Con la presente entrada inicio la reseña de las novelas ganadoras o nominadas a los premios Nébula en la década de los setenta que no habían tenido hasta ahora una entrada independiente en este humilde blog. Voy a hablarles en esta oportunidad de "El año del sol tranquilo", del estadounidense Wilson Tucker. Un escritor con una historia personal singular, ya que su principal vinculación con el género fue la de aficionado ferviente, editor de fanzines y asistente permanente a las convenciones anuales de ciencia-ficción. Solamente con los años se animó a desarrollar su propia carrera literaria, y siempre en un discreto segundo plano. Carrera que alcanzó su punto álgido con esta novela, nominada para los premios Nébula de 1971, en los cuales venció el clásico indiscutible de Larry Niven, "Mundo Anillo". Y que resulta una obra sorprendentemente efectiva y disfrutable sobre el viaje en el tiempo, gracias a la relativa simplicidad con la trata tan escabroso tema el autor.
Y es que Tucker, como digo aficionado antes que escritor, en ningún momento de este relativamente corto libro intenta ocultar (quizá porque ni siquiera es consciente) sus relativas limitaciones como creador de historias: estamos ante una novela sencilla para lo que es habitual en el género, con muy pocos personajes, que salvo en su inicio transcurre en una única Estación de Investigación en Illinois, con una única línea narrativa, un estilo directo sin apenas artificios literarios... En suma, una falta total de pretenciosidad.
Y sin embargo esa falta de pretenciosidad se convierte en su mayor baza: ya en los capítulos iniciales Tucker explica hasta "donde puede" la viabilidad del viaje en el tiempo, con los mínimos elementos pseudocientíficos necesarios, limitando el ámbito temporal a la disponibilidad real de energía en cantidades ingentes, y recurriendo al sentido común a la hora de equipar las expediciones. Pero es cuando se inician las visitas al futuro cuando más claramente se evidencia que Tucker no desea transitar por arenas movedizas: sólo nos relata cuatro expediciones, la primera de reconocimiento con tres exploradores implicados (Chaney, Moresby y Saltus) pero sin que lleguen a encontrarse en el "futuro" de 1980, y las otras tres, exploraciones individuales de cada uno de ellos a un periodo comprendido entre 1999 y aproximadamente el 2030. Todas ellas evitando además las temidas paradojas o contradicciones de los viajes en el tiempo: ¿que un personaje no puede volver para no alterar la realidad? Pues no vuelve (Chaney). ¿Que no puede revelar un secreto sobre su vida personal? Pues un pacto entre caballeros que impide revelarlo (Saltus - Chaney).
Y como telón de fondo, unos E.E.U.U. que desembocan gradualmente en una fatal guerra civil, y un triángulo amoroso (Saltus - Kathryn - Chaney) al cual el viaje en el tiempo se encarga de dar consistencia y un toque de emotividad. En realidad, nada especialmente novedoso, con una catastrofismo previsible y un cierto racismo latente fácilmente tolerado por el público anglosajón. Pero creíble, y por tanto fiable para lograr la ansiada verosimilitud de toda novela de viajes en el tiempo.
Eso sí, el libro adolece de defectos apreciables. Comenzando por las ya citadas limitaciones (reales o auto-impuestas) de Tucker, siguiendo por la tardanza en el inicio de los viajes temporales (¡casi media novela!), sin olvidar el escaso periodo de futuro que cubre la novela (apenas sesenta años), y terminando con la clara sensación de que se podía haber aprovechado el Vehículo de Desplazamiento Temporal para obtener una perspectiva mucho más amplia. Pero la cautivadora tensión del último tercio de la novela hace que la impresión global al terminar la lectura sea positiva. Incluso a pesar de todos los años transcurridos desde que se publicó.
Un apasionado de la literatura de ciencia-ficción y escritor a tiempo parcial que dedica parte de sus escasos ratos libres a compartir su pasión con el resto de aficionados.
miércoles, 2 de mayo de 2018
sábado, 21 de abril de 2018
Los premios Nébula: la década de los setenta
Con esta entrada voy a iniciar mi revisión de los Premios Nébula en la década de los setenta, la segunda década de existencia de los galardones para mí más relevantes de la literatura de ciencia-ficción.
Los setenta comenzaron fuertemente influenciados por la New Wave, lo que no impidió la coexistencia de novelas claramente influenciadas por esta corriente con otras que podríamos definir como clásicas. Porque aunque veamos por esta lista a autores como Ursula K. LeGuin o sobre todo mi favorito Robert Silverberg, que aprovecharon la renovación que supuso la New Wave para escribir sus mejores novelas, el primer ganador de la década fue el relativamente poco innovador Larry Niven, con una novela tan atrayente y sin embargo tan "convencional" dentro del género como "Mundo anillo". Y en años posteriores los escritores que más frecuentemente se alzaron con el galardón fueron cincuentones de gran reputación entonces y ahora en el género como Frederik Pohl, Arthur C. Clarke (cuya foto ilustra esta entrada) e Isaac Asimov.
Al igual que hice al introducir la década de los sesenta en los premios Nébula, no voy a realizar un recorrido exhaustivo por todos los ganadores y finalistas, aunque sí me he asegurado de que haya al menos una novela ganadora o finalista por año de entrega del premio. Las razones son las mismas que expuse entonces: no haber completado la lista de todas las novelas ganadoras y nominadas, y haber descartado conscientemente la preparación de una entrada específica en algún caso puntual.
Sin más rodeos, ésta es la lista de mi selección de novelas galardonadas o nominadas a los Premios Nébula en los años setenta:
1971:
Ganadora:
"Mundo anillo" - Larry Niven
Nominadas:
"La torre de cristal" - Robert Silverberg
"El año del sol tranquilo" - Wilson Tucker
1972:
Ganadora:
"Tiempo de cambios" - Robert Silverberg
1973:
Ganadora:
"Los propios dioses" - Isaac Asimov
Nominadas:
"El libro de los cráneos" - Robert Silverberg
"Muero por dentro" - Robert Silverberg
"El sueño de hierro" - Norman Spinrad
1974:
Ganadora:
"Cita con Rama" - Arthur C. Clarke
1975:
Ganadora:
"Los desposeídos" - Ursula K. LeGuin
Nominada:
"Fluyan mis lágrimas, dijo el policía" - Philip K. Dick
1976:
"La guerra interminable" - Joe Haldeman
Nominadas:
"Empotrados" - Ian Watson
"La paja en el ojo de Dios" - Larry Niven y Jerry Pournelle
"El hombre estocástico" - Robert Silverberg
1977:
Ganadora:
"Homo plus" - Frederik Pohl
Nominada:
"Sadrac en el horno" - Robert Silverberg
1978:
Ganadora:
"Pórtico" - Frederik Pohl
Nominada:
"En el océano de la noche" - Gregory Benford
1979:
Ganadora:
"Serpiente del sueño" - Vonda N. McIntyre
1980:
Ganadora:
"Fuentes del paraíso" - Arthur C. Clarke
Con las lógicas excepciones (de manera muy especial "Serpiente del sueño", que ya formó parte de mi lista de quince novelas decepcionantes), debo admitir que la mayoría de las novelas de esta lista me parecen claramente recomendables, y muchas de ellas grandes clásicos del género que siguen cautivándonos en la actualidad. Lo que vuelve a hablar en favor de estos galardones. Aunque los muy observadores notarán que el número de novelas que he seleccionado por año va menguando y se limita a apenas un título conforme se acercaba la década de los ochenta. La causa es evidente: para mí, el tramo correspondiente a los últimos años sesenta y los primeros años setenta fue el de mayor brillantez en la historia del género, mientras que los años ochenta fue, como explicaré en una entrada posterior, una década relativamente floja. Por eso la transición en el número de novelas que se observa en la lista propuesta.
Resaltar por último que dos autores se alzaron con el premio en dos ocasiones a lo largo de esta década: Arthur C. Clarke y Frederik Pohl. El primero había consolidado su nombre como uno de los tres grandes pilares del género junto a Robert A. Heinlein e Isaac Asimov gracias a la tremenda repercusión que había alcanzado a finales de los sesenta la película de Stanley Kubrick "2001, una odisea en el espacio", basada en un relato del propio Clarke, quien también publicó una novela a partir de la película. Y el segundo retomó con fuerza su actividad como escritor tras un periodo más orientado a la edición de publicaciones especializadas, modernizando su estilo de los años cuarenta y cincuenta con una naturalidad sorprendente.
Les espero en mi próxima entrada para reseñar aquellas novelas de la lista de novelas de los setenta que aún no hayan tenido una entrada independiente en este humilde blog.
Los setenta comenzaron fuertemente influenciados por la New Wave, lo que no impidió la coexistencia de novelas claramente influenciadas por esta corriente con otras que podríamos definir como clásicas. Porque aunque veamos por esta lista a autores como Ursula K. LeGuin o sobre todo mi favorito Robert Silverberg, que aprovecharon la renovación que supuso la New Wave para escribir sus mejores novelas, el primer ganador de la década fue el relativamente poco innovador Larry Niven, con una novela tan atrayente y sin embargo tan "convencional" dentro del género como "Mundo anillo". Y en años posteriores los escritores que más frecuentemente se alzaron con el galardón fueron cincuentones de gran reputación entonces y ahora en el género como Frederik Pohl, Arthur C. Clarke (cuya foto ilustra esta entrada) e Isaac Asimov.
Al igual que hice al introducir la década de los sesenta en los premios Nébula, no voy a realizar un recorrido exhaustivo por todos los ganadores y finalistas, aunque sí me he asegurado de que haya al menos una novela ganadora o finalista por año de entrega del premio. Las razones son las mismas que expuse entonces: no haber completado la lista de todas las novelas ganadoras y nominadas, y haber descartado conscientemente la preparación de una entrada específica en algún caso puntual.
