Broderick por lograr que su novela sea disfrutable. El primero es el desarrollo de la trama: conforme avanzan los capítulos ésta se vuelve más desquiciada, mezcla de visitas repentinas a lugares surrealistas e inesperados combares con máquinas-k carentes de toda cohesión. Un problema agravado por la confusión en torno a los hermanos de August (incluso al terminar la lectura es muy complicado listar cuántos son, sus ocupaciones o sus universos individuales), y que los capítulos cortos que el escritor va introduciendo esporádicamente para presentárnoslos no consigue paliar. Y el segundo es la abundancia de elementos fantásticos (rayos verdes que todo lo restauran, perros y gatos que hablan, radiaciones solares convertidas en una simple arma en la palma de la mano de August), y que asienta una sensación de "todo vale" que colisiona con la pretendida especulación científica. Otros defectos menores son los abundantes e innecesarios barbarismos, la anti-naturalidad con la que August y Lune se enamoran en apenas unos pocos encuentros, unas cuestionables referencias cinematográficas que le restan intemporalidad a la novela, y pasajes innecesarios, como por ejemplo todos los relativos a Solo, el bot creado por August, que irrumpe cuando menos viene a cuento.

A cambio, Broderick no rehúye el empleo y la especulación sobre intrincados y contrastados elementos científicos (Esferas de Dyson, el factor lambda, partículas elementales...), y tras un desenlace discreto y que apenas aclara nada, consigue in extremis mejorar la impresión final gracias a un excelente epílogo en el que explica el origen de las principales especulaciones científicas presentadas: el multiverso como computación discretizada de Konrad Zuse, el modelo de cuatro niveles de un cosmos computacional de Max Tegmark, el Punto Omega al final de los tiempos en un universo cerrado de Frank Tipler, o la capacidad psíquica humana condicionada por unos instantes concretos en el tiempo sidéreo de James Spottiswoode. Un trabajo muy minucioso para una obra más lograda científica que literariamente.

domingo, 28 de enero de 2024

"El ojo del tiempo" (2004). Arthur C. Clarke & Stephen Baxter

Una nueva entrada continúo con las reseñas de los autores y obras más relevantes del fascinante subgénero de la ciencia-ficción dura. La de hoy es una de esas colaboraciones destinadas al éxito desde que se supo de ella: dos autores británicos, uno de ellos el más reconocido en el género (Arthur C. Clarke) y otro el de mayor repercusión internacional en las últimas décadas (Stephen Baxter). Una colaboración, además, que se prolongó a lo largo de tres títulos, hasta conformar una trilogía un tanto inconexa conocida como "Una odisea en el tiempo", de la cual se han publicado en español las dos primeras novelas. La primera de ellas ("El ojo del tiempo"), la que hoy les presento. Tanto Clarke como Baxter son autores que, aunque no se encuadren exclusivamente en la ciencia-ficción dura, sí que son conocidos por escribir novelas generalmente muy cuidadas desde el punto de vista científico. Hasta llegar en ocasiones, como la que hoy nos ocupa, a convertirse en el verdadero sustento de la novela. Por lo que su inclusión en esta revisión está más que justificada.

Aunque se supone escrita a cuatro manos, debo recalcar que cuando esta obra vio la luz, Clarke andaba ya cerca de los noventa años, mientras que Baxter ni siquiera había llegado todavía a los cincuenta. Por lo que razonable es asumir que fue Baxter quien se encargó de su escritura, eso sí, bajo el asesoramiento y la revisión de Clarke. Algo que seguramente se deja ver en la extensión y el estilo de la novela, que pese a su factura "clásica" no desentona de lo que podríamos esperar en cualquier novela estándar del género escrita a principios del siglo XXI. El resultado, aunque queda lejos de la categoría de clásico, es una entretenida especulación sobre qué mundo podría resultar de la yuxtaposición de pequeños trozos de distintas épocas. Aunque a lo largo de la lectura da la impresión de que sus propios autores la consideraron desde su génesis como una novela menor dentro de su producción, casi como un pasatiempo a cuatro manos.

Estructurada en cinco partes, la novela plantea la colisión de distintas líneas temporales sobre el mismo planeta Tierra, a causa de la intervención de los Primeros, unos seres inmensamente antiguos pero desconocidos para la humanidad hasta entonces, y que están detrás de la Discontinuidad que quiebra espacio y tiempo. Esta colisión dará lógicamente lugar a un enfrentamiento cultural entre los representantes de las distintas épocas. Ello genera uno de los grandes alicientes del libro: la aparición y convivencia de varios personajes históricos que en realidad jamás coincidieron sobre la superficie de nuestro planeta pero que, gracias a una notable caracterización, resultan creíbles en su deambular por esta Tierra alternativa. En particular, Rudyard Kipling, Alejandro Magno y Gengis Khan. Unos personajes que, por desgracia, no se ven acompañados en su atractivo por los de creación propia, mucho más planos. Algo, por cierto, relativamente habitual en ambos autores, aunque a mi modo de ver disculpable en una obra eminentemente especulativa y científica.

Otro acierto de la novela es la ambientación de los distintos lugares y épocas. En especial todo lo relativo a los mongoles y a Babilonia cautiva por su realismo y su riqueza visual. Demostrando que una obra especulativa no tiene por qué descuidar los elementos históricos y descriptivos. Además, como corresponde a toda novela de ciencia-ficción dura, los autores hacen un buen trabajo desarrollando las posibles consecuencias de la discontinuidad sobre el clima y la ecología, y se reservan para el tramo final la parte más científica, con las notables especulaciones sobre la física de cuerdas y las cajas de resonancia. Todo ello sin dejar de ofrecer unas especulaciones un tanto pesimistas (con los distintos pueblos de la humanidad siempre enfrascados en lograr la supremacía de cada uno sobre los demás). Y sin descuidar el aspecto narrativo: el combate entre los ejércitos de Alejandro Magno y Gengis Khan, seguramente las páginas más brillantes de la novela, se narra con claridad y con un saludable nivel de tensión.

