sábado, 26 de septiembre de 2020

Almas en guerra (2004). Liz Williams

Con esta entrada prosigo con las reseñas en orden cronológico de novelas de referencia creadas por las principales escritoras del género. En esta oportunidad voy a opinar sobre "Almas en guerra", la única novela traducida al español de la británica Liz Williams. Una novela a mi modo de ver más importante por lo que representó en su momento que por su calidad o interés. Y es que, bajo la falsa etiqueta de ciencia-ficción, "Almas en guerra" es realmente una novela de fantasía en la que todo es posible por incoherente que pueda parecer, pobremente explicada y con un argumento ramplón. Sólo se deja leer por su atrayente estética, sus capítulos cortos y dinámicos y, como decía, por su clara condición de precursora de tendencias en el género, particularmente el science-fantasy actual.

Probablemente si la novela hubiera estado correctamente categorizada como lo que en realidad es, nunca me habría animado a leerla, pero cuando me informé sobre ella, su referencia a un futuro lejano en el cual un planeta Marte terraformado ejercía de dominador sobre una Tierra anegada salvo en sus cotas más altas parecía un punto de partida atrayente y a la vez perfectamente encuadrable dentro del género. Pero en realidad es sólo un truco de la autora: la historia podría haber transcurrido igualmente en un conjunto de planetas imaginario, sin leyes físicas que lo rigieran. Dado que prácticamente no hay mención a lugares reconocibles de Marte, y de la Tierra apenas unos pocos. De hecho, una prueba obvia de que el escenario da igual (además de un fallo difícilmente justificable) es que los personajes jamás sienten ni el más mínimo efecto por el hecho de pasar de la gravedad de un planeta a la del otro.

Pero peor que esta falta de rigor es la sensación de "todo vale" que preside la novela casi desde el principio. La tecnología espectral, supuestamente alienígena, que pretende justificar la resucitación de las almas y su consiguiente ocupación de otros cuerpos no admite como es lógico el más mínimo análisis. Williams a veces intenta defender su creación, y por eso en las páginas de su obra propone justificaciones para la matriz de luz negra o para el rey dragón del fondo del Océano terrestre, pero honestamente no lo consigue.

Por si todo esto fuera poco, las motivaciones detrás de los personajes principales tardan mucho en explicarse, y nunca terminan de estar del todo claras. Unos personajes, además, que resultan un tanto simples, a veces parecidos en exceso entre ellos (es el caso de Sueños-de-Guerra e Yskaterina), y que sin previo aviso se ven sometidos a episodios que parecen sólo una excusa para alargar la novela (como el combate que de repente Sueños-de-Guerra deberá librar con los tigres cambiados). Por no hablar de las nuevas especies de humanos existentes (kami, kappa, tijereteras), y que en el caso de Lunae, la hito-bashira, posee incluso la capacidad de doblar el tiempo... Ahí queda eso.

Y sin embargo, si el lector se deja llevar sin más cuestionamientos e intenta encontrar algo positivo en la lectura, lo encontrará. Sobre todo en el uso de la ingenería genética para que las mujeres hayan conseguido seguir procreando sin necesidad de hombres, hasta convertirse así en los únicos seres humanos dignos de tal consideración. Y, en relación directa con dicho uso, las pieles de crecimiento que han permitido crear las nuevas especies. Un alegato feminista gracias a los avances tecnológicos que quizá pueda parecer radical en exceso, pero sin duda resultó precursor de obras posteriores que han ahondado en esta premisa. Por otra parte, los capítulos cortos dinamizan la lectura y facilitan el entretenimiento. Asimismo, la parafernalia de imágenes visualmente muy atrayentes tanto en la Tierra como en Marte ("góticas" las denominan en la contraportada), un poco en la línea de Catherine Asaro o Joan D. Vinge, está conseguida. Y por encima de todo, esa fantasía disfrazada de ciencia-ficción en un futuro muy lejano permitió a la novela ser de las primeras en adscribirse a lo que entonces se denominó new weird, el movimiento precursor del science-fantasy que arrasa en la actualidad a nivel de crítica y ventas.

Con un argumento que es poco más que una explicación de conceptos inverosímiles y una persecución continuada por la Tierra y Marte, era previsible que el desenlace fuera poco original, y que "todo saliera bien". Pero lo que no esperaba cuando lo leí es que para ello Williams llegara a permitirse licencias como fusionar las vida de Yskaterina y el animus, o que la Torre de Memnos se alimentara de la energía de las gaecelas. Recursos totalmente inadmisibles en mi opinión, e innecesarios para rematar el resultado. En suma, una novela decepcionante salvo por lo que en su momento supuso. Lectores rigurosos, abstenerse.

domingo, 13 de septiembre de 2020

El despertar del milenio (1999). Jane Jensen

 

Una nueva entrada prosigo con la reseña de novelas representativas de algunas de las mejores escritoras de ciencia-ficción. Voy a hablarles hoy de "El despertar del milenio", una de las dos únicas novelas traducidas al español de la estadounidense Jane Jensen. Una escritora que es más conocida por su faceta de creadora de videojuegos, lo que no significa en absoluto que no domine el oficio de las palabras. Y es que sin duda "El despertar del milenio" es una de las novelas más notables del género escrita por mujeres que he tenido la oportunidad de leer. Combinando una base de ciencia-ficción con un desarrollo más propio de un thriller contemporáneo, Jensen nos ofrece una novela vertiginosa, muy rica en personajes y culturas, amena de principio a fin a pesar de su extensión (casi seiscientas páginas), y no exenta de reflexiones. Aunque se toma un par de licencias poco defendibles.

