domingo, 6 de marzo de 2016

El libro de los cráneos (1972). Robert Silverberg

En esta nueva entrada continúo reseñando los principales libros de ciencia-ficción disponibles en español de Robert Silverberg, mi escritor de ciencia-ficción favorito. Voy a hablarles en esta oportunidad de "El libro de los cráneos", quizá la novela más fantástica que he reseñado hasta ahora en este humilde blog. Porque aunque está claro que no se trata de una novela de "espada y brujería" de las que tanto reniego, nunca he estado convencido de que este libro encaje en el género de la ciencia-ficción, puesto que el componente científico es inexistente, y la componente de ficción limitada. Lo que sí que tengo claro es que, siendo una novela recomendable y fechada en su quinquenio dorado, queda lejos de lo mejor de su producción, puesto que sus a estas alturas conocidas y hábilmente explotadas obsesiones quedan embarradas en una trama no del todo conseguida. Aunque los cuatro personajes protagonistas estén estupendamente caracterizados y casi basten para sostener por sí solos todo el entramado.

Y eso que la idea de partida es brillante: el "libro de los Cráneos", un manuscrito de origen medieval, perfectamente creíble con su estructuración en misterios y su catalán latinizado, sugiere la existencia de una secta oculta en pleno desierto de Arizona que ofrece la inmortalidad de dos miembros de cada grupo de cuatro acólitos, a cambio de la muerte de los otros dos. De esta forma, Silverberg consigue ya su elenco de personajes en los que profundizar en este viaje iniciático, y garantiza el interés del lector hasta el final. Pero ello da lugar a uno de los dos defectos principales de la novela: la desaparación del elemento sorpresa. Porque la secta existe, por supuesto, y como no podía ser de otra forma ofrece realmente la inmortalidad. De hecho, esta ausencia del elemento sorpresa provoca que el tramo de la novela que transcurre hasta que los cuatro universitarios llegan al Monasterio resulte excesivamente largo.

La estructura de la novela refrenda una vez más la calidad literaria de Silverberg: capítulos narrados siempre en primera persona por cada uno de los cuatro protagonistas (Eli, el investigador judío y alter ego del autor; Ned, el bufón homosexual; Timothy, el apuesto vividor; y Oliver, el vigoroso campesino). Personajes que mediante ese complejo recurso literario quedan caracterizados a la perfección, y que se comportan en todo momento en consecuencia con sus rasgos principales. Personajes que permiten a Silverberg introducir sus habituales reflexiones sobre los sentimientos y comportamientos de los seres humanos, centradas en esta ocasión en los éxitos y fracasos amorosos con la religión como trasfondo.

Paradójicamente este tratado sobre cuatro jóvenes en el cénit de su época sexual provoca en mi opinión el otro defecto importante de la novela: la mayor parte de los pasajes de acción son encuentros sexuales presentes o pretéritos, no siempre relevantes para el desarrollo de la misma. Hasta el punto de que en ocasiones pueden resultar redundantes. Si a ello le añadimos las típicas páginas "alucinatorias" de prácticamente toda novela de Silverberg de aquella época (estábamos en plena New Wave), y un estilo en ocasiones inesperadamente subido de tono, desabrido, irreverente, se comprenderá porque no incluyo esta novela entre lo mejor de la producción del estadounidense.

A cambio, no puedo dejar de resaltar el atrayente marco escénico principal: por una parte, los parajes de Arizona, solitarios, impersonales, nada turísticos, ideales para la trama ideada por Silverberg. Y por otra, el propio Monasterio de los Cráneos: sus cráneos de jade, sus enigmáticos y musculosos monjes en vaqueros (Antony, Javier, Miklos...), la solidez de sus rutinas diarias, la disciplina... Una atmósfera que atrapa por igual a los protagonistas y al lector, y que culmina con los episodios de las confesiones de uno a otro. Un marco escénico más meritorio si tenemos en cuenta la extensión del libro, tan conciso como Silverberg nos tenía acostumbrados por aquel entonces.

Para terminar, destacar que el desenlace está a mi modo de ver a la altura de lo esperado: hay quien se marcha, quien asesina, quien se suicida... Y todo de manera sorprendente para el lector, que probablemente esperaba ese tipo de acontecimientos pero en otros personajes: un mensaje nítido e intencionado del escritor sobre la fragilidad, las ambiciones y el sentimiento de culpa, que perdura una vez terminada la lectura.

lunes, 22 de febrero de 2016

El mundo interior (1971). Robert Silverberg

Una nueva entrada continúo reseñando los principales libros disponibles en español del estadounidense Robert Silverberg, mi escritor de ciencia-ficción favorito. Aún sigo reseñando novelas de su quinquenio dorado (1967 - 1972), un periodo de una extraordinaria fecundidad creativa no reñida en absoluto con la calidad. Como una vez más se encarga de evidenciar la novela que les presento hoy, "El mundo interior". Que sin ser en mi opinión una de sus mejores novelas, sí que entra dentro de la categoría de recomendables. Además de ser su novela más claramente etiquetable dentro del sugestivo subgénero de las distopías. Tanto, que resulta evidente que el autor primó un marco distópico atrayente sobre una trama esencialmente limitada a vivencias puntuales de unos cuantos personajes.

Estamos a finales del siglo XXIV. La falta consciente de control de la natalidad ha elevado la población de la Tierra hasta alcanzar los setenta y cinco mil millones de personas. Pero la humanidad ha encontrado la solución habitacional a esta situación: las Monurb o Mónadas Urbanas, torres de mil plantas que albergan casi un millón de personas y que se agrupan en constelaciones. Cada Monurb está dividida en veinticinco ciudades con nombres tomados de las ciudades contemporáneas, de cuarenta plantas cada una, y estructuradas en orden ascendente de status. De suerte que la vida en ellas es autocontenida: sus habitantes no necesitan salir para llevar una existencia plena, y los individuos que no se adaptan a esta forma de vida son eliminados sin contemplaciones. Un marco escénico absolutamente fascinante, de lo mejor que ha dado el género, y que cautiva por lo inquietantemente cercano que parece a la evolución de la población mundial y a las tendencias en nuestras urbes contemporáneas.