Sin más rodeos, ésta es la lista de mi selección de novelas galardonadas o nominadas a los Premios Nébula en los años setenta:
1971:
Ganadora:
"Mundo anillo" - Larry Niven
Nominadas:
"La torre de cristal" - Robert Silverberg
"El año del sol tranquilo" - Wilson Tucker
1972:
Ganadora:
"Tiempo de cambios" - Robert Silverberg
1973:
Ganadora:
"Los propios dioses" - Isaac Asimov
Nominadas:
"El libro de los cráneos" - Robert Silverberg
"Muero por dentro" - Robert Silverberg
"El sueño de hierro" - Norman Spinrad
1974:
Ganadora:
"Cita con Rama" - Arthur C. Clarke
1975:
Ganadora:
"Los desposeídos" - Ursula K. LeGuin
Nominada:
"Fluyan mis lágrimas, dijo el policía" - Philip K. Dick
1976:
"La guerra interminable" - Joe Haldeman
Nominadas:
"Empotrados" - Ian Watson
"La paja en el ojo de Dios" - Larry Niven y Jerry Pournelle
"El hombre estocástico" - Robert Silverberg
1977:
Ganadora:
"Homo plus" - Frederik Pohl
Nominada:
"Sadrac en el horno" - Robert Silverberg
1978:
Ganadora:
"Pórtico" - Frederik Pohl
Nominada:
"En el océano de la noche" - Gregory Benford
1979:
Ganadora:
"Serpiente del sueño" - Vonda N. McIntyre
1980:
Ganadora:
"Fuentes del paraíso" - Arthur C. Clarke
Con las lógicas excepciones (de manera muy especial "Serpiente del sueño", que ya formó parte de mi lista de quince novelas decepcionantes), debo admitir que la mayoría de las novelas de esta lista me parecen claramente recomendables, y muchas de ellas grandes clásicos del género que siguen cautivándonos en la actualidad. Lo que vuelve a hablar en favor de estos galardones. Aunque los muy observadores notarán que el número de novelas que he seleccionado por año va menguando y se limita a apenas un título conforme se acercaba la década de los ochenta. La causa es evidente: para mí, el tramo correspondiente a los últimos años sesenta y los primeros años setenta fue el de mayor brillantez en la historia del género, mientras que los años ochenta fue, como explicaré en una entrada posterior, una década relativamente floja. Por eso la transición en el número de novelas que se observa en la lista propuesta.
Resaltar por último que dos autores se alzaron con el premio en dos ocasiones a lo largo de esta década: Arthur C. Clarke y Frederik Pohl. El primero había consolidado su nombre como uno de los tres grandes pilares del género junto a Robert A. Heinlein e Isaac Asimov gracias a la tremenda repercusión que había alcanzado a finales de los sesenta la película de Stanley Kubrick "2001, una odisea en el espacio", basada en un relato del propio Clarke, quien también publicó una novela a partir de la película. Y el segundo retomó con fuerza su actividad como escritor tras un periodo más orientado a la edición de publicaciones especializadas, modernizando su estilo de los años cuarenta y cincuenta con una naturalidad sorprendente.
Les espero en mi próxima entrada para reseñar aquellas novelas de la lista de novelas de los setenta que aún no hayan tenido una entrada independiente en este humilde blog.
domingo, 8 de abril de 2018
Todos sobre Zanzíbar (1968). John Brunner
En esta nueva entrada continúo con mi reseña de novelas ganadoras y nominadas de los premios Nébula en la década de los sesenta. Voy a hablarles en esta oportunidad de "Todos sobre Zanzíbar", quizá la novela más conocida del británico John Brunner (una de las nominadas a los premios Nébula de 1969, cuya vencedora fue "Rito de paso", de Alexei Panshin, que no he tenido oportunidad de leer). Se trata de una distopía ambiciosa, muy extensa y rica en personajes y puntos de vista, que a pesar del tiempo transcurrido desde su creación sigue de plena actualidad, y que resulta más disfrutable de lo que cabría esperar si tenemos en cuenta lo ambicioso de su planteamiento. Tan disfrutable que en años posteriores dio lugar a dos novelas relativamente relacionadas ("Órbita inestable" (1969) y "El rebaño ciego" (1972)), hasta conformar la llamada Trilogía del desastre de Brunner.
Su rabiosa actualidad es fácilmente comprensible si tenemos en cuenta que Brunner sitúa la narración durante el siglo XXI y, con unas dotes premonitorias incuestionables, centra la narración en las tres fuentes principales de poder de nuestros días (los gobiernos, los medios de comunicación y las multinacionales), y les contrapone un exceso de población en el planeta que hace sufrir a nuestro planeta y del que no estamos demasiado lejos. Y para que la panorámica resulte lo más amplia (y ambiciosa) posible, estructura la novela en nada menos que ciento diecinueve capítulos breves que se adscriben a una de estas cuatro categorías: "Contexto", "Las cosas que pasan", "Viendo primeros planos" y "Continuidad". Categorías que se van sucediendo a lo largo de la novela sin un orden fijo, en lo que constituye todo un alarde de originalidad pero también un riesgo de desorientar al lector.
Y es que el mosaico de personajes y situaciones con el que Brunner abruma al lector nada más comenzar la novela puede resultar una barrera para afrontar con buena disposición su lectura. A mi modo de ver, para disfrutar de una obra tan visionaria y a la vez tan compleja es necesaria una cierta madurez del lector en el ámbito de la literatura de ciencia-ficción. Porque a veces lo que nos relata el escritor puede resultar un tanto confuso, y a pesar de todas las cosas interesantes que se cuentan, puede ser fácil perderse. Menos mal que algunos personajes aparecen regularmente, lo que permite al lector "asirse" a ellos para no perder el norte: Donald Hogan y Norman Niblock House en "Continuidad" (que podríamos definir como lo más parecido a la línea argumental principal de la novela), y el escritor Chad Mulligan en "Contexto".
La novela no carece, además, de defectos claramente perceptibles. El más obvio de todos es el esfuerzo permanente por impactar (baste recordar aquí los capítulos estructurados en tres columnas a modo de tabla, el provocativo juego con la iconografía cristiana, los sustantivos que crea yuxtaponiendo otros, el análisis de los más pequeños detalles, incluso el recurso a sonetos para ilustrar mejor el contexto); no puede negar que es un claro producto de los excesos de la New Wave, tan en boga por aquel entonces. Otro punto en contra es que no es casi hasta la mitad de la novela cuando Brunner empieza a relaconar los distintos frentes planteados, y eso ya puede resultar muy tarde. También es excesiva en mi opinión cierta tendencia a cebarse en la violencia, por ejemplo describiendo las armas empleadas con mucho detalle o enumerando los más diversos mecanismos de destrucción. Y en general, algunos capítulos son arduos de digerir y algunas situaciones difíciles de aceptar.
A cambio, la novela mantiene su vigencia no sólo a causa de sus muchas predicciones correctamente encaminadas, sino también por todo lo que da que pensar. Como por ejemplo los Estados Unidos de la segunda década del siglo XXI, tan atiborrados de ciudadanos que cualquier mecanismo (desde la selección genética hasta la eugenesia más cruda) parece justificado. O el papel que desempeñan las naciones inventadas de Beninia (el equivalente de una Suiza africana de espectacular desarrollo gracias a la acción de la multinacional Técnicas Generales), y de Yatakang (un ficticio país del Sureste de Asia que sirve de marco para investigar un supuesto avance revolucionario en el campo de la eugenesia). A menudo la panorámica distópica está conseguida, y en general abundan las reflexiones, muchas de ellas perfectamente válidas en nuestros días. También los buenos momentos, como el del capítulo 36 de "Continuidad", en el que el escritor capta perfectamente la tensión dialéctica entre el hombre y la máquina. Sin descuidar por ello a sus personajes, cuyas historias Brunner se encarga de cerrar en el tramo final de la novela. Ni la mirada a otros países, gracias a las frecuentes pinceladas que ofrece el escritor en "Las cosas que pasan". Todo ello refleja un trabajo tan concienzudo como loable.
Antes de terminar, citar dos curiosidades: la primera es el mal lugar en el que deja a España, presentada como una monarquía ultracatólica y reaccionaria dentro de Europa; y la segunda, el ingenioso detalle de cerrar la novela con un mensaje de "sus patrocinadores" (si tras esta entrada se animan a leer "Todos sobre Zanzíbar", comprenderán a qué me refiero).
Su rabiosa actualidad es fácilmente comprensible si tenemos en cuenta que Brunner sitúa la narración durante el siglo XXI y, con unas dotes premonitorias incuestionables, centra la narración en las tres fuentes principales de poder de nuestros días (los gobiernos, los medios de comunicación y las multinacionales), y les contrapone un exceso de población en el planeta que hace sufrir a nuestro planeta y del que no estamos demasiado lejos. Y para que la panorámica resulte lo más amplia (y ambiciosa) posible, estructura la novela en nada menos que ciento diecinueve capítulos breves que se adscriben a una de estas cuatro categorías: "Contexto", "Las cosas que pasan", "Viendo primeros planos" y "Continuidad". Categorías que se van sucediendo a lo largo de la novela sin un orden fijo, en lo que constituye todo un alarde de originalidad pero también un riesgo de desorientar al lector.
Y es que el mosaico de personajes y situaciones con el que Brunner abruma al lector nada más comenzar la novela puede resultar una barrera para afrontar con buena disposición su lectura. A mi modo de ver, para disfrutar de una obra tan visionaria y a la vez tan compleja es necesaria una cierta madurez del lector en el ámbito de la literatura de ciencia-ficción. Porque a veces lo que nos relata el escritor puede resultar un tanto confuso, y a pesar de todas las cosas interesantes que se cuentan, puede ser fácil perderse. Menos mal que algunos personajes aparecen regularmente, lo que permite al lector "asirse" a ellos para no perder el norte: Donald Hogan y Norman Niblock House en "Continuidad" (que podríamos definir como lo más parecido a la línea argumental principal de la novela), y el escritor Chad Mulligan en "Contexto".
La novela no carece, además, de defectos claramente perceptibles. El más obvio de todos es el esfuerzo permanente por impactar (baste recordar aquí los capítulos estructurados en tres columnas a modo de tabla, el provocativo juego con la iconografía cristiana, los sustantivos que crea yuxtaponiendo otros, el análisis de los más pequeños detalles, incluso el recurso a sonetos para ilustrar mejor el contexto); no puede negar que es un claro producto de los excesos de la New Wave, tan en boga por aquel entonces. Otro punto en contra es que no es casi hasta la mitad de la novela cuando Brunner empieza a relaconar los distintos frentes planteados, y eso ya puede resultar muy tarde. También es excesiva en mi opinión cierta tendencia a cebarse en la violencia, por ejemplo describiendo las armas empleadas con mucho detalle o enumerando los más diversos mecanismos de destrucción. Y en general, algunos capítulos son arduos de digerir y algunas situaciones difíciles de aceptar.