Al principio la novela puede llegar a abrumar: son tantos y tan variopintos los personajes, tan dispares las situaciones en que se encuentran, tan poco asumibles los sucesos que han sucedido en Santa Pelagia justo al comienzo, que es necesario confiar en el buen hacer de la autora y poner toda nuestra atención en lo que se nos presenta para no prejuzgar equivocadamente la novela. Pero en cuanto se le da tiempo, empieza a aprehenderse la magnitud de lo narrado por la autora y a la vez el lector empieza a orientarse gracias a las líneas narrativas del sacerdote Michel Deauchez y el periodista Simon Hill. Y a partir de ahí, ya disfruta hasta el final.

Es loable el esfuerzo de la escritora por dar cabida a las más diversas culturas y sus correspondientes manifestaciones religiosas: desde los telepredicadores estadounidenses hasta los budistas hindúes, pasando por los nativos norteamericanos y llegando hasta los jihadistas de Oriente Medio. Jensen sale airosa de un reto tan complejo de escribir como el que nos plantea. Y además lo enriquece con unos notables (para la época, finales del siglo pasado) conocimientos y empleo siempre que es necesario de las últimas tecnologías informáticas y de telecomunicaciones, armamentísticas, sanitarias... Incluso recuerda con acierto a situaciones que estamos viviendo en nuestra omnipresente pandemia.

Por si todo lo anterior fuera poco, la escritora bebe con criterio del Apocalipsis y otras fuentes que a lo largo de nuestra historia han predicho el final de nuestro mundo, y usa esa inspiración para ir desplegando con toda su crudeza cada una de las siete plagas: esporas y llagas; dinoflagelados y marea roja; hantavirus y pandemia; láser difuso y fuegos; erupciones volcánicas y pozos de humo... Al partir siempre de un elemento científico contrastado para crear cada una de las supuestas "plagas divinas", consigue darle verosimilitud a tan terrible panorama. Y sin abusar de las muertes para no exagerar el sensacionalismo de la novela, las que nos presenta (el Papa, el presidente de los E.E.U.U., el virólogo Mike Smith) acrecientan esa sensación trágica que atrapa al lector.

Aunque no sólo el panorama es responsable de la velocidad con la que se pasan las páginas: Jensen adopta muchos de los recursos de los thriller que no se avergüenzan de aprender de los aspectos positivos de los best-sellers, y nos ofrece situaciones casi siempre resueltas en pocas páginas, con un claro predominio de los diálogos y una prosa neutra que pasa razonablemente desapercibida. Y, sin tratarse de una novela de personajes, los principales quedan suficientemente caracterizados, y de casi todos los secundarios se nos muestra su desenlace.

Aun tratándose de una novela brillante, no alcanza en mi opinión la calificación de "clásico" por algunos defectos fácilmente apreciables, si bien sólo dos de ellos son realmente relevantes. El primero y más obvio es que la escritora da por ciertas determinadas consecuencias de las manifestaciones religiosas más fervorosas (como la sangre que emana de las manos de Dauchez cuando "entra en trance"), impropias de una novela de ciencia-ficción seria. Y el segundo, consecuencia directa del primero aunque no tan evidente, es el postulado según el cual la mente humana comunitaria es capaz de alterar la realidad física, hasta el extremo de acelerar o frenar el desplazamiento de las placas tectónicas. Otros defectos menores son puntuales comportamientos pocos razonables de sus personajes principales (como cuando Deauchez decide visitar a Andrews, siendo obvio a lo que se va a exponer), o un exceso de atención en el primer tercio del libro a las más variopintas líneas narrativas, que contrasta con la acelerada en demasía manera en la que se van cerrando esas líneas narrativas en las últimas cien páginas.

En todo caso el balance es claramente favorable: la conspiración del Cetro Rojo y sus justificaciones, la forma analítica de evaluar las en apariencia más irreprochables manifestaciones divinas, las reflexiones no siempre explícitas sobre los males de las sociedades contemporáneas, y la propia trama, inclinan la balanza a favor de las virtudes de esta recomendable novela. Recomendable incluso aunque ya hayan transcurrido quince años desde que sus acontecimientos debieron haber tenido lugar. Porque el milenio sigue despertando.

domingo, 30 de agosto de 2020

Restos de población (1996). Elizabeth Moon

Una nueva entrada prosigo con las reseñas de novelas de referencia de algunas de las escritoras de ciencia-ficción más representativas del género. Estamos ya en 1996, año en que vio la luz "Restos de población", de la estadounidense Elizabeth Moon. Una escritora conocida sobre todo por "La velocidad de la oscuridad" (2003), Premio Nébula a la mejor novela y que ya reseñé en este mismo blog al revisar dichos premios. Aunque en mi opinión su premiada novela no aguanta las comparaciones con la obra que les presento hoy, para mí una de las mejores novelas escritas por mujeres que he leído jamás. "Restos de población" es una original novela sobre el primer contacto con una especie alienígena, difícil de escribir, con un toque femenino que le confiere mayor profundidad de lo habitual en el género, y con abundantes reflexiones sobre el comportamiento humano y sus prejuicios hacia los ancianos.

