Con la entrada de hoy prosigo mi recorrido en orden cronológico por alguna de las sagas que aún no habían aparecido en este humilde blog. O no en toda su extensión, como es el caso de la novela que les traigo hoy. Que, además, posee otra particularidad: es una saga escrita por un escritor español. En concreto, se trata de la Trilogía Victoriana del gaditano Félix J. Palma. Una saga de la que ya les había hablado a través de su primera entrega, "El Mapa del Tiempo", cuando realicé mi recorrido por los escritores más representativos de la literatura de ciencia-ficción en España. Pero en la que nunca había seguido profundizando. Y es que, como ya expuse en su momento, su lectura no me acabó de cautivar y, tratándose de una serie de novelas muy extensas, no tenía muy claro si algún día me animaría a proseguir con su lectura. Pero, años más tarde, finalmente le di una oportunidad a su segunda entrega, "El Mapa del Cielo", y por eso se la traigo hoy por aquí. Y es que, aunque comparte varios defectos con su predecesora, se trata de una entrega, en mi opinión, ligeramente superior a ella, que dentro de una trama de ciencia-ficción inserta una historia de amor, y adereza el conjunto incorporando a varios personajes históricos.
Como les anticipaba, uno de los fallos principales del libro es su extensión excesiva. Y eso es algo muy evidente desde el propio comienzo: por mucho que el autor necesite refrescarnos algunos pasajes de "El Mapa del Tiempo" para poder disfrutar de esta segunda entrega, y por mucho que juegue a ser el narrador omnisciente con poder absoluto sobre lo que va a experimentar el lector, la lentitud que lastra el comienzo será aplicable a prácticamente toda la obra. Y lo mismo cabe decir respecto a su morosidad verbal. A lo largo de más de setecientas páginas Palma nos llegará incluso a relatar varias veces los mismos sucesos desde el punto de vista de diferentes personajes. Y lo hará mediante una cantidad ingente de párrafos larguísimos, y por el contrario, mediante muy pocos diálogos. Aunque si el lector pone un poco de su parte y no se deja abrumar por estas dificultades, la lectura termina siendo entretenida. Y mantiene la intriga hasta el final.
Porque la historia de amor que supuestamente dinamiza la novela es en realidad un aspecto complementario de una narración de aventuras en la que Palma recurre a varias de las temáticas más conocidas en la literatura de ciencia-ficción (el primer contacto, la invasión extraterrestre, los universos paralelos, el viaje en el tiempo y sus paradojas...). Un despliegue que para el aficionado al género puede resultar poco llamativo y hasta pesado, pero del que el autor sale airoso de cara al público general gracias a condimentos como cierta ambientación steampunk o el homenaje a tótems de la literatura anglosajona, como Edgar Allan Poe o Herbert George Wells.
La profundización en algunas de las vivencias de ambos escritores (en el caso de Wells, prácticamente recorre su vida de cabo a rabo), y la alteración que realiza de las mismas para adaptarlas a una trama que, poco a poco, irá encajando una sucesión de piezas aparentemente inconexas contribuye, sin duda, a que el público anglosajón se haya interesado por esta novela (su traducción al inglés constituyó un notable éxito de ventas). Pero también hay que reconocer que servirse de personajes y episodios conocidos le facilita el trabajo al escritor, pues una vez documentado al respecto, ya tiene a sus personajes principales creados, y sólo es cuestión de rodearlos de otros ya predefinidos por el argumento para completar su elenco. Aun así, el protagonista real del libro, Wells, se me antojó un tanto estereotipado, rígido en su caracterización. Y la supuesta pareja protagonista, el ricachón Gillian Murray y la bella joven Emma Harlow, encargados de ofrecernos la historia de amor, desempeñan un rol a menudo secundario, y desaparecen cuando aún queda casi una quinta parte de la novela, sin haber influido de manera determinante en la misma.
Siguiendo con los defectos de esta segunda entrega, el "mapa del cielo" que le da título no termina de ser el elemento que vertebre sus tres partes, y el mensaje que Palma intenta ofrecer con él, no termina de entenderse. La prosa del escritor, aunque original, fluida y bien surtida de recursos estilísticos, a veces peca de un afán de lucimiento excesivo, y otras de errores obvios a la hora de emplear nuestro idioma (por ejemplo, hatajo sin "h", "olor" en vez de "loor", "conciencia" en lugar de "consciencia", o la conjugación incorrecta en plural de sujetos que enuncia en singular como "la mayoría" o "nadie"). En otro orden de cosas, el escritor a veces se excede en su juego con el lector, y lo engaña abiertamente en busca de un elemento sorpresa tan exacerbado que en ocasiones se vuelve contra él. Y conforme avanza la lectura, se va imponiendo la sensación de que todo es posible, y que por lo tanto, el autor puede tomarse la licencia de fantasear mucho más allá de lo verosímil.
A cambio, debo reseñar que el elemento científico está razonablemente bien tratado en sus múltiples vertientes, especialmente si lo miramos a través del prisma de los conocimientos tecnológicos y científicos de finales del siglo XIX. Y también que incluso subtramas aparentemente sin hilazón van convergiendo de manera convincente conforme avanza la lectura. El escritor logra a menudo su cometido de generar intensas emociones en el lector (de la ternura al terror, de la intriga a la desesperanza). Y gana puntos cuando nos presenta esa especie de sociedad maquinal, casi distópica, que instauran los marcianos en la Tierra tras su victoria. Hasta culminar su lista de aciertos con esa oda al amor que nos ofrece como conclusión a tanto derroche creativo, a tanto extraterrestre malvado y tanta recreación de la obra de Wells. Aunque el resultado de semejante esfuerzo no me convenció tanto como para decidirme a iniciar la lectura de la tercera y última entrega de la saga, "El Mapa del Caos". ¿Me animaré algún día?
Un apasionado de la literatura de ciencia-ficción y escritor a tiempo parcial que dedica parte de sus escasos ratos libres a compartir su pasión con el resto de aficionados.
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viernes, 28 de marzo de 2025
domingo, 14 de julio de 2024
"Viaje Alucinante II. Destino Cerebro" (1987). Isaac Asimov
La entrada de hoy me permite saldar una vieja deuda que había contraído con este humilde blog. Porque cuando hace más de una década comencé mi primera revisión de las sagas más relevantes de la literatura de ciencia-ficción, tuve que dejar fuera la Saga de Viaje Alucinante, del afamado escritor estadounidense Isaac Asimov, dado que aunque había leído años atrás ambas novelas, no conservaba anotación alguna sobre la segunda de ellas: "Viaje Alucinante II. Destino Cerebro". Así que fui sincero con todos ustedes al otro lado de la red y, en vez de elaborar una reseña únicamente con lo que retenía en mi mente sobre la misma, la excluí a propósito de dicha revisión. Sin embargo, años más tarde, aprovechando un descanso vacacional, releí la novela que hoy les traigo y, entonces sí, tomé notas abundantes que me permiten hoy reseñar esta más que interesante novela como parte de mi nueva revisión de las sagas en la ciencia-ficción. Y debo adelantarles que a mi modo de ver se trata de una obra injustamente infravalorada del Buen Doctor. Quizá porque con carácter general se da por hecho el menor nivel de sus últimos años de producción, o quizá porque carece de la originalidad que veinte años antes ofrecía la que fue la primera novela de la saga: "Viaje Alucinante" (1966). Pero he de decirles que esta segunda entrega es una obra amena, científica, enriquecida con reflexiones relevantes y ciertas dosis de intriga. Y por tanto, perfectamente asimilable al resto de su producción literaria.
Para mí lo mejor de la novela es, sin duda, lo elaborado y desarrollado de su elemento científico. Aunque hasta donde sabemos la miniaturización sigue siendo imposible, en su nota inicial Asimov confiesa la incomodidad que le producía la forma en que había tratado ciertas cuestiones científicas en la primera novela de la saga (al fin y al cabo, una adaptación literaria por encargo de una película estrenada con anterioridad). Por lo que no es de extrañar el mimo que el escritor pone en esta segunda novela a la hora de conferir rigor a todas estas cuestiones: desde la pretendida relación teórica entre la disminución de la constante de Planck y el aumento de la velocidad de la luz que hace posible la técnica, hasta la recapitulación en las páginas finales sobre las propiedades de los campos de miniaturización, y cómo por ejemplo sí afectan a la interacción gravitacional pero no a la interacción electromagnética. Incluso las habilidades y los roles de los cinco tripulantes de la nave miniaturizada son no sólo razonables sino complementarios desde un punto de vista tecnológico.
Además, Asimov sabe cómo hace una lectura amena una lectura sobre conceptos tan complejos: capítulos cortos, predominio de los diálogos sobre las descripciones y los pensamientos, acontecimientos que no dejan de sucederse, nada de petulancia al escribir, incluso consigue incorporar su tan característico elemento de intriga. Que aquí surge de manera casi natural al ser su protagonista (el fracasado científico estadounidense Albert Morrison) raptado por agentes soviéticos para completar la lista de habilidades necesarias a la hora de introducirse en el cerebro del gran científico Shapirov, ahora en coma. Aunque esta contraposición Estados Unidos - Unión Soviética que sustenta la novela tal vez dé lugar también a su mayor defecto.
Y es que ese antagonismo tan propio de la Guerra Fría es extrapolado por Asimov a nuestro siglo XXI... Y claro, ello provoca irremisiblemente que la pretendida sensación de verosimilitud haga aguas. Lo cual es una pena, porque el escritor exhibe a lo largo de la misma su amplio dominio de ambas culturas, y nos ofrece varias reflexiones respecto a sus diferencias. Pero con otra potencia más pujante que la Unión Soviética en el siglo XXI (viene a la mente China) la novela indudablemente habría ganado. Siguiendo con los defectos, el otro destacable es la ausencia de un plan realista una vez la nave penetre en el cerebro de Shapirov: la presunta ambición de poder captar, no ya sus pensamientos en general, sino sus últimas averiguaciones sobre la miniaturización, resulta por completo descabellada, así que el fracaso de la expedición en este aspecto es en realidad esperable. Otros defectos menores son el surgimiento de una serie de complicaciones que fácilmente podían haberse previsto de antemano (piénsese por ejemplo en la necesidad sobrevenida de tener que renunciar a las comunicaciones con el exterior simplemente para poder dirigir la nave), o también la forma tan repentina en que Sofia Kalinin y Yuri Konve se reconcilian, o incluso la ingenuidad con la que Asimov trata aspectos informáticos (programas que no son secuencias de instrucciones sino objetos físicos, ejecutables únicamente en máquinas concretas).
A cambio, la novela está llena de buenos momentos (desde la propia introducción de la nave en el cuerpo, hasta sus peripecias con organelos primero y con moléculas más adelante). Destacar asimismo las brillantes ideas con las que los distintos miembros de la tripulación consiguen resolver los problemas que van surgiendo, así como las reflexiones geopolíticas, o sobre la ética en la comunidad científica, o incluso sobre el futuro que le puede esperar a la humanidad, y la habilidad con la que Asimov consigue que la expedición sí termine siendo un éxito a otros niveles (desde la verificación de la miniaturización como una técnica válida a nivel intracraneal, hasta la utilización del programa y las averiguraciones de Morrison con el concepto de la telepatía). Todo ello como parte de un final trepidante, con varias sorpresas, y a la vez satisfactorio a la hora de no dejar cabos sueltos. En suma, una lectura recomendable en general y prácticamente imprescindible para todos los que valoren la obra del Gran Maestro.
Para mí lo mejor de la novela es, sin duda, lo elaborado y desarrollado de su elemento científico. Aunque hasta donde sabemos la miniaturización sigue siendo imposible, en su nota inicial Asimov confiesa la incomodidad que le producía la forma en que había tratado ciertas cuestiones científicas en la primera novela de la saga (al fin y al cabo, una adaptación literaria por encargo de una película estrenada con anterioridad). Por lo que no es de extrañar el mimo que el escritor pone en esta segunda novela a la hora de conferir rigor a todas estas cuestiones: desde la pretendida relación teórica entre la disminución de la constante de Planck y el aumento de la velocidad de la luz que hace posible la técnica, hasta la recapitulación en las páginas finales sobre las propiedades de los campos de miniaturización, y cómo por ejemplo sí afectan a la interacción gravitacional pero no a la interacción electromagnética. Incluso las habilidades y los roles de los cinco tripulantes de la nave miniaturizada son no sólo razonables sino complementarios desde un punto de vista tecnológico.
Además, Asimov sabe cómo hace una lectura amena una lectura sobre conceptos tan complejos: capítulos cortos, predominio de los diálogos sobre las descripciones y los pensamientos, acontecimientos que no dejan de sucederse, nada de petulancia al escribir, incluso consigue incorporar su tan característico elemento de intriga. Que aquí surge de manera casi natural al ser su protagonista (el fracasado científico estadounidense Albert Morrison) raptado por agentes soviéticos para completar la lista de habilidades necesarias a la hora de introducirse en el cerebro del gran científico Shapirov, ahora en coma. Aunque esta contraposición Estados Unidos - Unión Soviética que sustenta la novela tal vez dé lugar también a su mayor defecto.
Y es que ese antagonismo tan propio de la Guerra Fría es extrapolado por Asimov a nuestro siglo XXI... Y claro, ello provoca irremisiblemente que la pretendida sensación de verosimilitud haga aguas. Lo cual es una pena, porque el escritor exhibe a lo largo de la misma su amplio dominio de ambas culturas, y nos ofrece varias reflexiones respecto a sus diferencias. Pero con otra potencia más pujante que la Unión Soviética en el siglo XXI (viene a la mente China) la novela indudablemente habría ganado. Siguiendo con los defectos, el otro destacable es la ausencia de un plan realista una vez la nave penetre en el cerebro de Shapirov: la presunta ambición de poder captar, no ya sus pensamientos en general, sino sus últimas averiguaciones sobre la miniaturización, resulta por completo descabellada, así que el fracaso de la expedición en este aspecto es en realidad esperable. Otros defectos menores son el surgimiento de una serie de complicaciones que fácilmente podían haberse previsto de antemano (piénsese por ejemplo en la necesidad sobrevenida de tener que renunciar a las comunicaciones con el exterior simplemente para poder dirigir la nave), o también la forma tan repentina en que Sofia Kalinin y Yuri Konve se reconcilian, o incluso la ingenuidad con la que Asimov trata aspectos informáticos (programas que no son secuencias de instrucciones sino objetos físicos, ejecutables únicamente en máquinas concretas).
A cambio, la novela está llena de buenos momentos (desde la propia introducción de la nave en el cuerpo, hasta sus peripecias con organelos primero y con moléculas más adelante). Destacar asimismo las brillantes ideas con las que los distintos miembros de la tripulación consiguen resolver los problemas que van surgiendo, así como las reflexiones geopolíticas, o sobre la ética en la comunidad científica, o incluso sobre el futuro que le puede esperar a la humanidad, y la habilidad con la que Asimov consigue que la expedición sí termine siendo un éxito a otros niveles (desde la verificación de la miniaturización como una técnica válida a nivel intracraneal, hasta la utilización del programa y las averiguraciones de Morrison con el concepto de la telepatía). Todo ello como parte de un final trepidante, con varias sorpresas, y a la vez satisfactorio a la hora de no dejar cabos sueltos. En suma, una lectura recomendable en general y prácticamente imprescindible para todos los que valoren la obra del Gran Maestro.
sábado, 21 de septiembre de 2019
Omega (2003). Jack McDevitt
Una entrada más continúo con las reseñas de las novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula durante la primera década del presente siglo. Voy a hablarles hoy de "Omega", del estadounidense Jack McDevitt, nominada al Nébula de 2005, el cual ganó la novela de fantasía "Paladín de almas", de Lois McMaster Bujold, que como bien saben, queda fuera del ámbito de este blog. Con la reseña de "Omega" sucede algo curioso: siendo la cuarta novela de la saga de "Las máquinas de Dios", en rigor debería haberla reseñado hace unos años, cuando estuve revisando las principales sagas disponibles para el lector en español. Pero entonces justo me detuve en la reseña de la anterior entrega de la saga, "Chindi". La razón fue que en aquel momento no había leído la saga más allá de la esa entrega; "Chindi" me pareció la más floja de las tres, y hasta cierto punto todas las novelas de la misma son relativamente parecidas, por lo que necesitaba un descanso. Pero la de la "Las máquinas de Dios" es una saga muy bien escrita, de esas que deja poso en el lector, por lo que unos años más tarde me apeteció retomar la lectura de las restantes novelas que la conforman (en español). Y como, no por casualidad, las cuarta, quinta y sexta entregas fueron también nominadas a los Premios Nébula, ahora voy a poder afrontar sus reseñas. En el caso de "Omega" debo empezar diciendo que cuando la leí me pareció posiblemente la mejor entrega de la saga hasta entonces, por riqueza especulativa e ingenio creativo. Aunque el desenlace no estuvo a la altura del resto del libro.
Ahora bien, debo advertir de que para subir el listón de la saga, McDevitt renuncia en ella a algunas de las señas de identidad de la misma. La más obvia es que, seguramente consciente de que las descripciones de restos arqueológicos y las especulaciones sobre la civilización que los construyó ya son un planteamiento gastado, nos propone en esta oportunidad una expedición a un planeta (Lookout) habitado por una civilización inteligente (los korbs o goompah). Lo que inmediatamente traslada la novela a otra dimensión. Además, también renuncia a que la expedición la lidere la protagonista absoluta de la saga hasta ahora (Priscilla Hutchins, reducida a un rol relativamente secundario como Directora de Operaciones de la Academia). Incluso abre un poco la mano con los gadgets del siglo XXIII, recurriendo a unos imprescindibles disruptores lumínicos que otorgan la invisibilidad a quienes los portan.
Todo ello no supone que McDevitt altere la ya conocida estructura de las novelas de la saga: un prólogo que nos da la medida del problema, los preparativos para una expedición a los confines de la galaxia, la propia expedición, las peripecias en el destino bajo la presión de la restricción temporal, el epílogo para atar cabos, una extensión similar... Sólo que en este caso se beneficia de la presencia de esos alienígenas inteligentes que tanto juego dan con los inevitables primeros contactos, las graduales averiguaciones sobre su biología, sus creencias y sus sociedades, y la imperiosa necesidad de salvarlos.
Unos alienígenas, por cierto, no excesivamente originales morfológicamente hablando, pero sí cautivadores por todo aquello en lo que difieren de los humanos: sin guerras, ni pretensiones expansionistas, ni restricciones sexuales, ni avances tecnológicos reseñables... Pero sí con inquietudes religiosas, capacidad de análisis y creaciones artísticas. Todo ello, además, justificado en el epílogo con una idea ingeniosa. Lo que permite a McDevitt contraponerlos a los humanos en ámbitos tan variopintos como la amplitud de miras o la necesidad del trabajo. Enriqueciendo además su puesta en escena con personajes tan sugestivos como la "monologuista" Macao, y con expediciones tan evocadoras como la que pretende circunvalar el planeta para regresar al Intigo.
