miércoles, 7 de diciembre de 2022

"El mapa del tiempo" (2008). Félix J. Palma

Una entrada más continúo mi recorrido en orden cronológico por los más representativos escritores españoles que han publicado ciencia-ficción. Ha llegado la hora de hablarles del gaditano Félix J. Palma, quizá uno de los más populares a nivel internacional. Y es que sus novelas se han traducido y publicado en los más diversos idiomas, e incluso llegó a figurar con la presente novela en la lista de libros más vendidos del New York Times. Lo que habla bien a las claras de su repercusión comercial. La cual ha venido, además, acompañada por diversos galardones literarios y unas críticas mayoritariamente favorables a su producción. Especialmente con "El mapa del tiempo", la novela de la que les voy a hablar hoy. Aunque ya les adelanto que desgraciadamente mi valoración no es tan positiva como la mayoría. Pese a lo cual sí la considero una obra que merece una lectura. Y es que estamos ante una novela que toma elementos de las ucronías, de los viajes en el tiempo, y de algunos de los escritores anglosajones más reputados de finales del siglo XIX, y los pone al servicio de una trama múltiple, con tres partes diferenciadas y que podrían leerse de manera independiente, para forjar una obra singular, desbordante, excesiva, con grandes momentos pero también con pasajes anodinos o directamente prescindibles.

Seguramente lo más llamativo de esta novela es su excepcional ambientación: pese a ser Palma un escritor español, el lector experimenta desde el principio la sensación de estar viviendo realmente en el Londres de aquella época, con sus calles, sus vestimentas, sus profesiones, su característico ambiente. Un marco escénico en el cual el escritor sitúa a personajes legendarios de la época, como El Hombre Elefante o Jack El Destripador, y los hace convivir no ya con otros creados por él, sino con algunos de los mejores escritores de aquel entonces (Bram Stoker, Henry James, Arthur Conan-Doyle), y en particular con H.G. Wells, padrino de la ciencia-ficción y probablemente el verdadero protagonista de la obra.

Otro gran acierto es presentar esta ucronía, de múltiples ramificaciones por mor de los viajes en el tiempo, como un romance científico, tan en boga durante aquellos años. Una tarea ambiciosa de la que Palma sale airoso tanto por temática como por estilo, sin que el resultado desmerezca en absoluto al logrado por ejemplo por el británico Christopher Priest en "La Máquina Espacial" (1976). Con el logro adicional que supone incorporar al narrador omniscente como una especie de personaje adicional que, como buen conocedor de todos los acontecimientos que se relatan, va guiando con desparpajo al lector por los episodios más relevantes.

En otro orden de cosas, las paradojas temporales que surgen al retorcer el autor el concepto de los viajes en el tiempo están en general bien resueltas, y dan lugar al que en mi opinión es, de lejos, el mejor capítulo de la novela: el intercambio de cartas entre Claire y Tom en la segunda parte, toda una exhibición a la hora de cómo ir encajando las distintas piezas en una historia futura ya conocida, además con la intervención destacada de Wells. Pero debo advertir que los viajes temporales están también tras muchos de los defectos que me impiden considerar al libro como una gran novela.

Para cualquier lector familiarizado con ellos, el más obvio es la paupérrima justificación que, tras nada menos que seiscientas páginas, ofrece finalmente Palma para defender que los seres humanos hayan alcanzado su aspiración de viajar en el tiempo. Tan floja que de un plumazo deja todas las peripecias y las especulaciones leídas hasta entonces como un mero entretenimiento. La multiplicidad de universos surgida de esas paradojas sin restricción no sólo desorienta al lector en los últimos capítulos, sino que provoca que el final, además de pobremente resuelto, apenas cause impacto.

Pero otros defectos atañen directamente a la habilidad de Palma como escritor: la estructuración de la novela en esas tres partes relativamente inconexas ya es cuestionable a pesar de sus palpables esfuerzos por enlazarla en el tramo final. Y traslada la impresión de que se trata de un libro escrito a tirones, sin un plan para narrar unos hechos concretos, y rematado a trancas y barrancas con ese esfuerzo final de cohesión. Algo agravado por el hecho de que el interés de esas tres historias es desigual: la primera es una historia de amor simplona y de desenlace previsible; la segunda, otra historia de amor un poco más elaborada aunque difícil de aceptar, a causa de un decorado tan imposiblemente inmenso que supuestamente ningún visitante cuestiona al formar parte de él que realmente esté visitando el año dos mil; y sólo la tercera se acerca a lo que cabría esperar por riqueza argumental y episodios determinantes. Pero en todas ellas la prosa es claramente mejorable (páginas y más páginas de descripciones, diálogos que en ocasiones parecen monólogos), en todas ellas hay muchas páginas de relleno (intrahistorias como la de la tribu africana, reseñas biográficas como la del Hombre Elefante o la del propio Wells), y en todas ellas, ante el acechante aburrimiento, es fácil que el lector sienta, como sentí yo, la tentación de saltar la página hasta la que por fin se retoma la historia principal. Razones que me hacen difícil comprender el que la novela fuera galardonada con el Premio Ateneo de Sevilla. Y que también explican por qué, aunque en años posteriores Palma ha expandido "El mapa del tiempo" hasta convertirla en la "Trilogía Victoriana" con las adiciones de "El mapa del cielo" (2012), y "El mapa del caos" (2014), nunca me he sentido impelido a continuar su lectura.

sábado, 19 de noviembre de 2022

"Zig zag" (2006). José Carlos Somoza

Con la presente entrada continúo avanzando en mi recorrido cronológico por los escritores más representativos de la literatura de ciencia-ficción en España, a través de sus obras de referencia. Hoy le ha llegado el turno a José Carlos Somoza, a quien voy a reseñar a través de su novela "Zig zag". Somoza es seguramente uno de los autores de ciencia-ficción más populares y de más éxito de nuestro país. En parte porque no se ha limitado a escribir dentro del género, sino que ha sabido acercarse con acierto a otros géneros de mayor repercusión comercial. Géneros que, lógicamente, se dejan notar cuando escribe ciencia-ficción. Pero en ocasiones, como en la novela que les traigo hoy, su encuadre dentro del género, por la preeminencia del elemento científico, por la cobertura de lo que en el momento de su publicación era el futuro cercano, y por la especulación sobre las implicaciones de lo que en ella se descubre, está fuera de toda duda. Estamos, pues, ante un libro que, a partir de una trama de ciencia-ficción, se desarrolla como un thriller, y que, a pesar de una extensión excesiva y cierta recreación en la violencia, resulta tan amena como convincente desde el punto de vista científico.

