Una entrada más continúo reseñando las novelas que recomiendo leer de las principales sagas disponibles para el lector de ciencia-ficción en español. Les presento hoy "El triunfo de la Fundación", la novela del estadounidense David Brin con la que se cierra la denominada segunda trilogía de la Fundación, escrita por "las 3-Bs" de la ciencia-ficción estadounidense años después de la muerte de Isaac Asimov, con el respaldo de sus herederos. La obra literaria de Brin tiene en mi opinión como principal característica sus muchos altibajos, y aunque en su aportación al universo asimoviano no estuvo en una particular baja forma, su resultado es inferior al de la entrega de Greg Bear ("Fundación y caos") que reseñé en mi entrada anterior, y por tanto al de cualquiera de las novelas de la saga original del Buen Doctor. Pero se sostiene por las abundantes y coherentes reflexiones sobre la saga que aporta, y resulta incuestionablemente superior a la del pretencioso Gregory Benford ("El temor de la Fundación").
Brin sitúa su novela en los últimos años de vida de un anciano Hari Seldon, quien aunque ya tiene sus dos Fundaciones en marcha, mantiene hasta el final su titánico esfuerzo por descubrir los últimos factores que sean necesarios incorporar a sus ya famosas ecuaciones psicohistóricas. Para ello, recrea los principales protagonistas de la saga originial (Hari, Daneel, Dors, Wanda) y alguno de los creados en las novelas anteriores de esta seguna trilogía (el robot Lodovik Trema, los simulacros Voltaire y Juana de Arco...), y los complementa con un buen puñado de personajes de creación propia (especialmente Horis Antic, que acompaña a Hari en su periplo final, el robot Kers Kantun, y el noble Biron Maserd). Aunque a pesar de todos estos ingredientes el lector pronto descubre que más que como una auténtica novela, "El triunfo de la Fundación" podría definirse como un ensayo novelado. Porque lo que guía a la pluma de Brin es el afán por plantear reflexiones y respuestas que hasta ahora no se habían presentado tan claramente en la saga de la Fundación, ni por extensión en las de los Robots y el Imperio Galáctico.
Así, por las casi 500 páginas de la novela se plantean cuestiones como: ¿por qué durante 20.000 años en ninguna parte de la Galaxia el ser humano ha sido capaz de repetir un éxito del calibre de la invención de los robots? ¿cómo es posible que los humanos sean la única especie inteligente de la Galaxia? ¿cómo puede ser que su civilización galáctica se mantenga estable social, tecnológica y económicamente durante todo ese tiempo? ¿es el caos la causa de la imperfección de la humanidad, y la razón por la que una y otra vez se le niega la grandeza que parece capaz de conseguir? ¿por qué esa insondable amnesia de la humanidad respecto a su origen y expansión por la Galaxia? ¿sería válida la psicohistoria en una galaxia plagada de mentálicos? Y aunque en ocasiones se transformen en divagaciones un tanto superfluas, estos interrogantes permiten a Brin proporcionar respuestas tan brillantes como consecuentes: la fiebre cerebral, los archivos históricos especiales, las máquinas terraformadoras, los persuasores mentálicos orbitales, o la enorme influencia de la burocracia en la sociedad.
Es de recibo resaltar también el loable esfuerzo y los si cabe mayores conocimientos que exhibe Brin sobre las tres sagas del Buen Doctor. Así, aprovecha desde la extraña desaparición de Joseph Schwartz en Chicago relatada en "Un guijarro en el cielo", hasta el plan de Daneel para crear Gaia, la superunidad planetaria planteada por Asimov en "Fundación y Tierra", sin olvidarse de incluir las aportaciones de sus compañeros de viaje Benford y Bear. Así como el respeto por las señas de identidad de la saga original, claramente apreciable en una estructura en seis partes que transcurren en diversos escenarios, precedidas por sus correspondientes citas de la Enciclopedia Galáctica, constituidas por capítulos numerados de corta extensión y con continuos saltos de situación... Todo tal cual lo hubiera hecho el propio Asimov. Aunque desafortunadamente ese respeto por el estilo del Buen Doctor no da como resultado una novela de tan alto nivel.
La lástima es que abundan los defectos, sobre todo en lo concerniente al concepto de "novela". Particularmente la trama, que por una parte resulta confusa (con demasiados personajes de intereses encontrados y particulares que resultan difíciles de distinguir), y por otra escasa (ya que con tanta especulación y esfuerzo por cohesionar las sagas, el número y sobre todo la magnitud de los acontencimientos se resiente, escaseando la acción). Lo que es más: a la novela le falta la intriga típica de Asimov, y un objetivo claro que dinamice la acción. De hecho, Brin ni siquiera termina de aprovechar que el desenlace ocurra precisamente en la Tierra. Y admite a modo de postfacio que eliminó dos páginas más del desenlace para dejar simplemente pistas a hipotéticos continuadores futuros de la saga.
Otros defectos que penalizan la impresión global son la expansión explícita y reiterada del caos que tanto obsesiona a Brin y la insistencia en distinguir la adscripción a cada una de las cinco castas. Tampoco son particularmente interesantes los nuevos personajes que acompañan a Hari en su periplo (Antic y Maserd). Ni aporta lo suficiente a la obra la forzada "malignización" de Dors tras calibrar el plan trazado por Daneel a lo largo de los milenios. Si bien a cambio la novela se cierra con un más que interesante anexo, que nos presenta una cronología temporal de los principales acontecimientos relatados por el propio Asimov y por sus sucesores en las tres sagas interrelacionadas que conforman su historia del futuro. Un detalle muy de agradecer que dará cohesión a todo lo leido y puede servir como perfecto punto de cierre para las nada menos que 17 novelas que he reseñado sobre todas estas históricas sagas en este humilde blog.
Un apasionado de la literatura de ciencia-ficción y escritor a tiempo parcial que dedica parte de sus escasos ratos libres a compartir su pasión con el resto de aficionados.
domingo, 21 de junio de 2015
jueves, 4 de junio de 2015
Fundación y Caos (1998). Greg Bear
Una entrada más continúo reseñando las novelas que recomiendo leer de las principales sagas disponibles para el lector de ciencia-ficción en español. Llega el momento de reseñar "Fundación y Caos", del estadounidense Greg Bear, segunda novela en orden cronológico y de lectura de la segunda trilogía de la Fundación, la extensión de la saga acometida años después de la muerte de Isaac Asimov tras la pertinente autorización de sus herederos. Como ya dije al reseñar la primera de las novelas de esta segunda trilogía ("El temor de la Fundación", de Gregory Benford), el resultado de la misma no me parece equiparable en calidad ni en disfrute a la saga original. Pero sin llegar a las cotas de excelencia de las mejores novelas de aquélla, "Fundación y Caos" me parece un acercamiento a su universo sólido y creíble, en el que el a veces falto de chispa Greg Bear se muestra en notable buena forma, y resulta capaz de aportar a la serie una novela incuestionablemente superior a la de Benford.
Tres son las razones principales por la que la aportación de Bear es claramente superior. En primer lugar, porque recrea con más habilidad, respetando mejor su personalidad, varios de los personajes esenciales en la última etapa del Imperio Galáctico (el ya anciano Hari Seldon, su nieta Wanda, Daneel...) y los rodea de un elenco de personajes de patrones netamente asimovianos (Klia Asgar, R. Lodovik Trema, R. Plussix...), lo cual le permite construir en diversas líneas narrativas todo un espectro de intrigas y poderes encontrados plenamente alineado con los del Buen Doctor. En segundo lugar, porque los simulacros Voltaire y Juana de Arco, que tan farragosamente incorporó Benford a la saga para aumentar el peso de las inteligencias artificiales en la misma, quedan aquí postergados a un merecido segundo plano. Y en tercer lugar, por la propia habilidad literaria de Bear: menos pirotécnico y más modesto que Benford, da más protagonismo a las conversaciones a la vez que respeta la estructura en capítulos cortos tan característica de la saga.
Aparte de las mejoras comparativas respecto a su predecesora, la obra posee sus propias virtudes intrínsecas. Bear sitúa con naturalidad la novela en el periodo en que el Imperio Galáctico está a punto de desintegrarse bajo el mando del emperador títere Klayus I y su ministro Linge Chen, muy cercano en el tiempo al primer relato de la novela "Fundación" (llamado "Los psicohistoriadores"), y la encaja hábilmente con los acontecimientos narrados en "Preludio a la Fundación" y "Hacia la Fundación", prestando especial atención a la "vertiente robótica" de la saga. Así, el enfrentamiento entre los robots giskardianos y los calvinianos a causa de la controvertida Ley Cero de la Robótica que nos relata, estaba ya latente en la saga original, pero nunca se había expuesto con tan elocuente claridad. Y con el añadido de una visión enriquecida de sus facetas robóticas (chequeos de programación, acciones de diagnóstico y reparación...). Además de lo anterior, y sin apabullar al lector, Bear respeta el elemento científico y tecnológico, acordándose de introducir varios gadgets cien por cien asimovianos.
Otros aciertos son su habilidad a la hora de revisitar varios de los distritos emblemáticos de la ciudad-mundo de Trántor, e incorporar con mayor inspiración que Benford otros nunca desvelados hasta ahora. También dos personajes excelentemente caracterizados: el ambiguo, poderoso y sagaz Linge Chen, un personaje presentado por Asimov en "Fundación" pero que hasta ahora no había sido desarrollado en la saga; y la inquieta mentálica Klia Asgar. Asimismo debe resaltarse la habilidad de Bear para que la novela resulte amena a pesar de su notable extensión. Y algunos episodios que perviven en la memoria del lector tiempo después de haber terminado la lectura, especialmente el episodio en el cual todas las fuerzas presentadas confluyen en la Sala de Dispensas, excelente en su concepción y muy cuidado en su presentación.
En el capítulo de los defectos, citar fundamentalmente dos. El primero, que el punto de partida que da lugar a la novela es demasiado débil, ya que se trata de un juicio muy similar a los que ya sufrió Hari Seldon en "Hacia la Fundación". Y el segundo, que durante toda la novela existe ua cierta confusión con respecto al conflicto de poderes que la sustenta. En mi opinión Bear no tiene el mismo talento que Asimov para presentarnos nítidamente todos los rasgos y motivaciones de cara bando, ni para extraer unas conclusiones definitivas tras el desenlace (es probable que al lector no entienda bien qué puertas ha dejado abiertas tras el mismo). Otros defectos menores son la existencia de episodios ya narrados por Asimov en "Hacia la Fundación" (por ejemplo, se vuelven a relatar las grabaciones realizadas por Seldon), la manera como finiquita a algunos personajes que a lo largo de la novela han tenido mucho peso (Farad Sinter, R. Plussix), y la ausencia del elemento sorpresa en el desenlace, tan esencial en casi cualquier novela de Isaac Asimov. Defectos que en todo caso no me impiden considerarla como la mejor de las tres novelas de la segunda trilogía, como tendré ocasión de argumentar dentro de unos días cuando reseñe "El triunfo de la Fundación".
Tres son las razones principales por la que la aportación de Bear es claramente superior. En primer lugar, porque recrea con más habilidad, respetando mejor su personalidad, varios de los personajes esenciales en la última etapa del Imperio Galáctico (el ya anciano Hari Seldon, su nieta Wanda, Daneel...) y los rodea de un elenco de personajes de patrones netamente asimovianos (Klia Asgar, R. Lodovik Trema, R. Plussix...), lo cual le permite construir en diversas líneas narrativas todo un espectro de intrigas y poderes encontrados plenamente alineado con los del Buen Doctor. En segundo lugar, porque los simulacros Voltaire y Juana de Arco, que tan farragosamente incorporó Benford a la saga para aumentar el peso de las inteligencias artificiales en la misma, quedan aquí postergados a un merecido segundo plano. Y en tercer lugar, por la propia habilidad literaria de Bear: menos pirotécnico y más modesto que Benford, da más protagonismo a las conversaciones a la vez que respeta la estructura en capítulos cortos tan característica de la saga.
Aparte de las mejoras comparativas respecto a su predecesora, la obra posee sus propias virtudes intrínsecas. Bear sitúa con naturalidad la novela en el periodo en que el Imperio Galáctico está a punto de desintegrarse bajo el mando del emperador títere Klayus I y su ministro Linge Chen, muy cercano en el tiempo al primer relato de la novela "Fundación" (llamado "Los psicohistoriadores"), y la encaja hábilmente con los acontecimientos narrados en "Preludio a la Fundación" y "Hacia la Fundación", prestando especial atención a la "vertiente robótica" de la saga. Así, el enfrentamiento entre los robots giskardianos y los calvinianos a causa de la controvertida Ley Cero de la Robótica que nos relata, estaba ya latente en la saga original, pero nunca se había expuesto con tan elocuente claridad. Y con el añadido de una visión enriquecida de sus facetas robóticas (chequeos de programación, acciones de diagnóstico y reparación...). Además de lo anterior, y sin apabullar al lector, Bear respeta el elemento científico y tecnológico, acordándose de introducir varios gadgets cien por cien asimovianos.
