Una nueva entrada que dedico a seguir reseñando los principales libros disponibles en español de mi escritor de ciencia-ficción favorito, Robert Silverberg. Voy a revisar en la siguiente entrada "El hombre en el laberinto", nada menos que la cuarta novela que reseño de las que publicó en 1969 (tal vez habría que dedicar una entrada específica a analizar cómo se puede alcanzar tal ritmo de creatividad con una calidad tan alta). Se trata de uno de sus grandes clásicos e indiscutiblemente forma parte de su lista de novelas absolutamente recomendables, ya que pone la habitual calidad del mejor Silverberg al servicio de una historia original y que le permite exhibir su dominio de la ciencia-ficción como literatura de reflexiones.
Silverberg nos presenta un futuro lejano en el cual la humanidad ha establecido bases por buena parte del universo, pero no ha encontrado otras especies inteligentes. Excepción hecha de Beta Hydri IV, habitado por una especie de arañas gigantescas no muy conocidas. A este planeta viaja el protagonista de la novela, Dick Muller, en calidad de diplomático representante de la Tierra. Lo que le sucede allí altera completamente sus capacidades mentales y desencadena su posterior exilio en Lemnos, donde como el título de la novela anticipa se encuentra un enorme laberinto poseedor de una sofisticada tecnología creada por una antigua raza inteligente (tal vez les recuerde a "Mundo Anillo", que Larry Niven publicó un año más tarde...).
Un comienzo interesante y atrayente pone al lector rápidamente en situación y empieza a desafiarlo con varias de sus habituales reflexiones. A lo que se añade el marco escénico realmente fascinante en el que sitúa la novela, ese laberinto plagado de trampas y trucos mortales que no rehúye el componente científico. Además, la expedición comandada por Charles Boardman y Edward Rawlings que intenta abrirse paso por el laberinto para traer a Muller de vuelta a la Tierra le permite a Silverberg generar un áura de misterio que facilita que las páginas se pasen muy rápido y que enriquece aún más la novela. Y en ocasiones permitiéndose licencias literarias como crear subcapítulos ultracortos (dentro de los capítulos) de los que altera el orden, sin que ello afecte a la comprensión de lo presentado.
Una novela de este nivel carece de defectos de peso, pero por mencionar algunos detalles menores, puedo señalar que en mi opinión Silverberg exagera cuando otorga al encuentro entre Rawlings y Muller una relevancia tal que el destino de las galaxias dependerá del mismo. Encuentro que por otra parte Silverberg retarda, para aumentar la emoción (aunque ello no suponga abandonar la loable concisión de todas sus novelas de su quinquenio dorado, ni afecte al fantástico nivel de la tensión psicologica que establece entre ellos). De igual modo, da la impresión de que Silverberg retrasa a propósito el desenlace durante los capítulos finales de la novela recurriendo a revisar vivencias de Muller. Y la idea de la "enfermedad" que sostiene el un tanto precipitado desenlace (no quiero ser más preciso para no desvelarlo; si leen la novela me entenderán) es cuestionable en una novela de ciencia-ficción. Razones por las que no considero a "El hombre en el laberinto" su mejor novela.
De manera muy acertada, en esos capítulos finales Silverberg adopta a menudo la posición de abogado del diablo, y por otra interpreta continuamente los actos de todos sus personajes, todo ello siempre buscando potenciar la vertiente especulativa de la novela. Porque eso es lo que verdaderamente perdura de esta excelente novela tras el paso de los años: las reflexiones sobre lo que nos hace a los humanos ser seres sociales y la visión pesimista, casi dramática de Silverberg al respecto, puesto que su protagonista prefiere el aislamiento absoluto antes que exponer sus interioridades.
Un apasionado de la literatura de ciencia-ficción y escritor a tiempo parcial que dedica parte de sus escasos ratos libres a compartir su pasión con el resto de aficionados.
domingo, 24 de enero de 2016
sábado, 9 de enero de 2016
A través de un millón de años (1969). Robert Silverberg
Una entrada más continúo reseñando los principales libros publicados en español de mi escritor de ciencia-ficción favorito, Robert Silverberg. Le toca en esta oportunidad a "A través de un millón de años", otra de las novelas de su quinqenio dorado. Que sin ser una de las más famosas de dicho periodo sí que la considero más que recomendable, porque es una novela que sin ser fácilmente adscribible a ninguna de las tendencias habituales en la ciencia-ficción, sí que recoge con brillantez lo mejor de muchas de ellas. Y lo logra con una notable amenidad, por lo que no comparto la tendencia a catalogarla como "obra menor" de su bibliografía.
Silverberg propone como argumento una exploración arqueológica en el planeta Higby V, que termina por descubrir la posibilidad de que los supuestamente extintos Superiores todavía vivan en algún rincón de la galaxia. Es decir, anticipa el eje argumental de la saga de "Las máquinas de Dios" de Jack McDevitt en un cuarto de siglo. Y para ello crea un elenco de personajes muy acertado: un grupo muy heterogéneo, pero no por ello mal caracterizado, ya que para el lector es fácil identificar las inquietudes y los rasgos de cada uno de ellos, con el aliciente adicional de las especies alienígenas que forman parte del mismo. La impresión que tiene el lector es que cuanto les sucede a todos ellos son situaciones "reales", y que discurren con naturalidad, como sólo los grandes escritores saben captar.
Junto a esta virtud, por otra parte habitual en Silverberg, sorprende favorablemente el rigor científico de la obra (con campos tan arduos como el tratamiento digital de imágenes, las esferas de Dyson, o en general las especulaciones astronómicas de alto nivel). Además, los descubrimientos se van produciendo de manera gradual, con una base arqueológica muy seria. Y la caracterización de los Superiores a través de sus objetos arqueológicos, su tecnología, sus robots y sus ciudades, también está cuidada con mimo. Todo ello proporciona una innegable impresión de verosimilitud de cuanto está narrando, lo cual es de agradecer en una trama tan poco convencional (especialmente para la época).
Sin echarla por tierra, algunos defectos sí que afean la impresión global de la obra. El más fácilmente apreciable es que todas las ideas y todos los acontecimientos relevantes le ocurren a un único personaje, Tom Rice. Otro pero es el reconocible afán de concisión de la novela, que en una aventura con tantos personajes provoca que los saltos narrativos entre los distintos capítulos sean a menudo excesivos. Por otra parte, es probable que Silverberg conceda excesiva relevancia en la novela a un concepto tan discutible como la telepatía, sobre todo en el desenlace. Y el descubrimiento final de que hay Superiores "vivos" es demasiado previsible, y no aporta realmente nada a la narración que lo justifique.
Volviendo a los aciertos de la novela, debo resaltar que las relaciones de Tom con Lorie, Jan y Kelly están hábilmente expuestas, sin tapujos, mostrando todos los miedos y debilidades que forman parte de sus vidas (aunque tal vez se les conceda una importancia excesiva hacia la mitad de la novela). Por otra parte, y como suele ser habitual en Silverberg, varios episodios están particularmente conseguidos: el contacto con Dihn Ruu (la bajada al asteroide, la muerte de 408b...), la interpretacion que hace el robot del ánglico hasta que logra hablarlo, el descubrimiento de la esfera... Y para confirmar definitivamente que se trata de una novela singular, más que el desenlace lo que parece interesar al escritor es la reflexión final sobre la evolución y/o involución de las especies: cuándo acaba una y empieza la otra. Lo que confirma el carácter especulativo y no sólo de mero entretenimiento de esta novela un tanto desconocida pero tan concisa como disfrutable a muchos niveles.
Silverberg propone como argumento una exploración arqueológica en el planeta Higby V, que termina por descubrir la posibilidad de que los supuestamente extintos Superiores todavía vivan en algún rincón de la galaxia. Es decir, anticipa el eje argumental de la saga de "Las máquinas de Dios" de Jack McDevitt en un cuarto de siglo. Y para ello crea un elenco de personajes muy acertado: un grupo muy heterogéneo, pero no por ello mal caracterizado, ya que para el lector es fácil identificar las inquietudes y los rasgos de cada uno de ellos, con el aliciente adicional de las especies alienígenas que forman parte del mismo. La impresión que tiene el lector es que cuanto les sucede a todos ellos son situaciones "reales", y que discurren con naturalidad, como sólo los grandes escritores saben captar.
Junto a esta virtud, por otra parte habitual en Silverberg, sorprende favorablemente el rigor científico de la obra (con campos tan arduos como el tratamiento digital de imágenes, las esferas de Dyson, o en general las especulaciones astronómicas de alto nivel). Además, los descubrimientos se van produciendo de manera gradual, con una base arqueológica muy seria. Y la caracterización de los Superiores a través de sus objetos arqueológicos, su tecnología, sus robots y sus ciudades, también está cuidada con mimo. Todo ello proporciona una innegable impresión de verosimilitud de cuanto está narrando, lo cual es de agradecer en una trama tan poco convencional (especialmente para la época).
Sin echarla por tierra, algunos defectos sí que afean la impresión global de la obra. El más fácilmente apreciable es que todas las ideas y todos los acontecimientos relevantes le ocurren a un único personaje, Tom Rice. Otro pero es el reconocible afán de concisión de la novela, que en una aventura con tantos personajes provoca que los saltos narrativos entre los distintos capítulos sean a menudo excesivos. Por otra parte, es probable que Silverberg conceda excesiva relevancia en la novela a un concepto tan discutible como la telepatía, sobre todo en el desenlace. Y el descubrimiento final de que hay Superiores "vivos" es demasiado previsible, y no aporta realmente nada a la narración que lo justifique.
Volviendo a los aciertos de la novela, debo resaltar que las relaciones de Tom con Lorie, Jan y Kelly están hábilmente expuestas, sin tapujos, mostrando todos los miedos y debilidades que forman parte de sus vidas (aunque tal vez se les conceda una importancia excesiva hacia la mitad de la novela). Por otra parte, y como suele ser habitual en Silverberg, varios episodios están particularmente conseguidos: el contacto con Dihn Ruu (la bajada al asteroide, la muerte de 408b...), la interpretacion que hace el robot del ánglico hasta que logra hablarlo, el descubrimiento de la esfera... Y para confirmar definitivamente que se trata de una novela singular, más que el desenlace lo que parece interesar al escritor es la reflexión final sobre la evolución y/o involución de las especies: cuándo acaba una y empieza la otra. Lo que confirma el carácter especulativo y no sólo de mero entretenimiento de esta novela un tanto desconocida pero tan concisa como disfrutable a muchos niveles.
sábado, 19 de diciembre de 2015
Por el tiempo (1969). Robert Silverberg
En la siguiente entrada continúo reseñando los principales libros disponibles en español de mi escritor de ciencia-ficción favorito, Robert Silverberg. Le ha llegado el turno a "Por el tiempo", otra de las novelas que publicó durante su quinquenio dorado, y de las que aborda como eje principal el viaje en el tiempo, uno de los temas característicos del estadounidense. No la considero una novela tan recomendable como alguna de las que ya he reseñado, puesto que en mi opinión el esfuerzo creativo que encierra y su complejidad argumental no se traducen en una satisfacción plena del lector. Aunque su nivel medio sea claramente superior a la mayoría de las novelas del género.
