Con la siguiente entrada continúo con esos "añadidos no inicialmente planificados" a mi segundo recorrido por algunas de las mejores sagas disponibles para el lector de ciencia-ficción en español que inicié hace ya más de dos años. En concreto, voy a terminar de reseñar hoy para ustedes "Nación de Marte", la trilogía del escritor alemán Brandon Q. Morris, que fue publicada en español entre los años 2020 y 2021, y de la que ya he reseñado durante las últimas semanas sus dos primeras partes. La "Parte 3" que nos presenta Matthias Matting supone un cierre razonablemente satisfactorio y suficientemente cohesionado a la saga más original que nunca he leído sobre la colonización del planeta Marte. Aunque a veces se excede en su atención a aspectos menores y pasa casi de puntillas por otras cuestiones y situaciones más relevantes.
El reto a la hora de escribir esta tercera y última entrega residía en la adecuada utilización de todos los elementos puestos en juego en las dos entregas anteriores. Y Morris, un escritor más notable por sus tramas científicas que por su profundidad literaria, se ve desde el mismo comienzo obligado a decidir en qué frentes y en qué medida debe fijar su atención. A lo largo de la novela nos irá mostrando qué sucede en las localizaciones esperables llegados a este punto (los campamentos de la NASA y de MarteParaTodos, Ciudad Marte, incluso el inmenso artilugio marciano descubierto por Ewa en la segunda parte), pero también en otras con las que no contábamos (el Polo Sur marciano, la expedición sin retorno del hasta ahora desconocido Walter Richardson, hasta los avateres del singular robot japonés liberado por éste). Son tantos frentes que el lector se ve obligado a poner a prueba su capacidad de retentiva para no perderse entre ellos. No obstante, al concluir la lectura la impresión es que Morris ha conseguido salir airoso del desafío, pues la novela no se le llega a ir de las manos; y, en parte gracias a su extensión ligeramente superior a la de sus antecesoras, tiene espacio suficiente para poner en perspectiva cuanto narra. Pero sus decisiones de priorización no siempre son acertadas, y mientras que algunas líneas narrativas quedan algo escuetas, otras reciben una atención aparentemente excesiva (piénsese de nuevo en los capítulos dedicados al robot japonés).
Aunque a estas alturas de la saga ya se dan por supuestos, varios puntos fuertes de la misma siguen presentes en esta tercera entrega. Uno de ellos es la sensación general de verosimilitud; el día a día de la vida en Marte, independientemente del marco escénico de turno, está presidido por las restricciones que impone el omnipresente y bien cudidad elemento científico. Además, Morris consigue recrear para el lector fascinantes localizaciones de la superficie marciana, con mención especial esta vez para su singularísimo Polo Sur. Y aunque el volumen de situaciones límite que se terminan solventando mediante ingeniosos recursos es menor de lo habitual en el alemán, sigue habiendo capítulos llenos de sentido de la maravilla, como aquellos en los que Ewa y Viernes consiguen reactivar e intepretar la inmensa máquina alienígena supuestamente encargada de facilitarle a Marte las condiciones necesarias para la vida, o las penurias durante el tramo final en el Polo Sur. A ellos hay que unirle lo que parece un esfuerzo consciente por dotar de mayor carga emocional a la novela; de ahí probablemente toda la atención que reciben las peripecias en solitario de un Walter al borde la muerte por un cáncer terminal, o la lógica pero bien explotada tensión emocional que surge al trasladar a todos lo varones a Ciudad Marte para que ayuden en las tareas más esforzadas, dejando solas a las mujeres de la NASA y de MpT.
A parte de esa disparidad de líneas narrativas no siempre bien priorizadas, el otro defecto principal del libro es la brecha en su verosimilitud que suponen los dos grandes hallazgos de Ewa: en primer lugar, los antiquísimos pobladores de Marte cuando el planeta aún reunía las condiciones necesarias para la vidad, esos torpes manatíes que, sin embargo, habían logrado unos avances tecnológicos impresionantes; y en segundo, el multicóptero de aquellos lejanos tiempos mediante el cual Ewa no sólo logra esquivar la muerte, sino que le resulta clave para que el nudo argumental se desenrede como ella desea; ambos hechos resultan bastante poco creíbles. El resto son defectos menores, como la sensación de estar leyendo una historia que es imposible que suceda dentro de menos de veinte años, la escasez de capítulos de impacto (aunque el grueso de la novela constituye una lectura agradable y dinámica), y una cierta impericia a la hora de afrontar algunas descripciones complejas.
Para construir un desenlace satisfactorio, Morris opta por ir cerrando líneas narrativas hasta quedarse sólo con dos (la de Ewa y su expedición y la de Theo en Ciudad Marte) que, además, hace converger mediante la llegada final de Ewa a Ciudad Marte. Y gracias a la presión que ejerce la mujer (sin duda, el personaje más singular de la saga), logra un desenlace convincente con el que derrocar al perverso administrador Rick Summers, sin olvidarse de proponer una explicación, basada en la Inteligencia Artificial, para el silencio total en el que se han visto inmersos tanto la Tierra como todos los hábitats marcianos en los que los humanos habían sido retenidos. Al tiempo que, según las propias palabras del autor en su nota final, deja una puerta abierta para una posible nueva trilogía que dé continudad a esta saga. Veremos si la llega a escribir algún día. De momento, quedémonos con esta saga de Nación de Marte que, sin llegar a las excelencias de la saga Luna Helada del mismo Morris, consitutuye indudablemente una lectura recomendable.

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