El siguiente título dentro de mi lista de novelas decepcionantes es "El Torreón del Cosmonauta". Cuando debutó hace cerca de dos décadas, el británico Ken MacLeod se presentaba como un tercer miembro de pleno derecho de la nueva hornada de escritores británicos capitaneada por Stephen Baxter y Iain M. Banks. Me imagino que bajo esa premisa la colección Solaris Ficción de La Factoría de Ideas se animó a editar en el año 2.002 esta novela, su más conocida y reputada hasta entonces. Desgraciadamente lo que me encontré distaba mucho de esas expectativas: un escritor limitado técnicamente que nos presenta dos líneas narrativas: una "actual", confusa y fría, y otra futura, también confusa y sólo ligeramente más interesante.
El texto de la contraportada de la edición de la Factoría de Ideas influye negativamente en esas expectativas (y no sólo por su cuestionable nominación a los premios Hugo): sus referencias a una sociedad comunista y a las intrigas tecnológicas parecen anticipar una novela con un considerable contenido distópico, a la vez que llena de aventuras. Pero ya desde el fantasioso prólogo (ni releyéndolo tras completar la lectura le veo necesidad o sentido) el lector se encuentra algo completamente diferente: una sociedad futura (de la que la contraportada nada había dicho), con una clara reminiscencia medieval, también confusa en cuanto a los planetas y ciudades que la constituyen y a su jerarquía, e incluso ambigua respecto al rol de los seres que la habitan (humanos, saurios, gigantes, kraken, ¿dioses?). En suma, un panorama radicalmente diferente del previsto.
Mantener la atención en dos líneas narrativas aparentemente independientes y que convergen poco a poco requiere más talento que la obviedad de repetir los mismos apellidos en ambas. Y desgraciadamente MacLeod carece de ese don, por mucho que nos intente engañar recurriendo a la primera persona para la línea del siglo XXI y a la tercera para la futura. Además, el comienzo es muy lento, y el escritor fracasa a la hora de poner en situación al lector en un plazo razonable, impidiéndole así disfrutar aunque sea mínimamente de la lectura hasta casi la mitad de la novela. Con el agravante, además, de que le irrita una y otra vez con su nocivo hábito de interrumpir cualquier diálogo de más de dos frases para proporcionar minuciosos detalles descriptivos que nada aportan. Y con un lenguaje que en ocasiones peca del abuso de adjetivos inconcebibles y en otras de un lenguaje soez, repleto de vulgarismos innecesarios.
Otros aspectos que en nada favorecieron mi impresión final son la recurrente referencia a conceptos y tecnicismos que se suponen de rabiosa actualidad (muy en la línea cyberpunk) pero que es fácil notar que el escritor no domina; la ausencia casi absoluta de cualquier reflexión sobre la condición humana, la vida en general, incluso la filosofía de la sociedad futura o la política de la sociedad comunista "contemporánea"; y un desenlace precipitado, en el que cuando por fin el lector piensa que comienza a entender qué está pasando, se saca de la manga muy forzadamente que toda la intriga planteada ha sido poco más que una pantomina.
Y entre tantas taras, ¿algo bueno que reseñar? Bueno, si el lector pone de su parte y no cede a la tentación de abandonar la lectura, se topará con un par de capítulos entretenidos (el viaje desde Nevada al asteroide y desde Kyohvic a Ciudad Saurio Uno), e intentará corroborar la previsible forma en la que ambas líneas narrativas convergen al final. Eso sí, para desesperarse por el injustificable mutismo sobre los saurios, el porqué de la repentina importancia de los primeros tripulantes , o los ingenuos y repetitivos triángulos amorosos Gregor-Lydia-Elizabeth, Math-Jadey-Camila.
Al concluir la lectura descubrí que "El Torreón del Cosmonauta" pasó a conformar con los años la primera parte de una serie denominada "The engines of light". Serie que no me he animado a seguir leyendo, teniendo en cuenta todos los aspectos negativos ya reseñados. Y probablemente no fui el único lector que decidió lo mismo, pues las siguientes novelas de la serie permanecen aún inéditas en español.
Un apasionado de la literatura de ciencia-ficción y escritor a tiempo parcial que dedica parte de sus escasos ratos libres a compartir su pasión con el resto de aficionados.
domingo, 14 de abril de 2013
lunes, 1 de abril de 2013
El trono de mundo anillo (1996). Larry Niven
Mi siguiente título en la lista de novelas decepcionantes es "El trono de mundo anillo", tercera parte de la famosa saga "Mundo anillo" escrita por Larry Niven. Para el habitual seguidor de este blog es posible que encontrar este título en mi lista de novelas decepcionantes tal vez sea una sorpresa, puesto que ya reseñé "Mundo anillo" en mi lista de 15 novelas personalísimamente favoritas. Lo que sucede es que desde que Niven publicó "Mundo anillo" en 1970 hasta que vio la luz este "Trono de mundo anillo" transcurrieron nada menos que 26 años. Y ni la ilusión del escritor era la misma, ni su momento de carrera tan inspirado, ni el objetivo de su creación era tan claramente crematístico. Con lo cual, mi impresión tras leer esta novela es que estábamos ante poco más que un mero encargo editorial: sin fuerza, sin un hilo argumental definido, confusa y por momentos hasta descuidada, sólo la ambientación y la curiosidad por saber hacia dónde quiso llevar Niven su saga más famosa mantienen un mínimo de interés.
En esta novela el lector se reencuentra con Luis Wu, protagonista absoluto de la saga, ahora envejecido, y el titerote de Pierson Inferior, que se encarga de "curar" a Wu de su vejez. Además, un tercer protagonista es el hijo de Chmeee (el viajero kzin de la primera expedición), un joven guerrero llamado Acólito. Pero al contrario de lo que cabría esperar, el peso de estos personajes en la narración es muy escaso durante la primera mitad de la novela, en la cual Niven nos muestra cómo varias especies homínidas del Mundo Anillo se han unido para eliminar un gran nido de vampiros que se han estado alimentando de ellos. Mezclar los "vampiros" con el científico "Mundo Anillo" no parece una idea muy acertada sobre el papel, y la lectura se encarga de confirmarlo, pues la novela queda en un estado en el que la parte científica se resiente y la parte de terror que podría reemplazarla es inexistente. De hecho, en muchas situaciones Luis, el Inferior y Acólito son meros observadores, siendo la lucha de poder entre los protectores Pak el principal argumento de la mayor parte de la novela.
Así, aunque la obra se inicia con una entretenida batalla que nos hace concebir esperanzas sobre lo que nos puede deparar, en seguida el lector nota que la historia está narrada de manera bastante confusa, con pérdidas de ritmo constantes, algunos errores sorprendentes por parte de de Niven (por ejemplo, que uno de sus personajes conozca los volcanes cuando en el Mundo Anillo es imposible que los haya) y una traducción plena de errores, que hacen la lectura bastante farragosa. Tanto que hacia el capítulo 6 ya es imposible determinar hacia dónde va la novela; ni siquiera es fácil (a pesar de la lista de personajes intencionadamente incluida como anexo) diferenciar las especies que van apareciendo: tanta riqueza creativa abruma y parece innecesaria como justificación de la alianza para eliminar la amenaza de los vampiros.
Afortunadamente, una vez el lector acepta que la novela se va a quedar en el rango de "obra menor", es posible encontrarse con capítulos interesantes, como son aquellos en los que se exploran nuevas áreas del siempre fascinante Mundo Anillo o algunos pasajes de aventuras característicos de su autor. Eso sí, la siempre cuestionable habilidad literaria de Niven queda en entredicho, con pasajes y episodios mediocremente narrados (como botón de muestra, el capítulo 19 termina con este párrafo de una única frase: "El protector lo empujó a través", todo un ejemplo de cómo no concluir un capítulo). Y para complicar más la cosa, algunos escenarios resultan realmente difíciles de visualizar.
Por lo tanto, cuando finalmente los protagonistas de la saga toman relevancia en los acontecimientos, no queda claro cuál va a ser su rol, lo que provoca que el tramo final de la novela resulta muy poco clarificador (mención especial para el capítulo 29, Minero, que es tremendamente lioso) y el final es poco menos que irritante por intrascendente. Eso sí, es de agradecer el glosario de conceptos y lugares que se adjunta al final, así como el resumen de los parámetros geofísicos del Mundo Anillo. Porque eso es lo más positivo de esta obra: el reencuentro con uno de los lugares más fascinantes de la historia de la ciencia-ficción. Así que sólo les animo a leer "El trono de mundo anillo" si les fascina el universo representado por el Mundo Anillo; si no, es mejor que se abstengan.
