Con la entrada que ahora comienzo doy por finalizado el apasionante recorrido por muchas de las mejores novelas de los más relevantes escritores británicos de ciencia-ficción. Estamos ya en 2018, año en el que vio la luz la traducción a nuestro idioma de "Rosalera", la novela más relevante hasta ahora en la obra de Tade Thompson. Que aun siendo británico de pura cepa, es hijo de emigrantes nigerianos, y vivió más de veinte años en el país africano. Lo cual dota a su producción de una personalidad muy especial. Algo especialmente apreciable en esta novela: de planteamiento original y ambientación cautivadora, mezcla ciencia-ficción con otros géneros, a la vez que cuida el elemento científico. Pero que en mi opinión resulta más pretenciosa que lograda, al tiempo que un tanto mareante a causa de las tres líneas temporales que plantea Thompson, y que se entrecruzan más de lo necesario.
El escritor juega con la baza de su doble nacionalidad para conferirle originalidad a su obra. Al situar toda la trama en Nigeria, ya tiene parte la ambientación en un futuro cercano asegurada. Y con el alicente extra de tratarse de un lugar prácticamente inédito en la literatura de ciencia-ficción, por lo que resulta sencillo atrapar al lector simplemente con presentar las miserias de su país, su corrupción, su crudeza, o su superpoblación. Si bien debo aclarar que la originalidad va más allá del marco escénico. Y es que Rosalera resulta ser una gran bóveda alienígena que una vez al año se abre para sanar a miles de enfermos, a pesar de lo cual continúa encerrando multitud de secretos. Y su protagonista, Kaaro, es un sensible, esto es, un telépata capaz de acceder a la xenosfera, un espacio intangible desencadenado por la llegada de los alienígenas a la Tierra. Como puede verse, todo un cóctel de elementos singulares.
Y es que estamos indudablemente ante una novela de ciencia-ficción, pero también de una obra que sigue fielmente la trama de una novela de detectives. También de una novela sobre telépatas. Y que incluso posee elementos de cyberpunk. Todo un ejercicio literario que podría haber resultado cautivador, y que durante su primer tercio resulta convincente, pero que acaba desinflándose por un fallo que se podría haber minimizado: la alternancia de al menos tres líneas temporales.
Las tres líneas nos muestran al mismo personaje (la vida de Kaaro "ahora", su vida cuando descubrió sus habilidades telepáticas, y cuando fue reclutado para la organización secreta S45 tras la aparición de Rosalera), y ello podría haber sido un elemento lo suficientemente centralizador para no despistar al lector. Porque un flashback en el momento adecuado puede aclarar el panorama o completar la narración, pero la realidad es que Thompson salta con una incontinencia fatigosa entre las tres líneas, logrando no sólo que el lector medio se desoriente, sino que la novela pierda mucha fuerza, sobre todo cuando la tensión debería alcanzar puntos álgidos.
A ello debemos sumarle el exceso de barbarismos, el gusto por la violencia gratuita, la visión casi siempre negativa del protagonista (y el autor) sobre cualquier consideración social (tan frecuente y tan exacerbada, que se convierte en previsible), el recurso a elementos fantásticos cuando Thompson lo considera oportuno (baste recordar a Molara, tan presente y sin embargo tan poco relevante a fin de cuentas), y un desenlace que, disperso entre las líneas narrativas, apenas cautiva, y resulta poco clarificador.
Estos defectos eclipsan un puñado de virtudes de "Rosalera" que van más allá de su originalidad y de su mezcla de géneros. Especialmente destacable es el elemento científico (los xenoformes, Ajenjo, la naturaleza de la invasión alienígena... todos ellos elementos complejos pero bien defendidos y presentados). También merece ser destacada su prosa directa y clara, que en parte es la responsable de que el lector no se desoriente del todo. Así como las vivencias de Kaaro, que justifican convenientemente la que termina siendo su personalidad en el "ahora". Así como una habilidad llamativa para desarrollar suficientemente gran cantidad de los muchos conceptos que encierra esta imaginativa novela.
Al final esa mezcla de virtudes y defectos deja una sensación agridulce. Y esa es la razón principal por la que aún no he decidido si leeré "La insurrección de Rosalera", la segunda parte de la trilogía en la que ya se ha convertido esta primera novela, y que está disponible desde hace no mucho para el lector en español.
Un apasionado de la literatura de ciencia-ficción y escritor a tiempo parcial que dedica parte de sus escasos ratos libres a compartir su pasión con el resto de aficionados.
