Como ya anticipaba en mi anterior entrada, "Visiones peligrosas" es probablemente la antología más famosa del género. Por un doble motivo: en primer lugar, por cuándo se concibió; y en segundo lugar, por su contenido. Lo intentaré explicar en los siguientes párrafos.
Cuando se concibió en 1966 habían transcurrido 40 años desde la aparición de la primera revista del género, y casi 30 desde que John W. Campbell había establecido los parámetros básicos del género. Que por aquel entonces ya estaba consolidado, pero que empezaba a mostrar una tendencia al conservadurismo impropia de un ámbito tan fértil, en especial en editores y directores de revistas. En respuesta a ello estaba surgiendo la para mí irregular "New Wave". Pero no era el único intento por renovar el género. El joven Harlan Ellison llevaba por aquel entonces 10 años en el género, granjeándose una justa fama de niño terrible, e instigado por mi admirado Robert Silverberg acometió una tarea que iba a desencadenar una auténtica revolución: la novedosa tarea de solicitar a los escritores menos encasillados del género relatos que nunca antes hubieran sido publicados (bien por el rechazo de los editores, bien por haber sido escritas a propósito para esta antología), y recopilarlos en tapa dura como muestra de lo mucho que todavía podía dar de sí el género. En palabras del propio Ellison "pretendía ser un cuadro de los nuevos estilos de literatura, osados lanzamientos, pensamientos poco populares". Cuando ya estuvo lista, Ellison aprovechó para denunciar en su jugosa introducción cómo la "ficción especulativa" (el término es suyo) estaba siendo absorbida por la literatura mainstream por sus enormes posibilidades, pero sin embargo dentro del género parecía haber llegado a un callejón sin salida y animaba al escritor del género: "Elimina todas las barreras, no te dejes frenar con nada, ¡di lo que tengas que decir!".
El resultado de esta tarea fue una antología de 32 relatos, repartidos en tres volúmenes, de los cuales hoy pretendo descubrirles los momentos de mayor calidad del primero. Que al incluir dos prólogos y una introducción, sólo está compuesto por ocho visiones, con sus correspondientes reseñas por parte de Ellison y del propio escritor.
Además de la introducción a la que ya he aludido, este volumen contiene dos prólogos firmados por Isaac Asimov. Ellison pidió al Buen Doctor una visión peligrosa para su inclusión en la antología, pero consciente del cambio que se estaba produciendo y de las implicaciones que acarrearía, Asimov aclaraba: "cualquier historia que yo escribiera iba a dar la nota falsa. Sería demasiado solemne, demasiado respetable y, por decirlo claramente, demasiado conservadora. Así que en vez de ello acepté escribir una introducción: una solemne, respetable y completamente conservadora introducción". En la cual no obstante aprovechó para referirse al cambio que se estaba produciendo como la "Segunda Revolución" del género y para dar las razones que en su opinión estaban dando lugar al mismo. El segundo prólogo, mucho más breve, es típicamente asimoviano: una mordaz e ingeniosa reseña sobre Harlan Ellison, replicada por el propio Ellison a pie de página.
Y en cuanto al contenido, esta primera parte alberga relatos de cinco escritores clásicos del género, una broma a dos bandas en la que también participa Ellison como escritor, y otro relato irrelevante de la para mí desconocida Miriam Allen deFord. Lester del Rey, Robert Silverberg y Philip José Farmer contribuyen con visiones ciertamente peligrosas pero no del todo inspiradas: del Rey abre boca con un relato bien construido, alegórico, pero demasiado previsible; Silverberg, que para mi gusto está más cómodo en la novela que en el relato, aporta una historia con su sello personal pero injustificadamente cruel; y Farmer vuelve a su defecto más habitual: antepone el escándalo a la calidad, con un relato muy largo (más de 60 páginas), complejo, provocador, pero falto de estructura y fondo, y realmente difícil de leer.
Usar a un personaje como Jack el Destripador no parece una buena idea para un relato de ciencia-ficción, pero es lo que hace con corrección Robert Bloch y es con lo que corresponde a un nivel inferior Harlan Ellison, en sendos relatos de los que lo más interesante es en mi opinión la descripción del proceso que dio lugar a los mismos.
Obviamente me he reservado para el final los dos mejores relatos de la antología, que no sólo cumplen con su premisa de visión peligrosa, sino que para mi gusto son dignos de figurar en cualquier selección de relatos de género. "El día siguiente a la llegada de los marcianos" muestra por qué Frederik Pohl ha sido uno de los referentes del género durante tantas décadas de actividad: el sugerente título anticipa un relato originalmente ambientado, distendido, pero hirientemente moralizante. Y el que cierra este primer volumen es sin duda el mejor: "La noche en que todo el tiempo escapó", del británico Brian W. Aldiss, toca uno de los conceptos de los que más y mejor se ha ocupado la ciencia-ficción, el tiempo, pero de una forma inverosímil, a la vez que cautivadora y bien escrita y estructurada. Les animo a disfrutar con él, y les emplazo a mi revisión del segundo volumen de estas visiones peligrosas.
Un apasionado de la literatura de ciencia-ficción y escritor a tiempo parcial que dedica parte de sus escasos ratos libres a compartir su pasión con el resto de aficionados.
domingo, 26 de mayo de 2013
domingo, 19 de mayo de 2013
Los relatos en la literatura de ciencia-ficción
En los casi dos años de trayectoria de este humilde blog apenas he dedicado atención al relato como forma de narración. Y es que el peso de la novela en toda la literatura es desde hace casi 200 años inmenso, hasta el extremo de que los términos libro y novela se han convertido en sinónimos. Incluso en el género de la ciencia-ficción. Y empleo el adverbio incluso a propósito, porque conviene recordar que la ciencia-ficción surgió casi exclusivamente bajo la forma narrativa de relatos: durante los años 20 y 30 del siglo pasado aparecieron en los E.E.U.U. las primeras revistas de ciencia-ficción, cuyo contenido era en esencia relatos de los autores que empezaban a labrarse un nombre en el género. Hugo Gernsback (del cual los premios Hugo toman su nombre) fundó en 1926 Amazing Stories, y en esa revista publicaron su primer relato autores tan determinantes para el género como Isaac Asimov, Ursula K. LeGuin o Thomas Disch. Menos de cuatro años después surgió Astounding Science-Fiction, que bajo la dirección del legendario John W. Campbell cambió la orientación del género, eliminando su vertiente pulp y exigiendo el respeto por la vertiente científica. Y el resto es ya es parte de la historia de este maravilloso género.
A partir de los años 40 y sobre todo de los 50 la novela empezó a competir con el relato como forma de narración del género. Pero probablemente a causa de esta evolución histórica, durante las décadas siguientes se siguió considerando al relato el vehículo más adecuado para extraer lo mejor del género: la facilidad para crear y ambientar una breve viñeta de lo que puede depararnos el futuro, y la posibilidad de dar a dicha viñeta una reflexión aplicable a nuestra sociedad actual, parecía inalcanzable para el formato novelado, con unas mayores restricciones en cuanto a elaboración de una trama, caracterización de unos personajes, justificación del componente científico, etc. No faltaban, además, los escritores que habían cultivado el relato con asiduidad, por lo que abundaban las historias de reconocido prestigio.
Sin embargo, en los últimos 30 años el influjo de la novela se ha hecho irresistible, y el relato ha quedado arrinconado como una forma de expresión menor, algo así como un laboratorio donde los escritores noveles puedan perfeccionar sus habilidades, o un entretenimiento para escritores consagrados que necesitan oxigenarse entre novela y novela. Con lo cual muchos de los actuales aficionados al género apenas han tenido contacto alguno con los relatos. Y las propias revistas de ciencia-ficción han tenido que recurrir cada vez más frecuentemente a presentar en sus páginas novelas serializadas por capítulos, previamente a su publicación "oficial" en "tapa dura".
Comparto hasta cierto punto este arrinconamiento del relato por las mayores posibilidades creativas de la novela, que para mí son innegables. Hasta el punto de que ninguno de los relatos que he leído jamás me ha satisfecho, por ejemplo, al mismo nivel que cualquiera de los títulos de mi lista de novelas personalísimamente favoritas. Sin embargo, me parece que el buen aficionado al género no debe renunciar de antemano a conocer siquiera someramente algunos de los relatos que han conformado la historia del mismo. Es cierto que intentar acercarse al relato es más complicado, por la ingente cantidad de obras publicadas y la dificultad de encontrar entre ellas aquellas tendencias o corrientes que más puedan ser de nuestro gusto. Algunos optan por iniciarse recurriendo a recopilaciones de relatos de sus autores predilectos (caso por ejemplo de Isaac Asimov o Philip K. Dick); otros por antologías con un eje o temática común, y muchas veces elaboradas por un antologista de prestigio (por ejemplo Robert Silverberg u Orson Scott Card).
