La entrada que hoy les traigo da continuidad a mi recorrido por algunas de las sagas más relevantes para el lector de ciencia-ficción en español. Avanzamos ya hasta el año 2019, que fue cuando comenzó a publicarse la saga "Luna Helada", del escritor alemán Matthias Matting (quien publica bajo el pseudónimo de Brandon Q. Morris seguramente para evitar el rechazo de aquellos lectores acostumbrados a leer exclusivamente producciones anglosajonas). Algunos de ustedes tal vez recuerden que hace un par de años reseñé ya el primer título de la saga, "La Misión Encélado" (2019), una revitalizante incursión en el subgénero de la ciencia-ficción dura amparada por los conocimientos científicos y tecnológicos más recientes. La que hoy les traigo es la segunda entrega de la saga, "La Sonda Titán". Publicada sólo unos meses después de su predecesora, profundiza en los hallazgos de su primera entrega con una historia de idénticos protagonistas y marco temporal, que resulta más disfrutable que novedosa.
Cronológicamente la narración arranca apenas unas horas después del final de "La Misión Encélado" (excepción hecha del prólogo, fechado en 2005 y dedicado a narrar el aterrizaje de la sonda Huygens en Titán), y salvo por el añadido del veterano profesore Robert Millikan y sus descubrimientos sobre lo que está sucediendo en torno a Saturno, se centra en los mismos seis protagonistas de la primera novela. Incluyendo a Marchenko, el médico ruso al que habíamos dado por muerto en la superficie de Encélado en la primera novela. Morris lo "resucita" (un recurso más defendible desde el punto de vista literario que desde el biológico), y estructura en torno a su lucha por la superviviencia en condiciones extremas y a su intento por avisar a sus compañeros para que lo rescaten, toda la trama.
Entre medias, la inesperada actividad mostrada por la sonda Huygens en el año 2046 le sirve al autor como excusa para enviar al resto de la misión a visitar Titán, el mayor satélite de Saturno, en una expedición también repleta de dificultades, aventuras y peligros. Abundando en la ya conocida temática del primer (en este caso segundo) encuentro con vida inteligente extraterrestre, elucubrando sobre los procesos que podrían dar lugar a la misma, y las formas que podrían adoptar los seres vivos en unos ambientes tan hinóspitos desde el punto de vista humano. Morris encara estas especulaciones con su ya conocido rigor científico, y lo hace cautivando por sus conocimientos aplicados en las materias más diversas, e intentando en todo momento que el lector comprenda la ciencia y la tecnología que los sostiene. Un cuidado extremo del elemento científico que justifica los extensos apéndices sobre Titán emplazados al final del libro, realmente interesantes y presentados con innegable vocación didáctica.
Esta continuidad argumental, estilística y tecnológica facilita que el lector de esta segunda entrega se sitúe al instante y disfrute de la lectura, pero en cierta medida también juega en contra de la misma. Sobre todo, porque lo que encierran las páginas de la novela resulta menos sorprendente que en la primera novela. Pero también porque la dualidad de líneas narrativas (la que debería acaparar la atención, en Titán, y la que realmente alcanza mayores cotas de dramatismo, en Encélado) no termina de funcionar; de hecho, la segunda y última parte de la novela ("Regreso", que abarca aproximadamente su último tercio), ya no acontence en absoluto en Titán, cuando éste es la supuesta razón de ser del libro. Porque Matting parece darse cuenta de que lo que le falta por relatar de la novela es precisamente lo que va a suceder en Encélado, aunque no sea el mayor satélite de Saturno.
Otros defectos menores son las relaciones afectivas un tanto infantiles (al menos así nos las presenta Morris) entre su sexteto protagonista, cierta falta de dramatismo en algunas situaciones (la prosa del escritor es muy alemana, para lo bueno y para lo malo), la presencia de algunos sueños y visiones justificadas argumentalmente pero que chirrían frente al tono de aventura científica del grueso de la narración, cierta premura en el desenlace, y la solución un tanto artificiosa para dar continuidad a la vida de Marchenko y que pueda retornar a la Tierra.
A cambio, la novela es eficaz a la hora de revisitar temas clásicos del género a la luz de los más recientes conocimientos científicos y avances tecnológicos, y frente a lo que tan a menudo sucede en estos últimos años, no pretende reconciliar la ciencia-ficción con los dogmas de pensamiento único que nos rodean por todas partes, sólo instruirnos sobre lo que esconde nuestro Sistema Solar a la vez que nos hace pasar un buen rato. Por eso el balance final es netamente favorable, y por eso les emplazo a mi siguiente reseña de la saga, dentro de unos días.
Pasión por la ciencia-ficción
Un apasionado de la literatura de ciencia-ficción y escritor a tiempo parcial que dedica parte de sus escasos ratos libres a compartir su pasión con el resto de aficionados.
miércoles, 31 de diciembre de 2025
martes, 30 de diciembre de 2025
"El Fin de la Muerte" (2018). Cixin Liu
Con la novela que hoy les voy a reseñar sigo avanzando en el tiempo en mi recorrido en orden cronológico por algunas de las sagas más importantes de la ciencia-ficción que aún no habían aparecido, o no completamente, por este blog. Nos situamos en el año 2018, que fue cuando vio la luz la edición en español de "El Fin de la Muerte", del autor chino Cixin Liu. Se trata en realidad de la tercera entrega de su trilogía "El Problema de los Tres Cuerpos", pero es la primera y única de la misma que voy a reseñar como parte de este recorrido. Como algunos de ustedes tal vez recuerden, la razón es que las otras dos novelas ya recibieron atención como parte de mi revisión temática de los Premios Nébula ("El Problema de los Tres Cuerpos", 2015) y del subgénero de la ciencia-ficción dura ("El Bosque Oscuro", 2017), respectivamente. Y dado que acabo de ofrecerles los enlaces a dichas entradas, espero que esta revisión un tanto entrecortada de esta saga no suponga mayores problemas para todos los que han leído o se disponen a leerla. Que sin duda es una de las más populares comercialmente en lo que llevamos de siglo, hasta el punto de que la escogí para ilustrar la entrada que dio comienzo a este nuevo recorrido, hace casi dos años. "El Fin de la Muerte" pone el broche de oro a tan monumental saga: es una novela descomunal, con suficientes elementos y temas para, en manos de un escritor menos ambicioso, haber sustentado toda su bibliografía, pero que aquí se condensan en poco más de setecientas páginas de una gran densidad.
A pesar de la riqueza (conceptual y argumental) de las dos novelas anteriores, y de que esta tercera entrega es todavía más extensa que ellas, para mí se trata, sin duda, de la mejor novela de la trilogía. Porque no sólo respeta la esencia de las dos anteriores, sino que las lleva, de una manera coherente y grandilocuente a partes iguales, a una nueva dimensión que resalta todas las virtudes de la serie. Y es que a lo largo de los más de dieciocho millones de años que abarcan las cinco partes y las nueve Eras con las que Liu cubre tan extenso periodo, la cantidad de conceptos científicos, de desarrollos tecnológicos, y de especulaciones socioculturales asociadas, es abrumadora. Hasta el punto de que la novela abandona otros géneros literarios explorados por sus predecesoras, como el suspense o el bélico, y abraza con entusiasmo la ciencia-ficción dura. Partiendo de conceptos científicos de plena vigencia en la actualidad, y desarrollándolos como probablemente ningún otro autor del género ha hecho en las últimas décadas. Con el acierto, además, de presentarlos de manera accesible para que un lector que ponga un poco de su parte pueda aprehenderlos. Así, por sus páginas veremos pasar pliegues en el espacio-tiempo, ondas gravitacionales, espacios multi-dimensionales, colonias espaciales auto-sostenibles, motores de propulsión por curvatura, y un sinfín de elementos más, en un derroche creativo absolutamente abrumador.
Por si lo anterior fuera poco, a nivel argumental el despligue no se queda atrás: ataques de los trisolarianos, emigración forzosa de la humanidad a Australia, períodos de prosperidad en unas ciudades increíblemente avanzadas, emigración por el Sistema Solar, intrigas entre grupos de poder por liderar el proyecto que permita la continuidad de la humanidad, proyectos de salvación de lo más granado de la cultura y el arte humano... Y todo ello sin perder de vista comportamientos y emociones humanos básicos: amor, engaños, traiciones, desesperanza, lucha por la subsistencia... A veces incluso mediante recesos e intrahistorias dentro de la trama principal, una exhibición que confirma el dispendio creativo.
Una consecuencia casi inevitable de este despliegue sin parangón es la dificultad que entraña la lectura. Que en esta trilogía se agrava, además, por el inevitable choque cultural que para el lector occidental supone encontrarse con una forma de escribir "oriental", con su frialdad narrativa, sus alusiones a periodos culturales y obras chinas que poco o nada le dirán, su ritmo prácticamente estable de principio a fin, sus nombres difíciles de retener, su firme creencia en una respuesta casi siempre consensuada de la humanidad... Si bien la novela resulta razonablemente disfrutable, requiere de mucha concentración, buena capacidad de retentiva, y tiempo para no espaciar en demasía las lecturas, y así poder digerir todo lo que el escritor va revelando.
Además, no todos los temas tratados revisten el mismo interés, ni todas las Eras resultan igual de sugestivas, por lo que a veces es necesario armarse de paciencia y seguir prestando toda la atención posible, pues todo cuando es narrado puede revisitarse o convertirse en esencial unos cientos de páginas después. Es el caso, por ejemplo, de los tres cuentos con los que Yun Tianming consigue burlar la censura de los trisolarianos y darle a Cheng Xin las claves para que la humanidad pueda existir: demasiado largos, líricos y hasta bucólicos en relación con el resto de la trama y con su finalidad, aunque las ideas que encierran sean brillantes. También es el caso de la misma Xin, un personaje un tanto extraño para el lector occidental, y sobre el que a lo largo del libro van recayendo unas responsabilidades absolutamente inverosímiles. Por no hablar de su sempiterna compañera/amiga/¿amante?, cuyos vínculos con Xin desafortunadamente nunca se terminarán de entender.
Pero asumiendo que el libro no pretende ser una novela de personajes, y que no es apta para todos los públicos, su sentido de la maravilla es tan extraordinario que incluso para los aficionados al género más encallecidos supone una lectura de hondo impacto, con un desenlace a tono con su grandilocuencia.
A pesar de la riqueza (conceptual y argumental) de las dos novelas anteriores, y de que esta tercera entrega es todavía más extensa que ellas, para mí se trata, sin duda, de la mejor novela de la trilogía. Porque no sólo respeta la esencia de las dos anteriores, sino que las lleva, de una manera coherente y grandilocuente a partes iguales, a una nueva dimensión que resalta todas las virtudes de la serie. Y es que a lo largo de los más de dieciocho millones de años que abarcan las cinco partes y las nueve Eras con las que Liu cubre tan extenso periodo, la cantidad de conceptos científicos, de desarrollos tecnológicos, y de especulaciones socioculturales asociadas, es abrumadora. Hasta el punto de que la novela abandona otros géneros literarios explorados por sus predecesoras, como el suspense o el bélico, y abraza con entusiasmo la ciencia-ficción dura. Partiendo de conceptos científicos de plena vigencia en la actualidad, y desarrollándolos como probablemente ningún otro autor del género ha hecho en las últimas décadas. Con el acierto, además, de presentarlos de manera accesible para que un lector que ponga un poco de su parte pueda aprehenderlos. Así, por sus páginas veremos pasar pliegues en el espacio-tiempo, ondas gravitacionales, espacios multi-dimensionales, colonias espaciales auto-sostenibles, motores de propulsión por curvatura, y un sinfín de elementos más, en un derroche creativo absolutamente abrumador.
Por si lo anterior fuera poco, a nivel argumental el despligue no se queda atrás: ataques de los trisolarianos, emigración forzosa de la humanidad a Australia, períodos de prosperidad en unas ciudades increíblemente avanzadas, emigración por el Sistema Solar, intrigas entre grupos de poder por liderar el proyecto que permita la continuidad de la humanidad, proyectos de salvación de lo más granado de la cultura y el arte humano... Y todo ello sin perder de vista comportamientos y emociones humanos básicos: amor, engaños, traiciones, desesperanza, lucha por la subsistencia... A veces incluso mediante recesos e intrahistorias dentro de la trama principal, una exhibición que confirma el dispendio creativo.
Una consecuencia casi inevitable de este despliegue sin parangón es la dificultad que entraña la lectura. Que en esta trilogía se agrava, además, por el inevitable choque cultural que para el lector occidental supone encontrarse con una forma de escribir "oriental", con su frialdad narrativa, sus alusiones a periodos culturales y obras chinas que poco o nada le dirán, su ritmo prácticamente estable de principio a fin, sus nombres difíciles de retener, su firme creencia en una respuesta casi siempre consensuada de la humanidad... Si bien la novela resulta razonablemente disfrutable, requiere de mucha concentración, buena capacidad de retentiva, y tiempo para no espaciar en demasía las lecturas, y así poder digerir todo lo que el escritor va revelando.
