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sábado, 20 de octubre de 2018

La transmigración de Timothy Archer (1982). Philip K. Dick

Una nueva entrada continúo reseñando las novelas ganadoras o nominadas a los Premios Nébula durante la década de los ochenta que aún no hubieran tenido una entrada independiente en este humilde blog. Voy a presentarles en esta oportunidad "La transmigración de Timothy Archer", nominada a los Premios Nébula de 1983, y también la última novela de Philip K. Dick publicada en vida. Los conocedores de la obra del influyente escritor estadounidense probablemente sepan que sus últimos años de vida fueron particularmente atormentados, delirantes y con una fuerte presencia de las drogas, por lo que cuando me hice con esta novela tenía miedo de encontrarme ante una "ida de olla", si me permiten utilizar por una vez una expresión coloquial. Pero he de decir que mis temores estaban infundados y la nominación a los Nébula plenamente justificada. Porque sin un cuestionamiento de la realidad tan pronunciado como es habitual en Dick, pero sí con muchas de sus obsesiones (religiones, drogas, locura), se trata de una novela profunda, muy elaborada, pesimista, culta, y mucho más coherente de lo que me esperaba.

Y eso a pesar de que, como decía, son muy comunes las críticas negativas sobre la última época de Dick, principalmente a causa de la incoherencia de lo narrado y de la confusión subyacente. Nada de eso aprecié: la novela es coherente de principio a fin, bien expuesta y con un esfuerzo claramente perceptible por atar todos los cabos. A ello contribuye sin duda que el libro recree con precisión aunque sin mencionarlo de manera explícita la vida del obispo James Pike, con quien Dick mantuvo una relación frecuente a lo largo de los años.

También es de agradecer la gran cantidad de referencias culturales que pueblan sus páginas: literarias (de Virgilio a Dante, de Schiller a Yeats), musicales (de Beethoven a The Beatles, de Frank Zappa a Queen), y filosóficas (de Locke a Kant). Siempre utilizadas con respeto, y a menudo en forma de pequeñas citas que complementan la exposición. Todo lo cual refleja la calidad de la novela, y contribuye a que Dick nos proponga entre sus páginas poco menos que un tratado de filosofía (con la rebelión contra el destino como eje principal).

Otros puntos favorables de la novela son el rigor con el que el escritor trata el elemento religioso (desde los textos y doctrinas cristianas hasta los manuscritos saduceos del Mar Muerto), la exploración del mundo interior de unos personajes muy bien caracterizados (con mención especial para Angel Archer, la brillantemente recreada protagonista femenina que narra la novela en primera persona), la habitual magia de la prosa dickiana (que mantiene como de costumbre la atención del lector), la "sorpresa" final con la que Dick construye la supuesta transmigración de Tim Archer, y algunos detalles científicos que demuestran que la novela puede encajar en el género (desde las frecuentes disertaciones sobre automóviles hasta las referencias a la teoría de la señal de Shannon).

Desgraciadamente la novela presenta tres defectos graves que a mi modo de ver la alejaron del premio y no permiten situarla entre lo mejor de la producción del estadounidense. El mayor y más evidente es la falta de acción: no ya páginas esporádicas, sino a veces capítulos enteros se dedican a que los personajes reflexionen sobre determinados acontecimientos u obsesiones personales, hasta el punto de fatigar al lector. El segundo es la excesiva presencia de las drogas en sus personajes: por supuesto la naturalidad con las que las consumen ya puede ser cuestionable, pero lo peor son los difícilmente aceptables vaivenes a los que someten, restándoles credibilidad. Y el tercero es la relevancia que Dick otorga a elementos nada científicos (médiums, lecturas de pensamiento, mentes ocupadas por otras, supuestas terapias de grupo), que indudablemente le restan autoridad a sus reflexiones. En menor medida también debo mencionar que en su momento me disgustó una traducción realmente floja, así como cierta tendencia a narrar de modo telegráfico determinados acontecimientos esenciales de la novela.