En mi caso voy a optar por una tercera vía para intentar descubrir al lector en español lo que pueden dar de sí los relatos de ciencia-ficción: voy a revisar en mis próximas tres entradas las "Visiones peligrosas" de Harlan Ellison. Que es posiblemente la recopilación de relatos más famosa de la historia del género. Y que además no fue una antología al uso, sino una recopilación de relatos que nunca antes habían sido publicados, y que Ellison seleccionó para formar parte de esta antología bajo criterios muy específicos. Debo anticiparles que no todos los relatos de "Visiones peligrosas" rayan a la misma altura, pero sí que hay un número suficiente de relatos reseñables para intentar atraer a algunos lectores al ámbito de los relatos. O al menos es lo que yo pienso, así que les espero en mi próxima entrada.
A partir de los años 40 y sobre todo de los 50 la novela empezó a competir con el relato como forma de narración del género. Pero probablemente a causa de esta evolución histórica, durante las décadas siguientes se siguió considerando al relato el vehículo más adecuado para extraer lo mejor del género: la facilidad para crear y ambientar una breve viñeta de lo que puede depararnos el futuro, y la posibilidad de dar a dicha viñeta una reflexión aplicable a nuestra sociedad actual, parecía inalcanzable para el formato novelado, con unas mayores restricciones en cuanto a elaboración de una trama, caracterización de unos personajes, justificación del componente científico, etc. No faltaban, además, los escritores que habían cultivado el relato con asiduidad, por lo que abundaban las historias de reconocido prestigio.
Sin embargo, en los últimos 30 años el influjo de la novela se ha hecho irresistible, y el relato ha quedado arrinconado como una forma de expresión menor, algo así como un laboratorio donde los escritores noveles puedan perfeccionar sus habilidades, o un entretenimiento para escritores consagrados que necesitan oxigenarse entre novela y novela. Con lo cual muchos de los actuales aficionados al género apenas han tenido contacto alguno con los relatos. Y las propias revistas de ciencia-ficción han tenido que recurrir cada vez más frecuentemente a presentar en sus páginas novelas serializadas por capítulos, previamente a su publicación "oficial" en "tapa dura".
Comparto hasta cierto punto este arrinconamiento del relato por las mayores posibilidades creativas de la novela, que para mí son innegables. Hasta el punto de que ninguno de los relatos que he leído jamás me ha satisfecho, por ejemplo, al mismo nivel que cualquiera de los títulos de mi lista de novelas personalísimamente favoritas. Sin embargo, me parece que el buen aficionado al género no debe renunciar de antemano a conocer siquiera someramente algunos de los relatos que han conformado la historia del mismo. Es cierto que intentar acercarse al relato es más complicado, por la ingente cantidad de obras publicadas y la dificultad de encontrar entre ellas aquellas tendencias o corrientes que más puedan ser de nuestro gusto. Algunos optan por iniciarse recurriendo a recopilaciones de relatos de sus autores predilectos (caso por ejemplo de Isaac Asimov o Philip K. Dick); otros por antologías con un eje o temática común, y muchas veces elaboradas por un antologista de prestigio (por ejemplo Robert Silverberg u Orson Scott Card).
En mi caso voy a optar por una tercera vía para intentar descubrir al lector en español lo que pueden dar de sí los relatos de ciencia-ficción: voy a revisar en mis próximas tres entradas las "Visiones peligrosas" de Harlan Ellison. Que es posiblemente la recopilación de relatos más famosa de la historia del género. Y que además no fue una antología al uso, sino una recopilación de relatos que nunca antes habían sido publicados, y que Ellison seleccionó para formar parte de esta antología bajo criterios muy específicos. Debo anticiparles que no todos los relatos de "Visiones peligrosas" rayan a la misma altura, pero sí que hay un número suficiente de relatos reseñables para intentar atraer a algunos lectores al ámbito de los relatos. O al menos es lo que yo pienso, así que les espero en mi próxima entrada.
domingo, 5 de mayo de 2013
Cielos reflejados (2008). David J. Williams
El decimoquinto y último título en mi lista de novelas decepcionantes es "Cielos reflejados", del británico David J. Williams. Que no sólo es casualmente el más decepcionante de todas las novelas de la lista, sino que para mí es con diferencia la peor novela de ciencia-ficción que he leído jamás: deslavazada, confusa, extenuantemente larga, repleta de vulgarismos y con abundantes episodios reiterativos. Veamos las causas.
Es posible que David J. Williams no les resulte un nombre conocido ni siquiera a los seguidores habituales de la literatura de ciencia-ficción. "Cielos reflejados" fue la novela con la debutó hace tan sólo un lustro. Me animé a adquirirla tras esta prometedora reseña de mi admirado Stephen Baxter en la portada: "Un cyberthriller rompedor. Es como si Tom Clancy se mezclase con Bruce Sterling". Es decir, que ya esperaba un futuro cercano con ambientación cyberpunk (un subgénero que no venero especialmente), aderazada con frecuentes episodios de acción. Pero estas coordenadas exceden con mucho la cruda realidad de esta novela. Que se pone de manifiesto desde la primera página.
Y es que dentro de un conjunto más que mediocre, la primera parte en especial es flojísima: no se introducen los personajes, no se explica la situación al lector (de hecho, cuesta un esfuerzo notable entender que todo gira en torno al Elevador Espacial, un concepto habitual en el género desde que en los 70 lo presentó Charles Sheffield), se suceden los pasajes de violencia extrema sin ninguna hilazón... Y lo peor es que cuando esta parte acaba uno se da cuenta de que ni siquiera era necesaria para lo que se va a narrar a continuación.
Ante semejante despropósito es imposible que la novela no mejore en las demás partes. Y lo hace, pero muy poco: al menos hay tres grupos de protagonistas definidos, tres marcos escénicos concretos, algún capítulo en el que Williams intenta que el lector se sitúe... Pero poco más: violencia extrema, armaduras con tal cantidad de recursos que ni McGuiver daría crédito, grupos de interés que apenas se esbozan, un lenguaje vulgar... Sólo al final Williams parece dar al fin con la tecla correcta, y hay unos cuantos episodios de acción "aceptables".
Pero al acabar la lectura vuelven las inquietantes preguntas: ¿Para qué eran necesarios tantos grupos protagonistas? ¿Qué ha sucedido con la Lluvia? ¿Con el Trono? ¿Con la Tercera Guerra Mundial? Y la más preocupante de todas: ¿Cómo es posible que un libro así se traduzca tan prontamente al español?. Sólo se me ocurre una respuesta: "Cielos reflejados" ha resultado ser la primera parte de una trilogía denominada "Autumn Rain" (also así como lluvia otoñal), y hasta donde me consta nadie se ha animado a traducir las dos restantes novelas de la misma. No me extraña.
Y un consejo, por si a pesar de esta reseña Vds. se animan a leerla: por una vez, lean minuciosamente la sinopsis de la contraportada, continúen por el apéndice cronológico situado al final del libro, e incluso intenten localizar en internet una buena sinopsis del argumento. Sólo entonces den comienzo a la lectura. Creo sinceramente que es la única forma de afrontar esta novela con alguna esperanza de disfrute.
Es posible que David J. Williams no les resulte un nombre conocido ni siquiera a los seguidores habituales de la literatura de ciencia-ficción. "Cielos reflejados" fue la novela con la debutó hace tan sólo un lustro. Me animé a adquirirla tras esta prometedora reseña de mi admirado Stephen Baxter en la portada: "Un cyberthriller rompedor. Es como si Tom Clancy se mezclase con Bruce Sterling". Es decir, que ya esperaba un futuro cercano con ambientación cyberpunk (un subgénero que no venero especialmente), aderazada con frecuentes episodios de acción. Pero estas coordenadas exceden con mucho la cruda realidad de esta novela. Que se pone de manifiesto desde la primera página.
Y es que dentro de un conjunto más que mediocre, la primera parte en especial es flojísima: no se introducen los personajes, no se explica la situación al lector (de hecho, cuesta un esfuerzo notable entender que todo gira en torno al Elevador Espacial, un concepto habitual en el género desde que en los 70 lo presentó Charles Sheffield), se suceden los pasajes de violencia extrema sin ninguna hilazón... Y lo peor es que cuando esta parte acaba uno se da cuenta de que ni siquiera era necesaria para lo que se va a narrar a continuación.
Ante semejante despropósito es imposible que la novela no mejore en las demás partes. Y lo hace, pero muy poco: al menos hay tres grupos de protagonistas definidos, tres marcos escénicos concretos, algún capítulo en el que Williams intenta que el lector se sitúe... Pero poco más: violencia extrema, armaduras con tal cantidad de recursos que ni McGuiver daría crédito, grupos de interés que apenas se esbozan, un lenguaje vulgar... Sólo al final Williams parece dar al fin con la tecla correcta, y hay unos cuantos episodios de acción "aceptables".