En esta novela el lector se reencuentra con Luis Wu, protagonista absoluto de la saga, ahora envejecido, y el titerote de Pierson Inferior, que se encarga de "curar" a Wu de su vejez. Además, un tercer protagonista es el hijo de Chmeee (el viajero kzin de la primera expedición), un joven guerrero llamado Acólito. Pero al contrario de lo que cabría esperar, el peso de estos personajes en la narración es muy escaso durante la primera mitad de la novela, en la cual Niven nos muestra cómo varias especies homínidas del Mundo Anillo se han unido para eliminar un gran nido de vampiros que se han estado alimentando de ellos. Mezclar los "vampiros" con el científico "Mundo Anillo" no parece una idea muy acertada sobre el papel, y la lectura se encarga de confirmarlo, pues la novela queda en un estado en el que la parte científica se resiente y la parte de terror que podría reemplazarla es inexistente. De hecho, en muchas situaciones Luis, el Inferior y Acólito son meros observadores, siendo la lucha de poder entre los protectores Pak el principal argumento de la mayor parte de la novela.
Así, aunque la obra se inicia con una entretenida batalla que nos hace concebir esperanzas sobre lo que nos puede deparar, en seguida el lector nota que la historia está narrada de manera bastante confusa, con pérdidas de ritmo constantes, algunos errores sorprendentes por parte de de Niven (por ejemplo, que uno de sus personajes conozca los volcanes cuando en el Mundo Anillo es imposible que los haya) y una traducción plena de errores, que hacen la lectura bastante farragosa. Tanto que hacia el capítulo 6 ya es imposible determinar hacia dónde va la novela; ni siquiera es fácil (a pesar de la lista de personajes intencionadamente incluida como anexo) diferenciar las especies que van apareciendo: tanta riqueza creativa abruma y parece innecesaria como justificación de la alianza para eliminar la amenaza de los vampiros.
Afortunadamente, una vez el lector acepta que la novela se va a quedar en el rango de "obra menor", es posible encontrarse con capítulos interesantes, como son aquellos en los que se exploran nuevas áreas del siempre fascinante Mundo Anillo o algunos pasajes de aventuras característicos de su autor. Eso sí, la siempre cuestionable habilidad literaria de Niven queda en entredicho, con pasajes y episodios mediocremente narrados (como botón de muestra, el capítulo 19 termina con este párrafo de una única frase: "El protector lo empujó a través", todo un ejemplo de cómo no concluir un capítulo). Y para complicar más la cosa, algunos escenarios resultan realmente difíciles de visualizar.
Por lo tanto, cuando finalmente los protagonistas de la saga toman relevancia en los acontecimientos, no queda claro cuál va a ser su rol, lo que provoca que el tramo final de la novela resulta muy poco clarificador (mención especial para el capítulo 29, Minero, que es tremendamente lioso) y el final es poco menos que irritante por intrascendente. Eso sí, es de agradecer el glosario de conceptos y lugares que se adjunta al final, así como el resumen de los parámetros geofísicos del Mundo Anillo. Porque eso es lo más positivo de esta obra: el reencuentro con uno de los lugares más fascinantes de la historia de la ciencia-ficción. Así que sólo les animo a leer "El trono de mundo anillo" si les fascina el universo representado por el Mundo Anillo; si no, es mejor que se abstengan.
sábado, 9 de marzo de 2013
La máquina diferencial (1990). William Gibson & Bruce Sterling
Hace unos días reseñaba en este mismo blog como parte de mi lista de novelas decepcionantes la colaboración que escribieron a cuatro manos Frederik Pohl y Jack Williamson ("El final de la Tierra"). Mi siguiente título en la lista de novelas decepcionantes es también una colaboración entre dos escritores, pero en este caso con un estilo y una temática mucho más afin. William Gibson y Bruce Sterling son probablemente los dos mayores exponentes del subgénero conocido como cyberpunk. Un subgénero que comenzó con "Neuromante", del propio Gibson (ya reseñado hace unos meses en este mismo blog) y que como ya dije entonces no es santo de mi devoción. Ahora bien, no es ésta una novela encuadrable en dicho subgénero, por lo que no proviene de ahí el calificativo de decepcionante. De hecho, me atrevo a decir que se trata de una colaboración fructífera, con dos escritores que se complementan y compensan mutuamente parte de sus defectos. Hasta el punto que me parece una novela claramente superior a "Neuromante", aunque no lo suficiente.
Quizá la principal decepción radique en la diferencia entre lo que habría podido ser esta novela y lo que realmente es. Porque la novela juega con la esperanza del lector, intentando convencerle de que la realidad creada por los autores es fidedigna desde el punto de vista histórico, y prometiendo una cohesión y una intensidad que casi nunca llegan a aparecer. A pesar de que el argumento tiene uno de los mejores puntos de partida que jamás ha tenido una ucronía en la ciencia-ficción: a diferencia de lo que ocurrió en la realidad, el matemático Charles Babbage logró construir su proyectada máquina diferencial, y gracias a la industrialización de Gran Bretaña de ello derivó un adelanto de varias décadas en la aplicación de la computación a las tecnologías de la información, con todo lo que esto supuso. Y todo ello presentado con la máxima apariencia de verosimilitud, intentando acentuar el ambiente industrial del Londres del s. XIX e incluso incorporando varios de los personajes más relevantes de la época (como John Keats o Benjamin Disraeli), aunque con profesiones alteradas. De ahí la etiqueta de steampunk que a menudo se aplica a esta novela.
La novela está estructurada en una serie de partes llamadas iteraciones, con protagonistas cambiantes aunque con un desarrollo cronológico lineal, rematadas por una coda final en la que mediante supuestos extractos periodísticos, recortes de noticias y hasta poemas, los autores intentan aclarar todo lo narrado. La lectura es más cálida y cercana de lo que cabría esperar en estos autores, y desde el primer momento la sensación de verosimilitud está muy lograda, aunque antes de la página 10 ya vemos cómo por ejemplo los pagos por el equivalente a tarjetas de débito eran comunes hace más de siglo y medio. Además, la novela presenta tangencialmente los cambios en el mapa geopolítico del siglo XIX, ejemplificados en una América del Norte desmembrada. En este marco el palentólogo y aventurero Edward Mallory se erige en protagonista absoluto, y la novela gira en torno a una intriga político-informática que se desvela progresivamente en cada iteración.
Por desgracia en seguida empiezan a aparecer capítulos con finales no del todo comprensibles, y por consiguiente el lector no termina de ver hacia dónde quiren llevar la novela los autores. Conforme aumentan las dosis de intriga y suspense y se narran los primeros asesinatos surge la esperanza de que la lectura pueda empezar a remontar el vuelo, pero la tendencia de los autores a "irse por las ramas" con descripciones insulsas y recorridos por Londres no del todo disfrutables para aquellos que no conozcan la capital británica, dicha esperanza se desvanece. Y además, las iteraciones se vuelven cada vez más complejas e irregulares, hasta el peligroso punto en el que el lector llega a la conclusión de que la novela definitivamente carece de rumbo fijo, y queda poco más que a la espera de que a Mallory le vayan aconteciendo las "desgracias".
La narración guarda algunas más sorpresas desagradables: desde la típica escena de sexo que se mete aunque no venga a cuento como en la gran mayoría de los best-sellers, hasta una cantidad considerable de páginas de mera divagación. Al menos conforme nos acercamos al final es claramente apreciable que Gibson y Sterling se han molestado en intentar encajar las distintas piezas de su rompecabezas, acelerando además el ritmo narrativo. Por otra parte, que Mallory fallezca cuando aún queda casi un quinto de la novela supone un inesperado punto a favor. Aunque para poder rematar la novela recurren al siempre discutible recurso de añadir nuevos personajes a poco más de 20 páginas del final. Y el desenlace en sí es muy poco clarificador, hasta el punto de que la coda termina incluyendo pequeños episodios para completar la narración.
En suma, una novela compleja, exigente con el lector, que podía haber dado mucho más de sí en manos de unos escritores que además de un gran derroche imaginativo hubieran tenido una dosis un poco mayor de talento. Y es que no siempre se puede tener todo.