A cambio de estos defectos la novela es recomendable sobre todo porque nos ofrece un abundante material especulativo, que a menudo nos hará cuestionarnos qué son realmente la locura y la fe, y que nos permitirá calibrar hasta qué punto la vida era percibida con negatividad por el estadounidense en sus últimos años.

domingo, 29 de octubre de 2017

Fluyan mis lágrimas, dijo el policía (1974). Philip K. Dick

Prosigo una entrada más con las reseñas de las novelas que he seleccionado como representativas de la alteración de la realidad en la literatura de ciencia-ficción, de la mano de dos reputados expertos en esa corriente como son Philip K. Dick y Robert C. Wilson. Le ha llegado el turno en esta oportunidad a Fluyan mis lágrimas, dijo el policía", la última novela que voy a reseñar de Dick dentro de esta revisión de la alteración de la realidad. Se trata de una de las pocas novelas premiadas del estadounidense (se alzó con el premio John W. Campbell), y también de una de las más recomendables (aunque ya he comentado en alguna oportunidad que para mí sus dos mejores novelas son "Los tres estigmas de Palmer Eldritch" y "Ubik"). La presente es una novela atrayente, cautivadora, que conjuga la arrolladora personalidad como escritor de Dick con una historia trepidente y menos delirante de lo que cabría esperar.

Digo cabría esperar porque la producción de Dick durante la década de los setenta arrastra la fama de estar más centradas en sus delirios autobiográficos que en las propias narraciones. Así que debo reconocer que en su momento afronté la lectura un tanto a la defensiva. Precaución que se reveló innecesaria: obviamente están presentes muchos de los rasgos habituales en su producción (un estado de tintes totalitarios, la generalización del consumo de drogas, el cuestionamiento permanente de la realidad, la sensación de deshumanización...), pero también una trama claramente definida en torno a la caída del presentador y cantante Jason Taverner, su desesperado esfuerzo por recuperar el estatus perdido, y su relación con el departamento de policía de Los Ángeles. Es cierto que existen capítulos delirantes y difíciles de aceptar (el primero de la tercera parte por encima de todos), pero también se aprecia un claro esfuerzo por dotar a la novela de continuidad y rigor (casi me atrevería a hablar de coherencia de lo narrado). Como lo prueba la cuarta parte, unas páginas dedicadas en exclusiva a atar los cabos sueltos de todos los personajes.

El dinamismo de la novela es digno de elogio, y a pesar de la continua sucesión de personajes femeninos que van acompañando a Taverner a lo largo de sus páginas, mantiene en todo momento el interés por lo que sucederá a continuación. La primera parte en especial raya a gran altura, ya que Dick dedica el tiempo justo a ponernos en situación sobre su protagonista y la sociedad en la que vive, e inmediatamente después nos sumerge en esa realidad alterada en la que Taverner no existe y lucha desesperadamente por crearse una identidad que le permita eludir los campos de trabajos forzados. La segunda parte resulta más irregular (a pesar de que en ella Dick nos da a conocer al trascendental "policía", Felix Buckman), y las continuas reflexiones sobre el amor y las recurrentes visitas al cuartel de la policía hacen que la novela se resienta un tanto. Pero después de la pirotecnia de su primer capítulo a la que aludía, la tercera parte remonta el vuelo con una sucesión de acontecimientos más sensata y un desenlace un tanto inesperado.

La novela adolece de varios fallos qe me impiden considerarla a la altura de lo mejor de su producción. El más obvio es el inverosímil giro con el que Dick explica los dos días de realidad alterada que experimenta Taverner (y es que el consumo de KR-3 no sólo afecta a Alys Buckman que es quien lo consume, sino al resto de sujetos de su entorno). Pero también es mejorable la manera cómo Taverner inicia su caída (la gelatinosa esponja Callista), los frecuentes errores con las fechas, el ya habitual en Dick de crear una sociedad demasiado avanzada para 1988 (y eso después de una Segunda Guerra Civi y la virtual eugénesis de la raza negra), y una mezcla de artilugios inverosímiles por avanzados con otros completamente anacrónicos (como los tocadiscos que tan destacado papel desempeñan en el retorno a la realidad de Taverner).