Pero al acabar la lectura vuelven las inquietantes preguntas: ¿Para qué eran necesarios tantos grupos protagonistas? ¿Qué ha sucedido con la Lluvia? ¿Con el Trono? ¿Con la Tercera Guerra Mundial? Y la más preocupante de todas: ¿Cómo es posible que un libro así se traduzca tan prontamente al español?. Sólo se me ocurre una respuesta: "Cielos reflejados" ha resultado ser la primera parte de una trilogía denominada "Autumn Rain" (also así como lluvia otoñal), y hasta donde me consta nadie se ha animado a traducir las dos restantes novelas de la misma. No me extraña.
Y un consejo, por si a pesar de esta reseña Vds. se animan a leerla: por una vez, lean minuciosamente la sinopsis de la contraportada, continúen por el apéndice cronológico situado al final del libro, e incluso intenten localizar en internet una buena sinopsis del argumento. Sólo entonces den comienzo a la lectura. Creo sinceramente que es la única forma de afrontar esta novela con alguna esperanza de disfrute.
domingo, 21 de abril de 2013
Al final del arco iris (2006). Vernor Vinge
El siguiente título en mi lista de novelas decepcionantes es "Al final del arco iris", del estadounidense Vernor Vinge. Estuve tentado de seleccionar alguna otra novela suya para esta lista, pues debo reconocer que a pesar de tratarse de un escritor poco prolífico había varias candidatas. Pero opté por esta porque, por razones para mí totalmente incomprensibles, se alzó con el Premio Hugo del año 2007. Y es que, a pesar de que Vinge tiene todo a favor para formar parte de mi elenco de escritores favoritos (científico profesional, tramas de aventuras, sólido conocimiento del género, toques hard), siempre me sucede lo mismo con sus novelas: por mucho que las ensalce Miquel Barceló, o por muchos premios que reciban, a mí me decepcionan inevitablemente. Pero con "Al final del Arco iris" (de manera más acentuada que por ejemplo con "La guerra de la paz" o "Naufragio en el tiempo real") me aburrí con frecuencia, y a menudo tuve que resistir la tentación de abandonar la lectura.
Y es que el concepto de Epifanía (una informática vestible que permite a los jóvenes de nuestro futuro cercano crear unas realidades paralelas sólo visible con unas lentillas especiales y perceptibles sólo con ropa especialmente diseñada para ello) puede ser original y hasta premonitorio, pero desde mi punto de vista nunca puede ser el pilar sobre el que se sustente una novela de nada menos que 400 páginas. Y menos aún cuando toda la trama se antoja poco más que una mera excusa para que Vinge exhiba todos sus gadgets e inserte todas sus reflexiones (en especial sobre la Singularidad Tecnológica, según la cual la creación de inteligencias artificiales más capaces que las humanas, y su posterior evolución conduciría a una "singularidad" en el desarrollo tecnológico, de consecuencias inimaginables). Puede que la humanidad se esté encaminando hacia eso, pero para eso hubiera sido mejor que escribiera un ensayo, la verdad.
Porque no hay más que fijarse en el elenco de personajes, más propio en mi opinión de un cómic de fantasía: Robert Gu, el protagonista absoluto, es un anciano que padecía Alzheimer, recibió un tratamiento experimental al borde de la muerte que lo recuperó (de manera poco convincente) no sólo mentalmente sino con un cuerpo rejuvenecido y un aspecto preadolescente; el Señor Conejo (una especie de hacker social y superespía internacional de trazos netamente infantiles); la repelente adolescente Miri, y un grupo auxiliar realmente naif: Alfred, Winston, Keiko... Personajes directamente planos, cuando no inconsistentes o, peor aún, increíbles. Y con motivaciones poco comprensibles, de suerte que el lector nunca tiene claro hacia dónde se dirige la novela, ni, lo que es peor, la razón para pasar las páginas.
Así que todo confluye en un supuesto complot de alcance mundial que en realidad queda reducido al enfrentamiento en la biblioteca de la universidad de San Diego (la “secuenciación” destructiva de las bibliotecas está en el núcleo del conflicto virtual ideado por Vinge): un inverosímil combate entre los "Hacek" y los "Scoochis", adornado con las intrigas de un grupo de bibliotecarios y los autoengaños (si llegan a leer la novela me entenderán) de Alfred. Y encima con una técnica literaria discutible, rica en vulgarismos, de escasa profundidad y carente de cualquier detalle de calidad.
En suma, poco más de una enumeración del estado del arte de internet y un puñado de ideas que puede que en treinta años logren que esta obra se convierta en un referente por todo lo que anticipó (al estilo de la también decepcionante Neuromante). Pero hasta entonces, mi consejo es que se ahorren su lectura.
Y es que el concepto de Epifanía (una informática vestible que permite a los jóvenes de nuestro futuro cercano crear unas realidades paralelas sólo visible con unas lentillas especiales y perceptibles sólo con ropa especialmente diseñada para ello) puede ser original y hasta premonitorio, pero desde mi punto de vista nunca puede ser el pilar sobre el que se sustente una novela de nada menos que 400 páginas. Y menos aún cuando toda la trama se antoja poco más que una mera excusa para que Vinge exhiba todos sus gadgets e inserte todas sus reflexiones (en especial sobre la Singularidad Tecnológica, según la cual la creación de inteligencias artificiales más capaces que las humanas, y su posterior evolución conduciría a una "singularidad" en el desarrollo tecnológico, de consecuencias inimaginables). Puede que la humanidad se esté encaminando hacia eso, pero para eso hubiera sido mejor que escribiera un ensayo, la verdad.
Porque no hay más que fijarse en el elenco de personajes, más propio en mi opinión de un cómic de fantasía: Robert Gu, el protagonista absoluto, es un anciano que padecía Alzheimer, recibió un tratamiento experimental al borde de la muerte que lo recuperó (de manera poco convincente) no sólo mentalmente sino con un cuerpo rejuvenecido y un aspecto preadolescente; el Señor Conejo (una especie de hacker social y superespía internacional de trazos netamente infantiles); la repelente adolescente Miri, y un grupo auxiliar realmente naif: Alfred, Winston, Keiko... Personajes directamente planos, cuando no inconsistentes o, peor aún, increíbles. Y con motivaciones poco comprensibles, de suerte que el lector nunca tiene claro hacia dónde se dirige la novela, ni, lo que es peor, la razón para pasar las páginas.
Así que todo confluye en un supuesto complot de alcance mundial que en realidad queda reducido al enfrentamiento en la biblioteca de la universidad de San Diego (la “secuenciación” destructiva de las bibliotecas está en el núcleo del conflicto virtual ideado por Vinge): un inverosímil combate entre los "Hacek" y los "Scoochis", adornado con las intrigas de un grupo de bibliotecarios y los autoengaños (si llegan a leer la novela me entenderán) de Alfred. Y encima con una técnica literaria discutible, rica en vulgarismos, de escasa profundidad y carente de cualquier detalle de calidad.
En suma, poco más de una enumeración del estado del arte de internet y un puñado de ideas que puede que en treinta años logren que esta obra se convierta en un referente por todo lo que anticipó (al estilo de la también decepcionante Neuromante). Pero hasta entonces, mi consejo es que se ahorren su lectura.
domingo, 14 de abril de 2013
El torreón del cosmonauta (2000). Ken MacLeod
El siguiente título dentro de mi lista de novelas decepcionantes es "El Torreón del Cosmonauta". Cuando debutó hace cerca de dos décadas, el británico Ken MacLeod se presentaba como un tercer miembro de pleno derecho de la nueva hornada de escritores británicos capitaneada por Stephen Baxter y Iain M. Banks. Me imagino que bajo esa premisa la colección Solaris Ficción de La Factoría de Ideas se animó a editar en el año 2.002 esta novela, su más conocida y reputada hasta entonces. Desgraciadamente lo que me encontré distaba mucho de esas expectativas: un escritor limitado técnicamente que nos presenta dos líneas narrativas: una "actual", confusa y fría, y otra futura, también confusa y sólo ligeramente más interesante.
El texto de la contraportada de la edición de la Factoría de Ideas influye negativamente en esas expectativas (y no sólo por su cuestionable nominación a los premios Hugo): sus referencias a una sociedad comunista y a las intrigas tecnológicas parecen anticipar una novela con un considerable contenido distópico, a la vez que llena de aventuras. Pero ya desde el fantasioso prólogo (ni releyéndolo tras completar la lectura le veo necesidad o sentido) el lector se encuentra algo completamente diferente: una sociedad futura (de la que la contraportada nada había dicho), con una clara reminiscencia medieval, también confusa en cuanto a los planetas y ciudades que la constituyen y a su jerarquía, e incluso ambigua respecto al rol de los seres que la habitan (humanos, saurios, gigantes, kraken, ¿dioses?). En suma, un panorama radicalmente diferente del previsto.
Mantener la atención en dos líneas narrativas aparentemente independientes y que convergen poco a poco requiere más talento que la obviedad de repetir los mismos apellidos en ambas. Y desgraciadamente MacLeod carece de ese don, por mucho que nos intente engañar recurriendo a la primera persona para la línea del siglo XXI y a la tercera para la futura. Además, el comienzo es muy lento, y el escritor fracasa a la hora de poner en situación al lector en un plazo razonable, impidiéndole así disfrutar aunque sea mínimamente de la lectura hasta casi la mitad de la novela. Con el agravante, además, de que le irrita una y otra vez con su nocivo hábito de interrumpir cualquier diálogo de más de dos frases para proporcionar minuciosos detalles descriptivos que nada aportan. Y con un lenguaje que en ocasiones peca del abuso de adjetivos inconcebibles y en otras de un lenguaje soez, repleto de vulgarismos innecesarios.