Otros aciertos son su habilidad a la hora de revisitar varios de los distritos emblemáticos de la ciudad-mundo de Trántor, e incorporar con mayor inspiración que Benford otros nunca desvelados hasta ahora. También dos personajes excelentemente caracterizados: el ambiguo, poderoso y sagaz Linge Chen, un personaje presentado por Asimov en "Fundación" pero que hasta ahora no había sido desarrollado en la saga; y la inquieta mentálica Klia Asgar. Asimismo debe resaltarse la habilidad de Bear para que la novela resulte amena a pesar de su notable extensión. Y algunos episodios que perviven en la memoria del lector tiempo después de haber terminado la lectura, especialmente el episodio en el cual todas las fuerzas presentadas confluyen en la Sala de Dispensas, excelente en su concepción y muy cuidado en su presentación.
En el capítulo de los defectos, citar fundamentalmente dos. El primero, que el punto de partida que da lugar a la novela es demasiado débil, ya que se trata de un juicio muy similar a los que ya sufrió Hari Seldon en "Hacia la Fundación". Y el segundo, que durante toda la novela existe ua cierta confusión con respecto al conflicto de poderes que la sustenta. En mi opinión Bear no tiene el mismo talento que Asimov para presentarnos nítidamente todos los rasgos y motivaciones de cara bando, ni para extraer unas conclusiones definitivas tras el desenlace (es probable que al lector no entienda bien qué puertas ha dejado abiertas tras el mismo). Otros defectos menores son la existencia de episodios ya narrados por Asimov en "Hacia la Fundación" (por ejemplo, se vuelven a relatar las grabaciones realizadas por Seldon), la manera como finiquita a algunos personajes que a lo largo de la novela han tenido mucho peso (Farad Sinter, R. Plussix), y la ausencia del elemento sorpresa en el desenlace, tan esencial en casi cualquier novela de Isaac Asimov. Defectos que en todo caso no me impiden considerarla como la mejor de las tres novelas de la segunda trilogía, como tendré ocasión de argumentar dentro de unos días cuando reseñe "El triunfo de la Fundación".
miércoles, 27 de mayo de 2015
El temor de la Fundación (1997). Gregory Benford
Ya he manifestado anteriormente en este mismo blog que para mí la saga de la Fundación es, con todo merecimiento, la saga más reconocida en la historia de la ciencia-ficción. Así que, cuando unos años después de la muerte de Isaac Asimov, sus herederos autorizaron la elaboración de una trilogía sobre la misma que arrojara luz sobre algunas de las principales incógnitas de la saga, y que sobre todo me permitiera reencontrarme con sus principales personajes y escenarios, mi expectación fue máxima. Aunque al conocer los escritores involucrados en la redacción de la misma (Gregory Benford, Greg Bear y David Brin) mi ilusión bajó un tanto. No es que se trate ni mucho menos de escritores de segunda fila (cosa que sí sucede con la saga "Robot city", lejanamente emparentada con la saga de los robots de Asimov y que nunca me he animado a leer), y todos han sido reconocidos con los premios más importantes del género. Pero Brin me parece un escritor relativamente irregular, a Bear creo que le falta un poco de chispa y sobre todo Benford no se encuentra entre mis predilectos por su pretenciosidad y sus reiterativas obsesiones y tics. Así que aunque voy a recomendar leer las tres novelas de la saga (siendo cada una de ellas de un escritor diferente no veo sensata otra recomendación), sí que advierto que la impresión final de esta segunda trilogía probablemente sea muy inferior a la de la saga original, aunque no me atrevería a calificarla de decepcionante.
La saga está compuesta por las siguientes tres novelas, en orden cronológico y de lectura:
"El temor de la Fundación" (1997). Gregory Benford
"Fundación y caos" (1998). Greg Bear
"El triunfo de la Fundación" (1999). David Brin
Centrándonos en "El temor de la Fundación", la aportación de Benford a la saga, empezaré diciendo que para mí es sin duda la peor de las tres novelas, e inferior a cualquiera de las de la saga original. La razón básica es que creo que Benford carece del talento de Asimov para mantener el nivel de la saga, con su inagotable riqueza a diferentes niveles. Aunque no debemos ignorar sus esfuerzos por ajustarse al universo asimoviano.
El comienzo, sin ir más lejos, es alentador: Benford respeta la estructura en varias partes de las novelas de la saga escritas en los ochenta, con una cita de la Enciclopedia Galáctica al comienzo de cada una, y una sucesión de capítulos cortos dentro de las mismas, tal y como había hecho el Buen Doctor. Además, recurre al uso intensivo de los diálogos y sitúa la acción justo antes de la elección de Hari Seldon como Primer Ministro del Imperio Galáctico, lo que le permite al lector ponerse rápidamente en situación y le posibilita la satisfacción de reencontrarse con viejos conocodios: Cleon I, Dors, Daneel, Yugo... Sin embargo, la recreación de los mismos no está del todo conseguida, pues se echan en falta personajes (Raych), algunos como Yugo, que se ha convertido en un apasionado nacionalista dahlita, están demasiado alterados, y en la relación de Hari con Dors hay episodios de pasión impropios de Asimov.
Con la segunda de las ocho partes de que consta la novela aparece el principal problema: los Simulacros, unos programas de inteligencia artificial que son resucitados por Seldon como mecanismo para comprobar sus teorías psicohistóricas. En total, nada menos que un tercio de la novela focalizado casi en exclusiva en dos personajes demasiado ligados a la historia de la Tierra (Juana de Arco y Voltaire), que se enzarzan en especulaciones inverosímiles, cargadas de términos de significados confusos y faltas de acción. Incluso el debate entre fe y razón que plantean permanentemente, además de ya de sobra conocido, queda lejos de las reflexiones de la saga. Tanto, que muchas veces el lector debe resistirse a la tentación de saltarse estos capítulos. Y ni siquiera es una aportación consistente, ya que por ejemplo Marq y Sybyl, protagonistas de la segunda parte, desaparecen sin más hasta el final.
Siguiendo con el capítulo de los defectos, otro defecto grave es que aunque el eje central de la novela parece en principio la conspiración de Lamark contra Seldon, pero durante muchas fases de la novela no hay ninguna alusión a esta situación, lo que confunde al lector. Tampoco se muestra inspirado Benford a la hora de aprovechar la fascinante diversidad del Trántor que nos descubrió Asimov: incluso las otras partes de la ciudad-planeta que crea para la ocasión (Junin, Analytica) carecen de fuerza, como si él mismo no creyera demasiado en ellas. Otros defectos menores son la continua inserción de citas, los excesos imaginativos de Benford (a modo de ejemplo puedo citar los gatos que hablan y desfilan), la aparición puntual de personajes de la Tierra que nada aportan a la obra (desde Torquemada a Jesucristo), y una cierta brusquedad y confusión a la hora de narrar la mayoría de los episodios de acción.
Afortunadamente, algunos aciertos permiten completar la lectura de la obra. En especial la quinta parte, dedicada a Panucopia (la interacción con los pans, su utilización para la teoría de la psicohistoria y la conspiración de Vaddo contra Dors y Hari). También las recepciones y fiestas palaciegas, que si bien no logran recrear el ambiente de intriga característico de Asimov, sí saben reflejar la inmensidad y el refinamiento del Imperio. Asimismo, la atención al componente científico (incluso cuando como en el caso de los agujeros de gusano contravenga el salto hiperespacial que Asimov había usado en sus novelas de los cincuenta), las referencias a otros elementos del universo Asimoviano (el planeta Sark de la saga del Imperio, el robot Giskaard de la saga de los robots...), y el hecho, desvelado al final, de que los fatigosos Simulacros y el Retículo tenían como fin plantear una solución (bastante convincente, por cierto) a la ausencia total de alienígenas en la Galaxia.
Resaltar por último la excelente traducción (algo no siempre habitual en el género) a cargo de Carlos Gardini.
La saga está compuesta por las siguientes tres novelas, en orden cronológico y de lectura:
"El temor de la Fundación" (1997). Gregory Benford
"Fundación y caos" (1998). Greg Bear
"El triunfo de la Fundación" (1999). David Brin
Centrándonos en "El temor de la Fundación", la aportación de Benford a la saga, empezaré diciendo que para mí es sin duda la peor de las tres novelas, e inferior a cualquiera de las de la saga original. La razón básica es que creo que Benford carece del talento de Asimov para mantener el nivel de la saga, con su inagotable riqueza a diferentes niveles. Aunque no debemos ignorar sus esfuerzos por ajustarse al universo asimoviano.
El comienzo, sin ir más lejos, es alentador: Benford respeta la estructura en varias partes de las novelas de la saga escritas en los ochenta, con una cita de la Enciclopedia Galáctica al comienzo de cada una, y una sucesión de capítulos cortos dentro de las mismas, tal y como había hecho el Buen Doctor. Además, recurre al uso intensivo de los diálogos y sitúa la acción justo antes de la elección de Hari Seldon como Primer Ministro del Imperio Galáctico, lo que le permite al lector ponerse rápidamente en situación y le posibilita la satisfacción de reencontrarse con viejos conocodios: Cleon I, Dors, Daneel, Yugo... Sin embargo, la recreación de los mismos no está del todo conseguida, pues se echan en falta personajes (Raych), algunos como Yugo, que se ha convertido en un apasionado nacionalista dahlita, están demasiado alterados, y en la relación de Hari con Dors hay episodios de pasión impropios de Asimov.
Con la segunda de las ocho partes de que consta la novela aparece el principal problema: los Simulacros, unos programas de inteligencia artificial que son resucitados por Seldon como mecanismo para comprobar sus teorías psicohistóricas. En total, nada menos que un tercio de la novela focalizado casi en exclusiva en dos personajes demasiado ligados a la historia de la Tierra (Juana de Arco y Voltaire), que se enzarzan en especulaciones inverosímiles, cargadas de términos de significados confusos y faltas de acción. Incluso el debate entre fe y razón que plantean permanentemente, además de ya de sobra conocido, queda lejos de las reflexiones de la saga. Tanto, que muchas veces el lector debe resistirse a la tentación de saltarse estos capítulos. Y ni siquiera es una aportación consistente, ya que por ejemplo Marq y Sybyl, protagonistas de la segunda parte, desaparecen sin más hasta el final.
Siguiendo con el capítulo de los defectos, otro defecto grave es que aunque el eje central de la novela parece en principio la conspiración de Lamark contra Seldon, pero durante muchas fases de la novela no hay ninguna alusión a esta situación, lo que confunde al lector. Tampoco se muestra inspirado Benford a la hora de aprovechar la fascinante diversidad del Trántor que nos descubrió Asimov: incluso las otras partes de la ciudad-planeta que crea para la ocasión (Junin, Analytica) carecen de fuerza, como si él mismo no creyera demasiado en ellas. Otros defectos menores son la continua inserción de citas, los excesos imaginativos de Benford (a modo de ejemplo puedo citar los gatos que hablan y desfilan), la aparición puntual de personajes de la Tierra que nada aportan a la obra (desde Torquemada a Jesucristo), y una cierta brusquedad y confusión a la hora de narrar la mayoría de los episodios de acción.
Afortunadamente, algunos aciertos permiten completar la lectura de la obra. En especial la quinta parte, dedicada a Panucopia (la interacción con los pans, su utilización para la teoría de la psicohistoria y la conspiración de Vaddo contra Dors y Hari). También las recepciones y fiestas palaciegas, que si bien no logran recrear el ambiente de intriga característico de Asimov, sí saben reflejar la inmensidad y el refinamiento del Imperio. Asimismo, la atención al componente científico (incluso cuando como en el caso de los agujeros de gusano contravenga el salto hiperespacial que Asimov había usado en sus novelas de los cincuenta), las referencias a otros elementos del universo Asimoviano (el planeta Sark de la saga del Imperio, el robot Giskaard de la saga de los robots...), y el hecho, desvelado al final, de que los fatigosos Simulacros y el Retículo tenían como fin plantear una solución (bastante convincente, por cierto) a la ausencia total de alienígenas en la Galaxia.