Quizás el acierto más llamativo de la novela sea el relativo a la ciencia: fruto de una preparación concienzuda y un asesoramiento multidisciplinar, Somoza nos propone un recorrido científico de altos vuelos. Desde el sugestivo uso que realiza de la teoría de cuerdas para las partículas subatómicas, pasando por el casi inevitable acelerador de partículas, hasta llegar a una plausible recreación del mundillo científico (cursos, disertaciones, proyectos ocultos, envidias...). El elenco de roles expertos en diversas y complementarias materias también le permite al escritor sacar un notable partido de la contemplación de imágenes del pasado. E incluso la combinación de arquetipos como el solitario y sádico Valente, con la poco frecuente mezcla de inteligencia y belleza extremas que caracterizan a su protagonista Elisa Robledo, permite que la novela se aleje del convencionalismo.

Recurrir a un formato de thriller para aprovechar estos sólidos cimientos tal vez no sea la mejor decisión si lo que se desea es primar la carga especulativa de la novela. Pero sí resulta una opción acertada para anteponer el entretenimiento: la obra se lee con mucha fluidez, a menudo cuesta interrumpir la lectura y, a pesar de que a veces desprende un aroma a best-seller que puede restarle repercusión literaria, Somoza demuestra ser un narrador sólido.

Otros aciertos reseñables son la minuciosidad a la hora de localizar espacial y temporalmente la novela (con mención especial para todos los detalles que se proporcionan sobre los distintos lugares de Madrid en los que la sitúa), las ilustraciones que puntualmente enriquecen el texto, la habilidad narrativa para que los diversos saltos hacia delante y hacia atrás en el tiempo no desorienten al lector, y una solvencia como escritor que sitúa la obra a la altura de cualquier producción anglosajona de nivel medio.

Entre los defectos que me impiden considerarla una gran novela, el más obvio es su extensión: mal común de estos tiempos, resulta especialmente obvio durante su primer tercio, demasiadas páginas y detalles sobre supuestos espionajes que se podrían haber resuelto en muchas menos cuartillas. En otro orden de cosas, que se produzcan muertes en una novela así parece inevitable, pero Somoza tiende a recrearse en detalles desagradables, casi obscenos, provocando que la violencia adquiera una relevancia excesiva. Algo parecido sucede con el frecuente empleo de barbarismos, o con las recurrentes referencias sexuales (incluidas las onanistas). Y el continuo recurso de ocultar tácitamente información al lector, de cerrar cada capítulo con una nueva alusión a "lo peor está por llegar", resulta tan evidente como cansino.

El final, aun pecando también de esos mismos defectos (longitud y trucos), sabe centrarse en lo que está experimentando cada personaje, y resulta razonablemente explicativo para la complejidad de lo narrado, lo que favorece la impresión final de lo que podría haber sido una gran novela, pero se queda en una lectura recomendable.

martes, 1 de noviembre de 2022

"Danza de tinieblas" (2005). Eduardo Vaquerizo

Con la presente entrada prosigo la reseña en orden cronológico de obras emblemáticas escritas por los principales autores de ciencia-ficción en España. Cruzamos ya la frontera del siglo XXI para hablarles de uno de los principales escritores que siguen representando el género en nuestros días: el madrileño Eduardo Vaquerizo. Un escritor que alcanzó popularidad y reconocimiento con la novela que hoy les presento: "Danza de tinieblas". Hasta tal punto que con el transcurso de los años esta novela ha derivado en trilogía, gracias a las secuelas "Memoria de tinieblas" (2013) y "Alba de tinieblas" (2018). Y es que "Danza de tinieblas" nos ofrece una ucronía original, con personalidad, bien ambientada, que recrea un Madrid alternativo en la primera mitad del siglo XX muy interesante desde el punto de vista social, pero que en mi opinión adolece de una trama débil, reiterativa y no muy bien presentada.

Sin duda la razón principal del reconocimiento y el éxito de la novela radica en su adaptación a la historia de España de la corriente steampunk que surgió dentro del subgénero de las ucronías a finales de los años ochenta, ambientado fundamentalmente en una Inglaterra victoriana alternativa caracterizada por sus mayores avances tecnológicos. En este caso el punto Jombar del que parte Vaquerizo (la ascensión al trono de Juan de Austria tras la repentina muerte de Felipe II) resulta tan factible como estimulante. Y el devenir histórico de los trescientos cincuenta años posteriores afianza muchas de las características del Siglo de Oro español, a las que el escritor añade unas dosis de modernidad industrial, creando un conjunto reconocible y atractivo.

A lo anterior debemos añadir un protagonista bien caracterizado (Joannes Salamanca), en el que conforme avanzan los capítulos iremos viendo crecer su resistencia a la adversidad, unos personajes secundarios reconocibles y que complementan bien el panorama (Fray Faustino, el Duque de Mier, Rebeca), y unos avances tecnológicos que, aunque basados en el carbón y en la incipiente electricidad, se presentan de forma verosímil como parte de esta historia alternativa.

Otra fortaleza de la novela es el Madrid de 1927, fácilmente reconocible en sus barrios y calles similares a las reales (desde el Paseo de la Castellana hasta Mirasierra), pero adaptado en su realidad a esta sociedad alternativa, llena de desigualdades sociales, sucia, esforzada y abarrotada. Algo a lo que contribuye la presencia en ella de todos los centros de poder (el Rey, los nobles, la Alhama judía, los cuerpos de seguridad...).