A pesar de estos aciertos, y de que se tocan retazos de muchos asuntos, a la novela le falta algo de profundidad, lo cual lastra la impresión global. Y a partir de la tercera parte cada vez van siendo más frecuentes los capítulos intrascendentes, meramente descriptivos. Después del combate entre Magno y Khan el interés baja, y se aprecia que la preocupación principal de los autores pasa a ser la descripción y explicación del mundo que han creado, un interés loable pero más bien poco novelístico. Por otra parte, la novela es excesivamente "británica" para mi gusto, con un obvio ensalzamiento de su cultura y sus personajes, y una óptica singular para presentar los avatares en el resto del mundo. Y a pesar de que a lo largo de sus últimos capítulos se aprecia el esfuerzo por explicar el origen de la discontinuidad y por atar cabos, al final no se proporciona justificación para las intenciones y los motivos de los Primeros al crear Mir. Un final abierto (tal vez a propósito, habida cuenta de esas dos entregas posteriores), pero que como la novela no me satisfizo tanto como habría esperado de estos dos grandes autores, no he corroborado, pues nunca me he animado a leer "Tormenta Solar", la siguiente entrega. En todo caso, una novela solvente, amena, e interesante a la hora de utilizar las especulaciones científicas como base para esa Tierra multi-temporal.

sábado, 13 de enero de 2024

"Luz" (2003). M. John Harrison

Arranco 2024 con una nueva entrada en mi recorrido por los mejores escritores y novelas del subgénero de la ciencia-ficción dura. Abandonamos el siglo XX y nos adentramos en el XXI con una novela que quizá sea de las más cuestionables a la hora de formar parte de esta selección. Se trata de "Luz", del británico M. John Harrison. No tanto por su condición de novela original y hasta rompedora con lo que se estaba publicando en aquellos años (así fue saludada mayoritariamente por crítica y público), sino porque probablemente la intención de su autor no fue crear una obra adscribible a este singular subgénero. Se trata, eso sí, de una novela elaborada, con algunos aciertos como su habilidad para repartir por igual su atención entre las tres líneas narrativas, o el que la ha traído hoy hasta aquí (el tratamiento del elemento científico). Pero también delirante, difícil de leer, con personajes de comportamientos incoherentes, sin un propósito claro, innecesariamente violenta y excesivamente subida de tono.

En realidad, se supone que sus páginas encierran una space opera actualizada al siglo XXI, pero gracias a su originalidad, por momentos parece más un compendio de nada menos que tres viajes iniciáticos diferentes, aderezados con marcos escénicos epatantes y detalles incluso de terror. Harrison encuentra su sitio tomando elementos de Neil Gaiman, John Varley e Ian McDonald como referencias más evidentes, y construye una novela que no deja indiferente. Aunque no por ello resulte recomendable, por desgracia.

Su principal problema es que, casi desde el principio, el lector se extravía entre tanta situación provocativa (masturbaciones, asesinatos y drogadicciones, por citar sólo las más evidentes) y la ausencia total de explicaciones sobre los elementos utilizados, por lo que es muy probable que acabe perdiendo el interés y se limite a dejarse llevar (si es que continúa con la lectura). Algo que da la impresión de que Harrison parece buscar a propósito. Sin ir más lejos, los recurrentes flashbacks (presididos de manera previsible por los habituales traumas infantiles de sus protagonistas) que va introduciendo conforme avanzan los capítulos los podría perfectamente haber insertado antes, y haber ayudado así al lector.

Pero es que parece obvio que a Harrison le importa más exhibirse ante el aficionado que entretenerlo. La prosa está trabajada, y repleta de conceptos singulares, pero los por otra parte escasos acontecimientos relevantes que narra no se realzan apenas, algo que contrasta con los inexplicables comportamientos de unos presonajes (sobre todo Kearney) que vagan sin rumbo, sin restricciones económicas de ningún tipo, y dejando todo el tiempo cabos sueltos (a modo de ejemplo, citar todo lo relativo al viaje cuántico y al interés de la Sony, tantas veces mencionado para quedar en nada). Eso sí, la vida humana no vale nada en esta novela, el sexo a todas horas es lo más normal del mundo, y los delirantes encuentros de los protagonistas de las líneas narrativas cono el Shrander (en sus múltiples formas), casi lo único que otorga cierta cohesión a la trama. Si bien hay que reconocer que la estructuración, con sus tres líneas narrativas presentadas en escrupulosa alternancia y con un similar grado de atención, facilitan que el lector no desconecte del todo.

Por ello para mí la mayor virtud de "Luz" es su tratamiento del elemento científico, hasta el extremo de llegar a considerarla un buen exponente de ciencia-ficción dura. Aquí no hay ansibles, ni hiperespacio, ni otros trucos sin base científica tan habituales en otras obras de ciencia-ficción, pero sí agujeros negros, horizontes de sucesos, agujeros de gusano, seres humanos integrados en el código máquina de naves-K, el llamativo y artificial Canal Kefahuchi, buenas dosis de mecánica cuántica, clones generados a partir del ADN de sus ancestros, espacios multi-dimensionales... En realidad la novela habría representado prácticamente lo mismo sin todo este despliegue, así que se le agradece a Harrison el esfuerzo en ese esentido.