Resaltar por último la excelente traducción (algo no siempre habitual en el género) a cargo de Carlos Gardini.
sábado, 9 de mayo de 2015
Chindi (2002). Jack McDevitt
Una nueva entrada continúo reseñando las novelas que recomiendo leer de las principales novelas disponibles para el lector de ciencia-ficción en español. Voy a hablarles en esta oportunidad de "Chindi", tercera novela en orden cronológico y de lectura de la saga de Priscilla Hutchins, también conocida en España como la saga de las máquinas de Dios, de Jack McDevitt. Es la última novela que recomiendo leer de la saga, a pesar de que ésta aún está compuesta por cuatro novelas más (tres de las cuales están disponibles en nuestro idioma), y de que fue la primera de las novelas de la saga nominada al prestigio Premio Nébula (reconocimiento que compartieron las tres novelas siguientes de la saga). Y es que la tercera entrega de la saga intenta, respetando la arqueología alienígena como su elemento característico, potenciar la exploración especial como elemento diferenciador de sus predecesoras. Y a pesar de que ese hecho probablemente influyó en su nominación, para mí afecta negativamente al resultado, inferior incuestionablemente al de sus predecesoras.
Porque la sensación predominante hasta que tiene lugar el descubrimiento del Chindi (lo cual no sucede hasta el último tercio de la novela) es que los reiterativos hallazgos de las tripletas de satélites que se localizan orbitando diversas estrellas de nuestra galaxia, son más una excusa para que la novela se diferencie de las anteriores (y, admitámoslo, para equiparar su abultada extensión a la de aquellas), que un eje argumental en el que McDevitt realmente crea. Es cierto que a lo largo de todas las travesías de Hutch y sus compañeros de aventura (seis, nada menos) se nos muestran escenarios aceptablemente interesantes (Retiro, Paraíso y, sobre todo, Refugio). Pero falta el para McDevitt esencial ingrediente de la restricción temporal, y sobra la sensación de un viaje que los miembros de la Sociedad del Contacto prolongan de manera un tanto ingenua y artificial. Y claro, así la lectura se resiente.
Además, McDevitt juega claramente al despiste con "Chindi", tanto a nivel individual (basta observar que Hutch empieza más que interesada en el Predicador, pero en unas pocas semanas acaba rendida en los brazos de Tor) como colectivo (la original idea de dos expediciones paralelas pero coordinadas en sus misiones a dos puntos diferentes de la galaxia se desvanece pronto, con la repentina desaparición del Cóndor). Por otra parte, las reflexiones tan oportunamente introducidas al comienzo de cada capítulo de "Deepsix" dejan paso aquí a unas citas (a veces reales, otras inventadas para la ocasión) que simplemente orientan al lector sobre el contenido del capítulo en cuestión, pero no le dan qué pensar. Y vuelven a sobrar varias decenas de páginas (desde el irrelevante para la narración episodio del rescate de la Renaissance hasta detalles sobre las simulaciones a bordo del Menphis).
No obstante, a pesar de ese menor interés respecto a sus predecesoras, la novela se deja leer y es capaz de entretener al lector. A ello contribuyen decisivamente la ya conocida parafernalia de la saga (naves superlumínicas, Academia, e-trajes, campos Flickinger), el protagonismo absoluto de Hutch (con sus imperfecciones, pero también su eficacia en situaciones extremas), una prosa correcta, con predominio de diálogos amenos y directos sobre largas y farragosas descripciones, y especialmente el sentido de la maravilla inherenete al fastuoso universo ideado por McDevitt, cuya grandeza se percibe en toda su extensión en "Chindi".
Hasta el hallazgo del Chindi la novela ofrece en mi opinión menos pasajes cautivadores que sus predecesoras (quizá sólo el inteligente y agónico rescate de Tor a bordo del Wendy). Pero una vez la acción se traslada al original e inmenso artilugio alienígena la narración vuelve por fin a los parámetros más conocidos de la saga (exploración, elaboración de teorías sobre lo encontrado, un grupo reducido y gestionable, una catástrofe que dinamiza la narración, la restricción temporal...) y ese retorno a la "fórmula" aumenta la efectividad de la novela. El rescate fallido de George y Tor entre la estremecedora tormenta de hielo es brillante, y el tramo final, con su sucesión de ideas ingenieriles y arriesgadas para superar los continuos reveses, mejora mucho la impresión final de la novela (aunque en último extremo la red que construye Tor para que Hutch pueda rescatarlo, recuerda conceptualmente a la empleada en el desenlace de "Deepsix", como el propio McDevitt admite). Además, el epílogo rescata lo más salvable de los dos primeros tercios de expedición y lo dotan de una coherencia y un sentido global que realzan su valía. Una buena forma de cerrar una novela correcta pero que sigue sugiriendo más que confirmando, tarda demasiado en "despegar", y sólo lo hace cuando transita aguas ya conocidas de la saga. Razones por las que nunca me he animado a proseguir con la lectura de las novelas restantes. Aunque no descarto que en algún momento me anime a proseguir con su lectura, pues la saga contiene argumentos para ello. Sólo necesito que haya transcurrido el tiempo suficiente para eliminar esa sensación de deja vu tan incómoda.
Porque la sensación predominante hasta que tiene lugar el descubrimiento del Chindi (lo cual no sucede hasta el último tercio de la novela) es que los reiterativos hallazgos de las tripletas de satélites que se localizan orbitando diversas estrellas de nuestra galaxia, son más una excusa para que la novela se diferencie de las anteriores (y, admitámoslo, para equiparar su abultada extensión a la de aquellas), que un eje argumental en el que McDevitt realmente crea. Es cierto que a lo largo de todas las travesías de Hutch y sus compañeros de aventura (seis, nada menos) se nos muestran escenarios aceptablemente interesantes (Retiro, Paraíso y, sobre todo, Refugio). Pero falta el para McDevitt esencial ingrediente de la restricción temporal, y sobra la sensación de un viaje que los miembros de la Sociedad del Contacto prolongan de manera un tanto ingenua y artificial. Y claro, así la lectura se resiente.
Además, McDevitt juega claramente al despiste con "Chindi", tanto a nivel individual (basta observar que Hutch empieza más que interesada en el Predicador, pero en unas pocas semanas acaba rendida en los brazos de Tor) como colectivo (la original idea de dos expediciones paralelas pero coordinadas en sus misiones a dos puntos diferentes de la galaxia se desvanece pronto, con la repentina desaparición del Cóndor). Por otra parte, las reflexiones tan oportunamente introducidas al comienzo de cada capítulo de "Deepsix" dejan paso aquí a unas citas (a veces reales, otras inventadas para la ocasión) que simplemente orientan al lector sobre el contenido del capítulo en cuestión, pero no le dan qué pensar. Y vuelven a sobrar varias decenas de páginas (desde el irrelevante para la narración episodio del rescate de la Renaissance hasta detalles sobre las simulaciones a bordo del Menphis).
No obstante, a pesar de ese menor interés respecto a sus predecesoras, la novela se deja leer y es capaz de entretener al lector. A ello contribuyen decisivamente la ya conocida parafernalia de la saga (naves superlumínicas, Academia, e-trajes, campos Flickinger), el protagonismo absoluto de Hutch (con sus imperfecciones, pero también su eficacia en situaciones extremas), una prosa correcta, con predominio de diálogos amenos y directos sobre largas y farragosas descripciones, y especialmente el sentido de la maravilla inherenete al fastuoso universo ideado por McDevitt, cuya grandeza se percibe en toda su extensión en "Chindi".
Hasta el hallazgo del Chindi la novela ofrece en mi opinión menos pasajes cautivadores que sus predecesoras (quizá sólo el inteligente y agónico rescate de Tor a bordo del Wendy). Pero una vez la acción se traslada al original e inmenso artilugio alienígena la narración vuelve por fin a los parámetros más conocidos de la saga (exploración, elaboración de teorías sobre lo encontrado, un grupo reducido y gestionable, una catástrofe que dinamiza la narración, la restricción temporal...) y ese retorno a la "fórmula" aumenta la efectividad de la novela. El rescate fallido de George y Tor entre la estremecedora tormenta de hielo es brillante, y el tramo final, con su sucesión de ideas ingenieriles y arriesgadas para superar los continuos reveses, mejora mucho la impresión final de la novela (aunque en último extremo la red que construye Tor para que Hutch pueda rescatarlo, recuerda conceptualmente a la empleada en el desenlace de "Deepsix", como el propio McDevitt admite). Además, el epílogo rescata lo más salvable de los dos primeros tercios de expedición y lo dotan de una coherencia y un sentido global que realzan su valía. Una buena forma de cerrar una novela correcta pero que sigue sugiriendo más que confirmando, tarda demasiado en "despegar", y sólo lo hace cuando transita aguas ya conocidas de la saga. Razones por las que nunca me he animado a proseguir con la lectura de las novelas restantes. Aunque no descarto que en algún momento me anime a proseguir con su lectura, pues la saga contiene argumentos para ello. Sólo necesito que haya transcurrido el tiempo suficiente para eliminar esa sensación de deja vu tan incómoda.
lunes, 13 de abril de 2015
Deepsix (2000). Jack McDevitt
Una nueva entrada prosigo reseñando las novelas que recomiendo leer de las principales sagas disponibles para el lector de ciencia-ficción en español. Voy a hablar hoy de "Deepsix", segunda novela en orden cronólogico y también de lectura de la saga de las máquinas de Dios, obra del estadounidense Jack McDevitt. "Deepsix" fue la novela con la que McDevitt convirtió sus "máquinas de Dios" en una saga, desplazando la acción casi 20 años adelante en el s. XXIII y confirmando a la piloto/capitana Priscilla Hutchins como su protagonista absoluta. "Deepsix" es una cautivadora novela de supervivencia en un entorno hostil y de ingeniería astronómica "contrarreloj", que utilizando en esta ocasión la arqueología más como complemento que como componente esencial, globalmente supera a los puntos a su predecesora.
"Deepsix" comparte suficientes elementos con "Las máquinas de Dios" para formar incuestionablemente parte de la saga (aparte de la misma protagonista podemos citar la exploración de un planeta con restos de una civilización inteligente, la presencia de agentes ya conocidos como la Academia y Kosmik, un prólogo corto, desasosegante y enigmático, un acontecimiento inevitable pero inesperado que impone una restricción temporal a la acción...), pero también las suficientes características propias como para diferenciarse: por encima de todo, un mayor número de reflexiones propuesta a partir de lo narrado y sobre la vida en general, que presenta en su mayor parte al comienzo de cada capítulo merced a las citas del periodista Gregory McAllister, y también una mayor atención al componente tecnológico-ingenieril, capitalizado por los restos del ascensor espacial encontrado en Deepsix y su posterior conversión en la red de rescate de los protagonistas. Ambos aspectos parecen vistos desde fuera una respuesta consciente del autor a algunas de las mayores debilidades de "Las máquinas de Dios". Y cumplen razonablemente bien su cometido, por lo que son bienvenidas.
Aun cuando en mi opinión sobran menos páginas que en su predecesora, "Deepsix" es nuevamente una novela muy larga, y ello acarrea que el comienzo (hasta que la expedición aterriza en el planeta Deepsix) sea un poco lento, y que en el tercio final se caractericen en exceso algunos personajes netamente secundarios (como los integrantes del equipo de soldadores). Otro defecto obvio es la semejanza en la fórmula con la primera novela de la saga, lo que limita el factor sorpresa a cuestiones como cuántos personajes morirán, o qué imprevistos de última hora se encontrarán. También cabe ponerles un pero a unos cuantos pasajes de exploración arqueológica (más descriptivos que reveladores) y a algún personaje un poco "cargante" (el capitán del Evening Star Erik Nicholson, el propio Gregory MacAllister). E incluso a que la situación poco menos que insostenible que atravesaba la Tierra en "Las máquinas de Dios" prácticamente ni se mencione dos décadas más tarde.
Pese a estos defectos la novela resulta muy amena y cercana: el factor tiempo y la tensión que impone durante casi toda su extensión dinamiza la acción, la prosa es sobria pero efectiva, abundan unos diálogos que a menudo despiden una chispa de inteligencia o de humor, en la mayoría de los capítulos sucede algún acontecimiento interesante, el elemento científico está razonablemente respetado tanto en su vertiente astronómica como en la flora y fauna de Deepsix... Además, los personajes principales están muy bien caracterizados, constituyendo un grupo heterogéneo, lo suficientemente reducido para profundizar en él, pero muy compensado y que se nos muestra muy creíble gracias a sus fallos, sus contradicciones, la familiaridad que van adquiriendo entre ellos... Por ejemplo, McDevitt acierta de pleno al mostrarnos primero cómo Nightingale le falla a Hutch y más adelante cómo él se resarce salvándole la vida a ella. Aunque se echa de menos que intervenga algún personaje más de la primera novela (sólo aparece brevemente Ian Helm, de Kosmik, y con las mismas funestas consecuencias). Y un acierto claro y definitivo para la valoración favorable del libro es que abundan los episodios realmente conseguidos y que perviven años después de la lectura (el intento de recuperación de los condensadores, el ascensor en "el Monte Azul"...).