Otros aspectos que en nada favorecieron mi impresión final son la recurrente referencia a conceptos y tecnicismos que se suponen de rabiosa actualidad (muy en la línea cyberpunk) pero que es fácil notar que el escritor no domina; la ausencia casi absoluta de cualquier reflexión sobre la condición humana, la vida en general, incluso la filosofía de la sociedad futura o la política de la sociedad comunista "contemporánea"; y un desenlace precipitado, en el que cuando por fin el lector piensa que comienza a entender qué está pasando, se saca de la manga muy forzadamente que toda la intriga planteada ha sido poco más que una pantomina.
Y entre tantas taras, ¿algo bueno que reseñar? Bueno, si el lector pone de su parte y no cede a la tentación de abandonar la lectura, se topará con un par de capítulos entretenidos (el viaje desde Nevada al asteroide y desde Kyohvic a Ciudad Saurio Uno), e intentará corroborar la previsible forma en la que ambas líneas narrativas convergen al final. Eso sí, para desesperarse por el injustificable mutismo sobre los saurios, el porqué de la repentina importancia de los primeros tripulantes , o los ingenuos y repetitivos triángulos amorosos Gregor-Lydia-Elizabeth, Math-Jadey-Camila.
Al concluir la lectura descubrí que "El Torreón del Cosmonauta" pasó a conformar con los años la primera parte de una serie denominada "The engines of light". Serie que no me he animado a seguir leyendo, teniendo en cuenta todos los aspectos negativos ya reseñados. Y probablemente no fui el único lector que decidió lo mismo, pues las siguientes novelas de la serie permanecen aún inéditas en español.
El texto de la contraportada de la edición de la Factoría de Ideas influye negativamente en esas expectativas (y no sólo por su cuestionable nominación a los premios Hugo): sus referencias a una sociedad comunista y a las intrigas tecnológicas parecen anticipar una novela con un considerable contenido distópico, a la vez que llena de aventuras. Pero ya desde el fantasioso prólogo (ni releyéndolo tras completar la lectura le veo necesidad o sentido) el lector se encuentra algo completamente diferente: una sociedad futura (de la que la contraportada nada había dicho), con una clara reminiscencia medieval, también confusa en cuanto a los planetas y ciudades que la constituyen y a su jerarquía, e incluso ambigua respecto al rol de los seres que la habitan (humanos, saurios, gigantes, kraken, ¿dioses?). En suma, un panorama radicalmente diferente del previsto.
Mantener la atención en dos líneas narrativas aparentemente independientes y que convergen poco a poco requiere más talento que la obviedad de repetir los mismos apellidos en ambas. Y desgraciadamente MacLeod carece de ese don, por mucho que nos intente engañar recurriendo a la primera persona para la línea del siglo XXI y a la tercera para la futura. Además, el comienzo es muy lento, y el escritor fracasa a la hora de poner en situación al lector en un plazo razonable, impidiéndole así disfrutar aunque sea mínimamente de la lectura hasta casi la mitad de la novela. Con el agravante, además, de que le irrita una y otra vez con su nocivo hábito de interrumpir cualquier diálogo de más de dos frases para proporcionar minuciosos detalles descriptivos que nada aportan. Y con un lenguaje que en ocasiones peca del abuso de adjetivos inconcebibles y en otras de un lenguaje soez, repleto de vulgarismos innecesarios.
Otros aspectos que en nada favorecieron mi impresión final son la recurrente referencia a conceptos y tecnicismos que se suponen de rabiosa actualidad (muy en la línea cyberpunk) pero que es fácil notar que el escritor no domina; la ausencia casi absoluta de cualquier reflexión sobre la condición humana, la vida en general, incluso la filosofía de la sociedad futura o la política de la sociedad comunista "contemporánea"; y un desenlace precipitado, en el que cuando por fin el lector piensa que comienza a entender qué está pasando, se saca de la manga muy forzadamente que toda la intriga planteada ha sido poco más que una pantomina.
Y entre tantas taras, ¿algo bueno que reseñar? Bueno, si el lector pone de su parte y no cede a la tentación de abandonar la lectura, se topará con un par de capítulos entretenidos (el viaje desde Nevada al asteroide y desde Kyohvic a Ciudad Saurio Uno), e intentará corroborar la previsible forma en la que ambas líneas narrativas convergen al final. Eso sí, para desesperarse por el injustificable mutismo sobre los saurios, el porqué de la repentina importancia de los primeros tripulantes , o los ingenuos y repetitivos triángulos amorosos Gregor-Lydia-Elizabeth, Math-Jadey-Camila.
Al concluir la lectura descubrí que "El Torreón del Cosmonauta" pasó a conformar con los años la primera parte de una serie denominada "The engines of light". Serie que no me he animado a seguir leyendo, teniendo en cuenta todos los aspectos negativos ya reseñados. Y probablemente no fui el único lector que decidió lo mismo, pues las siguientes novelas de la serie permanecen aún inéditas en español.
lunes, 1 de abril de 2013
El trono de mundo anillo (1996). Larry Niven
Mi siguiente título en la lista de novelas decepcionantes es "El trono de mundo anillo", tercera parte de la famosa saga "Mundo anillo" escrita por Larry Niven. Para el habitual seguidor de este blog es posible que encontrar este título en mi lista de novelas decepcionantes tal vez sea una sorpresa, puesto que ya reseñé "Mundo anillo" en mi lista de 15 novelas personalísimamente favoritas. Lo que sucede es que desde que Niven publicó "Mundo anillo" en 1970 hasta que vio la luz este "Trono de mundo anillo" transcurrieron nada menos que 26 años. Y ni la ilusión del escritor era la misma, ni su momento de carrera tan inspirado, ni el objetivo de su creación era tan claramente crematístico. Con lo cual, mi impresión tras leer esta novela es que estábamos ante poco más que un mero encargo editorial: sin fuerza, sin un hilo argumental definido, confusa y por momentos hasta descuidada, sólo la ambientación y la curiosidad por saber hacia dónde quiso llevar Niven su saga más famosa mantienen un mínimo de interés.
En esta novela el lector se reencuentra con Luis Wu, protagonista absoluto de la saga, ahora envejecido, y el titerote de Pierson Inferior, que se encarga de "curar" a Wu de su vejez. Además, un tercer protagonista es el hijo de Chmeee (el viajero kzin de la primera expedición), un joven guerrero llamado Acólito. Pero al contrario de lo que cabría esperar, el peso de estos personajes en la narración es muy escaso durante la primera mitad de la novela, en la cual Niven nos muestra cómo varias especies homínidas del Mundo Anillo se han unido para eliminar un gran nido de vampiros que se han estado alimentando de ellos. Mezclar los "vampiros" con el científico "Mundo Anillo" no parece una idea muy acertada sobre el papel, y la lectura se encarga de confirmarlo, pues la novela queda en un estado en el que la parte científica se resiente y la parte de terror que podría reemplazarla es inexistente. De hecho, en muchas situaciones Luis, el Inferior y Acólito son meros observadores, siendo la lucha de poder entre los protectores Pak el principal argumento de la mayor parte de la novela.
Así, aunque la obra se inicia con una entretenida batalla que nos hace concebir esperanzas sobre lo que nos puede deparar, en seguida el lector nota que la historia está narrada de manera bastante confusa, con pérdidas de ritmo constantes, algunos errores sorprendentes por parte de de Niven (por ejemplo, que uno de sus personajes conozca los volcanes cuando en el Mundo Anillo es imposible que los haya) y una traducción plena de errores, que hacen la lectura bastante farragosa. Tanto que hacia el capítulo 6 ya es imposible determinar hacia dónde va la novela; ni siquiera es fácil (a pesar de la lista de personajes intencionadamente incluida como anexo) diferenciar las especies que van apareciendo: tanta riqueza creativa abruma y parece innecesaria como justificación de la alianza para eliminar la amenaza de los vampiros.
Afortunadamente, una vez el lector acepta que la novela se va a quedar en el rango de "obra menor", es posible encontrarse con capítulos interesantes, como son aquellos en los que se exploran nuevas áreas del siempre fascinante Mundo Anillo o algunos pasajes de aventuras característicos de su autor. Eso sí, la siempre cuestionable habilidad literaria de Niven queda en entredicho, con pasajes y episodios mediocremente narrados (como botón de muestra, el capítulo 19 termina con este párrafo de una única frase: "El protector lo empujó a través", todo un ejemplo de cómo no concluir un capítulo). Y para complicar más la cosa, algunos escenarios resultan realmente difíciles de visualizar.