Quizá la principal decepción radique en la diferencia entre lo que habría podido ser esta novela y lo que realmente es. Porque la novela juega con la esperanza del lector, intentando convencerle de que la realidad creada por los autores es fidedigna desde el punto de vista histórico, y prometiendo una cohesión y una intensidad que casi nunca llegan a aparecer. A pesar de que el argumento tiene uno de los mejores puntos de partida que jamás ha tenido una ucronía en la ciencia-ficción: a diferencia de lo que ocurrió en la realidad, el matemático Charles Babbage logró construir su proyectada máquina diferencial, y gracias a la industrialización de Gran Bretaña de ello derivó un adelanto de varias décadas en la aplicación de la computación a las tecnologías de la información, con todo lo que esto supuso. Y todo ello presentado con la máxima apariencia de verosimilitud, intentando acentuar el ambiente industrial del Londres del s. XIX e incluso incorporando varios de los personajes más relevantes de la época (como John Keats o Benjamin Disraeli), aunque con profesiones alteradas. De ahí la etiqueta de steampunk que a menudo se aplica a esta novela.
La novela está estructurada en una serie de partes llamadas iteraciones, con protagonistas cambiantes aunque con un desarrollo cronológico lineal, rematadas por una coda final en la que mediante supuestos extractos periodísticos, recortes de noticias y hasta poemas, los autores intentan aclarar todo lo narrado. La lectura es más cálida y cercana de lo que cabría esperar en estos autores, y desde el primer momento la sensación de verosimilitud está muy lograda, aunque antes de la página 10 ya vemos cómo por ejemplo los pagos por el equivalente a tarjetas de débito eran comunes hace más de siglo y medio. Además, la novela presenta tangencialmente los cambios en el mapa geopolítico del siglo XIX, ejemplificados en una América del Norte desmembrada. En este marco el palentólogo y aventurero Edward Mallory se erige en protagonista absoluto, y la novela gira en torno a una intriga político-informática que se desvela progresivamente en cada iteración.
Por desgracia en seguida empiezan a aparecer capítulos con finales no del todo comprensibles, y por consiguiente el lector no termina de ver hacia dónde quiren llevar la novela los autores. Conforme aumentan las dosis de intriga y suspense y se narran los primeros asesinatos surge la esperanza de que la lectura pueda empezar a remontar el vuelo, pero la tendencia de los autores a "irse por las ramas" con descripciones insulsas y recorridos por Londres no del todo disfrutables para aquellos que no conozcan la capital británica, dicha esperanza se desvanece. Y además, las iteraciones se vuelven cada vez más complejas e irregulares, hasta el peligroso punto en el que el lector llega a la conclusión de que la novela definitivamente carece de rumbo fijo, y queda poco más que a la espera de que a Mallory le vayan aconteciendo las "desgracias".
La narración guarda algunas más sorpresas desagradables: desde la típica escena de sexo que se mete aunque no venga a cuento como en la gran mayoría de los best-sellers, hasta una cantidad considerable de páginas de mera divagación. Al menos conforme nos acercamos al final es claramente apreciable que Gibson y Sterling se han molestado en intentar encajar las distintas piezas de su rompecabezas, acelerando además el ritmo narrativo. Por otra parte, que Mallory fallezca cuando aún queda casi un quinto de la novela supone un inesperado punto a favor. Aunque para poder rematar la novela recurren al siempre discutible recurso de añadir nuevos personajes a poco más de 20 páginas del final. Y el desenlace en sí es muy poco clarificador, hasta el punto de que la coda termina incluyendo pequeños episodios para completar la narración.
En suma, una novela compleja, exigente con el lector, que podía haber dado mucho más de sí en manos de unos escritores que además de un gran derroche imaginativo hubieran tenido una dosis un poco mayor de talento. Y es que no siempre se puede tener todo.
domingo, 17 de febrero de 2013
El final de la Tierra (1988). Frederik Pohl y Jack Williamson
El siguiente título en mi lista de novelas decepcionantes es "El final de la Tierra", la colaboración entre dos de los nombres con una trayectoria más larga y reconocida en el mundo de la ciencia-ficción: Frederik Pohl y Jack Williamson. Decepcionante a pesar de que fue escrita durante la "segunda juventud" de Pohl (Williamson ha estado siempre escribiendo, su creatividad constante merecería una entrada independiente). Pero aunque el punto de partida es interesante (un mundo futuro en el que además de las todopoderosas multinacionales existen prósperas colonias submarinas que dinamizan el comercio, hasta que el cometa Sicara desencadena la catástrofa), casi desde el comienzo fui consciente de que los escritores pretendían describir una historia enormemente compleja. Así que no me sorprendió que la novela tuviera muchos puntos flojos.
Y es que ya el principio es desalentador: los escritores tardan muchísimo en ponernos en situación, tanto que da la impresión de que no tienen definida la línea narrativa. Además, el ambiente existente en Ciudad Atlántica (con sus calamares inteligentes) hace que el buen lector de ciencia-ficción sienta cierto rechazo (en general, a lo largo de la novela se dota a determinados animales tales como calamares, delfines o monos de unas capacidades intelectuales excesivas). Y lo que es peor, la retentiva del lector se ve comprometida con un sinnúmero de personajes, que a menudo Pohl y Williamson ni siquiera se molestan en describir pero que reciben su nombre y apellido, desafiando las más elementales normas narrativas. Y los personajes que sí optan por caracterizar reciben unos rasgos innecesariamente exagerados (Quagger, Marcus...) o demasiado convencionales. Circusntancias que afectan enormemente a la verosimilitud de la novela.
Otros aspectos mejorables son las enigmáticas referencias al Eterno (un ente alienígena que invade la Tierra justo cuando la situación es más caótica), cierto desconocimiento del Español (aunque sea un defecto habitual en Williamson, el uso de nombres como Pepito no ayuda a mejorar la impresión) y, por encima de todo, falta de profundidad, más capacidad de atracción e incluso, si se me permite, más literatura.
No obstante lo anterior, estamos hablando de dos escritores muy experimentados, con lo cual hay suficientes elementos positivos para al menos no abandonar la lectura: la acertada coherencia científica de la novela (salvo por los animales inteligentes) que se hace palpable desde el complejo de las ciudades submarinas hasta la caracterización del temible "Verano Ozónico"; el loable esfuerzo por intentar relatar unos acontecimientos de ámbito planetario; la sensación de soledad y de "vuelta a empezar" que preside cuanto sucede en los antiguos EEUU; el interés por la humanidad que muestra Ron Tregarth (uno de los habitantes de Ciudad Atlántica); y en especial la reflexión final, en la cual se apuesta claramente por una vida finita frente a la opción de una eternidad impersonal.
Concluyendo, la suma de dos escritores reconocidos no siempre da lugar a una obra mejor que la que escribirían cada uno de ellos por separado, y eso es lo que sucede con "El final de la Tierra". Quizá Pohl (controvertido, siempre actual) y Williamson (clásico, con un toque adolescente) no sean dos escritores lo suficientemente afines como para escribir juntos. O quizá no se complementaron adecuadamente. Lo que sí está claro es que tampoco ellos debieron quedar completamente satisfechos, pues nunca más volvieron a colaborar.
Y es que ya el principio es desalentador: los escritores tardan muchísimo en ponernos en situación, tanto que da la impresión de que no tienen definida la línea narrativa. Además, el ambiente existente en Ciudad Atlántica (con sus calamares inteligentes) hace que el buen lector de ciencia-ficción sienta cierto rechazo (en general, a lo largo de la novela se dota a determinados animales tales como calamares, delfines o monos de unas capacidades intelectuales excesivas). Y lo que es peor, la retentiva del lector se ve comprometida con un sinnúmero de personajes, que a menudo Pohl y Williamson ni siquiera se molestan en describir pero que reciben su nombre y apellido, desafiando las más elementales normas narrativas. Y los personajes que sí optan por caracterizar reciben unos rasgos innecesariamente exagerados (Quagger, Marcus...) o demasiado convencionales. Circusntancias que afectan enormemente a la verosimilitud de la novela.
Otros aspectos mejorables son las enigmáticas referencias al Eterno (un ente alienígena que invade la Tierra justo cuando la situación es más caótica), cierto desconocimiento del Español (aunque sea un defecto habitual en Williamson, el uso de nombres como Pepito no ayuda a mejorar la impresión) y, por encima de todo, falta de profundidad, más capacidad de atracción e incluso, si se me permite, más literatura.
No obstante lo anterior, estamos hablando de dos escritores muy experimentados, con lo cual hay suficientes elementos positivos para al menos no abandonar la lectura: la acertada coherencia científica de la novela (salvo por los animales inteligentes) que se hace palpable desde el complejo de las ciudades submarinas hasta la caracterización del temible "Verano Ozónico"; el loable esfuerzo por intentar relatar unos acontecimientos de ámbito planetario; la sensación de soledad y de "vuelta a empezar" que preside cuanto sucede en los antiguos EEUU; el interés por la humanidad que muestra Ron Tregarth (uno de los habitantes de Ciudad Atlántica); y en especial la reflexión final, en la cual se apuesta claramente por una vida finita frente a la opción de una eternidad impersonal.
