Con la entrada de hoy prosigo mi recorrido en orden cronológico por alguna de las sagas que aún no habían aparecido en este humilde blog. O no en toda su extensión, como es el caso de la novela que les traigo hoy. Que, además, posee otra particularidad: es una saga escrita por un escritor español. En concreto, se trata de la Trilogía Victoriana del gaditano Félix J. Palma. Una saga de la que ya les había hablado a través de su primera entrega, "El Mapa del Tiempo", cuando realicé mi recorrido por los escritores más representativos de la literatura de ciencia-ficción en España. Pero en la que nunca había seguido profundizando. Y es que, como ya expuse en su momento, su lectura no me acabó de cautivar y, tratándose de una serie de novelas muy extensas, no tenía muy claro si algún día me animaría a proseguir con su lectura. Pero, años más tarde, finalmente le di una oportunidad a su segunda entrega, "El Mapa del Cielo", y por eso se la traigo hoy por aquí. Y es que, aunque comparte varios defectos con su predecesora, se trata de una entrega, en mi opinión, ligeramente superior a ella, que dentro de una trama de ciencia-ficción inserta una historia de amor, y adereza el conjunto incorporando a varios personajes históricos.
Como les anticipaba, uno de los fallos principales del libro es su extensión excesiva. Y eso es algo muy evidente desde el propio comienzo: por mucho que el autor necesite refrescarnos algunos pasajes de "El Mapa del Tiempo" para poder disfrutar de esta segunda entrega, y por mucho que juegue a ser el narrador omnisciente con poder absoluto sobre lo que va a experimentar el lector, la lentitud que lastra el comienzo será aplicable a prácticamente toda la obra. Y lo mismo cabe decir respecto a su morosidad verbal. A lo largo de más de setecientas páginas Palma nos llegará incluso a relatar varias veces los mismos sucesos desde el punto de vista de diferentes personajes. Y lo hará mediante una cantidad ingente de párrafos larguísimos, y por el contrario, mediante muy pocos diálogos. Aunque si el lector pone un poco de su parte y no se deja abrumar por estas dificultades, la lectura termina siendo entretenida. Y mantiene la intriga hasta el final.
Porque la historia de amor que supuestamente dinamiza la novela es en realidad un aspecto complementario de una narración de aventuras en la que Palma recurre a varias de las temáticas más conocidas en la literatura de ciencia-ficción (el primer contacto, la invasión extraterrestre, los universos paralelos, el viaje en el tiempo y sus paradojas...). Un despliegue que para el aficionado al género puede resultar poco llamativo y hasta pesado, pero del que el autor sale airoso de cara al público general gracias a condimentos como cierta ambientación steampunk o el homenaje a tótems de la literatura anglosajona, como Edgar Allan Poe o Herbert George Wells.
La profundización en algunas de las vivencias de ambos escritores (en el caso de Wells, prácticamente recorre su vida de cabo a rabo), y la alteración que realiza de las mismas para adaptarlas a una trama que, poco a poco, irá encajando una sucesión de piezas aparentemente inconexas contribuye, sin duda, a que el público anglosajón se haya interesado por esta novela (su traducción al inglés constituyó un notable éxito de ventas). Pero también hay que reconocer que servirse de personajes y episodios conocidos le facilita el trabajo al escritor, pues una vez documentado al respecto, ya tiene a sus personajes principales creados, y sólo es cuestión de rodearlos de otros ya predefinidos por el argumento para completar su elenco. Aun así, el protagonista real del libro, Wells, se me antojó un tanto estereotipado, rígido en su caracterización. Y la supuesta pareja protagonista, el ricachón Gillian Murray y la bella joven Emma Harlow, encargados de ofrecernos la historia de amor, desempeñan un rol a menudo secundario, y desaparecen cuando aún queda casi una quinta parte de la novela, sin haber influido de manera determinante en la misma.
Siguiendo con los defectos de esta segunda entrega, el "mapa del cielo" que le da título no termina de ser el elemento que vertebre sus tres partes, y el mensaje que Palma intenta ofrecer con él, no termina de entenderse. La prosa del escritor, aunque original, fluida y bien surtida de recursos estilísticos, a veces peca de un afán de lucimiento excesivo, y otras de errores obvios a la hora de emplear nuestro idioma (por ejemplo, hatajo sin "h", "olor" en vez de "loor", "conciencia" en lugar de "consciencia", o la conjugación incorrecta en plural de sujetos que enuncia en singular como "la mayoría" o "nadie"). En otro orden de cosas, el escritor a veces se excede en su juego con el lector, y lo engaña abiertamente en busca de un elemento sorpresa tan exacerbado que en ocasiones se vuelve contra él. Y conforme avanza la lectura, se va imponiendo la sensación de que todo es posible, y que por lo tanto, el autor puede tomarse la licencia de fantasear mucho más allá de lo verosímil.
A cambio, debo reseñar que el elemento científico está razonablemente bien tratado en sus múltiples vertientes, especialmente si lo miramos a través del prisma de los conocimientos tecnológicos y científicos de finales del siglo XIX. Y también que incluso subtramas aparentemente sin hilazón van convergiendo de manera convincente conforme avanza la lectura. El escritor logra a menudo su cometido de generar intensas emociones en el lector (de la ternura al terror, de la intriga a la desesperanza). Y gana puntos cuando nos presenta esa especie de sociedad maquinal, casi distópica, que instauran los marcianos en la Tierra tras su victoria. Hasta culminar su lista de aciertos con esa oda al amor que nos ofrece como conclusión a tanto derroche creativo, a tanto extraterrestre malvado y tanta recreación de la obra de Wells. Aunque el resultado de semejante esfuerzo no me convenció tanto como para decidirme a iniciar la lectura de la tercera y última entrega de la saga, "El Mapa del Caos". ¿Me animaré algún día?
Pasión por la ciencia-ficción
Un apasionado de la literatura de ciencia-ficción y escritor a tiempo parcial que dedica parte de sus escasos ratos libres a compartir su pasión con el resto de aficionados.
viernes, 28 de marzo de 2025
lunes, 24 de febrero de 2025
"Metro 2033" (2005). Dmitry Glukhovsky
La entrada que hoy les traigo es una nueva del recorrido que estoy realizando, en orden cronológico, por algunas de las sagas más relevantes disponibles para el lector en español y que aún no habían aparecido, o no en su totalidad, en este humilde blog. Avanzamos al año 2005, que fue cuando vio la luz en formato libro en su país de origen "Metro 2033", del escritor ruso Dmitry Glukhovsky. No son muy habituales las traducciones de ciencia-ficción rusa a nuestro idioma, así que el mero hecho de que nos terminara llegando demuestra la relevancia de esta novela. Que a lo largo de los años fue extendida con dos secuelas ("Metro 2034", publicada en 2010, y "Metro 2035", publicada en 2015), hasta conformar la "saga Metro", una de las más populares en nuestras librerías en los últimos años. Y es que a su original argumento (la vida en los túneles del metro de Moscú unas décadas después de una devastadora guerra nuclear) se añade la originalidad de una ambientación y un estilo literario poco habituales para el lector occidental. Lo cual da lugar a una obra original, opresiva y sombría, pero también difícil de leer y fantasiosa en exceso.
Sin duda la mayor virtud del libro es su marco escénico: el panorama post-apocalíptico que crea Glukhovsky, aprovechando las particularidades de cada línea y hasta cada estación del metro, es sobrecogedoramente verosímil. A pesar de las dificultades inherentes a los nombres en ruso, y de las inevitables particularidades culturales de aquel país, el lector logrará sin excesivo esfuerzo orientarse en tan tétrico escenario, e incluso comprender la cohabitación de las facciones surgidas tras décadas bajo tierra en condiciones extremas (la Hansa, el Cuarto Reich, la Polis, los Rojos). Un lugar donde reina la ley del más fuerte, y donde sus habitantes han desarrollado una habilidad para la supervivencia, y han encontrado un sentido a tan precaria forma de vida, que se prestan a las más diversas reflexiones.
En este marco el escritor inserta a su protagonista absoluto, el joven Artyom, y lo hace recorrer durante casi tres semanas una estación tras otra en pos de una meta... un tanto endeble. Porque durante los dos primeros tercios de la obra la trama es tan simple como reiterativa: Artyom se irá encontrando suvesivamente con una serie de lobos solitarios y gentes hechas a sí mismas (Hunter, Bourbon, Kan, Melnik...) a los que en su mayor parte dejará atrás tras un breve interacción, sin que de tales encuentros apenas perduren más que unas pocas reflexiones y consejos puntuales. De suerte que, a pesar de su notable extensión, la novela no tiene en la caracterización de sus personajes uno de sus puntos fuertes. En el último tercio la trama sí se vuelve un poco más elaborada, y la misión y sus consecuencias se van volviendo más claras, pero siempre en segundo plano frente a la ambientación.
Por terminar con los puntos fuertes del libro, resaltar que a lo largo de sus páginas abundan las reflexiones. Bien es cierto que muchas se antojan más una crítica a la sociedad rusa de principios de siglo que una especulación sobre los excesos de la humanidad, pero son muchos los personajes que, en ocasiones a costa de interrumpir el ritmo narrativo, disertan sobre las más variadas cuestiones. Por otra parte, la manera en que las estaciones han logrado aprovechar los escasos recursos disponibles (subsistiendo a base de cerdos, ratas, gallinas y setas), la sensación de pesimismo casi continua, los episodios de angustia, los pasajes de misterio o los momentos de terror evidencian que la novela aprovecha con éxito muchos de los elementos post-apocalípticos a su alcance.
Y sin embargo, mi balance final tras concluir la lectura no fue tan positivo como para animarme a continuar con el resto de la saga. Fundamentalmente por dos defectos: uno evidente desde el principio, y otro que se vuelve más acusado conforme avanza la narración. El primero salta a la vista desde las primeras páginas: el estilo literario, que es cuanto menos arcaico, por no decir mejorable: capítulos muy largos, cuyos título y desarrollo no se corresponden con su extensión, y que deberían haberse fraccionado de un modo mucho más ágil; párrafos inacabables, que piden a gritos una reestructuración para una mayor amenidad y una mejor comprensión; descripciones imprecisas, que sólo el imprescindible mapa situado al comienzo del libro ayuda a soslayar; escasez de diálogos, siempre menos abundantes que las descripciones, y a menudo consistententes en discuros antinaturales... Todo muy lejano a los cánones de calidad de cualquier novela occidental de nivel medio. Pero es el segundo defecto el que termina de echar por tierra los logros de la trama: poco a poco el lector va percibiendo que la biocenosis ideada por Glukhovsky parece excesivamente alterada para haber transcurrido tan sólo un par de décadas desde la hecatombe, pero es cuando Artyom sale por fin a la superficie y se enfrenta con... ¡pterodáctilos y simios bibliotecarios! que las concesiones fantasiosas chocan definitivamente contra la pretendida verosimilitud. Aunque para desgracia del lector, antes de concluir la lectura aún se topará con creaciones más descabelladas: los caníbales del mítico Gran Gusano, la "masa barboteante" del Kremlin, o incluso el "hormiguero de los Negros". Creaciones excesivamente fantasiosas para cualquiera que aspirara a considerar a "Metro 2033" una novela rigurosa.
Otros defectos menores afean también el resultado global. Los continuos pasajes de sueño de Artyom, que Glukhovsky intenta sin éxito confundir con situaciones reales, son un recurso literario tan manido como superfluo y hasta tedioso. En otro orden de cosas, chirría la abundancia en las estaciones de determinados recursos, sin duda necesarios para permitir la vida pero improbables en un escenario post-apocalíptico. La escasa habilidad del autor para inferir el necesario dramatismo a los episodios de enfrentamiento y a las huidas es palmaria. Así como las dificultades a la hora de dibujar cada estación para que cobre vida ante los ojos del lector. Por último deob mencionar las notas aclaratorias que se ofrecen al final, de escasa utilidad dado que no se enlazan con el punto de la novela al que se refieren, un detalle que habría tenido fácil solución.
Lógicamente, el desenlace es lo suficientemente abierto para permitir una continuación, por lo que no debemos esperar que sea un cierre redondo a lo narrado. Aun así, tampoco mejora la impresión final: se presenta como momento culmen un episodio del que lector no tenía constancia hasta apenas unas decenas de páginas antes, pero su resolución simple, y sobre todo, su sorpresa en forma de una revelación (las supuestas intenciones humanitarias de los Negros) que no casa en absoluto con la maldad de que habían hecho gala hasta entonces, resultan decepcionantes. En resumidas cuentas, podría haber sido una gran novela, de no haber estado lastrada por todos estos inconvenientes.
Sin duda la mayor virtud del libro es su marco escénico: el panorama post-apocalíptico que crea Glukhovsky, aprovechando las particularidades de cada línea y hasta cada estación del metro, es sobrecogedoramente verosímil. A pesar de las dificultades inherentes a los nombres en ruso, y de las inevitables particularidades culturales de aquel país, el lector logrará sin excesivo esfuerzo orientarse en tan tétrico escenario, e incluso comprender la cohabitación de las facciones surgidas tras décadas bajo tierra en condiciones extremas (la Hansa, el Cuarto Reich, la Polis, los Rojos). Un lugar donde reina la ley del más fuerte, y donde sus habitantes han desarrollado una habilidad para la supervivencia, y han encontrado un sentido a tan precaria forma de vida, que se prestan a las más diversas reflexiones.