A cambio, Dick despliega todo su arsenal de provocaciones (una relación incestuosa entre los Taverner con un hijo en común, relaciones consentidas con menores de catorce años, una red transexual de rejilla telefónica, personajes femeninos obsesionados por el placer y escasos de humanidad, y gadgets por doquier (coches que vuelan e inducen al sueño a sus pasajeros, edificios que flotan por encima del suelo, proyecciones de electroencefalogramas desde helicopteros policiales...)). Un arsenal que unido a su habitual alteración de la realidad y a un argumento bien estructurado y rematado, logra que la novela resulte no sólo disfrutable, sino altamente recomendable.

sábado, 14 de octubre de 2017

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968). Philip K. Dick

Una nueva entrada continúo reseñando las novelas que he seleccionado como representativas de la alteración de la realidad en la ciencia-ficción, de la mano dos grandes maestros como son Philip K. Dick y Robert C. Wilson. Voy a reseñar en esta oportunidad "¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?", de Dick. Que quizá sea una de las novelas más famosas de su bibliografía, gracias a la adaptación libre que de la misma hizo en 1982 Ridley Scott, cuando la llevó al cine con el título de "Blade runner". Y que sin ser en mi opinión uno de los mejores libros de su producción, sí que posee todas las características habituales de su bibliografía: una novela tan capaz de atraer magistralmente al lector como de decepcionarlo con algunos defectos graves.

Situada en 1992 tras la Guerra Mundial Terminal que dejó la Tierra devastada, su mayor virtud es la habilidad narrativa de Dick en sus mejores años como escritor. Y es que el estadounidense crea una ambientación en la que todo contribuye al cuestionamiento permanente de la realidad, consiguiendo además la total implicación del lector. Pero este cuidado de la ambientación no implica que la trama pase a un segundo plano. Porque la utilización de androides para la imprescindible colonización de Marte, y la emancipación derivada su continua evolución, plantean la problemática de su integración en la sociedad terrestre, además de la dificultad para distiguirlos de los humanos. Una problemática de ominosas implicaciones y peligrosamente veraz en un futuro relativamente cercano. Realzada además por la atmósfera decadente y estéril del San Francisco recreado por Dick. Y enriquecida por la introducción de conceptos originales pero de fácil asimilación: el kippel, el órgano de ánimos Penfield, el test de Voigt-Kamp, el amigo Buster...

Lo que ya no resulta tan fácil de entender es la enorme importancia que la sociedad post-nuclear concede a la posesión de un animal (ya sea real o eléctrico), y que ésta constituya uno de los ejes en torno a los que gira la obra. Aunque esta reflexión me permite ensalzar el fantástico título de la novela: extravagante a primera vista, y obviamente evocador de la práctica de los humanos de contar ovejas, encierra en realidad una pregunta sorprendentemente adecuada para la narración, que el simplón título de "Blade runner" con el que recientemente se ha reeditado aprovechando el tirón de la película echa a perder.

Como decía, la novela adolece de varios defectos que impiden considerarla una novela redonda. Además del ya comentado, el que primero aparece en la lectura es la caja de empatía: ya de por sí su pretendida utilidad de comunión con otros seres humanos que se unen al perpetuo ascenso de Wilbur Marcer es discutible, pero mucho más criticable resulta de que los daños producidos durante su uso se vuelvan reales al acabar. Otro inconveniente que le resta dramatismo a la obra es que el líder de los androides, Roy Baty, no aparezca hasta el tramo final de la obra, y que su eliminación resulte decepcionamente fácil. Llama la atención, asimismo, que a Dick se le deslice alguna que otra incongruencia (por ejemplo, cuando Deckard intenta hacerse pasar por Isidore empleando su nombre, sin percatarse de que éste en ningún momento se lo ha dicho). Tampoco me gustó la identificación de Deckard con el padre del mercerismo en el tramo final de la novela, por imposible, innecesaria y confusa. Y otros defectos menores pero evidentes son la época en la que transcurre la acción (demasiado temprana para lo evolucionada de la sociedad), y que en ningún momento Dick profundice en la colonización de Marte, aludiendo a ella sólo tangencialmente.

Para concluir, citar otros aciertos que se descubren según se avanza en la lectura. En primer lugar, la habilidad para concentrar toda la acción en poco más de un día. En segundo, Rick Deckard, el protagonista apenas esbozado físicamente pero mimado psicológicamente por Dick (su desconfianza inicial, su euforia tras sus primeros éxitos, y su posterior cuestionamiento de la vida de los androides, y de toda la vida en general). Y en tercer lugar, John B. Isidore, el cabeza de chorlito no tan retrasado como Dick nos pretende hacer creer, que constituye la perfectamente aprovechada baza de sentimentalismo con la que compensar tanta negatividad. Aciertos que logran inclinar la balanza en favor de una novela con lagunas pero indudablemente recomendable.