A cambio, la novela mantiene su vigencia no sólo a causa de sus muchas predicciones correctamente encaminadas, sino también por todo lo que da que pensar. Como por ejemplo los Estados Unidos de la segunda década del siglo XXI, tan atiborrados de ciudadanos que cualquier mecanismo (desde la selección genética hasta la eugenesia más cruda) parece justificado. O el papel que desempeñan las naciones inventadas de Beninia (el equivalente de una Suiza africana de espectacular desarrollo gracias a la acción de la multinacional Técnicas Generales), y de Yatakang (un ficticio país del Sureste de Asia que sirve de marco para investigar un supuesto avance revolucionario en el campo de la eugenesia). A menudo la panorámica distópica está conseguida, y en general abundan las reflexiones, muchas de ellas perfectamente válidas en nuestros días. También los buenos momentos, como el del capítulo 36 de "Continuidad", en el que el escritor capta perfectamente la tensión dialéctica entre el hombre y la máquina. Sin descuidar por ello a sus personajes, cuyas historias Brunner se encarga de cerrar en el tramo final de la novela. Ni la mirada a otros países, gracias a las frecuentes pinceladas que ofrece el escritor en "Las cosas que pasan". Todo ello refleja un trabajo tan concienzudo como loable.
Antes de terminar, citar dos curiosidades: la primera es el mal lugar en el que deja a España, presentada como una monarquía ultracatólica y reaccionaria dentro de Europa; y la segunda, el ingenioso detalle de cerrar la novela con un mensaje de "sus patrocinadores" (si tras esta entrada se animan a leer "Todos sobre Zanzíbar", comprenderán a qué me refiero).
domingo, 18 de marzo de 2018
Señor de la luz (1967). Roger Zelazny
Con la presente entrada continúo con las reseñas de las novelas ganadoras o nominadas a los premios Nébula en los años sesenta. Voy a hablarles hoy de "Señor de la luz", del estadounidense Roger Zelazny. Una novela que no ganó el premio Nébula, pero sí el premio Hugo de ese año, lo que habla de la popularidad que alcanzó en su momento, en pleno auge de la new wave. Aunque pienso que, si alguna vez fue merecedora de tal reconocimiento, los años no le han sentado bien. Porque en mi opinión se trata de una novela irregular y por momentos caótica, si bien cuenta con algunas virtudes que justifican su inclusión en este blog.
Quizás las páginas más difíciles de esta novela sean las primeras. Porque, sin previo aviso, el lector es sumergido en un panorama que le es ajeno por completo. Me atrevo a decir que no es habitual encontrar en una novela de ciencia-ficción tal profusión de elementos fantásticos y religiosos. Además, Zelazny nos bombardea con multitud de datos, de nombres, de lugares, incluso de artefactos (piénsese en la máquina de oraciones de la primera página), que no son fáciles de asimilar en el momento y que dificultan el disfrute de la narración. Porque ya entonces se deja entrever entre tantos elementos un interesante entramado de luchas políticas y hazañas bélicas en un planeta desconocido.
Entre los capítulos segundo y cuarto, Buda recuerda sus experiencias previas. Pero lo hace en tercera persona, lo que debilita la conjunción narrativa de todas las piezas. Además, esta parte está poblada de gran número de referencias (Garuka, rakasha, Carros...) no ya fantásticos (en el peor de los sentidos) sino utilizados sin previo aviso y sin que se explique más que tangencialmente su relevancia. Todo ello agravado por el que a mi modo de ver es el mayor defecto de la novela: el sinnúmero de personajes. Da la impresión de que Zelazny los fue acumulando sin demasiado criterio a la hora de escribir, porque los personajes se atropellan los unos a los otros, sin poder calibrar su importancia real en la trama, y con la dificultad añadidad de su volubilidad física. Incluso relata a veces los acontecimientos de un modo críptico, buscando que sea el lector quien averigüe de quién está hablando.
Afortunadamente, la idea central es brillante: el control de un mundo colonizado mediante la asunción por parte de los conquistadores de una naturaleza divina basada en una religión expiatoria. Y su plasmación es también acertada, y muestra el conocimiento de Zelazny sobre lo que escribe: abundan las referencias orientales, pero barnizadas con conceptos filosóficos y sociológicos de otras confesiones de nuestro planeta. De hecho, Sam las encarna de un modo creíble, con debilidades, sin apabullar. Y narrativamente hay también buenos momentos (en especial, los combates y las batallas que nos presenta).
El final tampoco logra que la valoración global de la novela sea superior: y es que se echa en falta dramatismo, y la conversión de determinados personajes no se termina de justificar. Por lo que la impresión predominante es la de una novela original y curiosa, pero de resultado solamente discreto.
Quizás las páginas más difíciles de esta novela sean las primeras. Porque, sin previo aviso, el lector es sumergido en un panorama que le es ajeno por completo. Me atrevo a decir que no es habitual encontrar en una novela de ciencia-ficción tal profusión de elementos fantásticos y religiosos. Además, Zelazny nos bombardea con multitud de datos, de nombres, de lugares, incluso de artefactos (piénsese en la máquina de oraciones de la primera página), que no son fáciles de asimilar en el momento y que dificultan el disfrute de la narración. Porque ya entonces se deja entrever entre tantos elementos un interesante entramado de luchas políticas y hazañas bélicas en un planeta desconocido.
Entre los capítulos segundo y cuarto, Buda recuerda sus experiencias previas. Pero lo hace en tercera persona, lo que debilita la conjunción narrativa de todas las piezas. Además, esta parte está poblada de gran número de referencias (Garuka, rakasha, Carros...) no ya fantásticos (en el peor de los sentidos) sino utilizados sin previo aviso y sin que se explique más que tangencialmente su relevancia. Todo ello agravado por el que a mi modo de ver es el mayor defecto de la novela: el sinnúmero de personajes. Da la impresión de que Zelazny los fue acumulando sin demasiado criterio a la hora de escribir, porque los personajes se atropellan los unos a los otros, sin poder calibrar su importancia real en la trama, y con la dificultad añadidad de su volubilidad física. Incluso relata a veces los acontecimientos de un modo críptico, buscando que sea el lector quien averigüe de quién está hablando.
Afortunadamente, la idea central es brillante: el control de un mundo colonizado mediante la asunción por parte de los conquistadores de una naturaleza divina basada en una religión expiatoria. Y su plasmación es también acertada, y muestra el conocimiento de Zelazny sobre lo que escribe: abundan las referencias orientales, pero barnizadas con conceptos filosóficos y sociológicos de otras confesiones de nuestro planeta. De hecho, Sam las encarna de un modo creíble, con debilidades, sin apabullar. Y narrativamente hay también buenos momentos (en especial, los combates y las batallas que nos presenta).
El final tampoco logra que la valoración global de la novela sea superior: y es que se echa en falta dramatismo, y la conversión de determinados personajes no se termina de justificar. Por lo que la impresión predominante es la de una novela original y curiosa, pero de resultado solamente discreto.
sábado, 10 de marzo de 2018
La luna es una cruel amante (1966). Robert A. Heinlein
Una nueva entrada continúo con las reseñas de las novelas ganadoras y nominadas a los premios Nébula. Le toca en esta oportunidad a "La luna es una cruel amante", del insigne Robert A. Heinlein, quizá el escritor más famoso del género. Una novela que estuvo nominada a los premios Nébula de 1967, pero que no se alzó con el galardón (el cual se otorgó conjuntamente a las dos novelas que he reseñado en mis dos entradas previas: "Babel 17" y "Flores para Algernon"). Una decisión que, con la perspectiva que dan los años, comparto completamente, pues la novela de Keyes me parece claramente superior a la de Heinlein (aunque no tanto la de Delany). Y es que "La luna es una cruel amante" es una novela con una temática atrayente (el proceso de independencia de la luna), pero más lograda desde el punto de vista "documental" que desde el meramente literario.
Esa sensación de "rigor documental" que envuelve a la novela, como si realmente los acontecimientos sucedieran así y nos vinieran relatados desde el futuro, es lo primero que sorprende al lector: éste puede constatar no sólo la relevancia que confiere Heinlein al papel de la computadora principal, Mike, sino también los notables conocimientos informáticos que exhibe el autor a distintos niveles. Si tenemos en cuenta que la novela se escribió hace medio siglo, podremos valorar en su justa medida lo premonitorio de sus predicciones. Esa misma sensación de rigor preside la cuidada geografía de Luna: sus variopintas ciudades (Luna-City, Novylen, Hong-Kong Luna...), los medios de comunicación empleados entre ellas, la utilización de parajes deslocalizados... El esfuerzo por alcanzar el máximo rigor es incuestionable, y se manifiesta también en las pinceladas sobre la colonización lunar, en la caracterización de su sociedad o en las consecuencias que acarrea a todos los niveles: un afán de verosimilitud innegable.
Sin embargo, este esfuerzo se convierte inesperadamente en el mayor lastre de la novela. Porque obliga a Heinlein a adoptar una posición de observador en la distancia, que provoca que la lectura se vuelva anodina. El desenlace de los distintos libros incluidos en ella resulta previsible, cuando no anticipado directamente por el autor (piénsese por ejemplo en la certeza respecto al desenlace de la revolución). Faltan capítulos de acción, y la gran mayoría de acontecimientos se relatan sntéticamente a posteriori, desdramatizando hasta los momentos de mayor violencia o tensión. Y además, abundan los capítulos exclusivamente descriptivos (sobre la sociedad Selene o la LuNoHoCo) y se echan en falta más diálogos y de mayor extensión.