Por si fuera poco, la novela arranca de manera espléndida, con unos excelentes dos primeros capítulos, que sitúan perfectamente al lector y lo predisponen para grandes momentos. Pero a partir del tercer capítulo, tan "alucinógeno" como mayoritaramente prescindible, la novela decae un tanto. A ello contribuye el gran número de personajes que van desfilando por sus páginas en esos primeros capítulos sin interaccionar demasiado entre ellos (Charles, Dillon, Aurea, Jason, Siegmund, Micaela...), lo que dificulta identificar un elenco protagonista claro. Y tampoco ayuda que la novela tiende a enfocarse en exceso en los conflictos sexuales (hay que entender que la novela se escribió en pleno auge de la New Wave), cuando el marco distópico planteado podría funcionar igualmente en otras muchas áreas.

A pesar de lo anterior, esa sucesión de episodios personales y un tanto inconexos en que se convierte resulta casi siempre interesante. Y la maestría con la que Silverberg trata a sus personajes se pone una vez más de manifiesto, en especial en el largo e intenso capítulo sexto. Porque otra cualidad de "El mundo interior" es su concisión: sólo siete largos capítulos, enfocados cada uno de ellos mayoritariamente en un personaje diferente, y con múltiples episodios cada uno. Lo que se traduce en apenas doscientas páginas que, con una prosa brillante y un lenguaje nunca explícito, se bastan y se sobran para mostrarnos este posible mundo futuro y explotarlo con gran cantidad de sus habituales y jugosas reflexiones.

Y es que lo que permanece en la mente del lector años después de disfrutar de la novela no es la trama, ni el desenlace, ni un episodio concreto, sino lo que sugiere esta distopía. No sólo en el ámbito personal (la propuesta del fin de la intimidad como camino para lograr la máxima felicidad y paz interior, los inconvenientes de una vida hacinada, represiva, o la forma como la sociedad creada afecta a los humanos que no se adaptan a ella), sino también en el económico y social (al extinto expansionismo le contrapone una sociedad en un equilibrio precario que se intenta mantener gracias al no siempre efectivo condicionamiento psicológico impuesto). Junto a ello nos ofrece un sugestivo panorama de cómo podría ser la vida en ese siglo, con un elemento científico razonablemente cuidado, así como posibles efectos beneficiosos de esa evolución como la eliminación de las guerras y el crimen. Todo ello compone un fresco perdurable, que nos volverá a la mente una y otra vez al adentrarnos de nuevo en estos temas en la prensa o la literatura. Por ello disculpo los errores de esta novela y la recomiendo a cualquier lector, sabiendo que las distopías suelen tener también buena acogida entre lectores ajenos al mundillo de la ciencia-ficción.

sábado, 6 de febrero de 2016

La torre de cristal (1970). Robert Silverberg

Una nueva entrada continúo reseñando los principales libros de ciencia-ficción de Robert Silverberg disponibles para el lector en español. Le toca en esta oportunidad a "La Torre de Cristal", que quizá sea una de las novelas menos conocidas de su quinquenio dorado. Injustamente, puesto que en mi opinión se trata de otra de sus obras a incluir en la categoría de "absolutamente recomendables". Una novela que no se adscribe claramente a ningún subgénero de la ciencia-ficción; más bien cabe hablar de un tour de force pleno de ingenio, que el talento de Silverberg y la inspiración de sus mejores años lleva a buen puerto.

Silverberg sitúa la novela en el siglo XXIII, periodo en el cual una humanidad tecnológicamente muy evolucionada recibe por vez primera una señal procedente del espacio exterior. Acontecimiento ante el cual el multimillonario y megalómano Simeon Krug pone en marcha su ambicioso proyecto de construcción de una inmensa torre en el Ártico con la que responder a dicha señal. Para ello cuenta con una raza de androides fabricada por él, una mano de obra barata y capaz de trabajar en condiciones extremas. Este planteamiento ya permite ver que la novela, a pesar de la casi inigualable concisión de Silverberg, funciona a muchos niveles: el sociológico, con unos androides que quieren lograr la igualdad con sus creadores, el religioso, ya que los androides veneran a Krug como su Creador, el emocional, con la desmedida ambición mostrada por Krug y la frustración que le generará...

Pero para mí el nivel más sorprendente en el que funciona esta excelente novela es el tecnológico, con un componente científico tan elaborado que en ocasiones parece más una novela de ciencia-ficción hard que cualquier otra cosa. Baste citar a modo de ejemplos la riqueza de la detección de la señal extraterrestre o el cuidadoso proyecto de construcción de la torre. Aunque al final, y gracias a su gran riqueza conceptual, las reflexiones de hondo calado y un tanto pesimistas sobre el ser humano y la preocupación por los personajes (humanos y androides) se imponen en la impronta que la novela deja en el lector tras su lectura.

Y es que aparición de los androides de Krug en la sociedad futura cambia completamente el mundo tal cual lo conocemos hoy. Y su madurez va acompañada de una veneración religiosa a un Krug idealizado que resulta tan sólida y compleja que aún no me explico cómo no se le había ocurrido antes a otros escritores. Junto a ello, un despliegue de medios impresionante: castas sociales claramente diferenciadas, el primer contacto con otros seres inteligentes, teletransportadores, la mayor obra jamás construida por el hombre, las localizaciones más inverosímiles, la perspectiva de los ricos de segunda generación, la sabia utilización de la primera o la tercera persona según el personaje en que se esté focalizando... Y por encima de todo la dupla que forman Simeon Klug y Thor Vigilante, creador y obra, dos personajes exhuberantes, polifacéticos, dignos de la mejor producción de Silverberg.