Digo difícil de escribir porque si bien Moon opta por crear unos alienígenas cuyos rasgos principales son muy similares a los humanos, la recreación de las distintas fases que van desde el encuentro hasta una comunicación casi plena con ellos requiere plantear una serie de situaciones que den pie a la curiosidad primero y al aprendizaje después, y todo ello con el añadido de buscar siempre la máxima verosimilitud y la naturalidad en el desarrollo de los acontecimientos. Moon lo consigue plenamente, y además desde el siempre complejo punto de vista de una anciana. Bien es cierto que para lograr ese éxito la escritora ha invertido con anterioridad una cantidad no desdeñable de páginas en mostrarnos primero la emigración de los colonos de Sims Bancorp, y después la gradual adaptación a su nueva vida solitaria y a las posibilidades de su asentamiento de Sera Falfurrias. Todo ello con ese toque femenino que tan inadecuado puede resultar en ocasiones en la ciencia-ficción más fastuosa, pero que cobra todo su sentido en una novela centrada en una única protagonista (la disyuntiva entre las dos voces, el gusto por los detalles, la evocación de los recuerdos de la colonia, incluso las antiguas tiranteces con los vecinos y la nuera).

Como en toda buena novela, los elementos que con aparente aleatoriedad Moon va introduciendo a lo largo de su primer mitad son determinantes en el último tercio. Esto aplica obviamente a la aniquilación del nuevo asentamiento al norte de la colonia de Ofelia, pero también a la autorización de un nuevo contacto por parte del equipo liderado por Vasil Likisi. Poco a poco la relación de Ofelia con los indígenas se va haciendo más estrecha, éstos van aprendiendo más y más sobre la tecnología humana, y cuando los humanos aterrizan, el conflicto está servido. No sólo porque humanos e indígenas tengan expectativas diferentes, sino porque Ofelia se ve obligada a tomar partido como mediadora y conciliadora. Son capítulos en los que Moon exhibe con maestría los prejuicios de los colonizadores hacia una anciana sin estudios, desmitifica las supuestas bondades de la actividad colonizadora, sus ideas preconcebidas sobre los miedos, la capacidad de aprendizaje y la brutalidad de los alienígenas, y hace todo un alegato en favor de la independencia personal por encima de convencionalismos y pautas aprendidas. Aunque para mí lo verdaderamente elogiable es la maestría a la hora de hacernos cuestionar cuáles son los auténticos rasgos que definen a un ser humano (solidaridad, ayuda, cuidado de los hijos, utilización de la experiencia...). En su confesión final, Capazul y los suyos no sólo muestran que otra forma de vida y otra sociedad son posibles, sino que exhiben muchos de estos valores.

Dada mi netamente favorable valoración de la novela, es lógico que le encontrara pocos defectos. El más importante es sin duda cierta lentitud y un exceso de páginas durante su primer tercio. Tampoco me convenció que Moon no delineara siquiera mínimamente la evolución de los humanos desde el planeta Tierra hasta llegar a 3245.12. Ni, finalmente, el grupo de colonos creado por Moon, exagerado en sus aspectos más negativos hasta el punto de parecer más propios de una novela juvenil que de una obra para adultos.

En suma, una brillante novela que se queda muy cerca de la categoría de clásico reservada para los grandes hitos del género. Le sobran cincuenta páginas, le falta un poquito más de acción y sobre todo alguien que ponga cordura en el desquiciado grupo de colonos. Aun así, francamente recomendable.

viernes, 7 de agosto de 2020

Bailando en el aire (1993). Nancy Kress


Una nueva entrada prosigo reseñando cronológicamente algunas de las novelas de referencias de las principales escritoras de ciencia-ficción. Hoy voy a hablarles de "Bailando en el aire", de la estadounidense Nancy Kress. En rigor para representar a esta brillante escritora debería haber escogido su meritoria trilogía de los mendigos, pero como ya la reseñé con detalle cuando repasé alguna de las mejores sagas del género hace unos años, he optado en esta ocasión por revisar esta interesante novela corta, que junto a la novela "Una luz extraña" (1991) constituye el resto de su producción traducida al español.

Kress es una escritora especialmente prolífica en el campo de las novelas cortas, y varias de ellas han sido reconocidas con el Premio Hugo. No es el caso sin embargo de "Bailando en el aire". Aun así, me ha parecido interesante reseñarla como reflejo de la esperable personalidad y el buen hacer de la escritora en este formato. En ella trata uno de sus temas favoritos (la manipulación genética y sus consecuencias para el ser humano) sirviéndose para ello de unos bailarines que, reforzados mediante bioingeniería y nanotecnología, son capaces de unos logros artísticos inaccesibles a los bailarines no manipulados. Aunque en mi opinión el mundo del ballet no es un marco muy atractivo para el potencial lector de ciencia-ficción, y le resta puntos a la novela.

Y es que para mí al menos no resultó demasiado grato sumergirme en tantos términos franceses propios de la danza como aparecen a lo largo de sus casi cien páginas, ni en las diversas escuelas e instituciones de ese mundillo. Sí que me llamó positivamente la atención la nítida yuxtaposición entre el triunfo de la biointensificación en Europa y el respeto a los límites del ser humano en los más conservadores Estados Unidos, y me sorprendió la gran cantidad de lesiones (algunas de ellas permanentes) que aparentemente sufren los bailarines.

Con lo cual lo que realmente Kress quiere resaltar (la ética del perfeccionamiento humano mediante avances tecnológicos) queda un tanto difuminado por la fuerte presencia del "mundillo" del ballet. Es cierto que, como cabía esperar, la caracterización de los personajes principales es bastante buena para una novela tan corta (aunque los perros que hablan y que tanto le gustan a la escritora a mí no me terminan de convencer), que la prosa es ágil y concisa, y que el ritmo narrativo va aumentando acertadamente hasta culminar en el capítulo en casa de Anna Olson, un pasaje realmente brillante que refleja el talento de la autora. Pero incluso el final resulta un tanto confuso, pues parece que el objetivo final de la novela fuera convencer a Deborah de que no debía ser biointensificada y sin embargo al final lo es.