En este marco el escritor inserta a su protagonista absoluto, el joven Artyom, y lo hace recorrer durante casi tres semanas una estación tras otra en pos de una meta... un tanto endeble. Porque durante los dos primeros tercios de la obra la trama es tan simple como reiterativa: Artyom se irá encontrando suvesivamente con una serie de lobos solitarios y gentes hechas a sí mismas (Hunter, Bourbon, Kan, Melnik...) a los que en su mayor parte dejará atrás tras un breve interacción, sin que de tales encuentros apenas perduren más que unas pocas reflexiones y consejos puntuales. De suerte que, a pesar de su notable extensión, la novela no tiene en la caracterización de sus personajes uno de sus puntos fuertes. En el último tercio la trama sí se vuelve un poco más elaborada, y la misión y sus consecuencias se van volviendo más claras, pero siempre en segundo plano frente a la ambientación.
Por terminar con los puntos fuertes del libro, resaltar que a lo largo de sus páginas abundan las reflexiones. Bien es cierto que muchas se antojan más una crítica a la sociedad rusa de principios de siglo que una especulación sobre los excesos de la humanidad, pero son muchos los personajes que, en ocasiones a costa de interrumpir el ritmo narrativo, disertan sobre las más variadas cuestiones. Por otra parte, la manera en que las estaciones han logrado aprovechar los escasos recursos disponibles (subsistiendo a base de cerdos, ratas, gallinas y setas), la sensación de pesimismo casi continua, los episodios de angustia, los pasajes de misterio o los momentos de terror evidencian que la novela aprovecha con éxito muchos de los elementos post-apocalípticos a su alcance.
Y sin embargo, mi balance final tras concluir la lectura no fue tan positivo como para animarme a continuar con el resto de la saga. Fundamentalmente por dos defectos: uno evidente desde el principio, y otro que se vuelve más acusado conforme avanza la narración. El primero salta a la vista desde las primeras páginas: el estilo literario, que es cuanto menos arcaico, por no decir mejorable: capítulos muy largos, cuyos título y desarrollo no se corresponden con su extensión, y que deberían haberse fraccionado de un modo mucho más ágil; párrafos inacabables, que piden a gritos una reestructuración para una mayor amenidad y una mejor comprensión; descripciones imprecisas, que sólo el imprescindible mapa situado al comienzo del libro ayuda a soslayar; escasez de diálogos, siempre menos abundantes que las descripciones, y a menudo consistententes en discuros antinaturales... Todo muy lejano a los cánones de calidad de cualquier novela occidental de nivel medio. Pero es el segundo defecto el que termina de echar por tierra los logros de la trama: poco a poco el lector va percibiendo que la biocenosis ideada por Glukhovsky parece excesivamente alterada para haber transcurrido tan sólo un par de décadas desde la hecatombe, pero es cuando Artyom sale por fin a la superficie y se enfrenta con... ¡pterodáctilos y simios bibliotecarios! que las concesiones fantasiosas chocan definitivamente contra la pretendida verosimilitud. Aunque para desgracia del lector, antes de concluir la lectura aún se topará con creaciones más descabelladas: los caníbales del mítico Gran Gusano, la "masa barboteante" del Kremlin, o incluso el "hormiguero de los Negros". Creaciones excesivamente fantasiosas para cualquiera que aspirara a considerar a "Metro 2033" una novela rigurosa.
Otros defectos menores afean también el resultado global. Los continuos pasajes de sueño de Artyom, que Glukhovsky intenta sin éxito confundir con situaciones reales, son un recurso literario tan manido como superfluo y hasta tedioso. En otro orden de cosas, chirría la abundancia en las estaciones de determinados recursos, sin duda necesarios para permitir la vida pero improbables en un escenario post-apocalíptico. La escasa habilidad del autor para inferir el necesario dramatismo a los episodios de enfrentamiento y a las huidas es palmaria. Así como las dificultades a la hora de dibujar cada estación para que cobre vida ante los ojos del lector. Por último deob mencionar las notas aclaratorias que se ofrecen al final, de escasa utilidad dado que no se enlazan con el punto de la novela al que se refieren, un detalle que habría tenido fácil solución.
Lógicamente, el desenlace es lo suficientemente abierto para permitir una continuación, por lo que no debemos esperar que sea un cierre redondo a lo narrado. Aun así, tampoco mejora la impresión final: se presenta como momento culmen un episodio del que lector no tenía constancia hasta apenas unas decenas de páginas antes, pero su resolución simple, y sobre todo, su sorpresa en forma de una revelación (las supuestas intenciones humanitarias de los Negros) que no casa en absoluto con la maldad de que habían hecho gala hasta entonces, resultan decepcionantes. En resumidas cuentas, podría haber sido una gran novela, de no haber estado lastrada por todos estos inconvenientes.
viernes, 31 de enero de 2025
"Híbridos" (2003). Robert J. Sawyer
Continúo con la presente entrada la revisión en orden cronológico de algunas de las sagas más relevantes de la literatura de ciencia-ficción disponibles para el lector en español, y que no habían hecho acto de presencia en mi primera revisión hace unos cuantos años. La reseña de hoy me permite concluir la saga el Paralaje Neanderthal, del escritor canadiense Robert J. Sawyer. "Híbridos" fue la novela que cerró esta singular trilogía tan sólo unos meses después de la publicación de la segunda entrega, "Humanos" (2003), la cual reseñé en mi anterior entrada. Al ser escrita inmediatamente a continuación de su predecesora, "Híbridos" se presenta prácticamente como un punto y seguido de aquella, tanto argumental como estilísticamente. Y constituye un cierre notable para una trilogía más amena que trascendente (a pesar de la aparente profundidad de la temática tratada). Que remata con criterio y sentido común los principales temas tratados a lo largo de la misma, sirviéndose para ello de varios giros inesperados. Pero que también se enreda innecesariamente en la cuestión religiosa.
Y es que la novedad de esta tercera entrega, avanzada por su título de manera explícita (la concepción de una hija híbrida por parte de sus dos grandes protagonistas, el neanderthal Ponter y la sapiens Mary) no se centra tanto en las cuestiones genéticas como en el componente religioso. Lo malo es que al ateísmo incuestionado de Ponter Sawyer le contrapone el catolicismo exacerbado de Mary, la cual practica una sumisión inusual (incluso para la época en la que fue escrita) a los dogmas más controvertidos de la Iglesia. Hasta el extremo de que el autor hace fallecer al papa real de aquel entonces para crear a un nuevo pontífice ficticio con la única función de echar para atrás cualquier esperanza de una supuesta apertura de la jerarquía católica. Y por si fuera poco, se recrea en reproducir una aparición mariana en la mente de Mary, recurriendo a un singular experimento científico que confirma una supuesta diferencia genética que "afecta" a los sapiens pero no a los neanderthales. La justificación final a tan controvertida exposición, el colapso del magnético de la Tierra sapiens del que nos venía hablando desde "Humanos", no sólo decepciona por su reiteración hasta en el momento culmen de la novela, sino que echa por tierra lo que por lo demás habría sido un desenlace impecable.
Porque si obviamos los tramos dedicados a las especulaciones y el cuestionamiento religiosos, nos quedará, en mi opinión, la mejor entrega de la trilogía: fluida, equilibrada entre sus dos escenarios, fácil de leer y disfrutable de principio a fin. Y eso que durante los primeros capítulos puede parecer que el escritor le ha "dado a la manivela" y se ha limitado a secuenciar y exponer de manera lógica y ordenada lo que sugerían sus antecesoras. Pero conforme avanza la lectura, Sawyer dará varios giros narrativos inesperados (la aparición de un personaje clave hasta el final, como lo será la neanderthal Bandra, el inesperado lesbianismo de Mary, el traslado del violador Cornelius Ruskin al Grupo Sinergía en Rochester, incluso el diabólico plan de Jock Krieger) que aumentan considerablemente el interés y realzan su creación. Por lo que da aún más rabia la relevancia que confiere al componente religioso: con tantos elementos en juego y tantos ases en la manga era completamente innecesario.
No por conocidas de sus predecesoras dejan de apreciarse aquí otras virtudes de la saga: la ausencia de capítulos de relleno, el cuidado en el trato del elemento científico (las páginas dedicadas a explicar primero y escoger después los rasgos de la hija híbrida son una auténtica delicia), la coherencia que mantiene la sociedad neanderthal conforme seguimos aprendiendo de ella, la acertada interacción de unos personajes que en realidad son muy distantes entre sí, el dinamismo de la narración, una prosa sencilla y solvente incluso a la hora de explicar complejos conceptos tecnológicos, y la habilidad para seguir encontrando cuestiones con las que comparar ambas sociedades.
Del mismo modo, el lector se topa en "Híbridos" con los defectos habituales: frecuentes concesiones "a lo best-seller", adopción final de la postura más digerible para el lector medio de las peliagudas cuestiones morales que se plantean, escaso aprovechamiento del comité de celebridades neanderthales de visita en la Tierra sapiens, un ahínco si cabe aún mayor que en los dos libros anteriores por introducir referencias estrictamente contemporáneas (lo de meter al por aquel entonces Secretario General de la ONU Kofi Anan junto a otros representantes inventados no puede chirriar más), la insistencia en comparar las sociedades canadiense y estadounidense... A los que se añade uno nuevo: los pequeños recortes de un supuesto discurso histórico para la historia de la humanidad que abren cada capítulo, y que al final nada aportan al desenlace.
El cual, por cierto, es frenético e inteligente a partes iguales: exceptuando la sencillez con la que Mary consigue acceder al ordenador de Krieger, y la ya comentada hipérbole mística que afea sus pasajes finales, el resto raya a gran altura: la trama oculta de Krieger, la accidental participación de Ruskin en la misma, el vertiginoso desarrollo de la acción a caballo entre ambos universos, la sorpresa final de los potencialmente infectables por el virus modificado... Hasta el epílogo resulta convincente a la hora de atar cabos. Pero supongo que, frente a todos ellos, el mojigato enfoque religioso constituía un mayor gancho a nivel de ventas. Aun así, un meritorio cierre a una entretenida trilogía, que a pesar de sus innegables virtudes no pasará a la historia.
Y es que la novedad de esta tercera entrega, avanzada por su título de manera explícita (la concepción de una hija híbrida por parte de sus dos grandes protagonistas, el neanderthal Ponter y la sapiens Mary) no se centra tanto en las cuestiones genéticas como en el componente religioso. Lo malo es que al ateísmo incuestionado de Ponter Sawyer le contrapone el catolicismo exacerbado de Mary, la cual practica una sumisión inusual (incluso para la época en la que fue escrita) a los dogmas más controvertidos de la Iglesia. Hasta el extremo de que el autor hace fallecer al papa real de aquel entonces para crear a un nuevo pontífice ficticio con la única función de echar para atrás cualquier esperanza de una supuesta apertura de la jerarquía católica. Y por si fuera poco, se recrea en reproducir una aparición mariana en la mente de Mary, recurriendo a un singular experimento científico que confirma una supuesta diferencia genética que "afecta" a los sapiens pero no a los neanderthales. La justificación final a tan controvertida exposición, el colapso del magnético de la Tierra sapiens del que nos venía hablando desde "Humanos", no sólo decepciona por su reiteración hasta en el momento culmen de la novela, sino que echa por tierra lo que por lo demás habría sido un desenlace impecable.
Porque si obviamos los tramos dedicados a las especulaciones y el cuestionamiento religiosos, nos quedará, en mi opinión, la mejor entrega de la trilogía: fluida, equilibrada entre sus dos escenarios, fácil de leer y disfrutable de principio a fin. Y eso que durante los primeros capítulos puede parecer que el escritor le ha "dado a la manivela" y se ha limitado a secuenciar y exponer de manera lógica y ordenada lo que sugerían sus antecesoras. Pero conforme avanza la lectura, Sawyer dará varios giros narrativos inesperados (la aparición de un personaje clave hasta el final, como lo será la neanderthal Bandra, el inesperado lesbianismo de Mary, el traslado del violador Cornelius Ruskin al Grupo Sinergía en Rochester, incluso el diabólico plan de Jock Krieger) que aumentan considerablemente el interés y realzan su creación. Por lo que da aún más rabia la relevancia que confiere al componente religioso: con tantos elementos en juego y tantos ases en la manga era completamente innecesario.
No por conocidas de sus predecesoras dejan de apreciarse aquí otras virtudes de la saga: la ausencia de capítulos de relleno, el cuidado en el trato del elemento científico (las páginas dedicadas a explicar primero y escoger después los rasgos de la hija híbrida son una auténtica delicia), la coherencia que mantiene la sociedad neanderthal conforme seguimos aprendiendo de ella, la acertada interacción de unos personajes que en realidad son muy distantes entre sí, el dinamismo de la narración, una prosa sencilla y solvente incluso a la hora de explicar complejos conceptos tecnológicos, y la habilidad para seguir encontrando cuestiones con las que comparar ambas sociedades.
Del mismo modo, el lector se topa en "Híbridos" con los defectos habituales: frecuentes concesiones "a lo best-seller", adopción final de la postura más digerible para el lector medio de las peliagudas cuestiones morales que se plantean, escaso aprovechamiento del comité de celebridades neanderthales de visita en la Tierra sapiens, un ahínco si cabe aún mayor que en los dos libros anteriores por introducir referencias estrictamente contemporáneas (lo de meter al por aquel entonces Secretario General de la ONU Kofi Anan junto a otros representantes inventados no puede chirriar más), la insistencia en comparar las sociedades canadiense y estadounidense... A los que se añade uno nuevo: los pequeños recortes de un supuesto discurso histórico para la historia de la humanidad que abren cada capítulo, y que al final nada aportan al desenlace.