Indudablemente, la mayor virtud del libro es su tratamiento absolutamente meticuloso del viaje temporal. Silverberg intenta no dejar suelto ni un solo fleco, e incluso explica detenidamente las posibles paradojas a lo largo la narración, casi como si fuera un estudioso diseccionando el tema en una tesis. Con lo cual sólo tiene que tirar del hilo para tejar una estructura turístico-económica de gran verosimilitud en torno al viaje temporal, organizada mediante el Servicio Temporal y protagonizada por Jud Elliot. Y es que a pesar de lo complicado del viaje en el tiempo, todo encaja razonablemente bien. Sin embargo, este tratamiento también provoca el mayor defecto de la novela: la falta del elemento sorpresa a lo largo de sus páginas. En otras palabras, la sensación predominante en el lector es que los distintos viajes de Jud meramente "se suceden". Además, Silverberg ya nos ha anticipado el desengaño amoroso que va a sufrir, quizá por dotar a la lectura de un punto de aventura y del que por lo demás carece.
Pero lo que jamás falta en Silverberg es la sencilla naturalidad con la que los acontecimientos se suceden. Una vez explicado el viaje temporal, nos relata el proceso de formación como guía de Jud: un proceso lógico, coherente, bien estructurado. Y luego comienzan los viajes a Bizancio, en realidad un jugoso recorrido por diversos momentos de la época clásica, como el Medievo, las Cruzadas o la Peste Negra. Su conocimiento de la historia bizantina es incuestionable: gran variedad de pequeños episodios jalonan estos capítulos, proporcionándonos un completo mosaico (nunca mejor dicho) de lo que supusieron esos diez fascinantes siglos de predominio de Bizancio. Incluso se atreve a desmontar el carácter mítico de personajes tan relevantes como Justiniano.
Como es habitual en él, Silverberg se sirve de un elenco de personajes fantásticamente caracterizados. Especialmente da una lección a la hora de tratar a los que desempeñan un papel secundario. Aunque también me han cautivado Capistrano y Metaxos, que reflejan estupendamente cómo su profesión de guía temporal forja inevitablemente su personalidad. Por supuesto, la prosa mantiene la calidad habitual del mejor Silverberg, fluida y con frecuentes y jugosas reflexiones, y su habilidad narrativa le permite desarrollar completamente el argumento en poco más de doscientas páginas. Dos momentos particularmente brllantes son en mi opinión la visita al panorama dejado por la Peste Negra (de un dramatismo correctamente administrado), y el anhelado encuentro en el palacio entre Jud y la noble Pulcheria Ducas (dejando de lado el tono tórridamente descriptivo para recurrir a un crudo sarcasmo).
Volviendo al capítulo de los defectos, además de la carencia de un elemento sorpresa que dinamice la novela, no me gustaron demasiado la proliferación de referencias psicodélicas (en pleno apogeo por aquel entonces), la excesiva relevancia e incluso abuso que Silverberg le concede a menudo a la cuestión del sexo, y la ausencia de una verdadera explicación sobre la tecnología que posibilite tanto los viajes temporales como el artefacto en cuestión, el crono (si bien es cierto que, obviando este hecho, el elemento científico está correctamente tratado a lo largo de la novela).
Para terminar esta reseña, mencionar brevemente del final, que es complejo y brillante, puesto que recurre a todas las paradojas que creó a lo largo de la novela para, con habilidad, enredar la madeja de tal forma que consigue un deselance, para mí al menos, inesperado.
Indudablemente, la mayor virtud del libro es su tratamiento absolutamente meticuloso del viaje temporal. Silverberg intenta no dejar suelto ni un solo fleco, e incluso explica detenidamente las posibles paradojas a lo largo la narración, casi como si fuera un estudioso diseccionando el tema en una tesis. Con lo cual sólo tiene que tirar del hilo para tejar una estructura turístico-económica de gran verosimilitud en torno al viaje temporal, organizada mediante el Servicio Temporal y protagonizada por Jud Elliot. Y es que a pesar de lo complicado del viaje en el tiempo, todo encaja razonablemente bien. Sin embargo, este tratamiento también provoca el mayor defecto de la novela: la falta del elemento sorpresa a lo largo de sus páginas. En otras palabras, la sensación predominante en el lector es que los distintos viajes de Jud meramente "se suceden". Además, Silverberg ya nos ha anticipado el desengaño amoroso que va a sufrir, quizá por dotar a la lectura de un punto de aventura y del que por lo demás carece.
Pero lo que jamás falta en Silverberg es la sencilla naturalidad con la que los acontecimientos se suceden. Una vez explicado el viaje temporal, nos relata el proceso de formación como guía de Jud: un proceso lógico, coherente, bien estructurado. Y luego comienzan los viajes a Bizancio, en realidad un jugoso recorrido por diversos momentos de la época clásica, como el Medievo, las Cruzadas o la Peste Negra. Su conocimiento de la historia bizantina es incuestionable: gran variedad de pequeños episodios jalonan estos capítulos, proporcionándonos un completo mosaico (nunca mejor dicho) de lo que supusieron esos diez fascinantes siglos de predominio de Bizancio. Incluso se atreve a desmontar el carácter mítico de personajes tan relevantes como Justiniano.
Como es habitual en él, Silverberg se sirve de un elenco de personajes fantásticamente caracterizados. Especialmente da una lección a la hora de tratar a los que desempeñan un papel secundario. Aunque también me han cautivado Capistrano y Metaxos, que reflejan estupendamente cómo su profesión de guía temporal forja inevitablemente su personalidad. Por supuesto, la prosa mantiene la calidad habitual del mejor Silverberg, fluida y con frecuentes y jugosas reflexiones, y su habilidad narrativa le permite desarrollar completamente el argumento en poco más de doscientas páginas. Dos momentos particularmente brllantes son en mi opinión la visita al panorama dejado por la Peste Negra (de un dramatismo correctamente administrado), y el anhelado encuentro en el palacio entre Jud y la noble Pulcheria Ducas (dejando de lado el tono tórridamente descriptivo para recurrir a un crudo sarcasmo).
Volviendo al capítulo de los defectos, además de la carencia de un elemento sorpresa que dinamice la novela, no me gustaron demasiado la proliferación de referencias psicodélicas (en pleno apogeo por aquel entonces), la excesiva relevancia e incluso abuso que Silverberg le concede a menudo a la cuestión del sexo, y la ausencia de una verdadera explicación sobre la tecnología que posibilite tanto los viajes temporales como el artefacto en cuestión, el crono (si bien es cierto que, obviando este hecho, el elemento científico está correctamente tratado a lo largo de la novela).
Para terminar esta reseña, mencionar brevemente del final, que es complejo y brillante, puesto que recurre a todas las paradojas que creó a lo largo de la novela para, con habilidad, enredar la madeja de tal forma que consigue un deselance, para mí al menos, inesperado.
lunes, 7 de diciembre de 2015
Regreso a Belzagor (1969). Robert Silverberg
Tras el paréntesis de la entrada anterior, que dediqué a la nueva versión de la "Guía de lectura" de Miquel Barceló, retomo las reseñas dedicadas a los principales libros publicados en español de mi escritor de ciencia-ficción favorito, Robert Silverberg. En la presente entrada voy a reseñar "Regreso a Belzagor", una de las novelas menos conocidas de su quinquenio dorado. Injustamente, diría yo, puesto que se trata de otra de sus obras recomendables, y una muestra de todo lo que el estadounidense puede obterner a partir de una trama aparentemente sencilla para lo que es habitual en la ciencia-ficción.
El punto de partida es atrayente: en un futuro lejano Silverberg nos presenta Belzagor, un planeta que los humanos colonizaron como parte de su imperio y durante un tiempo intentaron "civilizar", para posteriormente devolverle su "autonomía" (como parte de su programa de retirada de todos aquellos planetas que contaban con población nativa inteligente), dejando así una presencia humana testimonial. Edmund Gundersen, el protagonista de la novela, es un ex-administrador de Belzagor que tras varios años de alejamiento regresa al planeta con el fin un tanto ambiguo de expiar viejas culpas. Es decir, a la obvia perspectiva del viaje exterior por el planeta se añade desde el principio el viaje interior del protagonista, algo característico en las mejores producciones de Silverberg. Aunque no por habitual no debemos dejar de agradecer la rapidez y la naturalidad con la que Silverberg nos pone en situación.
En seguida se manifiesta uno de los principales logros de la novela: el propio Belzagor, el "Planeta de Holman" según el topónimo imperial, un planeta excelentemente caracterizado biológica, geológica, geográfica y orográficamente (los trópicos, la región de las brumas, el Mar de Polvo, la meseta...). Y por supuesto, las culturas que lo habitan; no sólo las ingentes cantidades de formas de vida animal (malidares, fungoides...) sino sobre todo las dos especies inteligentes nativas, los nildores (similares a los elefantes terrestres) y los sulidores (bípidos carnívoros mayores que los humanos), que conviven en armonía.
Otro punto fuerte de la obra lo constituye la enorme habilidad narrativa de Silverberg: un simple viaje iniciático, que podría transcurrir sin pena ni gloria, va creciendo paso a paso, atrapando poco a poco al lector, enfrentándolo con nuevas sensaciones y reflexiones que, por increíble que parezca tratándose de un planeta tan ajeno a nuestra maltratada Tierra, le resultan cercanas. Recurriendo a episodios como los pecados de Kurtz, los enigmas de Cullen o la agonía de Dykstra, Silverberg nos muestra la filosofía, la moral, los ritos, el concepto del alma y el sentido de la trascendencia que jalonan la existencia de estas especies.
Otros aciertos adicionales de la novela son: los sutiles avances tecnológicos y las abundantes explicaciones científicas que enriquecen, cuando son necesarios, la obra (con mención especial para los "técnicos de hélice", antecesores directos de la ingeniería genética en una década de los sesenta en la que apenas había comenzado la manipulación del ADN); los frecuentes recordatorios, especialmente respecto a personajes que ya han aparecido o sucesos que ya han ocurrido, que recurrentemente introduce el autor y que ayudan al lector a seguir la obra; y la concisión habitual del mejor Silverberg, que se basta con doscientas páginas para presentar con una completitud difícil de igualar todo lo relativo a Belzagor y a la vez caracterizar magistralmente a su protagonista.
Dada mi estima por la novela el capítulo de los defectos no puede ser extenso. Quizá el más grave sea que el argumento, cuando se expone en los primeros capítulos, parece un tanto débil: ni más ni menos que el viaje de Gundersen a la región de las brumas para expiar los años pasados en la colonia. Sin más líneas narrativas ni protagonistas adicionales. Por otro lado, en ocasiones hay una cierta previsibilidad en los acontencimientos (por ejemplo, que Gundersen y Seena retomen sus relaciones sexuales, que Gundersen se someta al "renacimiento", que el veneno de las serpientes sea clave en el mimso...). Y tal vez falte algo más de acción, de aventura, de sorpresa, sobre todo para tratarse de un planeta tan distinto a la Tierra.
Para terminar, no quiero dejar de resalatar la abundancia de párrafos de una gran brillantez literaria, que Silverberg consigue jugando con el ritmo, las reiteraciones, los cuestionamientos, creando un poso de opresividad, de pesadez en la atmósfera de Belzafgor que perdura en la memoria del lector pasados los años. Resplandece especialmente el capítulo en el que Gundersen se somete al renacimiento: sin duda, el cénit de toda la novela. Y con unas enigmáticas referencias al cristianismo de nuestro planeta.
El punto de partida es atrayente: en un futuro lejano Silverberg nos presenta Belzagor, un planeta que los humanos colonizaron como parte de su imperio y durante un tiempo intentaron "civilizar", para posteriormente devolverle su "autonomía" (como parte de su programa de retirada de todos aquellos planetas que contaban con población nativa inteligente), dejando así una presencia humana testimonial. Edmund Gundersen, el protagonista de la novela, es un ex-administrador de Belzagor que tras varios años de alejamiento regresa al planeta con el fin un tanto ambiguo de expiar viejas culpas. Es decir, a la obvia perspectiva del viaje exterior por el planeta se añade desde el principio el viaje interior del protagonista, algo característico en las mejores producciones de Silverberg. Aunque no por habitual no debemos dejar de agradecer la rapidez y la naturalidad con la que Silverberg nos pone en situación.