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domingo, 27 de marzo de 2022
domingo, 27 de febrero de 2022
"Inundación" (2008). Stephen Baxter
Una entrada más prosigo con la reseña de novelas de referencia de los principales escritores británicos de ciencia-ficción. Poco a poco nos vamos acercando a la actualidad, puesto que fue en el año 2008 cuando vio la luz "Inundación", una de las novelas traducidas al español de Stephen Baxter. Y que además, con el tiempo, ha dado origen a una trilogía, de la cual solamente la segunda entrega ("El arca", 2009) se encuentra disponible en nuestro idioma. Ya he reseñado en este mismo blog varias novelas de Baxter, todas ellas de gran nivel ("Evolución", "Antihielo", "Emperador"), y ésa es la razón principal por la que esta vez me he decantado por hablarles de "Inundación". Porque, aunque se trata de una obra impregnada por su reconocible personalidad como escritor, les adelanto que me pareció una obra menor de un Baxter en baja forma. Y es que, pese a tratarse de un tema atrayente, presentado de manera rigurosa, que alterna explicaciones y especulaciones científicas, y que recorre con buen criterio el planeta para ofrecernos la mejor perspectiva, la trama me pareció floja, y los personajes, endebles. Y lo que es peor, que desprende una incontenible sensación de trabajo a medio terminar.
El gradual aumento del nivel de los océanos es una preocupante realidad contemporánea, que Baxter magnifica recurriendo a las grandes masas de agua que supuestamente se encuentran bajo el manto terrestre. De suerte que en las cinco partes en las que estructura la novela, y en tan sólo treinta y seis años, es capaz de presentarnos desde las primeras inundaciones en las urbes costeras hasta la desaparición de los últimos vestigios terrestres. Un panorama subyugante, quizá inverosímil por excesivamente acelerado, pero que el escritor desaprovecha por múltiples razones.
La más obvia es que los personajes no resultan ser los protagonistas de la obra. Ni siquiera articulan o dan continuidad a la trama: ese rol le corresponde a la subida exponencial del nivel de las aguas. Causando que la novela se resienta desde el comienzo: Baxter arranca con un grupo de secuestrados que ha permanecido en cautiverio nada menos que cinco años (!!) a causa de una especie de Guerra Civil que azota la España de 2016. Menos comprensible es su liberación por la corporación AxysCorp de Nathan Lammockson (una suerte de poder fáctico transnacional que prospera mientras que los gobiernos nacionales van desapareciendo). Y aún menos admisible es la lealtad que se crea entre los miembros del grupo, la cual se antepondrá a lo largo de la novela a familias y actividades profesionales en los incesantes y abusivos reencuentros.
Otra razón es el bajo nivel de las dos primeras partes, centradas casi en exclusiva en describir cómo ciudades emblemáticas (Londres, Nueva York) van siendo desvastadas por las inundaciones. La primera parte en especial (2016 - 2017) es realmente floja: páginas y más páginas dedicadas a describir hasta el más mínimo detalle de la geografía británica, con personajes que deambulan sin rumbo fijo (y con una flema británica extrema para no alterarse ante tamaños acontecimientos), y una sensación de primer borrador no trabajado. La cosa mejora sólo ligeramente en la segunda parte, que adolece de los mismos defectos, pero al menos se apoya en el hallazgo de la climatóloga Tandy Jones para dotar a los capítulos de cierta hilazón.
Otros defectos reseñables son: el escaso dramatismo con el que el escritor recrea pasajes que deberían ser todo lo contrario; unas anotaciones de Kristie Carson que deberían funcionar como complemento narrativo y espacio especulativo, pero que a veces se vuelven irrelevantes (o incluso escritas directamente por el narrador, y no por Kristie); el recurso al hijo de Nathan (Hammond) cuando no ha aparecido en los tres quintos anteriores; unos personajes que con frecuencia exhiben reacciones anómalas; y las lógicas dificultades para cohesionar una novela que abarca tantos años.
Afortunadamente, la impronta de Baxter es reconocible en el mimo a la hora de elaborar y presentar el elemento científico (tan relevante en esta novela), exponiendo en todo momento los probables efectos de las crecidas, hasta cohesionarlas en su sugestiva especulación final sobre Gaia y los estados terrestres estables. También en los pequeños detalles, como los mapas mundiales en función del progreso de las inundaciones, o la estructuración en capítulos cortos y de prosa sobria para dinamizar la lectura de una novela tan extensa. Loable es asimismo el recorrido que realiza por buena parte del planeta (desde Perú hasta el Tíbet) para ofrecernos la panorámica más completa posible. Además, cuando a partir de la tercera parte se empieza por fin a fijar en los personajes, y nos plantea ideas tan potentes como el gas eugenésico, el Arca Tres, o el archivo noruego, la novela gana en interés. Y la exculpación que realiza de la responsabilidad humana, unida a la nueva humanidad que (según sus postulados) surgiría y se adaptaría en las incipientes comunidades balseras, mejora la impresión global de la novela, al tiempo que abre la puerta a esas continuaciones a las que aludía al comienzo de esta reseña. Y que, dada mi discreta valoración final, debo confesarles que no me he animado a leer.
El gradual aumento del nivel de los océanos es una preocupante realidad contemporánea, que Baxter magnifica recurriendo a las grandes masas de agua que supuestamente se encuentran bajo el manto terrestre. De suerte que en las cinco partes en las que estructura la novela, y en tan sólo treinta y seis años, es capaz de presentarnos desde las primeras inundaciones en las urbes costeras hasta la desaparición de los últimos vestigios terrestres. Un panorama subyugante, quizá inverosímil por excesivamente acelerado, pero que el escritor desaprovecha por múltiples razones.