Además, no todos los temas tratados revisten el mismo interés, ni todas las Eras resultan igual de sugestivas, por lo que a veces es necesario armarse de paciencia y seguir prestando toda la atención posible, pues todo cuando es narrado puede revisitarse o convertirse en esencial unos cientos de páginas después. Es el caso, por ejemplo, de los tres cuentos con los que Yun Tianming consigue burlar la censura de los trisolarianos y darle a Cheng Xin las claves para que la humanidad pueda existir: demasiado largos, líricos y hasta bucólicos en relación con el resto de la trama y con su finalidad, aunque las ideas que encierran sean brillantes. También es el caso de la misma Xin, un personaje un tanto extraño para el lector occidental, y sobre el que a lo largo del libro van recayendo unas responsabilidades absolutamente inverosímiles. Por no hablar de su sempiterna compañera/amiga/¿amante?, cuyos vínculos con Xin desafortunadamente nunca se terminarán de entender.
Pero asumiendo que el libro no pretende ser una novela de personajes, y que no es apta para todos los públicos, su sentido de la maravilla es tan extraordinario que incluso para los aficionados al género más encallecidos supone una lectura de hondo impacto, con un desenlace a tono con su grandilocuencia.
domingo, 14 de diciembre de 2025
"Autoridad" (2014). Jeff VanderMeer
Con esta entrada prosigo la revisión en orden cronológico de algunas de las sagas más relevantes para el lector de ciencia-ficción en español que aún no habían aparecido por este humilde blog. Sigo avanzando en el tiempo, y me sitúo ya en 2014, que fue cuando vio la luz "Autoridad", la segunda de las novelas que constituyen la Trilogía de Southern Reach, del escritor estadounidense Jeff VanderMeer. Sin duda, se trata de una de las sagas más populares en el género en estos últimos años, y por eso escogí una ilustración de sus tres volúmenes (junto con otra de "El Problema de los Tres Cuerpos", de Cixin Liu), para ilustrar la entrada que dio pie y centraliza todas las revisiones que estoy haciendo desde entonces. Y es que se trata de una trilogía que ha excedido los límites de la ciencia-ficción y ha sido reivindicada por no pocos medios y lectores de literatura más generalista. Sin embargo, ya les adelanto que mi reseña de hoy no va a ser en absoluto favorable a la misma. Algo que quizás les sorprenda, porque en su momento mi impresión de "Aniliquilación" (2014) sí fue claramente positiva. Pero es que esta segunda entrega echa por tierra todas las virtudes de su predecesora y se enreda en el mundo interior de su protagonista, sin ofrecer prácticamente nada de interés hasta sus páginas finales.
En esta segunda novela VanderMeer cambia el enfoque de su predecesora y se sirve de un narrador en tercera persona para seguir las peripecias de John Rodríguez, Alias "Control", el nuevo director de la Agencia Southern Reach (encargada, como saben quienes recuerden la lectura de la primera novela, de investigar el "Área X" y los fenómenos allí acaecidos). Peripecias que quedarán constreñidas casi en su totalidad a la propia agencia, dejando en un segundo plano muy remoto el área. Estas diferencias esenciales se ven agravadas por otro hecho determinante: una extensión mucho mayor que la de su antecesora (más de ciento veinte mil palabras en la edición en inglés). Esta combinación de cuatro nuevos factores (enfoque, protagonista, objeto y extensión) afecta dramáticamente al resultado final de la novela, que queda lejísimos del de "Aniquilación". Por múltiples factores derivados de esas cuatro decisiones desacertadas.
Uno de los más evidentes es la falta casi absoluta de acontecimientos durante la mayor parte del libro. Y es que durante unos pocos días Control se limita a recorrer físicamente la agencia, a seguir irregularmente algunos indicios sobre los misterios del área, a clasificar información, a unas pocas entrevistas con la bióloga (la protagonista de "Aniquilación"), a unas cuantas conversaciones deshilvanadas con algunos de los miembros más relevantes de la agencia, y a unos periódicos chequeos con su superior en la agencia secreta ("La Voz") y con su... madre. Sí, han leído bien, toda una primera novela para una cautivadora duodécima expedición al "Área X", y otra posterior para explorar la relación del nuevo director de Southern Reach con su madre. Eso es todo: ni se visita de nuevo el "Área X" (apenas un tímido acercamiento a sus confines), ni se averigua prácticamente nada de la misma. Un aspecto decepcionante del que lector va siendo consciente paulatinamente, y que provoca que su desinterés por la lectura vaya aumentando en la misma proporción.
Pero es que, además, el ritmo de la narración es muy bajo, algo que tampoco ayuda a que el libro enganche (aunque reconozco que la prosa es fluida). Además de recrearse en la relación con su madre, el escritor ofrece multitud de detalles sobre la vida y la personalidad de Control, pero eso, en vez de acercarlo al lector, lo vuelve más antipático, pues se le percibe como el principal obstáculo para que progresen de una vez los acontecimientos. Aún más: VanderMeer se detiene en detalles que parecen absurdos, fracasa al intentar despertar la atención del lector con revelaciones que son siempre menores, y no consigue crear ni un clima paranoico, ni mucho menos conspiratorio, a pesar de que ésa parece ser su intención. Porque los desesperantes tumbos que va dando Control y la gran cantidad de páginas de relleno que de ello se derivan son contrapesos demasiado fuertes.
Otros defectos adicionales son las inconsistencias fácilmente detectables (se permite que madre e hijo no solamente formen parte de la misma agencia secreta, sino que interactúen sin intermediarios en el mismo caso; se termina reconociendo implícitamente y a regañadientes que la novela no está ambientada en un universo alternativo o similar, que le pudiera conferir mayores dosis de verosimilitud, sino en los Estados Unidos de los siglos XX y XXI, pero se introducen irrealidades como la ciudad de Hedley, el extenso tramo de costa contaminado, o el paraje de Rock Bay al final); se presentan como puntos álgidos de la narración capítulos que pretenden intimidar al lector pero que de hecho, lo dejan frío (como aquel en el que Control descubre las pinturas esquizoides de Whitby); se produce una pérdida casi total del ambiente de misterio y opresivo de la primera entrega; y se incurre en el abuso de barbarismos innecesarios.
Por desgracia, las virtudes de "Autoridad" caben en un párrafo: el palpable esfuerzo por capturar los traumas de los personajes de la agencia; la relación de algunos de ellos con el medio ambiente; el estilo de VanderMeer, a veces recargado y a veces grandilocuente, pero efectivo para que el lector no se desenganche del todo; y un tramo final y un desenlace (en realidad, todo lo narrado en la parte final, la denominada "Más Allá"), en el que por fin suceden algunas cosas dignas de mención, hay menos divagaciones, se nos ofrece un poquito de acción y, aun cuando no se ate ningún cabo, se nos propone un cierre para la lectura que no es una mera interrupción, y que puede ser suficiente para despertar el interés por la lectura de "Aceptación", la tercera entrega.
Escribo conscientemente "puede ser suficiente" porque en mi caso no lo fue; "Autoridad" me había ofrecido demasiado poco para ello. Personalmente pienso que VanderMeer debería haber planteado una segunda entrega menos disruptiva con la primera y, teniendo en cuenta lo que se narra en ella, haberla despachado en como mucho cien páginas. Así que aquí terminan mis reseñas sobre la Trilogía de Southern Reach.
En esta segunda novela VanderMeer cambia el enfoque de su predecesora y se sirve de un narrador en tercera persona para seguir las peripecias de John Rodríguez, Alias "Control", el nuevo director de la Agencia Southern Reach (encargada, como saben quienes recuerden la lectura de la primera novela, de investigar el "Área X" y los fenómenos allí acaecidos). Peripecias que quedarán constreñidas casi en su totalidad a la propia agencia, dejando en un segundo plano muy remoto el área. Estas diferencias esenciales se ven agravadas por otro hecho determinante: una extensión mucho mayor que la de su antecesora (más de ciento veinte mil palabras en la edición en inglés). Esta combinación de cuatro nuevos factores (enfoque, protagonista, objeto y extensión) afecta dramáticamente al resultado final de la novela, que queda lejísimos del de "Aniquilación". Por múltiples factores derivados de esas cuatro decisiones desacertadas.
Uno de los más evidentes es la falta casi absoluta de acontecimientos durante la mayor parte del libro. Y es que durante unos pocos días Control se limita a recorrer físicamente la agencia, a seguir irregularmente algunos indicios sobre los misterios del área, a clasificar información, a unas pocas entrevistas con la bióloga (la protagonista de "Aniquilación"), a unas cuantas conversaciones deshilvanadas con algunos de los miembros más relevantes de la agencia, y a unos periódicos chequeos con su superior en la agencia secreta ("La Voz") y con su... madre. Sí, han leído bien, toda una primera novela para una cautivadora duodécima expedición al "Área X", y otra posterior para explorar la relación del nuevo director de Southern Reach con su madre. Eso es todo: ni se visita de nuevo el "Área X" (apenas un tímido acercamiento a sus confines), ni se averigua prácticamente nada de la misma. Un aspecto decepcionante del que lector va siendo consciente paulatinamente, y que provoca que su desinterés por la lectura vaya aumentando en la misma proporción.
Pero es que, además, el ritmo de la narración es muy bajo, algo que tampoco ayuda a que el libro enganche (aunque reconozco que la prosa es fluida). Además de recrearse en la relación con su madre, el escritor ofrece multitud de detalles sobre la vida y la personalidad de Control, pero eso, en vez de acercarlo al lector, lo vuelve más antipático, pues se le percibe como el principal obstáculo para que progresen de una vez los acontecimientos. Aún más: VanderMeer se detiene en detalles que parecen absurdos, fracasa al intentar despertar la atención del lector con revelaciones que son siempre menores, y no consigue crear ni un clima paranoico, ni mucho menos conspiratorio, a pesar de que ésa parece ser su intención. Porque los desesperantes tumbos que va dando Control y la gran cantidad de páginas de relleno que de ello se derivan son contrapesos demasiado fuertes.
Otros defectos adicionales son las inconsistencias fácilmente detectables (se permite que madre e hijo no solamente formen parte de la misma agencia secreta, sino que interactúen sin intermediarios en el mismo caso; se termina reconociendo implícitamente y a regañadientes que la novela no está ambientada en un universo alternativo o similar, que le pudiera conferir mayores dosis de verosimilitud, sino en los Estados Unidos de los siglos XX y XXI, pero se introducen irrealidades como la ciudad de Hedley, el extenso tramo de costa contaminado, o el paraje de Rock Bay al final); se presentan como puntos álgidos de la narración capítulos que pretenden intimidar al lector pero que de hecho, lo dejan frío (como aquel en el que Control descubre las pinturas esquizoides de Whitby); se produce una pérdida casi total del ambiente de misterio y opresivo de la primera entrega; y se incurre en el abuso de barbarismos innecesarios.
Por desgracia, las virtudes de "Autoridad" caben en un párrafo: el palpable esfuerzo por capturar los traumas de los personajes de la agencia; la relación de algunos de ellos con el medio ambiente; el estilo de VanderMeer, a veces recargado y a veces grandilocuente, pero efectivo para que el lector no se desenganche del todo; y un tramo final y un desenlace (en realidad, todo lo narrado en la parte final, la denominada "Más Allá"), en el que por fin suceden algunas cosas dignas de mención, hay menos divagaciones, se nos ofrece un poquito de acción y, aun cuando no se ate ningún cabo, se nos propone un cierre para la lectura que no es una mera interrupción, y que puede ser suficiente para despertar el interés por la lectura de "Aceptación", la tercera entrega.
Escribo conscientemente "puede ser suficiente" porque en mi caso no lo fue; "Autoridad" me había ofrecido demasiado poco para ello. Personalmente pienso que VanderMeer debería haber planteado una segunda entrega menos disruptiva con la primera y, teniendo en cuenta lo que se narra en ella, haberla despachado en como mucho cien páginas. Así que aquí terminan mis reseñas sobre la Trilogía de Southern Reach.
domingo, 30 de noviembre de 2025
"El Final De Todas Las Cosas" (2015). John Scalzi
Una entrada más continúo con esta segunda etapa de reseñas de algunas de las principales sagas de la literatura de ciencia-ficción. Hoy toca seguir hablándoles de "La Vieja Guardia", la archiconocida saga del estadounidense John Scalzi. De la cual ya reseñé sus cuatro primeras novelas en mi primer recorrido, hace aproximadamente una década. La que les traigo en esta oportunidad es hasta la fecha la sexta y última de sus entregas disponibles para el lector en español: "El Final De Todas Las Cosas". Se trata de un libro a medio camino desde el punto de vista estructural entre las cuatro novelas completas primigenias y el fix-up de relatos "La Humanidad Dividida", del que les hablé hace unos días. La de hoy es una obra que resuelve satisfactoriamente la mayoría de las cuestiones planteadas en su predecesora. Aunque resulta menos disfrutable que cualquiera de sus cinco hermanas.
Como les adelantaba, para cerrar la saga Scalzi crea una estructura no utilizada hasta ahora, consistente en cuatro "novelas cortas" (entrecomillo porque su extensión varía entre lo que podríamos considerar un relato largo y una novela corta propiamente dicha), con protagonistas diferentes, pero enlazadas argumentalmente y consecutivas en el tiempo. De ahí lo del "libro a medio camino", una variante que tal vez descoloque a algunos lectores, pero que no afecta en exceso a los pilares sobre los que se sustenta toda la saga. Porque aquí sigue habiendo sobre todo episodios de acción y maniobras políticas, narradas con un estilo directo y buenas dosis de humor. Si bien el escritor resta protagonismo a los tres supervivientes del cuarteto que sostenía "La Humanidad Dividida" (Ode Abumwe, Hart Schmidt y Harry Wilson), y fuerza al lector a familiarizarse con otros personajes que hasta ahora habían recibido una menor atención.