domingo, 24 de septiembre de 2017

Dr. Bloodmoney (1965). Philip K. Dick

Una entrada más continúo reseñando las novelas que he seleccionado como representativas de esa alteración de la realidad que desde hace décadas se ha venido cultivando en la literatura de ciencia-ficción, y de la que los norteamericanos Philip K. Dick y Robert C. Wilson son dos grandes maestros. Les voy a presentar en esta oportunidad "Dr. Bloodmoney (o cómo nos las apañamos después de la bomba)", de Dick. Que además de ser uno de los títulos menos conocidos de la época en la que con más coherencia y acierto el estadounidense exploró esta alteración de la realidad, es también la novela que definitivamente me hizo ver el paralelismo entre estos dos escritores. Porque el argumento, los personajes, las líneas narrativas que se entrecruzan, la repentina catástrofe y su impacto, podrían ser perfectamente parte de una novela de Wilson. Pero no, su autor fue Dick. Una novela, además, en la que Dick tomó como base el conocido tema del apocalipsis post-nuclear, eso sí, llevándolo con naturalidad a su personal estilo literario: inteligente, dinámica, consistente en lo esencial, pero también descabellada.

Quizá lo que más sorprenda al lector que ya se haya enfrentado con anterioridad a otras obras de Dick sea la sustitución de una línea narrativa claramente predominante, habitual en el estadounidense, por varias líneas separadas que se entrecruzan varias veces a lo largo de la novela sin llegar a fusionarse. Para ello Dick crea un elenco inusualmente amplio de personajes, y nos muestra cómo se van adaptando a la California post-holocausto. La mayoría están bien caracterizados y resultan creíbles. Mención especial para Stuart McConchie (y su astucia innata a pesar de que Dick nos hace creer que desempeñará el rol del personaje corto de miras que tiende a aceptar la realidad sin cuestionarla), y para el focomelo Hoppy Harrington (y cómo su conversión de ser humano marginal a centro de poder le agria fatalmente el carácter). Pero en otros personajes, y en consonancia con su habitual cuestionamiento de la realidad, Dick tensa demasiado la cuerda de la verosimilitud. Tal es el caso de Bruno Bluthgeld (el científico que da título a la novela de manera un tanto desafortunada, y cuya influencia en la catástrofe nuclear se exagera en demasía), y sobre todo de Edie y Bill Keller (la niña de siete años y el hermano siamés que supuestamente habita en su interior, algo absolutamente inadmisible desde el punto de vista científico).

A pesar de estas deficiencias en algunos personajes, la novela nunca descarrila y resulta agradable de principio a fin. Con un ritmo narrativo alto y un mensaje más optimista de lo que cabría esperar en Dick, el lector va apreciando cómo los personajes se van adaptando a las esperables carencias tras la catástrofe en unas ambientaciones californianas sugestivas y creíbles, dedicándose a nuevas ocupaciones acordes con la situación y tan originles como la de Walter Dangerfield, quien hace las veces de "internet" de esta nueva era. Aunque en ocasiones se eche de menos una línea principal más definida, que aumente la carga emocional de la novela.

Aparte de estos personajes y situaciones inadmisibles, y de una cierta sensación de collage de acontecimientos diversos, otros defectos menores de la novela son: las inusitadas capacidades extrasensoriales que desarrolla Hoppy, la escasez de información sobre los motivos de la catástrofe y su impacto en otras partes del mundo, la sociedad excesivamente evolucionada que Dick imaginó para las últimas décadas del siglo XX previas a la catástrofe, y la impresión de que Dick podría haberle sacado más partido a tanto personaje expandiendo la novela sesenta o setenta páginas más.

A cambio de estos inconvenientes, el panorama planteado por Dick apela siempre a la inteligencia del lector, quien una vez que concluye que la lucha entre Bill y Hoppy va a ser la clave de la novela, no puede dejar de pasar las páginas para averiguar cómo resuelve Dick ese inverosímil meollo. Hasta toparse con un desenlace descabellado y sin embargo consecuente con lo planteado, y que no decepciona.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Tiempo de Marte (1964). Philip K. Dick

Una entrada más prosigo reseñando las novelas que he seleccionado como representativas de la alteración de la realidad en la literatura de ciencia-ficción a cargo de dos grandes escritores norteamericanos: Philip K. Dick y Robert C. Wilson. Respetando el orden cronológico le ha llegado el turno a "Tiempo de Marte", quizá una de las novelas menos conocidas de la primera etapa de Philip K. Dick. Y que sin llegar al nivel de sus mejores obras, sí que mantiene ese cuestionamiento de la realidad que hace que al mismo tiempo que el lector se pregunta si lo que lee es razonablemente coherente, siente una subyugante atracción por lo narrado.