La pena es que, a la hora de culminar su novela con el esperable clímax de aventura y tensión, McDevitt esta vez no da la talla: sorpresivamente renuncia a narrarnos la llegada de la nube Omega al Intigo, y se contenta con un par de capítulos cortos para salvar a los goompah que tratan de rodear el continente oriental. Tampoco la amenaza que sustenta la novela (las nubes Omega) es realmente original, pues ya había recurrido a ella para rematar "Las máquinas de Dios". Ni se complica a la hora de proponer una hipótesis para su existencia (la averiguación final de Hutchins es francamente decepcionante). Otros defectos menores son la falta de justificación para los "demonios" humanoides de la mitología goompah, la falta de una explicación sobre por qué la duración del hipervuelo hasta goompah es precisamente de nueve meses, o los realmente infantiloides pasajes dedicados a la vida de Hutchins en familia.
Eso sí, a cambio la novela ofrece muchas satisfacciones a todos aquellos que valoran la ciencia-ficción "clásica": el respeto por el componente científico (en especial en lo relativo a astronomía e ingeniería aeroespacial), un sentido de la maravilla muy cuidado, algunas sorpresas como la muerte del teórico protagonista antes de lo esperado, una adecuada representación de los poderes que orbitarían en torno a un acontecimiento tan relevante, muchos capítulos disfrutables (la mayoría de los que transcurren en el Intigo), una prosa dinámica y con frecuentes diálogos que facilitan que la novela se lea con facilidad a pesar de su extensión, un encaje coherente con el resto de la saga... razones todas ellas que justificaron su merecida nominación a los Premios Nébula justo cuando la ciencia-ficción "clásica" menos se estaba cultivando.
Ahora bien, debo advertir de que para subir el listón de la saga, McDevitt renuncia en ella a algunas de las señas de identidad de la misma. La más obvia es que, seguramente consciente de que las descripciones de restos arqueológicos y las especulaciones sobre la civilización que los construyó ya son un planteamiento gastado, nos propone en esta oportunidad una expedición a un planeta (Lookout) habitado por una civilización inteligente (los korbs o goompah). Lo que inmediatamente traslada la novela a otra dimensión. Además, también renuncia a que la expedición la lidere la protagonista absoluta de la saga hasta ahora (Priscilla Hutchins, reducida a un rol relativamente secundario como Directora de Operaciones de la Academia). Incluso abre un poco la mano con los gadgets del siglo XXIII, recurriendo a unos imprescindibles disruptores lumínicos que otorgan la invisibilidad a quienes los portan.
Todo ello no supone que McDevitt altere la ya conocida estructura de las novelas de la saga: un prólogo que nos da la medida del problema, los preparativos para una expedición a los confines de la galaxia, la propia expedición, las peripecias en el destino bajo la presión de la restricción temporal, el epílogo para atar cabos, una extensión similar... Sólo que en este caso se beneficia de la presencia de esos alienígenas inteligentes que tanto juego dan con los inevitables primeros contactos, las graduales averiguaciones sobre su biología, sus creencias y sus sociedades, y la imperiosa necesidad de salvarlos.
Unos alienígenas, por cierto, no excesivamente originales morfológicamente hablando, pero sí cautivadores por todo aquello en lo que difieren de los humanos: sin guerras, ni pretensiones expansionistas, ni restricciones sexuales, ni avances tecnológicos reseñables... Pero sí con inquietudes religiosas, capacidad de análisis y creaciones artísticas. Todo ello, además, justificado en el epílogo con una idea ingeniosa. Lo que permite a McDevitt contraponerlos a los humanos en ámbitos tan variopintos como la amplitud de miras o la necesidad del trabajo. Enriqueciendo además su puesta en escena con personajes tan sugestivos como la "monologuista" Macao, y con expediciones tan evocadoras como la que pretende circunvalar el planeta para regresar al Intigo.
La pena es que, a la hora de culminar su novela con el esperable clímax de aventura y tensión, McDevitt esta vez no da la talla: sorpresivamente renuncia a narrarnos la llegada de la nube Omega al Intigo, y se contenta con un par de capítulos cortos para salvar a los goompah que tratan de rodear el continente oriental. Tampoco la amenaza que sustenta la novela (las nubes Omega) es realmente original, pues ya había recurrido a ella para rematar "Las máquinas de Dios". Ni se complica a la hora de proponer una hipótesis para su existencia (la averiguación final de Hutchins es francamente decepcionante). Otros defectos menores son la falta de justificación para los "demonios" humanoides de la mitología goompah, la falta de una explicación sobre por qué la duración del hipervuelo hasta goompah es precisamente de nueve meses, o los realmente infantiloides pasajes dedicados a la vida de Hutchins en familia.
Eso sí, a cambio la novela ofrece muchas satisfacciones a todos aquellos que valoran la ciencia-ficción "clásica": el respeto por el componente científico (en especial en lo relativo a astronomía e ingeniería aeroespacial), un sentido de la maravilla muy cuidado, algunas sorpresas como la muerte del teórico protagonista antes de lo esperado, una adecuada representación de los poderes que orbitarían en torno a un acontecimiento tan relevante, muchos capítulos disfrutables (la mayoría de los que transcurren en el Intigo), una prosa dinámica y con frecuentes diálogos que facilitan que la novela se lea con facilidad a pesar de su extensión, un encaje coherente con el resto de la saga... razones todas ellas que justificaron su merecida nominación a los Premios Nébula justo cuando la ciencia-ficción "clásica" menos se estaba cultivando.
sábado, 12 de septiembre de 2015
Horizontes lejanos (1999). Robert Silverberg
En la presente entrada les propongo una especie de propina con la que definitivamente rematar todas las entradas que durante más de dos años he dedicado a las principales sagas disponibles para el lector de ciencia-ficción en español. Una entrada que, además, me permite enlazar con el que será el tema al que me dedique durante aproximadamente el próximo año: Robert Silverberg, mi escritor de ciencia-ficción favorito. Que en "Horizontes lejanos" nos propone una de las antologías más originales del género: relatos y novelas cortas escritos a finales del siglo XX por buena parte de los autores de ciencia-ficción (norteamericana) más relevantes, que revisitan para la ocasión su saga más representativa. Con libertad casi absoluta para por ejemplo añadir un episodio paralelo, el punto de vista de otro personaje, la explicación de un acontecimiento esencial en la saga y la única y obvia restricción de que el escritor estuviera aún en activo en aquel momento. Es decir, una "guinda" con la que saciar el apetito de nuevas entregas de muchos de sus seguidores.
Por su extensión, la mayoría de las obras aquí recopiladas se adhieren a la categoría de novelas cortas. Todas ellas originales, es decir, escritas a propósito para esta antología (una muestra del peso que tenía Silverberg allá por 1999 en el género). Entre ellas podremos encontrar muchas de las sagas de las que ya he recomendado al menos una novela en este mismo blog. A saber: Los Cantos de Hyperion, de Dan Simmons; la saga de los Insomnes, de Nancy Kress; la saga de los Heechee, de Frederik Pohl; y la saga del Ciclo del Centro Galáctico, de Gregory Benford. Y algunas otras que no he llegado a recomendar pero que sí que mencioné en mi entrada anterior sobre otras sagas: la saga de La Guerra Interminable, de Joe Haldeman; la saga de Ender, de Orson Scott Card; la saga de la Elevación de los Pupilos, de David Brin; y la Trilogía de Thistledown, de Greg Bear. Completada con otra saga apenas conocida para el lector de ciencia-ficción en español (Saga de la Nave que Cantó, de Anne McCaffrey), y dos curiosidades (para mí no sagas): una novela corta ambientada en el Ekumen, la historia del futuro imaginada por Ursula K. LeGuin, que engloba sus novelas más famosas; y otra ambientada en "Roma Eterna", la ucronía de Robert Silverberg escrita a partir de varias novelas cortas interrelacionadas, y que reseñaré en este mismo blog en próximos meses.
Además, cada novela viene prologada por el propio autor, que suele ofrecer un pequeño resumen sobre el marco argumental de la saga que permita afrontar la lectura, y el motivo por el que la ha decidido completar con esta nueva entrega. Así como un listado de las novelas que (a fecha de publicación de la antología) conformaban cada saga. Es decir, un libro muy cuidado realizado por lo más granado de la ciencia-ficción de las tres últimas décadas del siglo XX.
Ahora bien, el resultado, como sucede en prácticamente toda antología, es irregular. Pero el nivel medio es más que satisfactorio, lo que confirma la categoría de los escritores y el hecho de que estén escribiendo en torno a sus sagas más reconocidas. De las once historias mi indiscutible favorita es "Perros durmientes", la aportación de Nancy Kress a su brillante y un tanto minusvalorada saga de los Durmientes: magníficamente estructurada, cautivadora, directa, cientifica, proporciona un nuevo final a la trilogía al situarse tras "La cabalgata de los mendigos". Un escalón por debajo solamente se sitúa "Huérfanos de la hélice", de Dan Simmons: pese a alguna que otra exageración, se trata de un relato brillante, cautivador y bien integrado en la saga.
Entre las novelas que mantienen el tipo se sitúan, en mi opinión: "Una guerra separada", de Joe Haldeman, que recrea el ambiente de su saga de la Guerra Interminable y dota de credibilidad a los viajes relativistas y sus implicaciones para los humanos, aunque con un final inverosímil; "Consejera de inversiones", de Orson Scott Card, que aunque también resulte inverosímil en lo relativo a la informática propuesta, es un relato razonablemente ameno y coherente; "Conocer al dragón", de Robert Silverberg, que a pesar del hándicap de una historia alternativa en parte previsible y en parte reconocible, propone un relato profundo, humano y de indudable calidad; "El muchacho que viviría para siempre", de Frederik Pohl, bien integrado en la saga de los Heeche, ameno y desenfadado, pero también falto de dramatismo y con una estructuración mejorable; y "La nave que regresó", de Anne McCaffrey, que aunque se sitúa peligrosamente en los límites de la fantasía, constituye una novela agradable y con un toque femenino incuestionable.
Y entre aquellas manifiestamente mejorables situaría: "Vieja música y las mujeres esclavas", de Ursula K. LeGuin, una historia con el ambiente y la temática habitual en la autora, pero confusa y sin mucho tirón; "La vía de todos los fantasmas", de Greg Bear, un relato incomprensible y farragoso sólo apuntalado por una creatividad delirante y cierto sentido de la maravilla; la muy floja "Tentación", de David Brin, larga, fantasiosa, con personajes que desaparecen, sin acción, y con el esfuerzo por hacer verosímiles a los protodelfines como único aliciente; y la peor de todas con diferencia, "Hambre de infinito", de Gregory Benford, incomprensible, pretenciosa hasta el aburrimiento, desestructurada...
A pesar de estos deslices, ya saben, si les gustó alguna de las sagas mencionadas y desconocían la existencia de "Horizontes lejanos", háganse con este y disfruten del placer de descubrir una historia que tal vez nunca esperaron leer en torno a su saga favorita.
Por su extensión, la mayoría de las obras aquí recopiladas se adhieren a la categoría de novelas cortas. Todas ellas originales, es decir, escritas a propósito para esta antología (una muestra del peso que tenía Silverberg allá por 1999 en el género). Entre ellas podremos encontrar muchas de las sagas de las que ya he recomendado al menos una novela en este mismo blog. A saber: Los Cantos de Hyperion, de Dan Simmons; la saga de los Insomnes, de Nancy Kress; la saga de los Heechee, de Frederik Pohl; y la saga del Ciclo del Centro Galáctico, de Gregory Benford. Y algunas otras que no he llegado a recomendar pero que sí que mencioné en mi entrada anterior sobre otras sagas: la saga de La Guerra Interminable, de Joe Haldeman; la saga de Ender, de Orson Scott Card; la saga de la Elevación de los Pupilos, de David Brin; y la Trilogía de Thistledown, de Greg Bear. Completada con otra saga apenas conocida para el lector de ciencia-ficción en español (Saga de la Nave que Cantó, de Anne McCaffrey), y dos curiosidades (para mí no sagas): una novela corta ambientada en el Ekumen, la historia del futuro imaginada por Ursula K. LeGuin, que engloba sus novelas más famosas; y otra ambientada en "Roma Eterna", la ucronía de Robert Silverberg escrita a partir de varias novelas cortas interrelacionadas, y que reseñaré en este mismo blog en próximos meses.
Además, cada novela viene prologada por el propio autor, que suele ofrecer un pequeño resumen sobre el marco argumental de la saga que permita afrontar la lectura, y el motivo por el que la ha decidido completar con esta nueva entrega. Así como un listado de las novelas que (a fecha de publicación de la antología) conformaban cada saga. Es decir, un libro muy cuidado realizado por lo más granado de la ciencia-ficción de las tres últimas décadas del siglo XX.
Ahora bien, el resultado, como sucede en prácticamente toda antología, es irregular. Pero el nivel medio es más que satisfactorio, lo que confirma la categoría de los escritores y el hecho de que estén escribiendo en torno a sus sagas más reconocidas. De las once historias mi indiscutible favorita es "Perros durmientes", la aportación de Nancy Kress a su brillante y un tanto minusvalorada saga de los Durmientes: magníficamente estructurada, cautivadora, directa, cientifica, proporciona un nuevo final a la trilogía al situarse tras "La cabalgata de los mendigos". Un escalón por debajo solamente se sitúa "Huérfanos de la hélice", de Dan Simmons: pese a alguna que otra exageración, se trata de un relato brillante, cautivador y bien integrado en la saga.
Entre las novelas que mantienen el tipo se sitúan, en mi opinión: "Una guerra separada", de Joe Haldeman, que recrea el ambiente de su saga de la Guerra Interminable y dota de credibilidad a los viajes relativistas y sus implicaciones para los humanos, aunque con un final inverosímil; "Consejera de inversiones", de Orson Scott Card, que aunque también resulte inverosímil en lo relativo a la informática propuesta, es un relato razonablemente ameno y coherente; "Conocer al dragón", de Robert Silverberg, que a pesar del hándicap de una historia alternativa en parte previsible y en parte reconocible, propone un relato profundo, humano y de indudable calidad; "El muchacho que viviría para siempre", de Frederik Pohl, bien integrado en la saga de los Heeche, ameno y desenfadado, pero también falto de dramatismo y con una estructuración mejorable; y "La nave que regresó", de Anne McCaffrey, que aunque se sitúa peligrosamente en los límites de la fantasía, constituye una novela agradable y con un toque femenino incuestionable.
Y entre aquellas manifiestamente mejorables situaría: "Vieja música y las mujeres esclavas", de Ursula K. LeGuin, una historia con el ambiente y la temática habitual en la autora, pero confusa y sin mucho tirón; "La vía de todos los fantasmas", de Greg Bear, un relato incomprensible y farragoso sólo apuntalado por una creatividad delirante y cierto sentido de la maravilla; la muy floja "Tentación", de David Brin, larga, fantasiosa, con personajes que desaparecen, sin acción, y con el esfuerzo por hacer verosímiles a los protodelfines como único aliciente; y la peor de todas con diferencia, "Hambre de infinito", de Gregory Benford, incomprensible, pretenciosa hasta el aburrimiento, desestructurada...
A pesar de estos deslices, ya saben, si les gustó alguna de las sagas mencionadas y desconocían la existencia de "Horizontes lejanos", háganse con este y disfruten del placer de descubrir una historia que tal vez nunca esperaron leer en torno a su saga favorita.
sábado, 1 de agosto de 2015
La historia de Zöe (2008). John Scalzi
Con la presente entrada voy a dar por concluida mi reseña de las novelas que recomiendo leer de las principales sagas disponibles para el lector de ciencia-ficción en español. La novela que les presento hoy es "La historia de Zöe", cuarta entrada en orden cronológico y de lectura de la saga de "La vieja guardia", del estadounidense John Scalzi. Como dije al reseñar la primera entrega de la saga, ésta no es la última novela de la misma, pero sí la última ya traducida al español. Es, además, una novela muy singular, puesto que no narra nuevas peripecias de sus principales protagonistas (John Perry y Jane Sagan), sino que revisita los acontecimientos de "La colonia perdida" desde el punto de vista de Zöe Perry-Boutin, la hija adoptiva de John y Jane. En mi opinión sin aportar los elementos suficientes para justificar su existencia más allá de "La colonia perdida", aunque resulte agradable de leer y clarifique o dé solidez a algunos de los puntos oscuros o débiles de aquella.
No estoy acostumbrado a leer novelas como ésta, que revisiten acontecimientos de entregas anteriores sin aportar grandes novedades. Sé que Scalzi no ha sido pionero en este enfoque (me viene a la memoria Orson Scott Card sin ir más lejos), pero tampoco es un enfoque frecuente en las sagas de ciencia-ficción. Por lo que es inevitable preguntarse los motivos. A este respecto Scalzi es muy transparente, puesto que lo que el lector deduce a lo largo de las trescientas páginas de la novela él se encarga de confirmarlo en la sección de agradecimientos situada al final: por un lado "La historia de Zöe" existe para proporcionar una nueva entrega a una saga de éxito sin necesidad de enredar mucho más la madeja argumental. Y por otro y más importante, corregir varios de los defectos de su inmediata antecesora.
A este respecto Scalzi admite dos: la repentina desaparición de los nativos asesinos (que justifica aquí gracias a la labor pacificadora de Zöe cuando sus amigos Enzo y Magdy son capturados), y el regalo del "campo extractor" que recibe Zöe durante su entrevista con el líder del Cónclave, el general Gau (que en esta novela da lugar a una no del todo bien resuelta sucesión de acontecimientos al más alto nivel político con el obin Dock, Gau y el combate entre consus y obins como justificación). Pero me atrevo a añadir varios más a la lista: el esfuerzo por mostrar la reticencia inicial de la familia Perry-Sagan a abandonar Huckelberry, una mejor perspectiva de los acontecimientos de política galáctica ya narrados en su predecesora y, sobre todo, el lavado de cara del personaje de Zöe, menos repelente y sabelotodo (como muestra baste decir que desaparece la terrible expresión "papá nonagenario" con la que Zöe se dirigía a John en "La colonia perdida").
Porque en cuanto a acontecimientos nuevos, están presentes con cuentagotas, y ninguno durante practicamente durante la primera mitad de la novela: la expedición nocturna que la pandilla de Zöe realiza al bosque y cómo Hickory y Dickory intervienen para salvarlos, el ya citado episodio de Zöe con los nativos, el caprichoso y forzado combate entre consus y obins... y poco más. El resto es sólo la perspectiva supuestamente adolescente (a veces, por los razonamientos y el vocabulario, más bien adulta) de hechos ya conocidos.