Por ponerle algún pero a esta novela, puedo mencionar que tal vez falte un poco de acción, y que al acabar la lectura dé la impresión de que Silverberg podía haber sacado más partido a tantos elementos como pone en juego. Es el precio a pagar por esa concisión de la que hacía gala en aquella época, en la que con tantas grandes novelas por año no le daba tiempo a que sobrara ni una coma, y el pensar en una continuación habría sido descabellado.

domingo, 24 de enero de 2016

El hombre en el laberinto (1969). Robert Silverberg

Una nueva entrada que dedico a seguir reseñando los principales libros disponibles en español de mi escritor de ciencia-ficción favorito, Robert Silverberg. Voy a revisar en la siguiente entrada "El hombre en el laberinto", nada menos que la cuarta novela que reseño de las que publicó en 1969 (tal vez habría que dedicar una entrada específica a analizar cómo se puede alcanzar tal ritmo de creatividad con una calidad tan alta). Se trata de uno de sus grandes clásicos e indiscutiblemente forma parte de su lista de novelas absolutamente recomendables, ya que pone la habitual calidad del mejor Silverberg al servicio de una historia original y que le permite exhibir su dominio de la ciencia-ficción como literatura de reflexiones.

Silverberg nos presenta un futuro lejano en el cual la humanidad ha establecido bases por buena parte del universo, pero no ha encontrado otras especies inteligentes. Excepción hecha de Beta Hydri IV, habitado por una especie de arañas gigantescas no muy conocidas. A este planeta viaja el protagonista de la novela, Dick Muller, en calidad de diplomático representante de la Tierra. Lo que le sucede allí altera completamente sus capacidades mentales y desencadena su posterior exilio en Lemnos, donde como el título de la novela anticipa se encuentra un enorme laberinto poseedor de una sofisticada tecnología creada por una antigua raza inteligente (tal vez les recuerde a "Mundo Anillo", que Larry Niven publicó un año más tarde...).

Un comienzo interesante y atrayente pone al lector rápidamente en situación y empieza a desafiarlo con varias de sus habituales reflexiones. A lo que se añade el marco escénico realmente fascinante en el que sitúa la novela, ese laberinto plagado de trampas y trucos mortales que no rehúye el componente científico. Además, la expedición comandada por Charles Boardman y Edward Rawlings que intenta abrirse paso por el laberinto para traer a Muller de vuelta a la Tierra le permite a Silverberg generar un áura de misterio que facilita que las páginas se pasen muy rápido y que enriquece aún más la novela. Y en ocasiones permitiéndose licencias literarias como crear subcapítulos ultracortos (dentro de los capítulos) de los que altera el orden, sin que ello afecte a la comprensión de lo presentado.

Una novela de este nivel carece de defectos de peso, pero por mencionar algunos detalles menores, puedo señalar que en mi opinión Silverberg exagera cuando otorga al encuentro entre Rawlings y Muller una relevancia tal que el destino de las galaxias dependerá del mismo. Encuentro que por otra parte Silverberg retarda, para aumentar la emoción (aunque ello no suponga abandonar la loable concisión de todas sus novelas de su quinquenio dorado, ni afecte al fantástico nivel de la tensión psicologica que establece entre ellos). De igual modo, da la impresión de que Silverberg retrasa a propósito el desenlace durante los capítulos finales de la novela recurriendo a revisar vivencias de Muller. Y la idea de la "enfermedad" que sostiene el un tanto precipitado desenlace (no quiero ser más preciso para no desvelarlo; si leen la novela me entenderán) es cuestionable en una novela de ciencia-ficción. Razones por las que no considero a "El hombre en el laberinto" su mejor novela.

De manera muy acertada, en esos capítulos finales Silverberg adopta a menudo la posición de abogado del diablo, y por otra interpreta continuamente los actos de todos sus personajes, todo ello siempre buscando potenciar la vertiente especulativa de la novela. Porque eso es lo que verdaderamente perdura de esta excelente novela tras el paso de los años: las reflexiones sobre lo que nos hace a los humanos ser seres sociales y la visión pesimista, casi dramática de Silverberg al respecto, puesto que su protagonista prefiere el aislamiento absoluto antes que exponer sus interioridades.

sábado, 9 de enero de 2016

A través de un millón de años (1969). Robert Silverberg

Una entrada más continúo reseñando los principales libros publicados en español de mi escritor de ciencia-ficción favorito, Robert Silverberg. Le toca en esta oportunidad a "A través de un millón de años", otra de las novelas de su quinqenio dorado. Que sin ser una de las más famosas de dicho periodo sí que la considero más que recomendable, porque es una novela que sin ser fácilmente adscribible a ninguna de las tendencias habituales en la ciencia-ficción, sí que recoge con brillantez lo mejor de muchas de ellas. Y lo logra con una notable amenidad, por lo que no comparto la tendencia a catalogarla como "obra menor" de su bibliografía.

Silverberg propone como argumento una exploración arqueológica en el planeta Higby V, que termina por descubrir la posibilidad de que los supuestamente extintos Superiores todavía vivan en algún rincón de la galaxia. Es decir, anticipa el eje argumental de la saga de "Las máquinas de Dios" de Jack McDevitt en un cuarto de siglo. Y para ello crea un elenco de personajes muy acertado: un grupo muy heterogéneo, pero no por ello mal caracterizado, ya que para el lector es fácil identificar las inquietudes y los rasgos de cada uno de ellos, con el aliciente adicional de las especies alienígenas que forman parte del mismo. La impresión que tiene el lector es que cuanto les sucede a todos ellos son situaciones "reales", y que discurren con naturalidad, como sólo los grandes escritores saben captar.