El cual, por cierto, es frenético e inteligente a partes iguales: exceptuando la sencillez con la que Mary consigue acceder al ordenador de Krieger, y la ya comentada hipérbole mística que afea sus pasajes finales, el resto raya a gran altura: la trama oculta de Krieger, la accidental participación de Ruskin en la misma, el vertiginoso desarrollo de la acción a caballo entre ambos universos, la sorpresa final de los potencialmente infectables por el virus modificado... Hasta el epílogo resulta convincente a la hora de atar cabos. Pero supongo que, frente a todos ellos, el mojigato enfoque religioso constituía un mayor gancho a nivel de ventas. Aun así, un meritorio cierre a una entretenida trilogía, que a pesar de sus innegables virtudes no pasará a la historia.
domingo, 19 de enero de 2025
"Humanos" (2003). Robert J. Sawyer
Prosigo con mi nuevo recorrido en orden cronológico por algunas de las sagas de ciencia-ficción más relevantes disponibles para el lector en español, y por ello voy a dedicar la entrada de hoy a la segunda entrega de la trilogía "El Paralaje Neanderthal", del escritor canadiense Robert J. Sawyer. "Humanos" (2003), la novela que reseñaré a continuación, fue publicada sólo unos meses después de "Homínidos" (2002), la cual reseñé precisamente en mi anterior entrada. No tan premiada como su predecesora, considero que "Humanos" es una digna continuación de "Homínidos", con el mismo nivel de especulaciones, e igual de amena a la vez que respetuosa con el elemento científico, pero sin el factor sorpresa de la primera. Aunque sí mantiene similares defectos.
El corto lapso de tiempo que, como acabo de mencionar, transcurrió desde que Sawyer terminó "Homínidos" hasta que hizo lo propio con "Humanos", se refleja nítidamente en lo que contienen sus páginas: estamos ante una continuación natural, que mantiene los mismos personajes principales y las mismas problemáticas, y se sitúa tan sólo unos días después de su predecesora, hechos que permiten al lector ubicarse inmediatamente. El escritor conserva asimismo el estilo, lo que supone que nos encontramos de nuevo con capítulos cortos y nada divagadores, una prosa directa y fácilmente comprensible, un evidente afán de verosimilitud dada lo increíble de su premisa inicial (los dos universos conectados que permiten a neanderthales y cro-magnones interaccionar gracias a un fallido experimento cuántico), y un ritmo alto. Todo lo cual ayuda a que el lector preserve su interés por cuanto sucede.
Pero, quizás para poner de manifiesto que esta segunda entrega fue concebida de manera independiente a su antecesora, el autor introduce una novedad relevante: las recurrentes conversaciones que mantendrá a lo largo de sus páginas su protagonista neanderthal (Ponter Boddit) con su psicoanalista. Un recurso literario muy similar al que empleó Fredrik Pohl en su multipremiada "Pórtico" (1977), y que le permite a Sawyer tanto crear expectación sobre acontecimientos que narrará posteriormente, como permitir especulaciones alejadas de la ya conocida yuxtaposición neanderthal - sapiens. Por otra parte, ello no impide que el escritor siga estimulando al lector con múltiples reflexiones sobre multitud de cuestiones, desde la renuncia a la privacidad a cambio de una seguridad prácticamente absoluta hasta el papel que la religión (o su ausencia) ha desempeñado a la hora de moldear las sociedades. Además, en "Humanos" Sawyer aprovecha con buen criterio para profundizar más a fondo en la sociedad neanderthal, favoreciendo de paso el enriquecimiento de la trama gracias a algunas de sus diferencias respecto a la sapiens: desde las implicaciones de los matrimonios "a tres bandas" que allí constituyen la norma, hasta la forma como recurre al agudísimo sentido del olfato de los neanderthales en su desenlace.
Sin embargo, globalmente "Humanos" me parece ligeramente inferior a la primera entrega. Entre otras razones, porque pierde el factor sorpresa de aquélla: aquí el escritor se limita casi exclusivamente a explotar sus hallazgos de entonces. Pero también porque se echan de menos las pinceladas sobre el impacto causado por los neanderthales al principio de cada capítulo a los que nos había acostumbrado. O porque, al menos en esta segunda entrega, Sawyer no termina de aprovechar una de las bazas con las que contaba: la jugosa selección de celebridades del universo neanderthal que se trasladan a nuestro mundo para ayudar al progreso en todos los ámbitos. O por detalles como la atención dedicada durante toda la novela a la inversión del campo magnético terrestre, para que finalmente constituya sólo un detalle accesorio del desenlace, y ni siquiera termine de explicar su impacto bien del todo.
"Humanos" comparte otros defectos con su predecesora, en algunos casos incluso más acusados: los continuos "detalles de best-seller" (resaltar el evidente esfuerzo por alinear sus reflexiones con las posturas morales asumibles por el mayor número de potenciales lectores, o el excesivo foco en la relación sentimental y sexual entre Ponter y Mary); la reiteración de referencias "contemporáneas" de los más diversos ámbitos que, veinte años más tarde, ya empiezan a estar obsoletas; los personajes arquetípicos (en esta oportunidad incluso las motivaciones del violador resultan ser un mero cliché de burdo antifeminismo); o la obsesión con comparar recurrentemente a Canadá con Estados Unidos, un aspecto que a los lectores de otros continentes seguramente les interesará muy poco.
Una sucesión de acontecimientos coherentes rematada por un desenlace aseado y de cierto impacto contribuyen a que el lector se muestre abierto a concluir la lectura de la trilogía; entre otras cosas para averiguar cómo el escritor ató los múltiples cabos que, probablemente de forma intencionada, dejó sueltos al final de esta novela más entretenida que trascendente.
El corto lapso de tiempo que, como acabo de mencionar, transcurrió desde que Sawyer terminó "Homínidos" hasta que hizo lo propio con "Humanos", se refleja nítidamente en lo que contienen sus páginas: estamos ante una continuación natural, que mantiene los mismos personajes principales y las mismas problemáticas, y se sitúa tan sólo unos días después de su predecesora, hechos que permiten al lector ubicarse inmediatamente. El escritor conserva asimismo el estilo, lo que supone que nos encontramos de nuevo con capítulos cortos y nada divagadores, una prosa directa y fácilmente comprensible, un evidente afán de verosimilitud dada lo increíble de su premisa inicial (los dos universos conectados que permiten a neanderthales y cro-magnones interaccionar gracias a un fallido experimento cuántico), y un ritmo alto. Todo lo cual ayuda a que el lector preserve su interés por cuanto sucede.
Pero, quizás para poner de manifiesto que esta segunda entrega fue concebida de manera independiente a su antecesora, el autor introduce una novedad relevante: las recurrentes conversaciones que mantendrá a lo largo de sus páginas su protagonista neanderthal (Ponter Boddit) con su psicoanalista. Un recurso literario muy similar al que empleó Fredrik Pohl en su multipremiada "Pórtico" (1977), y que le permite a Sawyer tanto crear expectación sobre acontecimientos que narrará posteriormente, como permitir especulaciones alejadas de la ya conocida yuxtaposición neanderthal - sapiens. Por otra parte, ello no impide que el escritor siga estimulando al lector con múltiples reflexiones sobre multitud de cuestiones, desde la renuncia a la privacidad a cambio de una seguridad prácticamente absoluta hasta el papel que la religión (o su ausencia) ha desempeñado a la hora de moldear las sociedades. Además, en "Humanos" Sawyer aprovecha con buen criterio para profundizar más a fondo en la sociedad neanderthal, favoreciendo de paso el enriquecimiento de la trama gracias a algunas de sus diferencias respecto a la sapiens: desde las implicaciones de los matrimonios "a tres bandas" que allí constituyen la norma, hasta la forma como recurre al agudísimo sentido del olfato de los neanderthales en su desenlace.
Sin embargo, globalmente "Humanos" me parece ligeramente inferior a la primera entrega. Entre otras razones, porque pierde el factor sorpresa de aquélla: aquí el escritor se limita casi exclusivamente a explotar sus hallazgos de entonces. Pero también porque se echan de menos las pinceladas sobre el impacto causado por los neanderthales al principio de cada capítulo a los que nos había acostumbrado. O porque, al menos en esta segunda entrega, Sawyer no termina de aprovechar una de las bazas con las que contaba: la jugosa selección de celebridades del universo neanderthal que se trasladan a nuestro mundo para ayudar al progreso en todos los ámbitos. O por detalles como la atención dedicada durante toda la novela a la inversión del campo magnético terrestre, para que finalmente constituya sólo un detalle accesorio del desenlace, y ni siquiera termine de explicar su impacto bien del todo.
"Humanos" comparte otros defectos con su predecesora, en algunos casos incluso más acusados: los continuos "detalles de best-seller" (resaltar el evidente esfuerzo por alinear sus reflexiones con las posturas morales asumibles por el mayor número de potenciales lectores, o el excesivo foco en la relación sentimental y sexual entre Ponter y Mary); la reiteración de referencias "contemporáneas" de los más diversos ámbitos que, veinte años más tarde, ya empiezan a estar obsoletas; los personajes arquetípicos (en esta oportunidad incluso las motivaciones del violador resultan ser un mero cliché de burdo antifeminismo); o la obsesión con comparar recurrentemente a Canadá con Estados Unidos, un aspecto que a los lectores de otros continentes seguramente les interesará muy poco.
Una sucesión de acontecimientos coherentes rematada por un desenlace aseado y de cierto impacto contribuyen a que el lector se muestre abierto a concluir la lectura de la trilogía; entre otras cosas para averiguar cómo el escritor ató los múltiples cabos que, probablemente de forma intencionada, dejó sueltos al final de esta novela más entretenida que trascendente.
martes, 31 de diciembre de 2024
"Homínidos" (2002). Robert J. Sawyer
Con la entrada que hoy les traigo continúo el segundo recorrido en orden cronólogico por muchas de las sagas más relevantes para el lector en español. Y me detengo por primera vez en una de las series más famosas del presente siglo. Se trata de la trilogía "El Paralaje Neanderthal", una de las obras más conocidas del canadiense Robert J. Sawyer. Aunque desde hace unos años tanto la cadencia de obras publicadas por este escritor como su repercusión han disminuido notablemente, hace un cuarto de siglo se trataba sin duda de uno de los grandes nombres del género. De hecho, con la novela que les traigo hoy, "Homínidos", se alzó finalmente con el Premio Hugo, un galardón para el que ya había estado nominado en varias ocasiones durante los años anteriores. Y lo hizo con una novela controvertida, que para muchos críticos no se incluye entre lo mejor de su producción. Una valoración que no comparto plenamente, si bien tampoco considero a "Homínidos" un libro redondo. Se trata de una novela amena, rigurosa y fácil de leer sobre la aparición de un Neanderthal en el Canadá de principios de siglo. A la que le sobran ciertos detalles de best-seller y le falta un tratamiento más profundo de determinados personajes y situaciones para haberse convertido en un clásico.
Empezando por sus puntos fuertes, la lectura engancha desde el primer momento, como suele ser habitual en Sawyer, y el interés apenas decae hasta el final. Los capítulos cortos, la prosa directa y fácilmente comprensible, la concentración de eventos en apenas una semana de extensión... todo contribuye a ello. Además, se nota su esfuerzo por dotar de verosimilitud a lo narrado: no sólo el Observatorio de Neutrinos de Sudbury existe en realidad, sino también las en su momento más recientes investigaciones sobre Neanderthales se mencionan y se toman como referencia para definir los rasgos y las conductas de la extinta especie.
En una novela de temática tan controvertida como ésta, el elemento científico resulta fundamental. Y, sin profundizar tanto en él como para poder adscribir esta obra al subgénero de la ciencia-ficción dura, el escritor sale airoso en su tratamiento: universos paralelos, computación cuántica, análisis de ADN... múltiples y ambiciosos conceptos y teorías se entremezclan a lo largo de sus páginas, y se enlazan de manera solvente con frecuentes ideas y postulados de otros ámbitos, como la sociología o la religión. Si bien en ocasiones da la impresión de que Sawyer no ha terminado de comprender determinados postulados y han sido sus múltiples asesores científicos quienes han velado por la solidez científica y tecnológica del libro.
Continuando con los aciertos, es obvio que el filón de la novela reside en la permanente confrontación entre Neanderthales y Sapiens, entre sus costumbres y sociedades. Y Sawyer raya a buen nivel tocando cuestiones muy diversas: desde la forma de entender el sexo hasta la noción de Dios, desde la alimentación hasta las razones por las que sólo una de las especies sobrevivió en cada uno de los universos. Algo que logra sin que los actos de sus personajes en ninguna de las líneas narrativas se vuelvan ilógicos o monótonos. De hecho, encontramos pasajes realmente disfrutables, empezando por la propia transferencia de Ponter y llegando hasta su posterior regreso al mundo Neanderthal. Y las pinceladas sobre el impacto causado por el Neanderthal en nuestro universo al principio de cada capítulo enriquecen la perspectiva de la novela.
En mi opinión el fallo más perceptible de esta obra es que Sawyer parece obsesionado por escribir un best-seller más que una obra literaria de calado. Sólo así se explica la introducción del típico drama traumático en uno de sus protagonistas (la volación de Mary), que en realidad es un elemento tangencial de la trama, pero que se nos representa como la característica concesión a la literatura mainstream. Algo parecido sucede con la renuncia absoluta a situar su historia siquiera unos años en el futuro, aunque desde el punto de vista del desarrollo tecnológico necesaria para la transferencia entre universos esto se antojaba un requisito imprescindible. También lastran el resultado las continuas referencias a la "actualidad" de aquel entonces (actores, políticos, presentadores, marcas comerciales...). Y sus reflexiones están orientadas en buena medida a congraciarse con el lector medio, en vez de a incomodarlo con todos los elementos especulativos que tiene a mano.