No obstante, para poder apreciar esta novela hay que ser indulgente con un par de cuestiones que podrían condenarla negativamente si no las pasamos por alto. La primera es el Marte "infantiloide" que nos muestra el autor: por supuesto hay marcianos (los oscuros, semejantes a los humanos y con sus propias tradiciones milenarias), pero también agua en cantidad aceptable, una atmósfera respirable... es fácil comprender que estas inverosímiles características del Planeta Rojo eran asumidas como validas hace más de cincuenta años y que por eso Dick no tuvo reparo en recurrir a ellas. Y la segunda es la escasa relevancia del elemento científico, dado que la novela se apoya a menudo en conceptos alejados de la ciencia: el uso de amuletos (aguatuja), la existencia de lugares con propiedades mágicas (Puño Manchado), y otros ejemplos.

En mi opinión, la mayor virtud de "Tiempo de Marte" es la habilidad literaria de que hace gala Dick en su mejor época. Tangible en los personajes profundos y bien caracterizados que crea, en el consabido cuestionamiento de la realidad, en el ambiente opresivo que preside la novela, en el enfoque de un mismo episodio desde diferentes personajes... Esta conocida habilidad del autor se combina aquí con el tratamiento de la esquizofrenia (quizás la verdadera protagonista del libro). Y es que Dick nos muestra sus conocimientos sobre el asunto no sólo en Jack Bohlen, sino en las tendencias esquizofrénicas que enseñan a los niños en la Escuela Pública.

El resto de las virtudes de la obra (dejando a un lado la excelente traducción a cargo de Marcelo Cohen), derivan de lo expuesto en el párrafo anterior. A saber: el logrado equilibrio de poderes, que se refleja incluso en la geografía marciana (contrabandistas del mercado negro, reparadores, trabajadores del agua, psiquiatras, judíos...); la elaboración de escenarios inquietantes, como esa Escuela Pública en la que sus máquinas docentes recrean personajes famosos, o el campo Ben-Gurión; la interrelación de casi todos los personajes, con líneas argumentales tangenciales; el tratamiento de un aspecto tan poco frecuente en la ciencia-ficción como la infidelidad matrimonial; y varios personajes particularmente conseguidos (es el caso de Arnie Kott, cien por cien "dickiano", hecho a sí mismo, ostentoso, cruel e infantil, de Manfred Steiner, el niño autista del que Dick no nos termina de mostrar sus poderes ni su influencia pero sí lo desasosegante que resulta, o incluso de la manera en la que se comportan y relacionan las ociosas Silvia Bohlen y June Henessy). Además, dos episodios brillan con luz propia: el pavorosamente repetido de la cena y la conversación entre Arnie, Jack y Doreen, y el desenlace, primero con su intento por revertir la realidad y segundo con la ilusión de que la muerte que Dick nos narra no está siendo real.

Para terminar, reseñar otros defectos no citados que añadir a las dos cuestiones con las que debemos ser indulgentes. El más evidente es la enormemente avanzada civilización que Dick sitúa allá por 1994. Tampoco se termina de captar en toda su dimensión el interés de las distintas facciones por los montes FDR. Y desde mi humilde punto de vista, nunca está del todo claro para el lector cuál es el verdadero motor de la novela, lo que hace, en especial durante su primera mitad, que el ritmo narrativo sea lento en demasía. Aunque la contenida extensión de la misma y los sobresaltos de la segunda mitad justifican sobradamente su lectura.

viernes, 25 de agosto de 2017

Tiempo desarticulado (1959). Philip K. Dick

Con la reseña de la presente novela empiezo mi serie de entradas específicamente dedicadas a la alteración de la realidad en la literatura de ciencia-ficción, de la mano de dos de los escritores de referencia en ese ámbito: Philip K. Dick y Robert C. Wilson. Siguiendo como de costumbre un orden cronológico, voy a empezar por "Tiempo desarticulado", una de las primeras novelas en la carrera del estadounidense Philip K. Dick, puesto que vio la luz en 1959. Y que pese a tratarse de una de sus primeras obras, me parece una meritoria novela, articulada sobre dos de los pilares básicos de su bibliografía: el cuestionamiento de la realidad y el control gubernamental. Razones por la cual la he seleccionado como la primera novela realmente representativa de su carrera en este ámbito del cuestionamiento de la realidad.

