Una nueva entrada prosigo reseñando las novelas que recomiendo leer de las principales sagas disponibles para el lector de ciencia-ficción en español. Voy a hablar hoy de "Deepsix", segunda novela en orden cronólogico y también de lectura de la saga de las máquinas de Dios, obra del estadounidense Jack McDevitt. "Deepsix" fue la novela con la que McDevitt convirtió sus "máquinas de Dios" en una saga, desplazando la acción casi 20 años adelante en el s. XXIII y confirmando a la piloto/capitana Priscilla Hutchins como su protagonista absoluta. "Deepsix" es una cautivadora novela de supervivencia en un entorno hostil y de ingeniería astronómica "contrarreloj", que utilizando en esta ocasión la arqueología más como complemento que como componente esencial, globalmente supera a los puntos a su predecesora.
"Deepsix" comparte suficientes elementos con "Las máquinas de Dios" para formar incuestionablemente parte de la saga (aparte de la misma protagonista podemos citar la exploración de un planeta con restos de una civilización inteligente, la presencia de agentes ya conocidos como la Academia y Kosmik, un prólogo corto, desasosegante y enigmático, un acontecimiento inevitable pero inesperado que impone una restricción temporal a la acción...), pero también las suficientes características propias como para diferenciarse: por encima de todo, un mayor número de reflexiones propuesta a partir de lo narrado y sobre la vida en general, que presenta en su mayor parte al comienzo de cada capítulo merced a las citas del periodista Gregory McAllister, y también una mayor atención al componente tecnológico-ingenieril, capitalizado por los restos del ascensor espacial encontrado en Deepsix y su posterior conversión en la red de rescate de los protagonistas. Ambos aspectos parecen vistos desde fuera una respuesta consciente del autor a algunas de las mayores debilidades de "Las máquinas de Dios". Y cumplen razonablemente bien su cometido, por lo que son bienvenidas.
Aun cuando en mi opinión sobran menos páginas que en su predecesora, "Deepsix" es nuevamente una novela muy larga, y ello acarrea que el comienzo (hasta que la expedición aterriza en el planeta Deepsix) sea un poco lento, y que en el tercio final se caractericen en exceso algunos personajes netamente secundarios (como los integrantes del equipo de soldadores). Otro defecto obvio es la semejanza en la fórmula con la primera novela de la saga, lo que limita el factor sorpresa a cuestiones como cuántos personajes morirán, o qué imprevistos de última hora se encontrarán. También cabe ponerles un pero a unos cuantos pasajes de exploración arqueológica (más descriptivos que reveladores) y a algún personaje un poco "cargante" (el capitán del Evening Star Erik Nicholson, el propio Gregory MacAllister). E incluso a que la situación poco menos que insostenible que atravesaba la Tierra en "Las máquinas de Dios" prácticamente ni se mencione dos décadas más tarde.
Pese a estos defectos la novela resulta muy amena y cercana: el factor tiempo y la tensión que impone durante casi toda su extensión dinamiza la acción, la prosa es sobria pero efectiva, abundan unos diálogos que a menudo despiden una chispa de inteligencia o de humor, en la mayoría de los capítulos sucede algún acontecimiento interesante, el elemento científico está razonablemente respetado tanto en su vertiente astronómica como en la flora y fauna de Deepsix... Además, los personajes principales están muy bien caracterizados, constituyendo un grupo heterogéneo, lo suficientemente reducido para profundizar en él, pero muy compensado y que se nos muestra muy creíble gracias a sus fallos, sus contradicciones, la familiaridad que van adquiriendo entre ellos... Por ejemplo, McDevitt acierta de pleno al mostrarnos primero cómo Nightingale le falla a Hutch y más adelante cómo él se resarce salvándole la vida a ella. Aunque se echa de menos que intervenga algún personaje más de la primera novela (sólo aparece brevemente Ian Helm, de Kosmik, y con las mismas funestas consecuencias). Y un acierto claro y definitivo para la valoración favorable del libro es que abundan los episodios realmente conseguidos y que perviven años después de la lectura (el intento de recuperación de los condensadores, el ascensor en "el Monte Azul"...).