Concluyendo, la suma de dos escritores reconocidos no siempre da lugar a una obra mejor que la que escribirían cada uno de ellos por separado, y eso es lo que sucede con "El final de la Tierra". Quizá Pohl (controvertido, siempre actual) y Williamson (clásico, con un toque adolescente) no sean dos escritores lo suficientemente afines como para escribir juntos. O quizá no se complementaron adecuadamente. Lo que sí está claro es que tampoco ellos debieron quedar completamente satisfechos, pues nunca más volvieron a colaborar.
domingo, 3 de febrero de 2013
Neuromante (1984). William Gibson
Mi siguiente novela en mi lista de títulos decepcionantes es la multipremiada "Neuromante", primera novela de William Gibson e iniciadora del denominado cyber-punk, uno de los subgéneros de la ciencia-ficción más cultivados en las últimas décadas. Es uno de esos libros que marcó en su momento la ciencia-ficción, por lo cual para muchos críticos es de lectura imprescindible. Hay que entender que en 1983 conceptos como ciberespacio, realidad virtual, implantes o chips eran aún minoritarios, y esta novela fue la primera en incorporarlos a la ciencia-ficción. Eso y la certera visión de muchos de los graves problemas que esperaban a la humanidad en las próximas décadas le granjearon una fama enorme. Sin embargo, si nos abstraemos de lo que representó en su momento y nos enfrentamos con ella por primera vez en este 2013, saldremos defraudados.
Es una novela tan complicada de seguir que para sintetizar mínimamente su argumento he tenido que recurrir a la ayuda de varias publicaciones especializadas: Henry Dorret Case es un "vaquero de consola" (una especie de pirata informático capaz de conectarse al ciberespacio para robar información), a quien se le ha mutilado su habilidad. Hasta que surge el inclasificable Armitage, que se encarga de curarlo a cambio de su colaboración en unos turbios asuntos, y su guardaespaldas-samurai, una mujer llamada Molly. A partir de ahí sus aventuras los llevan por varias ciudades de una Tierra sucia decadente y contaminada, y de ahí a una extraña ciudad espacial dominada por un clan cuyos fantasmales miembros prefieren clonarse o congelarse durante años.
La ambientación creada por Gibson es quizá, junto a su carácter de precursora, lo mejor de "Neuromante". De hecho, recuerda a veces a la de Philip K. Dick (opresiva, negativa, urbana y con un trasfondo oriental). Eso sí, literariamente no raya a la misma altura: con frecuencia las conversaciones son entrecortadas, y la prosa es florida y tan abundante en términos desconocidos que dificultan la lectura. Y además, la trama es prolija en ramificaciones y saltos de realidad, lo que causa que aproximadamente hacia la mitad de la novela el lector desista de comprender lo que se le está narrando y se limite sin más a seguir la lectura. Sin por ejemplo cuestionarse por qué Molly y Case prosiguen con su parte de la misión encargada por Armitage, si éste ya no está para dirigirlos y obligarles.
Otros defectos de la novela derivan de ese carácter precursor que Gibson quiso que impregnara a toda costa su novela. Por ejemplo, su obsesión porque todos sus personajes se droguen no es en absoluto relevante para la narración. O el cuestionable papel que concede al elemento científico tal cual se espera en una novela de ciencia-ficción (así, respecto a los miembros del clan que se congelan dice "Aquí no se trata de perforar o inyectar, sino de entrar en interfase con el hielo, tan lentamente que el hielo no se da cuenta"...). O un deselance decepcionante, más alegórico que clarificador, tanto que da la impresión que Gibson intenta aclarar en la Coda con la que cierra finalmente la novela.
En suma, demasiados inconvenientes como para recomendar su lectura. De hecho, Gibson extendió el universo de la novela original en otras dos novelas (Conde Cero y Mona Lisa Acelerada), conformando así la llamada Trilogía del Sprawl, pero como pueden deducir de esta reseña, no me he animado a leerlas. Y es que en mi opinión la máxima aspiración de cualquier obra de arte debe ser que sea capaz de sobrevivir a la época en que se escribió para poder ser apreciada en otras épocas. Cosa que, pienso yo, con "Neuromante" no sucede.
Es una novela tan complicada de seguir que para sintetizar mínimamente su argumento he tenido que recurrir a la ayuda de varias publicaciones especializadas: Henry Dorret Case es un "vaquero de consola" (una especie de pirata informático capaz de conectarse al ciberespacio para robar información), a quien se le ha mutilado su habilidad. Hasta que surge el inclasificable Armitage, que se encarga de curarlo a cambio de su colaboración en unos turbios asuntos, y su guardaespaldas-samurai, una mujer llamada Molly. A partir de ahí sus aventuras los llevan por varias ciudades de una Tierra sucia decadente y contaminada, y de ahí a una extraña ciudad espacial dominada por un clan cuyos fantasmales miembros prefieren clonarse o congelarse durante años.
La ambientación creada por Gibson es quizá, junto a su carácter de precursora, lo mejor de "Neuromante". De hecho, recuerda a veces a la de Philip K. Dick (opresiva, negativa, urbana y con un trasfondo oriental). Eso sí, literariamente no raya a la misma altura: con frecuencia las conversaciones son entrecortadas, y la prosa es florida y tan abundante en términos desconocidos que dificultan la lectura. Y además, la trama es prolija en ramificaciones y saltos de realidad, lo que causa que aproximadamente hacia la mitad de la novela el lector desista de comprender lo que se le está narrando y se limite sin más a seguir la lectura. Sin por ejemplo cuestionarse por qué Molly y Case prosiguen con su parte de la misión encargada por Armitage, si éste ya no está para dirigirlos y obligarles.
Otros defectos de la novela derivan de ese carácter precursor que Gibson quiso que impregnara a toda costa su novela. Por ejemplo, su obsesión porque todos sus personajes se droguen no es en absoluto relevante para la narración. O el cuestionable papel que concede al elemento científico tal cual se espera en una novela de ciencia-ficción (así, respecto a los miembros del clan que se congelan dice "Aquí no se trata de perforar o inyectar, sino de entrar en interfase con el hielo, tan lentamente que el hielo no se da cuenta"...). O un deselance decepcionante, más alegórico que clarificador, tanto que da la impresión que Gibson intenta aclarar en la Coda con la que cierra finalmente la novela.
En suma, demasiados inconvenientes como para recomendar su lectura. De hecho, Gibson extendió el universo de la novela original en otras dos novelas (Conde Cero y Mona Lisa Acelerada), conformando así la llamada Trilogía del Sprawl, pero como pueden deducir de esta reseña, no me he animado a leerlas. Y es que en mi opinión la máxima aspiración de cualquier obra de arte debe ser que sea capaz de sobrevivir a la época en que se escribió para poder ser apreciada en otras épocas. Cosa que, pienso yo, con "Neuromante" no sucede.
domingo, 30 de diciembre de 2012
Radix (1981). A. A. Attanasio
En mi revisión de novelas decepcionantes estoy alternando clásicos del género o novelas multipremiadas con otros libros menos (re)conocidos por el gran público. Dentro de estos últimos se incluye "Radix", la novela más famosa de Alfred A. Attanasio. Un nombre que a muchos de mis lectores no les dirá nada, pero que al comienzo de la década de los 80 se presentaba como uno de los autores más prometedores del género. De hecho, esta novela fue finalista del Premio Nébula, y a lo largo de los años dio lugar a nada menos que 3 secuelas, hasta conformar una tetralogía que buena parte de los críticos europeos defiende como uno de las mejores sagas de las últimas décadas. Y que el crítico Gerard Klein afrimaba que "Attanasio marcaría los años 80 con Radix tanto como Frank Herbert había marcado los 70 con Dune". Obviamente no comparto su opinión, y creo que los años me han dado la razón, ya que "Radix" es una novela demasiado desmesurada para resultar disfrutable para el gran público.
Y eso que el punto de partida de la novela es relativamente simple: La Tierra entra en La Línea, un rayo de energía radiante procedente del centro de la galaxia que la altera para siempre. Ello provoca que la humanidad se distorsione en diversas formas, y surja una nueva consciencia más amplia, que incluye extraterrestres procedentes de los abismos del tiempo que se encarnan en seres humanos. Attanasio despliega una imaginación desbordante, creando todo un Universo de formas, costumbres, criaturas... Es cierto que se permite algunas licencias de tipo fantástico, pero sin desdeñar la ciencia como respaldo subyacente a sus invenciones.