El principal problema de la novela es la endeblez de su trama. Una vez puestos en situación tras la función en el Teatrón y el crimen en Lavapiés, y hasta prácticamente la mitad del libro, la intriga se plantea como una fatigosa reiteración de encuentros en lugares sórdidos, en los cuales Joannes y el fraile, aparte de recrearse en el ambiente, no avanzan prácticamente nada en sus pesquisas. La sensación de novela que no avanza, de repeticiones vacuas, es poderosa y decepcionante. Cuando al fin Joannes se convierte en el chivo expiatorio de los asesinatos y empieza a ser perseguido, el libro mejora, pues el ritmo aumenta y la trama se convierte esencialmente en una historia de supervivencia, pero la intriga sigue mal desarrollada, y Vaquerizo no logra crear el clímax final.

A ello tenemos que sumarle algunas situaciones en las que Joannes sale indemne de manera excesivamente forzada, unos personajes cuyo esclarecimiento final resulta decepcionante (el fraile, el Duque), el surgimiento repentino y cercano al final del gremio de relojeros como poder en la sombra de todos los asesinatos, el recurso a unos gólems más míticos y fantásticos que creíbles a la hora de cometer los crímenes, y ciertos detalles como una vestimenta que apenas ha variado en más de tres siglos, o pasajes en los que el transcurrir del día hasta llegar a la noche presenta inesperadas inconsistencias.

El desenlace, más farragoso y violento que clarificador, sin que la naturaleza real de Rebeca constituya ninguna revelación, y con la no muy bien presentada alianza de Joannes con el judío Shlomo como colofon, no resulta satisfactorio. Y resultó ser la razón última por la que hasta el día de hoy no me he animado a leer las dos novelas anteriormente mencionadas: desde mi punto de vista, con el primer libro es suficiente.

lunes, 17 de octubre de 2022

"El enfrentamiento" (1996). Juan Carlos Planells

Con esta entrada continúo mi recorrido en orden cronológico por los principales escritores que han marcado la ciencia-ficción en España. Llegamos al año 1996, que fue cuando vio la luz "El enfrentamiento", de Juan Carlos Planells. Que para mí es, sin duda, una de las mejores novelas de la lista. Planells fue un escritor maldito, aficionado empedernido al género (al que contribuyó con innumerables reseñas y críticas, así como con un puñado de relatos y dos novelas), que siempre estuvo marcado por una sensación de fracaso, de valía no reconocida, hasta que murió casi en la indigencia en 2011, a la temprana edad de 61 años. Pero como al final lo relevante de todo creador es su legado, nos dejó como muestra de su talento la obra que les traigo hoy. Una novela ágil, muy bien escrita, que acerca a la cultura y la producción literaria españolas uno de los temas clásicos de la ciencia-ficción. Probablemente si hubiera sido pulida por algún editor con instinto e inteligencia, se habría convertido en uno de los clásicos por excelencia del género en España.

El tema de los universos paralelos no es nuevo, pero el enfoque de Planells sí es original: se centra en exclusiva en dos únicos universos, entre los años 1971 y 2009, y sitúa la narración casi exclusivamente en Barcelona. Todo ello le permite entroncar su novela con tantas otras de nuestra literatura patria ambientadas en la Ciudad Condal durante la segunda mitad del siglo XX, y emparentar su creación con las muchas ucronías en las que el Tercer Reich fue el vencedor de la Segunda Guerra Mundaial, presentando así una singular España dominada por los nazis.

Con esta base tan sólida, a Planells sólo le queda desplegar su llamativa solvencia como escritor: capítulos de duración casi siempre ajustada a lo que en ellos pretende narrar, descripciones precisas y asimilables, diálogos fluidos, un uso prácticamente irreprochable del idioma... Ese dominio del oficio y el interés por lo narrado provocan que resulte complicado interrumpir la lectura. Máxime cuando las páginas, especialmente las del primero de los dos libros que mayoritariamente la conforman, presentan una sociedad decadente y conformista, pero presidida por la omnipresente sensación de que algo grave se está gestando.

El empleo que hace el escritor del recurso de las "dos Barcelonas" es bastante acertado, primero eligiendo a un subconjunto de personajes común a ambos mundos, después respetando las particularidades e historia de cada uno, y finalmente uniéndolos en un plan terrorista que resulta fallido, como no podía ser de otra forma en una novela que destila un familiar pesimismo vital. Incluso la manera casi "científica" de relacionar ambos universos, con tan sólo unos pocos lugares y personajes desdoblados, resulta solvente dentro de la innegable dificultad que entraña dotar de cierta verosimilitud a este tema.

No es ésta una novela de graves defectos, pero le habría venido muy bien haber sido pulida para haber resultado irreprochable. Quizá lo más obvio sea el hecho de que algunos tramos habrían requerido un mayor desarrollo, para calibrar mejor los roles de determinados personajes, y comprender así mejor sus inquietudes. Asimismo, algunos pasajes del Libro Segundo habrían merecido una re-escritura para llevarlo al nivel del Primero. Por otra parte, el desenlace es un tanto previsible y parcial, a causa de los cabos sueltos que deja. Y por último, sobran claramente exabruptos y, para los que no dominamos el catalán, algunos nombres femeninos en ese idioma (Mercé, Ángels, Assumpta) pueden llevarnos a confundir personajes.

En todo caso, lo fascinante de las dos Barcelonas alternativas, capítulos impactantes como casi todos los que se ocupan de Pilar Bremen, y unas bien distribuidas dosis de novela policíaca, la convierten en una lectura claramente recomendable.

domingo, 9 de octubre de 2022

"El mundo de Yarek" (1993). Elia Barceló

Una entrada más prosigo con mi revisión en orden cronológico de los principales autores que han escrito ciencia-ficción en España. La de hoy es una entrada especial porque se trata de la primera que dedico a una escritora: al igual que sucedió en los países anglosajones, durante sus primeras décadas de existencia la literatura de ciencia-ficcion española fue esencialmente un géneros escrito (y leído) por hombres. En Estados Unidos ello comenzó a cambiar a finales de los años cincuenta y principios de los sesenta, pero dado el habitual retraso a la hora de abrazar las nuevas corrientes literarias de nuestra nación, no fue hasta los años noventa cuando algunas autoras patrias empezaron a adentrarse en este apasionante mundillo. Y sin duda, la que mayor repercusión alcanzó (y ha mantenido a lo largo de las siguientes décadas, con una obra literaria ya mayoritariamente encuadrada fuera del género) fue la alicantina Elia Barceló. Que en 1993 ya había escrito una serie de relatos que la habían dado a conocer, pero que recibió el espaldarazo definitivo como escritora con "El mundo de Yarek", la cual se alzó con el ya por entonces prestigioso Premio UPC de novela corta, y que desde entonces ya ha sido reeditada en varias ocasiones. Se trata de una novela humana, bien escrita, sobre el destino de un xenólogo a un planeta yermo, hecho que propiciará variadas e interesantes reflexiones.