Para terminar, debo resaltar un final vertiginoso, con una sorpresa de última hora muy acertada, satisfactorio desde un punto de vista astronómico, cuidado en su vertiente ingenieril y minucioso a la hora de cerrar frentes. Solamente falla que lo averiguado sobre las dos especies extraterrestres que se encontraron en Deepsix (los "grillos" y los "halcones") queda más como curiosidad histórica que como un hecho trascendente para la saga. Pero al fin y al cabo eso mismo es lo que le sucede a McDevitt: su obra difícilmente trascenderá el género, pero escribe buenas novelas, sin fisuras y con el suficiente grado de curiosidad y sentido de la maravilla. Razones por las cuales tras la lectura de "Deepsix" lo habitual es que el lector siga interesado en progresar con el resto de la saga. Y por las que reseñaré "Chindi" en mi próxima entrada.
"Deepsix" comparte suficientes elementos con "Las máquinas de Dios" para formar incuestionablemente parte de la saga (aparte de la misma protagonista podemos citar la exploración de un planeta con restos de una civilización inteligente, la presencia de agentes ya conocidos como la Academia y Kosmik, un prólogo corto, desasosegante y enigmático, un acontecimiento inevitable pero inesperado que impone una restricción temporal a la acción...), pero también las suficientes características propias como para diferenciarse: por encima de todo, un mayor número de reflexiones propuesta a partir de lo narrado y sobre la vida en general, que presenta en su mayor parte al comienzo de cada capítulo merced a las citas del periodista Gregory McAllister, y también una mayor atención al componente tecnológico-ingenieril, capitalizado por los restos del ascensor espacial encontrado en Deepsix y su posterior conversión en la red de rescate de los protagonistas. Ambos aspectos parecen vistos desde fuera una respuesta consciente del autor a algunas de las mayores debilidades de "Las máquinas de Dios". Y cumplen razonablemente bien su cometido, por lo que son bienvenidas.
Aun cuando en mi opinión sobran menos páginas que en su predecesora, "Deepsix" es nuevamente una novela muy larga, y ello acarrea que el comienzo (hasta que la expedición aterriza en el planeta Deepsix) sea un poco lento, y que en el tercio final se caractericen en exceso algunos personajes netamente secundarios (como los integrantes del equipo de soldadores). Otro defecto obvio es la semejanza en la fórmula con la primera novela de la saga, lo que limita el factor sorpresa a cuestiones como cuántos personajes morirán, o qué imprevistos de última hora se encontrarán. También cabe ponerles un pero a unos cuantos pasajes de exploración arqueológica (más descriptivos que reveladores) y a algún personaje un poco "cargante" (el capitán del Evening Star Erik Nicholson, el propio Gregory MacAllister). E incluso a que la situación poco menos que insostenible que atravesaba la Tierra en "Las máquinas de Dios" prácticamente ni se mencione dos décadas más tarde.
Pese a estos defectos la novela resulta muy amena y cercana: el factor tiempo y la tensión que impone durante casi toda su extensión dinamiza la acción, la prosa es sobria pero efectiva, abundan unos diálogos que a menudo despiden una chispa de inteligencia o de humor, en la mayoría de los capítulos sucede algún acontecimiento interesante, el elemento científico está razonablemente respetado tanto en su vertiente astronómica como en la flora y fauna de Deepsix... Además, los personajes principales están muy bien caracterizados, constituyendo un grupo heterogéneo, lo suficientemente reducido para profundizar en él, pero muy compensado y que se nos muestra muy creíble gracias a sus fallos, sus contradicciones, la familiaridad que van adquiriendo entre ellos... Por ejemplo, McDevitt acierta de pleno al mostrarnos primero cómo Nightingale le falla a Hutch y más adelante cómo él se resarce salvándole la vida a ella. Aunque se echa de menos que intervenga algún personaje más de la primera novela (sólo aparece brevemente Ian Helm, de Kosmik, y con las mismas funestas consecuencias). Y un acierto claro y definitivo para la valoración favorable del libro es que abundan los episodios realmente conseguidos y que perviven años después de la lectura (el intento de recuperación de los condensadores, el ascensor en "el Monte Azul"...).
Para terminar, debo resaltar un final vertiginoso, con una sorpresa de última hora muy acertada, satisfactorio desde un punto de vista astronómico, cuidado en su vertiente ingenieril y minucioso a la hora de cerrar frentes. Solamente falla que lo averiguado sobre las dos especies extraterrestres que se encontraron en Deepsix (los "grillos" y los "halcones") queda más como curiosidad histórica que como un hecho trascendente para la saga. Pero al fin y al cabo eso mismo es lo que le sucede a McDevitt: su obra difícilmente trascenderá el género, pero escribe buenas novelas, sin fisuras y con el suficiente grado de curiosidad y sentido de la maravilla. Razones por las cuales tras la lectura de "Deepsix" lo habitual es que el lector siga interesado en progresar con el resto de la saga. Y por las que reseñaré "Chindi" en mi próxima entrada.
martes, 31 de marzo de 2015
Las máquinas de Dios (1995). Jack McDevitt
Prosigo con las reseñas de las novelas que recomiendo leer de las principales sagas disponibles para el lector de ciencia-ficción en español. Empiezo en esta oportunidad las reseñas de una de las sagas más populares en España en estos últimos tiempos: la saga de Priscilla Hutchins, llamada así en honor de su protagonista femenina, y más conocida en español por la saga de las Máquinas de Dios, del escritor estadounidense Jack McDevitt. Una saga que se basa en un concepto no demasiado explotado en el género: la arqueología alienígena, y las aventuras a la que su desempeño da lugar.
Por su cercanía al tiempo presente, empiezo a correr el riesgo de que los títulos que la componen en el momento de la reseña no sean los que finalmente terminen componiéndola, pues McDevitt sigue publicando con regularidad y hace poco más de un año añadió un nuevo título ("StarHawk", aún no traducido al español) a la saga. Que a día de hoy está compuesta en nuestro idioma por las siguientes seis novelas:
Las máquinas de Dios (1995)
Deepsix (2000)
Chindi (2002)
Omega (2003)
Odisea (2006)
Cauldron (2007)
El de McDevitt es un caso singular, pues se trata del autor que, en más de 60 años de historia, más nominaciones al Premio Nébula ha recibido en la categoría de novela (12 hasta la fecha), y que en proporción menos galardones ha recibido (sólo uno). Nominaciones a las que en buena medida ha contribuido la saga que hoy empiezo a reseñar. Aunque curiosamente no fue hasta la tercera entrega de la saga ("Chindi") cuando empezó a recibirlas, si bien desde ella las tres posteriores repitieron nominación. Hecho que habla bien a las claras del alto nivel medio de la saga. Aunque, por razones que explicaré más adelante, sólo voy a recomendar los tres primeros títulos de la misma.
En mi opinión, McDevitt escribe ciencia-ficción contemporánea con la mirada puesta en la ciencia-ficción clásica de los años cincuenta. Y además, es mejor narrador que creador, por lo cual sus novelas son más disfrutables por la habilidad que tiene para crear sus personajes y enredarlos en mil aventuras en parajes extraños, que por sus ideas originales o sus reflexiones de gran calado. Esto se pone de manifiesto a lo largo de toda la saga en general y de "Las máquinas de Dios" en particular: se trata de una novela entretenida, plena de imaginación, sin ideas espectaculares ni artificios innecesarios. Y razonablemente bien estructurada para su gran extensión (casi 600 páginas en la edición de bolsillo).
La novela está dividida en un breve prólogo, cuatro partes de duración variable y ubicadas en una localización diferente (Oz, una luna de Quraqua, el Templo de los Vientos en el propio Quraqua, Beta Pacífica III y el asteroide LCO4418-IID) y un pequeño epílogo. Una estructura que como digo contribuye decisivamente a que la novela no se le vaya de las manos a McDevitt. Lo cual no significa que no sobren determinados pasajes en distintos puntos de la misma, ni que la caracterización de los personajes sea siempre la mejor. Pero que la narración mantenga un propósito, y que unos diálogos sencillos y directos predominen sobre una prosa estándar que no es la mayor fortaleza de McDevitt, facilita que las páginas se pasen a buen ritmo.
Quizá la mayor virtud de la novela sea el permanente sentido de la maravilla que la preside. Y que en realidad es muy superior a la cantidad de revelaciones que se esconden tras sus páginas. Porque el marco en el que la sitúa el escritor está determinado desde el principio: la Tierra de comienzos del s. XXIII agoniza víctima de la sobreexplotación y el cambio climático, pero la tecnología hiperluz ha permitido identificar otros tres lugares donde existió vida inteligente (Pináculo, Quraqua y Nok). Este último continúa habitado, y la terraformación de Quraqua que lidera la corporación Kosmik parece la última esperanza para el género humano. Pero sobre ese marco McDevitt sitúa a un elenco de arqueólogos y a la piloto Priscilla Hutchins, y deja que sus exploraciones arqueológicas sustenten la novela.
Es justo reconocerle al autor su poderosa imaginación, puesto que cada una de sus localizaciones no es sólo radicalmente diferente a la anterior, sino que las peripecias que construye sobre ellas lo son aún más. Así, hay capítulos en varias de ellas de gran calidad (el tsunami sobre el Templo, la congelación del Wink, el ataque alienígena en Beta Pacífica...), junto con otros menos cautivadores (las conclusiones extraídas en Oz, o incluso la nube en Delta durante el desenlace). También debemos agradecerle a McDevitt su respeto por el componente científico en cada campo (lo que se traduce en un número de gadgets inusualmente bajo en el género). Y la inclusión de "teletipos" en diversos momentos, que posibilitan una mejor visualización del panorama global de la raza humana.
Sin embargo, algunos defectos la apartan de la categoría de clásico que a veces parece merecer. Junto a esas aproximadamente 100 páginas de más que contiene, el elenco inicial de personajes es a todas luces excesivo (sólo a partir de la tercera parte consigue acotarlo), pese a lo cual introduce dos personajes más (Ángela y Terry) muy cerca del final, y necesita recurrir a un apresurado epílogo para cerrar un montón de cabos sueltos. Además, apenas hay reflexiones de calado, a pesar de la longitud del libro. Tampoco propuestas novedosas, como lo evidencia que las nubes del final sean ya familiares al lector habitual del género y resultan poco creíbles en su constitución y propósito. Por otra parte, algunos de los cabos que ata Hutchins son demasiado obvios para que hubieran quedado ocultos a ojos del lector avispado. Y en ocasiones a la novela le falta un punto de fuerza, un mejor engranaje. Aunque obviamente la magnitud y riqueza del universo concebido por McDevitt posibilitan sin duda la conversión de esta novela en saga que acometió unos años después de su publicación. Y de cuya primera aportación ("Deepsix") les hablaré en mi próxima entrada.
Por su cercanía al tiempo presente, empiezo a correr el riesgo de que los títulos que la componen en el momento de la reseña no sean los que finalmente terminen componiéndola, pues McDevitt sigue publicando con regularidad y hace poco más de un año añadió un nuevo título ("StarHawk", aún no traducido al español) a la saga. Que a día de hoy está compuesta en nuestro idioma por las siguientes seis novelas:
Las máquinas de Dios (1995)
Deepsix (2000)
Chindi (2002)
Omega (2003)
Odisea (2006)
Cauldron (2007)
El de McDevitt es un caso singular, pues se trata del autor que, en más de 60 años de historia, más nominaciones al Premio Nébula ha recibido en la categoría de novela (12 hasta la fecha), y que en proporción menos galardones ha recibido (sólo uno). Nominaciones a las que en buena medida ha contribuido la saga que hoy empiezo a reseñar. Aunque curiosamente no fue hasta la tercera entrega de la saga ("Chindi") cuando empezó a recibirlas, si bien desde ella las tres posteriores repitieron nominación. Hecho que habla bien a las claras del alto nivel medio de la saga. Aunque, por razones que explicaré más adelante, sólo voy a recomendar los tres primeros títulos de la misma.