Así, el primer relato largo lo protagoniza el piloto Rafe Daquin, y se centra en explorar aspectos como la utilidad de los conocimientos adquiridos y la explotación de vulnerabilidades en el software de las naves espaciales. El segundo explora, de la mano de la Consejera del Cónclave Hafte Sorvalth, la complejidad de las relaciones diplomáticas. El tercero nos presenta las acciones militares lideradas por la teniente de las Fuerzas de Defensa Coloniales Haeather Lee, profundizando en sus sentimientos ante tanta violencia. Y el cuarto, ya sí protagonizado por el Teniente Harry Wilson, intenta hacer las veces de desenlace de todo el libro, recurriendo para ello a una serie de estrategias que sólo se muestran eficaces gracias a la astucia que las acompaña. Un enfoque que aporta otros puntos de vista a la situación planteada por Scalzi en nuestra Galaxia, y que incorpora curiosidades como la mayor atención jamás dedicada por él a una especie alienígena, la lalan Hafte Sorvalth.
Aparte de su originalidad estructural y de su nuevo enfoque, otros aciertos del libro son un elemento científico particularmente bien cuidado (en especial en el primer relato, a lo largo del cual casi cualquier programador profesional se identificará con sus conceptos y sus técnicas); una mayor atención a las reflexiones sobre la Unión Colonial y, en general, sobre todos los trastornos que la humanidad ha venido provocando durante los últimos siglos en la Galaxia; algunos pasajes de acción al nivel de las primeras cuatro novelas (sobre todo en el tercer relato); y la no por conocidad menos destacable habilidad de Scalzi para crear dialógos amenos y reveladores que faciliten el disfrute.
A pesar de lo cual nos hallamos, en mi opinión, ante la entrega más floja de toda la saga. Y ello se explica porque dos de las novelas cortas son sensiblemente inferiores al nivel medio de la serie. Tanto la protagonizada por Solvath como la que lidera Wilson son poco más que una serie de largos diálogos mantenidos por diversos personajes, con una temática casi exclusivamente política. En realidad, en ambas sucede muy poco (y muy al final de las mismas), sin que haya no ya acción, sino ni siquiera algo de la esperable tensión. Tanto es así que la muerte del General Gau, que debería haber sido un hecho crucial en toda la trama, carece de todo dramatismo, y el desenlace de la cuarta historia parece más un resumen generado por inteligencia artificial que el trabajo de un novelista. Siendo benevolente, leer estos dos relatos no pasa de ser una experiencia a lo sumo interesante, y sólo para los seguidores incondicionales de la saga. A distancia de estos dos defectos se encuentra otro de sus principales fallos: la versión alternativa de la primera historia que se incluye al final, sólo apta para incondicionales que además sean particularmente curiosos con la creación literaria (es un relato sin chispa, vagamente emparentado con la versión final y, encima, inconcluso). Otros defectos sí son comunes a toda la saga, como cierta falta de profundidad (que provoca que la serie a menudo parezca poco más que un mero entretenimiento, cuando sus páginas encierran mucho más), o el abuso de barbarismos innecesarios.
En suma, una forma discreta de rematar una saga que seguramente habría merecido para tal propósito una novela completa, de mayor ambición y calado. Aunque les adelanto una sorpresa de última hora: mientras me documentaba para esta última entrada, he sabido que Scalzi acaba de darle continuidad en el mercado estadounidense con una séptima entrega, "The Shattering Peace", obviamente aún no traducida al español. Así que tal vez sí que el cierre real sea un novelón a la altura de "Las Brigadas Fantasma"; dentro de un tiempo lo sabremos.
Como les adelantaba, para cerrar la saga Scalzi crea una estructura no utilizada hasta ahora, consistente en cuatro "novelas cortas" (entrecomillo porque su extensión varía entre lo que podríamos considerar un relato largo y una novela corta propiamente dicha), con protagonistas diferentes, pero enlazadas argumentalmente y consecutivas en el tiempo. De ahí lo del "libro a medio camino", una variante que tal vez descoloque a algunos lectores, pero que no afecta en exceso a los pilares sobre los que se sustenta toda la saga. Porque aquí sigue habiendo sobre todo episodios de acción y maniobras políticas, narradas con un estilo directo y buenas dosis de humor. Si bien el escritor resta protagonismo a los tres supervivientes del cuarteto que sostenía "La Humanidad Dividida" (Ode Abumwe, Hart Schmidt y Harry Wilson), y fuerza al lector a familiarizarse con otros personajes que hasta ahora habían recibido una menor atención.
Así, el primer relato largo lo protagoniza el piloto Rafe Daquin, y se centra en explorar aspectos como la utilidad de los conocimientos adquiridos y la explotación de vulnerabilidades en el software de las naves espaciales. El segundo explora, de la mano de la Consejera del Cónclave Hafte Sorvalth, la complejidad de las relaciones diplomáticas. El tercero nos presenta las acciones militares lideradas por la teniente de las Fuerzas de Defensa Coloniales Haeather Lee, profundizando en sus sentimientos ante tanta violencia. Y el cuarto, ya sí protagonizado por el Teniente Harry Wilson, intenta hacer las veces de desenlace de todo el libro, recurriendo para ello a una serie de estrategias que sólo se muestran eficaces gracias a la astucia que las acompaña. Un enfoque que aporta otros puntos de vista a la situación planteada por Scalzi en nuestra Galaxia, y que incorpora curiosidades como la mayor atención jamás dedicada por él a una especie alienígena, la lalan Hafte Sorvalth.
Aparte de su originalidad estructural y de su nuevo enfoque, otros aciertos del libro son un elemento científico particularmente bien cuidado (en especial en el primer relato, a lo largo del cual casi cualquier programador profesional se identificará con sus conceptos y sus técnicas); una mayor atención a las reflexiones sobre la Unión Colonial y, en general, sobre todos los trastornos que la humanidad ha venido provocando durante los últimos siglos en la Galaxia; algunos pasajes de acción al nivel de las primeras cuatro novelas (sobre todo en el tercer relato); y la no por conocidad menos destacable habilidad de Scalzi para crear dialógos amenos y reveladores que faciliten el disfrute.
A pesar de lo cual nos hallamos, en mi opinión, ante la entrega más floja de toda la saga. Y ello se explica porque dos de las novelas cortas son sensiblemente inferiores al nivel medio de la serie. Tanto la protagonizada por Solvath como la que lidera Wilson son poco más que una serie de largos diálogos mantenidos por diversos personajes, con una temática casi exclusivamente política. En realidad, en ambas sucede muy poco (y muy al final de las mismas), sin que haya no ya acción, sino ni siquiera algo de la esperable tensión. Tanto es así que la muerte del General Gau, que debería haber sido un hecho crucial en toda la trama, carece de todo dramatismo, y el desenlace de la cuarta historia parece más un resumen generado por inteligencia artificial que el trabajo de un novelista. Siendo benevolente, leer estos dos relatos no pasa de ser una experiencia a lo sumo interesante, y sólo para los seguidores incondicionales de la saga. A distancia de estos dos defectos se encuentra otro de sus principales fallos: la versión alternativa de la primera historia que se incluye al final, sólo apta para incondicionales que además sean particularmente curiosos con la creación literaria (es un relato sin chispa, vagamente emparentado con la versión final y, encima, inconcluso). Otros defectos sí son comunes a toda la saga, como cierta falta de profundidad (que provoca que la serie a menudo parezca poco más que un mero entretenimiento, cuando sus páginas encierran mucho más), o el abuso de barbarismos innecesarios.
En suma, una forma discreta de rematar una saga que seguramente habría merecido para tal propósito una novela completa, de mayor ambición y calado. Aunque les adelanto una sorpresa de última hora: mientras me documentaba para esta última entrada, he sabido que Scalzi acaba de darle continuidad en el mercado estadounidense con una séptima entrega, "The Shattering Peace", obviamente aún no traducida al español. Así que tal vez sí que el cierre real sea un novelón a la altura de "Las Brigadas Fantasma"; dentro de un tiempo lo sabremos.
lunes, 10 de noviembre de 2025
"La Humanidad Dividida" (2013). John Scalzi
Con la presente entrada doy continuidad a mi segundo recorrido por alguna de las sagas más relevantes para el lector de ciencia-ficcion en español. Después de haber dedicado nada menos que las ocho últimas a la saga "The Expanse", llega el momento de seguir avanzando en el tiempo, cambiar de tercio y fijarse en otra de las sagas clave en lo que llevamos de siglo. Se trata de "La Vieja Guardia", del estadounidense John Scalzi. De la cual ya reseñé sus cuatro primeras novelas, las únicas publicadas por aquel entonces en nuestro idioma ("La Vieja Guardia" (2005), "Las Brigadas Fantasma" (2006), "La Colonia Perdida" (2007), y "La Historia de Zöe" (2008)) en mi primer recorrido. Pero que desde entonces ha sido ampliada por su autor en otros dos títulos, los cuales les voy a traer por aquí. Comenzando por "La Humanidad Dividida". Una quinta entrega que retomó la saga tras un parón de un lustro con un enfoque original, tanto en su forma como en su fondo, lo que le permitió a Scalzi profundizar en el particular universo de esta saga sin que por ello se resintiera el interés, ni desentone frente a sus predecesoras.
Como en su momento me enfrenté al libro sin haber leído nada sobre él, tuve la oportunidad de descubrir por mí mismo que el escritor había planteado su retorno a la saga con una aproximación literaria diferente: en vez de una novela al uso como las cuatro anteriores, lo que proponía era una sucesión de trece relatos, que por lo visto se fueron publicando en su momento de manera independiente. Quienes llevan tiempo siguiendo este blog saben que no soy muy amigo ni de los relatos en general ni de los fix-up de relatos en particular, pues por lo general me resultan lecturas un tanto inconexas y excesivamente superficiales, pero debo reconocerles que en este caso el enfoque propuesto funciona, gracias a la habilidad con la que Scalzi enlaza relaza las historias entre ellas y con el resto de la saga, facilitando así la lectura e impidiendo que cunda el desinterés. Porque aunque temáticas y protagonistas vayan variando en cada relato, en esencia lo que el autor relata en "La Humanidad Dividida" son las peripecias de un equipo diplomático de la Unión Colonial conformado por la embajadora Ode Awumbe, el ya conocido teniente Harry Wilson, el diplomático Hart Schmidt y la capitana Sophia Coloma. Un elenco que indirectamente evidencia el sutil cambio en el motor que dinamiza la saga, que a partir de esta entrega se basa más en la sociopolítica que en los combates de sus antecesoras.
Que este cambio no merme el disfrute de las más de cuatrocientas páginas de este quinto libro se explica, en primer lugar, por la coherencia de la situación planteada por el autor: la fractura entre la Tierra y la Unión Colonial (que da título al libro), el papel que ello obliga a desempeñar a la diplomacia (no sólo en relación con la Tierra, sino con otras especies alienígenas), y la acuciante falta de nuevos soldados que propicia, resultan tan verosímiles como dinamizadoras de la lectura. El libro arriba a buen puerto, en segundo lugar, porque Scalzi mantiene sus señas de identidad como escritor: estilo rápido, diálogos amenos, descripciones reducidas al mínimo necesario, grandes dosis de ironía y sarcasmo... y los suficientes pasajes de acción para no defraudar a sus incondicionales. Y en tercer lugar, porque al sustentarse los relatos sucesivos en los introducidos con anterioridad, además en un intervalo temporal reducido, es fácil terminar considerando este fix-up como una auténtica novela.
Otros aciertos dignos de mención son un mejor uso del humor que en sus predecesoras (Scalzi abusaba tanto de él que hacía parecer a los títulos anteriores de la saga poco más que meros entretenimientos), un innegable talento para delimitar los rasgos principales de sus protagonistas con tan sólo uos trazos, un tratamiento respetuoso del elemento científico (más allá de las ya conocidas mejoras de los soldados de las FDC, aquí apreciaremos los efectos de la ausencias de la gravedadad o del vacío, al tiempo que asistiremos al desmoronamiento de un ascensor espacial, o a los perversos efectos de nanobots pre-programados en la sangre humana), y un bien concebido capítulo decimotercero, más largo y ambicioso, situado conscientemente en la sugestiva órbita de la Tierra, y que hace las veces de "desenlace" de la novela.
En cuanto a los defectos, en mi opinión el más obvio es que Scalzi termina escamoteando al lector la explicación sobre el misterio subyaciente a todos los relatos (y es que después de presentarnos a diplomáticos asesinados, naves desaparecidas y alianzas que se resquebrajan, el lector termina averiguando que detrás de todo ello hay una organización oculta... y nada más). Otro inconveniente innegable es que no todos los relatos rayan a la misma altura, y la conexión de varios de ellos con la trama global es endeble (en especial en los casos de "El Rey Perro" y "Debe Ser Aquí"). Tampoco me convenció lo poco que había variado social y políticamente esa Tierra de varios siglos en el futuro frente a la actual. Y como en sus predecesoras, vuelven a sobrar casi todos los barbarismos introducidos. Aunque quizás un último defecto, no por ya conocido menos evidente, terminó por afectar negativamente a mi impresión final: ese regusto que desprende el libro a ciencia-ficción de otra época, casi conservadora, que suele gustar al aficionado que ya lleva décadas adentrándose en el género, pero que puede echar para atrás a las nuevas generaciones.