En seguida se manifiesta uno de los principales logros de la novela: el propio Belzagor, el "Planeta de Holman" según el topónimo imperial, un planeta excelentemente caracterizado biológica, geológica, geográfica y orográficamente (los trópicos, la región de las brumas, el Mar de Polvo, la meseta...). Y por supuesto, las culturas que lo habitan; no sólo las ingentes cantidades de formas de vida animal (malidares, fungoides...) sino sobre todo las dos especies inteligentes nativas, los nildores (similares a los elefantes terrestres) y los sulidores (bípidos carnívoros mayores que los humanos), que conviven en armonía.
Otro punto fuerte de la obra lo constituye la enorme habilidad narrativa de Silverberg: un simple viaje iniciático, que podría transcurrir sin pena ni gloria, va creciendo paso a paso, atrapando poco a poco al lector, enfrentándolo con nuevas sensaciones y reflexiones que, por increíble que parezca tratándose de un planeta tan ajeno a nuestra maltratada Tierra, le resultan cercanas. Recurriendo a episodios como los pecados de Kurtz, los enigmas de Cullen o la agonía de Dykstra, Silverberg nos muestra la filosofía, la moral, los ritos, el concepto del alma y el sentido de la trascendencia que jalonan la existencia de estas especies.
Otros aciertos adicionales de la novela son: los sutiles avances tecnológicos y las abundantes explicaciones científicas que enriquecen, cuando son necesarios, la obra (con mención especial para los "técnicos de hélice", antecesores directos de la ingeniería genética en una década de los sesenta en la que apenas había comenzado la manipulación del ADN); los frecuentes recordatorios, especialmente respecto a personajes que ya han aparecido o sucesos que ya han ocurrido, que recurrentemente introduce el autor y que ayudan al lector a seguir la obra; y la concisión habitual del mejor Silverberg, que se basta con doscientas páginas para presentar con una completitud difícil de igualar todo lo relativo a Belzagor y a la vez caracterizar magistralmente a su protagonista.
Dada mi estima por la novela el capítulo de los defectos no puede ser extenso. Quizá el más grave sea que el argumento, cuando se expone en los primeros capítulos, parece un tanto débil: ni más ni menos que el viaje de Gundersen a la región de las brumas para expiar los años pasados en la colonia. Sin más líneas narrativas ni protagonistas adicionales. Por otro lado, en ocasiones hay una cierta previsibilidad en los acontencimientos (por ejemplo, que Gundersen y Seena retomen sus relaciones sexuales, que Gundersen se someta al "renacimiento", que el veneno de las serpientes sea clave en el mimso...). Y tal vez falte algo más de acción, de aventura, de sorpresa, sobre todo para tratarse de un planeta tan distinto a la Tierra.
Para terminar, no quiero dejar de resalatar la abundancia de párrafos de una gran brillantez literaria, que Silverberg consigue jugando con el ritmo, las reiteraciones, los cuestionamientos, creando un poso de opresividad, de pesadez en la atmósfera de Belzafgor que perdura en la memoria del lector pasados los años. Resplandece especialmente el capítulo en el que Gundersen se somete al renacimiento: sin duda, el cénit de toda la novela. Y con unas enigmáticas referencias al cristianismo de nuestro planeta.
domingo, 22 de noviembre de 2015
Ciencia ficción. Nueva guía de Lectura (2015). Miquel Barceló
Con su permiso, en la siguiente entrada voy a interrumpir momentáneamente mis reseñas de los principales libros disponibles en español de mi escritor de ciencia-ficción favorito, Robert Silverberg, para reseñar el que sin duda es uno de los principales acontecimientos del año en el mundillo de la ciencia-ficción en español: "Ciencia ficción. Nueva guía de lectura", del editor Miquel Barceló. Que no es ni más ni menos que la largamente esperada actualización de su casi mítica "Ciencia ficción. Guía de lectura", publicada en 1990. Una guía de la que ya he hablado en alguna oportunidad en este mismo blog y que supuso un hito en el género a nivel nacional y un hallazgo que marcó un antes y un después en mi afición al genéro a nivel individual. Porque cuando me hice con ella en el año 1992 ya había leído algunas obras de ciencia-ficción, pero andaba aún bastante perdido en cuanto a la temática, los autores y los títulos que habían marcado el género a lo largo del siglo XX (recuérdese que por aquel entonces internet apenas estaba empezando). Entonces la lectura de la guía de Barceló me abrió definitivamente las puertas del género, y a pesar de los años transcurridos he recurrido una y otra vez a ella para profundizar en autores, títulos y subgéneros.
Por eso, cuando tras varios años en los que se fue anunciando primero y postergando después la publicación de una edición revisada y actualizada, el pasado mes de septiembre llegó finalmente a nuestras librerías (por cierto, de manera nada casual Barceló la ha situado en el número 150 de su colección Nova ciencia-ficción), me apresté a conseguirla como tantos otros aficionados. La impresión al terminarla es que la espera de un cuarto de siglo ha merecido la pena por la visión de este periodo que aporta Barceló, y por las nuevas secciones que acertadamente cubre en esta nueva versión de la guía. Aunque puestos a encontrarle defectos también hay omisiones cuestionables y un exceso de subjetividad y partidismo más evidente que en su predecesora.
La guía rezuma un profundo aprecio por el género en toda su extensión y unos conocimientos apabullantes. Y está escrita con una prosa directa, accesible y bien estructurada, fácil de digerir para cualquier lector. Cualidades fáciles de apreciar en una primera parte destinada a exponer qué es la ciencia-ficción, con secciones francamente interesantes como las dedicadas a examinar los pilares que caracterizan al género (esencialmente el sentido de la maravilla y la capacidad especulativa), las definiciones creadas por diversos autores y expertos o los distintos premios que se otorgan. Aunque con otras menos atrayentes y excesivamente largas, como las dedicadas al fándom o a los juegos de tablero.
Con la segunda parte comienzan las novedades respecto a su predecesora. Dedicar esta parte a las principales sagas del género es, además de una coincidencia con lo que ya hice años atrás en este humilde blog, una decisión plenamente justificada por la importancia de esta manifestación en el género. Aunque con algún criterio cuestionable (Barceló aclara que para hablar de "serie" necesita que la constituyan más de dos novelas, pero luego reseña con naturalidad "Ilyón/Olympio", de Dan Simmons), una preeminencia absoluta de las sagas editadas por él (con las creadas por el rey de las páginas de relleno, Neil Stephenson, a la cabeza), algún menoscabo evidente (dentro de la escasa pasión con la que reseña la saga de "La vieja guardia" de John Scalzi obvia mencionar que su admirado fanzine Locus escogió la primera novela de la saga la mejor novela de ciencia-ficción en lo que llevamos de siglo XXI), excesivo foco en sagas que tienen mucho más de fantasía que de ciencia-ficción (la del "Exilio en el plioceno" de Julian May o la del "Libro del sol nuevo" de Gene Wolfe) y omisiones imperdonables como la de la saga de "Las máquinas de Dios", de Jack McDevitt, que colecciona más nominaciones a los prestigiosos premios Nébula que cualquiera de las sagas reseñadas por Barceló.
En una decisión arriesgada y que no comparto en absoluto, Barceló suprime la parte dedicada a los autores (una de las mejores, si no la mejor, de su predecesora, ya que permitía explorar los universos creativos de los nombres más importantes del género y emparentarlos a nivel creativo con otros escritores punteros del género), y nos sumerge directamente en los títulos que selecciona (sagas al margen). Algo más de cien novelas, de selección bastante canónica durante las primeras décadas del género, pero que se vuelve subjetiva en exceso en su tramo final, insistiendo una y otra vez en novelas de sus autores favoritos y que más extensivamente ha editado (Orson Scott Card, David Brin, Gregory Benford, Connie Willis), incluso aunque esas novelas no recogieran galardones que sí cosecharon otras novelas que sin embargo Barceló no reseña. En la selección de los títulos se echan de menos más novelas de nombres capitales como Robert Silverberg, Larry Niven, Philip K. Dick, Robert C. Wilson y otros. Y en la reseña de los títulos sucede, al igual que en muchas de las sagas de la segunda parte, que la atención se centra en exceso en explicar la trama, con lo que resultan un tanto escasas las líneas dedicadas a su valoración o al porqué de su recomendación. Aun así, ambas partes son una referencia excelente para que el lector en español pueda convertirse en un experto del género simplemente leyendo los más de doscientos títulos recomendados.
La cuarta parte, destinada a las narraciones breves, mejora a su predecesora de hace un cuarto de siglo, ya que va más "al grano" y, en vez de marear al lector con centenares de relatos recomendables, le sugiere unos pocos autores y recopiladores de referencia, así como las antologías más representativas existentes para el lector en español. Y la quinta parte es una deliciosa guinda que cubre dos aspectos no tratados por su predecesora: unas pinceladas (y una jugosa bibliografía) sobre cómo escribir ciencia-ficción, y varias referencias y ejemplos sobre cómo utilizar la ciencia-ficción para facilitar la divulgación de la ciencia y la tecnología a personas con escasos conocimientos en la materia.
En suma, una guía amplia y recomendable tantos para quienes se empiecen a adentrar en este maravilloso género de la ciencia-ficción, como para quienes ya lo conozcan pero piensen que aún no le han sacado todo el jugo posible. Así que no lo duden, háganse con ella antes de que se agote.
Por eso, cuando tras varios años en los que se fue anunciando primero y postergando después la publicación de una edición revisada y actualizada, el pasado mes de septiembre llegó finalmente a nuestras librerías (por cierto, de manera nada casual Barceló la ha situado en el número 150 de su colección Nova ciencia-ficción), me apresté a conseguirla como tantos otros aficionados. La impresión al terminarla es que la espera de un cuarto de siglo ha merecido la pena por la visión de este periodo que aporta Barceló, y por las nuevas secciones que acertadamente cubre en esta nueva versión de la guía. Aunque puestos a encontrarle defectos también hay omisiones cuestionables y un exceso de subjetividad y partidismo más evidente que en su predecesora.
La guía rezuma un profundo aprecio por el género en toda su extensión y unos conocimientos apabullantes. Y está escrita con una prosa directa, accesible y bien estructurada, fácil de digerir para cualquier lector. Cualidades fáciles de apreciar en una primera parte destinada a exponer qué es la ciencia-ficción, con secciones francamente interesantes como las dedicadas a examinar los pilares que caracterizan al género (esencialmente el sentido de la maravilla y la capacidad especulativa), las definiciones creadas por diversos autores y expertos o los distintos premios que se otorgan. Aunque con otras menos atrayentes y excesivamente largas, como las dedicadas al fándom o a los juegos de tablero.