A pesar de todo lo anterior me he animado a recomendar la novela porque, además del enfoque poco habitual ya citado, posee varias de las virtudes habituales de la saga: una prosa sencilla y coloquial, el predominio de los diálogos sobre largas descripciones, una buena estructuración (mejor que su predecesora), un ritmo narrativo dinámico (aunque los acontecimientos de política galáctica del tramo final se siguen narrando sin la suficiente pausa), y el reencuentro con un universo rico y unos personajes conocidos. Todo ello favorece la lectura. Pero la cosa no da para más; tal vez si "La colonia perdida" nunca hubiera visto la luz y Scalzi se hubiera atrevido a dar un giro de 180º a la saga con "La historia de Zöe" tras el marcado carácter bélico de las dos primeras entregas la valoración habría sido diferente. Pero esa es una historia que, a diferencia de la de Zöe, nunca llegó a ocurrir.
No estoy acostumbrado a leer novelas como ésta, que revisiten acontecimientos de entregas anteriores sin aportar grandes novedades. Sé que Scalzi no ha sido pionero en este enfoque (me viene a la memoria Orson Scott Card sin ir más lejos), pero tampoco es un enfoque frecuente en las sagas de ciencia-ficción. Por lo que es inevitable preguntarse los motivos. A este respecto Scalzi es muy transparente, puesto que lo que el lector deduce a lo largo de las trescientas páginas de la novela él se encarga de confirmarlo en la sección de agradecimientos situada al final: por un lado "La historia de Zöe" existe para proporcionar una nueva entrega a una saga de éxito sin necesidad de enredar mucho más la madeja argumental. Y por otro y más importante, corregir varios de los defectos de su inmediata antecesora.
A este respecto Scalzi admite dos: la repentina desaparición de los nativos asesinos (que justifica aquí gracias a la labor pacificadora de Zöe cuando sus amigos Enzo y Magdy son capturados), y el regalo del "campo extractor" que recibe Zöe durante su entrevista con el líder del Cónclave, el general Gau (que en esta novela da lugar a una no del todo bien resuelta sucesión de acontecimientos al más alto nivel político con el obin Dock, Gau y el combate entre consus y obins como justificación). Pero me atrevo a añadir varios más a la lista: el esfuerzo por mostrar la reticencia inicial de la familia Perry-Sagan a abandonar Huckelberry, una mejor perspectiva de los acontecimientos de política galáctica ya narrados en su predecesora y, sobre todo, el lavado de cara del personaje de Zöe, menos repelente y sabelotodo (como muestra baste decir que desaparece la terrible expresión "papá nonagenario" con la que Zöe se dirigía a John en "La colonia perdida").
Porque en cuanto a acontecimientos nuevos, están presentes con cuentagotas, y ninguno durante practicamente durante la primera mitad de la novela: la expedición nocturna que la pandilla de Zöe realiza al bosque y cómo Hickory y Dickory intervienen para salvarlos, el ya citado episodio de Zöe con los nativos, el caprichoso y forzado combate entre consus y obins... y poco más. El resto es sólo la perspectiva supuestamente adolescente (a veces, por los razonamientos y el vocabulario, más bien adulta) de hechos ya conocidos.
A pesar de todo lo anterior me he animado a recomendar la novela porque, además del enfoque poco habitual ya citado, posee varias de las virtudes habituales de la saga: una prosa sencilla y coloquial, el predominio de los diálogos sobre largas descripciones, una buena estructuración (mejor que su predecesora), un ritmo narrativo dinámico (aunque los acontecimientos de política galáctica del tramo final se siguen narrando sin la suficiente pausa), y el reencuentro con un universo rico y unos personajes conocidos. Todo ello favorece la lectura. Pero la cosa no da para más; tal vez si "La colonia perdida" nunca hubiera visto la luz y Scalzi se hubiera atrevido a dar un giro de 180º a la saga con "La historia de Zöe" tras el marcado carácter bélico de las dos primeras entregas la valoración habría sido diferente. Pero esa es una historia que, a diferencia de la de Zöe, nunca llegó a ocurrir.
jueves, 23 de julio de 2015
La colonia perdida (2007). John Scalzi
Una entrada más prosigo con la reseña de las novelas que recomiendo leer de las principales sagas disponibles para el lector de ciencia-ficción en español. Le toca en esta oportunidad a "La colonia perdida", tercera entrega en orden cronológico y de lectura de la saga de la vieja guardia, del estadounidense John Scalzi. Una novela que comparte protagonistas con las dos entregas anteriores, pero que nos presenta una historia mucho menos violenta que aquellas, con las continuas intrigas y especulaciones en torno a la colonia perdida de Roanoke como baza principal y con la falta de episodios realmente cautivadores como lastre a la hora de evaluar el resultado final. Por lo que el balance no es tan favorable como el de "Las brigadas fantasma", para mí la mejor novela de la saga.
En mi opinión "La colonia perdida" es una novela más dispersa que las anteriores. La principal razón para ello es que, a diferencia de aquéllas, Scalzi no tiene una estructura predefinida en la que encajar personajes y acontecimientos: el proceso de formación y desempeño de un soldado de las Fuerzas de Defensa Coloniales o de las Fuerzas Especiales es algo mucho más concreto y estructurable que el establecimiento de una nueva colonia, y da la impresión de que Scalzi consigue completar la novela a tirones, redefiniendo sobre la marcha su objetivo principal. Sólo así se explica el prematuro abandono de las restricciones tecnológicas en Roanoke (que podría haber dado lugar a una trama en torno a la supervivencia en condiciones adversas), la fugaz aparición de unos nativos asesinos (una línea argumental que desaparece sin más explicación), y la gradual conversión de la obra en una novela de política galáctica a gran escala.
Conversión por otra parte meritoria, porque en "La colonia perdida" Scalzi deja de jugar (barbarismos aparte) a ser Robert A. Heinlein y rinde homenaje a otro gigante del género (Isaac Asimov) presentando cómo en cada momento la Unión Colonial, el Cónclave, los obin e incluso los dirigentes de la colonia (los ya conocidos John Perry y Jane Sagan) intentan condicionar los acontecimientos en Roanoke y confían en desenlaces contrapuestos que favorezcan sus intereses. Scalzi es muy detallista en este sentido (nos presenta las expectativas del general Gau, los militares Szilard y Rybicki, el consejo de Roanoke, el arrisiano Nerbros Eser...). Traslando la impresión, además, de una coherencia razonable en todo lo expuesto, aunque a veces cuesta un poco seguirle el juego a los personajes y la novela se vuelve más especulativa que dinámica, lo que afecta un tanto a la impresión global.
Por terminar con los puntos flojos, debo resaltar lo poco elaborados que están los motivos por los que Perry y Sagan abandonan Huckelberry para formar la nueva colonia, lo torpe que resulta la fallida invasión final de los arrisianos, la facilidad con la que Zöe parece haber conseguido el campo extractor que permite a la colonia salir victoriosa, y lo endeble de la caracterización de la propia Zöe, a medio camino entre repelente y sabelotodo (lo de llamar a su padre adoptivo "papá nonagenario" habla por sí mismo).
A cambio Scalzi mantiene varias de las virtudes que han hecho famosa a esta saga: un componente científico bien presente y convenientemente actualizado al tiempo presente, prevalencia de unos diálogos amenos y con un toque sarcástico sobre largas descripciones, certera inclusión de párrafos que permitan situarse al lector incluso sin haber leído las novelas anteriores, una galaxia repleta de inagotables especies alienígenas de lo más variopintas, pasajes de acción francamente amenos, un estilo literario sin complicaciones ni reflexiones rebuscadas y una concisión realmente poco habitual en estos tiempos. Razones suficientes para leer la novela, y para seguir enganchado a la saga, que Scalzi (a pesar de lo que escribió en los acontecimientos) continúa ampliando.
En mi opinión "La colonia perdida" es una novela más dispersa que las anteriores. La principal razón para ello es que, a diferencia de aquéllas, Scalzi no tiene una estructura predefinida en la que encajar personajes y acontecimientos: el proceso de formación y desempeño de un soldado de las Fuerzas de Defensa Coloniales o de las Fuerzas Especiales es algo mucho más concreto y estructurable que el establecimiento de una nueva colonia, y da la impresión de que Scalzi consigue completar la novela a tirones, redefiniendo sobre la marcha su objetivo principal. Sólo así se explica el prematuro abandono de las restricciones tecnológicas en Roanoke (que podría haber dado lugar a una trama en torno a la supervivencia en condiciones adversas), la fugaz aparición de unos nativos asesinos (una línea argumental que desaparece sin más explicación), y la gradual conversión de la obra en una novela de política galáctica a gran escala.
Conversión por otra parte meritoria, porque en "La colonia perdida" Scalzi deja de jugar (barbarismos aparte) a ser Robert A. Heinlein y rinde homenaje a otro gigante del género (Isaac Asimov) presentando cómo en cada momento la Unión Colonial, el Cónclave, los obin e incluso los dirigentes de la colonia (los ya conocidos John Perry y Jane Sagan) intentan condicionar los acontecimientos en Roanoke y confían en desenlaces contrapuestos que favorezcan sus intereses. Scalzi es muy detallista en este sentido (nos presenta las expectativas del general Gau, los militares Szilard y Rybicki, el consejo de Roanoke, el arrisiano Nerbros Eser...). Traslando la impresión, además, de una coherencia razonable en todo lo expuesto, aunque a veces cuesta un poco seguirle el juego a los personajes y la novela se vuelve más especulativa que dinámica, lo que afecta un tanto a la impresión global.
Por terminar con los puntos flojos, debo resaltar lo poco elaborados que están los motivos por los que Perry y Sagan abandonan Huckelberry para formar la nueva colonia, lo torpe que resulta la fallida invasión final de los arrisianos, la facilidad con la que Zöe parece haber conseguido el campo extractor que permite a la colonia salir victoriosa, y lo endeble de la caracterización de la propia Zöe, a medio camino entre repelente y sabelotodo (lo de llamar a su padre adoptivo "papá nonagenario" habla por sí mismo).
A cambio Scalzi mantiene varias de las virtudes que han hecho famosa a esta saga: un componente científico bien presente y convenientemente actualizado al tiempo presente, prevalencia de unos diálogos amenos y con un toque sarcástico sobre largas descripciones, certera inclusión de párrafos que permitan situarse al lector incluso sin haber leído las novelas anteriores, una galaxia repleta de inagotables especies alienígenas de lo más variopintas, pasajes de acción francamente amenos, un estilo literario sin complicaciones ni reflexiones rebuscadas y una concisión realmente poco habitual en estos tiempos. Razones suficientes para leer la novela, y para seguir enganchado a la saga, que Scalzi (a pesar de lo que escribió en los acontecimientos) continúa ampliando.
domingo, 12 de julio de 2015
Las brigadas fantasma (2006). John Scalzi
Una nueva entrada continúo con las novelas que recomiendo leer de las principales sagas disponibles para el lector de ciencia-ficción. Les recuerdo que estoy reseñando la última de las sagas que recomiendo: la saga de La vieja guardia, del estadounidense John Scalzi. En concreto hoy voy a reseñar "Las brigadas fantasma", segundo volumen en orden cronólogico y de lectura de la saga. Una continuación que funciona al margen de la primera novela, y que lejos de limitarse a explotar los hallazgos de aquella como habría sido de esperar, los amplía sabiamente para conseguir un resultado más satisfactorio. Tanto que para mí se trata indiscutiblemente de la mejor novela de la saga.
Y es que el libro no sigue lo que podríamos denominar a estas alturas las "líneas maestras" de una secuela (mismo entorno, explotación de situaciones que no habían sido consideradas en el original, reúso de la estructura...), sino que introduce dos nuevos elementos muy acertados: por un lado, la transferencia de conciencias (una idea muy válida aunque copiada de Nick Sagan); y por otro, una trama completa durante toda la extensión de la novela. Así, mientras que en "La vieja guardia" John Perry intervenía en una serie de batallas más o menos inconexas, en "Las brigadas fantasma" la transferencia de conciencias da lugar a una única línea argumental, sobre la base de una conspiración de tres razas alienígenas (eneshanos, raey y consu) contra la Unión Colonial, y con el fallido experimento de Jared Dirac como elemento determinante, a la vez que protagonista absoluto.
Ahora bien, que la novela esté dotada de una trama completa no significa que Scalzi renuncie a mostrarnos el proceso de instrucción de un soldado de las secretas Fuerzas Especiales (como hizo en la primera novela con las Fuerzas de Defensa Coloniales), ni que recurra a un par de episodios bélicos aislados para lograr la caracterización completa de Dirac y al mismo tiempo erosionar la alianza alienígena. Pero lo hace con mesura, sin perder de vista a dónde quiere llevar la novela, y presentando detalles que le permitirán en último término crear un desenlace más completo.
A pesar del proceso de formación y la posterior fractura de la alianza alienígena narrado en la primera mitad de la novela, es la segunda parte la que verdaderamente merece la pena: con la situación ya convenientemente planteada, los hechos y las motivaciones de cada parte se van revelando gradualmente, con un ritmo muy alto y una intensidad constante, hasta que todo converge en el desenlace en la Luna Arist. A su habitual estilo directo y socarrón, heredero directo del maestro Robert A. Heinlein, Scalzi añade esta vez la yuxtaposición de conversaciones que caracterizaba al mejor Isaac Asimov (especialmente entre Dirac y el científico creador de las conciencias de los obin, Charles Boutin). Todo ello para asegurar el disfrute del lector de ciencia-ficción clásica, sin retorcimientos, vanaglorias ni episodios adyacentes que únicamente alarguen la extensión del libro sin aportarle nada a cambio.
Ahora bien, no todo es perfecto en "Las brigadas fantasma". Por ejemplo, Scalzi sigue desaprovechando oportunidades de su universo al presentarnos las distintas especies y su historia y conflictos justo en el momento en el que van a intervenir las Fuerzas Especiales, lo que impide dimensionar y comprender mejor conceptos como el del Cónclave y el Contracónclave. Además, presenta a unos series humanos (los gamoranos) excesivamente inverosímiles. Tampoco consigue en esta entrega dotar a la novela de la profundidad suficiente, lo que la acerca por momentos al mero entretenimiento. Y, como ya sucediera en "La vieja guardia", abusa de barbarismos innecesarios y se regodea en ocasiones en la violencia extrema (Daniel Harvey es el mejor ejemplo).
No puedo terminar esta reseña sin mencionar el excelente final. Aunque el elemento científico está muy cuidado en toda la novela, la contraposición de virus y troyanos como armas definitivas en el desenlace es genial. Eso y la inteligencia de Scalzi le permiten concluir la historia sin dejar ni un cabo suelto, lo que contribuye a mejorar la ya de por sí favorable impresión global.
Y es que el libro no sigue lo que podríamos denominar a estas alturas las "líneas maestras" de una secuela (mismo entorno, explotación de situaciones que no habían sido consideradas en el original, reúso de la estructura...), sino que introduce dos nuevos elementos muy acertados: por un lado, la transferencia de conciencias (una idea muy válida aunque copiada de Nick Sagan); y por otro, una trama completa durante toda la extensión de la novela. Así, mientras que en "La vieja guardia" John Perry intervenía en una serie de batallas más o menos inconexas, en "Las brigadas fantasma" la transferencia de conciencias da lugar a una única línea argumental, sobre la base de una conspiración de tres razas alienígenas (eneshanos, raey y consu) contra la Unión Colonial, y con el fallido experimento de Jared Dirac como elemento determinante, a la vez que protagonista absoluto.
Ahora bien, que la novela esté dotada de una trama completa no significa que Scalzi renuncie a mostrarnos el proceso de instrucción de un soldado de las secretas Fuerzas Especiales (como hizo en la primera novela con las Fuerzas de Defensa Coloniales), ni que recurra a un par de episodios bélicos aislados para lograr la caracterización completa de Dirac y al mismo tiempo erosionar la alianza alienígena. Pero lo hace con mesura, sin perder de vista a dónde quiere llevar la novela, y presentando detalles que le permitirán en último término crear un desenlace más completo.
A pesar del proceso de formación y la posterior fractura de la alianza alienígena narrado en la primera mitad de la novela, es la segunda parte la que verdaderamente merece la pena: con la situación ya convenientemente planteada, los hechos y las motivaciones de cada parte se van revelando gradualmente, con un ritmo muy alto y una intensidad constante, hasta que todo converge en el desenlace en la Luna Arist. A su habitual estilo directo y socarrón, heredero directo del maestro Robert A. Heinlein, Scalzi añade esta vez la yuxtaposición de conversaciones que caracterizaba al mejor Isaac Asimov (especialmente entre Dirac y el científico creador de las conciencias de los obin, Charles Boutin). Todo ello para asegurar el disfrute del lector de ciencia-ficción clásica, sin retorcimientos, vanaglorias ni episodios adyacentes que únicamente alarguen la extensión del libro sin aportarle nada a cambio.
Ahora bien, no todo es perfecto en "Las brigadas fantasma". Por ejemplo, Scalzi sigue desaprovechando oportunidades de su universo al presentarnos las distintas especies y su historia y conflictos justo en el momento en el que van a intervenir las Fuerzas Especiales, lo que impide dimensionar y comprender mejor conceptos como el del Cónclave y el Contracónclave. Además, presenta a unos series humanos (los gamoranos) excesivamente inverosímiles. Tampoco consigue en esta entrega dotar a la novela de la profundidad suficiente, lo que la acerca por momentos al mero entretenimiento. Y, como ya sucediera en "La vieja guardia", abusa de barbarismos innecesarios y se regodea en ocasiones en la violencia extrema (Daniel Harvey es el mejor ejemplo).
No puedo terminar esta reseña sin mencionar el excelente final. Aunque el elemento científico está muy cuidado en toda la novela, la contraposición de virus y troyanos como armas definitivas en el desenlace es genial. Eso y la inteligencia de Scalzi le permiten concluir la historia sin dejar ni un cabo suelto, lo que contribuye a mejorar la ya de por sí favorable impresión global.
domingo, 28 de junio de 2015
La vieja guardia (2005). John Scalzi
Una entrada más prosigo con la reseña de las novelas que recomiendo leer de las principales sagas de ciencia-ficción disponibles para el lector en español. En esta oportunidad le toca el turno a "La vieja guardia", del estadounidense John Scalzi, la primera de las novelas de la saga del mismo nombre. Que es también la última saga que voy a reseñar en este humilde blog, pues siendo la más reciente de todas cuantas he reseñado está aún siendo expandida por su autor. De hecho, el lector en español sólo tiene a su alcance estas cuatro novelas:
La vieja guardia (2005)
Las brigadas fantasma (2006)
La colonia perdida (2007)
La historia de Zoë (2008)
Pero en 2013 Scalzi amplió la saga con "The human division", aún no traducida hasta donde yo sé al español. Y mientras escribo esta entrada está viendo la luz en entregas serializadas la sexta entrega de la saga, "The end of all things". Además, Scalzi ha firmado recientemente un contrato con su editorial que entre otros compromisos incluye al menos una séptima novela para la saga, lo que deja bien a las claras el éxito de la misma. Con lo que es de esperar que en próximos años todas ellas vayan viendo la luz en nuestro idioma. Aunque de momento me conformaré con reseñar las cuatro novelas disponibles en español. En realidad, las realmente meritorias son las tres primeras; la cuarta es recomendable más que nada por un hecho muy infrecuente en el género y que desvelaré llegado el momento.