Por lo tanto, cuando finalmente los protagonistas de la saga toman relevancia en los acontecimientos, no queda claro cuál va a ser su rol, lo que provoca que el tramo final de la novela resulta muy poco clarificador (mención especial para el capítulo 29, Minero, que es tremendamente lioso) y el final es poco menos que irritante por intrascendente. Eso sí, es de agradecer el glosario de conceptos y lugares que se adjunta al final, así como el resumen de los parámetros geofísicos del Mundo Anillo. Porque eso es lo más positivo de esta obra: el reencuentro con uno de los lugares más fascinantes de la historia de la ciencia-ficción. Así que sólo les animo a leer "El trono de mundo anillo" si les fascina el universo representado por el Mundo Anillo; si no, es mejor que se abstengan.
En esta novela el lector se reencuentra con Luis Wu, protagonista absoluto de la saga, ahora envejecido, y el titerote de Pierson Inferior, que se encarga de "curar" a Wu de su vejez. Además, un tercer protagonista es el hijo de Chmeee (el viajero kzin de la primera expedición), un joven guerrero llamado Acólito. Pero al contrario de lo que cabría esperar, el peso de estos personajes en la narración es muy escaso durante la primera mitad de la novela, en la cual Niven nos muestra cómo varias especies homínidas del Mundo Anillo se han unido para eliminar un gran nido de vampiros que se han estado alimentando de ellos. Mezclar los "vampiros" con el científico "Mundo Anillo" no parece una idea muy acertada sobre el papel, y la lectura se encarga de confirmarlo, pues la novela queda en un estado en el que la parte científica se resiente y la parte de terror que podría reemplazarla es inexistente. De hecho, en muchas situaciones Luis, el Inferior y Acólito son meros observadores, siendo la lucha de poder entre los protectores Pak el principal argumento de la mayor parte de la novela.
Así, aunque la obra se inicia con una entretenida batalla que nos hace concebir esperanzas sobre lo que nos puede deparar, en seguida el lector nota que la historia está narrada de manera bastante confusa, con pérdidas de ritmo constantes, algunos errores sorprendentes por parte de de Niven (por ejemplo, que uno de sus personajes conozca los volcanes cuando en el Mundo Anillo es imposible que los haya) y una traducción plena de errores, que hacen la lectura bastante farragosa. Tanto que hacia el capítulo 6 ya es imposible determinar hacia dónde va la novela; ni siquiera es fácil (a pesar de la lista de personajes intencionadamente incluida como anexo) diferenciar las especies que van apareciendo: tanta riqueza creativa abruma y parece innecesaria como justificación de la alianza para eliminar la amenaza de los vampiros.
Afortunadamente, una vez el lector acepta que la novela se va a quedar en el rango de "obra menor", es posible encontrarse con capítulos interesantes, como son aquellos en los que se exploran nuevas áreas del siempre fascinante Mundo Anillo o algunos pasajes de aventuras característicos de su autor. Eso sí, la siempre cuestionable habilidad literaria de Niven queda en entredicho, con pasajes y episodios mediocremente narrados (como botón de muestra, el capítulo 19 termina con este párrafo de una única frase: "El protector lo empujó a través", todo un ejemplo de cómo no concluir un capítulo). Y para complicar más la cosa, algunos escenarios resultan realmente difíciles de visualizar.
Por lo tanto, cuando finalmente los protagonistas de la saga toman relevancia en los acontecimientos, no queda claro cuál va a ser su rol, lo que provoca que el tramo final de la novela resulta muy poco clarificador (mención especial para el capítulo 29, Minero, que es tremendamente lioso) y el final es poco menos que irritante por intrascendente. Eso sí, es de agradecer el glosario de conceptos y lugares que se adjunta al final, así como el resumen de los parámetros geofísicos del Mundo Anillo. Porque eso es lo más positivo de esta obra: el reencuentro con uno de los lugares más fascinantes de la historia de la ciencia-ficción. Así que sólo les animo a leer "El trono de mundo anillo" si les fascina el universo representado por el Mundo Anillo; si no, es mejor que se abstengan.
sábado, 9 de marzo de 2013
La máquina diferencial (1990). William Gibson & Bruce Sterling
Hace unos días reseñaba en este mismo blog como parte de mi lista de novelas decepcionantes la colaboración que escribieron a cuatro manos Frederik Pohl y Jack Williamson ("El final de la Tierra"). Mi siguiente título en la lista de novelas decepcionantes es también una colaboración entre dos escritores, pero en este caso con un estilo y una temática mucho más afin. William Gibson y Bruce Sterling son probablemente los dos mayores exponentes del subgénero conocido como cyberpunk. Un subgénero que comenzó con "Neuromante", del propio Gibson (ya reseñado hace unos meses en este mismo blog) y que como ya dije entonces no es santo de mi devoción. Ahora bien, no es ésta una novela encuadrable en dicho subgénero, por lo que no proviene de ahí el calificativo de decepcionante. De hecho, me atrevo a decir que se trata de una colaboración fructífera, con dos escritores que se complementan y compensan mutuamente parte de sus defectos. Hasta el punto que me parece una novela claramente superior a "Neuromante", aunque no lo suficiente.
Quizá la principal decepción radique en la diferencia entre lo que habría podido ser esta novela y lo que realmente es. Porque la novela juega con la esperanza del lector, intentando convencerle de que la realidad creada por los autores es fidedigna desde el punto de vista histórico, y prometiendo una cohesión y una intensidad que casi nunca llegan a aparecer. A pesar de que el argumento tiene uno de los mejores puntos de partida que jamás ha tenido una ucronía en la ciencia-ficción: a diferencia de lo que ocurrió en la realidad, el matemático Charles Babbage logró construir su proyectada máquina diferencial, y gracias a la industrialización de Gran Bretaña de ello derivó un adelanto de varias décadas en la aplicación de la computación a las tecnologías de la información, con todo lo que esto supuso. Y todo ello presentado con la máxima apariencia de verosimilitud, intentando acentuar el ambiente industrial del Londres del s. XIX e incluso incorporando varios de los personajes más relevantes de la época (como John Keats o Benjamin Disraeli), aunque con profesiones alteradas. De ahí la etiqueta de steampunk que a menudo se aplica a esta novela.
La novela está estructurada en una serie de partes llamadas iteraciones, con protagonistas cambiantes aunque con un desarrollo cronológico lineal, rematadas por una coda final en la que mediante supuestos extractos periodísticos, recortes de noticias y hasta poemas, los autores intentan aclarar todo lo narrado. La lectura es más cálida y cercana de lo que cabría esperar en estos autores, y desde el primer momento la sensación de verosimilitud está muy lograda, aunque antes de la página 10 ya vemos cómo por ejemplo los pagos por el equivalente a tarjetas de débito eran comunes hace más de siglo y medio. Además, la novela presenta tangencialmente los cambios en el mapa geopolítico del siglo XIX, ejemplificados en una América del Norte desmembrada. En este marco el palentólogo y aventurero Edward Mallory se erige en protagonista absoluto, y la novela gira en torno a una intriga político-informática que se desvela progresivamente en cada iteración.
Por desgracia en seguida empiezan a aparecer capítulos con finales no del todo comprensibles, y por consiguiente el lector no termina de ver hacia dónde quiren llevar la novela los autores. Conforme aumentan las dosis de intriga y suspense y se narran los primeros asesinatos surge la esperanza de que la lectura pueda empezar a remontar el vuelo, pero la tendencia de los autores a "irse por las ramas" con descripciones insulsas y recorridos por Londres no del todo disfrutables para aquellos que no conozcan la capital británica, dicha esperanza se desvanece. Y además, las iteraciones se vuelven cada vez más complejas e irregulares, hasta el peligroso punto en el que el lector llega a la conclusión de que la novela definitivamente carece de rumbo fijo, y queda poco más que a la espera de que a Mallory le vayan aconteciendo las "desgracias".
La narración guarda algunas más sorpresas desagradables: desde la típica escena de sexo que se mete aunque no venga a cuento como en la gran mayoría de los best-sellers, hasta una cantidad considerable de páginas de mera divagación. Al menos conforme nos acercamos al final es claramente apreciable que Gibson y Sterling se han molestado en intentar encajar las distintas piezas de su rompecabezas, acelerando además el ritmo narrativo. Por otra parte, que Mallory fallezca cuando aún queda casi un quinto de la novela supone un inesperado punto a favor. Aunque para poder rematar la novela recurren al siempre discutible recurso de añadir nuevos personajes a poco más de 20 páginas del final. Y el desenlace en sí es muy poco clarificador, hasta el punto de que la coda termina incluyendo pequeños episodios para completar la narración.
En suma, una novela compleja, exigente con el lector, que podía haber dado mucho más de sí en manos de unos escritores que además de un gran derroche imaginativo hubieran tenido una dosis un poco mayor de talento. Y es que no siempre se puede tener todo.