Y luego está la cuestión de los personajes. No ya arquetípicos, sino previsibles en su superficialidad: desde la científica rellenita que siempre ha fracasado con los hombres y encima los calibra obsesivamente desde su reciente violación, hasta la postgraduada despampanante y ligera de cascos que consigue todo lo que desea de cualquier hombre. Tampoco los Neanderthales salen mejor parados: su poco menos que idílica sociedad los vuelve cándidos, de un buenismo naif. Tanto que, por más que Sawyer intente añadir revelaciones y traumas que aumenten el interés por el juicio al que se enfrenta Adikor, el compañero de Ponter, tras la desaparición de éste, esa línea narrativa en seguida se vuelve previsible y casi repetitiva, poco más que un vehículo para ir profundizando en las singularidades de la sociedad Neanderthal. Si a eso le sumamos la vertiginosa chispa de amor que Sawyer pretende que prenda entre Ponter y Mary en apenas una semana, se entenderá por qué la novela no termina de alcanzar la excelencia.
Un desenlace previsible pero entretenido, y feliz aunque lo suficientemente abierto para permitir la conversión de esta novela en trilogía, remata esta obra más disfrutable que profunda. Toda una paradoja, si tenemos en cuenta la profundidad de los asuntos tratados.
Empezando por sus puntos fuertes, la lectura engancha desde el primer momento, como suele ser habitual en Sawyer, y el interés apenas decae hasta el final. Los capítulos cortos, la prosa directa y fácilmente comprensible, la concentración de eventos en apenas una semana de extensión... todo contribuye a ello. Además, se nota su esfuerzo por dotar de verosimilitud a lo narrado: no sólo el Observatorio de Neutrinos de Sudbury existe en realidad, sino también las en su momento más recientes investigaciones sobre Neanderthales se mencionan y se toman como referencia para definir los rasgos y las conductas de la extinta especie.
En una novela de temática tan controvertida como ésta, el elemento científico resulta fundamental. Y, sin profundizar tanto en él como para poder adscribir esta obra al subgénero de la ciencia-ficción dura, el escritor sale airoso en su tratamiento: universos paralelos, computación cuántica, análisis de ADN... múltiples y ambiciosos conceptos y teorías se entremezclan a lo largo de sus páginas, y se enlazan de manera solvente con frecuentes ideas y postulados de otros ámbitos, como la sociología o la religión. Si bien en ocasiones da la impresión de que Sawyer no ha terminado de comprender determinados postulados y han sido sus múltiples asesores científicos quienes han velado por la solidez científica y tecnológica del libro.
Continuando con los aciertos, es obvio que el filón de la novela reside en la permanente confrontación entre Neanderthales y Sapiens, entre sus costumbres y sociedades. Y Sawyer raya a buen nivel tocando cuestiones muy diversas: desde la forma de entender el sexo hasta la noción de Dios, desde la alimentación hasta las razones por las que sólo una de las especies sobrevivió en cada uno de los universos. Algo que logra sin que los actos de sus personajes en ninguna de las líneas narrativas se vuelvan ilógicos o monótonos. De hecho, encontramos pasajes realmente disfrutables, empezando por la propia transferencia de Ponter y llegando hasta su posterior regreso al mundo Neanderthal. Y las pinceladas sobre el impacto causado por el Neanderthal en nuestro universo al principio de cada capítulo enriquecen la perspectiva de la novela.
En mi opinión el fallo más perceptible de esta obra es que Sawyer parece obsesionado por escribir un best-seller más que una obra literaria de calado. Sólo así se explica la introducción del típico drama traumático en uno de sus protagonistas (la volación de Mary), que en realidad es un elemento tangencial de la trama, pero que se nos representa como la característica concesión a la literatura mainstream. Algo parecido sucede con la renuncia absoluta a situar su historia siquiera unos años en el futuro, aunque desde el punto de vista del desarrollo tecnológico necesaria para la transferencia entre universos esto se antojaba un requisito imprescindible. También lastran el resultado las continuas referencias a la "actualidad" de aquel entonces (actores, políticos, presentadores, marcas comerciales...). Y sus reflexiones están orientadas en buena medida a congraciarse con el lector medio, en vez de a incomodarlo con todos los elementos especulativos que tiene a mano.
Y luego está la cuestión de los personajes. No ya arquetípicos, sino previsibles en su superficialidad: desde la científica rellenita que siempre ha fracasado con los hombres y encima los calibra obsesivamente desde su reciente violación, hasta la postgraduada despampanante y ligera de cascos que consigue todo lo que desea de cualquier hombre. Tampoco los Neanderthales salen mejor parados: su poco menos que idílica sociedad los vuelve cándidos, de un buenismo naif. Tanto que, por más que Sawyer intente añadir revelaciones y traumas que aumenten el interés por el juicio al que se enfrenta Adikor, el compañero de Ponter, tras la desaparición de éste, esa línea narrativa en seguida se vuelve previsible y casi repetitiva, poco más que un vehículo para ir profundizando en las singularidades de la sociedad Neanderthal. Si a eso le sumamos la vertiginosa chispa de amor que Sawyer pretende que prenda entre Ponter y Mary en apenas una semana, se entenderá por qué la novela no termina de alcanzar la excelencia.
Un desenlace previsible pero entretenido, y feliz aunque lo suficientemente abierto para permitir la conversión de esta novela en trilogía, remata esta obra más disfrutable que profunda. Toda una paradoja, si tenemos en cuenta la profundidad de los asuntos tratados.
"Un Abismo en el Cielo" (1999). Vernor Vinge
Prosigo con la entrada que les traigo hoy con mi nuevo recorrido en orden cronológico por algunas de las sagas más importantes de la ciencia-ficción disponibles para el lector en español. Avanzamos en el tiempo y nos situamos a finales del siglo pasado. Más concretamente en 1999, que fue cuando vio la luz "Un Abismo en el Cielo", la multipremiada novela del escritor estadounidense recientemente fallecido Vernor Vinge. Y que como su título ya anticipa al incorporar la palabra "abismo", forma parte de la saga de las Zonas de Pensamiento, junto con la también multipremiada "Un Fuego sobre el Abismo" (1992), que ya reseñé en su momento aquí. Y junto con la inédita para el lector en español "The Children of the Sky" (2011). En el caso de la novela que les traigo hoy, pese a publicarse casi siete años más tarde, en realidad se trata de una precuela de su predecesora, pues su acción se sitúa veinte mil años antes. Aunque indudablemente forman parte de la misma serie, pues comparte con aquella el mismo universo coherente, las mismas Zonas de Pensamiento ("Un Abismo en el Cielo" transcurre en la "zona lenta"), y uno de sus personajes principales. LA de hoy es una novela fastuosa que traslada a la humanidad miles de años en el futuro, y que actualiza temas clásicos en la ciencia-ficción como el primer contacto con una civilización alienígena inteligente o la tradicional space opera a escala interplanetaria. Sirviéndose para ello de un pujante y esmerado elemento científico, unas especulaciones de hondo calado, y mucho espacio para desarrollar su creación.
Porque lo primero que llama la atención del libro es su gran extensión (más de setecientas páginas con un tipo de letra bastante pequeño). Un hecho que constituye a la vez una virtud y un defecto. Virtud porque Vinge puede gracias a la misma desarrollar a fondo todo lo que ha concebido su prolija imaginación, casi al extremo de crear una obra coral. Pero también defecto porque se vuelve por momentos una novela difícil de leer, de ésas en las que cuesta retener lo que se nos va narrando, y que a veces hace al lector plantearse si tanto detalle será en realidad relevante para la trama. En particular, el comienzo es un tanto desalentador: la novela carece de un más que conveniente índice de personajes y lugares, por lo que es el lector quien, mediante inmersión pura y dura, debe ir creándose su propia composición de lugar, tratando de expandir miras a partir de los hechos puntuales que se van narrando.
Pero si se trata de un lector habitual del género, y mejor aún si ya ha lidiado con las dificultades que presentan otras novelas de Vinge, probablemente saldrá airoso del reto, y poco a poco empezará a disfrutar con la lectura. Sobre todo de una tercera parte comedida en extensión en comparación con las dos anteriores, y donde los actos de las tres facciones (las dos humanas, Queng Ho y Emergentes, y las Arañas alienígenas) irán interrelacionándose y convergiendo hasta alcanzar el clímax en un desenalace trepidante, que sin duda fue uno de los pilares que sustentaron los galardones que recibió el libro. Y es que la novela encierra prácticamente todo lo que se le pide al género: sentido de la maravilla, ciencia y tecnología a raudales, reflexiones abundantes y profundas, episodios de aventuras, intrigas... hasta pasajes de amor y desamor desfilan por sus páginas.
Pese a tratarse de una novela tan grandilocuente incluso dentro de la literatura de ciencia-ficción, curiosamente el mayor acierto del libro es en mi opinión su caracterización de los personajes. En especial de los alienígenas, relativamente pocos pero muy bien escogidos, y "humanos" dentro de su condición de extraterrestres. Y particularmente, de Sherkaner Underhill, una auténtica maravilla, el genio que contribuyó decisivamente al veloz desarrollo tecnológico de su planeta. Aunque otros como Victory Smith o Hrunkner Unnerby no le andan a la zaga. Pero es que en el lado humano, pese al mayor tamaño del elenco, Vinge también sale airoso del reto con personajes poliédricos como el que se supone que es el protagonista absoluto de la saga (Pham Nuwen), Ezr Vinh, Qiwi Lisolet o Ritser Brugel, el Vicecaudillo de Hábitat que quizá sea el más logrado de todos ellos.
Otros aciertos incuestionables de la novela son las profusas y hondas especulaciones (citemos entre otras los ciclos que atrevesarían las civilizaciones planetarias, las dificultades y los riesgos del comercio interestelar, los obstáculos físicos que impedirían a la humanidad consolidarse como especie en la galaxia, la complejidad de los programas informáticos acumulados durante mienios, o las posibilidades que abriría una técnica como el "Enfoque"); la recreación de las tres culturas presentadas; la gradual evolución de la civilización de los arácnidos; la forma en que la singularidad de la estrella On/Off ha modelado no sólo la vida en el planeta Arachna, sino también su cultura y costumbres; y ciertos pasajes realmente disfrutables, como todo lo relativo a la emisión del programa "La hora de la ciencia para niños", o cómo se desencadenan los acontecimientos cuando Smith visita Meridional y Brugel desciende al planeta al frente de la Mano Oscura.
Por desgracia, la producción de Vinge también tiene su lado oscuro, y en esta novela también se deja ver. Ante todo en sus ya conocidas limitaciones como narrador: no es un escritor hábil a la hora de mantener el ritmo narrativo, por lo que, especialmente en su segunda parte, abundan los pasajes menores y los capítulos en los que escasean los acontecimientos (si bien algunos de esos detalles Vinge se acordará de recuperarlos cientos de páginas más adelante). También nos topamos con ciertas redundancias en su prosa, que con frecuencia resulta un tanto imprecisa. Además, cuando el ritmo narrativo aumenta, tiende a volverse confusa, tanto que sólo en páginas posteriores el lector terminará de comprender lo que había sucedido realmente. Y tampoco ayuda una traducción repleta de errores (tiempos verbales incorrectos, conjugación del verbo haber, términos y clichés mal traducidos...).
Entre los defectos específicos de esta novela, el más relevante me parece el manido truco con el que Vinge engaña hasta el final al lector, no dejándole caer siquiera las interacciones bajo cuerda entre Trixia y Underhill que suceden durante mucho y tiempo y que terminarán condicionando el desenlace del conflicto. Por otra parte, las tres intrahistorias en las que nos relata el traumático pasado de Pham Nuwen me parecen más una concesión a la crítica literaria que unas páginas relevantes para la trama. En otro orden de cosas, la analogía entre la evolución de la sociedad araña y la de la sociedad de nuestro planeta en el siglo XX tal vez sea excesiva. Como me parece excesiva la precisión y la efectividad que Vinge pretende conferirle a la técnica del "Enfoque", teniendo en cuenta las complejidades que presenta la manipulación del cerebro humano. Y, aunque esto tal vez sea cuestión de gustos, creo que Vinge erró al conferir tanto a o más relevancia a los sucesos en L1 que en Arachna, cuando era ahí donde residía el auténtico filón de la novela.
Todo el tramo final, con su brillante desenlace presentado desde múltiples y complementarias perspectivas, un evidente esfuerzo por atar cabos, y un loable epílogo, mejora la impresión final que nos deja el libro. Al mismo tiempo que, a mi modo de ver, deja conscientemente abiertas varias puertas para una continuación que Vinge aparentaba tener en mente, pero que nunca llegó a escribir. Una lástima viendo todo lo que consiguió con esta monumental obra.
Porque lo primero que llama la atención del libro es su gran extensión (más de setecientas páginas con un tipo de letra bastante pequeño). Un hecho que constituye a la vez una virtud y un defecto. Virtud porque Vinge puede gracias a la misma desarrollar a fondo todo lo que ha concebido su prolija imaginación, casi al extremo de crear una obra coral. Pero también defecto porque se vuelve por momentos una novela difícil de leer, de ésas en las que cuesta retener lo que se nos va narrando, y que a veces hace al lector plantearse si tanto detalle será en realidad relevante para la trama. En particular, el comienzo es un tanto desalentador: la novela carece de un más que conveniente índice de personajes y lugares, por lo que es el lector quien, mediante inmersión pura y dura, debe ir creándose su propia composición de lugar, tratando de expandir miras a partir de los hechos puntuales que se van narrando.
Pero si se trata de un lector habitual del género, y mejor aún si ya ha lidiado con las dificultades que presentan otras novelas de Vinge, probablemente saldrá airoso del reto, y poco a poco empezará a disfrutar con la lectura. Sobre todo de una tercera parte comedida en extensión en comparación con las dos anteriores, y donde los actos de las tres facciones (las dos humanas, Queng Ho y Emergentes, y las Arañas alienígenas) irán interrelacionándose y convergiendo hasta alcanzar el clímax en un desenalace trepidante, que sin duda fue uno de los pilares que sustentaron los galardones que recibió el libro. Y es que la novela encierra prácticamente todo lo que se le pide al género: sentido de la maravilla, ciencia y tecnología a raudales, reflexiones abundantes y profundas, episodios de aventuras, intrigas... hasta pasajes de amor y desamor desfilan por sus páginas.