Lo anterior no significa que la novela carezca de la mayoría de rasgos heinlenianos, tanto para lo bueno como para lo malo: su habilidad narrativa, el papel de Wyoming, las tensiones hombre-mujer, sus chascarrillos sexistas o sobre los chinos... y detalles y gadgets a medio camino entre lo ingenuo y lo infantil (como la utilización de niños para vigilar a los espías de Álvarez, los brazos intercambiables de Man, o la forma como los embajadores lunares escapan de la Tierra). En "La luna es una cruel amante" resalta en particular el personaje de Bernardo de la Paz, auténtico alter ego de Heinlein: en todo momento Heinlein recurre a este personaje para expresar reflexiones filosóficas de cierto calado, algunas de ellas por cierto totalmente contrarias a la ideología que se le presupone al autor. Y también es llamativo lo presente que está el elemento científico: en toda ocasión es tratado con seriedad, e incluso aparece una propuesta de "ascensor espacial", que recuerda a la que años más tarde postularían Arthur C. Clarke y Charles Sheffield.
Para concluir con el capítulo de los defectos, reseñar la estructuración social en clanes, que aunque interesante y no exenta de lógica en un satélite colonizado, resulta en mi opinión confusa y de resultados cuestionables. También flojea la localización un tanto forzada del contacto terráqueo (LaJoie), así como los detalles frecuentemente superfluos en los que entra el escritor en su afán de verosimilitud.
Y para rematar el de los logros que sin duda han contribuido a que esta novela se siga reeditando, citar los siguientes: los detalles de la conspiración (cimentada a partir de una organización piramidal, con acceso restringido a la información, y la creación de Adam Selene...); determinados momentos puntuales de los libros primero y tercero (en especial el capítulo de la invasión lunar por las fuerzas terráqueas, y la respuesta de la Luna en forma de bombardeos), más logrados a mi modo de ver que el segundo; y la conclusión final de la novela, en el sentido de que el futuro de la Luna será más relevante en tanto que aproveche su posición en lo alto de un pozo de gravedad sobre la Tierra.
Esa sensación de "rigor documental" que envuelve a la novela, como si realmente los acontecimientos sucedieran así y nos vinieran relatados desde el futuro, es lo primero que sorprende al lector: éste puede constatar no sólo la relevancia que confiere Heinlein al papel de la computadora principal, Mike, sino también los notables conocimientos informáticos que exhibe el autor a distintos niveles. Si tenemos en cuenta que la novela se escribió hace medio siglo, podremos valorar en su justa medida lo premonitorio de sus predicciones. Esa misma sensación de rigor preside la cuidada geografía de Luna: sus variopintas ciudades (Luna-City, Novylen, Hong-Kong Luna...), los medios de comunicación empleados entre ellas, la utilización de parajes deslocalizados... El esfuerzo por alcanzar el máximo rigor es incuestionable, y se manifiesta también en las pinceladas sobre la colonización lunar, en la caracterización de su sociedad o en las consecuencias que acarrea a todos los niveles: un afán de verosimilitud innegable.
Sin embargo, este esfuerzo se convierte inesperadamente en el mayor lastre de la novela. Porque obliga a Heinlein a adoptar una posición de observador en la distancia, que provoca que la lectura se vuelva anodina. El desenlace de los distintos libros incluidos en ella resulta previsible, cuando no anticipado directamente por el autor (piénsese por ejemplo en la certeza respecto al desenlace de la revolución). Faltan capítulos de acción, y la gran mayoría de acontecimientos se relatan sntéticamente a posteriori, desdramatizando hasta los momentos de mayor violencia o tensión. Y además, abundan los capítulos exclusivamente descriptivos (sobre la sociedad Selene o la LuNoHoCo) y se echan en falta más diálogos y de mayor extensión.
Lo anterior no significa que la novela carezca de la mayoría de rasgos heinlenianos, tanto para lo bueno como para lo malo: su habilidad narrativa, el papel de Wyoming, las tensiones hombre-mujer, sus chascarrillos sexistas o sobre los chinos... y detalles y gadgets a medio camino entre lo ingenuo y lo infantil (como la utilización de niños para vigilar a los espías de Álvarez, los brazos intercambiables de Man, o la forma como los embajadores lunares escapan de la Tierra). En "La luna es una cruel amante" resalta en particular el personaje de Bernardo de la Paz, auténtico alter ego de Heinlein: en todo momento Heinlein recurre a este personaje para expresar reflexiones filosóficas de cierto calado, algunas de ellas por cierto totalmente contrarias a la ideología que se le presupone al autor. Y también es llamativo lo presente que está el elemento científico: en toda ocasión es tratado con seriedad, e incluso aparece una propuesta de "ascensor espacial", que recuerda a la que años más tarde postularían Arthur C. Clarke y Charles Sheffield.
Para concluir con el capítulo de los defectos, reseñar la estructuración social en clanes, que aunque interesante y no exenta de lógica en un satélite colonizado, resulta en mi opinión confusa y de resultados cuestionables. También flojea la localización un tanto forzada del contacto terráqueo (LaJoie), así como los detalles frecuentemente superfluos en los que entra el escritor en su afán de verosimilitud.
Y para rematar el de los logros que sin duda han contribuido a que esta novela se siga reeditando, citar los siguientes: los detalles de la conspiración (cimentada a partir de una organización piramidal, con acceso restringido a la información, y la creación de Adam Selene...); determinados momentos puntuales de los libros primero y tercero (en especial el capítulo de la invasión lunar por las fuerzas terráqueas, y la respuesta de la Luna en forma de bombardeos), más logrados a mi modo de ver que el segundo; y la conclusión final de la novela, en el sentido de que el futuro de la Luna será más relevante en tanto que aproveche su posición en lo alto de un pozo de gravedad sobre la Tierra.
sábado, 24 de febrero de 2018
Flores para Algernon (1966). Daniel Keyes
Una nueva entrada prosigo reseñando en orden cronológico las novelas ganadoras y nominadas que he seleccionado como más representativas de los Premios Nébula, para mí los más importantes de la ciencia-ficción. Le ha llegado el turno a "Flores para Algernon", la novela más famosa del estadounidense Daniel Keyes. Que, de manera excepcional, compartió el premio Nébula de su año con "Babel 17", la novela que reseñé en mi anterior entrada. En lo que, con la perspectiva que dan los más de cincuenta años de distancia, me parece una de las mayores injusticias de dichos premios. Porque comparar la pretenciosa y fallida novela de Samuel R. Delany con la excelente novela de Keyes es un ejercicio difícilmente defendible. Y es que aunque se sitúe en los límites de la ciencia-ficción, "Flores para Algernon" es una novela a la altura de su fama: original, bien estructurada, amena, emotiva y que da mucho que pensar.
El argumento creado por Keyes es brillante: Charlie Gordon, bondadoso y trabajador a pesar de su cociente intelectual de 68, es sometido con éxito a una cirugía experimental (explicada en capítulos posteriores) con el fin de aumentar su inteligencia. Que la operación logre su propósito posibilita que los informes de progreso que regularmente escribe Charlie vayan mejorando no sólo en ortografía y gramática, sino sobre todo en la comprensión del mundo que le rodea. Lo cual no resulta un proceso tan fascinante como podría pensarse, pues a través de certeros flashbacks y sueños insertados estratégicamente entre sus vivencias presentes, el lector va descubriendo que los que Charlie consideraba sus amigos en realidad se burlaban recurrentemente de él, que su madre abandonó tras años de esfuerzo su lucha por otorgarle una inteligencia normal y prefirió excluirlo de su vida, o que los directores de su operación (Nemus y Strauss) no conocen tanto sobre la técnica empleada como aparentan, y se mueven por pasiones humanas no siempre admirables. Son informes muy emotivos (sin caer en lo sensiblero) que evolucionan gradualmente, reflejando grandes conocimientos psicológicos y un planteamiento científico muy de agradecer.
Conforme Charlie va convirtiéndose en un genio, le surgen las oportunidades para reconciliarse con su familia, para reivindicar su verdadero papel en la nueva cirugía, o para hacerse valer en su trabajo en la panadería. Pero Keyes nos muestra que todo ello no le propoorciona a Charlie una mayor felicidad, sino una pérdida de amistades, un aislamiento y una incomprensión crecientes. Así, Charlie intenta refugiarse en su relación con Alice, su antigua profesora del centro para alumnos retrasados, pero ello desemboca en una embarullada historia de amor no correspondido y sexo no bien encauzado, que se emborrona aún más con la aparición de Fay, su díscola vecina. Son las peores páginas de la novela.
El gradual deterioro mental de la rata Algernon, que da título a la obra, le anticipa a Charlie cuál va a ser su desenlace, pero antes tiene tiempo de elaborar un informe científico en el que se desaconseja la nueva técnica, de disfrutar durante unos días de la compañía de Alice, y de percatarse de cómo poco a poco pierde sus efímeras facultades. Son capítulos emocionantes y llenos de valiosas reflexiones sobre el amor y la vida.
Aparte del embarullado triángulo amoroso con Alice y Fay, los otros defectos que causaron que mi valoración final la situara justo por debajo de mi lista de novelas personalísimamente favoritas fueron los no del todo bien diferenciados compañeros de Charlie en la panadería (un fallo un tanto inesperado dada la excepcional caracterización del protagonista), y un desenlace previsible que le resta fuerza al tramo final de la novela. En todo caso defectos relativamente menores en comparación con el calado de esta novela, que perdura durante años en la mente del lector.
El argumento creado por Keyes es brillante: Charlie Gordon, bondadoso y trabajador a pesar de su cociente intelectual de 68, es sometido con éxito a una cirugía experimental (explicada en capítulos posteriores) con el fin de aumentar su inteligencia. Que la operación logre su propósito posibilita que los informes de progreso que regularmente escribe Charlie vayan mejorando no sólo en ortografía y gramática, sino sobre todo en la comprensión del mundo que le rodea. Lo cual no resulta un proceso tan fascinante como podría pensarse, pues a través de certeros flashbacks y sueños insertados estratégicamente entre sus vivencias presentes, el lector va descubriendo que los que Charlie consideraba sus amigos en realidad se burlaban recurrentemente de él, que su madre abandonó tras años de esfuerzo su lucha por otorgarle una inteligencia normal y prefirió excluirlo de su vida, o que los directores de su operación (Nemus y Strauss) no conocen tanto sobre la técnica empleada como aparentan, y se mueven por pasiones humanas no siempre admirables. Son informes muy emotivos (sin caer en lo sensiblero) que evolucionan gradualmente, reflejando grandes conocimientos psicológicos y un planteamiento científico muy de agradecer.