En suma, una novela entretenida, bien escrita y que incita a la reflexión, pero no del todo redonda.

sábado, 18 de julio de 2020

La puerta al país de las mujeres (1988). Sheri S. Tepper

Una nueva entrada prosigo cronológicamente con las reseñas de novelas de referencia de algunas de las mejores escritoras de ciencia-ficción. Hemos llegado ya a 1988, año en que vio la luz "La puerta al país de las mujeres", de la controvertida escritora estadounidense Sheri S. Tepper. Controvertida porque se supone que es la "feminista entre las feministas" de las escritoras de ciencia-ficción, y a causa de ello su obra genera admiración y animadversión a partes iguales. Para ilustrar ambos sentimientos he escogido la que posiblemente sea su novela más conocida para el lector en español. Se trata de una novela sugestiva, bien ambientada, con varios personajes logrados y algún momento de mucha tensión. Pero que pierde fuerza por su pretenciosidad, alguna licencia fantasiosa, una clara indeterminación narrativa y determinados excesos satíricos.

Tras haber leído varias críticas que afeaban su feminismo exacerbado, debo empezar señalando que la novela no llega a resultar epatante. Evidentemente su enfoque es provocador, y estereotipa la inteligencia femenina del País de las Mujeres frente a la simplicidad de su guarnición de guerreros. Pero salvo en el tramo final, presidido por el recurso de última hora que resulta ser Tierra Santa, lo hace con una subjetividad razonablemente contenida y un apreciable afán por justificar el panorama ideado. Que por cierto resulta un marco escénico cautivador, quizá más similar a la Baja Edad Media Europea de lo deseable, pero comprensible en sus esfuerzos por preservar el conocimiento, en su nostalgia de especies y alimentos desaparecidos, y en las profesiones y los modos de vida que crea la escritora.

Además, la mayoría de sus personajes (Stavia, Morgot, Joshua) están bien elaborados y resultan convincentes en sus complejidades interiores y en los misterios que encierran. Misterios que por otra parte resultan tan esclarecedores como lógicos cuando finalmente se revelan al final de la novela, y que están precedidos por algún que otro saludable momento de tensión (en especial la ingeniosa liberación de Stavia de su cautiverio).

Y sin embargo la novela deja una incuestionable sensación de decepción. La razón más obvia es la rectificación de la estructura narrativa que realiza Tepper sobre la marcha: parte de una línea narrativa "actual" en la vida de Stavia, cuando entrega a su hijo a la guarnición, y en seguida establece un paralelismo narrativo con su pretérita vida de niña/adolescente, tratando de repartir su atención entre ambas líneas narrativas. Pero la línea "actual" en seguida flojea, y poco después de alcanzar la mitad de la novela Tepper opta por olvidarse casi completamente de ella, centrándose sin disimulo en la Stavia adolescente, redimensionando su calado mediante la aparición de Septemius primero y de Tierra Santa después. Y aunque ambos recursos cumplen su función y evitan que la novela se desinfle, no consiguen ocultar lo fallido del planteamiento inicial.

Otros defectos apreciables son las reiteradas interrupciones que provoca la representación de Ifigenia en Ilión, que aparte de revelar una obvia fuente de inspiración para la trama, resultan difíciles de seguir a causa de todos los personajes que brevemente se van sucediendo; parece más una pretenciosa exhibición del nivel cultural de Tepper que un recurso para enriquecer la novela. También le resta muchos puntos la percepción extrasensorial que poseen los servidores, algo tan inverosímil como probablemente innecesario para el transcurso de los acontecimientos. Y la polarización de la sátira de las sociedades patriarcales se vuelve contra la escritora en forma de repentinos comportamientos excesivamente machistas de Chernon, o en la tiránica y a todas luces insostenible estructura social de Tierra Santa.

Así que a pesar de que Tepper demuestra ser una buena prosista, y de que sabe conferir fuerza y profundidad a sus personajes y escenarios, la novela deja casi más poso por sus errores que por sus aciertos. Una pena, porque podía haber sido un gran libro.

domingo, 5 de julio de 2020

Ethan de Athos (1986). Lois McMaster Bujold

Con esta entrada prosigo con la reseña de algunas de las más reconocidas novelas escritas por las más importantes escritoras de ciencia-ficción. Seguimos avanzando en la década de los ochenta y llegamos ya a 1986, año en que vio la luz "Ethan de Athos", de la estadounidense Lois McMaster Bujold. Perteceniente a su famosa saga de Vorkosigan (aunque en mi opinión hablar de saga es un término un tanto impreciso dada la variedad de novelas que la conforman, quizá sería más correcto hablar de conjunto de novelas que comparten una historia de la galaxia), la de hoy es una obra que puede leerse de manera independiente, y sobre el papel de las más atractivas de la "saga", ya que Athos es un planeta fundado y mantenido exclusivamente por varones, con lo que ello podría ofrecer a nivel de sostenibilidad y especulación. Sin embargo, a pesar de resultar entretenida, dinámica, contar con buenas dosis de aventura y la suficiente intriga, resuta un tanto superficial, ineficaz a la hora de sacar todo el partido al planteamiento, y la remata un desenlace no demasiado clarificador.

Ya desde el comienzo se aprecia que a la novela le cuesta coger el tono. El comienzo es farragoso, con una prosa poco fluida y demasiados tecnicismos ginecológicos. Además, Bujold no se esfuerza a la hora de proporcionar la mejor visión posible sobre la original vida en Athos, y deja que sea el lector quien vaya aprehendiendo las estructuras sociales y las implicaciones vitales de su sociedad exclusivamente masculina. Si bien al menos el nudo queda planteado con relativa celeridad y resulta verosímil para dinamizar el resto del libro.

