sábado, 26 de noviembre de 2016

El hombre en el castillo (1962). Philip K. Dick

Prosigo con mis reseñas en orden cronológico de las principales novelas que he seleccionado como representativas del subgénero de las ucronías. Le ha llegado al turno a la que probablemente sea la ucronía más famosa de todos los tiempos: "El hombre en el castillo". Cuya fama se debe probablemente a dos razones: ser una de las primeras en proponer el hecho divergente más frecuentemente repetido en las ucronías (las Potencias del Eje ganaron la Segunda Guerra Mundial), y haber sido escrita por uno de los autores más prestigiosos del género (Philip K. Dick, de cuyas bondades ya he hablado en otras ocasiones en este blog). Sin embargo, y con ello no pretendo hacer de abogado del diablo, en mi opinión la fama de esta novela es excesiva, ya que por una parte no es difícil encontrar ucronías mucho mejores, y por otra son varias las novelas de Dick mucho más recomendables. Porque al terminar la lectura de "El hombre en el castillo" habremos disfrutado con su personal habilidad narrativa, puesta en esta oportunidad al servicio de una historia alternativa bien concebida en lo político, pero inesperadamente endeble en los avatares de sus personajes.

Y es que una trama concebida a partir de la falsificación de antigüedades norteamericanas anteriores a la Segunda Guerra Mundial se antoja frágil para una novela tan reconocida. De hecho Dick parece ser consciente de ello, porque conforme va avanzando la obra van apareciendo otras cuantas líneas narrativas más, sin una relación clara entre ellas. Ello provoca en el lector la sensación de no saber a dónde pretende llevar el escritor la novela, sin que se identifique un propósito claro ni una estructura definida. A ello hay que sumarle que durante la primera mitad de la novela no hay apenas pasajes de acción, y que la intriga (llamémosle "onírica") aparentemente subyacente nunca aflora del todo.

Afortunadamente, la tradicional ambientación opresiva y de cuestionamiento de la realidad de Dick se adapta perfectamente a la California dominada por los japoneses que nos presenta. Entre eso y el notable conocimiento del autor sobre los imperios alemán y japonés (con su burocracia, sus medios de comunicación, sus finanzas...), la novela mantiene el tipo. Además, es interesante observar las tenisones que surgen entre la franja oriental de EEUU, dominada por los alemanes, y la occidental, dominada por los japoneses. Como en general son interesantes los personajes que amparan o justifican la victoria de las potencias del Eje.

Unos personajes, por otra parte, correctamente caracterizados pero que no llegan a calar en el lector (podemos citar como ejemplos los casos de Baynes, Tagomi, Chidan, Ramsey...). Sólo la pareja constituida por Joe y Juliana, con su proceso de conocimiento mutuo, su cuestionamiento de la identidad del otro, y su excursión desde San Francisco a Denver, resulta realmente convincente. De hecho, el papel de Abendsen y su novela "anti-ucrónica" La langosta se ha posado no es, en mi opinión, determinante en la novela, sino el habitual recurso para el cuestionamiento de la realidad de Dick. Por cierto que quizá lo más destacable de esa novela dentro de la novela sea constatar cómo su lectura da lugar a diferentes reflexiones según los personajes que la van leyendo.

Para acabar con las virtudes de la novela, mencionar la continua utilización de un elemento tan poco científico como adaptado a la atmósfera de la novela (el oráculo I Ching), destacar el episodio en el edificio Times (realmente el primero de tensión e intriga de la novela, aunque llega un poco tarde), y las frecuentes y acertadas reflexiones sobre las diferencias de comportamiento entre norteamericanos, japoneses y alemanes.

Y en el capítulo de los defectos reseñar, además de los ya comentados: los excesos probablemente "barbitúricos" del escritor, que le restan credibilidad a la novela (África sin africanos aborígenes, Mediterráneo desecado, pedetaxis); la confusa exposición de la situación política y el equilibrio de poderes de su historia alternativa (piénsese en los pasajes dedicados a la elección de Herr Bormann); la dedicación de una atención en mi opinión excesiva a episodios menores como una venta de joyas; todas las páginas dedicadas a los pensamientos de Tagomi, justo tan cerca del final; y el propio final, tan brusco como poco aclaratorio (aunque a modo de justificación Dick sugiera que Abedsen tenía razón y japoneses y alemanes perdieron realmente la guerra). Demasiados defectos para considerar "El hombre en el castillo" una novela redonda.

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