El final, salvo por el buen detalle de hacer converger la segunda y la tercera línea narrativa, y de aderezarlo con ciertas implicaciones metafísicas, tampoco entusiasma. Razón por la cual nunca me he animado a leer las dos novelas que, con los años, Harrison añadió a la saga: Nova Swing (2006) y Empty Space: A Haunting (2012, esta última no traducida al español). En suma, sólo apta para los realmente interesados en conceptos científicos aplicados con coherencia a space-operas.

martes, 26 de diciembre de 2023

"Ciudad permutación" (1994). Greg Egan

Una nueva entrada continúo avanzando en mi recorrido en orden cronológico por los autores y las obras más representativos del subgénero de la ciencia-ficción dura. Llegamos así a 1994, año en que fue publicada la novela "Ciudad permutación", tal vez la más famosa (desde luego, la más premiada) del enigmático escritor australiano Greg Egan. Quien pasa por ser, junto a Hal Clement y Robert L. Forward, uno de los autores que representa de manera más genuina este fascinante subgénero. Aunque, en mi humilde opinión, Egan tiende a redondear sus obras con un componente metafísico que lo aleja un tanto de los otros dos autores citados, más canónicos si me admiten el término desde el punto de vista científico. En todo caso, la obra de Egan ha sido siempre de las más exigentes con el lector ávido de lectura con una sólida base científica. Matemático de formación, sus novelas suelen presentar conceptos complejos en el ámbito de la computación, la física o la inteligencia artificial, por lo que tal vez sea de las más arduas que se pueden encontrar en el género. Así que no resulta exagerado afirmar que "Ciudad permutación" es una novela única: informática, especulativa, coherente, metafísica, difícil, farragosa, dura, inquietante, súper-trabajada, post cyber-punk, tecnológica, científica... y muchos adjetivos más.

Aunque puestos a resumir mis impresiones personales, emplearé una aparente paradoja: "Ciudad permutación" es una novela que me gustó mucho leer pero que, al mismo tiempo, me costó mucho leer. Lo primero, porque abrió mi mente a pensamientos y sensaciones como en pocas ocasiones, dejando muy atrás a la mayoría de novelas de cyber-punk y de ciencia-ficción dura que habían caído en mis manos hasta entonces. Y lo segundo, porque la novela es tan compleja, tan densa, tan elaborada, que la tuve que ir leyendo en dosis pequeñas, esforzándome por interiorizar lo que en ella se contaba, y muchas veces de manera obligada.

Es justo reconocerle al autor la cantidad de conceptos e ideas que propone a partir de la realidad virtual de mediados del siglo XXI: las "copias" de seres humanos en sistemas informáticos, los clones, la bolsa de TIPS, la rejilla Turing-Von Neumman-Cheng, el Autoverso, los autómatas celulares, el Elíseo, la Ciudad Permutación... un despliegue de medios apabullante, más aún si consideramos que la novela fue escrita hace ya treinta años. Pero es que, además, se trata de una obra absolutamente respetuosa con todo lo relativo a la informática, sorprendentemente cohesionada, y meritoriamente aprehensible de principio a fin. A este respecto, nada que objetar.

Los problemas empeizan cuando queremos que la novela funcione al mismo nivel como "historia de personajes". Porque a pesar de que su número no es muy amplio (esencialmente dos, Paul Durham y Maria Deluca, y en menor medida, Peer, Kate y Thomas), y de que se presentan unas motivaciones razonables para sus inquietudes y actos principales, se antoja demasiado obvio que todos ellos están al servicio de las ideas que Egan plantea. Algo por otra parte común y no necesariamente reprobable en la ciencia-ficción dura, pero que en esta oportunidad resulta particularmente evidente. Este segundo plano de los personajes, unido a la complejidad de los conceptos presentados, explican que para el aficionado medio la fluidez de lectura de la novela se resienta. Además, tanta realidad virtual mezclada con experimentos químicos y programación de sistemas informáticos es difícil de llevar al formato de una novela. Consciente de ello, Egan recurre al artificio de los colores, a las ventanas de interfaz y a las ralentizaciones. Pero aun así, hay capítulos realmente complicados, que requieren atención plena y esfuerzo consciente, e incluso poniendo de nuestra parte a menudo hay que lidiar con la incómoda sensación de estar a punto de perderse.

A cambio, el libro proporciona estímulos a la inteligencia del lector como muy pocos. Comenzando por la poderosa impresión de estar mirando a través de una ventana al futuro de las próximas décadas; siguiendo por los continuos cuestionamientos sobre lo que define a un ser humano en una realidad virtual, sobre la creación de vida, la inmortalidad, la puesta en marcha de un universo dentro de esa realidad... Así, hasta llegar a los lambertianos, un hallazgo inesperado del tramo final, que funciona no sólo como "alienígenas" que se contraponen a casi todo lo creado hasta entonces, sino también como catalizador para eliminar Elíseo y proporcionar un desenlace razonable y que deja un buen sabor de boca. Siempre y cuando hayan sido capaces de llegar hasta el final, claro.

sábado, 23 de diciembre de 2023

"Un fuego sobre el abismo" (1993). Vernor Vinge

Con la entrada que hoy les traigo avanzo en mi recorrido por los autores y las obras de cabecera de la ciencia-ficción dura. Seguimos en los años noventa, que fue cuando se publicó "Un fuego sobre el abismo", del estadounidense Vernor Vinge. Quien sin duda es uno de los escritores de referencia cuando se habla de este apasionante subgénero. Si bien debo advertirles que la novela que hoy les traigo no es la "más dura" de su producción. Ese adjetivo aplica de manera más natural a sus dos novelas de la "Saga de las Burbujas" ("La guerra de la paz" (1984), y "Naufragio en tiempo real" (1986)), pero dado que ya reseñé ambos títulos en su momento, he aprovechado para traerles por aquí otra de sus obras más reconocidas, a la vez que "lo suficientemente científica" como para formar parte de esta lista. Galardonada ex aequo con el Premio Hugo de 1993, se trata de una novela relativamente entrañable para lo que cabría esperar en Vinge. Con un dinamismo razonable a pesar de su notable extensión y sus múltiples líneas narrativas, un componente científico menos patente que en otras obras suyas (pero tremendamente ambicioso), y buenos hallazgos creativos, como la singular morfología de los "púas".