Junto a esta virtud, por otra parte habitual en Silverberg, sorprende favorablemente el rigor científico de la obra (con campos tan arduos como el tratamiento digital de imágenes, las esferas de Dyson, o en general las especulaciones astronómicas de alto nivel). Además, los descubrimientos se van produciendo de manera gradual, con una base arqueológica muy seria. Y la caracterización de los Superiores a través de sus objetos arqueológicos, su tecnología, sus robots y sus ciudades, también está cuidada con mimo. Todo ello proporciona una innegable impresión de verosimilitud de cuanto está narrando, lo cual es de agradecer en una trama tan poco convencional (especialmente para la época).

Sin echarla por tierra, algunos defectos sí que afean la impresión global de la obra. El más fácilmente apreciable es que todas las ideas y todos los acontecimientos relevantes le ocurren a un único personaje, Tom Rice. Otro pero es el reconocible afán de concisión de la novela, que en una aventura con tantos personajes provoca que los saltos narrativos entre los distintos capítulos sean a menudo excesivos. Por otra parte, es probable que Silverberg conceda excesiva relevancia en la novela a un concepto tan discutible como la telepatía, sobre todo en el desenlace. Y el descubrimiento final de que hay Superiores "vivos" es demasiado previsible, y no aporta realmente nada a la narración que lo justifique.

Volviendo a los aciertos de la novela, debo resaltar que las relaciones de Tom con Lorie, Jan y Kelly están hábilmente expuestas, sin tapujos, mostrando todos los miedos y debilidades que forman parte de sus vidas (aunque tal vez se les conceda una importancia excesiva hacia la mitad de la novela). Por otra parte, y como suele ser habitual en Silverberg, varios episodios están particularmente conseguidos: el contacto con Dihn Ruu (la bajada al asteroide, la muerte de 408b...), la interpretacion que hace el robot del ánglico hasta que logra hablarlo, el descubrimiento de la esfera... Y para confirmar definitivamente que se trata de una novela singular, más que el desenlace lo que parece interesar al escritor es la reflexión final sobre la evolución y/o involución de las especies: cuándo acaba una y empieza la otra. Lo que confirma el carácter especulativo y no sólo de mero entretenimiento de esta novela un tanto desconocida pero tan concisa como disfrutable a muchos niveles.

sábado, 19 de diciembre de 2015

Por el tiempo (1969). Robert Silverberg

En la siguiente entrada continúo reseñando los principales libros disponibles en español de mi escritor de ciencia-ficción favorito, Robert Silverberg. Le ha llegado el turno a "Por el tiempo", otra de las novelas que publicó durante su quinquenio dorado, y de las que aborda como eje principal el viaje en el tiempo, uno de los temas característicos del estadounidense. No la considero una novela tan recomendable como alguna de las que ya he reseñado, puesto que en mi opinión el esfuerzo creativo que encierra y su complejidad argumental no se traducen en una satisfacción plena del lector. Aunque su nivel medio sea claramente superior a la mayoría de las novelas del género.

Indudablemente, la mayor virtud del libro es su tratamiento absolutamente meticuloso del viaje temporal. Silverberg intenta no dejar suelto ni un solo fleco, e incluso explica detenidamente las posibles paradojas a lo largo la narración, casi como si fuera un estudioso diseccionando el tema en una tesis. Con lo cual sólo tiene que tirar del hilo para tejar una estructura turístico-económica de gran verosimilitud en torno al viaje temporal, organizada mediante el Servicio Temporal y protagonizada por Jud Elliot. Y es que a pesar de lo complicado del viaje en el tiempo, todo encaja razonablemente bien. Sin embargo, este tratamiento también provoca el mayor defecto de la novela: la falta del elemento sorpresa a lo largo de sus páginas. En otras palabras, la sensación predominante en el lector es que los distintos viajes de Jud meramente "se suceden". Además, Silverberg ya nos ha anticipado el desengaño amoroso que va a sufrir, quizá por dotar a la lectura de un punto de aventura y del que por lo demás carece.

Pero lo que jamás falta en Silverberg es la sencilla naturalidad con la que los acontecimientos se suceden. Una vez explicado el viaje temporal, nos relata el proceso de formación como guía de Jud: un proceso lógico, coherente, bien estructurado. Y luego comienzan los viajes a Bizancio, en realidad un jugoso recorrido por diversos momentos de la época clásica, como el Medievo, las Cruzadas o la Peste Negra. Su conocimiento de la historia bizantina es incuestionable: gran variedad de pequeños episodios jalonan estos capítulos, proporcionándonos un completo mosaico (nunca mejor dicho) de lo que supusieron esos diez fascinantes siglos de predominio de Bizancio. Incluso se atreve a desmontar el carácter mítico de personajes tan relevantes como Justiniano.

Como es habitual en él, Silverberg se sirve de un elenco de personajes fantásticamente caracterizados. Especialmente da una lección a la hora de tratar a los que desempeñan un papel secundario. Aunque también me han cautivado Capistrano y Metaxos, que reflejan estupendamente cómo su profesión de guía temporal forja inevitablemente su personalidad. Por supuesto, la prosa mantiene la calidad habitual del mejor Silverberg, fluida y con frecuentes y jugosas reflexiones, y su habilidad narrativa le permite desarrollar completamente el argumento en poco más de doscientas páginas. Dos momentos particularmente brllantes son en mi opinión la visita al panorama dejado por la Peste Negra (de un dramatismo correctamente administrado), y el anhelado encuentro en el palacio entre Jud y la noble Pulcheria Ducas (dejando de lado el tono tórridamente descriptivo para recurrir a un crudo sarcasmo).

