jueves, 6 de diciembre de 2012

El hijo del hombre (1971). Robert Silverberg

Robert Silverberg es uno de mis escritores de ciencia-ficción favoritos. Y "El hijo del hombre" es uno de sus libros predilectos. Con estas premisas tenía grandes expectativas puestas en esta novela. Expectativas que cuando por fin me hice con ella se vieron completamente defraudadas. Más fantasía que ciencia-ficción, se trata de una novela menor dentro de su periodo de mayor fecundidad literaria, con sólo algunos momentos de brillantez.

No es la primera vez que admito en este blog mi escasa estima por la fantasía, que novelas como ésta refuerzan. El "todo vale" que a menudo preside esta obra provoca un continuo de situaciones que cristalizan y se desvanecen sin razón aparente, con un nocivo aire de banalidad, cuando no de absoluta imposibilidad. Los personajes son mayoritariamente insustanciales (en particular el grupo de deslizadores: Hanmer, Ninameen, Brill...) y casi nunca proporcionan al lector respuestas satisfactorias. De hecho, los diálogos transitan entre lo pretendidamente enigmático y lo incuestionablemente absurdo. Y si a este mediocre argamasa no le añadimos al menos un poco de acción, queda clara mi impresión final.

Y eso que el viaje iniciático-psicodélico que emprende Clay por diversos parajes de alto contenido metafórico debería constituir un pilar más que sólido para crear una novela de calidad. Pero aparte de la ya conocida habilidad narrativa de Silverberg, hay pocos aciertos. Posiblemente los dos dignos de mención sean las propuestas sobre la evolución humana a lo largo de los milenios (Respiradores, Devoradores, Esperadores, Destructores e Intercesores, hasta llegar a los todopoderosos Deslizadores), interesantes aunque sin apenas base científica, y el recorrido expiatorio del Hijo del Hombre por los lugares abstractos Hielo (con sus inagotables Destructores), Fuego, Pesado, Lento, Vacío y Oscuro, unas tribulaciones que consiguen espabilar durante unas páginas al apático lector.

En ocasiones tuve la impresión de la novela es poco menos que caótica a propósito. Porque si la analizamos objetivamente, veremos que hay nada menos que cinco ritos insertados a intervalos regulares (Abertura de la Tierra, Alzamiento del Mar, Afirmamiento de la Oscuridad, Relleno de los Valles y Moldeado del Cielo) lo que evidencia un armazón que podría pasar desapercibido. Y leyendo entre líneas podemos encontrar los probables objetivos de Silverberg al escribir esta obra: por una parte, el cuestionamiento y la relativización de los iconos y mitos culturales que veneramos en nuestro tiempo; y por otra, las reflexiones sobre el sentido de la vida y la muerte para los dos sexos: su transitoriedad, la relevancia de los sueños, la perdurabilidad de los objetos... En algunos momentos, parece que estemos ante un ensayo.

Desgraciademente, los abundantes defectos de la obra prevalecen a la hora de valorarla. Y es que además de los ya expuestos, incomodan las incontables e innecesarias referencias eróticas (erecciones, eyaculaciones, episodios y comentarios subidos de tono...), fatigan algunos capítulos (especialmente el 13, que desborda la capacidad de asimilación del lector, y el 25, metafórico hasta el absurdo), y decepciona el desenlace, pues Silverberg desaprovecha la visita de Clay al Pozo de las Primeras Cosas, asumiendo de manera un tanto fallida el dolor y la muerte de toda la humanidad, como el Hijo del Hombre de Galilea.

En suma, Silverberg tiene un montón de obras recomendables, pero ésta es sin duda una lectura prescindible.

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