Pese a tratarse de una novela tan grandilocuente incluso dentro de la literatura de ciencia-ficción, curiosamente el mayor acierto del libro es en mi opinión su caracterización de los personajes. En especial de los alienígenas, relativamente pocos pero muy bien escogidos, y "humanos" dentro de su condición de extraterrestres. Y particularmente, de Sherkaner Underhill, una auténtica maravilla, el genio que contribuyó decisivamente al veloz desarrollo tecnológico de su planeta. Aunque otros como Victory Smith o Hrunkner Unnerby no le andan a la zaga. Pero es que en el lado humano, pese al mayor tamaño del elenco, Vinge también sale airoso del reto con personajes poliédricos como el que se supone que es el protagonista absoluto de la saga (Pham Nuwen), Ezr Vinh, Qiwi Lisolet o Ritser Brugel, el Vicecaudillo de Hábitat que quizá sea el más logrado de todos ellos.
Otros aciertos incuestionables de la novela son las profusas y hondas especulaciones (citemos entre otras los ciclos que atrevesarían las civilizaciones planetarias, las dificultades y los riesgos del comercio interestelar, los obstáculos físicos que impedirían a la humanidad consolidarse como especie en la galaxia, la complejidad de los programas informáticos acumulados durante mienios, o las posibilidades que abriría una técnica como el "Enfoque"); la recreación de las tres culturas presentadas; la gradual evolución de la civilización de los arácnidos; la forma en que la singularidad de la estrella On/Off ha modelado no sólo la vida en el planeta Arachna, sino también su cultura y costumbres; y ciertos pasajes realmente disfrutables, como todo lo relativo a la emisión del programa "La hora de la ciencia para niños", o cómo se desencadenan los acontecimientos cuando Smith visita Meridional y Brugel desciende al planeta al frente de la Mano Oscura.
Por desgracia, la producción de Vinge también tiene su lado oscuro, y en esta novela también se deja ver. Ante todo en sus ya conocidas limitaciones como narrador: no es un escritor hábil a la hora de mantener el ritmo narrativo, por lo que, especialmente en su segunda parte, abundan los pasajes menores y los capítulos en los que escasean los acontecimientos (si bien algunos de esos detalles Vinge se acordará de recuperarlos cientos de páginas más adelante). También nos topamos con ciertas redundancias en su prosa, que con frecuencia resulta un tanto imprecisa. Además, cuando el ritmo narrativo aumenta, tiende a volverse confusa, tanto que sólo en páginas posteriores el lector terminará de comprender lo que había sucedido realmente. Y tampoco ayuda una traducción repleta de errores (tiempos verbales incorrectos, conjugación del verbo haber, términos y clichés mal traducidos...).
Entre los defectos específicos de esta novela, el más relevante me parece el manido truco con el que Vinge engaña hasta el final al lector, no dejándole caer siquiera las interacciones bajo cuerda entre Trixia y Underhill que suceden durante mucho y tiempo y que terminarán condicionando el desenlace del conflicto. Por otra parte, las tres intrahistorias en las que nos relata el traumático pasado de Pham Nuwen me parecen más una concesión a la crítica literaria que unas páginas relevantes para la trama. En otro orden de cosas, la analogía entre la evolución de la sociedad araña y la de la sociedad de nuestro planeta en el siglo XX tal vez sea excesiva. Como me parece excesiva la precisión y la efectividad que Vinge pretende conferirle a la técnica del "Enfoque", teniendo en cuenta las complejidades que presenta la manipulación del cerebro humano. Y, aunque esto tal vez sea cuestión de gustos, creo que Vinge erró al conferir tanto a o más relevancia a los sucesos en L1 que en Arachna, cuando era ahí donde residía el auténtico filón de la novela.
Todo el tramo final, con su brillante desenlace presentado desde múltiples y complementarias perspectivas, un evidente esfuerzo por atar cabos, y un loable epílogo, mejora la impresión final que nos deja el libro. Al mismo tiempo que, a mi modo de ver, deja conscientemente abiertas varias puertas para una continuación que Vinge aparentaba tener en mente, pero que nunca llegó a escribir. Una lástima viendo todo lo que consiguió con esta monumental obra.
sábado, 30 de noviembre de 2024
"En Un Vacío Insondable" (1994). Juan Miguel Aguilera y Javier Redal
Una entrada más prosigo con una nueva reseña de mi nuevo recorrido en orden cronológico por algunas de las mejores sagas disponibles para el lector en español, que aún no habían aparecido por aquí, o no en su totalidad. La de hoy es la última entrada que dedico a la saga de Akasa-Puspa, tal vez la saga más famosa y prestigiosa publicada jamás en España. Y es la última porque me voy a ceñir a los títulos que publicaron a medias Juan Miguel Aguilera y Javier Redal. Como ya he mencionado en reseñas anteriores, con posterioridad Aguilera fue reescribiendo, ampliando y fusionando los títulos de la saga, pero para mí la obra que de verdad posee valor es la originalmente creada por los dos escritores. Por eso he estado reseñando esta saga en el orden y con los títulos que originalmente la conformaron, dejando al margen reescrituras y añadidos. En el caso que nos ocupa, y a diferencia de lo que sucedía con la novela de mi anterior entrada ("El Refugio", 1994), la de hoy sí que es incuestionablemente una historia de Akasa-Puspa. Con el inconveniente de su corta extensión, lo que seguramente ha contribuido a que sea casi imposible hacerse con ella hoy día. Y sin embargo, estamos ante una digna continuación para los dos primeros títulos de la saga. Perfectamente enlazada con ellos, nos ofrece una historia ambiciosa y plausible, a la que solamente le falta un poco más de pausa y profundidad para rayar al mismo nivel que aquéllas. A saber por qué sus creadores optaron por limitar tan estrictamente su extensión.
La novela se sitúa unos trescientos años después de los hechos narrados en "Hijos de la Eternidad", y ello ayuda al lector a engancharla con sus dos predecesoras. También que nos encontremos casi desde el comienzo con muchos elementos ya conocidos y claves en la saga: el cúmulo globular, la Asura, la Konrad Lorenz, el siempre dinamizante misterio cósmico, incluso algunos aspectos de space opera. Pero el acierto principal de esta nueva entrega es que, en su mayor parte, se plantea desde el punto de vista de los angriffs, los alienígenas que tanto juego dieron en "Hijos de la Eternidad". Y que a pesar de que ya habían sido caracterizados en aquella novela, ofrecían aún muchas posibilidades de ser desarrollados en cuanto a su organización social, sus conflictos, los intríngulis de la sumisión de los hervíboros a los carnívoros, algunas consecuencias de sus rasgos físicos y biológicos y, sobre todo, su manera de visualizar e intentar entender a los seres humanos. A este indudable acierto se le suma, como no podía ser menos en cualquier obra de estos dos autores, un elemento científico excelentemente desarrollado y siempre en primer plano: el propio y misterioso artefacto que da origen a la trama ya es todo un hallazgo, pero además, a lo largo de sus páginas nos encontraremos con agujeros de gusano, horizontes de singularidad, cuerdas gravitatorias, sistemas bioinformáticos... Una serie de conceptos complejos que provocan la fascinación del lector sin llegar a confundirlo, pues casi siempre se explican de manera aprehensible.
A pesar de su corta extensión, los personajes principales están bien caracterizados: el angriff Corva*de*Fuego, el mercenario Khat Zar, Israel Lenin, Serpiente... todos ellos poseen unas inquietudes y unas motivaciones reconocibles, y además, al haber menos elementos en juego que en entregas anteriores, los autores consiguen profundizar más en ellos de lo que solían hacer. Aunque también se percibe cierta reiteración a la hora de seleccionarlos: el mercenario violento, el humano discapacitado pero brillante intelectualmente, la relación que se establece entre el principal angriff carnívoro y él... En otro orden de cosas, el reencuentro con lugares ya visitados, o el aprovechamiento de las averiguaciones obtenidas por otros personajes, incluso revisitando las conclusiones a las que en su momento llegaron respecto a la colonización de Akasa-Puspa, la misión de los colmeneros, o la expansión de las máquinas autónomas por la Galaxia, que se llevan a una nueva y consecuente dimensión, le añaden aciertos adicionales a una saga de tan altos vuelos. Y por supuesto, el dinamismo, los episodios de aventura, los capítulos cortos y los pasajes directos, sin relleno alguno, ayudan a que la obra se lea del tirón y se disfrute de principio a fin. Como también lo hace la ausencia de términos sáncritos, un rasgo cuestionable en las dos entregas anteriores y que aquí no se echa en absoluto de menos.
Para mí el principal defecto de "En Un Vacío Insondable" es su brevedad: si ya las dos primeras entregas de la saga pecaban de concisión, pues a duras penas aprovechaban lo esencial de todo cuanto los autores habían concebido, en cuanto a ideas atrayentes, facciones enfrentadas, personajes singulares y lugares fascinantes, en esta obra de poco más de cien páginas (muy aprovechadas, eso sí, hay novelas "completas" que no ocupan ni el doble de ésta) este inconveniente se magnifica. Da la impresión de que Aguilera y Vidal no confiaran del todo en llevar la historia a buen puerto, o de que no contaran con garantías de que fuera a ser publicada por editorial alguna, y lo que el libro trasluce es una indescutible sensación de primer intento, de obra a pulir. Y no porque fuera necesario añadir más capítulos (hay nada menos que treinta): habría bastado con que muchos de ellos hubieran añadido detalles que contribuyeran a poner mejor en situación, a disfrutar más de los pasajes de acción, a presentar mejor determinados lugares, a profundizar en el fastuoso escenario final. Seguramente un buen editor podría haber ayudado en ese sentido. Tal cual quedó, el lector se ve obligado a no perder ni un solo detalle, y a realizar pausas frecuentes en la lectura si de verdad quiere interiorizar lo que acaba de leer. Y eso es algo que no era tan evidente en novelas precedentes.
Aparte de su extensión, y de cierta reiteración arquetípica en algunos personajes, se aprecian otros defectos. Algunos son típicos de los autores: el carrusel de elementos que provocan asombro, hasta el extremo de saturar al lector; ciertas deficiencias en el uso del español (conjugación del verbo haber, tiempos verbales incorrectamente empleados); momentos puntuales de violencia gratuita... Otros son específicos de esta obra, como el poco aprovechado enfrentamiento entre los angriffs Niebla*Dos y Corva*de*Fuego, o la dependencia que tiene la Konrad Lorenz de Israel Lenin, algo que probablemente no se pueda justificar desde un punto de vista bioinformático. Y al desenlace le falta garra: presuroso, predecible, y sin el dimensionamiento adecuado. A cambio, la espectacularidad de los marcos escénicos en los que se recrea, y la conclusión final que nos ofrece, confirman que nos hallamos ante una lectura recomendable para saber cómo culminaron la saga estos dos autores años antes de que Aguilera se decidiera a modificarla en gran parte.
La novela se sitúa unos trescientos años después de los hechos narrados en "Hijos de la Eternidad", y ello ayuda al lector a engancharla con sus dos predecesoras. También que nos encontremos casi desde el comienzo con muchos elementos ya conocidos y claves en la saga: el cúmulo globular, la Asura, la Konrad Lorenz, el siempre dinamizante misterio cósmico, incluso algunos aspectos de space opera. Pero el acierto principal de esta nueva entrega es que, en su mayor parte, se plantea desde el punto de vista de los angriffs, los alienígenas que tanto juego dieron en "Hijos de la Eternidad". Y que a pesar de que ya habían sido caracterizados en aquella novela, ofrecían aún muchas posibilidades de ser desarrollados en cuanto a su organización social, sus conflictos, los intríngulis de la sumisión de los hervíboros a los carnívoros, algunas consecuencias de sus rasgos físicos y biológicos y, sobre todo, su manera de visualizar e intentar entender a los seres humanos. A este indudable acierto se le suma, como no podía ser menos en cualquier obra de estos dos autores, un elemento científico excelentemente desarrollado y siempre en primer plano: el propio y misterioso artefacto que da origen a la trama ya es todo un hallazgo, pero además, a lo largo de sus páginas nos encontraremos con agujeros de gusano, horizontes de singularidad, cuerdas gravitatorias, sistemas bioinformáticos... Una serie de conceptos complejos que provocan la fascinación del lector sin llegar a confundirlo, pues casi siempre se explican de manera aprehensible.
A pesar de su corta extensión, los personajes principales están bien caracterizados: el angriff Corva*de*Fuego, el mercenario Khat Zar, Israel Lenin, Serpiente... todos ellos poseen unas inquietudes y unas motivaciones reconocibles, y además, al haber menos elementos en juego que en entregas anteriores, los autores consiguen profundizar más en ellos de lo que solían hacer. Aunque también se percibe cierta reiteración a la hora de seleccionarlos: el mercenario violento, el humano discapacitado pero brillante intelectualmente, la relación que se establece entre el principal angriff carnívoro y él... En otro orden de cosas, el reencuentro con lugares ya visitados, o el aprovechamiento de las averiguaciones obtenidas por otros personajes, incluso revisitando las conclusiones a las que en su momento llegaron respecto a la colonización de Akasa-Puspa, la misión de los colmeneros, o la expansión de las máquinas autónomas por la Galaxia, que se llevan a una nueva y consecuente dimensión, le añaden aciertos adicionales a una saga de tan altos vuelos. Y por supuesto, el dinamismo, los episodios de aventura, los capítulos cortos y los pasajes directos, sin relleno alguno, ayudan a que la obra se lea del tirón y se disfrute de principio a fin. Como también lo hace la ausencia de términos sáncritos, un rasgo cuestionable en las dos entregas anteriores y que aquí no se echa en absoluto de menos.