Toda la novela se encuentra condicionada por la decisión del autor (sin base científica pero científicamente desarrollada una vez presentada) de dividir la Vía Láctea en varias "zonas de pensamiento", más evolucionadas cuanto más alejadas del núcleo galáctico, y cada una de ellas con leyes físicas particulares. El esquema que Vinge sitúa al comienzo del libro permite al lector familiarizarse con unos términos y conceptos que no son sencillos (y que justifican la adscripción de la novela al subgénero de la ciencia-ficción dura), pero sí claves para comprender toda la narración posterior. Y que de paso le permiten soslayar el conocido concepto de "singularidad tecnológica", recurriendo para ello al apenas esbozado Trascenso como lugar donde moran las especies más inteligentes.

La novela aprovecha la indudable riqueza de este marco escénico para proponer una riqueza similar de especies inteligentes habitándolo (sofontes, en la terminología del libro). Entre las que los seres humanos del futuro constituyen sólo una pequeña parte. Escroditas como Vaina Azul y Tallo Verde, dirokimes como Tirolle y Glimfrelle, y sobre todo los "púas", esas manadas de perros con cuello largo e inteligencia coral que conforman una cautivadora sociedad medieval (en la que transcurre el grueso de la historia), reflejan la magnitud de la creación de Vinge, y le proporcionan los mimbres para urdir una trama que, en un análisis simplista, podríamos identificar como space-opera (con sus buenos y sus malos, sus pasiones y odios, sus batallas espaciales...), aunque en realidad funciona también a otros niveles. Como el especulativo; no sólo en lo relativo al futuro de la humanidad, sino también en lo concerniente a las capacidades de los púas, derivadas de su condición de seres con capacidades telepáticas y mentes grupales.

De tal forma que conforme avanzan los capítulos el narrador omniscente va repartiendo su atención entre nada menos que hasta cuatro líneas narrativas . Algo siempre complejo de realizar y que puede poner en riesgo la atención permanente del lector. En general Vinge sale airoso de esta complejidad literaria, pero lo cierto es que las dos líneas narrativas de los púas (la de los reductores y la de los tallamaderas) me parecieron más interesantes que el resto. Y ello a pesar de que la bibliotecaria Ravna Bergsndot y el humano Pham Nuwen (reconstruido por el Poder denominado Antiguo), con sus fricciones y su singular relación amorosa, parecían destinados a convertirse en la pareja protagonista de la historia. Pero ni las motivaciones ni los sentimientos de ninguno de los dos están especialmente bien capturados, y al final resulta que, en proporción, púas como Errabundo, Tallamadera, Acero o Tyrathect aparecen mejor caracterizados.

Esta discreta caracterización de los personajes humanos, y el menor atractivo de su línea narrativa, vienen acompañados por otros defectos perceptibles que le restan algo de brillo al resultado final. Tal es el caso de la sociedad medieval de los púas, indudablemente demasiado similar a la humana. O de la Red que permite las comunicaciones interestelares: útil para que Vinge amplíe la difusión de su creación y las especulaciones sobre los acontecimientos que va presentando, pero cuestionable tecnológicamente, y con frecuencia una innecesaria interrupción del ritmo narrativo. El cual, por otra parte, consigue solamente alcanzar el justo para que la lectura no se haga pesada, pero con el debe de una cierta falta de emoción. Además, apenas se nos ofrecen unas breves pinceladas de la repecursión de la Perversión en otras civilizaciones. Y las razones tras la evidente maldad de unos Poderes que, precisamente por haber trascendido, deberían preocuparse muy poco por lo que pueda ocurrir en el Allá, continúan siendo una incógnita al finalizar la lectura.

A cambio, el autor consigue dotar de coherencia y de una sensación de verosimilitud a cuanto narra en la vastedad de la galaxia. Y el desenlace está muy bien resuelto: sin premura, con profundidad, integrando los distintos puntos de vista, haciendo converger las diferentes facciones, y alcanzando un clímax convincente. Si a ello le sumamos un epílogo que termina de explicar lo acontecido y reduce el número de cabos sueltos, entenderemos que la impresión final de la lectura sea claramente favorable. Aunque, a mi modo de ver, sin alcanzar la condición de clásico.

domingo, 26 de noviembre de 2023

"Maestro del tiempo" (1992). Robert L. Forward

Una entrada más prosigo con mi recorrido en orden cronológico por los autores y las novelas más representativas del subgénero de la ciencia-ficción dura. Nos adentramos en la década de los noventa, que fue cuando se publicó la novela que hoy les traigo. Que, indiscutiblemente, no se trata de la más representativa de su autor, el estadounidense Robert L. Forward (tal honor corresponde a "Huevo del dragón" (1980), en mi humilde opinión la mejor novela de ciencia-ficción dura jamás escrita). Pero como ya la reseñé en su momento, como parte de mis quince títulos imprescindibles para adentrarse en el género, para esta revisión del subgénero he tenido que seleccionar otra novela de su autor. Afortunadamente, Forward, físico de profesión y consultor de instituciones tan relevantes como la NASA y la U.S. Air Force, fue un escritor que cultivó casi en exclusiva el subgénero que estamos revisando durante estos meses, y lo hizo con la suficiente solvencia y repercusión como para que varias de sus novelas fueran traducidas al español. Por eso no ha sido complicado decidirse por "Maestro del tiempo", que es la novela que hoy les traigo. Y que pasa por ser (aunque afirmaciones tan categóricas siempre corren el riesgo de pasar por alto obras menos conocidas escritas en cualquier parte del mundo) la que con más rigor ha tratado el viaje a través del tiempo, beneficiándose para ello de los efectos relativistas, y sin incurrir en ninguno de los "trucos" con el que prácticamente todos los autores del género soslayan las restricciones existentes en el universo al respecto. Por mi parte añadiré que, aunque un tanto naif y bienintencionada (como por otra parte suele suceder en la bibliografía de Forward), se trata de la mejor novela de viajes a través del tiempo que he leído. Con diferencia.