Para lograr el mayor impacto posible y a la vez situar al lector, Dick parte de una pequeña ciudad cualquiera en la Norteamérica de 1959: con sus suburbios, su descampado, su autopista, su supermercado... Y con ritmo ágil nos va introduciendo en las pequeñas vidas de unos cuantos personajes, que sutilmente se van complicando conforme la neurosis esquizofrénica de Ragle Gumm, el protagonista ideado por Dick que se gana la vida acertando diariamente el concurso del periódico local, va cobrando relevancia.

Pero sin duda lo mejor de la novela surge cuando los allegados de Gumm (su hijo Sammy, su esposa Margo, su cuñado Vic) van descubriendo anomalías que confirman un cuestionamiento evidente de la realidad más allá de los problemas mentales y el talento interpretativo para los concursos de su protagonista. Es en esos capítulos en los que Gumm planifica y ejecuta sus dos huídas de la ciudad (la primera en solitario, la segunda en compañía de Vic) cuando Dick raya a gran altura: crea una atmósfera tremendamete opresiva, va yendo de sorpresa en sorpresa, y finalmente nos revela una explicación plausible pero impactante para las anomalías temporales reveladas, que esconde nada menos que una Guerra Civil entre la Tierra y la Luna.

Pese a estos aciertos, la novela adolece de ciertos defectos que impiden considerarla un clásico del género. El más obvio es la imposibilidad de que Gumm acierte a diario el concurso sobre la ubicación del hombrecito verde. Asimismo perdura la impresión de Dick podía haber desarrollado más algunos puntos de la trama, que apenas si son sugeridos. Otros detalles de la explicación proporcionada por Dick también flojean (que sus personajes nunca se cuestionen dónde están viviendo, que en apenas unas décadas la Luna y Venus hayan sido colonizados, que la segunda huída transcurra íntegramente en menos de 12 horas...). Tampoco está muy bien integrado en la trama el rol de la señora Keitelbein, y en general algunos personajes secundarios son demasiado esquemáticos.

A cambio, y con una extensión saludablemente contenida y una prosa sencilla adornada con puntuales guiños humorísticos, Dick cautiva al lector mostrándole hasta qué extremos puede llegar el control gubernamental si las circunstancias lo aconsejan, cómo la locura puede servir de eslabón para enlazar las distintas realidades, o cómo puede llegar a parecer auténtica la más artificial de las ciudades. Creando así una lectura tan sugestiva como inquietante, y además precursora de los clásicos que Dick escribiría en años posteriores a partir de estos mimbres.

sábado, 12 de agosto de 2017

La alteración de la realidad: Philip K. Dick vs. Robert C. Wilson

Una vez concluida mi serie de entradas dedicada a las ucronías, abro con la presente entrada un nuevo tema con el que seguir ampliando la perspectiva de los lectores de este humilde blog sobre el maravilloso género de la literatura de ciencia-ficción. En esta oportunidad voy a tratar de un ámbito que en mi opinión aún no ha alcanzado (a diferencia de las ucronías) la categoría de subgénero, pero que está relacionado con ellas y posiblemente con el tiempo llegue a alcanzarlo, habida cuenta de los frutos que ya ha producido. Me refiero a la exploración de las situaciones a las que conduce la alteración de la realidad, que la ciencia-ficción lleva décadas explorando con fascinantes resultados. Y lo voy a hacer de la mano de los que para mí son los dos mayores exponentes de esta alteración de la realidad dentro el género: los estadounidenses Philip K. Dick y Robert C. Wilson.