Como trasfondo de la saga, Scalzi plantea una humanidad en continuo conflicto con otras muchas especies extraterrestres por los últimos mundos habitables de la Galaxia. Con lo que el componente bélico/militar es uno de los más acusados a lo largo de la novela. Algo muy del gusto del público estadounidense desde los tiempos del maestro Robert A. Heilein hace más de medio siglo. Y si bien en mi caso particular he de reconocer que aunque las novelas de esta temática no son mis predilectas, la novela que les presento hoy es una aportación original, bien estructurada y por momentos disfrutable, a esta vertiente del género. Y con un aroma "clásico" muy de agradecer en el una novela del siglo XXI, un periodo en el que tanto abundan las obras excesivamente barrocas y de extensión injustificada.
Original porque dar la posibilidad a los ancianos terrestres que cumplan setenta y cinco años de dejar atrás su pasado en la Tierra y una muerte cercana para emprender un viaje de no retorno al servicio de las Fuerzas de Defensa Coloniales se aleja de los estereotipos planteados hasta ahora en las novelas de esta temática. Bien estructurada porque desde el proceso de reclutamiento hasta la finalización de las prácticas a mitad de la novela, pasando por el proceso de rejuvenecimiento y gradual mejora de sus capacidades, todo fluye con naturalidad, sin apenas páginas de relleno y de manera aprehensible para el lector. Y disfrutable en aquellos pasajes que lo permiten, desde el primer contacto con el Cerebroamigo hasta la formación a cargo del histrónico Sargento Ruiz.
Scalzi, probablemente consciente de que el escenario en el que se sitúa la novela es complejo, simplifica todo lo accesorio: designa un protagonista absoluto (John Perry), crea una narración en primera persona, propone una única línea narrativa, rehúye de los saltos temporales... Me parece un planteamiento acertado, aunque como bien se encarga de agradecer al final de la novela, recuerda claramente a su admirado Heinlein. Sin embargo, no por ello sacrifica el elemento científico, riguroso en todo momento, con varias páginas dedicadas por ejemplo a la impulsión de salto, y tecnología tan compleja como la empleada en la transferencia de cerebros a nuevos cuerpos o en la todopoderosa arma multiuso de las FDC, la MP-35.
La segunda parte de la novela, que comienza aproximadamente con la graduación de Perry, baja un escalón respecto a la primera por cómo la concibe Scalzi: en lugar de presentarnos a las diferentes especies alienígenas en conflicto con la humanidad, actualizarnos respecto a la situación actual y luego plantear las batallas en toda su complejidad, opta por sumergirnos directamente en episodios de combate aislados con variopintos alienígenas que no resultan fáciles de interiorizar. Probablemente sería esa la visión real de un soldado individual como Perry, y la que mejor explicaría su ascensión gradual en la jerarquía de las FDC, pero en realidad sólo dos especies extraterrestres (los consu y los raey) cobran cierta identidad en la novela, y sólo a raíz de los capítulos finales en torno a la batalla en Coral.
En el capítulo de los defectos debo incluir, además, el cuestionable recurso (no introducido hasta el tramo final de la novela) a unas Fuerzas Especiales ignoradas oficialmente por las FDCs. Y que justo una de las mayores exponentes de las mismas (Jane Sagan) tenga el mismo cuerpo de la difunta esposa de John (Katherine), lo que aporta un sentimentalismo un tanto artificial. También sobran barbarismos, violencia gratuita en algunas oportunidades y sobre todo falta algo más de profundidad y de carácter especulativo. Aunque a cambio Scalzi proponga un estilo desenfadado, fácil de leer, me atrevería a calificarlo de juvenil, con capítulos de duración contenida y bien estructurados. Es de agradecer, además, que Scalzi se esfuerce por cerrar lo narrado en esta novela, puesto que aunque probablemente tuviera ya en mente una continuación, nos propone un desenlace coherente, satisfactorio, y no deudor de esas futuras entregas que pocos años después describiría. Todo lo cual contribuye a despertar en el lector el interés por la siguiente entrega, que reseñaré dentro de unos días.
La vieja guardia (2005)
Las brigadas fantasma (2006)
La colonia perdida (2007)
La historia de Zoë (2008)
Pero en 2013 Scalzi amplió la saga con "The human division", aún no traducida hasta donde yo sé al español. Y mientras escribo esta entrada está viendo la luz en entregas serializadas la sexta entrega de la saga, "The end of all things". Además, Scalzi ha firmado recientemente un contrato con su editorial que entre otros compromisos incluye al menos una séptima novela para la saga, lo que deja bien a las claras el éxito de la misma. Con lo que es de esperar que en próximos años todas ellas vayan viendo la luz en nuestro idioma. Aunque de momento me conformaré con reseñar las cuatro novelas disponibles en español. En realidad, las realmente meritorias son las tres primeras; la cuarta es recomendable más que nada por un hecho muy infrecuente en el género y que desvelaré llegado el momento.
Como trasfondo de la saga, Scalzi plantea una humanidad en continuo conflicto con otras muchas especies extraterrestres por los últimos mundos habitables de la Galaxia. Con lo que el componente bélico/militar es uno de los más acusados a lo largo de la novela. Algo muy del gusto del público estadounidense desde los tiempos del maestro Robert A. Heilein hace más de medio siglo. Y si bien en mi caso particular he de reconocer que aunque las novelas de esta temática no son mis predilectas, la novela que les presento hoy es una aportación original, bien estructurada y por momentos disfrutable, a esta vertiente del género. Y con un aroma "clásico" muy de agradecer en el una novela del siglo XXI, un periodo en el que tanto abundan las obras excesivamente barrocas y de extensión injustificada.
Original porque dar la posibilidad a los ancianos terrestres que cumplan setenta y cinco años de dejar atrás su pasado en la Tierra y una muerte cercana para emprender un viaje de no retorno al servicio de las Fuerzas de Defensa Coloniales se aleja de los estereotipos planteados hasta ahora en las novelas de esta temática. Bien estructurada porque desde el proceso de reclutamiento hasta la finalización de las prácticas a mitad de la novela, pasando por el proceso de rejuvenecimiento y gradual mejora de sus capacidades, todo fluye con naturalidad, sin apenas páginas de relleno y de manera aprehensible para el lector. Y disfrutable en aquellos pasajes que lo permiten, desde el primer contacto con el Cerebroamigo hasta la formación a cargo del histrónico Sargento Ruiz.
Scalzi, probablemente consciente de que el escenario en el que se sitúa la novela es complejo, simplifica todo lo accesorio: designa un protagonista absoluto (John Perry), crea una narración en primera persona, propone una única línea narrativa, rehúye de los saltos temporales... Me parece un planteamiento acertado, aunque como bien se encarga de agradecer al final de la novela, recuerda claramente a su admirado Heinlein. Sin embargo, no por ello sacrifica el elemento científico, riguroso en todo momento, con varias páginas dedicadas por ejemplo a la impulsión de salto, y tecnología tan compleja como la empleada en la transferencia de cerebros a nuevos cuerpos o en la todopoderosa arma multiuso de las FDC, la MP-35.
La segunda parte de la novela, que comienza aproximadamente con la graduación de Perry, baja un escalón respecto a la primera por cómo la concibe Scalzi: en lugar de presentarnos a las diferentes especies alienígenas en conflicto con la humanidad, actualizarnos respecto a la situación actual y luego plantear las batallas en toda su complejidad, opta por sumergirnos directamente en episodios de combate aislados con variopintos alienígenas que no resultan fáciles de interiorizar. Probablemente sería esa la visión real de un soldado individual como Perry, y la que mejor explicaría su ascensión gradual en la jerarquía de las FDC, pero en realidad sólo dos especies extraterrestres (los consu y los raey) cobran cierta identidad en la novela, y sólo a raíz de los capítulos finales en torno a la batalla en Coral.
En el capítulo de los defectos debo incluir, además, el cuestionable recurso (no introducido hasta el tramo final de la novela) a unas Fuerzas Especiales ignoradas oficialmente por las FDCs. Y que justo una de las mayores exponentes de las mismas (Jane Sagan) tenga el mismo cuerpo de la difunta esposa de John (Katherine), lo que aporta un sentimentalismo un tanto artificial. También sobran barbarismos, violencia gratuita en algunas oportunidades y sobre todo falta algo más de profundidad y de carácter especulativo. Aunque a cambio Scalzi proponga un estilo desenfadado, fácil de leer, me atrevería a calificarlo de juvenil, con capítulos de duración contenida y bien estructurados. Es de agradecer, además, que Scalzi se esfuerce por cerrar lo narrado en esta novela, puesto que aunque probablemente tuviera ya en mente una continuación, nos propone un desenlace coherente, satisfactorio, y no deudor de esas futuras entregas que pocos años después describiría. Todo lo cual contribuye a despertar en el lector el interés por la siguiente entrega, que reseñaré dentro de unos días.
domingo, 21 de junio de 2015
El triunfo de la Fundación (1999). David Brin
Una entrada más continúo reseñando las novelas que recomiendo leer de las principales sagas disponibles para el lector de ciencia-ficción en español. Les presento hoy "El triunfo de la Fundación", la novela del estadounidense David Brin con la que se cierra la denominada segunda trilogía de la Fundación, escrita por "las 3-Bs" de la ciencia-ficción estadounidense años después de la muerte de Isaac Asimov, con el respaldo de sus herederos. La obra literaria de Brin tiene en mi opinión como principal característica sus muchos altibajos, y aunque en su aportación al universo asimoviano no estuvo en una particular baja forma, su resultado es inferior al de la entrega de Greg Bear ("Fundación y caos") que reseñé en mi entrada anterior, y por tanto al de cualquiera de las novelas de la saga original del Buen Doctor. Pero se sostiene por las abundantes y coherentes reflexiones sobre la saga que aporta, y resulta incuestionablemente superior a la del pretencioso Gregory Benford ("El temor de la Fundación").
Brin sitúa su novela en los últimos años de vida de un anciano Hari Seldon, quien aunque ya tiene sus dos Fundaciones en marcha, mantiene hasta el final su titánico esfuerzo por descubrir los últimos factores que sean necesarios incorporar a sus ya famosas ecuaciones psicohistóricas. Para ello, recrea los principales protagonistas de la saga originial (Hari, Daneel, Dors, Wanda) y alguno de los creados en las novelas anteriores de esta seguna trilogía (el robot Lodovik Trema, los simulacros Voltaire y Juana de Arco...), y los complementa con un buen puñado de personajes de creación propia (especialmente Horis Antic, que acompaña a Hari en su periplo final, el robot Kers Kantun, y el noble Biron Maserd). Aunque a pesar de todos estos ingredientes el lector pronto descubre que más que como una auténtica novela, "El triunfo de la Fundación" podría definirse como un ensayo novelado. Porque lo que guía a la pluma de Brin es el afán por plantear reflexiones y respuestas que hasta ahora no se habían presentado tan claramente en la saga de la Fundación, ni por extensión en las de los Robots y el Imperio Galáctico.
Así, por las casi 500 páginas de la novela se plantean cuestiones como: ¿por qué durante 20.000 años en ninguna parte de la Galaxia el ser humano ha sido capaz de repetir un éxito del calibre de la invención de los robots? ¿cómo es posible que los humanos sean la única especie inteligente de la Galaxia? ¿cómo puede ser que su civilización galáctica se mantenga estable social, tecnológica y económicamente durante todo ese tiempo? ¿es el caos la causa de la imperfección de la humanidad, y la razón por la que una y otra vez se le niega la grandeza que parece capaz de conseguir? ¿por qué esa insondable amnesia de la humanidad respecto a su origen y expansión por la Galaxia? ¿sería válida la psicohistoria en una galaxia plagada de mentálicos? Y aunque en ocasiones se transformen en divagaciones un tanto superfluas, estos interrogantes permiten a Brin proporcionar respuestas tan brillantes como consecuentes: la fiebre cerebral, los archivos históricos especiales, las máquinas terraformadoras, los persuasores mentálicos orbitales, o la enorme influencia de la burocracia en la sociedad.
Es de recibo resaltar también el loable esfuerzo y los si cabe mayores conocimientos que exhibe Brin sobre las tres sagas del Buen Doctor. Así, aprovecha desde la extraña desaparición de Joseph Schwartz en Chicago relatada en "Un guijarro en el cielo", hasta el plan de Daneel para crear Gaia, la superunidad planetaria planteada por Asimov en "Fundación y Tierra", sin olvidarse de incluir las aportaciones de sus compañeros de viaje Benford y Bear. Así como el respeto por las señas de identidad de la saga original, claramente apreciable en una estructura en seis partes que transcurren en diversos escenarios, precedidas por sus correspondientes citas de la Enciclopedia Galáctica, constituidas por capítulos numerados de corta extensión y con continuos saltos de situación... Todo tal cual lo hubiera hecho el propio Asimov. Aunque desafortunadamente ese respeto por el estilo del Buen Doctor no da como resultado una novela de tan alto nivel.
La lástima es que abundan los defectos, sobre todo en lo concerniente al concepto de "novela". Particularmente la trama, que por una parte resulta confusa (con demasiados personajes de intereses encontrados y particulares que resultan difíciles de distinguir), y por otra escasa (ya que con tanta especulación y esfuerzo por cohesionar las sagas, el número y sobre todo la magnitud de los acontencimientos se resiente, escaseando la acción). Lo que es más: a la novela le falta la intriga típica de Asimov, y un objetivo claro que dinamice la acción. De hecho, Brin ni siquiera termina de aprovechar que el desenlace ocurra precisamente en la Tierra. Y admite a modo de postfacio que eliminó dos páginas más del desenlace para dejar simplemente pistas a hipotéticos continuadores futuros de la saga.
Otros defectos que penalizan la impresión global son la expansión explícita y reiterada del caos que tanto obsesiona a Brin y la insistencia en distinguir la adscripción a cada una de las cinco castas. Tampoco son particularmente interesantes los nuevos personajes que acompañan a Hari en su periplo (Antic y Maserd). Ni aporta lo suficiente a la obra la forzada "malignización" de Dors tras calibrar el plan trazado por Daneel a lo largo de los milenios. Si bien a cambio la novela se cierra con un más que interesante anexo, que nos presenta una cronología temporal de los principales acontecimientos relatados por el propio Asimov y por sus sucesores en las tres sagas interrelacionadas que conforman su historia del futuro. Un detalle muy de agradecer que dará cohesión a todo lo leido y puede servir como perfecto punto de cierre para las nada menos que 17 novelas que he reseñado sobre todas estas históricas sagas en este humilde blog.
Brin sitúa su novela en los últimos años de vida de un anciano Hari Seldon, quien aunque ya tiene sus dos Fundaciones en marcha, mantiene hasta el final su titánico esfuerzo por descubrir los últimos factores que sean necesarios incorporar a sus ya famosas ecuaciones psicohistóricas. Para ello, recrea los principales protagonistas de la saga originial (Hari, Daneel, Dors, Wanda) y alguno de los creados en las novelas anteriores de esta seguna trilogía (el robot Lodovik Trema, los simulacros Voltaire y Juana de Arco...), y los complementa con un buen puñado de personajes de creación propia (especialmente Horis Antic, que acompaña a Hari en su periplo final, el robot Kers Kantun, y el noble Biron Maserd). Aunque a pesar de todos estos ingredientes el lector pronto descubre que más que como una auténtica novela, "El triunfo de la Fundación" podría definirse como un ensayo novelado. Porque lo que guía a la pluma de Brin es el afán por plantear reflexiones y respuestas que hasta ahora no se habían presentado tan claramente en la saga de la Fundación, ni por extensión en las de los Robots y el Imperio Galáctico.
Así, por las casi 500 páginas de la novela se plantean cuestiones como: ¿por qué durante 20.000 años en ninguna parte de la Galaxia el ser humano ha sido capaz de repetir un éxito del calibre de la invención de los robots? ¿cómo es posible que los humanos sean la única especie inteligente de la Galaxia? ¿cómo puede ser que su civilización galáctica se mantenga estable social, tecnológica y económicamente durante todo ese tiempo? ¿es el caos la causa de la imperfección de la humanidad, y la razón por la que una y otra vez se le niega la grandeza que parece capaz de conseguir? ¿por qué esa insondable amnesia de la humanidad respecto a su origen y expansión por la Galaxia? ¿sería válida la psicohistoria en una galaxia plagada de mentálicos? Y aunque en ocasiones se transformen en divagaciones un tanto superfluas, estos interrogantes permiten a Brin proporcionar respuestas tan brillantes como consecuentes: la fiebre cerebral, los archivos históricos especiales, las máquinas terraformadoras, los persuasores mentálicos orbitales, o la enorme influencia de la burocracia en la sociedad.
Es de recibo resaltar también el loable esfuerzo y los si cabe mayores conocimientos que exhibe Brin sobre las tres sagas del Buen Doctor. Así, aprovecha desde la extraña desaparición de Joseph Schwartz en Chicago relatada en "Un guijarro en el cielo", hasta el plan de Daneel para crear Gaia, la superunidad planetaria planteada por Asimov en "Fundación y Tierra", sin olvidarse de incluir las aportaciones de sus compañeros de viaje Benford y Bear. Así como el respeto por las señas de identidad de la saga original, claramente apreciable en una estructura en seis partes que transcurren en diversos escenarios, precedidas por sus correspondientes citas de la Enciclopedia Galáctica, constituidas por capítulos numerados de corta extensión y con continuos saltos de situación... Todo tal cual lo hubiera hecho el propio Asimov. Aunque desafortunadamente ese respeto por el estilo del Buen Doctor no da como resultado una novela de tan alto nivel.
La lástima es que abundan los defectos, sobre todo en lo concerniente al concepto de "novela". Particularmente la trama, que por una parte resulta confusa (con demasiados personajes de intereses encontrados y particulares que resultan difíciles de distinguir), y por otra escasa (ya que con tanta especulación y esfuerzo por cohesionar las sagas, el número y sobre todo la magnitud de los acontencimientos se resiente, escaseando la acción). Lo que es más: a la novela le falta la intriga típica de Asimov, y un objetivo claro que dinamice la acción. De hecho, Brin ni siquiera termina de aprovechar que el desenlace ocurra precisamente en la Tierra. Y admite a modo de postfacio que eliminó dos páginas más del desenlace para dejar simplemente pistas a hipotéticos continuadores futuros de la saga.