De hecho, Attanasio nos muestra conceptos muy atrayentes, como la ocupación de los extraterrestres Voor o la forma como la Tierra es alterada, pero desgraciamente lo que los preside es su ambigüedad: tanto recurre a giros y metáforas que muchas veces el lector no sabe discernir cuándo algo que se le está contando es real. Además, la sucesión de acontecimientos no siempre es la idónea, puesto que a muchos personajes se les "pierde la pista" demasiado tiempo y hay algunos retrocesos temporales bastante inoportunos. Aunque puestos a ensalzar algún aspecto, quizá la parte cruel y vengativa de Sumner Kagan, el rebelde protagonista de la novela, sea la más conseguida.
Sin embargo, hasta los mayores aciertos son distorsionados por una prosa tan difícl como incomprensible. Cierto es que, como ya he dicho, el libro es complejo y los conceptos lo son más (existen tres apéndices al final para intentar ayudar al lector), pero Attanasio fatiga al lector con un lenguaje recargado hasta la saciedad, retardando innecesariamente cualquier acontecimiento. Jamás había leído tantas y tan innecesarias referencias a la luna, a las nubes, al sol, a la bruma. Ni tantas comparaciones fuera de lugar, cuando no absurdas. Ni tantos calificativos inadecuados incluso en un sentido meramente metafórico (y no es cuestión de la traducción).
Defectos como los mencionados nunca son soslayables, pero en una novela de 600 páginas son poco menos que inadmisibles. Y son la causa de que la fatiga presidiera la lectura de la tercera parte de la novela, hasta el extremo de que en ocasiones me tuviera que forzar conscientemente a seguir con la lectura. Y que explican que el resto de la tetralogía esté aún inédito en España. Una lástima, pues la novela pudo haber dado mucho más de sí.
Y eso que el punto de partida de la novela es relativamente simple: La Tierra entra en La Línea, un rayo de energía radiante procedente del centro de la galaxia que la altera para siempre. Ello provoca que la humanidad se distorsione en diversas formas, y surja una nueva consciencia más amplia, que incluye extraterrestres procedentes de los abismos del tiempo que se encarnan en seres humanos. Attanasio despliega una imaginación desbordante, creando todo un Universo de formas, costumbres, criaturas... Es cierto que se permite algunas licencias de tipo fantástico, pero sin desdeñar la ciencia como respaldo subyacente a sus invenciones.
De hecho, Attanasio nos muestra conceptos muy atrayentes, como la ocupación de los extraterrestres Voor o la forma como la Tierra es alterada, pero desgraciamente lo que los preside es su ambigüedad: tanto recurre a giros y metáforas que muchas veces el lector no sabe discernir cuándo algo que se le está contando es real. Además, la sucesión de acontecimientos no siempre es la idónea, puesto que a muchos personajes se les "pierde la pista" demasiado tiempo y hay algunos retrocesos temporales bastante inoportunos. Aunque puestos a ensalzar algún aspecto, quizá la parte cruel y vengativa de Sumner Kagan, el rebelde protagonista de la novela, sea la más conseguida.
Sin embargo, hasta los mayores aciertos son distorsionados por una prosa tan difícl como incomprensible. Cierto es que, como ya he dicho, el libro es complejo y los conceptos lo son más (existen tres apéndices al final para intentar ayudar al lector), pero Attanasio fatiga al lector con un lenguaje recargado hasta la saciedad, retardando innecesariamente cualquier acontecimiento. Jamás había leído tantas y tan innecesarias referencias a la luna, a las nubes, al sol, a la bruma. Ni tantas comparaciones fuera de lugar, cuando no absurdas. Ni tantos calificativos inadecuados incluso en un sentido meramente metafórico (y no es cuestión de la traducción).
Defectos como los mencionados nunca son soslayables, pero en una novela de 600 páginas son poco menos que inadmisibles. Y son la causa de que la fatiga presidiera la lectura de la tercera parte de la novela, hasta el extremo de que en ocasiones me tuviera que forzar conscientemente a seguir con la lectura. Y que explican que el resto de la tetralogía esté aún inédito en España. Una lástima, pues la novela pudo haber dado mucho más de sí.
martes, 25 de diciembre de 2012
Serpiente del sueño (1978). Vonda N. McIntyre
Mi siguiente título en mi lista de novelas decepcionante es la obra más famosa de Vonda N. McIntyre. Un libro que recibió los mayores galardones del género (Premios Hugo y Nébula), reconocimientos que, para ser sincero, no termino de entender más que por el bajo nivel de las otras novelas finalistas (la cosecha de 1978 no fue particularmente fecunda para el género). Voy a intentar explicar por qué se trata en mi opinión de una lectura prescindible.
Basada en un relato de la misma autora ya galardonado con el Nébula en 1973, "Serpiente del sueño" narra el periplo de una sanadora (que se llama a sí misma Serpiente, pues utiliza animales alterados genéticamente para sus curaciones), por un escenario postapocalíptico desvastado, en el que apenas sobreviven muestras de la antigua ciencia. Un punto de partida interesante y adecuado a la expansión feminista que vivió el género a raíz de los éxitos cosechados por Ursula K. LeGuin en los primero 70, como lo evidencia que la mayoría de las figuras de autoridad que aparecen en las novelas son femeninas.
Por eso, sabedor de que ese enfoque feminista podía poner en riesgo el componente científico de la trama, durante los primeros capítulos esperé ávidamente la aportación de la ciencia a la novela. En vano, no existe: "Serpiente del sueño" es solamente una novela de ficción, con lo que para mí su inclusión en el género es más que cuestionable. Pero es que además a lo largo del libro ni siquiera pude establecer cuestiones tan elementales como el lugar de desarrollo, la época en la que acontecía, ni mucho menos una sinopsis que de manera más o menos satisfactoria explicara cómo se había llegado a la "situación actual". Este tipo de carencias pueden ser admisibles en un relato como el que dio origen a esta novela, pero no en una obra de esta extensión, puesto que así toda la narración se simplifica muchísimo y la profundidad de la trama se resiente. De hecho, al terminar la narración apenas somos conscientes de la existencia de unos alienígenas y de un pretérito cataclismo nuclear.
Así pues, conforme avanzaban los capítulos sin satisfacer estas cuestiones, me resigné a leer una novela de aventuras más o menos bien llevada. Pero ni eso. La trama es deslavazada, como lo prueba la existencia de abundantes personajes irrelevantes para la acción y de cabos sueltos (a modo de ejemplo: ¿cuál es la razón de ser de Gabriel o Jesse?). Además, en ningún momento se aprecia un objetivo claro en las peripecias de serpiente; las páginas se pasan por pura inercia, y ello conlleva que el desenlace deje indiferente.
Por otra parte, el estilo literario es un tanto irregular, a veces académico en exceso y otras innecesariamente vulgar. Y para terminar de rematar la situación, cuando termina la lectura el lector no encuentra una moraleja, una conclusión, ni tan siquiera una idea que le haya permitido reflexionar. Con lo cual estamos ante una novela que a duras penas cumple con su cometido de entretener, muy alejada por tanto de la literatura de ideas a la que supuestamente pertenece.
Basada en un relato de la misma autora ya galardonado con el Nébula en 1973, "Serpiente del sueño" narra el periplo de una sanadora (que se llama a sí misma Serpiente, pues utiliza animales alterados genéticamente para sus curaciones), por un escenario postapocalíptico desvastado, en el que apenas sobreviven muestras de la antigua ciencia. Un punto de partida interesante y adecuado a la expansión feminista que vivió el género a raíz de los éxitos cosechados por Ursula K. LeGuin en los primero 70, como lo evidencia que la mayoría de las figuras de autoridad que aparecen en las novelas son femeninas.
Por eso, sabedor de que ese enfoque feminista podía poner en riesgo el componente científico de la trama, durante los primeros capítulos esperé ávidamente la aportación de la ciencia a la novela. En vano, no existe: "Serpiente del sueño" es solamente una novela de ficción, con lo que para mí su inclusión en el género es más que cuestionable. Pero es que además a lo largo del libro ni siquiera pude establecer cuestiones tan elementales como el lugar de desarrollo, la época en la que acontecía, ni mucho menos una sinopsis que de manera más o menos satisfactoria explicara cómo se había llegado a la "situación actual". Este tipo de carencias pueden ser admisibles en un relato como el que dio origen a esta novela, pero no en una obra de esta extensión, puesto que así toda la narración se simplifica muchísimo y la profundidad de la trama se resiente. De hecho, al terminar la narración apenas somos conscientes de la existencia de unos alienígenas y de un pretérito cataclismo nuclear.