En todo caso, una obra ágil, amena y necesaria para una mejor comprensión de la saga, aunque su existencia no se puede concebir sin la posterior lectura de "El Final De Todas Las Cosas", sexto título de la saga, y que reseñaré en mi próxima entrada.
Como en su momento me enfrenté al libro sin haber leído nada sobre él, tuve la oportunidad de descubrir por mí mismo que el escritor había planteado su retorno a la saga con una aproximación literaria diferente: en vez de una novela al uso como las cuatro anteriores, lo que proponía era una sucesión de trece relatos, que por lo visto se fueron publicando en su momento de manera independiente. Quienes llevan tiempo siguiendo este blog saben que no soy muy amigo ni de los relatos en general ni de los fix-up de relatos en particular, pues por lo general me resultan lecturas un tanto inconexas y excesivamente superficiales, pero debo reconocerles que en este caso el enfoque propuesto funciona, gracias a la habilidad con la que Scalzi enlaza relaza las historias entre ellas y con el resto de la saga, facilitando así la lectura e impidiendo que cunda el desinterés. Porque aunque temáticas y protagonistas vayan variando en cada relato, en esencia lo que el autor relata en "La Humanidad Dividida" son las peripecias de un equipo diplomático de la Unión Colonial conformado por la embajadora Ode Awumbe, el ya conocido teniente Harry Wilson, el diplomático Hart Schmidt y la capitana Sophia Coloma. Un elenco que indirectamente evidencia el sutil cambio en el motor que dinamiza la saga, que a partir de esta entrega se basa más en la sociopolítica que en los combates de sus antecesoras.
Que este cambio no merme el disfrute de las más de cuatrocientas páginas de este quinto libro se explica, en primer lugar, por la coherencia de la situación planteada por el autor: la fractura entre la Tierra y la Unión Colonial (que da título al libro), el papel que ello obliga a desempeñar a la diplomacia (no sólo en relación con la Tierra, sino con otras especies alienígenas), y la acuciante falta de nuevos soldados que propicia, resultan tan verosímiles como dinamizadoras de la lectura. El libro arriba a buen puerto, en segundo lugar, porque Scalzi mantiene sus señas de identidad como escritor: estilo rápido, diálogos amenos, descripciones reducidas al mínimo necesario, grandes dosis de ironía y sarcasmo... y los suficientes pasajes de acción para no defraudar a sus incondicionales. Y en tercer lugar, porque al sustentarse los relatos sucesivos en los introducidos con anterioridad, además en un intervalo temporal reducido, es fácil terminar considerando este fix-up como una auténtica novela.
Otros aciertos dignos de mención son un mejor uso del humor que en sus predecesoras (Scalzi abusaba tanto de él que hacía parecer a los títulos anteriores de la saga poco más que meros entretenimientos), un innegable talento para delimitar los rasgos principales de sus protagonistas con tan sólo uos trazos, un tratamiento respetuoso del elemento científico (más allá de las ya conocidas mejoras de los soldados de las FDC, aquí apreciaremos los efectos de la ausencias de la gravedadad o del vacío, al tiempo que asistiremos al desmoronamiento de un ascensor espacial, o a los perversos efectos de nanobots pre-programados en la sangre humana), y un bien concebido capítulo decimotercero, más largo y ambicioso, situado conscientemente en la sugestiva órbita de la Tierra, y que hace las veces de "desenlace" de la novela.
En cuanto a los defectos, en mi opinión el más obvio es que Scalzi termina escamoteando al lector la explicación sobre el misterio subyaciente a todos los relatos (y es que después de presentarnos a diplomáticos asesinados, naves desaparecidas y alianzas que se resquebrajan, el lector termina averiguando que detrás de todo ello hay una organización oculta... y nada más). Otro inconveniente innegable es que no todos los relatos rayan a la misma altura, y la conexión de varios de ellos con la trama global es endeble (en especial en los casos de "El Rey Perro" y "Debe Ser Aquí"). Tampoco me convenció lo poco que había variado social y políticamente esa Tierra de varios siglos en el futuro frente a la actual. Y como en sus predecesoras, vuelven a sobrar casi todos los barbarismos introducidos. Aunque quizás un último defecto, no por ya conocido menos evidente, terminó por afectar negativamente a mi impresión final: ese regusto que desprende el libro a ciencia-ficción de otra época, casi conservadora, que suele gustar al aficionado que ya lleva décadas adentrándose en el género, pero que puede echar para atrás a las nuevas generaciones.
En todo caso, una obra ágil, amena y necesaria para una mejor comprensión de la saga, aunque su existencia no se puede concebir sin la posterior lectura de "El Final De Todas Las Cosas", sexto título de la saga, y que reseñaré en mi próxima entrada.
domingo, 19 de octubre de 2025
"La Caída del Leviatán" (2021). James S. A. Corey
Una entrada más continúo con las reseñas de las principales novelas de las sagas más relevantes para el lector de ciencia-ficción en español que todavía no habían aparecido por este humilde blog. La de hoy es una entrada especial, pues con ella concluyo las revisiones realizadas a la saga "The Expanse", de los estadounidenses Daniel Abraham y Ty Franck (conocidos comercialmente como James S. A. Corey). La novela que remata la saga es "La Caída del Leviatán", cuyo titulo cierra explícitamente al círculo que los escritores abrieron cuando publicaron "El Despertar del Leviatán", la novela que dio comienzo a la serie una década antes. A pesar de publicarse originalmente en 2021, "La Caída del Leviatán" no se publicó en español hasta el año pasado, un hecho que tal vez explica por qué no se ha escrito ninguna reseña sobre la misma (que me conste al menos). Una carencia que resulta particularmente notoria si consideramos que se trata de la saga más relevante a nivel comercial que ha alumbrado el género en los últimos quince años. Así que espero que estos párrafos que hoy le dedico sean de utilidad para los miles de seguidores que la saga ha conseguido reclutar también en nuestro idioma. Especialmente teniendo en cuenta que ofrece un cierre coherente para una serie tan extensa como rica en contenido, que cambia el enemigo a batir al enfrentar a toda la humanidad con los creadores del espacio anular, y que encierra algunas sorpresas con las que aderezar un desenlace satisfactorio.
A estas alturas de la saga me parece normal que los autores no se plantearan cambios radicales en su concepción, pero debo destacar que sí que abundaron en algunos de los hallazgos menos explotados de entregas anteriores. Tal es el caso del número de protagonistas elegidos, mayor que en la mayoría de sus predecesoras en lo que constituye una clara profundización en el enfoque de novela coral (aunque afortunadamente el número de líneas narrativas es menor que el de personajes que protagonizan capítulos, por lo que es difícil que un lector medio se pierda entre ellas); o el de unos interludios de los que apenas habían hecho uso hasta ahora pero que aquí, bien intercalados, introducen al lector en lo que va sucediendo en torno a la creación de la protomolécula, su relación con el Sistema Adro, y la interacción con las personas redivivas, que se vuelve cada vez más comprensible; pero sobre todo, a la hora de reemplazar gradualmente el enemigo, que conforme avanza la lectura pasa de ser la todopoderosa Laconia a unos nunca del todo revelados alienígenas, sin que ello dañe el interés de la novela.
Y es que el plan ideado por la versión transformada de Duarte para la humanidad (esa "mente colmena" supuestamente análoga a la de los alienígenas) es consecuente con los actos previos del Cónsul General de Laconia y está bien presentado. Y además, obliga a giros argumentales que Abraham y Franck saben presentar de forma que el lector desconfíe hasta el final de ellos, como ocurre con el armisticio acordado por Naomi y Trejo, que fuerza a ambos bandos a luchar por una misma causa. El cual provoca consecuencias irreversibles en otros protagonistas, como Jillian o la Coronel Tanaka, e incluso en los marcos escénicos, con mención especial para la inquietante transformación que experimentan los Anillos y la Zona Lenta.
Otros aciertos reseñables son las frecuentes menciones a personajes ya desaparecidos y a episodios clave que fueron sucediendo a lo largo de la saga, con la intención evidente de ofrecer un cierre cohesionado para la misma, la introducción de algunos episodios de gran tensión previos al desenlace (como el brillante enfrentamiento entre los tripulantes de la Rocinante y Tanaka en Nuevo Egipto), sorpresas como la recuperación del Inspector Miller para los capítulos finales y, en general, la habilidad exhibida por los escritores para que, a pesar de la grandiosidad de los asuntos planteados en esta última entrega, ésta no se vuelva tan fantasiosa como para desentonar frente a sus predecesoras.
No obstante lo anterior, son varias las razones por las que, a mi modo de ver, esta novela no figura entre las mejores de la serie. La más evidente es que hay líneas narrativas que por su propia naturaleza resultan menos interesantes (como la de Elvi Okoye, pese a que es la que más cuida el elemento científico), e incluso alguna cuyo único propósito parece ser el de incrementar la carga sentimental del libro (como la de Kit, el hijo de Alex), si bien no lo termina de conseguir. También me decepcionó la pérdida de protagonismo de Teresa Duarte frente a la novela anterior ("La Cólera de Tiamat"), curiosamente cuando el papel que en principio debía interpretar era aún más relevante. Tampoco me gustaron detalles como la nunca del todo explicada aunque siempre salvadora naturaleza del "Amos Redivivo", o las razones por las que James Holden decide autoinfectarse con la protomolécula, o el excesivo protagonismo de Miller en el desenlace (hasta el extremo de perjudicar en cierta medida el ritmo narrativo). Y, como de costumbre, la prosa de los autores vuelve a quedar afeada por el abuso de barbarismos innecesarios.
A pesar de estos defectos, el desenlace que ofrecen Abraham y Franck para esta novela y para toda su saga se muestra sólido y convincente: la inmolación final de Holden, el retiro de Alex, el regreso de Amos y Naomi al Sistema Solar... y a una escala mucho mayor, la desaparición de los anillos y el consiguiente abandono a su suerte de cada uno de los cientos de incipientes colonias establecidas por una humanidad en expansión. Y la sorpresa final nos la ofrece un epílogo en el que la nave Musafir aparece en la Tierra un milenio después de estos acontecimientos, con lo que ello implica tanto tecnológicamente (los humanos han encontrado finalmente su propia forma de viajar más rápido que la luz) como socialmente (pues es el Amos redivivo, en apariencia inmortal gracias a la regeneración alienígena, quien los recibe). Un encuentro que pone fin a la saga más extensa que he leído jamás, pues pese a no ser la más larga publicada en nuestro idioma, sí que es la primera que me convenció para que completara la lectura de nueve novelas. Algo que, a pesar de que a The Expanse le falte algo de magia para alcanzar la categoría de clásico, habla claramente a su favor.
A estas alturas de la saga me parece normal que los autores no se plantearan cambios radicales en su concepción, pero debo destacar que sí que abundaron en algunos de los hallazgos menos explotados de entregas anteriores. Tal es el caso del número de protagonistas elegidos, mayor que en la mayoría de sus predecesoras en lo que constituye una clara profundización en el enfoque de novela coral (aunque afortunadamente el número de líneas narrativas es menor que el de personajes que protagonizan capítulos, por lo que es difícil que un lector medio se pierda entre ellas); o el de unos interludios de los que apenas habían hecho uso hasta ahora pero que aquí, bien intercalados, introducen al lector en lo que va sucediendo en torno a la creación de la protomolécula, su relación con el Sistema Adro, y la interacción con las personas redivivas, que se vuelve cada vez más comprensible; pero sobre todo, a la hora de reemplazar gradualmente el enemigo, que conforme avanza la lectura pasa de ser la todopoderosa Laconia a unos nunca del todo revelados alienígenas, sin que ello dañe el interés de la novela.
Y es que el plan ideado por la versión transformada de Duarte para la humanidad (esa "mente colmena" supuestamente análoga a la de los alienígenas) es consecuente con los actos previos del Cónsul General de Laconia y está bien presentado. Y además, obliga a giros argumentales que Abraham y Franck saben presentar de forma que el lector desconfíe hasta el final de ellos, como ocurre con el armisticio acordado por Naomi y Trejo, que fuerza a ambos bandos a luchar por una misma causa. El cual provoca consecuencias irreversibles en otros protagonistas, como Jillian o la Coronel Tanaka, e incluso en los marcos escénicos, con mención especial para la inquietante transformación que experimentan los Anillos y la Zona Lenta.
Otros aciertos reseñables son las frecuentes menciones a personajes ya desaparecidos y a episodios clave que fueron sucediendo a lo largo de la saga, con la intención evidente de ofrecer un cierre cohesionado para la misma, la introducción de algunos episodios de gran tensión previos al desenlace (como el brillante enfrentamiento entre los tripulantes de la Rocinante y Tanaka en Nuevo Egipto), sorpresas como la recuperación del Inspector Miller para los capítulos finales y, en general, la habilidad exhibida por los escritores para que, a pesar de la grandiosidad de los asuntos planteados en esta última entrega, ésta no se vuelva tan fantasiosa como para desentonar frente a sus predecesoras.