Conforme Charlie va convirtiéndose en un genio, le surgen las oportunidades para reconciliarse con su familia, para reivindicar su verdadero papel en la nueva cirugía, o para hacerse valer en su trabajo en la panadería. Pero Keyes nos muestra que todo ello no le propoorciona a Charlie una mayor felicidad, sino una pérdida de amistades, un aislamiento y una incomprensión crecientes. Así, Charlie intenta refugiarse en su relación con Alice, su antigua profesora del centro para alumnos retrasados, pero ello desemboca en una embarullada historia de amor no correspondido y sexo no bien encauzado, que se emborrona aún más con la aparición de Fay, su díscola vecina. Son las peores páginas de la novela.
El gradual deterioro mental de la rata Algernon, que da título a la obra, le anticipa a Charlie cuál va a ser su desenlace, pero antes tiene tiempo de elaborar un informe científico en el que se desaconseja la nueva técnica, de disfrutar durante unos días de la compañía de Alice, y de percatarse de cómo poco a poco pierde sus efímeras facultades. Son capítulos emocionantes y llenos de valiosas reflexiones sobre el amor y la vida.
Aparte del embarullado triángulo amoroso con Alice y Fay, los otros defectos que causaron que mi valoración final la situara justo por debajo de mi lista de novelas personalísimamente favoritas fueron los no del todo bien diferenciados compañeros de Charlie en la panadería (un fallo un tanto inesperado dada la excepcional caracterización del protagonista), y un desenlace previsible que le resta fuerza al tramo final de la novela. En todo caso defectos relativamente menores en comparación con el calado de esta novela, que perdura durante años en la mente del lector.
sábado, 3 de febrero de 2018
Babel 17 (1966). Samuel R. Delany
Con la presente entrada inauguro la serie de reseñas que en los próximos meses voy a dedicar en orden cronológico a diversas novelas ganadoras o finalistas de los premios Nébula que hasta la fecha no habían aparecido por este humilde blog. Pues como expliqué en mis dos entradas anteriores, los premios Nébula son en mi opinión los más representativos y de mayor calidad en la literatura de ciencia-ficción, por lo que el ejercicio de revisar todas estas novelas a lo largo de más de medio siglo será sin duda apasoniante. Voy a empezar por "Babel 17", del estadounidense Samuel R. Delany, premio Nébula de 1967.
Delany, entonces poco más que un adolescente, fue a lo largo de la segunda mitad de los sesenta uno de los escritores más relevantes del género, fuertemente condicionado entonces por la "new wave" en la que también estaban destacando otros escritores como Roger Zelazny o J.G. Ballard. Sin embargo, a mi modo de ver estamos ante uno de esos ejemplos en los que el paso de los años pone las cosas en su sitio: una vez superada la "moda" en cuestión, la novela no resiste un análisis objetivo. Y es que "Babel 17" refleja claramente que una excelente idea no da lugar a una excelente novela. De hecho, cuesta aceptar que compartiera el premio Nébula de ese año con la fascinante "Flores para Algernon", de Daniel Keyes, que reseñaré en mi siguiente entrada.
Aunque no hay duda de que la idea que sustenta la novela es muy sugestiva: la elaboración de un lenguaje que se convierte en arma conforme se va aprendiendo, por su forma de presentar la realidad y anular el pensamiento crítico que genera el "yo", le podría haber servido a Delany para algo mucho mejor que esta mediocre novela. Baste pensar que otros escritores del género han conseguido con una premisa similar resultados mucho mejores (Ian Watson con "Empotrados", Robert Silverberg con "Tiempo de cambios"...). Pero a la obra de Delany le fallan varios aspectos básicos. Veamos cuáles.
El principal problema es la falta de explicaciones proporcionadas al lector: empezando ya por la diferencia de roles entre Aduana y Transporte, la novela resulta una lucha continua por situarse y comprender. Así, la distinción entre Aliados e Invasores y los parámetros del conflicto planteado tardan mucho en revelarse (y no completamente). Así como los cargos y funciones que deben desempeñarse en la "Rimbaud" (Control, Piloto, Ojo, Nariz, Oreja...). O como la escasa elaboración de conceptos ampliamente usados en la novela (la propulsión espacial, la descorporización...).
Tampoco ayuda que Delany recurra a una especie de space opera clásica y bastante plana como vehículo para presentar una novela de un supuesto calado mucho mayor. Ni la obvia pretenciosidad del escritor, que de manera bastante poco elegante recurre a fragmentos de poemas de su esposa Marilyn Hacker (bastante flojos, por cierto) para presentar las cinco partes en las que estructura la novela. Por no hablar de la deficiente traducción (al menos en la edición que ilustra esta entrada).
¿Qué le queda entonces al lector? Pues además de la ingeniosa idea ya citada, podemos reseñar la ambientación de algunos escenarios, algunos capítulos aislados que sí resultan interesantes (como aquel en el que el barón Ver Dorco le muestra a la poetisa Rydra Wong algunas de las armas de la Alianza), los intentos por incorporar la lógica de la ciencia informática en el desenlace del conflicto, y un personaje atípico (el Carnicero), en el que Delany deposita todas sus bazas para impactar al lector (aunque su relación sentimental con Wong chirría por repentina e injustificada). Argumentos insuficientes para justificar la lectura de una novela que logró su fama al amparo de la "new wave" y que, una vez superada ésta, encaja mejor en la categoría de curiosidades que en la de novelas recomendables. Quizá Delany la escribió cuando era demasiado joven e inexperto, y con unos años más de madurez habría logrado sacarle más partido.
Delany, entonces poco más que un adolescente, fue a lo largo de la segunda mitad de los sesenta uno de los escritores más relevantes del género, fuertemente condicionado entonces por la "new wave" en la que también estaban destacando otros escritores como Roger Zelazny o J.G. Ballard. Sin embargo, a mi modo de ver estamos ante uno de esos ejemplos en los que el paso de los años pone las cosas en su sitio: una vez superada la "moda" en cuestión, la novela no resiste un análisis objetivo. Y es que "Babel 17" refleja claramente que una excelente idea no da lugar a una excelente novela. De hecho, cuesta aceptar que compartiera el premio Nébula de ese año con la fascinante "Flores para Algernon", de Daniel Keyes, que reseñaré en mi siguiente entrada.
Aunque no hay duda de que la idea que sustenta la novela es muy sugestiva: la elaboración de un lenguaje que se convierte en arma conforme se va aprendiendo, por su forma de presentar la realidad y anular el pensamiento crítico que genera el "yo", le podría haber servido a Delany para algo mucho mejor que esta mediocre novela. Baste pensar que otros escritores del género han conseguido con una premisa similar resultados mucho mejores (Ian Watson con "Empotrados", Robert Silverberg con "Tiempo de cambios"...). Pero a la obra de Delany le fallan varios aspectos básicos. Veamos cuáles.
El principal problema es la falta de explicaciones proporcionadas al lector: empezando ya por la diferencia de roles entre Aduana y Transporte, la novela resulta una lucha continua por situarse y comprender. Así, la distinción entre Aliados e Invasores y los parámetros del conflicto planteado tardan mucho en revelarse (y no completamente). Así como los cargos y funciones que deben desempeñarse en la "Rimbaud" (Control, Piloto, Ojo, Nariz, Oreja...). O como la escasa elaboración de conceptos ampliamente usados en la novela (la propulsión espacial, la descorporización...).
Tampoco ayuda que Delany recurra a una especie de space opera clásica y bastante plana como vehículo para presentar una novela de un supuesto calado mucho mayor. Ni la obvia pretenciosidad del escritor, que de manera bastante poco elegante recurre a fragmentos de poemas de su esposa Marilyn Hacker (bastante flojos, por cierto) para presentar las cinco partes en las que estructura la novela. Por no hablar de la deficiente traducción (al menos en la edición que ilustra esta entrada).
¿Qué le queda entonces al lector? Pues además de la ingeniosa idea ya citada, podemos reseñar la ambientación de algunos escenarios, algunos capítulos aislados que sí resultan interesantes (como aquel en el que el barón Ver Dorco le muestra a la poetisa Rydra Wong algunas de las armas de la Alianza), los intentos por incorporar la lógica de la ciencia informática en el desenlace del conflicto, y un personaje atípico (el Carnicero), en el que Delany deposita todas sus bazas para impactar al lector (aunque su relación sentimental con Wong chirría por repentina e injustificada). Argumentos insuficientes para justificar la lectura de una novela que logró su fama al amparo de la "new wave" y que, una vez superada ésta, encaja mejor en la categoría de curiosidades que en la de novelas recomendables. Quizá Delany la escribió cuando era demasiado joven e inexperto, y con unos años más de madurez habría logrado sacarle más partido.
sábado, 27 de enero de 2018
Los premios Nébula: la década de los sesenta
Tal como anticipé hace unos días, comienzo con la presente entrada mi revisión década a década de los Premios Nébula, para mí los más relevantes de la literatura de ciencia-ficción. Voy a revisar hoy su primera década de vida (en realidad debería hablar de lustro). Y es que como expliqué entonces, los premios Nébula se entregaron por primera vez en 1966, justo a mitad de década. Lo que no fue obstáculo para que desde el primer momento reconocieran lo mejor del género.
En mi humilde opinión los Nébula surgieron en uno de los mejores momentos de la ciencia-ficción: la transición de la denominada Edad de Oro a la New Wave. Con novelas y autores que conjugaron lo más interesante de ambas tendencias. Basta mirar la lista de los premiados para reconocer a varios de los clásicos históricos del género. Pero como ya expliqué en mi anterior entrada, no voy a detenerme tan sólo en los premiados, dado que a menudo los nominados de un año cualquiera concurrieron con títulos tanto o más relevantes, como los años y millones de lectores se encargaron después de confirmar. Porque como cualquier otro galardón, a veces las tendencias del momento han lastrado más de lo deseable al reconocimiento de determinadas obras, lo que implica que en próximas entradas seré abiertamente crítico respecto a novelas que a mi modo de ver no alcanzaron la excelencia a pesar de alzarse con el galardon, frente a otros nominados de ese mismo año, claramente más inspirados.