Otros defectos que penalizan la impresión global son la expansión explícita y reiterada del caos que tanto obsesiona a Brin y la insistencia en distinguir la adscripción a cada una de las cinco castas. Tampoco son particularmente interesantes los nuevos personajes que acompañan a Hari en su periplo (Antic y Maserd). Ni aporta lo suficiente a la obra la forzada "malignización" de Dors tras calibrar el plan trazado por Daneel a lo largo de los milenios. Si bien a cambio la novela se cierra con un más que interesante anexo, que nos presenta una cronología temporal de los principales acontecimientos relatados por el propio Asimov y por sus sucesores en las tres sagas interrelacionadas que conforman su historia del futuro. Un detalle muy de agradecer que dará cohesión a todo lo leido y puede servir como perfecto punto de cierre para las nada menos que 17 novelas que he reseñado sobre todas estas históricas sagas en este humilde blog.
miércoles, 27 de mayo de 2015
El temor de la Fundación (1997). Gregory Benford
Ya he manifestado anteriormente en este mismo blog que para mí la saga de la Fundación es, con todo merecimiento, la saga más reconocida en la historia de la ciencia-ficción. Así que, cuando unos años después de la muerte de Isaac Asimov, sus herederos autorizaron la elaboración de una trilogía sobre la misma que arrojara luz sobre algunas de las principales incógnitas de la saga, y que sobre todo me permitiera reencontrarme con sus principales personajes y escenarios, mi expectación fue máxima. Aunque al conocer los escritores involucrados en la redacción de la misma (Gregory Benford, Greg Bear y David Brin) mi ilusión bajó un tanto. No es que se trate ni mucho menos de escritores de segunda fila (cosa que sí sucede con la saga "Robot city", lejanamente emparentada con la saga de los robots de Asimov y que nunca me he animado a leer), y todos han sido reconocidos con los premios más importantes del género. Pero Brin me parece un escritor relativamente irregular, a Bear creo que le falta un poco de chispa y sobre todo Benford no se encuentra entre mis predilectos por su pretenciosidad y sus reiterativas obsesiones y tics. Así que aunque voy a recomendar leer las tres novelas de la saga (siendo cada una de ellas de un escritor diferente no veo sensata otra recomendación), sí que advierto que la impresión final de esta segunda trilogía probablemente sea muy inferior a la de la saga original, aunque no me atrevería a calificarla de decepcionante.
La saga está compuesta por las siguientes tres novelas, en orden cronológico y de lectura:
"El temor de la Fundación" (1997). Gregory Benford
"Fundación y caos" (1998). Greg Bear
"El triunfo de la Fundación" (1999). David Brin
Centrándonos en "El temor de la Fundación", la aportación de Benford a la saga, empezaré diciendo que para mí es sin duda la peor de las tres novelas, e inferior a cualquiera de las de la saga original. La razón básica es que creo que Benford carece del talento de Asimov para mantener el nivel de la saga, con su inagotable riqueza a diferentes niveles. Aunque no debemos ignorar sus esfuerzos por ajustarse al universo asimoviano.
El comienzo, sin ir más lejos, es alentador: Benford respeta la estructura en varias partes de las novelas de la saga escritas en los ochenta, con una cita de la Enciclopedia Galáctica al comienzo de cada una, y una sucesión de capítulos cortos dentro de las mismas, tal y como había hecho el Buen Doctor. Además, recurre al uso intensivo de los diálogos y sitúa la acción justo antes de la elección de Hari Seldon como Primer Ministro del Imperio Galáctico, lo que le permite al lector ponerse rápidamente en situación y le posibilita la satisfacción de reencontrarse con viejos conocodios: Cleon I, Dors, Daneel, Yugo... Sin embargo, la recreación de los mismos no está del todo conseguida, pues se echan en falta personajes (Raych), algunos como Yugo, que se ha convertido en un apasionado nacionalista dahlita, están demasiado alterados, y en la relación de Hari con Dors hay episodios de pasión impropios de Asimov.
Con la segunda de las ocho partes de que consta la novela aparece el principal problema: los Simulacros, unos programas de inteligencia artificial que son resucitados por Seldon como mecanismo para comprobar sus teorías psicohistóricas. En total, nada menos que un tercio de la novela focalizado casi en exclusiva en dos personajes demasiado ligados a la historia de la Tierra (Juana de Arco y Voltaire), que se enzarzan en especulaciones inverosímiles, cargadas de términos de significados confusos y faltas de acción. Incluso el debate entre fe y razón que plantean permanentemente, además de ya de sobra conocido, queda lejos de las reflexiones de la saga. Tanto, que muchas veces el lector debe resistirse a la tentación de saltarse estos capítulos. Y ni siquiera es una aportación consistente, ya que por ejemplo Marq y Sybyl, protagonistas de la segunda parte, desaparecen sin más hasta el final.
Siguiendo con el capítulo de los defectos, otro defecto grave es que aunque el eje central de la novela parece en principio la conspiración de Lamark contra Seldon, pero durante muchas fases de la novela no hay ninguna alusión a esta situación, lo que confunde al lector. Tampoco se muestra inspirado Benford a la hora de aprovechar la fascinante diversidad del Trántor que nos descubrió Asimov: incluso las otras partes de la ciudad-planeta que crea para la ocasión (Junin, Analytica) carecen de fuerza, como si él mismo no creyera demasiado en ellas. Otros defectos menores son la continua inserción de citas, los excesos imaginativos de Benford (a modo de ejemplo puedo citar los gatos que hablan y desfilan), la aparición puntual de personajes de la Tierra que nada aportan a la obra (desde Torquemada a Jesucristo), y una cierta brusquedad y confusión a la hora de narrar la mayoría de los episodios de acción.
Afortunadamente, algunos aciertos permiten completar la lectura de la obra. En especial la quinta parte, dedicada a Panucopia (la interacción con los pans, su utilización para la teoría de la psicohistoria y la conspiración de Vaddo contra Dors y Hari). También las recepciones y fiestas palaciegas, que si bien no logran recrear el ambiente de intriga característico de Asimov, sí saben reflejar la inmensidad y el refinamiento del Imperio. Asimismo, la atención al componente científico (incluso cuando como en el caso de los agujeros de gusano contravenga el salto hiperespacial que Asimov había usado en sus novelas de los cincuenta), las referencias a otros elementos del universo Asimoviano (el planeta Sark de la saga del Imperio, el robot Giskaard de la saga de los robots...), y el hecho, desvelado al final, de que los fatigosos Simulacros y el Retículo tenían como fin plantear una solución (bastante convincente, por cierto) a la ausencia total de alienígenas en la Galaxia.
Resaltar por último la excelente traducción (algo no siempre habitual en el género) a cargo de Carlos Gardini.
La saga está compuesta por las siguientes tres novelas, en orden cronológico y de lectura:
"El temor de la Fundación" (1997). Gregory Benford
"Fundación y caos" (1998). Greg Bear
"El triunfo de la Fundación" (1999). David Brin
Centrándonos en "El temor de la Fundación", la aportación de Benford a la saga, empezaré diciendo que para mí es sin duda la peor de las tres novelas, e inferior a cualquiera de las de la saga original. La razón básica es que creo que Benford carece del talento de Asimov para mantener el nivel de la saga, con su inagotable riqueza a diferentes niveles. Aunque no debemos ignorar sus esfuerzos por ajustarse al universo asimoviano.
El comienzo, sin ir más lejos, es alentador: Benford respeta la estructura en varias partes de las novelas de la saga escritas en los ochenta, con una cita de la Enciclopedia Galáctica al comienzo de cada una, y una sucesión de capítulos cortos dentro de las mismas, tal y como había hecho el Buen Doctor. Además, recurre al uso intensivo de los diálogos y sitúa la acción justo antes de la elección de Hari Seldon como Primer Ministro del Imperio Galáctico, lo que le permite al lector ponerse rápidamente en situación y le posibilita la satisfacción de reencontrarse con viejos conocodios: Cleon I, Dors, Daneel, Yugo... Sin embargo, la recreación de los mismos no está del todo conseguida, pues se echan en falta personajes (Raych), algunos como Yugo, que se ha convertido en un apasionado nacionalista dahlita, están demasiado alterados, y en la relación de Hari con Dors hay episodios de pasión impropios de Asimov.
Con la segunda de las ocho partes de que consta la novela aparece el principal problema: los Simulacros, unos programas de inteligencia artificial que son resucitados por Seldon como mecanismo para comprobar sus teorías psicohistóricas. En total, nada menos que un tercio de la novela focalizado casi en exclusiva en dos personajes demasiado ligados a la historia de la Tierra (Juana de Arco y Voltaire), que se enzarzan en especulaciones inverosímiles, cargadas de términos de significados confusos y faltas de acción. Incluso el debate entre fe y razón que plantean permanentemente, además de ya de sobra conocido, queda lejos de las reflexiones de la saga. Tanto, que muchas veces el lector debe resistirse a la tentación de saltarse estos capítulos. Y ni siquiera es una aportación consistente, ya que por ejemplo Marq y Sybyl, protagonistas de la segunda parte, desaparecen sin más hasta el final.
Siguiendo con el capítulo de los defectos, otro defecto grave es que aunque el eje central de la novela parece en principio la conspiración de Lamark contra Seldon, pero durante muchas fases de la novela no hay ninguna alusión a esta situación, lo que confunde al lector. Tampoco se muestra inspirado Benford a la hora de aprovechar la fascinante diversidad del Trántor que nos descubrió Asimov: incluso las otras partes de la ciudad-planeta que crea para la ocasión (Junin, Analytica) carecen de fuerza, como si él mismo no creyera demasiado en ellas. Otros defectos menores son la continua inserción de citas, los excesos imaginativos de Benford (a modo de ejemplo puedo citar los gatos que hablan y desfilan), la aparición puntual de personajes de la Tierra que nada aportan a la obra (desde Torquemada a Jesucristo), y una cierta brusquedad y confusión a la hora de narrar la mayoría de los episodios de acción.
Afortunadamente, algunos aciertos permiten completar la lectura de la obra. En especial la quinta parte, dedicada a Panucopia (la interacción con los pans, su utilización para la teoría de la psicohistoria y la conspiración de Vaddo contra Dors y Hari). También las recepciones y fiestas palaciegas, que si bien no logran recrear el ambiente de intriga característico de Asimov, sí saben reflejar la inmensidad y el refinamiento del Imperio. Asimismo, la atención al componente científico (incluso cuando como en el caso de los agujeros de gusano contravenga el salto hiperespacial que Asimov había usado en sus novelas de los cincuenta), las referencias a otros elementos del universo Asimoviano (el planeta Sark de la saga del Imperio, el robot Giskaard de la saga de los robots...), y el hecho, desvelado al final, de que los fatigosos Simulacros y el Retículo tenían como fin plantear una solución (bastante convincente, por cierto) a la ausencia total de alienígenas en la Galaxia.
Resaltar por último la excelente traducción (algo no siempre habitual en el género) a cargo de Carlos Gardini.
sábado, 9 de mayo de 2015
Chindi (2002). Jack McDevitt
Una nueva entrada continúo reseñando las novelas que recomiendo leer de las principales novelas disponibles para el lector de ciencia-ficción en español. Voy a hablarles en esta oportunidad de "Chindi", tercera novela en orden cronológico y de lectura de la saga de Priscilla Hutchins, también conocida en España como la saga de las máquinas de Dios, de Jack McDevitt. Es la última novela que recomiendo leer de la saga, a pesar de que ésta aún está compuesta por cuatro novelas más (tres de las cuales están disponibles en nuestro idioma), y de que fue la primera de las novelas de la saga nominada al prestigio Premio Nébula (reconocimiento que compartieron las tres novelas siguientes de la saga). Y es que la tercera entrega de la saga intenta, respetando la arqueología alienígena como su elemento característico, potenciar la exploración especial como elemento diferenciador de sus predecesoras. Y a pesar de que ese hecho probablemente influyó en su nominación, para mí afecta negativamente al resultado, inferior incuestionablemente al de sus predecesoras.
Porque la sensación predominante hasta que tiene lugar el descubrimiento del Chindi (lo cual no sucede hasta el último tercio de la novela) es que los reiterativos hallazgos de las tripletas de satélites que se localizan orbitando diversas estrellas de nuestra galaxia, son más una excusa para que la novela se diferencie de las anteriores (y, admitámoslo, para equiparar su abultada extensión a la de aquellas), que un eje argumental en el que McDevitt realmente crea. Es cierto que a lo largo de todas las travesías de Hutch y sus compañeros de aventura (seis, nada menos) se nos muestran escenarios aceptablemente interesantes (Retiro, Paraíso y, sobre todo, Refugio). Pero falta el para McDevitt esencial ingrediente de la restricción temporal, y sobra la sensación de un viaje que los miembros de la Sociedad del Contacto prolongan de manera un tanto ingenua y artificial. Y claro, así la lectura se resiente.
Además, McDevitt juega claramente al despiste con "Chindi", tanto a nivel individual (basta observar que Hutch empieza más que interesada en el Predicador, pero en unas pocas semanas acaba rendida en los brazos de Tor) como colectivo (la original idea de dos expediciones paralelas pero coordinadas en sus misiones a dos puntos diferentes de la galaxia se desvanece pronto, con la repentina desaparición del Cóndor). Por otra parte, las reflexiones tan oportunamente introducidas al comienzo de cada capítulo de "Deepsix" dejan paso aquí a unas citas (a veces reales, otras inventadas para la ocasión) que simplemente orientan al lector sobre el contenido del capítulo en cuestión, pero no le dan qué pensar. Y vuelven a sobrar varias decenas de páginas (desde el irrelevante para la narración episodio del rescate de la Renaissance hasta detalles sobre las simulaciones a bordo del Menphis).
No obstante, a pesar de ese menor interés respecto a sus predecesoras, la novela se deja leer y es capaz de entretener al lector. A ello contribuyen decisivamente la ya conocida parafernalia de la saga (naves superlumínicas, Academia, e-trajes, campos Flickinger), el protagonismo absoluto de Hutch (con sus imperfecciones, pero también su eficacia en situaciones extremas), una prosa correcta, con predominio de diálogos amenos y directos sobre largas y farragosas descripciones, y especialmente el sentido de la maravilla inherenete al fastuoso universo ideado por McDevitt, cuya grandeza se percibe en toda su extensión en "Chindi".
Hasta el hallazgo del Chindi la novela ofrece en mi opinión menos pasajes cautivadores que sus predecesoras (quizá sólo el inteligente y agónico rescate de Tor a bordo del Wendy). Pero una vez la acción se traslada al original e inmenso artilugio alienígena la narración vuelve por fin a los parámetros más conocidos de la saga (exploración, elaboración de teorías sobre lo encontrado, un grupo reducido y gestionable, una catástrofe que dinamiza la narración, la restricción temporal...) y ese retorno a la "fórmula" aumenta la efectividad de la novela. El rescate fallido de George y Tor entre la estremecedora tormenta de hielo es brillante, y el tramo final, con su sucesión de ideas ingenieriles y arriesgadas para superar los continuos reveses, mejora mucho la impresión final de la novela (aunque en último extremo la red que construye Tor para que Hutch pueda rescatarlo, recuerda conceptualmente a la empleada en el desenlace de "Deepsix", como el propio McDevitt admite). Además, el epílogo rescata lo más salvable de los dos primeros tercios de expedición y lo dotan de una coherencia y un sentido global que realzan su valía. Una buena forma de cerrar una novela correcta pero que sigue sugiriendo más que confirmando, tarda demasiado en "despegar", y sólo lo hace cuando transita aguas ya conocidas de la saga. Razones por las que nunca me he animado a proseguir con la lectura de las novelas restantes. Aunque no descarto que en algún momento me anime a proseguir con su lectura, pues la saga contiene argumentos para ello. Sólo necesito que haya transcurrido el tiempo suficiente para eliminar esa sensación de deja vu tan incómoda.
Porque la sensación predominante hasta que tiene lugar el descubrimiento del Chindi (lo cual no sucede hasta el último tercio de la novela) es que los reiterativos hallazgos de las tripletas de satélites que se localizan orbitando diversas estrellas de nuestra galaxia, son más una excusa para que la novela se diferencie de las anteriores (y, admitámoslo, para equiparar su abultada extensión a la de aquellas), que un eje argumental en el que McDevitt realmente crea. Es cierto que a lo largo de todas las travesías de Hutch y sus compañeros de aventura (seis, nada menos) se nos muestran escenarios aceptablemente interesantes (Retiro, Paraíso y, sobre todo, Refugio). Pero falta el para McDevitt esencial ingrediente de la restricción temporal, y sobra la sensación de un viaje que los miembros de la Sociedad del Contacto prolongan de manera un tanto ingenua y artificial. Y claro, así la lectura se resiente.
Además, McDevitt juega claramente al despiste con "Chindi", tanto a nivel individual (basta observar que Hutch empieza más que interesada en el Predicador, pero en unas pocas semanas acaba rendida en los brazos de Tor) como colectivo (la original idea de dos expediciones paralelas pero coordinadas en sus misiones a dos puntos diferentes de la galaxia se desvanece pronto, con la repentina desaparición del Cóndor). Por otra parte, las reflexiones tan oportunamente introducidas al comienzo de cada capítulo de "Deepsix" dejan paso aquí a unas citas (a veces reales, otras inventadas para la ocasión) que simplemente orientan al lector sobre el contenido del capítulo en cuestión, pero no le dan qué pensar. Y vuelven a sobrar varias decenas de páginas (desde el irrelevante para la narración episodio del rescate de la Renaissance hasta detalles sobre las simulaciones a bordo del Menphis).
No obstante, a pesar de ese menor interés respecto a sus predecesoras, la novela se deja leer y es capaz de entretener al lector. A ello contribuyen decisivamente la ya conocida parafernalia de la saga (naves superlumínicas, Academia, e-trajes, campos Flickinger), el protagonismo absoluto de Hutch (con sus imperfecciones, pero también su eficacia en situaciones extremas), una prosa correcta, con predominio de diálogos amenos y directos sobre largas y farragosas descripciones, y especialmente el sentido de la maravilla inherenete al fastuoso universo ideado por McDevitt, cuya grandeza se percibe en toda su extensión en "Chindi".