Con la segunda parte comienzan las novedades respecto a su predecesora. Dedicar esta parte a las principales sagas del género es, además de una coincidencia con lo que ya hice años atrás en este humilde blog, una decisión plenamente justificada por la importancia de esta manifestación en el género. Aunque con algún criterio cuestionable (Barceló aclara que para hablar de "serie" necesita que la constituyan más de dos novelas, pero luego reseña con naturalidad "Ilyón/Olympio", de Dan Simmons), una preeminencia absoluta de las sagas editadas por él (con las creadas por el rey de las páginas de relleno, Neil Stephenson, a la cabeza), algún menoscabo evidente (dentro de la escasa pasión con la que reseña la saga de "La vieja guardia" de John Scalzi obvia mencionar que su admirado fanzine Locus escogió la primera novela de la saga la mejor novela de ciencia-ficción en lo que llevamos de siglo XXI), excesivo foco en sagas que tienen mucho más de fantasía que de ciencia-ficción (la del "Exilio en el plioceno" de Julian May o la del "Libro del sol nuevo" de Gene Wolfe) y omisiones imperdonables como la de la saga de "Las máquinas de Dios", de Jack McDevitt, que colecciona más nominaciones a los prestigiosos premios Nébula que cualquiera de las sagas reseñadas por Barceló.
En una decisión arriesgada y que no comparto en absoluto, Barceló suprime la parte dedicada a los autores (una de las mejores, si no la mejor, de su predecesora, ya que permitía explorar los universos creativos de los nombres más importantes del género y emparentarlos a nivel creativo con otros escritores punteros del género), y nos sumerge directamente en los títulos que selecciona (sagas al margen). Algo más de cien novelas, de selección bastante canónica durante las primeras décadas del género, pero que se vuelve subjetiva en exceso en su tramo final, insistiendo una y otra vez en novelas de sus autores favoritos y que más extensivamente ha editado (Orson Scott Card, David Brin, Gregory Benford, Connie Willis), incluso aunque esas novelas no recogieran galardones que sí cosecharon otras novelas que sin embargo Barceló no reseña. En la selección de los títulos se echan de menos más novelas de nombres capitales como Robert Silverberg, Larry Niven, Philip K. Dick, Robert C. Wilson y otros. Y en la reseña de los títulos sucede, al igual que en muchas de las sagas de la segunda parte, que la atención se centra en exceso en explicar la trama, con lo que resultan un tanto escasas las líneas dedicadas a su valoración o al porqué de su recomendación. Aun así, ambas partes son una referencia excelente para que el lector en español pueda convertirse en un experto del género simplemente leyendo los más de doscientos títulos recomendados.
La cuarta parte, destinada a las narraciones breves, mejora a su predecesora de hace un cuarto de siglo, ya que va más "al grano" y, en vez de marear al lector con centenares de relatos recomendables, le sugiere unos pocos autores y recopiladores de referencia, así como las antologías más representativas existentes para el lector en español. Y la quinta parte es una deliciosa guinda que cubre dos aspectos no tratados por su predecesora: unas pinceladas (y una jugosa bibliografía) sobre cómo escribir ciencia-ficción, y varias referencias y ejemplos sobre cómo utilizar la ciencia-ficción para facilitar la divulgación de la ciencia y la tecnología a personas con escasos conocimientos en la materia.
En suma, una guía amplia y recomendable tantos para quienes se empiecen a adentrar en este maravilloso género de la ciencia-ficción, como para quienes ya lo conozcan pero piensen que aún no le han sacado todo el jugo posible. Así que no lo duden, háganse con ella antes de que se agote.
domingo, 8 de noviembre de 2015
Alas nocturnas (1968). Robert Silverberg
Con la novela que les presento hoy (novela corta en realidad) iniciamos la reseña de aquellas novelas de Silverberg que en mi humilde opinión deben incluirse en la categoría de más que recomendables. Premio Hugo de novela corta de 1969, "Alas nocturnas" comenzó siendo en realidad un relato publicado en 1968 en la revista Galaxy, que por cierto forma parte de la antología "Lo mejor de Silverberg", que reseñaré en su momento. El éxito de la misma y lo rico del marco escénico seleccionado motivaron que, a lo largo de ese mismo año, Silverberg añadiera dos secuelas al mismo ("Entre los memorizadores" y "Camino a Jorslen"), hasta completar las tres partes que definitivamente compusieron la novela. Una obra que destaca por su excelente ambientación y la formidable caracterización de sus personajes principales.
Más que por una trama bien construida pero no especialmente original (una Tierra futura decadente, con reminiscencias medievales, surcada por razas puras y mestizas y con la amenaza de una posible invasión extraterrestre), la novela supone un hito por su maestría a la hora de explorar los universos interiores de su trío protagonista: Wuellig, el Vigía (encargado de examinar todas las noches los cielos para avisar de la llegada de los anunciados invasores), Avluela, la Voladora (una chica perteneciente a un clan creado por ingeniería genética, con unas alas tan frágiles que sólo le permiten volar de noche, de ahí el título) y Gorm, el Mutante sin "hermandad". De sus intensas relaciones y de cómo su periplo por esa Tierra futura les va cambiando interiormente es de lo que esencialmente nos habla Silverberg.
Además de esa exploración por el mundo interior de los personajes, otras virtudes claramente perceptibles son: la habilidad narrativa de Silverberg, sin una sola página de relleno, con un estilo evocador, casi poético pero sin acercarse siquiera a la cursilería; la selección de los lugares que recorren sus protagonistas, versiones decadentes pero aún poderosas de las principales ciudades de la Tierra, claramente identificables a pesar de sus nombres deformados (Jorslem, Pris, Rom...); las profundas reflexiones que jalonan toda la novela (la soberbia como causa de la decadencia terrestre, el sentido de la vida tras la invasión extraterrestre, la búsqueda de la esperanza humana, la reevaluación de las prioridades vitales...); la sugerente caracterización de las "hermandades", compuestas por profesiones al estilo de los gremios pero adaptadas a esa sociedad futura; la separación y estratificación social entre los trabajadores manuales y los intelectuales...
En cuanto a los defectos, para mi modo de ver el más grave es que la novela por momentos se arrima demasiado a la fantasía, lo que potencia su carácter evocador pero le resta peso dentro del género de la ciencia-ficción. También creo que a la trama le falta un motor que dinamice un poco más la lectura, un componente científico algo más visible, y una mayor justificación de la pasividad con la que la humanidad reacciona a la invasión extraterrestre (en general se pueden percibir algunas debilidades argumentales, que no afectan a lo esencial de la novela).
El desenlace esta conseguido y resulta razonablemente convincente. Pero deja un tanto la sensación de que Silverberg se dejó la puerta abierta para añadir más relatos a la mini-saga, cosa que al final no llegó a suceder. Un pero a todas luces menor frente a una novela que deja un poso en el lector indeleble al paso del tiempo. Prueben a leerla y verán.
Más que por una trama bien construida pero no especialmente original (una Tierra futura decadente, con reminiscencias medievales, surcada por razas puras y mestizas y con la amenaza de una posible invasión extraterrestre), la novela supone un hito por su maestría a la hora de explorar los universos interiores de su trío protagonista: Wuellig, el Vigía (encargado de examinar todas las noches los cielos para avisar de la llegada de los anunciados invasores), Avluela, la Voladora (una chica perteneciente a un clan creado por ingeniería genética, con unas alas tan frágiles que sólo le permiten volar de noche, de ahí el título) y Gorm, el Mutante sin "hermandad". De sus intensas relaciones y de cómo su periplo por esa Tierra futura les va cambiando interiormente es de lo que esencialmente nos habla Silverberg.
Además de esa exploración por el mundo interior de los personajes, otras virtudes claramente perceptibles son: la habilidad narrativa de Silverberg, sin una sola página de relleno, con un estilo evocador, casi poético pero sin acercarse siquiera a la cursilería; la selección de los lugares que recorren sus protagonistas, versiones decadentes pero aún poderosas de las principales ciudades de la Tierra, claramente identificables a pesar de sus nombres deformados (Jorslem, Pris, Rom...); las profundas reflexiones que jalonan toda la novela (la soberbia como causa de la decadencia terrestre, el sentido de la vida tras la invasión extraterrestre, la búsqueda de la esperanza humana, la reevaluación de las prioridades vitales...); la sugerente caracterización de las "hermandades", compuestas por profesiones al estilo de los gremios pero adaptadas a esa sociedad futura; la separación y estratificación social entre los trabajadores manuales y los intelectuales...
En cuanto a los defectos, para mi modo de ver el más grave es que la novela por momentos se arrima demasiado a la fantasía, lo que potencia su carácter evocador pero le resta peso dentro del género de la ciencia-ficción. También creo que a la trama le falta un motor que dinamice un poco más la lectura, un componente científico algo más visible, y una mayor justificación de la pasividad con la que la humanidad reacciona a la invasión extraterrestre (en general se pueden percibir algunas debilidades argumentales, que no afectan a lo esencial de la novela).
El desenlace esta conseguido y resulta razonablemente convincente. Pero deja un tanto la sensación de que Silverberg se dejó la puerta abierta para añadir más relatos a la mini-saga, cosa que al final no llegó a suceder. Un pero a todas luces menor frente a una novela que deja un poso en el lector indeleble al paso del tiempo. Prueben a leerla y verán.
domingo, 25 de octubre de 2015
Espinas (1967). Robert Silverberg
En la presente entrada continúo revisando todos libros que he leído de mi escritor de ciencia-ficción favorito, Robert Silverberg. Les voy a hablar hoy de "Espinas", la novela que según muchos estudiosos del género marcó un punto de inflexión en su carrera, iniciando el salto definitivo a la madurez. Un análisis que como ya he dicho en este mismo blog no comparto del todo, puesto que la novela que reseñé hace un par de semanas, "Las puertas del cielo", cronológicamente anterior, ya refleja en mi opinión esa entrada en el periodo de madurez del autor. De hecho, se trata de una novela tan ensalzada que cuando la leí me resultó inferior a lo que me esperaba. Es cierto que el tratamiento psicológico del trío protagonista (Duncan Chalk, magnate del entretenimiento galáctico, Minner Burris, navegante estelar alterado y Lona Kelvin, joven virgen protagonista de un experimento de fertilidad) es formidable, pero quizá eso y la habilidad narrativa de Silverberg no sean suficientes para sostener la novela.
Dentro de la concisión habitual de las novelas de Silverberg en esta época, el comienzo es alentador: una fantástica ambientación de un futuro no tan lejano, y unos personajes minuciosamente caracterizados. Aunque dada la complejidad del marco escénico planteado, los hechos se relatan con cierta lentitud. Silverberg exhibe en este tramo sus notables conocimientos biológicos y médicos, refrendando que estamos ante una auténtica novela de ciencia-ficción. Y se apunta otro tanto con los títulos de los capítulos, muchos de ellos dignos de una reflexión por sí mismos (a modo de ejemplo resaltar el del número 16: "Pese a sus plumas, el búho tenía frío"). Pero en estos primeros capítulos también hay defectos: el innecesario desbordamiento de personalidad de Burris y el papel excesivamente superficial del personaje de Elise.
Una vez puestos en situación, Silverberg mantiene vivo el interés recurriendo a su imaginación para crear las más inverosímiles ambientaciones: la Arcada, prolija en diversiones; el "simbólico" hospital al borde del desierto; la Antártida... Pero la relación entre Minner y Lona sigue sin desviarse los cauces previstos: la amistad basada en sus anomalías al principio de conocerse, la desigual forma de entender el amor después, las primeras discrepancias, las tormentas... Aunque muy logrado narrativamente, nada que sorprenda al lector, y con el agravante de que al centrarse tanto en esa relación desatiende otros temas interesantes que había planteado al principio.
Además, Silverberg no cumple su promesa de mostrar el efecto morbosamente lúdico que tiene en la sociedad que plantea una pareja tal. De hecho, sólo unas pinceladas proyectan una difusa idea de esa sociedad. No obstante, hay episodios de categoría, como el del Salón Galáctico (tanto por lo que acontece como por dónde tiene lugar), o el del Tivoli de la Luna (parece imposible que un escenario así no exista en la realidad).