Aunque no cabría esperar menos de un autor tan rigurosamente científico como Forward, quien, no obstante, ya previene en el prólogo de la novela a los eventuales críticos sobre su postura favorable a la posibilidad de los viajes temporales. Y es que el autor recurre a una sabia conjugación de buena parte de los conceptos más en boga en la física contemporánea para lograr el ansiado viaje en el tiempo (la dilatación temporal a velocidades relativistas, los agujeros de gusano estables, la antimateria -o materia negativa- que protege a las naves que se desplazan a velocidades lumínicas...). Por si fuera poco, endulza todo este despliegue con una serie de avances ingenieriles (retroascensores, en la línea de Charles Sheffield), biológicos (tratamientos contra el envejecimiento), y hasta militares (trampas temporales), logrando llevar el sentido de la maravilla al que siempre aspira el género a cotas extraordinarias, y evitando al mismo tiempo todas las paradojas temporales conocidas. Todo lo cual reafirma que el elemento científico es el protagonista indiscutible del libro, como corresponde a toda buena novela de ciencia-ficción dura. Aunque en este caso con el aliciente de que lo presenta de manera accesible a cualquier lector con unos conocimientos razonables en ciencias.

Pero Forward no se da por satisfecho con mostrarle al lector todos estos hallazgos científicos y tecnológicos, con los cuales realizará un recorrido exhaustivo por las estrellas más próximas al Sol, sino que los utilizará como parte esencial de la trama, en la cual la trayectoria vital de Randy irá recorriendo diferentes periodos del espacio-tiempo, hasta llegar al fascinante clímax que encierra la novela: tres versiones temporales de sí mismo son necesarias y coincidentes en el mismo instante para destruir a su mayor enemigo, Oscar Barham. La explicación del diagrama cronológico crítico que se incluye con buen criterio en el apéndice permite valorar mejor tan desbordante creación. Además, la visión del futuro de la humanidad que nos plantea Forward es subyugante, y una saludable atmósfera de aventuras preside toda la novela.

A pesar del entusiasmo que desprenden los párrafos anteriores, debo advertirles de que la novela dista de ser perfecta, ni siquiera dentro de la producción del norteamericano. Mi impresión no fue mejor porque, a pesar de las excelencias comentadas en el ámbito científico, ésta al fin y al cabo es una obra literaria y no un tratado científico. Y ahí nos encontramos con un Randy Hunter, millonario arquetípico y excesivamente afortunado, con un Oscar Barham excesivamente malvado en la simplicidad de sus actos, una señora Hunter y unos hijos dócilmente convencionales, y en general un ambiente que, de tan bienintencionado, parece más propio de una novela para adolescentes. Además, algunos personajes son demasiado esquemáticos, las situaciones ordinarias que pertenden conferirles personalidad resultan a veces anodinas y, a pesar de las maravillosas ideas vertidas, ni siquiera en los capítulos finales el lector llega a sentir el necesario vértigo. Incluso habrá quien le reproche al escritor su prosa sencilla y sin artificios, aunque en mi opinión esto ya es más una cuestión de gustos, y yo al menos siempre prefiero el fondo a la forma.

Aun así, una novela recomendable para todo el que quiera profundizar en la obra de Forward, y en general para todos los lectores que aprecien la ciencia-ficción dura.

sábado, 11 de noviembre de 2023

"Entre los latidos de la noche" (1985). Charles Sheffield

Continúo con la entrada de hoy mi recorrido en orden cronológico por los autores y las novelas más representativas del subgénero de la ciencia-ficción dura. Nos adentramos ya en la década de los ochenta, que fue cuando mayor relevancia alcanzó el escritor británico nacionalizado estadounidenses Charles Sheffield. Un autor que, pese a que nunca terminó de alcanzar la posición de preeminencia dentro del género a la que parecía apuntar en sus mejores obras, ya ha aparecido en varias ocasiones por este humilde blog. Así que para este recorrido he debido descartar las que tal vez sean sus novelas más conocidas para el lector en español, y por eso me he decidido en esta oportunidad por "Entre los latidos de la noche". La cual encierra, como casi todas las de su producción, la suficiente relevancia del elemento científico como para poder encuadrarse sin duda dentro de la ciencia-ficción dura. Pero que resulta menos popular que, por ejemplo, "La telaraña entre los mundos" (1979), tal vez porque esta última presentaba por vez primera el famoso concepto del ascensor espacial. En todo caso, "Entre los latidos de la noche" es, por supuesto, una lectura repleta de ideas científicas, pero también de consecuencias sociales y psicológicas, y lo que tal vez sea menos esperable, de especulaciones filosóficas sobre la vida.

