sábado, 3 de junio de 2017

Las edades de la luz (2003). Ian R. MacLeod

Poco a poco me voy acercando al final de mi lista de novelas representativas del subgénero de las ucronías, uno de los más sugestivos dentro de la literatura de ciencia-ficción. Hoy le ha llegado el turno a "Las edades de la luz", del británico Ian R. MacLeod. Que quizá sea una de las ucronías menos conocidas de esta selección. Publicada por La factoría de Ideas en 2005, se trata de una ucronía singular, con el descubrimiento del históricamente mitificado éter como hecho divergente, la Inglaterra gremial de un siglo XIX paralelo al verdadero como principal aliciente, y una lentitud exasperante y un innecesario abuso de elementos fantásticos como lastre.

Como saben quienes siguen este blog, nunca he apreciado el género de la fantasía (entendida en sentido amplio, no sólo las novelas de espada y brujería). Esencialmente por la falta de rigor y las licencias literarias fáciles que proporcionan la Edad Media, la pócima mágica o el conjuro milenario de turno. Pero cuando esas licencias se toman en novelas que, como la presente, probablemente no las necesitarían, me entristece pensar en la obra que pudo haber sido y no fue. Porque "Las edades de la luz" es una novela siendo generosos muy discreta, pero que podía haber sido más que notable. En ella MacLeod nos plantea un escenario en el que la historia como la conocemos se altera en el siglo XVI tras el descubrimiento de un elemento fantástico, sí, el éter, cuyas propiedades mejoran no se sabe muy bien cómo los instrumentos y las técnicas de la época. Pero las sucesivas tres Edades de la Industria (cada una de un siglo de duración), la organización productiva de la sociedad en gremios que integran los distintos niveles de trabajadores cualificados, su estratificación y los grupos sociales que quedan al margen (los eternamente pobres mercas y los cambiantes, estos últimos una suerte de mutantes resultado de las manipulaciones acarreadas por las reacciones químicas incontroladas del éter) componen un panorama sólido y verosímil, que no debería haber quedado vanalizado por un buen número de elementos fantásticos tan tangenciales al desarrollo de la novela como inadmisibles. Y es que, en especial a partir de la tercera parte, desfilarán ante los ojos del lector dragones, unicornios, peces de los deseos, perlas numéricas, joyas susurro, magioscuridad, hechizos...

Pero por si esta edulcoración de lo que por lo demás podría ser una ucronía consistente no fuera bastante, MacLeod dificulta aún más la tarea al lector con una lentitud narrativa exasperante. Porque tras una primera parte que es en realidad un prólogo y una segunda (centrada en la infancia y adolescencia del protagonista Robert Borrows en la localidad minera de Bracebridge) muy minuciosa pero aún aceptablemente dinámica, el grueso de la novela (las partes tercera y cuarta, ubicadas mayormente en Londres) fatiga al lector con una ausencia de ritmo total y una escasísima lista de acontecimientos. Una y otra vez MacLeod nos describe los aromas, el tiempo atmosférico, los detalles visuales más nimios, y se olvida de que el principal propósito de una novela es contar una historia. Con mención especial para la fiesta de verano en Walcote House, que agota hasta parecer que no va a acabar nunca.

Estos dos graves defectos y otros detalles menores como las casualidades por las que una y otra vez los personajes principales se reencuentran en las circunstancias más inverosímiles, el arrinconamiento que sufren los diálogos ante las eternas descripciones, y el minúsculo tipo de letra, no deberían ocultar algunos aciertos de la novela. El más obvio es la ambientación, sobre todo de Bracebridge y las pequeñas vidas de sus habitantes (para mí casi todo lo bueno de la novela sucede en esa localidad). Pero también de un Londres inspirado en Dickens pero con personalidad propia en sus muchos lugares alternativos (con Hallam Tower a la cabeza). Incluso Walcote House es un marco escénico convincente.

Además, Borrows está bien caracterizado, y algunos de los personajes que se cruzan en su camino (el gran maestro Harrat, Saúl, incluso la maestra Summerton) también rayan a buen nivel (aunque otros como la en realidad poco enigmática Annalise o la insustancial Sadie Paddington dejan que desear). No sólo eso: MacLeod imagina un trasfondo lógico para el misterio que, en un injusto segundo plano, encierran las páginas de la novela (el agotamiento del éter, el experimento con la calcedonia y sus consecuencias en los distintos personajes). Y lo enriquece con una revolución social un tanto atropellada pero sensata, que remata con el surgimiento de una nueva Edad sustentada en el hielo de motor. Todo lo cual evidencia que la ucronía está muy bien trabajada en el fondo, pero que desgraciadamente queda sepultada entre conjuros y trolls. Una pena.

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