En el tramo final existe la incertidumbre de si las aguas volveran a su cauce entre Minner y Lona, lo que mantiene el interés hasta el desenlace. Pero el final que Silverberg crea para Chalk resulta poco convincente. Y la cantidad total de reflexiones presentadas es sensiblemente inferior a la habitual en la obra del estadounidense.
En suma, más que una gran novela estamos ante un ensayo general de una nueva vía literaria por la cual Silverberg sí alcanzaría el prestigio que ahora se le reconoce. Ahí radica su mayor valía.
Dentro de la concisión habitual de las novelas de Silverberg en esta época, el comienzo es alentador: una fantástica ambientación de un futuro no tan lejano, y unos personajes minuciosamente caracterizados. Aunque dada la complejidad del marco escénico planteado, los hechos se relatan con cierta lentitud. Silverberg exhibe en este tramo sus notables conocimientos biológicos y médicos, refrendando que estamos ante una auténtica novela de ciencia-ficción. Y se apunta otro tanto con los títulos de los capítulos, muchos de ellos dignos de una reflexión por sí mismos (a modo de ejemplo resaltar el del número 16: "Pese a sus plumas, el búho tenía frío"). Pero en estos primeros capítulos también hay defectos: el innecesario desbordamiento de personalidad de Burris y el papel excesivamente superficial del personaje de Elise.
Una vez puestos en situación, Silverberg mantiene vivo el interés recurriendo a su imaginación para crear las más inverosímiles ambientaciones: la Arcada, prolija en diversiones; el "simbólico" hospital al borde del desierto; la Antártida... Pero la relación entre Minner y Lona sigue sin desviarse los cauces previstos: la amistad basada en sus anomalías al principio de conocerse, la desigual forma de entender el amor después, las primeras discrepancias, las tormentas... Aunque muy logrado narrativamente, nada que sorprenda al lector, y con el agravante de que al centrarse tanto en esa relación desatiende otros temas interesantes que había planteado al principio.
Además, Silverberg no cumple su promesa de mostrar el efecto morbosamente lúdico que tiene en la sociedad que plantea una pareja tal. De hecho, sólo unas pinceladas proyectan una difusa idea de esa sociedad. No obstante, hay episodios de categoría, como el del Salón Galáctico (tanto por lo que acontece como por dónde tiene lugar), o el del Tivoli de la Luna (parece imposible que un escenario así no exista en la realidad).
En el tramo final existe la incertidumbre de si las aguas volveran a su cauce entre Minner y Lona, lo que mantiene el interés hasta el desenlace. Pero el final que Silverberg crea para Chalk resulta poco convincente. Y la cantidad total de reflexiones presentadas es sensiblemente inferior a la habitual en la obra del estadounidense.
En suma, más que una gran novela estamos ante un ensayo general de una nueva vía literaria por la cual Silverberg sí alcanzaría el prestigio que ahora se le reconoce. Ahí radica su mayor valía.
sábado, 10 de octubre de 2015
Las puertas del cielo (1967). Robert Silverberg
Con "Las puertas del cielo" inauguro las entradas dedicadas a los libros de Robert Silverberg, mi escritor favorito. Y lo hago con la que en mi opinión es, en orden cronológico, la primera de sus novelas de madurez, periodo que, como ya dije en mi anterior entrada, es el que siempre me ha interesado en el escritor estadounidense. Y es que a pesar de su condición de fix-up de relatos concebidos para poder ser publicados individualmente por Frederik Pohl en su revista Galaxy, y de la frialdad de su comienzo, "Las puertas del cielo" logra que conceptos aparentemente lejanos cuando Silverberg los presenta la primera vez vayan convergiendo hasta conformar un desenlace sólido y coherente.
Es obvio que para abarcar nada menos que cien años de los siglos XXI y XXII situar cada una de las cinco novelas cortas en un periodo diferente es una buena alternativa. Pero esta estructuración es desconocida para el lector cuando se enfrenta a una primera parte meramente introductora de una Tierra superpoblada, ansiosa por abrazar nuevos cultos que además de la inmortalidad prometan también la salida física de la Tierra (los denominados vosters), y que se entretiene con nuevos artilugios (las Cámaras de la Nada) y habilidades parapsicológicas (los espers). Y después de que concluya sin que haya sucedido nada realmente relevante la preocupación por la calidad de la novela empeora cuando la segunda parte gira en torno a un nuevo personaje (Mondschein) sin aparente relación con la primera parte. Afortunadamente, la visita al revelador centro experimental voster en Santa Fe permite la interacción con el protagonista de esa primera parte (Ron Kirby) y las piezas de la novela comienzan lentamente a encajar.
Porque a partir de ahí el libro va desplegando un panorama interesante, con la superpoblada Tierra dominada por los vosters, la hostil Venus controlada por los herejes armonistas, y la terraformada Marte como terreno neutral en el que aparece por sorpresa Lázaro, el mártir armonista. Es posible que la atención de Silverberg en torno la búsqueda de la espiritualidad en el ser humano dé lugar a una influencia sobredimensionada del elemento religioso en el futuro próximo que nos plantea, pero si se acepta el panorama expuesto, podremos comprender sin dificultad las motivaciones de cada culto, el uso que hacen los voster de los osciladores esper y los impulsores venusianos, la complementariedad de ambas facciones, la manera como sus líderes van modelando las resistencias internas y, sobre todo, un tardío en aparecer pero impactante personaje, Noel Vorst, auténtico cerebro en la sombra durante toda la novela, como lo demuestra en el estupendo capítulo en el que revela todo lo realizado durante casi un siglo a Kirby.
Eso sí, la novela adolece de varios defectos que impiden incluirla entre lo mejor de su bibliografía. El más obvio es el planeta Venus, con una vegetación abundante y fauna inteligente y maligna. Tampoco Marte está muy bien caracterizado (incluso para los conocimientos disponibles en 1967), y el elemento científico en general está bastante cuestionado por tanto poder extrasensorial como nos propone Silverberg en diferentes momentos. Además, a la novela le falta acción y, como cabría esperar por su condición de relatos independientes interrelacionados, adolece de una cierta falta de profundidad y de mayores y más abundantes reflexiones, en especial si se tiene en cuenta el fuerte componente religioso de la novela. Un último defecto considerable es, como he dejado entrever antes, el tiempo que tarda en captar la atención del lector.
A cambio, Silverberg exhibe una loable concisión en absoluto reñida con la comprensión de lo planteado, sin rellenos innecesarios y con una imaginería religiosa original y razonablemente verosímil. Y es consecuente hasta el final con lo narrado, presentando un desenlace claro, que lleva las premisas de partida hasta sus últimas consecuencias.
Es obvio que para abarcar nada menos que cien años de los siglos XXI y XXII situar cada una de las cinco novelas cortas en un periodo diferente es una buena alternativa. Pero esta estructuración es desconocida para el lector cuando se enfrenta a una primera parte meramente introductora de una Tierra superpoblada, ansiosa por abrazar nuevos cultos que además de la inmortalidad prometan también la salida física de la Tierra (los denominados vosters), y que se entretiene con nuevos artilugios (las Cámaras de la Nada) y habilidades parapsicológicas (los espers). Y después de que concluya sin que haya sucedido nada realmente relevante la preocupación por la calidad de la novela empeora cuando la segunda parte gira en torno a un nuevo personaje (Mondschein) sin aparente relación con la primera parte. Afortunadamente, la visita al revelador centro experimental voster en Santa Fe permite la interacción con el protagonista de esa primera parte (Ron Kirby) y las piezas de la novela comienzan lentamente a encajar.
Porque a partir de ahí el libro va desplegando un panorama interesante, con la superpoblada Tierra dominada por los vosters, la hostil Venus controlada por los herejes armonistas, y la terraformada Marte como terreno neutral en el que aparece por sorpresa Lázaro, el mártir armonista. Es posible que la atención de Silverberg en torno la búsqueda de la espiritualidad en el ser humano dé lugar a una influencia sobredimensionada del elemento religioso en el futuro próximo que nos plantea, pero si se acepta el panorama expuesto, podremos comprender sin dificultad las motivaciones de cada culto, el uso que hacen los voster de los osciladores esper y los impulsores venusianos, la complementariedad de ambas facciones, la manera como sus líderes van modelando las resistencias internas y, sobre todo, un tardío en aparecer pero impactante personaje, Noel Vorst, auténtico cerebro en la sombra durante toda la novela, como lo demuestra en el estupendo capítulo en el que revela todo lo realizado durante casi un siglo a Kirby.
Eso sí, la novela adolece de varios defectos que impiden incluirla entre lo mejor de su bibliografía. El más obvio es el planeta Venus, con una vegetación abundante y fauna inteligente y maligna. Tampoco Marte está muy bien caracterizado (incluso para los conocimientos disponibles en 1967), y el elemento científico en general está bastante cuestionado por tanto poder extrasensorial como nos propone Silverberg en diferentes momentos. Además, a la novela le falta acción y, como cabría esperar por su condición de relatos independientes interrelacionados, adolece de una cierta falta de profundidad y de mayores y más abundantes reflexiones, en especial si se tiene en cuenta el fuerte componente religioso de la novela. Un último defecto considerable es, como he dejado entrever antes, el tiempo que tarda en captar la atención del lector.
A cambio, Silverberg exhibe una loable concisión en absoluto reñida con la comprensión de lo planteado, sin rellenos innecesarios y con una imaginería religiosa original y razonablemente verosímil. Y es consecuente hasta el final con lo narrado, presentando un desenlace claro, que lleva las premisas de partida hasta sus últimas consecuencias.
sábado, 26 de septiembre de 2015
Mi escritor de ciencia-ficción favorito: Robert Silverberg
En mi anterior entrada, dedicada a "Horizontes lejanos", la antología de novelas cortas originales auspiciadas por Robert Silverberg, ya mencionaba que el estadounidense era mi escritor de ciencia-ficción favorito, al tiempo que anticipaba que me iba a dedicar a partir de ahora a reseñar lo más representativo de su obra en español. Así que en la presente entrada voy a adelantar esa lista de libros, los cuales revisaré uno por uno durante los próximos meses.
Como de costumbre, no presumo de ser ningún estudioso del género, por lo que debo adelantar no he leído toda su obra de ciencia-ficción. Pero sí la mayor parte de la traducida al español. Aunque a propósito he rehusado leer cualquier novela suya anterior a 1967. La razón es que Silverberg empezó como un prometedor escritor de ciencia-ficción a finales de los 50, pero durante aproximadamente una década se limitó a seguir las pautas dominantes por aquel entonces en el género, más centradas en las aventuras que en la especulación. La irrupción de la new wave en la segunda mitad de los sesenta, que coincidió en el tiempo con una crisis personal que le llevó a mudarse de costa a costa de Estados Unidos, marcó un cambio definitivo en el enfoque y el alcance de su obra, que desde ese momento alcanzó una madurez y un prestigio que lo han mantenido hasta el día de hoy como uno de los más premiados y relevantes escritores del género.
Dicen los entendidos que en realidad el periodo de gloria de Silverberg duró tan sólo cinco años, de 1967 a 1972, y que se inició con "Espinas", una de las novelas que reseñaré en próximas entradas. Es un análisis que no comparto del todo. Porque aunque es evidente que fueron sus años más fecundos (voy a reseñar nada menos que 14 novelas de ese periodo), en mi opinión no todo lo que escribió en esa época posee el mismo nivel, ni todo lo que escribió después es de inferior calidad. Ni siquiera estoy de acuerdo con que el cambio se produjera con "Espinas"; para mí, "Las puertas del cielo", publicada unos pocos meses antes, ya refleja esa transición a su estilo de madurez.