No obstante lo anterior, son varias las razones por las que, a mi modo de ver, esta novela no figura entre las mejores de la serie. La más evidente es que hay líneas narrativas que por su propia naturaleza resultan menos interesantes (como la de Elvi Okoye, pese a que es la que más cuida el elemento científico), e incluso alguna cuyo único propósito parece ser el de incrementar la carga sentimental del libro (como la de Kit, el hijo de Alex), si bien no lo termina de conseguir. También me decepcionó la pérdida de protagonismo de Teresa Duarte frente a la novela anterior ("La Cólera de Tiamat"), curiosamente cuando el papel que en principio debía interpretar era aún más relevante. Tampoco me gustaron detalles como la nunca del todo explicada aunque siempre salvadora naturaleza del "Amos Redivivo", o las razones por las que James Holden decide autoinfectarse con la protomolécula, o el excesivo protagonismo de Miller en el desenlace (hasta el extremo de perjudicar en cierta medida el ritmo narrativo). Y, como de costumbre, la prosa de los autores vuelve a quedar afeada por el abuso de barbarismos innecesarios.
A pesar de estos defectos, el desenlace que ofrecen Abraham y Franck para esta novela y para toda su saga se muestra sólido y convincente: la inmolación final de Holden, el retiro de Alex, el regreso de Amos y Naomi al Sistema Solar... y a una escala mucho mayor, la desaparición de los anillos y el consiguiente abandono a su suerte de cada uno de los cientos de incipientes colonias establecidas por una humanidad en expansión. Y la sorpresa final nos la ofrece un epílogo en el que la nave Musafir aparece en la Tierra un milenio después de estos acontecimientos, con lo que ello implica tanto tecnológicamente (los humanos han encontrado finalmente su propia forma de viajar más rápido que la luz) como socialmente (pues es el Amos redivivo, en apariencia inmortal gracias a la regeneración alienígena, quien los recibe). Un encuentro que pone fin a la saga más extensa que he leído jamás, pues pese a no ser la más larga publicada en nuestro idioma, sí que es la primera que me convenció para que completara la lectura de nueve novelas. Algo que, a pesar de que a The Expanse le falte algo de magia para alcanzar la categoría de clásico, habla claramente a su favor.
domingo, 21 de septiembre de 2025
"La Cólera de Tiamat" (2019). James S. A. Corey
Una nueva entrada continúo avanzando por mi nuevo recorrido en orden cronológico por algunas de las mejores sagas disponibles para el lector de ciencia-ficción en español, que aún no habían aparecido (o no en toda su extensión) por este humilde blog. Toca hablarles de nuevo de la exitosa saga The Expanse, de los estadounidenses James S. A. Corey, es decir, Daniel Abraham y Ty Franck. La cual, les confesaré, es la saga más larga que he leído jamás, hasta el punto de que ésta que hoy les traigo es la reseña de su octava entrega, "La Cólera de Tiamat". Una novela muy reciente para el lector en nuestro idioma, puesto que fue traducida en 2023, cuatro años después de su publicación en inglés. Y que reafirma que estamos ante una de las sagas más relevantes de la historia del género, seguramente sin una novela de postín que tire de su prestigio hacia arriba, pero con una calidad media indudable, y sobre todo con una innegable habilidad para extender su argumento de una manera creíble a lo largo de nada menos que nueve novelas, sin por ello repetirse en demasía. En concreto, esta octava entrega enlaza directamente con los acontecimientos narrados en "El Alzamiento de Persépolis" (2017), y para ello profundiza en el sistema Laconia como centro de poder de la Galaxia, al tiempo que dedica una atención mayor que muchas de sus predecesoras al elemento científico, y con el aliciente de que consigue resultar igual de cautivadora que sus hermanas a pesar de prescindir, por vez primera en la saga, de James Holden como protagonista.
A estas alturas de la serie Abraham y Franck tienen perfectamente pulido el patrón que configura sus novelas, y "La Cólera de Tiamat" lo respeta de cabo a rabo: una narrativa coral sin excesos que abrumen al lector (las cinco líneas narrativas principales son las de los ya conocidos Alex, Naomi y Bobbie, a las que se añaden las de la recuperada para la ocasión Elvi Okoye y la de Teresa Duarte, la hija única del Cónsul General de Laconia), unos capítulos de extensión muy similar, una prosa directa y sin florituras, descripciones comedidas, diálogos fluidos, una equilibrada combinación de intriga y acción sazonada con la cantidad justa de reflexiones... la novela entronca perfectamente con lo que ofrece el resto de la saga. La mayor novedad que aporta es el papel que interpreta James Holden, quien, como prisionero de Duarte, forzosamente debe limitarse a mover los hilos de los acontecimientos desde la sombra, por lo que acapara menos protagonismo que en cualquier otra entrega.
El otro elemento diferenciador de este octavo libro es la relevancia que adquiere el elemento científico. El esfuerzo porque el mismo sea lo más verosímil posible estuvo presente desde el principio en la saga (de hecho, es una de sus principales virtudes, hasta el punto de que yo considero que algunas de sus entregas se adscriben perfectamente al subgénero de la ciencia-ficción dura), pero aquí logra un realce si cabe aún mayor. Por dos cuestiones fundamentales: la manipulación genética que consigue el doctor Cortázar gracias a la protomolécula, y que le permite revivir a seres humanos fallecidos (el capítulo veintinueve es una maravilla al respecto); y el experimento con antimateria que realizan las fuerzas armadas laconias en la estrella de neutrones de Tecoma, cuyas devastadoras consecuencias dinamizan todo lo que sucede en la novela a partir de ese punto. Abraham y Franck consiguen tratar estos asuntos con una naturalidad que permite que lectores poco interesados en los mismos no se vean abrumados por ellos, pero el calado de estas cuestiones científicas es innegable.
A lo largo de las casi seiscientas páginas de la novela nos iremos encontrando con otras virtudes. Algunas de ellas propias de esta entrega, como la vida en el Edificio Gubernamental de Laconia, con su rígida ambientación y sus intrigas sin fin, o el empeño con el que la terna al frente (el Almirante Trejo, el Doctor Cortázar y el Coronel Illich) intenta ocultar el estado catatónico en el que se sume Duarte en un momento dado. Y otros ya esperables a estas alturas de la saga: la recreación de escenarios dentro y fuera de las naves espaciales, las motivaciones mayormente creíbles de los personajes, la capacidad para seguir sorprendiendo al lector al acabar con la vida de alguno de ellos, o los disfrutables episodios de batallas espaciales, siempre condicionados por los efectos gravitatorios y las inmensas distancias.
Al igual que le ocurre a todas sus predecesoras, algunos defectos impiden considerar redonda a esta nueva entrega. El más evidente es que el interés no va aumentando linealmente conforme avanzamos en la lectura, sino que va subiendo y bajando con el desarrollo de los acontecimientos. En ello influye decisivamente la línea narrativa de Naomi Nagata, condicionada por esa existencia casi nómada en contenedores de transporte, y sin duda la más floja de todas hasta casi el final. Otros son más específicos de la trama, como por ejemplo lo mal que está narrado el asesinato de Cortázar por Duarte, las poco convincentes razones por las que Elvi decide quedarse en Laconia en vez de escapar junto a Teresa y Holden, o la forzada resurreción de Amos, que encima llega justo a tiempo para asegurar la victoria de los "bajos fondos". Sin olvidarnos de los fastidiosos e innecesarios barbarismos que tantas veces he lamentado a lo largo de todas estas reseñas.
El desenlace vuelve a resultar tan vertiginoso y vibrante como cabría esperar, mejorando la impresión final. Y resulta satisfactorio como colofón a todo lo narrado, a pesar de lo que plantean los autores para Elvi y Amos. Además, deja bien deja claro que Laconia aún no ha dicho su última palabra, y remata la incertidumbre con la alusión que realiza Amos en la última página a "unas cosas que van a acabar con todos nosotros". Por lo que les emplazo a la reseña que publicaré dentro de unas semanas, "La Caída del Leviatán", que aclara esa sentencia y a la vez pone punto final a esta excitante saga.
A estas alturas de la serie Abraham y Franck tienen perfectamente pulido el patrón que configura sus novelas, y "La Cólera de Tiamat" lo respeta de cabo a rabo: una narrativa coral sin excesos que abrumen al lector (las cinco líneas narrativas principales son las de los ya conocidos Alex, Naomi y Bobbie, a las que se añaden las de la recuperada para la ocasión Elvi Okoye y la de Teresa Duarte, la hija única del Cónsul General de Laconia), unos capítulos de extensión muy similar, una prosa directa y sin florituras, descripciones comedidas, diálogos fluidos, una equilibrada combinación de intriga y acción sazonada con la cantidad justa de reflexiones... la novela entronca perfectamente con lo que ofrece el resto de la saga. La mayor novedad que aporta es el papel que interpreta James Holden, quien, como prisionero de Duarte, forzosamente debe limitarse a mover los hilos de los acontecimientos desde la sombra, por lo que acapara menos protagonismo que en cualquier otra entrega.
El otro elemento diferenciador de este octavo libro es la relevancia que adquiere el elemento científico. El esfuerzo porque el mismo sea lo más verosímil posible estuvo presente desde el principio en la saga (de hecho, es una de sus principales virtudes, hasta el punto de que yo considero que algunas de sus entregas se adscriben perfectamente al subgénero de la ciencia-ficción dura), pero aquí logra un realce si cabe aún mayor. Por dos cuestiones fundamentales: la manipulación genética que consigue el doctor Cortázar gracias a la protomolécula, y que le permite revivir a seres humanos fallecidos (el capítulo veintinueve es una maravilla al respecto); y el experimento con antimateria que realizan las fuerzas armadas laconias en la estrella de neutrones de Tecoma, cuyas devastadoras consecuencias dinamizan todo lo que sucede en la novela a partir de ese punto. Abraham y Franck consiguen tratar estos asuntos con una naturalidad que permite que lectores poco interesados en los mismos no se vean abrumados por ellos, pero el calado de estas cuestiones científicas es innegable.
A lo largo de las casi seiscientas páginas de la novela nos iremos encontrando con otras virtudes. Algunas de ellas propias de esta entrega, como la vida en el Edificio Gubernamental de Laconia, con su rígida ambientación y sus intrigas sin fin, o el empeño con el que la terna al frente (el Almirante Trejo, el Doctor Cortázar y el Coronel Illich) intenta ocultar el estado catatónico en el que se sume Duarte en un momento dado. Y otros ya esperables a estas alturas de la saga: la recreación de escenarios dentro y fuera de las naves espaciales, las motivaciones mayormente creíbles de los personajes, la capacidad para seguir sorprendiendo al lector al acabar con la vida de alguno de ellos, o los disfrutables episodios de batallas espaciales, siempre condicionados por los efectos gravitatorios y las inmensas distancias.
Al igual que le ocurre a todas sus predecesoras, algunos defectos impiden considerar redonda a esta nueva entrega. El más evidente es que el interés no va aumentando linealmente conforme avanzamos en la lectura, sino que va subiendo y bajando con el desarrollo de los acontecimientos. En ello influye decisivamente la línea narrativa de Naomi Nagata, condicionada por esa existencia casi nómada en contenedores de transporte, y sin duda la más floja de todas hasta casi el final. Otros son más específicos de la trama, como por ejemplo lo mal que está narrado el asesinato de Cortázar por Duarte, las poco convincentes razones por las que Elvi decide quedarse en Laconia en vez de escapar junto a Teresa y Holden, o la forzada resurreción de Amos, que encima llega justo a tiempo para asegurar la victoria de los "bajos fondos". Sin olvidarnos de los fastidiosos e innecesarios barbarismos que tantas veces he lamentado a lo largo de todas estas reseñas.
El desenlace vuelve a resultar tan vertiginoso y vibrante como cabría esperar, mejorando la impresión final. Y resulta satisfactorio como colofón a todo lo narrado, a pesar de lo que plantean los autores para Elvi y Amos. Además, deja bien deja claro que Laconia aún no ha dicho su última palabra, y remata la incertidumbre con la alusión que realiza Amos en la última página a "unas cosas que van a acabar con todos nosotros". Por lo que les emplazo a la reseña que publicaré dentro de unas semanas, "La Caída del Leviatán", que aclara esa sentencia y a la vez pone punto final a esta excitante saga.
domingo, 24 de agosto de 2025
"El Alzamiento de Persépolis" (2017). James S. A. Corey
Con la entrada que hoy les traigo continúo mi segundo recorrido por las sagas más relevantes para el lector de ciencia-ficción en español. A la vez que doy continuidad a mis revisiones de la saga The Expanse, de los escritores estadounidenses Daniel Abraham y Ty Franck (quienes firman bajo el pseudónimo James S. A. Corey). Nos vamos ya nada menos que por la séptima entrega de la saga, un hito no muy habitual en el género, y menos aún con la calidad suficiente como para seguir mereciendo una entrada individual en este humilde blog. Pero es que "El Alzamiento de Persépolis" supuso en mi humilde opinión una incuestionable mejora frente a las dos entregas precedentes ("Los Juegos de Némesis" y "Las Cenizas de Babilonia"), y la razón por la cual decidí continuar la lectura de la saga hasta el final. Se trata de una novela que recupera con acierto la space opera de altos vuelos como eje central de la trama gracias a Laconia, el sistema estelar poblado por desertores marcianos del que Abraham y Franck ya nos habían hablado brevemente en entregas precedentes, y que impone una nueva cosmovisión para la humanidad con una fuerza arrolladora.