Para terminar, debo resaltar un final vertiginoso, con una sorpresa de última hora muy acertada, satisfactorio desde un punto de vista astronómico, cuidado en su vertiente ingenieril y minucioso a la hora de cerrar frentes. Solamente falla que lo averiguado sobre las dos especies extraterrestres que se encontraron en Deepsix (los "grillos" y los "halcones") queda más como curiosidad histórica que como un hecho trascendente para la saga. Pero al fin y al cabo eso mismo es lo que le sucede a McDevitt: su obra difícilmente trascenderá el género, pero escribe buenas novelas, sin fisuras y con el suficiente grado de curiosidad y sentido de la maravilla. Razones por las cuales tras la lectura de "Deepsix" lo habitual es que el lector siga interesado en progresar con el resto de la saga. Y por las que reseñaré "Chindi" en mi próxima entrada.
Un apasionado de la literatura de ciencia-ficción y escritor a tiempo parcial que dedica parte de sus escasos ratos libres a compartir su pasión con el resto de aficionados.
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lunes, 13 de abril de 2015
martes, 31 de marzo de 2015
Las máquinas de Dios (1995). Jack McDevitt
Prosigo con las reseñas de las novelas que recomiendo leer de las principales sagas disponibles para el lector de ciencia-ficción en español. Empiezo en esta oportunidad las reseñas de una de las sagas más populares en España en estos últimos tiempos: la saga de Priscilla Hutchins, llamada así en honor de su protagonista femenina, y más conocida en español por la saga de las Máquinas de Dios, del escritor estadounidense Jack McDevitt. Una saga que se basa en un concepto no demasiado explotado en el género: la arqueología alienígena, y las aventuras a la que su desempeño da lugar.
Por su cercanía al tiempo presente, empiezo a correr el riesgo de que los títulos que la componen en el momento de la reseña no sean los que finalmente terminen componiéndola, pues McDevitt sigue publicando con regularidad y hace poco más de un año añadió un nuevo título ("StarHawk", aún no traducido al español) a la saga. Que a día de hoy está compuesta en nuestro idioma por las siguientes seis novelas:
Las máquinas de Dios (1995)
Deepsix (2000)
Chindi (2002)
Omega (2003)
Odisea (2006)
Cauldron (2007)
El de McDevitt es un caso singular, pues se trata del autor que, en más de 60 años de historia, más nominaciones al Premio Nébula ha recibido en la categoría de novela (12 hasta la fecha), y que en proporción menos galardones ha recibido (sólo uno). Nominaciones a las que en buena medida ha contribuido la saga que hoy empiezo a reseñar. Aunque curiosamente no fue hasta la tercera entrega de la saga ("Chindi") cuando empezó a recibirlas, si bien desde ella las tres posteriores repitieron nominación. Hecho que habla bien a las claras del alto nivel medio de la saga. Aunque, por razones que explicaré más adelante, sólo voy a recomendar los tres primeros títulos de la misma.
En mi opinión, McDevitt escribe ciencia-ficción contemporánea con la mirada puesta en la ciencia-ficción clásica de los años cincuenta. Y además, es mejor narrador que creador, por lo cual sus novelas son más disfrutables por la habilidad que tiene para crear sus personajes y enredarlos en mil aventuras en parajes extraños, que por sus ideas originales o sus reflexiones de gran calado. Esto se pone de manifiesto a lo largo de toda la saga en general y de "Las máquinas de Dios" en particular: se trata de una novela entretenida, plena de imaginación, sin ideas espectaculares ni artificios innecesarios. Y razonablemente bien estructurada para su gran extensión (casi 600 páginas en la edición de bolsillo).
La novela está dividida en un breve prólogo, cuatro partes de duración variable y ubicadas en una localización diferente (Oz, una luna de Quraqua, el Templo de los Vientos en el propio Quraqua, Beta Pacífica III y el asteroide LCO4418-IID) y un pequeño epílogo. Una estructura que como digo contribuye decisivamente a que la novela no se le vaya de las manos a McDevitt. Lo cual no significa que no sobren determinados pasajes en distintos puntos de la misma, ni que la caracterización de los personajes sea siempre la mejor. Pero que la narración mantenga un propósito, y que unos diálogos sencillos y directos predominen sobre una prosa estándar que no es la mayor fortaleza de McDevitt, facilita que las páginas se pasen a buen ritmo.