La razón principal por la que sigue siendo mi escritor favorito no es por su prosa finísima, cautivadora y reconocible en apenas unas cuantas frases. Ni por las abundantes y acertadas reflexiones que introduce en sus novelas a colación de los hechos presentados. Me encanta Silverberg por algo en mi opinión mucho más difícil de conseguir: que cada novela suya sea sustancialmente diferente a la anterior, y sin embargo sea capaz de mantener la personalidad del escritor y un nivel medio muy alto. Porque en un ámbito tan complejo como la ciencia-ficción, crear un "entorno original" (el marco escénico y temporal, la sociedad que lo habita, la problemática presentada...) es una tarea ardua, por lo que una gran mayoría de los escritores del género se aferran a los dos o tres "entornos" que mejor conocen y dominan y se limitan a explorar nuevas posibilidades en ellos (piénsese en el Ekumen de LeGuin, el Espacio Reconocido de Niven, el Imperio Galáctico y la Fundación de Asimov, etc.). Lo cual no considero que sea un hecho criticable, pero sí provoca que más o menos intuyamos qué nos vamos a encontrar cuando nos acerquemos a una nueva novela suya. No es el caso de Silverberg: ni una de sus novelas es una continuación, una secuela, ni siquiera un spin-off de otras novela suya: todas partes de hipótesis diferentes, con marcos escénicos muy alejados entre sí y diferentes propósitos y metas.
Lo anterior no significa que Silverberg no tenga sus "obsesiones" favoritas. Que a mi modo de ver son cuatro: el viaje iniciático, el viaje en el tiempo, la psicología y la espiritualidad. Al viaje iniciático recurre Silverberg para que, al tiempo que se enfrentan a parajes fascinantes y a menudo hostiles, sus protagonistas evolucionen y sus personalidades se vean moldeadas por lo vivido. A menudo el viaje en el tiempo tiene la misma función que el iniciático, pero en otras es una manera de revisitar periodos históricos de especial fascinación para el autor, o simplemente de parodiar la sociedad contemporánea. Casi siempre sus novelas se centran en la psicología de sus protagonistas, pero a diferencia de por ejemplo J.G. Ballard, lo hacen sin descuidar lo narrado. Y con frecuencia sus personajes se hallan en busca de una espiritualidad que le dé un propósito a sus vidas, o una explicación para lo que les sucede. Es decir, un contenido de un calado similar al que podríamos encontrar en cualquier gran escritor de literatura mainstream. En la que dicho sea de paso Silverberg podría encajar perfectamente
Pero ello no significa que sus novelas renuncien a otros subgéneros esenciales en la ciencia-ficción. Así, entre las novelas que voy a empezar a reseñar reconocerán la ciencia-ficción hard, la utópica, la ucrónica, la humorística, la prehistórica... Prueba de ello es que no ha existido en España una editorial "especializada" en Silverberg, sino que sus obras han ido viendo la luz en las más diversas colecciones. Y casi siempre con una gran resultado, ameno y especulativo al mismo tiempo. Porque de los nada menos que veintisiete libros que voy a reseñar, más de veinte son claramente recomendables y sólo tres o cuatro más o menos decepcionantes. Es más: considero que al menos una decena de ellos son de lectura poco menos que imprescindible para el aficionado al género.
Entre esos veintesiete libros se encuentran los cuatro que ya he reseñado en este humilde blog: "Tiempo de cambios", para mí indiscutiblemente su mejor novela, y que incluí en mi lista de novelas esenciales para entender el género; dos novelas que figuran dentro de mi lista de novelas personalísimamente favoritas: "Las máscaras del tiempo" e "Hijo del tiempo", esta última una novelización de un relato corto de Isaac Asimov; y la que incluí en mi selección de novelas decepcionantes, "El hijo del hombre".
Sin más dilación, aquí tienen la lista:
"Las puertas del cielo" (1967)
"Espinas" (1967)
"Alas nocturnas" (1968)
"Las máscaras del tiempo" (1968)
"Regreso a Belzagor" (1969)
"Por el tiempo" (1969)
"A través de un billón de años" (1969)
"El hombre en el laberinto" (1969)
"La torre de cristal" (1970)
"El hijo del hombre" (1971)
"Tiempo de cambios" (1971)
"El mundo interior" (1971)
"El libro de los cráneos" (1972)
"Muero por dentro" (1972)
"El hombre estocástico" (1975)
"La fiesta de baco y otros relatos" (1975)
"Sadrac en el horno" (1976)
"Lo mejor de Silverberg" (1976)
"Rumbo a Bizancio" (1985)
"Tom O'Bedlam" (1985)
"La estrella de los gitanos" (1986)
"Al final del invierno" (1988)
"Anochecer" (1990) (junto a Isaac Asimov)
"La faz de las aguas" (1991)
"Hijo del tiempo" (1992) (junto a Isaac Asimov)
"El robot humano" (1992) (junto a Isaac Asimov)
"Roma eterna" (2003)
Silverberg es un escritor aún vivo pero ya prácticamente retirado, por lo que es poco probable que la lista se amplíe en un futuro. Así que a partir de mi próxima entrada revisaré en orden cronológico todos estos libros. Espero que el recorrido les resulte tan apasionante como a mí.
Como de costumbre, no presumo de ser ningún estudioso del género, por lo que debo adelantar no he leído toda su obra de ciencia-ficción. Pero sí la mayor parte de la traducida al español. Aunque a propósito he rehusado leer cualquier novela suya anterior a 1967. La razón es que Silverberg empezó como un prometedor escritor de ciencia-ficción a finales de los 50, pero durante aproximadamente una década se limitó a seguir las pautas dominantes por aquel entonces en el género, más centradas en las aventuras que en la especulación. La irrupción de la new wave en la segunda mitad de los sesenta, que coincidió en el tiempo con una crisis personal que le llevó a mudarse de costa a costa de Estados Unidos, marcó un cambio definitivo en el enfoque y el alcance de su obra, que desde ese momento alcanzó una madurez y un prestigio que lo han mantenido hasta el día de hoy como uno de los más premiados y relevantes escritores del género.
Dicen los entendidos que en realidad el periodo de gloria de Silverberg duró tan sólo cinco años, de 1967 a 1972, y que se inició con "Espinas", una de las novelas que reseñaré en próximas entradas. Es un análisis que no comparto del todo. Porque aunque es evidente que fueron sus años más fecundos (voy a reseñar nada menos que 14 novelas de ese periodo), en mi opinión no todo lo que escribió en esa época posee el mismo nivel, ni todo lo que escribió después es de inferior calidad. Ni siquiera estoy de acuerdo con que el cambio se produjera con "Espinas"; para mí, "Las puertas del cielo", publicada unos pocos meses antes, ya refleja esa transición a su estilo de madurez.
La razón principal por la que sigue siendo mi escritor favorito no es por su prosa finísima, cautivadora y reconocible en apenas unas cuantas frases. Ni por las abundantes y acertadas reflexiones que introduce en sus novelas a colación de los hechos presentados. Me encanta Silverberg por algo en mi opinión mucho más difícil de conseguir: que cada novela suya sea sustancialmente diferente a la anterior, y sin embargo sea capaz de mantener la personalidad del escritor y un nivel medio muy alto. Porque en un ámbito tan complejo como la ciencia-ficción, crear un "entorno original" (el marco escénico y temporal, la sociedad que lo habita, la problemática presentada...) es una tarea ardua, por lo que una gran mayoría de los escritores del género se aferran a los dos o tres "entornos" que mejor conocen y dominan y se limitan a explorar nuevas posibilidades en ellos (piénsese en el Ekumen de LeGuin, el Espacio Reconocido de Niven, el Imperio Galáctico y la Fundación de Asimov, etc.). Lo cual no considero que sea un hecho criticable, pero sí provoca que más o menos intuyamos qué nos vamos a encontrar cuando nos acerquemos a una nueva novela suya. No es el caso de Silverberg: ni una de sus novelas es una continuación, una secuela, ni siquiera un spin-off de otras novela suya: todas partes de hipótesis diferentes, con marcos escénicos muy alejados entre sí y diferentes propósitos y metas.
Lo anterior no significa que Silverberg no tenga sus "obsesiones" favoritas. Que a mi modo de ver son cuatro: el viaje iniciático, el viaje en el tiempo, la psicología y la espiritualidad. Al viaje iniciático recurre Silverberg para que, al tiempo que se enfrentan a parajes fascinantes y a menudo hostiles, sus protagonistas evolucionen y sus personalidades se vean moldeadas por lo vivido. A menudo el viaje en el tiempo tiene la misma función que el iniciático, pero en otras es una manera de revisitar periodos históricos de especial fascinación para el autor, o simplemente de parodiar la sociedad contemporánea. Casi siempre sus novelas se centran en la psicología de sus protagonistas, pero a diferencia de por ejemplo J.G. Ballard, lo hacen sin descuidar lo narrado. Y con frecuencia sus personajes se hallan en busca de una espiritualidad que le dé un propósito a sus vidas, o una explicación para lo que les sucede. Es decir, un contenido de un calado similar al que podríamos encontrar en cualquier gran escritor de literatura mainstream. En la que dicho sea de paso Silverberg podría encajar perfectamente
Pero ello no significa que sus novelas renuncien a otros subgéneros esenciales en la ciencia-ficción. Así, entre las novelas que voy a empezar a reseñar reconocerán la ciencia-ficción hard, la utópica, la ucrónica, la humorística, la prehistórica... Prueba de ello es que no ha existido en España una editorial "especializada" en Silverberg, sino que sus obras han ido viendo la luz en las más diversas colecciones. Y casi siempre con una gran resultado, ameno y especulativo al mismo tiempo. Porque de los nada menos que veintisiete libros que voy a reseñar, más de veinte son claramente recomendables y sólo tres o cuatro más o menos decepcionantes. Es más: considero que al menos una decena de ellos son de lectura poco menos que imprescindible para el aficionado al género.
Entre esos veintesiete libros se encuentran los cuatro que ya he reseñado en este humilde blog: "Tiempo de cambios", para mí indiscutiblemente su mejor novela, y que incluí en mi lista de novelas esenciales para entender el género; dos novelas que figuran dentro de mi lista de novelas personalísimamente favoritas: "Las máscaras del tiempo" e "Hijo del tiempo", esta última una novelización de un relato corto de Isaac Asimov; y la que incluí en mi selección de novelas decepcionantes, "El hijo del hombre".