Para ello, los autores toman la arriesgada decisión de situar la acción casi tres décadas en el futuro respecto a "Las Cenizas de Babilonia": justo cuando la Tierra y Marte se han recuperado de loas daños infligidos por la Armada Libre, y cuando la Unión de Transportes se ha consolidado como el organismo que controla las transacciones a través del Anillo, irrumpe en escena la topoderosa Laconia de Winston Duarte. La cual ha estado desarrollando durante décadas las ruinas de la civilización que creó la protomolécula, usando ésta como catalizadora, hasta alcanzar una supremacía tecnológica-orgánica que le posibilita lanzarse a implantar su cosmovisión por todo el espacio conocido, empezando por el Sistema Solar. Con la originalidad de que los laconios plantean su conquista en términos de los beneficios que supondrán para los conquistados, utilizando la violencia como último recurso e intentando minimizar el número de bajas.
Abraham y Franck salen airosos de este planteamiento disruptivo. La condescendencia de los laconios con los pueblos que van conquistando (como la Estación Medina) y su trato respetuoso, intentando asimilarlos como nuevos ciudadanos a su incipiente imperio, alejan a este libro de los clásicos villanos de otras entregas (por ejemplo, los de la Armada Libre de Marco Inaros), y posibilitan así especulaciones diferentes a las de los seis títulos anteriores, con una óptica distinta sobre la supremacía, las implicaciones del centralismo, y las ventajas de no oponerse a los netamente superiores. Pero también aciertan a la hora de reflejar el paso de los años por la tripulación de la Rocinante: el declive físico de Clarissa, el ascenso de Bobbie al rol de capitana, el ensimismamiento de Amos... De manera que sus reacciones y actos no son un mero calco de los de entregas anteriores, sino una versión evolucionada de ellos mismos, con su bueno y su malo.
Por si lo anterior fuera poco, después de unas entregas argumentalmente más dispersas, aquí la lectura tiene un motor claro de principio a fin: la expansión de Laconia. Ello evita que la novela se vaya por las ramas, pues impregna con sus implicaciones todo cuanto va sucediendo. Y aunque el ritmo narrativo lógicamente va subiendo y bajando según se van narrando batallas espaciales, preparativos de huida o maniobras y especulaciones políticas, y no siempre está igual de logrado, el interés se mantiene todo el tiempo, beneficiando así el balance final de la novela.
Otros aciertos dignos de mención son la reducción en el número de líneas narrativas frente a su predecesora (esencialmente tres: las de Camina Drummer, la cinturiana al frente de la Unión de Transportes; la de Santiago Singh, el laconio que ejerce de Gobernador de Medina; y la de la marciana Bobbie Draper, con atención puntual a algunos otros personajes), la recapitulación para su posterior aprovechamiento en la historia de lo sucedido en las entregas anteriores, el cuidado a la hora de tratar el elemento científico (que aquí se pone especialmente de manifiesto en las maniobras de los rebeldes en la Estación Medina, con sus protocolos de comunicaciones, todo lo relativo a la encriptación, y sus estrategias para desactivar e inhabilitar elementos clave), y la presencia de unos cuantos capítulos que no desmerecen a los mejores de la saga en su tercio final, plenos de tensión y acción.
En cuanto a los defectos, el más llamativo es que esta vez los autores no se muestran tan acertados como otras veces a la hora de visualizar situaciones y maniobras, con frecuencia confusas o incluso con algún gazapo. En el tramo de central de la novela emplean capítulos completos para averiguaciones que se podían haber presentado con menos texto, aligerando un poco las casi seiscientas páginas del libro. El rol de la ya muy anciana Avasarala es meramente testimonial, una triste sombra de lo que la hindú había aportado a entregas anterioes. En ocasiones algunos laconios (con Singh al frente) percan de de candidez (algo tal vez comprensible por su supremacía tecnológica). Como es habitual a lo largo de toda la saga, falta algo más de profundidad, de calidez; todo es excesivamente correcto, más racional que sentimental. Y el exceso de barbarismos innecesarios sigue presente una vez más.
A cambio, los autores son tan hábiles que consiguen presentar como una gran victoria la accidentada y parcial huida de los tripulantes de la Rocinante a Pleno Dominio, cuando en realidad todas las fuerzas que se oponen a Laconia claudican con docilidad, ofrecen un desenlace ejemplarizante y coherente para Singh, y dejan conscientemente más cabos abiertos que en ninguna otra entrega de la saga, sabedores de los elementos de los que disponen para seguir escribiendo. Así que desde ya les emplazo a mi reseña de la octava entrega, "La Cólera de Tiamat".
Para ello, los autores toman la arriesgada decisión de situar la acción casi tres décadas en el futuro respecto a "Las Cenizas de Babilonia": justo cuando la Tierra y Marte se han recuperado de loas daños infligidos por la Armada Libre, y cuando la Unión de Transportes se ha consolidado como el organismo que controla las transacciones a través del Anillo, irrumpe en escena la topoderosa Laconia de Winston Duarte. La cual ha estado desarrollando durante décadas las ruinas de la civilización que creó la protomolécula, usando ésta como catalizadora, hasta alcanzar una supremacía tecnológica-orgánica que le posibilita lanzarse a implantar su cosmovisión por todo el espacio conocido, empezando por el Sistema Solar. Con la originalidad de que los laconios plantean su conquista en términos de los beneficios que supondrán para los conquistados, utilizando la violencia como último recurso e intentando minimizar el número de bajas.
Abraham y Franck salen airosos de este planteamiento disruptivo. La condescendencia de los laconios con los pueblos que van conquistando (como la Estación Medina) y su trato respetuoso, intentando asimilarlos como nuevos ciudadanos a su incipiente imperio, alejan a este libro de los clásicos villanos de otras entregas (por ejemplo, los de la Armada Libre de Marco Inaros), y posibilitan así especulaciones diferentes a las de los seis títulos anteriores, con una óptica distinta sobre la supremacía, las implicaciones del centralismo, y las ventajas de no oponerse a los netamente superiores. Pero también aciertan a la hora de reflejar el paso de los años por la tripulación de la Rocinante: el declive físico de Clarissa, el ascenso de Bobbie al rol de capitana, el ensimismamiento de Amos... De manera que sus reacciones y actos no son un mero calco de los de entregas anteriores, sino una versión evolucionada de ellos mismos, con su bueno y su malo.
Por si lo anterior fuera poco, después de unas entregas argumentalmente más dispersas, aquí la lectura tiene un motor claro de principio a fin: la expansión de Laconia. Ello evita que la novela se vaya por las ramas, pues impregna con sus implicaciones todo cuanto va sucediendo. Y aunque el ritmo narrativo lógicamente va subiendo y bajando según se van narrando batallas espaciales, preparativos de huida o maniobras y especulaciones políticas, y no siempre está igual de logrado, el interés se mantiene todo el tiempo, beneficiando así el balance final de la novela.
Otros aciertos dignos de mención son la reducción en el número de líneas narrativas frente a su predecesora (esencialmente tres: las de Camina Drummer, la cinturiana al frente de la Unión de Transportes; la de Santiago Singh, el laconio que ejerce de Gobernador de Medina; y la de la marciana Bobbie Draper, con atención puntual a algunos otros personajes), la recapitulación para su posterior aprovechamiento en la historia de lo sucedido en las entregas anteriores, el cuidado a la hora de tratar el elemento científico (que aquí se pone especialmente de manifiesto en las maniobras de los rebeldes en la Estación Medina, con sus protocolos de comunicaciones, todo lo relativo a la encriptación, y sus estrategias para desactivar e inhabilitar elementos clave), y la presencia de unos cuantos capítulos que no desmerecen a los mejores de la saga en su tercio final, plenos de tensión y acción.
En cuanto a los defectos, el más llamativo es que esta vez los autores no se muestran tan acertados como otras veces a la hora de visualizar situaciones y maniobras, con frecuencia confusas o incluso con algún gazapo. En el tramo de central de la novela emplean capítulos completos para averiguaciones que se podían haber presentado con menos texto, aligerando un poco las casi seiscientas páginas del libro. El rol de la ya muy anciana Avasarala es meramente testimonial, una triste sombra de lo que la hindú había aportado a entregas anterioes. En ocasiones algunos laconios (con Singh al frente) percan de de candidez (algo tal vez comprensible por su supremacía tecnológica). Como es habitual a lo largo de toda la saga, falta algo más de profundidad, de calidez; todo es excesivamente correcto, más racional que sentimental. Y el exceso de barbarismos innecesarios sigue presente una vez más.
A cambio, los autores son tan hábiles que consiguen presentar como una gran victoria la accidentada y parcial huida de los tripulantes de la Rocinante a Pleno Dominio, cuando en realidad todas las fuerzas que se oponen a Laconia claudican con docilidad, ofrecen un desenlace ejemplarizante y coherente para Singh, y dejan conscientemente más cabos abiertos que en ninguna otra entrega de la saga, sabedores de los elementos de los que disponen para seguir escribiendo. Así que desde ya les emplazo a mi reseña de la octava entrega, "La Cólera de Tiamat".
viernes, 25 de julio de 2025
"Las Cenizas de Babilonia" (2016). James S. A. Corey
Con esta nueva entrada sigo completando mi segundo recorrido en orden cronológico por algunas de las sagas más destacadas de las que puede disfrutar el lector de ciencia-ficción en español. Y como muchos ya saben, toca seguir desgranando la monumental saga "The Expanse", de los escritores estadounidenses Daniel Abraham y Ty Franck, que publican bajo el pseudónimo James S. A. Corey. Una saga que con "Las Cenizas de Babilonia" alcanzó su sexta entrega hace ahora casi una década. Y es que los autores eran capaces de mantener su impresionante ritmo de un novela extensa por año. Pero tras un lustro el éxito a nivel de ventas y crítica era tal que seguro les merecía el esfuerzo. En lo que atañe a la novela que les presento, decirles que se trata de una entrega que evita el evidente riesgo de reiteración a estas alturas de la saga mediante una mayor amplitud de miras y una mayor extensión que todas sus hermanas. Pero que, por el contrario, se vuelve más dispersa y difícil de seguir que ellas.
Con buen criterio, en esta obra los autores redoblan su apuesta y llevan esa propuesta de "novela coral" que había caracterizado a las entregas segunda a quinta a una nueva dimensión: en lugar de cuatro líneas narrativas a cargo de otros tantos protagonistas, expanden el foco hasta casi veinte líneas, centradas en otros tantos personajes. Obviamente no todas reciben la misma atención, pero todas son válidas para enriquecer la perspectiva del lector sobre el complejísimo panorama que quedó establecido dentro y fuera del Sistema Solar a la conclusión de "Los Juegos de Némesis". Para ello repescan a personajes secundarios de novelas anteriores (de Michio Pa a Anderson Dawes), y aumentan casi en la misma proporción el número de escenarios y puntos de vista. La riqueza de la saga tras cinco extensos títulos se lo posibilita a Abraham y a Franck.
En línea con lo anterior, los autores también expanden la tripulación permanente de la nave Rocinante con dos nuevas y razonables incorporaciones. Y seguramente para no convertir tan ambiciosa propuesta en algo inmanejable, se dedican durante toda la novela a completar las tramas que afectan a los humanos en el Sistema Solar, dejando apartadas las que tienen que ver con lo alienígena. De suerte que al final del libro muchas quedarán satisfactoriamente resueltas, en parte gracias a la habilidad que muestran a la hora de entrecruzarlas durante las casi seiscientas páginas anteriores. Y todo ello sin renunciar a las habituales intrigas políticas y a los disfrutables combates espaciales, que se siguen disfrutando de maneras coherente y verosímil a partes iguales.
Sin embargo, esa riqueza de personajes y perspectivas también provoca que esta entrega no rinda a la misma altura que las grandes entregas ya reseñadas. Porque es muy complicado, incluso para el lector constante y con buena memoria en lo concerniente a lo acontecido en la saga, recordar y situar a tanto personaje que aparece y desaparece sin previo aviso. Así, no sólo se genera una cierta desconexión con muchos de ellos, sino que falta tensión en su desarrollo. De hecho, a pesar de tratarse del volumen más largo, es el que menos hechos destacables relata, y ni siquiera es capaz de enganchar en ningún momento una tanda de capítulos que mantenga en todo lo alto el interés. Al contrario, el ritmo narrativo nunca es alto, y en el tramo central de la novela incluso peca de lento. Y a pesar de ello, se echa de menos aunque sea un par de personajes que ayuden a visualizar la dramática situación que está atravesando el planeta Tierra.
Otros defectos comparativamente menores son la evolución de Marco Inaros (el villano de ésta y la anterior entrega), que poco a poco va perdiendo su piel de líder carismático y salvador del Cinturón para mostrársenos como un ser visceral tan obsesionado con su pasado que pierde inusitadamente todo su carisma. También las continuas menciones a un tal Duarte y a su mundo, Laconia, que parecen ser claves a nivel geopolítico, pero de los que no sabemos prácticamente nada. O una menor brillantez, quizá motivada por cierta premura, a la hora de narrar algunos de los episodios de acción más relevantes. Y como de costumbre, un injustificado abuso de los barbarismos.