Como también es costumbre en el blog, no voy a realizar un recorrido exhaustivo por todos los ganadores y finalistas. Soy tan sólo un aficionado, y no tengo inconveniente en reconocer que hay novelas ganadoras o nominadas que aún no he leído, algunas otras que leí en su momento pero no me parecen dignas de una entrada independiente, y otras muchas de las que ya les he hablado con anterioridad en este mismo blog, por lo que simplemente les remitiré al enlace correspondiente. Sí que indicaré en mi lista el ganador o ganadores de cada año, y sí que me aseguraré de que haya al menos una novela ganadora o finalista por año de entrega del premio.
Ésta es la lista de mi selección de novelas galardonadas o nominadas a los Premios Nébula en los años sesenta:
1966:
Ganadora:
"Dune" - Frank Herbert
Nominadas:
"Dr. Bloodmoney" - Philip K. Dick
"Los tres estigmas de Palmer Eldritch" - Philip K. Dick
1967:
Ganadoras:
"Babel 17" - Samuel R. Delany
"Flores para Algernon" - Daniel Keyes
Nominada:
"La luna es una cruel amante" - Robert A. Heinlein
1968:
Ganadora:
"La intersección Einstein" - Samuel R. Delany
Nominadas:
"El señor de la luz" - Roger Zelazny
"Espinas" - Robert Silverberg
1969:
Ganadora:
"Rito de iniciación" - Alexei Panshin
Nominadas:
"Sueñan los androides con ovejas eléctricas" - Philip K. Dick
"Las máscaras del tiempo" - Robert Silverberg
"Todos sobre Zanzíbar" - John Brunner
1970:
Ganadora:
"La mano izquierda de la oscuridad" - Ursula K. LeGuin
Nominadas:
"Incordie a Jack Barron" - Norman Spinrad
"Matadero cinco" - Kurt Vonnegut
"Por el tiempo" - Robert Silverberg
Como pueden ver, la primera novela ganadora fue, de manera elocuente, "Dune", de Frank Herbert, probablemente la novela de ciencia-ficción más leída de la historia y sin duda uno de sus títulos de referencia (por eso he seleccionado una foto de Herbert para ilustrar esta entrada). Además, en este primer lustro los premios estuvieron en buena medida copados por dos de los escritores de referencia del género (y además dos de mis favoritos): Robert Silverberg y Philip K. Dick. Además, se reconocieron varias novelas que se han convertido en clásicos y que seleccioné como parte de mi lista de quince títulos esenciales para adentrarse en el género ("Matadero cinco", "La mano izquierda de la oscuridad","Los tres estigmas de Palmer Eldritch", la misma "Dune"). Aunque no todo fueron luces: algunas sombras fueron los dos galardones consecutivos para un escritor más enfocado en la forma que en el fondo de sus narraciones (Samuel R. Delany), y algunas nominaciones recayeron en novelas un tanto aburridas o directamente anticuadas como "El señor de la luz" (Roger Zelazny). Pero mirados con la perspectiva que proporciona medio siglo, debemos reconocer que los premios fueron un reflejo muy certero de lo mejor de la literatura de ciencia-ficción de aquel lustro.
En mi humilde opinión los Nébula surgieron en uno de los mejores momentos de la ciencia-ficción: la transición de la denominada Edad de Oro a la New Wave. Con novelas y autores que conjugaron lo más interesante de ambas tendencias. Basta mirar la lista de los premiados para reconocer a varios de los clásicos históricos del género. Pero como ya expliqué en mi anterior entrada, no voy a detenerme tan sólo en los premiados, dado que a menudo los nominados de un año cualquiera concurrieron con títulos tanto o más relevantes, como los años y millones de lectores se encargaron después de confirmar. Porque como cualquier otro galardón, a veces las tendencias del momento han lastrado más de lo deseable al reconocimiento de determinadas obras, lo que implica que en próximas entradas seré abiertamente crítico respecto a novelas que a mi modo de ver no alcanzaron la excelencia a pesar de alzarse con el galardon, frente a otros nominados de ese mismo año, claramente más inspirados.
Como también es costumbre en el blog, no voy a realizar un recorrido exhaustivo por todos los ganadores y finalistas. Soy tan sólo un aficionado, y no tengo inconveniente en reconocer que hay novelas ganadoras o nominadas que aún no he leído, algunas otras que leí en su momento pero no me parecen dignas de una entrada independiente, y otras muchas de las que ya les he hablado con anterioridad en este mismo blog, por lo que simplemente les remitiré al enlace correspondiente. Sí que indicaré en mi lista el ganador o ganadores de cada año, y sí que me aseguraré de que haya al menos una novela ganadora o finalista por año de entrega del premio.
Ésta es la lista de mi selección de novelas galardonadas o nominadas a los Premios Nébula en los años sesenta:
1966:
Ganadora:
"Dune" - Frank Herbert
Nominadas:
"Dr. Bloodmoney" - Philip K. Dick
"Los tres estigmas de Palmer Eldritch" - Philip K. Dick
1967:
Ganadoras:
"Babel 17" - Samuel R. Delany
"Flores para Algernon" - Daniel Keyes
Nominada:
"La luna es una cruel amante" - Robert A. Heinlein
1968:
Ganadora:
"La intersección Einstein" - Samuel R. Delany
Nominadas:
"El señor de la luz" - Roger Zelazny
"Espinas" - Robert Silverberg
1969:
Ganadora:
"Rito de iniciación" - Alexei Panshin
Nominadas:
"Sueñan los androides con ovejas eléctricas" - Philip K. Dick
"Las máscaras del tiempo" - Robert Silverberg
"Todos sobre Zanzíbar" - John Brunner
1970:
Ganadora:
"La mano izquierda de la oscuridad" - Ursula K. LeGuin
Nominadas:
"Incordie a Jack Barron" - Norman Spinrad
"Matadero cinco" - Kurt Vonnegut
"Por el tiempo" - Robert Silverberg
Como pueden ver, la primera novela ganadora fue, de manera elocuente, "Dune", de Frank Herbert, probablemente la novela de ciencia-ficción más leída de la historia y sin duda uno de sus títulos de referencia (por eso he seleccionado una foto de Herbert para ilustrar esta entrada). Además, en este primer lustro los premios estuvieron en buena medida copados por dos de los escritores de referencia del género (y además dos de mis favoritos): Robert Silverberg y Philip K. Dick. Además, se reconocieron varias novelas que se han convertido en clásicos y que seleccioné como parte de mi lista de quince títulos esenciales para adentrarse en el género ("Matadero cinco", "La mano izquierda de la oscuridad","Los tres estigmas de Palmer Eldritch", la misma "Dune"). Aunque no todo fueron luces: algunas sombras fueron los dos galardones consecutivos para un escritor más enfocado en la forma que en el fondo de sus narraciones (Samuel R. Delany), y algunas nominaciones recayeron en novelas un tanto aburridas o directamente anticuadas como "El señor de la luz" (Roger Zelazny). Pero mirados con la perspectiva que proporciona medio siglo, debemos reconocer que los premios fueron un reflejo muy certero de lo mejor de la literatura de ciencia-ficción de aquel lustro.
martes, 2 de enero de 2018
Los Premios Nébula: origen, ganadores y nominados
Una vez terminada la revisión de las novelas que seleccioné para exponer la alteración de la realidad en la ciencia-ficción, aprovecho el comienzo del año para dar inicio a una serie de entradas dedicadas a un nuevo y apasionante tema: los Premios Nébula. De los que he hablado en alguna ocasión en este mismo blog, pero nunca con el detalle con el que me propongo hacerlo en los próximos meses.
Y es que, además de esta entrada introductoria, donde me voy a detener en el origen de los premios y las razones para su relevancia, en las siguientes entradas voy a proponerles el siguiente enfoque: una revisión de los mismos por décadas, en la cual vamos a revisar no sólo muchas de las novelas ganadoras, sino también unas cuantas finalistas. Con el fin de obtener una panorámica más amplia de las tendencias en el género, y darle la oportunidad a un buen puñado de novelas que quedaron a la sombra de la ganadora, pero que a menudo la han superado con el paso de los años en reputación y prestigio. Eso sí, como he señalado en otras oportunidades, no soy un erudito de la literatura de ciencia-ficción, por lo que no es mi intención realizar un recorrido exhaustivo por todos los ganadores y finalistas de cada año: en ese recorrido pasaré por alto unas cuantas novelas que no he leído, unas pocas que no se han traducido al español, y muchas otras de las que ya he escrito anteriormente en este blog (limitándome en esos casos a añadir el enlace a la entrada oportuna).
Para mí, los premios Nébula son los premios de referencia indiscutibles en la literatura de ciencia-ficción. Creados en el año 1966 por la SFWA (Asociación de Escritores de ciencia-ficción y fantasía de América), nominados y ganadores son elegidos cada año por los miembros de dicha asociación, es decir, por los propios escritores, pero no sólo entre los miembros de dicha asociación. El único requisito para ello es que el libro en cuestión haya sido publicado el año anterior en inglés y en E.E.U.U. (o en cualquier otro país si ha visto la luz en formato electrónico). Son, pues, unos premios seleccionados por los propios profesionales del género, pero además abiertos a lo que se haya publicado en otras partes del mundo. Por estas razones son definidos por eruditos y profesionales como los premios más prestigiosos del género. Y frente a los quizá más conocidos Premios Hugo, donde los votantes son aficionados al género, los Nébula aportan un mayor foco en el mérito artístico y literario, frente a los índices de popularidad de los anteriores. Además, los premios Nébula no conllevan una compensación económica (sólo un trofeo a modo de reconocimiento), lo que previene a los escritores que se mueven mayormente por objetivos crematísticos de copar los galardones. Una última razón para su prestigio es que se crearon en un momento en el que el género ya estaba completamente consolidado tras cuatro décadas de vida, por lo que las emotivas pero a menudo ingenuas novelas de los primeros tiempos del género ya estaban superadas.