Volviendo al capítulo de los defectos, además de la carencia de un elemento sorpresa que dinamice la novela, no me gustaron demasiado la proliferación de referencias psicodélicas (en pleno apogeo por aquel entonces), la excesiva relevancia e incluso abuso que Silverberg le concede a menudo a la cuestión del sexo, y la ausencia de una verdadera explicación sobre la tecnología que posibilite tanto los viajes temporales como el artefacto en cuestión, el crono (si bien es cierto que, obviando este hecho, el elemento científico está correctamente tratado a lo largo de la novela).

Para terminar esta reseña, mencionar brevemente del final, que es complejo y brillante, puesto que recurre a todas las paradojas que creó a lo largo de la novela para, con habilidad, enredar la madeja de tal forma que consigue un deselance, para mí al menos, inesperado.

lunes, 7 de diciembre de 2015

Regreso a Belzagor (1969). Robert Silverberg

Tras el paréntesis de la entrada anterior, que dediqué a la nueva versión de la "Guía de lectura" de Miquel Barceló, retomo las reseñas dedicadas a los principales libros publicados en español de mi escritor de ciencia-ficción favorito, Robert Silverberg. En la presente entrada voy a reseñar "Regreso a Belzagor", una de las novelas menos conocidas de su quinquenio dorado. Injustamente, diría yo, puesto que se trata de otra de sus obras recomendables, y una muestra de todo lo que el estadounidense puede obterner a partir de una trama aparentemente sencilla para lo que es habitual en la ciencia-ficción.

El punto de partida es atrayente: en un futuro lejano Silverberg nos presenta Belzagor, un planeta que los humanos colonizaron como parte de su imperio y durante un tiempo intentaron "civilizar", para posteriormente devolverle su "autonomía" (como parte de su programa de retirada de todos aquellos planetas que contaban con población nativa inteligente), dejando así una presencia humana testimonial. Edmund Gundersen, el protagonista de la novela, es un ex-administrador de Belzagor que tras varios años de alejamiento regresa al planeta con el fin un tanto ambiguo de expiar viejas culpas. Es decir, a la obvia perspectiva del viaje exterior por el planeta se añade desde el principio el viaje interior del protagonista, algo característico en las mejores producciones de Silverberg. Aunque no por habitual no debemos dejar de agradecer la rapidez y la naturalidad con la que Silverberg nos pone en situación.

En seguida se manifiesta uno de los principales logros de la novela: el propio Belzagor, el "Planeta de Holman" según el topónimo imperial, un planeta excelentemente caracterizado biológica, geológica, geográfica y orográficamente (los trópicos, la región de las brumas, el Mar de Polvo, la meseta...). Y por supuesto, las culturas que lo habitan; no sólo las ingentes cantidades de formas de vida animal (malidares, fungoides...) sino sobre todo las dos especies inteligentes nativas, los nildores (similares a los elefantes terrestres) y los sulidores (bípidos carnívoros mayores que los humanos), que conviven en armonía.

Otro punto fuerte de la obra lo constituye la enorme habilidad narrativa de Silverberg: un simple viaje iniciático, que podría transcurrir sin pena ni gloria, va creciendo paso a paso, atrapando poco a poco al lector, enfrentándolo con nuevas sensaciones y reflexiones que, por increíble que parezca tratándose de un planeta tan ajeno a nuestra maltratada Tierra, le resultan cercanas. Recurriendo a episodios como los pecados de Kurtz, los enigmas de Cullen o la agonía de Dykstra, Silverberg nos muestra la filosofía, la moral, los ritos, el concepto del alma y el sentido de la trascendencia que jalonan la existencia de estas especies.

Otros aciertos adicionales de la novela son: los sutiles avances tecnológicos y las abundantes explicaciones científicas que enriquecen, cuando son necesarios, la obra (con mención especial para los "técnicos de hélice", antecesores directos de la ingeniería genética en una década de los sesenta en la que apenas había comenzado la manipulación del ADN); los frecuentes recordatorios, especialmente respecto a personajes que ya han aparecido o sucesos que ya han ocurrido, que recurrentemente introduce el autor y que ayudan al lector a seguir la obra; y la concisión habitual del mejor Silverberg, que se basta con doscientas páginas para presentar con una completitud difícil de igualar todo lo relativo a Belzagor y a la vez caracterizar magistralmente a su protagonista.

Dada mi estima por la novela el capítulo de los defectos no puede ser extenso. Quizá el más grave sea que el argumento, cuando se expone en los primeros capítulos, parece un tanto débil: ni más ni menos que el viaje de Gundersen a la región de las brumas para expiar los años pasados en la colonia. Sin más líneas narrativas ni protagonistas adicionales. Por otro lado, en ocasiones hay una cierta previsibilidad en los acontencimientos (por ejemplo, que Gundersen y Seena retomen sus relaciones sexuales, que Gundersen se someta al "renacimiento", que el veneno de las serpientes sea clave en el mimso...). Y tal vez falte algo más de acción, de aventura, de sorpresa, sobre todo para tratarse de un planeta tan distinto a la Tierra.