Para mí el principal defecto de "En Un Vacío Insondable" es su brevedad: si ya las dos primeras entregas de la saga pecaban de concisión, pues a duras penas aprovechaban lo esencial de todo cuanto los autores habían concebido, en cuanto a ideas atrayentes, facciones enfrentadas, personajes singulares y lugares fascinantes, en esta obra de poco más de cien páginas (muy aprovechadas, eso sí, hay novelas "completas" que no ocupan ni el doble de ésta) este inconveniente se magnifica. Da la impresión de que Aguilera y Vidal no confiaran del todo en llevar la historia a buen puerto, o de que no contaran con garantías de que fuera a ser publicada por editorial alguna, y lo que el libro trasluce es una indescutible sensación de primer intento, de obra a pulir. Y no porque fuera necesario añadir más capítulos (hay nada menos que treinta): habría bastado con que muchos de ellos hubieran añadido detalles que contribuyeran a poner mejor en situación, a disfrutar más de los pasajes de acción, a presentar mejor determinados lugares, a profundizar en el fastuoso escenario final. Seguramente un buen editor podría haber ayudado en ese sentido. Tal cual quedó, el lector se ve obligado a no perder ni un solo detalle, y a realizar pausas frecuentes en la lectura si de verdad quiere interiorizar lo que acaba de leer. Y eso es algo que no era tan evidente en novelas precedentes.
Aparte de su extensión, y de cierta reiteración arquetípica en algunos personajes, se aprecian otros defectos. Algunos son típicos de los autores: el carrusel de elementos que provocan asombro, hasta el extremo de saturar al lector; ciertas deficiencias en el uso del español (conjugación del verbo haber, tiempos verbales incorrectamente empleados); momentos puntuales de violencia gratuita... Otros son específicos de esta obra, como el poco aprovechado enfrentamiento entre los angriffs Niebla*Dos y Corva*de*Fuego, o la dependencia que tiene la Konrad Lorenz de Israel Lenin, algo que probablemente no se pueda justificar desde un punto de vista bioinformático. Y al desenlace le falta garra: presuroso, predecible, y sin el dimensionamiento adecuado. A cambio, la espectacularidad de los marcos escénicos en los que se recrea, y la conclusión final que nos ofrece, confirman que nos hallamos ante una lectura recomendable para saber cómo culminaron la saga estos dos autores años antes de que Aguilera se decidiera a modificarla en gran parte.
domingo, 17 de noviembre de 2024
"El Refugio" (1994). Juan Miguel Aguilera y Javier Redal
Con la presente entrega prosigo con mi nuevo recorrido por algunas de las mejores sagas disponibles para el lector en español, y que aún no habían aparecido (o no en su totalidad) por este humilde blog. Les recuerdo que estoy reseñando últimamente la saga de Akasa-Puspa, la obra más conocida de los valencianos Juan Miguel Aguilera y Javier Redal. De la cual se supone que éste que hoy les traigo es el tercer título (más adelante aclararé esta "suposición"): "El Refugio". Publicada pocos años después de sus dos precedesoras, fue reescrita en el presente siglo por Aguilera bajo el título de "Némesis" (2006). Pero, como ya aclaré en mi anterior entrada, no soy partidario de estas escrituras realizadas mucho tiempo después, así que la que hoy reseño es la obra original, con sus aciertos y sus errores. Se trata de una novela ambiciosa, repleta de ideas fascinantes y tremendamente elaborada desde el punto de vista científico, que encierra una historia plausible para el origen y la posterior expansión de la vida inteligente por el Sistema Solar, y que adopta la apariencia de una novela de acción en aras de una mayor amenidad.
Empiezo aclarando la suposición. EL libro comparte con la saga de Akasa-Puspa algunos elementos (ascensores espaciales, una todopoderosa inteligencia alienígena, delfines como pilotos de naves, la pretensión final de encerrar el Sistema Solar en una Esfera de Dyson) y el estilo narrativo (la vertiente de aventuras, la continua interpelación al sentido de la maravilla del lector, las complejas y bien presentadas explicaciones científicas). Pero considero un error encuadrarlo en la saga: aunque aparezca así en la Wikipedia y otras páginas webs, la etiqueta de "precuela" que se le otorga me parece excesiva. Y no sólo por la enorme distancia temporal con el resto de títulos, sino porque aquí no hay space opera (ni Imperio, ni Utsarpini, ni Hermandad), la vida alienígena es completamente diferente a la de la saga (no nos toparemos con colmeneros, ni con angriffs), y el cúmulo globular que da nombre a la saga no se menciona ni una sola vez. Todo ello no es óbice para que la novela resulte disfrutable por sí misma, pero es mejor no llamarse a equívoco, por mucho que yo lo esté reseñanado ahora aquí.
Como es habitual en Aguilera y Redal, la virtud más destacable de la novela me parece el equilibrio entre aventuras sugestivas y ciencia-ficción dura. Con un profuso despliegue de medios en ambos frentes. Tanto, que cuesta creer todo lo que los autores son capaces de concentrar en apenas cuatrocientas páginas: el descubrimiento de la antigua civilización marciana, el bombardeo de antimateria que sufre la Tierra, el excelente aprovechamiento de la milenaria tecnología marciana, la exhaustiva exploración de un cometa, el ataque a cargo de la latente vida alienígena, los secretos que esconde el gaseoso Júpiter... Y todo al mismo nivel al que brillan las explicaciones astronómicas sobre los singulares fenómenos físicos y biológicos descritos, la utilización de tecnologías punteras para los vuelos espaciales (desde velas solares a másares remotos), el empleo del ADN para preservar el legado marciano durante millones de años, la presencia de drones controlados cibernéticamente... Como pueden ver, la lista es abrumadora, y en manos de autores de menor creatividad habría dado para una decena de novelas.
Por si todo lo anterior fuera poco, la lectura resulta siempre dinámica y amena: en todos los capítulos sucede algo, los marcos escénicos cautivan de principio a fin, se nos ofrecen hallazgos poco habituales en el género como la preeminencia de las órdenes religiosas en cuanto sucede tanto en la Tierra como en el resto del Sistema Solar, se nos proporcionan sugestivas pinceladas sociopolíticas (como la organización que adoptan los colonos en Marte o la preponderancia de las familias japonesas más poderosas en la exploración espacial), y todo ello jalonado con frecuentes momentos de tensión y angustia.
Por desgracia, la novela adolece de ciertos defectos que perjudican el resultado final. Quizá el más obvio sea la saturación que provocan en el lector tantas revelaciones: hay tantas y tan seguidas, que apenas podrá asimilarlas. El seguimiento de los personajes también resulta complicado; quitando unos cuantos (Susana, Benazir, Lenov, Kramer, tal vez Sandra), el resto apabullan no tanto por su necesaria diversidad en una novela repartida entre tantos frentes, sino porque cuesta ubicarlos (habría venido muy bien un listado de personajes como el de las dos novelas anteriores de la saga), no digamos ya caracterizarlos o comprender sus inquietudes. Y sorprende la frialdad con la que tanto los propios supervivientes en la Tierra como los terrestres fuera del planeta madre, actúan en relación con la reciente catástrofe.
Otros defectos menores son el cuestionable postulado de que los delfines estén más capacitados para pilotar naves espaciales que los ordenadores más avanzados, la velocidad excesiva a la que los científicos humanos interpretan la ancestral biotecnología marciana, la celeridad con la que la vida humana en la Tierra se recupera del devastador ataque, los habituales defectos en el uso del español de ambos autores (palabras repetidas en frases consecutivas, conjugación del verbo haber, empleo de tiempos verbales incorrectos...), o las dificultades a la hora de balancear la narración entre los avatares de la exploración en la atmósfera de Júpites y la destrucción del ascensor orbital.
El desenlace, en cambio, mejora la impresión final, pues aparte de vertiginoso en las dos líneas narrativas en las que los autores lo desdoblan (Júpiter y la Tierra), propone en sus páginas finales una reinterpretación en una segunda dimensión, de carácter cósmico y al mismo tiempo certero a la hora de atar cabos sueltos. Confirmando que nos hallamos ante una obra de mucho nivel para tratarse de una producción patria.
Empiezo aclarando la suposición. EL libro comparte con la saga de Akasa-Puspa algunos elementos (ascensores espaciales, una todopoderosa inteligencia alienígena, delfines como pilotos de naves, la pretensión final de encerrar el Sistema Solar en una Esfera de Dyson) y el estilo narrativo (la vertiente de aventuras, la continua interpelación al sentido de la maravilla del lector, las complejas y bien presentadas explicaciones científicas). Pero considero un error encuadrarlo en la saga: aunque aparezca así en la Wikipedia y otras páginas webs, la etiqueta de "precuela" que se le otorga me parece excesiva. Y no sólo por la enorme distancia temporal con el resto de títulos, sino porque aquí no hay space opera (ni Imperio, ni Utsarpini, ni Hermandad), la vida alienígena es completamente diferente a la de la saga (no nos toparemos con colmeneros, ni con angriffs), y el cúmulo globular que da nombre a la saga no se menciona ni una sola vez. Todo ello no es óbice para que la novela resulte disfrutable por sí misma, pero es mejor no llamarse a equívoco, por mucho que yo lo esté reseñanado ahora aquí.
Como es habitual en Aguilera y Redal, la virtud más destacable de la novela me parece el equilibrio entre aventuras sugestivas y ciencia-ficción dura. Con un profuso despliegue de medios en ambos frentes. Tanto, que cuesta creer todo lo que los autores son capaces de concentrar en apenas cuatrocientas páginas: el descubrimiento de la antigua civilización marciana, el bombardeo de antimateria que sufre la Tierra, el excelente aprovechamiento de la milenaria tecnología marciana, la exhaustiva exploración de un cometa, el ataque a cargo de la latente vida alienígena, los secretos que esconde el gaseoso Júpiter... Y todo al mismo nivel al que brillan las explicaciones astronómicas sobre los singulares fenómenos físicos y biológicos descritos, la utilización de tecnologías punteras para los vuelos espaciales (desde velas solares a másares remotos), el empleo del ADN para preservar el legado marciano durante millones de años, la presencia de drones controlados cibernéticamente... Como pueden ver, la lista es abrumadora, y en manos de autores de menor creatividad habría dado para una decena de novelas.
Por si todo lo anterior fuera poco, la lectura resulta siempre dinámica y amena: en todos los capítulos sucede algo, los marcos escénicos cautivan de principio a fin, se nos ofrecen hallazgos poco habituales en el género como la preeminencia de las órdenes religiosas en cuanto sucede tanto en la Tierra como en el resto del Sistema Solar, se nos proporcionan sugestivas pinceladas sociopolíticas (como la organización que adoptan los colonos en Marte o la preponderancia de las familias japonesas más poderosas en la exploración espacial), y todo ello jalonado con frecuentes momentos de tensión y angustia.
Por desgracia, la novela adolece de ciertos defectos que perjudican el resultado final. Quizá el más obvio sea la saturación que provocan en el lector tantas revelaciones: hay tantas y tan seguidas, que apenas podrá asimilarlas. El seguimiento de los personajes también resulta complicado; quitando unos cuantos (Susana, Benazir, Lenov, Kramer, tal vez Sandra), el resto apabullan no tanto por su necesaria diversidad en una novela repartida entre tantos frentes, sino porque cuesta ubicarlos (habría venido muy bien un listado de personajes como el de las dos novelas anteriores de la saga), no digamos ya caracterizarlos o comprender sus inquietudes. Y sorprende la frialdad con la que tanto los propios supervivientes en la Tierra como los terrestres fuera del planeta madre, actúan en relación con la reciente catástrofe.
Otros defectos menores son el cuestionable postulado de que los delfines estén más capacitados para pilotar naves espaciales que los ordenadores más avanzados, la velocidad excesiva a la que los científicos humanos interpretan la ancestral biotecnología marciana, la celeridad con la que la vida humana en la Tierra se recupera del devastador ataque, los habituales defectos en el uso del español de ambos autores (palabras repetidas en frases consecutivas, conjugación del verbo haber, empleo de tiempos verbales incorrectos...), o las dificultades a la hora de balancear la narración entre los avatares de la exploración en la atmósfera de Júpites y la destrucción del ascensor orbital.
El desenlace, en cambio, mejora la impresión final, pues aparte de vertiginoso en las dos líneas narrativas en las que los autores lo desdoblan (Júpiter y la Tierra), propone en sus páginas finales una reinterpretación en una segunda dimensión, de carácter cósmico y al mismo tiempo certero a la hora de atar cabos sueltos. Confirmando que nos hallamos ante una obra de mucho nivel para tratarse de una producción patria.
lunes, 28 de octubre de 2024
"Hijos de la Eternidad" (1990). Juan Manuel Aguilera y Javier Redal
Una vez terminada mi revisión de las novelas que he leído de la Saga de Miles Vorkosigan, avanzo cronológicamente a la siguiente saga en mi nuevo recorrido por las más relevantes publicadas en español. Le llega así el turno a la Saga de Akasa-Puspa, la primera que reseño en este blog escrita por dos autores españoles. Iniciada en 1988 con la notable aunque irregular "Mundos en el Abismo", que ya reseñé en su momento, supuso una auténtica revolución dentro del minoritario mundillo de la ciencia-ficción escrita en nuestro idioma. Porque con ella sus autores conseguían, tras casi un siglo de existencia del género, escribir por fin una obra en español a la altura de las grandes producciones anglosajonas, tanto desde el punto de vista de su contenido científico como de su grandilocuente trama galáctica. Por ello pareció casi natural que, un par de años más tarde, se publicara la continuación que hoy les traigo, "Hijos de la Eternidad". Que más tarde supimos había formado parte del manuscrito original de los valencianos Juan Manuel Aguilera y Javier Redal, pero que por cuestiones editoriales había tenido que ser partida en dos. De hecho, a comienzos del presente siglo los autores fusionaron ambas novelas en una edición revisada, "Mundos en la Eternidad", más fácil de adquirir en nuestros días. Pero como algunos saben, yo prefiero las obras originales a revisiones ulteriores que tal vez pulan algunos defectos, pero que pierden por el camino la impronta de su concepción original. Así que yo voy a respetar para las novelas de la Saga de Akasa-Puspa que voy a reseñar a partir de ahora el orden cronológico de su publicación. Ciñéndome ya a "Hijos de la Eternidad", les adelanto que me parece una novela superior a su predecesora. Y es que se trata de un libro de gran riqueza científica, escénica y argumental, que sabe convertir su innegable ambición en una lectura trepidante.