Desde su primera edición, los premios se han concedido invariablemente en cuatro categorías: mejor novela (la categoría en la que lógicamente me voy a enfocar en próximas entradas), mejor novela corta (entre 17.500 y 40.000 palabras), mejor relato (entre 7.500 y 17.5000 palabras), y mejor relato corto (menos de 7.500 palabras). A lo largo de los años no ha sido fijo el número de finalistas, y ha habido desde ediciones con sólo tres nominados hasta otras con más de diez, si bien en su formato actual el número de nominados debería ser seis (ampliándose en caso de empate entre varios nominados). Ello posibilita que algunos autores coleccionen nominaciones a dichos premios (a modo de curiosidad y si no estoy equivocado, los que a día de hoy más nominaciones han recibido son el escritor de fantasía Gene Wolfe y el habitual por este blog Jack McDevitt, ambos con dieciséis nominaciones entre todas las categorías).
Como decía, mejor que ir presentando novela tras novela en sentido cronológico, he pensado que sería más interesante y divulgativo proporcionar una lista de novelas por décadas. Que permita no sólo conocer los nombres de referencia en cada época, sino también identificar corrientes y tendencias en el género conforme éste fue evolucionando. Tendencias que a menudo no fueron mayoritarias en sus orígenes (con frecuencia nos sorprenderá que una novela en concreto no ganara ese año, y sí lo hiciera otra que nos resulta menos familiar), pero que los Nébula contribuyeron a reforzar de manera decisiva. Eso sí, siendo como es éste un blog dedicado en exclusiva a la ciencia-ficción (ya saben que para mí la fantasía es como un hermana pequeña de la ciencia-ficción), voy a excluir de mis análisis y reseñas las novelas de fantasía nominadas y premiadas, así que no esperen ver por aquí a George R.R. Martin, Terry Pratchett o el ya mencionado Gene Wolfe, a pesar de haber sido frecuentemente nominados.
Dicho lo cual, espero que me acompañen en la revisión del primer lustro de estos prestigiosos premios.
La década de los 60.
La década de los 70.
La década de los 80.
La década de los 90.
La primera década del siglo XXI.
"La década actual".
Y es que, además de esta entrada introductoria, donde me voy a detener en el origen de los premios y las razones para su relevancia, en las siguientes entradas voy a proponerles el siguiente enfoque: una revisión de los mismos por décadas, en la cual vamos a revisar no sólo muchas de las novelas ganadoras, sino también unas cuantas finalistas. Con el fin de obtener una panorámica más amplia de las tendencias en el género, y darle la oportunidad a un buen puñado de novelas que quedaron a la sombra de la ganadora, pero que a menudo la han superado con el paso de los años en reputación y prestigio. Eso sí, como he señalado en otras oportunidades, no soy un erudito de la literatura de ciencia-ficción, por lo que no es mi intención realizar un recorrido exhaustivo por todos los ganadores y finalistas de cada año: en ese recorrido pasaré por alto unas cuantas novelas que no he leído, unas pocas que no se han traducido al español, y muchas otras de las que ya he escrito anteriormente en este blog (limitándome en esos casos a añadir el enlace a la entrada oportuna).
Para mí, los premios Nébula son los premios de referencia indiscutibles en la literatura de ciencia-ficción. Creados en el año 1966 por la SFWA (Asociación de Escritores de ciencia-ficción y fantasía de América), nominados y ganadores son elegidos cada año por los miembros de dicha asociación, es decir, por los propios escritores, pero no sólo entre los miembros de dicha asociación. El único requisito para ello es que el libro en cuestión haya sido publicado el año anterior en inglés y en E.E.U.U. (o en cualquier otro país si ha visto la luz en formato electrónico). Son, pues, unos premios seleccionados por los propios profesionales del género, pero además abiertos a lo que se haya publicado en otras partes del mundo. Por estas razones son definidos por eruditos y profesionales como los premios más prestigiosos del género. Y frente a los quizá más conocidos Premios Hugo, donde los votantes son aficionados al género, los Nébula aportan un mayor foco en el mérito artístico y literario, frente a los índices de popularidad de los anteriores. Además, los premios Nébula no conllevan una compensación económica (sólo un trofeo a modo de reconocimiento), lo que previene a los escritores que se mueven mayormente por objetivos crematísticos de copar los galardones. Una última razón para su prestigio es que se crearon en un momento en el que el género ya estaba completamente consolidado tras cuatro décadas de vida, por lo que las emotivas pero a menudo ingenuas novelas de los primeros tiempos del género ya estaban superadas.
Desde su primera edición, los premios se han concedido invariablemente en cuatro categorías: mejor novela (la categoría en la que lógicamente me voy a enfocar en próximas entradas), mejor novela corta (entre 17.500 y 40.000 palabras), mejor relato (entre 7.500 y 17.5000 palabras), y mejor relato corto (menos de 7.500 palabras). A lo largo de los años no ha sido fijo el número de finalistas, y ha habido desde ediciones con sólo tres nominados hasta otras con más de diez, si bien en su formato actual el número de nominados debería ser seis (ampliándose en caso de empate entre varios nominados). Ello posibilita que algunos autores coleccionen nominaciones a dichos premios (a modo de curiosidad y si no estoy equivocado, los que a día de hoy más nominaciones han recibido son el escritor de fantasía Gene Wolfe y el habitual por este blog Jack McDevitt, ambos con dieciséis nominaciones entre todas las categorías).
Como decía, mejor que ir presentando novela tras novela en sentido cronológico, he pensado que sería más interesante y divulgativo proporcionar una lista de novelas por décadas. Que permita no sólo conocer los nombres de referencia en cada época, sino también identificar corrientes y tendencias en el género conforme éste fue evolucionando. Tendencias que a menudo no fueron mayoritarias en sus orígenes (con frecuencia nos sorprenderá que una novela en concreto no ganara ese año, y sí lo hiciera otra que nos resulta menos familiar), pero que los Nébula contribuyeron a reforzar de manera decisiva. Eso sí, siendo como es éste un blog dedicado en exclusiva a la ciencia-ficción (ya saben que para mí la fantasía es como un hermana pequeña de la ciencia-ficción), voy a excluir de mis análisis y reseñas las novelas de fantasía nominadas y premiadas, así que no esperen ver por aquí a George R.R. Martin, Terry Pratchett o el ya mencionado Gene Wolfe, a pesar de haber sido frecuentemente nominados.
Dicho lo cual, espero que me acompañen en la revisión del primer lustro de estos prestigiosos premios.
La década de los 60.
La década de los 70.
La década de los 80.
La década de los 90.
La primera década del siglo XXI.
"La década actual".
sábado, 23 de diciembre de 2017
Testigos de las estrellas (2003). Robert C. Wilson
Con esta entrada finalizo las reseñas que he dedicado durante los últimos meses a la alteración de la realidad en la literatura de ciencia-ficción, de la mano de dos grandes maestros como son Philip K. Dick y Robert C. Wilson. Hoy le ha llegado el turno en orden cronológico a "Testigos de las estrellas", la penúltima obra en esa lista de novelas presididas por la alteración de la realidad de Wilson (dado que a "Spin", publicada al año siguiente, ya le dediqué hace años una entrada como parte mi lista de títulos esenciales para adentrarse en el género). Finalista del Premio Hugo de ese año, "Testigos de las estrellas" es una obra muy brillante sobre las primeras evidencias de vida alienígena, que funciona a múltiples niveles: como novela de suspense, como especulación científica, como ensayo filosófico sobre la humanidad y su rol en el universo, y sobre todo, como novela de personajes.
"Las civilizaciones que dan luz a las estructuras de las estrellas (de mar) nunca siguen siendo las mismas". Esta frase, a cuarenta páginas del final, sirve perfectamente como base para reseñar todo lo bueno que encierra este libro. Que en el fondo es la historia de un contacto aparentemente imposible entre humanos y alienígenas que las estrellas de mar hacen posible, pero alterando drásticamente el devenir de ambos como especies. Para ello Wilson crea con rigor y naturalidad Blind Lake (por cierto el título original de la novela), un apartado centro gubernamental en el que, por medio de los casi mágicos procesadores O/CBE, un grupo de científicos logra observar una especie alienígena localizada a cincuenta años luz. Se trata de un lugar tan bien imaginado que llega a hacerse familiar, con su Paseo del Ojo, su Hubble Plaza, sus hileras de casas impersonales... Donde tanto el personal interno como el de apoyo desempeñan sus funciones con una verosimilitud inapelable.
Wilson sigue acumulando aciertos cuando plantea el bloqueo inexplicado de Blind Lake, que sube la tensión, aumenta el interés por el elemento científico y, sobre todo, lleva a sus personajes a situaciones límite. Porque Wilson nos cautiva una vez más con un elenco de personajes bien escogido, mejor caracterizado y que evoluciona ante nuestros ojos conforme los acontecimientos se van sucediendo. Además, Wilson confirma lo buen narrador que es recurriendo a la dosis justa de descripciones, acentuando la negatividad con las continuas referencias al mal tiempo, estructurando la historia en capítulos de duración contenida y sin apenas relleno, dedicando la atención oportuna al elemento científico y empleando una prosa un pelín impersonal pero efectiva.
Por si fuera poco, abundan los capítulos memorables: desde aquel en el que narra el derribo de la avioneta de Sandoval, pasando por los discursos de Marguerite y Ray en el auditorio, o por supuesto el relato mutuo de sus vidas que se hacen Marguerite y el Sujeto cerca del final. Un Sujeto (el alienígena observado permanentemente) que es además representante de una raza muy bien concebida morfológica y evolutivamente y que se desenvuelve en una sociedad y en un planeta consistentes y cautivadores.
Pocos peros pueden ponérsele a una obra tan redonda. El más obvio son las licencias pseudocientíficas que se permite el escritor con sus condensadores que autoevolucionan, y su poco justificable conexión con la Chica del Espejo. Tampoco me convenció el manido recurso a traumas infantiles para justificar los comportamientos de algunos personajes (Chris, Ray). Ni el uso en mi opinión excesivo de barbarismos. Poca cosa, en todo caso.