Quizá la principal decepción radique en la diferencia entre lo que habría podido ser esta novela y lo que realmente es. Porque la novela juega con la esperanza del lector, intentando convencerle de que la realidad creada por los autores es fidedigna desde el punto de vista histórico, y prometiendo una cohesión y una intensidad que casi nunca llegan a aparecer. A pesar de que el argumento tiene uno de los mejores puntos de partida que jamás ha tenido una ucronía en la ciencia-ficción: a diferencia de lo que ocurrió en la realidad, el matemático Charles Babbage logró construir su proyectada máquina diferencial, y gracias a la industrialización de Gran Bretaña de ello derivó un adelanto de varias décadas en la aplicación de la computación a las tecnologías de la información, con todo lo que esto supuso. Y todo ello presentado con la máxima apariencia de verosimilitud, intentando acentuar el ambiente industrial del Londres del s. XIX e incluso incorporando varios de los personajes más relevantes de la época (como John Keats o Benjamin Disraeli), aunque con profesiones alteradas. De ahí la etiqueta de steampunk que a menudo se aplica a esta novela.
La novela está estructurada en una serie de partes llamadas iteraciones, con protagonistas cambiantes aunque con un desarrollo cronológico lineal, rematadas por una coda final en la que mediante supuestos extractos periodísticos, recortes de noticias y hasta poemas, los autores intentan aclarar todo lo narrado. La lectura es más cálida y cercana de lo que cabría esperar en estos autores, y desde el primer momento la sensación de verosimilitud está muy lograda, aunque antes de la página 10 ya vemos cómo por ejemplo los pagos por el equivalente a tarjetas de débito eran comunes hace más de siglo y medio. Además, la novela presenta tangencialmente los cambios en el mapa geopolítico del siglo XIX, ejemplificados en una América del Norte desmembrada. En este marco el palentólogo y aventurero Edward Mallory se erige en protagonista absoluto, y la novela gira en torno a una intriga político-informática que se desvela progresivamente en cada iteración.
Por desgracia en seguida empiezan a aparecer capítulos con finales no del todo comprensibles, y por consiguiente el lector no termina de ver hacia dónde quiren llevar la novela los autores. Conforme aumentan las dosis de intriga y suspense y se narran los primeros asesinatos surge la esperanza de que la lectura pueda empezar a remontar el vuelo, pero la tendencia de los autores a "irse por las ramas" con descripciones insulsas y recorridos por Londres no del todo disfrutables para aquellos que no conozcan la capital británica, dicha esperanza se desvanece. Y además, las iteraciones se vuelven cada vez más complejas e irregulares, hasta el peligroso punto en el que el lector llega a la conclusión de que la novela definitivamente carece de rumbo fijo, y queda poco más que a la espera de que a Mallory le vayan aconteciendo las "desgracias".
La narración guarda algunas más sorpresas desagradables: desde la típica escena de sexo que se mete aunque no venga a cuento como en la gran mayoría de los best-sellers, hasta una cantidad considerable de páginas de mera divagación. Al menos conforme nos acercamos al final es claramente apreciable que Gibson y Sterling se han molestado en intentar encajar las distintas piezas de su rompecabezas, acelerando además el ritmo narrativo. Por otra parte, que Mallory fallezca cuando aún queda casi un quinto de la novela supone un inesperado punto a favor. Aunque para poder rematar la novela recurren al siempre discutible recurso de añadir nuevos personajes a poco más de 20 páginas del final. Y el desenlace en sí es muy poco clarificador, hasta el punto de que la coda termina incluyendo pequeños episodios para completar la narración.
En suma, una novela compleja, exigente con el lector, que podía haber dado mucho más de sí en manos de unos escritores que además de un gran derroche imaginativo hubieran tenido una dosis un poco mayor de talento. Y es que no siempre se puede tener todo.
domingo, 17 de febrero de 2013
El final de la Tierra (1988). Frederik Pohl y Jack Williamson
El siguiente título en mi lista de novelas decepcionantes es "El final de la Tierra", la colaboración entre dos de los nombres con una trayectoria más larga y reconocida en el mundo de la ciencia-ficción: Frederik Pohl y Jack Williamson. Decepcionante a pesar de que fue escrita durante la "segunda juventud" de Pohl (Williamson ha estado siempre escribiendo, su creatividad constante merecería una entrada independiente). Pero aunque el punto de partida es interesante (un mundo futuro en el que además de las todopoderosas multinacionales existen prósperas colonias submarinas que dinamizan el comercio, hasta que el cometa Sicara desencadena la catástrofa), casi desde el comienzo fui consciente de que los escritores pretendían describir una historia enormemente compleja. Así que no me sorprendió que la novela tuviera muchos puntos flojos.
Y es que ya el principio es desalentador: los escritores tardan muchísimo en ponernos en situación, tanto que da la impresión de que no tienen definida la línea narrativa. Además, el ambiente existente en Ciudad Atlántica (con sus calamares inteligentes) hace que el buen lector de ciencia-ficción sienta cierto rechazo (en general, a lo largo de la novela se dota a determinados animales tales como calamares, delfines o monos de unas capacidades intelectuales excesivas). Y lo que es peor, la retentiva del lector se ve comprometida con un sinnúmero de personajes, que a menudo Pohl y Williamson ni siquiera se molestan en describir pero que reciben su nombre y apellido, desafiando las más elementales normas narrativas. Y los personajes que sí optan por caracterizar reciben unos rasgos innecesariamente exagerados (Quagger, Marcus...) o demasiado convencionales. Circusntancias que afectan enormemente a la verosimilitud de la novela.
Otros aspectos mejorables son las enigmáticas referencias al Eterno (un ente alienígena que invade la Tierra justo cuando la situación es más caótica), cierto desconocimiento del Español (aunque sea un defecto habitual en Williamson, el uso de nombres como Pepito no ayuda a mejorar la impresión) y, por encima de todo, falta de profundidad, más capacidad de atracción e incluso, si se me permite, más literatura.
No obstante lo anterior, estamos hablando de dos escritores muy experimentados, con lo cual hay suficientes elementos positivos para al menos no abandonar la lectura: la acertada coherencia científica de la novela (salvo por los animales inteligentes) que se hace palpable desde el complejo de las ciudades submarinas hasta la caracterización del temible "Verano Ozónico"; el loable esfuerzo por intentar relatar unos acontecimientos de ámbito planetario; la sensación de soledad y de "vuelta a empezar" que preside cuanto sucede en los antiguos EEUU; el interés por la humanidad que muestra Ron Tregarth (uno de los habitantes de Ciudad Atlántica); y en especial la reflexión final, en la cual se apuesta claramente por una vida finita frente a la opción de una eternidad impersonal.
Concluyendo, la suma de dos escritores reconocidos no siempre da lugar a una obra mejor que la que escribirían cada uno de ellos por separado, y eso es lo que sucede con "El final de la Tierra". Quizá Pohl (controvertido, siempre actual) y Williamson (clásico, con un toque adolescente) no sean dos escritores lo suficientemente afines como para escribir juntos. O quizá no se complementaron adecuadamente. Lo que sí está claro es que tampoco ellos debieron quedar completamente satisfechos, pues nunca más volvieron a colaborar.
Y es que ya el principio es desalentador: los escritores tardan muchísimo en ponernos en situación, tanto que da la impresión de que no tienen definida la línea narrativa. Además, el ambiente existente en Ciudad Atlántica (con sus calamares inteligentes) hace que el buen lector de ciencia-ficción sienta cierto rechazo (en general, a lo largo de la novela se dota a determinados animales tales como calamares, delfines o monos de unas capacidades intelectuales excesivas). Y lo que es peor, la retentiva del lector se ve comprometida con un sinnúmero de personajes, que a menudo Pohl y Williamson ni siquiera se molestan en describir pero que reciben su nombre y apellido, desafiando las más elementales normas narrativas. Y los personajes que sí optan por caracterizar reciben unos rasgos innecesariamente exagerados (Quagger, Marcus...) o demasiado convencionales. Circusntancias que afectan enormemente a la verosimilitud de la novela.
Otros aspectos mejorables son las enigmáticas referencias al Eterno (un ente alienígena que invade la Tierra justo cuando la situación es más caótica), cierto desconocimiento del Español (aunque sea un defecto habitual en Williamson, el uso de nombres como Pepito no ayuda a mejorar la impresión) y, por encima de todo, falta de profundidad, más capacidad de atracción e incluso, si se me permite, más literatura.
No obstante lo anterior, estamos hablando de dos escritores muy experimentados, con lo cual hay suficientes elementos positivos para al menos no abandonar la lectura: la acertada coherencia científica de la novela (salvo por los animales inteligentes) que se hace palpable desde el complejo de las ciudades submarinas hasta la caracterización del temible "Verano Ozónico"; el loable esfuerzo por intentar relatar unos acontecimientos de ámbito planetario; la sensación de soledad y de "vuelta a empezar" que preside cuanto sucede en los antiguos EEUU; el interés por la humanidad que muestra Ron Tregarth (uno de los habitantes de Ciudad Atlántica); y en especial la reflexión final, en la cual se apuesta claramente por una vida finita frente a la opción de una eternidad impersonal.