Pese a su extensión relativamente contenida, la novela se estructura en tres partes tremendamente separadas espacial y temporalmente, lo que habla en favor de la habilidad narrativa de su autor. La primera transcurre en el año 2010, en el cual la hecatombe nuclear causada por el enfrentamiento entre las naciones provoca que los únicos seres humanos que sobrevivan sean los que han iniciado una nueva vida en las arcologías (las colonias que orbitan en torno a nuestro planeta). En la segunda Sheffield traslada la acción al planeta extrasolar llamado Pentecostés, y la sitúa nada menos que en el año 27698. Y en la tercera parte, la más atractiva en mi opinión, el escritor salta hasta el 29872, camino a Gulf City. Dos saltos temporales muy ambiciosos, en los cuales es relativemente fácil naufragar a la hora de elaborar una trama coherente y mantener el interés del lector, pero de los que Sheffield sale relativamente airoso. Aunque lógicamente ello requiere que el lector ponga algo de su parte, como en toda obra de ciencia-ficción dura.

No será una sorpresa que, a mi modo de ver, la mayor virtud de la novela sea el tratamiento del elemento científico. Tremendamente presente a lo largo de toda la historia, Sheffield sitúa en primer plano todo lo relativo a la física y la astronomía, explicando con detalle los efectos sobre los seres humanos de sus especulaciones e hipótesis, y llegando al extremo de presentar razonamientos o cálculos relativamente complejos dentro de sus páginas. Pero para lectores con una cierta formación científica no resultará difícil seguirle, e incluso llegar a familiarizarse con conceptos originales como el Espacio-L o los Objetos Kermel. Además, Sheffield aprovecha hábilmente sus conocimientos físicos y astronómicos para crear marcos escénicos singulares y fascinantes, y abordar los viajes espaciales con originalidad, contribuyendo así a aumentar el imprescindible sentido de la maravilla, sin que lo que nos presenta carezca de la necesaria sensación de verosimilitud. Y remata el conjunto con especulaciones profundas que va realizando poco a poco sobre la posible evolución de la vida en la Tierra a lo largo de los milenios.

En aquella década ya era evidente la voluntad de los escritores de ciencia-ficción de otorgarles cierta profundidad a sus personajes, y Sheffield no es una excepción: se nota su esfuerzo por caracterizarlos razonablemente, aunque con la premisa de no destruir el ritmo narrativo por culpa de una excesiva morosidad verbal. Porque Sheffield es un narrador solvente, que incluso en una primera parte cuya visión del futuro difiere evidentemente de lo que resultó ser, es capaz de lograr que las páginas se pasen con dinamismo, y al mismo tiempo fijar los cimientos para lo que luego relatará en las dos partes siguientes. Aunque evidentemente la novela mejora a partir de la segunda parte: la lectura se vuelve tan agradable como fluida, y las especulaciones van subiendo el nivel hasta llegar al moralizante desenlace, con esa poco menos que inevitable conclusión de que al final muchas personas cambiarían una vida duradera por una mucho más breve y desafiante, pero también mejor.

En cuanto a los defectos, quizá el más grave sea cierta falta de consistencia en la historia: a veces se escapa de lo que parece su propio camino, sin saber realamente a dónde quiere ir a parar. Aunque bien argumentada, a mi modo de ver a la novela le vendría bien una trama un poco más sólida. También puede descolocar el que los personajes de la primera parte desaparezcan abruptamente de la segunda. O la obsesión por eliminar los periodos de sueño que preside la primera parte. Incluso se podría decir que es una obra que entretiene más que impacta, o que lo que perdura de ella es la ambientación más que los acontecimientos, pero quizá eso ses algo común a toda la ciencia-ficción dura. A cambio, Sheffield no se olvida de rematar la novela con un excelente epílogo, poético y dramático a partes iguales, y que refrenda mi impresión de que el libro ha envejecido bastante bien, y merecería una reedición. A ver si esta reseña contribuye a ello.

jueves, 9 de noviembre de 2023

"Cronopaisaje" (1980). Gregory Benford

Con la presente entrada prosigo mi recorrido en orden cronológico por los autores y las obras de cabecera de la ciencia-ficción dura. Nos situamos ya a finales de la década de los setenta, que fue cuando vio la luz la que sin duda es la novela más famosa de su autor, el estadounidense Gregory Benford. "Cronopaisaje" obtuvo en su momento el prestigioso Premio Nébula, y desde entonces siempre se ha citado como una de las principales novelas del subgénero que estamos revisando estos últimos meses. Sin embargo, debo confesar que tardé muchos años en leerla (tantos, que cuando realicé mi repaso por las principales novelas galardonadas con el Premio Nébula hace unos años, todavía no la había leído, si recuerdan). Y es que Benford nunca ha sido santo de mi devoción. Pese a lo cual no hace tanto tiempo decidí darle una nueva oportunidad. Si bien debo confesarles que, una vez más, quedé decepcionado con el resultado. Y es que "Cronopaisaje" me pareció una obra sobrevalorada, que quizá supuso en su momento un pequeño hito al intentar conjugar la ciencia-ficción dura con una novela de personajes, pero a la que le sobra extensión, le falta emoción, y que sólo subsiste gracias al elemento científico y lo que orbita en torno a él.

Por comenzar con los puntos fuertes de la novela, que algunos tiene, lo más convincente me pareció todo lo relativo a los taquiones, esas partículas que supuestamente viajan más rápidas que la luz y que, por tanto, posibilitan el envío de mensajes codificados a través del tiempo; en el caso que nos ocupa, desde el apocalíptico 1998 hasta el balbuceante 1962, con el fin de evitar que la humanidad se dirija realmente al fatídico destino que le espera al final del siglo XX. Tanto el laboratorio de Cambridge, desde el que se emiten los mensajes, como el de La Jolla en San Diego, donde se reciben, resultan verosímiles no sólo a nivel de los elementos y la tecnología empleados, sino también de los titubeos y las incertidumbres asociadas al descubrimiento y la aplicación de tan novedosos conceptos. Benford los sabe presentar con cercanía pero también con rigor, consiguiendo que el lector visualice incluso cómo la mecánica cuántica permite evitar las consabidas paradojas temporales.