Quizá la mayor virtud de la novela sea el permanente sentido de la maravilla que la preside. Y que en realidad es muy superior a la cantidad de revelaciones que se esconden tras sus páginas. Porque el marco en el que la sitúa el escritor está determinado desde el principio: la Tierra de comienzos del s. XXIII agoniza víctima de la sobreexplotación y el cambio climático, pero la tecnología hiperluz ha permitido identificar otros tres lugares donde existió vida inteligente (Pináculo, Quraqua y Nok). Este último continúa habitado, y la terraformación de Quraqua que lidera la corporación Kosmik parece la última esperanza para el género humano. Pero sobre ese marco McDevitt sitúa a un elenco de arqueólogos y a la piloto Priscilla Hutchins, y deja que sus exploraciones arqueológicas sustenten la novela.
Es justo reconocerle al autor su poderosa imaginación, puesto que cada una de sus localizaciones no es sólo radicalmente diferente a la anterior, sino que las peripecias que construye sobre ellas lo son aún más. Así, hay capítulos en varias de ellas de gran calidad (el tsunami sobre el Templo, la congelación del Wink, el ataque alienígena en Beta Pacífica...), junto con otros menos cautivadores (las conclusiones extraídas en Oz, o incluso la nube en Delta durante el desenlace). También debemos agradecerle a McDevitt su respeto por el componente científico en cada campo (lo que se traduce en un número de gadgets inusualmente bajo en el género). Y la inclusión de "teletipos" en diversos momentos, que posibilitan una mejor visualización del panorama global de la raza humana.
Sin embargo, algunos defectos la apartan de la categoría de clásico que a veces parece merecer. Junto a esas aproximadamente 100 páginas de más que contiene, el elenco inicial de personajes es a todas luces excesivo (sólo a partir de la tercera parte consigue acotarlo), pese a lo cual introduce dos personajes más (Ángela y Terry) muy cerca del final, y necesita recurrir a un apresurado epílogo para cerrar un montón de cabos sueltos. Además, apenas hay reflexiones de calado, a pesar de la longitud del libro. Tampoco propuestas novedosas, como lo evidencia que las nubes del final sean ya familiares al lector habitual del género y resultan poco creíbles en su constitución y propósito. Por otra parte, algunos de los cabos que ata Hutchins son demasiado obvios para que hubieran quedado ocultos a ojos del lector avispado. Y en ocasiones a la novela le falta un punto de fuerza, un mejor engranaje. Aunque obviamente la magnitud y riqueza del universo concebido por McDevitt posibilitan sin duda la conversión de esta novela en saga que acometió unos años después de su publicación. Y de cuya primera aportación ("Deepsix") les hablaré en mi próxima entrada.
Por su cercanía al tiempo presente, empiezo a correr el riesgo de que los títulos que la componen en el momento de la reseña no sean los que finalmente terminen componiéndola, pues McDevitt sigue publicando con regularidad y hace poco más de un año añadió un nuevo título ("StarHawk", aún no traducido al español) a la saga. Que a día de hoy está compuesta en nuestro idioma por las siguientes seis novelas:
Las máquinas de Dios (1995)
Deepsix (2000)
Chindi (2002)
Omega (2003)
Odisea (2006)
Cauldron (2007)
El de McDevitt es un caso singular, pues se trata del autor que, en más de 60 años de historia, más nominaciones al Premio Nébula ha recibido en la categoría de novela (12 hasta la fecha), y que en proporción menos galardones ha recibido (sólo uno). Nominaciones a las que en buena medida ha contribuido la saga que hoy empiezo a reseñar. Aunque curiosamente no fue hasta la tercera entrega de la saga ("Chindi") cuando empezó a recibirlas, si bien desde ella las tres posteriores repitieron nominación. Hecho que habla bien a las claras del alto nivel medio de la saga. Aunque, por razones que explicaré más adelante, sólo voy a recomendar los tres primeros títulos de la misma.