Concluyendo, la suma de dos escritores reconocidos no siempre da lugar a una obra mejor que la que escribirían cada uno de ellos por separado, y eso es lo que sucede con "El final de la Tierra". Quizá Pohl (controvertido, siempre actual) y Williamson (clásico, con un toque adolescente) no sean dos escritores lo suficientemente afines como para escribir juntos. O quizá no se complementaron adecuadamente. Lo que sí está claro es que tampoco ellos debieron quedar completamente satisfechos, pues nunca más volvieron a colaborar.
domingo, 3 de febrero de 2013
Neuromante (1984). William Gibson
Mi siguiente novela en mi lista de títulos decepcionantes es la multipremiada "Neuromante", primera novela de William Gibson e iniciadora del denominado cyber-punk, uno de los subgéneros de la ciencia-ficción más cultivados en las últimas décadas. Es uno de esos libros que marcó en su momento la ciencia-ficción, por lo cual para muchos críticos es de lectura imprescindible. Hay que entender que en 1983 conceptos como ciberespacio, realidad virtual, implantes o chips eran aún minoritarios, y esta novela fue la primera en incorporarlos a la ciencia-ficción. Eso y la certera visión de muchos de los graves problemas que esperaban a la humanidad en las próximas décadas le granjearon una fama enorme. Sin embargo, si nos abstraemos de lo que representó en su momento y nos enfrentamos con ella por primera vez en este 2013, saldremos defraudados.
Es una novela tan complicada de seguir que para sintetizar mínimamente su argumento he tenido que recurrir a la ayuda de varias publicaciones especializadas: Henry Dorret Case es un "vaquero de consola" (una especie de pirata informático capaz de conectarse al ciberespacio para robar información), a quien se le ha mutilado su habilidad. Hasta que surge el inclasificable Armitage, que se encarga de curarlo a cambio de su colaboración en unos turbios asuntos, y su guardaespaldas-samurai, una mujer llamada Molly. A partir de ahí sus aventuras los llevan por varias ciudades de una Tierra sucia decadente y contaminada, y de ahí a una extraña ciudad espacial dominada por un clan cuyos fantasmales miembros prefieren clonarse o congelarse durante años.
La ambientación creada por Gibson es quizá, junto a su carácter de precursora, lo mejor de "Neuromante". De hecho, recuerda a veces a la de Philip K. Dick (opresiva, negativa, urbana y con un trasfondo oriental). Eso sí, literariamente no raya a la misma altura: con frecuencia las conversaciones son entrecortadas, y la prosa es florida y tan abundante en términos desconocidos que dificultan la lectura. Y además, la trama es prolija en ramificaciones y saltos de realidad, lo que causa que aproximadamente hacia la mitad de la novela el lector desista de comprender lo que se le está narrando y se limite sin más a seguir la lectura. Sin por ejemplo cuestionarse por qué Molly y Case prosiguen con su parte de la misión encargada por Armitage, si éste ya no está para dirigirlos y obligarles.
Otros defectos de la novela derivan de ese carácter precursor que Gibson quiso que impregnara a toda costa su novela. Por ejemplo, su obsesión porque todos sus personajes se droguen no es en absoluto relevante para la narración. O el cuestionable papel que concede al elemento científico tal cual se espera en una novela de ciencia-ficción (así, respecto a los miembros del clan que se congelan dice "Aquí no se trata de perforar o inyectar, sino de entrar en interfase con el hielo, tan lentamente que el hielo no se da cuenta"...). O un deselance decepcionante, más alegórico que clarificador, tanto que da la impresión que Gibson intenta aclarar en la Coda con la que cierra finalmente la novela.
En suma, demasiados inconvenientes como para recomendar su lectura. De hecho, Gibson extendió el universo de la novela original en otras dos novelas (Conde Cero y Mona Lisa Acelerada), conformando así la llamada Trilogía del Sprawl, pero como pueden deducir de esta reseña, no me he animado a leerlas. Y es que en mi opinión la máxima aspiración de cualquier obra de arte debe ser que sea capaz de sobrevivir a la época en que se escribió para poder ser apreciada en otras épocas. Cosa que, pienso yo, con "Neuromante" no sucede.
Es una novela tan complicada de seguir que para sintetizar mínimamente su argumento he tenido que recurrir a la ayuda de varias publicaciones especializadas: Henry Dorret Case es un "vaquero de consola" (una especie de pirata informático capaz de conectarse al ciberespacio para robar información), a quien se le ha mutilado su habilidad. Hasta que surge el inclasificable Armitage, que se encarga de curarlo a cambio de su colaboración en unos turbios asuntos, y su guardaespaldas-samurai, una mujer llamada Molly. A partir de ahí sus aventuras los llevan por varias ciudades de una Tierra sucia decadente y contaminada, y de ahí a una extraña ciudad espacial dominada por un clan cuyos fantasmales miembros prefieren clonarse o congelarse durante años.
La ambientación creada por Gibson es quizá, junto a su carácter de precursora, lo mejor de "Neuromante". De hecho, recuerda a veces a la de Philip K. Dick (opresiva, negativa, urbana y con un trasfondo oriental). Eso sí, literariamente no raya a la misma altura: con frecuencia las conversaciones son entrecortadas, y la prosa es florida y tan abundante en términos desconocidos que dificultan la lectura. Y además, la trama es prolija en ramificaciones y saltos de realidad, lo que causa que aproximadamente hacia la mitad de la novela el lector desista de comprender lo que se le está narrando y se limite sin más a seguir la lectura. Sin por ejemplo cuestionarse por qué Molly y Case prosiguen con su parte de la misión encargada por Armitage, si éste ya no está para dirigirlos y obligarles.
Otros defectos de la novela derivan de ese carácter precursor que Gibson quiso que impregnara a toda costa su novela. Por ejemplo, su obsesión porque todos sus personajes se droguen no es en absoluto relevante para la narración. O el cuestionable papel que concede al elemento científico tal cual se espera en una novela de ciencia-ficción (así, respecto a los miembros del clan que se congelan dice "Aquí no se trata de perforar o inyectar, sino de entrar en interfase con el hielo, tan lentamente que el hielo no se da cuenta"...). O un deselance decepcionante, más alegórico que clarificador, tanto que da la impresión que Gibson intenta aclarar en la Coda con la que cierra finalmente la novela.
En suma, demasiados inconvenientes como para recomendar su lectura. De hecho, Gibson extendió el universo de la novela original en otras dos novelas (Conde Cero y Mona Lisa Acelerada), conformando así la llamada Trilogía del Sprawl, pero como pueden deducir de esta reseña, no me he animado a leerlas. Y es que en mi opinión la máxima aspiración de cualquier obra de arte debe ser que sea capaz de sobrevivir a la época en que se escribió para poder ser apreciada en otras épocas. Cosa que, pienso yo, con "Neuromante" no sucede.
domingo, 30 de diciembre de 2012
Radix (1981). A. A. Attanasio
En mi revisión de novelas decepcionantes estoy alternando clásicos del género o novelas multipremiadas con otros libros menos (re)conocidos por el gran público. Dentro de estos últimos se incluye "Radix", la novela más famosa de Alfred A. Attanasio. Un nombre que a muchos de mis lectores no les dirá nada, pero que al comienzo de la década de los 80 se presentaba como uno de los autores más prometedores del género. De hecho, esta novela fue finalista del Premio Nébula, y a lo largo de los años dio lugar a nada menos que 3 secuelas, hasta conformar una tetralogía que buena parte de los críticos europeos defiende como uno de las mejores sagas de las últimas décadas. Y que el crítico Gerard Klein afrimaba que "Attanasio marcaría los años 80 con Radix tanto como Frank Herbert había marcado los 70 con Dune". Obviamente no comparto su opinión, y creo que los años me han dado la razón, ya que "Radix" es una novela demasiado desmesurada para resultar disfrutable para el gran público.
Y eso que el punto de partida de la novela es relativamente simple: La Tierra entra en La Línea, un rayo de energía radiante procedente del centro de la galaxia que la altera para siempre. Ello provoca que la humanidad se distorsione en diversas formas, y surja una nueva consciencia más amplia, que incluye extraterrestres procedentes de los abismos del tiempo que se encarnan en seres humanos. Attanasio despliega una imaginación desbordante, creando todo un Universo de formas, costumbres, criaturas... Es cierto que se permite algunas licencias de tipo fantástico, pero sin desdeñar la ciencia como respaldo subyacente a sus invenciones.
De hecho, Attanasio nos muestra conceptos muy atrayentes, como la ocupación de los extraterrestres Voor o la forma como la Tierra es alterada, pero desgraciamente lo que los preside es su ambigüedad: tanto recurre a giros y metáforas que muchas veces el lector no sabe discernir cuándo algo que se le está contando es real. Además, la sucesión de acontecimientos no siempre es la idónea, puesto que a muchos personajes se les "pierde la pista" demasiado tiempo y hay algunos retrocesos temporales bastante inoportunos. Aunque puestos a ensalzar algún aspecto, quizá la parte cruel y vengativa de Sumner Kagan, el rebelde protagonista de la novela, sea la más conseguida.