Por el contrario, algunos aciertos con los que no contaba al iniciar la lectura mejoraron mi impresión global de la misma. Tal es el caso de la ausencia absoluta del "fantasma de Miller", que tanta credibilidad restaba a entregas precedentes, y que aquí no es mencionado ni una sola vez. O la evolución del personaje de Filip (el hijo de Marco y Naomi), que madura de forma consistente. O también de cómo Naomi va digiriendo la ausencia definitiva de su hijo, erradicando el melodramatismo que tan negativamente había afectado en "Los Juegos de Némesis" a esta intrahistoria. Si a ellos les sumamos la habitual prosa fluida y los diálogos frescos y naturales, un elemento científico que sigue a buen nivel, un desenlace corto pero intenso y plausible a partes iguales, e incluso un puñado de jugosas reflexiones en su epílogo, entenderán por qué me animé a seguir con la séptima entrega de esta extensa saga. De la cual les hablaré en mi siguiente entrada.
Con buen criterio, en esta obra los autores redoblan su apuesta y llevan esa propuesta de "novela coral" que había caracterizado a las entregas segunda a quinta a una nueva dimensión: en lugar de cuatro líneas narrativas a cargo de otros tantos protagonistas, expanden el foco hasta casi veinte líneas, centradas en otros tantos personajes. Obviamente no todas reciben la misma atención, pero todas son válidas para enriquecer la perspectiva del lector sobre el complejísimo panorama que quedó establecido dentro y fuera del Sistema Solar a la conclusión de "Los Juegos de Némesis". Para ello repescan a personajes secundarios de novelas anteriores (de Michio Pa a Anderson Dawes), y aumentan casi en la misma proporción el número de escenarios y puntos de vista. La riqueza de la saga tras cinco extensos títulos se lo posibilita a Abraham y a Franck.
En línea con lo anterior, los autores también expanden la tripulación permanente de la nave Rocinante con dos nuevas y razonables incorporaciones. Y seguramente para no convertir tan ambiciosa propuesta en algo inmanejable, se dedican durante toda la novela a completar las tramas que afectan a los humanos en el Sistema Solar, dejando apartadas las que tienen que ver con lo alienígena. De suerte que al final del libro muchas quedarán satisfactoriamente resueltas, en parte gracias a la habilidad que muestran a la hora de entrecruzarlas durante las casi seiscientas páginas anteriores. Y todo ello sin renunciar a las habituales intrigas políticas y a los disfrutables combates espaciales, que se siguen disfrutando de maneras coherente y verosímil a partes iguales.
Sin embargo, esa riqueza de personajes y perspectivas también provoca que esta entrega no rinda a la misma altura que las grandes entregas ya reseñadas. Porque es muy complicado, incluso para el lector constante y con buena memoria en lo concerniente a lo acontecido en la saga, recordar y situar a tanto personaje que aparece y desaparece sin previo aviso. Así, no sólo se genera una cierta desconexión con muchos de ellos, sino que falta tensión en su desarrollo. De hecho, a pesar de tratarse del volumen más largo, es el que menos hechos destacables relata, y ni siquiera es capaz de enganchar en ningún momento una tanda de capítulos que mantenga en todo lo alto el interés. Al contrario, el ritmo narrativo nunca es alto, y en el tramo central de la novela incluso peca de lento. Y a pesar de ello, se echa de menos aunque sea un par de personajes que ayuden a visualizar la dramática situación que está atravesando el planeta Tierra.
Otros defectos comparativamente menores son la evolución de Marco Inaros (el villano de ésta y la anterior entrega), que poco a poco va perdiendo su piel de líder carismático y salvador del Cinturón para mostrársenos como un ser visceral tan obsesionado con su pasado que pierde inusitadamente todo su carisma. También las continuas menciones a un tal Duarte y a su mundo, Laconia, que parecen ser claves a nivel geopolítico, pero de los que no sabemos prácticamente nada. O una menor brillantez, quizá motivada por cierta premura, a la hora de narrar algunos de los episodios de acción más relevantes. Y como de costumbre, un injustificado abuso de los barbarismos.
Por el contrario, algunos aciertos con los que no contaba al iniciar la lectura mejoraron mi impresión global de la misma. Tal es el caso de la ausencia absoluta del "fantasma de Miller", que tanta credibilidad restaba a entregas precedentes, y que aquí no es mencionado ni una sola vez. O la evolución del personaje de Filip (el hijo de Marco y Naomi), que madura de forma consistente. O también de cómo Naomi va digiriendo la ausencia definitiva de su hijo, erradicando el melodramatismo que tan negativamente había afectado en "Los Juegos de Némesis" a esta intrahistoria. Si a ellos les sumamos la habitual prosa fluida y los diálogos frescos y naturales, un elemento científico que sigue a buen nivel, un desenlace corto pero intenso y plausible a partes iguales, e incluso un puñado de jugosas reflexiones en su epílogo, entenderán por qué me animé a seguir con la séptima entrega de esta extensa saga. De la cual les hablaré en mi siguiente entrada.
jueves, 26 de junio de 2025
"Los Juegos de Némesis" (2015). James S. A. Corey
Hoy les traigo una nueva reseña de la saga "The Expanse" como parte de mi recorrido en orden cronológico por algunas de las sagas más relevantes para el lector en español, el cual llevo realizando desde hace ya un año. En concreto, se trata de "Los Juegos de Némesis", la quinta novela de esta exitosa saga de los escritores estadounidenses Daniel Abraham y Ty Franck (es decir, de James S. A. Corey). La cual alcanzó finalmente un total de nueve títulos, todos ellos traducidos a nuestro idioma. La que hoy les presento es la entrega más singular que he reseñado hasta la fecha, puesto que, a diferencia de sus predecesoras, se dedica a indagar en las historias personales de su cuarteto protagonista (es decir, la tripulación de la Rocinante). Este planteamiento permite al lector conocerlos mejor, pero a costa de unas dosis de acción y de entretenimiento significativamente menores que las que ofrecían sus hermanas.
Esa mirada hacia dentro que desde su mismo comienzo plantean en esta novela Abraham y Franck, aprovechando las reparaciones a las que se está viendo sometida la Rocinante en la estación Tycho, se presenta como una siguiente etapa razonable en las historias personales de sus protagonistas, pero en seguida se vuelve forzada. Y es que los motivos por los que Álex, y sobre todo Naomi, terminan viajando por el Sistema Solar para revisitar su pasado resultan endebles e inverosímiles a partes iguales, pues resulta de todo punto inadmisible que no nos hubieran contado nada acerca de ellos en las cuatro novelas anteriores. Pero es que ni siquiera consiguen presentar esta diáspora de manera amena, dado que durante el primer tercio de la novela no sucede prácticamente nada. Un hecho particularmente chocante porque sucede justo cuando la trama de la saga había quedado interrumpida en el punto en el que se iniciaba el éxodo masivo de la humanidad a otros mundos gracias a "El Anillo". En otras palabras, un error de bulto en su planteamiento.
A esos enredos personales descafeinados, a esos interrogatorios que el cuarteto va realizando a personajes que en realidad apenas revelan nada, pero que nos van alejando gradualmente de la "space opera" de gran calado que cabría esperar, hay que añadirles, en el caso de la línea narrativa de Naomi, el recurso a un topicazo inesperado en una novela que había huido hasta ahora de ellos: el repentino surgimiento en la misma de su hijo, Filip, del que nada sabíamos. Y que resulta ser, además, nada menos que el fruto de su relación de adolescente con el líder de la revuelta que está asolando el Sistema Solar: Marco Inaros. Tanto la casualidad extrema que sustenta una situación así en un sistema solar tan vasto, como la previsible, reiterativa y hasta sensiblera sucesión de choques entre la típica madre arrepentida y el típico hijo dolido que, ante la falta de su madre, se ha esculpido a imagen y semejanza de su padre, lastran especialmente estos capítulos. Aunque tampoco la de Álex despierta mucho más interés, pues en cuanto avanza se revela poco más que una excusa para recuperar para la saga a la por otra parte interesante Bobbie Draper.
Todo lo anterior es una pena, porque la idea de reutilizar ese exitoso enfoque de novela coral que iniciaron por primera vez en la segunda entrega, recurriendo esta vez al cuarteto de la Rocinante, era original y hasta sensato. Y el detalle adicional de rescatar para la misma a muchos de los grandes personajes secundarios de otras novelas (Clarissa Mao, Monica Stuart, Chrisjen Avasarala, Fred Johnson...), una manera de seguir cohesionando las saga y al mismo tiempo abundar en virtudes pretéritas. Pero aquí las cuatro líneas tardan casi tanto en converger como en arrancar, lo que exige durante centenares de páginas un esfuerzo extra de retentiva por parte del lector, y deja el disfrute casi en exclusiva a lo que cada una de ellas le pueda ofrecer de manera aislada. Por lo cual los vaivenes en cuanto a intensidad y relevancia que aquejan a varias de ellas provocan que el resultado se resienta.
Cuando la novela alcanza su tercio final las cuatro líneas por fin van convergiendo, y el lector descubre que sí que había una trama de alcance galáctico de la que disfrutar similar a la de otras entregas. De suerte que durante algunos capítulos de ese tramo la novela recuerda en su forma y en su capacidad de entretenimiento a sus predecesoras. Especialmente en la línea narrativa de Amos y Clarissa, con una apocalíptica Tierra que encerraba todo un filón de recursos argumentales muy poco aprovechado por los autores. Desgraciadamente, tras casi cuatrocientas páginas ya tarde para que el libro remonte el vuelo. Algo que tampoco sucede en sus páginas finales: el desenlace que crean Abraham y Franck es el más corto y de menor tensión de toda la saga, el final es poco más que un reencuentro de los protagonistas sin que se cierre ningún frente, e incluso ese epílogo que pretende volver a engancharnos con las aventuras estelares de las próximas entregas se nos presenta de manera confusa y poco inspirada.
Pese a todos estos defectos, los seguidores de la saga pueden seguir disfrutando en "Los Juegos de Némesis" de muchas de sus virtudes. Desde las relativas al componente literario (los capítulos cortos, las descripciones sintéticas y precisas, la abundancia de diálogos, la riqueza de puntos de vista...), pasando por las concernientes al elemento científico (los efectos de la gravedad, de la ausencia de oxígeno, la pericia en el trazado de órbitas, la exposición a la radiación, las vulnerabilidades en el software...) hasta llegar a las derivadas de su excelente ambientación en los distintos planetas, satélites, estaciones artificiales y naves espaciales. Sin olvidar los singulares aspectos especulativos de esta quinta entrega (los cambios en las sociedades del Sistema Solar provocados por "El Anillo", el reajuste del equilibrio de las distintas fuerzas planetarias, la familia sanguínea frente a la familia elegida...). El elemento de misterio también sigue aquí presente hasta el final (esas naves que desaparecen sin explicación racional), así como los giros humorísticos y las situaciones límite. Por lo que, cuando terminé la lectura, tuve la esperanza de que esta entrega no pasase de ser un punto de inflexión introspectivo para coger fuerzas de cara a los eventos "externos" de las novelas restantes de la saga. Así que en mi siguiente entrada les revelaré si ése fue el caso y, por lo tanto, buena parte de los defectos de esta novela fueron comprensibles y hasta disculpables.
Esa mirada hacia dentro que desde su mismo comienzo plantean en esta novela Abraham y Franck, aprovechando las reparaciones a las que se está viendo sometida la Rocinante en la estación Tycho, se presenta como una siguiente etapa razonable en las historias personales de sus protagonistas, pero en seguida se vuelve forzada. Y es que los motivos por los que Álex, y sobre todo Naomi, terminan viajando por el Sistema Solar para revisitar su pasado resultan endebles e inverosímiles a partes iguales, pues resulta de todo punto inadmisible que no nos hubieran contado nada acerca de ellos en las cuatro novelas anteriores. Pero es que ni siquiera consiguen presentar esta diáspora de manera amena, dado que durante el primer tercio de la novela no sucede prácticamente nada. Un hecho particularmente chocante porque sucede justo cuando la trama de la saga había quedado interrumpida en el punto en el que se iniciaba el éxodo masivo de la humanidad a otros mundos gracias a "El Anillo". En otras palabras, un error de bulto en su planteamiento.
A esos enredos personales descafeinados, a esos interrogatorios que el cuarteto va realizando a personajes que en realidad apenas revelan nada, pero que nos van alejando gradualmente de la "space opera" de gran calado que cabría esperar, hay que añadirles, en el caso de la línea narrativa de Naomi, el recurso a un topicazo inesperado en una novela que había huido hasta ahora de ellos: el repentino surgimiento en la misma de su hijo, Filip, del que nada sabíamos. Y que resulta ser, además, nada menos que el fruto de su relación de adolescente con el líder de la revuelta que está asolando el Sistema Solar: Marco Inaros. Tanto la casualidad extrema que sustenta una situación así en un sistema solar tan vasto, como la previsible, reiterativa y hasta sensiblera sucesión de choques entre la típica madre arrepentida y el típico hijo dolido que, ante la falta de su madre, se ha esculpido a imagen y semejanza de su padre, lastran especialmente estos capítulos. Aunque tampoco la de Álex despierta mucho más interés, pues en cuanto avanza se revela poco más que una excusa para recuperar para la saga a la por otra parte interesante Bobbie Draper.