Con la llegada de Ethan a la Estación Kline la novela mejora. La aparición de la mercenaria Quinn no sólo le abre los ojos a Ethan sobre las formas de vivir en el resto de la Galaxia, sino que lo sitúa en medio de un enredo de dimensiones planetarias a causa de los cultivos ováricos. El ritmo narrativo se acelera, la intriga gana peso, y las pequeñas pinceladas de humor con la que la escritora muestra las reacciones de Ethan a los comportamientos del género femenino, logran que desde ese punto hasta el final la lectura resulte fácil y entretenida.

Esta indudable virtud encierra paradójicamente los mayores defectos de la novela. Para mí el más grave es todo lo que Bujold desaprovecha, teniéndolo al alcance de la mano: desde el marco escénico (la Estación Kline constituye un ecosistema sugerente y bien delineado, pero aunque se habla de otros planetas, resulta ser el único escenario durante casi doscientas páginas), pasando por la componente utópica tan jugosa que ofrece el planeta Athos y que a la escritora apenas parece interesarle, hasta la escasa profundidad que confiere a personajes y acontecimientos, sin apenas espacio para especulaciones y reflexiones.

A menor nivel pero también flaqueando se sitúa un desenlace "doble" que funciona en cuanto al nivel de acción y el grado de tensión que encierra, pero que no termina de aclarar cómo sucedieron los acontecimientos que acabaron alterando el cultivo ovárico. También me parece cuestionable la manera tan ingenua (una mera llamada de Terrence) como Ethan es engañado para caer en la segunda parte del desenlace. Y el impacto en Athos de los cultivos con los que finalmente regresa Ethan apenas es esbozado.

En todo caso esos defectos quedan compensados en cierta medida por otras virtudes menos obvias pero reseñables: un componente científico cuidado (con mención especial para la regeneración de alimentos y el tratamiento de residuos en la Estación), el uso que hace de los sistemas informáticos una novela escrita en 1986, las profesiones y ocupaciones de los habitantes de la estación, y la ausencia de pasajes de relleno. Nunca llegará a ser un clásico, pero siempre se dejará leer.

sábado, 27 de junio de 2020

La estación Downbelow (1981). C.J. Cherryh

Una nueva entrada continúo con las reseñas individuales de una de las novelas más representativas de las mejores escritoras de ciencia-ficción, dentro de mi ciclo dedicado a las mujeres en la ciencia-ficción. Siguiendo un estricto orden cronológico, le ha llegado el turno a "La estación Downbelow", de la estadounidense Caroline Janice Cherryh. Una de sus novelas más reconocidas, se alzó con el Premio Hugo y la consolidó como una de las escritoras de referencia en el género durante los años ochenta. Situada en el siglo XXIV, se trata de un tour de force extenso, complejo y arduamente trabajado, pero en mi opinión con demasiados defectos para el reconocimiento que recibió. Quizá no haya envejecido demasiado bien.

Y el caso es que la gestación primero y la elaborada explicación después de una historia del futuro tan coherente como la resumida en el prólogo y que conduce a la situación de partida ilusiona con situarnos ante el comienzo de un clásico de la ciencia-ficción. Sin embargo, casi desde ese momento la excesiva diversidad de personajes y de situaciones a los que va saltando la narración confunde al lector. Se requiere avanzar un gran número de páginas para captar en toda su dimensión lo que Cherryh va relatando. Además, para quienes conozcan la obra de la norteamericana, sorprende negativamente el tratamiento demasiado superficial de muchas situaciones. Es como si conforme se iba afianzando en el género la escritoria hubiera padecido un bajón en sus habilidades literarias: todos los hechos se presentan con poca humanidad, con diálogos demasiado entrecortados y frases confusas (tal vez achacables en parte a la no muy afortunada traducción). Incluso la prosa resulta poco fluida, y eso en un libro de casi seiscientas páginas es un inconveniente muy serio.

Estos defectos tan elementales enturbian los indudables logros de la novela. Como la concepción del mundo de Pell: una estructura gestada con rigor científico y que tiene en cuenta la diversidad social de los seres humanos que lo habitan. O como la propia Downbelow que da título a la novela, un marco agreste que proporciona el espacio adecuado para los principales pasajes de aventura que jalonan la obra. También resulta apreciable, una vez que el lector asimila lo que propone Cherryh, el tono de especulación política de muchas de sus páginas, con intrigas y diversos estamentos enfrentados (si bien los papeles que desempeñan la compañía, Pell, o incluso la Flota no son todo lo comprensibles que deberían).

En lo que se refiere a personajes cautivadores o momentos de especial relevancia, desgraciadamente no abundan. Tal vez lo más brillante sea la relación Josh Talley / Damon Konstantin: amistad y complicidad más allá de la fuerza a la que pertenecen. Pero no faltan los personajes deficientemente resueltos, con efecto casi nulo en la novela: Jacoby, Edger, incluso Elene. Además, los alienígenas que crea Cherryh (los hisa) limitan su aportación a la vertiente más sentimental de la novela, puesto que son seres que denotan una excesiva candidez. Y por último, en el final, llama la atención que gran cantidad de las puertas que la escritora va dejando abiertas durante los capítulos precedentes quedan sin cerrar, como si la tarea de rematar la narración le hubiera venido grande. Supongo que por todas estas razones la novela no se ha reeditado en español desde hace muchos años, aunque sí admite una lectura por parte de las nuevas generaciones de aficionados al género.

sábado, 20 de junio de 2020

La reina de la nieve (1980). Joan D. Vinge

Una entrada más prosigo reseñando en orden cronológico algunas de las novelas más representativas de muchas de las mejores escritoras de ciencia-ficción. Voy a hablarles hoy de Joan D. Vinge a través de su obra más conocida, "La reina de la nieve". Una novela que se alzó con el Premio Hugo hace cuatro décadas, y que ha sido frecuentemente reeditada en español desde entonces, lo que refleja que todavía mantiene su vigencia. En los límites de lo que podemos considerar ciencia-ficción, se trata de una novela voluminosa, fastuosa, muy elaborada en su ambientación y en sus personajes. Pero lastrada por una prosa florida y recargada en exceso, así como por una apreciable escasez de momentos de tensión.