Estos defectos quedan prácticamente ocultos cuando, en el último cuarto de la novela, Wilson exprime todos los elementos de los que dispone y el lector no encuentra la forma de interrumpir la lectura. Con los méritos adicionales de incluir abundantes reflexiones y de dotar de un desenlace específico a cada personaje. Lo que evidencia tanto el talento de Wilson como la habilidad literaria que fue desarrollando conforme avanzaba su carrera. Casi casi un clásico del género.
"Las civilizaciones que dan luz a las estructuras de las estrellas (de mar) nunca siguen siendo las mismas". Esta frase, a cuarenta páginas del final, sirve perfectamente como base para reseñar todo lo bueno que encierra este libro. Que en el fondo es la historia de un contacto aparentemente imposible entre humanos y alienígenas que las estrellas de mar hacen posible, pero alterando drásticamente el devenir de ambos como especies. Para ello Wilson crea con rigor y naturalidad Blind Lake (por cierto el título original de la novela), un apartado centro gubernamental en el que, por medio de los casi mágicos procesadores O/CBE, un grupo de científicos logra observar una especie alienígena localizada a cincuenta años luz. Se trata de un lugar tan bien imaginado que llega a hacerse familiar, con su Paseo del Ojo, su Hubble Plaza, sus hileras de casas impersonales... Donde tanto el personal interno como el de apoyo desempeñan sus funciones con una verosimilitud inapelable.
Wilson sigue acumulando aciertos cuando plantea el bloqueo inexplicado de Blind Lake, que sube la tensión, aumenta el interés por el elemento científico y, sobre todo, lleva a sus personajes a situaciones límite. Porque Wilson nos cautiva una vez más con un elenco de personajes bien escogido, mejor caracterizado y que evoluciona ante nuestros ojos conforme los acontecimientos se van sucediendo. Además, Wilson confirma lo buen narrador que es recurriendo a la dosis justa de descripciones, acentuando la negatividad con las continuas referencias al mal tiempo, estructurando la historia en capítulos de duración contenida y sin apenas relleno, dedicando la atención oportuna al elemento científico y empleando una prosa un pelín impersonal pero efectiva.
Por si fuera poco, abundan los capítulos memorables: desde aquel en el que narra el derribo de la avioneta de Sandoval, pasando por los discursos de Marguerite y Ray en el auditorio, o por supuesto el relato mutuo de sus vidas que se hacen Marguerite y el Sujeto cerca del final. Un Sujeto (el alienígena observado permanentemente) que es además representante de una raza muy bien concebida morfológica y evolutivamente y que se desenvuelve en una sociedad y en un planeta consistentes y cautivadores.
Pocos peros pueden ponérsele a una obra tan redonda. El más obvio son las licencias pseudocientíficas que se permite el escritor con sus condensadores que autoevolucionan, y su poco justificable conexión con la Chica del Espejo. Tampoco me convenció el manido recurso a traumas infantiles para justificar los comportamientos de algunos personajes (Chris, Ray). Ni el uso en mi opinión excesivo de barbarismos. Poca cosa, en todo caso.
Estos defectos quedan prácticamente ocultos cuando, en el último cuarto de la novela, Wilson exprime todos los elementos de los que dispone y el lector no encuentra la forma de interrumpir la lectura. Con los méritos adicionales de incluir abundantes reflexiones y de dotar de un desenlace específico a cada personaje. Lo que evidencia tanto el talento de Wilson como la habilidad literaria que fue desarrollando conforme avanzaba su carrera. Casi casi un clásico del género.
jueves, 7 de diciembre de 2017
Los cronolitos (2001). Robert C. Wilson
Continúo con la presente entrada reseñando las novelas que he seleccionado como representativas de la alteración de la realidad en la ciencia-ficción, de la mano de Philip K. Dick y Robert C. Wilson. Voy a hablarles en la presente entrada de "Los cronolitos", del estadounidense afincado en Canadá Robert C. Wilson. Que sin ser la mejor de sus novelas traducidas al español, recibió en su momento una nominación (otra más) al Premio Hugo. Y es que su ambientación del futuro cercano, su excelente caracterización de los protagonistas y, sobre todo, la gran "coherencia" de su final la convierten en una lectura recomendable.
Quizá lo que más descoloque de "Los cronolitos" sea que Wilson no revela de manera gradual su alteración de la realidad característica y sobrecogedora, sino que en su mayor parte la desvela ya durante los primeros capítulos. Y aunque al final de la primera parte parece que va a enfocar las dos partes en las investigaciones científicas y las consecuencias militares, finalmente renuncia de manera consciente a ello y ota por mostrar las alteraciones sociales en general, y el impacto de los cronolitos en el círculo de allegados de Scotty Walden en particular. Es decir, justo lo contrario de lo que cabría esperar. Tal vez la novela habría resultado más disfrutable si el escritor hubiera optado por un enfoque más convencional, pero probablemente lo habría hecho a costa de perder parte de su originalidad.
A pesar de todo, el elemento "científico" es esencial en esta novela, y Wilson sale airoso de un concepto tan difícil de defender como los indestructibles monumentos del futuro cercano, que poco a poco van surgiendo en distintos lugares de la Tierra para mayor gloria y retroalimentación del enigmático Kevin. Cada pocos capítulos va revelando detalles sobre su naturaleza, la física que supuestamente los sustenta (hadrones, células de convección, anomalía tau negativa), los mecanismos de predicción que se desarrollan, los instrumentos que se van creando para intentar neutralizarlos... Todo ello converge en la muy poco previsible y muy elaborada resolución final, en la que las piezas encajan con una naturalidad digna de elogio.
Además, el escritor logra crear una novela de extensión suficiente con una única línea narrativa en primera persona (Scott), y con sólo un puñado de personajes (Ashlee, Adam, Kait, Hitch, Sue). Todos excelentemente caracterizados, con sus motivaciones e inquietudes, y con evoluciones en sus personalidades que los dotan de credibilidad a los ojos del lector al tiempo que aumenta el dramatismo de sus en apariencia pequeñas vidas. Porque Wilson renuncia a la obviedad de mostrarnos la reacción de los centros del poder del planeta a la alteración de la realidad que suponen los cronolitos. Y tampoco abusa de acontecimientos con los que apabullar al lector (básicamente se centra en cuatro apariciones de cronolitos: el de Chumphon al comienzo, y los de Jerusalén, Portillo y Wyoming para cerrar cada una de las tres partes de la novela).
Otros aciertos reseñables son el estilo directo de su prosa, su concisión narrativa, la gradual degradación de la sociedad estadounidense en los casi veinte años que abarca la historia (sin desdeñar las pinceladas sobre lo que está sucediendo en otras partes del planeta), y esa sensación de pesimismo al que se enfrenta la voluntad de resistencia de sus personajes, que resulta tan cercana a los lectores del siglo XXI.
No obstante, esa menor dosis de intriga en comparación con otras novelas de Wilson, ese enfoque argumental poco convencional, los lógicos altibajos en la tensión de la narración derivados de la atención tan extrema a unos cuantos personajes, y el recurso casi excesivo a las recurrentes apariciones de Hitch y Sue, penalizan en cierta medida el resultado. Aunque el clímax de su desenlace y la coherencia de su conclusión inclinan definitivamente la balanza hacia el lado positivo.
Quizá lo que más descoloque de "Los cronolitos" sea que Wilson no revela de manera gradual su alteración de la realidad característica y sobrecogedora, sino que en su mayor parte la desvela ya durante los primeros capítulos. Y aunque al final de la primera parte parece que va a enfocar las dos partes en las investigaciones científicas y las consecuencias militares, finalmente renuncia de manera consciente a ello y ota por mostrar las alteraciones sociales en general, y el impacto de los cronolitos en el círculo de allegados de Scotty Walden en particular. Es decir, justo lo contrario de lo que cabría esperar. Tal vez la novela habría resultado más disfrutable si el escritor hubiera optado por un enfoque más convencional, pero probablemente lo habría hecho a costa de perder parte de su originalidad.
A pesar de todo, el elemento "científico" es esencial en esta novela, y Wilson sale airoso de un concepto tan difícil de defender como los indestructibles monumentos del futuro cercano, que poco a poco van surgiendo en distintos lugares de la Tierra para mayor gloria y retroalimentación del enigmático Kevin. Cada pocos capítulos va revelando detalles sobre su naturaleza, la física que supuestamente los sustenta (hadrones, células de convección, anomalía tau negativa), los mecanismos de predicción que se desarrollan, los instrumentos que se van creando para intentar neutralizarlos... Todo ello converge en la muy poco previsible y muy elaborada resolución final, en la que las piezas encajan con una naturalidad digna de elogio.
Además, el escritor logra crear una novela de extensión suficiente con una única línea narrativa en primera persona (Scott), y con sólo un puñado de personajes (Ashlee, Adam, Kait, Hitch, Sue). Todos excelentemente caracterizados, con sus motivaciones e inquietudes, y con evoluciones en sus personalidades que los dotan de credibilidad a los ojos del lector al tiempo que aumenta el dramatismo de sus en apariencia pequeñas vidas. Porque Wilson renuncia a la obviedad de mostrarnos la reacción de los centros del poder del planeta a la alteración de la realidad que suponen los cronolitos. Y tampoco abusa de acontecimientos con los que apabullar al lector (básicamente se centra en cuatro apariciones de cronolitos: el de Chumphon al comienzo, y los de Jerusalén, Portillo y Wyoming para cerrar cada una de las tres partes de la novela).
Otros aciertos reseñables son el estilo directo de su prosa, su concisión narrativa, la gradual degradación de la sociedad estadounidense en los casi veinte años que abarca la historia (sin desdeñar las pinceladas sobre lo que está sucediendo en otras partes del planeta), y esa sensación de pesimismo al que se enfrenta la voluntad de resistencia de sus personajes, que resulta tan cercana a los lectores del siglo XXI.
No obstante, esa menor dosis de intriga en comparación con otras novelas de Wilson, ese enfoque argumental poco convencional, los lógicos altibajos en la tensión de la narración derivados de la atención tan extrema a unos cuantos personajes, y el recurso casi excesivo a las recurrentes apariciones de Hitch y Sue, penalizan en cierta medida el resultado. Aunque el clímax de su desenlace y la coherencia de su conclusión inclinan definitivamente la balanza hacia el lado positivo.
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