Sin más dilación, aquí tienen la lista:
"Las puertas del cielo" (1967)
"Espinas" (1967)
"Alas nocturnas" (1968)
"Las máscaras del tiempo" (1968)
"Regreso a Belzagor" (1969)
"Por el tiempo" (1969)
"A través de un billón de años" (1969)
"El hombre en el laberinto" (1969)
"La torre de cristal" (1970)
"El hijo del hombre" (1971)
"Tiempo de cambios" (1971)
"El mundo interior" (1971)
"El libro de los cráneos" (1972)
"Muero por dentro" (1972)
"El hombre estocástico" (1975)
"La fiesta de baco y otros relatos" (1975)
"Sadrac en el horno" (1976)
"Lo mejor de Silverberg" (1976)
"Rumbo a Bizancio" (1985)
"Tom O'Bedlam" (1985)
"La estrella de los gitanos" (1986)
"Al final del invierno" (1988)
"Anochecer" (1990) (junto a Isaac Asimov)
"La faz de las aguas" (1991)
"Hijo del tiempo" (1992) (junto a Isaac Asimov)
"El robot humano" (1992) (junto a Isaac Asimov)
"Roma eterna" (2003)
Silverberg es un escritor aún vivo pero ya prácticamente retirado, por lo que es poco probable que la lista se amplíe en un futuro. Así que a partir de mi próxima entrada revisaré en orden cronológico todos estos libros. Espero que el recorrido les resulte tan apasionante como a mí.
sábado, 12 de septiembre de 2015
Horizontes lejanos (1999). Robert Silverberg
En la presente entrada les propongo una especie de propina con la que definitivamente rematar todas las entradas que durante más de dos años he dedicado a las principales sagas disponibles para el lector de ciencia-ficción en español. Una entrada que, además, me permite enlazar con el que será el tema al que me dedique durante aproximadamente el próximo año: Robert Silverberg, mi escritor de ciencia-ficción favorito. Que en "Horizontes lejanos" nos propone una de las antologías más originales del género: relatos y novelas cortas escritos a finales del siglo XX por buena parte de los autores de ciencia-ficción (norteamericana) más relevantes, que revisitan para la ocasión su saga más representativa. Con libertad casi absoluta para por ejemplo añadir un episodio paralelo, el punto de vista de otro personaje, la explicación de un acontecimiento esencial en la saga y la única y obvia restricción de que el escritor estuviera aún en activo en aquel momento. Es decir, una "guinda" con la que saciar el apetito de nuevas entregas de muchos de sus seguidores.
Por su extensión, la mayoría de las obras aquí recopiladas se adhieren a la categoría de novelas cortas. Todas ellas originales, es decir, escritas a propósito para esta antología (una muestra del peso que tenía Silverberg allá por 1999 en el género). Entre ellas podremos encontrar muchas de las sagas de las que ya he recomendado al menos una novela en este mismo blog. A saber: Los Cantos de Hyperion, de Dan Simmons; la saga de los Insomnes, de Nancy Kress; la saga de los Heechee, de Frederik Pohl; y la saga del Ciclo del Centro Galáctico, de Gregory Benford. Y algunas otras que no he llegado a recomendar pero que sí que mencioné en mi entrada anterior sobre otras sagas: la saga de La Guerra Interminable, de Joe Haldeman; la saga de Ender, de Orson Scott Card; la saga de la Elevación de los Pupilos, de David Brin; y la Trilogía de Thistledown, de Greg Bear. Completada con otra saga apenas conocida para el lector de ciencia-ficción en español (Saga de la Nave que Cantó, de Anne McCaffrey), y dos curiosidades (para mí no sagas): una novela corta ambientada en el Ekumen, la historia del futuro imaginada por Ursula K. LeGuin, que engloba sus novelas más famosas; y otra ambientada en "Roma Eterna", la ucronía de Robert Silverberg escrita a partir de varias novelas cortas interrelacionadas, y que reseñaré en este mismo blog en próximos meses.
Además, cada novela viene prologada por el propio autor, que suele ofrecer un pequeño resumen sobre el marco argumental de la saga que permita afrontar la lectura, y el motivo por el que la ha decidido completar con esta nueva entrega. Así como un listado de las novelas que (a fecha de publicación de la antología) conformaban cada saga. Es decir, un libro muy cuidado realizado por lo más granado de la ciencia-ficción de las tres últimas décadas del siglo XX.
Ahora bien, el resultado, como sucede en prácticamente toda antología, es irregular. Pero el nivel medio es más que satisfactorio, lo que confirma la categoría de los escritores y el hecho de que estén escribiendo en torno a sus sagas más reconocidas. De las once historias mi indiscutible favorita es "Perros durmientes", la aportación de Nancy Kress a su brillante y un tanto minusvalorada saga de los Durmientes: magníficamente estructurada, cautivadora, directa, cientifica, proporciona un nuevo final a la trilogía al situarse tras "La cabalgata de los mendigos". Un escalón por debajo solamente se sitúa "Huérfanos de la hélice", de Dan Simmons: pese a alguna que otra exageración, se trata de un relato brillante, cautivador y bien integrado en la saga.
Entre las novelas que mantienen el tipo se sitúan, en mi opinión: "Una guerra separada", de Joe Haldeman, que recrea el ambiente de su saga de la Guerra Interminable y dota de credibilidad a los viajes relativistas y sus implicaciones para los humanos, aunque con un final inverosímil; "Consejera de inversiones", de Orson Scott Card, que aunque también resulte inverosímil en lo relativo a la informática propuesta, es un relato razonablemente ameno y coherente; "Conocer al dragón", de Robert Silverberg, que a pesar del hándicap de una historia alternativa en parte previsible y en parte reconocible, propone un relato profundo, humano y de indudable calidad; "El muchacho que viviría para siempre", de Frederik Pohl, bien integrado en la saga de los Heeche, ameno y desenfadado, pero también falto de dramatismo y con una estructuración mejorable; y "La nave que regresó", de Anne McCaffrey, que aunque se sitúa peligrosamente en los límites de la fantasía, constituye una novela agradable y con un toque femenino incuestionable.
Y entre aquellas manifiestamente mejorables situaría: "Vieja música y las mujeres esclavas", de Ursula K. LeGuin, una historia con el ambiente y la temática habitual en la autora, pero confusa y sin mucho tirón; "La vía de todos los fantasmas", de Greg Bear, un relato incomprensible y farragoso sólo apuntalado por una creatividad delirante y cierto sentido de la maravilla; la muy floja "Tentación", de David Brin, larga, fantasiosa, con personajes que desaparecen, sin acción, y con el esfuerzo por hacer verosímiles a los protodelfines como único aliciente; y la peor de todas con diferencia, "Hambre de infinito", de Gregory Benford, incomprensible, pretenciosa hasta el aburrimiento, desestructurada...
A pesar de estos deslices, ya saben, si les gustó alguna de las sagas mencionadas y desconocían la existencia de "Horizontes lejanos", háganse con este y disfruten del placer de descubrir una historia que tal vez nunca esperaron leer en torno a su saga favorita.
Por su extensión, la mayoría de las obras aquí recopiladas se adhieren a la categoría de novelas cortas. Todas ellas originales, es decir, escritas a propósito para esta antología (una muestra del peso que tenía Silverberg allá por 1999 en el género). Entre ellas podremos encontrar muchas de las sagas de las que ya he recomendado al menos una novela en este mismo blog. A saber: Los Cantos de Hyperion, de Dan Simmons; la saga de los Insomnes, de Nancy Kress; la saga de los Heechee, de Frederik Pohl; y la saga del Ciclo del Centro Galáctico, de Gregory Benford. Y algunas otras que no he llegado a recomendar pero que sí que mencioné en mi entrada anterior sobre otras sagas: la saga de La Guerra Interminable, de Joe Haldeman; la saga de Ender, de Orson Scott Card; la saga de la Elevación de los Pupilos, de David Brin; y la Trilogía de Thistledown, de Greg Bear. Completada con otra saga apenas conocida para el lector de ciencia-ficción en español (Saga de la Nave que Cantó, de Anne McCaffrey), y dos curiosidades (para mí no sagas): una novela corta ambientada en el Ekumen, la historia del futuro imaginada por Ursula K. LeGuin, que engloba sus novelas más famosas; y otra ambientada en "Roma Eterna", la ucronía de Robert Silverberg escrita a partir de varias novelas cortas interrelacionadas, y que reseñaré en este mismo blog en próximos meses.
Además, cada novela viene prologada por el propio autor, que suele ofrecer un pequeño resumen sobre el marco argumental de la saga que permita afrontar la lectura, y el motivo por el que la ha decidido completar con esta nueva entrega. Así como un listado de las novelas que (a fecha de publicación de la antología) conformaban cada saga. Es decir, un libro muy cuidado realizado por lo más granado de la ciencia-ficción de las tres últimas décadas del siglo XX.
Ahora bien, el resultado, como sucede en prácticamente toda antología, es irregular. Pero el nivel medio es más que satisfactorio, lo que confirma la categoría de los escritores y el hecho de que estén escribiendo en torno a sus sagas más reconocidas. De las once historias mi indiscutible favorita es "Perros durmientes", la aportación de Nancy Kress a su brillante y un tanto minusvalorada saga de los Durmientes: magníficamente estructurada, cautivadora, directa, cientifica, proporciona un nuevo final a la trilogía al situarse tras "La cabalgata de los mendigos". Un escalón por debajo solamente se sitúa "Huérfanos de la hélice", de Dan Simmons: pese a alguna que otra exageración, se trata de un relato brillante, cautivador y bien integrado en la saga.
Entre las novelas que mantienen el tipo se sitúan, en mi opinión: "Una guerra separada", de Joe Haldeman, que recrea el ambiente de su saga de la Guerra Interminable y dota de credibilidad a los viajes relativistas y sus implicaciones para los humanos, aunque con un final inverosímil; "Consejera de inversiones", de Orson Scott Card, que aunque también resulte inverosímil en lo relativo a la informática propuesta, es un relato razonablemente ameno y coherente; "Conocer al dragón", de Robert Silverberg, que a pesar del hándicap de una historia alternativa en parte previsible y en parte reconocible, propone un relato profundo, humano y de indudable calidad; "El muchacho que viviría para siempre", de Frederik Pohl, bien integrado en la saga de los Heeche, ameno y desenfadado, pero también falto de dramatismo y con una estructuración mejorable; y "La nave que regresó", de Anne McCaffrey, que aunque se sitúa peligrosamente en los límites de la fantasía, constituye una novela agradable y con un toque femenino incuestionable.
Y entre aquellas manifiestamente mejorables situaría: "Vieja música y las mujeres esclavas", de Ursula K. LeGuin, una historia con el ambiente y la temática habitual en la autora, pero confusa y sin mucho tirón; "La vía de todos los fantasmas", de Greg Bear, un relato incomprensible y farragoso sólo apuntalado por una creatividad delirante y cierto sentido de la maravilla; la muy floja "Tentación", de David Brin, larga, fantasiosa, con personajes que desaparecen, sin acción, y con el esfuerzo por hacer verosímiles a los protodelfines como único aliciente; y la peor de todas con diferencia, "Hambre de infinito", de Gregory Benford, incomprensible, pretenciosa hasta el aburrimiento, desestructurada...
A pesar de estos deslices, ya saben, si les gustó alguna de las sagas mencionadas y desconocían la existencia de "Horizontes lejanos", háganse con este y disfruten del placer de descubrir una historia que tal vez nunca esperaron leer en torno a su saga favorita.
lunes, 31 de agosto de 2015
Otras sagas de ciencia-ficción en español
Durante los últimos 24 meses he estado reseñando en este humilde blog las más de cincuenta novelas que recomiendo leer de las principales sagas disponibles para el lector de ciencia-ficción en español. Ha sido un recorrido apasionante que terminó a principios de mes cuando reseñé "La historia de Zoe", la "última" de las novelas de la saga de La Vieja Guardia, de John Scalzi. ¿Terminó? Bueno, no realmente, aunque sí en mi caso. Me explico.
Desde que inicié este blog siempre he resaltado mi condición de simple aficionado al género. No soy un estudioso del mismo, ni pertenezco a ninguna editorial u asociación relacionada con el género. Simplemente me limito a compartir mis experiencias e impresiones en relación con el maravilloso mundo de la literatura de ciencia-ficción, a la que dedico parte de mis ratos libres. Esto significa que, en el caso de las sagas seleccionadas, no he realizado un recorrido exhaustivo por todas las sagas que se han publicado en español desde hace setenta años. Simplemente he seleccionado la mayoría de aquellas que sí he leído y disfrutado.