En mi opinión, McDevitt escribe ciencia-ficción contemporánea con la mirada puesta en la ciencia-ficción clásica de los años cincuenta. Y además, es mejor narrador que creador, por lo cual sus novelas son más disfrutables por la habilidad que tiene para crear sus personajes y enredarlos en mil aventuras en parajes extraños, que por sus ideas originales o sus reflexiones de gran calado. Esto se pone de manifiesto a lo largo de toda la saga en general y de "Las máquinas de Dios" en particular: se trata de una novela entretenida, plena de imaginación, sin ideas espectaculares ni artificios innecesarios. Y razonablemente bien estructurada para su gran extensión (casi 600 páginas en la edición de bolsillo).
La novela está dividida en un breve prólogo, cuatro partes de duración variable y ubicadas en una localización diferente (Oz, una luna de Quraqua, el Templo de los Vientos en el propio Quraqua, Beta Pacífica III y el asteroide LCO4418-IID) y un pequeño epílogo. Una estructura que como digo contribuye decisivamente a que la novela no se le vaya de las manos a McDevitt. Lo cual no significa que no sobren determinados pasajes en distintos puntos de la misma, ni que la caracterización de los personajes sea siempre la mejor. Pero que la narración mantenga un propósito, y que unos diálogos sencillos y directos predominen sobre una prosa estándar que no es la mayor fortaleza de McDevitt, facilita que las páginas se pasen a buen ritmo.
Quizá la mayor virtud de la novela sea el permanente sentido de la maravilla que la preside. Y que en realidad es muy superior a la cantidad de revelaciones que se esconden tras sus páginas. Porque el marco en el que la sitúa el escritor está determinado desde el principio: la Tierra de comienzos del s. XXIII agoniza víctima de la sobreexplotación y el cambio climático, pero la tecnología hiperluz ha permitido identificar otros tres lugares donde existió vida inteligente (Pináculo, Quraqua y Nok). Este último continúa habitado, y la terraformación de Quraqua que lidera la corporación Kosmik parece la última esperanza para el género humano. Pero sobre ese marco McDevitt sitúa a un elenco de arqueólogos y a la piloto Priscilla Hutchins, y deja que sus exploraciones arqueológicas sustenten la novela.
Es justo reconocerle al autor su poderosa imaginación, puesto que cada una de sus localizaciones no es sólo radicalmente diferente a la anterior, sino que las peripecias que construye sobre ellas lo son aún más. Así, hay capítulos en varias de ellas de gran calidad (el tsunami sobre el Templo, la congelación del Wink, el ataque alienígena en Beta Pacífica...), junto con otros menos cautivadores (las conclusiones extraídas en Oz, o incluso la nube en Delta durante el desenlace). También debemos agradecerle a McDevitt su respeto por el componente científico en cada campo (lo que se traduce en un número de gadgets inusualmente bajo en el género). Y la inclusión de "teletipos" en diversos momentos, que posibilitan una mejor visualización del panorama global de la raza humana.
Sin embargo, algunos defectos la apartan de la categoría de clásico que a veces parece merecer. Junto a esas aproximadamente 100 páginas de más que contiene, el elenco inicial de personajes es a todas luces excesivo (sólo a partir de la tercera parte consigue acotarlo), pese a lo cual introduce dos personajes más (Ángela y Terry) muy cerca del final, y necesita recurrir a un apresurado epílogo para cerrar un montón de cabos sueltos. Además, apenas hay reflexiones de calado, a pesar de la longitud del libro. Tampoco propuestas novedosas, como lo evidencia que las nubes del final sean ya familiares al lector habitual del género y resultan poco creíbles en su constitución y propósito. Por otra parte, algunos de los cabos que ata Hutchins son demasiado obvios para que hubieran quedado ocultos a ojos del lector avispado. Y en ocasiones a la novela le falta un punto de fuerza, un mejor engranaje. Aunque obviamente la magnitud y riqueza del universo concebido por McDevitt posibilitan sin duda la conversión de esta novela en saga que acometió unos años después de su publicación. Y de cuya primera aportación ("Deepsix") les hablaré en mi próxima entrada.
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