Para terminar, no quiero dejar de resalatar la abundancia de párrafos de una gran brillantez literaria, que Silverberg consigue jugando con el ritmo, las reiteraciones, los cuestionamientos, creando un poso de opresividad, de pesadez en la atmósfera de Belzafgor que perdura en la memoria del lector pasados los años. Resplandece especialmente el capítulo en el que Gundersen se somete al renacimiento: sin duda, el cénit de toda la novela. Y con unas enigmáticas referencias al cristianismo de nuestro planeta.

domingo, 22 de noviembre de 2015

Ciencia ficción. Nueva guía de Lectura (2015). Miquel Barceló

Con su permiso, en la siguiente entrada voy a interrumpir momentáneamente mis reseñas de los principales libros disponibles en español de mi escritor de ciencia-ficción favorito, Robert Silverberg, para reseñar el que sin duda es uno de los principales acontecimientos del año en el mundillo de la ciencia-ficción en español: "Ciencia ficción. Nueva guía de lectura", del editor Miquel Barceló. Que no es ni más ni menos que la largamente esperada actualización de su casi mítica "Ciencia ficción. Guía de lectura", publicada en 1990. Una guía de la que ya he hablado en alguna oportunidad en este mismo blog y que supuso un hito en el género a nivel nacional y un hallazgo que marcó un antes y un después en mi afición al genéro a nivel individual. Porque cuando me hice con ella en el año 1992 ya había leído algunas obras de ciencia-ficción, pero andaba aún bastante perdido en cuanto a la temática, los autores y los títulos que habían marcado el género a lo largo del siglo XX (recuérdese que por aquel entonces internet apenas estaba empezando). Entonces la lectura de la guía de Barceló me abrió definitivamente las puertas del género, y a pesar de los años transcurridos he recurrido una y otra vez a ella para profundizar en autores, títulos y subgéneros.

Por eso, cuando tras varios años en los que se fue anunciando primero y postergando después la publicación de una edición revisada y actualizada, el pasado mes de septiembre llegó finalmente a nuestras librerías (por cierto, de manera nada casual Barceló la ha situado en el número 150 de su colección Nova ciencia-ficción), me apresté a conseguirla como tantos otros aficionados. La impresión al terminarla es que la espera de un cuarto de siglo ha merecido la pena por la visión de este periodo que aporta Barceló, y por las nuevas secciones que acertadamente cubre en esta nueva versión de la guía. Aunque puestos a encontrarle defectos también hay omisiones cuestionables y un exceso de subjetividad y partidismo más evidente que en su predecesora.

La guía rezuma un profundo aprecio por el género en toda su extensión y unos conocimientos apabullantes. Y está escrita con una prosa directa, accesible y bien estructurada, fácil de digerir para cualquier lector. Cualidades fáciles de apreciar en una primera parte destinada a exponer qué es la ciencia-ficción, con secciones francamente interesantes como las dedicadas a examinar los pilares que caracterizan al género (esencialmente el sentido de la maravilla y la capacidad especulativa), las definiciones creadas por diversos autores y expertos o los distintos premios que se otorgan. Aunque con otras menos atrayentes y excesivamente largas, como las dedicadas al fándom o a los juegos de tablero.

Con la segunda parte comienzan las novedades respecto a su predecesora. Dedicar esta parte a las principales sagas del género es, además de una coincidencia con lo que ya hice años atrás en este humilde blog, una decisión plenamente justificada por la importancia de esta manifestación en el género. Aunque con algún criterio cuestionable (Barceló aclara que para hablar de "serie" necesita que la constituyan más de dos novelas, pero luego reseña con naturalidad "Ilyón/Olympio", de Dan Simmons), una preeminencia absoluta de las sagas editadas por él (con las creadas por el rey de las páginas de relleno, Neil Stephenson, a la cabeza), algún menoscabo evidente (dentro de la escasa pasión con la que reseña la saga de "La vieja guardia" de John Scalzi obvia mencionar que su admirado fanzine Locus escogió la primera novela de la saga la mejor novela de ciencia-ficción en lo que llevamos de siglo XXI), excesivo foco en sagas que tienen mucho más de fantasía que de ciencia-ficción (la del "Exilio en el plioceno" de Julian May o la del "Libro del sol nuevo" de Gene Wolfe) y omisiones imperdonables como la de la saga de "Las máquinas de Dios", de Jack McDevitt, que colecciona más nominaciones a los prestigiosos premios Nébula que cualquiera de las sagas reseñadas por Barceló.

En una decisión arriesgada y que no comparto en absoluto, Barceló suprime la parte dedicada a los autores (una de las mejores, si no la mejor, de su predecesora, ya que permitía explorar los universos creativos de los nombres más importantes del género y emparentarlos a nivel creativo con otros escritores punteros del género), y nos sumerge directamente en los títulos que selecciona (sagas al margen). Algo más de cien novelas, de selección bastante canónica durante las primeras décadas del género, pero que se vuelve subjetiva en exceso en su tramo final, insistiendo una y otra vez en novelas de sus autores favoritos y que más extensivamente ha editado (Orson Scott Card, David Brin, Gregory Benford, Connie Willis), incluso aunque esas novelas no recogieran galardones que sí cosecharon otras novelas que sin embargo Barceló no reseña. En la selección de los títulos se echan de menos más novelas de nombres capitales como Robert Silverberg, Larry Niven, Philip K. Dick, Robert C. Wilson y otros. Y en la reseña de los títulos sucede, al igual que en muchas de las sagas de la segunda parte, que la atención se centra en exceso en explicar la trama, con lo que resultan un tanto escasas las líneas dedicadas a su valoración o al porqué de su recomendación. Aun así, ambas partes son una referencia excelente para que el lector en español pueda convertirse en un experto del género simplemente leyendo los más de doscientos títulos recomendados.

La cuarta parte, destinada a las narraciones breves, mejora a su predecesora de hace un cuarto de siglo, ya que va más "al grano" y, en vez de marear al lector con centenares de relatos recomendables, le sugiere unos pocos autores y recopiladores de referencia, así como las antologías más representativas existentes para el lector en español. Y la quinta parte es una deliciosa guinda que cubre dos aspectos no tratados por su predecesora: unas pinceladas (y una jugosa bibliografía) sobre cómo escribir ciencia-ficción, y varias referencias y ejemplos sobre cómo utilizar la ciencia-ficción para facilitar la divulgación de la ciencia y la tecnología a personas con escasos conocimientos en la materia.