Esto por fuerza implica que el término "principal" con el que aludía a mi selección sea forzosamente subjetivo. Y que por tanto la elección que realicé sea discutible. Honestamente no creo que sea una mala selección, pues no podría haber reseña de sagas de este maravilloso género sin hablar de la Fundación, de Dune, de Mundo Anillo, de los Heeche o de las Máquinas del Tiempo. Pero obviamente por el camino me he dejado un buen puñado de sagas sin reseñar. Sin pretender realizar una lista pormenorizada, voy a hablarles mínimamente de algunas de ellas.
La que más me ha dolido dejar de reseñar ha sido la de Viaje Alucinante, de mi admirado Isaac Asimov. El motivo es que desafortunadamente no guardo notas de la lectura de "Viaje alucinante II"; recuerdo que me gustó menos que la excepcional primera entrega, y que me pareció un tanto larga y reiterativa por momentos. Pero eso no es suficiente para una reseña en condiciones. Así que si alguna vez la vuelvo a leer, dejaré constancia de la misma en este blog.
Otra saga que no he mencionado es la saga de Ender, de Orson Scott Card. Por la misma razón: cuando leí "El juego de Ender" me dejó tan indiferente, y me pareció tan obvia la "sorpresa" que encierra, que no escribí nota alguna. Lógicamente con este precedente nunca me he animado a leer el resto de los títulos de la saga, ni de su paralela, la saga de la Sombra. Algo similar me sucede con la saga del Autoestopista Galáctico, de Douglas Adams. Leí la "Guía del autoestopista galáctico", y me pareció que capturaba con acierto varios de los clichés del género. Pero supuestamente es una novela humorística, y debo confesar que apenas despertó alguna sonrisa, por lo que no escribí nota alguna al terminar, ni por supuesto me he animado con el resto de las novelas de la saga. Siguiendo con sagas de las que he leido alguna novela pero no he reseñado, debo citar la saga de la Odisea Espacial, de Arthur C. Clarke. Leí en su momento "2001, una odisea en el espacio", que me pareció una novela interesante pero inferior a las mejores del maestro británico. Por eso nunca he terminado de decidirme a darle una oportunidad a las otras tres novelas de la saga, aunque es posible que lo haga algún día. También de Clarke es la saga de Rama, cuya primera novela "Cita con Rama" sí que incluiría entre lo mejor de su producción. Pero aquí el caso es diferente al de la Odisea Espacial, puesto que su conversión en saga ha venido de la mano de Gentry Lee, un escritor por lo demás desconocido que parece haber obtenido de Clarke el permiso para alargar el original bajo su supervisión; un panorama nada atrayente. O incluso el de la saga Akasa-Puspa, de los españoles Juan Miguel Aguilera y Javier Redal, cuya primera entrega ("Mundos en el Abismo") resultaba muy atrayente en su ambientación aunque de trama y desenlace un tanto fallidos. Por no hablar de William Gibson y la trilogía inaugurada con la decepcionante "Neuromante".
En otros casos no he podido reseñar la saga porque sólo está traducido al español el primer título de la misma. Es lo que sucede, por ejemplo, con "Los árboles integrales", una meritoria novela de Larry Niven cuya continuación ("The smoke ring") no está publicada en español. O con "Al final del invierno", una disfrutable novela de Robert Silverberg cuya continuación ("The Queen of Springtime") tampoco está traducida. O con "Spin", la formidable novela de Robert C. Wilson, inicio de una trilogía cuyas entregas segunda y tercera ("Axis" y "Vortex") no han visto la luz en nuestro idioma.
Por último, hay otra muchas sagas de las que ni siquiera he leído la primera entrega. Entre ellas: "Ilión", de Dan Simmons, pues como expliqué en su momento tampoco he sido capaz de completar la lectura de los para mí excesivamente recargados Cantos de Hyperion; el "Criptonomicón", pues lo que he leído de Neil Stephenson me ha resultado pretencioso y de una morosidad verbal injustificada; o la saga de Chanur, de C.J. Cherryh, una escritura que tampoco me ha terminado de cautivar nunca; o la saga de la Cultura, de Iain M. Banks; o los Señores de la Instrumentalidad, de Cordwainer Smith; o la saga de la Elevación de los Pupilos, de David Brin; o el Paralaje Neanderthal, de Robert J. Sawyer; o la saga de La Rata de Acero Inoxidable, de Harry Harrison; o la trilogía de Thistledown, de Greg Bear; o la Historia del Futuro, de Jerry Pournelle; o el ciclo de los Dorsai, de Gordon R. Dickson...
Como pueden ver, son muchas las sagas que me esperan en las estanterías. Algunas probablemente no las lea nunca(caso por ejemplo de los Fantasmas de Gaunt, de Dan Abnett, nada menos que 14 novelas de ciencia ficción puramente militar). Otras en cambio están en lista de espera (las siguientes, la saga de Misión de Gravedad, de Hal Clement, y la saga del Arca, de Stephen Baxter). Por lo cual no es descartable que dentro de unos años retome la iniciativa de sugerir una nueva lista de novelas recomendables de las que entonces serán las "nuevas principales" sagas disponibles... Quién sabe.
Por ahora, permítanme que cierre la entrada con una apreciación que viene al caso: la saga de La guerra interminable de Joe Haldeman la constituyen "La guerra interminable" y "La libertad interminable", pero no la multipremiada "Paz interminable", a pesar de lo que el título y muchos supuestos conocedores del género pueden sugerir. Así que, ya saben, prosigan buceando en las sagas del género, pero no se dejen confundir.
Desde que inicié este blog siempre he resaltado mi condición de simple aficionado al género. No soy un estudioso del mismo, ni pertenezco a ninguna editorial u asociación relacionada con el género. Simplemente me limito a compartir mis experiencias e impresiones en relación con el maravilloso mundo de la literatura de ciencia-ficción, a la que dedico parte de mis ratos libres. Esto significa que, en el caso de las sagas seleccionadas, no he realizado un recorrido exhaustivo por todas las sagas que se han publicado en español desde hace setenta años. Simplemente he seleccionado la mayoría de aquellas que sí he leído y disfrutado.
Esto por fuerza implica que el término "principal" con el que aludía a mi selección sea forzosamente subjetivo. Y que por tanto la elección que realicé sea discutible. Honestamente no creo que sea una mala selección, pues no podría haber reseña de sagas de este maravilloso género sin hablar de la Fundación, de Dune, de Mundo Anillo, de los Heeche o de las Máquinas del Tiempo. Pero obviamente por el camino me he dejado un buen puñado de sagas sin reseñar. Sin pretender realizar una lista pormenorizada, voy a hablarles mínimamente de algunas de ellas.
La que más me ha dolido dejar de reseñar ha sido la de Viaje Alucinante, de mi admirado Isaac Asimov. El motivo es que desafortunadamente no guardo notas de la lectura de "Viaje alucinante II"; recuerdo que me gustó menos que la excepcional primera entrega, y que me pareció un tanto larga y reiterativa por momentos. Pero eso no es suficiente para una reseña en condiciones. Así que si alguna vez la vuelvo a leer, dejaré constancia de la misma en este blog.
Otra saga que no he mencionado es la saga de Ender, de Orson Scott Card. Por la misma razón: cuando leí "El juego de Ender" me dejó tan indiferente, y me pareció tan obvia la "sorpresa" que encierra, que no escribí nota alguna. Lógicamente con este precedente nunca me he animado a leer el resto de los títulos de la saga, ni de su paralela, la saga de la Sombra. Algo similar me sucede con la saga del Autoestopista Galáctico, de Douglas Adams. Leí la "Guía del autoestopista galáctico", y me pareció que capturaba con acierto varios de los clichés del género. Pero supuestamente es una novela humorística, y debo confesar que apenas despertó alguna sonrisa, por lo que no escribí nota alguna al terminar, ni por supuesto me he animado con el resto de las novelas de la saga. Siguiendo con sagas de las que he leido alguna novela pero no he reseñado, debo citar la saga de la Odisea Espacial, de Arthur C. Clarke. Leí en su momento "2001, una odisea en el espacio", que me pareció una novela interesante pero inferior a las mejores del maestro británico. Por eso nunca he terminado de decidirme a darle una oportunidad a las otras tres novelas de la saga, aunque es posible que lo haga algún día. También de Clarke es la saga de Rama, cuya primera novela "Cita con Rama" sí que incluiría entre lo mejor de su producción. Pero aquí el caso es diferente al de la Odisea Espacial, puesto que su conversión en saga ha venido de la mano de Gentry Lee, un escritor por lo demás desconocido que parece haber obtenido de Clarke el permiso para alargar el original bajo su supervisión; un panorama nada atrayente. O incluso el de la saga Akasa-Puspa, de los españoles Juan Miguel Aguilera y Javier Redal, cuya primera entrega ("Mundos en el Abismo") resultaba muy atrayente en su ambientación aunque de trama y desenlace un tanto fallidos. Por no hablar de William Gibson y la trilogía inaugurada con la decepcionante "Neuromante".
En otros casos no he podido reseñar la saga porque sólo está traducido al español el primer título de la misma. Es lo que sucede, por ejemplo, con "Los árboles integrales", una meritoria novela de Larry Niven cuya continuación ("The smoke ring") no está publicada en español. O con "Al final del invierno", una disfrutable novela de Robert Silverberg cuya continuación ("The Queen of Springtime") tampoco está traducida. O con "Spin", la formidable novela de Robert C. Wilson, inicio de una trilogía cuyas entregas segunda y tercera ("Axis" y "Vortex") no han visto la luz en nuestro idioma.
Por último, hay otra muchas sagas de las que ni siquiera he leído la primera entrega. Entre ellas: "Ilión", de Dan Simmons, pues como expliqué en su momento tampoco he sido capaz de completar la lectura de los para mí excesivamente recargados Cantos de Hyperion; el "Criptonomicón", pues lo que he leído de Neil Stephenson me ha resultado pretencioso y de una morosidad verbal injustificada; o la saga de Chanur, de C.J. Cherryh, una escritura que tampoco me ha terminado de cautivar nunca; o la saga de la Cultura, de Iain M. Banks; o los Señores de la Instrumentalidad, de Cordwainer Smith; o la saga de la Elevación de los Pupilos, de David Brin; o el Paralaje Neanderthal, de Robert J. Sawyer; o la saga de La Rata de Acero Inoxidable, de Harry Harrison; o la trilogía de Thistledown, de Greg Bear; o la Historia del Futuro, de Jerry Pournelle; o el ciclo de los Dorsai, de Gordon R. Dickson...
Como pueden ver, son muchas las sagas que me esperan en las estanterías. Algunas probablemente no las lea nunca(caso por ejemplo de los Fantasmas de Gaunt, de Dan Abnett, nada menos que 14 novelas de ciencia ficción puramente militar). Otras en cambio están en lista de espera (las siguientes, la saga de Misión de Gravedad, de Hal Clement, y la saga del Arca, de Stephen Baxter). Por lo cual no es descartable que dentro de unos años retome la iniciativa de sugerir una nueva lista de novelas recomendables de las que entonces serán las "nuevas principales" sagas disponibles... Quién sabe.
Por ahora, permítanme que cierre la entrada con una apreciación que viene al caso: la saga de La guerra interminable de Joe Haldeman la constituyen "La guerra interminable" y "La libertad interminable", pero no la multipremiada "Paz interminable", a pesar de lo que el título y muchos supuestos conocedores del género pueden sugerir. Así que, ya saben, prosigan buceando en las sagas del género, pero no se dejen confundir.
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