Con un estilo que inevitablemente recuerda a la escritora del género por excelencia (Ursula K. LeGuin) por su respeto a la naturaleza y por la profesión de su protagonista, Barceló nos va relatando sin apenas tregua los graduales descubrimientos que sobre el planeta Yermo va realizando Lennart Yarek, su protagonista. Los cuales van influyendo en su revisión del sentimiento de culpa que preside su destierro, en sus exploraciones, y en las decisiones que irá tomando para proteger a los iloi, los habitantes de aspecto humanoide con los que se encontrará. Aunque habría venido bien algo de pausa, el lector va comprendiendo el mundo interior de Yarek y, aun sin ser un personaje particularmente agradable, llega a interiorizar con él. A menor escala, otros aciertos sustentan la novela: un elemento científico solvente en su discreto segundo plano, que confiere verosimilitud a la capacidad de supervivencia de Yarek, unos capítulos cortos pero llenos de situaciones, y una profundidad que se aleja de los ciclés habituales de la ciencia-ficción.

No obstante, Barceló se toma varias licencias literarias que cuestionan el resultado final: el mero destierro a un planeta completamente inexplorado se antoja una pena excesivamente extrema para una sociedad que suponemos avanzada; la vertiginosa conversión del páramo inicial que es Yermo en un paraíso desconocido hasta entonces para la comunidad científica tampoco parece realista; menos aún que del resultado de la cópula de Yarek con la iloi Jara resulte un ser vivo perfectamente viable; y menos incluso que ese ser vivo, Nova, carezca de herencia genética humana alguna.

Con todo, lo que en mayor medida impide considerar esta novela una obra redonda son sus dos capítulos finales. El salto narrativo propuesto por Barceló en ellos resulta difícil de asimilar. Pero es que, además, las elucubraciones de los jueces sobre el veredicto a emitir respecto al comportamiento de Yarek en Yermo resultan confusas. Incluso aunque la escritora intente justificar científicamente todo lo sucedido en los capítulos anteriores, el detonante de su deslocalización por una parte, y la necesidad de emitir un veredicto, por otra, resultan poco convincentes. Claramente un final menos disruptivo, y que volviera como Yarek a modo de cierre, le habría restado menos puntos a una novela que, aun así, merece una lectura.

domingo, 25 de septiembre de 2022

"Edad: 143 años" (1989). Jordi Sierra i Fabra

Con la presente entrada prosigo mi recorrido cronológico por los escritores más relevantes de ciencia-ficción en español. Ha llegado el turno de hablarles del barcelonés Jordi Sierra i Fabra, a través de una de sus novelas de ciencia-ficción más representativas: "Edad: 143 años". Para quienes no lo sitúen, Fabra es un prolífico autor (más de quinientos libros), que sobre todo es reconocido como escritor de libros para un público infantil y juvenil. Aunque también ha publicado decenas de libros sobre temática musical, centrados en algunos de los artistas de música contemporánea más relevantes de las últimas décadas. Semejante caudal creativo no ha sido, sin embargo, obstáculo para que Fabra se haya adentrado en algunas ocasiones en la literatura de ciencia-ficción, hasta convertirse en un nombre importante dentro del género. Siendo quizás la novela que reseño hoy su aportación más conocida al mismo: publicada originalmente en la colección Ultramar que dirigía, como ya comenté hace un par de entradas, el insigne Domingo Santos, su calidad y su temática han provocado que se haya reeditado frecuentemente desde entonces, correspondiendo la imagen que ilustra esta entrada a la reedición más reciente. Y es que el libro ofrece un meritorio y equilibrado acercamiento a la cuestión de la hibernación, con una encuesta pública ante la justicia como vehículo para desarrollar argumentos y contraargumentos, una vertiente sentimental muy adecuada (aunque un tanto esperable), y una extensión comedida que facilita la lectura.

Desarrollar una novela en torno a un juicio es sin duda más habitual en la literatura anglosajona que en la hispana, y quizá por eso la novela puede leerse sin prejuicios sobre el lugar donde fue escrita. Además, el juicio permite estructurar de manera sencilla la obra: con capítulos cortos que combinan las comparecencias de los testigos y los avatares personales del protagonista Juan Carlos Galí en los interludios, la narración es dinámica, y en ningún momento se va por las ramas. Además, Fabra realiza un exhaustivo análisis de las ventajas e inconvenientes de la hibernación desde diversas perspectivas (económica, política, sociológica, filosófica), y lo hace siempre desde la argumentación, permitiendo que el lector reflexione junto a él, en lo que constituye tal vez el mayor logro de la novela.

Otros aciertos reseñables desde mi punto de vista son: la sociedad de finales del siglo XXI, muy razonablemente evolucionada respecto a la actual (a pesar de detalles como el uso de disquetes...); la preocupación por la vertiente sentimental de la familia de Galí (potenciada por el Síndrome de Inmunodeficiencia Cerebral que Fabra inventa y establece para su hijo Jan); la interrelación que imagina entre los centros de poder (la banca - la justicia - los medios de comunicación); y la osadía de Galí recurriendo a su testigo de 145 años.