Hasta el hallazgo del Chindi la novela ofrece en mi opinión menos pasajes cautivadores que sus predecesoras (quizá sólo el inteligente y agónico rescate de Tor a bordo del Wendy). Pero una vez la acción se traslada al original e inmenso artilugio alienígena la narración vuelve por fin a los parámetros más conocidos de la saga (exploración, elaboración de teorías sobre lo encontrado, un grupo reducido y gestionable, una catástrofe que dinamiza la narración, la restricción temporal...) y ese retorno a la "fórmula" aumenta la efectividad de la novela. El rescate fallido de George y Tor entre la estremecedora tormenta de hielo es brillante, y el tramo final, con su sucesión de ideas ingenieriles y arriesgadas para superar los continuos reveses, mejora mucho la impresión final de la novela (aunque en último extremo la red que construye Tor para que Hutch pueda rescatarlo, recuerda conceptualmente a la empleada en el desenlace de "Deepsix", como el propio McDevitt admite). Además, el epílogo rescata lo más salvable de los dos primeros tercios de expedición y lo dotan de una coherencia y un sentido global que realzan su valía. Una buena forma de cerrar una novela correcta pero que sigue sugiriendo más que confirmando, tarda demasiado en "despegar", y sólo lo hace cuando transita aguas ya conocidas de la saga. Razones por las que nunca me he animado a proseguir con la lectura de las novelas restantes. Aunque no descarto que en algún momento me anime a proseguir con su lectura, pues la saga contiene argumentos para ello. Sólo necesito que haya transcurrido el tiempo suficiente para eliminar esa sensación de deja vu tan incómoda.
lunes, 13 de abril de 2015
Deepsix (2000). Jack McDevitt
Una nueva entrada prosigo reseñando las novelas que recomiendo leer de las principales sagas disponibles para el lector de ciencia-ficción en español. Voy a hablar hoy de "Deepsix", segunda novela en orden cronólogico y también de lectura de la saga de las máquinas de Dios, obra del estadounidense Jack McDevitt. "Deepsix" fue la novela con la que McDevitt convirtió sus "máquinas de Dios" en una saga, desplazando la acción casi 20 años adelante en el s. XXIII y confirmando a la piloto/capitana Priscilla Hutchins como su protagonista absoluta. "Deepsix" es una cautivadora novela de supervivencia en un entorno hostil y de ingeniería astronómica "contrarreloj", que utilizando en esta ocasión la arqueología más como complemento que como componente esencial, globalmente supera a los puntos a su predecesora.
"Deepsix" comparte suficientes elementos con "Las máquinas de Dios" para formar incuestionablemente parte de la saga (aparte de la misma protagonista podemos citar la exploración de un planeta con restos de una civilización inteligente, la presencia de agentes ya conocidos como la Academia y Kosmik, un prólogo corto, desasosegante y enigmático, un acontecimiento inevitable pero inesperado que impone una restricción temporal a la acción...), pero también las suficientes características propias como para diferenciarse: por encima de todo, un mayor número de reflexiones propuesta a partir de lo narrado y sobre la vida en general, que presenta en su mayor parte al comienzo de cada capítulo merced a las citas del periodista Gregory McAllister, y también una mayor atención al componente tecnológico-ingenieril, capitalizado por los restos del ascensor espacial encontrado en Deepsix y su posterior conversión en la red de rescate de los protagonistas. Ambos aspectos parecen vistos desde fuera una respuesta consciente del autor a algunas de las mayores debilidades de "Las máquinas de Dios". Y cumplen razonablemente bien su cometido, por lo que son bienvenidas.
Aun cuando en mi opinión sobran menos páginas que en su predecesora, "Deepsix" es nuevamente una novela muy larga, y ello acarrea que el comienzo (hasta que la expedición aterriza en el planeta Deepsix) sea un poco lento, y que en el tercio final se caractericen en exceso algunos personajes netamente secundarios (como los integrantes del equipo de soldadores). Otro defecto obvio es la semejanza en la fórmula con la primera novela de la saga, lo que limita el factor sorpresa a cuestiones como cuántos personajes morirán, o qué imprevistos de última hora se encontrarán. También cabe ponerles un pero a unos cuantos pasajes de exploración arqueológica (más descriptivos que reveladores) y a algún personaje un poco "cargante" (el capitán del Evening Star Erik Nicholson, el propio Gregory MacAllister). E incluso a que la situación poco menos que insostenible que atravesaba la Tierra en "Las máquinas de Dios" prácticamente ni se mencione dos décadas más tarde.
Pese a estos defectos la novela resulta muy amena y cercana: el factor tiempo y la tensión que impone durante casi toda su extensión dinamiza la acción, la prosa es sobria pero efectiva, abundan unos diálogos que a menudo despiden una chispa de inteligencia o de humor, en la mayoría de los capítulos sucede algún acontecimiento interesante, el elemento científico está razonablemente respetado tanto en su vertiente astronómica como en la flora y fauna de Deepsix... Además, los personajes principales están muy bien caracterizados, constituyendo un grupo heterogéneo, lo suficientemente reducido para profundizar en él, pero muy compensado y que se nos muestra muy creíble gracias a sus fallos, sus contradicciones, la familiaridad que van adquiriendo entre ellos... Por ejemplo, McDevitt acierta de pleno al mostrarnos primero cómo Nightingale le falla a Hutch y más adelante cómo él se resarce salvándole la vida a ella. Aunque se echa de menos que intervenga algún personaje más de la primera novela (sólo aparece brevemente Ian Helm, de Kosmik, y con las mismas funestas consecuencias). Y un acierto claro y definitivo para la valoración favorable del libro es que abundan los episodios realmente conseguidos y que perviven años después de la lectura (el intento de recuperación de los condensadores, el ascensor en "el Monte Azul"...).
Para terminar, debo resaltar un final vertiginoso, con una sorpresa de última hora muy acertada, satisfactorio desde un punto de vista astronómico, cuidado en su vertiente ingenieril y minucioso a la hora de cerrar frentes. Solamente falla que lo averiguado sobre las dos especies extraterrestres que se encontraron en Deepsix (los "grillos" y los "halcones") queda más como curiosidad histórica que como un hecho trascendente para la saga. Pero al fin y al cabo eso mismo es lo que le sucede a McDevitt: su obra difícilmente trascenderá el género, pero escribe buenas novelas, sin fisuras y con el suficiente grado de curiosidad y sentido de la maravilla. Razones por las cuales tras la lectura de "Deepsix" lo habitual es que el lector siga interesado en progresar con el resto de la saga. Y por las que reseñaré "Chindi" en mi próxima entrada.
"Deepsix" comparte suficientes elementos con "Las máquinas de Dios" para formar incuestionablemente parte de la saga (aparte de la misma protagonista podemos citar la exploración de un planeta con restos de una civilización inteligente, la presencia de agentes ya conocidos como la Academia y Kosmik, un prólogo corto, desasosegante y enigmático, un acontecimiento inevitable pero inesperado que impone una restricción temporal a la acción...), pero también las suficientes características propias como para diferenciarse: por encima de todo, un mayor número de reflexiones propuesta a partir de lo narrado y sobre la vida en general, que presenta en su mayor parte al comienzo de cada capítulo merced a las citas del periodista Gregory McAllister, y también una mayor atención al componente tecnológico-ingenieril, capitalizado por los restos del ascensor espacial encontrado en Deepsix y su posterior conversión en la red de rescate de los protagonistas. Ambos aspectos parecen vistos desde fuera una respuesta consciente del autor a algunas de las mayores debilidades de "Las máquinas de Dios". Y cumplen razonablemente bien su cometido, por lo que son bienvenidas.
Aun cuando en mi opinión sobran menos páginas que en su predecesora, "Deepsix" es nuevamente una novela muy larga, y ello acarrea que el comienzo (hasta que la expedición aterriza en el planeta Deepsix) sea un poco lento, y que en el tercio final se caractericen en exceso algunos personajes netamente secundarios (como los integrantes del equipo de soldadores). Otro defecto obvio es la semejanza en la fórmula con la primera novela de la saga, lo que limita el factor sorpresa a cuestiones como cuántos personajes morirán, o qué imprevistos de última hora se encontrarán. También cabe ponerles un pero a unos cuantos pasajes de exploración arqueológica (más descriptivos que reveladores) y a algún personaje un poco "cargante" (el capitán del Evening Star Erik Nicholson, el propio Gregory MacAllister). E incluso a que la situación poco menos que insostenible que atravesaba la Tierra en "Las máquinas de Dios" prácticamente ni se mencione dos décadas más tarde.
Pese a estos defectos la novela resulta muy amena y cercana: el factor tiempo y la tensión que impone durante casi toda su extensión dinamiza la acción, la prosa es sobria pero efectiva, abundan unos diálogos que a menudo despiden una chispa de inteligencia o de humor, en la mayoría de los capítulos sucede algún acontecimiento interesante, el elemento científico está razonablemente respetado tanto en su vertiente astronómica como en la flora y fauna de Deepsix... Además, los personajes principales están muy bien caracterizados, constituyendo un grupo heterogéneo, lo suficientemente reducido para profundizar en él, pero muy compensado y que se nos muestra muy creíble gracias a sus fallos, sus contradicciones, la familiaridad que van adquiriendo entre ellos... Por ejemplo, McDevitt acierta de pleno al mostrarnos primero cómo Nightingale le falla a Hutch y más adelante cómo él se resarce salvándole la vida a ella. Aunque se echa de menos que intervenga algún personaje más de la primera novela (sólo aparece brevemente Ian Helm, de Kosmik, y con las mismas funestas consecuencias). Y un acierto claro y definitivo para la valoración favorable del libro es que abundan los episodios realmente conseguidos y que perviven años después de la lectura (el intento de recuperación de los condensadores, el ascensor en "el Monte Azul"...).
Para terminar, debo resaltar un final vertiginoso, con una sorpresa de última hora muy acertada, satisfactorio desde un punto de vista astronómico, cuidado en su vertiente ingenieril y minucioso a la hora de cerrar frentes. Solamente falla que lo averiguado sobre las dos especies extraterrestres que se encontraron en Deepsix (los "grillos" y los "halcones") queda más como curiosidad histórica que como un hecho trascendente para la saga. Pero al fin y al cabo eso mismo es lo que le sucede a McDevitt: su obra difícilmente trascenderá el género, pero escribe buenas novelas, sin fisuras y con el suficiente grado de curiosidad y sentido de la maravilla. Razones por las cuales tras la lectura de "Deepsix" lo habitual es que el lector siga interesado en progresar con el resto de la saga. Y por las que reseñaré "Chindi" en mi próxima entrada.
martes, 31 de marzo de 2015
Las máquinas de Dios (1995). Jack McDevitt
Prosigo con las reseñas de las novelas que recomiendo leer de las principales sagas disponibles para el lector de ciencia-ficción en español. Empiezo en esta oportunidad las reseñas de una de las sagas más populares en España en estos últimos tiempos: la saga de Priscilla Hutchins, llamada así en honor de su protagonista femenina, y más conocida en español por la saga de las Máquinas de Dios, del escritor estadounidense Jack McDevitt. Una saga que se basa en un concepto no demasiado explotado en el género: la arqueología alienígena, y las aventuras a la que su desempeño da lugar.
Por su cercanía al tiempo presente, empiezo a correr el riesgo de que los títulos que la componen en el momento de la reseña no sean los que finalmente terminen componiéndola, pues McDevitt sigue publicando con regularidad y hace poco más de un año añadió un nuevo título ("StarHawk", aún no traducido al español) a la saga. Que a día de hoy está compuesta en nuestro idioma por las siguientes seis novelas:
Las máquinas de Dios (1995)
Deepsix (2000)
Chindi (2002)
Omega (2003)
Odisea (2006)
Cauldron (2007)
El de McDevitt es un caso singular, pues se trata del autor que, en más de 60 años de historia, más nominaciones al Premio Nébula ha recibido en la categoría de novela (12 hasta la fecha), y que en proporción menos galardones ha recibido (sólo uno). Nominaciones a las que en buena medida ha contribuido la saga que hoy empiezo a reseñar. Aunque curiosamente no fue hasta la tercera entrega de la saga ("Chindi") cuando empezó a recibirlas, si bien desde ella las tres posteriores repitieron nominación. Hecho que habla bien a las claras del alto nivel medio de la saga. Aunque, por razones que explicaré más adelante, sólo voy a recomendar los tres primeros títulos de la misma.
En mi opinión, McDevitt escribe ciencia-ficción contemporánea con la mirada puesta en la ciencia-ficción clásica de los años cincuenta. Y además, es mejor narrador que creador, por lo cual sus novelas son más disfrutables por la habilidad que tiene para crear sus personajes y enredarlos en mil aventuras en parajes extraños, que por sus ideas originales o sus reflexiones de gran calado. Esto se pone de manifiesto a lo largo de toda la saga en general y de "Las máquinas de Dios" en particular: se trata de una novela entretenida, plena de imaginación, sin ideas espectaculares ni artificios innecesarios. Y razonablemente bien estructurada para su gran extensión (casi 600 páginas en la edición de bolsillo).
La novela está dividida en un breve prólogo, cuatro partes de duración variable y ubicadas en una localización diferente (Oz, una luna de Quraqua, el Templo de los Vientos en el propio Quraqua, Beta Pacífica III y el asteroide LCO4418-IID) y un pequeño epílogo. Una estructura que como digo contribuye decisivamente a que la novela no se le vaya de las manos a McDevitt. Lo cual no significa que no sobren determinados pasajes en distintos puntos de la misma, ni que la caracterización de los personajes sea siempre la mejor. Pero que la narración mantenga un propósito, y que unos diálogos sencillos y directos predominen sobre una prosa estándar que no es la mayor fortaleza de McDevitt, facilita que las páginas se pasen a buen ritmo.
Quizá la mayor virtud de la novela sea el permanente sentido de la maravilla que la preside. Y que en realidad es muy superior a la cantidad de revelaciones que se esconden tras sus páginas. Porque el marco en el que la sitúa el escritor está determinado desde el principio: la Tierra de comienzos del s. XXIII agoniza víctima de la sobreexplotación y el cambio climático, pero la tecnología hiperluz ha permitido identificar otros tres lugares donde existió vida inteligente (Pináculo, Quraqua y Nok). Este último continúa habitado, y la terraformación de Quraqua que lidera la corporación Kosmik parece la última esperanza para el género humano. Pero sobre ese marco McDevitt sitúa a un elenco de arqueólogos y a la piloto Priscilla Hutchins, y deja que sus exploraciones arqueológicas sustenten la novela.
Es justo reconocerle al autor su poderosa imaginación, puesto que cada una de sus localizaciones no es sólo radicalmente diferente a la anterior, sino que las peripecias que construye sobre ellas lo son aún más. Así, hay capítulos en varias de ellas de gran calidad (el tsunami sobre el Templo, la congelación del Wink, el ataque alienígena en Beta Pacífica...), junto con otros menos cautivadores (las conclusiones extraídas en Oz, o incluso la nube en Delta durante el desenlace). También debemos agradecerle a McDevitt su respeto por el componente científico en cada campo (lo que se traduce en un número de gadgets inusualmente bajo en el género). Y la inclusión de "teletipos" en diversos momentos, que posibilitan una mejor visualización del panorama global de la raza humana.
Sin embargo, algunos defectos la apartan de la categoría de clásico que a veces parece merecer. Junto a esas aproximadamente 100 páginas de más que contiene, el elenco inicial de personajes es a todas luces excesivo (sólo a partir de la tercera parte consigue acotarlo), pese a lo cual introduce dos personajes más (Ángela y Terry) muy cerca del final, y necesita recurrir a un apresurado epílogo para cerrar un montón de cabos sueltos. Además, apenas hay reflexiones de calado, a pesar de la longitud del libro. Tampoco propuestas novedosas, como lo evidencia que las nubes del final sean ya familiares al lector habitual del género y resultan poco creíbles en su constitución y propósito. Por otra parte, algunos de los cabos que ata Hutchins son demasiado obvios para que hubieran quedado ocultos a ojos del lector avispado. Y en ocasiones a la novela le falta un punto de fuerza, un mejor engranaje. Aunque obviamente la magnitud y riqueza del universo concebido por McDevitt posibilitan sin duda la conversión de esta novela en saga que acometió unos años después de su publicación. Y de cuya primera aportación ("Deepsix") les hablaré en mi próxima entrada.
Por su cercanía al tiempo presente, empiezo a correr el riesgo de que los títulos que la componen en el momento de la reseña no sean los que finalmente terminen componiéndola, pues McDevitt sigue publicando con regularidad y hace poco más de un año añadió un nuevo título ("StarHawk", aún no traducido al español) a la saga. Que a día de hoy está compuesta en nuestro idioma por las siguientes seis novelas:
Las máquinas de Dios (1995)
Deepsix (2000)
Chindi (2002)
Omega (2003)
Odisea (2006)
Cauldron (2007)
El de McDevitt es un caso singular, pues se trata del autor que, en más de 60 años de historia, más nominaciones al Premio Nébula ha recibido en la categoría de novela (12 hasta la fecha), y que en proporción menos galardones ha recibido (sólo uno). Nominaciones a las que en buena medida ha contribuido la saga que hoy empiezo a reseñar. Aunque curiosamente no fue hasta la tercera entrega de la saga ("Chindi") cuando empezó a recibirlas, si bien desde ella las tres posteriores repitieron nominación. Hecho que habla bien a las claras del alto nivel medio de la saga. Aunque, por razones que explicaré más adelante, sólo voy a recomendar los tres primeros títulos de la misma.
En mi opinión, McDevitt escribe ciencia-ficción contemporánea con la mirada puesta en la ciencia-ficción clásica de los años cincuenta. Y además, es mejor narrador que creador, por lo cual sus novelas son más disfrutables por la habilidad que tiene para crear sus personajes y enredarlos en mil aventuras en parajes extraños, que por sus ideas originales o sus reflexiones de gran calado. Esto se pone de manifiesto a lo largo de toda la saga en general y de "Las máquinas de Dios" en particular: se trata de una novela entretenida, plena de imaginación, sin ideas espectaculares ni artificios innecesarios. Y razonablemente bien estructurada para su gran extensión (casi 600 páginas en la edición de bolsillo).
La novela está dividida en un breve prólogo, cuatro partes de duración variable y ubicadas en una localización diferente (Oz, una luna de Quraqua, el Templo de los Vientos en el propio Quraqua, Beta Pacífica III y el asteroide LCO4418-IID) y un pequeño epílogo. Una estructura que como digo contribuye decisivamente a que la novela no se le vaya de las manos a McDevitt. Lo cual no significa que no sobren determinados pasajes en distintos puntos de la misma, ni que la caracterización de los personajes sea siempre la mejor. Pero que la narración mantenga un propósito, y que unos diálogos sencillos y directos predominen sobre una prosa estándar que no es la mayor fortaleza de McDevitt, facilita que las páginas se pasen a buen ritmo.
Quizá la mayor virtud de la novela sea el permanente sentido de la maravilla que la preside. Y que en realidad es muy superior a la cantidad de revelaciones que se esconden tras sus páginas. Porque el marco en el que la sitúa el escritor está determinado desde el principio: la Tierra de comienzos del s. XXIII agoniza víctima de la sobreexplotación y el cambio climático, pero la tecnología hiperluz ha permitido identificar otros tres lugares donde existió vida inteligente (Pináculo, Quraqua y Nok). Este último continúa habitado, y la terraformación de Quraqua que lidera la corporación Kosmik parece la última esperanza para el género humano. Pero sobre ese marco McDevitt sitúa a un elenco de arqueólogos y a la piloto Priscilla Hutchins, y deja que sus exploraciones arqueológicas sustenten la novela.