En mi opinión, McDevitt escribe ciencia-ficción contemporánea con la mirada puesta en la ciencia-ficción clásica de los años cincuenta. Y además, es mejor narrador que creador, por lo cual sus novelas son más disfrutables por la habilidad que tiene para crear sus personajes y enredarlos en mil aventuras en parajes extraños, que por sus ideas originales o sus reflexiones de gran calado. Esto se pone de manifiesto a lo largo de toda la saga en general y de "Las máquinas de Dios" en particular: se trata de una novela entretenida, plena de imaginación, sin ideas espectaculares ni artificios innecesarios. Y razonablemente bien estructurada para su gran extensión (casi 600 páginas en la edición de bolsillo).
La novela está dividida en un breve prólogo, cuatro partes de duración variable y ubicadas en una localización diferente (Oz, una luna de Quraqua, el Templo de los Vientos en el propio Quraqua, Beta Pacífica III y el asteroide LCO4418-IID) y un pequeño epílogo. Una estructura que como digo contribuye decisivamente a que la novela no se le vaya de las manos a McDevitt. Lo cual no significa que no sobren determinados pasajes en distintos puntos de la misma, ni que la caracterización de los personajes sea siempre la mejor. Pero que la narración mantenga un propósito, y que unos diálogos sencillos y directos predominen sobre una prosa estándar que no es la mayor fortaleza de McDevitt, facilita que las páginas se pasen a buen ritmo.
Quizá la mayor virtud de la novela sea el permanente sentido de la maravilla que la preside. Y que en realidad es muy superior a la cantidad de revelaciones que se esconden tras sus páginas. Porque el marco en el que la sitúa el escritor está determinado desde el principio: la Tierra de comienzos del s. XXIII agoniza víctima de la sobreexplotación y el cambio climático, pero la tecnología hiperluz ha permitido identificar otros tres lugares donde existió vida inteligente (Pináculo, Quraqua y Nok). Este último continúa habitado, y la terraformación de Quraqua que lidera la corporación Kosmik parece la última esperanza para el género humano. Pero sobre ese marco McDevitt sitúa a un elenco de arqueólogos y a la piloto Priscilla Hutchins, y deja que sus exploraciones arqueológicas sustenten la novela.
Es justo reconocerle al autor su poderosa imaginación, puesto que cada una de sus localizaciones no es sólo radicalmente diferente a la anterior, sino que las peripecias que construye sobre ellas lo son aún más. Así, hay capítulos en varias de ellas de gran calidad (el tsunami sobre el Templo, la congelación del Wink, el ataque alienígena en Beta Pacífica...), junto con otros menos cautivadores (las conclusiones extraídas en Oz, o incluso la nube en Delta durante el desenlace). También debemos agradecerle a McDevitt su respeto por el componente científico en cada campo (lo que se traduce en un número de gadgets inusualmente bajo en el género). Y la inclusión de "teletipos" en diversos momentos, que posibilitan una mejor visualización del panorama global de la raza humana.
Sin embargo, algunos defectos la apartan de la categoría de clásico que a veces parece merecer. Junto a esas aproximadamente 100 páginas de más que contiene, el elenco inicial de personajes es a todas luces excesivo (sólo a partir de la tercera parte consigue acotarlo), pese a lo cual introduce dos personajes más (Ángela y Terry) muy cerca del final, y necesita recurrir a un apresurado epílogo para cerrar un montón de cabos sueltos. Además, apenas hay reflexiones de calado, a pesar de la longitud del libro. Tampoco propuestas novedosas, como lo evidencia que las nubes del final sean ya familiares al lector habitual del género y resultan poco creíbles en su constitución y propósito. Por otra parte, algunos de los cabos que ata Hutchins son demasiado obvios para que hubieran quedado ocultos a ojos del lector avispado. Y en ocasiones a la novela le falta un punto de fuerza, un mejor engranaje. Aunque obviamente la magnitud y riqueza del universo concebido por McDevitt posibilitan sin duda la conversión de esta novela en saga que acometió unos años después de su publicación. Y de cuya primera aportación ("Deepsix") les hablaré en mi próxima entrada.
miércoles, 18 de marzo de 2015
Marte rojo (1992). Kim Stanley Robinson
Una entrada más continúo reseñando las novelas que recomiendo leer de las principales sagas disponibles para el lector de ciencia-ficción en español. Le toca el turno esta vez a "Marte rojo", la primera de las novelas de la conocida como trilogía marciana, del estadounidense Kim Stanley Robison. Una trilogía que está constituida por las siguientes tres novelas, tanto en orden cronológico como de lectura:
Marte rojo (1992)
Marte verde (1993)
Marte azul (1996)
Se trata posiblemente de la saga más premiada en los últimos tiempos en el género. La novela que les presento hoy recibió entre otros el premio Nébula, el más importante a mi modo de ver de los que se conceden a nivel mundial. Y la segunda y tercera entregas el casi tan prestigioso premio Hugo. Sin embargo, a pesar de tan relevantes galardones y de ser principalmente una saga de ciencia-ficción hard, que como he admitido en alguna ocasión es una de mis corrientes favoritas del género, solamente recomiendo leer la primera entrega. La razón es que me pareció una novela tan realista y bien documentada como desestructurada y fallida. Esta impresión y la gran extensión de la misma y de las posteriores entregas me decidieron a no proseguir con la lectura de la saga. De hecho, no la considero una novela particularmente recomendable, pero me parecía injusto dejar pasar la oportunidad de aportar al menos una reseña de esta saga tan unánimemente reconocida.
Ambientada en pleno siglo XXI en los albores de la colonización del planeta rojo, la novela está segmentada nada menos que en ocho partes, cada una de ellas narrada por un personaje diferente. Partes que sin embargo no logran paliar su desestructuración: la multiplicidad de escenarios, personajes y marcos temporales con los que Robinson abruma al lector desde el principio no facilitan la lectura, y el hilo narrativo se va perdiendo poco a poco. Aunque lo que no se le puede negar a la novela es su rigor documental: desde el mapa de Marte que se incluye al comienzo (no tan detallado como sería de desear para facilitarle la ubicación al lector), hasta las reseñas incluidas al principio de cada parte, a veces con interesantes puntualizaciones sobre diferentes aspectos del planeta. Se nota el esfuerzo del autor por considerar todos los detalles (orográficos, climáticos, geológicos) del planeta, hasta dar la impresión de que la colonización y gradual terraformación de Marte es en realidad la auténtica protagonista de la obra.
Como era de esperar en una novela pretendidamente hard, el componente científico está a la altura de las expectativas: desde las estructuras ingenieriles presentadas, pasando por la nave rotacional con diferentes secciones, el ascensor de Sheffield (sí, el ingenio creado por el escritor Charles Sheffield en "La telaraña de los mundos"), los cálculos matemáticos en la granja de Hiroko Ai, los primeros hábitats, el calendario marciano... En ocasiones todo este bagaje origina ciudades realmente fascinantes (Senzeni Na, Burroughs) aunque otras veces los escenarios de la novela resultan inesperadamente anodinos.
Y es qe la narrativa de Robinson peca de frialdad y falta de fuerza (podríamos imaginar qué habría hecho por ejemplo el maestro Heinlein con semejantes mimbres). A veces, incluso, el lector se topa con frases inconexas, o situaciones de los personajes no bien descritas (más de una vez, por ejemplo, se ponen en pie sin haberse sentado previamente). En otas ocasiones, lo que incomoda es la meticulosidad irrelevante, que alarga más de lo deseable una novela ya de por sí muy larga (pongo por caso los detalles sobre las herramientas recogidas por Nadia Chernyshevski). Incluso sorprende la falta de atención a las fechas y las referencias cronológicas en general. Si a ello le añadimos que hacia la mitad la novela empieza a flaquear argumentalmente, no es de extrañar que hasta la fecha no me hayan quedado ganas de proseguir con la trilogía.
¿Y los personajes? Pues tampoco redondos. La división de los Primeros 100 que propone Robinson en dos bloques principales (norteamericanos y rusos) con aportaciones adicionales de otras naciones, me parece un buen punto de partida. Y de hecho, sus reflexiones sociales, psicológicas y políticas, así como sus expectativas respecto a la vida en Marte, son con frecuencia interesantes. Pero el recurrente triángulo amoroso entre John Boone, Frank Chalmers y Maya Toitovna no sólo no logra dotar de mayor profundidad a la novela, sino que acaba por fatigar al lector. Además, otros personajes resultan fallidos (caso de Michel Duval) o tienen aportaciones discutibles (caso de Sax y sus experimentos). Probablemente el personaje más conseguido sea Nadia, por su mayor equilibrio emocional y los actos que del mismo se derivan (el episodio de acción con el dirigible es de lo mejor de la novela). Sin olvidar la frecuente aparición de grupos árabes, una inclusión inesperada que se acaba revelando como un acierto del escritor.
Un último aspecto cuestionable es que no haya un final definido, sino una arbitraria e insatisfactoria interrupción de la narración. Lo que confirma que estamos ante una trilogía más relevante por lo que propone que por lo que relata, y eso le resta muchos puntos. Es más, por mucho que Arthur C. Clarke la considere la mejor novela sobre la colonización de Marte jamás escrita, me atrevo a decir que, salvando las lagunas derivadas de la época en que fue escrita, la propia aportación de Clarke a la colonización de Marte ("Las arenas de Marte" (1951), que algún día reseñaré en este mismo blog), me parece una aportación más comedida, amena y, por tanto, recomendable.
Marte rojo (1992)
Marte verde (1993)
Marte azul (1996)
Se trata posiblemente de la saga más premiada en los últimos tiempos en el género. La novela que les presento hoy recibió entre otros el premio Nébula, el más importante a mi modo de ver de los que se conceden a nivel mundial. Y la segunda y tercera entregas el casi tan prestigioso premio Hugo. Sin embargo, a pesar de tan relevantes galardones y de ser principalmente una saga de ciencia-ficción hard, que como he admitido en alguna ocasión es una de mis corrientes favoritas del género, solamente recomiendo leer la primera entrega. La razón es que me pareció una novela tan realista y bien documentada como desestructurada y fallida. Esta impresión y la gran extensión de la misma y de las posteriores entregas me decidieron a no proseguir con la lectura de la saga. De hecho, no la considero una novela particularmente recomendable, pero me parecía injusto dejar pasar la oportunidad de aportar al menos una reseña de esta saga tan unánimemente reconocida.
Ambientada en pleno siglo XXI en los albores de la colonización del planeta rojo, la novela está segmentada nada menos que en ocho partes, cada una de ellas narrada por un personaje diferente. Partes que sin embargo no logran paliar su desestructuración: la multiplicidad de escenarios, personajes y marcos temporales con los que Robinson abruma al lector desde el principio no facilitan la lectura, y el hilo narrativo se va perdiendo poco a poco. Aunque lo que no se le puede negar a la novela es su rigor documental: desde el mapa de Marte que se incluye al comienzo (no tan detallado como sería de desear para facilitarle la ubicación al lector), hasta las reseñas incluidas al principio de cada parte, a veces con interesantes puntualizaciones sobre diferentes aspectos del planeta. Se nota el esfuerzo del autor por considerar todos los detalles (orográficos, climáticos, geológicos) del planeta, hasta dar la impresión de que la colonización y gradual terraformación de Marte es en realidad la auténtica protagonista de la obra.
Como era de esperar en una novela pretendidamente hard, el componente científico está a la altura de las expectativas: desde las estructuras ingenieriles presentadas, pasando por la nave rotacional con diferentes secciones, el ascensor de Sheffield (sí, el ingenio creado por el escritor Charles Sheffield en "La telaraña de los mundos"), los cálculos matemáticos en la granja de Hiroko Ai, los primeros hábitats, el calendario marciano... En ocasiones todo este bagaje origina ciudades realmente fascinantes (Senzeni Na, Burroughs) aunque otras veces los escenarios de la novela resultan inesperadamente anodinos.
Y es qe la narrativa de Robinson peca de frialdad y falta de fuerza (podríamos imaginar qué habría hecho por ejemplo el maestro Heinlein con semejantes mimbres). A veces, incluso, el lector se topa con frases inconexas, o situaciones de los personajes no bien descritas (más de una vez, por ejemplo, se ponen en pie sin haberse sentado previamente). En otas ocasiones, lo que incomoda es la meticulosidad irrelevante, que alarga más de lo deseable una novela ya de por sí muy larga (pongo por caso los detalles sobre las herramientas recogidas por Nadia Chernyshevski). Incluso sorprende la falta de atención a las fechas y las referencias cronológicas en general. Si a ello le añadimos que hacia la mitad la novela empieza a flaquear argumentalmente, no es de extrañar que hasta la fecha no me hayan quedado ganas de proseguir con la trilogía.
