domingo, 25 de octubre de 2015

Espinas (1967). Robert Silverberg

En la presente entrada continúo revisando todos libros que he leído de mi escritor de ciencia-ficción favorito, Robert Silverberg. Les voy a hablar hoy de "Espinas", la novela que según muchos estudiosos del género marcó un punto de inflexión en su carrera, iniciando el salto definitivo a la madurez. Un análisis que como ya he dicho en este mismo blog no comparto del todo, puesto que la novela que reseñé hace un par de semanas, "Las puertas del cielo", cronológicamente anterior, ya refleja en mi opinión esa entrada en el periodo de madurez del autor. De hecho, se trata de una novela tan ensalzada que cuando la leí me resultó inferior a lo que me esperaba. Es cierto que el tratamiento psicológico del trío protagonista (Duncan Chalk, magnate del entretenimiento galáctico, Minner Burris, navegante estelar alterado y Lona Kelvin, joven virgen protagonista de un experimento de fertilidad) es formidable, pero quizá eso y la habilidad narrativa de Silverberg no sean suficientes para sostener la novela.

Dentro de la concisión habitual de las novelas de Silverberg en esta época, el comienzo es alentador: una fantástica ambientación de un futuro no tan lejano, y unos personajes minuciosamente caracterizados. Aunque dada la complejidad del marco escénico planteado, los hechos se relatan con cierta lentitud. Silverberg exhibe en este tramo sus notables conocimientos biológicos y médicos, refrendando que estamos ante una auténtica novela de ciencia-ficción. Y se apunta otro tanto con los títulos de los capítulos, muchos de ellos dignos de una reflexión por sí mismos (a modo de ejemplo resaltar el del número 16: "Pese a sus plumas, el búho tenía frío"). Pero en estos primeros capítulos también hay defectos: el innecesario desbordamiento de personalidad de Burris y el papel excesivamente superficial del personaje de Elise.

Una vez puestos en situación, Silverberg mantiene vivo el interés recurriendo a su imaginación para crear las más inverosímiles ambientaciones: la Arcada, prolija en diversiones; el "simbólico" hospital al borde del desierto; la Antártida... Pero la relación entre Minner y Lona sigue sin desviarse los cauces previstos: la amistad basada en sus anomalías al principio de conocerse, la desigual forma de entender el amor después, las primeras discrepancias, las tormentas... Aunque muy logrado narrativamente, nada que sorprenda al lector, y con el agravante de que al centrarse tanto en esa relación desatiende otros temas interesantes que había planteado al principio.

Además, Silverberg no cumple su promesa de mostrar el efecto morbosamente lúdico que tiene en la sociedad que plantea una pareja tal. De hecho, sólo unas pinceladas proyectan una difusa idea de esa sociedad. No obstante, hay episodios de categoría, como el del Salón Galáctico (tanto por lo que acontece como por dónde tiene lugar), o el del Tivoli de la Luna (parece imposible que un escenario así no exista en la realidad).

En el tramo final existe la incertidumbre de si las aguas volveran a su cauce entre Minner y Lona, lo que mantiene el interés hasta el desenlace. Pero el final que Silverberg crea para Chalk resulta poco convincente. Y la cantidad total de reflexiones presentadas es sensiblemente inferior a la habitual en la obra del estadounidense.

En suma, más que una gran novela estamos ante un ensayo general de una nueva vía literaria por la cual Silverberg sí alcanzaría el prestigio que ahora se le reconoce. Ahí radica su mayor valía.

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