Sin duda lo mejor de la novela es la fluidez con la que se entrecruza su amplio elenco de personajes con el planeta Tiamat como trasfondo principal. En lugar de mantener sendas líneas narrativas para sus dos protagonistas femeninas (Arienrhod, la "Reina de la nieve", y Luna Caminante en el Alba, su clon estival), Vinge enriquece la novela con personajes de la más diversa índole (miembros del cuerpo de seguridad espacial, contrabandistas, extraterrestres, representantes de otros planetas, trabajadoras de la noche, creadores de máscaras, robots...), y va prestándoles toda su atención según lo va necesitando a lo largo de los más de cincuenta capítulos que conforman el libro. Sorprende incluso el foco que presta a la comandante Jerusha o al inspector Gundhalinu, otorgándoles incluso el honor de cerrar la novela pese a no formar parte de las dos líneas narrativas principales. Además, esa atención cambiante no significa que abunden los capítulos de relleno; al contrario, en prácticamente todos encontramos acontecimientos dignos de ser relatados.

Y sin embargo, el ritmo narrativo de "La reina de la nieve" es lento en exceso y sin apenas momentos de tensión, y estos dos problemas dificultan notablemente la lectura y afectan a su valoración global. Porque aunque los acontecimientos se sucedan, la prosa cargada de adjetivos enfatizantes (tanto que muchos de ellos suenan forzados al ser traducidos al español), metáforas poéticas, predominio absoluto de la narración frente a los diálogos, y ausencia de referencias temporales son demasiados obstáculos para poder disfrutar bien de los mismos. Además, el plan de los personajes discurre sin apenas sobresaltos, lo que provoca que el interés por lo narrado vaya disminuyendo gradualmente.

Es por todo ello que hay que realizar un esfuerzo consciente si queremos apreciar el interesante planteamiento astronómico (en torno a un agujero negro que permite ser atravesado sólo en periodos determinados) que explica los ciclos de prosperidad tecnológica (bajo el dominio de los invernales y el auspicio de los espaciales) y de retroceso social (bajo dominio de los estivales) que caracterizan la vida humana en Tiamat. O la riqueza y la complejidad de la sociedad planetaria, con sus múltiples ocupaciones, roles e intereses encontrados. O la propia Hegemonía, esa asociación de mundos que puja por recuperar la grandeza que alcanzó en su momento el Antiguo Imperio. Grandes ideas, bien trabajadas y presentadas, pero que pueden quedar ocultas bajo la pesadez con la que se desarrolla la novela.

Otros defectos dignos de mención son: el excesivo uso de elementos fantásticos, los cuales restan verosimilitud a la novela (con mención especial para las sibilas, esas casi mitológicas profetisas reconocidas con pleitesía en toda la Hegemonía y que son capaces de responder a cualquier pregunta que se les formule cuando están en trance, una capacidad claramente inadmisible a pesar de que Vinge las intente justificar como un producto del Antiguo Imperio para salvaguardar ciencia y conocimiento); la previsibilidad del desenlace (citemos la caída de Arienrhod al final de su reinado, o el reencuentro y la reconciliación de Luna y Destellos); la abundancia de elementos alegóricos que no admiten un análisis riguroso, como el Puente de los Vientos; la nula anticipación de ritos y ceremonias que capítulos más tarde se relatarán con todo detalle; y la simplicidad de algunos personajes clave, desde el Astrobuco Herne hasta la propia Reina.

El agua de vida que proporcionan los mamíferos acuáticos mers, la original configuración laberíntica y ascendente de Carbunclo, la preponderancia que concede la autora a los personajes femeninos, el contraste entre Tiamat y Kharemough... son muchos los puntos positivos de la novela. Pero la mayoría de ellos se aprecian mejor una vez superado el reto de terminar la lectura, cuando nos podemos detener a reflexionar sobre ellos. Y eso es un mal síntoma, pues refleja la gran novela que "La reina de la nieve" pudo haber sido y no fue. De hecho, una década más tarde Vinge publicó una secuela de esta novela aún más larga que la original ("The summer queen", 1991) que a pesar de que llegó a ser finalista del Premio Hugo no se ha llegado a traducir que yo sepa al español, y que en todo caso no tengo intención de leer.

domingo, 17 de mayo de 2020

Donde solían cantar los dulces pájaros (1976). Kate Wilhelm

Con la presente entrada continúo reseñando novelas de referencia escritas por las principales escritoras de ciencia-ficción del género. Voy a hablarles hoy de "Donde solían cantar los dulces pájaros", la novela más conocida de la estadounidense Kate Wilhelm. Fue una de las primeras novelas escritas por mujeres que se alzó con el Premio Hugo en 1977, y sin embargo es probablemente uno de los Premios Hugo menos conocidos para el lector en español, al igual que le sucede a su autora. De hecho, durante muchos años la novela estuvo descatalogada, hasta que en el año 2009 la editorial Bibliópolis la reeditó con el título alternativo de "La estación del crepúsculo". Sin embargo para reseñarla hoy he preferido respetar el título de la edición original, que además es una traducción más respetuosa con su denominación original en inglés. Y que se trata sin duda de una obra muy variada. Especulativa, aventurera, catastrófica, sentimental, son adjetivos que se le pueden aplicar sin ningún problema. Eso sí, con cierta premura en su narración y con una densidad argumental que a veces juega a su favor pero otras en su contra.

