domingo, 13 de mayo de 2012

El mundo invertido. Christopher Priest (1974)

A pesar de lo que puedan pensar algunos amigos y compañeros de esta aficción tan maravillosa que es la literatura de ciencia-ficción, me gusta pensar que tengo unos gustos razonablemente eclécticos respecto a todas las tendencias y corrientes que han conformado el género en los últimos 100 años. Por eso no debería sorprender que entre mi selección de 15 títulos personalísimamente favoritos figure este clásico de la "New Wave", una corriente que abogaba por un alto grado de experimentación más allá del rigor científico, de amplio seguimiento durante la década de los 70, en especial en el Reino Unido. Y es que a mi modeo de ver "El mundo invertido" (también traducida como "Un mundo invertido") es una lograda creación de New Wave brillantemente revestida de detalles científicos.

El protagonista absoluto es Helward Mann, un joven que vive a bordo de una ciudad construida en madera que se traslada incesamente sobre sus raíles, por motivos no revelados. Movimiento que da lugar a que sus habitantes se organizen en distintos gremios, que son los encargados de velar por el transporte de la urbe (Constructores de Vías, Navegantes, Tráfico, etc.). De lo cual se deriva automáticamente el viaje iniciático en el que Priest pretende sumir al lector, muy en la línea de las obras que unos años antes había publicado Robert Silverberg al otro lado del Atlántico. De hecho, a lo largo de los capítulos asistiremos al proceso de formación de Mann, pasando por distintos gremios, lo que le confiere una visión sobre cuanto le rodea muy superior al de sus conciudadanos. Conviene, pues, dejarse llevar y no cuestionar en demasía cuanto se plantee: no saldremos defraudados.

Y es que desde el principio sorprende la meticulosidad de la narración: ese tipo de detalles, a menudo irrelevantes para la novela, pero que confieren personalidad a los protagonistas, y los accercan hábilmente al lector. Este hecho, combinado con una prosa concisa, de frases cortas, con una sintaxis sencilla y unos capítulos breves y concretos, provoca que la novela se lea con una facilidad inusitada y un interés sobredimensionado para lo que cabría esperar en un principio. A lo cual se añade que el elemento científico está consistentemente tratado, sobre todo en la propia ciudad, quizá el otro gran protagonista del libro, a la que Priest sabe sacar un gran partido a pesar de su aparente lejanía con respecto a nuestras ciudades.

Conforme avanza en la lectura el lector podrá constatar que toda la trama está muy bien urdida, que Priest mantiene el suspense revelando detalles de manera acertada y consiguiendo que la "idea" básica de la novela le acabe por convencer. Es cierto, no obstante, que cuando la "realidad" es completamente revelada, decepciona un poco, pues todo resulta ser un problema de percepción. Y además el final tampoco arroja mucha luz al asunto. Pero hasta llegar a ese punto, el lector habrá disfrutado de una novela original, atrayente y con una concisión muy de agradecer en los tiempos de morosidad narrativa que vivimos. O al menos eso espero.

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