Lamentablemente, algunos defectos impiden considerarla un clásico de la literatura de ciencia-ficción en español. La encuesta pública ya es por sí misma una propuesta cuestionable, pero el fallo más obvio es la previsibilidad: desde el momento en que Jan entra en escena, el lector intuye el rol que va a desempeñar; lo mismo cuando Galí une el destino de los hibernados a la derogación de la ley anti-hibernación; incluso resulta sencillo anticipar la enfermedad de Struer. Otros defectos menos relevantes son el esquematismo de la mayoría de personajes (más propio de una cualquiera de las novelas juveniles del escritor), la omisión de roles que deberían ser clave en el juicio (como los herederos, o los albaceas de los testamentos), y en general, cierta renuencia a profundizar en los acontecimientos, en una aproximación que recuerda a las de las novelas de la Edad de Oro de la ciencia-ficción.

No obstante, a pesar de estos defectos el resultado final es claramente satisfactorio, y por ejemplo no desmerece respecto al nivel medio de los títulos editados por Ultramar en su recordada colección. Lo que considerando algunos de los autores y de las novelas publicadas en la misma, es decir mucho. Y explica por qué la novela sigue mereciendo el interés de los editores.

domingo, 4 de septiembre de 2022

"Mundos en el abismo" (1988). Juan Miguel Aguilera y Javier Redal

Una nueva entrada continúo por mi revisión de los principales escritores de ciencia-ficción en España, a través de sus obras más representativas. Hoy les voy a hablar de dos autores no reseñados hasta el momento Juan Miguel Aguilera y Javier Redal. Con los que quedó inaugurada para el gran público una práctica poco habitual en nuestro país: la creación de novelas de ciencia-ficción "a cuatro manos". Algo frecuente en los países en los que surgió el género (baste mencionar, por ejemplo, a Frederik Pohl y Cyril M. Kornbluth y sus espléndidas novelas los años cincuenta, o a Larry Niven y Jerry Pournelle, que alcanzaron la cima en los años setenta), pero infrecuente hasta entonces en España. Estos dos escritores valencianos rompieron esa soledad creativa del autor único con la novela que hoy reseño: "Mundos en el abismo". La cual, ademas, constituyó un hito por otras varias razones: fue la primera con una fuerte base científica en nuestro país, y dio lugar a varias secuelas a lo largo de los años, hasta conformar una saga que, salvando las distancias, podríamos emparentar con sagas míticas como la Fundación o Dune: se trata de la saga de Akasa-Puspa, así conocida por el cúmulo globular en el que transcurre, en el exterior de la Vía Láctea. Y es que, pese a sus altibajos, estamos frente a una novela muy ambiciosa, con un glosario de términos específicos, y varias ilustraciones que representan naves, alienígenas y marcos escénicos, rica en contenido y bien llevada, razones por las cuales las secuelas surgieron de manera natural. Aunque debo advertirles que no es un libro de lectura fácil.

El comienzo en particular es enormemente arduo: un marco escénico con gran cantidad de conceptos y términos desconocidos, que obligan una y otra vez a consultar el glosario al que aludía antes. Pero si tiene suficientes ganas de proseguir la lectura, el lector poco a poco se irá situando. Y descubrirá tres frentes complementarios e igualmente fascinantes: el Imperio, la Hermandad y la Utsarpini. Justo aquí aparece el primer defecto serio de la historia: pese a lo adecuado del resumen con los personajes principales que nos proporcionan, aparecen en escena, con trazos gruesos, varios personajes que al poco desaparecerán por completo de la narración: Khounde, Srila, Goswani... Da la impresión de que Aguilera y Redal fueron modificando sobre la marcha su idea inicial de la trama. Y eso no beneficia a su creación.

Pero tanto los antecedentes históricos como la situación socio-política, con un papel preponderante de la ciencia, están en un nivel medio similar al de muchas producciones anglosajonas. Akasa-puspa, con esas distancias relativamente cortas entre estrellas que posibilitan los viajes interestelares, es un marco escénico complejo, coherente físicamente, y con una riqueza cultural comparable a su tamaño. La estructura de los planetas se basa acertadamente en la idea del ascensor espacial de Charles Sheffield / Arthur C. Clarke, y el ambiente de las complejas naves está logrado: rígido en la rudimentaria Vajra, grandilocuente y vacuo en la descomunal Vijaya. Todos ellos grandes logros.

El descubrimiento de la esfera es el acontecimiento que introduce el sentido de la maravilla, tan necesario en la ciencia-ficción. Y la gran cantidad de hipótesis y posibilidades al respecto consiguen cautivar al lector. Pero dado que la novela no es excesivamente larga para todo lo que encierra, los acontecimientos se precipitan, y no con total claridad: la toma de la Vijaya, por ejemplo, resulta de una violencia excesiva, y quedan varios transbordadores con no se sabe bien quiénes a bordo, flotando por algún sitio. Y si bien las páginas de desolación en la esfera, así como la rudimentaria existencia de los esferitas, me parecen aciertos incuestionables, una vez tras otra los escritores insisten en contraponer ciencia y religión, de manera tan vehemente que pueden llegar a cansar al lector.

El final es probablemente el esperado: más que terminar la narración, la interrumpen, pues hay demasiados elementos en juego como para renunciar a continuar con la historia. Algo no necesariamente reprobable, pues a lo largo de toda la novela había primado la ambientación sobre la trama. Y que en parte quedaría subsanado en el resto de novelas que a día de hoy conforman la saga: "Hijos de la eternidad" (1990), "El refugio" (1994), "En un vacío insondable" (1994) y, ya escrita por Aguilera en solitario, "Mundos y demonios" (2005). Una vastedad literaria que ha ido pareja al interés despertado, pues como ilustra la imagen que acompaña esta entrada, recientemente se ha reeditado esta primera novela. Aunque debo reconocer que, a pesar del reconocimiento alcanzado por la misma y por varias de sus secuelas, la complejidad argumental y la cierta frialdad de lo narrado provocaron que, hasta la fecha, no haya proseguido con las siguientes novelas que la conforman. Pero no descarto hacerlo en un futuro.

martes, 23 de agosto de 2022

"Hacedor de mundos" (1986). Domingo Santos

Con la entrada que les traigo hoy continúo mi recorrido en orden cronológico por los principales escritores y obras de ciencia-ficción en España. Ha llegado el momento de hablarles del que seguramente ha sido el mayor contribuidor a la difusión de este género literario en nuestro país: Pedro Domingo Mutiñó, más conocido como Domingo Santos. Quien aparte de un notable escritor, autor de más de una decena de novelas "para adultos" (la última de las cuales es precisamente la que les traigo hoy), fue un incansable traductor de las mejores obras del género, además de editor pertinaz y director de algunas de las más relevantes colecciones de nuestro país. Toda una institución, cuya fama es incluso inferior al reconocimiento que merece. Y que explica que incluso en la actualidad el congreso español de ciencia-ficción entregue cada año un premio literario que lleva su nombre. Por no mencionar que, indudablemente, es uno de los principales responsables de que yo haya mantenido mi pasión por este género literario a lo largo de varias décadas.