La más obvia es que los personajes no resultan ser los protagonistas de la obra. Ni siquiera articulan o dan continuidad a la trama: ese rol le corresponde a la subida exponencial del nivel de las aguas. Causando que la novela se resienta desde el comienzo: Baxter arranca con un grupo de secuestrados que ha permanecido en cautiverio nada menos que cinco años (!!) a causa de una especie de Guerra Civil que azota la España de 2016. Menos comprensible es su liberación por la corporación AxysCorp de Nathan Lammockson (una suerte de poder fáctico transnacional que prospera mientras que los gobiernos nacionales van desapareciendo). Y aún menos admisible es la lealtad que se crea entre los miembros del grupo, la cual se antepondrá a lo largo de la novela a familias y actividades profesionales en los incesantes y abusivos reencuentros.
Otra razón es el bajo nivel de las dos primeras partes, centradas casi en exclusiva en describir cómo ciudades emblemáticas (Londres, Nueva York) van siendo desvastadas por las inundaciones. La primera parte en especial (2016 - 2017) es realmente floja: páginas y más páginas dedicadas a describir hasta el más mínimo detalle de la geografía británica, con personajes que deambulan sin rumbo fijo (y con una flema británica extrema para no alterarse ante tamaños acontecimientos), y una sensación de primer borrador no trabajado. La cosa mejora sólo ligeramente en la segunda parte, que adolece de los mismos defectos, pero al menos se apoya en el hallazgo de la climatóloga Tandy Jones para dotar a los capítulos de cierta hilazón.
Otros defectos reseñables son: el escaso dramatismo con el que el escritor recrea pasajes que deberían ser todo lo contrario; unas anotaciones de Kristie Carson que deberían funcionar como complemento narrativo y espacio especulativo, pero que a veces se vuelven irrelevantes (o incluso escritas directamente por el narrador, y no por Kristie); el recurso al hijo de Nathan (Hammond) cuando no ha aparecido en los tres quintos anteriores; unos personajes que con frecuencia exhiben reacciones anómalas; y las lógicas dificultades para cohesionar una novela que abarca tantos años.
Afortunadamente, la impronta de Baxter es reconocible en el mimo a la hora de elaborar y presentar el elemento científico (tan relevante en esta novela), exponiendo en todo momento los probables efectos de las crecidas, hasta cohesionarlas en su sugestiva especulación final sobre Gaia y los estados terrestres estables. También en los pequeños detalles, como los mapas mundiales en función del progreso de las inundaciones, o la estructuración en capítulos cortos y de prosa sobria para dinamizar la lectura de una novela tan extensa. Loable es asimismo el recorrido que realiza por buena parte del planeta (desde Perú hasta el Tíbet) para ofrecernos la panorámica más completa posible. Además, cuando a partir de la tercera parte se empieza por fin a fijar en los personajes, y nos plantea ideas tan potentes como el gas eugenésico, el Arca Tres, o el archivo noruego, la novela gana en interés. Y la exculpación que realiza de la responsabilidad humana, unida a la nueva humanidad que (según sus postulados) surgiría y se adaptaría en las incipientes comunidades balseras, mejora la impresión global de la novela, al tiempo que abre la puerta a esas continuaciones a las que aludía al comienzo de esta reseña. Y que, dada mi discreta valoración final, debo confesarles que no me he animado a leer.
sábado, 18 de diciembre de 2021
"La telaraña entre los mundos" (1979). Charles Sheffield
Tras el inesperado paréntesis de mi anterior entrada, retomo la reseña de algunas de las novelas más representativas de los más relevantes escritores británicos de ciencia-ficción. Seguimos avanzando en el tiempo y nos situamos en el año 1979, que fue cuando vio la luz "La telaraña entre los mundos", una de las novelas más conocidas y frecuentemente reeditadas de Charles Sheffield. Que en aquellos años daba sus primeros pasos como autor, si bien no por ello debemos esperar los defectos habituales en escritores noveles. Y es que la presente es una novela de gran interés, que apela a la inteligencia del lector, y a la que sólo se le puede reprochar un defecto importante: la endeblez literaria del argumento inicial.
Porque es probable que a lo largo de la lectura el lector tenga la sensación de que la mera construcción del Tallo (la telaraña a la que alude el título) no puede aportar los soportes necesarios para forjar una auténtica novela, y que Sheffield, consciente de ello, intenta superar este inconveniente recurriendo a la problemática que rodea a los principales personajes. Problemática que, aunque sea de una notable consistencia literaria, se percibe como una parte claramente diferenciada de la obra de ingeniería que se espera sustente la trama. Ahondando en los defectos, debo reseñar también una perceptible falta de "gancho" a la hora de introducir el elemento de suspense: la maldad de Morel, la utilización de los Duendes, todo se sospecha con demasiada antelación.