Aunque comparte con "Mundos en el Abismo" ambientación, acontecimientos pretéritos y muchos de sus personajes, la lectura de esta segunda entrega de la saga me resultó más satisfactoria. En parte por mi conocimiento previo de lo que me iba a encontrar (pese a los años transcurridos entre la lectura de ambas). Y en parte también porque su comienzo resulta en comparación menos árido: aun cuando los términos en sánscrito y los conceptos del futuro lejano ideados por Aguilera y Redal obligan durante las primeras páginas a consultar el glosario más de lo deseable, la trama no tarda demasiado en focalizarse, por lo que un lector con ciertas tablas en el género probablemente consiga situarse y comenzará a disfrutar con lo narrado. Que es mucho y bueno.
Porque lo que plantean los autores es una fascinante mezcla de ciencia-ficción dura y space opera en un futuro lejano en el cúmulo globular de Akasa-Puspa. Con una gran cantidad de actores y fuerzas contrapuestas, que sin embargo, consiguen comprenderse gracias al imprescindible listado de personajes del comienzo y a las explicaciones y revelaciones que oportunamente Aguilera y Redal irán insertando en la narración. De suerte que el argumento compagina con éxito el intento por capturar al mercenario desertor Chait Rai con la investigación y averiguaciones sobre el origen de los angriffs (seguramente el elemento diferenciador que perimite a esta segunda novela un salto de calidad respecto a su predecesora), y la búsqueda sobre el origen y las intenciones de los Colmeneros/los Etéreos que habitan en los asteroides de la Esfera de Dyson en torno a nuestro sol.
Sin restarle protagonismo a la trama, el elemento científico está omnipresente en toda la lectura y raya a un altísimo nivel, más si tenemos en cuenta el año de escritura del libro: ascensores espaciales, ciudades rodantes que se auto-replican, naves con velas solares, placas sintetizadoras de nutrientes, el efecto túnel a nivel macroscópico, las máquinas de Von Neuman, la variedad y verosimilitud de las naves de guerra del Imperio... Las explicaciones proporcionadas por loas autores al respecto no son sólo plausibles, sino también didácticas y oportunas. Y ello contribuye a exacerbar el altamente logrado sentido de la maravilla que caracteriza a la novela.
Si bien el disfrute de la misma se sustenta en otros cuantos aciertos. Tal vez el más llamativo sea la cantidad de ideas cautivadoras que se presentan, que otros autores habrían administrado para confeccionar una extensa bibliografía. También contribuye el innegable impacto visual de muchos de los marcos escénicos (se nota que Aguilera es diseñador gráfico). La biología de los angriffs o las motivaciones para su creación y su "obsolescencia programada" están presentadas con maestría. Al igual que la sucesión de acontecimientos, desde combates cuerpo a cuerpo hasta batallas espaciales, pasando por páginas de intriga u otras de especulaciones profundas o de revisión de los principales hitos en la inmensa historia de la humanidad. Y siempre narrados desde una palpable riqueza de puntos de vista. Todo ello gracias a un estilo directo y sin pretensiones de lucimiento, sustentado en múltiples diálogos y en un acertado equilibrio entre las narraciones en tercera y en primera persona (la de Jonás Chandragupta, probablemente el protagonista absoluto de ambas entregas).
En cuanto a los defectos, pese a su menor impacto el más obvio sigue siendo el escabroso comienzo. Seguido de cerca por el abuso de términos en sánscrito, en su mayoría innecesarios. Asimismo se puede hablar de un elenco de personajes que, seguramente a causa de su vastedad, resulta un tanto plano en su mayor parte. En otro orden de cosas, al resultado final le afean en cierta medida errores en el empleo de nuestro idioma (a modo de ejemplos: la conjugación del verbo haber, ciertos tiempos verbales mal escogidos, o la repetición de la misma palabra en frases o párrafos consecutivos). Y a veces es posible intuir quién de los dos escritores está al frente en un momento dado; la homogeneización de ambas plumas no es perfecta.
La pulcritud de los autores a la hora de atar cabos en un desenlace satisfactorio, pese a contar con un protagonista inesperado, es el último acierto de una obra de gran calidad. Como lo refleja lo bien que ha envejecido tras más de treinta años desde su publicación. Indudablemente un hito en la literatura de ciencia-ficción de nuestra nación que sigue mereciendo una lectura por parte de todo aficionado al género.
Aunque comparte con "Mundos en el Abismo" ambientación, acontecimientos pretéritos y muchos de sus personajes, la lectura de esta segunda entrega de la saga me resultó más satisfactoria. En parte por mi conocimiento previo de lo que me iba a encontrar (pese a los años transcurridos entre la lectura de ambas). Y en parte también porque su comienzo resulta en comparación menos árido: aun cuando los términos en sánscrito y los conceptos del futuro lejano ideados por Aguilera y Redal obligan durante las primeras páginas a consultar el glosario más de lo deseable, la trama no tarda demasiado en focalizarse, por lo que un lector con ciertas tablas en el género probablemente consiga situarse y comenzará a disfrutar con lo narrado. Que es mucho y bueno.
Porque lo que plantean los autores es una fascinante mezcla de ciencia-ficción dura y space opera en un futuro lejano en el cúmulo globular de Akasa-Puspa. Con una gran cantidad de actores y fuerzas contrapuestas, que sin embargo, consiguen comprenderse gracias al imprescindible listado de personajes del comienzo y a las explicaciones y revelaciones que oportunamente Aguilera y Redal irán insertando en la narración. De suerte que el argumento compagina con éxito el intento por capturar al mercenario desertor Chait Rai con la investigación y averiguaciones sobre el origen de los angriffs (seguramente el elemento diferenciador que perimite a esta segunda novela un salto de calidad respecto a su predecesora), y la búsqueda sobre el origen y las intenciones de los Colmeneros/los Etéreos que habitan en los asteroides de la Esfera de Dyson en torno a nuestro sol.
Sin restarle protagonismo a la trama, el elemento científico está omnipresente en toda la lectura y raya a un altísimo nivel, más si tenemos en cuenta el año de escritura del libro: ascensores espaciales, ciudades rodantes que se auto-replican, naves con velas solares, placas sintetizadoras de nutrientes, el efecto túnel a nivel macroscópico, las máquinas de Von Neuman, la variedad y verosimilitud de las naves de guerra del Imperio... Las explicaciones proporcionadas por loas autores al respecto no son sólo plausibles, sino también didácticas y oportunas. Y ello contribuye a exacerbar el altamente logrado sentido de la maravilla que caracteriza a la novela.
Si bien el disfrute de la misma se sustenta en otros cuantos aciertos. Tal vez el más llamativo sea la cantidad de ideas cautivadoras que se presentan, que otros autores habrían administrado para confeccionar una extensa bibliografía. También contribuye el innegable impacto visual de muchos de los marcos escénicos (se nota que Aguilera es diseñador gráfico). La biología de los angriffs o las motivaciones para su creación y su "obsolescencia programada" están presentadas con maestría. Al igual que la sucesión de acontecimientos, desde combates cuerpo a cuerpo hasta batallas espaciales, pasando por páginas de intriga u otras de especulaciones profundas o de revisión de los principales hitos en la inmensa historia de la humanidad. Y siempre narrados desde una palpable riqueza de puntos de vista. Todo ello gracias a un estilo directo y sin pretensiones de lucimiento, sustentado en múltiples diálogos y en un acertado equilibrio entre las narraciones en tercera y en primera persona (la de Jonás Chandragupta, probablemente el protagonista absoluto de ambas entregas).
En cuanto a los defectos, pese a su menor impacto el más obvio sigue siendo el escabroso comienzo. Seguido de cerca por el abuso de términos en sánscrito, en su mayoría innecesarios. Asimismo se puede hablar de un elenco de personajes que, seguramente a causa de su vastedad, resulta un tanto plano en su mayor parte. En otro orden de cosas, al resultado final le afean en cierta medida errores en el empleo de nuestro idioma (a modo de ejemplos: la conjugación del verbo haber, ciertos tiempos verbales mal escogidos, o la repetición de la misma palabra en frases o párrafos consecutivos). Y a veces es posible intuir quién de los dos escritores está al frente en un momento dado; la homogeneización de ambas plumas no es perfecta.
La pulcritud de los autores a la hora de atar cabos en un desenlace satisfactorio, pese a contar con un protagonista inesperado, es el último acierto de una obra de gran calidad. Como lo refleja lo bien que ha envejecido tras más de treinta años desde su publicación. Indudablemente un hito en la literatura de ciencia-ficción de nuestra nación que sigue mereciendo una lectura por parte de todo aficionado al género.
domingo, 13 de octubre de 2024
"El Juego de los Vor" (1990). Lois McMaster Bujold
Una entrada más prosigo con mi segundo recorrido por alguna de las sagas más relevantes de la ciencia-ficción publicadas en español. Voy a hablarles en en esta ocasión de la siguiente novela en orden de lectura de la saga Vorkosigan, la monumental obra de la estadounidense Lois McMaster Bujold de la que he venido reseñando varias de sus novelas en las entradas más recientes. La de hoy es la segunda que tiene como protagonista a Miles Vorkosigan, el personaje que da título a toda la saga. Hecho que influyó en mi decisión de detener la lectura de esta serie. Porque tras la decepción que, como expliqué en su momento, supuso la lectura de "El Aprendiz de Guerrero", la de hoy era la segunda oportunidad que le concedía a las peripecias de Miles. Y aunque mi impresión final fue más favorable que la de su predecesora en orden de lectura, tampoco me pareció lo suficientemente relevante como para proseguir con la sagaa. Y es que se trata de una novela con una primera parte claramente diferenciada, amena y bien presentada, y una segunda más larga y dispersa, con algunos buenos momentos pero netamente inferior.
Sin duda lo mejor del libro es esa primera parte (que abarca un cuarto de su extensión) en la que Miles desempeña su primer trabajo como álferez, el de oficial de meteorología en la remota y gélida base Lazkowski. Un tramo álgido que en realidad tampoco supone mayor sorpresa, ya que se publicó inicialmente como un relato independiente. Pero que hace concebir esperanzas respecto a la mayor calidad de esta entrega: un marco escénico cautivador, un par de personajes con fuerza (el teniente Ahn y el general Metzov, este último reaprovechado en la segunda parte), un episodio tan angustioso que se recuerda semanas después de haberlo leído, y la conocida tendencia de Miles para no acatar órdenes y meterse en problemas configuran varios de los mejores capítulos de toda la saga hasta ese momento.
Por desgracia, con el regreso de Miles al Cuartel de Seguridad Imperial la trama regresa a terrenos más conocidos (y menos atrayentes). Porque lo que nos presenta Bujold desde ahí hasta el final es similar a lo narrado en su anterior entrega: Miles huyendo de constantes peligros hasta verse de nuevo en la necesidad de adoptar su identidad de Almirante Naismith al frente de los Mercenarios Dendarii, y como era de esperar, con la paz de la galaxia en equilibrio inestable. Aunque mi impresión final de "El Juego de los Vor" fue más favorable que la de "El Aprendiz de Guerrero", pues aquí la historia es menos repetitiva y hay más misterios de fondo, los cuales permiten que la novela funcione no sólo como space opera, sino también como una historia de intrigas.
Siguiendo con los aciertos de esta obra, el siempre discreto pero correctamente tratado elemento científico y técnico adquiere un inusitado protagonismo, por ejemplo, en las páginas en las que la autora describe las últimas tendencias en armas para combates a escala galáctica (caso de la lanza de implosión gravítica), o incluso cuando explica con detalle los cuatro métodos para atacar agujeros de gusano. El meritorio tratamiento de varios de sus personajes, ya conocido a la hora de extraer el máximo de su singular protagonista, logra en esta entrega grandes cotas con el Emperador Gregor Vorbarra, desde su intento de suicidio al conocer las visicitudes de su origen, hasta su temeraria huída de Barrayar, pasando por sus dudas a la hora de relacionarse con la "mala malísima" Cavilo (un personaje bastante flojo, dicho sea de paso). Además, en esta novela por fin se nos ofrece un mapa para ubicar los saltos y el equilibrio de fuerzas en torno a los agujeros de gusano, y Bujold sigue haciéndonos la lectura disfrutable con su prosa directa, su estilo en el límite de lo superficial, y un ritmo literario por lo general alto.
El principal problema de la novela es la confusión asociada a las luchas de poder que se le presentan al lector. Da la impresión de que estas luchas están claras en la cabeza de Bujold, y de hecho Miles no sólo las visualiza sino que es capaz de anticipar los siguientes movimientos de distintas facciones. Pero en mi caso al menos no logré comprender en ningún momento las alianzas y los enfrentamientos entre los distintos planetas, ni tampoco qué iba sucediendo con la mayoría de los personajes que se enfrentaban a Miles (Oser, Ungari, Cavilo, Metzov...), ni siquiera con dónde se había quedado la narración respecto a un personaje tan determinante como el Emperador Gregor. Habría sido necesario recordar el destino y la situación presentes de muchos de estos personajes, así como su contribución a los cambios en el equilibrio de fuerzas y posterior desenlace. Pero la autora se olvida de ello. Y como en novelas anteriores, sigue flojeando a la hora de ubicar espacialmente al lector y describir los entornos. Con lo que el embrollo aumenta y el interés baja.