Para el lector contemporáneo que descubra esta novela probablemente resultará una sorpresa encontrar tantas aventuras, avatares y matices en poco más de doscientas páginas, nada que ver con la morosidad de la literatura contemporánea. Y es que la novela arranca con un tono apocalíptico que evoluciona en seguida a distópico, pero a la vez da cabida a veces a un romanticismo nada epatante y está impregnada a lo largo de toda su extensión de una atmósfera entre bucólica y pastoral que puede recordar a Clifford D. Simak. El ritmo narrativo es tan alto que sólo en algunos capítulos de la tercera parte Wilhelm da algo de tregua al lector.

La estructuración en tres partes separadas en el tiempo y con diferente protagonista es, además de una apuesta original, un arma de doble filo: el médico humano David, la clon de primera generación Molly, y su hijo concebido tradicionalmente Mark (que vertebran cada una de ellas) pueden despertar más o menos simpatías, y todos comparten como vínculo la yuxtaposición a la comunidad que los acoge. Pero con esos saltos narrativos entre cada parte se corre el riesgo de que el lector pueda echarlos de menos, o que simplemente pierda interés por los acontecimientos que le suceden al nuevo protagonista. Sin llegar a ese extremo, por ejemplo, la segunda parte me pareció un poco superior a las otras dos, probablemente por una simple cuestión de gustos personales.

En su tiempo la novela se presentó como un referente en la técnica de la clonación humana, y es obvio que el tratamiento de la misma es uno de sus pilares, pero merece destacar que no es el único: al mismo nivel se sitúan en mi opinión las cambiantes necesidades de una sociedad autocontenida como la que imagina la autora en la Virginia rural para perdurar en el tiempo, así como la explícita reivindicación del ser humano "diferente" (creativo, inconformista, capaz de amar) frente a la uniformización social de su entorno. Una de las mejores reflexiones de la novela pero sobre la que Wilhelm quizá se posiciona de manera excesivamente rotunda.

Aunque los mayores defectos de la obra no son esos saltos narrativos y ese posicionamiento a los que ya he aludido, sino la falta de justificación primero y elaboración después para la catástrofe ecológica y económica que acaba dando lugar a la infertilidad, la velocidad a veces excesiva con la que Wilhelm relata ciertos sucesos, y la ausencia total de una mirada a lo que haya podido suceder más allá de la costa Este de los Estados Unidos (sólo ciertas menciones a que la sociedad de los clones parece ser la única que pervive en el mundo conocido). A un nivel inferior debo mencionar que las frecuentes y por lo general brillantes descripciones de los escenarios naturales pueden pecar de reiterativas y excesivamente poéticas.

A cambio, los frecuentes y muy amenos pasajes de exploración y aventura, la singular relación sentimental entre los clones Ben y Molly, el gradual crecimiento en capacidades, inquietudes y actos de Mark, así como todo lo que conforma la vida en la pequeña comunidad (el laboratorio, el hospital, la vieja granja, las ceremonias, incluso el auditorio) contribuyen al disfrute de una novela que se deja leer con agrado casi medio siglo después de su publicación.

domingo, 3 de mayo de 2020

Viaje interminable (1975). Marion Zimmer Bradley

Una nueva entrada continúo reseñando novelas de las escritoras más representativas en la literatura de ciencia-ficción. Vamos avanzando en el tiempo y nos situamos ya en 1975, año en que vio la luz "Viaje interminable", de la estadounidense Marion Zimmer Bradley. Una escritora conocida sobre todo por sus novelas de fantasía (con la famosa "saga de Darkover" a la cabeza), pero que también cultivó a lo largo de su carrera el género de ciencia-ficción. Y a la que quizá su controvertida vida personal (pueden bucear en internet si tienen curiosidad, no considero que esta entrada sea el lugar para hablar de ello) le ha repercutido negativamente desde su fallecimiento, dado que no ocupa en la actualidad la posición de relevancia que probablemente merecería. Una posición en la que "Viaje interminable" debería ser una de las mejores razones: una injustamente olvidada novela que no ha perdido apenas frescura en casi medio siglo, especulativa, dinámica, amena, bien escrita... Y que deja con ganas de más.

Las claves del resultado satisfactorio de la novela son desde mi punto de vista dos: en primer lugar, la idea de partida, ese cuerpo de Exploradores que recorre perpetuamente nuestra galaxia en busca de nuevos planetas habitables para colocar en ellos transmisores que posibiliten la teletransportación instantánea entre los mundos; y en segundo, el desarrollo de esta idea en tres partes claramente diferenciadas, que muestran las particularidades de la vida de los Exploradores, el rechazo que generan entre los "mundanales", y que cierra brillantemente el círculo al final regresando al planeta Laselli a pesar de la amenaza que supuso al principio.

Ese desarrollo fluido y que aprovecha muchas de las posibilidades especulativas del argumento se ve facilitado por un elenco de personajes equilibrado en lo humano y en lo profesional, y cuyas inquietudes resultan francamente verosímiles. Empezando lógicamente por su protagonista, Gildoran, cuya responsabilidad va aumentando conforme pasan los años a bordo de la Gypsy Moth, y siguiendo por otros bien caracterizados como Gilrae, Gilraban, Gilhart, Gilramie, Gilmerrit... A pesar de la corta extensión del libro y de que sus nombres comiencen siempre por "Gil", resultan fácilmente reconocibles y cercanos.