¿Y los personajes? Pues tampoco redondos. La división de los Primeros 100 que propone Robinson en dos bloques principales (norteamericanos y rusos) con aportaciones adicionales de otras naciones, me parece un buen punto de partida. Y de hecho, sus reflexiones sociales, psicológicas y políticas, así como sus expectativas respecto a la vida en Marte, son con frecuencia interesantes. Pero el recurrente triángulo amoroso entre John Boone, Frank Chalmers y Maya Toitovna no sólo no logra dotar de mayor profundidad a la novela, sino que acaba por fatigar al lector. Además, otros personajes resultan fallidos (caso de Michel Duval) o tienen aportaciones discutibles (caso de Sax y sus experimentos). Probablemente el personaje más conseguido sea Nadia, por su mayor equilibrio emocional y los actos que del mismo se derivan (el episodio de acción con el dirigible es de lo mejor de la novela). Sin olvidar la frecuente aparición de grupos árabes, una inclusión inesperada que se acaba revelando como un acierto del escritor.
Un último aspecto cuestionable es que no haya un final definido, sino una arbitraria e insatisfactoria interrupción de la narración. Lo que confirma que estamos ante una trilogía más relevante por lo que propone que por lo que relata, y eso le resta muchos puntos. Es más, por mucho que Arthur C. Clarke la considere la mejor novela sobre la colonización de Marte jamás escrita, me atrevo a decir que, salvando las lagunas derivadas de la época en que fue escrita, la propia aportación de Clarke a la colonización de Marte ("Las arenas de Marte" (1951), que algún día reseñaré en este mismo blog), me parece una aportación más comedida, amena y, por tanto, recomendable.
viernes, 6 de marzo de 2015
La cabalgata de los mendigos (1996). Nancy Kress
Una entrada más continúo con las reseñas de las novelas que recomiendo leer de las principales sagas disponibles para el lector de ciencia-ficción en español. Voy a tratar en esta oportunidad de "La cabalgata de los mendigos", tercera novela en orden cronológico y de lectura de la estadounidense Nancy Kress, con la que se cierra la saga de los mendigos. Se trata de una novela de un nivel medio muy similar a sus predecesoras, y constituye un estimable colofón a una trilogía bien concebida, mejor cohesionada, con un componente científico cuidado y de incuestionable calado especulativo y emocional.
Kress sitúa la narración sólo cinco años después de donde la dejó con "Mendigos y opulentos", y nuevamente la condensa en un solo año (excepción hecha del pequeño epílogo con el que la concluye). También la estructura de manera similar a sus dos predecesoras, con tres partes diferenciadas que vertebran la obra (aderezadas por varios interludios dedicados fundamentalmente a mensajes intercambios por los personajes). Aunque en este caso vuelve al narrador omniscente de la primera entrega y descarta enfocar cada una de las partes en un único personaje por encima de los demás. Que quizá era uno de los mayores aciertos de "Mendigos y opulentos", y que sobre todo en la primera parte se echa de menos. La vuelta de tuerca que propone la autora para rematar la trilogía la constituyen las jeringas del cambio, ofrecidas por los Superinsomnes a la sociedad y que posibilitan la inmunidad frente a las enfermedades. Una idea que, dicho de paso, se postula de forma no del todo creíble, aunque lo relevante de su existencia es que, lejos de mejorar la estratificación social entre vividores, auxiliares y superinsomnes ya conocida de novelas anteriores, esta medida ahonda las diferencias y actúa como el catalizador que desencadena los acontecimientos.
Aunque los personajes principales no son los mismos de entregas anteriores, por las páginas de "La cabalgata de los mendigos" sí que desfilan viejos conocidos, como Jennifer y Miranda Sharifi, y sobre todo Lizzy Franzy, la joven vividora que ya habíamos conocido en "Mendigos y opulentos" y que desde la primera parte se erige en protagonista absoluta en su intento por llevar a los vividores al poder y cambiar el orden establecido. Una primera parte que comienza con una puesta en escena un poco fría y que durante toda su extensión (casi la mitad de la novela) traslada la sensación de que, aunque bien caracterizada en las dos líneas narrativas presentadas, es poco más que una puesta en situación, adoleciendo de un motor claro y con el agravante de la extraña relación entre el doctor Jackson Aranow y su ex-mujer Cazie Saunders.
Al comienzo de la segunda parte las dos líneas narrativas convergen y ello provoca que la tensión y la intensidad aumenten. El suministro de jeringuillas del cambio se interrumpe con la supuesta intención de liberar a los vividores de la dominación auxiliar, pero lo que sucede en realidad es que los vividores regresan a una situación de dependencia aún mayor, y el panorama se vuelve desesperado para ellos, lo que dinamiza la acción y beneficia la lectura. Además, la caracterización de los personajes presentados por Kress alcanza a lo largo de estos capítulos su mayor nivel. Si bien es cierto que a esta parte se le puede poner el pero de que la cronología de acontencimientos es, en ocasiones, un poco confusa.
La tercera parte, la más corta en extensión y la de ritmo más trepidante, recuerda por la tremenda estratificación social que muestra y la ambientación distópica, a la magistral "Las torres del olvido", de George R.R. Turner. Es además la que concede una mayor relevancia al componente científico, que Kress retuerce hasta el extremo cuando plantea la metamorfosis de Theresa Aranow. Pero también reserva muchas sorpresas. Por ejemplo, expone abiertamente que la auténtica motivación de Jennifer Sharifi es convertir Sanctuary en un lugar verdaderamente seguro para los Insomnes, aunque lo que suceda realmente diste mucho de esa intención. Otra sorpresa que se reserva Kress es el desenlace de la gran mayoría de los Insomnes, tan inesperado como impactante. Y un final que no aclara demasiadas cosas (ni siquiera si fue Jennifer Sharifi quien cabó con Miranda Sharifi), tan sólo hace públicos hechos que permanecían ocultos. Lo que evidencia que más allá de la conclusión, lo que más le ha intereado a Kress de la novela son las reflexiones que la jalonan. Reflexiones extensivas al resto de la saga, y que en mi opinión contribuyen el mayor acierto de esta recomendable saga.
Kress sitúa la narración sólo cinco años después de donde la dejó con "Mendigos y opulentos", y nuevamente la condensa en un solo año (excepción hecha del pequeño epílogo con el que la concluye). También la estructura de manera similar a sus dos predecesoras, con tres partes diferenciadas que vertebran la obra (aderezadas por varios interludios dedicados fundamentalmente a mensajes intercambios por los personajes). Aunque en este caso vuelve al narrador omniscente de la primera entrega y descarta enfocar cada una de las partes en un único personaje por encima de los demás. Que quizá era uno de los mayores aciertos de "Mendigos y opulentos", y que sobre todo en la primera parte se echa de menos. La vuelta de tuerca que propone la autora para rematar la trilogía la constituyen las jeringas del cambio, ofrecidas por los Superinsomnes a la sociedad y que posibilitan la inmunidad frente a las enfermedades. Una idea que, dicho de paso, se postula de forma no del todo creíble, aunque lo relevante de su existencia es que, lejos de mejorar la estratificación social entre vividores, auxiliares y superinsomnes ya conocida de novelas anteriores, esta medida ahonda las diferencias y actúa como el catalizador que desencadena los acontecimientos.
Aunque los personajes principales no son los mismos de entregas anteriores, por las páginas de "La cabalgata de los mendigos" sí que desfilan viejos conocidos, como Jennifer y Miranda Sharifi, y sobre todo Lizzy Franzy, la joven vividora que ya habíamos conocido en "Mendigos y opulentos" y que desde la primera parte se erige en protagonista absoluta en su intento por llevar a los vividores al poder y cambiar el orden establecido. Una primera parte que comienza con una puesta en escena un poco fría y que durante toda su extensión (casi la mitad de la novela) traslada la sensación de que, aunque bien caracterizada en las dos líneas narrativas presentadas, es poco más que una puesta en situación, adoleciendo de un motor claro y con el agravante de la extraña relación entre el doctor Jackson Aranow y su ex-mujer Cazie Saunders.
Al comienzo de la segunda parte las dos líneas narrativas convergen y ello provoca que la tensión y la intensidad aumenten. El suministro de jeringuillas del cambio se interrumpe con la supuesta intención de liberar a los vividores de la dominación auxiliar, pero lo que sucede en realidad es que los vividores regresan a una situación de dependencia aún mayor, y el panorama se vuelve desesperado para ellos, lo que dinamiza la acción y beneficia la lectura. Además, la caracterización de los personajes presentados por Kress alcanza a lo largo de estos capítulos su mayor nivel. Si bien es cierto que a esta parte se le puede poner el pero de que la cronología de acontencimientos es, en ocasiones, un poco confusa.
La tercera parte, la más corta en extensión y la de ritmo más trepidante, recuerda por la tremenda estratificación social que muestra y la ambientación distópica, a la magistral "Las torres del olvido", de George R.R. Turner. Es además la que concede una mayor relevancia al componente científico, que Kress retuerce hasta el extremo cuando plantea la metamorfosis de Theresa Aranow. Pero también reserva muchas sorpresas. Por ejemplo, expone abiertamente que la auténtica motivación de Jennifer Sharifi es convertir Sanctuary en un lugar verdaderamente seguro para los Insomnes, aunque lo que suceda realmente diste mucho de esa intención. Otra sorpresa que se reserva Kress es el desenlace de la gran mayoría de los Insomnes, tan inesperado como impactante. Y un final que no aclara demasiadas cosas (ni siquiera si fue Jennifer Sharifi quien cabó con Miranda Sharifi), tan sólo hace públicos hechos que permanecían ocultos. Lo que evidencia que más allá de la conclusión, lo que más le ha intereado a Kress de la novela son las reflexiones que la jalonan. Reflexiones extensivas al resto de la saga, y que en mi opinión contribuyen el mayor acierto de esta recomendable saga.
domingo, 15 de febrero de 2015
Mendigos y opulentos (1994). Nancy Kress
Una entrada más continúo con las reseñas de las novelas que recomiendo leer de las principales sagas disponibles para el lector de ciencia-ficción en español. Voy a presentarles hoy "Mendigos y opulentos", de la estadounidense Nancy Kress. Se trata de la segunda novela en orden cronológico y de lectura de la saga de los mendigos, una trilogía que recomiendo leer en su integridad. Esta novela mantiene el nivel de "Mendigos en España" gracias a una atractiva combinación de tecnología, especulación, avatares humanos y una prosa cuidada. Hecho que queda constatado en que también resultó finalista del Premio Hugo, como su antecesora. Además, puede disfrutarse como novela independiente del resto de la saga, y no se queda lejos de la categoría de clásico.
En "Mendigos y opulentos" Kress sitúa la narración a comienzos del siglo XXII, es decir, veintitrés años después de donde la dejó en la primera entrega, con una sociedad si cabe más fuertemente estratizada entre "Vividores", "Auxiliares" e "Insomnes". Y nos vuelve a entregar una novela relativamente larga (aunque un poco más corta que la anterior), con una estructuración similar en cuatro partes principales (a las que añade una quinta más breve a modo de cierre), el mismo estilo narrativo y un intervalo temporal mucho más corto que el de su predecesora como principal diferencia (pues toda la novela transcurre en un solo año). También repiten algunos personajes ya conocidos (Drew Arlen, Miranda Sharifi...), que comparten protagonismo con otros como Diana Covington o Billy Washington.
La saga de los mendigos es una trilogía tan ambiciosa en cuanto al número y complejidad de aspectos que pretende cubrir que a lo largo de la misma se pierde un poco el foco en la historia en sí, que es lo que más suele calar en el lector. Y precisamente en este aspecto es donde "Mendigos y opulentos" me parece ligeramente superior a las otras dos novelas: en la continuidad de las vivencias de unos pocos personajes, a la que Kress da fuerza a corta como digo de acortar el marco temporal que cubre la novela. A ello contribuye además otra novedad introducida respecto a su predecesora: la estructuración en líneas narrativas separadas y narradas en primera persona por Drew, Diana y sobre todo Billy Washington, la más interesante y mejor caracterizada de las tres (incluso en la forma de hablar tan específica que emplean los Vividores). Creo que encaja más con las características de la saga que un narrador omniscente.