Domingo fue un escritor fuertemente influido por la ingente cantidad de obras que tradujo, lo que proporcionó a su bibliografía una profundidad temática y una calidad literaria que sin duda sorprendería a quienes desde la ignorancia aún desprecian este maravilloso género. Algo que se hizo particularmente patente en "Hacedor de mundos", la novela que reseño hoy. Cuando fue publicada en 1986, Domingo era precisamente el director de Ultramar Grandes Éxitos de Bolsillo, así que aprovechó esta circunstancia para dar salida a su última gran obra en esta editorial, que por aquel entonces estaba publicando masivamente obras de escritores anglosajones relativamente emparentados estilísticamente con Domingo (Robert Silverberg, Bernard Wolfe, Tomas M. Disch, Philip José Farmer). Y es que, aunque con algunos altibajos, es ésta una novela satisfactoria, que no desmerece el nivel medio de dicha colección, y que en mi caso sirvió para desmontar los tabúes que mantenía hace casi treinta años con respecto a la literatura de ciencia-ficción española.

Y es que la idea central del libro, aunque quizá nos parezca demasiado descabellada para la ciencia actual, es muy interesante: se desconoce la magnitud del poder del protagonista, pero se adivinan unos cuestionamientos de la realidad con reminiscencias de Philip K. Dick que captan la atención del lector. En mi opinión, el comienzo es lo mejor de la novela: la dramática situación de Cobos se presenta con habilidad narrativa, y su salvación da paso a unos capítulos fascinantes. Citar entre ellos la entrevista con Pagot, la toma de contacto con los Dórleas, o simplemente la magnitud del poder. Por otra parte, como adelantaba antes, la prosa de Santos es fluida, y con un vocabulario más que notable, lo que facilita el disfrute. Tal vez abuse en su gusto por el detalle (sobre todo en las frases que suele emplear para acompañar a una conversación), y en la recurrente sustitución del impersonal por la segunda persona, pero esta novela es una buena muestra de que sus cualidades como escritor quedaban fuera de toda duda.

Es cierto que, una vez la situación queda completamente planteada, el interés desciende. Desde mi punto de vista, Santos recurre en demasía al elemento sexual entre la pareja protagonista, y deja un tanto de lado su compenetración a otros niveles. En particular el capítulo de las visiones oníricas llega a fatigar por su delirio, y hace temer al lector más páginas de ese tipo. Pero afortunadamente el autor aprovecha su conocimiento de ciudades como París y Ginebra para, a partir de ahí, relanzar la historia. A pesar de lo cual la hermandad de poseedores del poder me parece demasiado endeble, y su aniquilación no se narra con la suficiente chispa. Tampoco termina de calar en el lector la idea de que la supremacía del poder se haya clarificado completamente, así que tras unas páginas de sospechosa calma, no sorprende en demasía la aparición de los verdaderos ostentadores del poder. Pero las reflexiones que se plantean entonces sobre su influencia en el pasado y en el futuro de la humanidad sí que son de gran interés, y se adaptan perfectamente a la idea construida por él. Y el "nuevo" desenlace sí está a la altura de lo esperado, en especial unas referencias religiosas que contribuyen a mejorar la impresión global de una obra que, treinta y cinco años después, admite una lectura rigurosa por todo buen aficionado al género.

miércoles, 10 de agosto de 2022

"Quizá nos lleve el viento al infinito" (1984). Gonzalo Torrente Ballester

Una entrada más continúo con la reseña en orden cronológico de las principales obras de ciencia-ficción en español, a cargo de sus autores más representativos. A mediados de la década de los ochenta, el hoy injustamente olvidado (los prejuicios no literarios, una vez más) Gonzalo Torrente Ballester gozaba de un gran reconocimiento de crítica y público, y se encontraba en un punto de su carrera en el que contaba con libertad absoluta para escribir lo que quisiera. Aun así, a algunos les sorprenderá que se acercara sin remilgos a la literatura de ciencia-ficción. Pero tal es el caso de "Quizá nos lleve el viento al infinito", la novela que les traigo hoy. Y es que, bajo la apariencia inicial de una trama de detectives, con la Guerra Fría vigente entonces como excusa y el Telón de Acero como trasfondo, la obra encierra un tratamiento elaborado de dos de los temas clásicos de la ciencia-ficción: los robots de aspecto humano (androides, cyborgs...), y la trasmudación de los cuerpos. Con algunas licencias literarias fáciles de detectar para el aficionado al género, y un resultado irregular.

Como si de un homenaje explícito a Isaac Asimov se tratara, Ballester escoge también el envoltorio detectivesco para ir introduciendo la carga especulativa y el sentido de la maravilla característicos de la ciencia-ficción clásica. Aunque en ningún momento el escritor especifica la fecha en la que suceden los acontecimientos, se entiende que la acción transcurre en los años ochenta del pasado siglo. Unos años en los que las en apariencia poderosas organizaciones de espionaje a uno y otro lado del Muro de Berlín (en realidad parodiadas por Ballester para evidenciar la prevalencia en las mismas de las pasiones humanas, así como el escaso nivel de sus dirigentes) andan desconcertadas por una serie de actos de contraespionaje inexplicables, los cuales, sólo mediante un esfuerzo consciente por dejar el raciocinio aparte, comienzan a ser atribuidos a un personaje misterioso de naturaleza incierta: el "Maestro de las huellas que se pierden en la niebla". Un personaje que lleva hasta el extremo la especulación sobre la transmudación de los cuerpos, dejando atrás por ejemplo el acercamiento hecho por Dick al tema sólo unos años antes en "La Transmigración de Timothy Archer".