El escritor también logra captar con habilidad algunos aspectos relativamente secundarios para la narración, pero que hablan bien de su minuciosidad a la hora de preparar el libro: mediante yuxtaposiciones ahonda en las diferencias culturales y sociales entre las líneas narrativas de 1962 y 1988, pero también entre Inglaterra y Estados Unidos, o incluso entre su Costa Oeste y su Costa Este. Ademas, Benford exhibe asimismo un notable conocimiento de todo cuanto rodea a la investigación científica: la dependencia de los fondos que la sustentan, las envidias entre supuestos colegas, el miedo a ser desprestigiado, el implacable pragmatismo de quienes toman las decisiones...Todo ello resulta bastante convincente.

El principal problema de la novela radica en que, por mucho que se cuiden todos estos elementos ambientales y de apoyo, cualquier gran novela requiere siempre de un buen desarrollo. Y Benford fracasa estrepitosamente en ello. Por muchas razones, pero la esencial es lo exagerado de su extensión. "Cronopaisaje" es una novel larguísima para lo que en realidad encierra. Sin exagerar, de sus más de quinientas o seiscientas páginas (dependiendo de la edición), un escritor más solvente podría haberse quedado con entre doscientas y trescientas, sin eliminar detalle alguno y facilitando el dinamismo de la lectura. Pero Benford desespera continuamente al lector interacalando más y más páginas prescindibles entre los episodios en los que realmente se desarrolla la trama (y debo hablar de episodios y no de capítulos, porque apenas hay capítulos interesantes de principio a fin). Con el agravante de que ese relleno exasperante se distribuye uniformemente durante las primeras cinco sextas partes de la novela. Sólo en el tramo final ésta por fin se focaliza un tanto, pero ya es tarde para cambiar la impresión global que deja.

Supuestamente esta morosidad verbal obedece a una concienzuda caracterización de los personajes. Pero por desgracia esa caracterización resulta ser una pobre mezcla entre desvirtuación y parodia. Porque los protagonistas (Renfew, Bernstein, Peterson) son tan sosos como arquetípicamente exagerados en sus rasgos principales y, en vez de disfrutar de una especulación científica de altos vuelos, lo que nos ofrece Bernford mediante ellos son detalles tan nimios como, por ejemplo, los recurrentes flirteos de Peterson o la mentalidad judía ultra-conservadora de la madre de Bernstein. Por si fuera poco, la novela hace aguas a la hora de explotar los elementos puestos en juego: carece por completo de tensión, los avances puntuales en ambas líneas narrativas apenas se resaltan, el sentido de la maravilla brilla por su ausencia, abundan los párrafos extensos sobre aspectos completamente irrelevantes, los acontecimientos principales están muy pobremente presentados (la muerte de Markham en particular, de los peores fallecimientos que he leído), y el desenlace no genera mayor interés, hasta el extremo de parecer más una mera interrupción que otra cosa.

Si a lo anterior le sumamos el más que previsible cliché del atentado contra JF Kennedy como punto Jombar que altera la historia posterior, comprenderemos por qué esta novela, que parecía reclamar la categoría de clásico cuando fue publicada, ha quedado con el tiempo arrinconada como una obra únicamente interesante para los aficionados más apasionados a la ciencia-ficción dura.

sábado, 14 de octubre de 2023

"Un mundo fuera del tiempo" (1976). Larry Niven

Prosigo con la presente entrada mi recorrido en orden cronológico por los autores más representativos del subgénero de la ciencia-ficción dura, a través de muchas de sus mejores novelas. Vamos avanzando ya por la década de los setenta, en la cual uno de los escritores más reputados e incuestionablemente adscrito al subgénero era el estadounidense Larry Niven. Famoso por su habilidad para construir universos fascinantes, a la vez que física y tecnológicamente plausibles, la elección obvia para este recorrido habría sido "Mundo Anillo" (1970). Pero dado que ya reseñé esta novela en su momento, he optado por presentarles aquí una novela que no pertenece a su universo del Espacio Reconocido y que, sin embargo, es también una buena muestra de ciencia-ficción dura. Se trata de "Un Mundo Fuera del Tiempo", publicada tan sólo unos años después de su obra de cabecera. Y que se trata de una novela con el inconfundible sello de su autor, de imaginación desbordante, duración agradablemente contenida, y a la que falta un punto de consistencia y de regularidad para convertirse en un clásico.

En esta novela el autor nos presenta a J.B. Corbell, un piloto del siglo XXII que despierta de su hibernación con la misión de sembrar la vida por sistemas planetarios sin vida situados a años luz de nuestro planeta. Un planteamiento que evidentemente facilita el tratamiento de ciencia-ficción dura que el autor confiere a su obra. Y es que, como es norma en Niven, los mayores aciertos de la obra apelan a la inteligencia del lector y a su capacidad para aprehender el elemento científico. No sólo los avances y la evolución tecnológica están tratados con un rigor absoluto, sino que también las diferentes formas sociales y sus orígenes sorprenden por su coherencia, al tiempo que fascinan por su rigidez y su perdurabilidad. Todo ello aderezado por un mundo científicamente modificado, en el que se han contemplado los efectos de todas las modificaciones: eclipses, calentamiento, nuevas especies... Y con la habitual riqueza en gadgets fruto de la imaginación del escritor: cabinas telefónicas, nuevos vehículos, alfombra-nubes, estarreactores... En especial me gustó la idea y la explicación del movimiento de Urano, y el plan de habitabilidad de la Galaxia.

