sábado, 16 de noviembre de 2013

Los jugadores de No-A (1948): Alfred E. Van Vogt

La siguiente entrada está dedicada a "Los jugadores de No-A", segunda y última novela que merece la pena leer de la saga de los No-A del estadounidense Alfred Elton Van Vogt. En esta ocasión casi más que de saga podríamos hablar de continuación, por dos razones: primera, porque Van Vogt editó en formato libro en 1948, es decir, tan sólo 3 años después de "El mundo de los No-A"; y segunda, porque no sólo el protagonista sigue siendo el mismo (Gilbert Gosseyn), sino porque el escritor mantiene muchos de los personajes y algunos marcos escénicos. De hecho, la trama arranca prácticamente donde terminó "El mundo", y aquel lector que lea esta novela a continuación de la original se beneficiará de una automática mejor comprensión de lo narrado.

En cuanto a la novela en sí, debo comenzar diciendo que pese a su menor fama respecto a la original, y a algunas reseñas negativas, se trata de una meritoria obra sobre un futuro no muy lejano en el que la disciplina de la Semántica General, ya dada a conocer en la anterior entrega, permite un subyugante juego de poder a escala galáctica. Aunque en mi opinión sí que se sitúa un escalón por debajo de la original.

Lo curioso es que durante los primeros capítulos compartí la misma impresión que muchas de estas reseñas negativas: a pesar de algunos conceptos interesantes relacionados con la teletransportación y que Van Vogt ya había presentado en el tramo final de "El mundo" (los Distorsionadores, la técnica de similarización), la novela es en ese tramo un batiburrillo de entidades y situaciones confusas, que requiren retornar frecuentemente a las páginas ya leídas para intentar no perderse demasiado pronto. Y durante las que tanto la disciplina de la Semántica General como el adiestramiento No-A distan mucho de constituir los pilares de la novela, presentándose más bien como un componente meramente introductorio en los No-Extractos con los que se inicia cada capítulo. Incluso la alternancia de la mente de Gosseyn entre su propio cuerpo y el del temeroso príncipe Ashargin descoloca y puede llegar a incomodar al lector.

Sin embargo, si Vd. resiste y se esfuerza por orientarse en este marasmo que para Van Vogt constituye la sociedad futura, repentinamente todo lo narrado (o casi) empieza a tomar sentido y la novela se torna disfrutable de manera inesperada. En mi caso eso sucedió en el capítulo XXII: por primera vez la confrontación entre el Supremo Imperio y la Liga Galáctica, y la dependencia de dicha confrontación de los ardides preparados por los venusinos No-A cobra realismo, y el elemento de dominación político-religiosa que constituye el Templo del Dios Durmiente añade una nueva dimensión a la novela, que le permite funcionar a varios niveles. Los Pronosticadores de Yalerta se revelan entonces como el elemento originalmente no contemplado en el plan de los No-A, y el papel de varios personajes enigmáticos y sin embargo atrayentes (con el detective Eldred Crang y el sacerdote guardián del templo Secoh a la cabeza) va creciendo y aclarándose gradualemente. Se llega así a la originalísima confrontación entre la flota del Imperio y las robodefensas de Venus, en las que (ahora sí) las técnicas no-A son parte esencial. Una vez resuelta la trama a ese nivel, Van Vogt devuelve la acción a la capital del imperio y desvela gradualmente todos los misterios planteados, al tiempo que justifica elegantemente las razones que dieron lugar a la religión del Dios Durmiente y permite a Gosseyn realizar su última y más importante misión.

Es cierto que algunos elementos de la novela no han envejecido bien, como los árboles de Venus o la tecnología usada en la teletransportación, que hay aspectos poco justificables (como el hecho de que Enro el Rojo conviva en el Palacio Imperial con sus principales enemigos), que algunos elementos científicos son bastante cuestionables... Pero par ser una novela con cerca de 70 años los personajes están bien caracterizados, el estilo literario es agradablemente maduro, el elemento de intriga está bien cuidado y la sensación de cuestionamiento de la realidad (que posteriormente Philip K. Dick aumentaría y convertiría en su seña de identidad) justifican más que de sobra su lectura.

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