Así pues, conforme avanzaban los capítulos sin satisfacer estas cuestiones, me resigné a leer una novela de aventuras más o menos bien llevada. Pero ni eso. La trama es deslavazada, como lo prueba la existencia de abundantes personajes irrelevantes para la acción y de cabos sueltos (a modo de ejemplo: ¿cuál es la razón de ser de Gabriel o Jesse?). Además, en ningún momento se aprecia un objetivo claro en las peripecias de serpiente; las páginas se pasan por pura inercia, y ello conlleva que el desenlace deje indiferente.
Por otra parte, el estilo literario es un tanto irregular, a veces académico en exceso y otras innecesariamente vulgar. Y para terminar de rematar la situación, cuando termina la lectura el lector no encuentra una moraleja, una conclusión, ni tan siquiera una idea que le haya permitido reflexionar. Con lo cual estamos ante una novela que a duras penas cumple con su cometido de entretener, muy alejada por tanto de la literatura de ideas a la que supuestamente pertenece.
jueves, 6 de diciembre de 2012
El hijo del hombre (1971). Robert Silverberg
Robert Silverberg es uno de mis escritores de ciencia-ficción favoritos. Y "El hijo del hombre" es uno de sus libros predilectos. Con estas premisas tenía grandes expectativas puestas en esta novela. Expectativas que cuando por fin me hice con ella se vieron completamente defraudadas. Más fantasía que ciencia-ficción, se trata de una novela menor dentro de su periodo de mayor fecundidad literaria, con sólo algunos momentos de brillantez.
No es la primera vez que admito en este blog mi escasa estima por la fantasía, que novelas como ésta refuerzan. El "todo vale" que a menudo preside esta obra provoca un continuo de situaciones que cristalizan y se desvanecen sin razón aparente, con un nocivo aire de banalidad, cuando no de absoluta imposibilidad. Los personajes son mayoritariamente insustanciales (en particular el grupo de deslizadores: Hanmer, Ninameen, Brill...) y casi nunca proporcionan al lector respuestas satisfactorias. De hecho, los diálogos transitan entre lo pretendidamente enigmático y lo incuestionablemente absurdo. Y si a este mediocre argamasa no le añadimos al menos un poco de acción, queda clara mi impresión final.
Y eso que el viaje iniciático-psicodélico que emprende Clay por diversos parajes de alto contenido metafórico debería constituir un pilar más que sólido para crear una novela de calidad. Pero aparte de la ya conocida habilidad narrativa de Silverberg, hay pocos aciertos. Posiblemente los dos dignos de mención sean las propuestas sobre la evolución humana a lo largo de los milenios (Respiradores, Devoradores, Esperadores, Destructores e Intercesores, hasta llegar a los todopoderosos Deslizadores), interesantes aunque sin apenas base científica, y el recorrido expiatorio del Hijo del Hombre por los lugares abstractos Hielo (con sus inagotables Destructores), Fuego, Pesado, Lento, Vacío y Oscuro, unas tribulaciones que consiguen espabilar durante unas páginas al apático lector.
En ocasiones tuve la impresión de la novela es poco menos que caótica a propósito. Porque si la analizamos objetivamente, veremos que hay nada menos que cinco ritos insertados a intervalos regulares (Abertura de la Tierra, Alzamiento del Mar, Afirmamiento de la Oscuridad, Relleno de los Valles y Moldeado del Cielo) lo que evidencia un armazón que podría pasar desapercibido. Y leyendo entre líneas podemos encontrar los probables objetivos de Silverberg al escribir esta obra: por una parte, el cuestionamiento y la relativización de los iconos y mitos culturales que veneramos en nuestro tiempo; y por otra, las reflexiones sobre el sentido de la vida y la muerte para los dos sexos: su transitoriedad, la relevancia de los sueños, la perdurabilidad de los objetos... En algunos momentos, parece que estemos ante un ensayo.
Desgraciademente, los abundantes defectos de la obra prevalecen a la hora de valorarla. Y es que además de los ya expuestos, incomodan las incontables e innecesarias referencias eróticas (erecciones, eyaculaciones, episodios y comentarios subidos de tono...), fatigan algunos capítulos (especialmente el 13, que desborda la capacidad de asimilación del lector, y el 25, metafórico hasta el absurdo), y decepciona el desenlace, pues Silverberg desaprovecha la visita de Clay al Pozo de las Primeras Cosas, asumiendo de manera un tanto fallida el dolor y la muerte de toda la humanidad, como el Hijo del Hombre de Galilea.
En suma, Silverberg tiene un montón de obras recomendables, pero ésta es sin duda una lectura prescindible.
No es la primera vez que admito en este blog mi escasa estima por la fantasía, que novelas como ésta refuerzan. El "todo vale" que a menudo preside esta obra provoca un continuo de situaciones que cristalizan y se desvanecen sin razón aparente, con un nocivo aire de banalidad, cuando no de absoluta imposibilidad. Los personajes son mayoritariamente insustanciales (en particular el grupo de deslizadores: Hanmer, Ninameen, Brill...) y casi nunca proporcionan al lector respuestas satisfactorias. De hecho, los diálogos transitan entre lo pretendidamente enigmático y lo incuestionablemente absurdo. Y si a este mediocre argamasa no le añadimos al menos un poco de acción, queda clara mi impresión final.
Y eso que el viaje iniciático-psicodélico que emprende Clay por diversos parajes de alto contenido metafórico debería constituir un pilar más que sólido para crear una novela de calidad. Pero aparte de la ya conocida habilidad narrativa de Silverberg, hay pocos aciertos. Posiblemente los dos dignos de mención sean las propuestas sobre la evolución humana a lo largo de los milenios (Respiradores, Devoradores, Esperadores, Destructores e Intercesores, hasta llegar a los todopoderosos Deslizadores), interesantes aunque sin apenas base científica, y el recorrido expiatorio del Hijo del Hombre por los lugares abstractos Hielo (con sus inagotables Destructores), Fuego, Pesado, Lento, Vacío y Oscuro, unas tribulaciones que consiguen espabilar durante unas páginas al apático lector.
En ocasiones tuve la impresión de la novela es poco menos que caótica a propósito. Porque si la analizamos objetivamente, veremos que hay nada menos que cinco ritos insertados a intervalos regulares (Abertura de la Tierra, Alzamiento del Mar, Afirmamiento de la Oscuridad, Relleno de los Valles y Moldeado del Cielo) lo que evidencia un armazón que podría pasar desapercibido. Y leyendo entre líneas podemos encontrar los probables objetivos de Silverberg al escribir esta obra: por una parte, el cuestionamiento y la relativización de los iconos y mitos culturales que veneramos en nuestro tiempo; y por otra, las reflexiones sobre el sentido de la vida y la muerte para los dos sexos: su transitoriedad, la relevancia de los sueños, la perdurabilidad de los objetos... En algunos momentos, parece que estemos ante un ensayo.
Desgraciademente, los abundantes defectos de la obra prevalecen a la hora de valorarla. Y es que además de los ya expuestos, incomodan las incontables e innecesarias referencias eróticas (erecciones, eyaculaciones, episodios y comentarios subidos de tono...), fatigan algunos capítulos (especialmente el 13, que desborda la capacidad de asimilación del lector, y el 25, metafórico hasta el absurdo), y decepciona el desenlace, pues Silverberg desaprovecha la visita de Clay al Pozo de las Primeras Cosas, asumiendo de manera un tanto fallida el dolor y la muerte de toda la humanidad, como el Hijo del Hombre de Galilea.
En suma, Silverberg tiene un montón de obras recomendables, pero ésta es sin duda una lectura prescindible.
sábado, 17 de noviembre de 2012
Los ojos de Heisenberg (1966). Frank Herbert
En mi progresivo acercamiento al apasionante género de la ciencia-ficción, siempre he preferido bucear en los universos particulares de los escritores antes que limitarme a una sucesión de títulos más o menos inconexos. Por eso me llamaba la atención el caso de Frank Herbert: un escritor universalmente conocido (no en vano "Dune" (1965) es la novela de ciencia-ficción más leída de la historia, y uno de mis 15 títulos esenciales), que aparentemente no llegó a escribir nada más digno de mención. Y como me resulta difícil de aceptar la teoría de un escritor que escribe en una única ocasión por encima de sus posibilidades, hace unos años adquirí "Los Ojos de Heisenberg" (1966). Bueno, por eso pero también porque se publicó apenas un año después de Dune, es decir, en el supuesto cenit de su creatividad.