Aunque por supuesto la influencia de los Superinsomnes en la trama es tan alta como cabría esperar, la principal novedad argumental de esta segunda parte es la enfatizada separación entre Vividores y Auxiliares: una dura pero atrayente deformación de la sociedad actual, en la línea de los Eloy y los Morlocks de H.G. Wells, pero más cercana al lector contemporáneo. Y que actúa como un espejo que permite al lector reflexionar sobre la indefensión del ciudadano de a pie, su manipulación por los centros de poder, su distracción mediante pasatiempos que no obliguen a pensar (las carreras de motos)... Y otras cuestiones de más alto nivel, como hacia dónde debe evolucionar la tecnología y quién la debe controlar. Todo ello en medio de acontecimientos que se suceden a buen ritmo, y que son sazonados con "sorpresas" como el cambio de bando de Drew, o la alimentación autotrófica de Miranda Sharifi.
Durante buena parte de la lectura la novela me parecía digna de la categoria de clásico a la que aludía al comienzo, pero justo en el tramo final se desinfló un poco, ya que para mí el final adecuado no debería ser el propuesto Kress, sino que debería haber sido el episodio de la declaración de Miranda Sharifi sobre los seres humanos autotróficos, justo después del clímax narrativo: las treinta páginas adicionales hasta el final real no aportan prácticamente nada, y la aparición de "Voluntad e idea" resulta bastante forzada. Otros puntos débiles de la novela son la cuestionable relación entre insomnio e inmortalidad que nos plantea la autora, la excesiva influencia otorgada a los "Sueños Lúcidos" de Drew Arlen sobre los Vividores, y el que sea la clase política quien pague con emplazamientos públicos por recibir los votos de los Vividores. Aspectos que en todo caso no enmascaran una novela claramente recomendable.
En "Mendigos y opulentos" Kress sitúa la narración a comienzos del siglo XXII, es decir, veintitrés años después de donde la dejó en la primera entrega, con una sociedad si cabe más fuertemente estratizada entre "Vividores", "Auxiliares" e "Insomnes". Y nos vuelve a entregar una novela relativamente larga (aunque un poco más corta que la anterior), con una estructuración similar en cuatro partes principales (a las que añade una quinta más breve a modo de cierre), el mismo estilo narrativo y un intervalo temporal mucho más corto que el de su predecesora como principal diferencia (pues toda la novela transcurre en un solo año). También repiten algunos personajes ya conocidos (Drew Arlen, Miranda Sharifi...), que comparten protagonismo con otros como Diana Covington o Billy Washington.
La saga de los mendigos es una trilogía tan ambiciosa en cuanto al número y complejidad de aspectos que pretende cubrir que a lo largo de la misma se pierde un poco el foco en la historia en sí, que es lo que más suele calar en el lector. Y precisamente en este aspecto es donde "Mendigos y opulentos" me parece ligeramente superior a las otras dos novelas: en la continuidad de las vivencias de unos pocos personajes, a la que Kress da fuerza a corta como digo de acortar el marco temporal que cubre la novela. A ello contribuye además otra novedad introducida respecto a su predecesora: la estructuración en líneas narrativas separadas y narradas en primera persona por Drew, Diana y sobre todo Billy Washington, la más interesante y mejor caracterizada de las tres (incluso en la forma de hablar tan específica que emplean los Vividores). Creo que encaja más con las características de la saga que un narrador omniscente.
Aunque por supuesto la influencia de los Superinsomnes en la trama es tan alta como cabría esperar, la principal novedad argumental de esta segunda parte es la enfatizada separación entre Vividores y Auxiliares: una dura pero atrayente deformación de la sociedad actual, en la línea de los Eloy y los Morlocks de H.G. Wells, pero más cercana al lector contemporáneo. Y que actúa como un espejo que permite al lector reflexionar sobre la indefensión del ciudadano de a pie, su manipulación por los centros de poder, su distracción mediante pasatiempos que no obliguen a pensar (las carreras de motos)... Y otras cuestiones de más alto nivel, como hacia dónde debe evolucionar la tecnología y quién la debe controlar. Todo ello en medio de acontecimientos que se suceden a buen ritmo, y que son sazonados con "sorpresas" como el cambio de bando de Drew, o la alimentación autotrófica de Miranda Sharifi.
Durante buena parte de la lectura la novela me parecía digna de la categoria de clásico a la que aludía al comienzo, pero justo en el tramo final se desinfló un poco, ya que para mí el final adecuado no debería ser el propuesto Kress, sino que debería haber sido el episodio de la declaración de Miranda Sharifi sobre los seres humanos autotróficos, justo después del clímax narrativo: las treinta páginas adicionales hasta el final real no aportan prácticamente nada, y la aparición de "Voluntad e idea" resulta bastante forzada. Otros puntos débiles de la novela son la cuestionable relación entre insomnio e inmortalidad que nos plantea la autora, la excesiva influencia otorgada a los "Sueños Lúcidos" de Drew Arlen sobre los Vividores, y el que sea la clase política quien pague con emplazamientos públicos por recibir los votos de los Vividores. Aspectos que en todo caso no enmascaran una novela claramente recomendable.
martes, 27 de enero de 2015
Mendigos en España (1993). Nancy Kress
Una entrada más prosigo con mis reseñas de las novelas que recomiendo leer de las principales sagas disponibles para el lector de ciencia-ficción en español. Voy a hablarse en esta oportunidad de "Mendigos en España", novela que inaugura la conocida como saga de los mendigos, escrita por la estadounidense Nancy Kress. Se trata de una saga que no fue concebida como tal, sino que fue creciendo a partir de la continuada expansión de una novela corta escrita por Kress en 1991 y ganadora de los premios Nébula y Hugo en dicha categoría. Kress convirtió esa primera novela corta en la extensa novela que les presento, del mismo título pero con tres partes adicionales además de la novela corta en su integridad, y posteriormente añadió dos novelas más a la saga, hasta quedar finalmente comprendida por:
Mendigos en España (1993)
Mendigos y opulentos (1994)
La cabalgata de los mendigos (1996)
En conjunto, forman una saga muy equilibrada y cohesionada (quizá porque las tres novelas fueron escritas en un lapso de tiempo relativamente corto y el lapso de tiempo que cubren tampoco es muy largo), con los impactos de la ingeniería genética en la sociedad del siglo XXI como eje principal, y que recomiendo leer en su integridad. Poseen esa sensibilidad tan característicamente femenina, y solamente les falta algún título que destaque del conjunto para reivindicar la categoría de clásico, a la que aspiran pero no alcanzan. En concreto, "Mendigos en España" (que pese a lo que su nombre pueda indicar no transcurre en España, tan sólo es una alusión un tano peyorativa a nuestro país) es una novela recomendable, con una primera parte (la novela corta) excelente, y otras tres partes a su misma altura en cuanto a profunidad especulativa, pero en un plano inferior en cuanto a disfrute literario.
La primera novela corta ("Leisha", en alusión a su protagonista insomne), pone de manifiesto una virtud extensible a todo el libro: la atención que dedica Kress a la caracterización de sus personajes principales (no sólo Leisha, también Alice, Drew...) y el mimo con el que nos presenta sus ideas y emociones. Tanto, que el resto de la seña necesita girar forzosamente en torno a sus personajes, por encima de los acontecimientos o las reflexiones. Además, desde el principio nos justifica la viabilidad científica del insomnio permanente que posibilita la ingeniería genética, y logra sacarle un gran partido a esta premisa mediante la convivencia entre una joven Insomne y otra Durmiente, ambas hermanas gemelas. El lector comprueba con sus propios ojos qué significa ser alguien especial, qué representan los tratos preferentes para una hermana en la otra, y qué enfrentamientos se derivan de ellos. Acertadamente, esta contraposición individual entre las hemanas se globaliza conforme avanzan las páginas al conjunto de los Estados Unidos, a través de una filosofía socio-económica bien concebida: el Yagaísmo. Así, se plantea con toda su crudeza el odio a los "superiores" al mismo tiempo que el desprecio de éstos por quienes no contribuyen a la comunidad. Las páginas finales de esta primera parte, en especial, rayan a gran altura: trepidantes y tiernas a la vez.
Con la segunda parte ("Sanctuary", en alusión a la comunidad independiente que crean los Insomnes) empiezan a evidenciarse los defectos de la novela, puesto que el lector se topa con unos capítulos presididos por una cierta frialdad. Ni el aislamiento de Sanctuary, ni la xenofobia del líder opositor Calvin Hawke, ni la prisión y el posterior juicio de la líder Insomne Jennifer Sharifi, cautivan al lector con la intensidad de la primera parte. A ello contribuye que, sin previo aviso, Jennifer se erija en la protagonista del "núcleo duro" de los Insomnes. Y se aprecia una preocupante previsibilidad en el desenlace de algunos capítulos. No obstante lo anterior, las reflexiones principales de esta segunda parte vuelven a ser interesantes: tanto la solidaridad de clase como la violencia como elemento pertubador y aglutinante a la vez.
La evolución de la sociedad estadounidense tras la marcha de Sanctuary vuelve a ser motivo de reflexión: esa nítida división entre Pobres, Vividores y Auxiliares y las dependencias que se establecen. Sin embargo, mientras la irrupción de Miri (la Superinsomne concebida en Sanctuary) paree una consecuencia lógica del afán de perfeccionamiento de los Insomnes, la aparición del vividor Drew Arlen resulta forzada, y durante muchas páginas se le otorga una atención en mi opinión excesiva. Otro defecto lo constituye los excesivos vaivenes de Leisha Camden entre los Insomnes Kevin Baker y Richard Keller, hasta el punto de que ambos personajes llegan a confundirse.
Afortunadamente la cuarta parte mejora la impresión final de la novela, ya que Kress logra en ella sintetizar e interrelacionar todo lo que ha expuesto en las trescientas páginas anteriores. En primer lugar, logra que la evolución y posterior crisis de los Estados Unidos justifique plenamente el desenlace. En segundo lugar, cierre el círculo cuando los Superinsomnes se convierten, paradójicamente, en los Nuevos Mendigos. En tercer lugar, no establece una distinción clara entre "buenos" y "malos": el lector ve y entiende las justificaciones y las motivaciones del Consejo, de los Súper, del hogar de Nuevo México... Y aunque conceptos tales como las asociaciones de ideas y la complejidad de las cadenas dificultan en parte el disfrute, el desenlace es brillante, intenso y, una vez más, reflexivo. Porque al fin y al cabo el lector llega por sí mismo a la principal conclusión que a mi modo de ver intenta poner de manifiesto la autora: que la búsqueda de excelencia en la humanidad no es compatible con la igualdad entre los hombres. En su universo, al menos. No sale España
Mendigos en España (1993)
Mendigos y opulentos (1994)
La cabalgata de los mendigos (1996)
En conjunto, forman una saga muy equilibrada y cohesionada (quizá porque las tres novelas fueron escritas en un lapso de tiempo relativamente corto y el lapso de tiempo que cubren tampoco es muy largo), con los impactos de la ingeniería genética en la sociedad del siglo XXI como eje principal, y que recomiendo leer en su integridad. Poseen esa sensibilidad tan característicamente femenina, y solamente les falta algún título que destaque del conjunto para reivindicar la categoría de clásico, a la que aspiran pero no alcanzan. En concreto, "Mendigos en España" (que pese a lo que su nombre pueda indicar no transcurre en España, tan sólo es una alusión un tano peyorativa a nuestro país) es una novela recomendable, con una primera parte (la novela corta) excelente, y otras tres partes a su misma altura en cuanto a profunidad especulativa, pero en un plano inferior en cuanto a disfrute literario.
La primera novela corta ("Leisha", en alusión a su protagonista insomne), pone de manifiesto una virtud extensible a todo el libro: la atención que dedica Kress a la caracterización de sus personajes principales (no sólo Leisha, también Alice, Drew...) y el mimo con el que nos presenta sus ideas y emociones. Tanto, que el resto de la seña necesita girar forzosamente en torno a sus personajes, por encima de los acontecimientos o las reflexiones. Además, desde el principio nos justifica la viabilidad científica del insomnio permanente que posibilita la ingeniería genética, y logra sacarle un gran partido a esta premisa mediante la convivencia entre una joven Insomne y otra Durmiente, ambas hermanas gemelas. El lector comprueba con sus propios ojos qué significa ser alguien especial, qué representan los tratos preferentes para una hermana en la otra, y qué enfrentamientos se derivan de ellos. Acertadamente, esta contraposición individual entre las hemanas se globaliza conforme avanzan las páginas al conjunto de los Estados Unidos, a través de una filosofía socio-económica bien concebida: el Yagaísmo. Así, se plantea con toda su crudeza el odio a los "superiores" al mismo tiempo que el desprecio de éstos por quienes no contribuyen a la comunidad. Las páginas finales de esta primera parte, en especial, rayan a gran altura: trepidantes y tiernas a la vez.