En suma, una guía amplia y recomendable tantos para quienes se empiecen a adentrar en este maravilloso género de la ciencia-ficción, como para quienes ya lo conozcan pero piensen que aún no le han sacado todo el jugo posible. Así que no lo duden, háganse con ella antes de que se agote.

domingo, 8 de noviembre de 2015

Alas nocturnas (1968). Robert Silverberg

Con la novela que les presento hoy (novela corta en realidad) iniciamos la reseña de aquellas novelas de Silverberg que en mi humilde opinión deben incluirse en la categoría de más que recomendables. Premio Hugo de novela corta de 1969, "Alas nocturnas" comenzó siendo en realidad un relato publicado en 1968 en la revista Galaxy, que por cierto forma parte de la antología "Lo mejor de Silverberg", que reseñaré en su momento. El éxito de la misma y lo rico del marco escénico seleccionado motivaron que, a lo largo de ese mismo año, Silverberg añadiera dos secuelas al mismo ("Entre los memorizadores" y "Camino a Jorslen"), hasta completar las tres partes que definitivamente compusieron la novela. Una obra que destaca por su excelente ambientación y la formidable caracterización de sus personajes principales.

Más que por una trama bien construida pero no especialmente original (una Tierra futura decadente, con reminiscencias medievales, surcada por razas puras y mestizas y con la amenaza de una posible invasión extraterrestre), la novela supone un hito por su maestría a la hora de explorar los universos interiores de su trío protagonista: Wuellig, el Vigía (encargado de examinar todas las noches los cielos para avisar de la llegada de los anunciados invasores), Avluela, la Voladora (una chica perteneciente a un clan creado por ingeniería genética, con unas alas tan frágiles que sólo le permiten volar de noche, de ahí el título) y Gorm, el Mutante sin "hermandad". De sus intensas relaciones y de cómo su periplo por esa Tierra futura les va cambiando interiormente es de lo que esencialmente nos habla Silverberg.

Además de esa exploración por el mundo interior de los personajes, otras virtudes claramente perceptibles son: la habilidad narrativa de Silverberg, sin una sola página de relleno, con un estilo evocador, casi poético pero sin acercarse siquiera a la cursilería; la selección de los lugares que recorren sus protagonistas, versiones decadentes pero aún poderosas de las principales ciudades de la Tierra, claramente identificables a pesar de sus nombres deformados (Jorslem, Pris, Rom...); las profundas reflexiones que jalonan toda la novela (la soberbia como causa de la decadencia terrestre, el sentido de la vida tras la invasión extraterrestre, la búsqueda de la esperanza humana, la reevaluación de las prioridades vitales...); la sugerente caracterización de las "hermandades", compuestas por profesiones al estilo de los gremios pero adaptadas a esa sociedad futura; la separación y estratificación social entre los trabajadores manuales y los intelectuales...

En cuanto a los defectos, para mi modo de ver el más grave es que la novela por momentos se arrima demasiado a la fantasía, lo que potencia su carácter evocador pero le resta peso dentro del género de la ciencia-ficción. También creo que a la trama le falta un motor que dinamice un poco más la lectura, un componente científico algo más visible, y una mayor justificación de la pasividad con la que la humanidad reacciona a la invasión extraterrestre (en general se pueden percibir algunas debilidades argumentales, que no afectan a lo esencial de la novela).

El desenlace esta conseguido y resulta razonablemente convincente. Pero deja un tanto la sensación de que Silverberg se dejó la puerta abierta para añadir más relatos a la mini-saga, cosa que al final no llegó a suceder. Un pero a todas luces menor frente a una novela que deja un poso en el lector indeleble al paso del tiempo. Prueben a leerla y verán.

domingo, 25 de octubre de 2015

Espinas (1967). Robert Silverberg

En la presente entrada continúo revisando todos libros que he leído de mi escritor de ciencia-ficción favorito, Robert Silverberg. Les voy a hablar hoy de "Espinas", la novela que según muchos estudiosos del género marcó un punto de inflexión en su carrera, iniciando el salto definitivo a la madurez. Un análisis que como ya he dicho en este mismo blog no comparto del todo, puesto que la novela que reseñé hace un par de semanas, "Las puertas del cielo", cronológicamente anterior, ya refleja en mi opinión esa entrada en el periodo de madurez del autor. De hecho, se trata de una novela tan ensalzada que cuando la leí me resultó inferior a lo que me esperaba. Es cierto que el tratamiento psicológico del trío protagonista (Duncan Chalk, magnate del entretenimiento galáctico, Minner Burris, navegante estelar alterado y Lona Kelvin, joven virgen protagonista de un experimento de fertilidad) es formidable, pero quizá eso y la habilidad narrativa de Silverberg no sean suficientes para sostener la novela.

Dentro de la concisión habitual de las novelas de Silverberg en esta época, el comienzo es alentador: una fantástica ambientación de un futuro no tan lejano, y unos personajes minuciosamente caracterizados. Aunque dada la complejidad del marco escénico planteado, los hechos se relatan con cierta lentitud. Silverberg exhibe en este tramo sus notables conocimientos biológicos y médicos, refrendando que estamos ante una auténtica novela de ciencia-ficción. Y se apunta otro tanto con los títulos de los capítulos, muchos de ellos dignos de una reflexión por sí mismos (a modo de ejemplo resaltar el del número 16: "Pese a sus plumas, el búho tenía frío"). Pero en estos primeros capítulos también hay defectos: el innecesario desbordamiento de personalidad de Burris y el papel excesivamente superficial del personaje de Elise.