Que esta novela figure en mi lista de títulos decepcionantes no se debe al tema que trata: una interesante especulación sobre la manipulación genética de los seres humanos, que sin presentarse como ciencia-ficción hard, sí consigue que el componente científico se trate con un adecuado rigor. La humanidad (según nos la presenta Herbert) está gobernada por los Optimen (seres genéticamente perfectos, de gran longevidad, pero que no pueden sentir emociones fuertes ni procrear y que mantienen el control de la fertilidad de las clases medias mediante un gas anticonceptivo). Frente a ellos se encuentran los Cyborgs, que paulatinamente han ido sustituyendo sus partes humanas por implantes electrónicos, hasta convertirse en máquinas carentes de sentimientos. Y entre ambos, los humanos convencionales, a los que sólo ocasionalmente se conceden permisos de reproducción. Es el caso del matrimonio Durant.
Dividida en tres partes no explícitamente diferenciadas pero claramente distinguibles, Herbert nos muestra en la primera parte cómo los cirujanos encargados de modificar los embriones (Sveengard y Potter) se encuentran con que el embrión es un Optimen potencial. Y es precisamente aquí donde la novela empieza a flaquear: mientras que en la primera parte Potter lleva la voz cantante y Svengaard es un mero ayudante, en la segunda Sveengard se convierte en protagonista y Potter desaparece, haciendo que el lector se desoriente y no llegue a identificarse con ellos.
Esa sensación de alejamiento aumenta conforme avanzan los capítulos, haciendo que la lectura se haga más pesada y se pierda buena parte del interés. No hay un marco escénico convincente, muchos de los personajes son mero "cartón", no queda claro que exista una lógica narrativa. Además, el componente científico pasa gradualmente a un segundo plano y se sustituye por especulaciones en su mayoría ya conocidas sobre el futuro de una sociedad completamente vigilada y jerarquizada. Si bien es cierto que la tercera parte del libro (aproximadamente el último tercio del libro) resulta un poco más intensa e interesante, más porque el lector tenaz consigue adaptarse al irregular universo ideado por Herbert que porque la novela mejore realmente.
En suma, "Los ojos de Heisenberg" es poco más que una lista de promesas incumplidas, aliñada con algunos interesantes aspectos científicos y buenos detalles filosóficos más adecuados para un ensayo que para una novela. Así que no es de extrañar que su publicación no hiciera sombra alguna a la descollante "Dune".
Que esta novela figure en mi lista de títulos decepcionantes no se debe al tema que trata: una interesante especulación sobre la manipulación genética de los seres humanos, que sin presentarse como ciencia-ficción hard, sí consigue que el componente científico se trate con un adecuado rigor. La humanidad (según nos la presenta Herbert) está gobernada por los Optimen (seres genéticamente perfectos, de gran longevidad, pero que no pueden sentir emociones fuertes ni procrear y que mantienen el control de la fertilidad de las clases medias mediante un gas anticonceptivo). Frente a ellos se encuentran los Cyborgs, que paulatinamente han ido sustituyendo sus partes humanas por implantes electrónicos, hasta convertirse en máquinas carentes de sentimientos. Y entre ambos, los humanos convencionales, a los que sólo ocasionalmente se conceden permisos de reproducción. Es el caso del matrimonio Durant.
Dividida en tres partes no explícitamente diferenciadas pero claramente distinguibles, Herbert nos muestra en la primera parte cómo los cirujanos encargados de modificar los embriones (Sveengard y Potter) se encuentran con que el embrión es un Optimen potencial. Y es precisamente aquí donde la novela empieza a flaquear: mientras que en la primera parte Potter lleva la voz cantante y Svengaard es un mero ayudante, en la segunda Sveengard se convierte en protagonista y Potter desaparece, haciendo que el lector se desoriente y no llegue a identificarse con ellos.
Esa sensación de alejamiento aumenta conforme avanzan los capítulos, haciendo que la lectura se haga más pesada y se pierda buena parte del interés. No hay un marco escénico convincente, muchos de los personajes son mero "cartón", no queda claro que exista una lógica narrativa. Además, el componente científico pasa gradualmente a un segundo plano y se sustituye por especulaciones en su mayoría ya conocidas sobre el futuro de una sociedad completamente vigilada y jerarquizada. Si bien es cierto que la tercera parte del libro (aproximadamente el último tercio del libro) resulta un poco más intensa e interesante, más porque el lector tenaz consigue adaptarse al irregular universo ideado por Herbert que porque la novela mejore realmente.
En suma, "Los ojos de Heisenberg" es poco más que una lista de promesas incumplidas, aliñada con algunos interesantes aspectos científicos y buenos detalles filosóficos más adecuados para un ensayo que para una novela. Así que no es de extrañar que su publicación no hiciera sombra alguna a la descollante "Dune".
domingo, 28 de octubre de 2012
El mundo sumergido (1962). J.G. Ballard
Mi siguiente título en la lista de novelas decepcionantes es "El mundo sumergido" de J.G. Ballard. Es una novela de su primera época, que se encuadra en su ciclo de novelas post-apolípticas. Ballard fue uno de los máximos exponentes de la New Wave, el movimiento que en cierta medida revolucionó la literatura de ciencia-ficción en los años 60. Ya hace tiempo reseñé una novela de dicho movimiento ("El mundo invertido") en mi lista de libros personalísimamente favoritos. Pero desgraciadamente la novela de Ballard no contiene apenas rastro de las virtudes de dicho movimiento, y sí muchos de sus principales defectos. Lo cual a mi modo de ver lastra la impresión final del lector.
Y el caso es que la idea de partida (el anegamiento en un futuro no muy lejano de buena parte de la superficie terrestre, y la adaptación a este entorno de los humanos supervivientes) es atrayente. Además, el tratamiento científico de esta catástrofe es razonablemente riguroso, y el comienzo nos muestra un elenco de personajes bien elegidos que se mueven en un entorno tan opresivo como fascinante. Pero en seguida el lector descubre que Ballard no parece particularmente interesado en aprovechar todos los elementos de los que dispone, sino que se limita a profundizar en el mundo interior neurótico de Robert Kerans, el biológo que Ballard escoge como protagonista absoluto.
Probablemente por este enfoque Ballard se ve obligado a ralentizar el ritmo de los acontecimientos. Además, las páginas empiezan a poblarse de las descripciones reiterativas de los paisajes anegados, abusando de símiles barrocos y una prosa un tanto cursi que termina por fatigar. La aparición de Strangman (el extravagante líder de un grupo de saqueadores), con su difícilmente aceptable carga de maldad, no contribuye a mejorar la situación, sino que incluso difumina el supuesto viaje iniciático interior del protagonista en aras de una innecesaria crueldad.
En el tramo final, ni la aparición supuestamente salvadora del coronel Riggs y sus hombres ni el desesperado viaje hacia el sur de Kerans sorprenden realmente al lector, sino que más bien hacen que éste se dé cuenta de que Ballard no ha aprovechado para visitar otros lugares distintos de Londres, ni otros grupos de personajes, ni siquiera para mostrarnos cómo se han organizado las distintas sociedades para afrontar semejante panorama. Si a esto le sumamos descripciones a menudo confusas y una traducción (a cargo de Francisco Abelenda) solamente mediocre, la sensación final que queda es la de una gran oportunidad perdida.
Debo señalar que antes de "El mundo sumergido" no había leído nada de Ballard, pero tras leerlo dudo que vuelva a leer otra obra suya, pues el género de la ciencia-ficción está lleno de novelas rebosantes de ideas ingeniosas bien aprovechadas, entre las que sin duda no se encuentra ésta.
Y el caso es que la idea de partida (el anegamiento en un futuro no muy lejano de buena parte de la superficie terrestre, y la adaptación a este entorno de los humanos supervivientes) es atrayente. Además, el tratamiento científico de esta catástrofe es razonablemente riguroso, y el comienzo nos muestra un elenco de personajes bien elegidos que se mueven en un entorno tan opresivo como fascinante. Pero en seguida el lector descubre que Ballard no parece particularmente interesado en aprovechar todos los elementos de los que dispone, sino que se limita a profundizar en el mundo interior neurótico de Robert Kerans, el biológo que Ballard escoge como protagonista absoluto.