A ello hay que sumarle de nuevo el recurso a coincidencias milagrosas (afortunadamente, menos frecuentes que en anteriores entregas), la ligereza de ideas que desprende la obra a pesar de esa trama embrollada, la tensión amorosa entre Elena Bothari y Miles Vorkosigan (que sigue sin estar bien resuelta), y un desenlace que, aunque esta vez sí existe, anda escaso de tensión, aunque resulte entretenido. De suerte que, al finalizar la lectura de esta novela, me encontré saturado de los mercenarios Dendarii, de las tramas galácticas similares entre distintas novelas, de no conseguir aprehender todo lo narrado, y de no toparme apenas con nada que me hiciera reflexionar. Así que, aunque no se trata de su entrega más floja, con "El Juego de los Vor" di por terminada la lectura de la saga Vorkosigan. Y ello a pesar de que aún me quedaban nueve novelas por leer (y eso de las traducidas en español, pues hasta donde yo sé, existe al menos una décimo sexta, "Captain Vorpatril's Alliance" pendiente de ser traducida a nuestro idioma). Con las seis que había leído, había tenido suficiente.
Sin duda lo mejor del libro es esa primera parte (que abarca un cuarto de su extensión) en la que Miles desempeña su primer trabajo como álferez, el de oficial de meteorología en la remota y gélida base Lazkowski. Un tramo álgido que en realidad tampoco supone mayor sorpresa, ya que se publicó inicialmente como un relato independiente. Pero que hace concebir esperanzas respecto a la mayor calidad de esta entrega: un marco escénico cautivador, un par de personajes con fuerza (el teniente Ahn y el general Metzov, este último reaprovechado en la segunda parte), un episodio tan angustioso que se recuerda semanas después de haberlo leído, y la conocida tendencia de Miles para no acatar órdenes y meterse en problemas configuran varios de los mejores capítulos de toda la saga hasta ese momento.
Por desgracia, con el regreso de Miles al Cuartel de Seguridad Imperial la trama regresa a terrenos más conocidos (y menos atrayentes). Porque lo que nos presenta Bujold desde ahí hasta el final es similar a lo narrado en su anterior entrega: Miles huyendo de constantes peligros hasta verse de nuevo en la necesidad de adoptar su identidad de Almirante Naismith al frente de los Mercenarios Dendarii, y como era de esperar, con la paz de la galaxia en equilibrio inestable. Aunque mi impresión final de "El Juego de los Vor" fue más favorable que la de "El Aprendiz de Guerrero", pues aquí la historia es menos repetitiva y hay más misterios de fondo, los cuales permiten que la novela funcione no sólo como space opera, sino también como una historia de intrigas.
Siguiendo con los aciertos de esta obra, el siempre discreto pero correctamente tratado elemento científico y técnico adquiere un inusitado protagonismo, por ejemplo, en las páginas en las que la autora describe las últimas tendencias en armas para combates a escala galáctica (caso de la lanza de implosión gravítica), o incluso cuando explica con detalle los cuatro métodos para atacar agujeros de gusano. El meritorio tratamiento de varios de sus personajes, ya conocido a la hora de extraer el máximo de su singular protagonista, logra en esta entrega grandes cotas con el Emperador Gregor Vorbarra, desde su intento de suicidio al conocer las visicitudes de su origen, hasta su temeraria huída de Barrayar, pasando por sus dudas a la hora de relacionarse con la "mala malísima" Cavilo (un personaje bastante flojo, dicho sea de paso). Además, en esta novela por fin se nos ofrece un mapa para ubicar los saltos y el equilibrio de fuerzas en torno a los agujeros de gusano, y Bujold sigue haciéndonos la lectura disfrutable con su prosa directa, su estilo en el límite de lo superficial, y un ritmo literario por lo general alto.
El principal problema de la novela es la confusión asociada a las luchas de poder que se le presentan al lector. Da la impresión de que estas luchas están claras en la cabeza de Bujold, y de hecho Miles no sólo las visualiza sino que es capaz de anticipar los siguientes movimientos de distintas facciones. Pero en mi caso al menos no logré comprender en ningún momento las alianzas y los enfrentamientos entre los distintos planetas, ni tampoco qué iba sucediendo con la mayoría de los personajes que se enfrentaban a Miles (Oser, Ungari, Cavilo, Metzov...), ni siquiera con dónde se había quedado la narración respecto a un personaje tan determinante como el Emperador Gregor. Habría sido necesario recordar el destino y la situación presentes de muchos de estos personajes, así como su contribución a los cambios en el equilibrio de fuerzas y posterior desenlace. Pero la autora se olvida de ello. Y como en novelas anteriores, sigue flojeando a la hora de ubicar espacialmente al lector y describir los entornos. Con lo que el embrollo aumenta y el interés baja.
A ello hay que sumarle de nuevo el recurso a coincidencias milagrosas (afortunadamente, menos frecuentes que en anteriores entregas), la ligereza de ideas que desprende la obra a pesar de esa trama embrollada, la tensión amorosa entre Elena Bothari y Miles Vorkosigan (que sigue sin estar bien resuelta), y un desenlace que, aunque esta vez sí existe, anda escaso de tensión, aunque resulte entretenido. De suerte que, al finalizar la lectura de esta novela, me encontré saturado de los mercenarios Dendarii, de las tramas galácticas similares entre distintas novelas, de no conseguir aprehender todo lo narrado, y de no toparme apenas con nada que me hiciera reflexionar. Así que, aunque no se trata de su entrega más floja, con "El Juego de los Vor" di por terminada la lectura de la saga Vorkosigan. Y ello a pesar de que aún me quedaban nueve novelas por leer (y eso de las traducidas en español, pues hasta donde yo sé, existe al menos una décimo sexta, "Captain Vorpatril's Alliance" pendiente de ser traducida a nuestro idioma). Con las seis que había leído, había tenido suficiente.
sábado, 28 de septiembre de 2024
"El Aprendiz de Guerrero" (1986). Lois McMaster Bujold
Con la presente entrada retomo mi segundo recorrido por alguna de las sagas más relevantes de la literatura de ciencia-ficción. Continúo revisando en orden de lectura diversas novelas de la Saga Workosigan, de la estadounidense Lois McMaster Bujold. Le ha llegado el turno a "El Aprendiz de Guerrero", curiosamente la primera que realmente tiene al personaje que popularmente da nombre a la saga (Miles Vorkosigan) como protagonista, y también la primera novela que publicó su autora. Hechos ambos que condicionan la lectura, pues a estas alturas el lector ya se ha formado una idea de lo que esperar de la saga y, si ha llegado hasta aquí, es porque espera lo mejor de la irrupción de Miles. Aunque también es consciente de que a menudo las primeras novelas son obras sin pulir de escritores aún en fase de formación. Con todo, debo admitir que tras concluir su lectura mi sensación principal fue de decepción: Bujold rehúye de la peculiarmente atractiva atmósfera de Barrayar y traslada la acción al espacio de Tau Verde, donde repite una y otra vez la misma argucia para que la flota de Miles venza y crezca sin apenas dificultades a todo cuanto se le opone. Sólo al final la novela mejora un poco, con el retorno a Barrayar.
A mi modo de ver la endeblez argumental lastra el resultado final del conjunto. Y eso que el nudo de la trama es válido: la búsqueda de la madre de la mejor amiga de Miles y su amor platónico, Elena Bothari. Pero cuando, casi al inicio de esa búsqueda, ambos abandonan Colonia Beta, la novela se vuelve reiterativa: como si de una estafa piramidal se tratara, Miles se ve envuelto a causa de las deudas contraídas en un conflicto bélico, y su respuesta consiste en repetir una y otra vez el mismo patrón. Es decir, logra vencer a su enemigo y lo incorpora a su flota, que va creciendo; de esta acción surge otro enemigo, lo derrota y lo vuelve a incorporar a su flota, y así una y otra vez hasta terminar por incorporar al Almirante Oser, el líder de la flota de los oserianos. Es cierto que Bujold adereza este simplísimo esquema con algunos aspectos que le confieren cierto interés (el descubrimiento de secretos familiares pasados, o determinados aspectos de estrategia militar), pero hasta que la novela no plantea el complot que debe de estar sufriendo el padre de Miles en Barrayar a causa de los actos de su hijo, la trama no se complica un poco.
Otros defectos perceptibles contribuyeron a esa decepción, hasta el extremo de plantearme abandonar la lectura de la saga: las coincidencias inverosímiles (como el encuentro con Elena Visconti, la madre de Elena Bothari); un estilo desenfadado pero más juvenil que en novelas posteriores de la saga; un conflicto bélico descrito de manera muy confusa (casi imposible comprender qué sucede en realidad entre felicianos, pelianos y oserianos); unos marcos escénicos no excesivamente precisos ni bien localizados (a menudo Bujold se olvida de situar dónde está sucediendo algo, y en general habría venido de perlas un mapa); y el empleo innecesario de barbarismos.
Quizá la principal virtud del libro sea el desarrollo del personaje de Miles: el ingenio con el que supera sus limitaciones físicas, la mezquindad con la que obra en cuestiones amorosas, el honor que sin embargo preside su comportamiento en otras situaciones, la humanidad que destila, cómo va conociendo sus propias limitaciones aunque a veces no se atenga a ellas, o incluso sus dotes de persuasión por medio de la palabra. De suerte que, al finalizar la lectura, el lector tiende de manera natural a conferirle otra oportunidad para observar cómo se desenvolvería en una trama menos monótona y un marco escénico mejor presentado.
También hay que agradecerle a Bujold lo cohesionada que, al menos hasta este punto, está toda su saga: personajes conocidos de libros anteriores que aquí se amoldan con naturalidad a su rol de secundarios, un universo rico y complejo que sigue explorando de manera coherente, la forma como explota o aclara acontecimientos de novelas previas, un elemento científico en segundo plano pero adecuado a las pretensiones de la novela (desde los efectos de la ingravidez hasta el uso de agujeros de gusano para recorrer distancias interestelares) y, sobre todo, esa atmósfera entre militarista y feudal de Barrayar, que Bujold recupera a última hora y que ofrece las mejores páginas de la novela (las relativas al desenmascaramiento del plan urdido por Vordrozda y el Almirante Hessman para poder acursar al padre de Miles de traición). Un acierto inesperado que mejora la impresión global de una novela en la que la bisoñez de su escritora seguramente resulta demasiado perceptible.
A mi modo de ver la endeblez argumental lastra el resultado final del conjunto. Y eso que el nudo de la trama es válido: la búsqueda de la madre de la mejor amiga de Miles y su amor platónico, Elena Bothari. Pero cuando, casi al inicio de esa búsqueda, ambos abandonan Colonia Beta, la novela se vuelve reiterativa: como si de una estafa piramidal se tratara, Miles se ve envuelto a causa de las deudas contraídas en un conflicto bélico, y su respuesta consiste en repetir una y otra vez el mismo patrón. Es decir, logra vencer a su enemigo y lo incorpora a su flota, que va creciendo; de esta acción surge otro enemigo, lo derrota y lo vuelve a incorporar a su flota, y así una y otra vez hasta terminar por incorporar al Almirante Oser, el líder de la flota de los oserianos. Es cierto que Bujold adereza este simplísimo esquema con algunos aspectos que le confieren cierto interés (el descubrimiento de secretos familiares pasados, o determinados aspectos de estrategia militar), pero hasta que la novela no plantea el complot que debe de estar sufriendo el padre de Miles en Barrayar a causa de los actos de su hijo, la trama no se complica un poco.
Otros defectos perceptibles contribuyeron a esa decepción, hasta el extremo de plantearme abandonar la lectura de la saga: las coincidencias inverosímiles (como el encuentro con Elena Visconti, la madre de Elena Bothari); un estilo desenfadado pero más juvenil que en novelas posteriores de la saga; un conflicto bélico descrito de manera muy confusa (casi imposible comprender qué sucede en realidad entre felicianos, pelianos y oserianos); unos marcos escénicos no excesivamente precisos ni bien localizados (a menudo Bujold se olvida de situar dónde está sucediendo algo, y en general habría venido de perlas un mapa); y el empleo innecesario de barbarismos.
Quizá la principal virtud del libro sea el desarrollo del personaje de Miles: el ingenio con el que supera sus limitaciones físicas, la mezquindad con la que obra en cuestiones amorosas, el honor que sin embargo preside su comportamiento en otras situaciones, la humanidad que destila, cómo va conociendo sus propias limitaciones aunque a veces no se atenga a ellas, o incluso sus dotes de persuasión por medio de la palabra. De suerte que, al finalizar la lectura, el lector tiende de manera natural a conferirle otra oportunidad para observar cómo se desenvolvería en una trama menos monótona y un marco escénico mejor presentado.
También hay que agradecerle a Bujold lo cohesionada que, al menos hasta este punto, está toda su saga: personajes conocidos de libros anteriores que aquí se amoldan con naturalidad a su rol de secundarios, un universo rico y complejo que sigue explorando de manera coherente, la forma como explota o aclara acontecimientos de novelas previas, un elemento científico en segundo plano pero adecuado a las pretensiones de la novela (desde los efectos de la ingravidez hasta el uso de agujeros de gusano para recorrer distancias interestelares) y, sobre todo, esa atmósfera entre militarista y feudal de Barrayar, que Bujold recupera a última hora y que ofrece las mejores páginas de la novela (las relativas al desenmascaramiento del plan urdido por Vordrozda y el Almirante Hessman para poder acursar al padre de Miles de traición). Un acierto inesperado que mejora la impresión global de una novela en la que la bisoñez de su escritora seguramente resulta demasiado perceptible.
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