Sin embargo, la novela merece una reseña gracias a sus abundantes virtudes. Por supuesto, el diseño y la construcción del Tallo, el ascensor orbital con el que Sheffield se adelantó en unos meses a Clarke y sus "Fuentes del Paraíso" a la hora de escribir una novela sobre tan atrayente artefacto. El audaz contraste de ideas entre Regulo y Rob, las explicaciones científicas del más alto rigor, y la más absoluta verosimilitud en la puesta en funcionamiento son bazas seguras que se derivan de dicha construcción. También es destacable el hábitat de Atlantis, original y fascinante, así como la compleja personalidad de determinados personajes, con una ambigüedad moral desconcertante (Senta, Regulo, Corrie...). Otro acierto de Sheffield es la abundancia de nuevos y determinantes elementos: desde la taliza y sus devastadores efectos, hasta las bases espaciales, avanzadilla de la conquista del Sistema Solar, pasando por el calamar inteligente o los nuevos tipos de cáncer.
A otro nivel, menos esperable en un escritor catalogado como autor de novelas de ciencia-ficción hard, no debo pasar por alto la introducción, en la línea de Robert Silverberg, de continuas reflexiones sobre la vida y la condición humana, puestas en boca de diversos personajes. Asimismo es de resaltar la habilidad de Sheffield para aumentar la intensidad narrativa cuando la novela lo requiere: desde la exploración de Rob por la esfera de agua, hasta su enfrentamiento final con Morel. Por otra parte, el escritor también deja constancia de su habilidad como creador de marcos escénicos en la apreciable diversidad de escenarios: el Centro de Control, Camino Abajo, incluso los planetas más próximos cuando relata los comienzos de Regulo.
En suma, aun sin tratarse de una novela especialmente popular, ni haber alcanzado la categoría de clásico, "La telaraña entre los mundos" encierra todo un conjunto de ideas, propuestas y situaciones que justifican sobradamente su lectura más de cuarenta años después.
Porque es probable que a lo largo de la lectura el lector tenga la sensación de que la mera construcción del Tallo (la telaraña a la que alude el título) no puede aportar los soportes necesarios para forjar una auténtica novela, y que Sheffield, consciente de ello, intenta superar este inconveniente recurriendo a la problemática que rodea a los principales personajes. Problemática que, aunque sea de una notable consistencia literaria, se percibe como una parte claramente diferenciada de la obra de ingeniería que se espera sustente la trama. Ahondando en los defectos, debo reseñar también una perceptible falta de "gancho" a la hora de introducir el elemento de suspense: la maldad de Morel, la utilización de los Duendes, todo se sospecha con demasiada antelación.
Sin embargo, la novela merece una reseña gracias a sus abundantes virtudes. Por supuesto, el diseño y la construcción del Tallo, el ascensor orbital con el que Sheffield se adelantó en unos meses a Clarke y sus "Fuentes del Paraíso" a la hora de escribir una novela sobre tan atrayente artefacto. El audaz contraste de ideas entre Regulo y Rob, las explicaciones científicas del más alto rigor, y la más absoluta verosimilitud en la puesta en funcionamiento son bazas seguras que se derivan de dicha construcción. También es destacable el hábitat de Atlantis, original y fascinante, así como la compleja personalidad de determinados personajes, con una ambigüedad moral desconcertante (Senta, Regulo, Corrie...). Otro acierto de Sheffield es la abundancia de nuevos y determinantes elementos: desde la taliza y sus devastadores efectos, hasta las bases espaciales, avanzadilla de la conquista del Sistema Solar, pasando por el calamar inteligente o los nuevos tipos de cáncer.
A otro nivel, menos esperable en un escritor catalogado como autor de novelas de ciencia-ficción hard, no debo pasar por alto la introducción, en la línea de Robert Silverberg, de continuas reflexiones sobre la vida y la condición humana, puestas en boca de diversos personajes. Asimismo es de resaltar la habilidad de Sheffield para aumentar la intensidad narrativa cuando la novela lo requiere: desde la exploración de Rob por la esfera de agua, hasta su enfrentamiento final con Morel. Por otra parte, el escritor también deja constancia de su habilidad como creador de marcos escénicos en la apreciable diversidad de escenarios: el Centro de Control, Camino Abajo, incluso los planetas más próximos cuando relata los comienzos de Regulo.
En suma, aun sin tratarse de una novela especialmente popular, ni haber alcanzado la categoría de clásico, "La telaraña entre los mundos" encierra todo un conjunto de ideas, propuestas y situaciones que justifican sobradamente su lectura más de cuarenta años después.
domingo, 22 de agosto de 2021
Las crisálidas (1955). John Wyndham
Con la presente entrada continúo con la reseña de novelas de referencia de los más relevantes escritores británicos de ciencia-ficción. Seguimos avanzando en el tiempo y llegamos al año 1955, en el que vio la luz "Las crisálidas", una de las novelas más conocidas de John Wyndhman. Que aunque es recordado sobre todo por la sensacional "El día de los trífidos" posee, en su extensa bibliografía, varias obras indudablemente recomendables. Entre las cuales se incluye la que hoy es objeto de mi reseña: una notable novela sobre las consecuencias de una catástrofe apocalíptica en las diversas sociedades que perviven, con un excelente equilibrio entre acción y especulación, y que ha soportado muy bien el paso del tiempo.