Con la segunda parte ("Sanctuary", en alusión a la comunidad independiente que crean los Insomnes) empiezan a evidenciarse los defectos de la novela, puesto que el lector se topa con unos capítulos presididos por una cierta frialdad. Ni el aislamiento de Sanctuary, ni la xenofobia del líder opositor Calvin Hawke, ni la prisión y el posterior juicio de la líder Insomne Jennifer Sharifi, cautivan al lector con la intensidad de la primera parte. A ello contribuye que, sin previo aviso, Jennifer se erija en la protagonista del "núcleo duro" de los Insomnes. Y se aprecia una preocupante previsibilidad en el desenlace de algunos capítulos. No obstante lo anterior, las reflexiones principales de esta segunda parte vuelven a ser interesantes: tanto la solidaridad de clase como la violencia como elemento pertubador y aglutinante a la vez.
La evolución de la sociedad estadounidense tras la marcha de Sanctuary vuelve a ser motivo de reflexión: esa nítida división entre Pobres, Vividores y Auxiliares y las dependencias que se establecen. Sin embargo, mientras la irrupción de Miri (la Superinsomne concebida en Sanctuary) paree una consecuencia lógica del afán de perfeccionamiento de los Insomnes, la aparición del vividor Drew Arlen resulta forzada, y durante muchas páginas se le otorga una atención en mi opinión excesiva. Otro defecto lo constituye los excesivos vaivenes de Leisha Camden entre los Insomnes Kevin Baker y Richard Keller, hasta el punto de que ambos personajes llegan a confundirse.
Afortunadamente la cuarta parte mejora la impresión final de la novela, ya que Kress logra en ella sintetizar e interrelacionar todo lo que ha expuesto en las trescientas páginas anteriores. En primer lugar, logra que la evolución y posterior crisis de los Estados Unidos justifique plenamente el desenlace. En segundo lugar, cierre el círculo cuando los Superinsomnes se convierten, paradójicamente, en los Nuevos Mendigos. En tercer lugar, no establece una distinción clara entre "buenos" y "malos": el lector ve y entiende las justificaciones y las motivaciones del Consejo, de los Súper, del hogar de Nuevo México... Y aunque conceptos tales como las asociaciones de ideas y la complejidad de las cadenas dificultan en parte el disfrute, el desenlace es brillante, intenso y, una vez más, reflexivo. Porque al fin y al cabo el lector llega por sí mismo a la principal conclusión que a mi modo de ver intenta poner de manifiesto la autora: que la búsqueda de excelencia en la humanidad no es compatible con la igualdad entre los hombres. En su universo, al menos. No sale España
domingo, 4 de enero de 2015
La caída de Hyperion (1990). Dan Simmons
Una entrada más continúo reseñando las novelas que recomiendo leer de las principales sagas de ciencia-ficción disponibles para el lector en español. En esta oportunidad compartiré mis impresiones sobre "La caída de Hyperion", segunda novela por orden cronológico y de lectura de los cantos de Hyperion, y última que recomiendo leer de esta saga del estadounidense Dan Simmons. Como ya aclaré al reseñar "Hyperion", en realidad "La caída de Hyperion" no es una continuación, sino la segunda mitad de una novela que Simmons escribió como un todo y que, a causa de su extensión, se publicó en dos partes separadas. Ésta era la razón por la que sugería ser indulgente con el inexistente final de "Hyperion" cuando la reseñé, y también por la que es tan sencillo continuar la lectura con "La caída de Hyperion". Casi tan premiada como su predecesora, se trata de una estimable resolución de todos los enigmas y una adecuada culminación de todas las vivencias presentadas en "Hyperion". Lástima que adolezca de similares defectos.
Aunque la novela sea en realidad la segunda mitad de "Hyperion", lo cierto es que "La caída de Hyperion" arranca con una mayor preocupación por las cuestiones políticas de la Hegemonía del Hombre, y sobre todo con un nuevo personaje esencial en toda la obra: Joseph Severn, segundo cíbrido (es decir, un híbrido entre humano e IA del Tecnonúcleo) del poeta John Keats. Su concurso es determinante, porque la acción se bifurca en dos ramas relacionadas por los sueños de Keats; hasta tal punto que su muerte (acaecida en realidad a comienzos del siglo XIX) se narra como parte de los acontecimientos. Otra novedad que encontrará el lector en esta novela es la relevancia que cobra otro nuevo personaje, Leigh Hunt, asistente de Meina Gladstone.
No obstante lo anterior, los personajes de la primera parte (Weintraub, Lamia, Silenus, Kassad...) mantienen su tremenda personalidad, lo cual, unido a la habilidad de Simmons para aprovecharlos a lo largo de la novela, contribuye decisivamente a manterner el nivel de la primera parte. Además, en esta segunda parte se aprecia mejor el excelente equilibrio de poderes entre las distintas fuerzas, su interacción y sus dependencias (por un lado, la FEM/el Senado/la Hegemonía; por otro, el Tecnonúcleo/las IAs de la megaesfera de datos; y por otro, los éxters y su relación con el cónsul). Si a los elementos anteriores les añadimos las Tumbas de Tiempo, un escenario tan fascinante como bien resuelto para tratarse de un concepto tan complejo, no es de extrañar que sean frecuentes los pasajes de gran intensidad literaria (esfuerzos conjuntos de los peregrinos de la Iglesia del Alcaudón, desapariciones, combates, penurias, e incluso momentos en los que la prosa deja paso a la lírica).
Desafortunadamente, permanecen los defectos e la primera parte, y surge alguno más: los esperables momentos de relleno en una novela de más de setecientas páginas (sobre todo en el primer tercio), unas fuerzas armadas más ingenuas de lo deseable, situaciones en el límite de la ciencia-ficción (como la transmigración Hoyt-Duré), las debilidades y los comportamientos impropios del supuestamente todopoderoso Alcaudón, nuevas referencias innecesarias a la Tierra del siglo XX (Peter Pan, IBM...), las abstrusas conversaciones con la IA Ummon, una complejidad manifiesta para poder calibrar los acontecimientos que se van narrando, e incluso la repentina enfermedad de Keats. Ninguno de ellos grave, pero todos restándole puntos a la valoración global.
Pero dada la extensión de la novela, hay que reconocer que los logros prevalecen. Además de los ya señalados, debo resaltar: la magistral caracterización de los mundos de la Hegemonía (Centro Tau Ceti, Puertas del Cielo Pacem, Bosquecillo de Dios); la buena dosis de diálogos, que amenizan y alivian en parte de la complejidad de la trama; la acertada inclusión de referencias cristianas (Theilard); las alusiones científicas explícitas (Plack, el espacio-tiempo...); la explicación del papel de las IAs (resurreción de Keats, utilización de los cerebros humanos...); los estratégicamente insertados pasajes de terror; y el final (ahora sí), impactante, con varias muertes inesperadas y un tremendo esfuerzo por atar cabos. Todos ellos confirman que estamos ante una novela más que recomendable.
¿Por qué no recomiendo entonces continuar la saga con la lectura de las dos novelas restantes? Pues por tres razones: la primera y más importante, porque a pesar de ese esfuerzo por atar cabos, la lectura de "La caída de Hyperion" me dejó la impresión de que hay tantos y tan complejos elementos en juego, que lo narrado no es siempre coherente, y sólo acaba encajando porque el escritor tiene la autoridad para ello (es sólo una impresión, no gasté tiempo en confirmarla); la segunda, porque es una saga que exige un gran esfuerzo al lector para su disfrute (nuevamente la complejidad), y después de casi mil trescientas páginas leídas el esfuerzo dedicado a la saga me parecía ya considerable; y tercera, porque esas dos novelas ("Endymion" y "El ascenso de Endymion") no recibieron los mismos galardones ni una valoración tan favorable por parte de la crítica. Así que, efectivamente, nunca me he animado a leerlas, y es probable que nunca lo haga. Aunque estoy seguro que si "La caída de Hyperion" les gustó lo suficiente, muchos de Vds. no seguirán o no habrán seguido mi ejemplo.
Aunque la novela sea en realidad la segunda mitad de "Hyperion", lo cierto es que "La caída de Hyperion" arranca con una mayor preocupación por las cuestiones políticas de la Hegemonía del Hombre, y sobre todo con un nuevo personaje esencial en toda la obra: Joseph Severn, segundo cíbrido (es decir, un híbrido entre humano e IA del Tecnonúcleo) del poeta John Keats. Su concurso es determinante, porque la acción se bifurca en dos ramas relacionadas por los sueños de Keats; hasta tal punto que su muerte (acaecida en realidad a comienzos del siglo XIX) se narra como parte de los acontecimientos. Otra novedad que encontrará el lector en esta novela es la relevancia que cobra otro nuevo personaje, Leigh Hunt, asistente de Meina Gladstone.
No obstante lo anterior, los personajes de la primera parte (Weintraub, Lamia, Silenus, Kassad...) mantienen su tremenda personalidad, lo cual, unido a la habilidad de Simmons para aprovecharlos a lo largo de la novela, contribuye decisivamente a manterner el nivel de la primera parte. Además, en esta segunda parte se aprecia mejor el excelente equilibrio de poderes entre las distintas fuerzas, su interacción y sus dependencias (por un lado, la FEM/el Senado/la Hegemonía; por otro, el Tecnonúcleo/las IAs de la megaesfera de datos; y por otro, los éxters y su relación con el cónsul). Si a los elementos anteriores les añadimos las Tumbas de Tiempo, un escenario tan fascinante como bien resuelto para tratarse de un concepto tan complejo, no es de extrañar que sean frecuentes los pasajes de gran intensidad literaria (esfuerzos conjuntos de los peregrinos de la Iglesia del Alcaudón, desapariciones, combates, penurias, e incluso momentos en los que la prosa deja paso a la lírica).
Desafortunadamente, permanecen los defectos e la primera parte, y surge alguno más: los esperables momentos de relleno en una novela de más de setecientas páginas (sobre todo en el primer tercio), unas fuerzas armadas más ingenuas de lo deseable, situaciones en el límite de la ciencia-ficción (como la transmigración Hoyt-Duré), las debilidades y los comportamientos impropios del supuestamente todopoderoso Alcaudón, nuevas referencias innecesarias a la Tierra del siglo XX (Peter Pan, IBM...), las abstrusas conversaciones con la IA Ummon, una complejidad manifiesta para poder calibrar los acontecimientos que se van narrando, e incluso la repentina enfermedad de Keats. Ninguno de ellos grave, pero todos restándole puntos a la valoración global.
Pero dada la extensión de la novela, hay que reconocer que los logros prevalecen. Además de los ya señalados, debo resaltar: la magistral caracterización de los mundos de la Hegemonía (Centro Tau Ceti, Puertas del Cielo Pacem, Bosquecillo de Dios); la buena dosis de diálogos, que amenizan y alivian en parte de la complejidad de la trama; la acertada inclusión de referencias cristianas (Theilard); las alusiones científicas explícitas (Plack, el espacio-tiempo...); la explicación del papel de las IAs (resurreción de Keats, utilización de los cerebros humanos...); los estratégicamente insertados pasajes de terror; y el final (ahora sí), impactante, con varias muertes inesperadas y un tremendo esfuerzo por atar cabos. Todos ellos confirman que estamos ante una novela más que recomendable.
¿Por qué no recomiendo entonces continuar la saga con la lectura de las dos novelas restantes? Pues por tres razones: la primera y más importante, porque a pesar de ese esfuerzo por atar cabos, la lectura de "La caída de Hyperion" me dejó la impresión de que hay tantos y tan complejos elementos en juego, que lo narrado no es siempre coherente, y sólo acaba encajando porque el escritor tiene la autoridad para ello (es sólo una impresión, no gasté tiempo en confirmarla); la segunda, porque es una saga que exige un gran esfuerzo al lector para su disfrute (nuevamente la complejidad), y después de casi mil trescientas páginas leídas el esfuerzo dedicado a la saga me parecía ya considerable; y tercera, porque esas dos novelas ("Endymion" y "El ascenso de Endymion") no recibieron los mismos galardones ni una valoración tan favorable por parte de la crítica. Así que, efectivamente, nunca me he animado a leerlas, y es probable que nunca lo haga. Aunque estoy seguro que si "La caída de Hyperion" les gustó lo suficiente, muchos de Vds. no seguirán o no habrán seguido mi ejemplo.
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"Nación de Marte. Parte 2" (2021). Brandon Q. Morris
Con la entrada que hoy les ofrezco sigo desgranando los añadidos de última hora a mi segundo recorrido por algunas de las sagas más relevan...