Por si todo lo anterior fuera poco, y sin renunciar a sus parodias, Ballester añade varios robots a su trama. Empezando por identificar al muy popular James Bond como un robot (por cierto, ya en desuso), e incorporando después otros dos robots de apariencia humana: mujeres atractivas, de papel fundamental en la obra, que intentarán alcanzar su libertad individual más allá de su mecanicismo programado por caminos antagónicos.

El problema de la novela es que Ballester no trabaja lo suficiente algunas cuestiones básicas para dotar de consistencia a su obra, y se permite ciertas licencias que suponen un plus de esfuerzo para el lector. El primer gran obstáculo es que no se comprende por qué tanto revuelo en ambos servicios secretos: la alusión a la filtración de un Plan Estratégico, que posteriormente será contrarrestrada por otro Plan de similar naturaleza en el bando contrario, es siempre velada y opaca, y nunca ejerce de motor sobre el que gire la trama. De suerte que, en especial durante el primer tercio del libro, la novela es poco más que una serie de transmudaciones del Maestro, sin demasiado sentido ni atractivo a los ojos del lector. A ello se suma una prosa barroca, demasiado recargada, que a veces se detiene en detalles nimios y otras pasa por alto explicaciones básicas.

Lo peor, sin duda, es lo mal que están resueltas las metamorfosis del Maestro. Aunque el escritor menciona la infancia del protagonista y un maestro hindú que le ayudó a perfeccionar sus habilidades, la técnica empleada es completamente inverosímil, y la adopción inmediata de los rasgos de la persona suplantada, inadmisible. Además, ésta permanece en una especie de estado comatoso durante días, para regresar luego a su ser como si nada... Los androides, en cambio, sí resultan más plausibles, con sus cables y su necesidad periódica de energía, y el por otra parte excesivamente largo epílogo en el que Ballester intenta justificar cómo Irina fue desarrollando su personalidad mística, contribuye a ello.

Con estos inconvenientes, que apartan la novela de una mejor valoración global, lo sensato es quedarse con los aciertos que aún hoy en día mantiene la novela: la ambientación de París y Berlín en la Guerra Fría, las profusas especulaciones sobre los robots, la yuxtaposición entre vida orgánica y vida mecánica, la inesperada solidez de la historia de amor entre el Maestro e Irina, y el cuestionamiento final sobre la auténtica naturaleza del Maestro. Mimbres que podrían haber servido para crear una gran novela, y no una curiosidad bibliográfica de un excelente escritor.

domingo, 17 de julio de 2022

"Lágrimas de luz" (1982). Rafael Marín

Una entrada más prosigo con mi reseña en orden cronológico de muchas de las principales obras de ciencia-ficción escritas en España. Llegamos a 1982, año en que fue publicada por vez primera "Lágrimas de luz", la opera prima del gaditano Rafael Marín Trechera (no confundir con el poeta Rafael Marín). Una novela que casi desde el principio fue considerada un clásico menor de la literatura de ciencia-ficción en nuestra idioma, entrando a formar parte apenas tres años más tarde de la emblemática "Biblioteca de Ciencia-Ficción" de la Editorial Orbis, y recibiendo desde entonces continuas reediciones hasta nuestros días. Un reconocimiento que comparto solamente en parte. Y es que la presente es una novela variada, densa y bien escrita, sobre la vida de Hamlet Evans en un futuro muy lejano. Pero a la que le sobran coincidencias, le falta evolución social, y le perjudican excesivas dosis de lirismo.

Defectos que, debo reconocer, resultan mayormente disculpables si consideramos que Marín tenía tan sólo veintidós años cuando escribió este libro. A tan corta edad ya mostraba una poderosa personalidad como escritor, así como un gran dominio de nuestro idioma. Dos pilares que le sirvieron de base para elaborar un recorrido de algo más de veinte años por la vida de Hamlet, su protagonista absoluto. Un periplo en el que no faltan encuentros sexuales, ni pasajes de aventura, ni dosis de especulación, ni siquiera varias razas extraterrresteres como los nors o los ascaris. Todo lo cual contribuye a la riqueza argumental y a la amenidad del libro, y fue clave para conferirle ese lugar de privilegio en nuestra literatura al que aludía anteriormente.

Virtudes que no consiguen empañar ciertos defectos que explican que mi impresión final no fuera todo lo que favorable que esperaba cuando la leí. El más obvio es la ausencia de un motor, de una misión que dinamice la lectura: la vida de Hamlet va transcurriendo por distintas etapas sin demasiada hilazón entre ellas, y ello provoca la alternancia de capítulos brillantes y disfrutables (en especial su periodo como poeta oficial a bordo de la Marfil), con otros eminentemente filosóficos, o algunos simplemente especulativos en demasía, o más enfocados a potenciar el lirismo de la novela que a relatar las peripecias del protagonista. Con lo cual el interés del lector va sufriendo altibajos.

A ello debemos añadir que la Tercera Edad Media que Marín imagina para su futuro lejano resulta sorprendentemente inmovilista desde el punto de vista social: la poesía como herramienta imprescindible para ensalzar las victorias de la Corporación en su expansión por la Galaxia parece un arcaísmo ingenuo; más aún presentar un circo muy similar a los actuales (detalles tecnológicos aparte) como uno de los principales entretenimientos de masas en ese futuro tan lejano. La brutalidad de esa Corporación que se expande sin piedad por el Confín también parece más propia de un estado evolutivo anterior de la especie humana. Y como guinda, en tan vasto marco escénico, con miles y miles de millones de seres humanos que en principio deberían haber evolucionado en sus cualidades, Marín se toma ciertas licencias en forma de errores garrafales (como los que comete el Capitán Ares Wayne), o de nada plausibles coincidencias (como los reencuentros de Hamlet con Orfeo), que no ayudan a la sensación de verosimilitud. Otros defectos menores son la imposible sostenibilidad, ni siquiera a corto plazo, de la división social en el planeta Mandara, el posicionamiento nada disimulado y reiterativo de Marín en contra de la colonización perpetua de la Corporación, y la atribución a un ente difícilmente aprehensible como Nueva York del poder absoluto sobre toda la humanidad.