Wyndham da una lección magistral sobre cómo escribir una novela sin una sola página de relleno. Desde el primer capítulo nos sumerge con su prosa poderosa y fluida en la comunidad de Waknuk, un cúmulo de granjas en el interior de la Península de Labrador, en Canadá. Y sin necesidad de explicar la "Tribulación" que acaeció siglos atrás y que acutó como detonante de las dificultades actuales, es capaz de hacernos aprehender la rigidez integrista derivada de la necesidad de preservar la pureza de las distintas especies frente a la constante amenaza de las mutaciones. En este ambiente integrista, en el cual su padre ejerce un férreo control, David Strom irá narrando en primera persona su gradual comprensión del mundo que lo rodea, así como de la singularidad que condiciona su vida: sus capacidades telepáticas.
Otro gran acierto de la novela es su habilidad para conjugar distopía y aventuras. Casi en cada capítulo Wyndham nos va descubriendo los distintos grupos de humanos que viven marginados, ocultos o exiliados a causa de sus particularidades físicas, con toda la carga especulativa que ello ofrece y, al mismo tiempo, ese gradual proceso de descubrimiento va acompañado de los avatares de David, de su fijación por Sophie, de las clarificadoras conversaciones con su tío Axel, de la determinante irrupción de su hermana Petra, y de la cada vez más acuciante necesidad de ocultar su don hasta que llega el momento de emprender la huida.
A pesar de las décadas transcurridas desde su publicación, sorprende lo actual que continúa resultando el libro. No ya por su temática, algo esperable ya que la xenofobia, la imposición de ideas o la amenaza de lo diferente siguen siendo cuestiones de rabiosa actualidad, sino por la mesura a la hora de caracterizar las sociedades futuras, y la coherencia entre sus situaciones concretas y los actos que devienen de ellas. La ignorancia, la pobreza de medios o la economía de subsistencia son bazas seguras, pero el escritor sabe no emborronarlas con conceptos o artilugios fuera de lugar.
Otros aciertos dignos de mención son la capacidad para construir el clímax con el que rematar la historia (en el último tercio de la novela es casi imposible interrumpir la lectura), la habilidad para ubicar espacialmente al lector (los Márgenes, las Malas Tierras, la Costa Negra o Sealand están estupendamente delineados), o la capacidad para utilizar a sus personajes de manera que ofrezcan la perspectiva más amplia y completa posible (la abnegación de Sophie, la inteligencia de Michael, las supercapacidades de Petra, el contraliderazgo ejercido por el Hombre-Araña...).
En el capítulo del debe, nada especialmente grave. Dejando al margen la viabilidad real de unas capacidades telepáticas tan extraordinarias, lo que más chirría es que en sus sueños David pueda anticipar tan nítidamente las ciudades de Sealand. Además, los "sermones" de la "amiga de Sealand" que rescata a los protagonistas resultan un poco cargantes, y a la vez están impregnados de la misma supremacía condescendiente (aunque menos evidente) que la de Joseph Strom, el padre de David. Y la sustancia pegajosa con la que se detiene la lucha y se mata a tantas personas me parece el único recurso realmente fuera de lugar. En todo caso, estos detalles no enturbian en demasía una obra coherente, bien cohesionada y mejor resuelta, que demuestra que el entretenimiento no está reñido con la capacidad de hacernos reflexionar. Todo un clásico por descubrir.
Wyndham da una lección magistral sobre cómo escribir una novela sin una sola página de relleno. Desde el primer capítulo nos sumerge con su prosa poderosa y fluida en la comunidad de Waknuk, un cúmulo de granjas en el interior de la Península de Labrador, en Canadá. Y sin necesidad de explicar la "Tribulación" que acaeció siglos atrás y que acutó como detonante de las dificultades actuales, es capaz de hacernos aprehender la rigidez integrista derivada de la necesidad de preservar la pureza de las distintas especies frente a la constante amenaza de las mutaciones. En este ambiente integrista, en el cual su padre ejerce un férreo control, David Strom irá narrando en primera persona su gradual comprensión del mundo que lo rodea, así como de la singularidad que condiciona su vida: sus capacidades telepáticas.
Otro gran acierto de la novela es su habilidad para conjugar distopía y aventuras. Casi en cada capítulo Wyndham nos va descubriendo los distintos grupos de humanos que viven marginados, ocultos o exiliados a causa de sus particularidades físicas, con toda la carga especulativa que ello ofrece y, al mismo tiempo, ese gradual proceso de descubrimiento va acompañado de los avatares de David, de su fijación por Sophie, de las clarificadoras conversaciones con su tío Axel, de la determinante irrupción de su hermana Petra, y de la cada vez más acuciante necesidad de ocultar su don hasta que llega el momento de emprender la huida.
A pesar de las décadas transcurridas desde su publicación, sorprende lo actual que continúa resultando el libro. No ya por su temática, algo esperable ya que la xenofobia, la imposición de ideas o la amenaza de lo diferente siguen siendo cuestiones de rabiosa actualidad, sino por la mesura a la hora de caracterizar las sociedades futuras, y la coherencia entre sus situaciones concretas y los actos que devienen de ellas. La ignorancia, la pobreza de medios o la economía de subsistencia son bazas seguras, pero el escritor sabe no emborronarlas con conceptos o artilugios fuera de lugar.