Lo interesante de enfrentar a estos dos escritores radica en que su aproximación a la alteración de la realidad es tan diferente como reconocible. Dick es un escritor mundialmente famoso por esas novelas, situadas en un futuro no muy lejano y protagonizadas por personajes que distan mucho de los héroes convencionales, que comienzan presentándonos una realidad reconocible y aceptable para, gradualmente, ir introduciendo inquietantes elementos de otra realidad, a menudo sólo perceptibles por uno o un número reducido de personajes, hasta crear una atmósfera asfixiante en la que el cuestionamiento de todo lo presentado es absoluto. Mientras que Wilson, aunque también suele decantarse por situar sus novelas en un futuro cercano y partir de escenarios relativamente cotidianos, presenta la alteración de la realidad como un fenómeno a gran escala, incuestionable, que sucede de pronto, y obliga a sus personajes a unas experiencias vitales trepidantes, que jamás esperaron vivir.

En mi opinión, lo más fascinante de las novelas de realidad alterada de Dick es la manera como consigue que el lector se zambulla en el caos creciente, y no sólo no se desoriente y desinterese, sino que disfrute con ello. Y es que Dick sabe en sus mejores novelas mantener un mínimo de elementos de referencia ambientales y la suficiente coherencia argumental para que sus obras no desentonen en un ámbito que debe ser tan riguroso como la ciencia ficción. Mientras que lo más fascinante de las novelas de realidad alterada de Wilson es lo impactante de sus alteraciones, y cómo a partir de esas se desarrollan auténticos thrillers, llenos de tensión e intensidad, y a menudo con desenlaces sorprendentes.

Aunque ambos autores no llegaron a publicar sus novelas simultáneamente (Dick falleció en 1982 y Wilson publicó su primera novela en 1986), por lo que no podemos hablar de imitaciones ni influencias directas, comparten varios aspectos. Entre ellos su personalidad acusada y fácilmente reconocible a la hora de escribir. También la innegable concisión de sus novelas, independientemente de que abarquen uno o más hilos argumentales, con capítulos relativamente cortos y un ritmo narrativo alto. Y uno adicional y relativamente curioso: que su bibliografía ha sido reconocida con un número de premios sensiblemente menor que la relevancia que han alcanzado (algo especialmente notorio en el caso de Dick, que cuenta con una auténtica legión de escritores imitadores).

No todas las obras de Philip K. Dick encajan por igual en esta realidad alterada. Y de ellas, no todas brillan al mismo nivel. Por lo que no voy a presentarles un repaso exhaustivo a su bibliografía (que está traducida íntegramente al español), sino una selección de sus novelas más representativas en este ámbito, que cronológicamente abarcan desde 1959 a 1974. En cambio Robert C. Wilson ha sido hasta la fecha un lector con menos suerte en su bibliografía en español (menos de un tercio de sus novelas han sido editadas), por lo que voy a presentarles todas sus obras traducidas, dado que a mi modo de ver todas ellas encajan con naturalidad en esta realidad alterada.

Las novelas que voy a reseñar de Dick en este ámbito son las siguientes:
Tiempo desarticulado (1959)
El hombre en el castillo (1962)
Los tres estimas de Palmer Eldritch (1964)
Tiempo de Marte (1964)
Dr. Bloodmoney (1965)
¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968)
Ubik (1969)
Fluyan mis lágrimas, dijo el policía (1974)

Y de Robert C. Wilson, las siguientes:
Nómadas (1989)
Mysterium (1994)
Darwinia (1998)
Los cronolitos (2001)
Testigos de las estrellas (2003)
Spin (2005)

Varias de estas novelas ya han sido reseñadas en este mismo blog por una u otra razón, por lo que ya he incluido los enlaces a dichas reseñas. En meses venideros reseñaré solamente aquellas de las que aún no les he hablado.

Un último apunte: la idea de emparentar y a la vez enfrentar los enfoques que siguen estos dos escritores a la hora de alterar la realidad es enteramente mía. Desconozco si alguien más habrá hecho este ejercicio previamente, ni si los eruditos del género considerarán una aberración este enfrentamiento. Pero espero que si siguen esta entrada y las novelas que les presente terminen compartiendo las razones por las que los he enfrentado.

