domingo, 27 de septiembre de 2026

"La Mirada del Vacío" (2023). Adrian Tchaikovsky

Tras el paréntesis vacacional, retomo hoy las reseñas de la última saga que me faltaba por traerles por aquí para completar mi segundo recorrido por las series más relevantes para el lector de ciencia-ficción en español. Se trata de la Saga de la Arquitectura Final, del escritor inglés Adrian Tchaikovsky. De las que ya había reseñado para ustedes su primera entrega, "Herederos de la Tierra" (2022), uno de los fenómenos del género tanto a nivel de crítica como de público en lo que llevamos de década. Un año después de aquella extensa novela, Tchaikovsky publicó su segunda parte, "La Mirada del Vacío", incluso más larga que su antecesora. Con la particularidad de que cuando vio la luz ya se sabía que habría una tercera entrega, la cual reseñaré dentro de unas semanas. Esa condición de novela "entre medias" a la que acabo de aludir lastra en cierta medida el resultado de "La Mirada del Vacío", una segunda entrega que mantiene la ambientación y el estilo de la primera, profundizando con criterio en el vasto universo creado por su autor, pero que lógicamente carece del factor sorpresa de su predecesora, y no ofrece a cambio novedades suficientes para mantener el nivel de aquélla. Ni se atreve a relatar acontecimientos irreversibles para la entrega final.

Y no es que Tchaikovsky no sea consciente de que su cometido debe ser el de sorprender al lector para mantener las expectativas; es que las bazas que juega no son tan potentes como seguramente le hubiera gustado. En especial en lo relativo al cilindro que la Jefa de la Oficina de Intervención Laery encarga conseguir a Havaer Mundy al comienzo de la novela, una excusa que se revela insuficiente cuando, tras más páginas de lo deseable, por fin se desvelan su contenido y la forma como afectará a los acontecimientos a partir de entonces. Pero también es un hecho que ni la mayor presencia e influencia de los naeromathi en general y de Ahab en particular, ni la existencia de Infierno de Criccieth, un mundo donde las ruinas originarias aún estan activas, cautivan al lector con la misma intensidad que las grandes revelaciones de la primera entrega. Y si a ello le sumamos que en esta oportunidad el libro sólo está estructurado en cuatro partes (cada una dedicada, como en la primera entrega, a un mundo diferente: Luna de Hismin, Arc Pallator, Toque de Difuntos e Infierno de Criccieth), y que el desarrollo es relativamente lento hasta que se llega a Criccieth, se entenderá por qué la novela queda un escalón por debajo de su antecesora en cuanto a capacidad de fascinación y disfrute.

No obstante, lo anterior no implica que se trate de una lectura prescindible. Al contrario, es una novela que debe leer todo aquel lector que gozó con "Herederos de Tierra", pues aquí el escritor sabe profundizar en el aprovechamiento de una historia futura tan compleja y rica en facciones y personajes como la creada, mostrándonos las múltiples facetas y comportamientos de los seres inteligentes que la pueblan (fobias, alianzas, inquietudes, complicidades...) y presentando varios giros de la trama relativamente inesperados, que la alejan de lo previsible. De hecho, cuando Tchaikovsky nota que se está excediendo en explicaciones e implicaciones sobre su creación, introduce conscientemente episodios de acción y pasajes de mayor tensión que mantengan al lector enganchado. Una preocupación por el lector que se manifiesta en realidad desde el mismo comienzo, con sus oportunas páginas iniciales ("La Historia Hasta aquí") con las que situarle si hace tiempo que concluyó la lectura de la primera entrega; pasando por las constantes referencias a episodios que tuvieron lugar en "Herederos de la Tierra"; y terminando con un nuevo apéndice de consulta obligada para situar los distintos personajes, mundos, especies y naves que aparecen por sus páginas, así como una extensa y cohesionada cronología, que abarca desde el año 107 antes de la llegada de los Arquitectos hasta el 124 Después.

Como sucedía con la primera entrega, uno de los puntos fuertes de la novela sigue siendo el uso de sus personajes, que cumplen su cometido a la hora de fijar la atención del lector en unas historias personales que alejen la narración de la frialdad de una creación tan colosal. Por supuesto, es el caso de la tripulación superviviente de la Dios Buitre, cada vez más reconocible por sus palabras y sus actos. Pero también debo destacar la mejor utilización de otros cuyas justificación y aportación a la historia había sido un tanto cuestionable en la primera entrega, como el caso del Heraldo Ash o del Agente Havaer Mundy, quienes aquí sí desempeñan un papel más relevante y comprensible. Incluso la inesperada y variopinta mezcla de personajes que termina habitando la Dios Buitre en la cuarta parte, o los propios habitantes de Infierno de Criccieth, alejan a la historia de unas facciones monolíticas de movimientos predecibles. Otros puntos a favor del libro son unos conceptos científicos principales respetuosos con el estado actual de la ciencia, y una prosa relativamente elaborada, que no desdeña recursos literarios válidos pero no siempre presentes en la literatura de ciencia-ficción.

Aparte de la falta de grandes novedades que justifiquen la existencia por sí misma de esta novela, otros defectos contribuyen a que la impresión global no sea del todo satisfactoria. El más evidente es la utilización de conceptos más cercanos a la fantasía que a la ciencia-ficción (como el propio noespacio, o un Idris que no duerme ni envejece, o la devoción mística de los seguidores de la Hegemonía a los Essien por más que les acarre incluso la pérdida de sus vidas). También puede incomodar lo poco que revelan Idris y Ahab tras cada una de sus visitas al noespacio desde la Máquina de Criccieth; se nota cómo el escritor estira al máximo esta parte. O detalles de determinados personajes, como lo infantil del pique entre el colmenero Trine y el profesor Storquel, o lo dóciles que resultan las dos totiahs (Emmaneth y Heremon) cuando los acontecimientos parecen sugerir otro tipo de reacción por su parte. El exceso de barbarismos, aunque concentrados en Olli, resulta tan innecesario como burdo. Y la edición en español añade un nuevo inconveniente: una traducción mediocre, repleta de leísmos, carente de comas que eviten malinterpretar las frases, con frecuentes fallos de concordancia entre sujeto y predicado, incluso con frases que en nuestro idioma suenan poco naturales.

Dejando al margen estas pegas, y a pesar de lo que tarda en arrancar y de cierta morosidad verbal, conforme avanza la lectura la novela se va entonando. Hasta desembocar en un buen desenlace, en el que intervienen con coherencia las múltiples facciones entrecruzadas, sostenido por una alta tensión narrativa y aderezado con la muerte de algunos personajes para otorgarle más fuerza. De suerte que, aunque la forma como ata cabos el autor tras el mismo, en las páginas finales, resulta excesivamente sucinta, tanto el interés como la propia historia quedan en un punto álgido para animar a adentrarse en la lectura de la tercera y última entrega de la saga. De la cual les hablaré en unas pocas semanas.

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