Probablemente por este enfoque Ballard se ve obligado a ralentizar el ritmo de los acontecimientos. Además, las páginas empiezan a poblarse de las descripciones reiterativas de los paisajes anegados, abusando de símiles barrocos y una prosa un tanto cursi que termina por fatigar. La aparición de Strangman (el extravagante líder de un grupo de saqueadores), con su difícilmente aceptable carga de maldad, no contribuye a mejorar la situación, sino que incluso difumina el supuesto viaje iniciático interior del protagonista en aras de una innecesaria crueldad.
En el tramo final, ni la aparición supuestamente salvadora del coronel Riggs y sus hombres ni el desesperado viaje hacia el sur de Kerans sorprenden realmente al lector, sino que más bien hacen que éste se dé cuenta de que Ballard no ha aprovechado para visitar otros lugares distintos de Londres, ni otros grupos de personajes, ni siquiera para mostrarnos cómo se han organizado las distintas sociedades para afrontar semejante panorama. Si a esto le sumamos descripciones a menudo confusas y una traducción (a cargo de Francisco Abelenda) solamente mediocre, la sensación final que queda es la de una gran oportunidad perdida.
Debo señalar que antes de "El mundo sumergido" no había leído nada de Ballard, pero tras leerlo dudo que vuelva a leer otra obra suya, pues el género de la ciencia-ficción está lleno de novelas rebosantes de ideas ingeniosas bien aprovechadas, entre las que sin duda no se encuentra ésta.
sábado, 13 de octubre de 2012
Puerta al verano (1957). Robert A. Heinlein
Mi siguiente título en la lista de novelas de decepcionantes es una conocida obra de Robert A. Heinlein. No trato con esta reseña de crear una polémica injustificada: a pesar del tiempo transcurrido, Heinlein me sigue pareciendo uno de los autores fundamentales del género, como lo prueba que hace más de un año seleccionara "Amos de títeres" en mi lista de 15 títulos esenciales para conocer el género. Ahora bien, no todas sus obras rayan a la misma altura, y en mi opinión "Puerta al verano" es una novela mediocre, sostenida en esencia por la conocida habilidad narrativa de Heinlein y unas cuantas ideas brillantes (aunque a menudo confusas).
De hecho, su principal virtud ya la da por supuesta el conocedor de la obra de Heinlein: esa prosa personalísima que atrapa al lector con habilidad, plagada de guiños al lector, sarcasmos, metáforas irónicas y referencias sugerentes. Todo gira en torno a Danny B. Davis, el ingeniero protagonista, un personaje tan arquetípico de Heinlein como inverosímil: de haber existido alguien tan brillante como Danny, habría sido de lejos el inventor más relevante del pasado siglo XX. Y es que creaciones como "Muchacha de servicio" o "Dan Dibujante" habrían supuesto auténticas revoluciones. Pero como el impacto de dichas creaciones sobre la vida de Danny es tan sólo moderado, el efecto inmediato que es que sus acciones pierden relevancia a los ojos del lector. Tanto es así que cuesta comprender hacia dónde se dirige realmente la novela.
Asimismo, la lectura se ve dificultada tanto por la ausencia de descripciones que permitan visualizar físicamente lo relatado, como por el exceso de personajes secundarios, en su mayoría esquemáticos: Belle Darkin y su irrefrenable maldad, Ricky Heinicke y su inexplicable amor por Danny, el ambiguo Miles Gentry... Además, el efecto del viaje hacia atrás en el tiempo plantea las inevitables paradojas temporales, que en esta novela no están bien resueltas y provocan confusión en el lector. Por ejemplo, no queda claro cómo reparte finalmente Danny sus acciones en su segundo paso por el "presente" de 1970.
Tampoco me gusta el hecho de que Heinlein emplee nada menos que un tercio de la novela para poner en situación al lector sobre las creaciones de Danny y la posterior lucha por el control de su compañía. Ni la existencia de algunas referencias que quedan en el aire, como la Guerra de las Seis Semanas o la capitalidad de Denver. Hasta algunos detalles mínimos perjudican la impresión final: el hecho de que Pet (el gato) hable, o de que la traducción (al menos en la edición que leí yo) sea manifiestamente mejorable.
Obviamente, no todo son errores; también hay aciertos. Fundamentalmente, un puñado de ideas de hondo calado: la utilización por el gran público del Sueño Largo (la práctica criónica que les permite despertar varias décadas más tarde), la proliferación de compañías de seguros que se benefician de la parte lucrativa de este avance, su combinación con un experimental viaje en el tiempo que permite corregir situaciones "a posteriori", los retazos que muestra sobre la transformación de la sociedad en el año 2001, o los inconvenientes derivados de retornar a la vida tras un paréntesis de treinta años.
Otros aciertos menores son la propia concisión de la novela (menos de 200 páginas), la abundancia de buenas propuestas tecnológicas que, incluso con la lógica exageración especulativa no desdeñan el componente científico, el profundo conocimiento de Heinlein sobre los gatos, sus reacciones y sus relaciones con los seres humanos, o incluso la acertada premonición sobre el uso masivo de avances como los cajeros automáticos.
Resumiendo, el viaje en el tiempo es siempre un tema fascinante, pero las dificultades que plantea tratarlo de manera atrayente y las paradojas que genera requieren algo más que el talento como narrador para solventarlas. Incluso para el maestro Heinlein.
De hecho, su principal virtud ya la da por supuesta el conocedor de la obra de Heinlein: esa prosa personalísima que atrapa al lector con habilidad, plagada de guiños al lector, sarcasmos, metáforas irónicas y referencias sugerentes. Todo gira en torno a Danny B. Davis, el ingeniero protagonista, un personaje tan arquetípico de Heinlein como inverosímil: de haber existido alguien tan brillante como Danny, habría sido de lejos el inventor más relevante del pasado siglo XX. Y es que creaciones como "Muchacha de servicio" o "Dan Dibujante" habrían supuesto auténticas revoluciones. Pero como el impacto de dichas creaciones sobre la vida de Danny es tan sólo moderado, el efecto inmediato que es que sus acciones pierden relevancia a los ojos del lector. Tanto es así que cuesta comprender hacia dónde se dirige realmente la novela.
Asimismo, la lectura se ve dificultada tanto por la ausencia de descripciones que permitan visualizar físicamente lo relatado, como por el exceso de personajes secundarios, en su mayoría esquemáticos: Belle Darkin y su irrefrenable maldad, Ricky Heinicke y su inexplicable amor por Danny, el ambiguo Miles Gentry... Además, el efecto del viaje hacia atrás en el tiempo plantea las inevitables paradojas temporales, que en esta novela no están bien resueltas y provocan confusión en el lector. Por ejemplo, no queda claro cómo reparte finalmente Danny sus acciones en su segundo paso por el "presente" de 1970.
Tampoco me gusta el hecho de que Heinlein emplee nada menos que un tercio de la novela para poner en situación al lector sobre las creaciones de Danny y la posterior lucha por el control de su compañía. Ni la existencia de algunas referencias que quedan en el aire, como la Guerra de las Seis Semanas o la capitalidad de Denver. Hasta algunos detalles mínimos perjudican la impresión final: el hecho de que Pet (el gato) hable, o de que la traducción (al menos en la edición que leí yo) sea manifiestamente mejorable.
Obviamente, no todo son errores; también hay aciertos. Fundamentalmente, un puñado de ideas de hondo calado: la utilización por el gran público del Sueño Largo (la práctica criónica que les permite despertar varias décadas más tarde), la proliferación de compañías de seguros que se benefician de la parte lucrativa de este avance, su combinación con un experimental viaje en el tiempo que permite corregir situaciones "a posteriori", los retazos que muestra sobre la transformación de la sociedad en el año 2001, o los inconvenientes derivados de retornar a la vida tras un paréntesis de treinta años.
Otros aciertos menores son la propia concisión de la novela (menos de 200 páginas), la abundancia de buenas propuestas tecnológicas que, incluso con la lógica exageración especulativa no desdeñan el componente científico, el profundo conocimiento de Heinlein sobre los gatos, sus reacciones y sus relaciones con los seres humanos, o incluso la acertada premonición sobre el uso masivo de avances como los cajeros automáticos.
Resumiendo, el viaje en el tiempo es siempre un tema fascinante, pero las dificultades que plantea tratarlo de manera atrayente y las paradojas que genera requieren algo más que el talento como narrador para solventarlas. Incluso para el maestro Heinlein.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
"Huérfanos de la Tierra" (2022). Adrian Tchaikovsky
Con la presente entrada voy a rematar definitivamente mi segundo recorrido por las mejores sagas disponibles para el lector de ciencia-ficc...