Otros aciertos dignos de mención son la capacidad para construir el clímax con el que rematar la historia (en el último tercio de la novela es casi imposible interrumpir la lectura), la habilidad para ubicar espacialmente al lector (los Márgenes, las Malas Tierras, la Costa Negra o Sealand están estupendamente delineados), o la capacidad para utilizar a sus personajes de manera que ofrezcan la perspectiva más amplia y completa posible (la abnegación de Sophie, la inteligencia de Michael, las supercapacidades de Petra, el contraliderazgo ejercido por el Hombre-Araña...).
En el capítulo del debe, nada especialmente grave. Dejando al margen la viabilidad real de unas capacidades telepáticas tan extraordinarias, lo que más chirría es que en sus sueños David pueda anticipar tan nítidamente las ciudades de Sealand. Además, los "sermones" de la "amiga de Sealand" que rescata a los protagonistas resultan un poco cargantes, y a la vez están impregnados de la misma supremacía condescendiente (aunque menos evidente) que la de Joseph Strom, el padre de David. Y la sustancia pegajosa con la que se detiene la lucha y se mata a tantas personas me parece el único recurso realmente fuera de lugar. En todo caso, estos detalles no enturbian en demasía una obra coherente, bien cohesionada y mejor resuelta, que demuestra que el entretenimiento no está reñido con la capacidad de hacernos reflexionar. Todo un clásico por descubrir.
miércoles, 21 de julio de 2021
Sirio (1944). Olaf Stapledon
Con la presente entrada continúo el recorrido que inicié hace unos días por algunas de las novelas más representativas de los más influyentes escritores de ciencia-ficción británicos. Estamos en 1944 y le ha llegado el turno a Olaf Stapledon. Que es en mi opinión uno de los nombres más injustamente minusvalorados del género. Y es que mientras que en aquel año las revistas pulp de ciencia-ficción apenas se estaban consolidando al otro lado del Atlántico gracias a relatos cortos de variable calidad literaria, en el Reino Unido Stapledon llevaba ya tiempo establecido como un escritor de novelas de ciencia-ficción, de mucho mayores extensión y exigencia que los relatos pulp estadounidenses. Novelas por otra parte con una temática y una profundidad tales que aun hoy no desentonan con las que se publican ochenta años más tarde. Pese a lo cual el de Stapledon es un nombre no demasiado conocido por los aficionados al género en español.
Dentro de su bibliografía he optado por reseñar "Sirio", cuya calidad queda reflejada en el hecho de que la prestigiosa editorial Minotauro la sigue reeditando con regularidad. Se trata de una novela inteligente, profunda, que dado lo inverosímil de su argumento (Sirio es un perro superdotado que posee la sensibilidad de una persona) se esfuerza permanentemente por resultar coherente y verosímil. Y casi siempre lo logra.
Para ello Stapledon recurre a un acertado enfoque científico, relatándonos cómo Thomas Trelone fue perfeccionando su técnica para crear "superovejeros" hasta llegar a Sirio. Y luego estructura con habilidad la novela recurriendo a Robert, el marido de Plaxy, quien en tercera persona y respetando el orden cronológico, nos va narrando la vida de Sirio. El panorama lo termina de completar Stapledon mediante una profunda caracterización psicológica de sus personajes principales, muy por encima de lo habitual en la ciencia-ficción de aquel entonces.
Llevar a buen puerto una novela sobre un perro superdotado no es fácil, pero Stapledon lo consigue mediante tres aciertos indiscutibles: el primero, los diversos marcos escénicos por los que transita Sirio (su hogar en el norte de Gales, la granja de los Pughs, Cambridge, Londres...); el segundo, su particularísima relación con Plaxy, la hija menor de los Trelone, con la que según el escritor Sirio comparte "espíritu" y una hermandad no exenta de insinuantes detalles sexuales; y el tercero, el recurso a la Segunda Guerra Mundial (aún vigente cuando se escribió la novela) para dramatizar la historia y a la vez justificar por qué la existencia de Sirio no alcanzó mayor notoriedad.
La vertiente filosófica habitual en la obra de Stapledon queda patente en el uso que hace de Sirio para mirar a través de sus ojos buena parte de la sociedad (desde el egoísmo y la hipocresía habituales, hasta la religión y los totalitarismos tan en boga por aquel entonces). Y la componente científica está presente en la forma como Sirio va desarrollando sus capacidades intelectuales, a la vez que respeta las limitaciones morfológicas que la Naturaleza impone a cualquier perro.
La novela ha envejecido muy bien, pero aun así el paso del tiempo ha acentuado algunos defectos. Los más obvios son dos: aquellas situaciones que incluso para un perro superdotado resultan claramente inadmisibles, y una prosa en la que predominan los largos párrafos descriptivos frente a los diálogos, dificultando en cierta medida el disfrute de la lectura. También me parece que la novela tarda demasiado en salir de Gales, que el episodio que provoca la muerte de Thomas está poco trabajado, y que el retorno final de Sirio a su condición de lobo es excesivamente repentino. A cambio, el desenlace es correcto y el mensaje final sobre el amor como el elemento que sostiene a la humanidad está muy bien presentado y confirma que estamos ante una lectura recomendable.