Es justo reconocerle al autor su poderosa imaginación, puesto que cada una de sus localizaciones no es sólo radicalmente diferente a la anterior, sino que las peripecias que construye sobre ellas lo son aún más. Así, hay capítulos en varias de ellas de gran calidad (el tsunami sobre el Templo, la congelación del Wink, el ataque alienígena en Beta Pacífica...), junto con otros menos cautivadores (las conclusiones extraídas en Oz, o incluso la nube en Delta durante el desenlace). También debemos agradecerle a McDevitt su respeto por el componente científico en cada campo (lo que se traduce en un número de gadgets inusualmente bajo en el género). Y la inclusión de "teletipos" en diversos momentos, que posibilitan una mejor visualización del panorama global de la raza humana.
Sin embargo, algunos defectos la apartan de la categoría de clásico que a veces parece merecer. Junto a esas aproximadamente 100 páginas de más que contiene, el elenco inicial de personajes es a todas luces excesivo (sólo a partir de la tercera parte consigue acotarlo), pese a lo cual introduce dos personajes más (Ángela y Terry) muy cerca del final, y necesita recurrir a un apresurado epílogo para cerrar un montón de cabos sueltos. Además, apenas hay reflexiones de calado, a pesar de la longitud del libro. Tampoco propuestas novedosas, como lo evidencia que las nubes del final sean ya familiares al lector habitual del género y resultan poco creíbles en su constitución y propósito. Por otra parte, algunos de los cabos que ata Hutchins son demasiado obvios para que hubieran quedado ocultos a ojos del lector avispado. Y en ocasiones a la novela le falta un punto de fuerza, un mejor engranaje. Aunque obviamente la magnitud y riqueza del universo concebido por McDevitt posibilitan sin duda la conversión de esta novela en saga que acometió unos años después de su publicación. Y de cuya primera aportación ("Deepsix") les hablaré en mi próxima entrada.
miércoles, 18 de marzo de 2015
Marte rojo (1992). Kim Stanley Robinson
Una entrada más continúo reseñando las novelas que recomiendo leer de las principales sagas disponibles para el lector de ciencia-ficción en español. Le toca el turno esta vez a "Marte rojo", la primera de las novelas de la conocida como trilogía marciana, del estadounidense Kim Stanley Robison. Una trilogía que está constituida por las siguientes tres novelas, tanto en orden cronológico como de lectura:
Marte rojo (1992)
Marte verde (1993)
Marte azul (1996)
Se trata posiblemente de la saga más premiada en los últimos tiempos en el género. La novela que les presento hoy recibió entre otros el premio Nébula, el más importante a mi modo de ver de los que se conceden a nivel mundial. Y la segunda y tercera entregas el casi tan prestigioso premio Hugo. Sin embargo, a pesar de tan relevantes galardones y de ser principalmente una saga de ciencia-ficción hard, que como he admitido en alguna ocasión es una de mis corrientes favoritas del género, solamente recomiendo leer la primera entrega. La razón es que me pareció una novela tan realista y bien documentada como desestructurada y fallida. Esta impresión y la gran extensión de la misma y de las posteriores entregas me decidieron a no proseguir con la lectura de la saga. De hecho, no la considero una novela particularmente recomendable, pero me parecía injusto dejar pasar la oportunidad de aportar al menos una reseña de esta saga tan unánimemente reconocida.
Ambientada en pleno siglo XXI en los albores de la colonización del planeta rojo, la novela está segmentada nada menos que en ocho partes, cada una de ellas narrada por un personaje diferente. Partes que sin embargo no logran paliar su desestructuración: la multiplicidad de escenarios, personajes y marcos temporales con los que Robinson abruma al lector desde el principio no facilitan la lectura, y el hilo narrativo se va perdiendo poco a poco. Aunque lo que no se le puede negar a la novela es su rigor documental: desde el mapa de Marte que se incluye al comienzo (no tan detallado como sería de desear para facilitarle la ubicación al lector), hasta las reseñas incluidas al principio de cada parte, a veces con interesantes puntualizaciones sobre diferentes aspectos del planeta. Se nota el esfuerzo del autor por considerar todos los detalles (orográficos, climáticos, geológicos) del planeta, hasta dar la impresión de que la colonización y gradual terraformación de Marte es en realidad la auténtica protagonista de la obra.
Como era de esperar en una novela pretendidamente hard, el componente científico está a la altura de las expectativas: desde las estructuras ingenieriles presentadas, pasando por la nave rotacional con diferentes secciones, el ascensor de Sheffield (sí, el ingenio creado por el escritor Charles Sheffield en "La telaraña de los mundos"), los cálculos matemáticos en la granja de Hiroko Ai, los primeros hábitats, el calendario marciano... En ocasiones todo este bagaje origina ciudades realmente fascinantes (Senzeni Na, Burroughs) aunque otras veces los escenarios de la novela resultan inesperadamente anodinos.
Y es qe la narrativa de Robinson peca de frialdad y falta de fuerza (podríamos imaginar qué habría hecho por ejemplo el maestro Heinlein con semejantes mimbres). A veces, incluso, el lector se topa con frases inconexas, o situaciones de los personajes no bien descritas (más de una vez, por ejemplo, se ponen en pie sin haberse sentado previamente). En otas ocasiones, lo que incomoda es la meticulosidad irrelevante, que alarga más de lo deseable una novela ya de por sí muy larga (pongo por caso los detalles sobre las herramientas recogidas por Nadia Chernyshevski). Incluso sorprende la falta de atención a las fechas y las referencias cronológicas en general. Si a ello le añadimos que hacia la mitad la novela empieza a flaquear argumentalmente, no es de extrañar que hasta la fecha no me hayan quedado ganas de proseguir con la trilogía.
¿Y los personajes? Pues tampoco redondos. La división de los Primeros 100 que propone Robinson en dos bloques principales (norteamericanos y rusos) con aportaciones adicionales de otras naciones, me parece un buen punto de partida. Y de hecho, sus reflexiones sociales, psicológicas y políticas, así como sus expectativas respecto a la vida en Marte, son con frecuencia interesantes. Pero el recurrente triángulo amoroso entre John Boone, Frank Chalmers y Maya Toitovna no sólo no logra dotar de mayor profundidad a la novela, sino que acaba por fatigar al lector. Además, otros personajes resultan fallidos (caso de Michel Duval) o tienen aportaciones discutibles (caso de Sax y sus experimentos). Probablemente el personaje más conseguido sea Nadia, por su mayor equilibrio emocional y los actos que del mismo se derivan (el episodio de acción con el dirigible es de lo mejor de la novela). Sin olvidar la frecuente aparición de grupos árabes, una inclusión inesperada que se acaba revelando como un acierto del escritor.
Un último aspecto cuestionable es que no haya un final definido, sino una arbitraria e insatisfactoria interrupción de la narración. Lo que confirma que estamos ante una trilogía más relevante por lo que propone que por lo que relata, y eso le resta muchos puntos. Es más, por mucho que Arthur C. Clarke la considere la mejor novela sobre la colonización de Marte jamás escrita, me atrevo a decir que, salvando las lagunas derivadas de la época en que fue escrita, la propia aportación de Clarke a la colonización de Marte ("Las arenas de Marte" (1951), que algún día reseñaré en este mismo blog), me parece una aportación más comedida, amena y, por tanto, recomendable.
Marte rojo (1992)
Marte verde (1993)
Marte azul (1996)
Se trata posiblemente de la saga más premiada en los últimos tiempos en el género. La novela que les presento hoy recibió entre otros el premio Nébula, el más importante a mi modo de ver de los que se conceden a nivel mundial. Y la segunda y tercera entregas el casi tan prestigioso premio Hugo. Sin embargo, a pesar de tan relevantes galardones y de ser principalmente una saga de ciencia-ficción hard, que como he admitido en alguna ocasión es una de mis corrientes favoritas del género, solamente recomiendo leer la primera entrega. La razón es que me pareció una novela tan realista y bien documentada como desestructurada y fallida. Esta impresión y la gran extensión de la misma y de las posteriores entregas me decidieron a no proseguir con la lectura de la saga. De hecho, no la considero una novela particularmente recomendable, pero me parecía injusto dejar pasar la oportunidad de aportar al menos una reseña de esta saga tan unánimemente reconocida.
Ambientada en pleno siglo XXI en los albores de la colonización del planeta rojo, la novela está segmentada nada menos que en ocho partes, cada una de ellas narrada por un personaje diferente. Partes que sin embargo no logran paliar su desestructuración: la multiplicidad de escenarios, personajes y marcos temporales con los que Robinson abruma al lector desde el principio no facilitan la lectura, y el hilo narrativo se va perdiendo poco a poco. Aunque lo que no se le puede negar a la novela es su rigor documental: desde el mapa de Marte que se incluye al comienzo (no tan detallado como sería de desear para facilitarle la ubicación al lector), hasta las reseñas incluidas al principio de cada parte, a veces con interesantes puntualizaciones sobre diferentes aspectos del planeta. Se nota el esfuerzo del autor por considerar todos los detalles (orográficos, climáticos, geológicos) del planeta, hasta dar la impresión de que la colonización y gradual terraformación de Marte es en realidad la auténtica protagonista de la obra.
Como era de esperar en una novela pretendidamente hard, el componente científico está a la altura de las expectativas: desde las estructuras ingenieriles presentadas, pasando por la nave rotacional con diferentes secciones, el ascensor de Sheffield (sí, el ingenio creado por el escritor Charles Sheffield en "La telaraña de los mundos"), los cálculos matemáticos en la granja de Hiroko Ai, los primeros hábitats, el calendario marciano... En ocasiones todo este bagaje origina ciudades realmente fascinantes (Senzeni Na, Burroughs) aunque otras veces los escenarios de la novela resultan inesperadamente anodinos.
Y es qe la narrativa de Robinson peca de frialdad y falta de fuerza (podríamos imaginar qué habría hecho por ejemplo el maestro Heinlein con semejantes mimbres). A veces, incluso, el lector se topa con frases inconexas, o situaciones de los personajes no bien descritas (más de una vez, por ejemplo, se ponen en pie sin haberse sentado previamente). En otas ocasiones, lo que incomoda es la meticulosidad irrelevante, que alarga más de lo deseable una novela ya de por sí muy larga (pongo por caso los detalles sobre las herramientas recogidas por Nadia Chernyshevski). Incluso sorprende la falta de atención a las fechas y las referencias cronológicas en general. Si a ello le añadimos que hacia la mitad la novela empieza a flaquear argumentalmente, no es de extrañar que hasta la fecha no me hayan quedado ganas de proseguir con la trilogía.
¿Y los personajes? Pues tampoco redondos. La división de los Primeros 100 que propone Robinson en dos bloques principales (norteamericanos y rusos) con aportaciones adicionales de otras naciones, me parece un buen punto de partida. Y de hecho, sus reflexiones sociales, psicológicas y políticas, así como sus expectativas respecto a la vida en Marte, son con frecuencia interesantes. Pero el recurrente triángulo amoroso entre John Boone, Frank Chalmers y Maya Toitovna no sólo no logra dotar de mayor profundidad a la novela, sino que acaba por fatigar al lector. Además, otros personajes resultan fallidos (caso de Michel Duval) o tienen aportaciones discutibles (caso de Sax y sus experimentos). Probablemente el personaje más conseguido sea Nadia, por su mayor equilibrio emocional y los actos que del mismo se derivan (el episodio de acción con el dirigible es de lo mejor de la novela). Sin olvidar la frecuente aparición de grupos árabes, una inclusión inesperada que se acaba revelando como un acierto del escritor.
Un último aspecto cuestionable es que no haya un final definido, sino una arbitraria e insatisfactoria interrupción de la narración. Lo que confirma que estamos ante una trilogía más relevante por lo que propone que por lo que relata, y eso le resta muchos puntos. Es más, por mucho que Arthur C. Clarke la considere la mejor novela sobre la colonización de Marte jamás escrita, me atrevo a decir que, salvando las lagunas derivadas de la época en que fue escrita, la propia aportación de Clarke a la colonización de Marte ("Las arenas de Marte" (1951), que algún día reseñaré en este mismo blog), me parece una aportación más comedida, amena y, por tanto, recomendable.
viernes, 6 de marzo de 2015
La cabalgata de los mendigos (1996). Nancy Kress
Una entrada más continúo con las reseñas de las novelas que recomiendo leer de las principales sagas disponibles para el lector de ciencia-ficción en español. Voy a tratar en esta oportunidad de "La cabalgata de los mendigos", tercera novela en orden cronológico y de lectura de la estadounidense Nancy Kress, con la que se cierra la saga de los mendigos. Se trata de una novela de un nivel medio muy similar a sus predecesoras, y constituye un estimable colofón a una trilogía bien concebida, mejor cohesionada, con un componente científico cuidado y de incuestionable calado especulativo y emocional.
Kress sitúa la narración sólo cinco años después de donde la dejó con "Mendigos y opulentos", y nuevamente la condensa en un solo año (excepción hecha del pequeño epílogo con el que la concluye). También la estructura de manera similar a sus dos predecesoras, con tres partes diferenciadas que vertebran la obra (aderezadas por varios interludios dedicados fundamentalmente a mensajes intercambios por los personajes). Aunque en este caso vuelve al narrador omniscente de la primera entrega y descarta enfocar cada una de las partes en un único personaje por encima de los demás. Que quizá era uno de los mayores aciertos de "Mendigos y opulentos", y que sobre todo en la primera parte se echa de menos. La vuelta de tuerca que propone la autora para rematar la trilogía la constituyen las jeringas del cambio, ofrecidas por los Superinsomnes a la sociedad y que posibilitan la inmunidad frente a las enfermedades. Una idea que, dicho de paso, se postula de forma no del todo creíble, aunque lo relevante de su existencia es que, lejos de mejorar la estratificación social entre vividores, auxiliares y superinsomnes ya conocida de novelas anteriores, esta medida ahonda las diferencias y actúa como el catalizador que desencadena los acontecimientos.
Aunque los personajes principales no son los mismos de entregas anteriores, por las páginas de "La cabalgata de los mendigos" sí que desfilan viejos conocidos, como Jennifer y Miranda Sharifi, y sobre todo Lizzy Franzy, la joven vividora que ya habíamos conocido en "Mendigos y opulentos" y que desde la primera parte se erige en protagonista absoluta en su intento por llevar a los vividores al poder y cambiar el orden establecido. Una primera parte que comienza con una puesta en escena un poco fría y que durante toda su extensión (casi la mitad de la novela) traslada la sensación de que, aunque bien caracterizada en las dos líneas narrativas presentadas, es poco más que una puesta en situación, adoleciendo de un motor claro y con el agravante de la extraña relación entre el doctor Jackson Aranow y su ex-mujer Cazie Saunders.
Al comienzo de la segunda parte las dos líneas narrativas convergen y ello provoca que la tensión y la intensidad aumenten. El suministro de jeringuillas del cambio se interrumpe con la supuesta intención de liberar a los vividores de la dominación auxiliar, pero lo que sucede en realidad es que los vividores regresan a una situación de dependencia aún mayor, y el panorama se vuelve desesperado para ellos, lo que dinamiza la acción y beneficia la lectura. Además, la caracterización de los personajes presentados por Kress alcanza a lo largo de estos capítulos su mayor nivel. Si bien es cierto que a esta parte se le puede poner el pero de que la cronología de acontencimientos es, en ocasiones, un poco confusa.
La tercera parte, la más corta en extensión y la de ritmo más trepidante, recuerda por la tremenda estratificación social que muestra y la ambientación distópica, a la magistral "Las torres del olvido", de George R.R. Turner. Es además la que concede una mayor relevancia al componente científico, que Kress retuerce hasta el extremo cuando plantea la metamorfosis de Theresa Aranow. Pero también reserva muchas sorpresas. Por ejemplo, expone abiertamente que la auténtica motivación de Jennifer Sharifi es convertir Sanctuary en un lugar verdaderamente seguro para los Insomnes, aunque lo que suceda realmente diste mucho de esa intención. Otra sorpresa que se reserva Kress es el desenlace de la gran mayoría de los Insomnes, tan inesperado como impactante. Y un final que no aclara demasiadas cosas (ni siquiera si fue Jennifer Sharifi quien cabó con Miranda Sharifi), tan sólo hace públicos hechos que permanecían ocultos. Lo que evidencia que más allá de la conclusión, lo que más le ha intereado a Kress de la novela son las reflexiones que la jalonan. Reflexiones extensivas al resto de la saga, y que en mi opinión contribuyen el mayor acierto de esta recomendable saga.
Kress sitúa la narración sólo cinco años después de donde la dejó con "Mendigos y opulentos", y nuevamente la condensa en un solo año (excepción hecha del pequeño epílogo con el que la concluye). También la estructura de manera similar a sus dos predecesoras, con tres partes diferenciadas que vertebran la obra (aderezadas por varios interludios dedicados fundamentalmente a mensajes intercambios por los personajes). Aunque en este caso vuelve al narrador omniscente de la primera entrega y descarta enfocar cada una de las partes en un único personaje por encima de los demás. Que quizá era uno de los mayores aciertos de "Mendigos y opulentos", y que sobre todo en la primera parte se echa de menos. La vuelta de tuerca que propone la autora para rematar la trilogía la constituyen las jeringas del cambio, ofrecidas por los Superinsomnes a la sociedad y que posibilitan la inmunidad frente a las enfermedades. Una idea que, dicho de paso, se postula de forma no del todo creíble, aunque lo relevante de su existencia es que, lejos de mejorar la estratificación social entre vividores, auxiliares y superinsomnes ya conocida de novelas anteriores, esta medida ahonda las diferencias y actúa como el catalizador que desencadena los acontecimientos.
Aunque los personajes principales no son los mismos de entregas anteriores, por las páginas de "La cabalgata de los mendigos" sí que desfilan viejos conocidos, como Jennifer y Miranda Sharifi, y sobre todo Lizzy Franzy, la joven vividora que ya habíamos conocido en "Mendigos y opulentos" y que desde la primera parte se erige en protagonista absoluta en su intento por llevar a los vividores al poder y cambiar el orden establecido. Una primera parte que comienza con una puesta en escena un poco fría y que durante toda su extensión (casi la mitad de la novela) traslada la sensación de que, aunque bien caracterizada en las dos líneas narrativas presentadas, es poco más que una puesta en situación, adoleciendo de un motor claro y con el agravante de la extraña relación entre el doctor Jackson Aranow y su ex-mujer Cazie Saunders.
Al comienzo de la segunda parte las dos líneas narrativas convergen y ello provoca que la tensión y la intensidad aumenten. El suministro de jeringuillas del cambio se interrumpe con la supuesta intención de liberar a los vividores de la dominación auxiliar, pero lo que sucede en realidad es que los vividores regresan a una situación de dependencia aún mayor, y el panorama se vuelve desesperado para ellos, lo que dinamiza la acción y beneficia la lectura. Además, la caracterización de los personajes presentados por Kress alcanza a lo largo de estos capítulos su mayor nivel. Si bien es cierto que a esta parte se le puede poner el pero de que la cronología de acontencimientos es, en ocasiones, un poco confusa.