Una vez puestos en situación, Silverberg mantiene vivo el interés recurriendo a su imaginación para crear las más inverosímiles ambientaciones: la Arcada, prolija en diversiones; el "simbólico" hospital al borde del desierto; la Antártida... Pero la relación entre Minner y Lona sigue sin desviarse los cauces previstos: la amistad basada en sus anomalías al principio de conocerse, la desigual forma de entender el amor después, las primeras discrepancias, las tormentas... Aunque muy logrado narrativamente, nada que sorprenda al lector, y con el agravante de que al centrarse tanto en esa relación desatiende otros temas interesantes que había planteado al principio.

Además, Silverberg no cumple su promesa de mostrar el efecto morbosamente lúdico que tiene en la sociedad que plantea una pareja tal. De hecho, sólo unas pinceladas proyectan una difusa idea de esa sociedad. No obstante, hay episodios de categoría, como el del Salón Galáctico (tanto por lo que acontece como por dónde tiene lugar), o el del Tivoli de la Luna (parece imposible que un escenario así no exista en la realidad).

En el tramo final existe la incertidumbre de si las aguas volveran a su cauce entre Minner y Lona, lo que mantiene el interés hasta el desenlace. Pero el final que Silverberg crea para Chalk resulta poco convincente. Y la cantidad total de reflexiones presentadas es sensiblemente inferior a la habitual en la obra del estadounidense.

En suma, más que una gran novela estamos ante un ensayo general de una nueva vía literaria por la cual Silverberg sí alcanzaría el prestigio que ahora se le reconoce. Ahí radica su mayor valía.

sábado, 10 de octubre de 2015

Las puertas del cielo (1967). Robert Silverberg

Con "Las puertas del cielo" inauguro las entradas dedicadas a los libros de Robert Silverberg, mi escritor favorito. Y lo hago con la que en mi opinión es, en orden cronológico, la primera de sus novelas de madurez, periodo que, como ya dije en mi anterior entrada, es el que siempre me ha interesado en el escritor estadounidense. Y es que a pesar de su condición de fix-up de relatos concebidos para poder ser publicados individualmente por Frederik Pohl en su revista Galaxy, y de la frialdad de su comienzo, "Las puertas del cielo" logra que conceptos aparentemente lejanos cuando Silverberg los presenta la primera vez vayan convergiendo hasta conformar un desenlace sólido y coherente.

Es obvio que para abarcar nada menos que cien años de los siglos XXI y XXII situar cada una de las cinco novelas cortas en un periodo diferente es una buena alternativa. Pero esta estructuración es desconocida para el lector cuando se enfrenta a una primera parte meramente introductora de una Tierra superpoblada, ansiosa por abrazar nuevos cultos que además de la inmortalidad prometan también la salida física de la Tierra (los denominados vosters), y que se entretiene con nuevos artilugios (las Cámaras de la Nada) y habilidades parapsicológicas (los espers). Y después de que concluya sin que haya sucedido nada realmente relevante la preocupación por la calidad de la novela empeora cuando la segunda parte gira en torno a un nuevo personaje (Mondschein) sin aparente relación con la primera parte. Afortunadamente, la visita al revelador centro experimental voster en Santa Fe permite la interacción con el protagonista de esa primera parte (Ron Kirby) y las piezas de la novela comienzan lentamente a encajar.

Porque a partir de ahí el libro va desplegando un panorama interesante, con la superpoblada Tierra dominada por los vosters, la hostil Venus controlada por los herejes armonistas, y la terraformada Marte como terreno neutral en el que aparece por sorpresa Lázaro, el mártir armonista. Es posible que la atención de Silverberg en torno la búsqueda de la espiritualidad en el ser humano dé lugar a una influencia sobredimensionada del elemento religioso en el futuro próximo que nos plantea, pero si se acepta el panorama expuesto, podremos comprender sin dificultad las motivaciones de cada culto, el uso que hacen los voster de los osciladores esper y los impulsores venusianos, la complementariedad de ambas facciones, la manera como sus líderes van modelando las resistencias internas y, sobre todo, un tardío en aparecer pero impactante personaje, Noel Vorst, auténtico cerebro en la sombra durante toda la novela, como lo demuestra en el estupendo capítulo en el que revela todo lo realizado durante casi un siglo a Kirby.

Eso sí, la novela adolece de varios defectos que impiden incluirla entre lo mejor de su bibliografía. El más obvio es el planeta Venus, con una vegetación abundante y fauna inteligente y maligna. Tampoco Marte está muy bien caracterizado (incluso para los conocimientos disponibles en 1967), y el elemento científico en general está bastante cuestionado por tanto poder extrasensorial como nos propone Silverberg en diferentes momentos. Además, a la novela le falta acción y, como cabría esperar por su condición de relatos independientes interrelacionados, adolece de una cierta falta de profundidad y de mayores y más abundantes reflexiones, en especial si se tiene en cuenta el fuerte componente religioso de la novela. Un último defecto considerable es, como he dejado entrever antes, el tiempo que tarda en captar la atención del lector.

A cambio, Silverberg exhibe una loable concisión en absoluto reñida con la comprensión de lo planteado, sin rellenos innecesarios y con una imaginería religiosa original y razonablemente verosímil. Y es consecuente hasta el final con lo narrado, presentando un desenlace claro, que lleva las premisas de partida hasta sus últimas consecuencias.

"Huérfanos de la Tierra" (2022). Adrian Tchaikovsky

Con la presente entrada voy a rematar definitivamente mi segundo recorrido por las mejores sagas disponibles para el lector de ciencia-ficc...

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