Dentro de su bibliografía he optado por reseñar "Sirio", cuya calidad queda reflejada en el hecho de que la prestigiosa editorial Minotauro la sigue reeditando con regularidad. Se trata de una novela inteligente, profunda, que dado lo inverosímil de su argumento (Sirio es un perro superdotado que posee la sensibilidad de una persona) se esfuerza permanentemente por resultar coherente y verosímil. Y casi siempre lo logra.
Para ello Stapledon recurre a un acertado enfoque científico, relatándonos cómo Thomas Trelone fue perfeccionando su técnica para crear "superovejeros" hasta llegar a Sirio. Y luego estructura con habilidad la novela recurriendo a Robert, el marido de Plaxy, quien en tercera persona y respetando el orden cronológico, nos va narrando la vida de Sirio. El panorama lo termina de completar Stapledon mediante una profunda caracterización psicológica de sus personajes principales, muy por encima de lo habitual en la ciencia-ficción de aquel entonces.
Llevar a buen puerto una novela sobre un perro superdotado no es fácil, pero Stapledon lo consigue mediante tres aciertos indiscutibles: el primero, los diversos marcos escénicos por los que transita Sirio (su hogar en el norte de Gales, la granja de los Pughs, Cambridge, Londres...); el segundo, su particularísima relación con Plaxy, la hija menor de los Trelone, con la que según el escritor Sirio comparte "espíritu" y una hermandad no exenta de insinuantes detalles sexuales; y el tercero, el recurso a la Segunda Guerra Mundial (aún vigente cuando se escribió la novela) para dramatizar la historia y a la vez justificar por qué la existencia de Sirio no alcanzó mayor notoriedad.
La vertiente filosófica habitual en la obra de Stapledon queda patente en el uso que hace de Sirio para mirar a través de sus ojos buena parte de la sociedad (desde el egoísmo y la hipocresía habituales, hasta la religión y los totalitarismos tan en boga por aquel entonces). Y la componente científica está presente en la forma como Sirio va desarrollando sus capacidades intelectuales, a la vez que respeta las limitaciones morfológicas que la Naturaleza impone a cualquier perro.
La novela ha envejecido muy bien, pero aun así el paso del tiempo ha acentuado algunos defectos. Los más obvios son dos: aquellas situaciones que incluso para un perro superdotado resultan claramente inadmisibles, y una prosa en la que predominan los largos párrafos descriptivos frente a los diálogos, dificultando en cierta medida el disfrute de la lectura. También me parece que la novela tarda demasiado en salir de Gales, que el episodio que provoca la muerte de Thomas está poco trabajado, y que el retorno final de Sirio a su condición de lobo es excesivamente repentino. A cambio, el desenlace es correcto y el mensaje final sobre el amor como el elemento que sostiene a la humanidad está muy bien presentado y confirma que estamos ante una lectura recomendable.
sábado, 10 de julio de 2021
La guerra de los mundos (1898). Herbert George Wells
Con la presenta entrada inicio mi recorrido en orden cronológico por algunas de las novelas más representativas de los más relevantes escritores británicos de ciencia-ficción. Es un honor y un placer comenzarlo con Herbert George Wells, a quien como ya he comentado en alguna ocasión considero el padre de la literatura de ciencia-ficción. Aunque por carga especulativa y por fecha de publicación considero "La máquina del tiempo" (1895) su novela más representativa a la vez que la obra con la que comenzó el género, "La guerra de los mundos", de la que les voy a hablar a continuación, no le va a la zaga en cuanto a influencia dentro y fuera del género. Y es que además de las diversas adaptaciones que de la misma se han llevado al cine en el último siglo, una versión radiada de la misma en forma de serial llevada a cabo por Orson Welles en 1938 creó gran alarma social. Si bien lo más relevante en mi opinión es que, a pesar de los más de ciento veinte años transcurridos, es una novela que aún puede ser disfrutada por el lector que se acerque a ella por primera vez en este 2021.
Quizá lo primero a analizar sea que fue la primera novela moderna en la que se trató el tema de una invasión alienígena de nuestro planeta. Wells echó mano de lo que le quedaba más cerca, Marte, un planeta del que a finales del siglo XIX se conocía tan poco que no había una razón de peso que le impidiera albergar los famosos "marcianos", que aún perduran hoy como sinónimo coloquial de "extraterrestres". Hoy en día son miles las historias, los juegos, las películas que se basan en esta idea, pero quien primeramente le dio forma en la literatura fue el preclaro escritor británico. Aunque, como es lógico, todo cuanto Wells basó en lo que la ciencia conocía entonces sobre el Planeta Rojo debe en la actualidad disculparse por su indudable candidez. 2021.