La tercera parte, la más corta en extensión y la de ritmo más trepidante, recuerda por la tremenda estratificación social que muestra y la ambientación distópica, a la magistral "Las torres del olvido", de George R.R. Turner. Es además la que concede una mayor relevancia al componente científico, que Kress retuerce hasta el extremo cuando plantea la metamorfosis de Theresa Aranow. Pero también reserva muchas sorpresas. Por ejemplo, expone abiertamente que la auténtica motivación de Jennifer Sharifi es convertir Sanctuary en un lugar verdaderamente seguro para los Insomnes, aunque lo que suceda realmente diste mucho de esa intención. Otra sorpresa que se reserva Kress es el desenlace de la gran mayoría de los Insomnes, tan inesperado como impactante. Y un final que no aclara demasiadas cosas (ni siquiera si fue Jennifer Sharifi quien cabó con Miranda Sharifi), tan sólo hace públicos hechos que permanecían ocultos. Lo que evidencia que más allá de la conclusión, lo que más le ha intereado a Kress de la novela son las reflexiones que la jalonan. Reflexiones extensivas al resto de la saga, y que en mi opinión contribuyen el mayor acierto de esta recomendable saga.
domingo, 15 de febrero de 2015
Mendigos y opulentos (1994). Nancy Kress
Una entrada más continúo con las reseñas de las novelas que recomiendo leer de las principales sagas disponibles para el lector de ciencia-ficción en español. Voy a presentarles hoy "Mendigos y opulentos", de la estadounidense Nancy Kress. Se trata de la segunda novela en orden cronológico y de lectura de la saga de los mendigos, una trilogía que recomiendo leer en su integridad. Esta novela mantiene el nivel de "Mendigos en España" gracias a una atractiva combinación de tecnología, especulación, avatares humanos y una prosa cuidada. Hecho que queda constatado en que también resultó finalista del Premio Hugo, como su antecesora. Además, puede disfrutarse como novela independiente del resto de la saga, y no se queda lejos de la categoría de clásico.
En "Mendigos y opulentos" Kress sitúa la narración a comienzos del siglo XXII, es decir, veintitrés años después de donde la dejó en la primera entrega, con una sociedad si cabe más fuertemente estratizada entre "Vividores", "Auxiliares" e "Insomnes". Y nos vuelve a entregar una novela relativamente larga (aunque un poco más corta que la anterior), con una estructuración similar en cuatro partes principales (a las que añade una quinta más breve a modo de cierre), el mismo estilo narrativo y un intervalo temporal mucho más corto que el de su predecesora como principal diferencia (pues toda la novela transcurre en un solo año). También repiten algunos personajes ya conocidos (Drew Arlen, Miranda Sharifi...), que comparten protagonismo con otros como Diana Covington o Billy Washington.
La saga de los mendigos es una trilogía tan ambiciosa en cuanto al número y complejidad de aspectos que pretende cubrir que a lo largo de la misma se pierde un poco el foco en la historia en sí, que es lo que más suele calar en el lector. Y precisamente en este aspecto es donde "Mendigos y opulentos" me parece ligeramente superior a las otras dos novelas: en la continuidad de las vivencias de unos pocos personajes, a la que Kress da fuerza a corta como digo de acortar el marco temporal que cubre la novela. A ello contribuye además otra novedad introducida respecto a su predecesora: la estructuración en líneas narrativas separadas y narradas en primera persona por Drew, Diana y sobre todo Billy Washington, la más interesante y mejor caracterizada de las tres (incluso en la forma de hablar tan específica que emplean los Vividores). Creo que encaja más con las características de la saga que un narrador omniscente.
Aunque por supuesto la influencia de los Superinsomnes en la trama es tan alta como cabría esperar, la principal novedad argumental de esta segunda parte es la enfatizada separación entre Vividores y Auxiliares: una dura pero atrayente deformación de la sociedad actual, en la línea de los Eloy y los Morlocks de H.G. Wells, pero más cercana al lector contemporáneo. Y que actúa como un espejo que permite al lector reflexionar sobre la indefensión del ciudadano de a pie, su manipulación por los centros de poder, su distracción mediante pasatiempos que no obliguen a pensar (las carreras de motos)... Y otras cuestiones de más alto nivel, como hacia dónde debe evolucionar la tecnología y quién la debe controlar. Todo ello en medio de acontecimientos que se suceden a buen ritmo, y que son sazonados con "sorpresas" como el cambio de bando de Drew, o la alimentación autotrófica de Miranda Sharifi.
Durante buena parte de la lectura la novela me parecía digna de la categoria de clásico a la que aludía al comienzo, pero justo en el tramo final se desinfló un poco, ya que para mí el final adecuado no debería ser el propuesto Kress, sino que debería haber sido el episodio de la declaración de Miranda Sharifi sobre los seres humanos autotróficos, justo después del clímax narrativo: las treinta páginas adicionales hasta el final real no aportan prácticamente nada, y la aparición de "Voluntad e idea" resulta bastante forzada. Otros puntos débiles de la novela son la cuestionable relación entre insomnio e inmortalidad que nos plantea la autora, la excesiva influencia otorgada a los "Sueños Lúcidos" de Drew Arlen sobre los Vividores, y el que sea la clase política quien pague con emplazamientos públicos por recibir los votos de los Vividores. Aspectos que en todo caso no enmascaran una novela claramente recomendable.
En "Mendigos y opulentos" Kress sitúa la narración a comienzos del siglo XXII, es decir, veintitrés años después de donde la dejó en la primera entrega, con una sociedad si cabe más fuertemente estratizada entre "Vividores", "Auxiliares" e "Insomnes". Y nos vuelve a entregar una novela relativamente larga (aunque un poco más corta que la anterior), con una estructuración similar en cuatro partes principales (a las que añade una quinta más breve a modo de cierre), el mismo estilo narrativo y un intervalo temporal mucho más corto que el de su predecesora como principal diferencia (pues toda la novela transcurre en un solo año). También repiten algunos personajes ya conocidos (Drew Arlen, Miranda Sharifi...), que comparten protagonismo con otros como Diana Covington o Billy Washington.
La saga de los mendigos es una trilogía tan ambiciosa en cuanto al número y complejidad de aspectos que pretende cubrir que a lo largo de la misma se pierde un poco el foco en la historia en sí, que es lo que más suele calar en el lector. Y precisamente en este aspecto es donde "Mendigos y opulentos" me parece ligeramente superior a las otras dos novelas: en la continuidad de las vivencias de unos pocos personajes, a la que Kress da fuerza a corta como digo de acortar el marco temporal que cubre la novela. A ello contribuye además otra novedad introducida respecto a su predecesora: la estructuración en líneas narrativas separadas y narradas en primera persona por Drew, Diana y sobre todo Billy Washington, la más interesante y mejor caracterizada de las tres (incluso en la forma de hablar tan específica que emplean los Vividores). Creo que encaja más con las características de la saga que un narrador omniscente.
Aunque por supuesto la influencia de los Superinsomnes en la trama es tan alta como cabría esperar, la principal novedad argumental de esta segunda parte es la enfatizada separación entre Vividores y Auxiliares: una dura pero atrayente deformación de la sociedad actual, en la línea de los Eloy y los Morlocks de H.G. Wells, pero más cercana al lector contemporáneo. Y que actúa como un espejo que permite al lector reflexionar sobre la indefensión del ciudadano de a pie, su manipulación por los centros de poder, su distracción mediante pasatiempos que no obliguen a pensar (las carreras de motos)... Y otras cuestiones de más alto nivel, como hacia dónde debe evolucionar la tecnología y quién la debe controlar. Todo ello en medio de acontecimientos que se suceden a buen ritmo, y que son sazonados con "sorpresas" como el cambio de bando de Drew, o la alimentación autotrófica de Miranda Sharifi.
Durante buena parte de la lectura la novela me parecía digna de la categoria de clásico a la que aludía al comienzo, pero justo en el tramo final se desinfló un poco, ya que para mí el final adecuado no debería ser el propuesto Kress, sino que debería haber sido el episodio de la declaración de Miranda Sharifi sobre los seres humanos autotróficos, justo después del clímax narrativo: las treinta páginas adicionales hasta el final real no aportan prácticamente nada, y la aparición de "Voluntad e idea" resulta bastante forzada. Otros puntos débiles de la novela son la cuestionable relación entre insomnio e inmortalidad que nos plantea la autora, la excesiva influencia otorgada a los "Sueños Lúcidos" de Drew Arlen sobre los Vividores, y el que sea la clase política quien pague con emplazamientos públicos por recibir los votos de los Vividores. Aspectos que en todo caso no enmascaran una novela claramente recomendable.
martes, 27 de enero de 2015
Mendigos en España (1993). Nancy Kress
Una entrada más prosigo con mis reseñas de las novelas que recomiendo leer de las principales sagas disponibles para el lector de ciencia-ficción en español. Voy a hablarse en esta oportunidad de "Mendigos en España", novela que inaugura la conocida como saga de los mendigos, escrita por la estadounidense Nancy Kress. Se trata de una saga que no fue concebida como tal, sino que fue creciendo a partir de la continuada expansión de una novela corta escrita por Kress en 1991 y ganadora de los premios Nébula y Hugo en dicha categoría. Kress convirtió esa primera novela corta en la extensa novela que les presento, del mismo título pero con tres partes adicionales además de la novela corta en su integridad, y posteriormente añadió dos novelas más a la saga, hasta quedar finalmente comprendida por:
Mendigos en España (1993)
Mendigos y opulentos (1994)
La cabalgata de los mendigos (1996)
En conjunto, forman una saga muy equilibrada y cohesionada (quizá porque las tres novelas fueron escritas en un lapso de tiempo relativamente corto y el lapso de tiempo que cubren tampoco es muy largo), con los impactos de la ingeniería genética en la sociedad del siglo XXI como eje principal, y que recomiendo leer en su integridad. Poseen esa sensibilidad tan característicamente femenina, y solamente les falta algún título que destaque del conjunto para reivindicar la categoría de clásico, a la que aspiran pero no alcanzan. En concreto, "Mendigos en España" (que pese a lo que su nombre pueda indicar no transcurre en España, tan sólo es una alusión un tano peyorativa a nuestro país) es una novela recomendable, con una primera parte (la novela corta) excelente, y otras tres partes a su misma altura en cuanto a profunidad especulativa, pero en un plano inferior en cuanto a disfrute literario.
La primera novela corta ("Leisha", en alusión a su protagonista insomne), pone de manifiesto una virtud extensible a todo el libro: la atención que dedica Kress a la caracterización de sus personajes principales (no sólo Leisha, también Alice, Drew...) y el mimo con el que nos presenta sus ideas y emociones. Tanto, que el resto de la seña necesita girar forzosamente en torno a sus personajes, por encima de los acontecimientos o las reflexiones. Además, desde el principio nos justifica la viabilidad científica del insomnio permanente que posibilita la ingeniería genética, y logra sacarle un gran partido a esta premisa mediante la convivencia entre una joven Insomne y otra Durmiente, ambas hermanas gemelas. El lector comprueba con sus propios ojos qué significa ser alguien especial, qué representan los tratos preferentes para una hermana en la otra, y qué enfrentamientos se derivan de ellos. Acertadamente, esta contraposición individual entre las hemanas se globaliza conforme avanzan las páginas al conjunto de los Estados Unidos, a través de una filosofía socio-económica bien concebida: el Yagaísmo. Así, se plantea con toda su crudeza el odio a los "superiores" al mismo tiempo que el desprecio de éstos por quienes no contribuyen a la comunidad. Las páginas finales de esta primera parte, en especial, rayan a gran altura: trepidantes y tiernas a la vez.
Con la segunda parte ("Sanctuary", en alusión a la comunidad independiente que crean los Insomnes) empiezan a evidenciarse los defectos de la novela, puesto que el lector se topa con unos capítulos presididos por una cierta frialdad. Ni el aislamiento de Sanctuary, ni la xenofobia del líder opositor Calvin Hawke, ni la prisión y el posterior juicio de la líder Insomne Jennifer Sharifi, cautivan al lector con la intensidad de la primera parte. A ello contribuye que, sin previo aviso, Jennifer se erija en la protagonista del "núcleo duro" de los Insomnes. Y se aprecia una preocupante previsibilidad en el desenlace de algunos capítulos. No obstante lo anterior, las reflexiones principales de esta segunda parte vuelven a ser interesantes: tanto la solidaridad de clase como la violencia como elemento pertubador y aglutinante a la vez.
La evolución de la sociedad estadounidense tras la marcha de Sanctuary vuelve a ser motivo de reflexión: esa nítida división entre Pobres, Vividores y Auxiliares y las dependencias que se establecen. Sin embargo, mientras la irrupción de Miri (la Superinsomne concebida en Sanctuary) paree una consecuencia lógica del afán de perfeccionamiento de los Insomnes, la aparición del vividor Drew Arlen resulta forzada, y durante muchas páginas se le otorga una atención en mi opinión excesiva. Otro defecto lo constituye los excesivos vaivenes de Leisha Camden entre los Insomnes Kevin Baker y Richard Keller, hasta el punto de que ambos personajes llegan a confundirse.
Afortunadamente la cuarta parte mejora la impresión final de la novela, ya que Kress logra en ella sintetizar e interrelacionar todo lo que ha expuesto en las trescientas páginas anteriores. En primer lugar, logra que la evolución y posterior crisis de los Estados Unidos justifique plenamente el desenlace. En segundo lugar, cierre el círculo cuando los Superinsomnes se convierten, paradójicamente, en los Nuevos Mendigos. En tercer lugar, no establece una distinción clara entre "buenos" y "malos": el lector ve y entiende las justificaciones y las motivaciones del Consejo, de los Súper, del hogar de Nuevo México... Y aunque conceptos tales como las asociaciones de ideas y la complejidad de las cadenas dificultan en parte el disfrute, el desenlace es brillante, intenso y, una vez más, reflexivo. Porque al fin y al cabo el lector llega por sí mismo a la principal conclusión que a mi modo de ver intenta poner de manifiesto la autora: que la búsqueda de excelencia en la humanidad no es compatible con la igualdad entre los hombres. En su universo, al menos. No sale España
Mendigos en España (1993)
Mendigos y opulentos (1994)
La cabalgata de los mendigos (1996)
En conjunto, forman una saga muy equilibrada y cohesionada (quizá porque las tres novelas fueron escritas en un lapso de tiempo relativamente corto y el lapso de tiempo que cubren tampoco es muy largo), con los impactos de la ingeniería genética en la sociedad del siglo XXI como eje principal, y que recomiendo leer en su integridad. Poseen esa sensibilidad tan característicamente femenina, y solamente les falta algún título que destaque del conjunto para reivindicar la categoría de clásico, a la que aspiran pero no alcanzan. En concreto, "Mendigos en España" (que pese a lo que su nombre pueda indicar no transcurre en España, tan sólo es una alusión un tano peyorativa a nuestro país) es una novela recomendable, con una primera parte (la novela corta) excelente, y otras tres partes a su misma altura en cuanto a profunidad especulativa, pero en un plano inferior en cuanto a disfrute literario.
La primera novela corta ("Leisha", en alusión a su protagonista insomne), pone de manifiesto una virtud extensible a todo el libro: la atención que dedica Kress a la caracterización de sus personajes principales (no sólo Leisha, también Alice, Drew...) y el mimo con el que nos presenta sus ideas y emociones. Tanto, que el resto de la seña necesita girar forzosamente en torno a sus personajes, por encima de los acontecimientos o las reflexiones. Además, desde el principio nos justifica la viabilidad científica del insomnio permanente que posibilita la ingeniería genética, y logra sacarle un gran partido a esta premisa mediante la convivencia entre una joven Insomne y otra Durmiente, ambas hermanas gemelas. El lector comprueba con sus propios ojos qué significa ser alguien especial, qué representan los tratos preferentes para una hermana en la otra, y qué enfrentamientos se derivan de ellos. Acertadamente, esta contraposición individual entre las hemanas se globaliza conforme avanzan las páginas al conjunto de los Estados Unidos, a través de una filosofía socio-económica bien concebida: el Yagaísmo. Así, se plantea con toda su crudeza el odio a los "superiores" al mismo tiempo que el desprecio de éstos por quienes no contribuyen a la comunidad. Las páginas finales de esta primera parte, en especial, rayan a gran altura: trepidantes y tiernas a la vez.
Con la segunda parte ("Sanctuary", en alusión a la comunidad independiente que crean los Insomnes) empiezan a evidenciarse los defectos de la novela, puesto que el lector se topa con unos capítulos presididos por una cierta frialdad. Ni el aislamiento de Sanctuary, ni la xenofobia del líder opositor Calvin Hawke, ni la prisión y el posterior juicio de la líder Insomne Jennifer Sharifi, cautivan al lector con la intensidad de la primera parte. A ello contribuye que, sin previo aviso, Jennifer se erija en la protagonista del "núcleo duro" de los Insomnes. Y se aprecia una preocupante previsibilidad en el desenlace de algunos capítulos. No obstante lo anterior, las reflexiones principales de esta segunda parte vuelven a ser interesantes: tanto la solidaridad de clase como la violencia como elemento pertubador y aglutinante a la vez.
La evolución de la sociedad estadounidense tras la marcha de Sanctuary vuelve a ser motivo de reflexión: esa nítida división entre Pobres, Vividores y Auxiliares y las dependencias que se establecen. Sin embargo, mientras la irrupción de Miri (la Superinsomne concebida en Sanctuary) paree una consecuencia lógica del afán de perfeccionamiento de los Insomnes, la aparición del vividor Drew Arlen resulta forzada, y durante muchas páginas se le otorga una atención en mi opinión excesiva. Otro defecto lo constituye los excesivos vaivenes de Leisha Camden entre los Insomnes Kevin Baker y Richard Keller, hasta el punto de que ambos personajes llegan a confundirse.
Afortunadamente la cuarta parte mejora la impresión final de la novela, ya que Kress logra en ella sintetizar e interrelacionar todo lo que ha expuesto en las trescientas páginas anteriores. En primer lugar, logra que la evolución y posterior crisis de los Estados Unidos justifique plenamente el desenlace. En segundo lugar, cierre el círculo cuando los Superinsomnes se convierten, paradójicamente, en los Nuevos Mendigos. En tercer lugar, no establece una distinción clara entre "buenos" y "malos": el lector ve y entiende las justificaciones y las motivaciones del Consejo, de los Súper, del hogar de Nuevo México... Y aunque conceptos tales como las asociaciones de ideas y la complejidad de las cadenas dificultan en parte el disfrute, el desenlace es brillante, intenso y, una vez más, reflexivo. Porque al fin y al cabo el lector llega por sí mismo a la principal conclusión que a mi modo de ver intenta poner de manifiesto la autora: que la búsqueda de excelencia en la humanidad no es compatible con la igualdad entre los hombres. En su universo, al menos. No sale España
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