Sin embargo, hasta los mayores aciertos son distorsionados por una prosa tan difícl como incomprensible. Cierto es que, como ya he dicho, el libro es complejo y los conceptos lo son más (existen tres apéndices al final para intentar ayudar al lector), pero Attanasio fatiga al lector con un lenguaje recargado hasta la saciedad, retardando innecesariamente cualquier acontecimiento. Jamás había leído tantas y tan innecesarias referencias a la luna, a las nubes, al sol, a la bruma. Ni tantas comparaciones fuera de lugar, cuando no absurdas. Ni tantos calificativos inadecuados incluso en un sentido meramente metafórico (y no es cuestión de la traducción).
Defectos como los mencionados nunca son soslayables, pero en una novela de 600 páginas son poco menos que inadmisibles. Y son la causa de que la fatiga presidiera la lectura de la tercera parte de la novela, hasta el extremo de que en ocasiones me tuviera que forzar conscientemente a seguir con la lectura. Y que explican que el resto de la tetralogía esté aún inédito en España. Una lástima, pues la novela pudo haber dado mucho más de sí.
Y eso que el punto de partida de la novela es relativamente simple: La Tierra entra en La Línea, un rayo de energía radiante procedente del centro de la galaxia que la altera para siempre. Ello provoca que la humanidad se distorsione en diversas formas, y surja una nueva consciencia más amplia, que incluye extraterrestres procedentes de los abismos del tiempo que se encarnan en seres humanos. Attanasio despliega una imaginación desbordante, creando todo un Universo de formas, costumbres, criaturas... Es cierto que se permite algunas licencias de tipo fantástico, pero sin desdeñar la ciencia como respaldo subyacente a sus invenciones.
De hecho, Attanasio nos muestra conceptos muy atrayentes, como la ocupación de los extraterrestres Voor o la forma como la Tierra es alterada, pero desgraciamente lo que los preside es su ambigüedad: tanto recurre a giros y metáforas que muchas veces el lector no sabe discernir cuándo algo que se le está contando es real. Además, la sucesión de acontecimientos no siempre es la idónea, puesto que a muchos personajes se les "pierde la pista" demasiado tiempo y hay algunos retrocesos temporales bastante inoportunos. Aunque puestos a ensalzar algún aspecto, quizá la parte cruel y vengativa de Sumner Kagan, el rebelde protagonista de la novela, sea la más conseguida.
Sin embargo, hasta los mayores aciertos son distorsionados por una prosa tan difícl como incomprensible. Cierto es que, como ya he dicho, el libro es complejo y los conceptos lo son más (existen tres apéndices al final para intentar ayudar al lector), pero Attanasio fatiga al lector con un lenguaje recargado hasta la saciedad, retardando innecesariamente cualquier acontecimiento. Jamás había leído tantas y tan innecesarias referencias a la luna, a las nubes, al sol, a la bruma. Ni tantas comparaciones fuera de lugar, cuando no absurdas. Ni tantos calificativos inadecuados incluso en un sentido meramente metafórico (y no es cuestión de la traducción).
Defectos como los mencionados nunca son soslayables, pero en una novela de 600 páginas son poco menos que inadmisibles. Y son la causa de que la fatiga presidiera la lectura de la tercera parte de la novela, hasta el extremo de que en ocasiones me tuviera que forzar conscientemente a seguir con la lectura. Y que explican que el resto de la tetralogía esté aún inédito en España. Una lástima, pues la novela pudo haber dado mucho más de sí.
martes, 25 de diciembre de 2012
Serpiente del sueño (1978). Vonda N. McIntyre
Mi siguiente título en mi lista de novelas decepcionante es la obra más famosa de Vonda N. McIntyre. Un libro que recibió los mayores galardones del género (Premios Hugo y Nébula), reconocimientos que, para ser sincero, no termino de entender más que por el bajo nivel de las otras novelas finalistas (la cosecha de 1978 no fue particularmente fecunda para el género). Voy a intentar explicar por qué se trata en mi opinión de una lectura prescindible.
Basada en un relato de la misma autora ya galardonado con el Nébula en 1973, "Serpiente del sueño" narra el periplo de una sanadora (que se llama a sí misma Serpiente, pues utiliza animales alterados genéticamente para sus curaciones), por un escenario postapocalíptico desvastado, en el que apenas sobreviven muestras de la antigua ciencia. Un punto de partida interesante y adecuado a la expansión feminista que vivió el género a raíz de los éxitos cosechados por Ursula K. LeGuin en los primero 70, como lo evidencia que la mayoría de las figuras de autoridad que aparecen en las novelas son femeninas.
Por eso, sabedor de que ese enfoque feminista podía poner en riesgo el componente científico de la trama, durante los primeros capítulos esperé ávidamente la aportación de la ciencia a la novela. En vano, no existe: "Serpiente del sueño" es solamente una novela de ficción, con lo que para mí su inclusión en el género es más que cuestionable. Pero es que además a lo largo del libro ni siquiera pude establecer cuestiones tan elementales como el lugar de desarrollo, la época en la que acontecía, ni mucho menos una sinopsis que de manera más o menos satisfactoria explicara cómo se había llegado a la "situación actual". Este tipo de carencias pueden ser admisibles en un relato como el que dio origen a esta novela, pero no en una obra de esta extensión, puesto que así toda la narración se simplifica muchísimo y la profundidad de la trama se resiente. De hecho, al terminar la narración apenas somos conscientes de la existencia de unos alienígenas y de un pretérito cataclismo nuclear.
Así pues, conforme avanzaban los capítulos sin satisfacer estas cuestiones, me resigné a leer una novela de aventuras más o menos bien llevada. Pero ni eso. La trama es deslavazada, como lo prueba la existencia de abundantes personajes irrelevantes para la acción y de cabos sueltos (a modo de ejemplo: ¿cuál es la razón de ser de Gabriel o Jesse?). Además, en ningún momento se aprecia un objetivo claro en las peripecias de serpiente; las páginas se pasan por pura inercia, y ello conlleva que el desenlace deje indiferente.
Por otra parte, el estilo literario es un tanto irregular, a veces académico en exceso y otras innecesariamente vulgar. Y para terminar de rematar la situación, cuando termina la lectura el lector no encuentra una moraleja, una conclusión, ni tan siquiera una idea que le haya permitido reflexionar. Con lo cual estamos ante una novela que a duras penas cumple con su cometido de entretener, muy alejada por tanto de la literatura de ideas a la que supuestamente pertenece.
Basada en un relato de la misma autora ya galardonado con el Nébula en 1973, "Serpiente del sueño" narra el periplo de una sanadora (que se llama a sí misma Serpiente, pues utiliza animales alterados genéticamente para sus curaciones), por un escenario postapocalíptico desvastado, en el que apenas sobreviven muestras de la antigua ciencia. Un punto de partida interesante y adecuado a la expansión feminista que vivió el género a raíz de los éxitos cosechados por Ursula K. LeGuin en los primero 70, como lo evidencia que la mayoría de las figuras de autoridad que aparecen en las novelas son femeninas.
Por eso, sabedor de que ese enfoque feminista podía poner en riesgo el componente científico de la trama, durante los primeros capítulos esperé ávidamente la aportación de la ciencia a la novela. En vano, no existe: "Serpiente del sueño" es solamente una novela de ficción, con lo que para mí su inclusión en el género es más que cuestionable. Pero es que además a lo largo del libro ni siquiera pude establecer cuestiones tan elementales como el lugar de desarrollo, la época en la que acontecía, ni mucho menos una sinopsis que de manera más o menos satisfactoria explicara cómo se había llegado a la "situación actual". Este tipo de carencias pueden ser admisibles en un relato como el que dio origen a esta novela, pero no en una obra de esta extensión, puesto que así toda la narración se simplifica muchísimo y la profundidad de la trama se resiente. De hecho, al terminar la narración apenas somos conscientes de la existencia de unos alienígenas y de un pretérito cataclismo nuclear.
Así pues, conforme avanzaban los capítulos sin satisfacer estas cuestiones, me resigné a leer una novela de aventuras más o menos bien llevada. Pero ni eso. La trama es deslavazada, como lo prueba la existencia de abundantes personajes irrelevantes para la acción y de cabos sueltos (a modo de ejemplo: ¿cuál es la razón de ser de Gabriel o Jesse?). Además, en ningún momento se aprecia un objetivo claro en las peripecias de serpiente; las páginas se pasan por pura inercia, y ello conlleva que el desenlace deje indiferente.
Por otra parte, el estilo literario es un tanto irregular, a veces académico en exceso y otras innecesariamente vulgar. Y para terminar de rematar la situación, cuando termina la lectura el lector no encuentra una moraleja, una conclusión, ni tan siquiera una idea que le haya permitido reflexionar. Con lo cual estamos ante una novela que a duras penas cumple con su cometido de entretener, muy alejada por tanto de la literatura de ideas a la que supuestamente pertenece.
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