Todo lo anterior es una pena, porque la idea de reutilizar ese exitoso enfoque de novela coral que iniciaron por primera vez en la segunda entrega, recurriendo esta vez al cuarteto de la Rocinante, era original y hasta sensato. Y el detalle adicional de rescatar para la misma a muchos de los grandes personajes secundarios de otras novelas (Clarissa Mao, Monica Stuart, Chrisjen Avasarala, Fred Johnson...), una manera de seguir cohesionando las saga y al mismo tiempo abundar en virtudes pretéritas. Pero aquí las cuatro líneas tardan casi tanto en converger como en arrancar, lo que exige durante centenares de páginas un esfuerzo extra de retentiva por parte del lector, y deja el disfrute casi en exclusiva a lo que cada una de ellas le pueda ofrecer de manera aislada. Por lo cual los vaivenes en cuanto a intensidad y relevancia que aquejan a varias de ellas provocan que el resultado se resienta.
Cuando la novela alcanza su tercio final las cuatro líneas por fin van convergiendo, y el lector descubre que sí que había una trama de alcance galáctico de la que disfrutar similar a la de otras entregas. De suerte que durante algunos capítulos de ese tramo la novela recuerda en su forma y en su capacidad de entretenimiento a sus predecesoras. Especialmente en la línea narrativa de Amos y Clarissa, con una apocalíptica Tierra que encerraba todo un filón de recursos argumentales muy poco aprovechado por los autores. Desgraciadamente, tras casi cuatrocientas páginas ya tarde para que el libro remonte el vuelo. Algo que tampoco sucede en sus páginas finales: el desenlace que crean Abraham y Franck es el más corto y de menor tensión de toda la saga, el final es poco más que un reencuentro de los protagonistas sin que se cierre ningún frente, e incluso ese epílogo que pretende volver a engancharnos con las aventuras estelares de las próximas entregas se nos presenta de manera confusa y poco inspirada.
Pese a todos estos defectos, los seguidores de la saga pueden seguir disfrutando en "Los Juegos de Némesis" de muchas de sus virtudes. Desde las relativas al componente literario (los capítulos cortos, las descripciones sintéticas y precisas, la abundancia de diálogos, la riqueza de puntos de vista...), pasando por las concernientes al elemento científico (los efectos de la gravedad, de la ausencia de oxígeno, la pericia en el trazado de órbitas, la exposición a la radiación, las vulnerabilidades en el software...) hasta llegar a las derivadas de su excelente ambientación en los distintos planetas, satélites, estaciones artificiales y naves espaciales. Sin olvidar los singulares aspectos especulativos de esta quinta entrega (los cambios en las sociedades del Sistema Solar provocados por "El Anillo", el reajuste del equilibrio de las distintas fuerzas planetarias, la familia sanguínea frente a la familia elegida...). El elemento de misterio también sigue aquí presente hasta el final (esas naves que desaparecen sin explicación racional), así como los giros humorísticos y las situaciones límite. Por lo que, cuando terminé la lectura, tuve la esperanza de que esta entrega no pasase de ser un punto de inflexión introspectivo para coger fuerzas de cara a los eventos "externos" de las novelas restantes de la saga. Así que en mi siguiente entrada les revelaré si ése fue el caso y, por lo tanto, buena parte de los defectos de esta novela fueron comprensibles y hasta disculpables.
sábado, 31 de mayo de 2025
"La Quema de Cíbola" (2014). James S. A. Corey
Una entrada más prosigo con mi recorrido por algunas de las mejores sagas de la ciencia-ficción que no tuvieron oportunidad en su momento de aparecer por este humilde blog. Quienes lo siguen con asiduidad saben que me hallo ya en la década pasada, y que estoy deteniéndome en las novelas que conforman la saga "The Expanse". Escrita por James S. A. Corey (o lo que es lo mismo, los estadounidenses Daniel Abraham y Ty Franck), se trata sin ninguna duda de una de las más relevantes a nivel mundial en estos últimos años. Y también, añado, de las más satisfactorias para los amantes del género. Algo que corrobora la novela de la que me dispongo a hablarles hoy: "La Quema de Cíbola". Cuarta entrega ya de una saga que terminó alcanzando las nueve novelas, se trata de una de las más meritorias de la misma. Y desde luego un libro de mayor nivel y repercusión que su predecesora ("La Puerta de Abadón", 2013), la cual reseñé en mi anterior entrada. Cambiando completamente el marco escénico de sus tres hermanas anteriores, y añadiendo la colonización de un nuevo planeta y la lucha por la supervivencia a la space opera respetuosa con el elemento científico que caracteriza la saga, se trata de una novela con mucha personalidad, bien resuelta, y que posibilita el tránsito de la saga a una nueva dimension más ambiciosa.
A pesar de estas dos grandes novedades, con buen criterio los autores repiten varios de los aciertos principales de entregas anteriores: por supuesto, mantienen y otorgan relevancia en los acontecimientos a los cuatro tripulantes de la Rocinante. También siguen estructurando el libro en capítulos cortos, con descripciones precisas que no rompen el ritmo y abundantes diálogos. Y por tercera vez ya, recurren a cuatro líneas narrativas diferentes para lograr una panorámica más completa y complementaria respecto a lo que sucede sobre y en torno al planeta Ílo. El cual se convierte conscientemente en el marco escénico exclusivo de estas quinientas páginas, una particularidad de "La Quema de Cíbola" que le hace mucho bien.
Además de la línea narrativa habitual de James Holden, los autores nos proponen esta vez la de Elvi Okoye, xenobióloga de la empresa terrestre Energías Carta Real, quien pese a ciertas reacciones de adolescente que pueden descolocar al lector, sirve para potenciar la componente científica de la novela, por cuestiones como sus observaciones sobre el ecosistema de Ílo o el empleo de técnicas de análisis de datos para comprender su impacto sobre los seres humanos. También la de Basia Merton, personaje secundario de "La Guerra de Calibán", y que aquí forma parte de los colonos cinturianos asentados en Ílo, por lo que su trauma vital en primer lugar, y su evolución personal después, contribuyen a reforzar el aspecto humano de la obra. Y por último la de Dimitri Havelock, secundario en esta ocasión de "El Despertar del Leviatán", y en esta novela responsable de seguridad a bordo de la nave terrestre Edward Israel, cuyo cambio de bando durante la obra constituye otro indudable acierto.
Tras la lentitud y los capítulos de poca entidad que lastraban el primer tramo de la anterior obra de la saga, parece que los autores tomaron buena nota, pues aquí rectifican y nos ofrecen desde el mismo comienzo grandes dosis de acción. Además, saben aprovechar todo cuanto les ofrece el planeta (sus especies autóctonas, sus elementos biológicos, su pasado alienígena...) para lleva la trama mucho más allá del inicial conflicto de intereses entre los colonos y Energías Carta Real que plantean inicialmente, convirtiéndola en una sucesión de adversidades, en una acumulación de catástrofes responsable de que la segunda mitad de la novela se centre en la denodada lucha por la supervivencia de las distintas facciones humanas en un entorno muy hostil. Otros aciertos dignos de mención son la existencia de un elemento de misterio casi hasta el final, los pequeños detalles humorísticos cuando la situación lo permite, la exploración de conflictos éticos, las reflexiones sobre los comportamientos humanos, y las buenas dosis de astronomía, tecnología espacial y mecánica orbital.
No obstante, como a otras entregas de la saga, a la novela le fallan algunos detalles para considerarla casi perfecta. Quizá el más evidente aquí es la novedosa inserción de unos cuantos interludios, dedicados a mostrar cómo los restos de la creación alienígena influyen en el investigador Miller, y que apenas se aprehenden, aparte de que interrumpen el por lo demás impecable discurrir de la narración. Siguiendo por el propio Miller "revivido", un recurso del que tiran de nuevo en esta entrega, y que sigue desentonando en una novela que persigue el afán de verosimilitud. Por ota parte, también es fácil reconocer cómo los autores se han inspirado en las novelas del Oeste tan populares en la primera mitad del siglo pasado, con aspectos tan evidentes su "vida en la frontera" y su "sheriff". En otro orden de cosas, pese a que en ambos bandos hay muchas personas sensatas pero también algunos fanáticos, el jefe de Havelock, el implacable Murtry, resulta poco creíble en su defensa a ultranza de la misión de ECR independientemente de las consecuencias de sus actos. También resulta obvio que, en realidad, apenas se avanza en el misterio de la desaparación de los creadores de la protomolécula. Y por último, Abraham y Franck siguen introduciendo una gran cantidad de barbarismos innecesarios.
El desenlace, largo, complejo, y resuelto en paralelo en dos frentes independientes, resulta creíble, válido como culminación de toda la tensión acumulada desde el comienzo, y eficaz a la hora de atar prácticamente todos los cabos sueltos. Y sin embargo, también abre de manera creíble nuevas posibilidades a las futuras entregas de la saga. Por lo que les emplazo a mi próxima reseña de la misma, dentro de unos días.
A pesar de estas dos grandes novedades, con buen criterio los autores repiten varios de los aciertos principales de entregas anteriores: por supuesto, mantienen y otorgan relevancia en los acontecimientos a los cuatro tripulantes de la Rocinante. También siguen estructurando el libro en capítulos cortos, con descripciones precisas que no rompen el ritmo y abundantes diálogos. Y por tercera vez ya, recurren a cuatro líneas narrativas diferentes para lograr una panorámica más completa y complementaria respecto a lo que sucede sobre y en torno al planeta Ílo. El cual se convierte conscientemente en el marco escénico exclusivo de estas quinientas páginas, una particularidad de "La Quema de Cíbola" que le hace mucho bien.
Además de la línea narrativa habitual de James Holden, los autores nos proponen esta vez la de Elvi Okoye, xenobióloga de la empresa terrestre Energías Carta Real, quien pese a ciertas reacciones de adolescente que pueden descolocar al lector, sirve para potenciar la componente científica de la novela, por cuestiones como sus observaciones sobre el ecosistema de Ílo o el empleo de técnicas de análisis de datos para comprender su impacto sobre los seres humanos. También la de Basia Merton, personaje secundario de "La Guerra de Calibán", y que aquí forma parte de los colonos cinturianos asentados en Ílo, por lo que su trauma vital en primer lugar, y su evolución personal después, contribuyen a reforzar el aspecto humano de la obra. Y por último la de Dimitri Havelock, secundario en esta ocasión de "El Despertar del Leviatán", y en esta novela responsable de seguridad a bordo de la nave terrestre Edward Israel, cuyo cambio de bando durante la obra constituye otro indudable acierto.
Tras la lentitud y los capítulos de poca entidad que lastraban el primer tramo de la anterior obra de la saga, parece que los autores tomaron buena nota, pues aquí rectifican y nos ofrecen desde el mismo comienzo grandes dosis de acción. Además, saben aprovechar todo cuanto les ofrece el planeta (sus especies autóctonas, sus elementos biológicos, su pasado alienígena...) para lleva la trama mucho más allá del inicial conflicto de intereses entre los colonos y Energías Carta Real que plantean inicialmente, convirtiéndola en una sucesión de adversidades, en una acumulación de catástrofes responsable de que la segunda mitad de la novela se centre en la denodada lucha por la supervivencia de las distintas facciones humanas en un entorno muy hostil. Otros aciertos dignos de mención son la existencia de un elemento de misterio casi hasta el final, los pequeños detalles humorísticos cuando la situación lo permite, la exploración de conflictos éticos, las reflexiones sobre los comportamientos humanos, y las buenas dosis de astronomía, tecnología espacial y mecánica orbital.
No obstante, como a otras entregas de la saga, a la novela le fallan algunos detalles para considerarla casi perfecta. Quizá el más evidente aquí es la novedosa inserción de unos cuantos interludios, dedicados a mostrar cómo los restos de la creación alienígena influyen en el investigador Miller, y que apenas se aprehenden, aparte de que interrumpen el por lo demás impecable discurrir de la narración. Siguiendo por el propio Miller "revivido", un recurso del que tiran de nuevo en esta entrega, y que sigue desentonando en una novela que persigue el afán de verosimilitud. Por ota parte, también es fácil reconocer cómo los autores se han inspirado en las novelas del Oeste tan populares en la primera mitad del siglo pasado, con aspectos tan evidentes su "vida en la frontera" y su "sheriff". En otro orden de cosas, pese a que en ambos bandos hay muchas personas sensatas pero también algunos fanáticos, el jefe de Havelock, el implacable Murtry, resulta poco creíble en su defensa a ultranza de la misión de ECR independientemente de las consecuencias de sus actos. También resulta obvio que, en realidad, apenas se avanza en el misterio de la desaparación de los creadores de la protomolécula. Y por último, Abraham y Franck siguen introduciendo una gran cantidad de barbarismos innecesarios.
El desenlace, largo, complejo, y resuelto en paralelo en dos frentes independientes, resulta creíble, válido como culminación de toda la tensión acumulada desde el comienzo, y eficaz a la hora de atar prácticamente todos los cabos sueltos. Y sin embargo, también abre de manera creíble nuevas posibilidades a las futuras entregas de la saga. Por lo que les emplazo a mi próxima reseña de la misma, dentro de unos días.
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