A cambio, la novela ofrece un elemento científico razonablemente bien cuidado (desde "alterados" creados por las más avanzadas técnicas de la Corporación, hasta "tormentas magnéticas"), una buena caracterización de los personajes con los que se va cruzando Hamlet en su periplo vital (desde la camaradería de Salvador, hasta los episodios de amor con Hroswitha o Wimdyl), la humanidad que desprenden sus páginas, o la manera como enlaza el principio y el fin de la historia, ambos focalizados en la vida de Hamlet como director de circo. Argumentos que, sin duda, justifican una lectura por parte de aquellos interesados en conocer la literatura de ciencia-ficción en nuestro país.

domingo, 3 de julio de 2022

"Viaje a un planeta Wu Wei" (1976). Gabriel Bermúdez Castillo

Una entrada más prosigo con los escritores españoles que han alcanzado una mayor relevancia a la hora de escribir literatura de ciencia-ficción. Nuestro recorrido a lo largo de los años nos sitúa ya en 1976, año en que fue publicado por primera vez "Viaje a un planeta Wu Wei", del aragonés Gabriel Bermúdez Castillo. Una obra que inicialmente tuvo una difusión muy limitada, pero que a lo largo de las décadas ha sido reeditada en diversas ocasiones, lo que refleja el impacto que, de manera gradual, ha ido alcanzando en nuestro país. Y es que se trata de una novela muy extensa, densa, que acerca con habilidad la ciencia-ficción a otros géneros literarios, con un saludable gusto por las aventuras, un contexto que resulta mucho más sólido de lo que inicialmente parece, y una cierta irregularidad que juega en su contra y lastra en cierta medida el resultado final.

En mi opinión, las dos mayores virtudes de este libro son la gestión del factor sorpresa, y la versatilidad para dar cabida dentro de su trama a otros géneros. La sorpresa está muy presente nada más arrancar (con el peculiar destierro de la ciudad que sufre Sergio Armstrong, protagonista absoluto de la historia, tan pronto como éste comienza a profundizar en la vida que llevan los seres humanos en la Tierra), y de manera especial en el tramo final (tras la muerte del presidente Jorge III), cuando muchas piezas que hasta entonces habían parecido entre inconexas e inverosímiles encajan con una naturalidad pasmosa. Y la versatilidad la reflejan los múltiples géneros por los que va transitando la novela según avanzan los capítulos: ciencia-ficción que deviene en novela de aventuras cuyo único objetivo es la supervivencia, después western, más tarde fantasía, elementos de terror, nuevamente aventuras, capítulos de fuerte contenido mitológico, y vuelta a la ciencia-ficción para dotar a (casi) todo lo anterior de sentido. Tal ambición justifica sobradamente la extensión del libro.

En el capítulo de las virtudes podemos incluir la habilidad literaria del escritor para sacarle partido a los episodios de aventuras que periódicamente dinamizan la acción. Otro punto fuerte es el elenco de personajes: además del propio Sergio, quien resulta razonablemente solvente pese a que sus motivaciones sólo se comprenden en las páginas finales, el lector le acaba cogiendo cariño a unos personajes en el límite de lo excesivo pero que no dejan indiferentes: el Vikingo, el Manchurri, Marta di Jorse, el Capitán Grotton... La filosofía Wu-Wei que da título al libro, mezcla de anarquía, pasividad y comunión con la naturaleza, también resulta aprehensible, pese a que nunca se llega a explicar del todo. Y la abundancia de conceptos creados por Bermúdez para ambientar su particular universo (autociclos, mandriles, Piedra de la Luna, cellisas) y de otros ajenos pero provocativos y bien engarzados en la trama (poligamia, ausencia de Estado, canibalismo) refleja a las claras la riqueza argumental de la novela.

Para mí los dos defectos que más negativamente afectan al resultado final son la prevalencia en diversos momentos de los elementos fantásticos y de terror, y la extensión de todos los capítulos. Y es que la novela habría sido casi igual de ambiciosa pero mucho más defendible sin elfos, náyades, conjuros y demás parafernalia que ni siquiera las explicaciones finales consiguen justificar. Por no hablar de Herder, BILETO, la estrella Gabkar, los palacios que cambian de forma, y la presencia de elementos malignos, sin duda las páginas más pesadas de toda la novela. Sólo un escalón por debajo se sitúa el hecho de que con ciento y pico mil palabras escritas tan sólo haya trece capítulos. Ello se explica porque Bermúdez enlaza episodios inconexos dentro de un mismo capítulo sin dar tregua al lector, por lo que salvo cuando la aventura está en su punto álgido, la fatiga suele aparecer. Tampoco ayuda una cierta petulancia a la hora de escoger el vocabuliario, ni una edición (a cargo de la editorial Avalón) poco cuidada, que eliminaba puntos y aparte, mezclaba diálogos con descripciones, y aprovechaba sin disimulo hasta el último espacio disponible.

El final, con todas las explicaciones que proporciona el autor sobre los acontecimientos pretéritos que desembocan en la situación presente, y el posicionamiento nítido del autor en contra del tecnológico mundo sobre-controlado y en favor del Wu-Wei, mejora claramente la impresión global, y confirma la existencia de un plan concienzudo de Bermúdez para hacer reflexionar al lector más allá del mero entretenimiento. Lo que posiblemente explique que a día de hoy se considere a esta nivela un clásico menor dentro de la literatura de ciencia-ficción en España, y que desde mi punto de vista merezca una lectura en cualquiera de esas continuas reediciones a las que aludía al comienzo.

"Amos del Nospacio" (2024). Adrian Tchaikovsky

Con la presente entrada concluyo (incluso con los añadidos de última hora) mi segundo recorrido por las sagas más relevantes para el lector...

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