sábado, 26 de noviembre de 2016

El hombre en el castillo (1962). Philip K. Dick

Prosigo con mis reseñas en orden cronológico de las principales novelas que he seleccionado como representativas del subgénero de las ucronías. Le ha llegado al turno a la que probablemente sea la ucronía más famosa de todos los tiempos: "El hombre en el castillo". Cuya fama se debe probablemente a dos razones: ser una de las primeras en proponer el hecho divergente más frecuentemente repetido en las ucronías (las Potencias del Eje ganaron la Segunda Guerra Mundial), y haber sido escrita por uno de los autores más prestigiosos del género (Philip K. Dick, de cuyas bondades ya he hablado en otras ocasiones en este blog). Sin embargo, y con ello no pretendo hacer de abogado del diablo, en mi opinión la fama de esta novela es excesiva, ya que por una parte no es difícil encontrar ucronías mucho mejores, y por otra son varias las novelas de Dick mucho más recomendables. Porque al terminar la lectura de "El hombre en el castillo" habremos disfrutado con su personal habilidad narrativa, puesta en esta oportunidad al servicio de una historia alternativa bien concebida en lo político, pero inesperadamente endeble en los avatares de sus personajes.

Y es que una trama concebida a partir de la falsificación de antigüedades norteamericanas anteriores a la Segunda Guerra Mundial se antoja frágil para una novela tan reconocida. De hecho Dick parece ser consciente de ello, porque conforme va avanzando la obra van apareciendo otras cuantas líneas narrativas más, sin una relación clara entre ellas. Ello provoca en el lector la sensación de no saber a dónde pretende llevar el escritor la novela, sin que se identifique un propósito claro ni una estructura definida. A ello hay que sumarle que durante la primera mitad de la novela no hay apenas pasajes de acción, y que la intriga (llamémosle "onírica") aparentemente subyacente nunca aflora del todo.

Afortunadamente, la tradicional ambientación opresiva y de cuestionamiento de la realidad de Dick se adapta perfectamente a la California dominada por los japoneses que nos presenta. Entre eso y el notable conocimiento del autor sobre los imperios alemán y japonés (con su burocracia, sus medios de comunicación, sus finanzas...), la novela mantiene el tipo. Además, es interesante observar las tenisones que surgen entre la franja oriental de EEUU, dominada por los alemanes, y la occidental, dominada por los japoneses. Como en general son interesantes los personajes que amparan o justifican la victoria de las potencias del Eje.

Unos personajes, por otra parte, correctamente caracterizados pero que no llegan a calar en el lector (podemos citar como ejemplos los casos de Baynes, Tagomi, Chidan, Ramsey...). Sólo la pareja constituida por Joe y Juliana, con su proceso de conocimiento mutuo, su cuestionamiento de la identidad del otro, y su excursión desde San Francisco a Denver, resulta realmente convincente. De hecho, el papel de Abendsen y su novela "anti-ucrónica" La langosta se ha posado no es, en mi opinión, determinante en la novela, sino el habitual recurso para el cuestionamiento de la realidad de Dick. Por cierto que quizá lo más destacable de esa novela dentro de la novela sea constatar cómo su lectura da lugar a diferentes reflexiones según los personajes que la van leyendo.

Para acabar con las virtudes de la novela, mencionar la continua utilización de un elemento tan poco científico como adaptado a la atmósfera de la novela (el oráculo I Ching), destacar el episodio en el edificio Times (realmente el primero de tensión e intriga de la novela, aunque llega un poco tarde), y las frecuentes y acertadas reflexiones sobre las diferencias de comportamiento entre norteamericanos, japoneses y alemanes.

Y en el capítulo de los defectos reseñar, además de los ya comentados: los excesos probablemente "barbitúricos" del escritor, que le restan credibilidad a la novela (África sin africanos aborígenes, Mediterráneo desecado, pedetaxis); la confusa exposición de la situación política y el equilibrio de poderes de su historia alternativa (piénsese en los pasajes dedicados a la elección de Herr Bormann); la dedicación de una atención en mi opinión excesiva a episodios menores como una venta de joyas; todas las páginas dedicadas a los pensamientos de Tagomi, justo tan cerca del final; y el propio final, tan brusco como poco aclaratorio (aunque a modo de justificación Dick sugiera que Abedsen tenía razón y japoneses y alemanes perdieron realmente la guerra). Demasiados defectos para considerar "El hombre en el castillo" una novela redonda.

"Huérfanos de la Tierra" (2022). Adrian Tchaikovsky

Con la presente entrada voy a rematar definitivamente mi segundo recorrido por las mejores sagas disponibles para el lector de ciencia-ficc...

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