A lo anterior hay que añadir un alto ritmo narrativo, momentos de tensión, la intriga y la aventura que envuelven la exploración de Mundoinfernal, lo cuidado que está el elemento científico en aspectos tales como la vida a bordo de la nave o la geología, la biología y hasta las amenazas de los planetas visitados, la fascinante visita a la apabullantemente verosímil Incubadora, o el vistazo a Anfitrión (el planeta de origen de los Exploradores). Muchos aciertos.

Sin embargo la novela no llega a alcanzar la categoría de "clásico" a causa de unos pocos defectos que diluyen en parte tantos aciertos. Dos de ellos derivados del propio Gildoran: sus continuos y un tanto desquiciantes vaivenes sentimentales, y la frecuencia y en ocasiones ingenuidad de sus pensamientos, que con tanto ahínco nos muestra Bradley y que a veces fatigan más que revelan. Otro fallo son los poohbears y lo poco que se explica sobre la única especie alienígena conocida así como de su abnegación en el cuidado de los niños. Y por último la propia concisión de la novela, que se pone de manifiesto sobre todo en una tercera parte apresurada, a la que le habrían sentado muy bien treinta o cuarenta páginas más.

El desenlace, que plantea dos soluciones plausibles para la escasez de Exploradores a bordo de la nave y al final juega con el factor sorpresa gracias a una tercera opción que es la que finalmente se impone, termina de confirmar las bondades de la novela y lo bien trabajada que está. Recomendable.

domingo, 19 de abril de 2020

El nombre del mundo es bosque (1972). Ursula K. LeGuin

Con la presente entrada comienzo mi recorrido por las novelas que he seleccionado para ilustrar la relevancia de las escritoras en la literatura de ciencia-ficción. Siguiendo como es costumbre un orden cronológico, voy a empezar por una de las novelas más conocidas de Ursula K. LeGuin, "El nombre del mundo el bosque". LeGuin fue una de las primeras escritoras en adquirir relevancia dentro del género hace más de medio siglo, y la primera en cosechar los más importantes premios del género (de hecho, la obra que nos ocupa hoy se alzó con el Premio Hugo a la mejor novela corta). Por eso es de justicia comenzar con ella este recorrido. Y si bien en mi opinión la presenta novela no llega al nivel de su obra maestra ("La mano izquierda de la oscuridad", 1969), sí que se trata de una novela recomendable, centrada en las especulaciones anti-utópicas y ecológicas tan características de su autora, acompañadas en esta ocasión de un nivel de violencia mayor de lo esperado.

Adscrita como la mayoría de sus obras al Ekumen (una federación galáctica de mundos habitados por seres humanos), LeGuin plantea en sólo ocho capítulos el enfrentamiento entre los athstianos, los nativos del planeta Nueva Tahiti, y los humanos que los explotan como esclavos para exportar la madera de sus bosques. Un enfrentamiento que permite ya desde su excelente primer capítulo explorar las dos principales vertientes de la novela: la anti-utópica, a causa del impacto que causan los colonos humanos en la sociedad athsiana, y la ecológica, por la devastación que irremisiblemente acarrea la tala masiva. En especial debo destacar que la autora fue pionera en tratar dentro del género la cuestión ecológica, tan vigente medio siglo después en nuestra sociedad.

A pesar de que predominan las descripciones sobre los diálogos, la novela fluya con naturalidad, acompañada a menudo por jugosas reflexiones sociológicas y psicológicas. Conforme avanza la lectura descubriremos que esa componente distópica encierra en realidad una dura crítica a las colonizaciones que tantas veces se han repetido en nuestra historia. Una crítica con la que podremos estar más o menos de acuerdo, pero que tal cual la presenta LeGuin creo que queda excesivamente simplificada, poco más que una obvia separación entre "los buenos" (los nativos, por cierto una sociedad matriarcal) y "los malos" (los colonos humanos, como podrán ustedes adivinar unos machistas que asolan una sociedad athstiana excesivamente idílica en origen).

Un punto fuerte de la novela es que cuenta la historia desde los dos puntos de vista, el humanoide y el humano, a partir de sus dos principales protagonistas, el athstiano Selver y el Capitán Davidson. Personajes muy bien caracterizados que aportan una amplia perspectiva de la situación, ayudándonos así a entender mejor el conflicto (e incluso incitando en el lector el rechazo más absoluto a determinados comportamientos violentos en los que la autora parece recrearse). Eso sí, a mi modo de ver la radicalización de Davidson resulta un tanto repentina, aunque podría argumentarse que la destrucción de campamento Smith lo justifica. Por otra parte las descripciones del planeta son brillantes, los acontecimientos se suceden rápidamente y no hay espacio para el aburrimiento, pero creo que a la novela le habrían beneficiado más diálogos y menos párrafos de reflexión.

El desenlace un tanto inesperado en su séptimo capítulo constituye el último logro de esta pequeña novela, que sigue funcionando a día de hoy como llamada de atención sobre los devastadores efectos que estamos teniendo como raza sobre nuestro entorno. Pero que quizá ha perdido fuerza en su crítica al colonialismo y al femenismo entendido como enfrentamiento entre sociedades patriarcales y matriarcales.

"Huérfanos de la Tierra" (2022). Adrian Tchaikovsky

Con la presente entrada voy a rematar definitivamente mi segundo recorrido por las mejores sagas disponibles para el lector de ciencia-ficc...

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