Otro aspecto destacable, y que justifica que para mí al menos forme parte incuestionable del género, es que Wells realiza en esta breve novela un encomiable esfuerzo por analizar lo narrado, más allá de la mera historia. Y pese a lo que cabría esperar, no lo hace sólo de su vertiente científica, sino también de las consecuencias sociales. De lo primero es un buen ejemplo la extensísima descripción que nos ofrece de los marcianos a todos los niveles (desde la preferencia por los varones en su alimentación hasta el Rayo Ardiente del que se sirven), en la más pura línea de la ciencia-ficción, mientras que de lo segundo, además de las habituales reflexiones sociológicas, sobresalen las consecuencias en la burguesía de la conquista, o el impacto de la misma en el porvenir de la humanidad.
No obstante, la edad de la novela se deja notar en algunos defectos evidentes. Para mí el más obvio es que, abusando de los lugares que conocía, Wells limita el grueso de la narración a determinados lugares de Inglaterra (en especial todo el sudeste de Londres, hasta llegar a la capital). Obviamente la información disponible en aquella época sobre cualquier lugar del mundo era ínfima en comparación con la actual, pero la novela habría resultado más rica si Wells hubiera echado al menos un vistazo al impacto de la invasión en otros lugares del mundo. Además, Wells no es un escritor excesivamente brillante, por lo que en ocasiones se echa en falta más dramatismo, en especial teniendo en cuenta los hechos que está narrando. Incluso comete el error de dejarle claro al lector que la conquista marciana fracasó cuando aún queda un tercio de la novela. Y nos propone un final que no llega a aprovechar todas las posibilidades al alcance de la mano. Todo ello provoca que este clásico deba leerse con amplitud de miras si no se quiere quedar decepcionado.
A pesar de lo cual la novela nos ofrece excelentes capítulos (como el 16, donde se narra el pánico en la ciudad de Londres), rehúye de la arquetípica imagen de los marcianos como seres malvados (incluso llega a decir que su propósito no era tanto exterminar sino aterrorizar a la población), y sobre todo, abre un filón inimaginable que otros cientos de escritores no dudarían en aprovechar en décadas venideras. Así que, aunque existan obras mucho mejores sobre este tema, sigue siendo una obra de lectura obligatoria si usted presume de ser aficionado al género.
Quizá lo primero a analizar sea que fue la primera novela moderna en la que se trató el tema de una invasión alienígena de nuestro planeta. Wells echó mano de lo que le quedaba más cerca, Marte, un planeta del que a finales del siglo XIX se conocía tan poco que no había una razón de peso que le impidiera albergar los famosos "marcianos", que aún perduran hoy como sinónimo coloquial de "extraterrestres". Hoy en día son miles las historias, los juegos, las películas que se basan en esta idea, pero quien primeramente le dio forma en la literatura fue el preclaro escritor británico. Aunque, como es lógico, todo cuanto Wells basó en lo que la ciencia conocía entonces sobre el Planeta Rojo debe en la actualidad disculparse por su indudable candidez. 2021.
Otro aspecto destacable, y que justifica que para mí al menos forme parte incuestionable del género, es que Wells realiza en esta breve novela un encomiable esfuerzo por analizar lo narrado, más allá de la mera historia. Y pese a lo que cabría esperar, no lo hace sólo de su vertiente científica, sino también de las consecuencias sociales. De lo primero es un buen ejemplo la extensísima descripción que nos ofrece de los marcianos a todos los niveles (desde la preferencia por los varones en su alimentación hasta el Rayo Ardiente del que se sirven), en la más pura línea de la ciencia-ficción, mientras que de lo segundo, además de las habituales reflexiones sociológicas, sobresalen las consecuencias en la burguesía de la conquista, o el impacto de la misma en el porvenir de la humanidad.
No obstante, la edad de la novela se deja notar en algunos defectos evidentes. Para mí el más obvio es que, abusando de los lugares que conocía, Wells limita el grueso de la narración a determinados lugares de Inglaterra (en especial todo el sudeste de Londres, hasta llegar a la capital). Obviamente la información disponible en aquella época sobre cualquier lugar del mundo era ínfima en comparación con la actual, pero la novela habría resultado más rica si Wells hubiera echado al menos un vistazo al impacto de la invasión en otros lugares del mundo. Además, Wells no es un escritor excesivamente brillante, por lo que en ocasiones se echa en falta más dramatismo, en especial teniendo en cuenta los hechos que está narrando. Incluso comete el error de dejarle claro al lector que la conquista marciana fracasó cuando aún queda un tercio de la novela. Y nos propone un final que no llega a aprovechar todas las posibilidades al alcance de la mano. Todo ello provoca que este clásico deba leerse con amplitud de miras si no se quiere quedar decepcionado.
A pesar de lo cual la novela nos ofrece excelentes capítulos (como el 16, donde se narra el pánico en la ciudad de Londres), rehúye de la arquetípica imagen de los marcianos como seres malvados (incluso llega a decir que su propósito no era tanto exterminar sino aterrorizar a la población), y sobre todo, abre un filón inimaginable que otros cientos de escritores no dudarían en aprovechar en décadas venideras. Así que, aunque existan obras mucho mejores sobre este tema, sigue siendo una obra de lectura obligatoria si usted presume de ser aficionado al género.
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