Ciñéndonos a la narración, me parecieron especialmente notables las cien primeras páginas: el Estado, el viaje interestelar, las "conversaciones" entre Corbell y Firssa, la investigación de ese planeta que recuerda a la Tierra... Bien es cierto que tanto algunos artilugios como la investigación del planeta puede recordar a lo que Niven narró en "Mundo Anillo", hasta el punto de dar la impresión de que Niven quisiera reaprovechar algunos hallazgos de su famosa obra. No obstante, conforme la historia avanza, se complica un tanto: se pierde un poco el hilo con tantos dikta, Varones y Niñas. Sigue fascinando, en todo caso, ese modus vivendi a lo Robinson Crusoe que se nos presenta, y ese difícil equilibrio entre evolución e involución.

Como en prácticamente todas sus obras, cabe reprocharle a Niven su prosa poco literaria, a menudo recurriendo a demasiados símiles vulgares, y sin realzar realmente los momentos de mayor dramatismo. Pero como adelantaba al principio, ello redunda en una agradable concisión, pues cuando el lector finaliza la obra no puede por menos que admirar todo lo que ha ocurrido en apenas doscientas cincuenta páginas.

Por último, reseña que no es fácil idear un final creíble y factible para una obra tan ambiciosa. Sin embargo, Niven lo logra con llamativa habilidad.

domingo, 24 de septiembre de 2023

"Tau cero" (1970). Poul Anderson

Con la entrada que les traigo hoy voy a dar continuidad al recorrido que inicié hace unas semanas por los autores y las obras más reprensentativas del subgénero de la ciencia-ficción dura. Estamos a finales de la década de los sesenta y, por lo tanto, le ha llegado el turno al norteamericano Poul Anderson. Un escritor que siempre permaneció en un discreto segundo plano frente a los grandes nombres de su época, aunque se trata de un autor sólido y versátil, de larga trayectoria en el género. Y la que reseño hoy es su obra más claramente identificable y reconocida como "ciencia-ficción dura". Que, como sucede con los grandes títulos de este subgénero, aún puede leerse perfectamente después de más de medio siglo desde su publicación. Porque estamos ante una muy interesante novela sobre la exploración interestelar a velocidades sublumínicas, que con un poco más de fuerza en su desarrollo habría podido alcanzar la condición de clásico.

Lo primero que sorprenderá gratamente al lector será el dominio que exhibe Anderson sobre este tipo de viajes. No sólo los distintos elementos científicos y tecnológicos están, como cabría esperar, muy bien detallados (propulsores de hidrógeno, campos de fuerza, nave Bussard...), sino que se explican con un rigor digno de la más estricta ciencia-ficción dura los efectos ópticos de la propagación a velocidades próximas a la de la luz, los efectos relativistas, e incluso el porqué del título ("cuanto más cerca está c de v, más se acerca tau a cero"). Si a ello le unimos un elenco adecuado de personajes para sacar lo máximo posible del viaje interestelar propuesto, y el perceptible esfuerzo del autor por caracterizar a muchos de ellos a pesar de tratarse de una novela que gira incuestionablemente en torno al elemento científico (Lars Telander, Emma Glassgold, Carl Reymont...), entenderemos que las expectativas del lector en seguida se vuelvan muy altas. Mas aún a partir del accidente con la nebulosa, tan bien relatado como sorprendentemente comprensible incluso para desconocedores de la materia, y que condiciona el desarrollo del resto de la novela.

Sin embargo, tras los primeros capítulos los acontecimientos se ralentizan y disminuyen los episodios de acción. Especialmente en las páginas posteriores al accidente, netamente especulativas y sin apenas fuerza narrativa. Si bien esta relativamente negativa impresión se mantiene durante la segunda mitad de la novela, el autor sigue presentando los distintos hitos que tenía previstos, pero lo hace sin emocionar realmente. De hecho, el lector puede tener la impresión de que la novela ha pasado a convertirse en una serie de pequeñas decepciones periódicas.

Probablemente lo mejor de la novela sean las implicaciones cosmológicas del tiempo transcurrido: fruto de la resolución de pilotar la Leonora Christine "a toda máquina", se presenta ante los ojos del lector la inmensidad del espacio-tiempo, tan difícil de aprehender como fascinante. Otros logros que no conviene obviar son el buen conocimiento que exhibe el escritor acerca de las tradiciones de una Suecia hemegónica a nivel mundial, las frecuentes reflexiones sobre la condición humana y el comportamiento de un grupo cerrado, aislado y sin esperanza de supervivencia, el primer embarazo a bordo (una baza inesperada que anima el un tanto anodino tramo final), y el desenlace (si no quieren averiguarlo de antemano, pasen al siguiente párrafo: el hallazgo con el que los tripulantes podrán comenzar una nueva era para la humanidad).

Para finalizar, reseñar algunos defectos menos relevantes que la falta de chispa a la que aludía antes, pero incuestionablemente presentes: los posiblemente excesivos episodios de sexo (tantos, que a veces resulta difícil saber cuál es la pareja actual de cada personaje, aunque quizá el autor justificaría este aspecto como algo inevitable en un entorno auto-contenido); algún que otro personaje que aparece como recurso de última hora cnad la narración está muy avanzada; y ocasionales imprecisiones descriptivas (¿dónde está la nave en las páginas finales?). En todo caso, no tan notorios como para no recomendar esta novela si quieren conocer cómo fue evolucionando desde sus inicios la ciencia-ficción dura.

"Visión Ciega" (2006). Peter Watts

Con la entrada que les traigo hoy sigo avanzando en mi recorrido por los autores y las obras más representativas del subgénero de la cienci...