sábado, 13 de octubre de 2012

Puerta al verano (1957). Robert A. Heinlein

Mi siguiente título en la lista de novelas de decepcionantes es una conocida obra de Robert A. Heinlein. No trato con esta reseña de crear una polémica injustificada: a pesar del tiempo transcurrido, Heinlein me sigue pareciendo uno de los autores fundamentales del género, como lo prueba que hace más de un año seleccionara "Amos de títeres" en mi lista de 15 títulos esenciales para conocer el género. Ahora bien, no todas sus obras rayan a la misma altura, y en mi opinión "Puerta al verano" es una novela mediocre, sostenida en esencia por la conocida habilidad narrativa de Heinlein y unas cuantas ideas brillantes (aunque a menudo confusas).

De hecho, su principal virtud ya la da por supuesta el conocedor de la obra de Heinlein: esa prosa personalísima que atrapa al lector con habilidad, plagada de guiños al lector, sarcasmos, metáforas irónicas y referencias sugerentes. Todo gira en torno a Danny B. Davis, el ingeniero protagonista, un personaje tan arquetípico de Heinlein como inverosímil: de haber existido alguien tan brillante como Danny, habría sido de lejos el inventor más relevante del pasado siglo XX. Y es que creaciones como "Muchacha de servicio" o "Dan Dibujante" habrían supuesto auténticas revoluciones. Pero como el impacto de dichas creaciones sobre la vida de Danny es tan sólo moderado, el efecto inmediato que es que sus acciones pierden relevancia a los ojos del lector. Tanto es así que cuesta comprender hacia dónde se dirige realmente la novela.

Asimismo, la lectura se ve dificultada tanto por la ausencia de descripciones que permitan visualizar físicamente lo relatado, como por el exceso de personajes secundarios, en su mayoría esquemáticos: Belle Darkin y su irrefrenable maldad, Ricky Heinicke y su inexplicable amor por Danny, el ambiguo Miles Gentry... Además, el efecto del viaje hacia atrás en el tiempo plantea las inevitables paradojas temporales, que en esta novela no están bien resueltas y provocan confusión en el lector. Por ejemplo, no queda claro cómo reparte finalmente Danny sus acciones en su segundo paso por el "presente" de 1970.

Tampoco me gusta el hecho de que Heinlein emplee nada menos que un tercio de la novela para poner en situación al lector sobre las creaciones de Danny y la posterior lucha por el control de su compañía. Ni la existencia de algunas referencias que quedan en el aire, como la Guerra de las Seis Semanas o la capitalidad de Denver. Hasta algunos detalles mínimos perjudican la impresión final: el hecho de que Pet (el gato) hable, o de que la traducción (al menos en la edición que leí yo) sea manifiestamente mejorable.

Obviamente, no todo son errores; también hay aciertos. Fundamentalmente, un puñado de ideas de hondo calado: la utilización por el gran público del Sueño Largo (la práctica criónica que les permite despertar varias décadas más tarde), la proliferación de compañías de seguros que se benefician de la parte lucrativa de este avance, su combinación con un experimental viaje en el tiempo que permite corregir situaciones "a posteriori", los retazos que muestra sobre la transformación de la sociedad en el año 2001, o los inconvenientes derivados de retornar a la vida tras un paréntesis de treinta años.

Otros aciertos menores son la propia concisión de la novela (menos de 200 páginas), la abundancia de buenas propuestas tecnológicas que, incluso con la lógica exageración especulativa no desdeñan el componente científico, el profundo conocimiento de Heinlein sobre los gatos, sus reacciones y sus relaciones con los seres humanos, o incluso la acertada premonición sobre el uso masivo de avances como los cajeros automáticos.

Resumiendo, el viaje en el tiempo es siempre un tema fascinante, pero las dificultades que plantea tratarlo de manera atrayente y las paradojas que genera requieren algo más que el talento como narrador para solventarlas. Incluso para el maestro Heinlein.

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